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domingo, 16 de junio de 2019

CARTA A NUESTROS HÉROES DE MALVINAS

Balcarce,14 de junio de 2019

A nuestros queridos héroes de Malvinas:
Hoy, como hace muchos años, volvimos a elegir el mismo medio de comunicación por el cual se comunicaban con sus familiares, amigos o el pueblo argentinos, para agradecerles que hayan defendido con valentía y sacrificio nuestra islas Malvinas, una parte de nuestra patria.
Arriesgaron su vida por lo que nos pertenece, soportaron el frío, el hambre, la soledad, la angustia y vencieron el miedo. Aunque no estaban técnicamente preparados para combatir lo dieron "todo".Lamentamos que no los hayan reconocidos desde el primer día que volvieron a pisar suelo argentino, y que el pueblo haya olvidado lo sucedido, pero hoy volvimos a hablar, comenzaron a contarnos su experiencia, los pudimos conocer; hoy Malvinas está en nuestra memoria, es "una herida que no cicatriza" y debemos seguir luchando DIPLOMÁTICAMENTE por recuperar la soberanía.
Hoy también recordamos a todos aquellos que ya no están y quedaron custodiando nuestras islas . Gracias por defender nuestro territorio argentino.

Alumnos de 2do ”B” E.E.S.Nº 10

Adrian Aguirre, Ramón Buide, Nahuel Cuenca, Melina Cuenca, Ariel Delgado, Rodrigo
Farias, Agustin Menchón, ,Agustin Vega, Sofia Mercado, Yanet Dornet,Yanet Mamani,Cindy Zubiria, Tatiana Iribarren, Dalma Olea, Priscila Suarez, Melisa Lupo, Melisa Masmut, Dario Peralta, Cristina Carrizo,Leandro Martinez

sábado, 26 de octubre de 2013

TÍTULOS TONTOS, DISCURSOS ABSURDOS. Una carta de Theodore Roosevelt

Washington, 2 de diciembre de 1908 Departamento de Estado:
Querría que el Departamento me informara qué permitió que el Embajador Chino a ayer dos veces "Su Excelencia" para dirigirse al Presidente. No sólo la ley, sino también la sabia costumbre y las convenciones exigen que se dirija uno al Presidente tratándolo tan sólo "Sr. Presidente" o "Presidente". Es del todo inapropiado permitir el uso de un título tonto como "Excelencia" (y si acaso los títulos estuvieran permitidos, éste es totalmente indigno del cargo de Presidente). Cualquier título es tonto cuando se trata del Presidente. Pero éste es más bien excepcionalmente tonto. Y no sólo es tonto, sino inexcusable, que el Departamento de Estado -que debería por encima de todos los Departamentos ser correcto en su uso- permita que representantes extranjeros caigan en el error garrafal de usar tal título. Querría una explicación inmediata de por qué se permitió el error garrafal y una declaración pormenorizada de qué ha hecho el Departamento para evitar la comisión de cualquier error garrafal similar en el futuro.
Ahora, en lo que hace al discurso propiamente dicho. No lo leí como estaba escrito porque era necio y absurdo. Ya tuve que corregir el telegrama ridículo que redactaron para que mandara a China en ocasión de la muerte del Emperador y la Emperatriz Viuda. No objeto la rotunda necedad de los discursos que he dirigido y me han dirigido los representantes de gobiernos extranjeros con motivo de la presentación de sus cartas credenciales o cuando vienen a despedirse. La ocasión es puramente formal y los discursos absurdos que intercambiamos no son más que formas más bien elaboradas de decir buenos días o adiós. Por supuesto, sería mejor si fueran menos absurdos, y si tuviéramos un formulario que pudiéramos usar el Ministro y el Presidente en tales ocasiones, un formulario que permitiera las leves variaciones requeridas por cada caso en particular. Me parece que podrían elaborarse formularios así, de la misma manera que usamos formularios especiales en las cartas absurdas y necias que escribo a Emperadores, Reyes Apostólicos, Presidentes y demás, cartas en las que me dirijo a ellos como "Estimado gran amigo" y firmo "Su buen amigo". Estas cartas carecen de sentido; pero tal vez en su conjunto no sean del todo objetables cuando anuncio formal y convencionalmente que he enviado un ministro o embajador o que he recibido a un ministro o embajador. Me resultan absurdas y necias sólo cuando felicito a los soberanos por el nacimiento de bebés -portadores de dieciocho o veinte nombres- de gente cuya mismísima existencia ignoro; o presento mis condolencias por la muerte de individuos a los que desconozco. Aun así, si el abandono de esta costumbre estúpida causara problemas, sería mucho más estúpido provocar el problema que conservar la costumbre. (...) La cortesía es necesaria, pero los halagos demasiado efusivos y obviamente falsos no hacen más que poner en ridículo a ambas partes; y además son de mala educación.

26° presidente de los Estados Unidos (1901-1909), Premio Nobel de la Paz en 1906, se destacó tanto por el reformismo de su política interior como la diplomacia de su administración, curioso, si se considera la alergia al protocolo expresa en esta carta furiosa al Departamento de Estado.

miércoles, 19 de junio de 2013

UNA CARTA DE LUIS VITALE

Luis Vitale (1927 - 2010) fue un historiador e intelectual argento-chileno. Participó en el movimiento obrero y fue autor de diversas investigaciones en torno al movimiento obrero chileno, llegando a ser elegido Presidente del Sindicato de Empleados de Laboratorios y luego de la Federación de Química y Farmacia y en 1959 dirigente nacional de la CUT.
Tras el golpe militar de 1973, fue detenido y torturado, pasando por diversos campos de concentración. En 1974 se asiló en Alemania. En 1962 publicó su primera obra titulada "Historia del Movimiento Obrero". Su principal aporte a la historiografía chilena fue su obra "Interpretación Marxista de la Historia de Chile”
Fue profesor titular en la Universidad de Chile, además de desempeñarse como profesor en la Universidad de Concepción, Universidad Técnica del Estado, Universidad Gôete de Frankfurt, Universidad Central de Venezuela, Universidad Nacional de Bogotá, Universidad Río Cuarto de Córdoba, Argentina, y Profesor Doctor Emérito de la Universidad de Groningen, en Hamburgo

Estimada C…

Una serie de circunstancias, (y no son pretextos) como el cierre por vacaciones de algunas editoriales y la inexistencia de algunos libros, me han impedido cumplir a tiempo con el envío de obras que le había prometido.
De acuerdo a lo que habíamos charlado, podría empezar con Pirenne. Su lectura detenida le proporcionará una visión general de los problemas fundamentales de la vida medieval, especialmente de la económica, palanca clave que pone en movimiento las relaciones simples de los hombres. Una vez comprendidos estos fenómenos estructurales podrá meterse con toda soltura en los problemas de la cultura. Todo, teniendo siempre en cuenta que el conocimiento erudito es el soporte de cualquier generalización.
Esto (interpretación de leyes generales, procesos histórico de esas leyes, sus diferenciaciones, sus dinámicas parciales) que parece tan sencillo lo manejan muy pocos historiadores, especialmente los argentinos. En este país, como en todo país en que no se investiga seriamente, se construyen las hipótesis históricas más disparatadas, precisamente porque se parte  de una concepción que desprecia la erudición (justificación del haragán) y que opina que debe hacerse “sociología”, “filosofía de la historia”. De ahí, sus divisiones en las grandes etapas históricas, sus cuadros “racionalmente perfectos” del curso de la humanidad, poniendo mucho esmero en que esas divisiones coincidan con sus pensamientos. De todo esto, resulta una concepción idealista completamente apartada de la realidad. Esto no indica que niegue las ventajas que depara la diferenciación de los grandes períodos de la historia. Al contrario, esa debe ser la tarea de todo historiador corriente que se remonta por encima del hecho anecdótico. Pero, esas generalizaciones deben surgir del estudio de la realidad concreta, no de concepciones ideales de la vida.
Mas, para investigar se debe contar con un método de análisis que nos facilite el estudio, que nos señale qué aspecto de la realidad es el motor de la marcha histórica. Una concepción filosófica, captada de la realidad, que al mismo tiempo nos permita tener una visión general de todas las ciencias y del curso del mundo contemporáneo.
En la medida en que formemos un equipo de trabajo integrado por compañeros que posean parecidos métodos de investigación, tanto más unificado será el producto de nuestros estudios.
Si me he extendido en algunos conceptos, es porque observo que sus in quietudes tienden a canalizarse por el lado de la investigación y que, por consiguiente, será una futura compañera de trabajo.
Con la esperanza de seguir charlando de todas estas cosas dentro de poco tiempo, lo saluda con un fuerte apretón de manos.


Luis Vitale

CARTA A ABRAHAM LINCOLN, PRESIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS DE AMERICA

Muy señor mío:

Saludamos al pueblo americano con motivo de la reelección de Ud. por una gran mayoría.
Si bien la consigna moderada de su primera elección era la resistencia frente al poderío de los esclavistas, el triunfante grito de guerra de su reelección es: ¡muera el esclavismo!
Desde el comienzo de la titánica batalla en América, los obreros de Europa han sentido instintivamente que los destinos de su clase estaban ligados a la bandera estrellada. ¿Acaso la lucha por los territorios que dio comienzo a esta dura epopeya no debía decidir si el suelo virgen de los infinitos espacios sería ofrecido al trabajo del colono o deshonrado por el paso del capataz de esclavos?
Cuando la oligarquía de 300.000 esclavistas se abrevió por vez primera en los anales del mundo a escribir la palabra «esclavitud» en la bandera de una rebelión armada, cuando en los mismos lugares en que había nacido por primera vez, hace cerca de cien años, la idea de una gran República Democrática, en que había sido proclamada la primera Declaración de los Derechos del Hombre y se había dado el primer impulso a la revolución europea del siglo XVIII, cuando, en esos mismos lugares, la contrarrevolución se vanagloriaba con invariable perseverancia de haber acabado con las «ideas reinantes en los tiempos de la creación de la constitución precedente», declarando que «la esclavitud era una institución caritativa, la única solución, en realidad, del gran problema de las relaciones entre el capital y el trabajo», y proclamaba cínicamente el derecho de propiedad sobre el hombre «piedra angular del nuevo edificio», la clase trabajadora de Europa comprendió de golpe, ya antes de que la intercesión fanática de las clases superiores en favor de los aristócratas confederados le sirviese de siniestra advertencia, que la rebelión de los esclavistas sonaría como rebato para la cruzada general de la propiedad contra el trabajo y que los destinos de los trabajadores, sus esperanzas en el porvenir e incluso sus conquistas pasadas se ponían en tela de juicio en esa grandiosa guerra del otro lado del Atlántico. Por eso la clase obrera soportó por doquier pacientemente las privaciones a que le había condenado la crisis del algodón, se opuso con entusiasmo a la intervención en favor del esclavismo que reclamaban enérgicamente los potentados, y en la mayoría de los países de Europa derramó su parte de sangre por la causa justa.
Mientras los trabajadores, la auténtica fuerza política del Norte, permitían a la esclavitud denigrar su propia república, mientras ante el negro, al que compraban y vendían, sin preguntar su asenso, se pavoneaban del alto privilegio que tenía el obrero blanco de poder venderse a sí mismo y de elegirse el amo, no estaban en condiciones de lograr la verdadera libertad del trabajo ni de prestar apoyo a sus hermanos europeos en la lucha por la emancipación; pero ese obstáculo en el camino del progreso ha sido barrido por la marea sangrienta de la guerra civil.
Los obreros de Europa tienen la firme convicción de que, del mismo modo que la guerra de la Independencia en América ha dado comienzo a una nueva era de la dominación de la burguesía, la guerra americana contra el esclavismo inaugurará la era de la dominación de la clase obrera. Ellos ven el presagio de esa época venidera en que a Abraham Lincoln, hijo honrado de la clase obrera, le ha tocado la misión de llevar a su país a través de los combates sin precedente por la liberación de una raza esclavizada y la transformación del régimen social.


Escrito por C. Marx entre el 22 y el 29 de noviembre de 1864. Se publica de acuerdo con el texto del periódico. Newspaper", núm. 169, del 7 de enero de 1865.