¡Bienvenidos! Este blog de literatura está abierto a todo tipo de lectores. Quienes lo hacemos no tenemos otra motivación que el de compartir la lectura de las obras de escritores de todos los tiempos, así como también las de aquellos que se inician y también merecen difusión.
sábado, 13 de septiembre de 2014
Del Nuevísimo Disionario Ensiclopédico del CASTELIANO Por César Bruto
ANBISION: Palabra berval de tiempo presente y indicativa de unas ganas locas de venirse inportante, ya sea por medio de la platA, ya sea por medio del poder o ya sea por lo que sea, lanbisióN viene a ser como un bichito que agarra y se va metiendo de a poco adentro del honbre, por no desir tamién de la muger, y lo hase haser las cosas más troculentaS para conseguir el odgeto anbisionado, el cual jeneralmente es lanbisióN de mandar y que todo el mundO sincline respetoso y aguante cualquiera macana con una sonrisa desastifasión arriba de los labio. Esta palabra me viene opíparamente, porque hay un lebtor que me pidió que lesplique lo que sidnifica alsibíadeS, lo cual yo, de primera vista, pensé de quera algo del ingléS o del galisismO, pero mi tío aquileZ me sacó de mentira a verdá disiéndome de que alsibíadeS era el nonbre de un senior griego (y además del tiempo de antes, para ebitar líos), el cual senior griego pasó a la historia por ser de lo más anbisioso que se puede pedir, y hasta llegó a disfrasarse de democráticO para tener más mando y poder mejor haser de las súlias. Hay una linda, bélia y hermosa moraleja que dise que alsibíadeS tenía un perrO que le costó una ponchada de $$$$ por ser de rasA, y que un día, de buenas a primera, de un nabajaso le hiso saltar la cola, o sea que cuando alsibíadeS agarró y salió a pasear con el animalito toda la jente griega no hasía más que desir: -¡Ho, el perrO de alsibíadeS no tiene cola!... y otro preguntaba: -?Cómo es que se arreglará el perrO de alsibíadeS para sacudirse las moscA o saludar contento cuando alguno le hase una carisia¿... hasta que, a la final, un amigo le fue a preguntar al anbisioso melitaR griego: -?Porqué le cortó la cola a su perrO, don alsibíadeS¿... y el sofaifa le contestó: -Para que todos los papanata del pueblo se ocupen dese asunto, dejándo demientras tanto de ocuparse de lo que yo hago..., o sea más o meno lo que pasa en alguno paíx deuropA, que cuando la jente anda por alborotarse por culpa de alguna martingalA gorda que le hase el gobiernO, sienpre tienen a mano ya sea un choque de treN, ya sea un eclibsE, o ya sea un lindo crímen, para quentonses los paparulos sentusiasmen, y endemientras se ocupan del misterio de los plato boladoR, por egenplo, se olvidan de los lindos chanchulios que les preparan los que cortan el bacaladO. ¡Es tan grande el mundO en todos sus aspedto!.
HOY HABLEMOS DE LAS POETISAS Por Roberto Arlt - de “Secretos femeninos” Aguafuertes inéditas
Una lectora, que firma con el seudónimo de «E, la de Buenos Aires», me escribe una carta preguntándome por qué no me he ocupado todavía de las «poetisas» que «tienen bastante con ornamentar la sala familiar y borronear las páginas de los álbumes de sus amigas».
Y a continuación me dice, muy sesudamente:
«Se nos señala un libro, y cuando acudimos a él, volvemos a encontrar las composiciones de sexto grado de la escuela primaria, o el idéntico voceo erótico y llorón que ya nos sabemos de memoria por haberlo leído desparramado en las revistas, no muy severas en lo que a selección se refiere.»
Y mi colaboradora se lamenta de que un nuevo Moliere no fustigue las ridiculeces de estas damiselas que son muy «laidas»…; aunque yo recuerdo, precisamente, que una poetisa ocupó un muy hermoso capítulo en el libro «Los pájaros de barro», de Santiago
Rusiñol.
La poetisa en nuestro país
En nuestro país no se registra ningún caso de poetisa obesa o que llegue a los cien kilos. Todas son espiritadas o flacas. En otras épocas, debido a la escasez de periódicos, estas encantadoras rimadoras colaboraban exclusivamente en las postales, en los álbumes y en los abanicos, y la que se atrevía a lanzarse hasta el concurso de un juego floral, era, no la heroína de la familia, sino el escándalo de la tribu y pasaba a
ocupar la categoría de incomprendida; y como incomprendida no leía la novela de «Oscar y Amanda», ni «Flor de un día», ni «Espina de una flor», sino, que lanzándose en el mar de las consonantes, se olvidaba de la realidad, pergeñaba cuartillas más cuartillas y, como la protagonista de «Pájaros de Barro» terminaba casándose con un honesto fideero.
La poetisa, hoy
La poetisa es hoy una especie de enfermedad nacional. No hay pueblo de campaña, diario de villorrio, periódico de parroquia que no cuente con una o dos colaboradoras que firman con nombres campanudos de tan poéticos, y más que campanudos,
Sonorosos.
Estas damas comienzan colaborando en el periódico de parroquia. Envían una composición. El dueño del periodiquito semanal se ve en este trance: perder el subscritor o publicarle a la hija de éste un poema, y, como siempre, la publicación va ganando no tan sólo el subscritor, sino la venta de varios ejemplares que la poetisa adquirirá de su propio peculio; el verso sale. Y sale con una orla y dos amorcitos en el frontis de la orla; dos amorcitos volando como palominos; y a lo largo de la orla unas trepadoras que pueden ser cualquier cosa botánica y al pie el nombre de la autora, que si se llama Ester, el linotipista precavido, por orden del director escribe así: «Esther», lo cual resulta más elegante y prestancioso.
Sale el verso y se echó a perder un miembro de la familia del honorable ciudadano subscriptor.
Trabajos poéticos
Alégrase con la salida del esperpento hasta la cocinera de la casa; rezongan iniquidades los parientes envidiosos, y la chica, para agregar lustre a la familia,
comienza a prepararse para poetisa.
El primer paso de esta preparación es dejar que las hermanas, carguen con los trabajos de la casa; porque ellas no «tienen preocupaciones poéticas»; el segundo, es versificar hora tras hora, buscando consonantes absurdos y escribiendo versos, que
salen más tullidos que un modelo de casa ortopédica.
Para eso, la mocita se refugia en un cuarto de la casa, munida de una resma de papel de envolver pan. Los lienzos son vastos y allí puede volcar su inspiración hasta un poeta centroamericano, que son los de tiro más largo. Y escribe. Y para recibir una «impresión sincera» le lee los versos a la cocinera que espantada de la musiquita de «bella con estrella» y de «amor con flor», se toma la cabeza y dice que son muy lindos, porque ella recuerda que en su pago los versos de «relaciones» terminaban así también, «flor con amor» y «bella con estrella».
Y la familia de la poetisa se espanta más, porque dice que si la cocinera, que es tan bruta, entiende y se emociona con los versos, ¿qué es lo que le ocurrirá a la gente civilizada cuando lea los «elucubros» de la mocita?
Y otro poema sale en dirección de la casa del director del periódico, que so pena de perder el subscritor, se resigna y publica el bodrio. ¡Qué diablos! El cuida su periódico que es el pan, la yerba, el puchero y el café con leche de todos sus días y toda su progenie.
Y no sólo lo publica el verso, sino que le agrega unas líneas. Y todas las semanas aparece desde entonces un poema, firmado por Esther, así, con h.
Al aparecer la composición numero cuarenta, la poetisa las recopila, busca editor, sale el libro, los elogios y todo lo demás. Luego, el problema fundamental reaparece: ¿Con quién se puede casar? Ella es poetisa; no se va a casar con un empleado cualquiera,
que del día a la noche la mandará a fregar platos y remendar calcetines; y entonces la poetisa emprende la busca del ideal. Sueña en un poeta, pero el primer poeta que conoce le sale un pillete; el segundo es un truhán, el tercero escribe en prosa. Este le inspira más confianza; pero el primer día que el prosista va a su casa se lleva las cucharitas, y la familia desengañada de los literatos, no quiere saber más nada con ellos.
A los treinta años la poetisa desearía ser una vulgar ama de casa; estar casada con un buen señor que no entienda de versos, sino de cuentas; y en vez de ser autora de tres libros, que no lee nadie, ser la editora exclusiva de algunos purretes. Pero ya es tarde.
ALGO MÁS SOBRE LAS POETISAS
Un señor, que firma con el pseudónimo de Hoyo de Córdoba, me escribe una carta kilométrica, donde, después de un exordio respetable, me dice:
«Yo, como cualquier mortal, tengo una novia (¿qué le vamos a hacer! ¿Algún día hay que entrar!), y para mayor desgracia mía, escribe, sí, es-cri-be, como lo oye. Si sólo escribiera, me consolaría; pero el caso es que lo único que hace es gastar papel y obligarlo a uno (yo) a escuchar la lectura de esos versos románticos. Usted puede aliviarme diciendo que «recién empieza». Tiene razón y por eso yo tolero a la poetisa x,
que es incipiente. Pero el caso es que a mi novia la tengo presente en carne y hueso, y a la otra, u a las otras, las leo, y si no me gustan, las tiro; pero a ésta, ¿cómo le saco el berretín verseador de la concavidad encefálica? ¿Quiere decirme mi buen amigo, cómo
tengo que hacer para no morirme de encefalitis letárgica, quiero decir, poética? Y si le escribo a usted es porque ella me lo pidió, pues se sintió ofendida en su humanidad de poeta con los saetazos de su pluma. Yo festejé el acontecimiento (tanto es así que le
escribo); pero al final no puedo menos de sincerarme con usted y aplaudirlo por su campaña moralizadora de presuntos poetas o poetisas, o lo, que es peor, con pretensiones de serlo.»
Donde continúa el lector
Después de esto, el ciudadano novio termina pidiéndome que sea algo así como intermediario entre los malos versos de la novia y él, con estas palabras:
“Haga el favor, amigo Arlt, a ver si le saca de la pensadora a mi novia esas absurdas ideas de verseadora. Escriba algo a ver si se le van esos berretines, que se lo agradeceré, mientras viva.”
Es deber de un buen cristiano
Es deber de un buen cristiano ayudar a su prójimo cuando está en la estacada, y como el problema que me plantea este lector desconocido, remoto y socarrón, es interesante, volveré a ensañarme nuevamente en esta polilla de las costumbres y en estas rémoras del arte, que son las poetisas.
Toda poetisa tiene esta costumbre, que ya es sintomática en el gremio femenino: Así cuando se les dice que son lindas (y no lo son), ellas insisten en que son feas (y es cierto) para que se lo digan otra vez, así todas las poetisas: en cuanto se lanzan a la vida poetesca, dicen que escriben mal; que las disculpen; que otra vez lo harán mejor.
Y lo más grave es que la primera vez dicen la verdad, y la segunda vez que escriben faltan a la promesa que por primera vez hicieron; pues reinciden, con el agravante de la premeditación, y pecan con la certeza de que están haciendo una barbaridad de la que
los otros no se darán cuenta.
Y como bien lo han estudiado los teólogos, cuantos más crímenes poéticos cometen estas madamitas, más se les endurece el «cacumen» y menos accesibles son al remordimiento, de manera que dado el primer paso en el arte del ripio, ya no las detiene ni Dios, y versifican a troche y moche, sin un mínimo de compasión para con sus semejantes.
Lo que puede salvar a una poetisa
El único remedio que puede salvar a una poetisa incipiente y ternezuela es el casamiento, es decir, pasar por uno de los cuatro y sagrados sacramentos. Este sacramento ha salvado a muchas almas de la perdición, y es tan fuerte y de tan beneficiosos efectos, que por refractaria que sea una poetisa al remedio, en el noventa y cinco por ciento de los casos cede, y ya no vuelve a acordarse de la literatura; como no sea de la literatura doméstica que consta de estas obras ejemplares y utilísimas, como ser «Manual de la perfecta ama de casa», «Manual de la cocinera» y «La médica de su casa».
Remedio
Como en toda cura, hay un periodo en que la enfermedad se reagrava, después del casamiento la crisis poética parece que se intensifica; la poetisa promete a su flamante esposo varios volúmenes de versos, y escribe algunos todavía, que son como
chisporroteos de una lámpara que se va a apagar; pero ella no lo sabe.
Todo marido prudente debe pasar por alto estos versos «post luna mielescos», aunque no deja de ser halagador que una poetisa le escriba a uno (quiero decir a su marido) versos en que pone por las nubes sus bigotes, sus cabellos y otras prendas de vestir.
Pero a medida que pasan los meses, el fervor poético se entibia, y cuando aparece un hijo, la poetisa ya no se acuerda más de los sonetos y de los alejandrinos, sino de los pañales que hay que poner a remojo y del biberón del inocente, que clama como un
salvaje por su leche.
Estas ocupaciones sanas y activas quitan a la más recalcitrante ripiosa las ganas de insistir.
Si insiste
Si, a pesar del purrete, del biberón, de las enfermedades de aquel, de la cocina, de los calcetines que tiene que remendar, de los fondillos del pantalón que tiene que cambiar y todas las pejigueras domésticas, la poetisa insiste en escribir, aunque, además, tenga un hijo cada año, al cabo de cuatro años es seguro que esa digna matrona no toma más la pluma, como no sea para anotar la verdura que dejó el muchacho de la esquina y la ropa que se llevó la lavandera.
Pero si con todo, es decir, con los cuatro purretes y los ocho dolores de cabeza y las diez y seis broncas que arman los menores y las treinta y dos maldiciones que usted larga al llegar a su casa y no encontrar las cosas hechas, la poetisa continúa
escribiendo, entonces…, entonces déjela escribir hasta que se canse, pues aunque usted consiga para padrino de su prole al presidente de la república, ella continuará
pergeñando papel, y a lo mejor es un genio, quiero decir, una «genia», y con las «genias», no hay nada que hacer.
Y a continuación me dice, muy sesudamente:
«Se nos señala un libro, y cuando acudimos a él, volvemos a encontrar las composiciones de sexto grado de la escuela primaria, o el idéntico voceo erótico y llorón que ya nos sabemos de memoria por haberlo leído desparramado en las revistas, no muy severas en lo que a selección se refiere.»
Y mi colaboradora se lamenta de que un nuevo Moliere no fustigue las ridiculeces de estas damiselas que son muy «laidas»…; aunque yo recuerdo, precisamente, que una poetisa ocupó un muy hermoso capítulo en el libro «Los pájaros de barro», de Santiago
Rusiñol.
La poetisa en nuestro país
En nuestro país no se registra ningún caso de poetisa obesa o que llegue a los cien kilos. Todas son espiritadas o flacas. En otras épocas, debido a la escasez de periódicos, estas encantadoras rimadoras colaboraban exclusivamente en las postales, en los álbumes y en los abanicos, y la que se atrevía a lanzarse hasta el concurso de un juego floral, era, no la heroína de la familia, sino el escándalo de la tribu y pasaba a
ocupar la categoría de incomprendida; y como incomprendida no leía la novela de «Oscar y Amanda», ni «Flor de un día», ni «Espina de una flor», sino, que lanzándose en el mar de las consonantes, se olvidaba de la realidad, pergeñaba cuartillas más cuartillas y, como la protagonista de «Pájaros de Barro» terminaba casándose con un honesto fideero.
La poetisa, hoy
La poetisa es hoy una especie de enfermedad nacional. No hay pueblo de campaña, diario de villorrio, periódico de parroquia que no cuente con una o dos colaboradoras que firman con nombres campanudos de tan poéticos, y más que campanudos,
Sonorosos.
Estas damas comienzan colaborando en el periódico de parroquia. Envían una composición. El dueño del periodiquito semanal se ve en este trance: perder el subscritor o publicarle a la hija de éste un poema, y, como siempre, la publicación va ganando no tan sólo el subscritor, sino la venta de varios ejemplares que la poetisa adquirirá de su propio peculio; el verso sale. Y sale con una orla y dos amorcitos en el frontis de la orla; dos amorcitos volando como palominos; y a lo largo de la orla unas trepadoras que pueden ser cualquier cosa botánica y al pie el nombre de la autora, que si se llama Ester, el linotipista precavido, por orden del director escribe así: «Esther», lo cual resulta más elegante y prestancioso.
Sale el verso y se echó a perder un miembro de la familia del honorable ciudadano subscriptor.
Trabajos poéticos
Alégrase con la salida del esperpento hasta la cocinera de la casa; rezongan iniquidades los parientes envidiosos, y la chica, para agregar lustre a la familia,
comienza a prepararse para poetisa.
El primer paso de esta preparación es dejar que las hermanas, carguen con los trabajos de la casa; porque ellas no «tienen preocupaciones poéticas»; el segundo, es versificar hora tras hora, buscando consonantes absurdos y escribiendo versos, que
salen más tullidos que un modelo de casa ortopédica.
Para eso, la mocita se refugia en un cuarto de la casa, munida de una resma de papel de envolver pan. Los lienzos son vastos y allí puede volcar su inspiración hasta un poeta centroamericano, que son los de tiro más largo. Y escribe. Y para recibir una «impresión sincera» le lee los versos a la cocinera que espantada de la musiquita de «bella con estrella» y de «amor con flor», se toma la cabeza y dice que son muy lindos, porque ella recuerda que en su pago los versos de «relaciones» terminaban así también, «flor con amor» y «bella con estrella».
Y la familia de la poetisa se espanta más, porque dice que si la cocinera, que es tan bruta, entiende y se emociona con los versos, ¿qué es lo que le ocurrirá a la gente civilizada cuando lea los «elucubros» de la mocita?
Y otro poema sale en dirección de la casa del director del periódico, que so pena de perder el subscritor, se resigna y publica el bodrio. ¡Qué diablos! El cuida su periódico que es el pan, la yerba, el puchero y el café con leche de todos sus días y toda su progenie.
Y no sólo lo publica el verso, sino que le agrega unas líneas. Y todas las semanas aparece desde entonces un poema, firmado por Esther, así, con h.
Al aparecer la composición numero cuarenta, la poetisa las recopila, busca editor, sale el libro, los elogios y todo lo demás. Luego, el problema fundamental reaparece: ¿Con quién se puede casar? Ella es poetisa; no se va a casar con un empleado cualquiera,
que del día a la noche la mandará a fregar platos y remendar calcetines; y entonces la poetisa emprende la busca del ideal. Sueña en un poeta, pero el primer poeta que conoce le sale un pillete; el segundo es un truhán, el tercero escribe en prosa. Este le inspira más confianza; pero el primer día que el prosista va a su casa se lleva las cucharitas, y la familia desengañada de los literatos, no quiere saber más nada con ellos.
A los treinta años la poetisa desearía ser una vulgar ama de casa; estar casada con un buen señor que no entienda de versos, sino de cuentas; y en vez de ser autora de tres libros, que no lee nadie, ser la editora exclusiva de algunos purretes. Pero ya es tarde.
(El Mundo, 24 de enero de 1929)
ALGO MÁS SOBRE LAS POETISAS
Un señor, que firma con el pseudónimo de Hoyo de Córdoba, me escribe una carta kilométrica, donde, después de un exordio respetable, me dice:
«Yo, como cualquier mortal, tengo una novia (¿qué le vamos a hacer! ¿Algún día hay que entrar!), y para mayor desgracia mía, escribe, sí, es-cri-be, como lo oye. Si sólo escribiera, me consolaría; pero el caso es que lo único que hace es gastar papel y obligarlo a uno (yo) a escuchar la lectura de esos versos románticos. Usted puede aliviarme diciendo que «recién empieza». Tiene razón y por eso yo tolero a la poetisa x,
que es incipiente. Pero el caso es que a mi novia la tengo presente en carne y hueso, y a la otra, u a las otras, las leo, y si no me gustan, las tiro; pero a ésta, ¿cómo le saco el berretín verseador de la concavidad encefálica? ¿Quiere decirme mi buen amigo, cómo
tengo que hacer para no morirme de encefalitis letárgica, quiero decir, poética? Y si le escribo a usted es porque ella me lo pidió, pues se sintió ofendida en su humanidad de poeta con los saetazos de su pluma. Yo festejé el acontecimiento (tanto es así que le
escribo); pero al final no puedo menos de sincerarme con usted y aplaudirlo por su campaña moralizadora de presuntos poetas o poetisas, o lo, que es peor, con pretensiones de serlo.»
Donde continúa el lector
Después de esto, el ciudadano novio termina pidiéndome que sea algo así como intermediario entre los malos versos de la novia y él, con estas palabras:
“Haga el favor, amigo Arlt, a ver si le saca de la pensadora a mi novia esas absurdas ideas de verseadora. Escriba algo a ver si se le van esos berretines, que se lo agradeceré, mientras viva.”
Es deber de un buen cristiano
Es deber de un buen cristiano ayudar a su prójimo cuando está en la estacada, y como el problema que me plantea este lector desconocido, remoto y socarrón, es interesante, volveré a ensañarme nuevamente en esta polilla de las costumbres y en estas rémoras del arte, que son las poetisas.
Toda poetisa tiene esta costumbre, que ya es sintomática en el gremio femenino: Así cuando se les dice que son lindas (y no lo son), ellas insisten en que son feas (y es cierto) para que se lo digan otra vez, así todas las poetisas: en cuanto se lanzan a la vida poetesca, dicen que escriben mal; que las disculpen; que otra vez lo harán mejor.
Y lo más grave es que la primera vez dicen la verdad, y la segunda vez que escriben faltan a la promesa que por primera vez hicieron; pues reinciden, con el agravante de la premeditación, y pecan con la certeza de que están haciendo una barbaridad de la que
los otros no se darán cuenta.
Y como bien lo han estudiado los teólogos, cuantos más crímenes poéticos cometen estas madamitas, más se les endurece el «cacumen» y menos accesibles son al remordimiento, de manera que dado el primer paso en el arte del ripio, ya no las detiene ni Dios, y versifican a troche y moche, sin un mínimo de compasión para con sus semejantes.
Lo que puede salvar a una poetisa
El único remedio que puede salvar a una poetisa incipiente y ternezuela es el casamiento, es decir, pasar por uno de los cuatro y sagrados sacramentos. Este sacramento ha salvado a muchas almas de la perdición, y es tan fuerte y de tan beneficiosos efectos, que por refractaria que sea una poetisa al remedio, en el noventa y cinco por ciento de los casos cede, y ya no vuelve a acordarse de la literatura; como no sea de la literatura doméstica que consta de estas obras ejemplares y utilísimas, como ser «Manual de la perfecta ama de casa», «Manual de la cocinera» y «La médica de su casa».
Remedio
Como en toda cura, hay un periodo en que la enfermedad se reagrava, después del casamiento la crisis poética parece que se intensifica; la poetisa promete a su flamante esposo varios volúmenes de versos, y escribe algunos todavía, que son como
chisporroteos de una lámpara que se va a apagar; pero ella no lo sabe.
Todo marido prudente debe pasar por alto estos versos «post luna mielescos», aunque no deja de ser halagador que una poetisa le escriba a uno (quiero decir a su marido) versos en que pone por las nubes sus bigotes, sus cabellos y otras prendas de vestir.
Pero a medida que pasan los meses, el fervor poético se entibia, y cuando aparece un hijo, la poetisa ya no se acuerda más de los sonetos y de los alejandrinos, sino de los pañales que hay que poner a remojo y del biberón del inocente, que clama como un
salvaje por su leche.
Estas ocupaciones sanas y activas quitan a la más recalcitrante ripiosa las ganas de insistir.
Si insiste
Si, a pesar del purrete, del biberón, de las enfermedades de aquel, de la cocina, de los calcetines que tiene que remendar, de los fondillos del pantalón que tiene que cambiar y todas las pejigueras domésticas, la poetisa insiste en escribir, aunque, además, tenga un hijo cada año, al cabo de cuatro años es seguro que esa digna matrona no toma más la pluma, como no sea para anotar la verdura que dejó el muchacho de la esquina y la ropa que se llevó la lavandera.
Pero si con todo, es decir, con los cuatro purretes y los ocho dolores de cabeza y las diez y seis broncas que arman los menores y las treinta y dos maldiciones que usted larga al llegar a su casa y no encontrar las cosas hechas, la poetisa continúa
escribiendo, entonces…, entonces déjela escribir hasta que se canse, pues aunque usted consiga para padrino de su prole al presidente de la república, ella continuará
pergeñando papel, y a lo mejor es un genio, quiero decir, una «genia», y con las «genias», no hay nada que hacer.
(El Mundo, 28 de enero de 1929)
sábado, 6 de septiembre de 2014
Los músicos de Bremen - Por Jacob y Wilhelm Grimm
Tenía un hombre un asno que durante largos años había transportado incansablemente los sacos al molino; pero al cabo vinieron a faltarle las fuerzas, y cada día se iba haciendo más inútil para el trabajo. El amo pensó en deshacerse de él; pero el burro, dándose cuenta de que soplaban malos vientos, escapó y tomó el camino de la ciudad de Bremen, pensando que tal vez podría encontrar trabajo como músico municipal.
Después de andar un buen trecho, se encontró con un perro cazador que, echado en el camino, jadeaba al parecer cansado de una larga carrera.
Pareces muy fatigado, amigo le dijo el asno.
-¡Ay! exclamó el perro, como ya soy viejo y estoy más débil cada día que pasa y ya no sirvo para cazar, mi amo quiso matarme, y yo he puesto tierra por medio. Pero, ¿cómo voy ganarme el pan?
-¿Sabes qué? dijo el asno. Yo voy a Bremen, a ver si puedo encontrar trabajo como músico de la ciudad. Vente conmigo y entra también en la banda. Yo tocaré el laúd, y tú puedes tocar los timbales. Parecióle bien al can la proposición, y prosiguieron juntos la ruta. No había transcurrido mucho rato cuando encontraron un gato con cara de tres días sin pan:
-Y, pues, ¿qué contratiempo has sufrido, bigotazos? preguntóle el asno.
-No está uno para poner cara de Pascua cuando le va la piel respondió el gato. Porque me hago viejo, se me embotan los dientes y me siento más a gusto al lado del fuego que corriendo tras los ratones, mi ama ha tratado de ahogarme. Cierto que he logrado escapar, pero mi situación es apurada; ¿adónde iré ahora?
-Vente a Bremen con nosotros. Eres un perito en música nocturna y podrás entrar también en la banda. El gato estimó bueno el consejo y se agregó a los otros dos. Más tarde llegaron los tres fugitivos a un cortijo donde, encaramado en lo alto del portal, un gallo gritaba con todos sus pulmones.
-Tu voz se nos mete en los sesos dijo el asno. ¿Qué te pasa?
-He estado profetizando buen tiempo respondió el gallo, porque es el día en que la Virgen María ha lavado la camisita del Niño Jesús y quiere ponerla a secar. Pero como resulta que mañana es domingo y vienen invitados, mi ama, que no tiene compasión, ha mandado a la cocinera que me eche al puchero; y así, esta noche va a cortarme el cuello. Por eso grito ahora con toda la fuerza de mis pulmones, mientras me quedan aún algunas horas.
-¡Bah, cresta roja! dijo el asno. Mejor harás viniéndote con nosotros. Mira, nos vamos a Bremen; algo mejor que la muerte en cualquier parte lo encontrarás. Tienes buena voz, y si todos juntos armamos una banda, ya saldremos del apuro.
Al gallo le pareció interesante la oferta, y los cuatro emprendieron el camino de Bremen
Pero no pudieron llegar a la ciudad aquel mismo día, y al anochecer resolvieron pasar la noche en un bosque que encontraron. El asno y el perro se tendieron bajo un alto árbol; el gato y el gallo subiéronse a las ramas, aunque el gallo se encaramó de un vuelo hasta la cima, creyéndose allí más seguro. Antes de dormirse, echó una mirada a los cuatro vientos, y en la lejanía divisó una chispa de luz, por lo que gritó a sus compañeros que no muy lejos debía de haber una casa.
Dijo entonces el asno:
-Mejor será que levantemos el campo y vayamos a verlo, pues aquí estamos muy mal alojados.
Pensó el perro que unos huesos y un poquitín de carne no vendrían mal, y así se pusieron todos en camino en dirección de la luz; ésta iba aumentando en claridad a medida que se acercaban, hasta que llegaron a una guarida de ladrones profusamente iluminada.
El asno, que era el mayor, acercóse a la ventana para echar un vistazo al interior.
-¿Qué ves, rucio? preguntó el gallo.
-¿Qué veo? replicó el asno. Pues una mesa puesta con comida y bebida, y unos bandidos que se están dando el gran atracón.
-¡Tan bien como nos vendría a nosotros! dijo el gallo.
-¡Y tú que lo digas! añadió el asno. ¡Quién pudiera estar allí!
Los animales deliberaron entonces acerca de la manera de expulsar a los bandoleros y, al fin, dieron con una solución. El asno se colocó con las patas delanteras sobre la ventana; el perro montó sobre la espalda del asno, el gato trepó sobre el perro y, finalmente, el gallo se subió de un vuelo sobre la cabeza del gato.
Colocados ya, a una señal convenida prorrumpieron a la una en su horrísona música: el asno, rebuznando; el perro, ladrando; el gato, maullando, y cantando el gallo. Y acto seguido se precipitaron por la ventana en el interior de la sala, con gran estrépito de cristales. Levantáronse de un salto los bandidos ante aquel estruendo, pensando que tal vez se trataría de algún fantasma y, presa de espanto, tomaron las de Villadiego en dirección al bosque.
Los cuatro socios se sentaron a la mesa y, con las sobras de sus antecesores, se hartaron como si los esperasen cuatro semanas de ayuno.
Cuando los cuatro músicos hubieron terminado el banquete, apagaron la luz y se buscaron cada uno una yacija apropiada a su naturaleza y gusto. El asno se echó sobre el estiércol; el perro, detrás de la puerta; el gato, sobre las cenizas calientes del hogar, y el gallo se posó en una viga; y como todos estaban rendidos de su larga caminata, no tardaron en dormirse. A media noche, observando desde lejos los ladrones que había luz en la casa y que todo parecía tranquilo, dijo el capitán:
-No debíamos habernos asustado tan fácilmente.
Y envió a uno de los de la cuadrilla a explorar el terreno.
El mensajero lo encontró todo quieto y silencioso, y entró en la cocina para encender la luz. Tomando los brillantes ojos del gato por brasas encendidas, aplicó a ellos un fósforo para que prendiese. Pero el gato no estaba para bromas y, saltándole al rostro, se puso a soplarle y arañarle. Asustado el hombre, echó a correr hacia la puerta trasera; pero el perro, que dormía allí, se levantó de un brinco y le hincó los dientes en la pierna; y cuando el bandolero, en su huida, atravesó la era por encima del estercolero, el asno le propinó una recia coz, mientras el gallo se había despertado por todo aquel alboroto y, ya muy animado, gritaba desde su viga: «¡Kikirikí!».
El ladrón, corriendo como alma que lleva el diablo, llegó hasta donde estaba el capitán y le dijo:
-¡Uf!, en la casa hay una horrible bruja que me ha soplado y arañado la cara con sus largas uñas. Y en la puerta hay un hombre armado de un cuchillo y me lo ha clavado en la pierna. En la era, un monstruo negro me ha aporreado con un enorme mazo, y en la cima del tejado, el juez venga gritar: «¡Traedme el bribón aquí!». Menos mal que pude escapar.
Los bandoleros ya no se atrevieron a volver a la casa, y los músicos de Bremen se encontraron en ella tan a gusto, que ya no la abandonaron. Y quien no quiera creerlo, que vaya a verlo.
Después de andar un buen trecho, se encontró con un perro cazador que, echado en el camino, jadeaba al parecer cansado de una larga carrera.
Pareces muy fatigado, amigo le dijo el asno.
-¡Ay! exclamó el perro, como ya soy viejo y estoy más débil cada día que pasa y ya no sirvo para cazar, mi amo quiso matarme, y yo he puesto tierra por medio. Pero, ¿cómo voy ganarme el pan?
-¿Sabes qué? dijo el asno. Yo voy a Bremen, a ver si puedo encontrar trabajo como músico de la ciudad. Vente conmigo y entra también en la banda. Yo tocaré el laúd, y tú puedes tocar los timbales. Parecióle bien al can la proposición, y prosiguieron juntos la ruta. No había transcurrido mucho rato cuando encontraron un gato con cara de tres días sin pan:
-Y, pues, ¿qué contratiempo has sufrido, bigotazos? preguntóle el asno.
-No está uno para poner cara de Pascua cuando le va la piel respondió el gato. Porque me hago viejo, se me embotan los dientes y me siento más a gusto al lado del fuego que corriendo tras los ratones, mi ama ha tratado de ahogarme. Cierto que he logrado escapar, pero mi situación es apurada; ¿adónde iré ahora?
-Vente a Bremen con nosotros. Eres un perito en música nocturna y podrás entrar también en la banda. El gato estimó bueno el consejo y se agregó a los otros dos. Más tarde llegaron los tres fugitivos a un cortijo donde, encaramado en lo alto del portal, un gallo gritaba con todos sus pulmones.
-Tu voz se nos mete en los sesos dijo el asno. ¿Qué te pasa?
-He estado profetizando buen tiempo respondió el gallo, porque es el día en que la Virgen María ha lavado la camisita del Niño Jesús y quiere ponerla a secar. Pero como resulta que mañana es domingo y vienen invitados, mi ama, que no tiene compasión, ha mandado a la cocinera que me eche al puchero; y así, esta noche va a cortarme el cuello. Por eso grito ahora con toda la fuerza de mis pulmones, mientras me quedan aún algunas horas.
-¡Bah, cresta roja! dijo el asno. Mejor harás viniéndote con nosotros. Mira, nos vamos a Bremen; algo mejor que la muerte en cualquier parte lo encontrarás. Tienes buena voz, y si todos juntos armamos una banda, ya saldremos del apuro.
Al gallo le pareció interesante la oferta, y los cuatro emprendieron el camino de Bremen
Pero no pudieron llegar a la ciudad aquel mismo día, y al anochecer resolvieron pasar la noche en un bosque que encontraron. El asno y el perro se tendieron bajo un alto árbol; el gato y el gallo subiéronse a las ramas, aunque el gallo se encaramó de un vuelo hasta la cima, creyéndose allí más seguro. Antes de dormirse, echó una mirada a los cuatro vientos, y en la lejanía divisó una chispa de luz, por lo que gritó a sus compañeros que no muy lejos debía de haber una casa.
Dijo entonces el asno:
-Mejor será que levantemos el campo y vayamos a verlo, pues aquí estamos muy mal alojados.
Pensó el perro que unos huesos y un poquitín de carne no vendrían mal, y así se pusieron todos en camino en dirección de la luz; ésta iba aumentando en claridad a medida que se acercaban, hasta que llegaron a una guarida de ladrones profusamente iluminada.
El asno, que era el mayor, acercóse a la ventana para echar un vistazo al interior.
-¿Qué ves, rucio? preguntó el gallo.
-¿Qué veo? replicó el asno. Pues una mesa puesta con comida y bebida, y unos bandidos que se están dando el gran atracón.
-¡Tan bien como nos vendría a nosotros! dijo el gallo.
-¡Y tú que lo digas! añadió el asno. ¡Quién pudiera estar allí!
Los animales deliberaron entonces acerca de la manera de expulsar a los bandoleros y, al fin, dieron con una solución. El asno se colocó con las patas delanteras sobre la ventana; el perro montó sobre la espalda del asno, el gato trepó sobre el perro y, finalmente, el gallo se subió de un vuelo sobre la cabeza del gato.
Colocados ya, a una señal convenida prorrumpieron a la una en su horrísona música: el asno, rebuznando; el perro, ladrando; el gato, maullando, y cantando el gallo. Y acto seguido se precipitaron por la ventana en el interior de la sala, con gran estrépito de cristales. Levantáronse de un salto los bandidos ante aquel estruendo, pensando que tal vez se trataría de algún fantasma y, presa de espanto, tomaron las de Villadiego en dirección al bosque.
Los cuatro socios se sentaron a la mesa y, con las sobras de sus antecesores, se hartaron como si los esperasen cuatro semanas de ayuno.
Cuando los cuatro músicos hubieron terminado el banquete, apagaron la luz y se buscaron cada uno una yacija apropiada a su naturaleza y gusto. El asno se echó sobre el estiércol; el perro, detrás de la puerta; el gato, sobre las cenizas calientes del hogar, y el gallo se posó en una viga; y como todos estaban rendidos de su larga caminata, no tardaron en dormirse. A media noche, observando desde lejos los ladrones que había luz en la casa y que todo parecía tranquilo, dijo el capitán:
-No debíamos habernos asustado tan fácilmente.
Y envió a uno de los de la cuadrilla a explorar el terreno.
El mensajero lo encontró todo quieto y silencioso, y entró en la cocina para encender la luz. Tomando los brillantes ojos del gato por brasas encendidas, aplicó a ellos un fósforo para que prendiese. Pero el gato no estaba para bromas y, saltándole al rostro, se puso a soplarle y arañarle. Asustado el hombre, echó a correr hacia la puerta trasera; pero el perro, que dormía allí, se levantó de un brinco y le hincó los dientes en la pierna; y cuando el bandolero, en su huida, atravesó la era por encima del estercolero, el asno le propinó una recia coz, mientras el gallo se había despertado por todo aquel alboroto y, ya muy animado, gritaba desde su viga: «¡Kikirikí!».
El ladrón, corriendo como alma que lleva el diablo, llegó hasta donde estaba el capitán y le dijo:
-¡Uf!, en la casa hay una horrible bruja que me ha soplado y arañado la cara con sus largas uñas. Y en la puerta hay un hombre armado de un cuchillo y me lo ha clavado en la pierna. En la era, un monstruo negro me ha aporreado con un enorme mazo, y en la cima del tejado, el juez venga gritar: «¡Traedme el bribón aquí!». Menos mal que pude escapar.
Los bandoleros ya no se atrevieron a volver a la casa, y los músicos de Bremen se encontraron en ella tan a gusto, que ya no la abandonaron. Y quien no quiera creerlo, que vaya a verlo.
ANÉCDOTAS TALMÚDICAS Y DE RABINOS FAMOSOS (SELECCIÓN) Por el Rabino Dr. Simón Moguilevsky
EL TEMOR AL ETERNO
-Que vuestro temor al Eterno sea tan grande como vuestro temor a los humanos.
Ante la extrañeza de sus discípulos, les explicó:
-Una persona a veces se abstiene de hacer algo impropio, porque tiene miedo de que alguien lo vea, pero el temor a que el Eterno lo vea, puede no ser suficiente para disuadirlo.
HOMICIDIO
-Debes morir antes de hacerte asesino -le contestó el Sabio- ¿acaso crees que tu sangre es más preciosa que la del otro? Quizás es menos.
EN LA ÚLTIMA FILA
-Agradezco la invitación, sería un honor estar con ustedes, pero estoy contento con este lugar. Después de todo ¿no nos han enseñado que no es el lugar el que proporciona honores a la persona, sino la persona quien honra al lugar?
De esta manera, Rabí Najum ratificaba lo que requería: la humildad es la que afirma la grandeza.
EL VERDADERO HEREDERO
-Debes tener mucho cuidado con tus amoríos, no quisiera que seas como yo.
-¿Qué significa como tú?-preguntó la hija
-Debo confesarte un secreto. Tengo diez hijos, pero solamente uno de ellos es el hijo del que ustedes llaman padre.
El marido escuchó la conversación y no dijo nada. Años más tarde, en su lecho de muerte dio instrucciones para que todos sus bienes fueran para su único hijo.
Después de su deceso prevaleció la confusión. La familia afligida quedó perturbada. Cada hijo se decía el heredero; así fueron a ver a Rab Banai, para pedirle consejo.
El Sabio les aconsejó que fuesen a la tumba del padre y golpearan hasta que se levantara y entonces le preguntaran cual era su intención.
Nueve de los hijos hicieron lo que dijo el Rabí; fueron a la tumba y la golpearon, esperando recibir un signo. Uno de los hijos se negó a lo que llamó falta de respeto y se quedó en casa.
Observando esto, Rabí Banai dictaminó: “Este hijo es el verdadero heredero. Toda la propiedades le pertenecen, puesto que fue el único que mostró el debido respeto a su padre.”
(Tratado Baba Batra 58a)
CONCENTRADO EN SU LABOR
la soga.
Cuando le preguntaron el por qué de su atención tan profunda, respondió:
-De este hombre aprendí algo muy importante para el Servicio Divino. Por la suma de dinero que recibió, arriesgó su vida, pero cuando iba sobre la soga, no pensó ni un instante en el dinero, sino sobre su integridad y solamente se concentró en su trabajo.
COMO UN CABALLO
El Rabí miró por la ventana y dijo:
-Veo en el patio alguien que viste de blanco, solamente bebe agua, se revuelca en la nieve y usa clavos en sus pies y no es más que un caballo blanco.
OPINIÓN SOBRE UN MENTIROSO
-Es una persona que tiene una memoria prodigiosa. Hay quien recuerda lo que sucedió hace treinta años o cincuenta años, pero esta persona recuerda cosas que inclusive nunca sucedieron.
PROMESA
Si prometes algo a un niño y no lo cumples, le estás enseñando a mentir.
(Tratado Shoá)
LA VERDADERA MEDICINA
Un día el soberano le dijo:
-Dado que nunca enfermé, no tuve oportunidad hasta ahora de saber si eres un buen o mal médico.
El sabio respondió:
-La Biblia nos enseña que el buen médico no es como usted piensa, el que cura la enfermedad, sino el que evita que se la contraiga.
HONORES
-No hay hombre que sea tan dependiente de otros como el que busca honores.
¿DÓNDE?
Hasta que una noche se le ocurrió que antes de dormir, escribiría sobre un papel dónde colocaba sus ropas y lo dejaría sobre su mesita de luz. Y a la mañana siguiente se despertó, tomó la nota y encontró perfectamente sus ropas donde las había colocado.
-Bueno -se d?o- tengo todo, pero ¿dónde estoy yo?
Miró por todas partes y no se pudo encontrar.
El Rabino terminó diciendo:
-Así es lo que pasa con todos nosotros.
JUSTOS DENTRO DE UN SACO DE PIEL
-En el idioma idish existe un refrán sobre ciertas personas, a las que se considera como “justos dentro de un saco de piel”. Ello significa que cuando una persona tiene frío, tiene dos maneras de calentarse: encender un horno o vestir ropas abrigadas.
De la primer manera, se hace un bien a sí mismo y a todos los componentes de la casa y a los que entran. Por el contrario, de la segunda, él solo siente calor.
Lamentablemente existen personas que se preocupan de tener calor ellas solas, llenarse el vientre con preceptos y estar en paz con el Eterno. Pero la sociedad, a las demás personas no les interesa. Por eso son “justos en un saco de piel”.
sábado, 30 de agosto de 2014
¡Vivir con ella! Por Rafael Serrano Ruiz
Perdida su mirada
en la lejanía de sus recuerdos,
su alma sedienta buscaba
con ansia convulsiva.
Pretendía sentirse liviano
en su soledad pactada
como última y única dignidad
del ser humano…
Los acontecimientos decisivos
maduran con el tiempo…
ya no podía vivir sin ella,
dominó sus sueños,
se metió bajo su piel
desde el instante en que la vio.
Cuesta hacerse a la idea
de la desesperanza…
sin remedio para la soledad
de su existencia.
La miraba con mirada abierta…
siempre la misma pregunta,
siempre la misma respuesta
¡vivir con ella!
en la lejanía de sus recuerdos,
su alma sedienta buscaba
con ansia convulsiva.
Pretendía sentirse liviano
en su soledad pactada
como última y única dignidad
del ser humano…
Los acontecimientos decisivos
maduran con el tiempo…
ya no podía vivir sin ella,
dominó sus sueños,
se metió bajo su piel
desde el instante en que la vio.
Cuesta hacerse a la idea
de la desesperanza…
sin remedio para la soledad
de su existencia.
La miraba con mirada abierta…
siempre la misma pregunta,
siempre la misma respuesta
¡vivir con ella!
Dimidium Por Diego Santiago Cazzaniga
La vio pasar
a medias tintas,
partida al medio,
a medio vivir.
Y la siguió
para alcanzarla
a medio pelo,
a medio camino,
a medio amar.
a medias tintas,
partida al medio,
a medio vivir.
Y la siguió
para alcanzarla
a medio pelo,
a medio camino,
a medio amar.
Ahora sé que estoy envejeciendo Por Ezequiel Feito
I
Ahora sé que estoy envejeciendo
y no necesito que un médico le pregunte a mi sangre,
interrogue mis vísceras, visite mi páncreas,
y rebusque en los ladrillos de mi cuerpo
para luego escribirme leyes en forma de pastillas
y hacerme peregrinar por todas las farmacias
en busca de un elíxir mágico para seguir viviendo.
II
Sé lo que me está pasando
porque miro a los niños como extraños
y no puedo comprender sus juegos.
Los veo reírse pero no los oigo
mientras un rumor confuso llena mi mente.
Sólo puedo ver los serios fantasmas de la gente
y comprender el lenguaje barato de los puertos.
III
Mi alma
compró una puerta y una calle detenida
donde vive, trabaja, come y duerme
en agradables rectángulos, profundos como tumbas.
IV
Ahora sé que estoy envejeciendo.
Estoy seguro.
Viejo y enfermo.
Ahora sé que estoy envejeciendo
y no necesito que un médico le pregunte a mi sangre,
interrogue mis vísceras, visite mi páncreas,
y rebusque en los ladrillos de mi cuerpo
para luego escribirme leyes en forma de pastillas
y hacerme peregrinar por todas las farmacias
en busca de un elíxir mágico para seguir viviendo.
II
Sé lo que me está pasando
porque miro a los niños como extraños
y no puedo comprender sus juegos.
Los veo reírse pero no los oigo
mientras un rumor confuso llena mi mente.
Sólo puedo ver los serios fantasmas de la gente
y comprender el lenguaje barato de los puertos.
III
Mi alma
compró una puerta y una calle detenida
donde vive, trabaja, come y duerme
en agradables rectángulos, profundos como tumbas.
IV
Ahora sé que estoy envejeciendo.
Estoy seguro.
Viejo y enfermo.
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