jueves, 25 de julio de 2013

EL INDIO PANTA – Por JOAQUÍN V. GONZÁLEZ

Este triste episodio, que llenó de sombras mi espíritu, me recuerda que debo una historia, la del indio Panta, el tambor de las fiestas religiosas, el indispensable músico de gatos y zamacuecas en los bailes criollos, el bebedor invencible, el trasnochador sin rival, que lo mismo marchaba contrito al lado de la imagen de la Virgen en los días solemnes, como se pasaba la noche de claro en claro repicando zapateos y gritando "¡aro!" para que la niña de pies ligeros y el mozo de espuela chillona, diesen la graciosa media vuelta revoleando los pañuelos sobre sus cabezas.
Era infatigable el indio Panta, y no se concebía sin él una parranda, ni se divertían sus vecinos sin que él fuese el alma de la fiesta; su tambor es legendario. Y hoy, como un veterano, todavía redobla y resuena vigoroso, pero no ya al golpe de sus manos curtidas, sino do sus herederos, que no tienen la gracia, ni el aire gallardo, ni las coplas saladas, ni las morisquetas con que, a modo de variaciones, alteraba la monotonía de la música del baile, y que las parejas se empeñaban en ejecutar con los pies, la niña levantándose el vestido hasta dejar ver sus movimientos ágiles, y el mozo deshaciéndose en figuras y en dobleces, siempre dentro del compás de la danza.
 Predominaba en él la sangre indígena; lo decían los cabellos ensortijados, la piel negra y lustrosa, la frente chata y los pómulos salientes como las rocas de sus cerros, los dientes blancos como marfil y la barba escasa, semejante a un campo de trigo diezmado por la sequía.
Era, pues, de esa raza criolla que tuvo en sus manos y salvó la libertad de su suelo; que oía la llamada general, para correr a alistarse sin rezongos ni escondrijos inútiles; que iba a la pelea como a una fiesta, y obedecía en silencio, aunque se le mandara sablear como granadero de Maipo, o asaltar una fortaleza como en Curupaytí. Nacido para la fatiga, se vengaba bien cuando podía, cuando imperaba la paz, cuando las guerras civiles con sus montoneros, colorados y laguneros, dejaban tranquila la provincia; entonces llegaba a la aldea, jinete sobre la mula patria robada, con buen derecho, de la partida, y apeándose en el patio del rancho, —adonde ya le seguían en procesión los vecinos a la novedad y al festejo de su vuelta con salud, y como sí nada hubiera pasado,— les invitaba para el baile, preguntaba de su caja, si no se la habían manoseado mucho, hacía cariños a los muchachos y a las chinitas del pueblo, y abrazaba emocionado a sus viejos amigos.
—"Ya ha vuelto Panta", —se decía de boca en boca, y las muchachas empezaban a prepararse de prisa para los bailes que comenzarían de seguro.  Era su humor inagotable, y él solo valía la felicidad del pueblo, que supo mantener entre músicas y jaranas, hasta que un día llegó una compañía de línea y plantó en la ciudad bandera de enganche. Corrió la voz, por las poblaciones de la montaña, de que la Nación se hallaba empeñada en una guerra grande y que llamaba a sus buenos hijos a empuñar las armas y seguir su bandera contra el enemigo. El indio Panta lo supo y se puso triste; no era ya la guerrilla casera donde como quiera se salva y está siempre cerca del hogar; era lejos, muy lejos, donde debía partir, quizá para no volver, pero una voz interior le mandaba obedecer aquel llamamiento, y se resolvió como siempre, sin la menor vacilación, a marchar en busca del peligro.
Una tarde se reunió con los amigos y mujeres de la aldea, y les dijo: —"Me voy a la guerra, la patria nos llama, los voy a dejar". Y sin oír ruegos ni razones, tomó el tambor querido, compañero de alegrías y de devociones, y se fue a la iglesia seguido por todos. Se puso de rodillas delante del altar de la Virgen, y con voz ahogada por los sollozos, le ofreció como ofrenda la caja construida por él mismo, y que era su segunda vida. —"Adiós, Madre mía, —gimió,— si no vuelvo será señal de que habré muerto por mi patria!"
Salió de la iglesia enjugándose las lágrimas, pero su semblante irradiaba esa luz propia de las decisiones inquebrantables; y luego, como arrepentido de ese sentimiento, empezó a decir bromas que sabían a despedida triste, y a prometer para la vuelta las grandes fiestas, los casamientos y las procesiones, porque quería costear con sus sueldos una función de agradecimiento a la Virgen, si le sacaba salvo de aquella aventura, —"la última de mi vida, porque ya me estoy haciendo viejo"—, decía sonriendo.
Ensilló su mula patria, dio un abrazo a todos, y diciendo "¡adiós, hermanos!", tomó el camino de la ciudad. Los aldeanos se quedaron apiñados en el camino, mirándolo alejarse, con los ojos humedecidos por el llanto; y un indio anciano exclamó en voz baja y temblorosa, emprendiendo la vuelta: —"Pobre Panta, ya no volverá".
Y Panta no volvió hasta ahora, porque dejó sus huesos, como tantos héroes ignorados, enfrente de las fortalezas del Paraguay.
Allí quedó la caja, depositada a los pies de la imagen venerada, como la ofrenda del patriota, que en medio de su ignorancia tenía la intuición de los deberes cívicos, y como fuerza fatal le impelían al combate. Era la sangre guerrera que clamaba al través de esa ruda corteza indígena, como en el corazón del algarrobo secular se escucha el susurro del insecto que tiene en él la vivienda. El indio Panta ya no vuelve, pero su sombra ha cruzado muchas veces en las noches de luna por la placita del pueblo, ha entrado en la iglesia, donde el tambor conserva su memoria y el recuerdo de su devoción sincera, y por mucho tiempo sus paisanos guardaron su duelo, rezando siempre, a la hora triste del crepúsculo, un padrenuestro por el alma heroica del soldado que murió por la patria.


El campesino y las ciruelas - Por LEÓN TOLSTOI

Un campesino compró en la feria seis hermosas ciruelas para repartirlas entre él, su mujer y sus cuatro hijos.
De vuelta a su casa, entregó a cada uno de los muchachos una ciruela, diciéndoles:
—A ver cuál de vosotros hace mejor empleo de ella.
Al día siguiente, llamó a su hijo mayor y le preguntó:
—Vamos a ver, Iván: ¿Qué hiciste con la ciruela?
—Me la comí, padre —respondió el muchacho—; estaba riquísima. Pero guardé el carozo y cuando llegue la época de sembrarlo, lo plantaré en el huerto. De aquí a unos años, ya podremos tener ciruelas.
—Muy bien, hijo mío —aprobó el campesino—. Veo que eres previsor, y eso me agrada en extremó, pues tu porvenir está asegurado y pasarás tus últimos años en paz.
Luego hizo venir al segundo de sus hijos.
—Padre —dijo éste. Yo comí la ciruela que me habías dado y la mitad de la que diste a madre: como los carozos no me servían, los tiré.
El campesino torció el gesto.
—Mal hecho, hijo mío; si hubieras seguido el ejemplo de tu hermano, serían dos ciruelos los que habríamos plantado en el huerto, y mayor cosecha habríamos obtenido. Eres imprevisor y glotón, pues le quitaste la mitad de la fruta a tu madre. Corrígete de esos defectos, que pueden conducirte por mal camino.
Sergio, el tercero, se adelantó, y sin esperar a que el padre le preguntara, dijo:
—Padre: yo recogí los carozos que tiró Vanka, saqué las almendras que tenían dentro y me las comí. En cuanto a la ciruela, se la vendí a Teodor, quien me dio por ella tantos "kopeks" que mañana podré comprar en la feria una docena. Me comeré dos y venderé las diez restantes, y así, aumentaré mis ahorros.
—Tu modo de proceder no me agrada —dijo el campesino con tristeza—; porque veo que eres egoísta y avaro. Nunca te faltará qué comer; pero, ¡ay del infeliz que llame a tu puerta en demanda de un pedazo de pan! Malo es tirar las cosas y no pensar en el porvenir, como ha hecho Vanka; pero peor es pensar exclusivamente en sí mismo y vender al prójimo por el triple de su valor lo que no nos costó absolutamente nada. Ten cuidado y lucha contra esas dos funestas inclinaciones que agostarán tu corazón. Y tú, hijo mío —añadió el campesino dirigiéndose al menor—, ¿qué hiciste con la ciruela?
 Sacha se adelantó confuso, bajando la cabeza.
—Padre —contestó—; Nikka, el hijo de nuestra pobre vecina, está muy enfermo, y para aplacar la sed que la fiebre le produce le di a comer la ciruela. Si he hecho mal. perdóname,
—¿Perdonarte? —exclamó el campesino con los ojos llenos de lágrimas—. Ven a mis brazos, hijo mío: tú eres el que verdaderamente ha hecho mejor empleo del regalo que yo os había dado; porque la caridad es lo más hermoso de la tierra; lo único que consuela al corazón.


miércoles, 24 de julio de 2013

PÁJARO HERIDO - Por JUAN BURGHI

En la mañana azul de primavera,
al pie del árbol donde hacía el nido,
hallé un pequeño cimarrón herido
por el golpe brutal de una gomera.

Lo tomé entre mis manos. Sólo era
un manojo de plumas desvaído,
un ojo turbio de dolor transido
y un pico abierto en ansiedad postrera.

Lo contemplé angustiado... Hace un momento,
nido, vuelo, canción, luz, sentimiento;
vida plena y feliz tronchada en vano...

Y en ese pajarillo moribundo
vi todas las tragedias que en el mundo
pueden herir a cada ser humano.



                                                                 De La Prensa. B. Aires, 14-10-1956.


Escribió entre otros libros: Luz en la sierra, Oro de otoño, Emociones, etc., Juan Burghi — el poeta del árbol y las aves — compuso Pájaros nuestros, el más celebrado y difundido. Toda su obra se resume en un poema de amor a la naturaleza y las cosas sencillas, dichas con tierno acento e infinita bondad. Es poeta obligado de casi todas las antologías escolares.

LA ANÉCDOTA EN EL MUNDO ANTIGUO – Por FERNANDO HUGUET

Docente de larga actuación en el magisterio y el profesorado argentino. Su labor, la mayor parte de ella ensayos sobre temas de la enseñanza, la historia y el lenguaje, se halla dispersa en diarios y revistas del país.



La sabiduría popular ha encontrado en las formas de expresión de las ideas — el verso y la prosa — su más genuina representación en el cantar, el epigrama, el refrán y la anécdota.
Liberada de las leyes que al verso imponen la cadencia y la métrica, la anécdota cobra el vuelo ágil de la improvisación. Ello no obstante, para que la anécdota alcance el grado de perfeccionamiento que la torne perdurable, ha de madurarse con la presencia de tres elementos que, aunque imponderables, nutran el episodio que le da forma.
Parafraseando los clásicos versos con que Triarte lo definió:


A la abeja semejante
para que cause placer,
el epigrama ha de ser
pequeño, dulce, punzante.


La anécdota, como el epigrama, para ser buena debe observar tres condiciones: brevedad, final imprevisto, reflexión ejemplificadora.
La anécdota clásica, por eso, corresponde siempre a seres y pueblos de frases lacónicas, como que precisamente fueron los habitantes de Laconia — la patria de los espartanos — quienes se caracterizaron por la rigurosa parquedad de sus expresiones.





I

Los lidios — habitantes de una comarca del Asia Menor, frente a la isla griega de Sanios, del mar Egeo -— despacharon un representante para solicitar alimentos a los espartanos. El enviado, después de reclamar la ayuda, pronunció un extensísimo discurso, lleno de elogios. Oído pacientemente, un espartano le contestó:
—Tu discurso ha sido tan largo y florido, que ya hemos olvidado el principio.
Un nuevo enviado de Lidia llegó hasta Esparta. Recibido en asamblea, después de una breve cortesía, mostró una bolsa, la dio vuelta por su interior y exclamó:
—¡ Está vacía! ¡ Necesitamos que llenéis muchas como ésta para saciar nuestra hambre!
Satisfecho su deseo, agradeció a los espartanos la ayuda, reconociendo, para congratularse aún más, la simpatía de los espartanos, el exceso verbal de su antecesor Entonces uno de los asambleístas le contestó-
—Ha sido vuestra necesidad la que nos convenció, y no vuestra palabra. Si nos hubierais mostrado nada más que la bolsa vacía, ya os hubiéramos comprendido.


II

Cuando el ejército de Jerjes, rey de Persia, después de invadir a Grecia, se acercaba a Esparta, un parlamentario se acercó al general Leónidas (528-480 a. J, C.) para intimarle, en nombre de su rey, la entrega de las armas. Leónidas contestó a Jerjes:
—Ven a tomarlas.
—Mis flechas cubrirán el sol— añadió Jerjes.
—Mejor — replicó Leónidas —, así pelearemos a la sombra.
Y como un persa le advirtiera que los soldados enemigos se hallaban cerca de sus tropas, le respondió:
—-Di más bien que nosotros estamos cerca de ellos.


III

El general Euribíades, disgustado porque su aliado el general ateniense Temístocles (527-460 a. J. C.) le formulaba reparos a sus planes de lucha contra los persas de Jerjes, en un arrebato de cólera levantó su bastón de mando para castigarlo. Temístocles, sin perder la calma, lo contuvo con estas palabras:
—¡Pega, pero escucha!


IV

Bias (570-510 a. J. C.), uno de los siete sabios de Grecia, fue famoso porque jamás se prestó a usar su talento en provecho de la injusticia. Preguntáronle en cierta ocasión cuál era, en su concepto, el más peligroso de los animales.
—De los salvajes — respondió Bias —, el más peligroso es el tirano, de los mansos, el adulador.


V

Sócrates (468-400 a. J. C.), el filósofo griego, saludó en cierta oportunidad a un hombre, y como éste siguiera orgullosamente su camino sin contestarle, sus amigos le expresaron su sorpresa por su indiferencia ante tales muestras de grosería.
—¿De qué os extrañáis? — les advirtió —. Si yo viese pasar a alguien que fuese más feo y de peor traza que yo, ¿debería por eso enfadarme? ¿Pues, por qué me voy a enojar con ese individuo si está peor educado que yo?


VI

Platón (429-347 a. J. C.), el filósofo griego discípulo de Sócrates, demostró siempre saber dominar su carácter. A un esclavo autor de una grave falta, dijo una vez:
—No te castigo porque me siento muy enojado.
En otra ocasión, dándose cuenta que llevado de la impaciencia iba a golpear a uno de sus esclavos, quedóse inmóvil con el brazo levantado en alto. Para explicar su actitud a un amigo que en ese momento entraba en su casa, y lo sorprendiera en tan extraña postura, expresó:
—Me he impuesto este castigo por haberme encolerizado.


VII

Zeuxis (464-398 a. J. C-.), uno de los más grandes artistas de la antigua Grecia, pintó un cuadro en el que figuraba un joven con un racimo de uvas en la mano.
El cuadro suscitó muchísimos elogios. Más aún, porque unos pájaros, engañados por el realismo de las uvas, intentaron picotearlas.
Como Zeuxis no se convenciera del valor de su tela, los amigos le inquirieron la causa, a lo que él contestó:
—Si el cuadro fuera realmente bueno, los pájaros no se hubieran acercado a las uvas por temor al joven.


VIII

Celoso de su gloria, dos compatriotas condenaron al general tebano Epaminondas (420-362 a. J. C.) a desempeñar el oficio de barrendero. Epaminondas, lejos de considerar su nueva ocupación como una ofensa, tomó la pala, la escoba y comenzó a trabajar, poniendo todo su celo en el fiel cumplimiento de sus deberes. Para satisfacer el asombro de sus admiradores, explicó:
—Estas nuevas tareas, en nada me ofenden. Es el hombre el que hace el oficio, y no el oficio el que hace al hombre.


IX

Un compatriota censuraba al filósofo Diógenes (413-362 a. J. C.) porque de continuo derramaba el vino que le servían. A lo que el griego respondió:
—Derramándolo, sólo pierdo el vino. Bebiéndolo, me pierdo yo.


X

Filipo (382-336 a. J. C.), rey de Macedonia — y padre de Alejandro Magno —, fue una vez aconsejado para que desterrara a un noble que hablaba mal de él.
—Vale más — observó el monarca — que tal hombre hable donde se nos conoce a los dos, que no en un lugar donde no somos conocidos, ni él ni yo.


XI

Dionisio el Antiguo, tirano de Siracusa, dispuso que el poeta griego Filoxeno (405-368 a. J. C.) fuera encerrado en las latomías — canteras abandonadas que servían de prisión — por haber expresado una opinión desfavorable a unos versos que aquél compusiera.
Llamado poco después para ser consultado acerca de otros versos de Dionisio, manifestó por todo comentario:
—¡ Llevadme de nuevo a las canteras!

XII

Epitecto (54-98 ?) filósofo de Frigia — Asia Menor —, servía en Roma como esclavo de Epafrodito, liberto del emperador Nerón.
En cierta ocasión, su enfurecido amo le retorcía una pierna con un instrumento de tortura.
—¡La vas a romper! — le advirtió el filósofo.
Y como se cumpliera su predicción, añadió Epitecto con admirable estoicismo:
—¿No te lo dije?


De Páginas antológicas. Inédita.





SABIOS Y SEMISABIOS - Por G. J. GlBRÁN (1883-1931)

Gibrán Jalil Gibrán inició su obra poética en Líbano — su tierra natal — en idioma árabe. Al establecerse definitivamente en Nueva York, en 1912, reanudó su labor literaria en inglés. Esta circunstancia permitió conocer y difundir sus poemas en el mundo occidental. A esta etapa pertenecen sus libros El loco, El precursor, El profeta, Jesús el hijo del hombre, El jardín del profeta.


Cuatro ranas sentáronse sobre un leño que flotaba en la orilla de un río. De pronto, el leño fue alcanzado por la corriente y deslizado aguas abajo. Las ranas quedaron gozosas y absortas, pues jamás habían navegado hasta entonces.
Al fin habló la primera y dijo:
—En realidad, este es un leño maravilloso. Se mueve como si tuviera vida. Nunca se ha conocido un leño igual.
Luego habló la segunda y dijo:
—No, mi amiga, el leño es idéntico a los demás leños y no se mueve. Es. el río que camina hacia el mar, el que nos lleva a nosotras y al leño.
Y la tercera habló, y dijo:
—No son ni el leño ni el río los que se mueven. El movimiento está en nuestro pensamiento. Porque fuera del pensamiento nada se mueve.
Y las tres ranas empezaron a disputar acerca de qué era lo que en realidad se movía. La discusión se agrió y subió de tono sin que llegaran a ponerse de acuerdo.
Entonces se volvieron a la cuarta rana, que hasta ese momento había escuchado atentamente, pero conservando su calma, y le pidieron su opinión.
Y la cuarta rana dijo:
—Cada una de ustedes tiene razón, y ninguna está en error. El movimiento está en el leño, en el agua y también en nuestro pensamiento.
Y las tres ranas se pusieron furiosas, porque ninguna quería admitir que no tuviera toda la razón y que no estuvieran las otras en total error. Y al cabo, sucedió algo singular: Las tres ranas se unieron y del leño, arrojaron al río, a la cuarta rana.



De Poemas escogidos. Selección de Norberto Pini-lia, según las versiones de T. de la Barra y M. Mussa. Edit. Nascimento. Santiago de Chile, 1937.

EL CABALLO - Por ENRIQUE BANCHS

 Cuatro libros de versos escribió Enrique Banchs entre 1907 y 1911: Las Barcas, El libro de los Elogios, El cascabel del halcón y La Urna. Revelación de una sensibilidad excepcional, significan para la poesía lírica castellana, inapreciable aporte. 



Con admirable regularidad pasaba al amanecer. Era un carro pesado, de las quintas; y el caballo robusto, ceniciento, de cabeza gacha: caballo viejo probablemente. El ritmo era siempre el mismo, el paso el mismo; el chirriar de las ruedas, embarradas, el mismo.
Por el medio de la calle — la calle solitaria y gris a esa hora— carro y caballo adelantaban dejando a ambos lados distancia igual hasta las hileras de árboles tranquilos. Por fin se perdían en el fondo de la calle y el último farol brillaba, en lo alto, exactamente sobre el eje longitudinal del vehículo.
Y siempre así.
En lo alto del carro, tendido sobre los lienzos de primicias hortelanas, como la esfinge echada que escudriña la lejanía, iba el hombre. Yo murmuraba, alguna vez, con cierto acento de poema:
"¿Acaso el carro no es un símbolo? La fuerza atada y puesta en una dirección que la cabeza tenebrosa del irracional no concebiría; y arriba, el hombre, la luz, la pupila que ve lejos, la mente que reflexiona y ordena, la mano que guía".
Y todo hubiera ido lo más bien, dentro de ese acento poemático, si esa mañana no hubiese acontecido algo inusitado, que es la piedra de toque de las verdades.
Había en medio de la calle, exactamente en medio de la calle, una paloma herida. Muy de madrugada suele haber palomas heridas en las calles solitarias, palomas cansadas, que en las tinieblas tropezaron con una pared y cayeron.
Al llegar el caballo al sitio donde yacía el ave herida, se detuvo, alargó el pescuezo y la olfateó, trémulo el belfo; luego, sin dejar de mirarla, caminó de lado hasta formar un ángulo recto, y carro y caballo se desviaron a la izquierda, prosiguieron andando y pasaron a un lado de la paloma, no sobre ella, como hubieran pasado a seguir como de costumbre.
El carro iba tan lentamente que creí posible alcanzarlo y hablar a la pupila que veía lejos y a la mano que guiaba segura, aprobándoles el acto que acababan de realizar.
Ya cerca, advertí dos cosas estupendas: las riendas estaban sueltas, caídas sobre la grupa del animal y el hombre, silencioso e inmóvil corno una esfinge, dormía. . . ¡ Dormía!
—j Eh! — grité, y extrañamente resonaba la voz en la soledad de la madrugada—. ¿Duerme? ¿Quién guía el carro?
En su perfumado lecho de albahaca y romero, el hombre se incorporó. Me miró con ese asombro de los que despiertan, que es un asombro igual a aquél con que los que yacen en profunda angustia miran al que trae una buena noticia, y repuso, corno recordando, estas palabras que me revelaron súbitamente una teoría y practica del gobierno:
—¡ Bah!, el caballo sabe su camino.
—Pero — insistí —, si usted estuviera despierto, vería el camino; vería, por ejemplo una piedra grande que «podría ser un peligro. Hay que ver dónde se va.
A todo esto el caballo caminaba.
El hombre, ajustándose la faja, pronunció este resumen admirable u horrible, como se quiera, del arte de gobernar :
—¿Una piedra? Jamás he visto una piedra en el camino; jamás miro el camino para saber si hay en él algo de extraño o de peligroso.
Y bostezando, agregó:    ,
—Me basta mirar las orejas del caballo.


De Lecturas. Ediciones Selectas América, N° 26. B. Aires, 1920.



domingo, 21 de julio de 2013

EL HOMBRE QUE RIÑE CON LOS GATOS - Por MARK TWAIN

Mark Twain es el pseudónimo de Samuel Langhorne Clemens,, el gran humorista norteamericano mundialmente conocido. En el cuento trascripto muestra su natural ingenio en un continuo juego de frases. Además de sus relatos festivos, como Viajes humorísticos. Cuentos humorísticos, etc., escribió libros notables dedicados a los niños: Las aventuras de Tom Sawyer, Las aventuras de Húck , Príncipe y Mendigo



A falta de otra cosa, contamos una vez en nuestro periódico, la aventura de un desventurado que, según nuestro relato, para poner término al infernal estrépito de unos gatos, se había encaramado en camisa en el tejado la noche del 31 dé diciembre, provisto de zapatos viejos a guisa de proyectiles. Después de haber continuado la caza airadamente sobre siete u ocho tejados, el hombre se había resbalado por un tragaluz y había caído en una habitación desconocida, de la que escapó perseguido por un hombre espantado, teniendo que ocultarse tras una chimenea y esperar el alba tiritando, con el miedo de que la policía lo descubriese y le descerrajase un tiro. El episodio era pura invención, y al héroe se le había dado un nombre cualquiera muy común: el de Pérez; pero una semana después, entró en la redacción un anciano caballero, en cuya fisonomía se pintaba formidable ingenuidad. Se llamaba Pérez, vivía en una casa como la descripta en el cuento, y venía a declarar que la anécdota era completamente falsa y extremadamente ofensiva para él.
—Cuide mucho, querido señor — le dijimos, mirándole fríamente —; cuide mucho de cómo habla. Conocemos a fondo todas las circunstancias del hecho. ¿Querría Ud. negar, acaso, que ha andado a zapatazos con aquellos gatos?
—¡ Nunca! ¡ Nunca! — exclamó Pérez —. En mi vida he estado sobre ningún tejado en camisa.
—Y nadie ha dicho que Ud. haya estado. ¿Quién ha oído hablar nunca de tejados en camisa? Sería un tejado muy raro, por cierto.
—Quiero decir — replicó Pérez — que no es verdad quo yo haya saltado de la cama en camisa.
—Tampoco encontrará Ud. eso en el periódico. ¿Dónde hay camas en camisas?
—¡ Pardiez!, — objetó Pérez —. Lo que quiero decir es que nunca he pegado a los gatos en camisa.
—Y se comprende, querido señor. Y, ¡ojalá no tenga Ud. nunca que tratar con gatos en camisa, ni siquiera en pantalones!
—Pero, ¡ por Dios! — imploró Pérez, esforzándose por permanecer tranquilo—. Ustedes han escrito que yo he salido al tejado con mi camisa solamente para espantar a los gatos.
—Dispense Ud. Nosotros no hemos dicho que Ud. se haya puesto la camisa solamente 'con ese objeto, ni menos nos hemos metido en si la camisa era o no la. suya. Por lo que sabemos de ella, podría ser hasta la camisa de Mahoma.
—Pero si, según ustedes, yo he puesto en fuga a los gatos con zapatos viejos.
—Nosotros no hemos hablado de gatos con zapatos.
—¡ No quieren entenderme! aulló Pérez, exasperado—. Nunca jamás he tenido que hacer con gatos en los tejados, ni he tirado zapatos en camisa.
—Señor Pérez, ¡ seamos formales! Si puede Ud. indicar un párrafo del periódico en que se le acuse de poner camisas a los zapatos para tirarlas a los gatos, estamos prontos a escribir una apología de cuatro columnas y, además, cuando muera, le haremos un monumento. Usted no puede ser capaz de semejantes extravagancias... ¡Oh, no!
—¡ Tunantes! — rugió Pérez —. Yo os digo que todo el maldito relato de la caza gatuna y del tirar zapatos, y del quedarme en el tejado pegado a la chimenea para estar caliente, es una calumnia descarada.
—¿Y para qué pegarse a la chimenea sino para calentarse?
—Yo no me he pegado a la chimenea. Yo no he visto acabar el año sobre el tejado, pegado a la chimenea.
—Pero, vea Ud. señor Pérez, vea Ud. ¿ Cuándo hemos dicho nosotros que el año haya concluido sobre el tejado, pegado a la chimenea? Usted desvaría, señor Pérez.
—¡Basta! ¡Lo veremos! — gritó Pérez, furibundo —. ¡Yo no he tirado zapatos! ¡Nada es verdad ! ¡Toda la noche he estado en la cama! ¡Quiero una rectificación! ¡Quiero una rectificación!... sí, ¡os acuso de libelistas! ¡Os acuso, os acuso!
Ahora bien, el jefe de redacción puso una nota sobre el escritorio de cada uno de los redactores, pidiéndoles que en lo sucesivo se cuidaran muy mucho de frenar un poquito más la imaginación cuando de la tipografía avisasen que faltaba material. . .


De El Monitor de la Educación Común, según la versión, publicada en el N° 807. Buenos Aires, marzo de 1940. Publicado en el libro "Corazón de colegial" de Fernández - Castagnino. Editorial Estrada, edición de 1957