Érase una vez un campesino llamado Pahom, que había trabajado dura y honestamente para su familia, pero que no tenía tierras propias, así que siempre permanecía en la pobreza.
“Ocupados como estamos desde la niñez trabajando la madre tierra -pensaba a menudo- los campesinos siempre debemos morir como vivimos, sin nada propio. Las cosas serían diferentes si tuviéramos nuestra propia tierra”
Ahora bien, cerca de la aldea de Pahom vivía una dama, una pequeña terrateniente, que poseía una finca de 150 hectáreas. Un invierno se difundió la noticia de que esta dama iba a vender sus tierras. Pahom oyó que un vecino suyo compraría 25 hectáreas y que la dama había consentido en aceptar la mitad en efectivo y esperar un año por la otra mitad.
“Qué te parece -pensó Pahom- Esa tierra se vende, y yo no obtendré nada”
Así que decidió hablar con su esposa:
“Otras personas están comprando y nosotros también debemos comprar unas 10 hectáreas. La vida se vuelve imposible sin poseer tierras propias”
Se pusieron a pensar y calcularon cuánto podrían comprar. Tenían ahorrados 100 rublos. Vendieron un potrillo y la mitad de sus abejas; contrataron a uno de sus hijos como peón y pidieron anticipos sobre la paga. Pidieron prestado el resto a un cuñado, y así juntaron la mitad del dinero de la compra. Después de eso, Pahom escogió una parcela de 20 hectáreas, donde había bosques, fue a ver a la dama e hizo la compra.
Así que ahora Pahom tenía su propia tierra. Pidió semilla prestada, y la sembró, y obtuvo una buena cosecha. Al cabo de un año había logrado saldar sus deudas con la dama y su cuñado. Así se convirtió en terrateniente, y talaba sus propios árboles, y alimentaba su ganado en sus propios pastos. Cuando salía a arar los campos, o a mirar sus mieses o sus prados, el corazón se le llenaba de alegría. La hierba que crecía allí y las flores que florecían allí le parecían diferentes de las de otras partes. Antes, cuando cruzaba esa tierra, le parecía igual a cualquier otra, pero ahora le parecía muy distinta.
Un día Pahom estaba sentado en su casa cuando un viajero se detuvo ante su casa. Pahom le preguntó de dónde venía, y el forastero respondió que venía de allende el Volga, donde había estado trabajando. Una palabra llevó a la otra, y el hombre comentó que había muchas tierras en venta por allá, y que muchos estaban viajando para comprarlas. Las tierras eran tan fértiles, aseguró, que el centeno era alto como un caballo, y tan tupido que cinco cortes de guadaña formaban una gavilla. Comentó que un campesino había trabajado sólo con sus manos, y ahora tenía seis caballos y dos vacas.
El corazón de Pahom se colmó de anhelo:
“¿Por qué he de sufrir en este agujero -pensó- si se vive tan bien en otras partes?. Venderé mi tierra y mi finca, y con el dinero comenzaré allá de nuevo y tendré todo nuevo”
Pahom vendió su tierra, su casa y su ganado, con buenas ganancias, y se mudó con su familia a su nueva propiedad. Todo lo que había dicho el campesino era cierto, y Pahom estaba en mucha mejor posición que antes. Compró muchas tierras arables y pasturas, y pudo tener las cabezas de ganado que deseaba.
Al principio, en el ajetreo de la mudanza y la construcción, Pahom se sentía complacido, pero cuando se habituó comenzó a pensar que tampoco aquí estaba satisfecho. Quería sembrar más trigo, pero no tenía tierras suficientes para ello, así que arrendó más tierras por tres años. Fueron buenas temporadas y hubo buenas cosechas, así que Pahom ahorró dinero. Podría haber seguido viviendo cómodamente, pero se cansó de arrendar tierras ajenas todos los años y de sufrir privaciones para ahorrar el dinero.
“Si todas estas tierras fueran mías -pensó-, sería independiente y no sufriría estas incomodidades”
Un día un vendedor de bienes raíces que pasaba le comentó que acababa de regresar de la lejana tierra de los bashkirs, donde había comprado 600 hectáreas por sólo mil rublos.
-Sólo debes hacerte amigo de los jefes -dijo-. Yo regalé como cien rublos en vestidos y alfombras, además de una caja de té, y di vino a quienes lo bebían, y obtuve la tierra por una bicoca.
“Vaya -pensó Pahom-, allá puedo tener diez veces más tierras de las que poseo. Debo probar suerte”
Pahom encomendó a su familia el cuidado de la finca y emprendió el viaje, llevando consigo a su criado. Pararon en una ciudad y compraron una caja de té, vino y otros regalos, como el vendedor les había aconsejado. Continuaron viaje hasta recorrer más de 500 kilómetros, y el séptimo día llegaron a un lugar donde los bashkirs habían instalado sus tiendas. En cuanto vieron a Pahom, salieron de las tiendas y se reunieron en torno al visitante. Le dieron té y kurniss, y sacrificaron una oveja y le dieron de comer. Pahom sacó presentes de su carromato y los distribuyó, y les dijo que venía en busca de tierras. Los bashkirs parecieron muy satisfechos y le dijeron que debía hablar con el jefe. Lo mandaron a buscar y le explicaron a qué había ido Pahom. El jefe escuchó un rato, pidió silencio con un gesto y le dijo a Pahom:
-”De acuerdo. Escoge la tierra que te plazca. Tenemos tierras en abundancia”
-”¿Y cuál será el precio?” -preguntó Pahom
-”Nuestro precio es siempre el mismo: mil rublos por día”
Pahom no comprendió.
-”¿Un día? ¿Qué medida es ésa? ¿Cuántas hectáreas son?”
-”No sabemos calcularlo -dijo el jefe-. La vendemos por día. Todo lo que puedas recorrer a pie en un día es tuyo, y el precio es mil rublos por día”
Pahom quedó sorprendido:
-”Pero en un día se puede recorrer una vasta extensión de tierra” -dijo.
El jefe se echó a reír.
-”¡Será toda tuya!. Pero con una condición: si no regresas el mismo día al lugar donde comenzaste, pierdes el dinero”
-”¿Pero cómo debo señalar el camino que he seguido?”
-”Iremos a cualquier lugar que gustes, y nos quedaremos allí. Puedes comenzar desde ese sitio y emprender tu viaje, llevando una azada contigo. Donde lo consideres necesario, deja una marca. En cada giro, cava un pozo y apila la tierra; luego iremos con un arado de pozo en pozo. Puedes hacer el recorrido que desees, pero antes que se ponga el sol debes regresar al sitio de donde partiste. Toda la tierra que cubras será tuya”
Pahom estaba alborozado. Decidió comenzar por la mañana. Charlaron, bebieron más kurniss, comieron más oveja y bebieron más té, y así llegó la noche. Le dieron a Pahom una cama de edredón, y los bashkirs se dispersaron, prometiendo reunirse a la mañana siguiente al romper el alba y viajar al punto convenido antes del amanecer.
Pahom se quedó acostado, pero no pudo dormirse. No dejaba de pensar en su tierra.
“¡Qué gran extensión marcaré! -pensó-. Puedo andar fácilmente 50 kms por día. Los días ahora son largos, y un recorrido de 50 kms representará gran cantidad de tierra. Venderé las tierras más áridas, o las dejaré a los campesinos, pero yo escogeré la mejor y la trabajaré. Compraré dos yuntas de bueyes y contrataré dos peones más. Unas 90 hectáreas destinaré a la siembra y en el resto criaré ganado”
Por la puerta abierta vio que estaba rompiendo el alba.
-”Es hora de despertarlos -se dijo-. Debemos ponernos en marcha”
Se levantó, despertó al criado (que dormía en el carromato), le ordenó uncir los caballos y fue a despertar a los bashkirs.
-”Es hora de ir a la estepa para medir las tierras” -dijo.
Los bashkirs se levantaron y se reunieron, y también acudió el jefe. Se pusieron a beber más kurniss, y ofrecieron a Pahom un poco de té, pero él no quería esperar.
-”Si hemos de ir, vayamos de una vez. Ya es hora”
Los bashkirs se prepararon y todos se pusieron en marcha, algunos a caballo, otros en carros. Pahom iba en su carromato con el criado, y llevaba una azada. Cuando llegaron a la estepa, el cielo de la mañana estaba rojo. Subieron una loma y, apeándose de carros y caballos, se reunieron en un sitio. El jefe se acercó a Pahom y extendió el brazo hacia la planicie.
-Todo esto, hasta donde llega la mirada, es nuestro. Puedes tomar lo que gustes.
A Pahom le relucieron los ojos, pues era toda tierra virgen, chata como la palma de la mano y negra como semilla de amapola, y en las hondonadas crecían altos pastizales.
El jefe se quitó la gorra de piel de zorro, la apoyó en el suelo y dijo:
-”Ésta será la marca. Empieza aquí y regresa aquí. Toda la tierra que rodees será tuya”
Pahom sacó el dinero y lo puso en la gorra. Luego se quitó el abrigo, quedándose con su chaquetón sin mangas. Se aflojó el cinturón y lo sujetó con fuerza bajo el vientre, se puso un costal de pan en el pecho del jubón y, atando una botella de agua al cinturón, se subió la caña de las botas, empuñó la azada y se dispuso a partir. Tardó un instante en decidir el rumbo. Todas las direcciones eran tentadoras.
-”No importa -dijo al fin-. Iré hacia el sol naciente”
Se volvió hacia el este, se desperezó y aguardó a que el sol asomara sobre el horizonte.
“No debo perder tiempo -pensó-, pues es más fácil caminar mientras todavía está
fresco”
Los rayos del sol no acababan de chispear sobre el horizonte cuando Pahom, azada al hombro, se internó en la estepa.
Pahom caminaba a paso moderado. Tras avanzar mil metros se detuvo, cavó un pozo y apiló terrones de hierba para hacerlo más visible. Luego continuó, y ahora que había vencido el entumecimiento apuró el paso. Al cabo de un rato cavó otro pozo.
Miró hacia atrás. La loma se veía claramente a la luz del sol, con la gente encima, y las relucientes llantas de las ruedas del carromato. Pahom calculó que había caminado 5 kms. Estaba más cálido; se quitó el chaquetón, se lo echó al hombro y continuó la marcha. Ahora hacía más calor; miró el sol; era hora de pensar en el desayuno.
-”He recorrido el primer tramo, pero hay 4 en un día, y todavía es demasiado pronto para virar. Pero me quitaré las botas” -se dijo.
Se sentó, se quitó las botas, se las metió en el cinturón y reanudó la marcha. Ahora caminaba con soltura.
“Seguiré otros cinco kilómetros -pensó-, y luego giraré a la izquierda. Este lugar es tan promisorio que sería una pena perderlo. Cuanto más avanzo, mejor parece la tierra.”
Siguió derecho por un tiempo, y cuando miró en torno, la loma era apenas visible y las personas parecían hormigas, y apenas se veía un destello bajo el sol.
“Ah -pensó Pahom-, he avanzado bastante en esta dirección, es hora de girar. Además estoy sudando, y muy sediento”
Se detuvo, cavó un gran pozo y apiló hierba. Bebió un sorbo de agua y giró a la izquierda. Continuó la marcha, y la hierba era alta, y hacía mucho calor.
Pahom comenzó a cansarse. Miró el sol y vio que era mediodía.
“Bien -pensó-, debo descansar”
Se sentó, comió pan y bebió agua, pero no se acostó, temiendo quedarse dormido. Después de estar un rato sentado, siguió andando. Al principio caminaba sin dificultad, y sentía sueño, pero continuó, pensando:
“Una hora de sufrimiento, una vida para disfrutarlo”
Avanzó un largo trecho en esa dirección, y ya iba a girar de nuevo a la izquierda cuando vio un fecundo valle.
“Sería una pena excluir ese terreno -pensó-. El lino crecería bien aquí”
Así que rodeó el valle y cavó un pozo del otro lado antes de girar. Pahom miró hacia la loma. El aire estaba brumoso y trémulo con el calor, y a través de la bruma apenas se veía a la gente de la loma.
“¡Ah! -pensó Pahom-. Los lados son demasiado largos. Este debe ser más corto”
Y siguió a lo largo del tercer lado, apurando el paso. Miró el sol. Estaba a mitad de camino del horizonte, y Pahom aún no había recorrido 3 kms del tercer lado del cuadrado. Aún estaba a 15 kms de su meta.
“No -pensó-, aunque mis tierras queden irregulares, ahora debo volver en línea recta. Podría alejarme demasiado, y ya tengo gran cantidad de tierra”
Pahom cavó un pozo de prisa.
Echó a andar hacia la loma, pero con dificultad. Estaba agotado por el calor, tenía cortes y magulladuras en los pies descalzos, le flaqueaban las piernas. Ansiaba descansar, pero era imposible si deseaba llegar antes del poniente. El sol no espera a nadie, y se hundía cada vez más.
“Cielos -pensó-, si no hubiera cometido el error de querer demasiado. ¿Qué pasará si llego tarde?”
Miró hacia la loma y hacia el sol. Aún estaba lejos de su meta, y el sol se aproximaba al horizonte.
Pahom siguió caminando, con mucha dificultad, pero cada vez más rápido. Apuró el paso, pero todavía estaba lejos del lugar. Echó a correr, arrojó la chaqueta, las botas, la botella y la gorra, y conservó sólo la azada que usaba como bastón.
“Ay de mí. He deseado mucho, y lo eché todo a perder. Tengo que llegar antes de que se ponga el sol”
El temor le quitaba el aliento. Pahom siguió corriendo, y la camisa y los pantalones empapados se le pegaban a la piel, y tenía la boca reseca. Su pecho jadeaba como un fuelle, su corazón batía como un martillo, sus piernas cedían como si no le pertenecieran. Pahom estaba abrumado por el terror de morir de agotamiento.
Aunque temía la muerte, no podía detenerse:
“Después que he corrido tanto, me considerarán un tonto si me detengo ahora”-pensó.
Y siguió corriendo, y al acercarse oyó que los bashkirs gritaban y aullaban, y esos gritos le inflamaron aún más el corazón. Juntó sus últimas fuerzas y siguió corriendo.
El hinchado y brumoso sol casi rozaba el horizonte, rojo como la sangre. Estaba muy bajo, pero Pahom estaba muy cerca de su meta. Podía ver a la gente de la loma, agitando los brazos para que se diera prisa. Veía la gorra de piel de zorro en el suelo, y el dinero, y al jefe sentado en el suelo, riendo a carcajadas.
“Hay tierras en abundancia -pensó-, ¿pero me dejará Dios vivir en ellas? ¡He perdido la vida, he perdido la vida!, ¡nunca llegaré a ese lugar!”
Pahom miró el sol, que ya desaparecía, ya era devorado. Con el resto de sus fuerzas apuró el paso, encorvando el cuerpo de tal modo que sus piernas apenas podían sostenerlo. Cuando llegó a la loma, de pronto oscureció. Miró el cielo. ¡El sol se había puesto! Pahom dio un alarido.
“Todo mi esfuerzo ha sido en vano”- pensó
Y ya iba a detenerse, pero oyó que los bashkirs aún gritaban, y recordó que aunque para él, desde abajo, parecía que el sol se había puesto, desde la loma aún podían verlo. Aspiró una buena bocanada de aire y corrió cuesta arriba. Allí aún había luz. Llegó a la cima y vio la gorra. Delante de ella el jefe se reía a carcajadas. Pahom soltó un grito. Se le aflojaron las piernas, cayó de bruces y tomó la gorra con las manos.
-”¡Vaya, qué sujeto tan admirable! -exclamó el jefe-. ¡Ha ganado muchas tierras!”
El criado de Pahom se acercó corriendo y trató de levantarlo, pero vio que le salía sangre de la boca:
“¡Pahom estaba muerto!”
Los pakshirs chasquearon la lengua para demostrar su piedad.
Su criado empuñó la azada y cavó una tumba para Pahom, y allí lo sepultó: dos metros de la cabeza a los pies era todo lo que necesitaba.
¡Bienvenidos! Este blog de literatura está abierto a todo tipo de lectores. Quienes lo hacemos no tenemos otra motivación que el de compartir la lectura de las obras de escritores de todos los tiempos, así como también las de aquellos que se inician y también merecen difusión.
viernes, 21 de junio de 2013
HUELLAS Por Diana Luz Bravi, Rosario Argentina
Para mis amigas,
que pulsan mi misma voz en esos días,
cuando mi boca no mastica versos:
Hoy late tu nombre amigo
Huellas, arcilla sin camino
me encauzan
Huellas de lápiz y ronda, boina marrón
Huellas, frontera de infancia, aula y mantra en la mirada
Para reír y llorarnos.
veces mi pulso de versos se calla.
Si en mi desencuentro me roza tu voz, como un manso eco
ahí vuelvo a mi arcilla, amigo
Entonces te celebro viajando el calendario
Ilusiones recortadas, huecos, y ahí estás
reparador racimo,
pie de mi letra, carnadura
que fuiste antes de mí,
antes de mi verbo,
ya estabas vos, amigo.
que pulsan mi misma voz en esos días,
cuando mi boca no mastica versos:
Hoy late tu nombre amigo
Huellas, arcilla sin camino
me encauzan
Huellas de lápiz y ronda, boina marrón
Huellas, frontera de infancia, aula y mantra en la mirada
Para reír y llorarnos.
veces mi pulso de versos se calla.
Si en mi desencuentro me roza tu voz, como un manso eco
ahí vuelvo a mi arcilla, amigo
Entonces te celebro viajando el calendario
Ilusiones recortadas, huecos, y ahí estás
reparador racimo,
pie de mi letra, carnadura
que fuiste antes de mí,
antes de mi verbo,
ya estabas vos, amigo.
EL DILEMA DE COMO HACER PARA VOLVER Por Fernando García, de Cipolletti, Rio Negro
Había llegado a aquel viejo poblado una tarde de abril. Estaba de paso por ese sitio, sólo por una noche. El carruaje que me llevaba de vuelta hacia Rosario había roto una de sus ruedas y debía esperar a que la reparen. Era un pueblo pequeño, un lugar de esos donde uno nunca piensa que puede llegar a encontrar algo interesante.
Me hospedaba en el único hotel que había. Una construcción con una arquitectura muy clásica, un poco abandonada. Sus pasillos eran tenebrosos y todo estaba bastante recubierto con tierra, como si hiciera siglos que no se limpiara. Pude darme cuenta que no pasaba mucha gente por allí, ya que cuando ingresé al viejo edificio la gente que trabaja ahí se puso toda a mi disposición. Me dieron la mejor habitación, una que tenía una gran ventana que permitía ver toda la pequeña ciudad. Esa noche me acosté temprano, estaba muy cansado y cuando llegara a mi destino sabía que no iba a estar tranquilo por mucho tiempo.
Al principio no podía conciliar el sueño. Era todo tan precario que no quería estar allí. De repente, cuando por fin pude empezar a dormitar, empecé a escuchar un piano a lo lejos que tocaba una triste melodía. Las notas desprendidas de su caja llegaban marchando con sus últimas fuerzas hasta mi habitación. Era una música hiriente, transportaba tanto dolor en sus compases que era inevitable conmoverse.
Por más que intenté dormirme, sin darle importancia al melancólico sonido, no pude. Tuve que sentarme en la cama porque mis ojos habían comenzado a llorar solos. Una angustia tan grande me había invadido que no me quedó otra alternativa que abrir la inmensa ventana para que circule un poco el aire y a la vez intentar descubrir de donde venía aquella catarsis en re menor. Divisé a lo lejos el lugar: era una pequeña casa humilde.
En realidad mi deseo era que saliera el sol, así podía irme de ese sitio lo mas rápido posible. Ya lo dice la famosa frase “En el polvo no hay oportunidad”; y es tal cual, esa gente nunca iba salir de la caverna. Como no podía descansar escuchando las notas de aquel triste pentagrama, no tardé mucho en vestirme y salir de allí rumbo al viejo y misterioso rancho musical.
Al principio me dio un poco de miedo ir a esas horas de la noche a caminar por ahí, pero mi curiosidad era más grande. Mientras más me acercaba a la casucha, la melodía se escuchaba mejor y más potente en su sonar. Tengo que admitir que tardé bastante, mi pánico era indisimulable. Cuando me encontré frente a la puerta de la mugrosa y pobre vivienda, ya estaba inundado en llanto, la tristeza había invadido hasta el último rincón de mi alma y la angustia se hamacaba en mi cordura: me había deshecho. Toqué la puerta con apenas una pocas fuerzas y en cuanto el “toc-toc” fue percibido por el pianista se interrumpió su concierto nocturno y la música dejó de sonar. A los pocos minutos la tabla vieja y despintaba que tenía como puerta se abrió, y un señor muy viejo se asomó por detrás de ella. Estaba decrépito. Tenía una altura y una delgadez considerables y hasta extremas, y un rostro completamente arrugado. Sus arrugas eran tan marcadas y profundas que su cara parecía un mapa. A la vez, un olor a tabaco rancio y embotado irrumpió en mi nariz de una manera tan violenta que comencé a toser sin parar, mientras que al mismo tiempo lloraba sin consuelo, conmovido por su quehacer musical.
El viejo me vio así, quebrado emocionalmente, y me hizo pasar sin preguntarme nada. Tardé un poco en reintegrarme de aquel estado deplorable que presentaba y luego si me rompió ese silencio tan misterioso que reinaba en la sala.
-¿Quién es usted y que hace por aquí?- dijo con un hilo de voz, muy afónico.
-Yo no soy de aquí- respondí muy asustado, intentando disimular- Estoy de paso, me voy en una horas… y su música no me permitió descansar. Así que por eso vine a verlo.
-¿Y que es lo que quiere? ¿Que deje de tocar?- me retrucó el anciano.
-Por supuesto que sí- respondí irritado- Y además de todo eso, su música me angustia muchísimo… no puedo dejar de llorar cuando la oigo- le reproché enseguida.
-Es que no es precisamente música… es otra cosa ¿Ves algún piano en este lugar?
En ese momento un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, desde la cabeza hasta la punta de mis pies, al no ver ningún instrumento allí, ni nada parecido. Enseguida lo miré al hombre a los ojos y este no perdía su calma. Por un momento creí que estaba frente un loco, un psicótico… estaba muy confundido.
-¿Y qué era ese sonido que escuchaba?- pregunté alterado, muy nervioso- No entiendo…
Y el viejo se quedó callado. Caminó hasta un roñoso aparador que yacía en un rincón y encendió un pipa carboniza de tanto largar humo, se sentó en un destrozado sillón de cuero al que le colgaban los pedazos y me contó aquel curioso secreto. En su juventud él se enamoró de una hermosa mujer en la ciudad, una belleza sin igual que lo hizo feliz desde el primer momento que la vio. Se casaron y se fueron de la gran jungla de cemento que, según él, consumía lo mejor de la gente sin dejarle ni paz, ni amor, ni nada. La ambición reinaba por sobre todas las cosas. Y así, llegaron a ese pueblo cuando apenas era un pequeño asentamiento y desde aquel día vivía ahí. Pasaron unos pocos años felices hasta que ella se enfermó muy grave, algo fulminante, que se la llevó en cuestión de semanas. La tristeza fue gigante el día de su muerte, tan grande que para llevársela tuvo que hacerse presente uno de los mismísimos arcángeles, y presenciando semejante escena le concedió la posibilidad de que ella pueda volver en forma de melodía todas las noches hasta que por fin sea su hora se partir y entonces así estar juntos nuevamente. Y esa música que vuela por todo el pueblo es ella, haciendo llorar a todos, velando ese amor que se resiste a morir con el paso del tiempo.
Así, nos quedamos charlando con el añejado hombre hasta que el sol se paró por fin sobre el cielo. Me despedí, entonces, prometiendo volver a visitarlo y sabiendo que jamás lo volvería a ver. Salí rápido de la casucha rumbo al hotel para buscar mis cosas y retomar mi viaje de una vez por todas.
Unos años después quise volver al humilde pueblo con mi mujer, para mostrarle lo que me había pasado aquella vez, pero por más que lo busqué no pude encontrarlo. Jamás existió un poblado allí, me dijeron. Y todo volvía a empezar “¿Viste alguna casa por aquí?” me preguntó ella, al ver una planicie de tierra vacía. Y el escalofrío me recorría nuevamente todo el cuerpo, de la cabeza hasta los pies ¿Estaba, tal vez, frente a una loca, una psicótica?
Me hospedaba en el único hotel que había. Una construcción con una arquitectura muy clásica, un poco abandonada. Sus pasillos eran tenebrosos y todo estaba bastante recubierto con tierra, como si hiciera siglos que no se limpiara. Pude darme cuenta que no pasaba mucha gente por allí, ya que cuando ingresé al viejo edificio la gente que trabaja ahí se puso toda a mi disposición. Me dieron la mejor habitación, una que tenía una gran ventana que permitía ver toda la pequeña ciudad. Esa noche me acosté temprano, estaba muy cansado y cuando llegara a mi destino sabía que no iba a estar tranquilo por mucho tiempo.
Al principio no podía conciliar el sueño. Era todo tan precario que no quería estar allí. De repente, cuando por fin pude empezar a dormitar, empecé a escuchar un piano a lo lejos que tocaba una triste melodía. Las notas desprendidas de su caja llegaban marchando con sus últimas fuerzas hasta mi habitación. Era una música hiriente, transportaba tanto dolor en sus compases que era inevitable conmoverse.
Por más que intenté dormirme, sin darle importancia al melancólico sonido, no pude. Tuve que sentarme en la cama porque mis ojos habían comenzado a llorar solos. Una angustia tan grande me había invadido que no me quedó otra alternativa que abrir la inmensa ventana para que circule un poco el aire y a la vez intentar descubrir de donde venía aquella catarsis en re menor. Divisé a lo lejos el lugar: era una pequeña casa humilde.
En realidad mi deseo era que saliera el sol, así podía irme de ese sitio lo mas rápido posible. Ya lo dice la famosa frase “En el polvo no hay oportunidad”; y es tal cual, esa gente nunca iba salir de la caverna. Como no podía descansar escuchando las notas de aquel triste pentagrama, no tardé mucho en vestirme y salir de allí rumbo al viejo y misterioso rancho musical.
Al principio me dio un poco de miedo ir a esas horas de la noche a caminar por ahí, pero mi curiosidad era más grande. Mientras más me acercaba a la casucha, la melodía se escuchaba mejor y más potente en su sonar. Tengo que admitir que tardé bastante, mi pánico era indisimulable. Cuando me encontré frente a la puerta de la mugrosa y pobre vivienda, ya estaba inundado en llanto, la tristeza había invadido hasta el último rincón de mi alma y la angustia se hamacaba en mi cordura: me había deshecho. Toqué la puerta con apenas una pocas fuerzas y en cuanto el “toc-toc” fue percibido por el pianista se interrumpió su concierto nocturno y la música dejó de sonar. A los pocos minutos la tabla vieja y despintaba que tenía como puerta se abrió, y un señor muy viejo se asomó por detrás de ella. Estaba decrépito. Tenía una altura y una delgadez considerables y hasta extremas, y un rostro completamente arrugado. Sus arrugas eran tan marcadas y profundas que su cara parecía un mapa. A la vez, un olor a tabaco rancio y embotado irrumpió en mi nariz de una manera tan violenta que comencé a toser sin parar, mientras que al mismo tiempo lloraba sin consuelo, conmovido por su quehacer musical.
El viejo me vio así, quebrado emocionalmente, y me hizo pasar sin preguntarme nada. Tardé un poco en reintegrarme de aquel estado deplorable que presentaba y luego si me rompió ese silencio tan misterioso que reinaba en la sala.
-¿Quién es usted y que hace por aquí?- dijo con un hilo de voz, muy afónico.
-Yo no soy de aquí- respondí muy asustado, intentando disimular- Estoy de paso, me voy en una horas… y su música no me permitió descansar. Así que por eso vine a verlo.
-¿Y que es lo que quiere? ¿Que deje de tocar?- me retrucó el anciano.
-Por supuesto que sí- respondí irritado- Y además de todo eso, su música me angustia muchísimo… no puedo dejar de llorar cuando la oigo- le reproché enseguida.
-Es que no es precisamente música… es otra cosa ¿Ves algún piano en este lugar?
En ese momento un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, desde la cabeza hasta la punta de mis pies, al no ver ningún instrumento allí, ni nada parecido. Enseguida lo miré al hombre a los ojos y este no perdía su calma. Por un momento creí que estaba frente un loco, un psicótico… estaba muy confundido.
-¿Y qué era ese sonido que escuchaba?- pregunté alterado, muy nervioso- No entiendo…
Y el viejo se quedó callado. Caminó hasta un roñoso aparador que yacía en un rincón y encendió un pipa carboniza de tanto largar humo, se sentó en un destrozado sillón de cuero al que le colgaban los pedazos y me contó aquel curioso secreto. En su juventud él se enamoró de una hermosa mujer en la ciudad, una belleza sin igual que lo hizo feliz desde el primer momento que la vio. Se casaron y se fueron de la gran jungla de cemento que, según él, consumía lo mejor de la gente sin dejarle ni paz, ni amor, ni nada. La ambición reinaba por sobre todas las cosas. Y así, llegaron a ese pueblo cuando apenas era un pequeño asentamiento y desde aquel día vivía ahí. Pasaron unos pocos años felices hasta que ella se enfermó muy grave, algo fulminante, que se la llevó en cuestión de semanas. La tristeza fue gigante el día de su muerte, tan grande que para llevársela tuvo que hacerse presente uno de los mismísimos arcángeles, y presenciando semejante escena le concedió la posibilidad de que ella pueda volver en forma de melodía todas las noches hasta que por fin sea su hora se partir y entonces así estar juntos nuevamente. Y esa música que vuela por todo el pueblo es ella, haciendo llorar a todos, velando ese amor que se resiste a morir con el paso del tiempo.
Así, nos quedamos charlando con el añejado hombre hasta que el sol se paró por fin sobre el cielo. Me despedí, entonces, prometiendo volver a visitarlo y sabiendo que jamás lo volvería a ver. Salí rápido de la casucha rumbo al hotel para buscar mis cosas y retomar mi viaje de una vez por todas.
Unos años después quise volver al humilde pueblo con mi mujer, para mostrarle lo que me había pasado aquella vez, pero por más que lo busqué no pude encontrarlo. Jamás existió un poblado allí, me dijeron. Y todo volvía a empezar “¿Viste alguna casa por aquí?” me preguntó ella, al ver una planicie de tierra vacía. Y el escalofrío me recorría nuevamente todo el cuerpo, de la cabeza hasta los pies ¿Estaba, tal vez, frente a una loca, una psicótica?
LA ESCONDIDA Por Ezequiel Feito
Yo vivo en un pueblo donde los chicos se divierten con cualquier cosa, pero en mi barrio sólo se permiten dos juegos: la pelota y la escondida.
Todos los fines de semana jugamos al fútbol. Empezamos siendo once contra once y no paramos de patear hasta que se hace de noche o cuando nos vienen a buscar. Por eso casi siempre terminamos quedando dos contra dos o uno contra dos. Al principio contamos los goles, pero después de unas horas ya no importa si vamos ganando o perdiendo; además, tenemos nuestro campeón: el Juanchi López, que hace de goleador, arquero, medio campista, defensa, y encima es el que siempre se queda hasta el final.
Pero si a mí me dan a elegir entre el fútbol y la escondida, yo prefiero muchísimo más jugar a la escondida porque se juega en pareja y no siempre en el mismo lugar. A veces vamos a la estación de trenes que está abandonada, otras al parque que está en el cerro o elegimos la plaza que queda frente a la escuela.
Nunca se me dio por contar cuántos jugamos, pero somos toda una banda. Eso sí, tenemos todo muy organizado: cuando se forman las parejas, primero se juntan los que están de novios y después los que se quieren arreglar porque se gustan. Los demás se sortean para formar parejas de dos chicas o dos chicos.
También en la escondida tenemos un campeón que nunca falla: el flaco Julián, que se conoce todos los escondites del barrio y no sé si los de todo el pueblo. A ese nunca le ganamos y es por eso que todos quieren jugar con él: si se esconde, no lo encontramos hasta que grita “piedra libre para todos mis compañeros”. Y si cuenta, a los dos minutos nos descubre por más que estemos con los cuatro ojos abiertos y mirando para todos lados. Nunca se sabe de dónde sale ni cómo hace para verte, pero no falla un solo “piedra libre” en todo el juego.
Eso sí, es medio plomo porque le gusta encontrar primero a los que están de novios, después a las parejas de chicas y por último a los chicos.
Pero lo que yo les quiero contar es otra cosa. Tengo una compañera de año que se llama Silvana y me gusta mucho. Creo que ella también gusta de mí, porque casi siempre me busca para ir y volver juntos de la escuela. Nunca le dije nada de ponernos de novio, pero el primer día que junte coraje se lo digo.
Un día de invierno, mientras volvíamos de la escuela esquivando algunos charcos, nos pusimos a mirar por entre las rejas de una casa vieja y abandonada que estaba en la esquina. No sé por qué nos llamó tanto la atención. Siempre caminábamos por la vereda de enfrente porque nos daba mucho miedo, pero esa tarde nos paramos y la miramos como si nunca hubiera estado allí.
Todas las puertas y ventanas estaban tapiadas con gruesas maderas y casi todo el techo se había venido abajo. En casi todas las paredes se veían los ladrillos como si fueran las costillas de un enorme esqueleto. Había pedazos de tejas, hierro y revoque por todas partes. Una profunda grieta que bajaba desde el techo, corría en zig-zag por todo el frente y se perdía en un negro y corrompido estanque lleno de juncos.
- ¡Qué buen lugar para esconderse! me dijo Silvana- Encima hoy le toca contar a Julián.
La miré y le dije que estaba loca. Que la gente del barrio decía que adentro estaba el fantasma del dueño de la casa. El tipo se había muerto ahí y hasta ahora nadie había encontrado el cuerpo. Todos dicen que está dentro del estanque, pero nadie se atreve a sacarlo.
Además, me contaron que el tipo se había convertido en un monstruo y si entrabas en la casa, te agarraba, te mataba y después te comía, y que por eso siempre había olor a podrido en todo el barrio.
- ¡Ya estás diciendo pavadas! me contestó- Lo único que puede haber ahí adentro es un gato o un perro muerto. Si nos escondemos acá, Julián nunca nos va a encontrar.
Ni le contesté, la verdad es que esa casa no me gustaba nada, y menos esconderme ahí. Yo sabía de un tipo que había aparecido muerto en el patio; cuando la policía fue a sacarlo, lo encontró con medio cuerpo dentro del estanque. Se lo escuché a doña Laura cuando se lo contó a mi mamá con todos los detalles. Además, todos los vecinos sabíamos lo que le pasó a los que habían entrado para ver qué se podía robar. Doña Laura jura que cuando vieron al monstruo quedaron medio locos y que a uno de ellos, Don Iván, el que está en silla de ruedas, le había comido una pierna y ahora tiene tanto miedo que no quiere hablar con nadie de lo que pasó esa noche.
Nos dimos vuelta y seguimos caminando y esquivando charcos hasta que nos separamos. Apenas entré en mi casa, tiré todo arriba de la cama y fui a comer. Eran casi las cuatro de la tarde cuando Silvana vino a buscarme. Fuimos a la plaza y nos sentamos en los canteros esperando que llegaran los demás. Ni bien estuvimos todos comenzaron a elegirse las parejas; como pude, me animé y le dije a Silvana si quería venir conmigo. Me dijo que sí. Nos juntamos y apenas Julián comenzó a contar, salimos corriendo sin saber adónde. De repente Silvana se me adelantó y, saltando el murito y la reja, se metió adentro de la casa abandonada. La seguí hasta que nos encontramos detrás de la puerta de la sala. Le dije que estaba loca, pero no me contestó y se puso a mirar la vereda para ver si venía Julián.
A ustedes se lo puedo decir: yo tenía muchísimo miedo y no me importaba que nos descubriera con tal de salir de allí.
Por las oxidadas rendijas de la ventana podíamos ver a Julián ir y venir por la cuadra descubriendo a todos... menos a nosotros. En una de esas, vemos que se detiene y mira atentamente hacia donde estábamos. Luego, abriendo la boca, hace un gesto y sale corriendo sin decir nada.
Nos miramos y recién ahí me atreví a preguntarle a Silvana si no tenía miedo.
- ¡Mucho! me contestó, apretándome la mano.
Entonces me contó que en realidad sabía la historia de la casa, pero que igual se había metido porque estaba segura de que yo no tenía miedo y la iba a proteger. Además, me dijo que esa tarde quería estar un buen rato conmigo y para eso, el único lugar que se le había ocurrido era éste y que no le importaba tener miedo si yo estaba con ella, entonces puso su cabeza sobre mi hombro y me tomó de la mano. Ninguno de los dos dijo nada. Nos quedamos un buen rato abrazados en silencio y recién ahí me animé a darle un beso en la mejilla.
A medida que pasaba el tiempo fui perdiendo el miedo y entonces en voz baja le dije que la quería mucho.
- Yo también me contestó.
De repente escuchamos unos pasos; era como si alguien caminara pisando charquitos. Nos fuimos lentamente hasta la gran chimenea del salón y nos escondimos abajo. El sol del atardecer entraba dificultosamente por entre las rendijas y el poco techo que quedaba. Los pasos, que parecían resonar en toda la casa, se fueron haciendo cada vez más nítidos hasta que por fin nos pareció que sonaban cerca de nosotros.
- Ahí viene Julián le dije al oído.
- O el monstruo me contestó.
Entonces me dio un beso, y apoyando su cabeza en mi pecho me abrazó fuertemente.
En ese momento comprendí que Silvana iba a ser mi novia para toda la vida.
Todos los fines de semana jugamos al fútbol. Empezamos siendo once contra once y no paramos de patear hasta que se hace de noche o cuando nos vienen a buscar. Por eso casi siempre terminamos quedando dos contra dos o uno contra dos. Al principio contamos los goles, pero después de unas horas ya no importa si vamos ganando o perdiendo; además, tenemos nuestro campeón: el Juanchi López, que hace de goleador, arquero, medio campista, defensa, y encima es el que siempre se queda hasta el final.
Pero si a mí me dan a elegir entre el fútbol y la escondida, yo prefiero muchísimo más jugar a la escondida porque se juega en pareja y no siempre en el mismo lugar. A veces vamos a la estación de trenes que está abandonada, otras al parque que está en el cerro o elegimos la plaza que queda frente a la escuela.
Nunca se me dio por contar cuántos jugamos, pero somos toda una banda. Eso sí, tenemos todo muy organizado: cuando se forman las parejas, primero se juntan los que están de novios y después los que se quieren arreglar porque se gustan. Los demás se sortean para formar parejas de dos chicas o dos chicos.
También en la escondida tenemos un campeón que nunca falla: el flaco Julián, que se conoce todos los escondites del barrio y no sé si los de todo el pueblo. A ese nunca le ganamos y es por eso que todos quieren jugar con él: si se esconde, no lo encontramos hasta que grita “piedra libre para todos mis compañeros”. Y si cuenta, a los dos minutos nos descubre por más que estemos con los cuatro ojos abiertos y mirando para todos lados. Nunca se sabe de dónde sale ni cómo hace para verte, pero no falla un solo “piedra libre” en todo el juego.
Eso sí, es medio plomo porque le gusta encontrar primero a los que están de novios, después a las parejas de chicas y por último a los chicos.
Pero lo que yo les quiero contar es otra cosa. Tengo una compañera de año que se llama Silvana y me gusta mucho. Creo que ella también gusta de mí, porque casi siempre me busca para ir y volver juntos de la escuela. Nunca le dije nada de ponernos de novio, pero el primer día que junte coraje se lo digo.
Un día de invierno, mientras volvíamos de la escuela esquivando algunos charcos, nos pusimos a mirar por entre las rejas de una casa vieja y abandonada que estaba en la esquina. No sé por qué nos llamó tanto la atención. Siempre caminábamos por la vereda de enfrente porque nos daba mucho miedo, pero esa tarde nos paramos y la miramos como si nunca hubiera estado allí.
Todas las puertas y ventanas estaban tapiadas con gruesas maderas y casi todo el techo se había venido abajo. En casi todas las paredes se veían los ladrillos como si fueran las costillas de un enorme esqueleto. Había pedazos de tejas, hierro y revoque por todas partes. Una profunda grieta que bajaba desde el techo, corría en zig-zag por todo el frente y se perdía en un negro y corrompido estanque lleno de juncos.
- ¡Qué buen lugar para esconderse! me dijo Silvana- Encima hoy le toca contar a Julián.
La miré y le dije que estaba loca. Que la gente del barrio decía que adentro estaba el fantasma del dueño de la casa. El tipo se había muerto ahí y hasta ahora nadie había encontrado el cuerpo. Todos dicen que está dentro del estanque, pero nadie se atreve a sacarlo.
Además, me contaron que el tipo se había convertido en un monstruo y si entrabas en la casa, te agarraba, te mataba y después te comía, y que por eso siempre había olor a podrido en todo el barrio.
- ¡Ya estás diciendo pavadas! me contestó- Lo único que puede haber ahí adentro es un gato o un perro muerto. Si nos escondemos acá, Julián nunca nos va a encontrar.
Ni le contesté, la verdad es que esa casa no me gustaba nada, y menos esconderme ahí. Yo sabía de un tipo que había aparecido muerto en el patio; cuando la policía fue a sacarlo, lo encontró con medio cuerpo dentro del estanque. Se lo escuché a doña Laura cuando se lo contó a mi mamá con todos los detalles. Además, todos los vecinos sabíamos lo que le pasó a los que habían entrado para ver qué se podía robar. Doña Laura jura que cuando vieron al monstruo quedaron medio locos y que a uno de ellos, Don Iván, el que está en silla de ruedas, le había comido una pierna y ahora tiene tanto miedo que no quiere hablar con nadie de lo que pasó esa noche.
Nos dimos vuelta y seguimos caminando y esquivando charcos hasta que nos separamos. Apenas entré en mi casa, tiré todo arriba de la cama y fui a comer. Eran casi las cuatro de la tarde cuando Silvana vino a buscarme. Fuimos a la plaza y nos sentamos en los canteros esperando que llegaran los demás. Ni bien estuvimos todos comenzaron a elegirse las parejas; como pude, me animé y le dije a Silvana si quería venir conmigo. Me dijo que sí. Nos juntamos y apenas Julián comenzó a contar, salimos corriendo sin saber adónde. De repente Silvana se me adelantó y, saltando el murito y la reja, se metió adentro de la casa abandonada. La seguí hasta que nos encontramos detrás de la puerta de la sala. Le dije que estaba loca, pero no me contestó y se puso a mirar la vereda para ver si venía Julián.
A ustedes se lo puedo decir: yo tenía muchísimo miedo y no me importaba que nos descubriera con tal de salir de allí.
Por las oxidadas rendijas de la ventana podíamos ver a Julián ir y venir por la cuadra descubriendo a todos... menos a nosotros. En una de esas, vemos que se detiene y mira atentamente hacia donde estábamos. Luego, abriendo la boca, hace un gesto y sale corriendo sin decir nada.
Nos miramos y recién ahí me atreví a preguntarle a Silvana si no tenía miedo.
- ¡Mucho! me contestó, apretándome la mano.
Entonces me contó que en realidad sabía la historia de la casa, pero que igual se había metido porque estaba segura de que yo no tenía miedo y la iba a proteger. Además, me dijo que esa tarde quería estar un buen rato conmigo y para eso, el único lugar que se le había ocurrido era éste y que no le importaba tener miedo si yo estaba con ella, entonces puso su cabeza sobre mi hombro y me tomó de la mano. Ninguno de los dos dijo nada. Nos quedamos un buen rato abrazados en silencio y recién ahí me animé a darle un beso en la mejilla.
A medida que pasaba el tiempo fui perdiendo el miedo y entonces en voz baja le dije que la quería mucho.
- Yo también me contestó.
De repente escuchamos unos pasos; era como si alguien caminara pisando charquitos. Nos fuimos lentamente hasta la gran chimenea del salón y nos escondimos abajo. El sol del atardecer entraba dificultosamente por entre las rendijas y el poco techo que quedaba. Los pasos, que parecían resonar en toda la casa, se fueron haciendo cada vez más nítidos hasta que por fin nos pareció que sonaban cerca de nosotros.
- Ahí viene Julián le dije al oído.
- O el monstruo me contestó.
Entonces me dio un beso, y apoyando su cabeza en mi pecho me abrazó fuertemente.
En ese momento comprendí que Silvana iba a ser mi novia para toda la vida.
Wakefield Por Nathaniel Hawthorne
Recuerdo haber leído en alguna revista o periódico viejo la historia, relatada como verdadera, de un hombre -llamémoslo Wakefield- que abandonó a su mujer durante un largo tiempo. El hecho, expuesto así en abstracto, no es muy infrecuente, ni tampoco -sin una adecuada discriminación de las circunstancias- debe ser censurado por díscolo o absurdo. Sea como fuere, este, aunque lejos de ser el más grave, es tal vez el caso más extraño de delincuencia marital de que haya noticia. Y es, además, la más notable extravagancia de las que puedan encontrarse en la lista completa de las rarezas de los hombres. La pareja en cuestión vivía en Londres. El marido, bajo el pretexto de un viaje, dejó su casa, alquiló habitaciones en la calle siguiente y allí, sin que supieran de él la esposa o los amigos y sin que hubiera ni sombra de razón para semejante autodestierro, vivió durante más de veinte años. En el transcurso de este tiempo todos los días contempló la casa y con frecuencia atisbó a la desamparada esposa. Y después de tan largo paréntesis en su felicidad matrimonial cuando su muerte era dada ya por cierta, su herencia había sido repartida y su nombre borrado de todas las memorias; cuando hacía tantísimo tiempo que su mujer se había resignado a una viudez otoñal -una noche él entró tranquilamente por la puerta, como si hubiera estado afuera sólo durante el día, y fue un amante esposo hasta la muerte.
Este resumen es todo lo que recuerdo. Pero pienso que el incidente, aunque manifiesta una absoluta originalidad sin precedentes y es probable que jamás se repita, es de esos que despiertan las simpatías del género humano. Cada uno de nosotros sabe que, por su propia cuenta, no cometería semejante locura; y, sin embargo, intuye que cualquier otro podría hacerlo. En mis meditaciones, por lo menos, este caso aparece insistentemente, asombrándome siempre y siempre acompañado por la sensación de que la historia tiene que ser verídica y por una idea general sobre el carácter de su héroe. Cuando quiera que un tema afecta la mente de modo tan forzoso, vale la pena destinar algún tiempo para pensar en él. A este respecto, el lector que así lo quiera puede entregarse a sus propias meditaciones. Mas si prefiere divagar en mi compañía a lo largo de estos veinte años del capricho de Wakefield, le doy la bienvenida, confiando en que habrá un sentido latente y una moraleja, así no logremos descubrirlos, trazados pulcramente y condensados en la frase final. El pensamiento posee siempre su eficacia; y todo incidente llamativo, su enseñanza.
¿Qué clase de hombre era Wakefield? Somos libres de formarnos nuestra propia idea y darle su apellido. En ese entonces se encontraba en el meridiano de la vida. Sus sentimientos conyugales, nunca violentos, se habían ido serenando hasta tomar la forma de un cariño tranquilo y consuetudinario. De todos los maridos, es posible que fuera el más constante, pues una especie de pereza mantenía en reposo a su corazón dondequiera que lo hubiera asentado. Era intelectual, pero no en forma activa. Su mente se perdía en largas y ociosas especulaciones que carecían de propósito o del vigor necesario para alcanzarlo. Sus pensamientos rara vez poseían suficientes ímpetus como para plasmarse en palabras. La imaginación, en el sentido correcto del vocablo, no figuraba entre las dotes de Wakefield. Dueño de un corazón frío, pero no depravado o errabundo, y de una mente jamás afectada por la calentura de ideas turbulentas ni aturdida por la originalidad, ¿quién se hubiera imaginado que nuestro amigo habría de ganarse un lugar prominente entre los autores de proezas excéntricas? Si se hubiera preguntado a sus conocidos cuál era el hombre que con seguridad no haría hoy nada digno de recordarse mañana, habrían pensado en Wakefield. Únicamente su esposa del alma podría haber titubeado. Ella, sin haber analizado su carácter, era medio consciente de la existencia de un pasivo egoísmo, anquilosado en su mente inactiva; de una suerte de vanidad, su más incómodo atributo; de cierta tendencia a la astucia, la cual rara vez había producido efectos más positivos que el mantenimiento de secretos triviales que ni valía la pena confesar; y, finalmente, de lo que ella llamaba "algo raro" en el buen hombre. Esta última cualidad es indefinible y puede que no exista.
Ahora imaginémonos a Wakefield despidiéndose de su mujer. Cae el crepúsculo en un día de octubre. Componen su equipaje un sobretodo deslustrado, un sombrero cubierto con un hule, botas altas, un paraguas en una mano y un maletín en la otra. Le ha comunicado a la señora de Wakefield que debe partir en el coche nocturno para el campo. De buena gana ella le preguntaría por la duración y objetivo del viaje, por la fecha probable del regreso, pero, dándole gusto a su inofensivo amor por el misterio, se limita a interrogarlo con la mirada. Él le dice que de ningún modo lo espere en el coche de vuelta y que no se alarme si tarda tres o cuatro días, pero que en todo caso cuente con él para la cena el viernes por la noche. El propio Wakefield, tengámoslo presente, no sospecha lo que se viene. Le ofrece ambas manos. Ella tiende las suyas y recibe el beso de partida a la manera rutinaria de un matrimonio de diez años. Y parte el señor Wakefield, en plena edad madura, casi resuelto a confundir a su mujer mediante una semana completa de ausencia. Cierra la puerta. Pero ella advierte que la entreabre de nuevo y percibe la cara del marido sonriendo a través de la abertura antes de esfumarse en un instante. De momento no le presta atención a este detalle. Pero, tiempo después, cuando lleva más años de viuda que de esposa, aquella sonrisa vuelve una y otra vez, y flota en todos sus recuerdos del semblante de Wakefield. En sus copiosas cavilaciones incorpora la sonrisa original en una multitud de fantasías que la hacen extraña y horrible. Por ejemplo, si se lo imagina en un ataúd, aquel gesto de despedida aparece helado en sus facciones; o si lo sueña en el cielo, su alma bendita ostenta una sonrisa serena y astuta. Empero, gracias a ella, cuando todo el mundo se ha resignado a darlo ya por muerto, ella a veces duda que de veras sea viuda.
Pero quien nos incumbe es su marido. Tenemos que correr tras él por las calles, antes de que pierda la individualidad y se confunda en la gran masa de la vida londinense. En vano lo buscaríamos allí. Por tanto, sigámoslo pisando sus talones hasta que, después de dar algunas vueltas y rodeos superfluos, lo tengamos cómodamente instalado al pie de la chimenea en un pequeño alojamiento alquilado de antemano. Nuestro hombre se encuentra en la calle vecina y al final de su viaje. Difícilmente puede agradecerle a la buena suerte el haber llegado allí sin ser visto. Recuerda que en algún momento la muchedumbre lo detuvo precisamente bajo la luz de un farol encendido; que una vez sintió pasos que parecían seguir los suyos, claramente distinguibles entre el multitudinario pisoteo que lo rodeaba; y que luego escuchó una voz que gritaba a lo lejos y le pareció que pronunciaba su nombre. Sin duda alguna una docena de fisgones lo habían estado espiando y habían corrido a contárselo todo a su mujer. ¡Pobre Wakefield! ¡Qué poco sabes de tu propia insignificancia en este mundo inmenso! Ningún ojo mortal fuera del mío te ha seguido las huellas. Acuéstate tranquilo, hombre necio; y en la mañana, si eres sabio, vuelve a tu casa y dile la verdad a la buena señora de Wakefield. No te alejes, ni siquiera por una corta semana, del lugar que ocupas en su casto corazón. Si por un momento te creyera muerto o perdido, o definitivamente separado de ella, para tu desdicha notarías un cambio irreversible en tu fiel esposa. Es peligroso abrir grietas en los afectos humanos. No porque rompan mucho a lo largo y ancho, sino porque se cierran con mucha rapidez.
Casi arrepentido de su travesura, o como quiera que se pueda llamar, Wakefield se acuesta temprano. Y, despertando después de un primer sueño, extiende los brazos en el amplio desierto solitario del desacostumbrado lecho.
-No -piensa, mientras se arropa en las cobijas-, no dormiré otra noche solo.
Por la mañana madruga más que de costumbre y se dispone a considerar lo que en realidad quiere hacer. Su modo de pensar es tan deshilvanado y vagaroso, que ha dado este paso con un propósito en mente, claro está, pero sin ser capaz de definirlo con suficiente nitidez para su propia reflexión. La vaguedad del proyecto y el esfuerzo convulsivo con que se precipita a ejecutarlo son igualmente típicos de una persona débil de carácter. No obstante, Wakefield escudriña sus ideas tan minuciosamente como puede y descubre que está curioso por saber cómo marchan las cosas por su casa: cómo soportará su mujer ejemplar la viudez de una semana y, en resumen, cómo se afectará con su ausencia la reducida esfera de criaturas y de acontecimientos en la que él era objeto central. Una morbosa vanidad, por lo tanto, está muy cerca del fondo del asunto. Pero, ¿cómo realizar sus intenciones? No, desde luego, quedándose encerrado en este confortable alojamiento donde, aunque durmió y despertó en la calle siguiente, está efectivamente tan lejos de casa como si hubiera rodado toda la noche en la diligencia. Sin embargo, si reapareciera echaría a perder todo el proyecto. Con el pobre cerebro embrollado sin remedio por este dilema, al fin se atreve a salir, resuelto en parte a cruzar la bocacalle y echarle una mirada presurosa al domicilio desertado. La costumbre -pues es un hombre de costumbres- lo toma de la mano y lo conduce, sin que él se percate en lo más mínimo, hasta su propia puerta; y allí, en el momento decisivo, el roce de su pie contra el peldaño lo hace volver en sí. ¡Wakefield! ¿Adónde vas?
En ese preciso instante su destino viraba en redondo. Sin sospechar siquiera en la fatalidad a la que lo condena el primer paso atrás, parte de prisa, jadeando en una agitación que hasta la fecha nunca había sentido, y apenas sí se atreve a mirar atrás desde la esquina lejana. ¿Será que nadie lo ha visto? ¿No armarán un alboroto todos los de la casa -la recatada señora de Wakefield, la avispada sirvienta y el sucio pajecito- persiguiendo por las calles de Londres a su fugitivo amo y señor? ¡Escape milagroso! Cobra coraje para detenerse y mirar a la casa, pero lo desconcierta la sensación de un cambio en aquel edificio familiar, igual a las que nos afectan cuando, después de una separación de meses o años, volvemos a ver una colina o un lago o una obra de arte de los cuales éramos viejos amigos. ¡En los casos ordinarios esta impresión indescriptible se debe a la comparación y al contraste entre nuestros recuerdos imperfectos y la realidad. En Wakefield, la magia de una sola noche ha operado una transformación similar, puesto que en este breve lapso ha padecido un gran cambio moral, aunque él no lo sabe. Antes de marcharse del lugar alcanza a entrever la figura lejana de su esposa, que pasa por la ventana dirigiendo la cara hacia el extremo de la calle. El marrullero ingenuo parte despavorido, asustado de que sus ojos lo hayan distinguido entre un millar de átomos mortales como él. Contento se le pone el corazón, aunque el cerebro está algo confuso, cuando se ve junto a las brasas de la chimenea en su nuevo aposento.
Eso en cuanto al comienzo de este largo capricho. Después de la concepción inicial y de haberse activado el lerdo carácter de este hombre para ponerlo en práctica, todo el asunto sigue un curso natural. Podemos suponerlo, como resultado de profundas reflexiones, comprando una nueva peluca de pelo rojizo y escogiendo diversas prendas del baúl de un ropavejero judío, de un estilo distinto al de su habitual traje marrón. Ya está hecho: Wakefield es otro hombre. Una vez establecido el nuevo sistema, un movimiento retrógrado hacia el antiguo sería casi tan difícil como el paso que lo colocó en esta situación sin paralelo. Además, ahora lo está volviendo testarudo cierto resentimiento del que adolece a veces su carácter, en este caso motivado por la reacción incorrecta que, a su parecer, se ha producido en el corazón de la señora de Wakefield. No piensa regresar hasta que ella no esté medio muerta de miedo. Bueno, ella ha pasado dos o tres veces ante sus ojos, con un andar cada vez más agobiado, las mejillas más pálidas y más marcada de ansiedad la frente. A la tercera semana de su desaparición, divisa un heraldo del mal que entra en la casa bajo el perfil de un boticario. Al día siguiente la aldaba aparece envuelta en trapos que amortigüen el ruido. Al caer la noche llega el carruaje de un médico y deposita su empelucado y solemne cargamento a la puerta de la casa de Wakefield, de la cual emerge después de una visita de un cuarto de hora, anuncio acaso de un funeral. ¡Mujer querida! ¿Irá a morir? A estas alturas Wakefield se ha excitado hasta provocarse algo así como una efervescencia de los sentimientos, pero se mantiene alejado del lecho de su esposa, justificándose ante su conciencia con el argumento de que no debe ser molestada en semejante coyuntura. Si algo más lo detiene, él no lo sabe. En el transcurso de unas cuantas semanas ella se va recuperando. Ha pasado la crisis. Su corazón se siente triste, acaso, pero está tranquilo. Y, así el hombre regrese tarde o temprano, ya no arderá por él jamás. Estas ideas fulguran cual relámpagos en las nieblas de la mente de Wakefield y le hacen entrever que una brecha casi infranqueable se abre entre su apartamento de alquiler y su antiguo hogar.
-¡Pero si sólo está en la calle del lado! -se dice a veces.
¡Insensato! Está en otro mundo. Hasta ahora él ha aplazado el regreso de un día en particular a otro. En adelante, deja abierta la fecha precisa. Mañana no... probablemente la semana que viene... muy pronto. ¡Pobre hombre! Los muertos tienen casi tantas posibilidades de volver a visitar sus moradas terrestres como el autodesterrado Wakefield.
¡Ojalá yo tuviera que escribir un libro en lugar de un artículo de una docena de páginas! Entonces podría ilustrar cómo una influencia que escapa a nuestro control pone su poderosa mano en cada uno de nuestros actos y cómo urde con sus consecuencias un férreo tejido de necesidad. Wakefield está hechizado. Tenemos que dejarlo que ronde por su casa durante unos diez años sin cruzar el umbral ni una vez, y que le sea fiel a su mujer, con todo el afecto de que es capaz su corazón, mientras él poco a poco se va apagando en el de ella. Hace mucho, debemos subrayarlo, que perdió la noción de singularidad de su conducta.
Ahora contemplemos una escena. Entre el gentío de una calle de Londres distinguimos a un hombre entrado en años, con pocos rasgos característicos que atraigan la atención de un transeúnte descuidado, pero cuya figura ostenta, para quienes posean la destreza de leerla, la escritura de un destino poco común. Su frente estrecha y abatida está cubierta de profundas arrugas. Sus pequeños ojos apagados a veces vagan con recelo en derredor, pero más a menudo parecen mirar adentro. Agacha la cabeza y se mueve con un indescriptible sesgo en el andar, como si no quisiera mostrarse de frente entero al mundo. Obsérvelo el tiempo suficiente para comprobar lo que hemos descrito y estará de acuerdo con que las circunstancias, que con frecuencia producen hombres notables a partir de la obra ordinaria de la naturaleza, han producido aquí uno de estos. A continuación, dejando que prosiga furtivo por la acera, dirija su mirada en dirección opuesta, por donde una mujer de cierto porte, ya en el declive de la vida, se dirige a la iglesia con un libro de oraciones en la mano. Exhibe el plácido semblante de la viudez establecida. Sus pesares o se han apagado o se han vuelto tan indispensables para su corazón que sería un mal trato cambiarlos por la dicha. Precisamente cuando el hombre enjuto y la mujer robusta van a cruzarse, se presenta un embotellamiento momentáneo que pone a las dos figuras en contacto directo. Sus manos se tocan. El empuje de la muchedumbre presiona el pecho de ella contra el hombro del otro. Se encuentran cara a cara. Se miran a los ojos. Tras diez años de separación, es así como Wakefield tropieza con su esposa.
Vuelve a fluir el río humano y se los lleva a cada uno por su lado. La grave viuda recupera el paso y sigue hacia la iglesia, pero en el atrio se detiene y lanza una mirada atónita a la calle. Sin embargo, pasa al interior mientras va abriendo el libro de oraciones. ¡Y el hombre! Con el rostro tan descompuesto que el Londres atareado y egoísta se detiene a verlo pasar, huye a sus habitaciones, cierra la puerta con cerrojo y se tira en la cama. Los sentimientos que por años estuvieron latentes se desbordan y le confieren un vigor efímero a su mente endeble. La miserable anomalía de su vida se le revela de golpe. Y grita exaltado:
-¡Wakefield, Wakefield, estás loco!
Quizás lo estaba. De tal modo debía de haberse amoldado a la singularidad de su situación que, examinándolo con referencia a sus semejantes y a las tareas de la vida, no se podría afirmar que estuviera en su sano juicio. Se las había ingeniado (o, más bien, las cosas habían venido a parar en esto) para separarse del mundo, hacerse humo, renunciar a su sitio y privilegios entre los vivos, sin que fuera admitido entre los muertos. La vida de un ermitaño no tiene paralelo con la suya. Seguía inmerso en el tráfago de la ciudad como en los viejos tiempos, pero las multitudes pasaban de largo sin advertirlo. Se encontraba -digámoslo en sentido figurado- a todas horas junto a su mujer y al pie del fuego, y sin embargo nunca podía sentir la tibieza del uno ni el amor de la otra. El insólito destino de Wakefield fue el de conservar la cuota original de afectos humanos y verse todavía involucrado en los intereses de los hombres, mientras que había perdido su respectiva influencia sobre unos y otros. Sería un ejercicio muy curioso determinar los efectos de tales circunstancias sobre su corazón y su intelecto, tanto por separado como al unísono. No obstante, cambiado como estaba, rara vez era consciente de ello y más bien se consideraba el mismo de siempre. En verdad, a veces lo asaltaban vislumbres de la realidad, pero sólo por momentos. Y aun así, insistía en decir "pronto regresaré", sin darse cuenta de que había pasado veinte años diciéndose lo mismo.
Imagino también que, mirando hacia el pasado, estos veinte años le parecerían apenas más largos que la semana por la que en un principio había proyectado su ausencia. Wakefield consideraría la aventura como poco más que un interludio en el tema principal de su existencia. Cuando, pasado otro ratito, juzgara que ya era hora de volver a entrar a su salón, su mujer aplaudiría de dicha al ver al veterano señor Wakefield. ¡Qué triste equivocación! Si el tiempo esperara hasta el final de nuestras locuras favoritas, todos seríamos jóvenes hasta el día del juicio.
Cierta vez, pasados veinte años desde su desaparición, Wakefield se encuentra dando el paseo habitual hasta la residencia que sigue llamando suya. Es una borrascosa noche de otoño. Caen chubascos que golpetean en el pavimento y que escampan antes de que uno tenga tiempo de abrir el paraguas. Deteniéndose cerca de la casa, Wakefield distingue a través de las ventanas de la sala del segundo piso el resplandor rojizo y oscilante y los destellos caprichosos de un confortable fuego. En el techo aparece la sombra grotesca de la buena señora de Wakefield. La gorra, la nariz, la barbilla y la gruesa cintura dibujan una caricatura admirable que, además, baila al ritmo ascendiente y decreciente de las llamas, de un modo casi en exceso alegre para la sombra de una viuda entrada en años. En ese instante cae otro chaparrón que, dirigido por el viento inculto, pega de lleno contra el pecho y la cara de Wakefield. El frío otoñal le cala hasta la médula. ¿Va a quedarse parado en ese sitio, mojado y tiritando, cuando en su propio hogar arde un buen fuego que puede calentarlo, cuando su propia esposa correría a buscarle la chaqueta gris y los calzones que con seguridad conserva con esmero en el armario de la alcoba? ¡No! Wakefield no es tan tonto. Sube los escalones, con trabajo. Los veinte años pasados desde que los bajó le han entumecido las piernas, pero él no se da cuenta. ¡Detente, Wakefield! ¿Vas a ir al único hogar que te queda? Pisa tu tumba, entonces. La puerta se abre. Mientras entra, alcanzamos a echarle una mirada de despedida a su semblante y reconocemos la sonrisa de astucia que fuera precursora de la pequeña broma que desde entonces ha estado jugando a costa de su esposa. ¡Cuán despiadadamente se ha burlado de la pobre mujer! En fin, deseémosle a Wakefield buenas noches.
El suceso feliz -suponiendo que lo fuera- sólo puede haber ocurrido en un momento impremeditado. No seguiremos a nuestro amigo a través del umbral. Nos ha dejado ya bastante sustento para la reflexión, una porción del cual puede prestar su sabiduría para una moraleja y tomar la forma de una imagen. En la aparente confusión de nuestro mundo misterioso los individuos se ajustan con tanta perfección a un sistema, y los sistemas unos a otros, y a un todo, de tal modo que con sólo dar un paso a un lado cualquier hombre se expone al pavoroso riesgo de perder para siempre su lugar. Como Wakefield, se puede convertir, por así decirlo, en el Paria del Universo.
Este resumen es todo lo que recuerdo. Pero pienso que el incidente, aunque manifiesta una absoluta originalidad sin precedentes y es probable que jamás se repita, es de esos que despiertan las simpatías del género humano. Cada uno de nosotros sabe que, por su propia cuenta, no cometería semejante locura; y, sin embargo, intuye que cualquier otro podría hacerlo. En mis meditaciones, por lo menos, este caso aparece insistentemente, asombrándome siempre y siempre acompañado por la sensación de que la historia tiene que ser verídica y por una idea general sobre el carácter de su héroe. Cuando quiera que un tema afecta la mente de modo tan forzoso, vale la pena destinar algún tiempo para pensar en él. A este respecto, el lector que así lo quiera puede entregarse a sus propias meditaciones. Mas si prefiere divagar en mi compañía a lo largo de estos veinte años del capricho de Wakefield, le doy la bienvenida, confiando en que habrá un sentido latente y una moraleja, así no logremos descubrirlos, trazados pulcramente y condensados en la frase final. El pensamiento posee siempre su eficacia; y todo incidente llamativo, su enseñanza.
¿Qué clase de hombre era Wakefield? Somos libres de formarnos nuestra propia idea y darle su apellido. En ese entonces se encontraba en el meridiano de la vida. Sus sentimientos conyugales, nunca violentos, se habían ido serenando hasta tomar la forma de un cariño tranquilo y consuetudinario. De todos los maridos, es posible que fuera el más constante, pues una especie de pereza mantenía en reposo a su corazón dondequiera que lo hubiera asentado. Era intelectual, pero no en forma activa. Su mente se perdía en largas y ociosas especulaciones que carecían de propósito o del vigor necesario para alcanzarlo. Sus pensamientos rara vez poseían suficientes ímpetus como para plasmarse en palabras. La imaginación, en el sentido correcto del vocablo, no figuraba entre las dotes de Wakefield. Dueño de un corazón frío, pero no depravado o errabundo, y de una mente jamás afectada por la calentura de ideas turbulentas ni aturdida por la originalidad, ¿quién se hubiera imaginado que nuestro amigo habría de ganarse un lugar prominente entre los autores de proezas excéntricas? Si se hubiera preguntado a sus conocidos cuál era el hombre que con seguridad no haría hoy nada digno de recordarse mañana, habrían pensado en Wakefield. Únicamente su esposa del alma podría haber titubeado. Ella, sin haber analizado su carácter, era medio consciente de la existencia de un pasivo egoísmo, anquilosado en su mente inactiva; de una suerte de vanidad, su más incómodo atributo; de cierta tendencia a la astucia, la cual rara vez había producido efectos más positivos que el mantenimiento de secretos triviales que ni valía la pena confesar; y, finalmente, de lo que ella llamaba "algo raro" en el buen hombre. Esta última cualidad es indefinible y puede que no exista.
Ahora imaginémonos a Wakefield despidiéndose de su mujer. Cae el crepúsculo en un día de octubre. Componen su equipaje un sobretodo deslustrado, un sombrero cubierto con un hule, botas altas, un paraguas en una mano y un maletín en la otra. Le ha comunicado a la señora de Wakefield que debe partir en el coche nocturno para el campo. De buena gana ella le preguntaría por la duración y objetivo del viaje, por la fecha probable del regreso, pero, dándole gusto a su inofensivo amor por el misterio, se limita a interrogarlo con la mirada. Él le dice que de ningún modo lo espere en el coche de vuelta y que no se alarme si tarda tres o cuatro días, pero que en todo caso cuente con él para la cena el viernes por la noche. El propio Wakefield, tengámoslo presente, no sospecha lo que se viene. Le ofrece ambas manos. Ella tiende las suyas y recibe el beso de partida a la manera rutinaria de un matrimonio de diez años. Y parte el señor Wakefield, en plena edad madura, casi resuelto a confundir a su mujer mediante una semana completa de ausencia. Cierra la puerta. Pero ella advierte que la entreabre de nuevo y percibe la cara del marido sonriendo a través de la abertura antes de esfumarse en un instante. De momento no le presta atención a este detalle. Pero, tiempo después, cuando lleva más años de viuda que de esposa, aquella sonrisa vuelve una y otra vez, y flota en todos sus recuerdos del semblante de Wakefield. En sus copiosas cavilaciones incorpora la sonrisa original en una multitud de fantasías que la hacen extraña y horrible. Por ejemplo, si se lo imagina en un ataúd, aquel gesto de despedida aparece helado en sus facciones; o si lo sueña en el cielo, su alma bendita ostenta una sonrisa serena y astuta. Empero, gracias a ella, cuando todo el mundo se ha resignado a darlo ya por muerto, ella a veces duda que de veras sea viuda.
Pero quien nos incumbe es su marido. Tenemos que correr tras él por las calles, antes de que pierda la individualidad y se confunda en la gran masa de la vida londinense. En vano lo buscaríamos allí. Por tanto, sigámoslo pisando sus talones hasta que, después de dar algunas vueltas y rodeos superfluos, lo tengamos cómodamente instalado al pie de la chimenea en un pequeño alojamiento alquilado de antemano. Nuestro hombre se encuentra en la calle vecina y al final de su viaje. Difícilmente puede agradecerle a la buena suerte el haber llegado allí sin ser visto. Recuerda que en algún momento la muchedumbre lo detuvo precisamente bajo la luz de un farol encendido; que una vez sintió pasos que parecían seguir los suyos, claramente distinguibles entre el multitudinario pisoteo que lo rodeaba; y que luego escuchó una voz que gritaba a lo lejos y le pareció que pronunciaba su nombre. Sin duda alguna una docena de fisgones lo habían estado espiando y habían corrido a contárselo todo a su mujer. ¡Pobre Wakefield! ¡Qué poco sabes de tu propia insignificancia en este mundo inmenso! Ningún ojo mortal fuera del mío te ha seguido las huellas. Acuéstate tranquilo, hombre necio; y en la mañana, si eres sabio, vuelve a tu casa y dile la verdad a la buena señora de Wakefield. No te alejes, ni siquiera por una corta semana, del lugar que ocupas en su casto corazón. Si por un momento te creyera muerto o perdido, o definitivamente separado de ella, para tu desdicha notarías un cambio irreversible en tu fiel esposa. Es peligroso abrir grietas en los afectos humanos. No porque rompan mucho a lo largo y ancho, sino porque se cierran con mucha rapidez.
Casi arrepentido de su travesura, o como quiera que se pueda llamar, Wakefield se acuesta temprano. Y, despertando después de un primer sueño, extiende los brazos en el amplio desierto solitario del desacostumbrado lecho.
-No -piensa, mientras se arropa en las cobijas-, no dormiré otra noche solo.
Por la mañana madruga más que de costumbre y se dispone a considerar lo que en realidad quiere hacer. Su modo de pensar es tan deshilvanado y vagaroso, que ha dado este paso con un propósito en mente, claro está, pero sin ser capaz de definirlo con suficiente nitidez para su propia reflexión. La vaguedad del proyecto y el esfuerzo convulsivo con que se precipita a ejecutarlo son igualmente típicos de una persona débil de carácter. No obstante, Wakefield escudriña sus ideas tan minuciosamente como puede y descubre que está curioso por saber cómo marchan las cosas por su casa: cómo soportará su mujer ejemplar la viudez de una semana y, en resumen, cómo se afectará con su ausencia la reducida esfera de criaturas y de acontecimientos en la que él era objeto central. Una morbosa vanidad, por lo tanto, está muy cerca del fondo del asunto. Pero, ¿cómo realizar sus intenciones? No, desde luego, quedándose encerrado en este confortable alojamiento donde, aunque durmió y despertó en la calle siguiente, está efectivamente tan lejos de casa como si hubiera rodado toda la noche en la diligencia. Sin embargo, si reapareciera echaría a perder todo el proyecto. Con el pobre cerebro embrollado sin remedio por este dilema, al fin se atreve a salir, resuelto en parte a cruzar la bocacalle y echarle una mirada presurosa al domicilio desertado. La costumbre -pues es un hombre de costumbres- lo toma de la mano y lo conduce, sin que él se percate en lo más mínimo, hasta su propia puerta; y allí, en el momento decisivo, el roce de su pie contra el peldaño lo hace volver en sí. ¡Wakefield! ¿Adónde vas?
En ese preciso instante su destino viraba en redondo. Sin sospechar siquiera en la fatalidad a la que lo condena el primer paso atrás, parte de prisa, jadeando en una agitación que hasta la fecha nunca había sentido, y apenas sí se atreve a mirar atrás desde la esquina lejana. ¿Será que nadie lo ha visto? ¿No armarán un alboroto todos los de la casa -la recatada señora de Wakefield, la avispada sirvienta y el sucio pajecito- persiguiendo por las calles de Londres a su fugitivo amo y señor? ¡Escape milagroso! Cobra coraje para detenerse y mirar a la casa, pero lo desconcierta la sensación de un cambio en aquel edificio familiar, igual a las que nos afectan cuando, después de una separación de meses o años, volvemos a ver una colina o un lago o una obra de arte de los cuales éramos viejos amigos. ¡En los casos ordinarios esta impresión indescriptible se debe a la comparación y al contraste entre nuestros recuerdos imperfectos y la realidad. En Wakefield, la magia de una sola noche ha operado una transformación similar, puesto que en este breve lapso ha padecido un gran cambio moral, aunque él no lo sabe. Antes de marcharse del lugar alcanza a entrever la figura lejana de su esposa, que pasa por la ventana dirigiendo la cara hacia el extremo de la calle. El marrullero ingenuo parte despavorido, asustado de que sus ojos lo hayan distinguido entre un millar de átomos mortales como él. Contento se le pone el corazón, aunque el cerebro está algo confuso, cuando se ve junto a las brasas de la chimenea en su nuevo aposento.
Eso en cuanto al comienzo de este largo capricho. Después de la concepción inicial y de haberse activado el lerdo carácter de este hombre para ponerlo en práctica, todo el asunto sigue un curso natural. Podemos suponerlo, como resultado de profundas reflexiones, comprando una nueva peluca de pelo rojizo y escogiendo diversas prendas del baúl de un ropavejero judío, de un estilo distinto al de su habitual traje marrón. Ya está hecho: Wakefield es otro hombre. Una vez establecido el nuevo sistema, un movimiento retrógrado hacia el antiguo sería casi tan difícil como el paso que lo colocó en esta situación sin paralelo. Además, ahora lo está volviendo testarudo cierto resentimiento del que adolece a veces su carácter, en este caso motivado por la reacción incorrecta que, a su parecer, se ha producido en el corazón de la señora de Wakefield. No piensa regresar hasta que ella no esté medio muerta de miedo. Bueno, ella ha pasado dos o tres veces ante sus ojos, con un andar cada vez más agobiado, las mejillas más pálidas y más marcada de ansiedad la frente. A la tercera semana de su desaparición, divisa un heraldo del mal que entra en la casa bajo el perfil de un boticario. Al día siguiente la aldaba aparece envuelta en trapos que amortigüen el ruido. Al caer la noche llega el carruaje de un médico y deposita su empelucado y solemne cargamento a la puerta de la casa de Wakefield, de la cual emerge después de una visita de un cuarto de hora, anuncio acaso de un funeral. ¡Mujer querida! ¿Irá a morir? A estas alturas Wakefield se ha excitado hasta provocarse algo así como una efervescencia de los sentimientos, pero se mantiene alejado del lecho de su esposa, justificándose ante su conciencia con el argumento de que no debe ser molestada en semejante coyuntura. Si algo más lo detiene, él no lo sabe. En el transcurso de unas cuantas semanas ella se va recuperando. Ha pasado la crisis. Su corazón se siente triste, acaso, pero está tranquilo. Y, así el hombre regrese tarde o temprano, ya no arderá por él jamás. Estas ideas fulguran cual relámpagos en las nieblas de la mente de Wakefield y le hacen entrever que una brecha casi infranqueable se abre entre su apartamento de alquiler y su antiguo hogar.
-¡Pero si sólo está en la calle del lado! -se dice a veces.
¡Insensato! Está en otro mundo. Hasta ahora él ha aplazado el regreso de un día en particular a otro. En adelante, deja abierta la fecha precisa. Mañana no... probablemente la semana que viene... muy pronto. ¡Pobre hombre! Los muertos tienen casi tantas posibilidades de volver a visitar sus moradas terrestres como el autodesterrado Wakefield.
¡Ojalá yo tuviera que escribir un libro en lugar de un artículo de una docena de páginas! Entonces podría ilustrar cómo una influencia que escapa a nuestro control pone su poderosa mano en cada uno de nuestros actos y cómo urde con sus consecuencias un férreo tejido de necesidad. Wakefield está hechizado. Tenemos que dejarlo que ronde por su casa durante unos diez años sin cruzar el umbral ni una vez, y que le sea fiel a su mujer, con todo el afecto de que es capaz su corazón, mientras él poco a poco se va apagando en el de ella. Hace mucho, debemos subrayarlo, que perdió la noción de singularidad de su conducta.
Ahora contemplemos una escena. Entre el gentío de una calle de Londres distinguimos a un hombre entrado en años, con pocos rasgos característicos que atraigan la atención de un transeúnte descuidado, pero cuya figura ostenta, para quienes posean la destreza de leerla, la escritura de un destino poco común. Su frente estrecha y abatida está cubierta de profundas arrugas. Sus pequeños ojos apagados a veces vagan con recelo en derredor, pero más a menudo parecen mirar adentro. Agacha la cabeza y se mueve con un indescriptible sesgo en el andar, como si no quisiera mostrarse de frente entero al mundo. Obsérvelo el tiempo suficiente para comprobar lo que hemos descrito y estará de acuerdo con que las circunstancias, que con frecuencia producen hombres notables a partir de la obra ordinaria de la naturaleza, han producido aquí uno de estos. A continuación, dejando que prosiga furtivo por la acera, dirija su mirada en dirección opuesta, por donde una mujer de cierto porte, ya en el declive de la vida, se dirige a la iglesia con un libro de oraciones en la mano. Exhibe el plácido semblante de la viudez establecida. Sus pesares o se han apagado o se han vuelto tan indispensables para su corazón que sería un mal trato cambiarlos por la dicha. Precisamente cuando el hombre enjuto y la mujer robusta van a cruzarse, se presenta un embotellamiento momentáneo que pone a las dos figuras en contacto directo. Sus manos se tocan. El empuje de la muchedumbre presiona el pecho de ella contra el hombro del otro. Se encuentran cara a cara. Se miran a los ojos. Tras diez años de separación, es así como Wakefield tropieza con su esposa.
Vuelve a fluir el río humano y se los lleva a cada uno por su lado. La grave viuda recupera el paso y sigue hacia la iglesia, pero en el atrio se detiene y lanza una mirada atónita a la calle. Sin embargo, pasa al interior mientras va abriendo el libro de oraciones. ¡Y el hombre! Con el rostro tan descompuesto que el Londres atareado y egoísta se detiene a verlo pasar, huye a sus habitaciones, cierra la puerta con cerrojo y se tira en la cama. Los sentimientos que por años estuvieron latentes se desbordan y le confieren un vigor efímero a su mente endeble. La miserable anomalía de su vida se le revela de golpe. Y grita exaltado:
-¡Wakefield, Wakefield, estás loco!
Quizás lo estaba. De tal modo debía de haberse amoldado a la singularidad de su situación que, examinándolo con referencia a sus semejantes y a las tareas de la vida, no se podría afirmar que estuviera en su sano juicio. Se las había ingeniado (o, más bien, las cosas habían venido a parar en esto) para separarse del mundo, hacerse humo, renunciar a su sitio y privilegios entre los vivos, sin que fuera admitido entre los muertos. La vida de un ermitaño no tiene paralelo con la suya. Seguía inmerso en el tráfago de la ciudad como en los viejos tiempos, pero las multitudes pasaban de largo sin advertirlo. Se encontraba -digámoslo en sentido figurado- a todas horas junto a su mujer y al pie del fuego, y sin embargo nunca podía sentir la tibieza del uno ni el amor de la otra. El insólito destino de Wakefield fue el de conservar la cuota original de afectos humanos y verse todavía involucrado en los intereses de los hombres, mientras que había perdido su respectiva influencia sobre unos y otros. Sería un ejercicio muy curioso determinar los efectos de tales circunstancias sobre su corazón y su intelecto, tanto por separado como al unísono. No obstante, cambiado como estaba, rara vez era consciente de ello y más bien se consideraba el mismo de siempre. En verdad, a veces lo asaltaban vislumbres de la realidad, pero sólo por momentos. Y aun así, insistía en decir "pronto regresaré", sin darse cuenta de que había pasado veinte años diciéndose lo mismo.
Imagino también que, mirando hacia el pasado, estos veinte años le parecerían apenas más largos que la semana por la que en un principio había proyectado su ausencia. Wakefield consideraría la aventura como poco más que un interludio en el tema principal de su existencia. Cuando, pasado otro ratito, juzgara que ya era hora de volver a entrar a su salón, su mujer aplaudiría de dicha al ver al veterano señor Wakefield. ¡Qué triste equivocación! Si el tiempo esperara hasta el final de nuestras locuras favoritas, todos seríamos jóvenes hasta el día del juicio.
Cierta vez, pasados veinte años desde su desaparición, Wakefield se encuentra dando el paseo habitual hasta la residencia que sigue llamando suya. Es una borrascosa noche de otoño. Caen chubascos que golpetean en el pavimento y que escampan antes de que uno tenga tiempo de abrir el paraguas. Deteniéndose cerca de la casa, Wakefield distingue a través de las ventanas de la sala del segundo piso el resplandor rojizo y oscilante y los destellos caprichosos de un confortable fuego. En el techo aparece la sombra grotesca de la buena señora de Wakefield. La gorra, la nariz, la barbilla y la gruesa cintura dibujan una caricatura admirable que, además, baila al ritmo ascendiente y decreciente de las llamas, de un modo casi en exceso alegre para la sombra de una viuda entrada en años. En ese instante cae otro chaparrón que, dirigido por el viento inculto, pega de lleno contra el pecho y la cara de Wakefield. El frío otoñal le cala hasta la médula. ¿Va a quedarse parado en ese sitio, mojado y tiritando, cuando en su propio hogar arde un buen fuego que puede calentarlo, cuando su propia esposa correría a buscarle la chaqueta gris y los calzones que con seguridad conserva con esmero en el armario de la alcoba? ¡No! Wakefield no es tan tonto. Sube los escalones, con trabajo. Los veinte años pasados desde que los bajó le han entumecido las piernas, pero él no se da cuenta. ¡Detente, Wakefield! ¿Vas a ir al único hogar que te queda? Pisa tu tumba, entonces. La puerta se abre. Mientras entra, alcanzamos a echarle una mirada de despedida a su semblante y reconocemos la sonrisa de astucia que fuera precursora de la pequeña broma que desde entonces ha estado jugando a costa de su esposa. ¡Cuán despiadadamente se ha burlado de la pobre mujer! En fin, deseémosle a Wakefield buenas noches.
El suceso feliz -suponiendo que lo fuera- sólo puede haber ocurrido en un momento impremeditado. No seguiremos a nuestro amigo a través del umbral. Nos ha dejado ya bastante sustento para la reflexión, una porción del cual puede prestar su sabiduría para una moraleja y tomar la forma de una imagen. En la aparente confusión de nuestro mundo misterioso los individuos se ajustan con tanta perfección a un sistema, y los sistemas unos a otros, y a un todo, de tal modo que con sólo dar un paso a un lado cualquier hombre se expone al pavoroso riesgo de perder para siempre su lugar. Como Wakefield, se puede convertir, por así decirlo, en el Paria del Universo.
COMO SI ESTUVIERAS JUGANDO Por Juan José Hernández
Asustada, balanceándose en lo alto de una silla con dos travesaños paralelos como si fuera un palanquín, la llevaron a la estación del pueblo. Por primera vez se alejaba de la casa y veía el monte de algarrobos donde sus hermanos cazaban cardenales para venderlos a los pasajeros del tren.
Inés no conocía el pueblo. Pasaba largas horas sentada sobre una lona, en el piso de tierra de la cocina, mientras su abuela picaba las hojas de tabaco, mezclada con granos de anís, para fabricar cigarros de chala. LA abuela solía marcharse de la casa: iba a curarle el dolor de muelas a su comadre, a preguntar si había correspondencia en la estafeta, a comprar provisiones en el almacén. Los hermanos estaban en el monte. Ella quedaba sola, jugando con su caja de zapatos llena de carreteles y semillas secas. Aburrida, apantallaba el fuego del brasero donde hervía la mazamorra, hacía globitos de saliva con la boca, poco a poco se dormía.
Pero aquel viernes era el día del tren, y a su abuela se le había ocurrido arreglar con una cañas tacuaras, arrancadas del cerco de la casa, la silla que los hermanos cargaron sobre los hombros.
-Ya sabés, Inesita, como si estuvieras jugando- le dijo la abuela antes que partieran. Y le alcanzó el tarro de conservas vacío.
Dos veces por semana, martes y viernes, la abuela y sus dos nietos varones iban a la estación. Llevaban atados de cigarros, casales de pájaros, melones perfumados. Cuando volvían, al anochecer, la abuela sacaba del bolsillo de su delantal los pesos arrugados, que después alisaba con la uña del pulgar, y los hermanos levantaban torrecitas de diez y cinco centavos sobre la mesa de la cocina.
A Inés le hubiera gustado que la llevaran con ellos. Su abuela le decía:
-Más adelante. Cuando hayas crecido.
Inés tenía cinco años. Era nerviosa, enclenque. De repente se le aflojaban las piernas y caía sentada. Los hermanos reían y ella se incorporaba y de dejaba caer de nuevo, feliz de divertirlos. Quería a sus hermanos, aunque la mortificaran a menudo. “Si abría la boca y cerrás los ojos te damos un caramelo”, le decían. Inés aguardaba un rato, con la boca abierta, el caramelo que resultaba ser la pluma de un pájaro o una hormiga, nunca recibió un dedo porque ella sabía morder. Pero muy pronto descubrió el modo de vengarse: le bastaba lanzar un chillido para que la escoba o la zapatilla de la abuela fuese a dar contra la cabeza de uno de sus hermanos. “Grita porque tiene ganas, abuela. No le hemos hecho nada”, decían. La abuela alzaba a su nieta en brazos, murmuraba:
-Para eso sirven: para dar disgustos. No la pueden ver tranquila estos satinases.
Los hermanos eran mellizos. Hasta el año pasado habían ido a la escuela, a dos leguas de la casa, montados en un caballo blanco que les prestaba el vecino. Cuando el maestro se jubiló, ningún otro quiso sustituirlo y la escuela dejó de funcionar. Ellos, que ya sabían leer, conservaban el libro de primero superior y antes de acostarse deletreaban algunas lecciones. Inés, a fuerza de escucharlos, las había aprendido de memoria; tomaba el libro con sus manos y fingía leer. Cuando terminaban la sopa, la abuela los mandaba a la cama. Dormían los tres juntos en un catre de tientos. Las noches eran frescas, silenciosas. La abuela, sentada junto a la lámpara de querosén, armaba cigarros y tomaba mates dulces, con olor a poleo. Afuera se extendía el campo árido bajo la luna, la sombra crispada de los algarrobos, el canto de los grillos. A veces, una lechuza gritaba sobre el techo del rancho. La abuela se persignaba para ahuyentar la desgracia. “Creo en Dios y no en vos -decía-. Ayer pasó a esta misma hora: alguien estará por morir”.
“Se va a morir”, pensó la abuela cuando Rosa le entregó la criatura envuelta en una colcha. Rosa era su hija. No la veía desde una tarde de marzo, cuatro años antes, en que Rosa fue a la ciudad para trabajar de mucama poco después que muriera su marido. A la abuela no le importó cuidar de los mellizos. Se parecían al padre, un hombre fuerte, peón de ferrocarril, que vivió con su hija en una pieza de madera y techo de zinc, detrás de la estación.
El hombre tuvo la mala suerte de emborracharse un domingo y quedarse dormido sobre las vías. Rosa volvió a la casa de la madre, con sus hijos. Para ganar unos pesos preparaba refrescos y empanadillas dulces que ofrecía a los pasajeros del tren.
En el andén de la estación conoció a la señora que le ofreció el empleo de mucama. Aceptó sin vacilar. Había mirado con envidia a las mujeres que viajaban en los coches de primera, con sus turbantes de colores, sus hileras de perlas y sus anteojos ahumados. Nunca bebían refrescos, pero se interesaban en las pantallas decoradas con plumas y a veces compraban tortuguitas. Habían ciertas señoras aprensivas que se negaban a probar una empanada porque “vaya a saber uno con qué están hechas”; otras, indiferentes, hojeaban revistas y comían caramelos; las muy viejas, sofocadas, se refrescaban la frente con algodones empapados con agua de Colonia.
La mujeres de segunda se envolvían la cabeza en toallas y los hombres llevaban, a manera de boina, pañuelos de bolsillo anudados en las puntas. El tren no había terminado de parara cuando ya estaban corriendo en dirección a la bomba del andén; allí se mojaban el pelo, la cara, y llenaban las botellas para tener con qué lavarse cuando el polvo del viaje los volviera a cubrir. Acto continuo se paseaban, asediados por los vendedores; regateaban el precio de una sandía; compraban por el solo placer de comprar, cigarros, pantallas, cardenales. Y cuando partía el tren, trepaban ágilmente a los estribos de los vagones; después sonreían y agitaban la mano en señal de adiós.
Rosa se fue a trabajar a la ciudad. Durante más de cinco años no volvió a ver a su madre, ni a sus hijos, pero todos los meses enviaba una carta con un billete de diez pesos. En esas cartas, escritas probablemente por la señora de la casa, nunca había mencionado el nacimientos de Inés.
-Se la traigo porque allá no quieren ocuparme con la criatura.
La abuela observó con atención a su nieta, que dormía envuelta en una colcha. “Se va a morir”, pensó con frialdad. Después, cuando Inés abrió los ojos:
-Tiene cara de cabrito -dijo.
Rosa le explicó que Inés había quedado así de flaca con la recaída del sarampión.
-No le va a dar trabajo. Es de lo más buenita. Nunca llora.
Luego, en la cocina de la casa, mientras tomaban mate con tortillas de grasa, le contó sus proyectos. Pensaba alquilar una pieza en la ciudad para que todos vivieran juntos. Ella trabajaría afuera; la abuela podía ayudarla con el lavado y el planchado de la ropa.
-He ido comprando algunas cosas. Tengo una cama de bronce, una mesa, un roperito que es mío, con espejo y todo. Antes de fin de año, una amiga me va a dejar la pieza que alquila cerca de una avenida asfaltada. Es una pieza grande con balcón a la calle.
La abuela la escuchaba con desconfianza. Su hija le pareció bastante cambiada: hablaba demasiado, tenía el pelo ondulado, las caderas muy anchas y le faltaban dos dientes: llevaba además una pollera floreada sujeta al talle por un cinturón ajustado que casi le impedía respirar.
Llegaron los mellizos y se detuvieron en el umbral de la cocina, mirando con recelo a la mujer que había venido con la criatura.
-Entren a saludar a su madre -dijo la abuela-. Entren, no sean ariscos.
Abrazaron a Rosa, que exclamaba sonriendo:
-Parece mentira cómo han crecido. Ya están casi de mi alto.
Esa misma tarde, Rosa viajó de nuevo a la ciudad. Al despedirse de su madre, en el andén de la estación, volvió a decirle que le enviaría, antes de fin de año, el dinero para los pasajes.
Durante los primeros meses, la abuela se ocupó de mejorar la salud de su nieta; para fortalecerla le friccionaba las piernas con ceniza caliente, y a la hora del almuerzo le daba trozos de pan untados con caracú. Al principio, Inés recordaba a su madre, “Quiero ir con mi mamá”, lloriqueaba. Después acabó por no pensar más en ella. Sentada en el piso de tierra de la cocina, jugaba con carreteles o miraba a los mellizos que fabricaban jaulas con ramitas para los cardenales del monte. Algunas siestas, aprovechando que la abuela dormía, la llevaban a robar higos del vecino. Inés los recogía en la falda de su delantal. A veces, un higo, demasiado maduro, caía con fuerza y reventaba sobre su cabeza. Ocultos entre las hojas, los mellizos sofocaban la risa, pero cuando bajaban del árbol dejaban de reír: al hacer el reparto, comprobaban que Inés se había comido las mejores brevas. Los días de lluvia jugaban en la cocina. Los mellizos, para asustar a su hermana, imitaban al hijo de la comadre de la abuela, que era retardado y se llamaba Simón.
-Háganse los pícaros, nomás -rezongaba la abuela-. A ver si Dios castiga y quedan tan opas como Simón.
También jugaban al gallo ciego. A veces Inés los espiaba debajo del pañuelo, pero los mellizos siempre la descubrían. “Trampa. No jugamos más”, gritaban, y le tiraban del pelo hasta hacerla llorar. La abuela intervenía con la escoba.
-¡No parecen hermanos! -exclamaba. Después, con un suspiro: -Cuándo llegará fin de año. Ya aprenderán a se juiciosos con la Rosa. Ella no es tan blanda como yo.
Pasó el fin de año y también el carnaval sin que Rosa enviara el dinero para los pasajes. Fueron meses de calor y la sequía amenazaba extenderse a toda la provincia. Como los pozos estaban agotados, la abuela con los mellizos tenía que trasladarse a la estación donde un conscripto vigilaba la distribución del agua. Cargados con latas, esperaban pacientemente su turno en la fila de gente morena y callada que venía del monte con sus hijos descalzos y sus perros escuálidos. Apenas se abría la estafeta, la abuela mandaba a uno de los mellizos a preguntar di había llegado carta de la ciudad. Con el dinero prometido por Rosa pensaba comprar provisiones en el almacén. No le quedaba azúcar para el mate, ni había más hojas de tabaco; las gallinas no ponían un solo huevo, y los aplicados huesos del puchero, de tanto hervir en la olla, no conseguían darle ningún sabor a la sopa. La abuela hubiese preferido morir de hambre antes de comerse una de sus cuatro gallinas. Aquel jueves, sin embargo, después de palpar la rabadilla de la paraguaya y cerciorarse de que no estaba a punto de huevear, resolvió sacrificarla. Era la más vieja de sus gallinas, y desde hacía una semana andaba medio tristona, con las alas caídas.
Se levantó el alba y fue hasta la tusca seca donde dormían las gallinas. La paraguaya, que ponía huevos celestes, estaba muerta al pié de un arbusto. “Pobrecita, se ha muerto de vejez y de sed, como un cristiano”, pensó. La tomó de las patas, le acarició el cuerpo tieso y flaco, el buche vacío. Después, en la cocina, encendió el fuego del brasero y puso a hervir el agua. Sentada, con la paraguaya sobre las rodillas, la abuela empezó a llorar. “Si esto sigue así, tendremos que comer tierra”, de dijo, cuando por la puerta vio el sol detrás del monte que iluminaba el cielo implacable, sin una nube.
Súbitamente, mientras desplumaba a la gallina, la invadió un sentimiento de odio hacia Rosa. Pensó con amargura, con rencor:”Mentira. No es que se nieguen a ocuparla con la criatura. A mi no me engaña. Ha de estar ella tranquila. Ya aparecerá de nuevo aquí con otro hijo a cuestas que yo tendré que criar, porque soy así de zonza”.
Terminó de desplumar a la paraguaya y con un pedazo de papel encendido le chamuscó los canutos de plumas que todavía quedaban debajo las alas y en la cola; después, con un cuchillo filoso, le extrajo las vísceras y la sumergió en la olla de agua hirviendo.
Cuando terminaron de almorzar, la abuela se acostó a dormir la siesta. Aunque era viernes, no irían a la estación porque nada tenían que vender. “Si mañana no llegara carta de Rosa -pensó- tendré que pedirle dinero prestado a mi comadre. La última vez que le curé el dolor de muelas me regaló un paquete de azúcar. Nunca le falta plata con Simón. Me dijo que el opa estaba pesado, que le dolía la cintura de tanto pasearlo por el andén y que, en adelante, para no cansarse, lo llevaría en un cajón con ruedas. Tiene suerte con Simón.
Eran más de las cinco cuando la despertaron los gritos de Inés. Se levantó de la cama para buscar la escoba, pero al asomarse a la puerta, vio que Inés, agitando las manos y con los ojos vendados, trataba de alcanzar a uno de los mellizos. De pronto se le ocurrió ponerle a la silla dos travesaños de tacuara para que los mellizos pudieran cargarla sobre los hombros. Caminando de prisa, alcanzarían la legada del tren. Con pocas palabras, le explicó a su nieta cómo debía comportarse. No era difícil en su improvisado palanquín, con lo ojos entrecerrados, Inés se pasearía por el andén de la estación. “Una limosna para la cieguita”, dirían los mellizos. Después la subió a la silla y le dio un tarro de conservas vacío para que guardara las monedas.
Desde la puerta de la cocina, los vio alejarse en dirección al monte de algarrobos. Entonces, alzando la voz, le recomendó nuevamente:
-Ya sabés, Inesita. Como si estuvieras jugando.
Inés no conocía el pueblo. Pasaba largas horas sentada sobre una lona, en el piso de tierra de la cocina, mientras su abuela picaba las hojas de tabaco, mezclada con granos de anís, para fabricar cigarros de chala. LA abuela solía marcharse de la casa: iba a curarle el dolor de muelas a su comadre, a preguntar si había correspondencia en la estafeta, a comprar provisiones en el almacén. Los hermanos estaban en el monte. Ella quedaba sola, jugando con su caja de zapatos llena de carreteles y semillas secas. Aburrida, apantallaba el fuego del brasero donde hervía la mazamorra, hacía globitos de saliva con la boca, poco a poco se dormía.
Pero aquel viernes era el día del tren, y a su abuela se le había ocurrido arreglar con una cañas tacuaras, arrancadas del cerco de la casa, la silla que los hermanos cargaron sobre los hombros.
-Ya sabés, Inesita, como si estuvieras jugando- le dijo la abuela antes que partieran. Y le alcanzó el tarro de conservas vacío.
Dos veces por semana, martes y viernes, la abuela y sus dos nietos varones iban a la estación. Llevaban atados de cigarros, casales de pájaros, melones perfumados. Cuando volvían, al anochecer, la abuela sacaba del bolsillo de su delantal los pesos arrugados, que después alisaba con la uña del pulgar, y los hermanos levantaban torrecitas de diez y cinco centavos sobre la mesa de la cocina.
A Inés le hubiera gustado que la llevaran con ellos. Su abuela le decía:
-Más adelante. Cuando hayas crecido.
Inés tenía cinco años. Era nerviosa, enclenque. De repente se le aflojaban las piernas y caía sentada. Los hermanos reían y ella se incorporaba y de dejaba caer de nuevo, feliz de divertirlos. Quería a sus hermanos, aunque la mortificaran a menudo. “Si abría la boca y cerrás los ojos te damos un caramelo”, le decían. Inés aguardaba un rato, con la boca abierta, el caramelo que resultaba ser la pluma de un pájaro o una hormiga, nunca recibió un dedo porque ella sabía morder. Pero muy pronto descubrió el modo de vengarse: le bastaba lanzar un chillido para que la escoba o la zapatilla de la abuela fuese a dar contra la cabeza de uno de sus hermanos. “Grita porque tiene ganas, abuela. No le hemos hecho nada”, decían. La abuela alzaba a su nieta en brazos, murmuraba:
-Para eso sirven: para dar disgustos. No la pueden ver tranquila estos satinases.
Los hermanos eran mellizos. Hasta el año pasado habían ido a la escuela, a dos leguas de la casa, montados en un caballo blanco que les prestaba el vecino. Cuando el maestro se jubiló, ningún otro quiso sustituirlo y la escuela dejó de funcionar. Ellos, que ya sabían leer, conservaban el libro de primero superior y antes de acostarse deletreaban algunas lecciones. Inés, a fuerza de escucharlos, las había aprendido de memoria; tomaba el libro con sus manos y fingía leer. Cuando terminaban la sopa, la abuela los mandaba a la cama. Dormían los tres juntos en un catre de tientos. Las noches eran frescas, silenciosas. La abuela, sentada junto a la lámpara de querosén, armaba cigarros y tomaba mates dulces, con olor a poleo. Afuera se extendía el campo árido bajo la luna, la sombra crispada de los algarrobos, el canto de los grillos. A veces, una lechuza gritaba sobre el techo del rancho. La abuela se persignaba para ahuyentar la desgracia. “Creo en Dios y no en vos -decía-. Ayer pasó a esta misma hora: alguien estará por morir”.
“Se va a morir”, pensó la abuela cuando Rosa le entregó la criatura envuelta en una colcha. Rosa era su hija. No la veía desde una tarde de marzo, cuatro años antes, en que Rosa fue a la ciudad para trabajar de mucama poco después que muriera su marido. A la abuela no le importó cuidar de los mellizos. Se parecían al padre, un hombre fuerte, peón de ferrocarril, que vivió con su hija en una pieza de madera y techo de zinc, detrás de la estación.
El hombre tuvo la mala suerte de emborracharse un domingo y quedarse dormido sobre las vías. Rosa volvió a la casa de la madre, con sus hijos. Para ganar unos pesos preparaba refrescos y empanadillas dulces que ofrecía a los pasajeros del tren.
En el andén de la estación conoció a la señora que le ofreció el empleo de mucama. Aceptó sin vacilar. Había mirado con envidia a las mujeres que viajaban en los coches de primera, con sus turbantes de colores, sus hileras de perlas y sus anteojos ahumados. Nunca bebían refrescos, pero se interesaban en las pantallas decoradas con plumas y a veces compraban tortuguitas. Habían ciertas señoras aprensivas que se negaban a probar una empanada porque “vaya a saber uno con qué están hechas”; otras, indiferentes, hojeaban revistas y comían caramelos; las muy viejas, sofocadas, se refrescaban la frente con algodones empapados con agua de Colonia.
La mujeres de segunda se envolvían la cabeza en toallas y los hombres llevaban, a manera de boina, pañuelos de bolsillo anudados en las puntas. El tren no había terminado de parara cuando ya estaban corriendo en dirección a la bomba del andén; allí se mojaban el pelo, la cara, y llenaban las botellas para tener con qué lavarse cuando el polvo del viaje los volviera a cubrir. Acto continuo se paseaban, asediados por los vendedores; regateaban el precio de una sandía; compraban por el solo placer de comprar, cigarros, pantallas, cardenales. Y cuando partía el tren, trepaban ágilmente a los estribos de los vagones; después sonreían y agitaban la mano en señal de adiós.
Rosa se fue a trabajar a la ciudad. Durante más de cinco años no volvió a ver a su madre, ni a sus hijos, pero todos los meses enviaba una carta con un billete de diez pesos. En esas cartas, escritas probablemente por la señora de la casa, nunca había mencionado el nacimientos de Inés.
-Se la traigo porque allá no quieren ocuparme con la criatura.
La abuela observó con atención a su nieta, que dormía envuelta en una colcha. “Se va a morir”, pensó con frialdad. Después, cuando Inés abrió los ojos:
-Tiene cara de cabrito -dijo.
Rosa le explicó que Inés había quedado así de flaca con la recaída del sarampión.
-No le va a dar trabajo. Es de lo más buenita. Nunca llora.
Luego, en la cocina de la casa, mientras tomaban mate con tortillas de grasa, le contó sus proyectos. Pensaba alquilar una pieza en la ciudad para que todos vivieran juntos. Ella trabajaría afuera; la abuela podía ayudarla con el lavado y el planchado de la ropa.
-He ido comprando algunas cosas. Tengo una cama de bronce, una mesa, un roperito que es mío, con espejo y todo. Antes de fin de año, una amiga me va a dejar la pieza que alquila cerca de una avenida asfaltada. Es una pieza grande con balcón a la calle.
La abuela la escuchaba con desconfianza. Su hija le pareció bastante cambiada: hablaba demasiado, tenía el pelo ondulado, las caderas muy anchas y le faltaban dos dientes: llevaba además una pollera floreada sujeta al talle por un cinturón ajustado que casi le impedía respirar.
Llegaron los mellizos y se detuvieron en el umbral de la cocina, mirando con recelo a la mujer que había venido con la criatura.
-Entren a saludar a su madre -dijo la abuela-. Entren, no sean ariscos.
Abrazaron a Rosa, que exclamaba sonriendo:
-Parece mentira cómo han crecido. Ya están casi de mi alto.
Esa misma tarde, Rosa viajó de nuevo a la ciudad. Al despedirse de su madre, en el andén de la estación, volvió a decirle que le enviaría, antes de fin de año, el dinero para los pasajes.
Durante los primeros meses, la abuela se ocupó de mejorar la salud de su nieta; para fortalecerla le friccionaba las piernas con ceniza caliente, y a la hora del almuerzo le daba trozos de pan untados con caracú. Al principio, Inés recordaba a su madre, “Quiero ir con mi mamá”, lloriqueaba. Después acabó por no pensar más en ella. Sentada en el piso de tierra de la cocina, jugaba con carreteles o miraba a los mellizos que fabricaban jaulas con ramitas para los cardenales del monte. Algunas siestas, aprovechando que la abuela dormía, la llevaban a robar higos del vecino. Inés los recogía en la falda de su delantal. A veces, un higo, demasiado maduro, caía con fuerza y reventaba sobre su cabeza. Ocultos entre las hojas, los mellizos sofocaban la risa, pero cuando bajaban del árbol dejaban de reír: al hacer el reparto, comprobaban que Inés se había comido las mejores brevas. Los días de lluvia jugaban en la cocina. Los mellizos, para asustar a su hermana, imitaban al hijo de la comadre de la abuela, que era retardado y se llamaba Simón.
-Háganse los pícaros, nomás -rezongaba la abuela-. A ver si Dios castiga y quedan tan opas como Simón.
También jugaban al gallo ciego. A veces Inés los espiaba debajo del pañuelo, pero los mellizos siempre la descubrían. “Trampa. No jugamos más”, gritaban, y le tiraban del pelo hasta hacerla llorar. La abuela intervenía con la escoba.
-¡No parecen hermanos! -exclamaba. Después, con un suspiro: -Cuándo llegará fin de año. Ya aprenderán a se juiciosos con la Rosa. Ella no es tan blanda como yo.
Pasó el fin de año y también el carnaval sin que Rosa enviara el dinero para los pasajes. Fueron meses de calor y la sequía amenazaba extenderse a toda la provincia. Como los pozos estaban agotados, la abuela con los mellizos tenía que trasladarse a la estación donde un conscripto vigilaba la distribución del agua. Cargados con latas, esperaban pacientemente su turno en la fila de gente morena y callada que venía del monte con sus hijos descalzos y sus perros escuálidos. Apenas se abría la estafeta, la abuela mandaba a uno de los mellizos a preguntar di había llegado carta de la ciudad. Con el dinero prometido por Rosa pensaba comprar provisiones en el almacén. No le quedaba azúcar para el mate, ni había más hojas de tabaco; las gallinas no ponían un solo huevo, y los aplicados huesos del puchero, de tanto hervir en la olla, no conseguían darle ningún sabor a la sopa. La abuela hubiese preferido morir de hambre antes de comerse una de sus cuatro gallinas. Aquel jueves, sin embargo, después de palpar la rabadilla de la paraguaya y cerciorarse de que no estaba a punto de huevear, resolvió sacrificarla. Era la más vieja de sus gallinas, y desde hacía una semana andaba medio tristona, con las alas caídas.
Se levantó el alba y fue hasta la tusca seca donde dormían las gallinas. La paraguaya, que ponía huevos celestes, estaba muerta al pié de un arbusto. “Pobrecita, se ha muerto de vejez y de sed, como un cristiano”, pensó. La tomó de las patas, le acarició el cuerpo tieso y flaco, el buche vacío. Después, en la cocina, encendió el fuego del brasero y puso a hervir el agua. Sentada, con la paraguaya sobre las rodillas, la abuela empezó a llorar. “Si esto sigue así, tendremos que comer tierra”, de dijo, cuando por la puerta vio el sol detrás del monte que iluminaba el cielo implacable, sin una nube.
Súbitamente, mientras desplumaba a la gallina, la invadió un sentimiento de odio hacia Rosa. Pensó con amargura, con rencor:”Mentira. No es que se nieguen a ocuparla con la criatura. A mi no me engaña. Ha de estar ella tranquila. Ya aparecerá de nuevo aquí con otro hijo a cuestas que yo tendré que criar, porque soy así de zonza”.
Terminó de desplumar a la paraguaya y con un pedazo de papel encendido le chamuscó los canutos de plumas que todavía quedaban debajo las alas y en la cola; después, con un cuchillo filoso, le extrajo las vísceras y la sumergió en la olla de agua hirviendo.
Cuando terminaron de almorzar, la abuela se acostó a dormir la siesta. Aunque era viernes, no irían a la estación porque nada tenían que vender. “Si mañana no llegara carta de Rosa -pensó- tendré que pedirle dinero prestado a mi comadre. La última vez que le curé el dolor de muelas me regaló un paquete de azúcar. Nunca le falta plata con Simón. Me dijo que el opa estaba pesado, que le dolía la cintura de tanto pasearlo por el andén y que, en adelante, para no cansarse, lo llevaría en un cajón con ruedas. Tiene suerte con Simón.
Eran más de las cinco cuando la despertaron los gritos de Inés. Se levantó de la cama para buscar la escoba, pero al asomarse a la puerta, vio que Inés, agitando las manos y con los ojos vendados, trataba de alcanzar a uno de los mellizos. De pronto se le ocurrió ponerle a la silla dos travesaños de tacuara para que los mellizos pudieran cargarla sobre los hombros. Caminando de prisa, alcanzarían la legada del tren. Con pocas palabras, le explicó a su nieta cómo debía comportarse. No era difícil en su improvisado palanquín, con lo ojos entrecerrados, Inés se pasearía por el andén de la estación. “Una limosna para la cieguita”, dirían los mellizos. Después la subió a la silla y le dio un tarro de conservas vacío para que guardara las monedas.
Desde la puerta de la cocina, los vio alejarse en dirección al monte de algarrobos. Entonces, alzando la voz, le recomendó nuevamente:
-Ya sabés, Inesita. Como si estuvieras jugando.
LA BALANZA DE LOS BALEK Por Heinrich Böll
En la tierra de mi abuelo, la mayor parte de la gente vivía de trabajar en las agramaderas1. Desde hacía cinco generaciones, pacientes y alegres generaciones que comían queso de cabra, papas y, de cuando en cuando, algún conejo, respiraban el polvo que desprenden al romperse los tallos del lino y dejaban que éste los fuera matando poco a poco. Por la noche, hilaban y tejían en sus chozas, cantaban y bebían té con menta y eran felices. De día, agramaban el lino con las viejas máquinas, expuestos al polvo y también al calor que desprendían los hornos de secar, sin ningún tipo de protección. En sus chozas había una sola cama, semejante a un armario, reservada a los padres, mientras que los hijos dormían alrededor en bancos. Por la mañana la estancia se llenaba de olor a sopas; los domingos había ganchas, y enrojecían de alegría los rostros de los niños cuando en los días de fiesta extraordinaria el negro café de bellotas se teñía de claro, cada vez más claro, con la leche que la madre vertía sonriendo en sus tazones.
Los padres se iban temprano al trabajo y dejaban a los hijos al cuidado de la casa; ellos barrían, hacían las camas, lavaban los platos y pelaban papas: preciosos y amarillentos frutos cuyas finas mondas tenían que presentar luego para no caer bajo sospecha de despilfarro o ligereza.
Cuando los niños regresaban del colegio debían ir al bosque a recoger setas o hierbas, según la época; asperilla, tomillo, comino y menta, también dedalera, y en verano, cuando habían cosechado el heno de sus miserables prados, recogían amapolas. Las pagaban a un pfennig o por un kilo pfennig en la ciudad, los boticarios las vendían por veinte pfennigs a las señoras nerviosas. Las setas eran lo más valioso: las pagaban a veinte pfenngs por kilo y en las tiendas de la ciudad se vendían a un marco veinte. En otoño, cuando la humedad hace brotar las setas de la tierra, los niños penetraban en lo más profundo y espeso del bosque, y así cada familia tenía sus rincones donde recoger las setas, sitios cuyo secreto se transmitía de generación en generación.
Los bosques y las agramaderas pertenecían a los Balek; en el pueblo de mi abuelo los Balek tenían un castillo, y la esposa del cabeza de familia de cada generación tenía un gabinete junto a la despensa donde se pesaban y pagaban las setas, las hierbas y las amapolas. Sobre la mesa de aquel gabinete estaba la gran balanza de los Balek, un antiguo y retorcido artefacto, de bronce dorado, ante el cual habían esperado los abuelos de mi abuelo, con las cestitas de setas y los cucuruchos de amapolas entre sus sucias manos infantiles, mirando ansiosos cuántos pesos tenía que poner la señora Balek en el platillo para que el fiel de la balanza se detuviera exactamente en la raya negra, aquella delgada línea de la justicia que cada año había que trazar de nuevo. La señora Balek después tomaba el libro de lomo de cuero pardo, apuntaba el peso y pagaba el dinero, en pfennigs o en piezas de diez pfennigs y, muy rara vez, de marco. Y cuando mi abuelo era niño allí había un bote de vidrio con caramelos ácidos de los que costaban a marco el kilo, y cuando la señora Balek que en aquella época gobernaba el gabinete se encontraba de buen humor, metía la mano en aquel bote y le daba un caramelo a cada niño, cuyos rostros enrojecían de alegría como cuando su madre, en los días de fiesta extraordinaria, vertía leche en sus tazones, leche que teñía de claro el café, cada vez más claro hasta llegar a ser tan rubio como las trenzas de las niñas.
Una de las leyes que habían impuesto los Balek en el pueblo, era que nadie podía tener una balanza en su casa. Era tan antigua aquella ley que ya a nadie se le ocurría pensar cuándo y por qué había nacido, pero había que respetarla, porque quien no la obedecía era despedido de las agramaderas, y no se le compraban más setas, ni tomillo ni amapolas; y llegaba tan lejos el poder de los Balek que en pueblos vecinos tampoco había nadie que le diera trabajo ni nadie que le comprara las hierbas del bosque. Pero desde que los abuelos de mi abuelo eran niños y recogían setas y las entregaban para que fueran a amenizar los asados o los pasteles de la gente rica de Praga, a nadie se le había ocurrido infringir aquella ley: los huevos se podían contar, se sabía cuánto se tenía hilado midiéndolo por varas y, por lo demás, la balanza de los Balek, antigua y de bronce dorado, no daba la impresión de poder engañar; cinco generaciones habían confiado al negro fiel de la balanza lo que con ahínco infantil recogían en el bosque.
Si bien entre aquellas pacíficas gentes había algunos que burlaban la ley, cazadores furtivos que pretendían ganar en una sola noche más de lo que hubieran ganado en un mes de trabajo en la fábrica de lino, a ninguno se le había ocurrido la idea de comprarse una balanza o fabricársela en casa. Mi abuelo fue el primero que tuvo la osadía de verificar la justicia de los Balek que vivían en el castillo, que poseían dos coches, que siempre le pagaban a un muchacho del pueblo los estudios de teología en el seminario de Praga, a cuya casa, cada miércoles, acudía el párroco a jugar al tarot, a los que el comandante del departamento, luciendo el escudo imperial en el coche, visitaba para Año Nuevo, y a los que en 1900 el emperador en persona elevó a la categoría de nobles.
Mi abuelo era laborioso y listo; se internaba más en los bosques que los otros niños de su estirpe, se aventuraba en la espesura donde, según contaba la leyenda, vivía Bilgan, el gigante que guarda el tesoro de los Balderar. Pero mi abuelo no tenía miedo a Bilgan: se metía hasta lo más profundo del bosque y, ya de niño, cobraba un importante botín de setas, e incluso encontraba trufas que la señora Balek valoraba en treinta pfennigs la libra. Todo lo que vendía a los Balek mi abuelo lo apuntaba en el reverso de una hoja de calendario: cada libra de setas, cada gramo de tomillo, y, con su caligrafía infantil, apuntaba al lado lo que le habían pagado por ello; desde sus siete años hasta los doce, dejó inscrito cada pfennig. Y cuando cumplió los doce llegó el año 1900 y, para celebrar que le emperador les había concedido un título, los Balek regalaron a cada familia del pueblo un cuarto de libra de café auténtico del que viene del Brasil; también repartieron tabaco y cerveza a los hombres, y en el castillo se celebró una gran fiesta: la avenida de chopos que va de la verja al castillo estaba atestada de coches.
El día anterior a la fiesta repartieron el café en el gabinete donde hacía casi cien años que estaba instalada la balanza de los Balek, que se llamaban ahora Balek von Bilgan, porque, según contaba la leyenda, Bilgan, el gigante, había vivido en un gran castillo allí donde ahora están los edificios de los Balek.
Mi abuelo muchas veces me había contado que, al salir de la escuela, fue a recoger el café de cuatro familias: los Chech, los Weidler, los Vohla y el suyo propio, el de los Brüchen. Era la tarde de Año Viejo: había que adornar las casas, hacer pasteles, y no se quiso prescindir de cuatro muchachos para enviarlos al castillo a recoger un cuarto de libra de café.
Fue así como mi abuelo fue a sentarse en el banquillo de madera del gabinete, y esperando que Gertrud, la criada, le entregara los paquetes de octavo de kilo, previamente pesados, cuatro bolsas, fue que le dio por mirar la balanza en cuyo platillo izquierdo había quedado la pesa de medio kilo; la señora Balek von Bilgan estaba ocupada con los preparativos de la fiesta. Y cuando Gertrud fue a meter la mano en el bote de vidrio de los caramelos ácidos para darle uno a mi abuelo, vio que estaba vacío: lo llenaba una vez al año y en él cabía un kilo de los de un marco:
Gertrud se echó a reír y dijo:
-Espera, voy a buscar más.
Y, con los cuatro paquetes de octavo de kilo que habían sido empaquetados y precintados en la fábrica, se quedó mi abuelo delante de la balanza en la que alguien había dejado la pesa de medio kilo. Tomó los cuatro paquetitos de café, los puso en el platillo vacío y su corazón empezó a latir precipitadamente cuando vio que el negro indicador de la justicia permanecía a la izquierda de la raya, el platillo con la pesa de medio kilo seguía abajo y el medio kilo de café flotaba a una altura considerable; su corazón latía aún con más fuerza que si, apostado en el bosque, hubiese estado aguardando a Bilgan, el gigante; y buscó en el bolsillo unos guijarros de esos que siempre llevaba para disparar con la honda contra los gorriones que picoteaban entre las coles de su madre... tres, cuatro, cinco guijarros tuvo que poner al lado de los cuatro paquetes de café antes de que el platillo con la pesa de medio kilo se elevara y el indicador coincidiera, finalmente, con la raya negra. Mi abuelo sacó el café de la balanza, envolvió los cinco guijarros en su pañuelo, y cuando Gertrud regresó con la gran bolsa de a kilo llena de caramelos ácidos que debían durar otro año para provocar el rubor de la alegría en los rostros de los niños, y ruidosamente los metió en el bote, el muchacho permaneció pálido y silencioso como si nada hubiese ocurrido. Pero mi abuelo sólo tomó tres paquetes de café y Gertrud miró asombrada y asustada al pálido muchacho al ver que tiraba el caramelo ácido al suelo, lo pisoteaba y decía:
-Quiero hablar con la señora Balek.
-Querrás decir Balek von Bilgan -replicó Gertrud.
-Está bien, quiero hablar con la señora Balek von Bilgan.
Pero Gertrud se burló de él y mi abuelo volvió de noche al pueblo, dio el café que les correspondía a los Chech, los Weidler y los Vohla, e hizo ver que aún tenía que ir a hablar con el párroco.
Pero se fue con los cinco guijarros envueltos en el pañuelo, camino adelante. Tuvo que ir muy lejos hasta encontrar quien tuviera una balanza, quien pudiera tenerla; en los pueblos de Blaugau y Bernau nadie la tenía, ya sabía eso, los atravesó y luego de caminar dos horas a oscuras llegó a la villa de Dielheim donde vivía el boticario Honig. Salía de casa de Honig el olor a buñuelos recién hechos y cuando Honig abrió la puerta al muchacho aterido de frío, su aliento olía a ponche y llevaba un cigarro húmedo entre los labios. Oprimió un instante las manos frías del muchacho entre las suyas y dijo:
-¿Qué sucede? ¿Han empeorado los pulmones de tu padre?
-No, señor, no vengo en busca de medicinas; yo quería…
Mi abuelo abrió el pañuelo, sacó los cinco guijarros, se los mostró a Honig y dijo:
-Querría que me pesara esto.
Miró asustado para ver qué cara ponía Honig, pero como no decía nada, no se enfadaba ni le preguntaba nada, añadió:
-Es lo que le falta a la justicia.
Y al entrar en la casa caliente, se dio cuenta de que llevaba los pies mojados. La nieve había traspasado su viejo calzado, y al cruzar el bosque las ramas le habían sacudido la nieve encima; estaba cansado y tenía hambre, y de repente se echó a llorar porque pensó en la gran cantidad de setas, de hierbas y de flores pesadas con la balanza a la que faltaba el peso de cinco guijarros para la justicia. Y cuando, sacudiendo la cabeza y con los cinco guijarros en la mano, Honig llamó a su mujer, mi abuelo pensó en la generación de sus padres y en la de sus abuelos, en todas aquellos que habían tenido que pesar sus setas y sus flores en aquella balanza, y le embargó algo así como una gran ola de injusticia y se echó a llorar aún más, y se sentó sin que nadie se lo dijera en una silla de la casa de Honig, sin fijarse en los buñuelos ni en la taza de café caliente que le ofrecía la buena y gorda señora Honig, y no cesó de llorar hasta que el propio Honig volvió de su tienda y, todavía sopesando los guijarros con una mano, decía en voz baja a su mujer:
-Cincuenta y cinco gramos, exactamente.
Mi abuelo anduvo las dos horas de regreso por el bosque, dejó que en su casa lo azotaran, y calló; tampoco contestó cuando le preguntaron por el café; se pasó la noche echando cuentas en el trozo de papel en el cual había apuntado todo lo que entregara a la actual señora Balek von Bilgan y cuando vio la medianoche, cuando se oyeron los disparos de mortero del castillo, el ruido de las carracas y el griterío jubiloso de todo el pueblo, cuando la familia se hubo abrazado y besado, mi abuelo dijo en el silencio que sigue al Año Nuevo:
-Los Balek me deben dieciocho marcos y treinta y dos pfennigs.
Y de nuevo pensó en todos los niños que había en el pueblo, pensó en su hermano Fritz que había recogido muchas setas, en su hermana Ludmilla, pensó en cientos de niños que habían recogido para los Balek setas, hierbas y flores, y no lloró esta vez, sino que contó a sus padres y a sus hermanos lo que había descubierto.
Cuando el día de Año Nuevo los Balek von Bilgan concurrieron a misa mayor con sus nuevas armas -un gigante sentado al pie de un abeto- en su coche ya campeando sobre azul y oro, vieron los duros y pálidos rostros de la gente mirándolos de hito en hito. Habían esperado ver el pueblo lleno de guirnaldas, y que irían por la mañana a cantarles al pie de sus ventanas, y vivas y aclamaciones, pero, cuando ellos pasaron con su coche, el pueblo estaba como muerto; en la iglesia, los pálidos rostros de la gente se volvieron hacia ellos con expresión enemiga, y cuando el párroco subió al púlpito para decir el sermón, sintió el frío de aquellos rostros hasta entonces tan apacibles y amables, pronunció pesaroso su plática y regresó al altar bañado en sudor. Y cuando, después de la misa, los Balek von Bilgan salieron de la iglesia, pasaron entre dos filas de silenciosos y pálidos rostros. Pero la joven Balek von Bilgan se detuvo delante, junto a los bancos de los niños, buscó la cara de mi abuelo, el pequeño y pálido Franz Brücher y, en la misma iglesia, le preguntó:
-¿Por qué no llevaste el café a tu madre?
Y mi abuelo se levantó y dijo:
-Porque todavía me debe usted tanto dinero como cuestan cinco kilos de café -y sacando los cinco guijarros del bolsillo, los presentó a la joven dama y añadió-: Todo esto, cincuenta y cinco gramos, es lo que falta en medio kilo de su justicia.
Y antes de que la señora pudiera decir nada, los hombres y mujeres que había en la iglesia entonaron el canto:
"La Justicia de la tierra, oh, Señor, te dio muerte..."
Mientras los Balek estaban en la iglesia, Wilhelm Vohla, el cazador furtivo, había entrado en el gabinete, habían robado la balanza y aquel libro tan grueso, encuadernado en piel, en el cual estaban anotados todos los kilos de setas, todos los kilos de amapolas, todo lo que los Balek habían comprado en el pueblo. Y toda la tarde del día de Año Nuevo, estuvieron los hombres del pueblo en casa de mis abuelos contando; contaron la décima parte de todo lo que les habían comprado... pero cuando habían ya contado muchos miles de marcos y aún no terminaban, llegaron los gendarmes del comandante del distrito e irrumpieron en la choza de mi abuelo disparando y empuñado las bayonetas y, a la fuerza, se llevaron la balanza y el libro. En la refriega murió la pequeña Ludmilla, hermana de mi abuelo, resultaron heridos un par de hombres y fue agredido uno de los gendarmes por Wilhem Vohla, el cazador furtivo.
No sólo se sublevó nuestro pueblo, sino también Blaugau y Bernau, y durante casi una semana se interrumpió el trabajo de las agramaderas. Pero llegaron muchos gendarmes y amenazaron a hombres y mujeres con meterlos en la cárcel, y los Balek obligaron al párroco a que exhibiera públicamente la balanza en la escuela y demostrara que el fiel de la justicia estaba bien equilibrado. Y hombres y mujeres volvieron a las agramaderas, pero nadie fue a la escuela a ver al párroco. Estuvo allí solo, indefenso y triste con sus pesas, la balanza y las bolsas de café.
Y los niños volvieron a recoger setas, tomillo, flores y dedaleras, mas cada domingo, en cuanto los Balek entraban a la iglesia, se entonaba el canto "La Justicia de la tierra, oh señor, te dio muerte", hasta que el comandante del distrito ordenó hacer un pregón en todos los pueblos diciendo que quedaba prohibido aquel himno.
Los padres de mi abuelo tuvieron que abandonar el pueblo y la reciente tumba de su hijita; emprendieron el oficio de cesteros, no se detenían mucho tiempo en ningún lugar, porque les apenaba ver que en todas partes latía mal el péndulo de la justicia. Andaban tras el carro que avanzaba lentamente por las carreteras, arrastrando una cabra flaca; y quien pasara cerca del carro a veces podía oír que dentro cantaban: "La Justicia de la tierra, oh Señor, te dio muerte". Y quien parara a escucharlos también podía oír la historia de los Balek von Bilgan, a cuya justicia faltaba la décima parte. Pero casi nadie escuchaba.
Los padres se iban temprano al trabajo y dejaban a los hijos al cuidado de la casa; ellos barrían, hacían las camas, lavaban los platos y pelaban papas: preciosos y amarillentos frutos cuyas finas mondas tenían que presentar luego para no caer bajo sospecha de despilfarro o ligereza.
Cuando los niños regresaban del colegio debían ir al bosque a recoger setas o hierbas, según la época; asperilla, tomillo, comino y menta, también dedalera, y en verano, cuando habían cosechado el heno de sus miserables prados, recogían amapolas. Las pagaban a un pfennig o por un kilo pfennig en la ciudad, los boticarios las vendían por veinte pfennigs a las señoras nerviosas. Las setas eran lo más valioso: las pagaban a veinte pfenngs por kilo y en las tiendas de la ciudad se vendían a un marco veinte. En otoño, cuando la humedad hace brotar las setas de la tierra, los niños penetraban en lo más profundo y espeso del bosque, y así cada familia tenía sus rincones donde recoger las setas, sitios cuyo secreto se transmitía de generación en generación.
Los bosques y las agramaderas pertenecían a los Balek; en el pueblo de mi abuelo los Balek tenían un castillo, y la esposa del cabeza de familia de cada generación tenía un gabinete junto a la despensa donde se pesaban y pagaban las setas, las hierbas y las amapolas. Sobre la mesa de aquel gabinete estaba la gran balanza de los Balek, un antiguo y retorcido artefacto, de bronce dorado, ante el cual habían esperado los abuelos de mi abuelo, con las cestitas de setas y los cucuruchos de amapolas entre sus sucias manos infantiles, mirando ansiosos cuántos pesos tenía que poner la señora Balek en el platillo para que el fiel de la balanza se detuviera exactamente en la raya negra, aquella delgada línea de la justicia que cada año había que trazar de nuevo. La señora Balek después tomaba el libro de lomo de cuero pardo, apuntaba el peso y pagaba el dinero, en pfennigs o en piezas de diez pfennigs y, muy rara vez, de marco. Y cuando mi abuelo era niño allí había un bote de vidrio con caramelos ácidos de los que costaban a marco el kilo, y cuando la señora Balek que en aquella época gobernaba el gabinete se encontraba de buen humor, metía la mano en aquel bote y le daba un caramelo a cada niño, cuyos rostros enrojecían de alegría como cuando su madre, en los días de fiesta extraordinaria, vertía leche en sus tazones, leche que teñía de claro el café, cada vez más claro hasta llegar a ser tan rubio como las trenzas de las niñas.
Una de las leyes que habían impuesto los Balek en el pueblo, era que nadie podía tener una balanza en su casa. Era tan antigua aquella ley que ya a nadie se le ocurría pensar cuándo y por qué había nacido, pero había que respetarla, porque quien no la obedecía era despedido de las agramaderas, y no se le compraban más setas, ni tomillo ni amapolas; y llegaba tan lejos el poder de los Balek que en pueblos vecinos tampoco había nadie que le diera trabajo ni nadie que le comprara las hierbas del bosque. Pero desde que los abuelos de mi abuelo eran niños y recogían setas y las entregaban para que fueran a amenizar los asados o los pasteles de la gente rica de Praga, a nadie se le había ocurrido infringir aquella ley: los huevos se podían contar, se sabía cuánto se tenía hilado midiéndolo por varas y, por lo demás, la balanza de los Balek, antigua y de bronce dorado, no daba la impresión de poder engañar; cinco generaciones habían confiado al negro fiel de la balanza lo que con ahínco infantil recogían en el bosque.
Si bien entre aquellas pacíficas gentes había algunos que burlaban la ley, cazadores furtivos que pretendían ganar en una sola noche más de lo que hubieran ganado en un mes de trabajo en la fábrica de lino, a ninguno se le había ocurrido la idea de comprarse una balanza o fabricársela en casa. Mi abuelo fue el primero que tuvo la osadía de verificar la justicia de los Balek que vivían en el castillo, que poseían dos coches, que siempre le pagaban a un muchacho del pueblo los estudios de teología en el seminario de Praga, a cuya casa, cada miércoles, acudía el párroco a jugar al tarot, a los que el comandante del departamento, luciendo el escudo imperial en el coche, visitaba para Año Nuevo, y a los que en 1900 el emperador en persona elevó a la categoría de nobles.
Mi abuelo era laborioso y listo; se internaba más en los bosques que los otros niños de su estirpe, se aventuraba en la espesura donde, según contaba la leyenda, vivía Bilgan, el gigante que guarda el tesoro de los Balderar. Pero mi abuelo no tenía miedo a Bilgan: se metía hasta lo más profundo del bosque y, ya de niño, cobraba un importante botín de setas, e incluso encontraba trufas que la señora Balek valoraba en treinta pfennigs la libra. Todo lo que vendía a los Balek mi abuelo lo apuntaba en el reverso de una hoja de calendario: cada libra de setas, cada gramo de tomillo, y, con su caligrafía infantil, apuntaba al lado lo que le habían pagado por ello; desde sus siete años hasta los doce, dejó inscrito cada pfennig. Y cuando cumplió los doce llegó el año 1900 y, para celebrar que le emperador les había concedido un título, los Balek regalaron a cada familia del pueblo un cuarto de libra de café auténtico del que viene del Brasil; también repartieron tabaco y cerveza a los hombres, y en el castillo se celebró una gran fiesta: la avenida de chopos que va de la verja al castillo estaba atestada de coches.
El día anterior a la fiesta repartieron el café en el gabinete donde hacía casi cien años que estaba instalada la balanza de los Balek, que se llamaban ahora Balek von Bilgan, porque, según contaba la leyenda, Bilgan, el gigante, había vivido en un gran castillo allí donde ahora están los edificios de los Balek.
Mi abuelo muchas veces me había contado que, al salir de la escuela, fue a recoger el café de cuatro familias: los Chech, los Weidler, los Vohla y el suyo propio, el de los Brüchen. Era la tarde de Año Viejo: había que adornar las casas, hacer pasteles, y no se quiso prescindir de cuatro muchachos para enviarlos al castillo a recoger un cuarto de libra de café.
Fue así como mi abuelo fue a sentarse en el banquillo de madera del gabinete, y esperando que Gertrud, la criada, le entregara los paquetes de octavo de kilo, previamente pesados, cuatro bolsas, fue que le dio por mirar la balanza en cuyo platillo izquierdo había quedado la pesa de medio kilo; la señora Balek von Bilgan estaba ocupada con los preparativos de la fiesta. Y cuando Gertrud fue a meter la mano en el bote de vidrio de los caramelos ácidos para darle uno a mi abuelo, vio que estaba vacío: lo llenaba una vez al año y en él cabía un kilo de los de un marco:
Gertrud se echó a reír y dijo:
-Espera, voy a buscar más.
Y, con los cuatro paquetes de octavo de kilo que habían sido empaquetados y precintados en la fábrica, se quedó mi abuelo delante de la balanza en la que alguien había dejado la pesa de medio kilo. Tomó los cuatro paquetitos de café, los puso en el platillo vacío y su corazón empezó a latir precipitadamente cuando vio que el negro indicador de la justicia permanecía a la izquierda de la raya, el platillo con la pesa de medio kilo seguía abajo y el medio kilo de café flotaba a una altura considerable; su corazón latía aún con más fuerza que si, apostado en el bosque, hubiese estado aguardando a Bilgan, el gigante; y buscó en el bolsillo unos guijarros de esos que siempre llevaba para disparar con la honda contra los gorriones que picoteaban entre las coles de su madre... tres, cuatro, cinco guijarros tuvo que poner al lado de los cuatro paquetes de café antes de que el platillo con la pesa de medio kilo se elevara y el indicador coincidiera, finalmente, con la raya negra. Mi abuelo sacó el café de la balanza, envolvió los cinco guijarros en su pañuelo, y cuando Gertrud regresó con la gran bolsa de a kilo llena de caramelos ácidos que debían durar otro año para provocar el rubor de la alegría en los rostros de los niños, y ruidosamente los metió en el bote, el muchacho permaneció pálido y silencioso como si nada hubiese ocurrido. Pero mi abuelo sólo tomó tres paquetes de café y Gertrud miró asombrada y asustada al pálido muchacho al ver que tiraba el caramelo ácido al suelo, lo pisoteaba y decía:
-Quiero hablar con la señora Balek.
-Querrás decir Balek von Bilgan -replicó Gertrud.
-Está bien, quiero hablar con la señora Balek von Bilgan.
Pero Gertrud se burló de él y mi abuelo volvió de noche al pueblo, dio el café que les correspondía a los Chech, los Weidler y los Vohla, e hizo ver que aún tenía que ir a hablar con el párroco.
Pero se fue con los cinco guijarros envueltos en el pañuelo, camino adelante. Tuvo que ir muy lejos hasta encontrar quien tuviera una balanza, quien pudiera tenerla; en los pueblos de Blaugau y Bernau nadie la tenía, ya sabía eso, los atravesó y luego de caminar dos horas a oscuras llegó a la villa de Dielheim donde vivía el boticario Honig. Salía de casa de Honig el olor a buñuelos recién hechos y cuando Honig abrió la puerta al muchacho aterido de frío, su aliento olía a ponche y llevaba un cigarro húmedo entre los labios. Oprimió un instante las manos frías del muchacho entre las suyas y dijo:
-¿Qué sucede? ¿Han empeorado los pulmones de tu padre?
-No, señor, no vengo en busca de medicinas; yo quería…
Mi abuelo abrió el pañuelo, sacó los cinco guijarros, se los mostró a Honig y dijo:
-Querría que me pesara esto.
Miró asustado para ver qué cara ponía Honig, pero como no decía nada, no se enfadaba ni le preguntaba nada, añadió:
-Es lo que le falta a la justicia.
Y al entrar en la casa caliente, se dio cuenta de que llevaba los pies mojados. La nieve había traspasado su viejo calzado, y al cruzar el bosque las ramas le habían sacudido la nieve encima; estaba cansado y tenía hambre, y de repente se echó a llorar porque pensó en la gran cantidad de setas, de hierbas y de flores pesadas con la balanza a la que faltaba el peso de cinco guijarros para la justicia. Y cuando, sacudiendo la cabeza y con los cinco guijarros en la mano, Honig llamó a su mujer, mi abuelo pensó en la generación de sus padres y en la de sus abuelos, en todas aquellos que habían tenido que pesar sus setas y sus flores en aquella balanza, y le embargó algo así como una gran ola de injusticia y se echó a llorar aún más, y se sentó sin que nadie se lo dijera en una silla de la casa de Honig, sin fijarse en los buñuelos ni en la taza de café caliente que le ofrecía la buena y gorda señora Honig, y no cesó de llorar hasta que el propio Honig volvió de su tienda y, todavía sopesando los guijarros con una mano, decía en voz baja a su mujer:
-Cincuenta y cinco gramos, exactamente.
Mi abuelo anduvo las dos horas de regreso por el bosque, dejó que en su casa lo azotaran, y calló; tampoco contestó cuando le preguntaron por el café; se pasó la noche echando cuentas en el trozo de papel en el cual había apuntado todo lo que entregara a la actual señora Balek von Bilgan y cuando vio la medianoche, cuando se oyeron los disparos de mortero del castillo, el ruido de las carracas y el griterío jubiloso de todo el pueblo, cuando la familia se hubo abrazado y besado, mi abuelo dijo en el silencio que sigue al Año Nuevo:
-Los Balek me deben dieciocho marcos y treinta y dos pfennigs.
Y de nuevo pensó en todos los niños que había en el pueblo, pensó en su hermano Fritz que había recogido muchas setas, en su hermana Ludmilla, pensó en cientos de niños que habían recogido para los Balek setas, hierbas y flores, y no lloró esta vez, sino que contó a sus padres y a sus hermanos lo que había descubierto.
Cuando el día de Año Nuevo los Balek von Bilgan concurrieron a misa mayor con sus nuevas armas -un gigante sentado al pie de un abeto- en su coche ya campeando sobre azul y oro, vieron los duros y pálidos rostros de la gente mirándolos de hito en hito. Habían esperado ver el pueblo lleno de guirnaldas, y que irían por la mañana a cantarles al pie de sus ventanas, y vivas y aclamaciones, pero, cuando ellos pasaron con su coche, el pueblo estaba como muerto; en la iglesia, los pálidos rostros de la gente se volvieron hacia ellos con expresión enemiga, y cuando el párroco subió al púlpito para decir el sermón, sintió el frío de aquellos rostros hasta entonces tan apacibles y amables, pronunció pesaroso su plática y regresó al altar bañado en sudor. Y cuando, después de la misa, los Balek von Bilgan salieron de la iglesia, pasaron entre dos filas de silenciosos y pálidos rostros. Pero la joven Balek von Bilgan se detuvo delante, junto a los bancos de los niños, buscó la cara de mi abuelo, el pequeño y pálido Franz Brücher y, en la misma iglesia, le preguntó:
-¿Por qué no llevaste el café a tu madre?
Y mi abuelo se levantó y dijo:
-Porque todavía me debe usted tanto dinero como cuestan cinco kilos de café -y sacando los cinco guijarros del bolsillo, los presentó a la joven dama y añadió-: Todo esto, cincuenta y cinco gramos, es lo que falta en medio kilo de su justicia.
Y antes de que la señora pudiera decir nada, los hombres y mujeres que había en la iglesia entonaron el canto:
"La Justicia de la tierra, oh, Señor, te dio muerte..."
Mientras los Balek estaban en la iglesia, Wilhelm Vohla, el cazador furtivo, había entrado en el gabinete, habían robado la balanza y aquel libro tan grueso, encuadernado en piel, en el cual estaban anotados todos los kilos de setas, todos los kilos de amapolas, todo lo que los Balek habían comprado en el pueblo. Y toda la tarde del día de Año Nuevo, estuvieron los hombres del pueblo en casa de mis abuelos contando; contaron la décima parte de todo lo que les habían comprado... pero cuando habían ya contado muchos miles de marcos y aún no terminaban, llegaron los gendarmes del comandante del distrito e irrumpieron en la choza de mi abuelo disparando y empuñado las bayonetas y, a la fuerza, se llevaron la balanza y el libro. En la refriega murió la pequeña Ludmilla, hermana de mi abuelo, resultaron heridos un par de hombres y fue agredido uno de los gendarmes por Wilhem Vohla, el cazador furtivo.
No sólo se sublevó nuestro pueblo, sino también Blaugau y Bernau, y durante casi una semana se interrumpió el trabajo de las agramaderas. Pero llegaron muchos gendarmes y amenazaron a hombres y mujeres con meterlos en la cárcel, y los Balek obligaron al párroco a que exhibiera públicamente la balanza en la escuela y demostrara que el fiel de la justicia estaba bien equilibrado. Y hombres y mujeres volvieron a las agramaderas, pero nadie fue a la escuela a ver al párroco. Estuvo allí solo, indefenso y triste con sus pesas, la balanza y las bolsas de café.
Y los niños volvieron a recoger setas, tomillo, flores y dedaleras, mas cada domingo, en cuanto los Balek entraban a la iglesia, se entonaba el canto "La Justicia de la tierra, oh señor, te dio muerte", hasta que el comandante del distrito ordenó hacer un pregón en todos los pueblos diciendo que quedaba prohibido aquel himno.
Los padres de mi abuelo tuvieron que abandonar el pueblo y la reciente tumba de su hijita; emprendieron el oficio de cesteros, no se detenían mucho tiempo en ningún lugar, porque les apenaba ver que en todas partes latía mal el péndulo de la justicia. Andaban tras el carro que avanzaba lentamente por las carreteras, arrastrando una cabra flaca; y quien pasara cerca del carro a veces podía oír que dentro cantaban: "La Justicia de la tierra, oh Señor, te dio muerte". Y quien parara a escucharlos también podía oír la historia de los Balek von Bilgan, a cuya justicia faltaba la décima parte. Pero casi nadie escuchaba.
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