La realidad es una noticia impresa a todo color en la primera plana de los diarios. Los titulares de los noticieros despachan en casa las desgracias del mundo. La radio dispara flashes informativos. Un amigo nos confiesa que la calle está dura. La danza que baila la fortuna se nos escapa entre los dedos. Buscamos la salida y nos chocamos contra una pared. Cuando finalmente cerramos los ojos para refugiarnos en la oscuridad, aparecen los sueños.
Cerrar para abrir. Hay un circuito que recomienza dentro nuestro. Un capullo que se teje desde la profundidad del alma. Un susurro descuidado que muta y se transforma en canción.
La correntada arrasa lo que encuentra a su paso. Es un segundo perfecto en donde el cielo y el mar se confunden. El cielo nos ayuda a mirar con claridad. El mar nos permite viajar a través del tiempo.
Las velas hinchan su barriga de viento. Los fieles maderos besan el agua. Estamos en viaje. Y el viaje despabila los sueños.
En ese devenir incierto nos acercamos hacia lo imposible.
Desembarcamos sobre las costas de una tierra recién nacida. Corremos hacia el horizonte para besarle los cabellos al crepúsculo. Tironeamos el vestido de la noche, desgarrando la claridad de la mañana. Hacemos nacer una boca enamorada de libertad. Sus palabras hablan de belleza, porque lo bello nace de la libertad.
El viejo muro ennegrecido queda oculto tras la enredadera. Más tarde le nacen flores. Y son cientos los pájaros que picotean sobre el sinfín de los colores.
En el aire hemos abierto un surco. En la tierra hemos sembrado una palabra. Los días y las noches se encadenan en un collar de piedras preciosas.
Sigilosamente hemos remontado una utopía. Para no dejarla caer tiramos del piolín como si fuera un barrilete. Allá arriba la esperan los relámpagos. Los furiosos ataques de un tornado, las estocadas traicioneras de la lluvia. Desde abajo tironeamos. Creemos. Nos entusiasmamos. Cada centímetro que le ganamos al aire es un triunfo. No es para menos. Hemos ascendido tanto que el barrilete es un punto diminuto en el poniente. Sobre su piel se fundieron nuestras risas, y con eso alcanza para conquistar el cielo.
¡Bienvenidos! Este blog de literatura está abierto a todo tipo de lectores. Quienes lo hacemos no tenemos otra motivación que el de compartir la lectura de las obras de escritores de todos los tiempos, así como también las de aquellos que se inician y también merecen difusión.
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sábado, 17 de noviembre de 2018
El ave de los dioses - Por Boris
Había una vez una ciudad. Ni muy grande ni muy chica, ni muy linda ni muy fea, ni muy rica ni muy pobre, que adoraba varios dioses, tan simples y poderosos como ellos. Esa ciudad tenía de todo lo que pudiese agradar a sus habitantes de tal modo que, con el pasar del tiempo, los hombres comenzaron a volverse fríos e indiferentes unos con otros. Ya casi nadie se saludaba, los niños jugaban solos y aislados de los demás, los jóvenes se detenían a soñar sus propios sueños, los adultos iban y venían abstraídos en sus propios problemas y los viejos yacían en confortables y cómodas celdas individuales.
Semejante situación llevó a que pronto, casi imperceptiblemente, también fueran olvidándose de su nacionalidad, de su lengua, de sus costumbres y finalmente, de sus dioses.
Fue allí cuando éstos, reunidos en consejo, determinaron destruir a tamaños impíos. La discusión fue acalorada y finalmente se acordó destruirles por agua, de tal modo que pereciesen ahogados todos los habitantes de aquella ciudad. Todos estuvieron de acuerdo, excepto quien con buenas razones (que no son muy diferentes que las que usan las buenas personas) logró que se les diese otra oportunidad. Pidió crear un pájaro para que cuando los demás dioses determinaran destruir la ciudad, su canto les recordase que la lluvia no debía prevalecer.
Así lo acordaron y cuando los demás dioses desataban la tempestad, el ave graznaba y ellos se acordaban de no destruir la ciudad.
Así fue durante años hasta que un día, los habitantes pasaron de la indiferencia al mas profundo de los egoísmos. Pronto se volvieron perversos, violentos y codiciosos, y su tierra estaba llena de maldad e injusticia, entonces alguien que ocasionalmente pasaba bajo la lluvia divisó al cantor divino y, determinado a hacer lo que le venía en gana, le arrojó una piedra de tal modo que le dio de lleno.
El ave cayó fuertemente al suelo y a partir de ese momento las aguas no cesaron de fluir hasta que toda la gente pereció ahogada.
Semejante situación llevó a que pronto, casi imperceptiblemente, también fueran olvidándose de su nacionalidad, de su lengua, de sus costumbres y finalmente, de sus dioses.
Fue allí cuando éstos, reunidos en consejo, determinaron destruir a tamaños impíos. La discusión fue acalorada y finalmente se acordó destruirles por agua, de tal modo que pereciesen ahogados todos los habitantes de aquella ciudad. Todos estuvieron de acuerdo, excepto quien con buenas razones (que no son muy diferentes que las que usan las buenas personas) logró que se les diese otra oportunidad. Pidió crear un pájaro para que cuando los demás dioses determinaran destruir la ciudad, su canto les recordase que la lluvia no debía prevalecer.
Así lo acordaron y cuando los demás dioses desataban la tempestad, el ave graznaba y ellos se acordaban de no destruir la ciudad.
Así fue durante años hasta que un día, los habitantes pasaron de la indiferencia al mas profundo de los egoísmos. Pronto se volvieron perversos, violentos y codiciosos, y su tierra estaba llena de maldad e injusticia, entonces alguien que ocasionalmente pasaba bajo la lluvia divisó al cantor divino y, determinado a hacer lo que le venía en gana, le arrojó una piedra de tal modo que le dio de lleno.
El ave cayó fuertemente al suelo y a partir de ese momento las aguas no cesaron de fluir hasta que toda la gente pereció ahogada.
sábado, 4 de agosto de 2018
EL SALTO DE LA MAROMA JOHN MILLER (1817) De “El gaucho a través de los testimonios de extranjeros.” Buenos Aires: Emecé, 1947
“Entre las cosas que hacen para divertir a los huéspedes, la destreza en montar a caballo es la ostentación favorita de un estanciero. Éste dispone que traigan unos cuantos potros sin domar y que los metan en el corral, que es un círculo cerrado de fuertes estacas clavadas en el suelo y atadas unas a otras con tiras de cuero; algunas veces son de tapias de tierra o de piedra. Colocan una barra a una altura proporcionada en la única entrada que tiene el corral, la cual es tan estrecha que no cabe más que un caballo a la vez. Un peón se pone encima,abierto de piernas, y se deja caer perpendicularmente sobre el lomo de uno de los potros que pasan a galope por debajo, y se sostiene en pelo, sin silla ni brida, asegurando sus largas espuelas contra la barriga del potro, el cual principia a hacer corcovos, a dar coces, levantarse de manos, dar brincos, saltos de carnero y cuantos esfuerzos puede para tirar al jinete, hasta que asustado y rendido, se deja manejar perfectamente. Si el peón desea desmontar antes que el caballo esté cansado, arma una especie de zancadilla poniendo un pie entre los brazuelos del potro, le aprieta debajo del pecho y, poniéndose derecho, cae el caballo a sus pies, sin hacerse daño el jinete [...].”
sábado, 9 de junio de 2018
FALTA DE CIENCIA Del libro “Mi patria y mi pueblo” de Lin Yutang
Se ha hecho ya una suficiente exposición de las características del pensamiento chino como para permitirnos apreciar las causas de esta incapacidad de desarrollar la ciencia natural. Los griegos fijaron las bases de la ciencia natural porque la mente griega era esencialmente analítica, hecho que queda demostrado por el sorprendente modernismo de Aristóteles. Los egipcios desarrollaron la geometría y la astronomía, ciencias que requerían una mente analítica; y los hindúes desarrollaron una gramática propia. Los chinos, pese a toda su inteligencia natural, jamás desarrollaron una ciencia de la gramática, y sus conocimientos de las matemáticas y la astronomía han sido casi enteramente importados. Porque la mente china sólo se deleita con los lugares comunes morales, y sus términos abstractos, como "benevolencia", "bondad", "propiedad", y "lealtad", son tan generales que al discutirlos se pierden naturalmente en vagas generalidades.
De todos los antiguos filósofos de la Dinastía Chou, sólo Motsé y Hanfeitsé desarrollaron un estilo parecido al razonamiento fluido. Mencio, que era indudablemente un gran sofista, sólo se interesaba por palabras grandes, como "utilidad" y "rectitud". Todos los demás, como Chuangtsé, Liehtsé y Huainantsé, se complacían en hacer graciosas metáforas.
Los discípulos de Motsé, Huei Shih y Kungsun Lung, que eran grandes sofistas, se interesaban en desenredar líos escolásticos, y en tratar de demostrar proposiciones como las siguientes: "los huevos tienen pelos", "los caballos ponen huevos", "un perro puede ser un cordero", "un pollo tiene tres piernas", "el fuego no es caliente", "la rueda jamás toca el suelo", "una tortuga es más larga que una serpiente", etc. Los sabios de la Dinastía Han, que siguieron de cerca a aquéllos, sólo se interesaban en hacer comentarios alejandrinos sobre los clásicos del período precedente. Los sabios Chin, después de ellos, restauraron el taoísmo y dependieron de su "intuición" para resolver los misterios de sus cuerpos y del universo. Jamás se pensó en la experimentación, y no se desarrolló método científico alguno. Los filósofos Sung volvieron a interpretar a Confucio a la luz del budismo, y transformaron su teoría en un sistema de disciplina mental e higiene moral. Lograron una reputación por su destreza para captar el contenido moral de un libro "sin necesidad de conocerlo del todo". Los sabios Sung tenían, pues, la filología menos científica, o acaso no tenían filología alguna. Solamente en la Dinastía Ch'ing (Mancha) se desarrolló un método comparativo, que llevó en seguida a la filología Ch'ing a una altura jamás lograda. La filología Ch'ing fue lo que más cerca estuvo de un método científico en China.
Es fácil ver por qué la mente china no puede desarrollar un método científico; porque el método científico, fuera de ser analítico, siempre significa cierta suma de estupidez, en tanto que los chinos creen en los chispazos de sentido común y de visión. Y el razonamiento inductivo, llevado a las relaciones humanas (en las cuales finca el interés primario de los chinos) resulta a menudo en una forma de estupidez que no es del todo rara en las universidades norteamericanas.
Hay en nuestros días doctas disertaciones dentro del. método inductivo que harían saltar a Bacon en su tumba. Ningún chino podría ser tan estúpido como para escribir una disertación sobre los helados y, después de una serie de cuidadosas observaciones, anunciar la asombrosa conclusión de que "la función primaria del azúcar (en la fabricación de helados) es endulzarlos"; o, después de un metódico estudio sobre "Comparación en tiempo y movimiento de cuatro métodos de lavado de la ropa", percibir con felicidad que "el movimiento de encorvarse e incorporarse es fatigoso"; o, en "Un estudio del contenido bacterial de la ropa interior de algodón", decir que "el número de bacterias tiende a aumentar con el tiempo que se usan las prendas". Una noticia periodística, hace varios años, informaba que un estudiante de la Universidad de Chicago, después de hacer un "estudio comparativo", del poder impresional de varios tipos de letras, descubrió que cuanto más negros son los tipos tanto más atraen la mirada.
Creo que podría llegarse a esta especie de estupidez, aunque sea útil para la publicidad comercial, con igual exactitud mediante un solo momento de sentido común e "intuición" de los chinos. El mejor dibujo humorístico que he visto en Punch es el que pinta a un congreso de "conductismo", cuyos miembros, después de hacer pasar una cantidad de cerdos por una prueba, con un termómetro en el hocico y un collar de perlas por delante, resuelven unánimemente que los cerdos no reaccionan a la vista de las joyas. Estas cosas no pueden ser meramente una prostitución del método científico, porque vemos que el profesor Cason, de la Universidad de Rochester, leyó en la Novena Conferencia Internacional de Psicólogos un trabajo sobre "Origen y Naturaleza de las Molestias Comunes", en que había anotado 21.000 clases de molestias las cuales después de deducir las duplicaciones y las "molestias espúreas", quedaron reducidas a poco, y en que consiguió graduar estas molestias de manera que tenía 26 puntos "los pelos en la sopa", 2 puntos "una calvicie en el teatro" y 24 puntos "las cucarachas".
Es claro que cierta cantidad de estupidez y tontería es parte integrante de la verdadera labor científica. Solamente la verdadera disciplina científica puede permitir a un hombre de ciencia deleitarse en el descubrimiento de que una lombriz de tierra tiene cierta capa protectora, porque a la acumulación de tales hechos detenidamente observados se debe que la ciencia haya crecido de generación en generación hasta su magnífica estatura actual. Sin esa perspectiva científica, y con una gran proporción de humor y sentido común, los chinos deben considerar necesariamente que el estudio y observación de la vida de una lombriz de tierra o de un pececillo de colores están por debajo de la dignidad de un sabio.
De todos los antiguos filósofos de la Dinastía Chou, sólo Motsé y Hanfeitsé desarrollaron un estilo parecido al razonamiento fluido. Mencio, que era indudablemente un gran sofista, sólo se interesaba por palabras grandes, como "utilidad" y "rectitud". Todos los demás, como Chuangtsé, Liehtsé y Huainantsé, se complacían en hacer graciosas metáforas.
Los discípulos de Motsé, Huei Shih y Kungsun Lung, que eran grandes sofistas, se interesaban en desenredar líos escolásticos, y en tratar de demostrar proposiciones como las siguientes: "los huevos tienen pelos", "los caballos ponen huevos", "un perro puede ser un cordero", "un pollo tiene tres piernas", "el fuego no es caliente", "la rueda jamás toca el suelo", "una tortuga es más larga que una serpiente", etc. Los sabios de la Dinastía Han, que siguieron de cerca a aquéllos, sólo se interesaban en hacer comentarios alejandrinos sobre los clásicos del período precedente. Los sabios Chin, después de ellos, restauraron el taoísmo y dependieron de su "intuición" para resolver los misterios de sus cuerpos y del universo. Jamás se pensó en la experimentación, y no se desarrolló método científico alguno. Los filósofos Sung volvieron a interpretar a Confucio a la luz del budismo, y transformaron su teoría en un sistema de disciplina mental e higiene moral. Lograron una reputación por su destreza para captar el contenido moral de un libro "sin necesidad de conocerlo del todo". Los sabios Sung tenían, pues, la filología menos científica, o acaso no tenían filología alguna. Solamente en la Dinastía Ch'ing (Mancha) se desarrolló un método comparativo, que llevó en seguida a la filología Ch'ing a una altura jamás lograda. La filología Ch'ing fue lo que más cerca estuvo de un método científico en China.
Es fácil ver por qué la mente china no puede desarrollar un método científico; porque el método científico, fuera de ser analítico, siempre significa cierta suma de estupidez, en tanto que los chinos creen en los chispazos de sentido común y de visión. Y el razonamiento inductivo, llevado a las relaciones humanas (en las cuales finca el interés primario de los chinos) resulta a menudo en una forma de estupidez que no es del todo rara en las universidades norteamericanas.
Hay en nuestros días doctas disertaciones dentro del. método inductivo que harían saltar a Bacon en su tumba. Ningún chino podría ser tan estúpido como para escribir una disertación sobre los helados y, después de una serie de cuidadosas observaciones, anunciar la asombrosa conclusión de que "la función primaria del azúcar (en la fabricación de helados) es endulzarlos"; o, después de un metódico estudio sobre "Comparación en tiempo y movimiento de cuatro métodos de lavado de la ropa", percibir con felicidad que "el movimiento de encorvarse e incorporarse es fatigoso"; o, en "Un estudio del contenido bacterial de la ropa interior de algodón", decir que "el número de bacterias tiende a aumentar con el tiempo que se usan las prendas". Una noticia periodística, hace varios años, informaba que un estudiante de la Universidad de Chicago, después de hacer un "estudio comparativo", del poder impresional de varios tipos de letras, descubrió que cuanto más negros son los tipos tanto más atraen la mirada.
Creo que podría llegarse a esta especie de estupidez, aunque sea útil para la publicidad comercial, con igual exactitud mediante un solo momento de sentido común e "intuición" de los chinos. El mejor dibujo humorístico que he visto en Punch es el que pinta a un congreso de "conductismo", cuyos miembros, después de hacer pasar una cantidad de cerdos por una prueba, con un termómetro en el hocico y un collar de perlas por delante, resuelven unánimemente que los cerdos no reaccionan a la vista de las joyas. Estas cosas no pueden ser meramente una prostitución del método científico, porque vemos que el profesor Cason, de la Universidad de Rochester, leyó en la Novena Conferencia Internacional de Psicólogos un trabajo sobre "Origen y Naturaleza de las Molestias Comunes", en que había anotado 21.000 clases de molestias las cuales después de deducir las duplicaciones y las "molestias espúreas", quedaron reducidas a poco, y en que consiguió graduar estas molestias de manera que tenía 26 puntos "los pelos en la sopa", 2 puntos "una calvicie en el teatro" y 24 puntos "las cucarachas".
Es claro que cierta cantidad de estupidez y tontería es parte integrante de la verdadera labor científica. Solamente la verdadera disciplina científica puede permitir a un hombre de ciencia deleitarse en el descubrimiento de que una lombriz de tierra tiene cierta capa protectora, porque a la acumulación de tales hechos detenidamente observados se debe que la ciencia haya crecido de generación en generación hasta su magnífica estatura actual. Sin esa perspectiva científica, y con una gran proporción de humor y sentido común, los chinos deben considerar necesariamente que el estudio y observación de la vida de una lombriz de tierra o de un pececillo de colores están por debajo de la dignidad de un sabio.
sábado, 9 de diciembre de 2017
La Paloma y la Terminal de Ómnibus - Por Héctor Fuentes
La paloma desciende y sus patas aterrizan sobre el piso mugriento. Se desplaza en círculos moviendo el cogote en un vaivén implacable. Su cuello tornasolado trae la maravilla de los siete colores, el arco iris aterciopelado que brilla y se deshace a cada instante.
Recorre los pasillos con la elegancia de las criaturas venidas del aire. Acelera la marcha y aletea apenas sobrevolando las baldosas, elevándose ligeramente sobre la línea del suelo.
Busca un aliado en este mundo de corridas y apurones. Busca un surco propicio para entender de que está hecho el cielo. Anhela ser algo más que un visitante inoportuno, y entonces, se mueve como un aeroplano que dibuja redondeles y serpientes. Se agita en remolinos hacia la vastedad y el aburrimiento.
Los pasajeros la ignoran. Absortos en la contemplación de las tapas de los diarios, dejan pasar el milagro, y hunden la mirada en el pozo de sus preocupaciones. El ave sigue su curso. Camina, se pasea, abre el abanico de la cola y se propulsa hacia adelante.
La Terminal entra en su horario pico y los micros llegan y se van. La gente se arremolina empujando bolsos y ambiciones. Se abraza y se despide. Los motores rujen gritos destemplados deshabitando los bancos que vuelven a ofrecer su amparo. Alguien parte y alguien espera. La mecánica del viaje dinamiza los engranajes, para que el ciclo recomience.
Unos niños señalan al ave con el dedo, que ahora corre a refugiarse bajo un banco de madera.
La espera vuelve a incendiar su mecha. Desde el puesto de diarios, un señor prende un cigarrillo y relojea la hora. Alguien revuelve una taza de café orbitando alrededor de las cosas; mascullando el influjo del futuro que se avizora tras los cristales fosforescentes.
Concentrado en la limpieza, el ordenanza pasa su escobillón de aserrín. Frota la lámpara que se esconde bajo el corazón gastado de las baldosas. El chillido de una radio sobrevuela la tarde. La rueda gira y un chico interpone sus ojos entre la marea humana. Ofrece un ramo de flores con la mirada esquiva de las criaturas abandonadas.
La Terminal es un ovillo silencioso enhebrando el misterio de las horas: instantes que se deshacen tras despedidas y juramentos. Es la eterna madre donde confluyen los viajeros.
La paloma recorre la distancia terrestre envuelta en una caminata zigzagueante. Ella conoce los infinitos naranjas del poniente y busca prender la llama sobre el espíritu de los hombres. Procura frotar las patas y desencadenar un aluvión de chispas enloquecidas; de pedacitos de crepúsculo arrancados del horizonte.
Cuando el alboroto crece, y los nuevos pasajeros irrumpen, bate sus alas subiendo escalones invisibles, pedaleando la bicicleta contra la gravidez del aire. Entonces su cuerpo se eleva, asciende, y toda la poesía estalla.
En un loco arrebato vuela triunfante hacia la vigas del techo. Hacia su verdadero reino de torres y campanarios; de cúpulas extraordinarias; de nidos entrelazados en ramas y catedrales.
Un espléndido movimiento la devuelve a las alturas. Al aire sereno de donde provino. Al pedestal majestuoso que conjura el aullido del viento.
Recorre los pasillos con la elegancia de las criaturas venidas del aire. Acelera la marcha y aletea apenas sobrevolando las baldosas, elevándose ligeramente sobre la línea del suelo.
Busca un aliado en este mundo de corridas y apurones. Busca un surco propicio para entender de que está hecho el cielo. Anhela ser algo más que un visitante inoportuno, y entonces, se mueve como un aeroplano que dibuja redondeles y serpientes. Se agita en remolinos hacia la vastedad y el aburrimiento.
Los pasajeros la ignoran. Absortos en la contemplación de las tapas de los diarios, dejan pasar el milagro, y hunden la mirada en el pozo de sus preocupaciones. El ave sigue su curso. Camina, se pasea, abre el abanico de la cola y se propulsa hacia adelante.
La Terminal entra en su horario pico y los micros llegan y se van. La gente se arremolina empujando bolsos y ambiciones. Se abraza y se despide. Los motores rujen gritos destemplados deshabitando los bancos que vuelven a ofrecer su amparo. Alguien parte y alguien espera. La mecánica del viaje dinamiza los engranajes, para que el ciclo recomience.
Unos niños señalan al ave con el dedo, que ahora corre a refugiarse bajo un banco de madera.
La espera vuelve a incendiar su mecha. Desde el puesto de diarios, un señor prende un cigarrillo y relojea la hora. Alguien revuelve una taza de café orbitando alrededor de las cosas; mascullando el influjo del futuro que se avizora tras los cristales fosforescentes.
Concentrado en la limpieza, el ordenanza pasa su escobillón de aserrín. Frota la lámpara que se esconde bajo el corazón gastado de las baldosas. El chillido de una radio sobrevuela la tarde. La rueda gira y un chico interpone sus ojos entre la marea humana. Ofrece un ramo de flores con la mirada esquiva de las criaturas abandonadas.
La Terminal es un ovillo silencioso enhebrando el misterio de las horas: instantes que se deshacen tras despedidas y juramentos. Es la eterna madre donde confluyen los viajeros.
La paloma recorre la distancia terrestre envuelta en una caminata zigzagueante. Ella conoce los infinitos naranjas del poniente y busca prender la llama sobre el espíritu de los hombres. Procura frotar las patas y desencadenar un aluvión de chispas enloquecidas; de pedacitos de crepúsculo arrancados del horizonte.
Cuando el alboroto crece, y los nuevos pasajeros irrumpen, bate sus alas subiendo escalones invisibles, pedaleando la bicicleta contra la gravidez del aire. Entonces su cuerpo se eleva, asciende, y toda la poesía estalla.
En un loco arrebato vuela triunfante hacia la vigas del techo. Hacia su verdadero reino de torres y campanarios; de cúpulas extraordinarias; de nidos entrelazados en ramas y catedrales.
Un espléndido movimiento la devuelve a las alturas. Al aire sereno de donde provino. Al pedestal majestuoso que conjura el aullido del viento.
sábado, 14 de octubre de 2017
POR NUESTROS NIÑOS (Extraído del libro “Supérate” De Agustín Pastoriza, Ed Kapelusz, año 1932)
Era un pobre matrimonio obrero. El esposo trabajaba en una fábrica y la mujer realizaba todos los quehaceres domésticos, sin ahorrar esfuerzos ni cuidados para vivir con la mayor economía. Nació un niño; lo llamaron Juancito.
Fue la esperanza, la suave estrellita de luz que guiaría la vida de los sacrificados esposos. Desde que el niño vino, toda privación trocábase en felicidad. Al fin, era por él Pero a los dos meses, el padre murió. La madre, con su hijito, quedó sola ante la vida.
Esa mujer era grande amando con ternura entrañable al huerfanito; pero ahora sería sublime enalteciendo el amor con el trabajo diario, salvando intacto ese amor ante las penurias de la existencia.
Buscó ocupación. Pero ella no tenía oficio. Sabía coser, planchar, cocinar; pero poco, muy poco de todo, como una de esas buenas mujeres cuya única aptitud es la buena voluntad que ponían para hacer lo que pueden.
Ya desesperaba por su falta de capacidad para ganarse un jornal, cuando un día acertó a leer el aviso de un diario por el que un matrimonio pedía una nodriza.
Voló a ofrecerse. En efecto, en la casa, donde fue, le dijeron que necesitaban un ama para criar un niño, pero que le darían la ocupación con el compromiso de que no llevaría a Juancito. En cambio, obtendría licencia todas las noches para volver a su casa y atender a su hijo.
¡Pobre madre! ¡Abandonar a Juancito apenas de dos meses, durante todo el día, para no verlo hasta la noche! Pero ante la necesidad tuvo que resignarse. Enjugó silenciosamente sus lágrimas, acalló los arranques de rebeldía que le dictaba su gran amor, y desde el día siguiente, entró a servir de nodriza.
Muy temprano dejaba a Juancito en su pieza y se dirigía a cuidar al otro niño, al de sus patrones. Las vecinas, por comedimiento y caridad, solían a veces en su ausencia acercarse al niño abandonado. Le arrojaban una flor para que se distrajera, poníanle algún juguetito o lo recogían del suelo cuando se caía de la cunita.
Después, las mujeres del conventillo, viendo que el niño peligraba por esas caídas, optaron por tender una colcha en el suelo y allí dejábanlo atado de un piececito a la cuna.
Cuando por la noche regresaba la madre, el niño la recibía llorando, con un llanto entrecortado, hondo, desgarrador. . . Ella reclinaba su cabeza sobre el niño y lloraba silenciosamente.
Y en esa actitud, muchas veces la sorprendió la aurora del día siguiente.
Una vez Juancito enfermó.
Murió a los tres días. Una vecina oficiosa fue a llevar la triste noticia a la madre.
Esta, en un descuido de sus patrones escapó a su casa para ver por última vez a su hijo muerto, llevando en sus brazos al otro niño que cuidaba.
Al llegar contempló un cuadro que desgarró su corazón. Allí estaba Juancito, lívido por la muerte, con el cabellito ralo, faltado en partes; los ojitos entreabiertos y vidriosos, cual si hubieran congelado la última lágrima.
Tenía las manecitas achaparradas, encogidas, quizá cerradas en su último intento de acariciar a la madre. Los huesitos, casi visibles debajo de la piel, de un color amarillo sucio, hacían de aquel niño un doliente despojo humano.
La madre, horripilada, volvió la mirada hacia el otro niño que tenía en sus brazos, al niño de sus patrones, al que ella amamantaba y que estaba regordete y sonriente. ..
La madre enloqueció... Cuando el médico llegó, emocionado, pero venciendo con entereza su consternación, dijo a las mujeres que estaban presentes:
Señoras, cuiden a los niños. Cuídenlos mucho. Denles buenos alimentos y dispénseles todas las atenciones con inteligencia y corazón. Hoy la mortalidad infantil acusa cifras pavorosas. ¿Será porque no hay buenas madres? ¡Qué jamás la Patria ni la conciencia tengan que reprochárselo!
Fue la esperanza, la suave estrellita de luz que guiaría la vida de los sacrificados esposos. Desde que el niño vino, toda privación trocábase en felicidad. Al fin, era por él Pero a los dos meses, el padre murió. La madre, con su hijito, quedó sola ante la vida.
Esa mujer era grande amando con ternura entrañable al huerfanito; pero ahora sería sublime enalteciendo el amor con el trabajo diario, salvando intacto ese amor ante las penurias de la existencia.
Buscó ocupación. Pero ella no tenía oficio. Sabía coser, planchar, cocinar; pero poco, muy poco de todo, como una de esas buenas mujeres cuya única aptitud es la buena voluntad que ponían para hacer lo que pueden.
Ya desesperaba por su falta de capacidad para ganarse un jornal, cuando un día acertó a leer el aviso de un diario por el que un matrimonio pedía una nodriza.
Voló a ofrecerse. En efecto, en la casa, donde fue, le dijeron que necesitaban un ama para criar un niño, pero que le darían la ocupación con el compromiso de que no llevaría a Juancito. En cambio, obtendría licencia todas las noches para volver a su casa y atender a su hijo.
¡Pobre madre! ¡Abandonar a Juancito apenas de dos meses, durante todo el día, para no verlo hasta la noche! Pero ante la necesidad tuvo que resignarse. Enjugó silenciosamente sus lágrimas, acalló los arranques de rebeldía que le dictaba su gran amor, y desde el día siguiente, entró a servir de nodriza.
Muy temprano dejaba a Juancito en su pieza y se dirigía a cuidar al otro niño, al de sus patrones. Las vecinas, por comedimiento y caridad, solían a veces en su ausencia acercarse al niño abandonado. Le arrojaban una flor para que se distrajera, poníanle algún juguetito o lo recogían del suelo cuando se caía de la cunita.
Después, las mujeres del conventillo, viendo que el niño peligraba por esas caídas, optaron por tender una colcha en el suelo y allí dejábanlo atado de un piececito a la cuna.
Cuando por la noche regresaba la madre, el niño la recibía llorando, con un llanto entrecortado, hondo, desgarrador. . . Ella reclinaba su cabeza sobre el niño y lloraba silenciosamente.
Y en esa actitud, muchas veces la sorprendió la aurora del día siguiente.
Una vez Juancito enfermó.
Murió a los tres días. Una vecina oficiosa fue a llevar la triste noticia a la madre.
Esta, en un descuido de sus patrones escapó a su casa para ver por última vez a su hijo muerto, llevando en sus brazos al otro niño que cuidaba.
Al llegar contempló un cuadro que desgarró su corazón. Allí estaba Juancito, lívido por la muerte, con el cabellito ralo, faltado en partes; los ojitos entreabiertos y vidriosos, cual si hubieran congelado la última lágrima.
Tenía las manecitas achaparradas, encogidas, quizá cerradas en su último intento de acariciar a la madre. Los huesitos, casi visibles debajo de la piel, de un color amarillo sucio, hacían de aquel niño un doliente despojo humano.
La madre, horripilada, volvió la mirada hacia el otro niño que tenía en sus brazos, al niño de sus patrones, al que ella amamantaba y que estaba regordete y sonriente. ..
La madre enloqueció... Cuando el médico llegó, emocionado, pero venciendo con entereza su consternación, dijo a las mujeres que estaban presentes:
Señoras, cuiden a los niños. Cuídenlos mucho. Denles buenos alimentos y dispénseles todas las atenciones con inteligencia y corazón. Hoy la mortalidad infantil acusa cifras pavorosas. ¿Será porque no hay buenas madres? ¡Qué jamás la Patria ni la conciencia tengan que reprochárselo!
sábado, 8 de julio de 2017
Pink Floyd: "El lado oscuro a cuestas" Por Héctor Fuentes
“La obediencia extermina la ocurrencia”
El hombre moderno viaja hacia el corazón de las tinieblas. La realidad es una fotocopia de mala calidad. El tiempo corre y se desmigaja. Los noticieros untan su manteca de violencia y atrocidades.
La contemplación de la belleza ha sido reemplazada por el minuto a minuto del horror. Imperceptiblemente las planillas del rating expropiaron la fantasía. El arte fue destituido de su podio sagrado, y su lugar hoy lo ocupa el gran espectáculo del siglo veintiuno: la muerte.
Caímos en la arena de un circo romano. Retrocedimos salvajemente de la canción al grito, de la palabra al llanto, del papel a la piedra, del resplandor al fuego.
La vida moderna nos obligó a transformar la materia misteriosa de los sueños en manteles de poliester. Nuestros tejidos orgánicos fueron reemplazados por petróleo, plástico y cemento. Un corazón de 30.000 voltios bombea la sangre necesaria para que dos manos mecánicas se eleven hacia el cielo. Y al final de la odisea activamos el mecanismo: el lado oscuro de la luna, el lado opaco de las cosas, el reverso que tiembla estremecido desde el centro de la tierra.
El hombre moderno, desterrado de su propia magia, se encuentra perdido, despistado, enceguecido, avanzando a los tumbos, dejándose llevar por los deseos delirantes de su alma de hojalata.
Abrir. Cerrar. Subir. Bajar. Entrar. Salir.
Para que la construcción del muro sea exitosa debemos achatarnos para encajar. Debemos ser igual a todos para terminar siendo nadie.
Otro ladrillo en la pared. Otra hamburguesa en el pan. Otra bala en el revólver. Otra rosca en la botella. Hombres que funcionan como máquinas. Engranajes que hacen funcionar a los hombres.
El ruido de las alarmas desplazó los compases de la música. La televisión exterminó la poesía abriendo las bocas correctas y cerrando las peligrosas. Promoviendo falsos Orfeos. Escribiendo letras inofensivas y exigiendo réditos instantáneos.
Despertar. Desayunar. Trabajar. Almorzar. Merendar. Cenar. Dormir. Desconectar.
La vida es vértigo. El tiempo nunca alcanza porque es un tiempo fracturado, hecho de tuercas y de tornillos, de hornos y de bujías, de motores y de ensaladas. Es un tiempo que huye hacia ninguna parte. Siguiendo la flecha del sentido común la vida no tiene sentido.
Enchufar. Desenchufar. Activar. Desactivar. Arrancar. Acelerar. Frenar. Bostezar.
El vacío alimenta Fantoches Opinólogos de la Nada. El barullo intoxica el aire con su arsenal de porquerías inagotables. Los micrófonos apuntan hacia el lado de las fieras. La discordia, el agravio, la violencia. El pasto que comen y consumen se fermenta en el estómago de la sociedad. Y desde allí rebalsa esta olla popular.
Hablar. Callar. Comer. Digerir. Defecar. Comprar. Vender. Permutar. Enviar. Recibir. Volver.
Un nudo nos aprieta en la garganta. Pero debemos cumplir con nuestra palabra de honor y así barrer las emociones debajo de la alfombra. Debemos sonreír para agradar. Apretar una vez más los dientes, y rendirnos ante el Dios Clonazepán.
La química es un suero milagroso. Los sentimientos vuelven a su lugar. En dosis exactas se pueden controlar las pulsaciones. Se pueden embellecer los rostros. Se pueden nivelar los desequilibrios.
En una ilusoria realidad nos engañamos mirando el lado brillante de la luna. Pero como bien sabemos desde hace ya un largo tiempo, la luna es toda oscura. Pink Floyd lo sabe. Los hombres de este planeta triste cargan con su lado oscuro a cuestas, esperando que llegue el día.
sábado, 27 de mayo de 2017
El hombre que leía el diario - Por Héctor Fuentes
Mi padre me enseñó a leer el diario. Recuerdo sus manos enormes doblando el papel por la mitad, repasando con el dedo la línea exacta del doblez. Luego lo golpeaba contra la mesa alistando las hojas como si fueran soldados obedientes. El esqueleto invisible hacía sonar sus huesos de celulosa. Ahí había un orden, una forma de atrapar el mundo. El rompecabezas de la realidad arrinconado entre tapa y contratapa.
El ritual se iniciaba en silencio, y nada podía perturbar el momento en el que se calzaba los anteojos y se hundía en la lomada del papel impreso.
Las costumbres se transmiten naturalmente. Porque yo podía pasar horas mirándolo, escuchando el ruido de las hojas mientras pasaba de una sección a otra. En el aire se respiraba una calma que venía de un hombre que lee el diario, y de un niño que lo observa. Eso era todo. Y sin embargo alcanzaba para cifrar en el espacio un entendimiento mutuo, un lazo de olores y complicidades imposible de explicar.
Cada tanto zamarreaba el periódico y me hacía un comentario. Podía ser una noticia estrambótica, el chiste de Olaf el Vikingo o la tabla de posiciones. Todas cosas mágicas arrancadas de los sucesos del día. Después, cuando la tarde caía y ya no quedaba resquicio por leer, le doblaba la panza con el antebrazo, y lo ponía debajo de la mesa del televisor. Allí crecía la pila, día tras día. Una montaña de papel que ya no significaba nada. Solo el paso del tiempo. Porque eso era para mi el tiempo: el diario abandonado a su suerte. Alguien lo usaría después para enrollar cualquier objeto. El periódico era papel de envoltorio, y mientras tanto, la vida de dos personas se había entretejido gracias a sus páginas. Gracias a su gracia, que ahora volvía a morir en las manos indiferentes que se limpiaban la tinta después de usarlo.
O en los días de lluvia que se lo colocaba en el piso, y se lo rebajaba al indigno oficio de papel secante. De gramaje inútil que servía para no ensuciar la casa con los zapatos. Una tarea para la que no fue creado. Porque las rotativas trabajaban como hormigas en talleres subterráneos. Porque los canillitas partían el aire con sus voces de trueno.
Tabloide suena a tobogán, a tabla de salvación, atalaya de lectores solitarios.
El diario era un aeroplano o un barco. Servía para calentarse el cuerpo; para empaquetar un vaso roto; para leer en voz alta los avisos clasificados.
Sobre la piel rugosa de su textura, la vida se me hacía una aventura. Allí podría leer algún día el encantamiento de las palabras. Una clave escondida entre recetas de cocina y números de quiniela. La dicha que se deshace sobre la tinta corrida. El oráculo de los astros abriendo a machetazos la jornada.
Mi padre doblaba las hojas y sus manos sostenían el prodigio. Rozaban apenas el acontecer del mundo, la noticia destacada o el titular amarillo. ¿Qué importa? Toda esa fuerza se mueve como una marea. Y juega a favor de la vida.
Mi padre me enseño a leer el diario. La palma de sus manos era una carretera por donde viajaba el futuro. La increíble línea sinfín del camino abierto. El escenario de la vida, donde el telón se sube para admirar el conflicto humano.
Pero vuelvo a sus manos. Vuelvo al hechizo del ruido rompiendo el silencio como una música magnífica. Vuelvo a escuchar las inflexiones de su voz, las pausas de la puntuación. Y veo al hombre que lee el diario y al niño que lo observa. Una alianza natural. Una forma de atrapar aquello que se nos escapa. La vida entrelazada por la tinta borrosa del tiempo. El hogar que habito en alguna parte, mientras escucho el zumbido del papel barato.
Aquella voz desgarrada que vuelve a pregonar titulares estruendosos sobre los paredones de la noche.
El ritual se iniciaba en silencio, y nada podía perturbar el momento en el que se calzaba los anteojos y se hundía en la lomada del papel impreso.
Las costumbres se transmiten naturalmente. Porque yo podía pasar horas mirándolo, escuchando el ruido de las hojas mientras pasaba de una sección a otra. En el aire se respiraba una calma que venía de un hombre que lee el diario, y de un niño que lo observa. Eso era todo. Y sin embargo alcanzaba para cifrar en el espacio un entendimiento mutuo, un lazo de olores y complicidades imposible de explicar.
Cada tanto zamarreaba el periódico y me hacía un comentario. Podía ser una noticia estrambótica, el chiste de Olaf el Vikingo o la tabla de posiciones. Todas cosas mágicas arrancadas de los sucesos del día. Después, cuando la tarde caía y ya no quedaba resquicio por leer, le doblaba la panza con el antebrazo, y lo ponía debajo de la mesa del televisor. Allí crecía la pila, día tras día. Una montaña de papel que ya no significaba nada. Solo el paso del tiempo. Porque eso era para mi el tiempo: el diario abandonado a su suerte. Alguien lo usaría después para enrollar cualquier objeto. El periódico era papel de envoltorio, y mientras tanto, la vida de dos personas se había entretejido gracias a sus páginas. Gracias a su gracia, que ahora volvía a morir en las manos indiferentes que se limpiaban la tinta después de usarlo.
O en los días de lluvia que se lo colocaba en el piso, y se lo rebajaba al indigno oficio de papel secante. De gramaje inútil que servía para no ensuciar la casa con los zapatos. Una tarea para la que no fue creado. Porque las rotativas trabajaban como hormigas en talleres subterráneos. Porque los canillitas partían el aire con sus voces de trueno.
Tabloide suena a tobogán, a tabla de salvación, atalaya de lectores solitarios.
El diario era un aeroplano o un barco. Servía para calentarse el cuerpo; para empaquetar un vaso roto; para leer en voz alta los avisos clasificados.
Sobre la piel rugosa de su textura, la vida se me hacía una aventura. Allí podría leer algún día el encantamiento de las palabras. Una clave escondida entre recetas de cocina y números de quiniela. La dicha que se deshace sobre la tinta corrida. El oráculo de los astros abriendo a machetazos la jornada.
Mi padre doblaba las hojas y sus manos sostenían el prodigio. Rozaban apenas el acontecer del mundo, la noticia destacada o el titular amarillo. ¿Qué importa? Toda esa fuerza se mueve como una marea. Y juega a favor de la vida.
Mi padre me enseño a leer el diario. La palma de sus manos era una carretera por donde viajaba el futuro. La increíble línea sinfín del camino abierto. El escenario de la vida, donde el telón se sube para admirar el conflicto humano.
Pero vuelvo a sus manos. Vuelvo al hechizo del ruido rompiendo el silencio como una música magnífica. Vuelvo a escuchar las inflexiones de su voz, las pausas de la puntuación. Y veo al hombre que lee el diario y al niño que lo observa. Una alianza natural. Una forma de atrapar aquello que se nos escapa. La vida entrelazada por la tinta borrosa del tiempo. El hogar que habito en alguna parte, mientras escucho el zumbido del papel barato.
Aquella voz desgarrada que vuelve a pregonar titulares estruendosos sobre los paredones de la noche.
sábado, 26 de noviembre de 2016
VOLVIO SOLA Por Magi Balsells Palau
Joan, es un humilde pescador, no muy agraciado, hombre solitario, para el solo existe su barca y la pesca que es su sustento y mantenimiento diario, poca cosa necesita para vivir
Como cada día, al empezar a esconderse el sol en el horizonte, pone su barca en movimiento adentrándose en la cada ve más oscura aguas, hoy la luna esta escondida entre unos negros nubarrones, y el cielo amenaza tormenta, al fondo los rayos dan luces fantasmagóricas a las ondulaciones del mar.
Busca su lugar para realizar su tarea, pero ya esta ocupado, alguien acudió mas pronto y le quito su sitio preferido, de mal humor se adentra mucho mas en esta inmensa porción de agua, hasta encontrar un sitio adecuado. Mientras prepara sus redes, oye en el silencio solo quebrado por el murmullo de las olas, un canto de gran belleza, que hace que su pensamiento se sienta transportado a un idílico lugar.
Cada vez el hermoso canto, lo nota mas cerca, tanto es así que nota que una húmeda mano se posa encima de la suya, asustado la retira con premura , aun siendo hombre valeroso, ha sentido cierto miedo por el contacto Pero algo calma su desasosiego, es una dulce voz, que le esta embriagando los sentidos, se gira y allí esta la criatura mas hermosa que pueda un hombre soñar, con una sonrisa que ni los mismos Ángeles pueden imitar, le tiende sus brazos, no puede resistir la tentación y en ellos se acoge, que instante mas glorioso, el que nunca a tenido una mujer en su pecho Al momento todo se convierte en oscuridad, se siente arrastrado hacia el liquido elemento, cada vez se hunde mas en las profundidades marinas , no puede respirar , le falta el aire y su boca ansiosa se abre para engullir el agua del mar Se da cuenta que la persona tan bella que habían contemplado sus ojos se esta transformando en un ser espantoso y aun dentro de agua oye su siniestra risa , y sin fuerza para desligarse del fatal abrazo, nota que las pocas fuerzas que le quedaban van abandonándole, hasta que nada ve ni nada oye
Al día siguiente, vuelven las barcas, con sus redes llenas de pescado, los marineros están contento ha sido una buena pesca, pero hay una barca que muy lentamente arrastrada por la corriente matutina, va aproximándose a la orilla, nadie la gobierna, nadie la guía, nadie hay en su interior
Es la barca de Joan
Como cada día, al empezar a esconderse el sol en el horizonte, pone su barca en movimiento adentrándose en la cada ve más oscura aguas, hoy la luna esta escondida entre unos negros nubarrones, y el cielo amenaza tormenta, al fondo los rayos dan luces fantasmagóricas a las ondulaciones del mar.
Busca su lugar para realizar su tarea, pero ya esta ocupado, alguien acudió mas pronto y le quito su sitio preferido, de mal humor se adentra mucho mas en esta inmensa porción de agua, hasta encontrar un sitio adecuado. Mientras prepara sus redes, oye en el silencio solo quebrado por el murmullo de las olas, un canto de gran belleza, que hace que su pensamiento se sienta transportado a un idílico lugar.
Cada vez el hermoso canto, lo nota mas cerca, tanto es así que nota que una húmeda mano se posa encima de la suya, asustado la retira con premura , aun siendo hombre valeroso, ha sentido cierto miedo por el contacto Pero algo calma su desasosiego, es una dulce voz, que le esta embriagando los sentidos, se gira y allí esta la criatura mas hermosa que pueda un hombre soñar, con una sonrisa que ni los mismos Ángeles pueden imitar, le tiende sus brazos, no puede resistir la tentación y en ellos se acoge, que instante mas glorioso, el que nunca a tenido una mujer en su pecho Al momento todo se convierte en oscuridad, se siente arrastrado hacia el liquido elemento, cada vez se hunde mas en las profundidades marinas , no puede respirar , le falta el aire y su boca ansiosa se abre para engullir el agua del mar Se da cuenta que la persona tan bella que habían contemplado sus ojos se esta transformando en un ser espantoso y aun dentro de agua oye su siniestra risa , y sin fuerza para desligarse del fatal abrazo, nota que las pocas fuerzas que le quedaban van abandonándole, hasta que nada ve ni nada oye
Al día siguiente, vuelven las barcas, con sus redes llenas de pescado, los marineros están contento ha sido una buena pesca, pero hay una barca que muy lentamente arrastrada por la corriente matutina, va aproximándose a la orilla, nadie la gobierna, nadie la guía, nadie hay en su interior
Es la barca de Joan
domingo, 4 de septiembre de 2016
Manos Trabajando - Por Héctor Fuentes
Una tarde de sol ingreso al local de “Manos trabajando”. Los chicos salen a mi encuentro. Se ríen estruendosamente cuando los invito al programa de radio. Se hacen chistes entre ellos, mientras me invitan a pasar del otro lado del mostrador.
Sobre el fondo del local Rosa Flores envuelve canelones. Sin detenerse un instante empieza a contarme la historia. Rosa es la madre de Ramón, el encargado de levantar los pedidos. Juntos forman una verdadera coraza que los protege de todos los maleficios. Juntos han podido doblegar la adversidad, hasta convertirla en un pájaro alegre que se les escapa de la boca. Así se ayudan y se dan fuerza. Así generan un campo magnético indestructible, en donde cada instante se vive con renovada intensidad.
Paulo se acerca y me convida un mate. Paulo Capra es otro de los encargados de levantar los pedidos. Tiene la risa fácil y el corazón contento. Siempre bien dispuesto, viaja de aquí para allá con su mate humeante. Quizás no lo sepa, pero en ese pequeño gesto, lleva el antídoto que derrota el cansancio y distrae por un buen rato todas las preocupaciones.
Sandra Altuna y Luli Lucero entran en acción. Rodean a Rosa y la abrazan. Allí se cierra el círculo. Allí comprendo todo. La energía circula por los brazos de los chicos y se realimenta a su vez en los brazos de Rosa. En esa danza espontánea le demuestran una vez más cuánto la quieren.
Ella me cuenta que a veces está cansada. Me dice por lo bajo: “Hay días que vengo desganada, acarreando los problemas de mi casa. Pero llego y me olvido de todo. Esto no lo hago por obligación, lo hago para estar con ellos y contenerlos”.
Rosa es un poco la madre de todos. Tira del carro con la fuerza de un verdadero gigante. Tira convencida de que saldrán adelante. Tira porque al tirar, la cuerda se tensa como un arco que dispara una flecha.
El cariño tiene aquí la fuerza de una inmensa usina. ¿De dónde sacan los productos que elaboran? Hay hornos poderosos dentro de cada uno de ellos. Hay mecheros que funden el acero. Y hay sartenes y ollas y mesas enormes que sabiamente combinadas dan por resultado un exquisito plato principal: el noble producto que nace de muchas manos, interconectadas por el mismo corazón.
Esta es una historia que no sabe dar marcha atrás. Cada día es una conquista, y cada conquista alumbra un nuevo día. Miles de esos días conquistados se notan en las caras relucientes de los chicos. Son caras de agradecimiento, caras de bondad infinita, caras expresivas que aprendieron a mirar otro futuro, un futuro luminoso.
Mi insistencia al recordarles la hora y el día del programa, los hace reír. Ríen y me convidan otro mate. Rosa Flores me cuenta que a veces no puede dormir pensando en el pago del alquiler. Su mirada se turba y por allí entran como una ráfaga algunos problemas que la desvelan. Es una mujer firme y fuerte, de ojos cansados pero siempre desafiantes. ¿Cómo no sentir que esos ojos acarician? ¿Cómo no entender en esa mirada la culminación de un sueño?
De pronto las puertas rechinan y la luz de la tarde resplandece desde la calle. Ha entrado un cliente, y los chicos salen a su encuentro.
Otra vez gira la rueda. Los engranajes se mueven y la acción se dispara. Una tarta sale del horno y los chicos la entregan. El cliente dice gracias y saluda contento. Rosa termina finalmente de envolver los canelones. Cuando los cuenta los números no cierran: hay uno de más. Va de yapa, dice, y su risa me contagia. Me despido y los chicos me acompañan. Salgo del local a la vez que entro por la puerta grande de las causas justas.
Sobre el fondo del local Rosa Flores envuelve canelones. Sin detenerse un instante empieza a contarme la historia. Rosa es la madre de Ramón, el encargado de levantar los pedidos. Juntos forman una verdadera coraza que los protege de todos los maleficios. Juntos han podido doblegar la adversidad, hasta convertirla en un pájaro alegre que se les escapa de la boca. Así se ayudan y se dan fuerza. Así generan un campo magnético indestructible, en donde cada instante se vive con renovada intensidad.
Paulo se acerca y me convida un mate. Paulo Capra es otro de los encargados de levantar los pedidos. Tiene la risa fácil y el corazón contento. Siempre bien dispuesto, viaja de aquí para allá con su mate humeante. Quizás no lo sepa, pero en ese pequeño gesto, lleva el antídoto que derrota el cansancio y distrae por un buen rato todas las preocupaciones.
Sandra Altuna y Luli Lucero entran en acción. Rodean a Rosa y la abrazan. Allí se cierra el círculo. Allí comprendo todo. La energía circula por los brazos de los chicos y se realimenta a su vez en los brazos de Rosa. En esa danza espontánea le demuestran una vez más cuánto la quieren.
Ella me cuenta que a veces está cansada. Me dice por lo bajo: “Hay días que vengo desganada, acarreando los problemas de mi casa. Pero llego y me olvido de todo. Esto no lo hago por obligación, lo hago para estar con ellos y contenerlos”.
Rosa es un poco la madre de todos. Tira del carro con la fuerza de un verdadero gigante. Tira convencida de que saldrán adelante. Tira porque al tirar, la cuerda se tensa como un arco que dispara una flecha.
El cariño tiene aquí la fuerza de una inmensa usina. ¿De dónde sacan los productos que elaboran? Hay hornos poderosos dentro de cada uno de ellos. Hay mecheros que funden el acero. Y hay sartenes y ollas y mesas enormes que sabiamente combinadas dan por resultado un exquisito plato principal: el noble producto que nace de muchas manos, interconectadas por el mismo corazón.
Esta es una historia que no sabe dar marcha atrás. Cada día es una conquista, y cada conquista alumbra un nuevo día. Miles de esos días conquistados se notan en las caras relucientes de los chicos. Son caras de agradecimiento, caras de bondad infinita, caras expresivas que aprendieron a mirar otro futuro, un futuro luminoso.
Mi insistencia al recordarles la hora y el día del programa, los hace reír. Ríen y me convidan otro mate. Rosa Flores me cuenta que a veces no puede dormir pensando en el pago del alquiler. Su mirada se turba y por allí entran como una ráfaga algunos problemas que la desvelan. Es una mujer firme y fuerte, de ojos cansados pero siempre desafiantes. ¿Cómo no sentir que esos ojos acarician? ¿Cómo no entender en esa mirada la culminación de un sueño?
De pronto las puertas rechinan y la luz de la tarde resplandece desde la calle. Ha entrado un cliente, y los chicos salen a su encuentro.
Otra vez gira la rueda. Los engranajes se mueven y la acción se dispara. Una tarta sale del horno y los chicos la entregan. El cliente dice gracias y saluda contento. Rosa termina finalmente de envolver los canelones. Cuando los cuenta los números no cierran: hay uno de más. Va de yapa, dice, y su risa me contagia. Me despido y los chicos me acompañan. Salgo del local a la vez que entro por la puerta grande de las causas justas.
De su libro “Rueda la pelota”
domingo, 31 de julio de 2016
Tus manos inquietas sacudiendo el mantel Por Héctor Fuentes
En el más profundo de mis recuerdos de niño, atesoro para siempre tu sonrisa. Tus manos inquietas sacudiendo el mantel. Tus labios encendidos repitiendo de memoria aquello de: “Diciembre, tarde, calor, gran tormenta de verano”. Recitabas a Baldomero Fernández Moreno cada vez que una nube negra nos amenazaba con la lluvia. Casi siempre el aguacero pasaba de largo, entonces reflexionabas en voz alta: “cayeron cuatro gotas, lo mismo que cuatro clavos, y el pueblo está donde estaba: quieto, fresco, alegre y claro”.
Ese momento representaba para mí el verdadero comienzo del verano. Luego vendría la pileta de lona en el patio de casa y las películas argentinas a las cinco de la tarde. Puntualmente nos sentábamos a mirarlas juntos. Una taza de mate cocido humeaba ante mí, y el blanco y negro del televisor disparaba tu entusiasmo. “La muerte camina bajo la lluvia”, “Si muero antes de despertar”, “Los isleros”, “La guerra gaucha”, esos eran los clásicos que no había que perderse por nada del mundo. A medida que avanzaban las historias, ibas repitiendo alguna que otra frase de memoria. Yo te miraba y me reía. La vida era tan perfecta que una taza de mate cocido y una película nos bastaban para que fuéramos felices.
Siempre decías aquello de: ¿qué cosa hermosa la música no? Y cantabas el tango “Los mareados”. “Hoy vas a entrar en mi pasado, en el pasado de mi vida, tres cosas lleva mi alma herida...” Y tu voz sonaba bien fuerte, desparramando un torrente de luz que se abría paso por todos los rincones de la casa.
A veces, cuando algún enojo se posaba en tu frente me repetías: “así como te ven, te tratan”.
Aun recuerdo el blanco inmaculado de tu guardapolvo de maestra. La escuela humilde y hermosa del barrio de Campamento, en las afueras de Ensenada. Tu cara de asombro y de ternura a la vez, aquel día que el más travieso de tus alumnos me regaló un nido de hornero.
Aun resuenan en mis oídos los libros que nos aconsejabas como lectura obligatoria: “Platero y yo” “Recuerdos de provincia”, “La cabaña del tío Tom”, “Don Segundo Sombra”. Por esa época mis piernas corrían detrás de una pelota de fútbol, y no me daban respiro.
Hoy, que leo y que te recuerdo y que te escribo, quiero contarte algunas cosas: tengo dos hijos hermosos igualitos a vos. Creo que aunque no estés, esa sonrisa que yo atesoré sigue viajando a través de la risa de ellos. Creo que la poesía y la música que tanto amabas, transformaron mi vida para siempre. Creo que ahora mismo estarás pensando: “este Héctor, que loco, ahora se le dio por hacer un programa de radio”.
Ese momento representaba para mí el verdadero comienzo del verano. Luego vendría la pileta de lona en el patio de casa y las películas argentinas a las cinco de la tarde. Puntualmente nos sentábamos a mirarlas juntos. Una taza de mate cocido humeaba ante mí, y el blanco y negro del televisor disparaba tu entusiasmo. “La muerte camina bajo la lluvia”, “Si muero antes de despertar”, “Los isleros”, “La guerra gaucha”, esos eran los clásicos que no había que perderse por nada del mundo. A medida que avanzaban las historias, ibas repitiendo alguna que otra frase de memoria. Yo te miraba y me reía. La vida era tan perfecta que una taza de mate cocido y una película nos bastaban para que fuéramos felices.
Siempre decías aquello de: ¿qué cosa hermosa la música no? Y cantabas el tango “Los mareados”. “Hoy vas a entrar en mi pasado, en el pasado de mi vida, tres cosas lleva mi alma herida...” Y tu voz sonaba bien fuerte, desparramando un torrente de luz que se abría paso por todos los rincones de la casa.
A veces, cuando algún enojo se posaba en tu frente me repetías: “así como te ven, te tratan”.
Aun recuerdo el blanco inmaculado de tu guardapolvo de maestra. La escuela humilde y hermosa del barrio de Campamento, en las afueras de Ensenada. Tu cara de asombro y de ternura a la vez, aquel día que el más travieso de tus alumnos me regaló un nido de hornero.
Aun resuenan en mis oídos los libros que nos aconsejabas como lectura obligatoria: “Platero y yo” “Recuerdos de provincia”, “La cabaña del tío Tom”, “Don Segundo Sombra”. Por esa época mis piernas corrían detrás de una pelota de fútbol, y no me daban respiro.
Hoy, que leo y que te recuerdo y que te escribo, quiero contarte algunas cosas: tengo dos hijos hermosos igualitos a vos. Creo que aunque no estés, esa sonrisa que yo atesoré sigue viajando a través de la risa de ellos. Creo que la poesía y la música que tanto amabas, transformaron mi vida para siempre. Creo que ahora mismo estarás pensando: “este Héctor, que loco, ahora se le dio por hacer un programa de radio”.
De su libro inédito “Rueda la pelota”
domingo, 17 de julio de 2016
DOS TEXTOS DE HÉCTOR FUENTES DE SU LIBRO INÉDITO “RUEDA LA PELOTA”
Rueda la pelota
Rueda la pelota. Tu voz viejo me llega desde lejos, como arrancada de una tarde de potrero. Por aquel entonces yo era pibe y no tenía más que un puñado de ilusiones. Dormía abrazado a una pelota. Soñaba con el grito de la hinchada. Vivía cada instante relatándome un partido imaginario.
Un pibe sueña con la gloria, y el mundo, el mundo es un lugar distinto. La gambeta extraordinaria desalienta pataduras. La bolea furibunda que se clava en un ángulo imposible. Se mete justo ahí, donde tejen las arañas, en el rincón de las ánimas, donde el arquero se estira y no llega, donde toda la tristeza se detiene rompiéndose la jeta contra un gol.
Rueda la pelota. La vida es un partido sin reglamento. Y aunque a veces da ganas de tirarla afuera, hay que seguir jugando. Hay que transpirar la camiseta, hay que pelearla, hay que jugarse la vida, y después hay que pasarla, que circule, que vaya de abajo hacia arriba y de más arriba al cielo, hasta que vuelva a la tierra convertida en un cometa, y podamos empezar a patearla de nuevo.
El mundo es una pelota que gira, y cada media vuelta es un día, y cada repliegue es una noche. Pucha, la vida era simple y clara, porque todo orbitaba a partir de la redonda y en su fantástico andar, no había sombras.
La felicidad era un campito verde. Pegarle de puntín era sacarse la bronca. Meter un sombrero resolvía la incomprensible geometría. Alentar a un compañero vencido significaba descubrir en los labios la poesía. Sintonizar la radio era iniciar un rito entrañable, en donde cada jugada, nos acercaba la alegría y nos alejaba por un instante de la muerte.
Ahora bajo corriendo a defender el área. Me sumo a la defensa. Nos pelotean de lo lindo pero aguanto. Miro a mis compañeros pero sólo encuentro yuyales y rostros desdibujados por el tiempo.
Las imágenes aparecen inconexas, como si formaran parte de una película tajeada por un loco censor: Un arco armado con tres cascotes. Una pelota de trapo. Una planta de ruda esquelética, deshojada a pelotazos. Un viejo que nos hecha de la plaza porque le estropeamos el pasto. Los gajos cretinos de un fútbol impresos sobre una pared blanca.
¡Cómo rezongaba la vieja cuando le traía las zapatillas rotas! No había caso, siempre me ganaba la pasión y perdía la cabeza. El cuero se agujeraba y la suela se desprendía. Los botones del guardapolvo colgaban en un hilo, y a la altura de las rodillas, los pantalones se abrían, largando carcajadas provocativas.
Rueda la pelota. Atacamos al rival por las puntas. Probamos suerte desde afuera del área, pero el equipo resiste.
¿Te acordás viejo cuando me contabas las historias de Estudiantes campeón del mundo? El lugar era propicio porque teníamos que esperar la salida de mamá. Trabajaba en una escuela nocturna y nosotros la íbamos a buscar. Y en esa antesala, en ese umbral, yo te tiraba de la lengua, y vos no querías arrancar. Contame algo de Estudiantes, te decía yo. Y vos te negabas, hasta que un momento, nos sentábamos a los pies de la escalera y el relato comenzaba. Aparecían ante mí tipos inmensos como Poletti, Aguirre Suárez, el doctor Madero, la Bruja Verón, el Narigón Bilardo, y al final, siempre al final, la hazaña. La palabra imposible no existía en los diccionarios, y la vida era un cuento redondo. Justo cuando terminabas de contar la historia, aparecía mamá, sonriendo desde el fondo del pasillo, haciéndonos un guiño cómplice, poniéndole un moño inmenso al relato; apretándose contra nosotros ante el frío de la noche.
Rueda la pelota. Joaquín, mi hijo de once años, me cuenta que esta tarde hizo un gol. Los ojos le brillan y después me confiesa: te lo dediqué a vos. Lo abrazo y me río. Esa pelota sigue girando. Esa pelota me sigue buscando para que un día de estos, la baje de pecho y la clave en un ángulo.
La Patria
La palabra patria es muy grande. Es tan enorme que los labios me tiemblan al nombrarla. Salgo a la calle y un pibe descalzo me pide un peso. Lo miro a los ojos y descubro que su mirada está apagada. El país lo dejó sin en el Cuento de las Buenas Noches. La patria entonces me duele. Es un dolor que se me instala en el costado.
¿Tanto cuesta comprender que si alguien camina descalzo el país todo se nos derrumba? ¿Por qué en el país del trigo no somos capaces de multiplicar los panes? Si acá tiras una semilla y crece, ¿por qué nunca nos germina la cordura?
Los cuatro climas de los que gozamos se empecinan en azotarnos con granizo y temporales. Siempre estamos atascados en alguna crisis. Siempre vemos nubarrones en lugar de inventarnos un cielo diáfano.
El dulce de leche no basta para endulzarnos el paladar. Las huellas digitales sirven para el pulgar del documento, no para reafirmar nuestra identidad. El trazo de la birome firmó leyes tramposas. No tuvo el coraje de la poesía. Se dejó ganar por la ascética perfección del pragmatismo. El colectivo es un invento argentino. Los sueños colectivos en cambio, representaron ideales que quedaron sepultados bajo los escombros del egoísmo.
La patria es una banderita argentina que flamea en las manos de un niño. Ese gesto basta para que exista el futuro. ¿Qué más necesitamos para creer en nosotros?
La patria es una escarapela y el río Limay. La cara de un amigo y el Tupungato. Los tangos de Gardel y el fuelle de Piazolla.
La patria es un pibe lustrando zapatos. Es un banco de una plaza, un jubilado, un albañil, un doctor en leyes, un vendedor de garrapiñadas.
A la patria la lleva en andas un niño que espanta a las palomas en Plaza de Mayo. La patria viaja a la misma velocidad en el subte de Buenos Aires y en la bicicleta de un pibe que reparte diarios. La patria es el humo de un puesto de chorizos.
La patria es un lugar en el alma. Es sentir que la tierra que pisamos nos acaricia los pasos. Es el olor a sopa de los hospitales. Es ver crecer la espiga derecha, porque elegimos hundirnos con gusto en el vientre de esta tierra.
La patria es mirarnos a los ojos, es reunirnos con los amigos en el café, es una escuela de frontera, un gendarme, un hombre que ríe, una mujer dando a luz, un escritor, un grafitti que dice “Luche y vuelve”.
La palabra patria es muy grande. Es tan enorme que los labios me tiemblan al nombrarla.
domingo, 10 de julio de 2016
Bajo el flamboyán - Por Noel Pérez García -Sorribe-Cuba
Meses después esto será una anécdota más, de esas que gusta de contar en el patio de la casa, en su sillón preferido, bajo la sombra del flamboyán. Silvita estará sobre sus piernas, incitándolo a contar más, «¿y entonces qué pasó, papi», y él tendrá otra vez que volver a inventar detalles a la historia, como siempre hace: poner abismos donde había huecos, selva donde apenas había vegetación, leones y pumas en lugar de unos pocos lagartos y serpientes de mala muerte, y Silvita abrirá los ojos, muy grandes, esos ojos que son de su mamá, y dirá un ohhhh muy prolongado, y lo abrazará y reirá y él será otra vez el hombre más feliz del mundo, aunque Silvia le diga bajito «mira que inventas», y el beso le diga que no es reclamo sino parte del juego al que invita una tarde bajo el flamboyán, ese que el bisabuelo sembró con sus propias manos y siempre ha sido el lugar de los cuentos, de las reuniones, del reencuentro luego de cada viaje. Porque de este viaje también regresará, como de los otros, y otra vez será la botella de ron debajo del brazo de Sergio, «¡Eh, campeón!, ¿cómo dejaste la Patria Grande?» y el ardor de la bebida al bajar por la garganta, ese ardor dulzón y acogedor, distinto a este otro que le quema en la pierna y le siembra escalofríos en todo el cuerpo. Pero de este no dirá nada, ni se quejará cuando el cuerpo de Silvita, «¿verdad que ha crecido mucho?», presione allí donde la piel es más sensible, donde quedó la marca, el recuerdo de esos segundos que ahora tal vez parecen minutos, días, pero que entonces serán sólo eso, una lágrima de dolor fácil de justificar con la brisa, o la alegría de saberse otra vez entre los suyos, bajo la sombra del flamboyán del abuelo, narrando todas las peripecias por esas tierras del mundo, por estos cerros que pueden ser tan peligrosos, pero que en unos meses tal vez sean el lugar más hermoso del mundo desde donde era posible ver toda la ciudad a sus pies, como emergiendo de entre un gran abrazo de las colinas; «¡cómo en la Sierra Maestra, papi!», sí, como en la Sierra Maestra, y volverá a contarle de sus tiempos de recién graduado, cuando le tocó servir en un Consultorio Médico de un pueblito de la Sierra Maestra, muy cerca de donde se estableció, en 1958, la Comandancia General el Ejército Rebelde, en La Plata. Y llegarán a su mente los recuerdos de su primera visita a aquel sitio donde estuvieron Fidel y el Che; tal vez sienta la misma emoción de entonces, la que le asalta cada vez que lo cuenta y repita que solo es comparable a la emoción que sintió allá en Vallegrande, en La Higuera, frente al busto el Che, a los carteles que recuerdan al guerrillero, en las paredes que lo vieron morir. Entonces asomará una lágrima y no tendrá que justificarla, porque todos lo saben reviviendo esa visita, tantas veces contada bajo el flamboyán. Silvita lo abrazará en silencio, y Sergio alzará el vaso en salutación, antes de beber el trago, en mudo homenaje.
Ahora daría cualquier cosa por probar un trago de esa botella con la que siempre Sergio lo recibe. Sentir el dulce ardor del líquido bajar por su garganta, arroparse con su calor y dejarse llevar por las brisas de la tarde y la voz de Silvia que le llega desde la cocina, como un canto de ángeles. Pero la garganta le quema de otro ardor, seco, como si todo el polvo de la carretera hubiera ido a parar allí. Y las voces que escucha no se parecen a la de Silvia ni al canto de ángeles; es un lamento, un quejido que se arrastra entre el pedregal y le sube por la pierna como si brotara de la carne abierta, aunque adivina que viene de más allá, del otro lado de esa nube de polvo que no parece posarse nunca, y le oculta a la vista cómo ha quedado la camioneta en que viajaban, o quién de sus acompañantes es el que llama, se lamenta.
Mucho después, junto a Silvia, bajo el flamboyán, intentará recordar los detalles, pero no serán diferente a esa sucesión desenfrenada de imágenes que ahora le acechan, esos segundos en los que la risa despreocupada se rompe en un grito, una advertencia y luego todo vueltas y más vueltas, golpes y más golpes; luego el silencio y, después, ¿cuánto tiempo después?, la conciencia del dolor y la quemazón en la pierna. Entonces Silvia, le acariciará el cabello, le dará un beso en la frente y llorará en silencio las lágrimas que ahora no puede llorar, allá, tan lejos de todo, de estos cerros traicioneros, de este polvo que lo ahoga y se mete en cada rincón de su cuerpo, en esa herida abierta en su pierna. Silvia, allá, quizás camino a la escuela a buscar a Silvita, que saldrá corriendo con un papel en la mano, el nuevo dibujo que hizo en la clase y Silvia escuchará la explicación de la niña, «este es mi papá y estos son los niños que él cura para que se pongan mejor», y Silvia lo adivinará en los trazos infantiles y quizás piense en él y lo vea, como a través de los ojos de su hija, envuelto en su bata, «creo que me enamoré la primera vez que te vi en bata», curando a los niños de los cerros. Entonces madre e hija caminarán a casa, muy contentas, despreocupadas, a escribirle un correo a papá «para que sepa que le hiciste otro dibujo». Él sabe que será un dibujo lindo, lleno de colores, donde no caben estos ocres lastimosos del polvo, donde el rojo no será el de la sangre que le baña la pierna, sino el de la bandera que siempre Silvita gusta de poner en sus manos, como para que no quepan dudas de dónde viene «su papito».
Se incorpora con dificultad. Ha logrado calmar la hemorragia con un cabestrillo improvisado. El polvo se ha asentado y logra ver unos metros adelante el perfil del auto. Muy cerca de él los cuerpos inmóviles de algunos de sus acompañantes. Están cubiertos de polvo y apenas puede identificar a Rosa, por el vestido que sobresale por debajo de la bata, ahora confundidos en un mismo trozo de tela polvoriento y con huellas de sangre. Vuelve a escuchar los lamentos, ahora más definidos. Provienen del interior de la camioneta y hacia allí va, arrastrando la pierna. Al llegar ve el rostro ensangrentado de Turiño, el chófer:
—¡Coño, flaco, discúlpenme! —se lamenta Turiño cuando lo ve llegar.
—¡Calma, negro, calma! —dice, mientras da un vistazo hacia el interior de la cabina. Al lado de Turiño está Manrique, el Jefe de la Misión Médica; tiene la cabeza apoyada contra el cristal de la ventanilla, salpicada de sangre.
—¡No me di cuenta de ese bache, flaco, discúlpenme, coño!
—¡No te preocupes negro, esa cosas pasan! Ahora necesito que te calmes y me digas dónde te duele —el negro trata de calmarse, respira profundo varias veces. El negro Turiño, el chofer, su amigo de otras misiones, un «as en el volante» como le dicen todos los que han trabajado con él por esas cordilleras de Bolivia, las calles haitianas, o incluso allá, por Paquistán, cuando lo del terremoto. El negro Turiño que siempre tiene un papel protagónico en sus narraciones allá en la casa, bajo el flamboyán, cuando cuenta de su buen humor, de sus chistes, de su habilidad como chofer, pero también de su terror a las serpientes y a la sangre. El negro Turiño que no puede ver una jeringuilla con sangre y ahora la ropa toda manchada de sangre, indicándole con un gesto de la cabeza que no, que no le duele nada, que él está entero, que ayude a los demás. Pero al menor movimiento el rostro se le descompone y se le escapa un quejido, mientras se lleva la mano hacia un lado del abdomen. —¡Está bien, negro, trata de no moverte mucho! Echo un vistazo a los otros y estoy contigo, otra vez, ¿okey?
A Silvia sólo contará en detalle esta conversación, el resto dirá que se le ha extraviado, como los instantes exactos del accidente. Ella comprenderá y lo abrazará en silencio, sin hacerle notar que ya sabe todo, que los directivos del hospital le habrán contado lo sucedido esta tarde, de la muerte de otros miembros de la Brigada Médica Cubana que viajaban en aquella camioneta, incluido el Jefe de Misión; de los otros que, «gracias al rápido accionar de su esposo, lograron salvarse». Él se dejará abrazar y regresará a este momento en el que se mueve de un lado a otro, inspeccionado los cuerpos de los otros médicos que lo acompañaban, descubriendo con dolor que nada podía hacer por este o aquel; y la alegría de descubrir que uno aún respira, apenas, pero respira. Y se deja caer a su lado y le encuentra la herida por donde brota la sangre y logra detener la hemorragia, con restos de su propia bata, hasta que encuentre los bolsos con medicamento que están en la camioneta. Entre los brazos de Silvia todavía se preguntará cómo pudo llegar a la camioneta, a pesar del martirio de su pierna herida; o cómo pudo ayudar al negro Turiño a salir de la cabina y, luego de acostarlo a un costado del auto, regresar con el maletín de primeros auxilios, a ayudar al otro colega. Ahora tampoco lo sabe, pero lo importante es que lo hizo, que sobre su pierna sana sostiene la cabeza del otro médico que respira ahora con mayor facilidad, que si mira hacia su izquierda puede ver al negro Turiño, quejoso, pero vivo.
Siente que le ruedan por las mejillas unas lágrimas, las primeras que se permite en mucho tiempo. Pero sabe qué no son lágrimas de dolor, de ese dolor intenso que le llega desde las entrañas de su pierna; o del saberse rodeado de los cuerpos inertes de quienes, hasta unos minutos atrás, compartían con el sueños y alegrías. Para esas lágrimas ya habrá tiempo. Llora por el sonido de las sirenas que se acercan, porque adivina la ayuda, porque sabe que el negro Turiño, el médico a quien sostiene la cabeza y él, estarán a salvo, y que, meses después, esto será una anécdota más, de esas que gusta de contar en el patio de la casa, en su sillón preferido, bajo la sombra del flamboyán, con Silvita sentada sobre sus piernas, escuchándole contar de las peripecias del negro Turiño al timón, de su miedo a las serpientes y a la sangre; de todas las caminatas que él y sus colegas hacen día a día para llegar hasta comunidades lejanísimas, donde nunca antes habían visto un médico. Escuchará el ohhh prolongado de Silvita cuando le cuente de selvas y panteras, y saboreará el ron que Sergio le brinde de la botella nueva «especial por el regreso», y del beso prolongado que Silvia pondrá en sus labios, tras recriminarle sonriente «mira que inventas»; mientras la niña va a buscar el último dibujo que hizo de su papá, «curando a los niños del mundo».
Ahora daría cualquier cosa por probar un trago de esa botella con la que siempre Sergio lo recibe. Sentir el dulce ardor del líquido bajar por su garganta, arroparse con su calor y dejarse llevar por las brisas de la tarde y la voz de Silvia que le llega desde la cocina, como un canto de ángeles. Pero la garganta le quema de otro ardor, seco, como si todo el polvo de la carretera hubiera ido a parar allí. Y las voces que escucha no se parecen a la de Silvia ni al canto de ángeles; es un lamento, un quejido que se arrastra entre el pedregal y le sube por la pierna como si brotara de la carne abierta, aunque adivina que viene de más allá, del otro lado de esa nube de polvo que no parece posarse nunca, y le oculta a la vista cómo ha quedado la camioneta en que viajaban, o quién de sus acompañantes es el que llama, se lamenta.
Mucho después, junto a Silvia, bajo el flamboyán, intentará recordar los detalles, pero no serán diferente a esa sucesión desenfrenada de imágenes que ahora le acechan, esos segundos en los que la risa despreocupada se rompe en un grito, una advertencia y luego todo vueltas y más vueltas, golpes y más golpes; luego el silencio y, después, ¿cuánto tiempo después?, la conciencia del dolor y la quemazón en la pierna. Entonces Silvia, le acariciará el cabello, le dará un beso en la frente y llorará en silencio las lágrimas que ahora no puede llorar, allá, tan lejos de todo, de estos cerros traicioneros, de este polvo que lo ahoga y se mete en cada rincón de su cuerpo, en esa herida abierta en su pierna. Silvia, allá, quizás camino a la escuela a buscar a Silvita, que saldrá corriendo con un papel en la mano, el nuevo dibujo que hizo en la clase y Silvia escuchará la explicación de la niña, «este es mi papá y estos son los niños que él cura para que se pongan mejor», y Silvia lo adivinará en los trazos infantiles y quizás piense en él y lo vea, como a través de los ojos de su hija, envuelto en su bata, «creo que me enamoré la primera vez que te vi en bata», curando a los niños de los cerros. Entonces madre e hija caminarán a casa, muy contentas, despreocupadas, a escribirle un correo a papá «para que sepa que le hiciste otro dibujo». Él sabe que será un dibujo lindo, lleno de colores, donde no caben estos ocres lastimosos del polvo, donde el rojo no será el de la sangre que le baña la pierna, sino el de la bandera que siempre Silvita gusta de poner en sus manos, como para que no quepan dudas de dónde viene «su papito».
Se incorpora con dificultad. Ha logrado calmar la hemorragia con un cabestrillo improvisado. El polvo se ha asentado y logra ver unos metros adelante el perfil del auto. Muy cerca de él los cuerpos inmóviles de algunos de sus acompañantes. Están cubiertos de polvo y apenas puede identificar a Rosa, por el vestido que sobresale por debajo de la bata, ahora confundidos en un mismo trozo de tela polvoriento y con huellas de sangre. Vuelve a escuchar los lamentos, ahora más definidos. Provienen del interior de la camioneta y hacia allí va, arrastrando la pierna. Al llegar ve el rostro ensangrentado de Turiño, el chófer:
—¡Coño, flaco, discúlpenme! —se lamenta Turiño cuando lo ve llegar.
—¡Calma, negro, calma! —dice, mientras da un vistazo hacia el interior de la cabina. Al lado de Turiño está Manrique, el Jefe de la Misión Médica; tiene la cabeza apoyada contra el cristal de la ventanilla, salpicada de sangre.
—¡No me di cuenta de ese bache, flaco, discúlpenme, coño!
—¡No te preocupes negro, esa cosas pasan! Ahora necesito que te calmes y me digas dónde te duele —el negro trata de calmarse, respira profundo varias veces. El negro Turiño, el chofer, su amigo de otras misiones, un «as en el volante» como le dicen todos los que han trabajado con él por esas cordilleras de Bolivia, las calles haitianas, o incluso allá, por Paquistán, cuando lo del terremoto. El negro Turiño que siempre tiene un papel protagónico en sus narraciones allá en la casa, bajo el flamboyán, cuando cuenta de su buen humor, de sus chistes, de su habilidad como chofer, pero también de su terror a las serpientes y a la sangre. El negro Turiño que no puede ver una jeringuilla con sangre y ahora la ropa toda manchada de sangre, indicándole con un gesto de la cabeza que no, que no le duele nada, que él está entero, que ayude a los demás. Pero al menor movimiento el rostro se le descompone y se le escapa un quejido, mientras se lleva la mano hacia un lado del abdomen. —¡Está bien, negro, trata de no moverte mucho! Echo un vistazo a los otros y estoy contigo, otra vez, ¿okey?
A Silvia sólo contará en detalle esta conversación, el resto dirá que se le ha extraviado, como los instantes exactos del accidente. Ella comprenderá y lo abrazará en silencio, sin hacerle notar que ya sabe todo, que los directivos del hospital le habrán contado lo sucedido esta tarde, de la muerte de otros miembros de la Brigada Médica Cubana que viajaban en aquella camioneta, incluido el Jefe de Misión; de los otros que, «gracias al rápido accionar de su esposo, lograron salvarse». Él se dejará abrazar y regresará a este momento en el que se mueve de un lado a otro, inspeccionado los cuerpos de los otros médicos que lo acompañaban, descubriendo con dolor que nada podía hacer por este o aquel; y la alegría de descubrir que uno aún respira, apenas, pero respira. Y se deja caer a su lado y le encuentra la herida por donde brota la sangre y logra detener la hemorragia, con restos de su propia bata, hasta que encuentre los bolsos con medicamento que están en la camioneta. Entre los brazos de Silvia todavía se preguntará cómo pudo llegar a la camioneta, a pesar del martirio de su pierna herida; o cómo pudo ayudar al negro Turiño a salir de la cabina y, luego de acostarlo a un costado del auto, regresar con el maletín de primeros auxilios, a ayudar al otro colega. Ahora tampoco lo sabe, pero lo importante es que lo hizo, que sobre su pierna sana sostiene la cabeza del otro médico que respira ahora con mayor facilidad, que si mira hacia su izquierda puede ver al negro Turiño, quejoso, pero vivo.
Siente que le ruedan por las mejillas unas lágrimas, las primeras que se permite en mucho tiempo. Pero sabe qué no son lágrimas de dolor, de ese dolor intenso que le llega desde las entrañas de su pierna; o del saberse rodeado de los cuerpos inertes de quienes, hasta unos minutos atrás, compartían con el sueños y alegrías. Para esas lágrimas ya habrá tiempo. Llora por el sonido de las sirenas que se acercan, porque adivina la ayuda, porque sabe que el negro Turiño, el médico a quien sostiene la cabeza y él, estarán a salvo, y que, meses después, esto será una anécdota más, de esas que gusta de contar en el patio de la casa, en su sillón preferido, bajo la sombra del flamboyán, con Silvita sentada sobre sus piernas, escuchándole contar de las peripecias del negro Turiño al timón, de su miedo a las serpientes y a la sangre; de todas las caminatas que él y sus colegas hacen día a día para llegar hasta comunidades lejanísimas, donde nunca antes habían visto un médico. Escuchará el ohhh prolongado de Silvita cuando le cuente de selvas y panteras, y saboreará el ron que Sergio le brinde de la botella nueva «especial por el regreso», y del beso prolongado que Silvia pondrá en sus labios, tras recriminarle sonriente «mira que inventas»; mientras la niña va a buscar el último dibujo que hizo de su papá, «curando a los niños del mundo».
sábado, 18 de junio de 2016
La lectura - Por Victoria Gonzáles Badani-Chile
“Las palabras abren puertas sobre el mar”
Rafael Alberti.
Estoy de visita en la ciudad, a la que había llegado un par de días antes. Todo era nuevo, cercano, diferente y bello a la vez. Quería retener en la memoria y en la cámara, que cuidaba como a un pequeño tesoro, cada pedazo del momento actual, que me retrotraía a mis años de juventud y revivir, simplemente, historias que se quedaron plasmadas en mi memoria y mi sangre.
Me encuentro en pleno centro de Buenos Aires. Como cualquier capital del mundo, el bullicio es parte del entorno citadino. El deambular constante de sus gentes lo contribuye en gran medida, así como las ofertas, a viva voz, de los vendedores ambulantes, congregados en las calles más concurridas del sector. Complementan el panorama, las enormes vidrieras y cafés, de donde emana un exquisito aroma que invita a entrar. Recién admiraba la majestuosidad de la Casa de Gobierno y la plaza que determina el carácter emblemático y cívico del lugar.
A poco andar, entrando la penumbra del atardecer, algo llama mi atención en un enorme portal. Se trata de una mujer de mediana edad, en un espacio resguardado por un pilar, en uno de sus lados, leyendo, casi inmóvil, un libro que no alcancé a distinguir detalles.
Era sin ninguna duda, una pordiosera. Estaba sentada, piernas cruzadas, sobre una cantidad de trapos o cojines de colores, que la separaban varios centímetros del suelo. El pelo algo canoso y crecido, cuidadosamente recogido. Su aspecto, pulcro en general, contrastaba en algún grado, con el de las pertenencias sobre las que se encontraba.
Mi primer impulso fue fotografiarla. Me parecía medio surrealista la imagen de la mujer, cubierta apenas con unas ropas y algunos artículos domésticos que pude apreciar, leyendo, absorta de todo movimiento o presencia a su alrededor. Levanté la cámara buscando el objetivo, pero no pude apretar el disparador.
Algo me pesaba en el alma, más que en las manos; la atmósfera que establecía su actitud, era de intimidad, pese a estar en la calle y a la vista de todo el que reparara en ese pequeño rincón del portal y, seguí caminando, pasé frente a ella un par de veces más, tan lentamente como mis ansias me lo permitían; volví sobre mis pasos otras, me alejé del lugar unas cuadras, para volver nuevamente, la mujer seguía en la misma actitud, ausente, inmersa en su lectura o en su mundo interior. Sólo un leve movimiento para cambiar de página, acusaba su presencia real. Hice un nuevo intento de captar aquella imagen, que seguramente no volvería a ver, pero, no pude y abandoné el lugar, con un sabor agridulce en la boca.
martes, 24 de febrero de 2015
16 Minutos - Por Jeremías Bottega
Es tarde, cerca de las dos de la
mañana, hace calor y no me puedo dormir, se me pegan las sabanas en la espalda,
estoy escuchando en la compu un enganchado de Rock Nacional y ahora está
sonando “Lamento Boliviano”, nada se
disfruta. “..Borracho y loco..” repite el tema, borracho no estoy (al menos por
ahora) loco seguro que si. Mil veces me dijeron que no sirve escribir sobre uno
y en realidad por ahí tienen razón pero ahora estoy acalorado y sinceramente
bastante alunado, renegado, mostrando mi peor fase.
Resulta que en distintos lugares se respira un ambiente que
a mí no me gusta, amigos que en realidad lo único que hacen es usarte, eso no
es bueno, eso no es querer demostrar amistad, a esas actitudes, pero por sobre
todo a esas clases de personas le queda grandísima las palabras amistad o
amigo. Y yo tengo uno, sisi, tener tengo, y viste como son las cosas que a
veces es con el que menos estoy, porque sé que cuando lo necesito está.
Capaz sea por eso o capaz sea
porque yo también soy de esas personas que le quedan grande la palabra amistad,
eso no lo sé, quizás el tiempo me lo pueda aclarar o situaciones me lo puedan
ejemplificar. Voy 212 palabras intentando hacer algo que no sé hacer, porque
simplemente no sé lo que quiero hacer, quizá quisiera un helado, y no estar
escuchando al boludo de Fito Páez que ahora toca en el enganchado de Rock, pero
ahora toca esto, capaz toque pasar un poco de calor, capaz no, me está tocando
eso.
Se nota por ahí que estoy un poco
renegado y por eso también me gusta o me siento cómodo en esta situación que no
es la ideal, porque en realidad no me gusta lo ideal, porque siento que no
existe y es una mentira, que es algo pasajero, que es una realidad imaginaria,
y a veces pienso que capaz es la vida cotidiana imaginaria, y por ahí la
verdadera realidad son las situaciones ideales, pero no es un tema en el que me
siento cómodo para refutarlo ni mucho menos, una teoría que es solo mía (o
quizá no) e incomprobable, o por ahí sí, pero no es eso lo fundamental .
Si no me equivoco ahora suena Divididos con el tema “Que ves”, y se
pregunta “..¿Que ves cuando me ves?..” Es una buena pregunta que quizá no la
pueda responder, quizá todo esto son juegos de palabras para matar el tiempo, o
capaz esto lo lea alguien que se sienta identificado, quizá se pueda dar de una
manera distinta una vida sin sentido por lo menos hasta el momento, y no hablo
de la mía solamente, hablo de cientos de vidas que por ahí no encuentran
sentido y aspiro a eso, a esa gente que se levanta se lava la cara se mira al
espejo y se pregunta, ¿quién soy?, ¿qué hago acá?, y también se puede
preguntar, ¿hago lo que quiero? Y seguramente no, porque hay una parte de
nosotros que tenemos guardada, y no encuentro motivo alguno para dejar de expresar
lo que se siente y lo que se vive a diario.
Ya no son mas casi las dos, son 1:54, cosa que empecé a escribir tipo
menos veinte, ¿catorce minutos será mucho?. Me vuelvo a preguntar algo que no
posee una sola respuesta, puede ser una eternidad o algo efímero, depende el
momento del día y la situación. Escucho alguien que se levanta, siempre quieren
o deben cagarte de alguna u otra forma, por eso ahora, cuando faltan 4 minutos
para las dos de la madrugada, voy a apagar la compu y voy a pasar por la heladera
haber si hay algo para tomar o comer, algo para calmar el calor, o quizá para
calmar mis dudas.
sábado, 4 de octubre de 2014
LA SEÑAL Por Jorge A. Dágata
Miraron esos meses por la ventana interior que les entregaba el mundo y disimulaba la espera, algunas veces refugiados en un abrazo y otras en la promesa del timbre que se oxidaba entre el pasto amarillo sin pisadas.
Un hombre había muerto aplastado por su codicia y otro trepaba a la torre más alta para reclamar sus anteojos perdidos, porque sin leer los anuncios no sabía qué comprar.
Fútbol.
Un yate de lujo naufragaba en un mar tan lejano que por primera vez su nombre, mal traducido, invadía la casa después de romper el encierro por el rumbo abierto entre planchas de acero y números inciertos de cuerpos desconocidos, desconsoladamente extraños, el día anterior o el siguiente de aquel en que las mismas aguas habían deshecho cuatro maderas repletas de un oscuro destino fácil de olvidar.
Dieciocho veces habían asaltado el mismo almacén y la última sólo se llevaron las deudas y un gato que dormía entre bolsas vacías, pero prometieron volver.
Un juez sobreseyó a un asesino serial y las víctimas no apelaron.
-¿Otro matecito? ofreció él, con ternura.
-Y bueno…
La pava rezongaba con su acorde cálido y sostenido de las mañanas, mientras un ómnibus de colegiales se desbarrancaba desde una cornisa hacia el vacío inmóvil de rocas coloreadas, arbustos grises y pájaros alborotados, tan cerca del hotel.
Fútbol.
Esta oferta parece tan generosa que vuelven a revisar las facturas pendientes por si una vez siguiera las sumas y restas llegan.
-El mes que viene se resigna ella.
-Y bueno…
La disputa se enfervoriza, las palabras escalan a gritos y la cámara se detiene en los rostros crispados, con una demora adecuada a la nueva revelación que aclarará todo, aunque todo no es posible ni conveniente aclararlo y la rueda continúa con insultos sabrosos en un almuerzo de platos vacíos.
-Menos mal suspiró él, mientras anunciaban que bajaba el nivel de pobreza y más chicos se integraban a las escuelas y menos gente moría por las noches, abandonada a las últimas heladas entre una confusión de hojas sueltas de diarios y retazos de ropas de marca que abrían huecos sobre la piel y la carne y los huesos, confundidos en esos naufragios de un mar tan cercano, reconfortados con la promesa tibia de que, al fin, volvería a amanecer.
Fútbol.
Veinte años después se proclamaba con certeza legal que no había culpables.
-¿Está frío? se preocupó él.
-No. Un poco.
Yo quiero, yo quiero, yo quiero, demandaban los puños cerrados de la multitud, y yo debo rezaba un hombre de otro planeta, yo debo, yo debo, se burlaba su eco solitario.
-Nosotros también- pensaron, sin decirlo.
Había fallado la prueba de un misil que llegaría de un polo a otro en treinta minutos, la cumbre de los grandes concluía con acuerdos y una división de tanques cruzaba la frontera de dos países que no recordaban haber sido uno.
Ella le acaricia el hombro y él retiene esa mano entre las suyas.
-¿Te duele ahora?
-Un poco menos.
Dan la hora, la temperatura y el estado de ánimo y ella abre la ventana; la otra, la que da al jardín.
El cerezo ya empieza a florecer.
Un hombre había muerto aplastado por su codicia y otro trepaba a la torre más alta para reclamar sus anteojos perdidos, porque sin leer los anuncios no sabía qué comprar.
Fútbol.
Un yate de lujo naufragaba en un mar tan lejano que por primera vez su nombre, mal traducido, invadía la casa después de romper el encierro por el rumbo abierto entre planchas de acero y números inciertos de cuerpos desconocidos, desconsoladamente extraños, el día anterior o el siguiente de aquel en que las mismas aguas habían deshecho cuatro maderas repletas de un oscuro destino fácil de olvidar.
Dieciocho veces habían asaltado el mismo almacén y la última sólo se llevaron las deudas y un gato que dormía entre bolsas vacías, pero prometieron volver.
Un juez sobreseyó a un asesino serial y las víctimas no apelaron.
-¿Otro matecito? ofreció él, con ternura.
-Y bueno…
La pava rezongaba con su acorde cálido y sostenido de las mañanas, mientras un ómnibus de colegiales se desbarrancaba desde una cornisa hacia el vacío inmóvil de rocas coloreadas, arbustos grises y pájaros alborotados, tan cerca del hotel.
Fútbol.
Esta oferta parece tan generosa que vuelven a revisar las facturas pendientes por si una vez siguiera las sumas y restas llegan.
-El mes que viene se resigna ella.
-Y bueno…
La disputa se enfervoriza, las palabras escalan a gritos y la cámara se detiene en los rostros crispados, con una demora adecuada a la nueva revelación que aclarará todo, aunque todo no es posible ni conveniente aclararlo y la rueda continúa con insultos sabrosos en un almuerzo de platos vacíos.
-Menos mal suspiró él, mientras anunciaban que bajaba el nivel de pobreza y más chicos se integraban a las escuelas y menos gente moría por las noches, abandonada a las últimas heladas entre una confusión de hojas sueltas de diarios y retazos de ropas de marca que abrían huecos sobre la piel y la carne y los huesos, confundidos en esos naufragios de un mar tan cercano, reconfortados con la promesa tibia de que, al fin, volvería a amanecer.
Fútbol.
Veinte años después se proclamaba con certeza legal que no había culpables.
-¿Está frío? se preocupó él.
-No. Un poco.
Yo quiero, yo quiero, yo quiero, demandaban los puños cerrados de la multitud, y yo debo rezaba un hombre de otro planeta, yo debo, yo debo, se burlaba su eco solitario.
-Nosotros también- pensaron, sin decirlo.
Había fallado la prueba de un misil que llegaría de un polo a otro en treinta minutos, la cumbre de los grandes concluía con acuerdos y una división de tanques cruzaba la frontera de dos países que no recordaban haber sido uno.
Ella le acaricia el hombro y él retiene esa mano entre las suyas.
-¿Te duele ahora?
-Un poco menos.
Dan la hora, la temperatura y el estado de ánimo y ella abre la ventana; la otra, la que da al jardín.
El cerezo ya empieza a florecer.
sábado, 20 de septiembre de 2014
Melania y Akulania Por León Tolstoi
Aquel año llegó pronto la Semana Santa. Apenas se había terminado de viajar en trineo, la nieve cubría aún los patios y por la aldea, fluían algunos riachuelos. En un callejón, entre dos patios, se había formado una charca. Dos chiquillas de dos casas distintas una pequeña y la otra un poco mayor se encontraban en la orilla.
Ambas tenían vestidos nuevos: azul, la más pequeña; y amarillo, con dibujos, la mayor. Y las dos llevaban pañuelos rojos en la cabeza. Al salir de misa, corrieron a la charca y, tras enseñarse sus ropas, se habían puesto a jugar. La pequeña quiso entrar en el agua sin quitarse los zapatos; pero la mayor le dijo:
-No hagas eso, Melania; tu madre te va a retar. Me descalzaré; descálzate tú también.
Se quitaron los zapatos, se metieron en la charca y se encaminaron una al encuentro de la otra. A Melania le llegaba el agua hasta los tobillos.
-Esto está muy hondo; tengo miedo, Akulina.
-No te preocupes, la charca no es más profunda en ningún otro sitio. Ven derecho hacia donde estoy. Cuando ya iban juntas, Akulina dijo:
-Ten cuidado, Melania, anda despacio para no salpicarme.
Pero, apenas hubo pronunciado estas palabras, Melania dio un traspié y salpicó el vestidito de su amiga. Y no sólo el vestidito sino también sus ojos y su nariz. Al ver su ropa nueva manchada, Akulina se enojó con Melania y corrió hacia ella, con intención de pegarle.
Melania tuvo miedo; comprendió que había hecho un desaguisado y se precipitó fuera del charco, con la intención de correr hacia su casa. En aquel momento pasaba por allí la madre de Akulina. Al reparar en que su hija tenía el vestido manchado, Le gritó:
-¿Dónde te has puesto así, niña desobediente?
-Ha sido Melania. Me ha salpicado a propósito.
La madre de Akutina agarró a Melania y le propinó un golpe en la cabeza. La pequeña alborotó con sus gritos toda la calle y no tardó en acudir su madre.
-¿Por qué pegas a mi hija? exclamó, y se puso a discutir con su vecina. Las dos mujeres se insultaron. Los campesinos salieron de sus casas y la gente se aglomeró en la calle. Todos gritaban, pero nadie escuchaba al otro. En la pelea, se empujaron entre sí y ya era inminente una batalla, cuando intervino una vieja, la abuela de Akulina. Se adelantó hacia el grupo de los campesinos y comenzó a suplicarles que se calmasen.
-¿Qué hacen? En un día tan sagrado, deberían regocijarse en vez de pecar de este modo.
Pero nadie hizo caso de la viejecita y poco faltó para que la derribaran. Nada hubiera podido conseguir, a no ser por Akulina y Melania. Mientras las mujeres se peleaban, Akulina había limpiado las manchas del vestido y había salido de nuevo hacia la charca. Tomó una piedra y con ella apartó la tierra para que el agua corriera por la calle. Melania se acercó a ayudarla con una astillita. Así, el agua llegó al sitio en que la anciana trataba de separar a los contendientes. Las niñas venían corriendo a ambos lados del arroyo:
-¡Alcánzala! ¡Melania, alcánzala! gritaba Akulina. La pequeña no podía replicar, ahogada por la risa. Y las dos niñas siguieron corriendo, divertidas con la astillita que el agua arrastraba.
Llegaron junto a los campesinos. Al verlas, la vieja exclamó, dirigiéndose a estos:
-¡Teman a Dios! Están peleando precisamente por causa de estas dos niñas, cuando ellas se han olvidado de todo hace rato y juegan en amor y compañía. Son más inteligentes que todos ustedes.
Los hombres miraron a las niñas y se avergonzaron de su proceder. Luego, se burlaron de sí mismos y cada cual se volvió a su casa.
Ambas tenían vestidos nuevos: azul, la más pequeña; y amarillo, con dibujos, la mayor. Y las dos llevaban pañuelos rojos en la cabeza. Al salir de misa, corrieron a la charca y, tras enseñarse sus ropas, se habían puesto a jugar. La pequeña quiso entrar en el agua sin quitarse los zapatos; pero la mayor le dijo:
-No hagas eso, Melania; tu madre te va a retar. Me descalzaré; descálzate tú también.
Se quitaron los zapatos, se metieron en la charca y se encaminaron una al encuentro de la otra. A Melania le llegaba el agua hasta los tobillos.
-Esto está muy hondo; tengo miedo, Akulina.
-No te preocupes, la charca no es más profunda en ningún otro sitio. Ven derecho hacia donde estoy. Cuando ya iban juntas, Akulina dijo:
-Ten cuidado, Melania, anda despacio para no salpicarme.
Pero, apenas hubo pronunciado estas palabras, Melania dio un traspié y salpicó el vestidito de su amiga. Y no sólo el vestidito sino también sus ojos y su nariz. Al ver su ropa nueva manchada, Akulina se enojó con Melania y corrió hacia ella, con intención de pegarle.
Melania tuvo miedo; comprendió que había hecho un desaguisado y se precipitó fuera del charco, con la intención de correr hacia su casa. En aquel momento pasaba por allí la madre de Akulina. Al reparar en que su hija tenía el vestido manchado, Le gritó:
-¿Dónde te has puesto así, niña desobediente?
-Ha sido Melania. Me ha salpicado a propósito.
La madre de Akutina agarró a Melania y le propinó un golpe en la cabeza. La pequeña alborotó con sus gritos toda la calle y no tardó en acudir su madre.
-¿Por qué pegas a mi hija? exclamó, y se puso a discutir con su vecina. Las dos mujeres se insultaron. Los campesinos salieron de sus casas y la gente se aglomeró en la calle. Todos gritaban, pero nadie escuchaba al otro. En la pelea, se empujaron entre sí y ya era inminente una batalla, cuando intervino una vieja, la abuela de Akulina. Se adelantó hacia el grupo de los campesinos y comenzó a suplicarles que se calmasen.
-¿Qué hacen? En un día tan sagrado, deberían regocijarse en vez de pecar de este modo.
Pero nadie hizo caso de la viejecita y poco faltó para que la derribaran. Nada hubiera podido conseguir, a no ser por Akulina y Melania. Mientras las mujeres se peleaban, Akulina había limpiado las manchas del vestido y había salido de nuevo hacia la charca. Tomó una piedra y con ella apartó la tierra para que el agua corriera por la calle. Melania se acercó a ayudarla con una astillita. Así, el agua llegó al sitio en que la anciana trataba de separar a los contendientes. Las niñas venían corriendo a ambos lados del arroyo:
-¡Alcánzala! ¡Melania, alcánzala! gritaba Akulina. La pequeña no podía replicar, ahogada por la risa. Y las dos niñas siguieron corriendo, divertidas con la astillita que el agua arrastraba.
Llegaron junto a los campesinos. Al verlas, la vieja exclamó, dirigiéndose a estos:
-¡Teman a Dios! Están peleando precisamente por causa de estas dos niñas, cuando ellas se han olvidado de todo hace rato y juegan en amor y compañía. Son más inteligentes que todos ustedes.
Los hombres miraron a las niñas y se avergonzaron de su proceder. Luego, se burlaron de sí mismos y cada cual se volvió a su casa.
«Si no sois como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos.»
sábado, 7 de junio de 2014
Todavía no he pensado en suicidarme. - Por Mayte Sánchez Sempere
El espejo me asusta. Ahí detrás hay algo o alguien que inventa muecas para que crea que tengo mala cara a pesar de haber dormido quince horas seguidas. Y no ha sido por el alcohol. Debería haber bebido sola en la cocina hasta caerme de la silla, haber despertado en el suelo con la mejilla pegada a las frías baldosas y el pelo pringoso de ginebra. Debería haber llorado al despertar, al darme cuenta de que él se ha ido y entonces, coger de nuevo la botella y entre sollozos, arrastrar los pies por el suelo de madera del pasillo hasta el cuarto de baño. Y al mirarme al espejo, asustarme.
Tengo los ojos rojos y la piel seca. El pelo revuelto.
La boca seca.
El espejo me enseña una lengua blanquecina. Si mi madre la viera me diría “tienes la lengua sucia” y me daría té para desayunar. Me pondría la manta eléctrica sobre el estómago y me daría una de esas pastillas que saben como el yeso de las paredes.
Puedo creer que bebí anoche y escribirlo en el diario como si fuera verdad. Y luego, en el otro diario, el que ni siquiera yo puedo leer, escribir la verdad. Anoche no bebí. Cené una tortilla francesa mientras miraba los folletos del hipermercado y marcaba con bolígrafo las cosas que quiero comprar. No me caí de la silla. Me acosté a las ocho de la tarde con los ojos secos, porque nunca he llorado por él. Él no existe, tampoco.
Por eso todavía no tengo pensado suicidarme. Cuando lo piense, lo escribiré en los dos diarios y dejaré a la vista el que está lleno de mentiras y poemas, que también son mentira. Dejaré el diario a la vista para que quien me encuentre muerta lo lea y crea que sabe por qué me suicidé y así no tendré que sentirme mal por no haber vivido nada interesante, porque eso será algo que sólo yo sabré.
Escribo en el diario que anoche me caí borracha de la silla de la cocina y que no recuerdo nada, que me he despertado en el suelo y he creído verle a mi lado, hasta que me he dado cuenta de que se fue. En mi diario, él tiene nombre: M. Le llamo así para que resulte más real, como si aún le amase y no quisiera que nadie supiera quién es, como si quisiera protegerle de los demás, de los que le odiarán cuando encuentren mi cadáver y mi diario. M es alto y guapo, rubio y canadiense. Así es más difícil que
intenten buscarle. M me quería pero la vida le ha obligado a marcharse. No quiero que parezca mala persona, no quiero que los que lean el diario piensen que soy una ingenua o una imbécil incapaz de darse cuenta de que la están engañando. A pesar de que tengo que aparecer como la víctima, no quiero dar pena.
Si me suicido, daré pena. O me odiarán. Pero también dirán que mi sensibilidad es tan grande que no he podido soportar el inmenso peso de la vida, que los golpes me han hecho buscar un reposo, que mi visión poética de la vida me ha empujado a ponerle fin porque me duele demasiado seguir respirando. Eso será, claro, cuando haya decidido pensar en suicidarme. De momento no lo he pensado.
Tengo casi treinta y cinco años. En el diario he puesto alguno menos, no quiero que
crean que estoy entrando en la crisis de los cuarenta. Tengo casi treinta y cinco y estoy sola. M no existe, pero tampoco hay ningún P. En el diario P es mi mejor amigo. Homosexual, claro. Tampoco tengo ningún trastorno mental, eso lo he inventado para el diario. He inventado una enfermedad y un médico, un psiquiatra: el doctor V. Si no doy el nombre de nadie, no se puede comprobar que es todo falso.
No son mentiras, es libertad. Dicen que tenemos derecho a hacer lo que queramos con nuestras vidas y yo lo hago. He dormido quince horas y no tengo hambre. En la bandeja hay un vaso con leche tibia. El sobre de café descafeinado me pone nerviosa. Siempre espero que sea dorado por dentro, ya no me acuerdo por qué, pero debería ser dorado por dentro y yo debería alegrarme de que lo fuera y escribirlo en mi diario porque habría ganado algo. Un viaje a Las Vegas. Para casarme con M. M es canadiense. El viaje es a Toronto. El café me gusta más cargado. He dormido quince horas pero no es porque bebiera anoche. Me acosté pronto. M se había ido.
El espejo me asusta.
El diario dice que anoche bebí demasiado y debería dolerme la cabeza. Me tomo una pastilla blanca con el café, para el dolor de cabeza. El sobre del café es dorado, en mi diario. Una esperanza remota, una ilusión para un alma atormentada. Escribiré que por fin tengo suerte y voy a viajar al lugar en el que seguramente M estará esperándome. Las casualidades son muy literarias. Por eso los hijos perdidos encuentran a sus padres en las novelas y en la vida real ni siquiera saben que tienen padres perdidos. Mi diario tiene que parecerse más a la vida. El viaje será a Colombia. Tiene más sentido. Por el café.
El sobre de café es plateado en la papelera que hay junto a la cama. Se ha quedado boca arriba y parece un pez muerto sin ojos, un pez leve a punto de echar a volar en busca de su cabeza y sus tripas. Un pez de aire y hielo que huele a café. Al pez muerto lo escribo en el otro diario, el de la verdad: no puede estar junto a Colombia.
La manta también está en el otro diario, el de las verdades incómodas. Es una manta corta que nunca me abriga los pies, una manta que cada día es más corta, justo ahora que cada noche es más fría. Me enrosco la manta alrededor del cuello y la cabeza. Así no veo el espejo que me asusta. Escribiré que soy como Frida Kahlo e invento tocados especiales que no realzan mi belleza pero sujetan mis ideas y las abrigan. El aire se templa dentro de la manta, la luz desaparece, los sonidos se amortiguan. La ideas se
calman y dejan de moverse en un remolino de palabras. Las ideas se duermen. Así podría escribir en el diario falso que estoy tranquila y que medito sobre mi triste existencia. Sobre su ausencia.
Lo escribo.
El suelo está frío y me pincha las plantas de los pies. La manta cae al suelo y la piso, arrastro los pies sobre ella, patino por la habitación sobre la manta. El suelo se inclina y no puedo frenar. Choco contra la pared. Me sangra la nariz. Me da miedo. Escribo en el diario mucha sangre y una herida en la frente. Con un algodón taponando la nariz, escribo un accidente doméstico provocado por la resaca. Alcohol, desamor y sangre; está quedando muy bien. En el diario de la verdad escribo que me he puesto a
llorar al ver la sangre y ha tenido que venir una tata a curarme y abrazarme.
Tengo que pensar en suicidarme antes de comer, para que no me sorprenda ese sueño extraño de la siesta. Si me duermo, olvidaré que tenía que pensar en suicidarme y todo volverá a empezar y tendré que escribir en el diario de la mentira cualquier cosa, y en el de la verdad no podré escribir nada porque la siesta es como un lugar inexistente en el que no estoy.
Los dedos de los pies parecen pequeños seres vivos, redonditos, con un caparazón duro y una barriga blandita. Se mueven casi solos. Me sorprenden a veces moviéndose sin que yo piense en ellos. Se han quedado fríos. Escribo en el diario que han bajado las temperaturas tanto que se me congelan las lágrimas de amarle. Escribo que he recibido una carta en la que un sargento de un ejército me dice que M ha muerto en una guerra llena de arena y sol. El sargento me informa de cuánto me amaba M. Firma como S y me dice que M fue un héroe y en las dunas ardientes su sangre se ha convertido en un oasis en el que sus compañeros de armas beben el agua purificante del valor del soldado, se sacian de heroísmo y cargan sus armas para disparar contra ese enemigo cruel que les acecha. El sargento S me desea buena suerte y un duelo breve. La muerte de M parece un buen detonante para el suicidio.
En el diario de la verdad escribo que me duele el oído. Escribo que la tata me ha traído una bandeja con sopa de fideos y merluza rebozada. Y un flan. Hay una píldora roja junto al vaso de agua. Escribo que no voy a tomarme la píldora para no dormirme hasta que haya pensado en suicidarme.
En el otro diario escribo que busco en el armario de la cocina los somníferos de mi madre. Escribo que abro una botella de ginebra y me quedo mirando las pastillas, pensando si le encontraré al otro lado. Escribo que no sé si hay un cielo para los suicidas ni sé si los soldados que se van a una guerra de arena sin que nadie se lo pida no irán a ese mismo cielo. Escribo que hay un mapa sin carreteras ni nombres del lugar al que van los que se quitan la vida y los que provocan que otros se la quiten. El mismo
lugar al que van los muertos que nunca quisieron a nadie y las tatas que pegan y meten pastillas en la boca a la fuerza.
En el diario de la verdad escribo: “Hora de la siesta”. La tata me mira con odio mientras se frota el mordisco de la mano. Cierra de un portazo y la píldora roja del sueño blando se mezcla con mis diarios y hace que las letras bailen y cambien de lugar; las palabras ya no se entienden.
Todavía no he pensado en suicidarme. Lo haré después de la siesta.
Tengo los ojos rojos y la piel seca. El pelo revuelto.
La boca seca.
El espejo me enseña una lengua blanquecina. Si mi madre la viera me diría “tienes la lengua sucia” y me daría té para desayunar. Me pondría la manta eléctrica sobre el estómago y me daría una de esas pastillas que saben como el yeso de las paredes.
Puedo creer que bebí anoche y escribirlo en el diario como si fuera verdad. Y luego, en el otro diario, el que ni siquiera yo puedo leer, escribir la verdad. Anoche no bebí. Cené una tortilla francesa mientras miraba los folletos del hipermercado y marcaba con bolígrafo las cosas que quiero comprar. No me caí de la silla. Me acosté a las ocho de la tarde con los ojos secos, porque nunca he llorado por él. Él no existe, tampoco.
Por eso todavía no tengo pensado suicidarme. Cuando lo piense, lo escribiré en los dos diarios y dejaré a la vista el que está lleno de mentiras y poemas, que también son mentira. Dejaré el diario a la vista para que quien me encuentre muerta lo lea y crea que sabe por qué me suicidé y así no tendré que sentirme mal por no haber vivido nada interesante, porque eso será algo que sólo yo sabré.
Escribo en el diario que anoche me caí borracha de la silla de la cocina y que no recuerdo nada, que me he despertado en el suelo y he creído verle a mi lado, hasta que me he dado cuenta de que se fue. En mi diario, él tiene nombre: M. Le llamo así para que resulte más real, como si aún le amase y no quisiera que nadie supiera quién es, como si quisiera protegerle de los demás, de los que le odiarán cuando encuentren mi cadáver y mi diario. M es alto y guapo, rubio y canadiense. Así es más difícil que
intenten buscarle. M me quería pero la vida le ha obligado a marcharse. No quiero que parezca mala persona, no quiero que los que lean el diario piensen que soy una ingenua o una imbécil incapaz de darse cuenta de que la están engañando. A pesar de que tengo que aparecer como la víctima, no quiero dar pena.
Si me suicido, daré pena. O me odiarán. Pero también dirán que mi sensibilidad es tan grande que no he podido soportar el inmenso peso de la vida, que los golpes me han hecho buscar un reposo, que mi visión poética de la vida me ha empujado a ponerle fin porque me duele demasiado seguir respirando. Eso será, claro, cuando haya decidido pensar en suicidarme. De momento no lo he pensado.
Tengo casi treinta y cinco años. En el diario he puesto alguno menos, no quiero que
crean que estoy entrando en la crisis de los cuarenta. Tengo casi treinta y cinco y estoy sola. M no existe, pero tampoco hay ningún P. En el diario P es mi mejor amigo. Homosexual, claro. Tampoco tengo ningún trastorno mental, eso lo he inventado para el diario. He inventado una enfermedad y un médico, un psiquiatra: el doctor V. Si no doy el nombre de nadie, no se puede comprobar que es todo falso.
No son mentiras, es libertad. Dicen que tenemos derecho a hacer lo que queramos con nuestras vidas y yo lo hago. He dormido quince horas y no tengo hambre. En la bandeja hay un vaso con leche tibia. El sobre de café descafeinado me pone nerviosa. Siempre espero que sea dorado por dentro, ya no me acuerdo por qué, pero debería ser dorado por dentro y yo debería alegrarme de que lo fuera y escribirlo en mi diario porque habría ganado algo. Un viaje a Las Vegas. Para casarme con M. M es canadiense. El viaje es a Toronto. El café me gusta más cargado. He dormido quince horas pero no es porque bebiera anoche. Me acosté pronto. M se había ido.
El espejo me asusta.
El diario dice que anoche bebí demasiado y debería dolerme la cabeza. Me tomo una pastilla blanca con el café, para el dolor de cabeza. El sobre del café es dorado, en mi diario. Una esperanza remota, una ilusión para un alma atormentada. Escribiré que por fin tengo suerte y voy a viajar al lugar en el que seguramente M estará esperándome. Las casualidades son muy literarias. Por eso los hijos perdidos encuentran a sus padres en las novelas y en la vida real ni siquiera saben que tienen padres perdidos. Mi diario tiene que parecerse más a la vida. El viaje será a Colombia. Tiene más sentido. Por el café.
El sobre de café es plateado en la papelera que hay junto a la cama. Se ha quedado boca arriba y parece un pez muerto sin ojos, un pez leve a punto de echar a volar en busca de su cabeza y sus tripas. Un pez de aire y hielo que huele a café. Al pez muerto lo escribo en el otro diario, el de la verdad: no puede estar junto a Colombia.
La manta también está en el otro diario, el de las verdades incómodas. Es una manta corta que nunca me abriga los pies, una manta que cada día es más corta, justo ahora que cada noche es más fría. Me enrosco la manta alrededor del cuello y la cabeza. Así no veo el espejo que me asusta. Escribiré que soy como Frida Kahlo e invento tocados especiales que no realzan mi belleza pero sujetan mis ideas y las abrigan. El aire se templa dentro de la manta, la luz desaparece, los sonidos se amortiguan. La ideas se
calman y dejan de moverse en un remolino de palabras. Las ideas se duermen. Así podría escribir en el diario falso que estoy tranquila y que medito sobre mi triste existencia. Sobre su ausencia.
Lo escribo.
El suelo está frío y me pincha las plantas de los pies. La manta cae al suelo y la piso, arrastro los pies sobre ella, patino por la habitación sobre la manta. El suelo se inclina y no puedo frenar. Choco contra la pared. Me sangra la nariz. Me da miedo. Escribo en el diario mucha sangre y una herida en la frente. Con un algodón taponando la nariz, escribo un accidente doméstico provocado por la resaca. Alcohol, desamor y sangre; está quedando muy bien. En el diario de la verdad escribo que me he puesto a
llorar al ver la sangre y ha tenido que venir una tata a curarme y abrazarme.
Tengo que pensar en suicidarme antes de comer, para que no me sorprenda ese sueño extraño de la siesta. Si me duermo, olvidaré que tenía que pensar en suicidarme y todo volverá a empezar y tendré que escribir en el diario de la mentira cualquier cosa, y en el de la verdad no podré escribir nada porque la siesta es como un lugar inexistente en el que no estoy.
Los dedos de los pies parecen pequeños seres vivos, redonditos, con un caparazón duro y una barriga blandita. Se mueven casi solos. Me sorprenden a veces moviéndose sin que yo piense en ellos. Se han quedado fríos. Escribo en el diario que han bajado las temperaturas tanto que se me congelan las lágrimas de amarle. Escribo que he recibido una carta en la que un sargento de un ejército me dice que M ha muerto en una guerra llena de arena y sol. El sargento me informa de cuánto me amaba M. Firma como S y me dice que M fue un héroe y en las dunas ardientes su sangre se ha convertido en un oasis en el que sus compañeros de armas beben el agua purificante del valor del soldado, se sacian de heroísmo y cargan sus armas para disparar contra ese enemigo cruel que les acecha. El sargento S me desea buena suerte y un duelo breve. La muerte de M parece un buen detonante para el suicidio.
En el diario de la verdad escribo que me duele el oído. Escribo que la tata me ha traído una bandeja con sopa de fideos y merluza rebozada. Y un flan. Hay una píldora roja junto al vaso de agua. Escribo que no voy a tomarme la píldora para no dormirme hasta que haya pensado en suicidarme.
En el otro diario escribo que busco en el armario de la cocina los somníferos de mi madre. Escribo que abro una botella de ginebra y me quedo mirando las pastillas, pensando si le encontraré al otro lado. Escribo que no sé si hay un cielo para los suicidas ni sé si los soldados que se van a una guerra de arena sin que nadie se lo pida no irán a ese mismo cielo. Escribo que hay un mapa sin carreteras ni nombres del lugar al que van los que se quitan la vida y los que provocan que otros se la quiten. El mismo
lugar al que van los muertos que nunca quisieron a nadie y las tatas que pegan y meten pastillas en la boca a la fuerza.
En el diario de la verdad escribo: “Hora de la siesta”. La tata me mira con odio mientras se frota el mordisco de la mano. Cierra de un portazo y la píldora roja del sueño blando se mezcla con mis diarios y hace que las letras bailen y cambien de lugar; las palabras ya no se entienden.
Todavía no he pensado en suicidarme. Lo haré después de la siesta.
sábado, 3 de mayo de 2014
Ahí me las den todas - Por J. Martínez Villergas
Cuéntase que hubo un corregidor en una villa. Cuéntase que hubo en el pueblo una riña.
Cuéntase que el alguacil mandado por el corregidor fue a poner paz a los combatientes.
Cuéntase que éstos, en lugar de respetar al alguacil, le arrearon cuatro bofetadas y le echaron de ahí con cajas destempladas.
Y cuéntase que el alguacil volvió al corregidor, mediando entre los dos el siguiente diálogo:
-Señor corregidor, cuando yo voy a una parte en nombre de usía, ¿no represento a usía?
-Sí, hombre, sí.
-Y si mi persona es la persona de usía, ¿mi cara no es también la de usía?
-Sí, hombre, sí.
-Y cuando represento a usía, ¿no soy la misma persona de usía?
-Sí, hombre, sí.
-Y cuando pegan una bofetada en esta cara, ¿no es pegarla en la cara de usía?
-Sí, hombre sí; pero ¿dónde vas a parar? .
-Señor, es que los de la riña me han dado cuatro bofetadas en esta cara, que es la cara de usía, y, por consiguiente, usía ha sufrido también las bofetadas.
-Entonces el corregidor, con toda la formalidad que ustedes pueden figurarse, dijo:
-¡Ahí me las den todas!
Cuéntase que el alguacil mandado por el corregidor fue a poner paz a los combatientes.
Cuéntase que éstos, en lugar de respetar al alguacil, le arrearon cuatro bofetadas y le echaron de ahí con cajas destempladas.
Y cuéntase que el alguacil volvió al corregidor, mediando entre los dos el siguiente diálogo:
-Señor corregidor, cuando yo voy a una parte en nombre de usía, ¿no represento a usía?
-Sí, hombre, sí.
-Y si mi persona es la persona de usía, ¿mi cara no es también la de usía?
-Sí, hombre, sí.
-Y cuando represento a usía, ¿no soy la misma persona de usía?
-Sí, hombre, sí.
-Y cuando pegan una bofetada en esta cara, ¿no es pegarla en la cara de usía?
-Sí, hombre sí; pero ¿dónde vas a parar? .
-Señor, es que los de la riña me han dado cuatro bofetadas en esta cara, que es la cara de usía, y, por consiguiente, usía ha sufrido también las bofetadas.
-Entonces el corregidor, con toda la formalidad que ustedes pueden figurarse, dijo:
-¡Ahí me las den todas!
sábado, 8 de marzo de 2014
Insomnio - Por Silvia Rodríguez.- La Plata
En la oscuridad, el silencio hueco, inmóvil, calla. Espera
el próximo estruendo. Cada gota que cae suena como el estampido de un cañón. Una
canilla pierde. Percibo en cada pausa cómo la partícula de agua se forma en el extremo del
pico. Luego se desprende y golpea estrepitosamente contra el fondo del lavabo.
Los ruidos, en la
noche, son más fuertes. Despabilan los sentidos.
Las gotas retumban
en mi cerebro, lo recorren, se instalan en él, no dejan espacio para otros sonidos que quisiera oír: el de la llave de la puerta,
el de sus pasos rápidos por la escalera, el de su respiración acompasada. Tendría que
haberle dicho que la canilla pierde, quizás, antes de irse, la hubiera arreglado.
La mente sabia me
apresa, me encierra, me obliga a escuchar la explosión que desarticula cada una de las gotas. Me impide escapar, buscar
su rostro, su voz o una imagen placentera en la cual descansar. No ha dejado una luz
que me indique la salida, ha cerrado las puertas.
Ya no huiré, es
mejor así. Dejaré que el agua me penetre gota a gota, que anegue muy despacio la memoria de los miedos, que ahogue el dolor de la
ausencia.
Es mejor así. Cuando el recipiente esté colmado, cuando las paredes del cráneo no puedan contenerla, tal vez se derrame y yo fluya con el líquido tibio y flote mi cuerpo liviano acunado en un oleaje suave, hasta ver parir la claridad del día.
Es mejor así. Cuando el recipiente esté colmado, cuando las paredes del cráneo no puedan contenerla, tal vez se derrame y yo fluya con el líquido tibio y flote mi cuerpo liviano acunado en un oleaje suave, hasta ver parir la claridad del día.
Es mejor así. Que la
canilla siga goteando, que se inunden, noche a noche, mis desvelos.
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