sábado, 9 de abril de 2016

Dios ve la verdad pero no la dice cuando quiere Por León Tolstoi

En la ciudad de Vladimir vivía un joven comerciante, llamado Aksenov. Tenía tres tiendas y una casa. Era un hombre apuesto, de cabellos rizados. Tenía un carácter muy alegre y se le consideraba como el primer cantor de la ciudad. En sus años mozos había bebido mucho, y cuando se emborrachaba, solía alborotar. Pero desde que se había casado, no bebía casi nunca y era muy raro verlo borracho.
Un día, Aksenov iba a ir a una fiesta de Nijni. Al despedirse de su mujer, ésta le dijo:
–Ivan Dimitrievich: no vayas. He tenido un mal sueño relacionado contigo.
–¿Es que temes que me vaya de juerga? –replicó Aksenov, echándose a reír.
–No sé lo que temo. Pero he tenido un mal sueño. Soñé que venías de la ciudad; y, en cuanto te quitaste el gorro, vi que tenías el pelo blanco.
–Eso significa abundancia. Si logro hacer un buen negocio, te traeré buenos regalos.
Tras de esto, Aksenov se despidió de su familia y se fue. Cuando hubo recorrido la mitad del camino, se encontró con un comerciante conocido, y ambos se detuvieron para pernoctar. Después de tomar el té, fueron a acostarse, en dos habitaciones contiguas. Aksenov no solía dormir mucho; se despertó cuando aún era de noche y, para hacer el viaje
con la fresca, llamó al cochero y le ordenó enganchar los caballos. Después, arregló las cuentas con el posadero y se fue. Ya había dejado atrás cuarenta verstas, cuando se detuvo para dar pienso a los caballos; descansó un rato en el zaguán de la posada y, a la hora de comer, pidió un samovar. Luego sacó la guitarra y empezó a tocar. Pero de pronto llegó un troika con cascabeles. Se apearon de ella dos soldados y un oficial, que se acercó a Aksenov y le preguntó quién era y de dónde venía. Este respondió la verdad a todas las preguntas, y hasta invitó a su interlocutor a tomar una taza de té. Pero él continuó haciendo preguntas. ¿Dónde había pasado aquella noche? ¿Había dormido sólo o con algún compañero? ¿Había visto a éste de madrugada? ¿Por qué se había marchado tan temprano de la posada? Aksenov se sorprendió de que le preguntan todo aquello.
–¿Por qué me interroga? –inquirió a su vez–. No soy ningún ladrón, ni tampoco un bandido. Mi viaje se debe a unos asuntos particulares.
–Soy jefe de policía y te pregunto todo esto porque encontraron degollado al comerciante con el que pasaste la noche – replicó el oficial–: quiero ver tus cosas –añadió después de llamar a los soldados y de ordenarles que lo registraran de arriba abajo.
Entraron en la posada y revolvieron las cosas de la maleta y del saco de viaje de Aksenov.
De pronto, el jefe de policía encontró un cuchillo en el saco.
–¿De quién es esto? –exclamó.
Aksenov se horrorizó al ver que habían sacado un cuchillo ensangrentado de sus cosas.
–¿Por qué está manchado de sangre? –preguntó el jefe de policía.
Aksenov apenas pudo balbucir lo siguiente:
–Yo… yo no sé… yo… este cu… no es mío…
–De madrugada han encontrado al comerciante, degollado en su cama. La pieza donde habéis pernoctado estaba cerrada por dentro y nadie ha entrado en ella, salvo vosotros dos.
Este cuchillo ensangrentado estaba entre tus cosas y, además, por tu cara, se ve que eres culpable. Dime cómo le has matado y qué cantidad de dinero le quitaste.
Aksenov juró que no había cometido ese crimen; que no había vuelto a ver al comerciante,
después de haber tomado el té con él: que los ocho mil rublos que llevaba eran de su propiedad y que el cuchillo no lo pertenecía. Pero, al decir esto, se le quebraba la voz, estaba pálido y temblaba, de pies a cabeza, como un culpable.
El jefe de policía ordenó a los soldados que ataran a Aksenov y lo llevaran a la troika.
Cuando lo arrojaron en el vehículo con los pies atados, se persignó y se echó a llorar. Le quitaron todas las cosas y el dinero, y le encerraron en la cárcel de la ciudad más cercana.
Pidieron informes de Aksenov en la ciudad de Vladimir. Tanto los comerciantes, como la demás gente de la ciudad, dijeron que, aunque de mozo se había dado a la bebida, era un hombre bueno.
Juzgaron a Aksenov por haber matado a un comerciante de Riazan y por haberle robado veinte mil rublos. Su mujer estaba pre ocupadísima y no sabía ni qué pensar. Sus hijos eran de corta edad, y el más pequeño, de pecho. Se dirigió con todos ellos a la ciudad en que Aksenov se hallaba detenido. Al principio, no le permitieron verlo; pero, tras muchas súplicas, los jefes de la prisión lo llevaron a su presencia. Al verlo vestido de presidiario y encadenado, la pobre mujer se desplomó y tardó mucho en recobrarse. Después, con los niños en torno suyo, se sentó junto a él, lo puso al tanto de los pormenores de la casa y le hizo algunas preguntas.
Aksenov relató a su vez, con todo detalle, lo que le había ocurrido.
–¿Qué pasará ahora? –preguntó la mujer.
–Hay que pedir clemencia al zar. No es posible que perezca un hombre inocente.
La mujer le explicó que había hecho una instancia; pero que no había llegado a manos del zar.
–No en vano soñé que se te había vuelto el pelo blanco, ¿te acuerdas? Has encanecido de verdad. No debiste hacer ese viaje exclamó ella; y, luego, acariciando la cabeza de su marido, añadió–: Mi querido Vania, dime la verdad, ¿fuiste tú?
–¿Eres capaz de pensar que he sido yo? –exclamó Aksenov; y, cubriéndose la cara con las manos, rompió a llorar.
Al cabo de un rato, un soldado ordenó a la mujer y a los hijos de Aksenov que se fueran.
Esta fue la última vez que Aksenov vio a su familia.
Posteriormente, recordó la conversación que había sostenido con su mujer y que también ella había sospechado de él, y se dijo: «Por lo visto, nadie, excepto Dios, puede saber la verdad. Sólo a El hay que rogarle y sólo de El esperar misericordia». Desde entonces, dejó de presentar solicitudes y de tener esperanzas. Se limitó a rogar a Dios.
Le condenaron a ser azotado y a trabajos forzados. Cuando le cicatrizaron las heridas de la paliza, fue deportado a Siberia en compañía de otros presos.
Vivió veintiséis años en Siberia; los cabellos se le tornaron blancos como la nieve y le creció una larga barba, rala y canosa. Su alegría se disipó por completo. Andaba lentamente y muy encorvado; y hablaba poco. Nunca reía, y, a menudo, rogaba a Dios.
En el cautiverio aprendió a hacer botas: y, con el dinero que ganó en su nuevo oficio, compró el libro de los Mártires, que solía leer cuando había luz en su celda. Los días festivos iba a la iglesia de la prisión, leía el Libro de los Apóstoles y cantaba en el coro. Su voz se había conservado bastante bien. Los jefes de la prisión querían a Aksenov por su carácter tranquilo. Sus compañeros le llamaban «abuelito» y «hombre de Dios». Cuando querían pedir algo a los jefes, lo mandaban como representante y, si surgía alguna pelea entre ellos, acudían a él para que pusiera paz.
Aksenov no recibía cartas de su casa e ignoraba si su mujer y sus hijos vivían.
Un día trajeron a unos prisioneros nuevos a Siberia. Por la noche, todos se reunieron en torno a ellos y los preguntaron de dónde venían y cuál era el motivo de su condena. Aksenov acudió también junto a los nuevos prisioneros y, con la cabeza inclinada, escuchó lo que decían. Uno de los recién llegados era un viejo, bien plantado, de unos sesenta años, que llevaba una barba corta entrecana. Contó porqué le habían detenido.
–Amigos míos, me encuentro aquí sin haber cometido ningún delito. Un día desaté el caballo de un trineo y me acusaron de haberlo robado. Expliqué que había hecho aquello porque tenía prisa en llegar a determinado lugar. Además, el cochero era amigo mío. No creía haber hecho nada malo sin embargo, me acusaron de robo. En cambio, las autoridades no saben dónde ni cuándo robé de verdad.
Hace tiempo cometí un delito, por el que hubiera debido haber estado aquí. Pero ahora me han condenado injustamente.
–¿De dónde eres? –preguntó uno de los prisioneros.
–De la ciudad de Vladimir. Me dedicaba al comercio. Me llamo Makar Semionovich.
Aksenov preguntó levantando la cabeza:
–¿Has oído hablar allí de los Aksenov?
–¡Claro que sí! Es una familia acomodada, a pesar de que el padre está en Siberia. Debe ser un pecador como nosotros. Y tú, abuelo. ¿Por qué estás aquí?
A Aksenov no le gustaba hablar de su desgracia.
–Hace veinte años que estoy en Siberia a causa de mis pecados –dijo suspirando.
–¿Qué delito has cometido? –preguntó Makar Semionovich.
–Si estoy aquí, será que lo merezco –exclamó Aksenov, poniendo fin a la conversación.
Pero los prisioneros explicaron a Makar Semionovich por qué se encontraba Aksenov en Siberia; una vez que iba de viaje, alguien mató a un comerciante y escondió el cuchillo ensangrentado entre las cosas de Aksenov. Por ese motivo, le habían condenado injustamente.
–¡Qué extraño! ¡Qué extraño! ¡Cómo has envejecido, abuelito! –exclamó Makar Semionovich, después de examinar a Aksenov; y le dio una palmada en las rodillas.
Todos le preguntaron de qué se asombraba y dónde había visto a Aksenov; pero Makar
Semionovich se limitó a decir:
–Es extraño, amigos míos, que nos hayamos tenido que encontrar aquí.
Al oír las palabras de Makar Semionovich, Aksenov pensó que tal vez supiera quién había
matado al comerciante.
–Makar Semionovich: ¿has oído hablar de esto antes de venir aquí? ¿Me has visto en alguna parte? –preguntó.
–El mundo es un pañuelo y todo se sabe. Pero hace mucho tiempo que oí hablar de ello, y ya casi no me acuerdo.
–Tal vez sepas quién mató al comerciante.
–Sin duda ha sido aquel entre cuyas cosas encontraron el cuchillo –replicó Makar Semionovich, echándose a reír–. Incluso si alguien lo metió allí. Cómo no lo han cogido, no le consideran culpable. ¿Cómo iban a esconder el cuchillo en tu saco si lo tenías debajo de la cabeza? Lo habrías notado. Cuando Aksenov oyó esto, pensó que aquel hombre era el criminal. Se puso en pie y se alejó.
Aquella noche no pudo dormir. Le invadió una gran tristeza. Se representó a su mujer, tal como era cuando le acompañó, por última vez, a una feria. La veía como si estuviese ante él; veía su cara y sus ojos y oía sus palabras y su risa. Después se imaginó a sus hijos como eran entonces, pequeños aún, uno vestido con una chaqueta y el otro junto al pecho de su madre. Recordó los tiempos en que fuera joven y alegre; y el día en que hablaba sentado en el porche de la posada, tocando la guitarra, y vinieron a detenerle. Recordó cómo le azotaron y le pareció volver a ver al verdugo, a la gente que estaba alrededor, a los presos… Se le representó toda su vida durante aquellos veintiséis años hasta llegar a viejo. Fue tal su desesperación, al pensar en todo esto, que estuvo a punto de poner fin a su
vida. «Todo lo que me ha ocurrido ha sido por este malhechor», pensó.
Sintió una ira invencible contra Makar Semionovich y quiso vengarse de él, aunque esta
venganza le costase la vida. Pasó toda la noche rezando, pero no logró tranquilizarse. Al día siguiente, no se acercó para nada a Makar Semionovich, y procuró no mirarlo siquiera.
Así transcurrieron dos semanas. Aksenov no podía dormir y era tan grande su  desesperación, que no sabía qué hacer.
Una noche empezó a pasear por la sala. De pronto vio que caía tierra debajo de un catre.
Se detuvo para ver qué era aquello. Súbitamente, Makar Semionovich salió de debajo del catre y miró a Aksenov con expresión de susto. Este quiso alejarse; pero Makar Semionovich, cogiéndole de la mano, le contó que había socavado un paso debajo de los muros y que todos los días, cuando lo llevaban a trabajar, sacaba la tierra metida en las botas.
–Si me guardas el secreto, abuelo, te ayudaré a huir. Si me denuncias, me azotarán; pero tampoco te vas a librar tú, porque te mataré.
Viendo ante sí al hombre que le había hecho tanto daño; Aksenov tembló de pies a cabeza.
Invadido por la ira, se soltó de un tirón y exclamó.
–No tengo por qué huir, ni tampoco tienes por qué matarme; hace mucho que lo hiciste. Y en cuanto a lo que preparas, lo diré o no lo diré, según Dios me de a entender.
Al día siguiente, cuando sacaron a los presos a trabajar, los soldados se dieron cuenta de que Makar Semionovich llevaba tierra en las cañas de las botas. Después de una serie de búsquedas, encontraron el subterráneo que había hecho. Llegó el jefe de la prisión para interrogar a los presos. Todos se negaron a hablar. Los que sabían que era Makar Semionovich, no le delataron, porque le constaba que le azotarían hasta dejarlo medio muerto. Entonces, el jefe de la prisión se dirigió a Aksenov. Sabía que era veraz.
–Abuelo, tú eres un hombre justo. Dime quién ha cavado el subterráneo, como si estuvieras ante Dios.
Makar Semionovich miraba el jefe de la prisión como si tal cosa; no se volvió siquiera hacia Aksenov. A éste le temblaron las manos y los labios. Durante largo rato no pudo pronunciar ni una sola palabra, «¿Por qué no delatarle cuando él me ha perdido? Que pague por todo lo que me ha hecho sufrir. Pero si lo delato, le azotarán. ¿Y si le acuso injustamente? Además, ¿acaso eso aliviaría mi situación?», pensó.
–Anda viejo, dime la verdad: ¿quién ha hecho el subterráneo? –preguntó, de nuevo, el jefe.
–No puedo, excelencia –replicó Aksenov, después de mirar a Makar Semionovich–. Dios no quiere que lo diga; y no lo haré. Puede hacer conmigo lo que quiera. Usted es quien manda.
A pesar de las reiteradas insistencias del jefe, Aksenov no dijo nada más. Y no se enteraron de quién había cavado el subterráneo.
A la noche siguiente, cuando Aksenov se acostó, apenas se hubo dormido, oyó que alguien se había acercado, sentándose a sus pies. Miró y reconoció a Makar Semionovich.
–¿Qué más quieres? ¿Para qué has venido? –exclamó.
Makar Semionovich guardaba silencio.
–¿Qué quieres? ¡Lárgate! Si no te vas, llamaré al soldado –insistió Aksenov, incorporándose.
Makar Semionovich se acerco a Aksenov; y le dijo, en un susurro:
–¡Iván Dimitrievich, perdóname!
–¿Qué tengo que perdonarte?
–Fui yo quien mató al comerciante y quien metió el cuchillo entre tus cosas. Iba a matarte a ti también; pero oí ruido fuera. Entonces oculté el cuchillo en tu saco; y salí por la ventana.
Aksenov no supo qué decir. Makar Semionovich se puso en pie e, inclinándose hasta tocar el suelo, exclamó:
–Iván Dimitrievich, perdóname, ¡perdóname por Dios! Confesaré que maté al comerciante y te pondrán en libertad. Podrás volver a tu casa.
–¡Qué fácil es hablar! ¿Dónde quieres que vaya ahora?… Mi mujer ha muerto, probablemente; y mis hijos me habrán olvidado… No tengo adónde ir…
Sin cambiar de postura, Makar Semionovich golpeaba el suelo con la cabeza repitiendo:
–Iván Dimitrievich, perdóname. Me fue más fácil soportar los azotes, cuando me pegaron, que mirarte en este momento. Por si es poco, te apiadaste de mí y no me has delatado.
¡Perdóname en nombre de Cristo! Perdóname a mí, que soy un malhechor.
Makar Semionovich se echó a llorar. Al oír sus sollozos también Aksenov se deshizo en lágrimas.
–Dios te perdonará; tal vez yo sea cien veces peor que tú –dijo.
Repentinamente un gran bienestar invadió su alma. Dejó de añorar su casa. Ya no sentía deseos de salir de la prisión; sólo esperaba que llegase su último momento.

Makar Semionovich no hizo caso a Aksenov y confesó su crimen. Pero cuando llegó la orden de libertad, Aksenov había muerto ya.

sábado, 2 de abril de 2016

EL HUÉSPED DEL REY

Hubo una vez un rico personaje que era en extremo cruel con los pobres que vivían en sus dominios. Eran éstos sumamente miserables, y el hacendado, que era dueño de todos los terrenos, y utilizaba los servicios de todos los habitantes de la comarca, abonábales salarios muy escasos, y los oprimía por todos los medios a su alcance. Vióse el país asolado por un hambre espantosa, y los pobres acudieron al castillo del señor en demanda de pan; pero aquél no quiso darles ni un mendrugo.
Llegó el caso a conocimiento del rey, e invitó a comer al hacendado rico. No es preciso ponderar el orgullo y alegría de éste al recibir la regia invitación. Mandó enganchar sus mejores caballos al más lujoso de sus carruajes, hizo que se vistiesen sus sirvientes sus trajes más vistosos, y partió para el palacio del rey.
Condújole el monarca al comedor, donde había una mesa preparada para dos, llena de flores y frutas y manjares exquisitos, viéndose numerosos criados dispuestos a servirles.
Presentaron éstos al rey un plato de sopa, y cuando estaba ya a punto de concluirla, sirvieron otro plato igual al hombre rico, pero cuando éste se disponía a llevarse a la boca la primera cucharada, concluyó la suya el rey, y los criados retiraron los platos, de tal suerte que el rico no pudo ni probarla. Trajeron después al rey un nuevo plato, y cuando estaba ya próximo a terminarlo, presentaron otro igual al hacendado; pero antes de que tuviese tiempo de tomar en sus manos el tenedor y el cuchillo, el rey terminó el suyo, y los sirvientes retiraron ambos platos.
De la misma manera le fueron presentando plato -tras plato al monarca, y éste, cada vez que despachaba uno, ponderaba a su huésped cuan sabroso estaba y cuánto le complacía que fuese también de su agrado, lo cual no era obstáculo para que, cada vez que el rico trataba de probar el plato que le había servido un criado, otro se lo quitase de delante. Terminó la comida sin que el rico hubiese logrado probar un solo bocado, ni aun siquiera un mendrugo de pan, pues los sirvientes olvidaron, de propósito, el ponérselo; y sabido es que cuando se come con los reyes no se puede pedir nada.
Lo peor era que el rico estaba muerto de hambre, pues, en extremo atareado en preparar el viaje, nada puso de comer dentro del coche, hallándose en ayunas por completo, y por añadidura, la comida se había prolongado bastante.
Cuando terminó el banquete, condujo el rey a su huésped hasta el vestíbulo de palacio, dióle las buenas noches, e indicóle el larguísimo camino que conducía a su castillo.
El monarca no dijo una palabra del extraño banquete que ofreciera al opulento hacendado, pero éste regresó a su castillo casi extenuado de hambre, y jamás olvidó la lección que, sin pronunciar una sola palabra, hubo de darle el rey. A partir de aquel día mostróse compasivo con los pobres, y fue siempre el fiel amigo de los menesterosos.

TODO SERVICIO PIDE SU PAGA

    Ocupaba el rey Felipe II a Jácome de Trezo en la delicada fabricación de instrumentos científicos, sin que nunca se acordara de pagarle cuarenta ducados que le debía. En estas circunstancias, quiso un día el monarca que le arreglase unos relojes, y le envió a decir que le viese a las tres de la tarde. No fue Jácome aquel día, ni al siguiente, por lo cual, furioso el monarca, ordenó a un criado que fuese por él y se lo trajese de grado o por fuerza. Cumplió puntualmente el encargo el servidor, y cuando el rey vio al artífice, le dijo:
      -¿Qué merecí; el criado que no acude cuando le llama su señor?
      -Pues que se le pague -respondió Jácome, -y se le despida.

POBREZA DE FRANKLIN

      Hallábase un día Benjamín Franklin sin empleo en Boston, y como necesitaba ganarse la vida, echóse a buscar colocación por las imprentas. Viendo que sus tentativas resultaban inútiles, decidió ir a Nueva York; marchó a esta ciudad, pero como tampoco fue más afortunado, se encaminó a Filadelfia. Escaso de recursos hubo de pagar el pasaje remando como marinero, y llegó a Filadelfia sucio, muy cansado y con bastante hambre.
     Compró algunas hogazas de pan; metióse el resto de su equipaje en los bolsillos y con un pan debajo de cada brazo y comiendo otro, hizo su entrada por las calles de Filadelfia, el hombre que más tarde había de ser orgullo de aquella ciudad y célebre en todo el mundo.
     Al pasar por cierta calle, la señorita Read, viendo la triste figura del mozo, se rió mucho de él. Años después, la misma señorita que así se había burlado del desarrapado mancebo, vino a casarse con él, cuando, habiendo triunfado de la adversidad, su nombre se pronunciaba en todas partes con respeto y admiración. Estando un día los dos esposos platicando en la intimidad, salió a relucir el incidente; y aunque uno y otro lo celebraban con risas y humoradas, el hecho no dejó de impresionar hondamente a la señora, que lo refirió con frecuencia como ejemplo que enseña a no maltratar con burlas, risas o desprecios a las personas de aspecto pobre y humilde, las cuales, aun cuando no posean secretas virtudes, deben merecernos siempre consideración y respeto.

DOS POESÍAS HUMORÍSTICAS

UN VIEJO Y UN LABRADOR

Un viejo a un labrador
Díjole con cara adusta:
 -¡Pasto al mulo, y del mejor!
Y él contestó:—Sí, señor;
Tengo del que a usted le gusta.



PROPOSICIÓN DE UN GASTRÓNOMO

Para poderse comer
Un pichón a cualquier hora
-Decía Bruno a Isidora
- Dos al menos deben ser.
-¿Para tan parca ración
No es muy bastante con uno?
-Dos deben ser—dijo Bruno:
- El que come y el pichón.

UNA NOCHE Por Juan Ramón Jiménez

Las antiguas arañas melodiosas, temblaban
Maravillosamente sobre las mustias flores...
Sus cristales, heridos por la luna, soñaban
Guirnaldas temblorosas de pálidos colores...
Estaban los balcones abiertos al Sur...
Era
Una noche inmortal, serena y transparente. ..
De los campos lejanos,, la nueva primavera
Mandaba, con la brisa, su aliento dulcemente...
¡Qué silencio!   Las penas ahogaban su ruido
De espectros en las  rosas vagas de las alfombras...
El amor no existía... tornaba del olvido
Una ronda infinita de trastornadas sombras...
Todo  lo   era  el  jardín... Morían  las ciudades...
Las estrellas azules, con la vana indolencia
De haber visto los duelos de todas las edades,
Coronaban de plata mi nostalgia y mi ausencia...

PEREGRINO DE LA VIDA Por Rafael Serrano Ruiz

¿Que puede esperar,
peregrino de la vida,
cuando todo ha pasado?

Sólo queda esperar...
sin esperanza
La juventud se fue,
lo que le queda....
un cuerpo ajado

Siente por lo que es; pesar
y en su engaño...
como si fuera el pasado
de nuevo volver a amar;
sentirse amado.

Que todo vuelva a empezar,
pero su tiempo ha pasado.
Quiere de nuevo gozar;
joven, fuerte, enamorado;
de la vida disfrutar

Soñando entre el gozar y el gozado,
el amar y el amado;
su cuerpo se siente
en la realidad del presente
preso del tiempo; encadenado,