Joan, es un humilde pescador, no muy agraciado, hombre solitario, para el solo existe su barca y la pesca que es su sustento y mantenimiento diario, poca cosa necesita para vivir
Como cada día, al empezar a esconderse el sol en el horizonte, pone su barca en movimiento adentrándose en la cada ve más oscura aguas, hoy la luna esta escondida entre unos negros nubarrones, y el cielo amenaza tormenta, al fondo los rayos dan luces fantasmagóricas a las ondulaciones del mar.
Busca su lugar para realizar su tarea, pero ya esta ocupado, alguien acudió mas pronto y le quito su sitio preferido, de mal humor se adentra mucho mas en esta inmensa porción de agua, hasta encontrar un sitio adecuado. Mientras prepara sus redes, oye en el silencio solo quebrado por el murmullo de las olas, un canto de gran belleza, que hace que su pensamiento se sienta transportado a un idílico lugar.
Cada vez el hermoso canto, lo nota mas cerca, tanto es así que nota que una húmeda mano se posa encima de la suya, asustado la retira con premura , aun siendo hombre valeroso, ha sentido cierto miedo por el contacto Pero algo calma su desasosiego, es una dulce voz, que le esta embriagando los sentidos, se gira y allí esta la criatura mas hermosa que pueda un hombre soñar, con una sonrisa que ni los mismos Ángeles pueden imitar, le tiende sus brazos, no puede resistir la tentación y en ellos se acoge, que instante mas glorioso, el que nunca a tenido una mujer en su pecho Al momento todo se convierte en oscuridad, se siente arrastrado hacia el liquido elemento, cada vez se hunde mas en las profundidades marinas , no puede respirar , le falta el aire y su boca ansiosa se abre para engullir el agua del mar Se da cuenta que la persona tan bella que habían contemplado sus ojos se esta transformando en un ser espantoso y aun dentro de agua oye su siniestra risa , y sin fuerza para desligarse del fatal abrazo, nota que las pocas fuerzas que le quedaban van abandonándole, hasta que nada ve ni nada oye
Al día siguiente, vuelven las barcas, con sus redes llenas de pescado, los marineros están contento ha sido una buena pesca, pero hay una barca que muy lentamente arrastrada por la corriente matutina, va aproximándose a la orilla, nadie la gobierna, nadie la guía, nadie hay en su interior
Es la barca de Joan
¡Bienvenidos! Este blog de literatura está abierto a todo tipo de lectores. Quienes lo hacemos no tenemos otra motivación que el de compartir la lectura de las obras de escritores de todos los tiempos, así como también las de aquellos que se inician y también merecen difusión.
sábado, 26 de noviembre de 2016
Pan de la memoria Por Guillermo Pilia
He dejado a mis padres
en esa casa que fue alguna vez
del tamaño del mundo. Hay allí,
bajo esos zócalos, en cada grieta
de sus lajas, un tiempo en su sepulcro;
allí una hierba fina va creciendo
como la cabellera de los muertos.
Estos pocos recuerdos son mis únicas
certezas por ahora. Y la infancia
como una espina de naranjo verde
es una extensa mañana de lluvia;
es un agua metálica y humilde
que hervía en grandes ollas
y el perfume del apio y del arroz,
del perejil y la albahaca. Más tarde
yo iría a revolver en los roperos
sin saber que otras vidas más profundas
perduraban detrás de las maderas.
Acaso no existía diferencia
entre el sueño y la vigilia, entre un lado
y el otro del espejo, del armario
aquel en que un abuelo silencioso,
embutido entre los sacos decrépitos,
sonriente descansaba. No sabía
entonces lo que vive o sobrevive
debajo de las lajas y los zócalos,
ni el destino del pelo y de las uñas;
hoy hablo claro está de aquellos años
en los que nunca sentía el temor
de vivir con las sombras, tan distantes
de otros que llegarían a traer
gota a gota la piedad y la pena.
¿Por qué será que ahora
casi nunca se despierta feliz
quien soñó con sus muertos?
Sólo tras muchos viajes por mi sangre
volvería a esos cuartos para hurgar
entre los sueños y entre los roperos,
igual que cuando era aquella casa
del tamaño del mundo. Hoy comprendo
que todo ese mosaico de vivencias
tuvo encaje y sentido en aquel tiempo:
las perchas, las cigarras, las sombrillas,
las cuentas de un collar, las flores rojas
que veía al despertar de la siesta.
Y el olor de la harina humedecida
con que se amasa el pan de la memoria.
en esa casa que fue alguna vez
del tamaño del mundo. Hay allí,
bajo esos zócalos, en cada grieta
de sus lajas, un tiempo en su sepulcro;
allí una hierba fina va creciendo
como la cabellera de los muertos.
Estos pocos recuerdos son mis únicas
certezas por ahora. Y la infancia
como una espina de naranjo verde
es una extensa mañana de lluvia;
es un agua metálica y humilde
que hervía en grandes ollas
y el perfume del apio y del arroz,
del perejil y la albahaca. Más tarde
yo iría a revolver en los roperos
sin saber que otras vidas más profundas
perduraban detrás de las maderas.
Acaso no existía diferencia
entre el sueño y la vigilia, entre un lado
y el otro del espejo, del armario
aquel en que un abuelo silencioso,
embutido entre los sacos decrépitos,
sonriente descansaba. No sabía
entonces lo que vive o sobrevive
debajo de las lajas y los zócalos,
ni el destino del pelo y de las uñas;
hoy hablo claro está de aquellos años
en los que nunca sentía el temor
de vivir con las sombras, tan distantes
de otros que llegarían a traer
gota a gota la piedad y la pena.
¿Por qué será que ahora
casi nunca se despierta feliz
quien soñó con sus muertos?
Sólo tras muchos viajes por mi sangre
volvería a esos cuartos para hurgar
entre los sueños y entre los roperos,
igual que cuando era aquella casa
del tamaño del mundo. Hoy comprendo
que todo ese mosaico de vivencias
tuvo encaje y sentido en aquel tiempo:
las perchas, las cigarras, las sombrillas,
las cuentas de un collar, las flores rojas
que veía al despertar de la siesta.
Y el olor de la harina humedecida
con que se amasa el pan de la memoria.
Más allá de las tierras del sueño Por Ezequiel Feito
Hay un momento, y sólo uno;
un instante, y sólo uno
donde la tierra que pisas se vuelve infinita
y descubres que es mentira el horizonte.
Y no sabes si estás en el cielo o en la tierra;
o si estás vivo o muerto.
Tu cuerpo se ha vuelto sólo un ojo
que escudriña la profundidad del espacio.
donde navegan tus pensamientos, como coloridas naves,
y el silencio y tú son uno
con la tierra y el cielo.
Hay un momento, y sólo uno...
¡Y has escapado bien del cazador, quienquiera que seas!
Has vuelto a la tierra. Tus pies
elevan nuevamente tu cuerpo y tu sombra
ha regresado y fielmente te acompaña,
mientras vuelve a nacer el universo.
un instante, y sólo uno
donde la tierra que pisas se vuelve infinita
y descubres que es mentira el horizonte.
Y no sabes si estás en el cielo o en la tierra;
o si estás vivo o muerto.
Tu cuerpo se ha vuelto sólo un ojo
que escudriña la profundidad del espacio.
donde navegan tus pensamientos, como coloridas naves,
y el silencio y tú son uno
con la tierra y el cielo.
Hay un momento, y sólo uno...
¡Y has escapado bien del cazador, quienquiera que seas!
Has vuelto a la tierra. Tus pies
elevan nuevamente tu cuerpo y tu sombra
ha regresado y fielmente te acompaña,
mientras vuelve a nacer el universo.
Cuando llueve Por Victor Kartsch- Xavier Coderch
Cuando llueve,
las corolas se vuelven delicadas,
y las gotas cristal frágil,
en la rogatoria del tiempo.-
Cuando llueve,
tú te desperezas en mis brazos,
y añoras que los sueños vuelvan,
para que la noche sea intensa,
tan intensa como la hoguera,
que hiere la penumbra,
en esos chispazos de luz,
que se desvanece en la distancia.-
Cuando llueve,
tú encantas con la sonrisa delicada,
y la fragancia sutil,
que se filtra en la piel,
cuando me rozas apenas perceptible,
en el romance inmemorial,
que seduce y marca con misterios,
esos instantes,
que únicos se hacen pasión,
en el verso y en la melodía.-
Cuando llueve,
el amor se hace sinfonía,
se hace eco leve,
en el estallido de las gotas,
que besan el cristal,
en la frágil locura del amor.
las corolas se vuelven delicadas,
y las gotas cristal frágil,
en la rogatoria del tiempo.-
Cuando llueve,
tú te desperezas en mis brazos,
y añoras que los sueños vuelvan,
para que la noche sea intensa,
tan intensa como la hoguera,
que hiere la penumbra,
en esos chispazos de luz,
que se desvanece en la distancia.-
Cuando llueve,
tú encantas con la sonrisa delicada,
y la fragancia sutil,
que se filtra en la piel,
cuando me rozas apenas perceptible,
en el romance inmemorial,
que seduce y marca con misterios,
esos instantes,
que únicos se hacen pasión,
en el verso y en la melodía.-
Cuando llueve,
el amor se hace sinfonía,
se hace eco leve,
en el estallido de las gotas,
que besan el cristal,
en la frágil locura del amor.
Pasillos Por Egle Frattoni
Calles zigzagueantes
entre chapas y maderas
tan pequeñas
tan angostas
tan plenas de penurias.
Pies descalzos,
Intemporales,
sueños rotos en pasillos sin fin,
inalcanzables más allá del alambre tejido
que marca límites
entre el gourmet
y el choripán callejero.
Pasillo calle.
Pasillo zanja.
Pasillo espera.
Toda la villa en un pasillo.
entre chapas y maderas
tan pequeñas
tan angostas
tan plenas de penurias.
Pies descalzos,
Intemporales,
sueños rotos en pasillos sin fin,
inalcanzables más allá del alambre tejido
que marca límites
entre el gourmet
y el choripán callejero.
Pasillo calle.
Pasillo zanja.
Pasillo espera.
Toda la villa en un pasillo.
Tan cerca de la hermosura Por Clotilde Román-España
Frente a frente, ante tus ojos,
tan bello mirar deslumbra
dejando fuga entre vidrios
de tu luz que me vislumbra.
Desde lejano universo
alado tu sol me alumbra
que entre ráfagas yo siento
mentida ilusión nocturna.
Paso en la noche mi tiempo
porque el amarte no hay duda
y en mi callejuela oscura
fulgor con ardor me turba.
¿Cómo se corta distancia
cuando corazón escucha,
cuando tan cerca del alma
tu dulce voz me retumba?
Que repitiendo cercano
mis ojos y voz te buscan
y entre marismas con luna
mi corazón se apresura.
¡Venid y rondar mi calle
que en negra y basta espesura
hasta hoy nadie me mantuvo
tan cerca de la hermosura!
tan bello mirar deslumbra
dejando fuga entre vidrios
de tu luz que me vislumbra.
Desde lejano universo
alado tu sol me alumbra
que entre ráfagas yo siento
mentida ilusión nocturna.
Paso en la noche mi tiempo
porque el amarte no hay duda
y en mi callejuela oscura
fulgor con ardor me turba.
¿Cómo se corta distancia
cuando corazón escucha,
cuando tan cerca del alma
tu dulce voz me retumba?
Que repitiendo cercano
mis ojos y voz te buscan
y entre marismas con luna
mi corazón se apresura.
¡Venid y rondar mi calle
que en negra y basta espesura
hasta hoy nadie me mantuvo
tan cerca de la hermosura!
sábado, 19 de noviembre de 2016
El pez remoto por Héctor Fuentes
"El verano es para estar en el agua".
Eso fue lo que dijo el vendedor de la pileta. "Usted la arma en un periquete", me aseguró. "Siga las instrucciones del manual", volvió a indicarme señalando el papel que sobresalía de la caja. "Siempre en el sentido de las agujas del reloj".
Cargué la caja en el baúl del auto, y me fui convencido de que había hecho una buena compra.
Después de almorzar, decidimos poner manos a la obra. Andrea me ayudó a desembalar la caja. Toda mi vida había estado hipnotizado por su hermosura. Hacía años que estábamos juntos, y sin embargo, un rayo inquietante seguía relampagueando entre nosotros. El brillo de su mirada seguía interpelándome. Como si aquellos ojos adivinaran el reverso, la zona oscura, lo inexplicable.
Sus manos blanquísimas empezaron a ensamblar caños y plásticos valiéndose de las directrices del instructivo. Junto a la prepotencia de mi fuerza bruta, elevamos la lona a la altura de la cintura, y pronto estuvimos listos para conectar la manguera y dejar correr el agua.
De a poco el nivel fue creciendo, hasta que los pies empezaron a chapotear y la barriga de la pileta asomó su hinchazón. El agua ocupó todo el espacio, y quedé sumergido en un pequeño lago artificial. ¿Qué más podía pedir?
Comencé a relajarme. El vaivén del agua me bamboleaba suavemente. Con el rabillo del ojo observaba la cúpula del cielo. Un avión a chorro cortaba el azul perfecto manchándolo con su flagrante espuma. Después, una bandada de pájaros se dispersaba en puntitos negros, hasta perderse sobre el umbral del horizonte. Los ojos se me iban cerrando. Entonces jugaba a mirar entredormido.
De pronto creí escuchar la voz de Andrea, y luego vi sus hombros temblando contra la toalla. Ahora un aire fresco mecía apenas el agua, y se movía como un espejo ondulante. La tarde caía y el sol era un punto naranja; una cáscara quemada por los restos del día.
El aleteo casi inaudible de una abeja se pegó contra el cristal del agua. Abrí los ojos sobresaltado y seguí entusiasmado su danza concéntrica, los aros que se rompían como humo. Admiré el acabado de las alas, su pedacito de cuerpo suspendido en la trampa. Al cabo de un instante, ahuequé la mano y la arrojé fuera del agua. En el aire recobró la vida, y ascendió impetuosa sobre la cresta de los árboles.
Ahora un colibrí picotea el árbol de las campanitas. Su cuerpo tornasolado se queda paralizado en el pozo del aire. Impulsado por su pico ebrio, se mueve entre las hojas. Busca el néctar, el corazón de las flores. Bebe y se desplaza. Avanza y retrocede.
color que busca se le niega y entonces emprende la retirada. Ya nada queda de aquel poeta de las plantas. Sólo un zumbido brumoso. Un lejano repiquetear de alas.
Caigo en el sueño como alguien que se resbala. La modorra se mete por las uñas y me vence los ojos. Sube el caracol de sueño la pared descascarada.
Soy la pantalla donde la película se proyecta. El habitante de un solar, de un rectángulo abierto sobre la faz de la tierra.
Mi cabeza oscila y la función empieza.
El chillido de la radio; vuela la tarde. Mi vecino sintoniza la spika comulgando con el fútbol. Tiene la costumbre de sentarse en la reposera y atropellar el aire con el estruendo del partido. Logra despertarme.
La luz cae sobre el agua como pájaro muerto. Pega su hachazo de lumbre sobre la línea plomiza. En el parpadeo vislumbro una aleta donde emerge mi mano. Estoy soñando, supongo. Y la aleta desaparece. Hundo los remos y mi balsa recomienza. Entonces el sueño cruza la orilla. La frontera se borra y toda la música se abisma. En el caos primigenio se cifra la vida. Los soles en ronda, la luna dormida.
Confusos aullidos me llegan desde lejos. La esfera celeste invierte los mapas y el paisaje cambia.
Ruidos e imágenes se suceden con vértigo: un hacha de piedra, la quilla de un barco, ciudades en llamas, la primera rueda.
El espiral se retuerce como una serpiente y alumbra períodos de esplendor y de muerte. Todo pasa en un segundo con la velocidad de un trueno.
Intento mover las piernas, pero en su lugar, una cola fantástica se propulsa y flamea.
Siento el cuerpo liviano. El hielo en la sangre. La piel que se rompe en infinitas escamas.
Me desplazo como pez en el agua.
En el cielo inmenso un pájaro extinto despliega sus alas.
Eso fue lo que dijo el vendedor de la pileta. "Usted la arma en un periquete", me aseguró. "Siga las instrucciones del manual", volvió a indicarme señalando el papel que sobresalía de la caja. "Siempre en el sentido de las agujas del reloj".
Cargué la caja en el baúl del auto, y me fui convencido de que había hecho una buena compra.
Después de almorzar, decidimos poner manos a la obra. Andrea me ayudó a desembalar la caja. Toda mi vida había estado hipnotizado por su hermosura. Hacía años que estábamos juntos, y sin embargo, un rayo inquietante seguía relampagueando entre nosotros. El brillo de su mirada seguía interpelándome. Como si aquellos ojos adivinaran el reverso, la zona oscura, lo inexplicable.
Sus manos blanquísimas empezaron a ensamblar caños y plásticos valiéndose de las directrices del instructivo. Junto a la prepotencia de mi fuerza bruta, elevamos la lona a la altura de la cintura, y pronto estuvimos listos para conectar la manguera y dejar correr el agua.
De a poco el nivel fue creciendo, hasta que los pies empezaron a chapotear y la barriga de la pileta asomó su hinchazón. El agua ocupó todo el espacio, y quedé sumergido en un pequeño lago artificial. ¿Qué más podía pedir?
Comencé a relajarme. El vaivén del agua me bamboleaba suavemente. Con el rabillo del ojo observaba la cúpula del cielo. Un avión a chorro cortaba el azul perfecto manchándolo con su flagrante espuma. Después, una bandada de pájaros se dispersaba en puntitos negros, hasta perderse sobre el umbral del horizonte. Los ojos se me iban cerrando. Entonces jugaba a mirar entredormido.
De pronto creí escuchar la voz de Andrea, y luego vi sus hombros temblando contra la toalla. Ahora un aire fresco mecía apenas el agua, y se movía como un espejo ondulante. La tarde caía y el sol era un punto naranja; una cáscara quemada por los restos del día.
El aleteo casi inaudible de una abeja se pegó contra el cristal del agua. Abrí los ojos sobresaltado y seguí entusiasmado su danza concéntrica, los aros que se rompían como humo. Admiré el acabado de las alas, su pedacito de cuerpo suspendido en la trampa. Al cabo de un instante, ahuequé la mano y la arrojé fuera del agua. En el aire recobró la vida, y ascendió impetuosa sobre la cresta de los árboles.
Ahora un colibrí picotea el árbol de las campanitas. Su cuerpo tornasolado se queda paralizado en el pozo del aire. Impulsado por su pico ebrio, se mueve entre las hojas. Busca el néctar, el corazón de las flores. Bebe y se desplaza. Avanza y retrocede.
color que busca se le niega y entonces emprende la retirada. Ya nada queda de aquel poeta de las plantas. Sólo un zumbido brumoso. Un lejano repiquetear de alas.
Caigo en el sueño como alguien que se resbala. La modorra se mete por las uñas y me vence los ojos. Sube el caracol de sueño la pared descascarada.
Soy la pantalla donde la película se proyecta. El habitante de un solar, de un rectángulo abierto sobre la faz de la tierra.
Mi cabeza oscila y la función empieza.
El chillido de la radio; vuela la tarde. Mi vecino sintoniza la spika comulgando con el fútbol. Tiene la costumbre de sentarse en la reposera y atropellar el aire con el estruendo del partido. Logra despertarme.
La luz cae sobre el agua como pájaro muerto. Pega su hachazo de lumbre sobre la línea plomiza. En el parpadeo vislumbro una aleta donde emerge mi mano. Estoy soñando, supongo. Y la aleta desaparece. Hundo los remos y mi balsa recomienza. Entonces el sueño cruza la orilla. La frontera se borra y toda la música se abisma. En el caos primigenio se cifra la vida. Los soles en ronda, la luna dormida.
Confusos aullidos me llegan desde lejos. La esfera celeste invierte los mapas y el paisaje cambia.
Ruidos e imágenes se suceden con vértigo: un hacha de piedra, la quilla de un barco, ciudades en llamas, la primera rueda.
El espiral se retuerce como una serpiente y alumbra períodos de esplendor y de muerte. Todo pasa en un segundo con la velocidad de un trueno.
Intento mover las piernas, pero en su lugar, una cola fantástica se propulsa y flamea.
Siento el cuerpo liviano. El hielo en la sangre. La piel que se rompe en infinitas escamas.
Me desplazo como pez en el agua.
En el cielo inmenso un pájaro extinto despliega sus alas.
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