Cierto día en un bosque lleno de árboles con hojas verdes y un sol brillante, apareció un rey, montando su caballo marrón al cual llamaba Cloto.
Al rey Martiniano le gustaba mucho cabalgar con su amigo en el bosque pero de pronto una víbora se les cruzó en el camino. los dos se asustaron, la víbora era muyyyyy larga, pudiéndose enredar entre los troncos.
Cloto no podía moverse, entonces martiniano se puso a pensar cómo iba a hacer para correrla de su paso. fue ahí cuando recordó que en su traje tenía una espada, pero estaba desafilada y dijo:
- Uhh ¡qué mal! ¡no podré cazarla!
Dejó escondido a Cloto detrás de unos árboles y comenzó a buscar algún elemento para poder afilarla. caminó mucho sin encontrar nada, hasta que de pronto vio un castillo, era un castillo de color violeta, con muchas ventanas, banderines en las cúpulas y una enorme puerta de troncos. martiniano golpeó y una hermosa princesa le abrió la puerta.
¡Bienvenidos! Este blog de literatura está abierto a todo tipo de lectores. Quienes lo hacemos no tenemos otra motivación que el de compartir la lectura de las obras de escritores de todos los tiempos, así como también las de aquellos que se inician y también merecen difusión.
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sábado, 6 de enero de 2018
sábado, 2 de mayo de 2015
El cuento de los anteojos - Por Wimpi
Todas las cosas de este mundo suelen aparecer de una manera y ser, en el fondo, de otra.
En el cine, parece que las imágenes se mueven y, sin embargo apenas ocurre que el tipo sigue viendo lo que ya pasó, mientras está pasando otra cosa...
A veces, eso ocurre fuera del cine también.
Pero lo importante es que si no existiera esa llamada "persistencia de la imagen en la retina", vale decir, si el tipo tuviera la vista bien.., el invento del cinematógrafo habría sido imposible.
También el popular "titilar" de las estrellas -que debiera decirse "escintilar"- responde a un defecto de la vista del tipo. Si el tipo viera bien, el mundo sería de otra manera.
O si se diera cuenta de que ve mal. El tipo suple; a veces, la siempre secreta ineptitud de sus órganos, con la Lógica.
Y empeora las cosas.
Recordamos el caso del señor que no encontraba los anteojos.
Y admitió, en seguida, dos posibilidades.
-O me los han robado, o los he perdido. Acto continuo, se puso a razonar.
-Pero como mis anteojos carecían de un valor que pudiese haberle hecho concebir al ladrón la esperanza de venderlos, tengo que llegar a la conclusión de que el que me robó los anteojos me los robó para usarlos él. Sin embargo, quien necesite unos anteojos como los míos, sin anteojos no ve. Yo no veo sin anteojos. De manera que, ¿cómo pudo, entonces, ver mis anteojos para robármelos?
Descartó la hipótesis del robo.
-Debo suponer, entonces, que los he perdido. Pero yo únicamente puedo decir que he perdido mis anteojos, después de comprobar que no están en el sitio o los sitios donde suelo guardarlos. Pero para yo "ver" que mis anteojos no están tengo que tener mis anteojos puestos, por cuanto, sin anteojos, no veo.
¡Y pensar que a veces el tipo es pesimista!
No comprende que si las cosas no se arreglaran -siempre y solas- el mundo ya habría terminado hace...
No: el mundo no hubiese podido existir.
En el cine, parece que las imágenes se mueven y, sin embargo apenas ocurre que el tipo sigue viendo lo que ya pasó, mientras está pasando otra cosa...
A veces, eso ocurre fuera del cine también.
Pero lo importante es que si no existiera esa llamada "persistencia de la imagen en la retina", vale decir, si el tipo tuviera la vista bien.., el invento del cinematógrafo habría sido imposible.
También el popular "titilar" de las estrellas -que debiera decirse "escintilar"- responde a un defecto de la vista del tipo. Si el tipo viera bien, el mundo sería de otra manera.
O si se diera cuenta de que ve mal. El tipo suple; a veces, la siempre secreta ineptitud de sus órganos, con la Lógica.
Y empeora las cosas.
Recordamos el caso del señor que no encontraba los anteojos.
Y admitió, en seguida, dos posibilidades.
-O me los han robado, o los he perdido. Acto continuo, se puso a razonar.
-Pero como mis anteojos carecían de un valor que pudiese haberle hecho concebir al ladrón la esperanza de venderlos, tengo que llegar a la conclusión de que el que me robó los anteojos me los robó para usarlos él. Sin embargo, quien necesite unos anteojos como los míos, sin anteojos no ve. Yo no veo sin anteojos. De manera que, ¿cómo pudo, entonces, ver mis anteojos para robármelos?
Descartó la hipótesis del robo.
-Debo suponer, entonces, que los he perdido. Pero yo únicamente puedo decir que he perdido mis anteojos, después de comprobar que no están en el sitio o los sitios donde suelo guardarlos. Pero para yo "ver" que mis anteojos no están tengo que tener mis anteojos puestos, por cuanto, sin anteojos, no veo.
¡Y pensar que a veces el tipo es pesimista!
No comprende que si las cosas no se arreglaran -siempre y solas- el mundo ya habría terminado hace...
No: el mundo no hubiese podido existir.
sábado, 28 de marzo de 2015
CRUZADAS- por Jorge A. Dágata
Hierve el agua con sal sobre la hornalla, dos pasos los separan, palos y escudos ante el mismo choque.
Un hueso se sumerge desnudo, un casco amarillo rueda a los pies del uniforme.
Papas limpias de sudor, botas sucias de patear, cubiertos afilados.
Ahora es tiempo de zapallo y de cebolla, la radio ha dicho que no, los choclos se han negado riendo a diente apretado desde los estantes, los gases han silbado lágrimas, dos pasos los acercan, la receta por todos conocida.
Hierve el agua y revuelve sobre la hornalla un caldo lento que promete, corridas y pañuelos, un poco de sangre sin cocinar, una propuesta a golpes, candados que no ceden, otro jornal que no fue.
Esa espuma que sube y se retira, se despliega el mantel, caen banderas, unas manos que cubren unos ojos, el vapor que no deja respirar.
Dos sillas.
Se sientan a comer y lo comen tan otra vez así, enfrentados
Un hueso se sumerge desnudo, un casco amarillo rueda a los pies del uniforme.
Papas limpias de sudor, botas sucias de patear, cubiertos afilados.
Ahora es tiempo de zapallo y de cebolla, la radio ha dicho que no, los choclos se han negado riendo a diente apretado desde los estantes, los gases han silbado lágrimas, dos pasos los acercan, la receta por todos conocida.
Hierve el agua y revuelve sobre la hornalla un caldo lento que promete, corridas y pañuelos, un poco de sangre sin cocinar, una propuesta a golpes, candados que no ceden, otro jornal que no fue.
Esa espuma que sube y se retira, se despliega el mantel, caen banderas, unas manos que cubren unos ojos, el vapor que no deja respirar.
Dos sillas.
Se sientan a comer y lo comen tan otra vez así, enfrentados
sábado, 10 de enero de 2015
Basura espacial - Por Ana María Broglio
Artemio Poblete, viajero incansable del espacio aunque, por lo que se sabía, nunca había salido del perímetro del Cottolengo, se preciaba de conocer de punta a punta el Universo.
Cada mañana, pasaba la enfermera para quitar los amasijos de caca que se le pegaban en las nalgas durante la noche y limpiarlo de babas y de olores. Mientras la mujer le ayudaba para que el té con leche no se derramara sobre la colcha de la cama, Artemio le contaba de sus viajes, por fuera de la atmósfera terrestre.
La enfermera había aprendido a escucharlo como quien oye llover y de vez en cuando, para conformarlo, le respondía, como al pasar, con un escaso monosílabo. Atenta a sus tareas le tomaba el pulso, la presión, le acomodaba la almohada y se dirigía al próximo paciente y Artemio, volvía a quedar solo hasta el horario en que regresaban a cambiar sus pañales, a tomarle el pulso y a darle de comer. Mientras tanto, sus pensamientos navegaban por los cuatro rincones de las galaxias, feliz, despreocupado y divertido, como solo los niños pueden hacerlo.
"El loco del espacio" le habían dado en llamar en el hospital.
Cuando murió, encontraron envuelta en una vieja y mugrienta hoja de diario, restos de lo que parecía basura espacial. Después de todo, nadie se enteraba de sus actividades fuera del horario, en que el turno del personal del loquero, pasaba a visitarlo.
Cada mañana, pasaba la enfermera para quitar los amasijos de caca que se le pegaban en las nalgas durante la noche y limpiarlo de babas y de olores. Mientras la mujer le ayudaba para que el té con leche no se derramara sobre la colcha de la cama, Artemio le contaba de sus viajes, por fuera de la atmósfera terrestre.
La enfermera había aprendido a escucharlo como quien oye llover y de vez en cuando, para conformarlo, le respondía, como al pasar, con un escaso monosílabo. Atenta a sus tareas le tomaba el pulso, la presión, le acomodaba la almohada y se dirigía al próximo paciente y Artemio, volvía a quedar solo hasta el horario en que regresaban a cambiar sus pañales, a tomarle el pulso y a darle de comer. Mientras tanto, sus pensamientos navegaban por los cuatro rincones de las galaxias, feliz, despreocupado y divertido, como solo los niños pueden hacerlo.
"El loco del espacio" le habían dado en llamar en el hospital.
Cuando murió, encontraron envuelta en una vieja y mugrienta hoja de diario, restos de lo que parecía basura espacial. Después de todo, nadie se enteraba de sus actividades fuera del horario, en que el turno del personal del loquero, pasaba a visitarlo.
domingo, 29 de diciembre de 2013
La historia del perro González - Por E. Raider
Hace ya algún tiempo que lo había encontrado en un húmedo y terroso
rincón del sótano: Estaba prácticamente desintegrado, con su tela completamente
podrida y caída en jirones por la tierra; quedando solo un esqueleto de plástico
gris y enmohecido, adherido a una caja de engranajes y resortes que en antaño
fueron la cuerda mediante la cual se movía, saltaba, corría y hacía piruetas
por todos los rincones de la casa.
Tomé con mis manos lo que quedaba de él.
Mientras lo alzaba, iba quebrándose de a poco y cayendo al ávido suelo que
parecía devorarlo de inmediato. Contemplé los restos de lo que fuera un perro
de juguete con el que jugábamos todos los de la casa, y de inmediato subió a mi
alma su recuerdo.
No se por que razón lo llamábamos “El
perro González”. Quizás porque cuando lo compramos era uno de los cientos que
había en la vidriera y por eso decidimos llamarlo con un apellido corriente.
No lo elegimos entre los que estaban, el
vendedor sacó uno, lo probó para ver si funcionaba correctamente y
envolviéndolo como si se tratase de ponerle pañales, nos lo entregó y lo
llevamos a casa.
En un principio, el perro González era
nuestra nueva estrella. Iba de un lado para otro sin necesidad de darle
demasiada cuerda, ya que lo teníamos en brazos casi todo el tiempo como si
fuera un recién nacido. A medida que pasó el tiempo comenzamos a darle cuerda y
disfrutar con sus monigotadas. Siempre iba hacia donde queríamos. Aún teníamos
la paciencia de dejarlo llegar o esperar hasta que le se agotara la cuerda para
dársela nuevamente. A medida que el perro González “iba creciendo” para
nosotros, le obligábamos hacer más cosas exigiendo al máximo su cuerda sin
importarnos mucho si se rompería o no.
Lo atábamos de una cuerda y dándole
cuerda una y mil veces, lo llevábamos de paseo. ¡Pobre perro González! Siempre
debía someterse a caprichos y deseos cada vez mas extravagantes. Hacía todo lo
que nuestra imaginación quería, independientemente le agradase o no, porque al
fin y al cabo sólo era un juguete.
Lo poníamos en las posiciones mas
ridículas y dándole cuerda, nos burlábamos de él. Vez tras vez inventábamos
cosas nuevas y luego de comprimir el muelle al máximo nos lo lanzábamos unos a
otros con cierta crueldad y violencia. Así fue pasando el tiempo y del pobre
perro González iban quedando pocas cosas sanas. En muchas partes del cuerpo
llevaba las huellas de nuestro trato salvaje a tal punto que en vez de verlo
con cierta piedad, lo veíamos con ironía, con sorna y cierto aire de futura
prescindencia. A pesar de ello, el pobre seguía haciendo nuestra tiránica
voluntad, aún cuando oíamos el chirrido agudo de su caja de engranajes anunciándonos que un día no muy lejano todo
iba a acabar.
Y así fue. Una tarde su mecanismo estalló
y el perro González se detuvo en seco para siempre.
Enojados por habernos dejado en la mitad
de la diversión, lo pateamos de un lado a otro de la pieza hasta que cansados
del juego y del pobre perro González, fuimos a jugar afuera, dejándolo dentro
de una caja de madera.
Al otro día, sin que supiésemos cómo,
desapareció por completo de la casa. Manos piadosas, conscientes de su
inutilidad, lo habían depositado en el sótano donde hoy y por pura casualidad o
como una tremenda ironía del destino, la visión de aquellos restos despertó en
mi una tardía piedad por el que una vez fuera el “perro González”.
sábado, 28 de septiembre de 2013
Grito Por Diana Bravi
Mis ojos, aturdidos de golpes, caminaron las calles sudorosas hasta detenerse y precipitar en los charcos de una esquina. Entonces salió de allí mi figura borrosa que corrió confundida, se inclinó agonizante, fue arrastrada lejos, se deshizo. Corrí más, la ambulancia siempre estaba lejos. En el extremo del fin pensé que todavía podía dejar mi mirada sana y erguida, mi grito echado a volar alto clamando un ¡alerta mujer, alerta!
Minirelato seleccionado para la antología “Basta” - Cien mujeres contra la violencia de género - Editorial Macedonia
jueves, 4 de julio de 2013
De peritéticos y demotestimoniales - Susana Taddeo
El otoño se alejaba poco a poco. Se notaba en los árboles sin hojas, en las últimas montañitas doradas que el placero barría, en la aparición de algunas bufandas… todas eran señales de nuevos problemas para él.
Su abrigo ya era insuficiente y el sitio que hasta ahora había defendido de extraños sería en las próximas noches un lugar despreciado por aquellos que compartían su vida miserable y triste, un lugar solo habitado por los peritéticos.
La plaza San Martín y su banco deberían ser reemplazados, pero…
Imposible pensar. Mucho menos arrastrando mareos y alta temperatura desde varios días atrás…
Decidió entonces, pasar una noche más en su aparente cama, en su aparente casa.
El sueño llegó, a pesar de su sed, sed de agua, de abrigo, de cariño, de dignidad.
Soñó. Soñó con lo que muchas veces le habían prometido. Soñó con lo que muchas veces había soñado…
Lentamente, despertó. Cuando se vio en medio de aquella multitud, sintió extrañeza y pensó que no se había vestido para la ocasión. Se mantuvo en silencio, expectante, hasta que oyó su nombre, su apellido y su número de documento. Inmediatamente lo miró y lo reconoció. Era la voz del afiche, la voz de aquel señor de saco y corbata, de aquel que parecía no dejar de sonreír nunca. Ahora le sonreía a él. Y sin más… lo hacía dueño de una casita, y le asignaba, además las tareas de mantenimiento de la plaza San Martín.
Cuando el acto terminó, todos los beneficiarios fueron trasladados hasta el barrio para que conocieran el lugar y las casas. Era más de lo que había soñado. Sintió que finalmente ese señor, además de sonreír simpáticamente y de ser uno de los demotestimoniales más creíbles, había pensado en los desprotegidos.
Curiosamente, como no sucedía desde mucho tiempo atrás, alguien lo observó y descubrió que se tambaleaba de vez en cuando, que su frente estaba cubierta de sudor…
Le ofreció llevarlo al hospital. Accedió. Lo recibieron en la guardia. Le indicaron que se acostara en la camilla. Cuando lo hizo sintió que el cansancio, la alegría y el sueño lo invadían.
De pronto alguien le tocó el brazo. No sabía cuánto tiempo había transcurrido.
Una última hoja cayó sobre su rostro y el placero nuevamente le advertía que el banco debía quedar libre.
Demotestimoniales. dícese de quienes muestran interés en subsanar problemáticas sociales, económicas y culturales del pueblo.
Peritéticos. dícese de quienes conmueven por aspecto frágil y desprotegido.
Su abrigo ya era insuficiente y el sitio que hasta ahora había defendido de extraños sería en las próximas noches un lugar despreciado por aquellos que compartían su vida miserable y triste, un lugar solo habitado por los peritéticos.
La plaza San Martín y su banco deberían ser reemplazados, pero…
Imposible pensar. Mucho menos arrastrando mareos y alta temperatura desde varios días atrás…
Decidió entonces, pasar una noche más en su aparente cama, en su aparente casa.
El sueño llegó, a pesar de su sed, sed de agua, de abrigo, de cariño, de dignidad.
Soñó. Soñó con lo que muchas veces le habían prometido. Soñó con lo que muchas veces había soñado…
Lentamente, despertó. Cuando se vio en medio de aquella multitud, sintió extrañeza y pensó que no se había vestido para la ocasión. Se mantuvo en silencio, expectante, hasta que oyó su nombre, su apellido y su número de documento. Inmediatamente lo miró y lo reconoció. Era la voz del afiche, la voz de aquel señor de saco y corbata, de aquel que parecía no dejar de sonreír nunca. Ahora le sonreía a él. Y sin más… lo hacía dueño de una casita, y le asignaba, además las tareas de mantenimiento de la plaza San Martín.
Cuando el acto terminó, todos los beneficiarios fueron trasladados hasta el barrio para que conocieran el lugar y las casas. Era más de lo que había soñado. Sintió que finalmente ese señor, además de sonreír simpáticamente y de ser uno de los demotestimoniales más creíbles, había pensado en los desprotegidos.
Curiosamente, como no sucedía desde mucho tiempo atrás, alguien lo observó y descubrió que se tambaleaba de vez en cuando, que su frente estaba cubierta de sudor…
Le ofreció llevarlo al hospital. Accedió. Lo recibieron en la guardia. Le indicaron que se acostara en la camilla. Cuando lo hizo sintió que el cansancio, la alegría y el sueño lo invadían.
De pronto alguien le tocó el brazo. No sabía cuánto tiempo había transcurrido.
Una última hoja cayó sobre su rostro y el placero nuevamente le advertía que el banco debía quedar libre.
Demotestimoniales. dícese de quienes muestran interés en subsanar problemáticas sociales, económicas y culturales del pueblo.
Peritéticos. dícese de quienes conmueven por aspecto frágil y desprotegido.
miércoles, 3 de julio de 2013
Una última oportunidad - Jorge Naselli
Ella no creía que en las líneas de las manos pudiese estar el futuro de las personas. Y mucho menos que en las cartas el Universo dibujara con estampas los arcanos de su vida. Por eso, cuando esquivó ofuscada a la gitana que intentó detenerla en la vereda (porque apurada se dirigía rumbo a su trabajo) no supo del encuentro con el gran amor que le esperaba un día de esos sentado frente a sus ojos en el vagón del subte. Tampoco supo de la casa pequeña, inundada de aroma a jazmín húmedo como el que crecía en un jardín tan pequeño como la casa; donde jugaban tres niños rubios (como ella) y de ojos transparentes color cielo (como él). Ni pudo caminar hacia una vejez suave como un otoño compasivo.
Porque, de haberlo sabido, no hubiese saltado del balcón del edificio donde ya no trabajaba. Porque la habían despedido. Porque debía dos meses de alquiler. Porque estaba sola...
Porque, de haberlo sabido, no hubiese saltado del balcón del edificio donde ya no trabajaba. Porque la habían despedido. Porque debía dos meses de alquiler. Porque estaba sola...
El dibujante - Jorge Naselli
l hombre tomó el portaplumas y extendió su brazo hacia el tintero. Con un suave movimiento cargó de tinta la pluma. La acercó a su cara y bajando un poco los lentes observó. Aceptó satisfecho, comenzando a trazar algunas líneas paralelas. Volvió a mojar la pluma en la tinta y siguió dibujando. Repitió esta operación una docena de veces.
Cuando estimó que había concluido, observó el dibujo con detenimiento (buscando más un error involuntario que felicitándose). Estaba bien. No era una obra de arte..., pero estaba bien. Una pistola 9 mm “Ballester-Molina”. Bastante bien. ¡Sí!
Apuntó hacia su cabeza y gatilló.
Costó bastante sacar las manchas que salpicaron la pared. Los trozos de carne y partículas de hueso salieron fácil, pero las de tinta resistieron más. Era tinta indeleble.
Cuando estimó que había concluido, observó el dibujo con detenimiento (buscando más un error involuntario que felicitándose). Estaba bien. No era una obra de arte..., pero estaba bien. Una pistola 9 mm “Ballester-Molina”. Bastante bien. ¡Sí!
Apuntó hacia su cabeza y gatilló.
Costó bastante sacar las manchas que salpicaron la pared. Los trozos de carne y partículas de hueso salieron fácil, pero las de tinta resistieron más. Era tinta indeleble.
domingo, 30 de junio de 2013
Identidad recuperada - Liliana Colavita
La mujer pasó y algunos hombres se dieron vuelta para mirarla. Se la veía realmente atractiva.
El pelo rubio con mechas más claras se movía al ritmo de su caminar. El espacio entre el pantalón y la remera dejaba ver su barriga chata y firme y, en el borde del ombligo, un arito presumiblemente de oro, similar al del que tenía en lado derecho de la nariz. Su rostro mostraba una piel tersa y suave, aunque aún debajo del perfecto maquillaje se sospechara algo pálida. Cuando sus labios carnosos y sensuales se separaron para decir algunas palabras al portero brillaron los dientes parejos y blanquísimos. Sus lindos ojos celeste verdoso estaban enmarcados por largas y espesas pestañas.
Era alta y absolutamente bien proporcionada. La remera que además de corta era muy escotada, dejaba ver el nacimiento de sus pechos grandes firmes y juveniles. Era lo que comúnmente se llama “un minón”.
Después de hablar con el portero entró al ascensor.
Segura de que ya nadie la veía, se quitó los zapatos de taco muy alto y se aflojó el ancho cinturón elástico con incrustaciones metálicas.
Una vez en su departamento, cumpliendo con el ritual cotidiano, se quitó las extensiones de pelo más claras y peinó su propio pelo, de color indefinido y con canas. Despegó con cuidado las arqueadas pestañas postizas. Guardó los lentes de contacto azul verdoso y se puso gotas analgésicas en sus irritados ojos marrones, después se calzó sus anteojos de considerable aumento. Cepilló cuidadosamente sus implantes dentales. Eligió entre los muchos frascos de crema para pieles sometidas a cirugía la que correspondía a cada una de las partes del cuerpo, busto, párpados, labios, abdomen y glúteos. Se miró al espejo y pensó que en breve tendría que ir a la clínica plástica para hacerse algunos retoques.
Colgó en una percha el pantalón y la remera y respiró con comodidad, vestida con bata y pantuflas.
Finalmente, agobiada por el peso de ser otra, se sentó a escuchar esos temas musicales que tanto le gustaban y jamás confesaría que había bailado en la década del 60.
En la intimidad del hogar había recuperado sus 50 años.
El pelo rubio con mechas más claras se movía al ritmo de su caminar. El espacio entre el pantalón y la remera dejaba ver su barriga chata y firme y, en el borde del ombligo, un arito presumiblemente de oro, similar al del que tenía en lado derecho de la nariz. Su rostro mostraba una piel tersa y suave, aunque aún debajo del perfecto maquillaje se sospechara algo pálida. Cuando sus labios carnosos y sensuales se separaron para decir algunas palabras al portero brillaron los dientes parejos y blanquísimos. Sus lindos ojos celeste verdoso estaban enmarcados por largas y espesas pestañas.
Era alta y absolutamente bien proporcionada. La remera que además de corta era muy escotada, dejaba ver el nacimiento de sus pechos grandes firmes y juveniles. Era lo que comúnmente se llama “un minón”.
Después de hablar con el portero entró al ascensor.
Segura de que ya nadie la veía, se quitó los zapatos de taco muy alto y se aflojó el ancho cinturón elástico con incrustaciones metálicas.
Una vez en su departamento, cumpliendo con el ritual cotidiano, se quitó las extensiones de pelo más claras y peinó su propio pelo, de color indefinido y con canas. Despegó con cuidado las arqueadas pestañas postizas. Guardó los lentes de contacto azul verdoso y se puso gotas analgésicas en sus irritados ojos marrones, después se calzó sus anteojos de considerable aumento. Cepilló cuidadosamente sus implantes dentales. Eligió entre los muchos frascos de crema para pieles sometidas a cirugía la que correspondía a cada una de las partes del cuerpo, busto, párpados, labios, abdomen y glúteos. Se miró al espejo y pensó que en breve tendría que ir a la clínica plástica para hacerse algunos retoques.
Colgó en una percha el pantalón y la remera y respiró con comodidad, vestida con bata y pantuflas.
Finalmente, agobiada por el peso de ser otra, se sentó a escuchar esos temas musicales que tanto le gustaban y jamás confesaría que había bailado en la década del 60.
En la intimidad del hogar había recuperado sus 50 años.
jueves, 27 de junio de 2013
Caprichos - Ezequiel Feito
I
Reconozco que esa noche tenía el sueño liviano y me despertaba con el menor ruido. Pero el colmo fue ese sonido horrible del piano. Si hubieran querido desafinarlo a propósito no hubieran encontrado mejor manera de hacerlo.
Me levanté, fui hasta la sala y encontré a mi gata caminando sobre las teclas. Creo que la levanté y la arrojé a un sillón. Volví a la cama, tomé una pastilla e intenté dormir.
En eso estaba cuando de repente volví a oír el piano. Alguien estaba tocando con total perfección el Concierto Italiano de Bach.
Nuevamente estaba la gata sobre las teclas.
La miro, me mira y sonríe.
II
Estaba esperando mi turno en una carnicería cuando una señora que estaba justamente delante mío pidió un kilo de carne. Para milanesas, creo.
El carnicero buscó por toda la heladera. Nada. Se fijó en otras más pequeñas. Tampoco.
Finalmente tocó un timbre. Del interior de la carnicería salió un joven empleado a quien la mujer le dijo algo al oído. El chico pareció decir “si” con la cabeza y de inmediato dejó parte de su cuerpo al descubierto.
Mientras el carnicero iba cortando el exacto kilo de carne ante la mirada indiferente de los clientes, el joven se volvió hacia mí, y con su mejor sonrisa, comenzó a explicarme las nuevas reglas del mercado laboral.
III
Caminaron un buen trecho con las manos en la espalda y sin cruzar palabra, hasta que uno le dijo al otro:
-¡Entre qué gente estamos, doctor! Recuerdo que cuando éramos jóvenes antes de hacer una mala acción lo pensábamos dos veces. ¡Hoy por hoy, toda la gente tiene una justificación para cualquier cosa en la punta de la lengua!
- Así es, licenciado le respondió su acompañante, mientras ambos comenzaban a meter las manos en los bolsillos de un tercero que caminaba delante de ellos.
miércoles, 26 de junio de 2013
Los martes, calas - Jorge Naselli
Ahora que lo pienso el negro es un color que me agrada (independiente de toda discusión, absurda en este momento, sobre que si es un color o que si no lo es).
Ahora que lo pienso los demás colores no me atraen demasiado; rojos exultantes, desérticos amarillos, húmedos azules, exuberantes verdes, patéticos ocres...
Ahora que lo pienso, tal vez haya contribuido a mi actual desinterés cromático el incómodo conocimiento revelado (en algún momento de mi niñez) sobre la naturaleza físico-atmosférica del arco iris, y no como sospechaba (ansiaba) un sólido puente a una realidad más interesante, más prometedora...
Ahora que lo pienso, el negro siempre ha estado con uno. Desde ese dulce y oscuro flotar gestáltico, hasta ese íntimo (solitario) momento en que uno cierra los párpados para entrar en mundos de infinita ensoñación; aunque ahora que lo pienso en ese preciso instante la extensión desaparece. Así, rápido, sin esfuerzo...
Ahora que lo pienso, tampoco me siento a gusto en los grandes espacios. Uno se ve impelido a llenarlos, a completarlos... ¿No me creen? Imaginen una pared: amplia, inmaculada, vacía... Antes de comprender los cómo ni los por qué, ya se está conjeturando qué colgarle. ¿Siguen sin creerme? Piensen. Casi todos aman los ambientes amplios, espaciosos; ¿para qué?, para poblarlos, llenarlos... Se le teme al espacio por miedo al vacío...
Ahora que lo pienso acá estoy cómodo. ¡Oscuro!... ¡Estrecho!...
¡Ay! ¿A quién engaño? Expuesto a una corta locura, estoy perdido.
Me creyeron muerto, me enterraron vivo...
Fin del principio
Ahora que lo pienso los demás colores no me atraen demasiado; rojos exultantes, desérticos amarillos, húmedos azules, exuberantes verdes, patéticos ocres...
Ahora que lo pienso, tal vez haya contribuido a mi actual desinterés cromático el incómodo conocimiento revelado (en algún momento de mi niñez) sobre la naturaleza físico-atmosférica del arco iris, y no como sospechaba (ansiaba) un sólido puente a una realidad más interesante, más prometedora...
Ahora que lo pienso, el negro siempre ha estado con uno. Desde ese dulce y oscuro flotar gestáltico, hasta ese íntimo (solitario) momento en que uno cierra los párpados para entrar en mundos de infinita ensoñación; aunque ahora que lo pienso en ese preciso instante la extensión desaparece. Así, rápido, sin esfuerzo...
Ahora que lo pienso, tampoco me siento a gusto en los grandes espacios. Uno se ve impelido a llenarlos, a completarlos... ¿No me creen? Imaginen una pared: amplia, inmaculada, vacía... Antes de comprender los cómo ni los por qué, ya se está conjeturando qué colgarle. ¿Siguen sin creerme? Piensen. Casi todos aman los ambientes amplios, espaciosos; ¿para qué?, para poblarlos, llenarlos... Se le teme al espacio por miedo al vacío...
Ahora que lo pienso acá estoy cómodo. ¡Oscuro!... ¡Estrecho!...
¡Ay! ¿A quién engaño? Expuesto a una corta locura, estoy perdido.
Me creyeron muerto, me enterraron vivo...
Fin del principio
Consecuencias Por Rocío Rodríguez, Alumna de 1º 4ª EDEM Nº 1
Es un día como cualquier otro, el cielo celeste, sin una nube, predice que el calor seguirá por unas semanas más. En la ciudad de Astor, cuyos habitantes jamás cuidan, ni se interesan por la Madre Naturaleza, se vive un día normal de trabajo. De repente en el cielo se ve algo nunca antes visto. Nadie sabe cómo, pero se está comenzando a formar un ojo tormentoso. De golpe, toda la ciudad queda como de noche.
-¡¿Qué ocurre?!- pregunta un almacenero.
-¡¡No lo sé!! ¡Debe ser el fin!- le responde una mujer que corre sin rumbo.
-¡Corran, corran!, ¡ya no hay tiempo!- grita otro hombre mientras se agarra la cabeza.
Las radios, por su parte dan anuncios con pocas esperanzas:
“INFORMACIÓN DE ÚLTIMO MOMENTO: Según los últimos informes, este fenómeno natural, está ocurriendo a nivel mundial. Como aún no conocemos sus riesgos, les rogamos a todos que permanezcan en sus casas y que no salgan hasta nuevos avisos”
El Planeta Tierra está convulsionado. De un momento a otro ha comenzado a soplar un viento atroz que está destrozando todo a su paso: casas, conexiones eléctricas, autos, shhhhhhhhhhhhh…..shhhhhhhhhhhh
Luego de unas horas el viento ha cesado y el ojo tormentoso se está despejando, se observa algo celeste; parece que todo está acabando, pero no… en el cielo se ve una especie de nave octogonal, con luces de varios colores, que está comenzando a esparcir como un gas, que inevitablemente todos inhalan. Muchos intentan escapar, pero ya no hay salida. La nave está aterrizando en medio del océano y de ella están bajando dos seres realmente indescriptibles.
Todos los habitantes de la Tierra se han muerto, o casi todos. Extrañamente una mujer está sentada sola en una casa hecha con troncos de roble y decorada con las flores silvestres más bellas. Sabe que no hay nadie más en el mundo. Golpean a la puerta, la mujer abre y le dicen:
-¡Madre!- con reverencia-¡Al fin llegó el día de vernos!, tu sufrimiento ha acabado
-Era hora de que hicieran justicia, el daño que estos seres me hacían era en forma desmedida, no se interesaban por mí - responde la mujer.
Desafortunadamente la Madre Naturaleza, se dirige hacia la nave y antes de cerrar la puerta dice:
-En la vida, todo vuelve y lo que no se cuida se pierde.-
-¡¿Qué ocurre?!- pregunta un almacenero.
-¡¡No lo sé!! ¡Debe ser el fin!- le responde una mujer que corre sin rumbo.
-¡Corran, corran!, ¡ya no hay tiempo!- grita otro hombre mientras se agarra la cabeza.
Las radios, por su parte dan anuncios con pocas esperanzas:
“INFORMACIÓN DE ÚLTIMO MOMENTO: Según los últimos informes, este fenómeno natural, está ocurriendo a nivel mundial. Como aún no conocemos sus riesgos, les rogamos a todos que permanezcan en sus casas y que no salgan hasta nuevos avisos”
El Planeta Tierra está convulsionado. De un momento a otro ha comenzado a soplar un viento atroz que está destrozando todo a su paso: casas, conexiones eléctricas, autos, shhhhhhhhhhhhh…..shhhhhhhhhhhh
Luego de unas horas el viento ha cesado y el ojo tormentoso se está despejando, se observa algo celeste; parece que todo está acabando, pero no… en el cielo se ve una especie de nave octogonal, con luces de varios colores, que está comenzando a esparcir como un gas, que inevitablemente todos inhalan. Muchos intentan escapar, pero ya no hay salida. La nave está aterrizando en medio del océano y de ella están bajando dos seres realmente indescriptibles.
Todos los habitantes de la Tierra se han muerto, o casi todos. Extrañamente una mujer está sentada sola en una casa hecha con troncos de roble y decorada con las flores silvestres más bellas. Sabe que no hay nadie más en el mundo. Golpean a la puerta, la mujer abre y le dicen:
-¡Madre!- con reverencia-¡Al fin llegó el día de vernos!, tu sufrimiento ha acabado
-Era hora de que hicieran justicia, el daño que estos seres me hacían era en forma desmedida, no se interesaban por mí - responde la mujer.
Desafortunadamente la Madre Naturaleza, se dirige hacia la nave y antes de cerrar la puerta dice:
-En la vida, todo vuelve y lo que no se cuida se pierde.-
martes, 25 de junio de 2013
Instrucciones-ejemplo sobre la forma de tener miedo - Julio Cortázar
En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen.
Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere.
En la plaza del Quirinal, en Roma, hay un punto que conocían los iniciados hasta el siglo XIX, y desde el cual, con luna llena, se ven moverse lentamente las estatuas de los Dióscuros que luchan con sus caballos encabritados.
En Amalfí, al terminar la zona costanera, hay un malecón que entra en el mar y la noche. Se oye ladrar a un perro más allá de la última farola.
Un señor está extendiendo pasta dentrífica en el cepillo. De pronto ve, acostada de espaldas, una diminuta imagen de mujer, de coral o quizá de miga de pan pintada.
Al abrir el ropero para sacar una camisa, cae un viejo almanaque que se deshace, se deshoja, cubre la ropa blanca con miles de sucias mariposas de papel.
Se sabe de un viajante de comercio a quien le empezó a doler la muñeca izquierda, justamente debajo del reloj de pulsera. Al arrancarse el reloj, saltó la sangre: la herida mostraba la huella de unos dientes muy finos.
El médico termina de examinarnos y nos tranquiliza. Su voz grave y cordial precede los medicamentos cuya receta escribe ahora, sentado ante su mesa. De cuando en cuando alza la cabeza y sonríe, alentándonos. No es de cuidado, en una semana estaremos bien. Nos arrellanamos en nuestro sillón, felices, y miramos distraídamente en torno. De pronto, en la penumbra debajo de la mesa vemos las piernas del médico. Se ha subido los pantalones hasta los muslos, y tiene medias de mujer.
Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere.
En la plaza del Quirinal, en Roma, hay un punto que conocían los iniciados hasta el siglo XIX, y desde el cual, con luna llena, se ven moverse lentamente las estatuas de los Dióscuros que luchan con sus caballos encabritados.
En Amalfí, al terminar la zona costanera, hay un malecón que entra en el mar y la noche. Se oye ladrar a un perro más allá de la última farola.
Un señor está extendiendo pasta dentrífica en el cepillo. De pronto ve, acostada de espaldas, una diminuta imagen de mujer, de coral o quizá de miga de pan pintada.
Al abrir el ropero para sacar una camisa, cae un viejo almanaque que se deshace, se deshoja, cubre la ropa blanca con miles de sucias mariposas de papel.
Se sabe de un viajante de comercio a quien le empezó a doler la muñeca izquierda, justamente debajo del reloj de pulsera. Al arrancarse el reloj, saltó la sangre: la herida mostraba la huella de unos dientes muy finos.
El médico termina de examinarnos y nos tranquiliza. Su voz grave y cordial precede los medicamentos cuya receta escribe ahora, sentado ante su mesa. De cuando en cuando alza la cabeza y sonríe, alentándonos. No es de cuidado, en una semana estaremos bien. Nos arrellanamos en nuestro sillón, felices, y miramos distraídamente en torno. De pronto, en la penumbra debajo de la mesa vemos las piernas del médico. Se ha subido los pantalones hasta los muslos, y tiene medias de mujer.
domingo, 23 de junio de 2013
Del inapreciable valor de la página en blanco Por Ezequiel Feito
I
Hace poco tiempo a un dictador le habían asegurado que en su país circulaban libros que contenían ideas humanistas, políticas, filosóficas, poéticas y hasta revolucionarias.
Muy preocupado por eso, ordenó que en adelante los libros que se editasen tuvieren todas sus páginas en blanco.
Fue entonces que los súbditos de aquel tirano cuando querían leer, abrían los libros en cualquier página e imaginaban lo que estaba escrito.
En menos de una semana estalló una revolución que terminó con aquella dictadura. A partir de allí, esa nación fue la primera y única en el mundo que imprimía libros completamente en blanco.
II
Una vez, un poeta muy alabado por si mismo y por sus editores, compró un cuaderno para escribir sus poemas. Lo estrenó garrapateando uno o dos de ellos. Al rato, con cierta sorpresa, vio que las páginas donde los había escrito estaban nuevamente en blanco, tan blanco como si nada se hubiera escrito allí.
“Después de todo se sinceró- las poesías no valían mucho”
Al otro día escribió según su inspiración hasta la mitad del cuaderno. Varios minutos después el cuaderno volvió a quedar completamente en blanco.
“Quizás el papel o la tinta tengan algún defecto” -dijo algo contrariado-
Entonces para que no se repitiera lo mismo, escribió con lápiz 8 o 10 poemas y alguna divagación. Apenas se dio vuelta, nuevamente el cuaderno estaba en blanco.
“Debo reconocer reflexionó- que éste cuaderno es el más sincero y piadoso de todos mis críticos”
Y olvidándose de elogios y aplausos, dejó de escribir.
III
“Yo soy quien más comprende el horror de la página en blanco” dijo aquel comerciante-, y de inmediato comenzó a calcular el porcentaje de ganancia que tenía que aplicar a la mercadería de su negocio.
Hace poco tiempo a un dictador le habían asegurado que en su país circulaban libros que contenían ideas humanistas, políticas, filosóficas, poéticas y hasta revolucionarias.
Muy preocupado por eso, ordenó que en adelante los libros que se editasen tuvieren todas sus páginas en blanco.
Fue entonces que los súbditos de aquel tirano cuando querían leer, abrían los libros en cualquier página e imaginaban lo que estaba escrito.
En menos de una semana estalló una revolución que terminó con aquella dictadura. A partir de allí, esa nación fue la primera y única en el mundo que imprimía libros completamente en blanco.
II
Una vez, un poeta muy alabado por si mismo y por sus editores, compró un cuaderno para escribir sus poemas. Lo estrenó garrapateando uno o dos de ellos. Al rato, con cierta sorpresa, vio que las páginas donde los había escrito estaban nuevamente en blanco, tan blanco como si nada se hubiera escrito allí.
“Después de todo se sinceró- las poesías no valían mucho”
Al otro día escribió según su inspiración hasta la mitad del cuaderno. Varios minutos después el cuaderno volvió a quedar completamente en blanco.
“Quizás el papel o la tinta tengan algún defecto” -dijo algo contrariado-
Entonces para que no se repitiera lo mismo, escribió con lápiz 8 o 10 poemas y alguna divagación. Apenas se dio vuelta, nuevamente el cuaderno estaba en blanco.
“Debo reconocer reflexionó- que éste cuaderno es el más sincero y piadoso de todos mis críticos”
Y olvidándose de elogios y aplausos, dejó de escribir.
III
“Yo soy quien más comprende el horror de la página en blanco” dijo aquel comerciante-, y de inmediato comenzó a calcular el porcentaje de ganancia que tenía que aplicar a la mercadería de su negocio.
viernes, 21 de junio de 2013
FAST FOOD- FAST LOVE Por Roxana D'Auro
Se cruzaron rápido, al mediodía, durante esa cortísima media hora que les dan en sus oficinas para alimentarse, pronto, breve. En unos de esos locales de Fast Food. Intercambiaron un par de miradas, fugaces, como destellos. Se sentaron juntos y apresurados sostuvieron un veloz intercambio de datos mínimos y precisos. Con el nombre y el número de celular alcanzaba. Después vinieron los mensajes. Nvms? Dnd? A k hr? A la hora señalada estaban en la puerta del hotel. Pagaron un turno, el más corto. Hicieron algo así como el amor. Una pulsión acelerada. Una carrera contra el reloj para alcanzar la meta antes de que la molesta voz sonara en el teléfono. Se despidieron casi sin poder articular palabras.
Él le dijo:-Tas ok? Ella respondió:- Xk? Él replicó:-Tas Kllda. Chatms dsp? Tqm. Yo tmb, le dijo ella, mientras se alejaba con la sensación de que algo había sucedido y no sabía qué.
Él le dijo:-Tas ok? Ella respondió:- Xk? Él replicó:-Tas Kllda. Chatms dsp? Tqm. Yo tmb, le dijo ella, mientras se alejaba con la sensación de que algo había sucedido y no sabía qué.
jueves, 20 de junio de 2013
Pintura de nada - Por Enrique Spinelli
En los 80, Ulises Garsú, célebre científico y farmaceútico balcarceño, desarrolló una pintura de nada. Su invento surgió con la intención de perfeccionar el “liquid paper”, un producto muy utilizado en aquellos años para “corregir” errores de escritura. Como todos saben, este líquido es una simple pintura blanca que tapa el error y uno escribe arriba. Garsú no podía tolerar semejante porquería y dedicó sus noches de guardia a desarrollar una pintura de nada. Esta pintura se aplicaba sobre el error y lo tapaba con nada: la hoja quedaba intacta como antes de escribir. Una verdadera maravilla.
La pintura Garsú corregía errores en papel y eliminaba manchas de birome, café con leche, vino y choripán, entre otras. La pintura tenía muchas aplicaciones; por ejemplo Soguita siempre llevaba un pañuelo embebido en pintura de nada, y en cuanto lo apuraba un uniformado, lo pasaba sobre sus anotaciones quinieleras e instantáneamente quedaba nada. Los pibes en la escuela boludeaban con la pintura y borraban los tallados de los bancos. Los pupitres quedaban impecables, todos iguales, todos con nada.
En el prospecto adjunto a la botellita de pintura de nada se detallaba cuidadosamente el modo de uso y alcances, previniendo expresamente que sólo podía utilizarse sobre tela o papel. Los problemas aparecieron cuando la gente comenzó a experimentar sobre otras superficies y objetos.
La pintura sólo tenía efectos sobre cosas inanimadas, pero por alguna extraña razón sí funcionó sobre la Sra. de Pilitegui, quien se borró las arrugas de la cara. Las arrugas desaparecieron, pero tuvieron marcárselas con fibra indeleble, porque en lugar de las arrugas quedó nada: era imposible saber si la Sra de Pilitegui estaba enojada, triste o sonriente.
Algunos sostenían haber conseguido aplicar la pintura sobre recuerdos. No los tapaba por completo, pero diluía amores a anécdotas, anécdotas a imágenes e imágenes a nada.
La pintura nos mostró una verdad inapelable: cualquier cosa que analicemos está bien para alguien y mal para otro. Así, Otro tomaba pintura y la cubría con nada. Algo que para nosotros está espectacular sin duda es considerado un error para otro. El banquito pedorro que hicimos con nuestras manos, será un valioso tesoro para nosotros, pero un error -una porquería- para un garca de traje. El nombre tallado en el pupitre era valioso para alguien, pero una inmundicia para la directora, quien lo tapó con nada. El precioso valiant de Marmorato era considerado una porquería por el Dr Pilitegui, que en un acto de crueldad infinita lo convirtió en nada mientras los muchachos estaban en un partido de la liga infantil.
Los muchachos del Alas no utilizaban mucho la pintura porque están bien orgullosos de sus errores; pero es honesto reconocer que algunas veces salieron con tachos de pintura de nada e hicieron alguna macanita. No dejaron ni una placa de bronce en las paredes del pueblo y en respuesta al acto de Pilitegui, le borraron la puerta de la caja fuerte y los picaportes de su Mercedes Benz.
Como todo es un error para alguien, la nada se fue apoderando de todo. Una nada sin alma, que se propagaba a través de gente común -ni mala ni buena- que oficiaba de vectores. De a poco sólo quedó nada. Todos vivíamos deambulando por la nada. Nada pasaba y nada podía pasar. Algo más monstruoso aún: mucha gente se sentía tranquila y segura en este estado.
Garsú advirtió la cagada que se había mandado. Utilizó la pintura de nada que le quedaba para borrar todas las anotaciones que pudieran ayudar a reproducirla y pintó todo el equipo de producción de la pintura. Borró así todo vestigio de la pintura de nada, que quedó reducida a nada. Restaba la tarea más formidable, la más heroica nunca realizada: obtener algo de la nada. Garsú trabajó incansablemente en la búsqueda de un antídoto, una pintura que removiera la pintura de nada y dejara lo original. Por suerte funcionó y volvieron a nuestras vidas las cosas, cosas que son bellas y necesarias para nosotros y consideradas errores por otros.
En un principio, tal vez medio pirado por el esfuerzo, Garsú se instituyó como un diosito y comenzó a aplicar su removedor de nada sólo donde él quería. Les cuento que Balcarce, visto con ojos de muchacho del Alas estaba precioso, pero los mismos muchachos lo convencieron para que dejara todo como estaba antes de su invención. Tranquilo y descansado, Garsú admitió que la filosofía del liquid paper no es tan mala: tapa, pero lo original queda. Aquello que surgió de nuestra primera intención permanecerá allí abajo, aletargado, esperando que algún revisionista raspe prolijo lo evidente para que aflore lo subyacente; mostrando que lo desechado no estaba tan mal; que hay errores bellísimos; que muchos errores nos llevaron por caminos que nunca se nos hubiera ocurrido transitar con la razón y la experiencia; que los hemos tapado precisamente por eso, porque no acuerdan con la razón: son dislates que no podríamos explicar. Muchas cosas que en su momento consideramos errores, hoy forman parte de nuestros aciertos. Descubrimos también que la mejor decisión no siempre es aquella que se puede justificar con la razón. Eso sólo sirve para tener alguien o algo a quien culpar si todo sale mal, pero no es suficiente; y nos priva del abanico de decisiones irracionales, de las contrainductivas, de las pasionales, de las locas, de todas estas que nos sacan de la autopista para hacernos felices. ¡Aguanten los errores! ¡Aguante fallar!
La pintura Garsú corregía errores en papel y eliminaba manchas de birome, café con leche, vino y choripán, entre otras. La pintura tenía muchas aplicaciones; por ejemplo Soguita siempre llevaba un pañuelo embebido en pintura de nada, y en cuanto lo apuraba un uniformado, lo pasaba sobre sus anotaciones quinieleras e instantáneamente quedaba nada. Los pibes en la escuela boludeaban con la pintura y borraban los tallados de los bancos. Los pupitres quedaban impecables, todos iguales, todos con nada.
En el prospecto adjunto a la botellita de pintura de nada se detallaba cuidadosamente el modo de uso y alcances, previniendo expresamente que sólo podía utilizarse sobre tela o papel. Los problemas aparecieron cuando la gente comenzó a experimentar sobre otras superficies y objetos.
La pintura sólo tenía efectos sobre cosas inanimadas, pero por alguna extraña razón sí funcionó sobre la Sra. de Pilitegui, quien se borró las arrugas de la cara. Las arrugas desaparecieron, pero tuvieron marcárselas con fibra indeleble, porque en lugar de las arrugas quedó nada: era imposible saber si la Sra de Pilitegui estaba enojada, triste o sonriente.
Algunos sostenían haber conseguido aplicar la pintura sobre recuerdos. No los tapaba por completo, pero diluía amores a anécdotas, anécdotas a imágenes e imágenes a nada.
La pintura nos mostró una verdad inapelable: cualquier cosa que analicemos está bien para alguien y mal para otro. Así, Otro tomaba pintura y la cubría con nada. Algo que para nosotros está espectacular sin duda es considerado un error para otro. El banquito pedorro que hicimos con nuestras manos, será un valioso tesoro para nosotros, pero un error -una porquería- para un garca de traje. El nombre tallado en el pupitre era valioso para alguien, pero una inmundicia para la directora, quien lo tapó con nada. El precioso valiant de Marmorato era considerado una porquería por el Dr Pilitegui, que en un acto de crueldad infinita lo convirtió en nada mientras los muchachos estaban en un partido de la liga infantil.
Los muchachos del Alas no utilizaban mucho la pintura porque están bien orgullosos de sus errores; pero es honesto reconocer que algunas veces salieron con tachos de pintura de nada e hicieron alguna macanita. No dejaron ni una placa de bronce en las paredes del pueblo y en respuesta al acto de Pilitegui, le borraron la puerta de la caja fuerte y los picaportes de su Mercedes Benz.
Como todo es un error para alguien, la nada se fue apoderando de todo. Una nada sin alma, que se propagaba a través de gente común -ni mala ni buena- que oficiaba de vectores. De a poco sólo quedó nada. Todos vivíamos deambulando por la nada. Nada pasaba y nada podía pasar. Algo más monstruoso aún: mucha gente se sentía tranquila y segura en este estado.
Garsú advirtió la cagada que se había mandado. Utilizó la pintura de nada que le quedaba para borrar todas las anotaciones que pudieran ayudar a reproducirla y pintó todo el equipo de producción de la pintura. Borró así todo vestigio de la pintura de nada, que quedó reducida a nada. Restaba la tarea más formidable, la más heroica nunca realizada: obtener algo de la nada. Garsú trabajó incansablemente en la búsqueda de un antídoto, una pintura que removiera la pintura de nada y dejara lo original. Por suerte funcionó y volvieron a nuestras vidas las cosas, cosas que son bellas y necesarias para nosotros y consideradas errores por otros.
En un principio, tal vez medio pirado por el esfuerzo, Garsú se instituyó como un diosito y comenzó a aplicar su removedor de nada sólo donde él quería. Les cuento que Balcarce, visto con ojos de muchacho del Alas estaba precioso, pero los mismos muchachos lo convencieron para que dejara todo como estaba antes de su invención. Tranquilo y descansado, Garsú admitió que la filosofía del liquid paper no es tan mala: tapa, pero lo original queda. Aquello que surgió de nuestra primera intención permanecerá allí abajo, aletargado, esperando que algún revisionista raspe prolijo lo evidente para que aflore lo subyacente; mostrando que lo desechado no estaba tan mal; que hay errores bellísimos; que muchos errores nos llevaron por caminos que nunca se nos hubiera ocurrido transitar con la razón y la experiencia; que los hemos tapado precisamente por eso, porque no acuerdan con la razón: son dislates que no podríamos explicar. Muchas cosas que en su momento consideramos errores, hoy forman parte de nuestros aciertos. Descubrimos también que la mejor decisión no siempre es aquella que se puede justificar con la razón. Eso sólo sirve para tener alguien o algo a quien culpar si todo sale mal, pero no es suficiente; y nos priva del abanico de decisiones irracionales, de las contrainductivas, de las pasionales, de las locas, de todas estas que nos sacan de la autopista para hacernos felices. ¡Aguanten los errores! ¡Aguante fallar!
Paredes enamoradas Por Enrique Spinelli
Hace muchos años que Soguita vive una habitación de cuatro paredes. Dos de estas paredes, que son opuestas, están enamoradas. Parece que el romance comenzó un invierno lluvioso que Soguita colgó un cordel de pared a pared para secar la ropa. Vaya a saber que cosas intercambiaron estas paredes durante ese invierno.
Cuando llegó el verano, Soguita retiró el cordel y de ahí en más sólo podían mirarse, percibirse, pero estaban imposibilitadas de trasmitir emoción alguna. Intentaron comunicarse con manchas de humedad, pero el proceso era muy lento. Durante años sólo consiguieron decirse “sos mi sol”, “vos apartás las nubes de mi cielo” y algo que parecían ser lágrimas. Luego de un tiempo, las paredes enamoradas descubrieron cómo comunicarse mediante las paredes intermedias, que oficiaban de mensajeras. Aquí comenzó el quinielero a escuchar las conversaciones en el respaldar de su cama, que apoya en una de estas paredes de tránsito.
Ambas paredes nacieron el mismo día con diferencia de apenas una hilada; ambas de igual material y producidas por las manos del mismo albañil: las dos parecían ser la misma cosa y es difícil creer que tuvieran algo para decirse. A través de las escuchas, Soguita descubrió que eran muy distintas; una pared daba al norte y la otra al sur, lo cual fue la impronta de sus vidas. La pared sur sabía de sol, de visitas en su ventana, de veranos, de inviernos. Los días de la pared norte eran opacos; ella sabía de humedad, de musgos y de caracoles babosos; todas cosas deslumbrantes para su amada pared sur.
En un principio el quinielero pensó que las conversaciones que escuchaba pasar por el respaldar de su cama eran producto de la ginebra, pero no: con vino o con gancia percibía las mismas charlas. Pensó entonces en dejar la bebida, pero no encontró razón para hacerlo; pues disfrutaba tanto de tomar como de las conversaciones entre sus paredes. Cuando le contó a sus amigos sobre las conversaciones que escuchaba, los muchachos del Alas no dudaron un instante y se pusieron a trabajar. Si, a trabajar.
En sólo dos días y 6 asados, los muchachos demolieron dos paredes, identificaron cada ladrillo de Norte y la reconstruyeron en esquina con Sur. La noche que terminaron la obra, tiraron colchones al piso y se quedaron todos a dormir en la pieza de Soguita, ansiosos por escuchar la conversación entre Norte y Sur. Para mejorar sus cualidades perceptivas se aplicaron generosas dosis de ginebra, gancia y vino El Zaragozano.
La charla entre paredes se inició a medianoche. Sabés una cosa, ya no me interesás, estoy enamorada de Oeste. Esta todo bien, yo no sabía como decírtelo, pero estoy saliendo con Este.
Cuando llegó el verano, Soguita retiró el cordel y de ahí en más sólo podían mirarse, percibirse, pero estaban imposibilitadas de trasmitir emoción alguna. Intentaron comunicarse con manchas de humedad, pero el proceso era muy lento. Durante años sólo consiguieron decirse “sos mi sol”, “vos apartás las nubes de mi cielo” y algo que parecían ser lágrimas. Luego de un tiempo, las paredes enamoradas descubrieron cómo comunicarse mediante las paredes intermedias, que oficiaban de mensajeras. Aquí comenzó el quinielero a escuchar las conversaciones en el respaldar de su cama, que apoya en una de estas paredes de tránsito.
Ambas paredes nacieron el mismo día con diferencia de apenas una hilada; ambas de igual material y producidas por las manos del mismo albañil: las dos parecían ser la misma cosa y es difícil creer que tuvieran algo para decirse. A través de las escuchas, Soguita descubrió que eran muy distintas; una pared daba al norte y la otra al sur, lo cual fue la impronta de sus vidas. La pared sur sabía de sol, de visitas en su ventana, de veranos, de inviernos. Los días de la pared norte eran opacos; ella sabía de humedad, de musgos y de caracoles babosos; todas cosas deslumbrantes para su amada pared sur.
En un principio el quinielero pensó que las conversaciones que escuchaba pasar por el respaldar de su cama eran producto de la ginebra, pero no: con vino o con gancia percibía las mismas charlas. Pensó entonces en dejar la bebida, pero no encontró razón para hacerlo; pues disfrutaba tanto de tomar como de las conversaciones entre sus paredes. Cuando le contó a sus amigos sobre las conversaciones que escuchaba, los muchachos del Alas no dudaron un instante y se pusieron a trabajar. Si, a trabajar.
En sólo dos días y 6 asados, los muchachos demolieron dos paredes, identificaron cada ladrillo de Norte y la reconstruyeron en esquina con Sur. La noche que terminaron la obra, tiraron colchones al piso y se quedaron todos a dormir en la pieza de Soguita, ansiosos por escuchar la conversación entre Norte y Sur. Para mejorar sus cualidades perceptivas se aplicaron generosas dosis de ginebra, gancia y vino El Zaragozano.
La charla entre paredes se inició a medianoche. Sabés una cosa, ya no me interesás, estoy enamorada de Oeste. Esta todo bien, yo no sabía como decírtelo, pero estoy saliendo con Este.
Plaza Tito García - Por Enrique Spinelli
Tito García no sabía que hacer con su vida, y por eso hacía nada. Su infancia fue fácil. Tenía que ir a la escuela y allí iba. Su adolescencia también pasó bastante bien. Tenía que ir a la escuela a la mañana y algunos días a educación física por la tarde. Eso era todo, y eso hacía. La vida se le complicó cuando terminó la escuela: debía decidir si trabajar o estudiar. Esto era demasiada decisión para él; entonces no decidió, o decidió no decidir: decidió esperar. Esperaba y esperaba que algo ocurriera, que alguien lo obligara a hacer algo; pero nada, nadie le hacía nada. Nada, ni un acto perverso que generosamente lo perturbara un poco.
Una tarde de un abril, Tito esperaba tranquilo en una plaza, sin desesperar, con la esperanza lábil de quienes esperan nada, cuando de pronto se encontró en medio de una manifestación: una multitudinaria marcha por los derechos de los daltónicos. Las demandas eran razonables y apuntaban a conseguir un trato justo e igualitario. Pedían que la televisión vuelva a ser en blanco y negro para tod@s; cambiar las luces de los semáforos por letras “¡pará che!”, “¡guarda!” y “dale nomás”, que se incluya en cada tomate una barra indicadora de su nivel de maduración, y que se prohíba el pelo color zanahoria y pelirrojo en las mujeres de más de 50; también el spray y el uso de paraguas.
La manifestación se desarrollaba normalmente, pero de pronto comienza una violenta represión, palos, golpes, empujones, gente arrastrada de los pelos que se resiste a subir al móvil policial. En ese revuelo, una bala perdida y Tito queda tirado en el piso bañado en sangre. Los manifestantes creen que son manchas de pasto por los arrastrones y lo dejan ahí, hasta que un infiltrado advierte que se estaba desangrando y llama una ambulancia. Cuando llega, Tito ya está muerto, envuelto en pancartas verdes, rojas y grises.
La policía revisa su teléfono celular y encuentra que tenía sólo 3 contactos: Mamá, Papá y Edelap. Su mamá no contesta, tampoco su papá; habían fallecido 2 años atrás en un accidente. Edelap, notablemente acongojado, contesta: “Al día de la fecha no registra deuda por consumos ni servicios”.
Su cuerpo es velado 5 días en el salón rojo punzó de la Asociación Daltónica Argentina. En los diversos actos realizados en su memoria, muchos amigos cuentan que extrovertido que era, otros aseguran que era muy introvertido y que era un excelente deportista, aunque no practicaba deportes. Tod@s destacaron su gran sensibilidad social, su preocupación por las minorías y los oprimidos, y el levante que tenía con las mujeres. En fin, un pibe con un gran porvenir por delante. Su muerte fue una gran pérdida para la sociedad.
Tito es instituido como un mártir. Le ponen su nombre a la plaza Sargento García donde murió; se levantan capillitas en todas las plazas redondas del país, donde aseguran produce milagros y te ayuda a salir de la plaza en la derivación correcta y deseada. Es habitual ver a los automovilistas que no pueden salir del círculo, dejar como ofrenda tomates y alfajores “capitán del espacio”. Los peatones que no pueden cruzar y quedan allí atrapados, venden en las capillitas muñequitos, estampitas y el chupetín milagroso frutilla-menta de Tito García.
Las virtudes y los poderes de Tito se incrementan día a día. Pueden encontrarse capillitas en todo Latinoamérica, y también pastores especialistas en su fe.
Tito no sabía que hacer con su vida. Supieron que hacer con su muerte.
Una tarde de un abril, Tito esperaba tranquilo en una plaza, sin desesperar, con la esperanza lábil de quienes esperan nada, cuando de pronto se encontró en medio de una manifestación: una multitudinaria marcha por los derechos de los daltónicos. Las demandas eran razonables y apuntaban a conseguir un trato justo e igualitario. Pedían que la televisión vuelva a ser en blanco y negro para tod@s; cambiar las luces de los semáforos por letras “¡pará che!”, “¡guarda!” y “dale nomás”, que se incluya en cada tomate una barra indicadora de su nivel de maduración, y que se prohíba el pelo color zanahoria y pelirrojo en las mujeres de más de 50; también el spray y el uso de paraguas.
La manifestación se desarrollaba normalmente, pero de pronto comienza una violenta represión, palos, golpes, empujones, gente arrastrada de los pelos que se resiste a subir al móvil policial. En ese revuelo, una bala perdida y Tito queda tirado en el piso bañado en sangre. Los manifestantes creen que son manchas de pasto por los arrastrones y lo dejan ahí, hasta que un infiltrado advierte que se estaba desangrando y llama una ambulancia. Cuando llega, Tito ya está muerto, envuelto en pancartas verdes, rojas y grises.
La policía revisa su teléfono celular y encuentra que tenía sólo 3 contactos: Mamá, Papá y Edelap. Su mamá no contesta, tampoco su papá; habían fallecido 2 años atrás en un accidente. Edelap, notablemente acongojado, contesta: “Al día de la fecha no registra deuda por consumos ni servicios”.
Su cuerpo es velado 5 días en el salón rojo punzó de la Asociación Daltónica Argentina. En los diversos actos realizados en su memoria, muchos amigos cuentan que extrovertido que era, otros aseguran que era muy introvertido y que era un excelente deportista, aunque no practicaba deportes. Tod@s destacaron su gran sensibilidad social, su preocupación por las minorías y los oprimidos, y el levante que tenía con las mujeres. En fin, un pibe con un gran porvenir por delante. Su muerte fue una gran pérdida para la sociedad.
Tito es instituido como un mártir. Le ponen su nombre a la plaza Sargento García donde murió; se levantan capillitas en todas las plazas redondas del país, donde aseguran produce milagros y te ayuda a salir de la plaza en la derivación correcta y deseada. Es habitual ver a los automovilistas que no pueden salir del círculo, dejar como ofrenda tomates y alfajores “capitán del espacio”. Los peatones que no pueden cruzar y quedan allí atrapados, venden en las capillitas muñequitos, estampitas y el chupetín milagroso frutilla-menta de Tito García.
Las virtudes y los poderes de Tito se incrementan día a día. Pueden encontrarse capillitas en todo Latinoamérica, y también pastores especialistas en su fe.
Tito no sabía que hacer con su vida. Supieron que hacer con su muerte.
miércoles, 19 de junio de 2013
Efemérides Deportivas - Syder Guiscardo Por Enrique Spinelli
Hace 50 años, el balcarceño Syder Guiscardo, quien supo ser orgulloso bañero del “Sportivo” Balcarce, ganó la competencia internacional de mar abierto Mar del PlataMiramar. Cuentan los que cuentan, que Syder inició la competencia tomando la punta con un ritmo arrollador. Tras él venían un polaco, un inglés, dos estadounidenses, dos canadienses, un tailandés y tres toninas. Estos experimentados nadadores comentaban entre sí: este loquito no llega ni a Chapadmalal !!! ...y se equivocaron. Mientras ellos seguían nadando shiss... shiss… shiss… , Guiscardo se alejaba CHAF CHAF CHAF. Cuando el gaucho Syder se acercaba a Miramar, tenía una ventaja de 35 Km sobre su competidor más próximo. Las toninas lo aguantaron sólo hasta mitad de carrera.
A las 10:15 de este glorioso día, el marplatense se acerca triunfante a las costas de Miramar donde una multitud lo espera. Su ritmo sigue siendo el mismo del inicio y sigue y sigue y sigue hacia Necochea, donde los organizadores logran capturarlo para subirlo al podio.
Algunas mentes perspicaces pertenecientes a almas avaras, introdujeron la posibilidad de doping, pero exhaustivos análisis realizados por el Farmacéutico Ulises Garsú, confirmaron la inexistencia de sustancias prohibidas en la orina del nadador. Posteriormente, este mismo científico demostró que el increíble desempeño del Guiscardo se debió a las propiedades vigorizantes* del agua de la ciudad de Balcarce. ¡¡¡No se olviden de Guiscardo!!!
*Este tema será expuesto en la próxima entrega por puño y letra del mismísimo Ulises Garsú.
A las 10:15 de este glorioso día, el marplatense se acerca triunfante a las costas de Miramar donde una multitud lo espera. Su ritmo sigue siendo el mismo del inicio y sigue y sigue y sigue hacia Necochea, donde los organizadores logran capturarlo para subirlo al podio.
Algunas mentes perspicaces pertenecientes a almas avaras, introdujeron la posibilidad de doping, pero exhaustivos análisis realizados por el Farmacéutico Ulises Garsú, confirmaron la inexistencia de sustancias prohibidas en la orina del nadador. Posteriormente, este mismo científico demostró que el increíble desempeño del Guiscardo se debió a las propiedades vigorizantes* del agua de la ciudad de Balcarce. ¡¡¡No se olviden de Guiscardo!!!
*Este tema será expuesto en la próxima entrega por puño y letra del mismísimo Ulises Garsú.
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