domingo, 23 de junio de 2013

Lluvia Por María Victoria F. Torrez

   Apenas comenzaba a gotear cuando Marina entró al auto. Con un ademán casi mecánico, limpió un círculo de suciedad inexistente en el parabrisas frente a ella, justo a la altura de los ojos, para poder ver mejor el camino. Ese mismo movimiento mecánico la hizo volver a apoyarse en el respaldo del asiento, y hundirse un poco en él, como si el frotar el puño de la manga contra el vidrio frente a sí la hubiera transportado a otro lugar, a un campo de sembrados coloridos, de sol radiante, radiante como el que había visto esa misma mañana. Recordó la luz del sol descomponerse y recomponerse sobre las rayas de la remera de su hija, en tonos que viraban del rosa al violeta y otra vez al rosa. Recordó haber visto todo esto y por un breve instante se sintió viva. Estaba viva. Respiró profundo, sacudió la cabeza, encendió el auto y comenzó a andar. Una gota aquí, una gota allá. Finita, caía la lluvia.
  El paisaje amarillento fue tornándose gris. Gris por las nubes, gris por las construcciones que ahora comenzaban a emerger, una aquí, una allá. Marina miraba los costados del camino, la ruta vacía, a veces el tablero, a veces el volante. Sentía que ya había visto este mismo cuadro antes, en otro momento de su vida. “¿Y cómo no verlo?” pensó. “Hace años que voy y vengo”. Su vida tenía algo de circular, como ese volante que tenía entre las manos. Podía girar para un lado, podía girar para el otro, pero en esencia siempre volvería al centro, a la normalidad. “Cómo no verlo...”
  A medida que el auto avanzaba, las gotas de lluvia crecían en cantidad y en tamaño. Marina tenía la extraña sensación de que el avance del auto hacía que la lluvia aumentase. Los caminitos en el parabrisas crecieron y pasaron de ser cabellos a pequeños ríos impetuosos. Una imagen del granizo cruzó su mente. “No, granizo otra vez no. Todavía estoy lejos de la ciudad, no encontraría resguardo.”  Miró el cielo por la parte superior del parabrisas, inclinándose un poco sobre el volante. Vio que el cielo estaba gris, pero no plateado, y se sintió aliviada de saber que no era probable que granizara.
   El auto avanzaba, la lluvia avanzaba. Las pequeñas gotas que habían caído al comenzar el viaje eran ya gotas gruesas, pesadas. Pronto la lluvia había doblado su volumen. Pronto la lluvia había triplicado su volumen. Marina aminoró la marcha, esforzándose por ver el camino. Las nubes oscurecieron el sol (¿o se había escondido el sol ya?). La visibilidad en la ruta era de unos pocos metros.
   Y luego de dos horas, o tal vez tres, divisó aliviada el cartel que anunciaba la entrada pŕoxima a la ciudad. En media hora estaría allí, llegaría a su casa, miraría una película, se bañaría, descansaría. La imagen de la luz del sol en la remera de su hija volvió a cruzar su mente. Sonrió.
   Cruzó la entrada de la ciudad y comenzó a adentrarse en ella por una callecita. Divisó en la esquina un gran charco de agua, que más podría llamarse laguito. El laguito alcanzaba las cuatro esquinas. Bajó la velocidad, cruzó el charco, siguió avanzando. Unas cuadras después dobló a la izquierda. La calle estaba cubierta de agua, tanto era así que ninguna parte del concreto era visible. Marina respiró profundo, intentó calcular la profundidad. Miró hacia los costados, no pudo divisar los cordones de la vereda, miró hacia atrás por el espejo retrovisor y descubrió que retroceder no era una mejor opción: detrás de ella el agua cubría toda la calle. Decidió avanzar tan lento como fuera posible.
   Volvió a girar a la izquierda. Avanzaba lento. Marina no se dio cuenta de que a medida que avanzaba, el nivel del agua subía, que el golpeteo de la lluvia sobre el parabrisas y los vidrios laterales se reproducía por millar sobre la superficie del agua, ya sin tocar el pavimento, y que la lluvia que caía sobre su auto mismo resbalaba y se vertía sobre la otra agua, agua sobre agua. En pocos minutos comprobó con horror que no podía controlar ya su auto. Estaba flotando.
   Un escalofrío recorrió su cuerpo. Inútilmente intentó maniobrar, frenar. La lógica del agua no seguía a la suya propia, sino que arrastraba el auto caprichosamente, meciéndolo como a un bote, a babor y a estribor, el sonido de la lluvia como una canción de cuna lúgubre, como un confutatis. El terror creció dentro de ella. Consideró salir del vehículo, pero tan pronto como giró la cabeza para ver sus posibilidades, divisó una ola de agua marrón que venía directamente hacia ella. El grito de Marina quedó solapado por el ruido del agua al estrellarse contra los edificios, las casas. El auto navegó ahora a  gran velocidad. Marina, con los ojos tapados, gritó, gritó como si su grito fuera a detener las aguas, y sintió para su sorpresa que el auto se detenía y que el agua la liberaba.
   Tomó aire, quitó las manos de sobre los ojos cerrados, y encontró que la ola había depositado su auto de frente a la calle, casi perfectamente estacionado sobre el primer piso de un edificio en construcción que vino a ser para Marina una especie de Ararat.

* * *

   Apenas comenzaba a gotear cuando Montserrat llegó a la puerta del edificio en el que vivía. Buscó hacer coincidir la llave en la cerradura, pero los paquetes que llevaba en los brazos no se lo permitían. Intentó una vez, y escuchó un sonido vidrioso. Ahí no. Intentó otra vez, y escuchó un sonido metálico y agudo. Ahí tampoco. Intentó una tercera vez y escuchó un sonido metálico grave, un chasquido, y giró la muñeca. La puerta cedió, Montsé hizo algunos malabares con los paquetes, cerró la puerta con el pie, oyó el “clac” que confirmaba el éxito de la operación y se dirigió a las escaleras. Subió un tramo, llegó al descanso, tomó aire, acomodó los paquetes. Subió el segundo tramo, llegó al descanso, oyó el reloj del vecino dar cuatro campanadas. Subió el último tramo, llegó a su puerta. Repitió el minuet para llave y cerradura que había tocado en la puerta de entrada, esta vez con más seguridad, giró la llave, entró, y apoyó los paquetes en el suelo.
   Se lavó las manos, y con las manos todavía húmedas buscó un CD en su biblioteca. “Von Karajan, sinfonía 9 de Beethoven, primer movimiento...” Montsé siempre elegía qué música escuchar guiada por un instinto absolutamente caprichoso. Le provocaba una gran satisfacción escuchar los primeros compases de esa música que solo segundos antes había resonado en su mente. Apretó un botón, luego otro. Se sucedieron unos compases de vientos en crescendo, y luego de unos segundos, la orquesta resonó con imponencia. “Beethoven sí que sabía describir tormentas” pensó.
   Giró sobre sus talones y se dirigó a la cocina. Poco a poco, comenzó a acomodar los productos que estaban en los paquetes, todavía abandonados en el suelo. Dejó la mente en blanco, ocupándose solamente de escuchar la música que inundaba el ambiente y el tintineo de las latas en los estantes. Ya acomodaba un paquete en una alacena, ya daba la entrada de los cornos en un pasaje crucial.
    Fuera de la ventana, la lluvía aumentaba. Montsé seguía absorta en la belleza de la música. El tiempo pasaba, el reloj del vecino volvió a sonar. Dominante, dominante, tónica, y el aplauso de Montsé. Al término de la sinfonía, el departamento quedó inundad en silencio. Poco a poco, Montsé comenzó a percibir los sonidos que la sinfonía había ocultado. El motor de la heladera, una gotera, pero por sobre estos, el de la lluvia. Un poco sorprendida y ahora consciente de haber perdido noción de lo que pasaba a su alrededor, se acercó al ventanal que daba al balcón, y vio que la lluvia era tan intensa que apenas podía ver el edificio en construcción que estaba justo en frente. Tomó un paraguas, salió al balcón y corrió las macetas para que las plantas no se ahogaran. Hizo esto con un sentimiento similar a la culpa, como si fuera su culpa que lloviera tanto, por haber puesto una sinfonía que claramente imitaba a la lluvia, y la atraía, como una danza africana.
   Buscó compensar su mala acción. Fue a la biblioteca y buscó algo que evocara un día soleado. No encontró nada allí. Tuvo una idea repentina, se dirigió a la mesa y tomó un CD que estaba allí. Había estado escuchando esa música más temprano, porque le pareció adecuada para el día de sol brillante que resonaba a través del ventanal. El concierto grosso de Bradenburgo, el cuarto. El de las flautas. “El sonido de las flautas es el más soleado”, se dijo.
   La alegría de las flautas y el clave la distrajeron nuevamente. La música se sucedió, un compás tras otro, un disco tras otro. Montsé bailurreaba mientras barría. De pronto notó que bajo el ventanal se alargaba un charco de agua. Corrió hacia la cocina y trajo varios trapos. Al llegar al ventanal escuchó con horror un sonido como el grito de una multitud en una cancha de fútbol. Por su mente pasó una imagen del mar, y en un rápido ademán pegó la nariz al vidrio. Vio una ola de agua sucia pasar por debajo de su balcón y arrastrar a su paso autos, árboles, bolsas. Arrastrar un auto blanco, o gris, y depositarlo en el edificio en construcción. La luz se cortó, Montsé quedó atónita, pegada al vidrio.

* * *
   Apenas comenzaba a gotear cuando Julián subió al tren. Sentía que la cara le ardía por haber pasado varias horas bajo el sol esa mañana. Sin embargo, la temperatura había descendido, y el viento fresco que golpeaba la piel quemada le traía un poco de alivio. Sentado en el tren, abrió la ventanilla a su izquierda, y dejó que el viento propio de la velocidad le acariciara el pelo, lo despeinara, lo relajara. Apoyó una mejilla contra el metal del vagón, y en esa posición, y tras haber acomodado las piernas, se hundió en un recuento de peripecias del día. Llegó así al momento en que ella le había acariciado la mano. Sintió esa caricia como si ocurriera allí mismo, en el tren. Volvió el recuerdo para atrás, buscó sentirlo otra vez. Fue un toque sutil, y probablemente no hubiera tenido para ella tanto significado como para él, pero eso no le importaba. La caricia era suya, y nadie podía quitársela. Se espació en esta escena una y otra vez hasta quedarse dormido. El tren fue ganando velocidad.
   Fue una gota en la punta de la nariz lo que hizo que se despertara. Estaba en la misma posición que antes, un poco ladeado a la izquierda, pero con los brazos y parte de los muslos mojados. La lluvia, ahora intensa, entraba por la ventanilla abierta y se estrellaba contra su piel, como si quisiera lavar de él cada átomo, cualquier átomo que ella hubiera dejado. Todavía entredormido, cerró la ventanilla. Sacó un abrigo de su mochila, se secó ligeramente con él y se lo puso. Por la ventanilla pasó la luz débil de un cilo, y Julián se dio cuenta de que habían pasado ya dos horas desde que estuvo en el andén y se subió al tren. En media hora más volvería a estar en un andén.
   Al bajar del tren, notó que la lluvia era intensa, y consideró tomar un taxi. Caminó hacia la salida, llegó al cordón de la vereda, y se dio cuenta de que la cortina de lluvia no lo dejaría divisar un taxi. Tomó entonces su mochila con fuerza, metió las manos en el bolsillo para sentir el calor de su propio cuerpo, y comenzó a caminar por entre los charcos.
   La medida del agua ascendía a medida que Julián avanzaba por las calles. Hacía ya varias calles que se había resignado a mojarse las zapatillas, a sentir el agua fría entre los dedos de los pies. En ese momento, el agua llegaba hasta más arriba de sus tobillos, y el avance se dificultaba. Pensó en pedir asilo en alguna casa, pero concluyó que el agua no podría subir mucho más, y que tal vez en unos minutos llegaría a su casa, donde podría quitarse la sensación de la ropa mojada de la piel, ducharse, dejar de ser un anfibio y volver a ser humano.
   Sin embargo, el nivel del agua siguió ascendiendo, y lo que antes había sido un paso lento y húmedo era ahora una mezcla de andar y nadar, el agua a la cintura.
   Al doblar la esquina, Julián se detuvo horrizado. Sintió que por sus piernas pasaba una corriente de agua violenta que le impedía tenerse en pie. Giró sobre sí y divió a unos metros una gran ola que se dirigía hacia él. Quiso gritar, pero no pudo. Cerró los ojos, se zambulló, y nadó por debajo de la ola con la suficiente suerte de que ninguno de los objetos que el agua arrastraba lo golpeara.

* * *

    Apenas comenzaba a gotear cuando Mariela empezó a cocinar. Le gustaba cocinar para sí, esforzarse en lograr platos complicados que consumía en un tercio del tiempo que le había llevado cocinarlos. Era conocida en distintos círculos culturales por ser una catadora de vinos aficionada pero con cierto talento. Su actividad favorita consistía en adivinar cada uno de los condimentos de las comidas que le ofrecían. Se jactaba de haberse educado a sí misma para explotar este talento; su jactancia tenía el curioso efecto de alejarla de los banquetes distinguidos. Esto era en verdad un asunto curioso para Mariela, que aunque pensara y repensara no conseguía dilucidar. Pero si las personas no se cuidaban de tener su preciosa compañía, se convenció un buen día, ella se haría agradable compañía a sí misma. Fue entonces cuando comenzó a cocinar.
   La presa que estaba en el horno cambiaba de color a medida que pasaban las horas. Había sido de un amarillo pálido, casi blanco, y ahora comenzaba a tornarse dorada. Miró impaciente un reloj con forma de pera que estaba al lado del horno. Lo miró por espacio de un minuto hasta que salió de él un sonidito metálico e histérico. Tomó entonces un pincel y un recipiente que tenía un líquido espeso y marrón, tan marrón como el agua que subía en la calle justo abajo de su balcón, pero que ella desdeñaba. Pintó la presa, la volvió a su cálido sitio, y se dirigió al sillón. Desde allí prendió el televisor y se perdió en la contemplación de las imágenes que de él emanaban.

* * *

   Apenas comenzaba a gotear cuando Daniel sintió el olor a humedad del ambiente. Supo enseguida que esa no era una lluvia pasajera, una lluvia de otoño. Supo que iba a llover, y mucho. Apretó el paso y caminó a través de un parque. El olor al jazmín que descansaba sobre un monumento a unos pocos metros confirmó su parecer. Lo mismo ocurrió con una madreselva un poco más adelante. Daniel sentía que a veces era consciente de realidades que otros no veían. Esta característica hacía que sus amigos y su familia se mofaran de él muy seguido, que lo tildaran de negativo y de atraer la desgracia. Por ejemplo ahora, sabía que iba a llover, que iba a llover mucho. Pensó en llamar a su esposa y prevenirla, pero descartó la idea; sabía que ella, en tono de cansancio, asentiría y lo ignoraría.
   Y a pesar de todo, no podía volver a su casa. No podía dejar su trabajo a medio hacer. ¿Qué diría su jefe al otro día? Que era un holgazán, que le pagaban por terminar su trabajo y hacerlo bien. Que debería haber llevado un piloto consigo. ¿Cómo explicarle que ese día por la mañana el cielo no tenía una sola nube? ¿Que no podía prever que iba a llover? Ocho horas seguidas en la calle, dejando cartas acá, paquetes allá.
   A medida que la carga de su saco disminuía, la lluvia aumentaba. Sólo quedaban unos pocos sobres cuando el agua le llegó a la mitad de las pantorrillas. Tras reflexionar unos segundos, Daniel supo que esa era excusa suficiente para volver a su hogar sin terminar su trabajo, así que volvió sobre su camino hacia el sur de la ciudad.
   El olor del agua le daba naúseas. El agua subía desde un arroyo pobremente entubado que en su infancia cruzaba por allí, libre, sin tanto edificio encima. Entonces tenía ya ese mismo olor nauseaundo, y Daniel se sintió transportado a otras épocas. A la época en que su padre y él iban en un bote pequeño a pescar por la parte ancha del arroyo, la que aún está a las afueras de la ciudad, y juntaban pescados de distintos tamaños, casi todos marrones o grises, todos con un olor horrible. Recordaba reflexionar sobre si los peces provocaban el olor del arroyo, o si el arroyo llenaba a los peces de su olor.  Recodó que pocos días después de este viaje de pesca, la maestra de tercer grado había planteado a él y a sus compañeros un acertijo sobre un huevo y una gallina que Daniel encontró tan imposible de resolver como el asunto de los peces y el arroyo.
   Avanzó como pudo, con el agua hasta las rodillas. Pensaba en si su mujer habría cerrado bien las ventanas, en si le prepararía un café fuerte para entrar en calor. Se merecía un café. Recreó en su mente el olor al café negro y fuerte, y este pensamiento lo estimuló a seguir avanzando con un poco más de alegría. O un poco menos de pena.
   Dos cuadras más. Tardaba tanto en recorrer cada cuadra. El agua arrancaba plantas, macetas, botellas, bolsas. Tenía el cuerpo hasta la cintura metido en el agua. Pensó en refugiarse en el hall de algún edificio, pero existía la posibilidad -más bien segura- de que el agua subiera y se ahogara. Ahogarse. Recordó con terror que no sabía nadar. Que el olor al arroyo le había hecho odiar siempre el agua, y por tanto nunca había aprendido a nadar. Entonces comenzó con desesperación a golpear todas las puertas que alcanzaba, a gritar. El agua subía, el frío no lo dejaba sentir los pies. No sabía si pisaba el piso, si flotaba. Puerta por puerta rogó ayuda, y entonces sintió un fuerte olor a gasolina. Con horror miró hacia su iquierda y vio que una ola de gran tamaño arrastraba varios autos y se dirigía hacia él. Gritó, gritó tan fuerte como pudo. Algo le golpeó la cabeza. Un instante antes de desmayarse sintió un olor nuevo que nunca había sentido antes, olor a luz, a color blanco, y supo que era el olor de la muerte.

* * *

   Marina vio el agua correr y arrastrar y arrancar todo a su paso. Vio autos de colores que no podía distinguir por la oscuridad, y por el agua y la lluvia. Vio árboles, plantas, bancos. Vio bolsas de basura, vio un caballo, vio perros, gatos. Todo lo que pasaba por su vista estaba muerto.
   Una vez que hubo pasado la ola, el agua, que había quedado agitada y convulsa, empezó a aquietarse, y empezó a subir a la superficie lo que la corriente inferior había arrastrado y mantenido en su poder. Se sintió afortunada de haber sido depositada en un lugar moderadamente seguro, pero también se sintió culpable de haberse salvado mientras que otros no tenían esa oportunidad. Intentó pensar qué razones tenía Dios para hacerla nacer de nuevo, y la imagen de su hija volvió a su mente. Cuánto le había rogado su hija que la llevara consigo ese día. Pero Marina sabía que tenía que trabajar, y encontraba más conveniente no traerla consigo. Pensó en esto último con culpa y con alivio, ¿qué hubiera pasado si estuviera su hija allí? ¿Si no hubieran tenido la suerte de ser depositadas en un edificio en construcción? ¿O qué hubiera pasado si no hubiera tenido la suerte que tenía, de estar allí, y estar viva? No habría vuelto a ver a su hija. Su hija tendría una última imagen de su madre yéndose en el auto, negándose a llevarla.
   Marina vio pasar una bolsa, luego otra. Con horror notó que una de las bolsas tenía uniforme de cartero. Allí, frente a ella, pasaba una persona que había perdido la lucha contra el agua. Recordó la sensación que había tenido más temprano ese día, la sensación de estar viva, y supo que ese hombre nunca más tendría una sensación como la suya. Entonces surgió de ella un grito. Gritó. Gritó como si hubiera conocido al cartero de toda la vida.
   A la par de su grito oyó otro grito. Dejó de gritar instintivamente, como si su grito no mereciera ser tan oído como el que venía desde afuera. Se asomó ligeramente al parabrisas y vio que un hombre joven intentaba nadar, y gritaba ruidos y chorros de agua. Quiso ayudar, pero sabía que si descendía del auto, el auto caería al agua.
   En la oscuridad vio una luz pequeña venir del edificio que estaba frente a ella. La luz se descomponía  con la forma de la lluvia. Vio al hombre retorcerse un poco, luego dejar de ir con la corriente. Cerró un poco los ojos para ver mejor, y pudo distinguir que el hombre colgaba en el aire de algún hilo invisible. Con avance penoso, el hombre surgió del agua, primero el torso, luego la intura, luego las nalgas, finalmente las piernas. Subía como suspendido de su propia esperanza. Subió y subió hasta llegar al segundo balcón, el lugar de donde venía la luz. Marina pudo apenas distinguir a una joven que tomó al hombre por los brazos y tiró de él hacia arriiba, como se tira de una red de pescar. Al menos él estaba a salvo. Respiró alividada.

* * *

   Por el vidrio veía que el agua arrasaba con todo a su paso. Árboles, animales, autos, basura. Montsé sentía que la capacidad de desplazarse había dejado su cuerpo allí, inmóvil, sin voluntad. Por sobre el sonido del agua podía oír el sonido de los objetos que el agua arrastraba chocar y romper vidrios, golpear las paredes. Pero por sobre estos ruidos oyó con claridad un grito. Era el grito de un hombre.         
    Sin pensarlo, abrió el ventanal y salió al balcón. El ruido del agua era ensordecedor. Intentó abstraerlo de su mente y concentrarse en el grito. Vio pasar entonces un señor con uniforme. Supo que el grito no venía de él, pues seguía la corriente sin resistirse, boca abajo. Estaba atónita, desesperada, pero volvió a concentrarse en el grito. Entonces vio que por su izquierda, a unos veinte metros, venía nadando en una mezcla irregular de estilos un hombre de su edad. Gritaba desesperado. Montsé corrió hasta la cocina, a tientas, y consiguió extraer de un cajón una soga larga. Se detuvo, pensó, y sacó del mismo cajón una potente linterna. Ató la soga al balcón, y en el otro extremo ató una de las macetas. Tiró la soga y la maceta, y con la linterna alumbró como pudo al hombre. El hombre dejó de gritar y miró en su dirección. Montserrat alumbró entonces la soga. No estaba segura de que el hombre tuviera fuerzas suficientes para subir desde el agua hasta su balcón. Se concentró en él, como si fuera lo único que existía, como si con solo mirarlo pudiera transmitirle un poco de sus fuerzas. Y grande fue su alegría cuando vio que el hombre logró asirse de la cuerda y subir de a poco. Subió, subió. Cuando estuvo al alcance de Montsé, esta lo tomó de los brazos y lo tiró hacia adentro. Estaba a salvo y tiritando.
   Con el mismo ímpetu, Montsé tiró de él hasta el baño, lo sentó en la bañera, y abrió el agua. El agua corrió por el cuerpo del hombre, llevándose las hojas de los árboles, el barro del agua. Corrió por unos minutos, el hombre se miró los brazos y las piernas, cortados y algunos sangrantes. Se cubrió el rostro con las manos y comenzó a llorar desesperadamente. Montsé saltó dentro de la bañera, se sentó con él bajo el agua de la ducha y lo abrazó.

* * *

    El agua arrastró a Julián varios metros. No sabía decir cuántos exactamente. Sintió que lo rozaban distintos objetos que no podía ver, pero que pudo distinguir al tacto: un tronco, una botella, una bolsa. Cada roce le producía un corte que el agua salada y sucia se encargaba de quemar, pero Julián, ajeno al dolor, procuraba mantenerse con vida. Al pasar la ola, nadó como pudo para volver a la superficie. La oscuridad era total. Logró sacar una mano del agua, y el roce del viento y el golpeteo de la lluvia le indicaron que allí estaba la superficie. 
   Sacó la cabeza, miró alrededor. El agua le hacía arder los ojos. Entendió que estaba solo, y que necesitaba ayuda, y con las pocas fuerzas que le quedaban, entre sorbos de agua que intentaba escupir, gritó. Gritó, metros y metros de gritos.
   Vio pasar a su alrededor cuerpos de animales, cuerpos de humanos. Su propio cuerpo había bloqueado la noción de lo que pasaba, y lo había enfocado en gritar, gritar y nada más.
   De pronto, sintió en el rostro una especie de calor. Razonó inmediatamente que no era calor, sino una luz. Siguió la luz hasta un balcón unos dos o tres metros más arriba, varios metros más adelante. La luz se desplazó de su rostro. Sintió una profunda desesperación, ¿lo habrían visto? ¿Lo ayudarían? Siguió la luz hasta justo debajo del balcón, donde pudo distinguir una sombra recta. Era una soga. Con esfuerzo cruzó despacio la calle a nado, hasta quedar del lado del balcón, y se dejó llevar ligeramente por la corriente hasta llegar a la luz y la soga. Se tomó de la soga, comenzó a subir. Años más tarde, Julián recordaría un ascenso por la soga que le llevara varias horas, pero que Monsté decía que había durado apenas unos minutos.
   Al final de la soga, unas manos lo tomaron con firmeza, lo tiraron hacia su salvación. Las mismas manos lo siguieron tirando hasta un lugar blanco, frío. Lo sentaron. A causa de tanto gritar, no podía hablar, y no estaba seguro de si debía decir algo. Sintió agua limpia correr por su cuerpo, primero fría, luego tibia, luego caliente. Recuperó la sensación de tener pies, de tener piernas, de ser un ser humano completo, y sin siquiera saber por qué, al ver los cortes en su cuerpo, cortes cuyo dolor no podía sentir, comenzó a llorar, a llorar como nunca antes había llorado.

* * *

  Volvió a tener consciencia de sí cuando se cortó la luz, como si el corte de luz hubiera sido un corte en el cordón umbilical, y de golpe tuviera vida propia. Le molestó la repentina interrupción. Un sonido vino de la cocina: el reloj con forma de pera anunciaba la próxima capa de la presa en el horno. Detrás del sonido del reloj, escuchó gritos, gritos desesperados. Mariela pensó en qué hacer primero, si atender el horno o la ventana, y entendiendo que no había nada que hacer por quien gritaba afuera, se dirigió a la cocina.
   Cumplido su deber culinario, y tal vez por curiosidad, se dirigió al ventanal que daba al balcón. Vio a través de este que un auto estaba estacionado en el edificio en construcción, a la misma altura de su balcón. Miró hacia abajo, vio el nivel del agua, y razonó que quien condujera el auto no lo podría haber metido allí a voluntad. Pero tampoco podía entender cómo había llegado hasta esa altura.
   Dirigió su atención hacia los gritos. Vio a un hombre joven retorcerse en el agua. Entendió que no podría hacer nada por él y se persignó. Vio luego que una luz enfocaba al hombre. A través de la lluvia pudo distinguir un rostro de rasgos agradables, deformado en un grito. Intentó pensar cómo sería el hombre si estuviera seco, si lo hubiera conocido en otras circunstancias.
   Algo pasó por enfrente de su vista y se detuvo frente a su balcón, a la altura de sus ojos. Era una soga que caía desde algún balcón más arriba. La luz que antes enfocaba al hombre iluminaba ahora a la soga. Mariela siguió los movimientos del hombre hasta la soga, y lo vio comenzar a ascender por ella. Horrorizada, pensó en la posibilidad de que el hombre desconocido, cansado de subir, se quedara en su balcón y pidera entrar. Tan rápidamente como pudo, cerró la persiana del ventanal y se refugió en la cocina. Encontró una aceituna sobre la mesada y se la comió.

* * *

   Pasó la noche, el agua descendió. La débil claridad del día siguiente entró por ventanas y ventanillas, y encontró a Marina despierta, tensa, desesperada; a Montserrat envuelta en una gruesa manta, rendida ante el sueño por el cansancio,  acostada en el piso de su sala; a Mariela dormida en su cama, soñando con la excelente receta de la noche anterior; a Julián también dormido por el cansancio del acontecimiento, borrada totalmente de su mente la caricia indiferente que había recibido el día anterior; y a Daniel en uno de los grandes desagues de la ciudad, en la compañía de otros hombres y mujeres, perros y gatos, árboles y plantas que, como él, sucumbieron ante el poder de las aguas.
   Y así como el agua arrasa y destruye, para quienes la vencen, reordena y construye, y nadie se queda sin premio ni pérdida. Porque aunque los días pasen, y las personas vuelvan a su vida cotidiana, aunque los años pasen y todo sea un mal recuerdo, la lluvia puede volver a caer, el agua puede volver a subir, y los roles que fueron pueden cambiar.




   

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