“Archivo General” es una obra que indaga el misterio inaudito de nacer. ¿Y por qué nace lo que nace? Porque tiene que nacer. Eso lo descubrí al escribir este libro. La obra está estructurada en dos planos: el subsuelo y el suelo. A medida que avanza la acción, ambos escenarios se entrecruzan. Esto produce cambios fundamentales, donde lo establecido comienza a ceder ante lo “nuevo”. Las condiciones asfixiantes en las que trabajan los personajes del Archivo General, empieza a resquebrajarse, y el viejo orden que parecía eterno, culmina en siete actos su reinado.
El tercer plano es el cielo. Es decir, lo que los hombres no pueden manejar. La inminencia de lo que está por venir es el hilo invisible que va tejiendo su trampa. El impulso que disparó esta obra fue la imagen de una muchacha que abría puertas. Una tras otra iba abriendo lo que se cerraba a su paso. Hasta llegar a la “Puerta Prohibida”. Lo que sigue es la vida de una Postulante en busca de conseguir su primer trabajo. Todo lo demás se lo debo a los niños y niñas de este mundo, que no paran de nacer”.
El libro será presentado en la Feria del Libro de Balcarce.
¡Bienvenidos! Este blog de literatura está abierto a todo tipo de lectores. Quienes lo hacemos no tenemos otra motivación que el de compartir la lectura de las obras de escritores de todos los tiempos, así como también las de aquellos que se inician y también merecen difusión.
sábado, 31 de mayo de 2014
LA LIBERTAD DEL NEGRO - Por Juan Draghi Lucero
Era un negro esclavo ¡tan habilidoso en sus trabajos! ... Ya lo ponía el amo a hacer un telar, que lo armaba con la misma buena mano que podaba los frutales de la huerta. Ya herraba los vacunos que pasaban a Chile, como modelaba botijas a pulso y las cocía, con el justo punto, en el horno botijero. Para hacer el aguardiente no había mano como la suya. Y era carretero y arriero, y muchas veces llegó con vinos al apartado Buenos Aires'. Allí vendía los productos de su dueño y retornaba con bayetas, cuchillos, y polvillo de olor y tantas otras minucias para la tienda de su amo.
Este negro sabía pulsar la guitarra. Cuando sus dedos arrancaban las dormidas armonías del cordaje, tristes suspiros levantaban su pecho porque cantaba a su bien perdido: la libertad. Viéndolo su amo anegado en el bajo de la tristeza, le preguntó como al descuido, que por qué se abatía de ese modo. "Por mi libertad, amito", le respondió el servicial, y se animó a preguntar a su dueño: "¿Puedo soñar con mi redención?". "Sí, negro: para cuando baje una gran víbora del cielo", le contestó su amo, sonriendo. "¡Ay, amito!", se lamentó el negro con el todo de su arrastrada pena.
Bien conforme estaba su señor con el servicio del negro. Cuatrocientos pesos había pagado por él cuando lo remataron bajo el árbol de la justicia. Buenas cuentas tiraba porque ya había rescatado ese caudal y crecían mucho sus utilidades.
Pero el esclavo, cuanto más lo servía, más se quejaba y desvariaba por su carta de libertad. Tanto porfió en su reclamo que su dueño se avino a decirle: "Mira, negro: si aguantas, completamente desnudo, una noche entera en la punta de aquel cerro nevado, te alcanzaré tu redención". Y señalaba al cerro más alto de la comarca, el que de día acariciaban las nubes y en las noches claras recortaba su blancor brillante en lo negro-del cielo.
-Ni vestido y emponchado, mi amito, hay hombre que resista el frío de esa cumbre.
-Y ni pizca de fuego harás cuando pases la noche en esas alturas. Ya sabes lo que te costará ser libre, negro.
-¡Ay, ayayita, mi amito! Mi libertad es la muerte. ..
Y mientras sudaba el esclavo, forjando herraduras para los vacunos que su amo enviaba a Chile, se repetía al son del martillo, en su porfiado golpear: "Mi libertad es la muerte. ..".
Tantos eran los trabajos que soportaba el negro, haciendo los mil quehaceres del amo, que tiró al fin la terrible cuenta: a riesgo de su vida iría en busca de la libertad.
Pidió licencia para hablar con su amo, y cuando se la acordaron, dando vueltas su roto sombrero entre las manos, levantó la voz y dijo:
-Mi amito, pasaré la noche, desnudo, en la punta del cerro más alto; si quedo con vida, gozaré mi libertad.
-Ése es el trato, negro es que le contestó su dueño.
-Me iré, pues, mi amito, a conquistar., lo que más quiero, con sus duras condiciones. Mañana partiré, mi amito.
-Así se hará, pues, negro.
Al otro día, de mañanita, se volvió a presentar el esclavo a su .amo y dueño, y el rico lo registró de pies a cabeza por ver si llevaba yesca y pedernal para hacer fuego. Nada llevaba el negro y lo dejó partir.
Se puso en camino el esclavo, tranqueó todo el día, pero apenas pudo llegar al pie del cerro. Durmió un medio sueñito y antes de la medianoche comenzó a trepar por sus faldas. Repechó todo el segundo día y parte de la noche, pero recién a la tercera jornada mereció, por fin, poner su planta en la temida altura.
Las nieves eternas y el viento sur castigaban la cima con un frío cortador de carnes. Buscó un medio reparo el negro entre, unos peñascos. Allí se achicó cuanto pudo.
No bien se oscureció, el negro, fiel a su trato, se quitó el ponchito roto, la camisita molida, los calzones remendados y las ojotas.
En cueritos quedó, como cuando vino al mundo. Así se dispuso a enfrentar la terrible noche del Ande.
Metió las manos bajo los sobacos y se hizo un ovillo en una caleta de piedra. Aguantó un rato, hasta que a punto de agarrotarse, salió, de su escondite y se defendió a los saltos hasta cansarse. Así aguantó un tiempo, pero el viento helado lo empujó a la caleta reparadora.
Rodaba la inmensa noche entre los silencios desavenidos de las alturas. El frío de la nieve y el viento castigaron con toda furia esas cumbres. El negro se achicó hasta hacerse una bola... "Si tuviera un fueguito...", lagrimeaba el esclavo a punto de helarse.
Ya atontado por el frío enemigo saltó afuera, pero lo azotó sin misericordia el huracán bramador de las cumbres; el negro miró a los llanos como pidiendo misericordia y alcanzó a ver, muy a lo lejos, ¡a leguas y leguas!, un fueguito que habían encendido los gauchos.
El esclavo se prendió con sus llorosos ojos a la cumbre lejana. Estiró sus brazos hacia esa lucecita perdida .en el confín de las pampas y dijo, desvariando: "Dame tu calor, fueguito... Ah, chih, chih, chih... Dame tu calor, fueguito... Ah, chih, chih, chih...", repitió, dando diente con diente. Más estiraba sus brazos y más miraba el fuego de los llanos, y porfiaba: "Dame tu calor, fueguito... Ah, chih, chih, .chih...", en un incesante chocar de dientes. Con este engaño fueron pasando las tardas horas de la desganada-noche.
Así rodó el tiempo, hasta que se allegó la madrugada. "Dame tu calor, fueguito... Ah, chih, chih, chih...", seguía el esclavo, en su porfía en conseguir calor; y en esta ilusión lo halló la claridad: estirando sus largos brazos en demandas de un imposible.
Las pintoras algaradas de oriente anunciaron al sol inmenso, pero mucho tuvo que levantarse la bola de fuego para desentumecer al negro.
Achuchado, temblando por el castigo del frío, vistió sus ropitas y bajó, paso a paso, a las trasbilladas, el alto cerro. Ganó el río seco, después la senda, y al último la huella. Entró al poblado... llegó a la casa del amo, cayendo y levantando.
-¿Cómo pasaste la noche, negro?
-Ay, mi amito... Me desnudé en la punta del cerro y pasaron las horas de la noche con los rigores del frío... Ya no sabía qué hacer para no morirme helado, cuando divisé, como a diez leguas, en el confín de los llanos, a un fueguito de los gauchos. Estiré mis brazos. "Dame tu calor, fueguito... Ah, chi, chih, chih...", decía, al dar diente con diente. Así pude aguantar los castigos de la noche helada. Bien caro me cuesta la libertad, mi amito.
-No te puedo dar la libertad, negro, porque té has calentado en un fuego.
-¡Estaba a muchas leguas de distancia, mi amito!...
-No le hace. Si no hubieras visto ese fueguito, te habrías acobardado y no hubieras seguido la lucha. Cuando te repongas, acometerás de nuevo la empresa.
-¡Ay, mi amito!...
A los cuarenta días se repuso el esclavo. Porfiando por su libertad, volvió a desafiar la cumbre. Tardó tres días en 'llegar hasta la punta del cerro, pero en llegando, como ya cerrara el anochecer, se desnudó emérito... Se dispuso a hacer frente a ¡os concentrados fríos con lo liso de sus carnes.
Del Aconcagua bajaron los alientos de los penitentes de nieves milenarias. Eran quemantes lenguas del frío eterno.. El negro se defendió achicándose contra un peñasco. Esquivó sus ojos al llano para no ver ningún fuego gaucho; sólo permitió a sus ojos mirar al alto cielo.
La luna llena blanqueaba las nieves de la serranía. Más fría, con esa luz blanquecina, se le figuraba la tremenda noche cordillerana.
Detenían las horas su marcha, demorándose para mayor atraso del encadenado. Duros vientos desollantes de las alturas lo hicieron arquearse con lo fuerte de sus azotes. Otros y otros vientos que andan por la noche llegaron a la cumbre y pasaron, dejándole cristales y agujas de nieve en sus carnes; y el negro, a punto de helarse, se enderezó a gritos y saltos para darse un engaño de valor.
El negro sintió las lenguas punzantes de los enemigos y clamó por un engañito de calor. Levantó la vista al cielo... Sus ojos dieron con la ¡una llena. "¡Es la boca de un horno encendido!", gritó el esclavo, y tendió sus mano» a. la altura, en demanda de calor y consuelo. "¡Dame tu calorcito, horno encendido! .. .Ah, chih, chih, chih...", decía, machacando muelas y dientes. Y de este modo y con estas palabras, se fue engañando en los rigores de la noche enemiga. Más rachas bajaron de las cimas... Más latigazos repartieron a dos manos. Más estiraba sus brazos a la luna el esclavo. "¡Dame tu calorcito, horno encendido! .. .Ah, chih, chih, chih...", demandaba, castañeteando sus dientes. Otro poquito ganó a la noche. De esa manera y con estos ardides fue doblegando al fiero tiempo. Cuando /salió el sol, mucho tuvo que levantarse por el cielo para desentumir al negro. A media tarde pudo tener movimiento y voluntad. Se estiró, se revolcó por el suelo y entró en un poco de calor. A los tiritones medio mereció vestirse y luego ir ganando el bajo, ¡tan aporreado y temblón! Cayendo y levantando, y castigado por la tos, logró al fin asentar pie en ¡a casa del amo, a las dos jornadas. La tos le desarmaba el pecho. Al otro día se le presentó, todo achuchado, al amo.
-Amito le dijo; ya gané mi pobrecita libertad. Desnudo en la punta del cerro supe resistir la noche entera,..
-Y decime, negro, ¿no viste en ¡as pampas el fueguito de los gauchos?
-¡Ninguno, mi amito! Tan cierto es esto que, mirando a la luna llena, se me dio por engañarme que era la boca de un horno encendido, y yo estiraba a ella mis brazos y me fortificaba, diciendo: "¡Dame tu calorcito, horno encendido!.,. Ah, chih, chih, chih."
-¡Uh, uh! saltó el amo. Si no hubiera sido por ese engaño, ¡no habrías podido resistir al terrible frío!... No te doy la libertad, negro, no te la has ganado.
-¡Ay, mi amito!...
A los sesenta días Se repuso el negro y se decidió a encarar la prueba por última vez. Ahora que no había luna...
Viéndolo partir, su amo le dijo:
-No te calentarás ni en un fueguito gaucho, a leguas de distancia, ni en el horno de la luna.
-¿Y en las estrellas? preguntó el esclavo.
-Solamente si se alinean una detrás de la otra y forman una víbora en el cielo.
-¡Ay, mi amito!...
Tres días tardó el encadenado en trepar por ese cerro altísimo. Cayendo y levantando llegó a la punta del mogote; como ya oscureciera, se desnudó.
Comenzaban los deshielos del Ande... Durante los momentos de sol, el viento norte derretía pocas nieves; pero a la noche retornaba el encrespado viento sur, en toda la malignidad del frío tardío, azotando sin misericordia con lo helado de su aliento. Antes de la medianoche, cayó el aire encajonado del Tupungato. Ululando venía a concentrar sus odios en las costillas del negro desnudo. Se acurrucó el esclavo entre los peñascos filosos. Se achicó, fundiéndose en la idea confusa.
Pasaron unos ratos, pero la piedra lo mordió con sus húmedos filos helados. Saltó el negro, se refregó el cuerpo con piedritas para darse calor y porfía en su lucha empecinada. Se sacó sangre de tanto refregarse. Descontó unos momentos. Una calma inmensa, la calma de las alturas, le dio más treguas para su fiera pelea.
Del cruce de medianoche llegaron los remolinos de los cañadones del Mercedario. Silbaron caletas y mogotes la delgada canción del frío solitario. Clamó el negro por un reparo y se adelgazó de nuevo en el hueco de la. piedra cortante. Piedra y viento lo enfrentaron a rebencazos. Salió el negro a insultar a la noche enemiga. Gruesas palabras vomitó su boca desgobernada en su tercera y última noche de prueba. Ya sintió acobardadas para siempre sus carnes. Los remolinos lo cercaron, devolviéndole insulto por insulto, punteándole las carnes con puñales de nieve.
Se arrepintió el esclavo, arrodillado pidió perdón al implacable azotador. De nada valieron vanas palabras. Las deshoras descargaron la furia del poniente, guardián de las cumbres nevadas. Se halló vencido el negro, miró sus ropas y se le fueron las manos a ellas... Alto alzó los ojos y no halló la luna; miró hacia el llano y no vio la lumbre de los gauchos...
En su espiar a las negruras se le hicieron presentes ¡tantas estrellas! ¡El cielo estaba sembrado de luminarias! Parecían brasas encendidas. El cielo estaba lleno de brasas.. . El negro las juntó con su vista, sin armar palabra, y apretando los dientes se solazó mirándolas, a despecho del viento helado que le escupía cristales de nieve. Aumentó el azote enemigo; se le destrabó la boca al negro, y, machacando sus dientes, pudo decir: "Denme un calorcito, brasas del cielo... Ah, chih, chih, chih...", y extendía sus brazos agarrotados. Se rehizo del fondo de la fría nada y murmuró: "¡Ya no me quedan más fuerzas para resistir! ¡Ya tengo frío en el alma, amito! ¡Adiós a mi libertad! ¡Pobrecitas mis cadenas y mis yugos, amito! ¡Pobrecitos...! Sus lágrimas se volvieron velitas de hielo al salir de sus ojos.
Esa noche sin luna salió el amo del negro al patio de su casa y tendió su mirar a las alturas. Solazó viendo brillar al encendido lucero, como rey de la negra noche... Vio tantas otras estrellas y también le gustaron...
De repente se espantó al ver que se corría la más reluciente estrella, y que las demás se alineaban detrás. Vio formarse una víbora de luminarias en el alto firmamento... Esa víbora se descolgó en dereceras de la baja tierra. Al llegar a este suelo tomó rumbo a la estancia de un rico tirano. Se alumbró la noche con luz azul y enojada, y los servidores del amo vieron cómo una víbora de estrellas corría al tirano por el patio de su casa, lo alcanzaba, se le subía por el cuerpo y se le entraba por la boca, ¡tan abierta por el grito de espanto!
El amo tirano quedó hecho una brasa colorada. Tres días tardó en apagarse y reducirse a ceniza...
Los gauchos justicieros, que encendían su fuego en las pampas, vieron llegar una noche a un negro libre, y lo oyeron hablar con esas llamas; "¡Dame tu calor, fueguito!... Ah, chih, chih, chih...".
Este negro sabía pulsar la guitarra. Cuando sus dedos arrancaban las dormidas armonías del cordaje, tristes suspiros levantaban su pecho porque cantaba a su bien perdido: la libertad. Viéndolo su amo anegado en el bajo de la tristeza, le preguntó como al descuido, que por qué se abatía de ese modo. "Por mi libertad, amito", le respondió el servicial, y se animó a preguntar a su dueño: "¿Puedo soñar con mi redención?". "Sí, negro: para cuando baje una gran víbora del cielo", le contestó su amo, sonriendo. "¡Ay, amito!", se lamentó el negro con el todo de su arrastrada pena.
Bien conforme estaba su señor con el servicio del negro. Cuatrocientos pesos había pagado por él cuando lo remataron bajo el árbol de la justicia. Buenas cuentas tiraba porque ya había rescatado ese caudal y crecían mucho sus utilidades.
Pero el esclavo, cuanto más lo servía, más se quejaba y desvariaba por su carta de libertad. Tanto porfió en su reclamo que su dueño se avino a decirle: "Mira, negro: si aguantas, completamente desnudo, una noche entera en la punta de aquel cerro nevado, te alcanzaré tu redención". Y señalaba al cerro más alto de la comarca, el que de día acariciaban las nubes y en las noches claras recortaba su blancor brillante en lo negro-del cielo.
-Ni vestido y emponchado, mi amito, hay hombre que resista el frío de esa cumbre.
-Y ni pizca de fuego harás cuando pases la noche en esas alturas. Ya sabes lo que te costará ser libre, negro.
-¡Ay, ayayita, mi amito! Mi libertad es la muerte. ..
Y mientras sudaba el esclavo, forjando herraduras para los vacunos que su amo enviaba a Chile, se repetía al son del martillo, en su porfiado golpear: "Mi libertad es la muerte. ..".
Tantos eran los trabajos que soportaba el negro, haciendo los mil quehaceres del amo, que tiró al fin la terrible cuenta: a riesgo de su vida iría en busca de la libertad.
Pidió licencia para hablar con su amo, y cuando se la acordaron, dando vueltas su roto sombrero entre las manos, levantó la voz y dijo:
-Mi amito, pasaré la noche, desnudo, en la punta del cerro más alto; si quedo con vida, gozaré mi libertad.
-Ése es el trato, negro es que le contestó su dueño.
-Me iré, pues, mi amito, a conquistar., lo que más quiero, con sus duras condiciones. Mañana partiré, mi amito.
-Así se hará, pues, negro.
Al otro día, de mañanita, se volvió a presentar el esclavo a su .amo y dueño, y el rico lo registró de pies a cabeza por ver si llevaba yesca y pedernal para hacer fuego. Nada llevaba el negro y lo dejó partir.
Se puso en camino el esclavo, tranqueó todo el día, pero apenas pudo llegar al pie del cerro. Durmió un medio sueñito y antes de la medianoche comenzó a trepar por sus faldas. Repechó todo el segundo día y parte de la noche, pero recién a la tercera jornada mereció, por fin, poner su planta en la temida altura.
Las nieves eternas y el viento sur castigaban la cima con un frío cortador de carnes. Buscó un medio reparo el negro entre, unos peñascos. Allí se achicó cuanto pudo.
No bien se oscureció, el negro, fiel a su trato, se quitó el ponchito roto, la camisita molida, los calzones remendados y las ojotas.
En cueritos quedó, como cuando vino al mundo. Así se dispuso a enfrentar la terrible noche del Ande.
Metió las manos bajo los sobacos y se hizo un ovillo en una caleta de piedra. Aguantó un rato, hasta que a punto de agarrotarse, salió, de su escondite y se defendió a los saltos hasta cansarse. Así aguantó un tiempo, pero el viento helado lo empujó a la caleta reparadora.
Rodaba la inmensa noche entre los silencios desavenidos de las alturas. El frío de la nieve y el viento castigaron con toda furia esas cumbres. El negro se achicó hasta hacerse una bola... "Si tuviera un fueguito...", lagrimeaba el esclavo a punto de helarse.
Ya atontado por el frío enemigo saltó afuera, pero lo azotó sin misericordia el huracán bramador de las cumbres; el negro miró a los llanos como pidiendo misericordia y alcanzó a ver, muy a lo lejos, ¡a leguas y leguas!, un fueguito que habían encendido los gauchos.
El esclavo se prendió con sus llorosos ojos a la cumbre lejana. Estiró sus brazos hacia esa lucecita perdida .en el confín de las pampas y dijo, desvariando: "Dame tu calor, fueguito... Ah, chih, chih, chih... Dame tu calor, fueguito... Ah, chih, chih, chih...", repitió, dando diente con diente. Más estiraba sus brazos y más miraba el fuego de los llanos, y porfiaba: "Dame tu calor, fueguito... Ah, chih, chih, .chih...", en un incesante chocar de dientes. Con este engaño fueron pasando las tardas horas de la desganada-noche.
Así rodó el tiempo, hasta que se allegó la madrugada. "Dame tu calor, fueguito... Ah, chih, chih, chih...", seguía el esclavo, en su porfía en conseguir calor; y en esta ilusión lo halló la claridad: estirando sus largos brazos en demandas de un imposible.
Las pintoras algaradas de oriente anunciaron al sol inmenso, pero mucho tuvo que levantarse la bola de fuego para desentumecer al negro.
Achuchado, temblando por el castigo del frío, vistió sus ropitas y bajó, paso a paso, a las trasbilladas, el alto cerro. Ganó el río seco, después la senda, y al último la huella. Entró al poblado... llegó a la casa del amo, cayendo y levantando.
-¿Cómo pasaste la noche, negro?
-Ay, mi amito... Me desnudé en la punta del cerro y pasaron las horas de la noche con los rigores del frío... Ya no sabía qué hacer para no morirme helado, cuando divisé, como a diez leguas, en el confín de los llanos, a un fueguito de los gauchos. Estiré mis brazos. "Dame tu calor, fueguito... Ah, chi, chih, chih...", decía, al dar diente con diente. Así pude aguantar los castigos de la noche helada. Bien caro me cuesta la libertad, mi amito.
-No te puedo dar la libertad, negro, porque té has calentado en un fuego.
-¡Estaba a muchas leguas de distancia, mi amito!...
-No le hace. Si no hubieras visto ese fueguito, te habrías acobardado y no hubieras seguido la lucha. Cuando te repongas, acometerás de nuevo la empresa.
-¡Ay, mi amito!...
A los cuarenta días se repuso el esclavo. Porfiando por su libertad, volvió a desafiar la cumbre. Tardó tres días en 'llegar hasta la punta del cerro, pero en llegando, como ya cerrara el anochecer, se desnudó emérito... Se dispuso a hacer frente a ¡os concentrados fríos con lo liso de sus carnes.
Del Aconcagua bajaron los alientos de los penitentes de nieves milenarias. Eran quemantes lenguas del frío eterno.. El negro se defendió achicándose contra un peñasco. Esquivó sus ojos al llano para no ver ningún fuego gaucho; sólo permitió a sus ojos mirar al alto cielo.
La luna llena blanqueaba las nieves de la serranía. Más fría, con esa luz blanquecina, se le figuraba la tremenda noche cordillerana.
Detenían las horas su marcha, demorándose para mayor atraso del encadenado. Duros vientos desollantes de las alturas lo hicieron arquearse con lo fuerte de sus azotes. Otros y otros vientos que andan por la noche llegaron a la cumbre y pasaron, dejándole cristales y agujas de nieve en sus carnes; y el negro, a punto de helarse, se enderezó a gritos y saltos para darse un engaño de valor.
El negro sintió las lenguas punzantes de los enemigos y clamó por un engañito de calor. Levantó la vista al cielo... Sus ojos dieron con la ¡una llena. "¡Es la boca de un horno encendido!", gritó el esclavo, y tendió sus mano» a. la altura, en demanda de calor y consuelo. "¡Dame tu calorcito, horno encendido! .. .Ah, chih, chih, chih...", decía, machacando muelas y dientes. Y de este modo y con estas palabras, se fue engañando en los rigores de la noche enemiga. Más rachas bajaron de las cimas... Más latigazos repartieron a dos manos. Más estiraba sus brazos a la luna el esclavo. "¡Dame tu calorcito, horno encendido! .. .Ah, chih, chih, chih...", demandaba, castañeteando sus dientes. Otro poquito ganó a la noche. De esa manera y con estos ardides fue doblegando al fiero tiempo. Cuando /salió el sol, mucho tuvo que levantarse por el cielo para desentumir al negro. A media tarde pudo tener movimiento y voluntad. Se estiró, se revolcó por el suelo y entró en un poco de calor. A los tiritones medio mereció vestirse y luego ir ganando el bajo, ¡tan aporreado y temblón! Cayendo y levantando, y castigado por la tos, logró al fin asentar pie en ¡a casa del amo, a las dos jornadas. La tos le desarmaba el pecho. Al otro día se le presentó, todo achuchado, al amo.
-Amito le dijo; ya gané mi pobrecita libertad. Desnudo en la punta del cerro supe resistir la noche entera,..
-Y decime, negro, ¿no viste en ¡as pampas el fueguito de los gauchos?
-¡Ninguno, mi amito! Tan cierto es esto que, mirando a la luna llena, se me dio por engañarme que era la boca de un horno encendido, y yo estiraba a ella mis brazos y me fortificaba, diciendo: "¡Dame tu calorcito, horno encendido!.,. Ah, chih, chih, chih."
-¡Uh, uh! saltó el amo. Si no hubiera sido por ese engaño, ¡no habrías podido resistir al terrible frío!... No te doy la libertad, negro, no te la has ganado.
-¡Ay, mi amito!...
A los sesenta días Se repuso el negro y se decidió a encarar la prueba por última vez. Ahora que no había luna...
Viéndolo partir, su amo le dijo:
-No te calentarás ni en un fueguito gaucho, a leguas de distancia, ni en el horno de la luna.
-¿Y en las estrellas? preguntó el esclavo.
-Solamente si se alinean una detrás de la otra y forman una víbora en el cielo.
-¡Ay, mi amito!...
Tres días tardó el encadenado en trepar por ese cerro altísimo. Cayendo y levantando llegó a la punta del mogote; como ya oscureciera, se desnudó.
Comenzaban los deshielos del Ande... Durante los momentos de sol, el viento norte derretía pocas nieves; pero a la noche retornaba el encrespado viento sur, en toda la malignidad del frío tardío, azotando sin misericordia con lo helado de su aliento. Antes de la medianoche, cayó el aire encajonado del Tupungato. Ululando venía a concentrar sus odios en las costillas del negro desnudo. Se acurrucó el esclavo entre los peñascos filosos. Se achicó, fundiéndose en la idea confusa.
Pasaron unos ratos, pero la piedra lo mordió con sus húmedos filos helados. Saltó el negro, se refregó el cuerpo con piedritas para darse calor y porfía en su lucha empecinada. Se sacó sangre de tanto refregarse. Descontó unos momentos. Una calma inmensa, la calma de las alturas, le dio más treguas para su fiera pelea.
Del cruce de medianoche llegaron los remolinos de los cañadones del Mercedario. Silbaron caletas y mogotes la delgada canción del frío solitario. Clamó el negro por un reparo y se adelgazó de nuevo en el hueco de la. piedra cortante. Piedra y viento lo enfrentaron a rebencazos. Salió el negro a insultar a la noche enemiga. Gruesas palabras vomitó su boca desgobernada en su tercera y última noche de prueba. Ya sintió acobardadas para siempre sus carnes. Los remolinos lo cercaron, devolviéndole insulto por insulto, punteándole las carnes con puñales de nieve.
Se arrepintió el esclavo, arrodillado pidió perdón al implacable azotador. De nada valieron vanas palabras. Las deshoras descargaron la furia del poniente, guardián de las cumbres nevadas. Se halló vencido el negro, miró sus ropas y se le fueron las manos a ellas... Alto alzó los ojos y no halló la luna; miró hacia el llano y no vio la lumbre de los gauchos...
En su espiar a las negruras se le hicieron presentes ¡tantas estrellas! ¡El cielo estaba sembrado de luminarias! Parecían brasas encendidas. El cielo estaba lleno de brasas.. . El negro las juntó con su vista, sin armar palabra, y apretando los dientes se solazó mirándolas, a despecho del viento helado que le escupía cristales de nieve. Aumentó el azote enemigo; se le destrabó la boca al negro, y, machacando sus dientes, pudo decir: "Denme un calorcito, brasas del cielo... Ah, chih, chih, chih...", y extendía sus brazos agarrotados. Se rehizo del fondo de la fría nada y murmuró: "¡Ya no me quedan más fuerzas para resistir! ¡Ya tengo frío en el alma, amito! ¡Adiós a mi libertad! ¡Pobrecitas mis cadenas y mis yugos, amito! ¡Pobrecitos...! Sus lágrimas se volvieron velitas de hielo al salir de sus ojos.
Esa noche sin luna salió el amo del negro al patio de su casa y tendió su mirar a las alturas. Solazó viendo brillar al encendido lucero, como rey de la negra noche... Vio tantas otras estrellas y también le gustaron...
De repente se espantó al ver que se corría la más reluciente estrella, y que las demás se alineaban detrás. Vio formarse una víbora de luminarias en el alto firmamento... Esa víbora se descolgó en dereceras de la baja tierra. Al llegar a este suelo tomó rumbo a la estancia de un rico tirano. Se alumbró la noche con luz azul y enojada, y los servidores del amo vieron cómo una víbora de estrellas corría al tirano por el patio de su casa, lo alcanzaba, se le subía por el cuerpo y se le entraba por la boca, ¡tan abierta por el grito de espanto!
El amo tirano quedó hecho una brasa colorada. Tres días tardó en apagarse y reducirse a ceniza...
Los gauchos justicieros, que encendían su fuego en las pampas, vieron llegar una noche a un negro libre, y lo oyeron hablar con esas llamas; "¡Dame tu calor, fueguito!... Ah, chih, chih, chih...".
sábado, 24 de mayo de 2014
CUENTOSBALCARCE de Enrique Spinelli

Enrique Spinelli es más balcarceño que La Barrosa o el postre homónimo. Aunque desde hace unos cuantos años ande de paseo por La Plata. Su certificado de residencia espiritual son estos Cuentosbalcarce, de los cuales nos ofrece la segunda edición, ampliada.
Hechos y personajes del club Alas, donde “se vive en un presente continuo o, según los otros, en un pasado continuo. Como ya se ha dicho: en el Alas, el futuro ya pasó”.
Relatos creíbles de un ambiente inverosímil, como si los hubiera extraído de una experiencia cuántica, que mucho tiene de niñez feliz y adultez resignada.
¿Cómo no vivir eternamente en un lugar en el que los muchachos del Alas rara vez devuelven algo que les prestaron, pero al mismo tiempo prestan todo lo que poseen? ¿Cómo no hacerlo en una cancha en la que el pasto del potrero crece en el área y en el círculo central, y el agua se acumula en los laterales?
Fútbol y palomas: pateo y vuelo, en una edición “de imprenta”, que ahora se integra al fondo editorial de Tinta China.
Los potenciales lectores pueden acercarse al correo del autor: enrike1964@gmail.com, o a su blog: www.cuentosbalcarce.blogsopot.com
EL TRUCO DEL ERUDITO - Por ALVARO DE LAIGLESIA
Nuestra literatura tiene que ingresar hoy mismo en una casa de socorro, para que la operen con urgencia de eruditis. La eruditis es a la literatura lo que la meningitis al niño: en ambas enfermedades, el paciente se entontece. Son muchos los lectores dotados de buen olfato que captan a distancia los efluvios del erudito y huyen de sus obras. Don José Gómez López, de cuarenta y dos años de edad, batió anoche el récord mundial de bostezos tratando de leer la última obrita de un erudito insigne. Pero no basta con la reacción de unos cuantos. Hay que llamar a siete cirujanos forzudos, meterlos en las imprentas, y azuzarlos para que acaben con la erudición a bisturitazos. Hasta esas minorías selectísimas, que soportan sin un quejido las largas pamemas de Cocteau, empiezan a dar esquinazo a la prosa retorcida de los supercultos.
¡Ya era hora de que algún escritor sin pelos en la pluma descubriese el inocente truco empleado por los eruditos para cosechar laureles en banasta!
El erudito es el hombre que mejor aprovecha el reverso de las hojas de almanaque. La erudición es una madeja de fechas, anécdotas y datos, que se perdería si no fuese por estos inteligentes. Todos saldríamos ganando con esta pérdida. Menos los eruditos.
El erudito se expresa siempre en lenguaje purísimo, y ésta es la causa de que no le entienda nadie. Porque la conversación, como el agua, necesita impurezas para ser potable.
Si el perro es el amigo del hombre, el Espasa es el hermano del erudito. Entre «patata» y «tubérculo farináceo», él se queda con «tubérculo farináceo». Usted y yo, lector, nos quedamos con «patata». Por eso nos llevamos tan bien y nos reímos tanto.
El erudito he aquí su truco rara vez inventa pensamientos propios. Cita los de los demás. Sus libros están llenos de citas. Lo mismo que en las operetas se intercalan números musicales con un leve pretexto, el erudito intercala citas apoyándose en cualquier palabra. Sus artículos se diferencian de los nuestros en que están salpicados de números romanos y de notas al pie, que sirven para embrollar el texto más todavía.
Pero estas «citas» tienen su técnica. Un erudito, al hablar de santidad, no menciona a las grandes figuras del santoral que todos conocemos. Eso nunca: busca y rebusca en sus archivos hasta encontrar un beato oscuro que vivió en el siglo xvn en un aldehuela croata. Al referirse a pintores, desdeña a Velásquez y a otros peces gordos, y elogia a un acuarelista húngaro que ilustraba pergaminos en el año de la nana. Ésas son las citas hermosas que le encumbran. «El arte escribe el erudito, como decía Polondrino Metacarpo, exquisito orfebre sueco (1431-1497), es...» (Y aquí una perogrullada de Polondrino.)
El erudito no hace demasiado caso de los buenos libros que alcanzan cuarenta ediciones en seis meses. Se recrea, en cambio, alabando las deliciosas calidades de un difuso ensayista austríaco que publicó hace tres siglos un folleto titulado: «De cómo fumar en pipa hallando en tal ejercicio sumo deleite». O glosa un poemita de cierto vate lapón, muy conocido en Djerbentfrrr, que dice, poco más o menos: «¡Oh, tú, hielo blanco y duro cual diente de lapona bella!» Una leve sonrisa irónica asoma a sus labios ante los dos kilos de «Lo que el viento se llevó». Como el en tomólogo en el campo, el erudito busca en las bibliotecas desconocidos y minúsculos insectos literarios. Busca en los museos cuadritos de un palmo, que a lo mejor se colgaron allí para tapar una mancha de humedad. Busca sutilezas impalpables, que hincha como globos en el aire de sus palabras. Glorias efímeras y pequeñitas, no más brillantes que un fuego fatuo, se inflan de nuevo en la prosa del erudito. ¿Quién le iba a decir al berzotas de Polondrino Metacarpo que, cinco siglos después, alguien repetiría sus pensamientos ramplones? ¿Sospechaba el autor del opúsculo «De cómo fumar en pipa» que sus cuatro garabatos pasarían a la historia?
Descubierto el truco del erudito, pidamos a la literatura contemporánea más fantasía y menos erudición; más artistas y menos eruditos. Más verdad y menos camelancia.
¡Ya era hora de que algún escritor sin pelos en la pluma descubriese el inocente truco empleado por los eruditos para cosechar laureles en banasta!
El erudito es el hombre que mejor aprovecha el reverso de las hojas de almanaque. La erudición es una madeja de fechas, anécdotas y datos, que se perdería si no fuese por estos inteligentes. Todos saldríamos ganando con esta pérdida. Menos los eruditos.
El erudito se expresa siempre en lenguaje purísimo, y ésta es la causa de que no le entienda nadie. Porque la conversación, como el agua, necesita impurezas para ser potable.
Si el perro es el amigo del hombre, el Espasa es el hermano del erudito. Entre «patata» y «tubérculo farináceo», él se queda con «tubérculo farináceo». Usted y yo, lector, nos quedamos con «patata». Por eso nos llevamos tan bien y nos reímos tanto.
El erudito he aquí su truco rara vez inventa pensamientos propios. Cita los de los demás. Sus libros están llenos de citas. Lo mismo que en las operetas se intercalan números musicales con un leve pretexto, el erudito intercala citas apoyándose en cualquier palabra. Sus artículos se diferencian de los nuestros en que están salpicados de números romanos y de notas al pie, que sirven para embrollar el texto más todavía.
Pero estas «citas» tienen su técnica. Un erudito, al hablar de santidad, no menciona a las grandes figuras del santoral que todos conocemos. Eso nunca: busca y rebusca en sus archivos hasta encontrar un beato oscuro que vivió en el siglo xvn en un aldehuela croata. Al referirse a pintores, desdeña a Velásquez y a otros peces gordos, y elogia a un acuarelista húngaro que ilustraba pergaminos en el año de la nana. Ésas son las citas hermosas que le encumbran. «El arte escribe el erudito, como decía Polondrino Metacarpo, exquisito orfebre sueco (1431-1497), es...» (Y aquí una perogrullada de Polondrino.)
El erudito no hace demasiado caso de los buenos libros que alcanzan cuarenta ediciones en seis meses. Se recrea, en cambio, alabando las deliciosas calidades de un difuso ensayista austríaco que publicó hace tres siglos un folleto titulado: «De cómo fumar en pipa hallando en tal ejercicio sumo deleite». O glosa un poemita de cierto vate lapón, muy conocido en Djerbentfrrr, que dice, poco más o menos: «¡Oh, tú, hielo blanco y duro cual diente de lapona bella!» Una leve sonrisa irónica asoma a sus labios ante los dos kilos de «Lo que el viento se llevó». Como el en tomólogo en el campo, el erudito busca en las bibliotecas desconocidos y minúsculos insectos literarios. Busca en los museos cuadritos de un palmo, que a lo mejor se colgaron allí para tapar una mancha de humedad. Busca sutilezas impalpables, que hincha como globos en el aire de sus palabras. Glorias efímeras y pequeñitas, no más brillantes que un fuego fatuo, se inflan de nuevo en la prosa del erudito. ¿Quién le iba a decir al berzotas de Polondrino Metacarpo que, cinco siglos después, alguien repetiría sus pensamientos ramplones? ¿Sospechaba el autor del opúsculo «De cómo fumar en pipa» que sus cuatro garabatos pasarían a la historia?
Descubierto el truco del erudito, pidamos a la literatura contemporánea más fantasía y menos erudición; más artistas y menos eruditos. Más verdad y menos camelancia.
Extraído del libro: “EL BAÚL DE LOS CADÁVERES”
La moneda Por Ezequiel Feito
Tienes en tus manos la moneda roja
para cambiar en el paraíso
tus quebrados huesos por un cuerpo sano;
tu cara, deformada a golpes
y las rosas secas de las sienes
por belleza.
Tu leprosa pierna o tu amputada mano
por otra nueva,
y el vómito ácido de tus labios
por la santidad del viento fresco.
Todo con la más roja moneda
con la moneda cuya sangre nunca se coagula.
Cambia la piel de plomo, los párpados de azufre
y tus venas por donde corren los metales
por carne y sangre nueva.
¿Por qué sigues bebiendo el hierro de tu casa de cemento,
hombre que ríes y cavas la tierra
en busca de agua?
Cámbialo todo con esa moneda,
con la perfecta y roja
moneda de sangre.
para cambiar en el paraíso
tus quebrados huesos por un cuerpo sano;
tu cara, deformada a golpes
y las rosas secas de las sienes
por belleza.
Tu leprosa pierna o tu amputada mano
por otra nueva,
y el vómito ácido de tus labios
por la santidad del viento fresco.
Todo con la más roja moneda
con la moneda cuya sangre nunca se coagula.
Cambia la piel de plomo, los párpados de azufre
y tus venas por donde corren los metales
por carne y sangre nueva.
¿Por qué sigues bebiendo el hierro de tu casa de cemento,
hombre que ríes y cavas la tierra
en busca de agua?
Cámbialo todo con esa moneda,
con la perfecta y roja
moneda de sangre.
Hablados Por Gerardo Barbieri (del libro “Furores”)
Mi voz
resiste los embates de la angustia
cuando creo ser el centro
de una oscuridad hecha de certezas.
Mi voz
-prisionera de pactos y convenciones resiste
el acoso del lenguaje
cuando el pavor crece
a la hora de comprender intimidades
a la hora de decodificar imágenes
que llegan del otro lado de las pantallas
-en un cataclismo de ruidos cuando
martillea la memoria
harta de registros -tallados con prejuicios y
trato de escapar
quitando de un grito la mordaza
de la prudencia.
Mi voz
que enmudece
a cuesta de las ambiguas sombras del significado
busca la palabra
que vive en sollozos
-abrazada a inconfesables aspiraciones,
dulces como flores desnudasen
bocas que se abren por azar
en bocas que se abren para hablar lo preciso
para preguntar
para intentar reparar lo deshecho
-que pueden herir en un canto
con vocales raptadas
con certezas que el tiempo modeló
que parecen hundirse ahí,
donde la calle llega a los cielos-.
Mi voz
para no repetir discursos ajenos
huye rumbo al silencio
y busca la poesía.
resiste los embates de la angustia
cuando creo ser el centro
de una oscuridad hecha de certezas.
Mi voz
-prisionera de pactos y convenciones resiste
el acoso del lenguaje
cuando el pavor crece
a la hora de comprender intimidades
a la hora de decodificar imágenes
que llegan del otro lado de las pantallas
-en un cataclismo de ruidos cuando
martillea la memoria
harta de registros -tallados con prejuicios y
trato de escapar
quitando de un grito la mordaza
de la prudencia.
Mi voz
que enmudece
a cuesta de las ambiguas sombras del significado
busca la palabra
que vive en sollozos
-abrazada a inconfesables aspiraciones,
dulces como flores desnudasen
bocas que se abren por azar
en bocas que se abren para hablar lo preciso
para preguntar
para intentar reparar lo deshecho
-que pueden herir en un canto
con vocales raptadas
con certezas que el tiempo modeló
que parecen hundirse ahí,
donde la calle llega a los cielos-.
Mi voz
para no repetir discursos ajenos
huye rumbo al silencio
y busca la poesía.
La luna Por Rafael Serrano Ruiz
Hilos de seda enmarcando
una pálida luz
reflejada en su bello rostro
por una alcahueta luna…
Entre sombras, tan solo insinuadas,
dos cuerpos en amorosa batalla
se esfuerzan en expresar
cuál de los dos es quien mas ama.
Manos que buscan, escudriñan…
ansiando ofrecer la dulce caricia
que expresar su amor complete…
El deseo es grande
y la entrega deseada.
Nada hay que los calme…
y en la lucha, se escorzan
en inverosímiles posturas
buscando la expresión
que satisfaga su locura.
El hombre en silencio
mira la luna…
no hay bello rostro…
ni reflejo de hermosura.
Sólo el silencio….
y… el recuerdo
de aquella ternura
que a pesar de los tiempos,
en su alma, siempre dulce…
y nunca olvidada
para siempre perdura….
una pálida luz
reflejada en su bello rostro
por una alcahueta luna…
Entre sombras, tan solo insinuadas,
dos cuerpos en amorosa batalla
se esfuerzan en expresar
cuál de los dos es quien mas ama.
Manos que buscan, escudriñan…
ansiando ofrecer la dulce caricia
que expresar su amor complete…
El deseo es grande
y la entrega deseada.
Nada hay que los calme…
y en la lucha, se escorzan
en inverosímiles posturas
buscando la expresión
que satisfaga su locura.
El hombre en silencio
mira la luna…
no hay bello rostro…
ni reflejo de hermosura.
Sólo el silencio….
y… el recuerdo
de aquella ternura
que a pesar de los tiempos,
en su alma, siempre dulce…
y nunca olvidada
para siempre perdura….
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
