sábado, 5 de marzo de 2016

ANÉCDOTAS GRIEGAS

Bías

Éste también fue una vez sorprendido por una tempestad a bordo de un buque. Entre sus compañeros había algunos de bastante mala fama que empezaron a implorar el auxilio de los dioses.
- ¡ Tened la lengua !exclamó Bías, ¡no les hagáis saber que estáis a bordo !


Decía que prefería ser arbitro de sus enemigos que de sus amigos.
Porque, de dos amigos, tengo la seguridad de enemistarme con uno, mientras que de dos enemigos, puedo hacerme con un amigo.



Aristípo

Dionisio el tirano preguntó al filósofo Arístipo por qué los filósofos infestaban las casas de los ricos y éstos no infestaban las de los pobres. Arístipo contestó :
- Porque lo filósofos saben lo que necesitan y los ricos no.


Una vez pidió dinero á Dionisio, y éste replicó :
-  Creía que los filósofos no tenían necesidad de dinero.
- Dámelo Arístipo,y te contestaré.
- Dióle Dionisio algunas monedas de oro.
- Ahora - prosiguió Arístipo,-ya no tengo necesidad de dinero.


Durante una tempestad, a bordo de un bajel, se asustó de tal manera, que otro pasajero no pudo menos de decirle :
-.....Nosotros, los del vulgo, afrontamos serenos el peligro ; vosotros, los filósofos, os mostráis cobardes.
- Es porque arriesgamos algo más que vosotros, cuyas vidas bien poco valen -contestó



Diógenes

Iba Diógenes mendigando dinero según la costumbre de muchos viejos filósofos que no querían molestarse en ganarlo e insistía más y más en sus pretensiones cerca de un joven pródigo que cerca de otros. Uno que lo observó, díjole :
- Estáis abusando de la generosidad de un hombre dadivoso.
  - No, -replicó Diógenes-, ya procuraré otra vez mendigar también a los demás.



Agesliao


Al decir a Agesliao que había un hombre que sabía imitar al ruiseñor a la perfección, contestó :
- ¿Y qué? yo he oído al propio ruiseñor



Alejandro el Grande


El rey Darío de Persia hizo grandes ofrecimientos a Alejandro el Grande, después de la batalla de Issus, si quería retirarse de aquella nación. Uno de sus generales, Parmenio, dijo :
- Si yo fuese Alejandro, los aceptaría.
Entonces, Alejandro replicó :
- Yo también, si fuese Parmenio.



Temístocles


Un día, el representante de un Estado insignificante dirigióse a Temístocles en tono asaz altanero.
- Amigo mío dijo éste :vuestras palabras necesitarían todo un Estado para justificarlas.



Filipo de Macedonia


Aconsejaron a Filipo de Macedonia que desterrase a  un noble, porque había hablado mal de él.
Filipo replicó :
- Vale más que hable en donde se nos conoce a ambos, que donde no seamos conocidos ninguno de los dos.



A una estatua de Venus Por Antipater

De Venus la forma y las armas
tomó ese mármol, o bien
al mirarlo Venus dijo:
 “Así quisiera yo ser”

Epitafio del poeta Hiponax Por Teócrito

Aquí reposa Hiponax,
aquel lírico poeta;
Si eres malo, de su tumba
en el instante te aleja,
y si eres bueno y nacido
de gentes que fueron buenas
puedes sentarte y dormirte
si quieres, tranquilo en ella.

ODA DEL AMOR Por ANACREONTE

Era la media noche ;
En el sereno cielo
La Osa revolvía revolvía
Su giro hacia el Boyero.
Yacían los mortales
En un profundo sueño,
Cuando el Amor mis puertas
Golpea con estrépito.
¿Quién llama grito, y quiere
Turbar mi dulce ensueño ?
Un niño soy responde ;
-Abre ; no tengas miedo.
Mojado estoy ; no hay luna,
Y en las sombras me pierdo.
Compadecíme oyéndole,
Y la lámpara enciendo;
Abro, y un niño alado
Con arco y carcaj veo.
Le hago entrar, ya la lumbre
Junto al hogar lo siento.
Sus manos yertecitas
Entre las mías templo,
Y enjugo cariñoso
Sus húmedos cabellos.
El, desechado el frío,
Dame el arco ; veremos
Me dice si el relente
Daño a la cuerda ha hecho.
La tiende, y me dispara
Un dardo tan certero,
Que cual rabioso tábano
Me da en medio del pecho.
Ríe entonces, y brinca, Y dice :
Congratulémonos,
Huésped ; mi arco está sano,
Pero tu pecho enfermo.

sábado, 27 de febrero de 2016

Cuento para un príncipe (o princesa) Por Ezequiel Feito

Para Delicia, mi esposa, a quien le gustaban este tipo de cuentos

Había una vez...
Había una vez...
... me parece que este cuento
muchas veces lo conté...

            Hay tantos cuentos de princesas y príncipes que no sé cuál elegir para ustedes: Con hadas, sin hadas; altas, petisas;  rubias de ojos azules y de las otras; de cabellos largos y piel como las rosas; con castillos de chiquicientas torres o mas o menos; en fin, como me tengo que decidir por alguno, les voy a contar uno que sucedió hace muy poco en un lugar no muy lejos de donde ustedes están leyendo o escuchando este cuento.
Había una vez una princesa que no era ni linda un fea pero era muy simpática y sabía bien lo que quería en la vida. Además, sus padres la amaban muchísimo; tanto es así que no le regalaban ni joyas ni vestidos caros ni celulares, ni ninguna de esas pavadas, sino libros, y la dejaban pasear por todo el bosque y jugar con quien ella se le diera la gana, porque en vez de hada madrina o magos y magas, gnomos, trolls o elfos, tenía muchos amigos como ella.
Cuando creció, el rey y la reina fueron a su cuarto. Palabra va, palabra viene, en medio de unos riquísimos mates le dijeron que ya era tiempo que eligiera un novio y se casara. El rey estaba cansado de ser rey y quería, con la reina, volver a ser una persona común y corriente, viajar de cuando en cuando, tomarse unas largas vacaciones y ser abuelo de una vez por todas.
La princesa los escuchó y no le pareció nada mala la idea, así que lo único que puso como condición es que le permitieran elegir a ella quién iba a ser su futuro marido. “Al fin y al cabo, yo soy la que me lo voy a tener que aguantar” –les dijo-.
Los padres, como confiaban mucho en su princesita, le dijeron: “Elegí como más te guste” y dándole un beso, se fueron.
Deliana (como se llamaba nuestra princesa) puso un aviso en los diarios de todo el reino y por las dudas también en los de sus vecinos. El aviso, además de una foto de ella, decía más o menos así: “Princesa de un reino muy lindo busca un príncipe que sea bueno para casarse. Nota importante: No hay dragones ni ogros ni gigantes de dos o tres cabezas, tampoco hay brujas ni sirenas que canten. Los espero dentro de una semana en el castillo del rey: avenida tal, a tres cuadras de la estación de servicio”
A la semana se presentaron como mil caballeros en el castillo de los padres de Deliana. Todos estaban vestidos de rigurosa armadura, algunas más relucientes y aceitadas que otras, cabalgando en hermosos caballos adornados con toda clase de insignias.
-Estos locos me van a estropear el jardín y el pasto – dijo la reina- ¿Por qué no se vendrán vestidos con remera y zapatillas como lo hace la gente normal?
-Será un poco difícil elegir entre tanta lata de sardina –le dijo el rey a Deliana.
-Lo veremos –le contestó a su padre como si no tuviera miedo de toda aquella chatarra cabalgante.
Una vez ubicados en el parque, comenzaron a entrar de a uno a la vez. El primero era un tal Sir Nosecuanto, quien sin sacarse la armadura ni levantarse la visera del casco, colocó una rodilla en el suelo y le dijo a la princesa:
-Despide a todos los demás. Yo soy el único hombre indicado para ser tu esposo: Tengo un reino enorme con un gran ejército; treinta magos y veinte astrólogos a mi servicio, todo el oro que desees y además soy muy valiente pues he matado ya quince ogros y diecisiete dragones.
-Vaya, vaya –le contestó la princesa- Y dígame Sir Nosecuanto, ¿sabe usted cambiar el pañal de un bebé?
La pregunta de Deliana debió haber desconcertado mucho al caballero, el cual repitió nuevamente todo lo que había dicho antes sin olvidarse ni siquiera de una coma.
-¡El que sigue! –ordenó la princesa, mientras el príncipe iba retirándose a medida que recitaba “Tengo un reino enorme ...treinta magos y veinte astrólogos... además soy muy valiente...”
Al siguiente candidato no le fue mejor: desplegó ante la princesa una alfombra donde volcó todas las monedas de oro que contenía un enorme cofre llevado, por supuesto, por seis esclavos.
-Y, ¿qué le parece princesa? –le dijo con un gesto bastante sobrador.
Deliana miró las monedas que parecían relucientes como estrellas y le dijo:
-Dígame, ¿de dónde sacó todo esta fortuna?
-De los impuestos que pagan mis súbditos, claro, y ¡ay del que no pague!... ¡Le corto las orejas, le corto!
-¿Y usted cree que una princesa como yo va a tomar una sola de estas monedas sabiendo que usted las juntó haciéndole pasar hambre y miseria a todo su pueblo? ¡Acá no queremos personas como usted! ¡Que pase el que sigue!
-¿Lo qué?
-¡Dije que pase el que sigue!
El tercer enlatado corrió hacia donde estaban los reyes y la princesa, pero antes de que pudiera abrir la boca Deliana le dijo:
-Dígame señor caballero o príncipe, ¿sería tan amable de lavar los platos que están en la cocina?
-¿Eh? – dijo el asombrado príncipe- Pero yo quería decirle que la amo y que...
-Ah, mejor que mejor. Lo tomaré muy en cuenta, pero por favor, láveme los platos que están en la cocina. Tenemos una persona que hace eso, pero en este momento está de vacaciones y alguien tiene que hacerlo, ¿no le parece?
-Pues... si... claro, estoy de acuerdo... Pero con esta armadura, yo....
-Por eso no se preocupe. Mis guardias tendrán la amabilidad de ayudarle a sacársela.
La princesa hizo un gesto y de repente aparecieron cuatro fornidos guardias que “desarmaduraron” al príncipe, quien quedó delante de la princesa, vestido con una camisa a cuadros, pantalón y alpargatas no muy de marca que digamos.
-Así está mejor –dijo ella- Aunque me parece que llevás una ropa demasiado barata para la armadura que tenías.
-La armadura la alquilé –dijo el príncipe poniéndose coloradísimo de vergüenza- No soy pobre pero tampoco tengo dinero suficiente para tener armadura propia.
La princesa lo miró detenidamente y de inmediato hizo que se acercara la cocinera del palacio.
-Este buen príncipe ha tenido la gentileza de ayudar con el lavado de los platos. Acompáñalo a la pileta de la cocina y dile donde está la esponja, el detergente y los repasadores.
El joven siguió mansamente a la cocinera  mientras Deliana volvió a decir: “¡El que sigue!”
Ante ella, con caballo y todo, se presentó un hombre con una armadura que parecía hecha de acero inoxidable. Detuvo su caballo frente al trono y sacando su espada dijo:
-¡Aquí estoy, amada princesa, junto con mi infaltable y nunca vencida espada para matar a todos los dragones, serpientes, dinosaurios, chivos o leones que quedan, o para luchar con todos los gigantes de tu reino y así poder conquistar tu amor, tu adoración, tu veneración, tu...
Deliana lo interrumpió bruscamente y como siguiendo la conversación dijo:
-¿Tú qué sabes hacer?
-Pues matar todo tipo de bestias y hombres; conquistar reinos, mares, islas... en fin, soy un hombre muy valiente y no tengo miedo a nada... ¡Ni a los suegros!
-¿Sabes cocinar?
-¡Eso es tarea de mujeres o de sirvientas! Mira, mi espada sola pesa 40 kilos...
-O sea, no servís ni para hacer un huevo frito...
-Y, no. Eso lo tienen que hacer los otros. ¡Por algo uno es príncipe, che!... Además, mi caballo....
¡Que pase el que sigue! –gritó la princesa sin siquiera saludar al caballero.
En eso vuelve la cocinera con el lavaplatoso príncipe y, dirigiéndose hacia la princesa, le dice un par de cosas al oído para luego quedarse muy quietecita a su lado.
-¡Perfecto! –dijo para sí.
-¿Sabés hacer tortas fritas?
-Si, mi princesa, pero no veo a que viene tanto pedido... ¿Dónde está mi armadura?
-Quedate tranquilo. Mis guardias la pusieron en una piecita. Bueno, a ver... cuatro o cinco por cada uno de nosotros y... además... Eehhhh, traete tres docenas de tortas fritas.
-Pero princesa, ¿y la cocinera?
-¡Ella no tiene ni idea de cómo se hacen!
-¡Qué remedio! –dijo suspirando el príncipe.
Y acompañando nuevamente a la cocinera, bajó la cabeza y la volvió a seguir a la cocina.
Mientras desaparecían de la sala entró otro caballero junto a un enorme séquito de cortesanos vestidos de lujo. La mitad lo escoltaban por la derecha y la otra por la izquierda.
El caballero se detuvo mientras que sus acompañantes, con la cabeza erguida y rígidos como estatuas, miraban sin pestañear al que estaba enfrente.
Padre, madre e hija se miraron, sorprendidos ante tanto despliegue de pavada.
-Princesa. Como ve usted, vengo a pedirle que sea mi esposa. Esto que usted ve, es sólo una pequeña muestra de lo que hay en mi reino. Le puedo jurar que si yo lo desease, podría hacerlos venir a todos, de rodillas y sin chistar.
-¿Vendrían por su propia voluntad? –preguntó Deliana.
-Por supuesto que no. Ellos no la tienen. Vienen por la mía y punto. ¡El que manda, manda!
-O sea que usted les ordena cuándo deben hacer una cosa y cuando otra; cuando deben ser felices y cuando no...
-¡Exacto!
-¿Y vos te crees que me voy a casar con alguien que después va a decirme lo que tengo o no que hacer? Pero, ¿qué te pasa? ¿Me viste cara de estúpida? ¡El que sigue!
Y así pasaron otros dos o tres más o menos iguales o peores que los anteriores. “¡El que sigue! ¡El que sigue!” iba diciendo la princesa, harta de escuchar tantas gansadas, cuando de repente se presentó el príncipe Felipe con una fuente repleta de tortas fritas.
La princesa se acercó a él y tomando la bandeja le habló así:
-Veo que cocinás bien. Están impecables, como a mí me gustan. Te voy a pedir un último favor antes de dejarte libre. Supongo que sabrás cebar mate.
-Y... si... pero, ¿qué tiene que ver con todo esto? Aún no he podido decirle nada.
-Todo a su tiempo, pero vos sabés que el mate y las tortas fritas son inseparables. Andá, prepará el mate y traelo junto con la pava más grande que encuentres en la cocina. Es lo último que te pido. Después agarrás tu armadura y te vas.
-Si es así... ya veo... Bueno...
No pasaron más que otros dos o tres aburridísimos y ensardinados príncipes, tan iguales a los que se leen en los libros de cuentos o en las películas y tan tontos como ellos, cuando llegó Felipe junto a la cocinera trayendo una pava de ésas que se usan en la cocina para cebarle a todo un regimiento y un mate de calabaza “con yuyitos”, como le gustaba a la princesa, según le había dicho la cocinera.
Entonces Deliana le dijo a los guardias que les dijeran a los príncipes, a sus caballos y a las otras yerbas que quedaban por ahí, que se fueran nomás y que si los necesitaba los volvería a llamar.
Luego trajo una mesita y la puso en medio de todos, cocinera incluida. Colocó servilletas de papel para las tortas fritas y por último le dijo a su padre:
-Papá, ¿podrías levantarte y dejarlo sentarse a Felipe para que se ponga a cebar?
-Por supuesto hija –dijo sonriéndole el rey .
Felipe se sentó donde estaba el padre de Deliana, y el rey, trayendo dos sillas más, se colocó junto a la reina para disfrutar de las tortas fritas y los mates que cebaba Felipe.
Iban por la décima ronda cuando medio tímidamente el príncipe, sin dejar de enviar, recibir, llenar y nuevamente enviar mates la miró a Deliana y le dijo:
-Pero princesa, yo sólo quería decirte que ...
-¿Si, mi rey? ¿Qué querías decirme? ah, claro, la boda. Bueno, algo sencillo. Nada de embajadores ni monarcas de ésos que vienen a comer de arriba. En vez de fiestas, vestidos e interminables preparativos, salgamos un tiempo a caminar por el bosque para conocernos más, porque ya somos novios, ¿no?
-¡Querido yerno! – exclamó entusiasmadísimo el rey.
-¡Hijo mío! – dijo emocionada la reina.
-¡Lo felicito, mi señor! - dijo alegre la cocinera.
-¡Churrrruuuupppp! – se le oyó decir a la princesa mientras terminaba el mate y que quería decir todo eso y mucho más.
Cuando terminó lo miró como sólo una princesa puede mirar a un príncipe: con los ojos. Pero esta vez le habló con la amabilidad  de los que se aman:
-Bueno Felipe , volvé a tu reino cuando quieras. Eso sí, tomá todo lo que necesitás y regresá lo más pronto posible. Te quiero mucho, ¿sabés? Vos fuiste el único que demostraste que me querías.
No voy a describir todo lo que pasó antes, durante y después de la boda.
Hoy Deliana y Felipe son mucho más felices que antes; quizás sea por eso que su reino es temido por todas las demás superpotencias con o sin corona.
La cocinera sigue cocinando todavía, interrumpida algunas veces por Felipe que se pone a preparar las tortas fritas y los mates para Deliana, mientras que los abuelos, chochos,  corren a jugar con sus nietos por el parque.
Eso si, en todo el reino no van a encontrar una sola armadura; ni siquiera la de Felipe, que aún debe estar en ese cuartito (vaya a saber dónde queda)  donde la dejaron para siempre los soldados de la princesa.


sábado, 20 de febrero de 2016

Escuela Secundaria Nº 3 “Carmelo Sánchez” - Concurso literario “Contate un Cuento VIII” Mención de Honor de la Categoría D: Camila Wanda Landeyro - Lobería

El silencio

       En el norte del país, en donde predominan las llamas  y en donde la tierra es de color rojiza, las historias abundan como las estrellas del cielo y como los granos de arena en el mar. Siempre hay algún anciano que se encuentran presto a contarlas, ya sea en los bancos de plaza, al lado de un fogón o simplemente en el patio, e invitan a todos aquellos que quieran escuchar historias de viejos brujos, de indios heroicos, de niños traviesos y de viejas curanderas que hechizan a los enamorados, que ayudan a los héroes aterrados o que hieren con gualichos a los bandidos.
En un pequeño pueblo de Salta, en Orán, debajo de la sombra de un enorme sauce, yacía un viejo, un poco arrugado por los años y marcado por los vientos de la vida. Con su mirada penetrante en el horizonte, trataba de recordar aquellas historias que su abuelo le había contado cuando él, apenas era un muchachito, flaco como un escuerzo, pero valiente como un puma, libre como un águila y torpe como cachorro recién nacido. Así era él de chico, ¿Cómo todos no? Orejudo, peludo, dientudo y “negro”, como todos les decían, “el negrito”, así lo apodaba su madre y le gritaba desde la cocina cuando ella cocinaba las tradicionales empanadas salteñas en aquellos hornos de barro.
Según cuenta la memoria de este viejo, cuando los caminos no habían sentido la pisada de las botas del hombre blanco, los indios reunidos en fogatas nocturnas charlaban de la diosa Kun. Elevaban sus cantos y rezos a ella, para que no abandonara el sauce sagrado, el lugar donde ella residía.
Kun, era la diosa del habla, era tan alta que su cabeza se chocaba con la luna de vez en cuando, y esto era algo que la hacía enojar tanto que lloraba produciendo así  la lluvia. Su piel era del color del agua, su mirada era profunda y triste, sus pisadas dejaban charcos de agua más que huellas en el suelo. Raras veces ella venía a la Tierra, ya que su hogar como dijimos eran las copas de los árboles, donde  se sentaba y miraba la vida diaria de las personas, protegiendo a las palabras, para que éstas nunca se olvidaran, nunca se extinguiesen. Su función era muy importante, porque   a cada recién nacido le otorgaba la fustun riu que significa “la acción de hablar”.
Todos en el pueblo hablaban, cantaban y gritaban como personas felices y agradecidas a la vida. Las enfermedades no existían, los viejos cojos y las viejas ciegas eran una especie desconocida.
La diosa Kun, día y noche estaba sentada en la copa del mismo árbol.
-¿Por qué no puede bajar un ratito a cantar y a bailar con nosotros? preguntaban los niños cada vez que la veían.
Siempre algún adulto que estaba por allí les recordaba que alrededor del pueblo merodeaba Jafur, un ser vestido de negro, que con su lanza acechaba a los pueblos haciendo estragos, causando llantos, heridas de corazón y más que nada provocando el silencio. Él era el dios del zagil y de la niutum fer (es decir del silencio y de la muerte) Por eso era tan importante que no bajara del árbol la diosa, y que estuviese tan atenta como un águila que cuida a sus crías.
Cuando ella sentía que Jafur andaba muy cerca de los límites del pueblo, como si fuese una manta extendida en una cama, así ella colocaba su cuerpo por encima de  todos los habitantes, haciendo que se formaran arcos de colores en el cielo, por el efecto del sol  sobre su cuerpo de agua. Así ella protegía la vida de cada uno de los habitantes del lugar contra Jafur, el cual, no se animaba a enfrentarla porque su poder  era superior al de él, algo que alimentaba más el odio de este, haciendo que pasara largas horas pensando en cómo él podría derrotarla.
Cierto día mientras ella estaba sentada en su morada, pasó un joven que despertó el interés de la diosa. Este muchacho era Kimpú, un indio valiente y luchador, de espaldas anchas y fuertes, con una gran melena de color negra como la noche y con una mirada profunda, como la de un lobo furioso. La diosa jamás había visto a un hombre como este, que más que un hombre parecía un dios.
Ella continuó mirándolo por varios días, por varias noches, y por varias tardes. Aunque ella sabía que era incorrecto bajar del árbol, ella bajó, pensando que Jafur no andaba cerca de los límites. Cuando descendió a la tierra cobró la forma humana, nadie sabía quién era, nadie la había visto jamás en el pueblo, por lo que las viejas se preguntaban quién sería esa joven tan hermosa que acechaba por el lugar.
-Mi nombres es Waniní, vengo de un pueblo un poco lejano, buscando un lugar a donde quedarme para vivir porque han matado a mi familia en una guerra.- respondía ella a las preguntas que le hacían.
Las viejas susurraban y decían:
-Pobrecita ella, tan joven y linda pero tan huerfanita.
La diosa solo quería verlo a él, pero no lo podía encontrar, por lo que caminó y caminó pero no lo halló. Entonces decidió sentarse en el pasto para ver a los niños como corrían y disfrutaban de los juegos. Pero era tanto el cansancio y tan largos sus bostezos que terminó durmiéndose, quedando indefensa.
-¿Estás bien? -La despertó una voz algo áspera.
Después de un largo y reconfortante bostezo dijo que sí, que estaba bien. Cuando supo de quien era esa voz, su corazón comenzó a palpitar tan fuerte como el trote de un caballo, parecía que iba  a explotar… porque… era él.
Él le acercó a ella un recipiente con agua fresca para que se refrescara, porque hacía mucho calor. Cuando bebió el agua, comenzó a sentirse mal, a perder el equilibrio. En realidad el joven, era Jafur su cruel  y astuto enemigo, y el agua era veneno. Jafur tras largas horas observándola supo que la forma más fácil de poder atacarla era entrampando a su corazón, el cual deseaba encontrar un amor… Amor que la embaucó  y engañó.
El pueblo y las viejitas lloraban amargamente
-Era tan joven y tan huerfanita decían entre sollozos las viejitas y curanderas.
Nunca nadie supo quién era ella, pero las pruebas evidenciaban que la muerte de esa joven tenía algo que ver con la diosa. Porque el pueblo desde ese momento comenzó a ser custodiado por Jafur, por el silencio, por las muertes y por las enfermedades. Los niños se convirtieron en viejos cojos, y las niñas en viejas ciegas.

Escuela Secundaria Nº 3 “Carmelo Sánchez” - Concurso literario “Contate un Cuento VIII” Mención de Honor de la Categoría C: Gladys Aguilar Balcarce

         Noah


     Noah y  Laira habían sido amigos desde que su mente les permitía recordar. Se conocieron un día antes de comenzar el jardín, a sus cortos 3 años de edad, cuando ambos acompañaban a sus respectivas madres a realizar las compras diarias.  Noah era un pequeño niño rubio de ojos verdes, bastante amigable y risueño, acompañó a su madre al mercado y mientras ella buscaba lo necesario para el hogar, él se dirigió al sector de los juguetes para elegir el regalo que iba a pedir para  el próximo día del niño, para el cual faltaban unos cuantos meses aún. Al acercarse a la góndola correspondiente, pudo observar a una adorable niña de cabello castaño claro, y unos adorables ojos grises, que iba caminando de la mano  de su madre, una señora perteneciente a una de las clases sociales más altas de la ciudad.  Cuando Noah se decidió a saludar a la pequeña, observó que ella se estaba por retirar del lugar  y le llamó la atención una mochila de Bob Esponja que aparentemente, acababa de comprar.
Al día siguiente, había llegado el momento de comenzar el jardín, su madre le puso  su guardapolvo nuevo y lo llevó en su auto para que llegara  temprano el primer día.  Noah vio claramente que la niña que había estado observando el día anterior estaba allí, ingresando al establecimiento de la mano de su mamá, con la mochila de  Bob Esponja. Se despidió de su madre, bajó contento del auto, y corrió a intentar establecer su primera amistad con la dulce pequeña que tanto había observado
A partir de ese día  Laira y Noah cultivaron una gran amistad,  se conocían perfectamente, se contaban todo, y confiaban ciegamente el uno en el otro. Pronto se convirtieron en  dos adolescentes  en busca de su futuro .Noah estaba perdidamente enamorado  de Laira desde aquel día en que la vio con la mochila de Bob Esponja, y ella, había leído que a los 16 años todos conocíamos al hombre con el que pasaríamos el resto de nuestras vidas, asique estaba decidida a encontrarlo, aunque dejara de lado su amistad con Noah, quien no se atrevía a confesarle su amor.
Laira iba a fiestas todos los fines de semana, sola o con Noah, pero siempre se iba con algún chico que le gustara porque no iba a perder la oportunidad de encontrar al dichoso “hombre de su vida”, Noah quedaba solo en los boliches, y al verla partir se sentía deprimido y triste, pero pronto recuperaba su alegría viendo la sonrisa en el rostro de su amiga, estaba convencido de que ella nunca iba a ser para él, porque una de sus más conocidas creencias, era que los mejores amigos no servían para ser novios porque se conocían demasiado.
  Pasadas unas semanas, Laira había encontrado  a su “hombre ideal”, dejó completamente de lado a Noah para que su nuevo novio no se pusiera celoso. Noah entró en una gran depresión al ver que su amada amiga no quería saber nada con él, estaba triste,  faltaba seguido al colegio y bajó sus calificaciones notablemente.  Sin embargo, la relación de Laira duró solo dos meses,  porque resultó que el exnovio, encontró a su “mujer ideal” en su prima, el mismo día en que ella lo llevó a su casa para presentarlo a sus padres. Al sentirse sola y traicionada,  la joven, corrió desesperada a buscar consuelo con en su amigo incondicional,  quien la recibió dispuesto a ayudarla y retomar su amistad de tantos años.
Laira no se rendía, pasado unos días encontró a su segundo “hombre ideal” y volvió a abandonar a Noah, quien se sintió nuevamente muy decepcionado
 La mala suerte de Laira en el amor se vio cuando a las dos semanas de relación, su nuevo novio decidió cortar con ella, y por supuesto nuevamente volvió a los brazos de Noah, salvo que esta vez, él le dijo que  no podía  ser su amiga cada vez que los novios la dejaran y después irse y dejarlo solo como si no fuese nadie en su vida. No podía permitir eso porque sufría mucho con esa situación, Laira  le prometió una y mil veces que nunca más lo iba a dejar pasara  lo que pasara, pero su promesa le duró poco, al mes, se puso de novia con un hombre un  poco  más grande para ella,  y volvió a abandonar al pobre Noah, que juró no consolarla más.
Cuando la relación de la joven Laira parecía que iba a ser duradera, el hombre, se dio cuenta que era muy chica para él, y que prefería una mujer más grande para poder formar una familia y casarse, y sí, como todos estamos imaginando, Laira corrió desesperada a la casa de Noah, quien al abrirle, esta vez no se mostró dispuesto a ayudarla como  las veces anteriores. Le dijo que si había vuelto porque estaba nuevamente soltera, era mejor que se fuera pues no estaba dispuesto a servirle solo de pañuelo cuando ella estuviera triste porque él la amaba, la había amado desde el día que la vio con la mochila de Bob Esponja, y  quería ser su “hombre ideal”. Laira se dio vuelta y mirándolo con asco le dijo que jamás iba a ser su novio, que se olvidara de ella para siempre y se fue corriendo a su casa, con una sensación nueva y extraña en su pecho, a buscar su vieja mochila de Bob Esponja.
Aquella amistad había terminado para siempre, en el colegio se sentaban lejos,  no se miraban, parecía que jamás hubiesen sido los amigos que eran antes, sus compañeros no podían entender qué había pasado entre ellos, para que incluso hayan cambiado tanto de un día para otro, Noah no hablaba con nadie, se lo veía triste,  a veces parecía estar llorando, no participaba en las clases como siempre lo había hecho, no entregaba a tiempo las tareas, y daba vueltas solo por todo el colegio y se quedaba sentado bajo un árbol que había en un rincón del patio, mientras dibujaba en el tronco la imagen de Bob Esponja que tantas veces vio en la mochila de su amiga.
Laira, en cambio, pasó de ser la chica dulce y amigable que era siempre,  a una joven soberbia, creída, que jugaba con los sentimientos de la gente. Se volvió fría, manipuladora, era otra persona totalmente distinta a la que habían conocido todos, solo se preocupaba por salir a fiestas y encontrar a su “hombre ideal”. En los 4 meses que quedaban de clases,  tuvo más de 5  novios, y todos creían que había tenido más pero que no se habían enterado.
Terminaron las clases, y había llegado el tan ansiado baile de egresados. Todos terminaban una etapa y comenzaban una totalmente nueva, entraban todos a su vida de adultos, iban a irse a estudiar para poder trabajar y merecer un buen futuro, quizá no iban a verse nunca más, o iban a irse a vivir con sus nuevas familias a distintos lugares del mundo, siempre habían sido un grupo muy “soñador” todos querían vivir en lugares distintos. Noah bajó con su hermana, y  Laira con el novio  de ese momento, pero  esa noche él la dejó porque no quería tener más novia. Con Noah no se dirigieron la palabra en ningún momento.
Noah se alejó caminando muy despacio bajo la llovizna que comenzaba a caer, mientras que  Laira se fue en la moto con un nuevo amigo que acababa de conocer en la fiesta. Parecía ser un adorable y amistoso joven dispuesto a ofrecerle amistad, sin embargo  era un pequeño ladrón que solo quería aprovecharse de la pobre e inocente Laira. La llevó en su moto hasta una plaza alejada, bajaron ahí y él le comenzó a gritar que le diera todo lo que tenía, que sino la iba a matar y comenzó a forcejear con ella, sacó un revólver que llevaba escondido en la mochila, pero quedó enganchado de una rama de un árbol y Laira pudo escaparse y comenzar a correr.  Se  frenó en seco al escuchar el disparo del arma de fuego, esperaba que la  bala llegara a su cuerpo… al ver que no pasaba nada, se dio vuelta, y vio que su amigo de toda la vida, Noah, llegó a tiempo para salvarla, como había hecho siempre, cada vez que ella iba desconsolada porque la había dejado su novio, o porque no le salía un dibujito de plástica.  El chico que siempre dijo que iba a estar para ella, y que ella había tratado como una  basura, se había interpuesto entre el arma y ella, y él había recibido la bala que desde que salió del arma estaba dirigida a ella, su amigo de toda la vida, estaba ahí, tirado en el piso con un disparo en el pecho, el que le había sido  siempre sincero, incluso para decirle que la amaba, sabiendo que ella no creía en el amor entre amigos, el amigo que ella misma había dejado solo, abandonado como algo viejo que no sirvía. Se decía a gritos que si ella no hubiese hecho todo lo que hizo durante este último año, nada de esto hubiese pasado. Se acercó a duras penas hacia donde estaba Noah, apenas consciente. Lo miró y se dio cuenta de algo, demasiado tarde. Su “hombre ideal”, el que siempre había buscado, estaba ahí, a su lado, lo amaba con todas sus fuerzas. Siempre lo había tenido con ella, y ahí estaba, muerto en sus brazos. Su hombre ideal había dado su vida por ella. Su hombre ideal tenía recién tatuado en su brazo, la imagen de Bob Esponja que tenía en la mochila que compró el día que se conocieron.
Luego de tanto buscarlo, Laira había encontrado a su hombre ideal, en el mismo momento en que lo perdió.