jueves, 27 de junio de 2013

El humor en la poesía - Selección de varios autores

Muchas son, y sin embargo, poco conocidas, las poesías que tratan temas humorísticos o jocosos sin perder el encanto propio de esta tan particular rama de la literatura. Generalmente comparten algunos códigos con la sátira poética, pero aún así, son mucho más humanas y coloridas que aquellas, y no menos profundas en cuanto al conocimiento del lado cómico del hombre, quizás la única criatura capaz no sólo de pensarse a sí mismo, sino de reírse de sí mismo.
Para aquellos que creen que la poesía sólo es un arte “serio” y que sólo vale la pena leer cosas serias para no perder “profundidad”, les recomendamos leer algunas obras de ilustres poetas, desde Villón a Girondo, pasando por Cervantes, Vital Aza, Samaniego, Lope de Vega, Marechal, etc., escritores que han cultivado verdaderas obras de arte en este tan delicado y hasta a veces, desconocido género.



Diálogo entre Babieca y Rocinante
Miguel de Cervantes Saavedra


B. ¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?
R. Porque nunca se come y se trabaja.
B. Pues, ¿Qué es de la cebada y de la paja?
R. No me deja mi amo ni un bocado.
B. Anda, señor, que estáis muy mal criado,
    pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.
R. Asno se es de la cuna a la mortaja.
    ¿Queréoslo ver? Miradlo enamorado.
B. ¿En necedad amar R. No es gran prudencia.
B. Metafísico estáis. R. Es que no como
B. Quejaos del escudero R. No es bastante.
    ¿Cómo me he de quejar de mi dolencia,
    si el amo y escudero o mayordomo
    son tan rocines como Rocinante?




Va de cuento
Luis Taboada

Con propósitos severos,
y en bien de la religión, 
hallábanse en una reunión
diferentes “caballeros”

Uno era subintendente;
otro, dueño de una tienda;
otro, ministro de hacienda
y así sucesivamente…

“Hay que contener la cosa 
con toda severidad,
porque cunde la impiedad
de una manera espantosa”

esto dijo el más anciano,
que era sastre; “¡Viva el clero!”
“¡Viva!”  repitió un casero;
“¡Viva!”  gritó el escribano.

Y, mientras la gente “pía”
se emociona y se arrebata…
¡falta el tintero de plata
que estaba en la escribanía!

“¡Señores! gritó, altanero
uno de los más fogosos-
todos sois muy religiosos…
¡pero aquí falta el tintero!

Y, como a nadie convenga
saber quién el caco fue,
yo la luz apagaré
y sáquelo quien lo tenga”.

Sopló: Por la sacristía
tendiese el negro capuz.
y…cuando encendió la luz…
¡¡ faltaba la escribanía!!



El agua (Poema veraniego a la manera de Leopoldo Lugones)
Leopoldo Marechal

El agua es elemento del gazpacho
y afrenta sin igual para el borracho,
el cual, diciéndolo de otro modo,
también se llama beodo.
Canta en los canalones
cuando forja el bienestar del paragüero;
es teniente coronel del puchero
y tiene sus razones
para lavar los pies de Leopoldo Lugones,
pies anhelantes de sosiego
tras escribir un Poema Solariego.
En el mar es un vasto complot
que hace naufragar el parquebot,
y es un pretexto un  tanto frío
para que exista el río.
El gañán ávido la chupa,
y sin ella no flota la chalupa,
aunque, tratándose de agua,
en lugar de chalupa mejor queda piragua. 



Oda al mar
Vital Aza

Pues señor; es preciso, indispensable,
escribir algo serio, algo notable.
Esos versos festivos y ligeros,
sin importancia, insustanciales, hueros
son baldón de la dulce poesía.
¡Habrá que “comprimirse” caballeros!
¡Nada de ligerezas! ¡Tontería!
Aquí se necesita  está probado- 
en vez de ser ligero, ser pesado.
Lo he decidido ya, nada me inquieta.
Mi inspiración a chorros se desata…
¡Hoy me siento poeta!
No sé si acaso meteré la pata;
posible es que la meta;
pero, en fin, por probarlo no quede.
Ya veremos después lo que sucede.
Mas aquí para brillar y darse tono,
es preciso entonarse, y yo me entono:
“¡Oh, mar! ¡Soberbio mar! Sobre la espuma
de tus rugientes olas, que el embate
sufren innobles de la densa bruma…”
Ya se me fue la pluma 
y acabo de decir un disparate.
Esto no vale nada.
Volvamos a empezar. Es lo prudente.
¡Ven en mi ayuda, inspiración sagrada!...
Ya la siento venir... Ya arde en mi frente
Lo que es ahora sé que ya no dudo:
¡Oh, mar! ¡Soberbio mar! ¡Oh, mar hirviente!
¡Oh, proceloso mar! ¡Yo te saludo!”
Así, perfectamente
me ha salido muy bien, ¡pues ya lo creo!
Ya sé que al mar le tiene sin cuidado
que lo salude o no, pero deseo
que vea el mar que estoy bien educado.
No quita lo cortés a lo inspirado.
"¡Yo te saludo, oh, mar! ¡Y no te temo!...”
“No te te” ..no está bien, en poesía
cometer tan atroz cacofonía.
Conocer los defectos ya es bastante.
Borremos el verso y adelante:
"No con temor, con amoroso anhelo
veo ¡oh, mar! que se elevan orgullosas,
hasta tocar en el azul del cielo
tus ingentes montañas espumosas”
El adjetivo “ingentes”,
por no estar al alcance de las gentes,
es aquí de un efecto extraordinario.
Las palabras vulgares y corrientes
no son para estas odas, convenientes.
¡Para algo ha de servir el diccionario!
"¡Humilla tu altivez, - ¡Oh, mar!  que inmolas
con loco orgullo tu pasión vencida;
que, al morir en la playa, son tus olas
imagen verdadera de la vida!”
Me gusta este cuarteto. Es muy bonito.
¿Qué hay dos ripios decís? ¡Pues no los quito!
Bien disculpa dos ripios, - ¡poca cosa!-
el decir una idea tan hermosa.
Yo  -a la verdad-  con nadie apostaría
a que la idea sea mía;
mas sea de quien sea ,
la originalidad en poesía,
está en el modo de expresar la idea.
Sobre estas dudas, pues, hagamos punto
y vayamos al fondo del asunto:
"Guardas ¡oh, mar! en tu profundo seno
- como guarda el avaro su tesoro-,
revuelto en el cieno
perlas, corales y lingotes de oro”
¡Qué atrocidad! No sé lo que me digo
“¡Oro en lingotes en el mar profundo!”
Puede ser que lo encuentre junto a Vigo
del cargamento aquel del Nuevo mundo!
¡En otra parte, no!¡La dulce lira
me ha obligado a decir una mentira!
(Mentira disculpable en un poeta,
pues mienten todos más que La Gaceta).
"Guardas, ¡oh, mar! en tu profundo seno..."
¡Cualquiera sabe lo que habrá en su fondo!
Pero yo he de insistir en mi manía...
"Guardas, ¡oh, mar! en tu profundo.."¡Bueno!
Que guarde lo que quiera, No respondo
de no decir alguna tontería.
"De tu insondable abismo, en lo más hondo;
de tus frías entrañas en el centro,
guardas, ¡oh, mar!...” Quisiera decir algo
y ¡nada!, no lo encuentro.
Me he metido en el fondo y ya no salgo.
Media hora hace ya que me chapuzo.
Ya no soy un poeta, ¡soy un buzo!
¡Vaya el mar al demonio! Estoy cansado.
No sirvo para el caso, ya lo veo.
Con tanto “¡Oh, mar!, ¡Oh, mar!” como he soltado,
estoy completamente “mareado”
Cuelgo la lira y vóyme de paseo
a ver si se me quita este “mareo”.


EL MUCHACHO SIN CARTA DE RECOMENDACIÓN - Por Ernesto Nelson

Un comerciante publicó un aviso en un periódico pidiendo un muchacho que le ayudara en su oficina. Unos cincuenta respondieron: pero él eligió uno, despachando el resto.
- Deseo saber  le preguntó un amigo- en qué basó usted su elección, pues el muchacho elegido no tenía recomendación alguna.
- Se engaña usted  respondió el comerciante.- Tenía muchas recomendaciones. Se descubrió y limpió los zapatos en el felpudo antes de entrar, cerró la puerta después de pasar, cedió su asiento al viejo, respondió a mis preguntas con precisión y prontitud, levantó el libro que de propósito yo había dejado en el suelo, y esperó su turno sin empujar a los otros. Sus vestidos estaban aseados, su cabello peinado y sus uñas limpias. ¿No le parece que esas eran buenas cartas de recomendación?

EL PEQUEÑO INDICIO

El señor Laffitte, gran banquero francés, se complacía a menudo en narrar la anécdota de sus comienzos:
“Éramos ocho los jovencitos que pretendíamos la vacante de aquel establecimiento comercial. El dueño, don Alfonso Lauson, nos iba despidiendo uno a uno hasta el día siguiente, después de hacernos muchas preguntas raras que nada tenían que ver con las compras y las ventas. Yo era el último. Respondí casi maquinalmente a las preguntas d rigor, saludé con una inclinación y me volví con el desaliento en el alma.
Al cruzar el  umbral vi brillar un alfiler en el suelo. Me incliné para levantarlo, pero me fue difícil porque estaba metido en la junta de dos tablas del piso. Cuando logré aprisionarlo me enderecé y, al mismo tiempo que echaba a andar, intenté fijarlo en el reverso de la solapa del saco.
- Oiga joven - llamó don Alfonso, que había estado observándome-; ¿está dispuesto a comenzar hoy mismo sus tareas?
- ¡Cómo no, señor! -Respondí con rapidez, al tiempo que, debido a la sorpresa, me clavaba la punta del alfiler en el pulgar.
- Bueno, pues; termine de una vez de fijar ese alfiler en la solapa y vaya ordenando estas cajas en el estante de arriba. Mañana se encargará usted mismo de despedir a los otros muchachos diciéndoles que la vacante ha sido llenada. Y si le preguntan cómo hizo para conseguir el puesto, dé vuelta la solapa y muéstreles el alfiler.”
Y al decir esto el señor Laffitte doblaba efectivamente la solapa de su levitón y mostraba a sus contertulios el alfiler de su lejana aventura.

Elbert Hubbard - Un mensaje a García

Nota preliminar:

Este artículo fue publicado por primera vez a comienzos del siglo XX. Fue escrito en solo una hora y para rellenar un espacio en la primera página de un periódico local. Se ha copiado millones de veces alrededor de todo el mundo. Pero aún hoy en día, sigue siendo difícil encontrar personas que puedan llevar Un Mensaje a García. 
Se dice que Elbert Hubbard, en el último año del siglo pasado (1899) se encontraba solo en la redacción de un pequeño periódico en el medio Oeste de los Estados Unidos un domingo por la tarde preparando la edición del lunes. Le faltaba llenar un espacio en la primera página, y como no existían las agencias de noticias se vio obligado a rellenar el espacio con un pequeño escrito que improvisó y tituló "Un Mensaje A García". Lo escribió en una hora. Unas semanas después recibió una carta del Presidente de la New York Central Railroad (otros dicen fue la US Steel), una de las compañías más grande de la creciente Nación, solicitándole 100000 copias de su escrito y que le enviara la factura por lo que fuera.
Como no tenía una imprenta disponible para producir un pedido tan grande, le contestó autorizándolo a reproducirlo solicitándole se especificara el nombre del autor. Meses más tarde, una delegación de Rusia visitó la NYCR y le interesó el pequeño escrito. Lo llevaron al Zar de Rusia el cual ordenó traducirlo y que se le entregara a cada empleado ruso. Pasaron los años y al comienzo de la Primera Guerra Mundial, los japoneses encontraron un pequeño papel amarillo que tenían todos los prisioneros rusos en el frente de batalla y entendiendo era un secreto militar lo enviaron a Tokio. Los japoneses lo tradujeron y ordenaron se le entregara a cada soldado y empleado japonés. Así pasó con los alemanes, españoles, turcos, chinos, franceses y los italianos, hasta regresar a los americanos. Luego se preparó hasta una película para el cine.
Para 1913 se habían distribuido más de 40 millones y traducido a todos los idiomas, constituyéndose “Un Mensaje a García” en el escrito más publicado estando vivo su autor hasta esa época. Quizás porque algunas de las ideas y conceptos del escrito "Un Mensaje a García" pueden resultar hoy día chocantes, pocos lo conocen hoy.
Pero entendemos que, además de ser uno de los escritos que más se ha publicado y leído, su valor hoy es incuestionable. Por eso reproducimos su traducción. Además de haber hecho el compromiso, como miles lo hicieron antes, de distribuir “el mensaje” en cada oportunidad que nos sea posible. Obviamente, esto no sólo incluye al hombre común, sino también a cualquier persona y condición social, sea éste un niño, un estudiante, un empleado, un patrón, un político, una ama de casa,  un religioso, un médico, un gobernante, un docente, etc. etc. Y es aplicable en cualquier tiempo y lugar, en Cafrería del siglo XIX como en el Balcarce del siglo XXI... Pero vayamos al artículo:  


Hay en la historia de Cuba un hombre que destaca en mi memoria como Marte en Perihelio.
Al estallar la guerra entre los Estados Unidos y España, era necesario entenderse con toda rapidez con el jefe de los revolucionarios de Cuba.
En aquellos momentos este jefe, el general García, estaba emboscado en las esperanzas de las montañas, nadie sabía donde. Ninguna comunicación le podía llegar ni por correo ni por telégrafo. No obstante, era preciso que el presidente de los Estados Unidos se comunicara con él. ¿Qué debería hacerse?
Alguien aconsejó al Presidente: “Conozco a un tal Rowan que, si es posible encontrar a García, lo encontrará”. Buscaron a Rowan y le entregó la carta para García.
Rowan tomó la carta y la guardó en una bolsa impermeable, sobre su pecho, cerca del corazón.
Después de cuatro días de navegación dejó la pequeña canoa que le había conducido a la costa de Cuba. Desapareció por entre los juncales y después de tres semanas se presentó al otro lado de la isla; había atravesado a pie un país hostil y había cumplido su misión de entregar a García el mensaje del que era portador.
No es el objeto de este articulo narrar detalladamente el episodio que he descrito a grandes rasgos. Lo que quiero hacer notar es lo siguiente: McKinley le dio a Rowan una carta para que la entregara a García, y Rowan no preguntó: “¿En donde lo encuentro?”
Verdaderamente aquí hay un hombre que debe ser inmortalizado en bronce y su estatua colocada en todos los colegios del país.
No existe un hombre que haya tenido que realizar una gestión donde se requiera de muchas otras personas, que no haya sido abrumado muchas veces por la imbecilidad del hombre común - la inhabilidad o desinterés de concentrarse en una cosa y realizarla. Requerir ayuda innecesaria, la desatención tonta, la indiferencia necia, y el trabajo a medias parece ser la norma; y ningún hombre puede realizar sus objetivos a menos que por la fuerza o engaño o amenazas obligue o soborne a otros para que le ayuden; o por extraño que parezca, Dios en su infinita bondad realice un milagro, y le envíe el Angel de la Luz como asistente.
Es esa incapacidad para obrar independientemente, esa incapacidad moral estúpida, esa blandenguería de la voluntad y el carácter, ese desinterés y falta de disposición para hacer bien las cosas de buena gana, ésas son las cosas que han pospuesto para lejos en el futuro la convivencia perfecta de los hombres. Si el hombre no actúa por su propia iniciativa para sí mismo, ¿qué hará cuando el producto de sus esfuerzos sea para todos?
El hombre que al entregársele un mensaje a García, tranquilamente toma la misiva, sin hacer preguntas idiotas, y sin intención de arrojarla a la primera alcantarilla que encuentre a su paso, o de hacer otra cosa que no sea entregarla a su destinatario, ese hombre nunca queda sin recompensa. La civilización busca ansiosa, insistentemente, a esa clase de hombres. Cualquier cosa que ese hombre pida, la consigue.
Porque no es erudición lo que necesita la juventud, ni enseñanza de tal o cual cosa, sino la inculcación del amor al deber, de la fidelidad a la confianza que en ella se deposita, del obrar con prontitud, del concentrar todas sus energías; hacer bien lo que se tiene que hacer. “Llevar un Mensaje a García”.
El general García ha muerto; pero hay muchos otros García en todas partes.
A un hombre así se le necesita en todas las ciudades, pueblos y aldeas, en todas las oficinas, talleres, fábricas y almacenes. El mundo entero clama por él, se necesita, ¡¡Urge… el hombre que pueda llevar un mensaje a García !!

Para mayor ejemplo, bástenos la aplicación que hace M. Guzmán Maturana en su libro “El libro de la egresada” (1945)

“En una casa comercial, un empleado antiguo pide permiso para ver al director.
- ¿Qué hay?
- Señor director, ayer ha sido nombrado X para ocupar la vacante de N. Soy cinco años más antiguo que X, señor, y X es dieciséis años más joven que yo...
El director lo interrumpe:
- ¿Quiere usted averiguar la causa de ese ruido?
Al poco rato el empleado regresa, diciendo:
- Son unos carros que pasan.
-¿Qué llevan?
Después de otra salida:
- Unos sacos.
- ¿Qué contienen los sacos?
Nuevo viaje a la calle:
- No se ve lo que llevan
- ¿Adónde van?
Cuarta salida:
- Van hacia el este.
El director llama al joven X y le dice:
- ¿Quiere averiguar la causa de ese ruido?
X sale y regresa quince minutos después:
- Son cuatro carros cargados con sacos de azúcar; forman parte de quince toneladas que la casa M remite a tal parte. Esta mañana pasaron los mismos carros con igual carga. Se dirigen a la estación Central.
El director, dirigiéndose al empleado antiguo:
- ¿Ha comprendido usted?...

Se necesita con toda urgencia y en todas partes un Rowan que sepa llevar un mensaje a García.

POR QUÉ LLORAN LOS SAUCES - Jorge A. Dágata

Los huaiques cubrían las márgenes de nuestros arroyos, desde siempre. Es una especie autóctona que no conoció otro nombre hasta que vinieron los europeos y la llamaron sauce. Cuando los botánicos se pusieron a clasificar, volvieron a bautizarlos de una forma a la vez nueva y antigua: Salix chilensis.
Pero a ellos no les importaba la cuestión de las palabras. Un árbol prefería llamarse huaique y un sauzal era huaiquequén. Tan importantes fueron en el paisaje de la pampa que con el andar del tiempo hasta un río tomó prestado el sonido de los sauzales: el Quequén.
Si los europeos sólo hubiesen traído nuevos nombres para viejas cosas, los huaiques seguirían dando sombra, leña y medicina, inclinando sus ramas verdes hacia el agua que nutría las raíces. Pero muchas otras cosas trajeron, entre ellas los caballos con los que el indio amplió su horizonte, antes limitado a la lentitud de los pies.
Las sierras tuvieron pobladores del norte, del oeste y del sur, que se fueron emparentando y no siempre de manera amistosa. Del este, por el océano, llegaron los nombradores que ya nombramos y hubo siglos de mezcla menos amistosa todavía.
En ese tiempo fue que vivía por esta zona una tribu, puelche de origen, tehuelche por parentesco, mapuche por idioma, creencia y costumbres. No habían perdido del todo su contacto con los paisanos, como les decían ellos, que poblaban la Patagonia. Tehuel significa bravío y che, gente. Pero para los serranos, tehuel era el sur desconocido, de donde provenían sus ancestros. Recorrer esas distancias llevaba semanas, con buena suerte. La tribu no recordaba que ninguno de sus miembros lo hubiese intentado. Sí sabían de muchos de sus parientes que venían del otro lado, pero sólo en tránsito y casi como desconocidos. Trababan amistad por muy poco tiempo y luego los veían partir, como extraordinarios jinetes, arreando hacienda en un desfile ensordecedor. Detrás solían pasar los blancos, persiguiéndolos. No siempre estos extraños trataban bien a los serranos, porque para muchos de ellos eran tan indios como los que se habían marchado con sus vacas.
Los huaiques, anclados junto al agua, veían pasar a unos y otros, para el norte o para el sur, les daban frescura y combustible para el fogón y los escuchaban hablar, sin comprenderlos.
Lonco era el jefe de la tribu serrana y tenía un hijo, al que había enseñado desde muy niño a montar por el lado del lazo, manteniendo la larga lanza en la mano derecha. Lo acompañaba a descubrir los secretos de la caza y le había regalado tres pares de boleadoras: uno colgaba del cuello, otro envuelto en la cintura y el tercero para la mano.
Lonco significa espiga. Así había sido el jefe en su juventud y así era ahora su hijo, que se llamaba Nehuén, fuerte. Nehuén había crecido con los ejercicios más exigentes, delgado y duro para cualquier faena, y era un jinete que no envidiaba a los que veía muy de tanto en tanto bajar de las sierras.
Salía a cazar con sus compañeros y una vez regresó con el cuero de un venado tan hermoso que se le ocurrió utilizarlo para una cincha. Su madre estuvo de acuerdo, se lo tiñó de rojo y lo cosió con tendones de ñandú. Con tanto empeño había trabajado ella que a Nehuén le pareció bien reservar esa cincha para alguna ocasión importante, cuando tuviera que montar como hombre que enorgulleciera a los suyos. No debió esperar mucho, porque uno de esos días volvió a ver a los tehuelches que cruzaban hacia el norte. Los serranos les dieron comida y un lugar protegido entre los cerros para los animales. Pronto siguieron su marcha y días más tarde aparecieron en las sierras sus exploradores o bomberos. Detrás volvían los demás, con el arreo. Lonco le explicó a su hijo que esa vez debía seguirlos, porque era hora de buscar una hueche, una joven de su edad, entre las hijas de los jefes tehuelches. Ya estaba arreglado el matrimonio y la elegida era Huépil, que significa arco iris. Mientras el padre le recordaba las dificultades del viaje y los deberes que iba a contraer con el matrimonio, Nehuén, sin contradecirlo, se entristecía porque estaba obligado a abandonar su hogar y al mismo tiempo se entusiasmaba por la aventura y por esa desconocida que tenía un nombre tan luminoso. En su imaginación, esperaba que lloviera para contemplar el arco iris, por ver si descubría cómo sería ella.
Pero los jefes apuraron la partida y Nehuén montó su mejor potro, que él mismo había amansado, ajustó el recado pampa con la cincha de venado que su madre le había teñido y se fue por la rastrillada,  después de una despedida tan rápida que no alcanzó a entristecerlo. Detrás venía una partida muy numerosa de españoles, mejor armados y más rápidos que los indios, a los que la hacienda demoraba.
 En medio de los gritos y mugidos, al caer la tarde se disponían a cruzar un arroyo arbolado, de grandes barrancas, por un vado.
Los huaiques los vieron llegar, como una polvareda que se iba agrandando hasta el cielo y un temblor que sacudía sus raíces. Más lejos, descubrieron otra nube que se les acercaba por detrás y los alcanzó en la bajada hacia el agua.
Los españoles avanzaron enérgicos, cerrándoles el paso, y atacaron con una descarga que pobló el aire de silbidos y de un humo agrio que los huaiques no conocían. Los tehuelches organizaron la defensa y replicaron con valentía, con boleadoras y lanzas, tapando los estampidos con sus gritos. Mandaron  adelante a los mejores jinetes con la hacienda, mientras el resto se enredaba con los perseguidores en una lucha sangrienta.
Los huaiques absorbieron el agua enrojecida, vieron alejarse hacia el sur la polvareda y en las barrancas del arroyo fueron testigos de la matanza de muchos indios y españoles, hasta que quedó un puñado de cada uno de ellos.
Nehuén se mantenía en pie, pero su potro encinchado de rojo estaba tendido sobre el pasto. Un blanco se acercó, levantó la mano derecha y se oyó otro estampido con olor agrio. Nehuén no sabía pelear así y no alcanzó a tirarle las boleadoras que todavía llevaba atadas a la cintura. Sintió un ardor atroz en el pecho. Cayó sobre el caballo, quebrado como una espiga segada. A su alrededor quedaban otros muertos, de los dos bandos.
Unos pocos tehuelches lograron montar y galoparon detrás de los suyos. Los enemigos, también en escaso número, recogieron las armas de sus muertos, plantaron dos ramas cruzadas y regresaron hacia el norte.
El huaiquequén, esa noche, veló en silencio a los que dormían inermes sobre el campo. Ahí estaba Nehuén, que ya no regresaría al hogar ni podría contemplar su Huépil, ni siquiera cuando la lluvia se transparentara contra el sol.
Algunos árboles no pudieron contener las lágrimas, que desde entonces gotean cuando recuerdan ese día en que las aguas cambiaron de color.
Con el tiempo, los nuevos habitantes los llamaron sauces llorones y por supuesto que detrás de ellos vinieron los botánicos a rebautizarlos: Salix babilónica, les pusieron, razonando que se trata de una especie distinta de la anterior.
Mucho después un jinete de paso encontró al borde del agua la cincha de Nehuén. Ahora ese arroyo se denomina Quelecintá, que en araucano significa cincha colorada.

BASURA - Artículo extraído de la “Enciclopedia del Siglo XXI“, de Jorge A. Dágata

El significado original de esta palabra ha sufrido alteraciones curiosas. La basura genuina se designa hoy con giros perfumados, tales como desecho o residuo, y las actividades relacionadas con ella se asocian obligadamente al reciclado o procesamiento ecológico.
El antiguo recolector o basurero desapareció para dar lugar a empresas que se disputan el manejo de lo que antes nadie quería tocar. Es sobre todo en los grandes centros urbanos donde su acumulación es objeto de sesudos debates, muy condicionados por los intereses en juego y no tanto por un limpio modo intelectual.
Aquella acepción se ha transferido, sin embargo, a otros aspectos de la realidad. Se llama hoy basura a lo que se pretende desprestigiar, ya sea para indicar que se percibe su mal olor, para cosificarlo con o sin posibilidad de reciclado o para indicar, de manera terminante, que su acción es ecológicamente perniciosa. Desde este punto de vista, es de observación común y diaria que el mundo se está convirtiendo en un inmenso basurero.
A pesar de estas alteraciones la antigua palabra sigue dando que hablar. Hoy se produce, en nombre del progreso, una calidad de basura cuyos efectos letales duran miles de años. La actitud censurable del vecino que barría la suya hacia la vereda colindante, o la de la mucama perezosa que solía esconderla debajo de la alfombra, ha sido copiada por sociedades enteras que las transportan hacia regiones lejanas o pretenden ocultarla bajo el mar.

A esta altura de los tiempos, hay quienes intuyen que cambiar de lugar un problema no lo soluciona. Brillante razonamiento que impide catalogar a quienes lo generan con el mote que titula este artículo. A la hora de las culpas la gran condenada sigue siendo la escoba, que de razonamientos poco o nada entiende y sigue en su tozudo empeño de limpiar ensuciando. Brujas abundan que quisieran montarla, pero ya nadie cree que existan.

Tigres huecos - Ezequiel Feito

I

Estaban en un rincón de aquella aldea.

En un rincón vacío, junto a una masa informe
de juguetes,
donde una luz tenue aplastaba suavemente aquellos rasgos casi humanos.
Eran unos tigres. Unos tigres huecos.
No había nada más frágil que aquella mezcla
de líquidas pieles que en otra infancia
proclamaban un cuerpo inteligible como la sombra de una idea
o el nervioso brillo de una mirada que proclamaba su gloria a lo que estaba cerca.
La gloria de ser. La gloria de estar vivo
bajo una piel capaz de soportar la explosión de la materia.

En el rincón azul. Allí estaban esos tigres
que parecían devorar el gusano que los lleva
a desgarrar el interior de aquellos que guardaban una pequeña eternidad de cieno y brea.

El rincón azul medían, devorándose
las pulpas magníficas, el fuego ajeno,
las alas que la tumba oculta entre la hierba
de una incertidumbre llamada carne.
Han vaciado los días, y hoy el caos de un crepúsculo amenaza su pobreza.

Sé lo que son. Son tan sólo
Tigres huecos.


II

En vano gastaron sus únicas mandíbulas,
y sus afilados dientes de certeza.
La comida escaseó, y en el invierno
una triste lentitud de árbol llegó a desampararlos
- sembraron polvo y cosecharon la pobreza -
Se lo que son. Son tan sólo
Tigres huecos.

Abandonados, sucios, rotos, arrumbados con desprecio
junto al insoportable hedor de una madera
que soporta sus cadáveres. Las estrellas
juegan con ellos hasta que arden
como ofrenda,
como incienso casi encendido en un altar cualquiera
que arde débilmente más allá de la penumbra,
como un espejo roto de abominables cuencas.
¡Ah, sÍ sé lo que son, ya recuerdo!
¡Ahora puedo entenderlos! ¡ Son tan sólo
tigres huecos!