A las dos de la mañana llamaron a la puerta de la barraca.
-¡Antonio! ¡Antonio!
Y Antonio saltó de la cama. Era su compadre, el compañero de pesca, que le avisaba para hacerse a la mar.
Había dormido poco aquella noche. A las once todavía charlaba con Rufina, su pobre mujer, que se revolvía inquieta en la cama, hablando de los negocios. No podían marchar peor. ¡Vaya un verano! En el anterior, los atunes habían corrido el mediterráneo en bandadas interminables. El día que menos, se mataban doscientas o trescientas arrobas; el dinero circulaba como una bendición de Dios, y los que, como Antonio, guardaron buena conducta e hicieron sus ahorrillos, se emanciparon de la condición de simples marineros, comprándose una barca para pescar por cuenta propia.
El puertecillo estaba lleno. Una verdadera flota lo ocupaba todas las noches, sin espacio apenas para moverse; pero con el aumento de barcas había venido la carencia de pesca.
Las redes sólo sacaban algas o pez menudo, morralla de la que se deshace en la sartén. Los atunes habían tomado este año otro camino, y nadie conseguía izar uno sobre su barca.
Rufina estaba aterrada por esta situación. No había dinero en casa: debían en el horno y en la tienda, y el señor Tomás, un patrón retirado, dueño del pueblo por sus judiadas, los amenazaba continuamente si no entregaban algo de los cincuenta duros con intereses que le había prestado para la terminación de aquella barca tan esbelta y tan velera que consumió todos sus ahorros.
Antonio, mientras se vestía, despertó a su hijo, un grumete de nueve años que le acompañaba en la pesca y hacía el trabajo de un hombre.
-A ver si hoy tenéis más fortuna -murmuró la mujer desde la cama-. En la cocina encontraréis el capazo de las provisiones... Ayer ya no querían fiarme en la tienda. ¡Ay, Señor, y qué oficio tan perro!
-Calla, mujer; malo está el mar, pero Dios proveerá. Justamente vieron ayer algunos un atún que va suelto; un viejo que se calcula pesa más de treinta arrobas, Figúrate si lo cogiéramos... Lo menos sesenta duros.
Y el pescador acabó de arreglarse pensando en aquel pescadote, un solitario que, separado de su manada, volvía, por la fuerza de la costumbre, a las mismas aguas del año anterior.
Antoñico, estaba ya en pie y listo para partir, con la gravedad y satisfacción del que se gana el pan a la edad en que otros juegan; al hombro el capazo de las provisiones y en una mano la canasta de los roveles, el pez favorito de los atunes, el mejor cebo para atraerlos.
Padre e hijo salieron de la barraca y siguieron la playa hasta llegar al muelle de los pescadores. El compadre los esperaba en la barca preparando la vela.
La flotilla removíase en la oscuridad, agitando su empalizada de mástiles. Corrían sobre ellas las negras siluetas de los tripulantes, rasgaba el silencio el miedo de los palos cayendo sobre cubierta, el chirriar de las garruchas y las cuerdas, y las velas desplegábanse en la oscuridad como enormes sábanas.
El pueblo extendía hasta cerca del agua sus calles rectas, orladas de casitas blancas, donde se albergaban por una temporada los veraneantes del interior en busca del mar. Cerca del muelle, un caserón mostraba sus ventanas como hornos encendidos, trazando regueros de luz sobre las inquietas aguas.
Era el casino. Antonio lanzó hacia él una mirada de odio. ¡Cómo trasnochaban aquellas gentes! Estarían jugándose el dinero... ¡Si tuvieran que madrugar para ganarse el pan!...
-¡Iza! ¡Iza! Que van muchos delante.
El compadre y Antoñico tiraron de las cuerdas, y lentamente se remontó la vela latina, estremeciéndose al ser curvada por el viento.
La barca se arrastró, primero, mansamente sobre la tranquila superficie de la bahía;
después ondularon las aguas y comenzó a cabecear: estaban fuera de puntas, en el mar
libre.
Al frente, el oscuro infinito, en el que parpadeaban las estrellas, y por todos lados, sobre la mar negra, barcas y más barcas, que se alejaban como puntiagudos fantasmas, resbalando sobre las olas.
El compadre miraba el horizonte.
-Antonio, cambia el viento.
-Ya lo noto.
-Tendremos mar gruesa.
-Lo sé; pero ¡adentro! Alejémonos de todos estos que barren el mar.
Y la barca, en vez de ir tras las otras, que seguían la costa, continuó con la proa mar
adentro.
Amaneció. El sol, rojo y recortado cual enorme oblea, trazaba sobre el mar un triángulo de fuego, y las aguas hervían como si reflejasen un incendio.
Antonio empuñaba el timón, el compañero estaba junto al mástil, y el chicuelo, en la popa, explorando el mar. De la popa y las bordas pendían cabelleras de hilos que arrastraban sus cebos dentro del agua. De cuando en cuando, tirón, y arriba un pez, que se revolvía y brillaba como estaño animado. Pero eran piezas menudas..., nada.
Y así pasaron las horas. La barca, siempre adelante, tan pronto acostada sobre las olas como saltando, hasta enseñar su panza roja. Hacía calor, y Antoñico escurríase por la escotilla para beber del tonel de agua metido en la estrecha cala.
A las diez habían perdido de vista la tierra; únicamente se veían por la parte de popa
las velas lejanas de otras barcas, como aletas de peces blancos.
-Pero, Antonio -exclamó el compadre-, ¿es que vamos a Orán? Cuando la pesca no quiere presentarse, lo mismo da aquí que más adentro.
Viró Antonio, y la barca comenzó a correr bordadas, pero sin dirigirse a tierra.
-Ahora -dijo alegremente - tomemos un bocado. Compadre, trae el capazo. Ya se presentará la pesca cuando ella quiera.
Para cada uno, un enorme mendrugo y una cebolla cruda, machacada a puñetazos sobre la borda.
El viento soplaba fuerte y la barca cabeceaba rudamente sobre las olas, de larga y profunda ondulación.
-¡Pae! -gritó Antoñico desde la proa-, un pez grande, mu grande... ¡Un atún!
Rodaron por la popa las cebollas y el pan, y los dos hombres asomáronse a la borda.
Sí, era un atún; pero enorme, ventrudo, poderoso, arrastrando casi a flor de agua un negro lomo de terciopelo; el solitario, tal vez, de que tanto hablaban los pescadores. Flotaba poderosamente; pero, con una ligera contracción de su fuerte cola, pasaba de un lado a otro de la barca y tan pronto se perdía de vista como reaparecía instantáneamente.
Antonio enrojeció de emoción, y apresuradamente echó al mar el aparejo con un anzuelo grueso como un dedo.
Las aguas se enturbiaron y la barca se conmovió, como si alguien, con fuerza colosal, tirase de ella, deteniéndola en su marcha e intentando hacerla zozobrar. La cubierta se bamboleaba como si huyese bajo los pies de los tripulantes, y el mástil crujía a impulsos de la hinchada vela. Pero, de pronto, el obstáculo cedió, y la barca, dando un salto, volvió a emprender su marcha.
El aparejo, antes rígido y tirante, pendía flojo y desmayado. Tiraron de él y salió a la superficie el anzuelo, pero roto, partido por la mitad, a pesar de su tamaño.
El compadre meneó tristemente la cabeza.
-Antonio, ese animal puede más que nosotros. Que se vaya, y demos gracias porque ha roto el anzuelo. Por poco más vamos al fondo.
-¿Dejarlo? -gritó el patrón-. ¡Un demonio! ¿Sabes cuánto vale esa pieza? No está el tiempo para escrúpulos ni miedos. ¡A él, a él!
Y, haciendo virar la barca, volvió a las mismas aguas donde se había verificado el
encuentro.
Puso un anzuelo nuevo, un enorme gancho, en el que ensartó varios noveles, y sin soltar el timón agarró un agudo bichero. ¡Flojo golpe iba a soltarle a aquella bestia estúpida y fornida como se pusiera a su alcance!
El aparejo pendía de la popa casi recto. La barca volvió a estremecerse, pero esta vez de un modo horrible. El atún estaba bien agarrado y tiraba del sólido gancho, deteniendo la barca, haciéndola danzar locamente sobre las olas.
El agua parecía hervir; subían a la superficie espumas y burbujas en turbio remolino, cual si en la profundidad se desarrollase una lucha de gigantes, y de pronto la barca, como agarrada pon mano oculta, se acostó, invadiendo el agua hasta la mitad de la cubierta.
Aquel tirón derribó a los tripulantes. Antonio, soltando el timón, se vio casi en las olas; pero sonó un crujido y la barca recobró su posición normal. Se había roto el aparejo, y en el mismo instante apareció el atún, junto a la borda, casi a flor de agua, levantando enormes espumarajos con su cola poderosa. ¡Ah ladrón! ¡Pon fin se ponía a tiro! Y rabiosamente, como si se tratara de un enemigo implacable, Antonio le tiró varios golpes con el bichero, hundiendo el hierro en aquella piel viscosa. Las aguas se tiñeron de sangre y el animal se hundió en un rojo remolino.
Antonio respiró al fin. De buena se habían librado. Todo duró algunos segundos; pero un poco más, y se hubieran ido al fondo.
Miró la mojada cubierta y vio al compadre, al pie del mástil, agarrado a él, pálido, pero con inalterable tranquilidad.
-Creí que nos ahogábamos, Antonio. Hasta he tragado agua. ¡Maldito animal! Pero buenos golpes le has atizado. Pero ya verás cómo no tarda en salir a flote.
-¿Y el chico?
Esto lo preguntó el padre con inquietud, con zozobra, como si temiera la respuesta. No estaba sobre cubierta. Antonio se deslizó pon la escotilla, esperando encontrarle en la cala. Se hundió en el agua hasta la rodilla; el mar la había inundado. Pero ¿quién pensaba en esto? Buscó a tientas en el reducido y oscuro espacio, sin encontrar más que el tonel del agua y los aparejos de repuesto.
Volvió a cubierta como un loco.
-¡El chico! ¡El chico!... ¡Mi Antoñico!
El compadre torció el gesto tristemente. ¿No estuvieron ellos próximos a ir al agua? Atolondrado por algún golpe, se habría ido al fondo como una bala. Pero el compañero, aunque pensó todo esto, nada dijo.
Lejos, en el sitio donde la barca había estado próxima a zozobrar, flotaba un objeto negro sobre las aguas.
-¡Allá está!
Y el padre se arrojó al agua, nadando vigorosamente, mientras el compañero amainaba la vela.
Nadó y nadó; pero sus fuerzas casi le abandonaron al convencerse de que el objeto era un remo, un despojo de su barca.
Cuando las olas le levantaban, sacaba el cuerpo fuera para ver más lejos. Agua por todas partes. Sobre el mar sólo estaban él, la barca que se aproximaba y una curva negra que acababa de surgir y que se contraía espantosamente sobre una gran mancha de sangre.
El atún había muerto... ¡Valiente cosa le importaba! ¡La vida de su hijo único, de su Antoñico, a cambio de la de aquella bestia! ¡Dios! ¿Era esto manera de ganarse el pan?
Nadó más de una hora, creyendo a cada rozamiento que el cuerpo de su hijo iba a surgir bajo sus piernas, imaginándose que las sombras de las olas eran el cadáver del niño que flotaba entre dos aguas.
Allí se hubiera quedado; allí habría muerto con su hijo. El compadre tuvo que pescarle y meterle en la barca como un niño rebelde.
-Qué hacemos, Antonio?
Él no contestó.
-No hay que tomarlo así. Son cosas de la vida. El chico ha muerto donde murieron todos nuestros parientes, donde moriremos nosotros. Todo es cuestión de más pronto o más tarde... Pero, ahora, a lo que estamos: a pensar que somos unos pobres.
Y, preparando dos nudos corredizos, apresó el cuerpo del atún y lo llevó a remolque de la barca, tiñendo con sangre las espumas de las olas.
El viento los favorecía; pero la barca estaba inundada, navegaba mal, y los dos hombres, marineros ante todo, olvidaron la catástrofe, y, con los achicadores en la mano, encorvándose dentro de la cala, arrojando paletadas de agua al mar.
Así pasaron las horas. Aquella ruda faena embrutecía a Antonio, le impedía pensar;
pero de sus ojos rodaban lágrimas y más lágrimas, que, mezclándose con el agua de la
cala, caían en el mar sobre la tumba del hijo.
La barca navegaba con creciente rapidez, sintiendo que se vaciaban sus entrañas. El puertecillo estaba a la vista, con sus masas de blancas casitas donadas pon el sol de la tarde.
La vista de tierra despertó en Antonio el dolor y el espanto adormecidos.
-¿Qué dirá mi mujer? ¿Qué dirá mi Rufina? -gemía el infeliz.
Y temblaba, como todos los hombres enérgicos y audaces, que en el hogar son esclavos de la familia.
Sobre el mar deslizábase como una caricia el ritmo de alegres valses. El viento de tierra saludaba a la barca con melodías vivas y alegres. Era la música que tocaba en el paseo, frente al casino. Pon debajo de las achatadas palmeras desfilaban, como las cuentas de un rosario de colores, las sombrillas de seda, los sombreritos de paja, los trajes claros y vistosos de toda la gente de veraneo.
Los niños, vestidos de blanco y rosa, saltaban y corrían tras sus juguetes, o formaban alegres corros, girando como ruedas de colores.
En el muelle se agolpaban los del oficio: su vista, acostumbrada a las inmensidades del mar, había reconocido lo que remolcaba la barca. Peno Antonio sólo miraba, al extremo de la escollera, a una mujer alta, escueta y negruzca, erguida sobre un peñasco, y cuyas faldas arremolinaba el viento.
Llegaron al muelle. ¡Qué ovación! Todos querían ver de cenca el enorme animal.Los pescadores, desde sus botes, lanzaban envidiosas miradas; los pilletes, desnudos, de color de ladrillo, echábanse al agua para tocarle la enorme cola.
Rufina se abrió paso ante la gente, llegando hasta su marido, que, con la cabeza baja y una expresión estúpida, oía las felicitaciones de los amigos.
-¿Y el chico? ¿Dónde está el chico?
El pobre hombre bajó aún más su cabeza. La hundió entre los hombros, como si
quisiera hacerla desaparecen para no oír, para no ver nada.
-Pero ¿dónde está Antoñico?
Y Rufina, con los ojos ardientes, como si fuera a devorar a su marido, le agarraba de la pechera, zarandeando rudamente a aquel hombrón. Peno no tardó en soltarle, y, levantando los brazos, prorrumpió en espantosos alaridos.
-¡Ay Señor!... ¡Ha muerto! ¡Mi Antoñico se ha ahogado! ¡Está en el mar!
-Sí, mujer -dijo el marido lentamente, con torpeza, balbuciendo y como si le ahogaran las lágrimas-. Somos muy desgraciados. El chico ha muerto; está donde su abuelo; donde estaré yo cualquier día. Del mar comemos y el mar ha de tragarnos... ¡Qué remedio! No todos nacen para obispos.
Pero su mujer no le oía. Estaba en el suelo, agitada pon una crisis nerviosa, y se revolcaba pataleando, mostrando sus flacas y tostadas desnudeces de animal de trabajo, mientras se tiraba de las greñas, arañándose el rostro.
-¡Mi hijo!... ¡Mi Antoñito!...
Las vecinas del barrio de los pescadores acudieron a ella. Bien sabían lo que era aquello; casi todas habían pasado pon trances iguales. La levantaron sosteniéndola con sus poderosos brazos y emprendieron la marcha hacia su casa.
Unos pescadores dieron un vaso de vino a Antonio, que no cesaba de llorar. Y, mientras tanto, el compadre, dominado pon el egoísmo brutal de la vida, regateaba bravamente con los compradores de pescado que querían adquirir la hermosa pieza.
Terminaba la tarde. Las aguas, ondeando suavemente, tomaban reflejos de oro. A intervalos sonaba cada vez más lejos el grito desesperado de aquella pobre mujer, desgreñada y loca, que las amigas empujaban a casa:
-¡Antoñito! ¡Hijo mío!
Y bajo las palmeras seguían desfilando los vistosos trajes, los rostros felices y sonrientes, todo un mundo que no había sentido pasar la desgracia junto a él, que no
había lanzado una mirada sobre el drama de la miseria; y el vals elegante, rítmico y
voluptuoso, himno de la alegre locura, deslizábase armonioso sobre las aguas, acariciando con un soplo la eterna hermosura del mar.
¡Bienvenidos! Este blog de literatura está abierto a todo tipo de lectores. Quienes lo hacemos no tenemos otra motivación que el de compartir la lectura de las obras de escritores de todos los tiempos, así como también las de aquellos que se inician y también merecen difusión.
sábado, 5 de octubre de 2013
sábado, 28 de septiembre de 2013
Grito Por Diana Bravi
Mis ojos, aturdidos de golpes, caminaron las calles sudorosas hasta detenerse y precipitar en los charcos de una esquina. Entonces salió de allí mi figura borrosa que corrió confundida, se inclinó agonizante, fue arrastrada lejos, se deshizo. Corrí más, la ambulancia siempre estaba lejos. En el extremo del fin pensé que todavía podía dejar mi mirada sana y erguida, mi grito echado a volar alto clamando un ¡alerta mujer, alerta!
Minirelato seleccionado para la antología “Basta” - Cien mujeres contra la violencia de género - Editorial Macedonia
SI MUERO… Por Rodolfo Espasa Muñoz- España
Si muero, acostúmbrate a vivir sin mí;
borra de tus sueños a mi rostro perdido,
y deja que el tiempo guarde las cenizas de mis labios,
en pequeños alcancías que, juntos, abriremos algún día.
No te ocultes detrás de la incesante estatua,
construida con los párpados inflamados de hastío,
y vaga por caminos que, aún, sueltan mi aroma errante;
amarrando tu corazón a todo lo que existe...
¡espérame!:
en las grisáceas nubes de ruidosos silencios,
donde las bocas no suplican, ni piden, ni lloran.
Allí, donde se dispersan las resinas del corazón herido.
Si muero, acostúmbrate a vivir sin mí,
y besa mi boca de nieve con tanta fuerza,
que al llevarse mi muerte tu beso,…jamás halle olvido.
borra de tus sueños a mi rostro perdido,
y deja que el tiempo guarde las cenizas de mis labios,
en pequeños alcancías que, juntos, abriremos algún día.
No te ocultes detrás de la incesante estatua,
construida con los párpados inflamados de hastío,
y vaga por caminos que, aún, sueltan mi aroma errante;
amarrando tu corazón a todo lo que existe...
¡espérame!:
en las grisáceas nubes de ruidosos silencios,
donde las bocas no suplican, ni piden, ni lloran.
Allí, donde se dispersan las resinas del corazón herido.
Si muero, acostúmbrate a vivir sin mí,
y besa mi boca de nieve con tanta fuerza,
que al llevarse mi muerte tu beso,…jamás halle olvido.
Vestirse por dentro Por Guillermo Jaim Etcheverry
A veces se tiene la impresión de que la experiencia humana va quedando restringida a sus facetas más superficiales y oscuras. Por ejemplo, los argentinos compartimos hoy preocupaciones vitales que oscilan entre el mundo del espectáculo y el del hampa. Vivimos atraídos por lo que sucede en juzgados y comisarías, aventuras de policías y ladrones que ni siquiera tienen valor aleccionador porque ya no sabemos quién es quién.
Este arrasador vendaval de irrelevancia resulta especialmente peligroso porque nos sorprende sin defensas. Desnudos por dentro. Nuestro espacio interior está quedando vacío como resultado de una educación que, en realidad, es un desalojo planificado. Convertidos en seres chatos, sin profundidad, sólo tenemos vida cotidiana, monopolizada por la contemplación de poco estimulantes vidas ajenas. Desprovistos de las múltiples dimensiones de la experiencia humana que son las que da la cultura, creemos que la que nos muestran es la única vida posible. Así nos vamos llenando de los desechos con que tenazmente nos alimentan sin pausa. Ingresan sin resistencia porque no estamos en condiciones de oponerles ni las experiencias propias ni las adquiridas a través de la cultura.
Esto no siempre fue así. En algunas épocas se reconocían las limitaciones de la vida de cada uno y se buscaba ampliarla mediante la educación. Se trataba de incitar a cada persona a explorar el territorio casi infinito de sus posibilidades. Para no otra cosa sirven la literatura y la música, el teatro y las 'artes plásticas, la filosofía y la ciencia. Claro que en este mundo de cosas, intentar que las personas no lo sean, no es considerado un servir valioso.
Detengámonos en un ejemplo. Hasta no hace tanto, era frecuente que quienes se habían beneficiado de una buena educación, recordaran durante toda su vida fragmentos de los más variados textos. Habían aprendido de memoria párrafos de la Biblia, grandes poemas completos o algunos de sus versos aislados. Recordaban frases de héroes, citas de grandes políticos, pensamientos de intelectuales. Ya no intentamos poblarnos por dentro mediante la memoria, despreciada por la cultura contemporánea. No es que no la utilicemos. Hoy, en lugar de los versos, nos habitan hasta los detalles más insignificantes de la vida de los personajes que, encapuchados o a cara descubierta, constituyen la familia obligada que visita a diario nuestros hogares. Lo que en realidad rechazamos es la disciplina del esfuerzo que requiere emplear la memoria con la intención de vestir mejor nuestro interior. Esto hace que cualquier alusión a la vastísima experiencia cultural del hombre carezca hoy de todo significado para la mayoría de nuestros jóvenes. Se está desgarrando así lo que George Steiner denomina el tejido interior de ecos compartidos. Esto es grave porque la persona responde a la incitación de la realidad de acuerdo con la densidad de las referencias y recuerdos con que haya conseguido vestirse por dentro.
Esta tarea requiere el tiempo, la reflexión y el silencio que se están escurriendo de nuestras vidas. Dócilmente nos hemos dejado convencer de que no tenemos tiempo para elegir nuestro ropaje interior. Otros nos lo imponen. Abandonamos el hábito de pensar porque cada día tenemos menos instrumentos para hacerlo. Vivimos en medio de un ruido ensordecedor que no nos deja ni un instante para dialogar con nosotros mismos. Además, nos resulta difícil hacerlo porque, al vaciarnos de resonancias interiores, nos hemos quedado sin interlocutor.
De este modo, nuestro espacio interno, poblado hasta no hace tanto por ecos y significados, se está enmudeciendo. Peor aún, nos lo están ocupando sigilosamente con datos superficiales, preocupaciones inútiles, ejemplos de lo peor de la condición humana. Pero mientras esto le ocurre cada vez a más gente, el pintor se sigue desvelando por encontrar el color preciso, el poeta insiste en buscar durante días la palabra apropiada, el científico trata de responder esa pregunta imposible. Gracias a ellos, los, elementos para enriquecer nuestro espacio interior siguen y seguirán estando, allí. De nosotros depende utilizarlos y, sobre todo, enseñar a los jóvenes a hacerlo.
Es la única forma que nos queda de resistirnos a que sigan ocupándonos por dentro. De defender .lo que tenemos de humanos.
Este arrasador vendaval de irrelevancia resulta especialmente peligroso porque nos sorprende sin defensas. Desnudos por dentro. Nuestro espacio interior está quedando vacío como resultado de una educación que, en realidad, es un desalojo planificado. Convertidos en seres chatos, sin profundidad, sólo tenemos vida cotidiana, monopolizada por la contemplación de poco estimulantes vidas ajenas. Desprovistos de las múltiples dimensiones de la experiencia humana que son las que da la cultura, creemos que la que nos muestran es la única vida posible. Así nos vamos llenando de los desechos con que tenazmente nos alimentan sin pausa. Ingresan sin resistencia porque no estamos en condiciones de oponerles ni las experiencias propias ni las adquiridas a través de la cultura.
Esto no siempre fue así. En algunas épocas se reconocían las limitaciones de la vida de cada uno y se buscaba ampliarla mediante la educación. Se trataba de incitar a cada persona a explorar el territorio casi infinito de sus posibilidades. Para no otra cosa sirven la literatura y la música, el teatro y las 'artes plásticas, la filosofía y la ciencia. Claro que en este mundo de cosas, intentar que las personas no lo sean, no es considerado un servir valioso.
Detengámonos en un ejemplo. Hasta no hace tanto, era frecuente que quienes se habían beneficiado de una buena educación, recordaran durante toda su vida fragmentos de los más variados textos. Habían aprendido de memoria párrafos de la Biblia, grandes poemas completos o algunos de sus versos aislados. Recordaban frases de héroes, citas de grandes políticos, pensamientos de intelectuales. Ya no intentamos poblarnos por dentro mediante la memoria, despreciada por la cultura contemporánea. No es que no la utilicemos. Hoy, en lugar de los versos, nos habitan hasta los detalles más insignificantes de la vida de los personajes que, encapuchados o a cara descubierta, constituyen la familia obligada que visita a diario nuestros hogares. Lo que en realidad rechazamos es la disciplina del esfuerzo que requiere emplear la memoria con la intención de vestir mejor nuestro interior. Esto hace que cualquier alusión a la vastísima experiencia cultural del hombre carezca hoy de todo significado para la mayoría de nuestros jóvenes. Se está desgarrando así lo que George Steiner denomina el tejido interior de ecos compartidos. Esto es grave porque la persona responde a la incitación de la realidad de acuerdo con la densidad de las referencias y recuerdos con que haya conseguido vestirse por dentro.
Esta tarea requiere el tiempo, la reflexión y el silencio que se están escurriendo de nuestras vidas. Dócilmente nos hemos dejado convencer de que no tenemos tiempo para elegir nuestro ropaje interior. Otros nos lo imponen. Abandonamos el hábito de pensar porque cada día tenemos menos instrumentos para hacerlo. Vivimos en medio de un ruido ensordecedor que no nos deja ni un instante para dialogar con nosotros mismos. Además, nos resulta difícil hacerlo porque, al vaciarnos de resonancias interiores, nos hemos quedado sin interlocutor.
De este modo, nuestro espacio interno, poblado hasta no hace tanto por ecos y significados, se está enmudeciendo. Peor aún, nos lo están ocupando sigilosamente con datos superficiales, preocupaciones inútiles, ejemplos de lo peor de la condición humana. Pero mientras esto le ocurre cada vez a más gente, el pintor se sigue desvelando por encontrar el color preciso, el poeta insiste en buscar durante días la palabra apropiada, el científico trata de responder esa pregunta imposible. Gracias a ellos, los, elementos para enriquecer nuestro espacio interior siguen y seguirán estando, allí. De nosotros depende utilizarlos y, sobre todo, enseñar a los jóvenes a hacerlo.
Es la única forma que nos queda de resistirnos a que sigan ocupándonos por dentro. De defender .lo que tenemos de humanos.
sábado, 21 de septiembre de 2013
Poesías extraídas del Tomo 3 de las Obras Completas del Dr. Claudio M. Cuenca
En esta pagina rescatamos un poeta casi olvidado: el Doctor Claudio M. Cuenca, que vivió durante el gobierno de Rosas, y murió en la batalla de Caseros, cuidando los heridos del ejercito federal que estaban a su cargo en el edificio llamado “El palomar”. Contemporáneo de Mármol, Echeverría y otros, no tuvo la suerte de éstos de formar parte de las letras argentinas, a pesar de que sus obras, recopiladas por su amigo, Heraclio C. Fajardo, llenan 3 tomos. Los gastos de la misma se solventaron gracias a una suscripción realizada por éste a pesar de que el gobierno nacional (cuyo presidente era Bartolomé Mitre) le negó todo apoyo. Aquí presentamos algunas poesías extraídas del tomo 3.
MI CARA
Esta cara impasible, yerta, umbría,
Respuesta del gobierno:
Marzo 18 de 1861.
Queda suscrito el gobierno á diez ejemplares de la obra del Dr. Cuenca ; hágase así saber al interesado y comuníquese al Ministerio de Hacienda.
MITRE.
PASTOR OBLIGADO.
Respuesta del Dr. Fajardo al saber que el gobierno sólo tenía interés en 10 ejemplares:
Al Exmo. Sr, Gobernador de. Buenos Aires, Brigadier General D. Bartolomé Mitre.
Señor:
Se me acaba de notificar que, por toda contestación á la carta que tuve el honor de dirigir á V. E. con fecha 25 de Septiembre del año pasado, el gobierno de V. E. se suscribía á DIEZ EJEMPLARES de las obras poéticas del finado Dr. D. C. M. Cuenca.
Si la penuria del Erario no hubiera permitido al gobierno distraer fondos en una suscripción, condigna de este y de la importancia de la obra que colocaba bajo su elevada protección, yo habría aceptado gustosísimo el que se hubiera excusado de abonarse á un solo ejemplar. Mas la dignidad de las letras, de las que soy humilde pero celoso soldado y de las que V. E. es conspicuo representante; la dignidad de las letras, que debemos acatar ante todo, cualquiera que sea la posición á que nos encumbre la voluble rueda, porque ella es superior á las demás efímeras dignidades á que esta eleva; la dignidad de las letras, en las que brilla, el Dr. Cuenca como un astro, - no me permite aceptar semejante suscripción, de parte del gobierno de su patria, mas que como una ironía, por no decir otra cosa, á la memoria del primer poeta argentino.
Al agradecer, sin admitir, tal protección del gobierno de V. E., me queda la satisfacción de haberme sacrificado de todos modos por la gloria de aquel poeta, aunque no soy magistrado de su patria, aunque no soy capitalista, aunque ni soy su compatriota.
Tengo el honor de saludar á V. E. con mi. mayor consideración, &a.
Heraclio C. Fajardo
MI CARA
Esta cara impasible, yerta, umbría,
Hasta ¡ay de mí! para la que amo helada,
Sin fuego, sin pasión, sin luz, sin nada,
no creas que es ¡ ah, no ! la cara mía.
Porque esta, amigo, indiferente y fria
Que traigo casi siempre, es estudiada....
Es cara artificial, enmascarada,
y, aquí para los dos, -la hipocresía!
Y teniendo que ser todo apariencia,
Disimulo, mentira, fingimiento,
Y un astuto artificio en mi existencia,
Por no poder obrar conforme siento
Y me lo mandan Dios y mi conciencia.
EL LUNAR
Como del cuerpo entro todos
Los hechizos sobresale,
Y hasta una hermosura vale,
De los ojos la beldad :
Así entre las bellas dotes
Del corazón y del alma,
Como en la selva la palma,
Descuella la caridad.
UN MAL CASADO
En medio de los dolores
de una muerte que amagaba
Un infeliz recordaba
Sus ya pasados errores ;
Mas cuando aquel recordó
De haberse buscado suegra,
Basta, dijo, muerte negra,
Líbrame, de él, y espiró.
INÉS
En su próxima dicha embebecido,
Delirante de amor Favonio espera,
Que se desnude Inés, y placentera ..
Entre con. él al lecho apetecido.
La ve soltar un lazo, y sorprendido
Mira caer á sus pies la ancha cadera;
Un resorte, y con él la cabellera,
Y en pos de un otro, el muslo desprendido.
Queda el rustro divino : ¡ oh ! ¡qué blancura !
Mas no, que es Solimán .... se pone prieto,
Y... ¿ qué saca, después ? ¡ la, dentadura !
El seno ¡ ah! se desprendo con el. peto!
¿Y qué resta por fin do su hermosura?
¡Oh engañosa beldad, -un esqueleto !
UN SONETO
Un soneto! sí, Fabio; un cuarto de hora
Que escribo, y sudo, y voto, y me fatigo,
Y llano al . . pero qué . . nada consigo;
Si mas quito y añado, más se empeora.
Iba á escribir .... mas ya ... ni sé ahora;
Y es esto diversión, ¡ ah ! no ; maldigo
Hasta el mismo alto numen que es testigo
Del vático furor que me devora.
De esta vez, no hay remedió, pierdo el juicio!
Quince versos, dos ripios, plan y objeto
Es preciso borrar ; ¡qué sacrificio !
También un consonante, un epíteto
Mal aplicados ¡ oh ! ya esto es suplicio !
¡ Llévese el diablo, pues, pluma y soneto !
EL SASTRE
De un rico lino cortaba
Para su esposa, un vestido
Cierto sastre, y distraído
La mitad del lino ahorraba.
Nótalo ella y grita: Espera,
Tú me robas mucho paño!
Y él responde : No es extraño,
Me olvidaba de quien era.
A UNA DAMA
Preguntóme una doncella.
¿Me falta algo por ventura,
Siendo rica, noble, y bella?
Sí, le dije, más cordura.
LA RESPUESTA
Preguntóme, ¿cuál de aquellas
Cinco damas es mas linda?
Un amante; óyelo Alcinda
Y dice, ninguna de ellas.
EPIGRAMAS
Un pendenciero
Un valentón desafió
A un antiguo militar,
Y llegados al lugar
De la riña, así le habló :
Tú tiras, o tiro yo,
O me matas, o te mato,
Y es sabido que un mal rato
Debe huirse.. . .y disparó
La Viuda
Bañada en lágrimas vi
Quejarse á una joven viuda,
Diciendo: muerte sañuda,
¿Porqué me dejaste á mí ?
Grita, llora; mas voy yo,
Háblole de casamiento,
Y la viuda en el momento
En risa el llanto mudó.
El beato
Rezando estaba un devoto
Muy contrito, cuando al paso
Pisa su hijo por acaso
Un mal jarro y queda roto :
Se enfurece con exceso,
Grita el beato, rabia y vota,
Toma al hijo, cruel le azota,
Se hinca luego y sigue el rezo,
El busto
A un chulo se preguntó
Si el busto de un magistrado
De blanco mármol labrado
Le era fiel, y respondió :
El busto no admite medra
Ni puede hacerse mejor
Porque imitó el escultor
Hasta los sesos de piedra.
Respuesta que dio el gobierno nacional cuando se le solicitó que apoyase la impresión de las obras del Dr. Cuenca, adquiriendo para tal fin, varios ejemplares. Vaya esto como ejemplo para aquellos que creen que el estado debe apoyar la obra del artista.
Respuesta del gobierno:
Marzo 18 de 1861.
Queda suscrito el gobierno á diez ejemplares de la obra del Dr. Cuenca ; hágase así saber al interesado y comuníquese al Ministerio de Hacienda.
MITRE.
PASTOR OBLIGADO.
Respuesta del Dr. Fajardo al saber que el gobierno sólo tenía interés en 10 ejemplares:
Al Exmo. Sr, Gobernador de. Buenos Aires, Brigadier General D. Bartolomé Mitre.
Señor:
Se me acaba de notificar que, por toda contestación á la carta que tuve el honor de dirigir á V. E. con fecha 25 de Septiembre del año pasado, el gobierno de V. E. se suscribía á DIEZ EJEMPLARES de las obras poéticas del finado Dr. D. C. M. Cuenca.
Si la penuria del Erario no hubiera permitido al gobierno distraer fondos en una suscripción, condigna de este y de la importancia de la obra que colocaba bajo su elevada protección, yo habría aceptado gustosísimo el que se hubiera excusado de abonarse á un solo ejemplar. Mas la dignidad de las letras, de las que soy humilde pero celoso soldado y de las que V. E. es conspicuo representante; la dignidad de las letras, que debemos acatar ante todo, cualquiera que sea la posición á que nos encumbre la voluble rueda, porque ella es superior á las demás efímeras dignidades á que esta eleva; la dignidad de las letras, en las que brilla, el Dr. Cuenca como un astro, - no me permite aceptar semejante suscripción, de parte del gobierno de su patria, mas que como una ironía, por no decir otra cosa, á la memoria del primer poeta argentino.
Al agradecer, sin admitir, tal protección del gobierno de V. E., me queda la satisfacción de haberme sacrificado de todos modos por la gloria de aquel poeta, aunque no soy magistrado de su patria, aunque no soy capitalista, aunque ni soy su compatriota.
Tengo el honor de saludar á V. E. con mi. mayor consideración, &a.
Heraclio C. Fajardo
sábado, 14 de septiembre de 2013
Aspectos sorprendentes del amor propio Por Wimpi
El espectáculo del llamado "amor propio" confirma, acabadamente, aquella vieja especie de que "hay amores que matan".
Porque cuando uno quiere una cosa, la quiere, la limpia, la pule, la lustra, la poda.
En cambio cuando el tipo se quiere a sí mismo, hasta el punto de configurar el caso de una "persona de amor propio", se deja silvestre nomás.
La "persona de amor propio" ni se piensa, ni se analiza, ni se explora, ni se sabe.
Y la fe que se tiene es una especie típica de superstición...
Cree, en efecto, en ella misma, como cree en cualesquiera agorerías: la del trébol de cuatro hojas, la del cura de frente, la de los tres primeros marineros hallados al paso, la del gato negro, la del carro de pasto.
Y el tipo vive feliz así.
Debe ser el único caso en el mundo de un espectáculo feliz que causa una impresión
desgraciada en aquellos que aspiran a ser felices como hay que serlo para cumplir con Dios en el cielo y con los vecinos en la tierra.
El tipo de amor propio habla siempre en primera persona:
-Porque en ese momento YO ... Cuando YO estaba ... Al YO salir ...
Y cuando tiene que referirse a él y otro, indefectiblemente, ingenuamente, comienza:
-Ibamos yo y fulano...
De la misma manera que Juan Ramón tituló a su libro "Platero y yo", siendo Platero, como se sabe, su asno. Claro que Platero era un burrito de cristal que entendía las noches con estrellas y se admiraba de las mariposas azules.
El tipo de amor propio diríase que vive de espaldas al mundo, vuelto sobre sí mismo, pegado contra sí mismo como un mejillón.
Pero hay un aspecto sorprendente en esto del amor propio: cuando se trata de aparatos de radio, el del tipo "agarra" de cualquier parte sin antena; cuando se trata de beber, el tipo aguanta un kilo de whisky sin que se note; cuando se trata de mujeres, el tipo no da abasto... Ocurre, sin embargo -y este era el aspecto sorprendente- que cuando se trata de enfermedades, nunca, nadie, estuvo tan grave como el tipo.
Cuando alguno le da la noticia de que le sacaron el apéndice, él recuerda su caso:
-¡No me hable de apéndice, mire!
-Fue un momentito, ¿eh? Al día siguiente ya estaba sentado en la cama.
El tipo sonríe con inusitada suficiencia.
-¡Sentado en la cama! A mí, cuando me operaron... ¡dos de reloj en la mesa! Una carnicería. Los médicos ya creían que... Parece que lo tenía pegado y entonces ellos, seguro .. Pero fue algo, mire... ¡algo!
El tipo entrecruza las manos como si fuera a rezar o como si estuviera pidiendo otros quince días de plazo.
Lo mismo acontece con las llamadas "puntadas".
-¿Qué le pasa que se toca seguido ahí?
-Una puntada.
-¡A mí, cuando me agarran... ¡es pa-vo-ro-so! ¡ Acá... ¿ves? ... cuando me agarran, me agarran acá. ¡Qué sé yo cuántos médicos me...! Que los rayos, que análisis, el metabolismo...
No saben lo que es. Pero me dijeron que había sólo dos casos como el mío. El tipo propala la versión con cierto espeso énfasis de teatro italiano. Y repite, circunscribiendo, para jerarquizarla, la importancia de su vicisitud:
-Dos casos, nomás. Uno creo que en Suiza y el otro en Norteamérica.
El del tipo, en el país, es el único.
La "persona de amor propio", pues, no sólo aspira a ser primera en el amor, en el talento, en la lucha romana, en el beber, en el conseguir arroz sino que, también, en la peritonitis y en las dobles fracturas.
-¡El codo! ¿Se da cuenta? ¡El codo, nada menos! Creían que iba a quedar con el brazo inútil. Todo el peso del cuerpo. El que me puso el yeso me lo dijo:
-Como su caso, hubo otro nomás. Pero hace años y no acá ...
Porque cuando uno quiere una cosa, la quiere, la limpia, la pule, la lustra, la poda.
En cambio cuando el tipo se quiere a sí mismo, hasta el punto de configurar el caso de una "persona de amor propio", se deja silvestre nomás.
La "persona de amor propio" ni se piensa, ni se analiza, ni se explora, ni se sabe.
Y la fe que se tiene es una especie típica de superstición...
Cree, en efecto, en ella misma, como cree en cualesquiera agorerías: la del trébol de cuatro hojas, la del cura de frente, la de los tres primeros marineros hallados al paso, la del gato negro, la del carro de pasto.
Y el tipo vive feliz así.
Debe ser el único caso en el mundo de un espectáculo feliz que causa una impresión
desgraciada en aquellos que aspiran a ser felices como hay que serlo para cumplir con Dios en el cielo y con los vecinos en la tierra.
El tipo de amor propio habla siempre en primera persona:
-Porque en ese momento YO ... Cuando YO estaba ... Al YO salir ...
Y cuando tiene que referirse a él y otro, indefectiblemente, ingenuamente, comienza:
-Ibamos yo y fulano...
De la misma manera que Juan Ramón tituló a su libro "Platero y yo", siendo Platero, como se sabe, su asno. Claro que Platero era un burrito de cristal que entendía las noches con estrellas y se admiraba de las mariposas azules.
El tipo de amor propio diríase que vive de espaldas al mundo, vuelto sobre sí mismo, pegado contra sí mismo como un mejillón.
Pero hay un aspecto sorprendente en esto del amor propio: cuando se trata de aparatos de radio, el del tipo "agarra" de cualquier parte sin antena; cuando se trata de beber, el tipo aguanta un kilo de whisky sin que se note; cuando se trata de mujeres, el tipo no da abasto... Ocurre, sin embargo -y este era el aspecto sorprendente- que cuando se trata de enfermedades, nunca, nadie, estuvo tan grave como el tipo.
Cuando alguno le da la noticia de que le sacaron el apéndice, él recuerda su caso:
-¡No me hable de apéndice, mire!
-Fue un momentito, ¿eh? Al día siguiente ya estaba sentado en la cama.
El tipo sonríe con inusitada suficiencia.
-¡Sentado en la cama! A mí, cuando me operaron... ¡dos de reloj en la mesa! Una carnicería. Los médicos ya creían que... Parece que lo tenía pegado y entonces ellos, seguro .. Pero fue algo, mire... ¡algo!
El tipo entrecruza las manos como si fuera a rezar o como si estuviera pidiendo otros quince días de plazo.
Lo mismo acontece con las llamadas "puntadas".
-¿Qué le pasa que se toca seguido ahí?
-Una puntada.
-¡A mí, cuando me agarran... ¡es pa-vo-ro-so! ¡ Acá... ¿ves? ... cuando me agarran, me agarran acá. ¡Qué sé yo cuántos médicos me...! Que los rayos, que análisis, el metabolismo...
No saben lo que es. Pero me dijeron que había sólo dos casos como el mío. El tipo propala la versión con cierto espeso énfasis de teatro italiano. Y repite, circunscribiendo, para jerarquizarla, la importancia de su vicisitud:
-Dos casos, nomás. Uno creo que en Suiza y el otro en Norteamérica.
El del tipo, en el país, es el único.
La "persona de amor propio", pues, no sólo aspira a ser primera en el amor, en el talento, en la lucha romana, en el beber, en el conseguir arroz sino que, también, en la peritonitis y en las dobles fracturas.
-¡El codo! ¿Se da cuenta? ¡El codo, nada menos! Creían que iba a quedar con el brazo inútil. Todo el peso del cuerpo. El que me puso el yeso me lo dijo:
-Como su caso, hubo otro nomás. Pero hace años y no acá ...
De Ventana a la calle - Editorial Freeland - Buenos Aires -
LA ARAÑA Y EL JARDINERO Por José Caicedo Rojas
En la rama de un árbol trabajaba
Una Araña su tela.
El Jardinero Atento la miraba,
Y al fin dijo con aire chocarrero
"Mucho tu industria, amiga, se desvela
Por fabricar tus redes pescadoras;
Pero tan frágil tela
Durará, me parece, pocas horas,
Que al podar esa rama vendrá abajo
La hamaca en que te meces, y perdido
Será tu vil trabajo
Y los días que en él has consumido".
-"Y dime, le responde el pobre insecto,
Este bello jardín que tú cultivas
Con arte tan perfecto,
Y este árbol, y esas casas tan altivas,
¿Por siempre han de durar? Tu misma mano
Que amaga mi existencia y que ya espera
Lanzarme el golpe insano
¿No es, como yo, también perecedera?
"Engaña al hombre su impotente orgullo
Pensando que del tiempo en el abismo,
De un gusano el capullo Y el bello
Partenón no son lo mismo.
Tuvo razón la Araña
Que todo en este mundo es telaraña."
Una Araña su tela.
El Jardinero Atento la miraba,
Y al fin dijo con aire chocarrero
"Mucho tu industria, amiga, se desvela
Por fabricar tus redes pescadoras;
Pero tan frágil tela
Durará, me parece, pocas horas,
Que al podar esa rama vendrá abajo
La hamaca en que te meces, y perdido
Será tu vil trabajo
Y los días que en él has consumido".
-"Y dime, le responde el pobre insecto,
Este bello jardín que tú cultivas
Con arte tan perfecto,
Y este árbol, y esas casas tan altivas,
¿Por siempre han de durar? Tu misma mano
Que amaga mi existencia y que ya espera
Lanzarme el golpe insano
¿No es, como yo, también perecedera?
"Engaña al hombre su impotente orgullo
Pensando que del tiempo en el abismo,
De un gusano el capullo Y el bello
Partenón no son lo mismo.
Tuvo razón la Araña
Que todo en este mundo es telaraña."
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