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domingo, 4 de septiembre de 2016

FABULAS EN VERSO CASTELLANO Por Juan Eugenio Hartzenbusch

La verdad sospechosa


Llevaban a enterrar dos granaderos
al soldado andaluz Fermín Trigueros,
embrollón sin igual, que de un balazo
cayó sin menear ni pie ni brazo.
-¡Hola, sepultureros!
(les dijo un oficial), ¿murió ese tuno?
-Murió, (contesta, de los dos, el uno).
Aquí Trigueros en su acuerdo torna,
y oyendo la expresión, dice con sorna:
Lo que es por la presente,
me figuro que vivo, mi teniente.
A lo cual replicó su camarada:
No dé usted a Fermín crédito en nada.
Siempre embustero fue: su fin es cierto;
pero aún miente el bribón después de muerto.

Quien falte a la verdad, con eso cuente:
dirá que hay Dios, y le dirán que miente


Los Timantes


Pintaba el celebérrimo Timantes
un Júpiter con ojos fulgurantes,
rayo en la diestra y en la izquierda rayo;
y al severo pintor díjole un payo:
Si en ambas manos el rigor le pones,
¿con cuál vierte ese Dios premios y dones?

Es en la Omnipotencia
igual a la justicia la clemencia.


Los polvos de la madre Celestina


Señor maestro, (preguntó Raimundo)
los polvos de la madre Celestina,
que todo lo alcanzaban en el mundo,
¿se sabe o se imagina
de qué pudieran ser? -Cuatro ingredientes,
(díjole el preceptor) omnipotentes,
entraban en la mágica mixtura:
oro, saber, esfuerzo y hermosura.

Hoy, lo que tantas maravillas obra
es el oro no más; el resto sobra.
Por gracia, no de Dios, reina el dinero,
soberano señor del mundo entero..


El espejo y el agua


Disputaron el agua y el espejo,
y fue la riña del tenor siguiente.
-ÉL: Yo, de genio duro, lo reflejo
todo sin aprensión exactamente.
-ELLA: Pues yo, con mi carácter blando,
todo lo pinto a medias y jugando.
-El defecto menor, el más pequeño
tizne que manche un rostro, yo lo enseño.
-La mancha enseñarás; pero, amiguito,
hago yo más que tú, pues yo la quito.

Enoja la desnuda reprimenda;
dulce amonestación produce enmienda

domingo, 14 de agosto de 2016

EL ÁGUILA. EL LEÓN Y EL CORDERO Por DOMINGO DE AZCUÉNAGA

Un águila  real,
con  rápido vuelo
se subió a la cima
de un áspero cerro
al pie de la cumbre
en  un  prado ameno,
un   feroz león
estaba durmiendo.
La águila de lo alto
quiso conocerlo
y hacía el prado  airosa
se  dirigió luego.
El  león al ruido
despertó soberbio,
y alzando al instante
su  dorado cuello
irguió su melena
con gala y denuedo
y de rey  vestido
se  mostró al  momento.
Revolvió la   cara
con  aire  y  despejo,
y,  con la  cabeza
le hizo acatamiento.
Acercóse  aquélla
con pasos severos
y entablaron ambos
su   razonamiento.
Este se redujo
a hacer menosprecio
de los brutos y aves
con denuestos  feos
diciendo que estaban
en el universo,
las especies de ambos,
bajo sus  imperios
vanidad   fundando
en sus nacimientos.
Pero  un  corderito,
que había estado oyendo
toda la parola,
sin ser visto de ellos,
(allá para sí)
prorrumpió diciendo:
No hay duda en que sois
por  vuestros abuelos
de aves, y de brutos
monarcas  excelsos,
pero si tenéis
tan perversos hechos,
que  el hurto  y rapiña
es  vuestro elemento,
la   grandeza   vuestra,
ni en chanzas la quiero,
pues soy de dictamen
por  lo  que  penetro,
que el lustre, y realce
de más alto precio
es el que uno adquiere
por sí, siendo bueno.
En  la  fabulita
nos dice el cordero
que  jamás  hagamos
gala con exceso
del blasón y gloria
de nuestros mayores
que heredado habernos
y que procuremos,
con nuestra conducta
y  procedimientos
adquirirla nueva
por nosotros mesmos.

FÁBULA SÉPTIMA: El mono y el tordo Por DOMINGO DE AZCUÉNAGA.

Metióse un mono en un trigal ya seco
del cañón de la mies a hacer flautillas
presumiendo tocar, por verlo hueco,
                                  mil maravillas.
Con sus uñitas lo rasgaba astuto,
y soplándolo ansioso, procuraba
el hacerlo sonar, pero el cañuto
                                  nunca sonaba.
Sin sacar de las cañas una avena,
haciendo de su afán cumplido alarde,
porfiado se mantuvo en su faena
                                toda una tarde.
Pero un tordo parlero, que su encono
había estado viendo, con gran flema
desde un sauce, le dijo: señor mono,
                                  deje ese tema.
No desperdicie el tiempo en tal apuro,
las mieses trate Ud. con carantoñas,
¿no advierte, que ya está el alcacer duro
                                    para zampoñas?

Nadie piense sacar provecho alguno
de aquellos, que pasaron con holganza,
el tiempo, conveniente y oportuno
                                        de su crianza.

FÁBULA PRIMERA El toro, el oso y el loro Por DOMINGO DE AZCUÉNAGA.

En un monte fragoso,
mil bramidos un Toro dando estaba,
y oyéndolos un Oso,
desde un bosque, a saber por qué bramaba
se acercó diligente, y, con agrado,
le dijo: ¿por qué bramas? ¿qué te ha dado?
No tengas a desdoro,
el decirme, si te hallas desvalido.
Amigo (dijo el Toro)
ya que estás de mi pena condolido,
ampárame en mis males que, aunque graves,
se harán con tu socorro más suaves.
Yo me siento agitado
de un formidable torozón, de suerte
que, a no haber tú llegado,
hubiera reducídome a la muerte.
Pero ya que viniste, solicito
que me busques de Sen un manojito.
No tengo inteligencia
en la planta que pides; mas confío
hacer la diligencia,
cerca de aquí, con otro amigo mío.
Esto responde el Oso, y se encamina
hacia el bosque a traer la medicina.

Llegó, y halló cogiendo,
a un herbolario, plantas en el soto;
dijóle: pues comprendo
que, en materia de yerbas, tenéis voto,
dadme la sen para uno que, afligido,
 allí de un torozón queda tendido.
Ofrecióse a buscarla
el herbolario, y como no la hubiese,
ni fuese dable hallarla,
le dio otra equivalente, con que fuese
a remediar el mal que molestaba
al enfermo, por quien se interesaba.
Llevó el Oso la yerba,
y presumiendo el Toro hallar remedio,
comióla, aunque era acerba,
sin causarle lo amargo el menor tedio;
y al momento le dio tan grave insulto,
que no quedó de él más que el triste bulto.
Descendió al bosque el Oso,
y viendo al malhechor, enfurecido,
le dijo-, hoy, engañoso,
con darte muerte, el premio merecido
tendrás, pues fuiste causa que el doliente,
muriese con tu yerba equivalente.
Pero un anciano Loro,
que estaba sobre un álamo parado,
y vio expirar al Toro,
le dijo al Oso, viéndolo irritado:
¡Del rústico herbolario el hecho extrañas,
porque estás entre selvas y montañas!
Pues sabe que, en las cultas
ciudades, estos mismos disparates,
con iguales resultas
se ven. Con que así, amigo, no lo mates,
porque no hizo otra cosa, el herbolario,
que dar un quid pro quo* de boticario.


*Cambiar una cosa por otra, dar algo a cambio.

sábado, 12 de marzo de 2016

FABULAS DE ESOPO (Selección)

LOS LOBOS Y EL ASNO ENFERMO

Divulgóse por cierta comarca la noticia de que un Asno, rico en carnes, se hallaba enfermo de tal peligro que no pasaría de la noche. Al punto, muchos Lobos, que eran amigos del Jumento, se presentaron, afectando tristeza, á la puerta de su casa y preguntaron solícitos por su salud. El hijo mayor del Asno asomó la cabeza por la ventana y dijo: «Señores Lobos : mi padre no está de tanto peligro como deseáis.»



LAS LÁGRIMAS DEL RICO

Muriósele a cierto poderoso una de sus dos hijas, y, según la costumbre del tiempo, pagó muchas mujeres para que la llorasen. La hermana que sobrevivió, acercóse a su madre y le dijo:«Madre mía: ¿cómo nosotras que tanto sentimos la desgracia, apenas nos condolemos, y esas mujeres que ni aun siquiera conocían a la difunta, se deshacen en lloro?» «No te extrañe, hija mía contestóle la madre :esas mujeres no lloran lágrimas, sino monedas, y ya sabes que las monedas son las lágrimas del rico.»



LA PALOMA Y LA CORNEJA

Encerrada en estrecho palomar, sin aire y con escasa luz, enorgullecíase, sin embargo, cierta Paloma de la fecundidad con que la naturaleza la había dotado. Una. Corneja que la oyó le dijo :«No te envanezcas, desgraciada, de tener mucha prole ; porque los esclavos que engendran hijos, cuantos más hijos engendran, más esclavos hacen.»



EL CUERVO ENFERMO

Próximo a la muerte y sin remedio humano, decía un Cuervo a su madre :«No llores, madre mía, sino pide a los dioses por mi salud.» «¿A los dioses, me dices? -replicó la madre acongojada.¿Cuál de ellos crees que se apiadará de ti? ¿No has pasado la vida picoteándoles la carne después del sacrificio ?»

El que durante la prosperidad no hace más que daños, ¿ qué amistades espera en la desgracia ?



EL PERRO MORDEDOR

Hubo en cierta ocasión un Perro que, sin ladrar ni enseñar los dientes, mordía a cuantos se acercaban a su casa. Harto ya su dueño de sostener altercados y pagar medicinas, resolvió ponerle un collar con cascabeles, para advertir al público de que corría peligro. Pero el Perro que era tan malo como tonto, pensó que lo que habían colgado era una condecoración y desde entonces miraba a los demás perros con desdén. Un mastín honrado se le acercó a la oreja y le dijo :«Piense, hermano, que no todo lo que se cuelga al cuello es honra ; pues hay condecoraciones que el llevarlas debe causar vergüenza.»

sábado, 25 de julio de 2015

El tigre - Por Leonardo Castellani (De Fábulas camperas)

        A don Julián el Vasco tantas cosas le habían contado del tigre, y tales, que le había cobrado un miedo fantasmagórico.
Un día se fue a hachar leña al montecito, y al ruido insólito de los golpes apareció de repente, entre un garabato que estaba allí cerca, una cabeza de gato, chata y amarilla, con dos ojazos amarillos como refucilo, y se puso a mirarlo.
Don Julián bajó el hacha y se puso a mirarla también. Hasta que al fin se cansó y le dio rabia.
-¡Arripoa, gato!- le dijo..
Y le tiró el hacha para espantarlo. La bestia dio un bramido feroz, y se tiró al suelo, partida la cabeza como una sandía por el proyectil formidable, que le dio entre las dos orejas.
Don Julián se quedó espantado de que hubiese en América gatos monteses de tal calibre, sobre todo cuando, queriendo levantarlo a pulso para acomodarlo en su carretilla, tanteó el peso, mucho mayor que una bolsa de lino de las grandes.
Al volver al pueblo con la carga, sale de su casa Barcastegui, mira la carretilla y dice:
-¡Pero, don Julián, mi Dios, qué ha hecho! ¡Ha matado al tigre!
-¡El tigre, arripóa! ¡El tigre, esto es!
Se le pusieron los pelos de punta y la cara como este papel, empezaron a temblaría las carnes y a repicarle los dientes al vasco, de sólo pensar que había estado frente al. tigre. Pero al rato se recobró, y dijo:
-Sea tigre o no sea, muerto ya está, pues.. . Nada que hacerle hay ya, pues. Y como decían, tan malo no es, hombre.
Y el valor muchas veces no consiste sino en que los tigres a uno le parezcan gatos.
¡Qué valiente sería yo, si no me pasase precisamente lo contrario! A mí los gatos me parecen tigres.

sábado, 25 de abril de 2015

EL LEOPARDO Y LAS MONAS Por Félix María de Samaniego

No a pares, a docenas encontraba
las Monas en Tetuán, cuando cazaba,
un Leopardo. Apenas lo veían,
a los árboles todas se subían,
quedando del contrario tan seguras,
que pudieran decir: "No están maduras!"
El cazador astuto se hace el muerto
tan vivamente, que parece cierto.
Hasta las viejas Monas,
alegres con el caso y juguetonas,
empiezan a saltar: la más osada
baja, arrímase al muerto de callada;
mira, huele y aun tienta,
y grita muy contenta:
"¡Llegad, que muerto está de todo punto;
tanto, que empieza a oler el tan difunto!"
Bajan todas con bulla y algazara;
ya le tocan la cara,
ya le saltan encima;
aquélla se le arrima,
y haciendo mimos, a su mano queda;
otra se finge muerta y lo remeda.
Mas luego que las siente fatigadas
de correr, de saltar y hacer monadas,
levántase ligero
y, más que nunca fiero,
pilla, mata y devora: de manera
que parecía la sangrienta fiera,
cubriendo con los muertos la campaña,
al Cid matando moros en España.

Es el peor enemigo el que aparenta 
no poder causar daño, porque intenta, 
inspirando confianza, 
asegurar su golpe de venganza.

sábado, 11 de abril de 2015

BURRADA DE ASNO Por Monteiro Lobato

Un asno pedantísimo atormentaba la paciencia de un pobre mulo de carroza, de esos que reconocen su puesto en la tierra. Rebuznaba, declamaba, probaba que él era un talento de primera magnitud y sabio como jamás apareció otro en el mundo.
El mulo oía con las orejas gachas, paciendo.
- ¡Qué torpe eres, amigo! Hablo y no me respondes. ¡Rebuzno ciencia y tú paces! ¡Vamos! ¡Di algo! Contraríame, replica a mis opiniones, que estoy deseoso de una polémica. De lo contrarío me avergonzaré de haberte tenido como hermano en la forma y en el color
Un mono que lo oía todo desde una rama, no se contuvo y dijo:
- ¡El mundo está perdido! Esta bestia se hace el sabio, rebuzna centenares de burradas y el mulo lo traga todo calladito . . .
El mulo meneó las orejas y respondió con la cita de un verso de Bocage:

Un tonto puede soportarse sólo en silencio...

LOS DOS BURRITOS Por Monteiro Lobato


Muy atrevidos, dos burritos de carga seguían trotando por el camino. El que iba delante llevaba valijas de oro en polvo; y el de atrás, simples sacos de harina. Aunque burros del mismo jaez, no quería el primero que el segundo marchase a su lado.
- ¡Alto ahí! decía. No te compares conmigo, que el que carga oro no es de la misma baraja que el que lleva harina. Conserva cinco pasos de distancia y marcha respetuosamente como si fueses un paje.
El burrito de la harina se sometía y trotaba detrás, con las orejas gachas, envidiando al hidalgo. De repente ...
-jEh! ... ¡eh! ...
Surgieron tras un tronco unos ladrones de caminos y tomaron a los burritos por el cabestro.
Examinan primeramente la carga del burro humilde::
- ¡Harina! exclamaron, desilusionados. ¡El diablo lo lleve! Veamos si hay algo de más valor en el de adelante.
- ¡Oro, oro! gritaron abriendo desmesuradamente los ojos. Y se dedicaron al saqueo.
Pero el burrito resistió. Coceó y echó a correr por el campo. Los ladrones corrieron detrás, lo cercaron, le cayeron encima a palos y pedradas. Al fin, lo desvalijaron.
Terminada la fiesta, el burrito del oro, más muerto que vivo y tan maltrecho que ni siquiera podía tenerse en pie, reclamó el auxilio del otro, que pacía sosegadamente muy fresco la hierba del bosque.
- ¡Socorro, amigo! Socórreme, que estoy maltrecho...
El burrito de la harina respondió burlonamente:
- ¿Pero es que podré aproximarme yo a Vuestra Excelencia?
- ¿Por qué no? Mi hidalguía estaba dentro de la alforja y se fue en las manos de aquellos bandidos. Sin las alforjas de oro a cuestas, soy una pobre bestia igual que tú ...
- Bien lo sé. Tú eres como ciertos grandes hombres del mundo que sólo valen por el cargo que ocupan. En el fondo, simples bestias de carga, yo, tú, ellos . . .
 Y le ayudó a regresar a casa, aprendiendo, para su uso, la lección que ardía en el lomo del vanidoso.

EL MONO Y EL GATO Por Monteiro Lobato


Simona el mono, y Micifuz, el gato, viven juntos en la misma casa. Y hacen constantemente de las suyas. Uno roba cosas, revuelve cajones, esconde joyas, atormenta al papagayo; el otro araña los tapices, deshilacha las almohadas y bebe la leche de los niños.
Pero a pesar de ser amigos y socios, el mono sabe obrar con tal habilidad, que casi siempre sale ganando.
Así ocurrió en el caso de las castañas.
La cocinera puso a asar en las brasas unas castañas y fue a la huerta a recoger especias. Viendo que no había nadie en la cocina, se acercaron los dos pillastres. Dijo el mono
- Amigo Micifuz, tú que tienes una pata apropiada, saca las castañas del fuego.
El gato no se hizo rogar y con mucho arte comenzó a sacar las castañas.
- Pronto, una . . .
- Ahora aquélla . . . Eso es. Ahora aquella gordita . . . Está bien. Y la de la izquierda, que reventó . . .
El gato las sacaba, pero el que las comía golosamente, guiñando el ojo, era el mono...
De repente, apareció la cocinera, furiosa, con la vara en la mano.
- ¡Esperad ahí, diablos! . . .
Los dos ladrones se subieron a los techos.
- ¿Buena pesca, no? dijo el mono allá lejos.
El gato suspiró:
- Para ti, que comiste las castañas. Para mí fue pésima, pues arriesgué el pelo y quedé en ayunas, sin saber qué gusto tiene una castaña asada. ..

El buen bocado no es para el que lo produce, es para el que lo come.

sábado, 14 de marzo de 2015

FÁBULAS DE TODO TIPO, ESPECIALES PARA ESTOS TIEMPOS, RECOPILADAS POR MONTEIRO LOBATO EN SU LIBRO “LAS VIEJAS FÁBULAS” Edit, Losada, año 1958.

EL PERRO Y EL LOBO

   Un lobo muy flaco y hambriento, todo piel y huesos, se puso a filosofar sobre las tristezas de la vida. Estaba en eso cuando vio delante de él a un perro, pero un perro y pico, gordo, fuerte, de pelo fino y lustroso.
Impulsado por el hambre, el lobo sintió ímpetus de lanzarse sobre él. La prudencia, sin embargo, le cuchicheó al oído: ¡Cuidado! El que se pone a luchar con un perro de éstos sale perdiendo.
El lobo se aproximó al perro con todas las precauciones y dijo:
- ¡Bravo! Palabra de honor que no vi nunca a un perro más gordo ni más fuerte. ¡Qué piernas robustas, qué piel lustrosa! Se ve, amigo, que se cuida muy bien . .
- ¡Es verdad! respondió el perro. Confieso que llevo una vida de hidalgo. Pero, amigo lobo, supongo que usted también puede llevar la misma buena vida que yo ...
- ¿Cómo?
- Basta que abandone esa vida errante, esos hábitos salvajes y se civilice como yo.
- Explíqueme mejor eso pidió el lobo con un brillo de esperanza en los ojos.
- Es fácil. Yo le presentaré a mi señor. El, claro está, simpatizará con usted y le dará el mismo trato que a mí: buenos huesos de gallina, restos de carne, una perrera con paja seca. Además, mimos a toda hora, palmadas amigas, un nombre.
- ¡Acepto! respondió el lobo con alegría. ¿Quién no habría de dejar una vida miserable como ésta por una de regalos como ésa?
- A cambio de ello continuó el perro, usted guardará el patio, no dejando entrar en él a ladrones ni a vagabundos, agradará al señor y a su familia, meneando la cola y lamiendo la mano de todos.
- ¡Resuelto! resolvió el lobo, y se marchó a la par del perro en dirección a la casa. Luego, sin embargo, advirtió que el perro llevaba un collar.
- ¿Qué diablos es eso que usted lleva al pescuezo?
- Es un collar.
- ¿Y para qué sirve?
- Para atarme a la cadena.
- ¿Entonces no es libre, no va a donde quiere, como yo?
- No siempre. Paso a veces varios días preso, conforme con el capricho de mi amo. ¿Pero qué importa eso si la comida es buena y llega a hora fija?
El lobo se detuvo, reflexionó y dijo:
- ¿Sabe lo que pienso? ¡Hasta luego! Prefiero vivir flaco y hambriento, pero libre y dueño de mi hocico, a vivir gordo y reluciente como usted, pero con collar al pescuezo. Quédese con su gordura de esclavo, que yo me contento con mi flacura de lobo libre.


EL JUICIO DE LA OVEJA

     Un perro de malas entrañas acusó a una pobre oveja de haberle robado un hueso.
    - ¿Para qué habría de robar yo ese hueso alegó la acusada si soy herbívora y un hueso para mí vale tanto como un trozo de leña?
    - No quiero saber nada. Tú me robaste .el hueso v te voy a llevar a los tribunales.
     Y así lo hizo.
     Se quejó al gavilán del penacho y le pidió justicia. El gavilán reunió el tribunal para juzgar la causa, sorteando para eso doce buitres de buche vacío.
     Comparece la oveja. Habla. Se defiende en forma cabal, con razones semejantes a las del corderito que comió en su tiempo el lobo.
     Pero el jurado, compuesto de carnívoros golosos, no quiso atender razones y sentenció:
     - ¡O entregas el hueso, o te condenamos a muerte!
     El animal tembló: ¡no había escapatoria! ... No tenía huesos y no podía, por consiguiente, restituirlos; pero tenía una vida e iba a entregarla en pago de lo que no había robado.
     Así ocurrió. El perro la sangró, la descuartizó, se reservó para sí un cuarto y dividió el resto con los jueces hambrientos, a título de costas.

     ¡Qué locura, fiarse en la justicia de los poderosos! La justicia de ellos no vacila en tomar lo blanco y decretar solemnemente que es negro.


EL TORDO Y EL BUITRE

Era al atardecer. Moría el sol en el horizonte mientras las sombras se prolongaban en la tierra. Un tordo cantaba tan lindamente que hasta los naranjos parecían absortos escuchando.
Se retuerce de envidia el buitre y se queja:
-Apenas abre el pico ese pajarito y el mundo se queda encantado. Yo, mientras tanto, soy un espantajo del cual todos huyen con repugnancia ... Si él llega, todo se alegra; si me acerco yo, todos retroceden ... El, dicen, trae la dicha; yo, el mal augurio. La naturaleza fue injusta y cruel conmigo. Pero está en mí corregir la naturaleza; lo mato y de ese modo me libro de la labia que me producen sus gorjeos.
Pensando así, se aproximó al tordo, que al verle dispuso las alas para la fuga.
-¡No tengas miedo, amigo! Vengo para estar más cerca a fin de gozar mejor de las delicias del canto. ¿Piensas que por ser buitre no atribuyo valor a las obras maestras del arte? ¡Vamos, canta! Canta junto a mí aquella melodía con la que extasiabas hace poco a la naturaleza.
El ingenuo tordo dio crédito a aquellos graznidos mentirosos y permitió que se aproximase el buitre traidor a él. Pero éste, una vez que le tuvo a su alcance, le dio tal picotazo que le hizo caer moribundo.
En los estertores, con los ojos ya vidriosos, gimió el pajarillo:
- ¿Qué mal te hice para merecer tanta ferocidad?
- ¿Qué mal? ¡Esa sí que es buena! ¡Cantaste! . . . Cantaste divinamente bien, como jamás cantará un buitre. Tener talento: ¡he ahí el gran crimen! . . .


EL GALLIPAVO MEDROSO

El gordo gallipavo y el lindo gallo solían subirse por la noche al mismo árbol. La zorra los descubrió cierto día y llegó muy contenta, lamiéndose el hocico, como quien dice: "Tenemos hoy comida sabrosa".
Se acercó. Al descubrirlo el gallipavo tuvo tal susto que por un tris no se cae del árbol. Pero lo que el gallo hizo fue reírse; y como sabía que la zorra no treparía al árbol, cerró los ojos y se adormeció.
El gallipavo, alarmado, medroso como era, temblaba como varas verdes y no perdía al enemigo de vista.
- Al gallo no lo atraparé, pero éste me caerá en el buche, sí ... pensó para sí la zorra.
Y comenzó a hacer muecas, a dar saltos, a roncar, a hacer resonar los dientes, dando la impresión de una zorra loca. ¡Pobre gallipavo! Cada vez más amedrentado no perdía uno solo de aquellos movimientos. Por fin perdió el equilibrio, cayó de la rama y fue a dar en los dientes de la zorra hambrienta.
- ¡Animal estúpido! exclamó el gallo, despertando. Murió por exceso de precauciones. Tanta atención puso en las amenazas de la zorra, tanto se fijó en los peligros, que allá se fue, catapún . . .

La prudencia manda no poner demasiada atención en los peligros.



LAS AVES DE RAPIÑA Y LAS PALOMAS

La guerra de las aves rapaces ¿cuándo tuvo lugar? Hace siglos. Hace milenios. Pero fue una guerra tan terrible que todavía hoy se habla de ella.
Combatían las aves de rapiña águilas, buitres, gavilanes, por causa de un pequeño venado. Y se dividieron en bandos contrarios, en guerra franca. Durante meses el azul del cielo se convirtió en escenario de lucha. Tan pronto duelos singulares; tan pronto ataques de un bando contra otro; tan pronto un grupo que agredía a un enemigo solitario.
¡Y adiós paz del azul! De tanto en tanto, un cuerpo caía, despedazado a picotazos o uñadas; o bajaban en espiral las plumas, o llovían de lo alto gotas de sangre.
Las aves pacíficas de la tierra, asustadas con aquellos horrores, decidieron intervenir. Escogieron como mensajera a la paloma.
- Vete tú, que eres símbolo de paz, y reduce a la razón a aquellos locos furiosos.
La palomita fue a conferenciar con los jefes, y habló con tanta elocuencia que escucharon y firmaron un tratado, comprometiéndose a no volverse a devorar jamás unos a otros.
Pero lo que sucedió después degeneró en calamidad para los apaciguadores. Armonizados entre sí, los rapaces se respetaron unos a otros, pero comenzaron a emplear toda la fuerza cíe sus picos y todo el filo de sus garras contra las pobres palomas. Y fue una matanza sin tregua que dura hasta hoy y durará eternamente.
Y las palomitas comenzaron a murmurar, en un triste lamento:
- ¡Qué locura la nuestra, esa de restablecer la armonía entre los rapaces! La buena política mandaba hacer justamente lo contrario dividirlos todavía más.



EL ANCIANO, EL NIÑO Y EL BURRO

El anciano llamó al hijo y le dijo:
- Vete al prado, trae el burro y prepárate para ir a la ciudad, que quiero venderlo.
El niño fue y trajo el burro. Le pasó la raspa, le enjaezó y partieron ambos a pie, llevándolo por el cabestro. Querían que llegase descansado para impresionar mejor a los compradores.
De repente oyeron:
- ¡Esto sí que es bueno! exclamó un viajero al verlos. ¡El animal vacío y el pobre viejo a pie! ¡Qué disparate! ¿Será promesa, penitencia o idiotez ... ?
Y se fue, riendo.
El anciano consideró que el viajero tenía razón y ordenó al niño:
- Arrea el burro, hijo mío. Yo iré montado y así taparé la boca a la gente.
Tapar la boca a la gente, ¡qué locura! El anciano comprendió esto más adelante, al pasar junto a un grupo de lavanderas, ocupadas en lavar la ropa en un arroyo.
- ¡Qué gracia! exclamaron éstas. El hombretón montado con toda calma y el pobre niño a pie . . Hay cada padre malvado en este mundo de Cristo . . . ¡Jesús!
El anciano se indignó y, sin decir palabra, hizo señas al hijo para que montase en la grupa.
- Quiero ver qué dicen ahora
Pronto lo oyó. El estafetero del correo se cruzó con ellos y exclamó:
- ¡Qué idiotas! Quieren vender el animal y van los dos montados a la vez . . . Así, mi viejo, lo que llega a la ciudad no es ya un burro, es la sombra de un burro . .
-Tienes razón, hijo mío, no hay que abusar del animal. Yo me apearé y tú, que eres liviano, irás montado.
Así hicieron, y marcharon en paz un kilómetro, hasta que se cruzaron con un individuo que se quitó el sombrero y saludó al pequeño respetuosamente.
- ¡Buenos días, príncipe!
-¿Por qué, príncipe? preguntó el niño.
-¡Esa sí que es buena! Porque sólo los príncipes andan así, con lacayos en las riendas . . .
-¿Lacayo, yo? exclamó furibundo el anciano. ¡Qué desatino! Baja, baja, hijo mío, y carguemos el burro a cuestas. Tal vez esto contente al mundo . .
Ni así. Un grupo de muchachos, viendo la extraña cabalgata, acudió en tumulto, con burlas:
- ¡Oh! ¡oh! ¡Mirad la banda de tres burros, dos de dos pies y uno de cuatro! Queda por saber cuál de los tres es el más burro . . .
- ¡Soy yo! replicó el anciano bajando la carga. Soy yo, porque hace una hora vengo haciendo, no lo que yo quiero, sino lo que quiere el mundo. De aquí en adelante haré lo que me manda la conciencia, importándome poco que el mundo esté o no de acuerdo. He visto que muere loco el que procura contentar a todos .

sábado, 18 de octubre de 2014

El origen del mal Por León Tolstoi

         En medio de un bosque vivía un ermitaño, sin temer a las fieras que allí moraban. Es más, por concesión divina o por tratarlas continuamente, el santo varón entendía el lenguaje de las fieras y hasta podía conversar con ellas.
En una ocasión en que el ermitaño descansaba debajo de un árbol, se cobijaron allí, para pasar la noche, un cuervo, un palomo, un ciervo y una serpiente. A falta de otra cosa para hacer y con el fin de pasar el rato, empezaron a discutir sobre el origen del mal.
-El mal procede del hambre- declaró el cuervo, que fue el primero en abordar el tema.
Cuando uno come hasta hartarse, se posa en una rama, grazna todo lo que le viene en gana y las cosas se le antojan de color de rosa. Pero, amigos, si durante días no se prueba bocado, cambia la situación y ya no parece tan divertida ni tan hermosa la naturaleza. ¡Qué desasosiego! ¡Qué intranquilidad siente uno! Es imposible tener un momento de descanso. Y si vislumbro un buen pedazo de carne, me abalanzo sobre él, ciegamente. Ni palos ni piedras, ni lobos enfurecidos serían capaces de hacerme soltar la presa. ¡Cuántos perecemos como víctimas del hambre! No cabe duda de que el hambre es el origen del mal.
El palomo se creyó obligado a intervenir, apenas el cuervo hubo cerrado el pico.
-Opino que el mal no proviene del hambre, sino del amor. Si viviéramos solos, sin hembras, sobrellevaríamos las penas. Más ¡ay!, vivimos en pareja y amamos tanto a nuestra compañera que no hallamos un minuto de sosiego, siempre pensando en ella "¿Habrá comido?», nos preguntamos. "¿Tendrá bastante abrigo?» Y cuando se aleja un poco de nuestro lado, nos sentimos como perdidos y nos tortura la idea de que un gavilán la haya despedazado o de que el hombre la haya hecho prisionera. Empezamos a buscarla por doquier, con loco afán; y, a veces, corremos hacia la muerte, pereciendo entre las garras de las aves de rapiña o en las mallas de una red. Y si la compañera desaparece, uno no come ni bebe; no hace más que buscarla y llorar. ¡Cuántos mueren así entre nosotros! Ya ven que todo el mal proviene del amor, y no del hambre.
-No; el mal no viene ni del hambre ni del amor -arguyó la serpiente.
El mal viene de la ira. Si viviésemos tranquilos, si no buscásemos pendencia, entonces todo iría bien. Pero, cuando algo se arregla de modo distinto a como quisiéramos, nos arrebatamos y todo nos ofusca. Sólo pensamos en una cosa: descargar nuestra ira en el primero que encontramos.
Entonces, como locos, lanzamos silbidos y nos retorcemos, tratando de morder a alguien. En tales momentos, no se tiene piedad de nadie; mordería uno a su propio padre o a su propia madre; podríamos comernos a nosotros mismos; y el furor acaba por perdernos. Sin duda alguna, todo el mal viene de la ira.
El ciervo no fue de este parecer.
-No; no es de la ira ni del amor ni del hambre de donde procede el mal, sino del miedo. Si fuera posible no sentir miedo, todo marcharía bien. Nuestras patas son ligeras para la carrera y nuestro cuerpo vigoroso. Podemos defendernos de un animal pequeño, con nuestros cuernos, y la huida nos preserva de los grandes. Pero es imposible no sentir miedo. Apenas cruje una rama en el bosque o se mueve una hoja, temblamos de terror. El corazón palpita, como si fuera a salirse del pecho, y echamos a correr. Otras veces, una liebre que pasa, un pájaro que agita las alas o una ramita que cae, nos hace creer que nos persigue una fiera; y salimos disparados, tal vez hacia el lugar del peligro. A veces, para esquivar a un perro, vamos a dar con el cazador; otras, enloquecidos de pánico, corremos sin rumbo y
caemos por un precipicio, donde nos espera la muerte. Dormimos preparados para echar a correr; siempre estamos alerta, siempre llenos de terror. No hay modo de disfrutar de un poco de tranquilidad. De ahí deduzco que el origen del mal está en el miedo.
Finalmente intervino el ermitaño y dijo lo siguiente:
-No es el hambre, el amor, la ira ni el miedo, la fuente de nuestros males, sino nuestra propia naturaleza. Ella es la que engendra el hambre, el amor, la ira y el miedo.

sábado, 14 de junio de 2014

Ejemplo del caballo y del asno - Del Libro de Buen Amor escrito por Arcipreste de Hita

Iba al campo de lidia un caballo luciente,
por forzar a una dama su señor, insolente.
Las armas bien llevadas, se sentía muy valiente.
Un pobre asno maltrecho iba ante él, lentamente.

Con las patas y las manos y el muy lujoso freno,
el caballo soberbio más ruido hacía que un trueno;
las otras bestias se espantaban ante ser tan poco ameno:
el asno gran miedo tuvo y no fue para él bueno.

El pobre asno a duras penas con la carga luchaba;
como poco y mal andaba, al caballo estorbaba;
en medio de la cuesta éste lo derribaba;
"¡Asno villano y necio!", muy burlón le gritaba.

De un salto entró a la lucha, ligero, apercibido,
creyó ser vencedor y resultó vencido;
en el cuerpo, muy mal de un lanzazo fue herido:
las entrañas le salían.  Allí quedó tendido.

Curó de sus heridas, pero no es ya el que era;
su trabajo es arar e ir a la leñera,
a la noria, al molino y a la sementera.
Así pagó el tributo que el amo pagar debiera.

Por el yugo, tenía desollada la cerviz,
por caer de morro al suelo, hinchada la nariz;
las rodillas peladas y una gran cicatriz;
ojos tristes y hundidos, parecían de perdiz.

Los cuadriles salidos, sumidas las ijadas,
el espinazo agudo, las orejas dobladas.
Cuando así lo vio el asno, rió a carcajadas.
Dijo: "¡Compañero soberbio! ¿Y tus baladronadas?

¿Dónde están tu noble freno y tu dorada silla?
¿Dónde están tu soberbia y afanes de rencilla?
Vivirás desde ahora en pobreza que humilla,
en tu triste figura tienes la peor mancilla."

Aquí tomen ejemplo y lección cada día
los que son muy soberbios y se creen de valía;
que fuerza, edad y honra, salud y valentía
no pueden durar siempre y se nos van un día.

sábado, 17 de mayo de 2014

Ejemplo de la avutarda y de la golondrina - Del Libro de Buen Amor escrito por Arcipreste de Hita

Érase un cazador, muy sutil pajarero;
fue a sembrar cañamones en un prado lindero
para hacer cuerdas y redes el verano venidero.
La avutarda andaba allí, cerca del sendero.

Dijo la golondrina a tórtolas y pardales
y aún más a la avutarda estas palabras cabales:
«Comed la simiente de estos eriales,
que ha sido sembrada sólo para vuestros males».

Hicieron grandes burlas de lo que ella hablaba;
le dijeron que se fuese, que loca seguro estaba.
Cuando nació la semilla vieron cómo la regaba
el cazador; del cáñamo no las espantaba.

Volvió la golondrina y dijo a la avutarda
que arrancase las matas, que ya estaban altas:
que ése que las riega y que las escarda
por mal de ellos lo hacía, mientras en crecer tardan.

Dijo la avutarda: «¡Loca, tonta, vana,
siempre estás chillando tu locura en la mañana!
No quiero tu consejo. ¡Vete ya, villana!
Déjame en esta vega tan hermosa y tan llana.»

Fuese la golondrina a la casa del cazador,
y allí hizo su nido como supo mejor;
como era un pájaro alegre, muy gorjeador,
le agradó al cazador, que era madrugador.

Recogido ya el cáñamo y hechas ya las trampas,
fuese como solía el cazador de caza;
capturó a la avutarda y la llevó a la plaza.
Dijo la golondrina: «¡Oh, mira lo que te pasa!»

Luego los ballesteros le pelaron las alas,
no le dejaron plumas, salvo chicas y ralas:
Desoyó buen consejo, la muerte la acorrala.
¡Guardaos, doña Endrina, de estas celadas malas!

Que muchos se juntan y forman un consejo
para haceros el mal en trabajo parejo.
Este procedimiento es como el mundo viejo:
igual que la avutarda quedaréis sin pellejo.

sábado, 3 de mayo de 2014

LOS DOS PERROS Por Félix María Samaniego

Procure ser en todo lo posible,
El que ha de reprender, irreprensible.

Sultán, perro goloso y atrevido,
En su casa robó, por un descuido,
Una pierna excelente de camero.
Pinto, gran tragador, su compañero,
Le encuentra con la presa encaminado
Ojo al través, colmillo acicalado,
Fruncidas las narices y gruñendo.
“¿Qué cosa estás haciendo,
Desgraciado Sultán?” Pinto le dice;
“¿No sabes, infelice,
Que un Perro infiel, ingrato,
No merece ser Perro, sino gato?
¡Al amo, que nos fía
La custodia de casa noche y día,
Nos halaga, nos cuida y alimenta,
Le das tan buena cuenta,
Que le robas, goloso,
La pierna del camero más jugoso!
Como amigo te ruego
No la maltrates más: déjala luego.”
“Hablas, dijo Sultán, perfectamente.
Una duda me queda solamente
Para seguir al punto tu consejo:
Di, ¿te la comerás, si yo la dejo?”

sábado, 14 de septiembre de 2013

LA ARAÑA Y EL JARDINERO Por José Caicedo Rojas

En la rama de un árbol trabajaba
Una Araña su tela.
El Jardinero Atento la miraba,
Y al fin dijo con aire chocarrero
"Mucho tu industria, amiga, se desvela
Por fabricar tus redes pescadoras;
Pero tan frágil tela
Durará, me parece, pocas horas,
Que al podar esa rama vendrá abajo
La hamaca en que te meces, y perdido
Será tu vil trabajo
Y los días que en él has consumido".
-"Y dime, le responde el pobre insecto,
Este bello jardín que tú cultivas
Con arte tan perfecto,
Y este árbol, y esas casas tan altivas,
¿Por siempre han de durar? Tu misma mano
Que amaga mi existencia y que ya espera
Lanzarme el golpe insano
¿No es, como yo, también perecedera?

"Engaña al hombre su impotente orgullo 
Pensando que del tiempo en el abismo, 
De un gusano el capullo Y el bello 
Partenón no son lo mismo. 
Tuvo razón la Araña
Que todo en este mundo es telaraña."

miércoles, 26 de junio de 2013

La hormiga y su fortuna - Godofredo Daireaux

La hormiga, después de haber trabajado muchos años, con constancia y empeño sin igual, se encontró con una gran fortuna. En los primeros tiempos, a medida que iba levantándose su posición, iba también creciendo el clamor de los fieles amigos, de esos que no pudiendo jamás alcanzar el éxito, siempre ladran por detrás.
Cuando de rica se hizo poderosa, como los clamores hubieran podido acarrear peligro, se volvieron simples cuchicheos; pues, si bien hay que rebajar siempre lo que uno no puede igualar, es preciso hacerlo con prudencia. Y cuando se hubo cansado la gente de machacar sin cesar las mismas maledicencias, se le ocurrió a la lombriz exclamar una vez en una reunión:
- ¡Cuando pienso que a mí me debe la hormiga todo lo que tiene!
Los circunstantes la miraron con cierto asombro, y ella prosiguió:
- Y ¡cómo no! ¿No se acuerdan ustedes que cuando llegó aquí, pobre, sin nada, desamparada, le facilité, para que descansara, un agujero que yo misma acababa de hacer?
- Es cierto, dijeron, y pronto se acordaron todos de lo que habían hecho para la hormiga, en otros tiempos, cundiendo en la mente de cada uno la idea de que a él le debía, si no toda su fortuna, por lo menos gran parte de ella. Hasta la misma araña se alabó de haberla dejado trabajar en paz, cuando muy bien la hubiera podido prender en su tela; y no hubo mosca,. moscón o mosquito, gusano ni escarabajo, que no se atreviese a afirmar que, sin él, la hormiga todavía sería pobre.

El avaro - Esopo

Convirtiendo el avaro en oro toda su fortuna, hizo un lingote que enterró en cierto lugar, y con él enterró en realidad su corazón y su cerebro, porque todos los días iba a contemplar su tesoro. Pero sucedió que un vecino, al observarlo, adivinó que ocurría, y desenterrando el tesoro se apoderó de él. Al encontrar vacío el lugar, el avaro se puso a gemir  y a arrancarse los cabellos. Pero un individuo que lo veía lamentarse así, informado del motivo, le dijo:
- No te desesperes por eso, mi amigo; puesto que a la vez que tenías oro no disfrutabas de él, toma una piedra, ponla en el lugar en que el oro estaba, y figúrate que es el oro mismo; esta piedra llenará para ti el mismo oficio, ya que, por lo que veo, ni cuando el oro estaba ahí de verdad hacías uso de tu tesoro.

martes, 25 de junio de 2013

FÁBULA DEL FLAUTISTA, EL SABIO, EL BURRO Y ALGUIEN MÁS - Por Jorge A. Dágata

Frente a tanto hecho cultural e incultural que en nuestra ciudad (y en todo el país, podríamos decir sin temor a equivocarnos) está trasformando el arte de escribir prácticamente en un mero juego de odas y felicitaciones mutuas a lo no leído, y lo que es peor: va haciendo de la literatura una sufrida tierra de nadie que va desde las embarradas orillas del “todo vale” hasta las bajuras de “el oximorón lo es todo”; presentamos aquí una fábula dedicada a aquellos cuya escritura prescinde de toda regla, toda virtud, toda belleza y aún de toda palabra. Cualquier parecido con situaciones de escribientes vivos, muertos o muertos-vivos, es pura realidad y mala leche. N. del R.

Ezequiel amigo:

Como en estos tiempos de escasez vemos proliferar en abundancia odas de elogio y homenajes para algunos artistas de nuestra aldea, se me ha venido al recuerdo de sopetón una antigua fábula muy a propósito para la circunstancia.
Como sabrás, la memoria nunca es completa: al mismo tiempo se me ha olvidado el nombre del autor que ya quisiera homenajear, porque rebuzno que muy mucho lo merece. Pero, en fin, sea Esopo o Samaniego o como en suerte le tocara apodarse, mi flaco juicio colige que algunos detalles por él ignorados deben expresarse aquí. En eso empeñaré mi pluma en honor tuyo, no porque seas un muy buen amigo ni aún un auténtico poeta, sino por tu admirable cualidad de permitir el arranque de algunos artefactos más tercos que el burro de la fábula, habilidad que valoro en las mañanas y merecen no digo esta reseca historia sino una oda que algún día compondré lira en mano y laureles ciñendo mi frente, después que haya evaluado un librito que tengo al alcance pero no llego a tocar desde tiempo ha, por más que estiro mi contracturada voluntad.
Dice ésta, más o menos, que en los prados aledaños a una aldea de cuyo nombre quiero acordarme pero no puedo, hacía pastar sus cabras un mozuelo, mientras vagaban sus ensueños entre los pliegues de las amplias y largas faldas de una mozuela muy buscadora que lo tenía insomne y más inquieto que de costumbre, no tanto por la falda en sí, no muy distinta de las que otras arrastraban por esos pastizales, sino por lo que él imaginaba habría debajo, de lo cual aún tenía apenas una confusa idea.
Ocurrió entonces que para calmar sus ansiedades dióle por trepar a unos peñascos bastante empinados, y en eso estaba cuando entre unos arbustos descubrió una flauta o caramillo, o como se denomine el tubo con boquilla en un extremo y algunos orificios sobre los que sus dedos cayeron como pintados. Dióle también por exhalar un largo suspiro recordando a su moza, al tiempo que embocaba entre sus labios la referida boquilla. Y hete aquí que el instrumento emitió un quejido largo, muy acorde con el sentimiento que dominaba al casual ejecutante. Ni qué decir con qué asombro comprobó que moviendo los dedos sobre los ya mencionados agujeros, el sonido recorría las escalas de lo grave a lo agudo y viceversa, tal como el corazón del improvisado flautista pasaba del aburrimiento de ver pastar las cabras, a la ilusión de hallar a su moza tomando el sol o secando sus faldas extendidas en algún matorral, y viceversa también, ya que de inmediato cabras y no moza vislumbraba por doquier.
Así se entretuvo un buen rato, soplando y moviendo los dedos, y adquiriendo poco a poco cierta destreza, la suficiente como para que los sonidos coincidieran con las subidas y bajadas de su joven e inexperto corazón por los senderos interiores del sentimiento.
-¡Soy un artista!- exclamó alborozado, deduciendo que no otra cosa podía ser quien transformaba los silenciosos vaivenes del alma en sonidos capaces de competir con el silbo del viento entre los pastos y con los zorzales alimentados a cerezas que acompañaban sus melodías desde los árboles.
-¡Soy un artista!- se repitió, mientras las cabras se dispersaban por un monte cercano, para regocijo de una manada de lobos que por primera vez apreciaban debidamente la gran utilidad que las artes tienen en el mundo, sobre todo si de música se trata.
Como suele acontecer en los cuentos o fábulas, acertó a pasar por allí un carruaje y asomó por la ventanilla una cabeza un tanto grotesca, de pelo enmarañado y mirada agresiva, que no era por supuesto una princesa, un hada ni siquiera una mozuela faldonuda, sino más bien una imagen de ogro tempestuoso. Las ruedas se clavaron al tiempo que el pastor dejaba de soplar y comenzaba a pensar en qué habría sido de sus cabras, ya que sólo veía pasar lobos relamiéndose.
Del carruaje bajó un individuo rechoncho, vestido de arrugado frac, que presuroso se encasquetó una galera abollada, empuñó un bastón e insertó en su oreja un cono largo que orientó hacia el pastor.
-¡Toca, toca!- le ordenó, como si fuera un soberano rey dirigiéndose a su bufón.
El mozo, amedrentado, volvió a soplar y  a mover los dedos, pero como ya su sentimiento se había esfumado con la distracción del carruaje y el ogro, sólo consiguió emitir sonidos dispersos, que aunque bien representaban su confusión del momento, lejos estaban de enorgullecerlo lo suficiente como para seguir considerándose un artista.
El del carruaje arrojó su galera al suelo y la aplastó a bastonazos y pisotones, se quitó el cuerno de la oreja y expresó algunas frases muy inconvenientes para que puedan ser reproducidas en un relato decente y fiel como éste pretende aparentar.
El pastor, que nada comprendía de lo que estaba sucediendo, sólo oyó entre imprecaciones y golpes secos de bastón sobre galera:
-¡Espantoso! ¡Horrible! ¡Bah, bah! No tiene tono. Has pifiado la mitad de las notas y tu melodía es más pobre que la de un zapatero claveteando suelas viejas. ¡Qué se te ha dado por la música, voto al infame corso y sus cañonazos sobre Viena! ¿Qué crees que llegarás a componer con esa digitación de cuadripléjico y esos pulmones de asmático? ¡Sólo faltaría que seas un sordo inútil! ¡Si ya no hubiera terminado mi octava sinfonía, incluiría en ella tus desatinos armónicos para que fueras el hazmerreír en los salones del archiduque Rodolfo! ¿Qué esperas para escuchar mi sexta y saber con qué música deben danzar los pastores como tú? ¿Crees acaso, so tonto, que merecerás que un Grillparzer  escriba un poema para tu funeral? ¡Voto al demonio corso ahora emperador! ¡Cochero! ¿Qué esperamos para continuar nuestro camino? Ya casi se me olvida el final que tengo pensado para mi novena, con tanto chillido de mal caramillo perturbando al coro.
El carruaje lo dejó envuelto en una nube de polvo y el pastor, con los labios resecos, volvió a suspirar por la boquilla, esta vez en un lánguido e interminable adagio que le inspiraba el recuerdo de sus cabras perdidas y cierto regusto a vacío que le subía desde las tripas.
El renovado ensueño de las faldas de su moza le encendió media sonrisa y sopló entonces un poco triste por las cabras, en tempo lento digerible, y otro poco reanimado por la ilusión de encontrar a quien sabía que lo buscaba, en tempo presto cuasi frenético.
-No hay duda - se dio ánimo- que soy un artista. ¿Qué puede saber ese petizo patizambo, por más que diga que ha compuesto ocho sinfonías? El Kapellmaister de mi aldea ya lleva más de trescientas y aunque nunca se hayan ejecutado, porque no hay orquesta digna de hacerlo, él dice que maneja mejor la armonía y el contrapunto que un tal Bache o Baj o como se llame, y supera en número al otro, al tal Haidín, que se las daban ellos de grandes músicos, como éste que acaba de distraerme.
-¡Qué! - gritaba a la nube de polvo que se alejaba por el camino-. ¡Cuando mi moza me escuche sabrás, viejo galerudo y estúpido, lo que puede un verdadero artista como yo! ¡Al diablo tus claves y corcheas, tu coro y tu corso cañonero, que ni sé quién pueda ser! ¡Yo soy un artista! ¡Ay! ¡Sólo me falta saber qué hay debajo de esas faldas, para que mi arte se complete y mi espíritu se consume! ¡Ay! ¡Ay! y la flauta acompañaba sus quejidos, mientras sus pasos le marcaban el compás, rumbo a la aldea.
Ocurrió también, como en cuentos y fábulas suele darse por muy natural, que coincidiera con su andar un burro ya inservible para el trabajo al que enviaban al matadero, aunque él creía de buena fe que lo esperaba el tierno pienso de su establo. Al oír la flauta paró las orejas, muy atento, y emitió un largo rebuzno de aprobación, que resonó casi casi como una sentida oda de elogio en los oídos del pastor.
-¿No es verdad - quiso éste confirmar- que soy un gran artista?
El burro afirmó una y otra vez con la cabeza, ya que desde tiempo atrás no hablaba, por considerar el uso del lenguaje un banal ejercicio demandatorio de reglas y diccionarios, nada útil para el bien vivir y prosperar.
El pastor se sintió regocijado, en la plenitud de su arte, al haber conseguido sin proponérselo un público adicto que lo admiraba, aunque de momento se tratara de un burro único, mudo e inservible, en camino al matadero.
Pero poco duró su alegría, se deduce de la versión original, sea de Esopo, Samaniego o quien fuera, que no era nada tonto el mozuelo, condición que demostró de las siguientes tres maneras:
Una, que no volvió a tocar la flauta, a la que sabiamente adjudicó ser la causante de sus exaltaciones y caídas.
Dos, que ni bien llegó a la aldea, sintiéndose algo deprimido, y como para esa época no se había inventado aún el psicoanálisis, se fue derecho a la taberna, empeñó la flauta o caramillo o como se llame, y en un par de horas salió de lo más alegre, satisfecho de poder eructar por las calles como bien correspondía a su nativo status de pastor, actitud que en un músico se hubiera considerado una grosera disonancia.
Y tres, que al día siguiente, ya aventada la resaca de su antidepresivo tabernario, sin música como el sordo insolente del carruaje, sin palabras como el burro adulador, sin cabras como él mismo, pero con gestos muy claros, dio a entender sus intenciones a la mozuela de sus desvelos y juntos pasaron una tarde espléndida, libres de cabrunas lobunarias y polleras ocultatorias.
El innombrado fabulista concluye, al estilo del género, que en algún momento el pastor se convenció de que debía renunciar a sus veleidades de artista, no tanto porque un sabio músico lo criticara, sino más convencido por los elogios de un burro, y le hace pronunciar una frase que a mí me parece de excesivo formalismo en su boca, pero que dice algo así:
-Si el sabio me cuestiona, mal; pero si el burro me elogia, peor.
Tengo para mí que es ésta la moraleja justificatoria del cuento y nada más. Sospecho que de cara al cielo aldeano, satisfechas las mutuas y apremiantes necesidades de conocimiento de aquello de lo que aún no estaban anoticiados por los pedagogos de la época, pastor y mozuela habrán reído juntos a rabiar, testimoniando que en el buen humor hay un arte que no puede menos que ser grato a la mirada comprensiva de Dios.

Afectuosamente:
Jorge A. Dágata (remasterizador de la fábula) 

lunes, 24 de junio de 2013

Leonardo Da Vinci, (1452 - 1519)

Esta página está dedicada a Leonardo Da Vinci, (1452 - 1519) pintor y hombre de ciencia italiano. Uno de los artistas de más vasta erudición que hayan existido. Entre sus oficios están: pintor, escultor, músico, matemático, naturalista, mecánico y arquitecto. Generalmente es bien conocido por el retrato de “La Gioconda” y “La Ultima Cena” ( y mala y pésimamente por el libro-película especulativo “El código Da Vinci”). También abordó la escritura; en ella, Leonardo no es ciertamente lo que suele llamarse un autor fácil. En todo caso, hay que reconocer que no es un autor fácil de traducir. 
Sin contar las formas y giros dialectales que dan sabor a su prosa pero oscurecen a veces el sentido y su olímpico desprecio por la gramática y la retórica, la originalidad de muchas de sus geniales ideas alterna -hay que confesarlo- con la copia casi literal de pensamientos ajenos y con pensamientos propios de escasísimo valor. 



Aforismos

- Los ambiciosos que no se contentan con el beneficio de la vida y la belleza del mundo, tienen por castigo el no comprender la vida y el quedar insensibles a la utilidad y belleza del universo.

- Demetrio solía decir que no hay diferencia entre las palabras y la voz de los tontos ignorantes y los ruidos del vientre que provienen del exceso de gases.

- Cuando la obra satisface al juicio, es una triste señal para el juicio; cuando la obra supera al juicio, éste es pésimo, como ocurre cuando alguien se maravilla de su trabajo; pero cuando el juicio supera a la obra, he ahí un signo perfecto; y si un joven se halla en tal disposición, llegará sin duda a ser un excelente artista, aunque sólocompondrá pocas obras, pero llenas de cualidades que detendrán a los hombres para admirar sus perfecciones.

- Quien discute alegando la autoridad, no aplica el ingenio, sino más bien la memoria.

- Comer con desgana convierte el alimento en repulsivo manjar. Así, el estudio sin voluntad malogra la memoria, que no retiene entonces nada de lo que toma.

- Una ciencia es tanto más útil cuanto más universalmente pueden comprenderse sus producciones; y, al contrario, lo serán menos en la medida en que éstas sean menos comunicables.


- Nuestra mente abandonada a sí misma nos engaña.- No hay cosa que nos engañe más que nuestro juicio.


Fábulas 

La piedra

Una piedra de buen tamaño, cubierta por el agua hasta hacía poco, se mostraba sobre un lugar elevado, en el límite de un bosquecillo deleitoso y junto a un áspero camino. Rodeábanla hierbas y
diversas flores de bellos colores, pero al ver las muchas piedras que debajo de ella estaban desparramadas en el camino, entróle el deseo de dejarse caer sobre ellas, diciéndose a sí misma:
-¿Qué hago yo aquí con estas hierbas? Es en compañía de estas hermanas mías donde deseo instalarme.
Y, dejándose caer en efecto, fue a terminar en medio de ellas su caprichosa trayectoria. Pasado algún tiempo, las ruedas de los carros, los pies de los viandantes, las patas herradas de los caballos, empezaron a darle continuo trabajo, y revolcada en el fango y pisoteada, cubierta de estiércol, dirigía vanamente su mirada hacia el lugar de solitaria y tranquila paz que había abandonado.
Así acontece a los que, alejándose de la vida solitaria y contemplativa, vienen a vivir en las ciudades y entre gentes llenas de infinitos vicios.

El ligustro y el mirlo

El ligustro sentía en sus delgadas ramas, cargadas de frutos nuevos, las heridas que le causaba con sus garras y su pico un importuno mirlo; y lo acusaba con dolientes quejas, pidiéndole que, ya que le robaba sus delicados frutos, le dejase al menos las hojas que lo defendían del quemante sol, y no lo descortezase, desnudándolo con sus agudas uñas, de su tierna piel. A ello contestó el mirlo con grosera aspereza:
-¡Calla, vil arbusto! ¿Ignoras que la naturaleza te manda estos frutos para mi nutrimiento? ¿No sabes que si estás en el mundo es para alimentarme? ¿No prevés, villano, que en el próximo invierno harán fuego con tu leña?
Palabras todas éstas que fueron pacientemente escuchadas por la planta, aunque no sin lágrimas. Poco tiempo después, el mirlo fue cogido en una red y los cazadores cortaron algunas ramas para construir una jaula donde encarcelarlo, siendo casualmente elegidas para formar el enrejado de la jaula algunas flexibles varas del ligustro. Cuando éstas observaron que eran causa de la pérdida de libertad del mirlo, festejaron el caso, dirigiéndole estas palabras:
-¡Oh mirlo! ¡Aquí estamos, no consumidas aún por el fuego, a pesar de tus pronósticos: te vemos a ti preso antes que tú nos veas quemadas!

El perro y la pulga

Un perro dormía sobre la piel de un cordero capón, cuando una de sus pulgas, sintiendo el olor de lana grasienta, juzgó que allí encontraría mejor vida y más abrigo de los dientes y las uñas del perro de cuya sangre se nutría; y sin pensarlo más abandonó al perro y se introdujo en la espesa lana. Quiso, primero, con sumo trabajo, llegar hasta las raíces de los pelos; pero, tras mucho
sudar, vio lo inútil de su empresa, porque estos pelos estaban tan apretados que casi se tocaban, y no había sitio entre ellos para atacar la piel. Después de mucho trabajo y fatiga, resolvió finalmente volver a su perro, y como éste se había ido entretanto, la pulga, quejosa y arrepentida, acabó por morirse de hambre.

El ratón, la comadreja y el gato

Estando el ratón asediado en su pequeño albergue por una comadreja que esperaba, vigilante, el momento de matarlo, veía, a través de una estrecha rendija, a su peligroso enemigo. Entretanto, llegó el gato, cogió a la comadreja y la devoró enseguida. El ratón entonces, después de sacrificar unas cuantas nueces a Júpiter, le dio las gracias efusivamente, pero habiendo salido de su cueva para gozar de la libertad que había perdido, las feroces uñas y los dientes del gato le privaron luego no sólo de la libertad, sino también de la vida.

La araña y el racimo de uvas

Una araña, habiendo hallado un racimo de uvas, que por ser muy dulce eran visitadas por muchas abejas y diversas clases de moscas, creyó ser éste un sitio muy a propósito para sus emboscadas. Bajó, pues, a lo largo de su hilo sutil, hasta su nuevo puesto; y allí, por entre los intersticios de los granos de los racimos, asaltaba como un ladrón a los pobres animales, que no sospechaban su presencia. Pero pasados pocos días, los vendimiadores arrancaron el racimo y, junto con otros y con la misma araña, lo majaron. Y así el racimo fue lazo y engaño de la engañadora araña, como de las engañadas moscas.


El halcón y el pato

El halcón, no pudiendo soportar con paciencia que el pato huyese de él, escondiéndose bajo el agua, quiso, imitándolo, perseguirlo también bajo el agua; pero humedecidas sus plumas, no pudo remontar el vuelo y pereció ahogado, mientras el pato, remontándose en el aire, se burlaba de él.

La ostra y el cangrejo

En la época del plenilunio, la ostra se abre cuanto puede; el cangrejo, introduciéndose entonces un guijarro o una astilla, que le impide cerrarse, la devora. Tal ocurre a quien abre la boca y dice su secreto para provecho del malintencionado auditorio.


Chistes

De un fraile y un mercader.

Los hermanos mínimos acostumbraban observar la cuaresma en sus conventos absteniéndose de comer carne; pero cuando van de viaje, como viven de limosnas, les está permitido alimentarse de todo lo que les ofrecen. Entrando pues, en una posada dos de esos religiosos, en compañía de cierto mercachifle, se sentaron los tres a la misma mesa. Les sirvieron, como único manjar, un pollo hervido, que otra cosa no había disponible en la mísera posada. Viendo el mercader que este único plato apenas bastaba para él solo, se volvió a los religiosos y les dijo:
-Si mal no recuerdo, vosotros no coméis en vuestros conventos y en días como éstos, ninguna clase de carne.
A estas palabras los religiosos, de acuerdo con su regla, hubieron de contestar sin ambages, que tal era la verdad, con lo que el mercachifle, muy satisfecho, se comió el pollo; y los hermanos tuvieron que conformarse como pudieron.
Partieron luego en compañía y sucedió que después de andar un trecho, llegaron a un río de bastante anchura y profundidad. Como los tres iban a pie -los hermanos por pobreza, y el otro por avaricia- fue necesario para comodidad de la compañía, que uno de los frailes se descalzara y cargara sobre sus hombros al mercachifle, y así lo hizo, dándole a guardar sus zuecos entre tanto.
Cuando el fraile se encontró en la mitad del río, le vino a la memoria una de las reglas de su orden, y este nuevo San Cristóbal, alzando la cabeza, preguntó al hombre que cargaba:
-Dime, antes de seguir adelante, ¿llevas contigo algún dinero?
-Sin duda -contestó el otro-; ¿puedes pensar, acaso, que un mercader como yo emprenda viaje en otras condiciones?
- ¡Cuánto lo siento! -exclamó el fraile-; nuestra regla nos prohíbe llevar dinero encima.
Y sin más, lo arrojó al agua. Comprendió entonces el mercader que ésta era la alegre venganza de su mal proceder, y sonriendo pacíficamente, con rubor y vergüenza la soportó.

Respuesta de un pintor

Preguntaban a un pintor por qué, mientras sus figuras -cosas muertas, al fin- eran tan bellas, sus hijos eran, al contrario, tan feos.
-Es -contestó el pintor- porque mis pinturas las hago de día y mis hijos de noche.

A un amigo maldiciente

Cierto sujeto dejó de tratar con un amigo suyo porque lo oía con frecuencia hablar mal de sus propios amigos. Dolido éste de ver al otro olvidarse de la gran amistad que los uniera, y habiéndole preguntado cuál era la causa de su nueva actitud, respondió aquél:
- He resuelto romper mis relaciones contigo, porque no quiero que, cuando hables mal de mí, que tanto te estimo, dejes una triste impresión en los que te escuchen. Mientras que, no viéndonos ya juntos, supondrán que nos hemos vuelto enemigos, y así cuando murmures de mí, según tu costumbre, no te reprobarán como lo harían si continuaran creyéndonos amigos.