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sábado, 6 de julio de 2019

Leyenda de la Tatuana - Por Miguel Ängel Asturias


Ronda por Casa-Mata la Tatuana ...

El Maestro Almendro tiene la barba rosada, fue uno de los sacerdotes que los hombres blancos tocaron creyéndoles de oro, tanta riqueza vestían, y sabe el secreto de las plantas que lo curan todo, el vocabulario de la obsidiana - piedra que habla - y leer los jeroglíficos de las constelaciones.
Es el árbol que amaneció un día en el bosque donde está plantado, sin que ninguno lo sembrara, como si lo hubieran llevado los fantasmas. El árbol que anda ... El árbol que cuenta los años de cuatrocientos días por las lunas que ha visto, que ha visto muchas lunas, como todos los árboles, y que vino ya viejo del Lugar de la Abundancia.
Al llenar la luna del Buho-Pescador (nombre de uno de los veinte meses del año de cuatrocientos días ), el Maestro Almendro repartió el alma entre los caminos. Cuatro eran los caminos y se marcharon por opuestas direcciones hacia las cuatro extremidades del cielo. La negra extremidad: Noche sortílega. La verde extremidad: Tormenta primaveral. La roja extremidad: Guacamayo o éxtasis de trópico. La blanca extremidad: Promesa de tierras nuevas. Cuatro eran los caminos.
- ¡ Caminín ! ¡ Caminito ! ... - dijo al Camino Blanco una paloma blanca, pero el Caminito Blanco no la oyó. Quería que le dieran el alma del Maestro, que cura de sueños. Las palomas y los niños padecen de ese mal.
- ¡ Caminín ! ¡ Caminito ! ... - dijo al Camino Rojo un corazón rojo; pero el Camino Rojo no lo oyó. Quería distraerlo para que olvidara el alma del Maestro. Los corazones, como los ladrones, no devuelven las cosas olvidadas.
- ¡ Caminín ! ¡ Caminito ! ... - dijo al Camino Verde un emparrado verde, pero el Camino Verde no lo oyó. Quería que con el alma del Maestro le desquitase algo de su deuda de hojas y de sombra.
¿ Cuántas lunas pasaron andando los caminos ?
¿ Cuántas lunas pasaron andando los caminos ?
El más veloz, el Camino Negro, el camino al que ninguno habló en el camino, se detuvo en la ciudad, atravesó la plaza y en el barrio de los mercaderes, por un ratito de descanso, dio el alma del Maestro al mercader de joyas sin precio.
Era la hora de los gatos blancos. Iban de un lado a otro. ¡Admiración de los rosales! Las nubes parecían ropas en los tendederos del cielo.
Al saber el Maestro lo que el Camino Negro había hecho, tomó naturaleza humana nuevamente, desnudándose de la forma vegetal de un riachuelo que nacía bajo la luna ruboroso como una flor de almendro, y encaminóse a la ciudad.
Llegó al valle después de una jornada, en el primer dibujo de la tarde, a la hora en que volvían los rebaños, conversando a los pastores, que contestaban monosilábicamente a sus preguntas, extrañados, como ante una aparición, de su túnica verde y su barba rosada.
             En la ciudad se dirigió a Poniente. Hombres y mujeres rodeaban las pilas públicas. El agua sonaba a besos al ir llenando los cántaros. Y guiado por las sombras, en el barrio de los mercaderes encontró la parte de su alma vendida por el Camino Negro al Mercader de Joyas sin precio. La guardaba en el fondo de una caja de cristal con cerradores de oro.
Sin perder tiempo se acercó al Mercader, que en un rincón fumaba, a ofrecerle por ella cien arrobas de perlas.
El Mercader sonrió de la locura del Maestro. ¿Cien arrobas de perlas? ¡No, sus joyas no tenían precio!
El Maestro aumentó la oferta. Los mercaderes se niegan hasta llenar su tanto. Le daría esmeraldas, grandes como maíces, de cien en cien almudes, hasta formar un lago de esmeraldas.
El Mercader sonrió de la locura del Maestro. ¿Un lago de esmeraldas? ¡No, sus joyas no tenían precio!
Le daría amuletos, ojos de namik para llamar el agua, plumas contra la tempestad, mariguana para su tabaco...
El Mercader se negó.
¡Le daría piedras preciosas para construir, a medio lago de esmeraldas, un palacio de cuento!
El Mercader se negó. Sus joyas no tenían precio, y, además ¿ a que seguir hablando ? -, ese pedacito de alma lo quería para cambiarlo, en un mercado de esclavas, por la esclava más bella.
Y todo fue inútil, inútil que el Maestro ofreciera y dijera, tanto como lo dijo, su deseo de recobrar el alma. Los mercaderes no tienen corazón.
Una hebra de humo de tabaco separaba la realidad del sueño, los gatos negros de los gatos blancos y al Mercader del extraño comprador, que al salir sacudió sus sandalias en el quicio de la puerta. El polvo tiene maldición.
Después de un año de cuatrocientos días - sigue Leyenda - cruzaba los caminos de la cordillera el Mercader. Volvía de países lejanos, acompañado de la esclava comprada con el alma del Maestro, del pájaro flor, cuyo pico trocaba en jacintos las gotitas de miel, y de un séquito de treinta servidores montados.
- ¡No sabes - decía el Mercader a la esclava, arrendando su caballería - cómo vas a vivir en la ciudad! ¡Tu casa será un palacio y a tus órdenes estarán todos mis criados, yo el último, si así lo mandas tú!
- Allá - continuaba con la cara a mitad bañada por el Sol - todo será tuyo. ¡Eres una joya, y yo soy el Mercader de joyas sin precio! ¡Vales un pedacito de alma que no cambié por un lago de esmeraldas! ... En una hamaca juntos veremos caer el sol y levantarse el día, sin hacer nada, oyendo los cuentos de una vieja mañosa que sabe mi destino. Mi destino, dice, está en los dedos de una mano gigante, y sabrá el tuyo, si así lo pides tú.
La esclava se volvía al paisaje de colores diluidos en azules que la distancia iba diluyendo a la vez. Los árboles tejían a los lados del camino una caprichosa decoración de güipil. Las aves daban la impresión de volar dormidas, sin alas, en la tranquilidad del cielo, y en el silencio de granito, el jadeo de las bestias, cuesta arriba, cobraba acento humano.
La esclava iba desnuda. Sobre sus senos, hasta sus piernas, rodaba su cabellera negra envuelta en un solo manojo, como una serpiente. El Mercader iba vestido de oro, abrigadas las espaldas con una Manta de lana de chivo. Palúdico y enamorado, al frío de su enfermedad se unía el temblor de su corazón. Y los treinta servidores montados llegaban a la retina como las figuras de un sueño.
Repentinamente, aislados goterones rociaron el camino percibiéndose muy lejos, en los abajaderos, el grito de los pastores que recogían los ganados, temerosos de la tempestad. Las cabalgaduras apuraron el paso para ganar un refugio, pero no tuvieron tiempo: tras los goterones, el viento azotó las nubes, violentando selvas hasta llegar al valle, que a la carrera se echaba encima las mantas mojadas de la bruma, y los primeros relámpagos iluminaron el paisaje, como los fogonazos de un fotógrafo loco que tomase instantáneas de tormenta.
Entre las caballerías que huían como asombros, rotas las riendas, ágiles las piernas, grifa la crin al viento y las orejas vueltas hacia atrás, un tropezón del caballo hizo rodar al Mercader al pie de un árbol, que, fulminado por el rayo en ese instante, le tomó con las raíces como una mano que recoge una piedra, y le arrojó al abismo.
En tanto, el Maestro Almendro, que se había quedado en la ciudad perdido, deambulaba como loco por las calles, asustando a los niños, recogiendo basuras y dirigiéndose de palabra a los asnos, a los bueyes y a los perros sin dueño, que para él formaban con el hombre la colección de bestias de mirada triste.
- ¿Cuántas lunas pasaron andando los caminos? ... - preguntaba de puerta en puerta a las gentes, que cerraban sin responderle, extrañadas, como ante una aparición, de su túnica verde y su barba rosada.
Y pasado mucho tiempo, interrogando a todos, se detuvo a la puerta del Mercader de Joyas sin precio a preguntar a la esclava, única sobreviviente de aquella tempestad:
- ¿Cuántas lunas pasaron andando los caminos? ...
El sol, que iba sacando la cabeza de la camisa blanca del día, borraba en la puerta, claveteada de oro y plata, la espalda del Maestro y la cara morena de la que era un pedacito de su alma, joya que no compró con un lago de esmeraldas.
- ¿Cuántas lunas pasaron andando los caminos ?.. .
Entre los labios de la esclava se acurrucó la respuesta y endureció como sus dientes. El Maestro callaba con insistencia de piedra misteriosa. Llenaba la luna del Búho-Pescador. En silencio se lavaron la cara con los ojos, al mismo tiempo, como dos amantes que han estado ausentes y se encuentran de pronto.
La escena fue turbada por ruidos insolentes. Venían a prenderles en nombre de Dios y el Rey; por brujo a él y por endemoniada a ella. Entre cruces y espadas bajaron a la cárcel, el Maestro con la barba rosada y la túnica verde, y la esclava luciendo las carnes que de tan firmes parecían de oro.
             Siete meses después, se les condenó a morir quemados en la Plaza Mayor. La víspera de la ejecución, el Maestro acercóse a la esclava y con la uña le tatuó un barquito en el brazo, diciéndole:
- Por virtud de este tatuaje, Tatuana, vas a huir siempre que te halles en peligro, como vas a huir hoy. Mi voluntad es que seas libre como mi pensamiento; traza este barquito en el muro, en el suelo, en el aire, donde quieras, cierra los ojos, entra en él y vete ...
¡Vete, pues mi pensamiento es más fuerte que ídolo de barro amasado con cebollín!
¡Pues mi pensamiento es más dulce que la miel de las abejas que liban la flor del suquinay!
¡Pues mi pensamiento es el que se torna invisible!
Sin perder un segundo la Tatuana hizo lo que el Maestro dijo: trazó el barquito, cerró los ojos y entrando en él- el barquito se puso en movimiento -, escapó de la prisión y de la muerte.
Y a la mañana siguiente, la mañana de la ejecución, los alguaciles encontraron en la cárcel un árbol seco que tenía entre las ramas dos o tres florecitas de almendro, rosadas todavía.

domingo, 20 de marzo de 2016

EL GUANTE (LEYENDA ANÓNIMA)

     El rey Francisco de Alemania estaba cierto día esperando a que empezara una lucha entre bestias en el circo. Alrededor de la pista congregábanse las damas de la alta aristocracia y los nobles de la corte.
     Dio el rey la señal de salida, y se abrió la puerta de la jaula, dando paso a un fiero león, el cual miró en torno suyo, moviendo nerviosamente la cola, y por fin se acostó en el centro de la plaza.
     De nuevo hizo el rey señal con la cabeza, y abriéndose otra vez la puerta, saltó a la arena un magnífico tigre, que rugiendo, miró al león. Después de dar algunas vueltas por la pista,  acabó tumbándose en el suelo, a poca distancia del león.
     Por vez tercera repitió .la señal el monarca, y entonces salieron dos leopardos que, veloces, lanzáronse sobre el tigre, el cual, de un solo zarpazo, los puso en fuga. Durante algún tiempo, sólo se escuchaba el rugido de las fieras, que fue decreciendo poco a poco, porque los leopardos, resguardados en un rincón, aguardaban el momento propicio para saltar sobre el tigre.
     Contenían los espectadores la respiración, esperando el comienzo de la lucha, cuando de repente, desde uno de los palcos, cayó sobre la arena, entre el león y el tigre, un femenil guante blanco, que pertenecía a la hermosa hija de un aristócrata. Esta, volviéndose hacia un caballero, que la estaba cortejando, díjole sonriendo:
    - Si el amor que sentís por mí es tan profundo como me aseguráis continuamente, hacedme el favor de ir a buscar mi guante.
     El caballero miró a su bella; y antes que nadie pudiera vislumbrar lo que había pasado entre ambos, saltó del palco a la arena, y rápido como un relámpago, recogió el guante.
     Las fieras saltaron sobre él, pero ya estaba a  salvo  el caballero,  que trepaba ágilmente hacia su palco.
     De todos los pechos brotó un grito de alegría, agolpándose los nobles alrededor del caballero, para felicitarle y presenciar la devolución del guante a la dama.
     Los circunstantes pensaban que ésta no podría menos de ofrecer su mano, después del heroico hecho realizado por su galán. El caballero inclinóse profundamente y, al mismo tiempo que la presentaba el guante, díjole:
     - Si por un capricho me habéis expuesto a tan grave peligro, no estimo ni quiero vuestro amor.
Y dicho ésto echóle el guante sobre la falda y alejóse de ella para siempre.

domingo, 29 de diciembre de 2013

El ave de los dioses - Leyenda oriental


Había una vez una ciudad. Ni muy grande ni muy chica, ni muy linda ni muy fea, ni muy rica ni muy pobre, que adoraba varios dioses, tan simples y poderosos como ellos. Esa ciudad tenía de todo lo que pudiese agradar a sus habitantes de tal modo que, con el pasar del tiempo, los hombres comenzaron a volverse fríos e indiferentes unos con otros. Ya casi nadie se saludaba, los niños jugaban solos y aislados de los demás, los jóvenes se detenían a soñar sus propios sueños, los adultos iban y venían abstraídos en sus propios problemas y los viejos yacían en confortables y cómodas celdas individuales.
Semejante situación llevó a que pronto, casi imperceptiblemente, también fueran olvidándose de su nacionalidad, de su lengua, de sus costumbres y finalmente, de sus dioses.
Fue allí cuando éstos, reunidos en consejo, determinaron destruir a tamaños impíos. La discusión fue acalorada y finalmente se acordó destruirles por agua, de tal modo que pereciesen ahogados todos los habitantes de aquella ciudad. Todos estuvieron de acuerdo, excepto quien con buenas razones (que no son muy diferentes que las que usan las buenas personas) logró que se les diese otra oportunidad. Pidió crear un pájaro para que cuando los demás dioses determinaran destruir la ciudad, su canto les recordase que la lluvia no debía prevalecer.
Así lo acordaron y cuando los demás dioses desataban la tempestad, el ave graznaba y ellos se acordaban de no destruir la ciudad.
Así fue durante años hasta que un día, los habitantes pasaron de la indiferencia al mas profundo de los egoísmos. Pronto se volvieron perversos, violentos y codiciosos, y su tierra estaba llena de maldad e injusticia, entonces alguien que ocasionalmente pasaba bajo la lluvia divisó al cantor divino y, determinado a hacer lo que le venía en gana, le arrojó una piedra de tal modo que le dio de lleno.

El ave cayó fuertemente al suelo y a partir de ese momento las aguas no cesaron de fluir hasta que toda la gente pereció ahogada.

sábado, 31 de agosto de 2013

El sable de madera. - Anónimo

Federico el Grande paseándose de incógnito, encuentra a un soldado algo ebrio. Le pregunta el rey cómo se proporciona dinero para tantos gastos. El soldado le cuenta que suele empeñar sus prendas y que acaba de hacerlo con la hoja de su sable.
Al día siguiente Federico pasa .revista a sus trapas; el rey manda al empeñador que saque su sable y corte la cabeza al soldado que está a su derecha. El empeñador suplica al rey por el inocente. El rey sigue inexorable.
-"Pues bien, dijo al empeñador, suplico a Dios que haga el milagro y cambie mi espada en un sable de madera" 
Desenvaina... ¡El sable era de madera!. El monarca admiró su ingenio, y le dio con qué desempeñar la hoja de su sable.

sábado, 24 de agosto de 2013

La serpiente que regalaba oro - Leyenda de autor anónimo



Estoy triste porque mi piedra preciosa se ha roto, y tú lamentas a tu hijo. ¿De dónde ha de venir el amor cuando el corazón está destrozado? Lector, cierra tu libro.
Una vez era una ciudad llamada Kanti, en la que reinaba el rey Kanayasen. En la casa de este rey iba y venía un brahmán muy sabio llamado Devdatt, que le leía al rey traducciones comentadas del Mahabarata y de los Puranas. Primero las leía en la soledad, luego ante el rey y su familia, y finalmente ante el rey, en presencia de toda la corte reunida. Así iban las cosas, cuando un día el brahmán se puso a leer solo en el jardín, con voz y canto melodiosos. En este jardín vivía una serpiente. Había en el jardín una sartén llena de oro y en ella habitaba la serpiente. Esta serpiente oyó la lectura,   la  voz  del  lector  y  su  canto  melódico.   Salió afuera y se puso a escuchar la lectura. Y sintiendo el encanto de la lectura, tomó una moneda de oro en su boca y la puso delante del lector. En seguida se volvió a su vivienda. Al otro día, el lector leyó ante la serpiente un trozo muy largo, cantándolo con voz armoniosa, y la serpiente volvió a poner ante el brahmán una moneda de oro. Desde entonces, el brahmán leía en aquel sitio todos los días por la mañana. Así sucedió que la serpiente se aficionó al lector más que a los demás hombres; al alejarse, le daba siempre una moneda de oro. Pero de esta historia nadie sabía una palabra sino sólo el brahmán lector. Así estaban las cosas, cuando vino un hermano de Devdatt a convidarlo, pues en su casa se celebraba una boda; su hermana que vivía en otro pueblo casaba a su hijo. Devdatt dijo: "No puedo ir. Tengo que leer ante el rey". Devdatt sentía, en efecto, el deseo de las monedas de oro y no iba por eso, pero no quería que nadie se enterara de la historia. Por esa razón dijo: "Lleva a tu cuñada y a tu sobrino. Yo no puedo ir". Pero el hermano se fue a ver al rey y le dijo: "Dad permiso a mi hermano". Y el rey le dijo a Devdatt: "Puedes irte". Entonces Devdatt que tenía un hijo de veinticinco años, muy instruido, se lo llevó consigo al jardín y le mandó que leyera en el lugar que se hallaba la serpiente. La serpiente se alegró; salió y se puso a su lado. El padre le dijo a su hijo: "No se lo cuentes a nadie. Haz una lectura diaria. La serpiente te dará siempre una moneda de oro. Pero que nadie sepa una palabra". Así lo amonestó, y la serpiente dio la moneda de oro. Devdatt se puso en camino con su familia y su hijo se quedó. Leía primero a la serpiente y después leía ante el rey. Pasaron así tres días. Entonces pensó el hijo del sabio en su corazón: "Me da siempre una moneda de oro. Esto significa que posee una gran sartén llena de monedas de oro. Voy a coger la sartén". Concibió este plan insensato y un día cogió un bastón, lo escondió debajo de la alfombra en que se sentaba, y comenzó su lectura. Al terminar ésta, la serpiente puso en el suelo la moneda de oro y disponíase a deslizarse hasta su vivienda, cuando el hijo del sabio alzó contra ella su bastón y le dio en la cabeza. Por efecto del golpe se rompió la piedra preciosa que en la cabeza llevaba la serpiente*. Ésta se puso furiosa, se volvió y mordió al hijo del sabio, y cuando le hubo mordido se arrastró hasta su vivienda. El hijo del brahmán murió de la mordedura. Diez días después, estaba de vuelta el sabio. Volvió a leer ante la serpiente y ésta entonces le gritó desde su vivienda la siguiente estrofa en sánscrito: "Estoy triste porque mi piedra preciosa se ha roto y tú lamentas a tu hijo. ¿De dónde ha de venir el amor cuando el corazón está destrozado? Lector, cierra tu libro".


*Es creencia en la India que la serpiente cobra lleva en la cabeza una piedra preciosa, que anula el efecto del veneno.

De Veinte cuentos de la India. Ed. Rev. de Occidente, Madrid, 1927.

DEL LIBRO DE LECTURA “ATALAYA” PARA 6º GRADO DE AZLOR Y CONDE MONTERO, AÑO 1957

jueves, 4 de julio de 2013

El rescate de Atahualpa - Jorge Dágata

A mi hermano Mario, degustador de historias, esta visita al Cuzco, un día de 1533.

Subo a los jardines que rodean el palacio. La agitación extraordinaria que domina la ciudad, ya es aquí un caos de objetos en movimiento y muchedumbres en agria disputa.
Acabo de ver cómo el Sol que dominaba la gran sala padece el ocaso. Su material, lágrimas del astro que figura, será licuado para confirmar la metáfora. La curva resplandeciente, cuadriculada en destellos medidos: el quinto exacto para el emperador, si el largo camino plagado de manos no desmiente el álgebra.
Hay en los jardines un espacio encantado. Una alfombra representa la sagrada tierra y en ella cada brizna es de metal, vivo y húmedo de luz. La carne de las llamas es de oro y plata y se siente palpitar el músculo y fluir la sangre invisible. En cada arbusto vibra el aire de la puna, hojas y ramas se perciben en movimiento ascendente hacia el cielo extrañamente cercano, en dúctil liviandad, como si aún en ellas trabajara la mano que las levanta desde el sacramento hacia la adoración, de la tierra al azul. Se presiente que esos pájaros escamados de sol y luna volarán para consumar la unión.
En un rincón callado medita el orfebre. Ya recibió la orden terminante, que no discutirá. Todo su cuerpo es un gesto que transparenta la magnífica batalla interior. Aunque no pueda verme, aunque no pueda oírme, entiendo su lenguaje. Ha llenado sus horas para dar forma a esta vida. Él pudo trasmutar la verde esmeralda, del frío inerte a la savia pulsante.
Cada trino del mutismo inmemorial de la mina de oscuro dolor a la suprema libertad de este espacio hechizado.
Pero en la cima escarpada ya encendieron los hornos.
El viento insufla la destrucción, el regreso a los orígenes, a la sombra, al silencio. Sólo deben sus manos retroceder en la obra, desarticular, separar, asesinar, fundir la sonrisa en lágrima. Y lo hará. No es esa su batalla.
Alza un brazo y a su impulso acontece el milagro: veo girar un torbellino de mariposas de liviandad inconcebible. Mariposas, instantes de metamorfosis. Mariposas, partículas de metal hecho poesía. Alegres campos de libertad en flor, adoración al dios generoso que renace entre las montañas. Van en caída leve a poblar las ramas y la hierba.
Sólo una ha quedado en su mano. En la cima escarpada, los hornos esperan. A sus pies, en la ciudad, la multitud se entrechoca, fusionada a lo lejos en limo que rueda hacia el mar. Una sola. Su quinto es... nada.
El orfebre la levanta entre sus dedos y la veo girar sobre los muros de piedra. Es ahora, invisible, un lugar imaginario en la vasta puna, una gota de libertad sobre la muchedumbre sometida. Atahualpa, de todos modos, será rescatado.


jueves, 27 de junio de 2013

POR QUÉ LLORAN LOS SAUCES - Jorge A. Dágata

Los huaiques cubrían las márgenes de nuestros arroyos, desde siempre. Es una especie autóctona que no conoció otro nombre hasta que vinieron los europeos y la llamaron sauce. Cuando los botánicos se pusieron a clasificar, volvieron a bautizarlos de una forma a la vez nueva y antigua: Salix chilensis.
Pero a ellos no les importaba la cuestión de las palabras. Un árbol prefería llamarse huaique y un sauzal era huaiquequén. Tan importantes fueron en el paisaje de la pampa que con el andar del tiempo hasta un río tomó prestado el sonido de los sauzales: el Quequén.
Si los europeos sólo hubiesen traído nuevos nombres para viejas cosas, los huaiques seguirían dando sombra, leña y medicina, inclinando sus ramas verdes hacia el agua que nutría las raíces. Pero muchas otras cosas trajeron, entre ellas los caballos con los que el indio amplió su horizonte, antes limitado a la lentitud de los pies.
Las sierras tuvieron pobladores del norte, del oeste y del sur, que se fueron emparentando y no siempre de manera amistosa. Del este, por el océano, llegaron los nombradores que ya nombramos y hubo siglos de mezcla menos amistosa todavía.
En ese tiempo fue que vivía por esta zona una tribu, puelche de origen, tehuelche por parentesco, mapuche por idioma, creencia y costumbres. No habían perdido del todo su contacto con los paisanos, como les decían ellos, que poblaban la Patagonia. Tehuel significa bravío y che, gente. Pero para los serranos, tehuel era el sur desconocido, de donde provenían sus ancestros. Recorrer esas distancias llevaba semanas, con buena suerte. La tribu no recordaba que ninguno de sus miembros lo hubiese intentado. Sí sabían de muchos de sus parientes que venían del otro lado, pero sólo en tránsito y casi como desconocidos. Trababan amistad por muy poco tiempo y luego los veían partir, como extraordinarios jinetes, arreando hacienda en un desfile ensordecedor. Detrás solían pasar los blancos, persiguiéndolos. No siempre estos extraños trataban bien a los serranos, porque para muchos de ellos eran tan indios como los que se habían marchado con sus vacas.
Los huaiques, anclados junto al agua, veían pasar a unos y otros, para el norte o para el sur, les daban frescura y combustible para el fogón y los escuchaban hablar, sin comprenderlos.
Lonco era el jefe de la tribu serrana y tenía un hijo, al que había enseñado desde muy niño a montar por el lado del lazo, manteniendo la larga lanza en la mano derecha. Lo acompañaba a descubrir los secretos de la caza y le había regalado tres pares de boleadoras: uno colgaba del cuello, otro envuelto en la cintura y el tercero para la mano.
Lonco significa espiga. Así había sido el jefe en su juventud y así era ahora su hijo, que se llamaba Nehuén, fuerte. Nehuén había crecido con los ejercicios más exigentes, delgado y duro para cualquier faena, y era un jinete que no envidiaba a los que veía muy de tanto en tanto bajar de las sierras.
Salía a cazar con sus compañeros y una vez regresó con el cuero de un venado tan hermoso que se le ocurrió utilizarlo para una cincha. Su madre estuvo de acuerdo, se lo tiñó de rojo y lo cosió con tendones de ñandú. Con tanto empeño había trabajado ella que a Nehuén le pareció bien reservar esa cincha para alguna ocasión importante, cuando tuviera que montar como hombre que enorgulleciera a los suyos. No debió esperar mucho, porque uno de esos días volvió a ver a los tehuelches que cruzaban hacia el norte. Los serranos les dieron comida y un lugar protegido entre los cerros para los animales. Pronto siguieron su marcha y días más tarde aparecieron en las sierras sus exploradores o bomberos. Detrás volvían los demás, con el arreo. Lonco le explicó a su hijo que esa vez debía seguirlos, porque era hora de buscar una hueche, una joven de su edad, entre las hijas de los jefes tehuelches. Ya estaba arreglado el matrimonio y la elegida era Huépil, que significa arco iris. Mientras el padre le recordaba las dificultades del viaje y los deberes que iba a contraer con el matrimonio, Nehuén, sin contradecirlo, se entristecía porque estaba obligado a abandonar su hogar y al mismo tiempo se entusiasmaba por la aventura y por esa desconocida que tenía un nombre tan luminoso. En su imaginación, esperaba que lloviera para contemplar el arco iris, por ver si descubría cómo sería ella.
Pero los jefes apuraron la partida y Nehuén montó su mejor potro, que él mismo había amansado, ajustó el recado pampa con la cincha de venado que su madre le había teñido y se fue por la rastrillada,  después de una despedida tan rápida que no alcanzó a entristecerlo. Detrás venía una partida muy numerosa de españoles, mejor armados y más rápidos que los indios, a los que la hacienda demoraba.
 En medio de los gritos y mugidos, al caer la tarde se disponían a cruzar un arroyo arbolado, de grandes barrancas, por un vado.
Los huaiques los vieron llegar, como una polvareda que se iba agrandando hasta el cielo y un temblor que sacudía sus raíces. Más lejos, descubrieron otra nube que se les acercaba por detrás y los alcanzó en la bajada hacia el agua.
Los españoles avanzaron enérgicos, cerrándoles el paso, y atacaron con una descarga que pobló el aire de silbidos y de un humo agrio que los huaiques no conocían. Los tehuelches organizaron la defensa y replicaron con valentía, con boleadoras y lanzas, tapando los estampidos con sus gritos. Mandaron  adelante a los mejores jinetes con la hacienda, mientras el resto se enredaba con los perseguidores en una lucha sangrienta.
Los huaiques absorbieron el agua enrojecida, vieron alejarse hacia el sur la polvareda y en las barrancas del arroyo fueron testigos de la matanza de muchos indios y españoles, hasta que quedó un puñado de cada uno de ellos.
Nehuén se mantenía en pie, pero su potro encinchado de rojo estaba tendido sobre el pasto. Un blanco se acercó, levantó la mano derecha y se oyó otro estampido con olor agrio. Nehuén no sabía pelear así y no alcanzó a tirarle las boleadoras que todavía llevaba atadas a la cintura. Sintió un ardor atroz en el pecho. Cayó sobre el caballo, quebrado como una espiga segada. A su alrededor quedaban otros muertos, de los dos bandos.
Unos pocos tehuelches lograron montar y galoparon detrás de los suyos. Los enemigos, también en escaso número, recogieron las armas de sus muertos, plantaron dos ramas cruzadas y regresaron hacia el norte.
El huaiquequén, esa noche, veló en silencio a los que dormían inermes sobre el campo. Ahí estaba Nehuén, que ya no regresaría al hogar ni podría contemplar su Huépil, ni siquiera cuando la lluvia se transparentara contra el sol.
Algunos árboles no pudieron contener las lágrimas, que desde entonces gotean cuando recuerdan ese día en que las aguas cambiaron de color.
Con el tiempo, los nuevos habitantes los llamaron sauces llorones y por supuesto que detrás de ellos vinieron los botánicos a rebautizarlos: Salix babilónica, les pusieron, razonando que se trata de una especie distinta de la anterior.
Mucho después un jinete de paso encontró al borde del agua la cincha de Nehuén. Ahora ese arroyo se denomina Quelecintá, que en araucano significa cincha colorada.

martes, 25 de junio de 2013

LEYENDA DEL CERRO VOLCÁN - Jorge A. Dágata, en colaboración con Lidia S. Taddeo.

En tiempos muy remotos, la gente que transitaba por estos lugares se guiaba en las noches por un cerro cónico que despedía llamaradas, como un volcán.
Todavía los idiomas no se habían mezclado. A un arroyo lo llamaban Chapadleufú, palabra compuesta por barro y agua que corre. Un cerro era casu y para designar algo que sobresaliera, lo designaban hati. Casuhati significaba, entonces, cerro alto. El hombre era guayna, el sud tehuel.
Conocían una región desierta a la que llamaban Huecufú Mapu, país del mal. Por ahí andaba Gualichu, un espíritu destructor enemigo de la gente. Los guaynas la evitaban cuando iban o volvían del tehuel, porque en ella las tormentas de arena eran muy fuertes, los cegaban hasta extraviarlos y muchos murieron en el intento de atravesarla. Según ellos había por el suelo piedras redondas, marcadas con un surco en el medio por el dedo pulgar de quien las había sembrado: Gualichu. El podía transformarse en cualquier fenómeno de la naturaleza, en planta o animal, según le viniera en gana. Y lo peor de todo: podía salir a enredar las cosas por el mundo. Por ejemplo, lograr que los de un lado y otro de su tierra pelearan sin motivo.
Si los guaynas salían a cazar y se alejaban demasiado, desviaban el camino por la costa para no cruzar por ese lugar tan temible. Llegaban al cerro cónico y alimentaban el fuego de la cima con ramas de curru-mamül, un arbusto que entonces abundaba. Algunos se quedaban durante días o semanas para mantener vivo al cerro y guiar a los demás cuando regresaran. A ese punto de referencia lo llamaban Vuülcan, que significa sierras unidas por la base. Cuando las lenguas empezaron a confundirse, le quedó un nombre que se le parece y recuerda lo que era antes: Sierras del Volcán.
Mucho tiempo pasó y la cima del Vuülcán dejó de iluminar a la gente, que ya no recorre largos caminos por la costa para evitar el país maldito. Hacia el oeste hay una sierra, con un gran mordisco que entonces no tenía. Y en medio están los campos cultivados y la habitación de quienes apenas recuerdan esas épocas lejanas y el nombre que designaba a cada cosa.
Siguen contando, sin embargo, que todo cambió un atardecer. La sierra del poniente comenzaba a desdibujar su línea continua y en la cima del Volcán brillaba, atenta, la luz de los cazadores. Fuego y ceniza se esparcían en oleadas grises y amarillas por los campos del valle, en la espera solitaria de la noche. Aún no los cruzaba el arado ni detrás de él las semillas despertaban del letargo a la tierra. Los arbustos resecos tenían sed.
Una figura de piel frutal y ojos de asombrada inocencia se asomó a ese palacio de cobre violeta. La llamaban Ayelén, alegría.
Abrió en él su perfume delicado, un sendero de estrellas silenciosas que perseguían al sol. Era como el destello de color que brota en el extremo anhelante de la rama seca, o una caricia de seda sobre la piedra y el metal.
Con pasos frágiles, tendió la mirada curiosa hacia el horizonte.
Descubrió el límite, la región donde la noche próxima abría ya el paisaje del misterio.
El Volcán le teñía los cabellos con resplandores rojizos y el crepúsculo refrescaba su piel joven.
Fue entonces que de las entrañas de la tierra brotó un rugido, quebró el aire quieto de la tarde y lo pobló de un hálito sulfuroso y gris. Venía de lejos: de un país desierto que extraviaba a la gente con ventiscas de arena para devorarla. Se había transformado en temblor que sacudía al valle. Había adquirido garras con las que despeñaba las piedras, alas con las que ahuyentaba al sol moribundo y un soplo de silencio con el cual confundía las palabras.
Era Gualichu, el demonio que había salido de su Huecufú-Mapu. Trepó a la cúspide iluminada, quedó suspendido como una palabra dicha a medias, ante la sorpresa de esa presencia erguida en mitad de su reino, hasta entonces incuestionado.
Rugió y golpeó una y otra vez: en su fragua fundía los lenguajes para confundir a la gente. Su imperio era invadido y no ahorraría maldades para reconquistarlo.
Ayelén se detuvo, en medio del valle. Miró hacia el Volcán, cada vez más luminoso a medida que el sol se ocultaba. Su voz alegraba el aire enrojecido del crepúsculo:
-¿Es el sonido de la tierra que ruge en la penumbra, o hay un espíritu que quiere hablarme?
Desde la cima chispeante, bajó la voz a responderle:
-Estos son mis dominios, desde siempre. Los astros giran según mis designios. Cada piedra ocupa el sitio que he determinado. Hasta el último arbusto implora su gota de lluvia por mi voluntad y puedo concederla o negársela sin explicaciones. ¿Cómo te atreves a invadir mi reino? ¿Acaso estás extraviada?
-¡No, no me he perdido! He llegado a este yermo a encontrarme con quienes regresan  para transformarlo todo. Quiero recibirlos, como mi nombre, con alegría.
La voz se revolcó en fragores profundos, esparció su ira creciente y le lanzó su dentellada de incredulidad:
-¿Acaso existe un poder mayor que el mío? Mi fuerza tiene la impetuosidad de las olas, mi espacio es el de los astros y mi tiempo es aquel que no ha nacido y nunca morirá. ¿Cómo pretendes, mísero pétalo apenas sujeto a un tallo leve, perturbar mi eternidad?
-Sigo una ley tan poderosa que no hay temor capaz de detenerme- respondió, en un murmullo suave, Ayelén.
La voz bajó del Volcán, desplomó sus pasos de yunque y la rodeó con temblores de catástrofe. Se acercó transformado en puma hambriento, pronto a arrebatar la vida a esa hoja, tierna y breve como el instante que precede a la noche. Aspiró su perfume, que sin comprenderlo le pareció el de la tierra arada o el de los jazmines del jardín cuando anochece. Las garras casi rasgaron sus mejillas y el fuego de esos ojos, que ardían desde siempre en la tierra profunda, estuvo a punto de disgregarla en ceniza.
Pero se detuvo y voló como un pájaro oscuro que giraba a su alrededor, indeciso. Se le oyó musitar, entre vapores:
-¡Qué bella es! ¿Cómo puede un ser tan pequeño y solitario reunir la perfección del cristal, la suavidad de la flor, la frescura del ocaso, la calidez del mediodía? ¿Quién ha enviado esta copa de licores desconocidos, que me suspenden en el aire sin que pueda herirla? ¡A mí, que soy fuerza sin control, amo y señor de la luz y la oscuridad! ¿Cómo es que me contagia la alegría de esperar a los que vuelven de un largo viaje?
Ella lo vio remontarse hacia los últimos rayos del sol, hueco negro de bordes dorados, alas que presagiaban otro mundo abierto más allá, donde otra vez sería felino deslizándose entre las grietas y  luego el camino ardiente de la lava y la prisión de roca, el temblor y la furia.
Creyó ver bajo esas alas un universo de seres y objetos que se postraban a sus pies. Palacios traslúcidos donde colgaban lámparas eternas de cuarcitas, arroyos de frescura que sembraban frondas rumorosas, vasos repletos de perfectas joyas creadas por la mano de un Artista sin maestros. Allá iba el oscuro pájaro, arrebatando rayos de pureza al sol moribundo para engalanarla con una luz dorada que enceguecía. Cada giro en el aire era un ademán creador de bellezas cautivantes; cada vuelta, una ofrenda a la vez grandiosa y humilde, sólo para ella rescatada del caos mineral y del silencio de la noche.
Ayelén escuchó muy adentro suyo esa voz de alegría, como si proviniera de la costa, donde el mar salpicaba de espuma las cavernas. ¿Eran los cazadores, de regreso? Venían por la llanura lejana, hacia la antorcha del Volcán, destacada ahora en medio de la oscuridad. Le contaban que habían hallado extrañas artes de otros hombres: la semilla, esperanza de un sol que siempre vuelve; las letras, siembra para otro día que habría de nacer. Los rostros se multiplicaban en una marcha sin descanso, hacia ella, hacia el lugar donde había encontrado el límite continuo de sierras. Un joven gallardo y seguro los dirigía. Tal vez buscaba su Ayelén. Su bandera era un cielo de amanecer, más allá del Vuülcán. La agitaba sin descanso y la multitud lo seguía, rumoreando una canción que era de este mundo pero parecía adelantarse y transformarlo todo.
Las alas de la noche se detuvieron a esperarla, impacientes. La reclamaron a su reino tendiéndole su ofrenda. Por un momento ella se sintió atraída, pero enseguida vio las garras punzantes que la sostenían y se negó una y otra vez.
Entonces, el pájaro descendió al puma y el puma a la furia incontrolada de la piedra en movimiento. Era otra vez el caos, en medio de la noche. Rocas sobre rocas que se desplomaban, vientos de tierra arenosa que enloquecían, temblores que estallaban contra su cara como las olas del mar en una tempestad.
La cima cónica seguía guiando a los cazadores, que regresaban multiplicados aunque Ayelén no pudiera verlos.
La furia cruzó el valle y en el horizonte de sierras marcó una dentellada diabólica. Es desde entonces un hueco, una curva dejada en su paso hacia el volcán, marca indeleble del amor desahuciado y el fin de un reinado que se creía eterno.
Todavía fue un rugido inmenso mientras cruzaba el valle y se hundía en el cráter llameante del cerro, que se tapó sepultándolo con piedras.
Los cazadores no encontraron la antorcha que los guiaba. Sólo vieron el  resplandor final del último día en que vivirían en paz. Gualichu había impregnado la tierra con vapores de rencor y mezclaba las lenguas para que los hombres no pudieran comprenderse.
Muchas cosas cambiaron de nombre. El Volcán no volvió a arder y hacia el oeste, el profundo Mordisco del Diablo identifica desde entonces un lugar que cambió para siempre.
Cuando la cosecha es abundante, un ser querido regresa al hogar o se celebra una fiesta, la gente expresa su alegría. Es un regalo de la tierra, que recuerda a Ayelén.

Los laureles del cerro - Por Jorge Dágata

Llama la atención de algunos caminantes del cerro El Triunfo la abundancia de plantas de laurel, diseminadas en un sector del parque. Algunas son de un verde oscuro y otras más claras, pero todas se han desarrollado en los caminos interiores, al amparo de la sombra de las retamas y otros arbustos o árboles, buscando no sólo la humedad de las piedras sino también protección para los rayos del sol.
Los antiguos pobladores de esta zona solían contar una historia de tiempos remotos que lo explica.
Huaglen era una niña que junto a sus compañeras de edad acostumbraba pasear por estos lugares en los crepúsculos. Suspendía los juegos de la tarde para disfrutar los colores cambiantes del cielo y la aparición de los primeros astros, en la oscuridad. Al cobijarse en la ruca, junto a los suyos, todavía brillaba en sus ojos esa piedrita roja descubierta en el cielo, sobre las sierras del este, que parpadeaba como si quisiera hablarle. Era su compañera y a ella dedicaba las plegarias y susurraba sus deseos más íntimos. No los comprendía del todo, pero sabía que su confidente de la noche la ayudaría a realizarlos. Huaglen significa estrella.
Su piel morena era el orgullo de padres y hermanos, quienes con algo de jactancia la comparaban con las otras hijas de la tribu, un poco más pálidas, diciendo de ella que había sido bendecida con la fuerza de la tierra y seguramente tendría muchos hijos fuertes, aguerridos y leales.
Como lo esperaba, Huaglen recibió en su cuerpo la señal roja, para gran alegría de toda su gente. Tres días estuvo en la ruca de los abuelos sin que nadie la molestara. Al salir, era ya una malen: tendría que realizar muchas tareas necesarias para la vida y empezaría a recibir propuestas de matrimonio.
Con las otras malen, era libre para buscar las pequeñas lagunas que se forman en las cavidades del cerro y bañarse cada amanecer adorando a Anti, el Sol, mensajero de Soychu, el ser supremo. Al igual que hacían los muchachos por su lado, ellas se desnudaban y disfrutaban del baño un largo rato, para correr luego gritando ¡mai, mai!, el saludo de los buenos días.
Huaglen esperaba que uno de esos muchachos se acercara una noche a su ruca, para hablarle. Algunos ya lo habían intentado, pero no el elegido: Quimey, buen cazador, duro y fuerte... El pasaba sin mirarla, aunque ella supiera que no le resultaba indiferente. Mucho lo había pensado: le respondería como si jugara, con un tal vez... más adelante..., entretenida en algo que le restara importancia. Pero cuando él se preparara para retirarse le diría, eso sí, que volviera. Y se lo repetiría cuando se alejara, por si no la había entendido. Los respectivos padres acordarían la unión que les haría felices. Cada crepúsculo, sentada en las piedras más altas, volvía a buscar la huaglen del cielo, su estrella rojiza, para contarle todas esas cosas tan deseadas y otras que no se animaba a confiar a ninguna de sus amigas.
Soychu tuvo sospechas de que algo estaba pasando. Sentado en los extremos fríos del universo y el tiempo, cada crepúsculo esperaba a su mensajero Anti, el Sol, para interiorizarse de las novedades de esta parte de sus dominios. Si lincon, el grillo, cantaba con buen ánimo, o ngerü, el zorro, no se había extralimitado en sus correrías, Anti podía descansar toda la noche en su lecho de ngullu, el poniente. Se avecinaba un día luminoso, plácido, de buen humor.
Pero si alguno de sus súbditos andaba descarriado y pretendía dominar lo que sólo a él estaba reservado, Soychu instruía en detalle a Anti sobre lo que debía hacer al día siguiente para encarrilarlos. Y entonces el Sol casi no dormía, por lo que era de esperar para los habitantes de la tierra una jornada gris, lenta, indigesta.
En el crepúsculo Soychu le preguntó por las niñas, quiso saber de cada una y en especial de la más oscura, la que secaba su cuerpo sobre las piedras y recibía los rayos como caricias mientras desenredaba sus cabellos. Y al alba consultó a la estrella preferida de Huaglen para conocer sus deseos y confidencias. Pero el Sol le describió sólo generalidades, lo que hacían todos los miembros de la tribu, sin dedicar a las flamantes mujeres ningún comentario en especial. Y la estrella permaneció muda a sus requerimientos, fiel a su amiga terrestre, negándose a revelar lo que ella le había contado.
Fue entonces que Soychu se decidió una mañana a recorrer la curva del cielo en lugar del Sol. Lo mantuvo despierto toda la noche con un larguísimo interrogatorio, y cuando le llegó la hora de amanecer dejó que se durmiera. Soychu se vistió con su traje de círculo dorado, se armó de abundantes flechas de luz y calor y asomó por el lado del Vuülkan, elevándose más esplendoroso que otros días, porque no era ya Anti, un mensajero, sino el mismo dueño de los espacios y los tiempos quien visitaba sus dominios.
Asomó como un punto de luz que se fue extendiendo hasta cubrir la región. Ahuyentó fastidiado las nieblas matinales, vivificó las plantas y desperezó a los animales.
Y allí, por las piedras, las vio mientras se desnudaban para penetrar en el agua. Cuando Huaglen caminaba, esbelta, con su cuerpo oscuro y brillante por las gotas que chorreaban de su cabellera, mientras jugaba sumergiéndose y saliendo otra vez, Soychu le lanzaba sus flechas más osadas. Ella, inocente, las recibía con placer. A cada momento Soychu quedaba más y más sojuzgado por su belleza, le secaba los cabellos y la obligaba a volver al agua para refrescarse.
Así continuaron por un largo rato, hasta que las demás se retiraron y dejaron sola a Huaglen, que empezó a sentir que ese Sol tan extraño había quedado fijo en el cielo y la abrasaba con sus rayos hasta sofocarla. Mientras, el agua se evaporó de los huecos de las piedras, los pastos empezaron a amarillear y los animales se ocultaron.
Corrió hacia los arbustos para protegerse pero el rey dorado, dueño del tiempo, la perseguía a través de las ramas, se reflejaba en la vetas espejadas de las piedras y llegaba hasta ella con sus flechas ardientes, sin concederle paz.
La tribu se asombró de que ese día durara más que los otros y el mundo pareciera arder. Advirtió la ausencia de Huaglen y todos salieron a buscarla por el cerro. Mientras ella corría, rogaba al Sol que no la acosara más con sus caricias, porque las esperaba de quien no pertenecía a las alturas sino a la misma tierra: era Quimey, de su color, fuerte y hermoso, aguerrido y leal. Soychu ya no podía contenerse y cuando agotaba sus flechas creaba otras y otras, para descargarlas sobre ella. Las amigas lograron encontrarla y en sus propios cuerpos sintieron el ardor del enamorado, que también empezó a perseguirlas. Cada una trató de cobijarse en el refugio más sombrío que pudo hallar: unas en los huecos de las piedras, otras debajo de los árboles más frondosos y las restantes en los recodos de los senderos estrechos abiertos entre las retamas.
 Soychu multiplicó sus rayos, magnificados por el amor,  y las persiguió hasta los últimos rincones, hacia los que ellas huían veloces y quedaban acurrucadas por el miedo.
Ya desfallecientes, gritaron a la madre tierra que las protegiera como cuando eran niñas, ocultándolas o dándoles una forma que no incitara al perseguidor. Apenas lo hicieron, sus miembros comenzaron a ponerse rígidos, cubriéndose de corteza; sus cabellos se transformaron en hojas; sus brazos en ramas; sus pies se hundieron en las grietas como raíces, buscando la humedad fresca.
Soychu clavó sus flechas en los troncos y sintió debajo la carne palpitante, acarició las copas y adivinó en ellas los rostros temerosos. Buscó la de hojas más oscuras y bellas y comprendió que ya no le pertenecía, porque había sido transformada, como las demás, en una planta de laurel. Desilusionado, decidió seguir su camino y  recuperó la marcha habitual de Anti, como si fuera el mismo Sol de siempre. La tribu se sintió aliviada al ver que ese día también tendría fin, los pastos no quedarían mustios, los árboles seguirían dando sombra y no se secarían los arroyos y lagunas. Al recorrer el cerro no encontraron en él a sus hijas, sino plantas siempre verdes: algunas más claras y otras de un color muy próximo al de las piedras, pero todas con un suave perfume a juventud.
Los antiguos aseguraban que una de ellas, en los crepúsculos, recobra los labios para dialogar con una estrella enrojecida de temor al Sol, que asoma por el Vuülkan. Es Huaglen acurrucada en su hogar sombrío, a quien la luz del día obliga al silencio. Una extraña hermosura, debajo de su corteza áspera, la condena a vivir anclada a las piedras. Decían que espera a su Quimey, el fuerte, para rodearlo con abrazos de ramas y  tejerle con hojas una corona que nunca se marchite. Él la fecundará para continuar las familias y así podrán ennoblecer con el amor las maravillas de la vida sobre esta tierra joven.

domingo, 23 de junio de 2013

JESÚS Y EL LOBO Por Enrique Rodó

Era la soledad de los campos, una noche de invierno. Nevaba.
Sobre lo alto de una loma, toda blanca y desnuda, se apareció una forma blanca también como el camino cubierto de nieve. En derredor de esa forma flotaba una claridad que venía, no de la luz, sino del nimbo de una frente. El caminante era Jesús.
Allá donde se eriza el suelo de ásperas rocas, un bulto negro se agita. Jesús marcha hacia él. Él viene como receloso a su encuentro. A medida que el resplandor divino lo alumbra, se define la figura de un lobo, en cuyo cuerpo escuálido y en cuyos ojos de siniestro brillo está impresa el ansia del hambre.
Avanzan. Párase el lobo al borde de una roca, ya a pocos pasos del Señor, que también se detiene y lo mira. La actitud dulce, indefensa, reanima el espíritu del lobo. Tiende éste el descarnado hocico
Y aviva el fuego de sus ojos famélicos; ya arranca el cuerpo de Sobre la roca... ya se abalanza a la presa... ya es suya... cuando Él, con una sonrisa que filtra a través de su inefable suavidad de palabras:
- “Soy yo” Le dice.
Y el lobo, que lo oye en el rapidísimo espacio de atravesar el aire para caer sobre él, en el mismo rapidísimo espacio muda maravillosamente de apariencia; se trasfigura, se deshace, se precipita en lluvia de fragantes flores. A los pies de Jesús, entre la nieve, las flores forman como una nube mística, sobre la que el divino cuerpo flotara.
El Señor, mirando las flores que a sus plantas había, hizo sonar los dedos como quien llama un animal doméstico. Entonces debajo del manto de flores se levantó, cual si despertara, un perro grande, fuerte y de mirada dulce y noble, de la casta de aquellos que en las sendas del monte San Bernardo van en socorro del viajero perdido.

sábado, 22 de junio de 2013

Mate amargo

Montiel Ballesteros, modelo del escritor que crea a base de tradiciones y leyendas, nos refiere cómo Dios donó al hombre el mate amargo diciendo:
Nosotros también tuvimos nuestro Adán criollo a quien Dios, de una costilla, le formó una Eva que le presentó como compañera.
Luego de la china le trajo el pingo, para la lidia del trabajo y la diversión del paseo o de las carreras; el pingo que no se presta, como la guitarra, que también le regaló para endulzar los pesares, para ensayar estilos, tristes y vidalitas donde volcar la poesía de su alma.
Más adelante, para defenderlo de la intemperie, le construyó el rancho, en cuyos horcones se colgaría una rústica cuna y en cuyo fogón se asaría el churrasco para alimentarse.
Después le trajo el perro vigilante y la alondra matinal de la
Calandria autóctona para, en la aurora, despertarlo con su música desde la enramada.
Y el hombre, con todos esos tesoros, aún parecía no estar contento.
Y Dios le preguntó:
-¿Qué te falta?
El  paisano contestó, filosofando:
-Todo pasa, Tata Dios, menos el dolor… Mi mujer se puede ir con otro; habrá momentos en que no tendré ganas de cantar; cuando sea viejo no montaré el pingo, el hijo hará rancho aparte, se puede alzar el perro, caerse la casa… Y a mí no me restaría un compañero.
Un compañero para contarle despacito las penas, las tristezas de la vida; que me haga sentir su caliente mano de varón, y que sea serio, callado y fiel.
Entonces, Dios le regaló el mate amargo.

miércoles, 19 de junio de 2013

La gruta del oro Leyenda pampa Extraída del libro “Flores y espigas” de Leonor M. Lorda Perellón año 1958

A las sierras de Tandil acaba de llegar un extranjero con cuatro llamas cargadas y varios criados. Los pobladores del lugar suponen que viene del lugar donde abundan el oro y la plata, de la región diaguita. Se saludan diciendo “Marimari” (buen día).
Puelman (hombre de suerte) que así se llama el recién llegado, se siente muy feliz con el recibimiento que se le hiciera y con las muestras de simpatía recibidas, y decide pasar allí el resto de sus días.
Deseó poseer extensiones de tierra en ese lugar y, a cambio de ellas, entregó a los naturales parte del tesoro con que llegaban cargadas sus llamas. Al poco tiempo, por la región y sus alrededores se corrió la voz de que un hombre magnífico se había instalado entre los pampas.
Al poco tiempo llegó otro extranjero que los habitantes del lugar detestaron por ser de carácter despótico y autoritario, al que llamaron Manque (Buitre)
Los nativos se convencieron de que Manque conocía la existencia del tesoro de Puelman y había decidido apoderarse de él. Por eso se había instalado en la región. Los pampas pidieron ayuda a Puelman para expulsarlo. Éste les prometió hacer cuanto pudiera para lograrlo.
Pendenciero y déspota, Manque provocó a Puelman trabándose en pelea, Después de una lucha tremenda, Manque cayó herido, pero tuvo energías para gritar “¡Crees que me han vencido! ¡Si supieran quién soy yo, no te atreverías a desafiarme!”
Temeroso de que sus tesoros le sean arrebatados por el codicioso Manque, Puelman decide esconderlos en las tierras, en un lugar sólo conocido por él, y esa noche pone en práctica su idea sin suponer que Manque, desde detrás de unas plantas, observa sus idas y venidas, enterándose del lugar elegido para ocultar el tesoro.
Esa misma noche, Manque corrió a la sierra donde estaba oculto el tesoro y no pudiéndose apoderar de él, decidió hacerlo desaparecer. Invocó a Alhué (el diablo) y golpeando la peña con sus manos huesosas, mientras que sus ojos despedían enceguecedores haces de luz, consiguió que un hilo de agua, que parecía oro líquido, brotara de la piedra. Era el tesoro de Puelman que él había trasformado . Cumplido su deseo, abandonó la región que desde entonces se conoce con el nombre de “La gruta del oro”
“La gruta del oro” es una cavidad de gran tamaño que existe en las sierras de Tandil, cerca del morro conocido con el nombre de “El sombrerito”. Del techo caen gotas de agua que, al acumularse en el suelo forman un charco que al contacto con la luz, tiene reflejos dorados. De ahí su nombre y su leyenda.