miércoles, 19 de junio de 2013

El cicutal Por Jerónimo del rey

Don Agapito Puentes vio una plantita de Cicuta al lado de su maizal, y díjole:
-No te doy un azadonazo porque tenés florecitas blancas... y por no ir a traer la azada.
Otro día vio un Cardo y no lo cortó, porque tenía una flor azul, y para que comiesen las semillas las Cabecitas Negras. Medio poeta el viejo, cariñoso con las flores y los pájaros. Por un cardo y una cicuta no se va a hundir la tierra.
Pasaron los dos meses en que el pobre estuvo en cama con reuma, y cuando se levantó se arrancaba los pelos; había un cicutal tupido hasta la puerta de su rancho todo salpicado de cardos, de no arrancarse ni con arado; y su maíz, tan lindo y pujante, había desaparecido casi. Entonces sí que había florecitas blancas.
-¡Hay que desarraigar el mal aunque sea lindo, y cuanto más lindo sea, más pronto hay que dar la azadonada! -dijo el viejo-. Velay, a mi edad, ya debía haberlo sabido.

Extraído del libro “En marcha” de Cabrejas  Stagnaro, edición 1957

La gruta del oro Leyenda pampa Extraída del libro “Flores y espigas” de Leonor M. Lorda Perellón año 1958

A las sierras de Tandil acaba de llegar un extranjero con cuatro llamas cargadas y varios criados. Los pobladores del lugar suponen que viene del lugar donde abundan el oro y la plata, de la región diaguita. Se saludan diciendo “Marimari” (buen día).
Puelman (hombre de suerte) que así se llama el recién llegado, se siente muy feliz con el recibimiento que se le hiciera y con las muestras de simpatía recibidas, y decide pasar allí el resto de sus días.
Deseó poseer extensiones de tierra en ese lugar y, a cambio de ellas, entregó a los naturales parte del tesoro con que llegaban cargadas sus llamas. Al poco tiempo, por la región y sus alrededores se corrió la voz de que un hombre magnífico se había instalado entre los pampas.
Al poco tiempo llegó otro extranjero que los habitantes del lugar detestaron por ser de carácter despótico y autoritario, al que llamaron Manque (Buitre)
Los nativos se convencieron de que Manque conocía la existencia del tesoro de Puelman y había decidido apoderarse de él. Por eso se había instalado en la región. Los pampas pidieron ayuda a Puelman para expulsarlo. Éste les prometió hacer cuanto pudiera para lograrlo.
Pendenciero y déspota, Manque provocó a Puelman trabándose en pelea, Después de una lucha tremenda, Manque cayó herido, pero tuvo energías para gritar “¡Crees que me han vencido! ¡Si supieran quién soy yo, no te atreverías a desafiarme!”
Temeroso de que sus tesoros le sean arrebatados por el codicioso Manque, Puelman decide esconderlos en las tierras, en un lugar sólo conocido por él, y esa noche pone en práctica su idea sin suponer que Manque, desde detrás de unas plantas, observa sus idas y venidas, enterándose del lugar elegido para ocultar el tesoro.
Esa misma noche, Manque corrió a la sierra donde estaba oculto el tesoro y no pudiéndose apoderar de él, decidió hacerlo desaparecer. Invocó a Alhué (el diablo) y golpeando la peña con sus manos huesosas, mientras que sus ojos despedían enceguecedores haces de luz, consiguió que un hilo de agua, que parecía oro líquido, brotara de la piedra. Era el tesoro de Puelman que él había trasformado . Cumplido su deseo, abandonó la región que desde entonces se conoce con el nombre de “La gruta del oro”
“La gruta del oro” es una cavidad de gran tamaño que existe en las sierras de Tandil, cerca del morro conocido con el nombre de “El sombrerito”. Del techo caen gotas de agua que, al acumularse en el suelo forman un charco que al contacto con la luz, tiene reflejos dorados. De ahí su nombre y su leyenda.

El significado de la palabra “Tandil” por Jorge A. Dágata

En la historia regional hay nombres que encierran enigmas no del todo dilucidados o cuyo significado no siempre ha tenido una difusión adecuada entre nuestras poblaciones. Es el caso de Tandil, el sistema de sierras a que pertenecen las del partido de Balcarce, el propio distrito vecino y su ciudad cabecera, una de las más importantes del país. El objeto de este artículo es aportar a esa difusión dos fuentes valiosas de conocimiento, que el hurgar por bibliotecas y mesas de libros han dejado en nuestras manos y creemos útil multiplicar desde esta página. El lector curioso, que alguna vez se preguntó por qué tienen el nombre que llevan los lugares donde desarrolla su vida, puede encontrar aquí unas respuestas y aún aportar la suya, si la tiene y entiende el valor de compartirla.
Una de esas fuentes es el libro  “Toponimia indígena bonaerense”, de Eliseo A. Tello,  que puede consultarse en la  Biblioteca Pública de la Escuela Nº 1 “Domingo Faustino Sarmiento” de Balcarce. un ejemplar de los apenas mil que se imprimieron en Lobos, en 1946, firmado por el autor.
Tello despliega interesantes consideraciones sobre el tema de los nombres en general y cita las ponencias aprobadas por el VII Congreso Internacional de Geografía, celebrado en l904:

LOS NOMBRES INDÍGENAS

PRIMERA: Los nombres indígenas deben ser conservados, y aún debieran ser buscados cuidadosamente.
SEGUNDA: Donde no existan nombres indígenas o no puedan ser determinados con seguridad, deberán usarse, hasta más amplia información, los dados por el primer explorador.
Al referirse específicamente al caso de Tandil, menciona dos versiones araucanas.
 La primera, dice: than, “cae”, “caer”, “caído”, y lil, “peña”, “peñasco”. Peña al Caer sería esta interpretación, que se habría originado en la famosa Piedra Movediza.
La otra, dice: thav lil. Thav, apócope de thavthevn, que significa “latir como el pulso”, “palpitar”.
Peña que late como el pulso, o peña que palpita, era la denominación que tan apropiadamente los indígenas habían puesto a la mole que por su forma y movimiento parecía un enorme corazón de piedra palpitante.
Tomás Falkner aporta, refiriéndose al sistema orográfico: “La parte del medio se llama Tandil y deriva su nombre de un cerro que se levanta a mayor altura de los demás” (en “Viaje a país de los araucanos”, del misionero inglés).  Cabe apuntar, para mayor claridad de nuestros lectores, que en la época en que Falkner escribe su informe, en esta región se encontraba avanzado el proceso de araucanización de la pampa, con migraciones desde la cordillera y predominio del araucano como lengua que desplazaba a la de los primitivos pampas. Hablamos de mediados del siglo XVIII.
La interpretación de Tello es válida para los accidentes geográficos que derivan del nombre de la sierra, como es el caso de Tandil Leufú, el curso de agua que allí tiene su origen, ya que leufú o leuvú significa arroyo.

OTRO ESTUDIO RELEVANTE

La segunda fuente a que hacíamos referencia al comienzo es una publicación de Daniel E. Pérez, en la Revista de la Universidad Nacional del Centro de la Pcia. de Buenos Aires, “En torno al significado del topónimo Tandil”, de 1978. Fue un hallazgo en una de esas mesas de libros que ofrece cada tanto el Vagón Cultural, anclado en la avenida Eva Perón y las vías, al que sus esforzados impulsores poco a poco están poniendo en movimiento.
El autor menciona las primeras exploraciones del hombre blanco en la zona, comenzando por la conocida de Juan de Garay, que en su viaje de 1581 no dejó ninguna referencia sobre el tema, aunque avistó las estribaciones finales del sistema de Tandilia penetrando sobre el Atlántico en las costas marplatenses.
Posteriormente, fue el padre Silvestre Antonio de Roxas, ya en 1700, quien cruzó esta zona y quien primero dio a conocer el nombre de Tandil en su informe al rey, de 1707 (la fuente es la “Colección de Obras y Documentos” realizada por Pedro de Angelis, publicada en 1969).
Otros exploradores citan el toponímico pero no aportan a su significado, o lo hacen de manera poco confiable. Es el caso de un grupo de hombres provenientes de Córdoba, encabezado por Antonio Garay, que incursionó hacia la región para recoger animales y fueron asesinados casi todos por los lugareños.  O la expedición de Juan de San Martín, en 1739, la de Cristóbal Cabral, 1741-42, que mencionan Tandil. El caso de Falkner, ya citado, y el de José Sánchez Labrador, quien aporta que el renombrado cacique Piñacol sentó sus reales en un sitio que se le decía Tandil, por “un cerro de este nombre”, pero tampoco ahonda en el significado.
Charles Darwin anglicanizó el vocablo y escribió “Tandeel” y el salesiano Domingo Milanesio, derivó Tandil de thanun, temblar, ondular, y de lil, peñasco.

MÁS CONTRIBUCIONES

Martiniano Leguizamón se inclinó personalmente por “peñasco caído”, de thann, caído, y lil, peñasco (en “Hombres y cosas que pasaron”, 1929).
Álvaro Yunque señaló que Tandil es una adaptación de thavlil, de thav, caer, y lil, peña (“Calfucurá. La conquista de las pampas”, 1956; se puede leer este hermoso libro en la Biblioteca de la Escuela Nº 1).
Más cercano a nuestros días, el eminente tehuelchista Rodolfo Casamiquela sugirió que por deformación, Tandil podría provenir de la expresión traná-traná, apocopada, que indicaba el movimiento mandibular, y lil, peñasco. Según este autor, aunque se aviene a la alusión clara a la piedra movediza, Tandil podría no tener origen mapuche (conferencia en la Universidad de Tandil, el 28 de julio de 1975).
El indigenista Cuadrado Hernández introdujo una importante variante, al afirmar que la etimología de Tandil es de origen guaraní: de la raíz itá, piedra, y ndí, abundancia, de lo que deduce pedregal o roquedal, coincidente con la mapuche traun-lil, pero sin relación con la Piedra Movediza (“Tandil, hito guaraní en pleno corazón de Buenos Aires”, puede leerse en los archivos de “El eco de Tandil”, en el ejemplar del 28 de marzo de 1963, página 6).

UNA CONCLUSIÓN ABIERTA

Daniel E. Pérez, el autor del trabajo de la Universidad del Centro, da razones que permiten descartar estas dos últimas interpretaciones sobre el origen del nombre, por no hallarse pruebas fehacientes de poblaciones de esos orígenes que hayan habitado o permanecido en estas serranías; aunque algunas excursiones puedan haberse efectuado para comerciar, no implica que hayan sido ellos quienes bautizaron un lugar que desde siglos habitaban indios pampas.
 Y concluye:
“Sintetizando, creo que peñascos o rocas caídas, derrumbadas; peñasco al caer (por Piedra Movediza); lugar de roca para la reunión (corrales protectores o para rituales), y peñasco o roca donde pace el ganado, son los significados divergentes- en torno a los cuales el topónimo Tandil halle tal vez algún día su correcta interpretación”.
Para terminar, y apelando no ya al conocimiento racional de lo nuestro, sino a otro más profundo, vale citar que Eliseo A. Tello escribió en la dedicatoria del libro a que hicimos referencia: “A mis padres, que me enseñaron a querer a mi patria argentina”, e incluyó esta estrofa del Martín Fierro:

Y el que me quiera enmendar
mucho tiene que saber;
tiene mucho que aprender
el que me sepa escuchar;
tiene mucho que rumiar
el que me quiera entender.

ESTA PÁGINA VA DE FÁBULA...

Para la introducción a esta página, hemos seleccionado un párrafo de Antonio Salgado Herrera que dice: “La impecable magia de la fábula suele cincelar de un modo formidable y eficaz el espíritu infantil, debido a su alta carga docente y a su consecuente divertimento expresivo, al  grado de convertirse en el innegable jardín de la literatura universal. La fábula cumple maravillosamente en el terreno profano lo que la Biblia en su atmósfera religiosa con la soberbia enseñanza de las parábolas. La fábula se ha ganado por méritos propios el derecho a ser considerada la soberana de las irrealidades, la reina de las entelequias y la emperatriz de las ficciones. Ha conservado su vigencia contra el viento y la marea de las épocas, a pesar de que cada día el literato se preocupa menos por ella. Como arte mayor que es, debe presentar, no obstante, tres características: la sencillez expositiva, forma poética de feliz consonancia y el fondo mágico de su consejo alegórico”.

El envidioso
por Juan Hartzenbusch

Magnífico manzano
en el corral de un clérigo crecía.
Un vecino, de envidia se moría
viéndole tan fecundo y tan lozano:
él ni manzano ni corral tenía.
Y ya que de otro modo no supo
desfogar su encono fiero,
arrojaba al frutal desde un granero
el desperdicio de su casa todo,
haciendo del corral estercolero.
Bien ensució el ramaje;
mas la lluvia a su tiempo le limpiaba,
la tierra con la broza se abonaba,
y el resultado fue del ruin ultraje
que más fruto y mejor el árbol daba.

Más útil que nociva es
la gente mordaz que tanto abunda,
pues hace con su rabia furibunda
que el íntegro varón más cauto viva,

y más pronto a sus émulos confunda.


El rico erudito
Por Tomás de Iriarte

Hubo un rico en Madrid (y aun dicen que era más necio que rico),
cuya casa magnífica adornaban muebles exquisitos
-¡Lástima que en vivienda tan preciosa, -le dijo un amigo-,
falte una librería!. Bello adorno, útil y preciso.
-Cierto, -responde el otro-. ¡Que esa idea no me haya ocurrido!...
A tiempo estamos. El salón del Norte a este fin destino.
Que venga el ebanista y haga estantes capaces, pulidos,
a toda costa. Luego trataremos de comprar los libros.
Ya tenernos estantes. Pues, ahora», el buen hombre dijo:
-¡Echarme yo a buscar doce mil tomos! ¡No es mal ejercicio!
Perderé la chaveta, saldrán caros, y es obra de un siglo...
Pero ¿no era mejor ponerlos todos de cartón fingidos?
Ya se ve: ¿por qué no?
Para estos casos tengo yo un pintorcillo
que escriba buenos rótulos e imite pasta y pergamino.
Manos a la labor.
Libros curiosos modernos y antiguos mandó pintar,
y a más de los impresos, varios manuscritos.
El bendito señor repasó tanto sus tomos postizos
que, aprendiendo los rótulos de muchos, se creyó erudito.

Pues ¿qué más quieren los que sólo estudian títulos de libros,
si con fingirlos de cartón pintado, les sirven lo mismo?


El santero
por Juan Hartzenbusch

A cierta romería,
sobre una dócil mula caballero,
iba en Andalucía
un pícaro santero,
que de cada espolazo
al animal sacábale un pedazo,
y mientras, cariñoso le decía:
Corra, que su cachaza me atribula;
corra por caridad, hermana mula.

Faz de paloma, corazón de arpía,
palabras de ángel y obras de demonio:
tal es, sin levantarle testimonio,
la pérfida, la vil hipocresía.


El pastor y el barbero
(De Sebastián Villaviciosa)

Perdonándole el dinero
la barba le hacía a un pastor
con  la navaja peor
desazonando, un barbero.
Roma la navaja estaba;
mellas además tenía,
y así el pelo no partía,
pero el rostro desollaba.
Sufría sin respirar
el pastor la carda horrenda,
cuando fuera de la tienda
un pedro empezó a ladrar.
Era que el amo cruel
a latigazos le hundía;
Nuestro barbero decía:
-¿Qué harán con el perro aquel?
-Si no lo acertáis, yo sí,
(repuso el pastor bufando)
le están sin duda afeitando
de limosna como a mí.

Barbero descomunal,
compasión del pobre ten: 
si hacéis al prójimo bien,
no se lo amargues con mal.


El diamante y el cristal
por Juan Hartzenbusch

Cierto lapidario
perdió en un camino
un diamante tosco
y un cristal pulido.
A su camarada
el diamante dijo:
Yo salir espero
pronto de este sitio.
Piedra soy al cabo
de valor crecido:
quien me encuentre,
llena de oro su bolsillo.
El cristal picado
respondióle: Amigo,
mucho es lo que vales;
pero no te envidio.
Tú y un vil guijarro
parecéis lo mismo:
¿Quién, pues, ha de verte,
si te falta el brillo?
Unos pasajeros
acercarse miro:
vamos a ver de ambos
quién es preferido.
El cristal lanzaba
resplandores vivos,
y esto a los viajantes
reparar les hizo.
Bájanse a cogerle,
le alzan con cariño,
y entre tanto pisan
al diamante rico.
Y sin ser de nadie
desde entonces visto,
se quedó en el polvo
para siempre hundido.
 
Méritos ahora
húndese de fijo,
si les falta un poco
de charlatanismo.


La visión y el libro
por Juan Hartzenbusch

A cierto pecador impenitente,
de los que tienen conocidamente
ya en la conciencia callo,
todas las noches al cantar el gallo,
una horrible visión se aparecía.
De nada al visitado le servía
valerse de conjuros y oraciones:
muy quieta la visión impía
dos horitas con él se divertía,
sus ojazos clavándole saltones:
¡Huy! El Señor nos libre de visiones.

Una noche de invierno
en que rabiaba el hombre de furioso
con aquel pasmarote sempiterno,
va y coge una novela,
fresquita producción de autor famoso,
perteneciente a la infernal escuela
patrona del delito,
y pónese a leer a voz en grito.
Hervía el indecente novelucho
en pasos y personas discordantes.
Allí escenas de crápula y garito;
allí era ver sayones y danzantes,
hijas de emperador, disciplinantes
con máscara y hachón y capirucho,
brujas que revolaban sobre escobas,
sangre desperdiciada por arrobas
en duelos, en patíbulo y tortura,
canto de gori gori, sepultura,
y al terminar la deleitable historia,
infierno y limbo, purgatorio y gloria.
Al oír lo bestial de cierto chasco,
principió la visión haciendo gestos.
Llegaron dos pasajes nada honestos,
y a la pobre visión le dieron asco.
Bufando a cada instante,
sufrió la relación una hora justa;
pero después se le apuró el aguante,
y dando un revolcón, tomó el portante.
-Esta clase de libros no le gusta
(dijo con alborozo el visitado):
pues bien: ya tengo el exorcismo hallado.

A la otra noche, la visión en casa.
El hombre, ¡zas!, comienza la lectura;
y la visita incómoda le dura
sólo media hora escasa.
Lo que es a la tercera
no dejó el fantasma ni siquiera
acabar dos hojas; huyó diciendo:
No temas que mi vuelta se repita;
mas ya que te irritaba la visita,
sábete que un suplicio más tremendo
te ha de venir, bebiendo
la moral de tu hermosa novelita.

Escritos hay en cantidad no corta,
que ni el mismo demonio los soporta.


El ruiseñor y la calandria
por Juan Hartzenbusch

Poeta campanudo, que te pierdes
allá por las fantásticas alturas,
sin que en tu vuelo rápido te acuerdes
de que al pobre lector dejas a oscuras,
a ti con las palabras me dirijo
que el ruiseñor a la calandria dijo:
¿Por qué tan a las nubes te levantas?
¿Quieres que no se entienda lo que cantas?


Los polvos de la madre Celestina
por Juan Hartzenbusch

Señor maestro, (preguntó Raimundo)
los polvos de la madre Celestina,
que todo lo alcanzaban en el mundo,
¿se sabe o se imagina
de qué pudieran ser? -Cuatro ingredientes,
(díjole el preceptor) omnipotentes,
entraban en la mágica mixtura:
oro, saber, esfuerzo y hermosura.
Hoy, lo que tantas maravillas obra
es el oro no más; el resto sobra.

Por gracia, no de Dios, reina el dinero,
soberano señor del mundo entero.

La fuente mansa
por Juan Hartzenbusch

Mira esa fuente plácida, Florencio,
que fluye sin rumor, y baña el prado.
Con su ejemplo enseñado,
haz al prójimo bien, y hazlo en silencio.

El pájaro y el niño
por Juan Hartzenbusch

Un pajarillo
dieron a Blas
niño travieso,
buen perillán.
Átale un hilo,
le echa a volar,
y el prisionero
quieto se está.
Blas se decía:
-Torpe animal,
goza el permiso
que hoy se te da.
Largo de sobra
es el torzal:
vuelos muy altos
puedes echar.
-No (dice el ave),
que en realidad
ese bien luego
tórnase mal.
Tú de la pata
me tirarás,
siempre que el vuelo
quiera yo alzar.

No hay servidumbre
que aflija más
que una con visos


Esopo y el borrico
por Juan Hartzenbusch

Al buen Esopo díjole un borrico:
Por quien soy te suplico,
si en algún cuentecillo me introduces,
que pongas, como debes, en mi labio
singular discreción, lenguaje sabio.
Esopo respondió: Yo bien podría
fingirte bestia de talento y luces;
pero al ver el solemne desatino
todo el mundo a una voz nos llamaría,
el filósofo a ti, y a mí el pollino.

Es alabar a un necio
locura digna de común desprecio.






Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj - Por Julio Cortázar

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Axolotl - Por Julio Cortázar

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.
El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L'Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.
En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.
No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.
Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.
Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.
Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?
Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.
Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.
Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.
Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

Haga como si estuviera en casa... - Por Julio Cortázar

     Una esperanza se hizo una casa y le puso una baldosa que decía: "Bienvenidos los que llegan a este hogar". Un fama se hizo una casa y no le puso mayormente baldosas. Un cronopio se hizo una casa y siguiendo la costumbre puso en el porche diversas baldosas que compró o hizo fabricar. Las baldosas estaban colocadas de manera que se las pudiera leer en orden. La primera decía: Bienvenidos los que llegan a este hogar. La segunda decía: La casa es chica, pero el corazón es grande. La tercera decía: La presencia del huésped es suave como el césped. La cuarta decía: Somos pobres de verdad, pero no de voluntad. La quinta decía: Este cartel anula todos los anteriores. Rajá, perro