Había una vez una pequeña niña llamada Cindy, de nueve años, que pensaba que no era necesario esforzarse por conseguir las cosas y se rendía fácilmente ante un problema, sin intentar resolverlo otra vez. Sus padres hablaban mucho con ella y siempre la aconsejaban sobre qué importante es intentar siempre de nuevo, tener esperanzas y buscar soluciones, para los problemas propios y para los de los demás si podemos.
Un día, volvía de regreso a su casa, desde la escuela, cuando de repente vio que un pequeño se soltaba de la mano de su mamá dirigiéndose hacia la calle, justo cuando un auto cruzaba a toda velocidad. Cindy recordó en un segundo todo lo que sus padres le habían dicho y, sin contar el riesgo, corrió rápidamente, tomando al niño de la mano, trayéndolo hacia la vereda. Al hacerlo, no se dio cuenta que fue ella la que quedó frente al peligro y el auto, sin poder evitarlo, golpeó contra su cuerpo, dejándola en el suelo, gravemente herida.
La madre del pequeño, tomó a su hijo e inmediatamente llamó a una ambulancia, y luego a los padres de Cindy, porque su teléfono, estaba en el cuaderno de la escuela.
Al llegar al hospital, los médicos trabajaron durante varias horas tratando de que Cindy mejorara, pero por el golpe tenía daños internos y había perdido mucha sangre. Necesitaban hacerle una transfusión de forma inmediata o correría peligro su vida.
Cuando los médicos hablaron con los padres de Cindy, ellos se quedaron muy preocupados porque la niña tenía un tipo de sangre que no era muy común ni fácil de conseguir y la necesitaban urgente.
Los padres de Cindy fueron a los medios y pedían por diarios, radios y televisión por favor que alguien se acercara a donar sangre para su hija. Mientras tanto Cindy se debilitaba cada día más. Una mañana, cuando sus padres habían perdido casi ya toda esperanza, Cindy les dijo con apenas un poco de voz que le quedaba:
- Mamá…papá…ustedes siempre me enseñaron que hay que luchar y nunca hay que rendirse ante los problemas…tengan fe…yo siento que pronto llegará la ayuda y volveremos a estar juntos en casa. No pierdan las esperanzas por favor.- y las lágrimas rodaban por sus mejillas.
Los padres ahora sabían que su hija había aprendido el valor de la esperanza y era ella la que en estos momentos los estaba alentando…
Esa misma tarde, cuando avisaron que Cindy estaba más grave y hasta los médicos ya no sabían qué hacer, llegaron al hospital diez donantes con el mismo tipo de sangre de Cindy. Inmediatamente, los médicos prepararon todo y a la media hora ya estaban realizando la transfusión de sangre.
Una semana después, Cindy ya estaba mucho mejor y hablando con sus padres, les agradecía que siempre hablaran con ella y le dijeran lo importante que era tener esperanza y pensar que los problemas pueden solucionarse si uno piensa en positivo. Que nunca hay que rendirse ante las dificultades y que ella siempre iba a tratar de ser mejor y ayudar a los demás Sus padres la abrazaron muy fuerte y se sintieron muy orgullosos de su hija.
Sabían que Cindy se convertiría en una excelente persona.
¡Bienvenidos! Este blog de literatura está abierto a todo tipo de lectores. Quienes lo hacemos no tenemos otra motivación que el de compartir la lectura de las obras de escritores de todos los tiempos, así como también las de aquellos que se inician y también merecen difusión.
domingo, 5 de febrero de 2017
La carta perdida (Cuento de “El pez remoto”) Por Héctor Fuentes
"Todos los fuegos, el fuego", de Julio Cortázar, dijo con voz impaciente Alberto Lagos. La bibliotecaria buscó el libro en la computadora y le pidió a Alberto el número de socio. Luego se retiró hacia los estantes para volver con el libro solicitado. Concluido el procedimiento el muchacho se marchó a su casa.
El día elegido para la lectura había sido un Viernes, "nada mejor que desplomarse en el sillón del living y disfrutar de un buen libro", se dijo en voz alta Alberto. Y parecía que en verdad todo estaba en orden: el trabajo esperaría hasta el Lunes; las compras ya estaban hechas y la mujer que se encargaba de la limpieza había dejado todo en su perfecto lugar. Luego de cenar, decidió abrir el libro. Y allí algo estaba fuera de lugar. Lo notó porque el espesor de las páginas desentonaba con una especie de apéndice misterioso que nada tenía que ver con la constitución del libro. Lo batió con curiosidad hasta que algo saltó al suelo. Primero lo miró con asombro, pero después pensó que el lector anterior había olvidado seguramente un señalador. Aunque eso era otra cosa, se trataba de una carta. No tuvo más remedio que abrirla y empezar a leerla:
"No estoy dispuesta a soportar mas tus maltratos, prefiero morir en un instante antes que sufrir al lado tuyo toda la vida".
Los trazos eran los de alguien que está desesperado y arroja palabras en un papel, como otro arroja una botella al mar. Luego leyó: "el día del casamiento de tu hermana, dentro de exactamente una semana, voy a tirarme al vacío desde la terraza del edificio de la fiesta. Ese día luciré mi vestido de noche preferido, aquel dorado con breteles negros que me compré con mi primer sueldo de Cajera. Será un estreno inusual, pues ese día conoceremos juntas la muerte".
Luego de leer ese párrafo Alberto se estremeció. El día elegido para el suicidio coincidía con el que Alberto había elegido para olvidarse del mundo y de sus problemas "¿Es que ni siquiera en los libros encuentro un poco de paz?", pensó. La carta terminaba con las siguientes palabras: "Cuando te conocí Rubén, creí haber encontrado el amor. Cuando nos casamos y finalmente descubrí que tu verdadero placer era pegarme, sentí que había encontrado a la muerte". Firma: Karina Herrera.
En un rincón del sobre se encontraba la tarjeta de invitación con el lugar y la hora de la fiesta. Sin querer y sin buscarlo Alberto Lagos estaba metido en medio de una historia que no le pertenecía, pero de la cual no podía ya quedar indiferente. Pensó en su ex mujer y en porqué estaba solo. Pensó en sus treinta y cinco años y en lo mucho que le costaba poder comunicarse con las personas luego de que la separación lo dejase al borde de una depresión enfermiza. Pero había algo allí en esa carta que lograba conmoverlo. Se imaginó por un instante como sería Karina, la pensó hermosa y la dibujó con trazos invisibles en la quietud de su departamento.
Buscó otra vez la tarjeta y miró el reloj. Eran las nueve de la noche y la fiesta empezaba a las nueve y media y a sólo quince cuadras de su departamento, en un edificio que él ya conocía por haber ido a la despedida de soltero de un amigo de la Secundaria.
En aquella celebración se había encontrado con sus viejos compinches de aventuras. Una y mil veces se había preguntado ¿por qué uno se va atrincherando en una zanja de combatiente solitario? Existe en el adulto un mecanismo extraño. La falta de tiempo nos vuelve mezquinos, como si no perdiésemos definitivamente el tiempo al perdernos a nosotros mismos...
La hora se venía encima y la decisión de ir a buscarla e impedir el suicidio empezó a rondar su cabeza. Hasta que inmerso ya en una loca marcha se encaminó hacia la fiesta con el mejor traje que tenía.
La noche estaba calma, pero el viento traía el olor de la tierra mojada. La lluvia se agazapaba amenazante. Decidió tomar un taxi. Al entrar al vehículo escuchó en la radio el tango “Por una cabeza” y en un lapsus de recuerdos y añoranzas, se acordó de su infancia. El taxista rompió el encantamiento al decir:
-¡Mejor que llueva! (y golpeó enérgico el volante) ¿Usted vio como está cambiando el clima? Yo me paso doce horas metido adentro de esta caja, y le puedo asegurar que cuando me empiezan a doler los huesos, es seguro que se viene el aguacero.
-El dolor de huesos y el bicherío traen agua, decía mi tía.
-Y no se equivocaba, para colmo esta ciudad de La Plata está cada vez más calurosa. Los diarios dicen que dentro de unos años el clima de la Argentina va a cambiar por completo. Los expertos aseguran que nos encaminamos hacia un clima tropical.
-Cambia, todo cambia... ¿Qué le debo jefe?
Cuando llegó a la fiesta tropezó con la gente que controlaba la entrada, pero logró sortear el obstáculo al mentir, argumentando que trabajaba en el armado de las luces. Acto seguido sacó del bolsillo una extraña tarjeta membretada. El grandote de la puerta la miró de reojo y ante la duda y la confusión, prefirió dejarlo pasar. Tomó el ascensor con prisa y llegó rápido a la terraza. Miró desesperado hacia todos los rincones, hasta que encontró el vestido dorado de breteles negros vistiendo a una muchacha sola que miraba las estrellas con una copa en la mano. Se acercó hasta ella y la miró por un momento de espaldas. El hechizo se rompió cuando Karina en un movimiento brusco giró y volcó el champagne sobre el traje de Alberto. Se rieron. Se miraron con curiosidad. Hasta que él preguntó:
-¿En qué pensabas?
-En las estrellas, sólo miraba su luz.
-Leí tu carta, la encontré en un libro de Cortázar.
Karina sintió un temblor y se largó a llorar. Él la abrazó hasta sentirla muy profundamente, hasta verle los ojos grandes y negros mirándolo fijo y balbuceando algo en voz baja. Ella le dijo "gracias". Él la abrazó de nuevo y juntos se escaparon de la fiesta. Cuando llegaron a la calle se largó a llover. Decidieron entrar en un bar para tomar un café. El primer cigarrillo lo prendió ella, él la siguió y con el de ella prendió el suyo. Eran dos almas que ardían con un fuego de tabaco y papel, a las que la muerte, tan acostumbrada a llevarse lo que quiere y cuando quiere, tuvo que conformarse con observarlos desde una impotencia que la ridiculiza cuando se enfrenta al amor.
El día elegido para la lectura había sido un Viernes, "nada mejor que desplomarse en el sillón del living y disfrutar de un buen libro", se dijo en voz alta Alberto. Y parecía que en verdad todo estaba en orden: el trabajo esperaría hasta el Lunes; las compras ya estaban hechas y la mujer que se encargaba de la limpieza había dejado todo en su perfecto lugar. Luego de cenar, decidió abrir el libro. Y allí algo estaba fuera de lugar. Lo notó porque el espesor de las páginas desentonaba con una especie de apéndice misterioso que nada tenía que ver con la constitución del libro. Lo batió con curiosidad hasta que algo saltó al suelo. Primero lo miró con asombro, pero después pensó que el lector anterior había olvidado seguramente un señalador. Aunque eso era otra cosa, se trataba de una carta. No tuvo más remedio que abrirla y empezar a leerla:
"No estoy dispuesta a soportar mas tus maltratos, prefiero morir en un instante antes que sufrir al lado tuyo toda la vida".
Los trazos eran los de alguien que está desesperado y arroja palabras en un papel, como otro arroja una botella al mar. Luego leyó: "el día del casamiento de tu hermana, dentro de exactamente una semana, voy a tirarme al vacío desde la terraza del edificio de la fiesta. Ese día luciré mi vestido de noche preferido, aquel dorado con breteles negros que me compré con mi primer sueldo de Cajera. Será un estreno inusual, pues ese día conoceremos juntas la muerte".
Luego de leer ese párrafo Alberto se estremeció. El día elegido para el suicidio coincidía con el que Alberto había elegido para olvidarse del mundo y de sus problemas "¿Es que ni siquiera en los libros encuentro un poco de paz?", pensó. La carta terminaba con las siguientes palabras: "Cuando te conocí Rubén, creí haber encontrado el amor. Cuando nos casamos y finalmente descubrí que tu verdadero placer era pegarme, sentí que había encontrado a la muerte". Firma: Karina Herrera.
En un rincón del sobre se encontraba la tarjeta de invitación con el lugar y la hora de la fiesta. Sin querer y sin buscarlo Alberto Lagos estaba metido en medio de una historia que no le pertenecía, pero de la cual no podía ya quedar indiferente. Pensó en su ex mujer y en porqué estaba solo. Pensó en sus treinta y cinco años y en lo mucho que le costaba poder comunicarse con las personas luego de que la separación lo dejase al borde de una depresión enfermiza. Pero había algo allí en esa carta que lograba conmoverlo. Se imaginó por un instante como sería Karina, la pensó hermosa y la dibujó con trazos invisibles en la quietud de su departamento.
Buscó otra vez la tarjeta y miró el reloj. Eran las nueve de la noche y la fiesta empezaba a las nueve y media y a sólo quince cuadras de su departamento, en un edificio que él ya conocía por haber ido a la despedida de soltero de un amigo de la Secundaria.
En aquella celebración se había encontrado con sus viejos compinches de aventuras. Una y mil veces se había preguntado ¿por qué uno se va atrincherando en una zanja de combatiente solitario? Existe en el adulto un mecanismo extraño. La falta de tiempo nos vuelve mezquinos, como si no perdiésemos definitivamente el tiempo al perdernos a nosotros mismos...
La hora se venía encima y la decisión de ir a buscarla e impedir el suicidio empezó a rondar su cabeza. Hasta que inmerso ya en una loca marcha se encaminó hacia la fiesta con el mejor traje que tenía.
La noche estaba calma, pero el viento traía el olor de la tierra mojada. La lluvia se agazapaba amenazante. Decidió tomar un taxi. Al entrar al vehículo escuchó en la radio el tango “Por una cabeza” y en un lapsus de recuerdos y añoranzas, se acordó de su infancia. El taxista rompió el encantamiento al decir:
-¡Mejor que llueva! (y golpeó enérgico el volante) ¿Usted vio como está cambiando el clima? Yo me paso doce horas metido adentro de esta caja, y le puedo asegurar que cuando me empiezan a doler los huesos, es seguro que se viene el aguacero.
-El dolor de huesos y el bicherío traen agua, decía mi tía.
-Y no se equivocaba, para colmo esta ciudad de La Plata está cada vez más calurosa. Los diarios dicen que dentro de unos años el clima de la Argentina va a cambiar por completo. Los expertos aseguran que nos encaminamos hacia un clima tropical.
-Cambia, todo cambia... ¿Qué le debo jefe?
Cuando llegó a la fiesta tropezó con la gente que controlaba la entrada, pero logró sortear el obstáculo al mentir, argumentando que trabajaba en el armado de las luces. Acto seguido sacó del bolsillo una extraña tarjeta membretada. El grandote de la puerta la miró de reojo y ante la duda y la confusión, prefirió dejarlo pasar. Tomó el ascensor con prisa y llegó rápido a la terraza. Miró desesperado hacia todos los rincones, hasta que encontró el vestido dorado de breteles negros vistiendo a una muchacha sola que miraba las estrellas con una copa en la mano. Se acercó hasta ella y la miró por un momento de espaldas. El hechizo se rompió cuando Karina en un movimiento brusco giró y volcó el champagne sobre el traje de Alberto. Se rieron. Se miraron con curiosidad. Hasta que él preguntó:
-¿En qué pensabas?
-En las estrellas, sólo miraba su luz.
-Leí tu carta, la encontré en un libro de Cortázar.
Karina sintió un temblor y se largó a llorar. Él la abrazó hasta sentirla muy profundamente, hasta verle los ojos grandes y negros mirándolo fijo y balbuceando algo en voz baja. Ella le dijo "gracias". Él la abrazó de nuevo y juntos se escaparon de la fiesta. Cuando llegaron a la calle se largó a llover. Decidieron entrar en un bar para tomar un café. El primer cigarrillo lo prendió ella, él la siguió y con el de ella prendió el suyo. Eran dos almas que ardían con un fuego de tabaco y papel, a las que la muerte, tan acostumbrada a llevarse lo que quiere y cuando quiere, tuvo que conformarse con observarlos desde una impotencia que la ridiculiza cuando se enfrenta al amor.
sábado, 28 de enero de 2017
El árbol del olvido Por Fernán Silva Valdés
En mis pagos hay un árbol,
que del olvido se llama,
al que van a despenarse, vidalitay,
los moribundos del alma.
Para no pensar en vos,
bajo el árbol del olvido,
me acosté una nochecita, vidalitay,
y me quedé bien dormido.
Al despertar de aquel sueño
pensaba en vos otra vez,
pues me olvidé de olvidarte, vidalitay,
en cuantito me acosté.
que del olvido se llama,
al que van a despenarse, vidalitay,
los moribundos del alma.
Para no pensar en vos,
bajo el árbol del olvido,
me acosté una nochecita, vidalitay,
y me quedé bien dormido.
Al despertar de aquel sueño
pensaba en vos otra vez,
pues me olvidé de olvidarte, vidalitay,
en cuantito me acosté.
El tiempo y la lluvia - Por Ángeles Rocato
Penetra suave la humedad de la brisa
como el roce tierno de una mano amiga
abre en su andar la senda emotiva
que experimenta y derriba la frontera interna
y permite abrir el reconfortante fluir del alma.
La lluvia en caravana de transparente hilado
baja pertinaz desde el plomizo cielo
siento en mi piel el tic-tac de su goteo pausado
inserto en la bruma de tu espacio- tiempo.
Me refugio y me conmuevo
donde las pisadas se acallan junto al verbo
es la manifestación divina que enternecida bebo
es el todo y la nada, en un tapiz que arropa mi sueño.
Ha vuelto el orden afuera y adentro…
respiro, me nutro y me permito sembrarme
de juncos y lirios en flor.
Mi mirar es nuevo
mi latido recién estrenado
el tapiz violeta del sendero
es la señal indiscutible del paso del tiempo
tiempo fértil para abandonar lo añejo
y amoroso para emprender cristalino vuelo.
como el roce tierno de una mano amiga
abre en su andar la senda emotiva
que experimenta y derriba la frontera interna
y permite abrir el reconfortante fluir del alma.
La lluvia en caravana de transparente hilado
baja pertinaz desde el plomizo cielo
siento en mi piel el tic-tac de su goteo pausado
inserto en la bruma de tu espacio- tiempo.
Me refugio y me conmuevo
donde las pisadas se acallan junto al verbo
es la manifestación divina que enternecida bebo
es el todo y la nada, en un tapiz que arropa mi sueño.
Ha vuelto el orden afuera y adentro…
respiro, me nutro y me permito sembrarme
de juncos y lirios en flor.
Mi mirar es nuevo
mi latido recién estrenado
el tapiz violeta del sendero
es la señal indiscutible del paso del tiempo
tiempo fértil para abandonar lo añejo
y amoroso para emprender cristalino vuelo.
La Oración de Guerra - Por Mark Twain
Fue una época de gran exaltación y emoción. El país se había levantado en armas, había empezado la guerra y en cada pecho ardía el fuego sagrado del patriotismo; se oía el redoble de los tambores y tocaban las bandas de música; tiraban cohetes y un montón de fuegos artificiales zumbaban y chisporroteaban. Allí abajo, a lo lejos, de las manos, tejados y balcones, ondeaba al sol una espesura de banderas brillantes. De día, por la ancha avenida, los jóvenes voluntarios desfilaban alegres y hermosos con sus uniformes; a su paso los orgullosos padres, madres, hermanas y enamoradas los vitoreaban con voces ahogadas por la emoción. De noche, en las concurridas reuniones se escuchaba con admiración la oratoria patriótica que agitaba lo más hondo de sus corazones, y que solía interrumpirse con una tempestad de aplausos, al tiempo que las lágrimas corrían por sus mejillas. En las iglesias los pastores predicaban devoción a la bandera y al país, y en favor de nuestra noble causa imploraban ayuda al dios de las batallas con una elocuencia tan efusiva y fervorosa que conmovía a todos los oyentes.
De hecho, era una época próspera y alegre, y los pocos espíritus temerarios que se aventuraban a desaprobar la guerra y a albergar alguna duda sobre su rectitud, enseguida recibían un castigo tan duro y severo que, para su propia seguridad, inmediatamente retrocedían espantados y no volvían a ofender en ese sentido.
Llegó el domingo por la mañana. Al día siguiente los batallones partirían hacia el frente; la iglesia estaba a rebosar. Y allí estaban los voluntarios, con sus rostros iluminados por visiones y sueños milicianos. ¡El austero avance de tropas, el ímpetu incontenible, el ataque desenfrenado, los sables relucientes, la huida del enemigo, el tumulto, el humo envolvente, la búsqueda feroz y la rendición! ¡Y luego, de regreso al hogar, los héroes condecorados, bienvenidos, venerados, inmersos en un mar de oro de gloria! Al lado de los voluntarios se sentaban sus seres queridos, orgullosos, contentos y envidiados por los vecinos y amigos que no tenían hijos o hermanos a quienes enviar al campo de honor, para vencer por la bandera o, caso contrario, sucumbir a la más noble de las muertes nobles. El servicio religioso continuó. Se leyó un capítulo del Antiguo Testamento sobre la guerra y se rezó la primera plegaria, seguida de un estallido del órgano que sacudió el edificio. Y de un impulso la congregación se levantó con brillo en los ojos y latidos en el corazón: «¡Dios Todopoderoso! ¡Tú que ordenas, el trueno es tu trompeta y el rayo tu espada!».
Después vino la oración larga. Nadie recordaba algo semejante por lo apasionado de la súplica y lo conmovedor y bello de su lenguaje. En esencia, la oración pedía al Padre de todos nosotros, benigno y siempre misericordioso, que velara por nuestros nobles y jóvenes soldados y les proporcionara auxilio, consuelo y ánimo en el afán de su patriótica tarea; que los bendijera y protegiera con Su poderosa mano en la batalla; que los fortaleciera y les diera confianza para que fueran invencibles en el ataque sangriento; que les ayudara a aplastar al enemigo y les concediera, tanto a ellos como a su patria y su bandera, la gloria y el honor imperecederos.
Un anciano extraño entró y con paso lento y callado avanzó por el pasillo, con los ojos clavados en el clérigo. Tenía un cuerpo alto e iba vestido con una túnica que le llegaba a los pies, llevaba la cabeza descubierta, una vaporosa cascada de cabello cano le caía sobre los hombros y tenía la cara arrugada y exageradamente pálida, casi fantasmal. Llenos de asombro, todos le seguían con la mirada mientras se encaminaba al altar en silencio y sin pausa, hasta que se detuvo a la par del clérigo y se quedó allí esperando de pie.
El clérigo, con los ojos cerrados, no se había percatado de la presencia del extraño y prosiguió con su oración conmovedora hasta terminar con las siguientes palabras, pronunciadas con gran fervor: «¡Bendice nuestras almas, concédenos la victoria, Oh Señor Nuestro, Dios, Padre y Protector de nuestra tierra y nuestra bandera!».
El extraño le tocó el brazo y le hizo señas para que se apartara -a lo que accedió el desconcertado clérigo- y ocupó su lugar. Durante unos momentos, con ojos solemnes que emanaban una luz extraordinaria, contempló detenidamente a la audiencia embelesada. Entonces con una voz profunda dijo: «Vengo del Trono. Soy portador de un mensaje de Dios Todopoderoso». Las palabras golpearon a la congregación como en un seísmo; si el extraño lo percibió no hizo ningún caso. «El ha escuchado la oración de Su siervo, vuestro pastor, y se concederán sus peticiones si ése es vuestro deseo después que yo, Su mensajero, os haya explicado su significado, es decir, todo su significado. Pues sucede lo que en la mayoría de las oraciones de los hombres; el que las pronuncia pide mucho más de lo que es consciente, salvo que se detenga y se ponga a meditar».
«Vuestro Siervo de Dios ha rezado su plegaria. ¿Ha reflexionado sobre lo que ha dicho? ¿Es acaso una sola oración? No; son dos -una pronunciada y la otra no-. Ambas han llegado a los oídos de Aquel que escucha todas las súplicas, tanto las anunciadas como las guardadas en silencio. Ponderad esto y guardadlo en la memoria. Si rezas una plegaria en tu beneficio ¡ten cuidado! no sea que sin querer invoques al mismo tiempo una maldición sobre el vecino. Si rezas una oración para que llueva sobre tu cosecha, mediante ese acto quizá estés implorando que caiga una maldición sobre la cosecha de alguno de tus vecinos que probablemente no necesite agua y resulte así dañada».
«Han escuchado la oración de vuestro siervo -la parte enunciada-.Yo he sido encargado por Dios para poner en palabras la otra parte, aquélla que el pastor -al igual que ustedes en sus corazones- rezaron en silencio. ¿Con ignorancia y sin reflexionar? ¡Dios asegura que así fue! Oísteis estas palabras: “Concédenos la victoria, Oh Señor Nuestro Dios”. Eso es suficiente. La oración pronunciada está íntimamente ligada a esas palabras fecundas. No han sido necesarias las explicaciones. Cuando habéis rezado por la victoria, habéis rezado por las muchas consecuencias no mencionadas que resultan de la victoria -debe ser así y no se puede evitar-.El espíritu atento de Dios Padre acogió también la parte no pronunciada de la oración. Me encargó que la expresara con palabras. ¡Escuchad!».
«Oh Señor, nuestro Padre, nuestros jóvenes patriotas, ídolos de nuestros corazones, salen a batallar. ¡Mantente cerca de ellos! Con ellos partimos también nosotros -en espíritu- dejando atrás la dulce paz de nuestros hogares para aniquilar al enemigo. ¡Oh Señor nuestro Dios, ayúdanos a destrozar a sus soldados y convertirlos en despojos sangrientos con nuestros disparos; ayúdanos a cubrir sus campos resplandecientes con la palidez de sus patriotas muertos; ayúdanos a ahogar el trueno de sus cañones con los quejidos de sus heridos que se retuercen de dolor, ayúdanos a destruir sus humildes viviendas con un huracán de fuego; ayúdanos a acongojar los corazones de sus viudas inofensivas con aflicción inconsolable; ayúdanos a echarlas de sus casas con sus niñitos para que deambulen desvalidos por la devastación de su tierra desolada, vestidos con harapos, hambrientos y sedientos, a merced de las llamas del sol de verano y los vientos helados del invierno, quebrados en espíritu, agotados por las penurias, te imploramos que tengan por refugio la tumba que se les niega -por el bien de nosotros que te adoramos, Señor-, acaba con sus esperanzas, arruina sus vidas, prolonga su amargo peregrinaje, haz que su andar sea una carga, inunda su camino con sus lágrimas, tiñe la nieve blanca con la sangre de las heridas de sus pies! Se lo pedimos, animados por el amor, a Aquel quien es Fuente de Amor, sempiterno y seguro refugio y amigo de todos aquellos que padecen. A El, humildes y contritos, pedimos Su ayuda. Amén».
(Después de una pausa)
«Así es como lo habéis rezado. ¡Si todavía lo deseáis, hablad! El mensajero del Altísimo aguarda».
Más tarde se creyó que el hombre era un lunático porque no tenía sentido nada de lo que había dicho.
De hecho, era una época próspera y alegre, y los pocos espíritus temerarios que se aventuraban a desaprobar la guerra y a albergar alguna duda sobre su rectitud, enseguida recibían un castigo tan duro y severo que, para su propia seguridad, inmediatamente retrocedían espantados y no volvían a ofender en ese sentido.
Llegó el domingo por la mañana. Al día siguiente los batallones partirían hacia el frente; la iglesia estaba a rebosar. Y allí estaban los voluntarios, con sus rostros iluminados por visiones y sueños milicianos. ¡El austero avance de tropas, el ímpetu incontenible, el ataque desenfrenado, los sables relucientes, la huida del enemigo, el tumulto, el humo envolvente, la búsqueda feroz y la rendición! ¡Y luego, de regreso al hogar, los héroes condecorados, bienvenidos, venerados, inmersos en un mar de oro de gloria! Al lado de los voluntarios se sentaban sus seres queridos, orgullosos, contentos y envidiados por los vecinos y amigos que no tenían hijos o hermanos a quienes enviar al campo de honor, para vencer por la bandera o, caso contrario, sucumbir a la más noble de las muertes nobles. El servicio religioso continuó. Se leyó un capítulo del Antiguo Testamento sobre la guerra y se rezó la primera plegaria, seguida de un estallido del órgano que sacudió el edificio. Y de un impulso la congregación se levantó con brillo en los ojos y latidos en el corazón: «¡Dios Todopoderoso! ¡Tú que ordenas, el trueno es tu trompeta y el rayo tu espada!».
Después vino la oración larga. Nadie recordaba algo semejante por lo apasionado de la súplica y lo conmovedor y bello de su lenguaje. En esencia, la oración pedía al Padre de todos nosotros, benigno y siempre misericordioso, que velara por nuestros nobles y jóvenes soldados y les proporcionara auxilio, consuelo y ánimo en el afán de su patriótica tarea; que los bendijera y protegiera con Su poderosa mano en la batalla; que los fortaleciera y les diera confianza para que fueran invencibles en el ataque sangriento; que les ayudara a aplastar al enemigo y les concediera, tanto a ellos como a su patria y su bandera, la gloria y el honor imperecederos.
Un anciano extraño entró y con paso lento y callado avanzó por el pasillo, con los ojos clavados en el clérigo. Tenía un cuerpo alto e iba vestido con una túnica que le llegaba a los pies, llevaba la cabeza descubierta, una vaporosa cascada de cabello cano le caía sobre los hombros y tenía la cara arrugada y exageradamente pálida, casi fantasmal. Llenos de asombro, todos le seguían con la mirada mientras se encaminaba al altar en silencio y sin pausa, hasta que se detuvo a la par del clérigo y se quedó allí esperando de pie.
El clérigo, con los ojos cerrados, no se había percatado de la presencia del extraño y prosiguió con su oración conmovedora hasta terminar con las siguientes palabras, pronunciadas con gran fervor: «¡Bendice nuestras almas, concédenos la victoria, Oh Señor Nuestro, Dios, Padre y Protector de nuestra tierra y nuestra bandera!».
El extraño le tocó el brazo y le hizo señas para que se apartara -a lo que accedió el desconcertado clérigo- y ocupó su lugar. Durante unos momentos, con ojos solemnes que emanaban una luz extraordinaria, contempló detenidamente a la audiencia embelesada. Entonces con una voz profunda dijo: «Vengo del Trono. Soy portador de un mensaje de Dios Todopoderoso». Las palabras golpearon a la congregación como en un seísmo; si el extraño lo percibió no hizo ningún caso. «El ha escuchado la oración de Su siervo, vuestro pastor, y se concederán sus peticiones si ése es vuestro deseo después que yo, Su mensajero, os haya explicado su significado, es decir, todo su significado. Pues sucede lo que en la mayoría de las oraciones de los hombres; el que las pronuncia pide mucho más de lo que es consciente, salvo que se detenga y se ponga a meditar».
«Vuestro Siervo de Dios ha rezado su plegaria. ¿Ha reflexionado sobre lo que ha dicho? ¿Es acaso una sola oración? No; son dos -una pronunciada y la otra no-. Ambas han llegado a los oídos de Aquel que escucha todas las súplicas, tanto las anunciadas como las guardadas en silencio. Ponderad esto y guardadlo en la memoria. Si rezas una plegaria en tu beneficio ¡ten cuidado! no sea que sin querer invoques al mismo tiempo una maldición sobre el vecino. Si rezas una oración para que llueva sobre tu cosecha, mediante ese acto quizá estés implorando que caiga una maldición sobre la cosecha de alguno de tus vecinos que probablemente no necesite agua y resulte así dañada».
«Han escuchado la oración de vuestro siervo -la parte enunciada-.Yo he sido encargado por Dios para poner en palabras la otra parte, aquélla que el pastor -al igual que ustedes en sus corazones- rezaron en silencio. ¿Con ignorancia y sin reflexionar? ¡Dios asegura que así fue! Oísteis estas palabras: “Concédenos la victoria, Oh Señor Nuestro Dios”. Eso es suficiente. La oración pronunciada está íntimamente ligada a esas palabras fecundas. No han sido necesarias las explicaciones. Cuando habéis rezado por la victoria, habéis rezado por las muchas consecuencias no mencionadas que resultan de la victoria -debe ser así y no se puede evitar-.El espíritu atento de Dios Padre acogió también la parte no pronunciada de la oración. Me encargó que la expresara con palabras. ¡Escuchad!».
«Oh Señor, nuestro Padre, nuestros jóvenes patriotas, ídolos de nuestros corazones, salen a batallar. ¡Mantente cerca de ellos! Con ellos partimos también nosotros -en espíritu- dejando atrás la dulce paz de nuestros hogares para aniquilar al enemigo. ¡Oh Señor nuestro Dios, ayúdanos a destrozar a sus soldados y convertirlos en despojos sangrientos con nuestros disparos; ayúdanos a cubrir sus campos resplandecientes con la palidez de sus patriotas muertos; ayúdanos a ahogar el trueno de sus cañones con los quejidos de sus heridos que se retuercen de dolor, ayúdanos a destruir sus humildes viviendas con un huracán de fuego; ayúdanos a acongojar los corazones de sus viudas inofensivas con aflicción inconsolable; ayúdanos a echarlas de sus casas con sus niñitos para que deambulen desvalidos por la devastación de su tierra desolada, vestidos con harapos, hambrientos y sedientos, a merced de las llamas del sol de verano y los vientos helados del invierno, quebrados en espíritu, agotados por las penurias, te imploramos que tengan por refugio la tumba que se les niega -por el bien de nosotros que te adoramos, Señor-, acaba con sus esperanzas, arruina sus vidas, prolonga su amargo peregrinaje, haz que su andar sea una carga, inunda su camino con sus lágrimas, tiñe la nieve blanca con la sangre de las heridas de sus pies! Se lo pedimos, animados por el amor, a Aquel quien es Fuente de Amor, sempiterno y seguro refugio y amigo de todos aquellos que padecen. A El, humildes y contritos, pedimos Su ayuda. Amén».
(Después de una pausa)
«Así es como lo habéis rezado. ¡Si todavía lo deseáis, hablad! El mensajero del Altísimo aguarda».
Más tarde se creyó que el hombre era un lunático porque no tenía sentido nada de lo que había dicho.
martes, 17 de enero de 2017
Invitación a vivir Por Ardis Wihtman – Publicado en Litton Educacional Puhlishing, Inc.
Sucedió cuando era yo niña, en un
pueblecito de Nueva Escocia (Canadá). La madre de una familia que vivía no muy
lejos de nosotros murió, y el padre, con frecuencia ebrio, era incapaz de
cuidar de sus hijos; así, una mujer del lugar se había llevado a uno de los
chicos a vivir con ella. Viuda, pobre y sin educación, tuvo sin embargo amor y
energía suficientes para atender al niño, que tiritaba y se mostraba huraño. Casi
de la noche a la mañana el niño comenzó a cambiar, a crecer y embellecer. Pero
una cosa lo cohibía: como nos era extraño, ninguno de nosotros quería jugar con
él.
Un día su madre adoptiva nos
sorprendió retozando mientras el niño permanecía a un lado, llorando y
sintiéndose rechazado. Lo envió a su casa y se volvió a nosotros. "¡No voy
a tolerar esto!" nos gritó con cólera. "Este niño debe importarnos. A
esta edad justamente se está decidiendo si ha de hacer algo en el mundo, y cada
vez que logro que adelante un poquito, vosotros, niños, lo empujáis hacia
atrás. ¿No queréis que viva?"
Han pasado muchos años, pero no
he olvidado aquel incidente. Fue mi primer contacto con el hecho penoso y
significativo de que hay personas que alientan y personas que destruyen a
otras. Nos ayudamos o estorbamos unos a otros, nos invitamos unos a otros a ser
y crecer, o a rendirnos y retirarnos, influyendo unos en otros como el sol y la
escarcha "influyen" en un prado.
En “El yo transparente”, el
sicoterapeuta Sidney Jourard sostiene que este proceso está ocurriendo
permanentemente, que todos nosotros hacemos sin cesar singulares y potentes
invitaciones a los demás a que vivan o mueran, a que triunfen o se rindan.
Y tiene razón, sin duda. Cuando
estoy con alguien, crezco o disminuyo según corno ese alguien me haga sentir.
Y, a mi vez, lo invito a vivir o morir simplemente por el hecho de existir yo
en su presencia, por pasear con él o retirarme por tenderle o no mi mano, por
abrirle mi corazón o mantenerlo cerrado. Frederick Buechner compara a la
humanidad con una tela de araña. “A nuestro paso por este mundo", escribe
en “The Hungering Dark”, "y al conducirnos con amabilidad, quizá, o con
indiferencia u hostilidad hacia las personas con quienes .nos encontramos, hacemos
temblar la gran telaraña que todos constituimos. La vida con que entro en
contacto, para bien o para mal, afectará a otra vida, y esta,- a su vez a una
tercera, hasta que los hilos cesen de temblar, quién sabe dónde, o mi contacto
se haga sentir en quién sabe qué lejano lugar".
Es evidente que nuestra
influencia individual puede ser profunda. ¿Cómo la empleamos? Algunas personas,
escribe Jourard, "tienen una comprobada capacidad para trasmitir a otros
potentes invitaciones a que consideren la vida como algo insustancial y sin
esperanza. Están dotadas para lograr que otros desistan, se rindan,
cedan". Tales personas quizá sufran adversidades de las que no se les
puede culpar, o tal vez se han visto frustradas por padres que se sustrajeron a
la vida. Cualquiera que sea la razón, son personas rígidas y frías; aniquilan
los sueños, paralizan la esperanza, apagan la alegría. Bajo su fija mirada
critica, los dones menguan, disminuyen los logros, se desvanece la confianza y
deja su plaza al temor.
Todos conocemos personas así y
nos sentimos anulados en su presencia. He aquí, por ejemplo, un hombre castrado
por una esposa escarnecedora. Tú dices- que eres un hombre?" le grita
porque él se muestra sexualmente débil o incapaz de ganar tanto como ella
quisiera. O pensemos en una joven esposa que lucha para aprender a cocinar,
mientras su marido recompensa sus esfuerzos con observaciones como estas:
"Nunca aprenderás" o "¿Por qué no desistes de una vez?" He
aquí también a un maestro que a un relato brillante y original responde con
censuras sobre la caligrafía o la ortografía del alumno.
Cuando nos hallamos en compañía
de personas semejantes, nos sentimos incapaces de hacer frente a la vida,
creemos valer menos, de algún modo real, de lo que pensábamos valer, nos vemos
empujados a cometer actos estúpidos, a la belicosidad o al terror. Y no sólo
cuando estamos con ellas nos destruyen. Pues si nos invitan a morir, su
invitación pasa, a través de nosotros, a otras personas. Como sofocan en
nosotros el impulso de vivir, también nosotros lo sofocamos al vernos en
presencia de la persona que encontramos a continuación. Derrotados, llevamos
con nosotros nuestro frustrado yo a todas las personas nuevas que nos
tropezamos.
En cambio, ¿qué decir de esas
espléndidas e inolvidables personas «.que nos invitan a vivir”. Con ellos,
crecemos espiritualmente y nos renovamos. Trasmiten una onda de energía con que
seguir adelante, nos instan a cultivar todo lo que somos o podemos ser.
Cuando era una adolescente, tuve
una maravillosa maestra que enseñaba con tal pasión y amor que ninguno de sus
alumnos la olvidó nunca. Cuando leía en clase nuestras. elementales
composiciones, veíamos cómo le resplandecía el rostro, la oíamos exclamar con
deleite, reír, con regocijo, y aun la veíamos llorar. Lo mejor de todo era que
alentaba en nosotros incluso la más pequeña chispa de originalidad. Y cuando
llegaba la crítica, era en forma vivificante, pues decía: "Podemos hacerlo
mejor todavía. Podemos profundizar todavía más".
El poeta inglés Robert Browning
era una de estas personas; invitó a Elizabeth Barrett a vivir, en el verdadero
sentido de la palabra. La madre de Elizabeth había- muerto cuando sus 11 hijos
eran todavía jóvenes, y el padre asumió sobre la familia una autoridad
despótica, tiránica. Elizabeth, delicada la mayor parte cíe su vida, se
convirtió a la postre en una inválida, aceptando el diagnostico del medico de
que ella estaba "tísica" y aferrándose a los síntomas que arruinaban
su gran talento natural para vivir. Quizá, inconscientemente, ella lo quería
así, pues estando enferma recibía cuidado especial, un cuarto para ella sola y
una relativa liberación de los' accesos de ira de su padre.
Sin embargo, cuando frisaba ya en
los 40 años de edad conoció a Robert Browning, quien se enamoró tan locamente
de ella que, un día o dos después de su primer encuentro, le escribió una carta
apasionada. El poeta la hizo sobreponerse a sus temores, la arrancó de su
cuarto de enferma y la llevó al matrimonio olvidando todos los síntomas de ella
por considerarlos como otras tantas telarañas. A los 41 años de edad Elizabeth
viajó mucho, y a los 43 dio a luz a un niño perfectamente sano. Durante el
resto de su vida escribió poesías que le valieron un "elevado sitial en la
literatura inglesa y que sólo pudo haber creado una persona llena de vitalidad.
El dramaturgo Edward Sheldon,
figura fabulosa de la escena de Nueva York a fines del siglo pasado y comienzos
del actual, fue otra de esas perdonas dotadas de poder vivificante. A los 30
años de edad enfermó de una artritis progresiva tan devastadora que llegó a
quedar completamente paralítico y, finalmente, ciego. Reaccionó invitando a
otros (a las muchas personas que había conocido y amado) a vivir más plenamente
de lo que .habían vivido nunca antes. Gran número de ellos iban a estarse a la
cabecera de su lecho; todos partían de allí con más vida que la que tenían
cuando llegaron. Escuchándoles con gran atención, les reprendía cuando era
necesario, compartía su pesar cuando estaban tristes, se regocijaba con sus más
pequeñas alegrías y siempre les pedía que se esforzaran en dar de sí lo más que
pudieran. La autora Anne Morrow Lindbergh escribió: "Salía uno de allí
renovado, y a la vez estimulado por un centenar de ideas nuevas que le bullían
en el pensamiento, y con la tranquila certidumbre de que había tiempo de sobra
para llevarlas a cabo. El mundo se abría entre aquellas cuatro paredes".
¿Cómo denominamos a un don
semejante? Jourard dice que tales personas nos "inspiran"; nos salvan
de nuestro escepticismo, de nuestro hastío, de nuestra indiferencia. Nos hacen
superar la apatía que va apoderándose de nosotros a medida que la vida pasa.
Hacen que todo cobre realidad; la alegría, la tragedia, incluso la muerte. Son
sin duda seres elegidos.
¿No querríamos todos ser, como
ellos, fuentes de vida? La cuestión es: ¿ Cómo ? ¿ Cómo adquirir este
preciosísimo don?
Lo más importante que podemos
hacer es expresar claramente nuestro propio amor a la vida, pues damos vida
sólo cuando nosotros mismos la tenemos; cuando, en vez de sentirnos muy poseídos
de nuestro entusiasmo, en vez de tratar de ocultarlo, lo usamos para
comunicarles a otros la facultad de maravillarse.
Buechner recuerda una tarde de
invierno en la que entró en su clase precisamente cuando una ígnea puesta de
Sol incendiaba el cielo sobre lo;, árboles negros como el hollín. En súbito
impulso, Buechner apagó las luces y presentó a sus alumnos, que charlaban,
"todo el cielo en llamas, como en el final o el principio del mundo".
Ninguno se rió, ninguno gastó una broma, ni siquiera hubo nadie que le
preguntara por qué había hecho eso. Todos permanecieron inmóviles, fascinados
hasta que la luz se extinguió .., al cabo de más de 20 minutos. Fue aquella,
comenta Buechner, una gran clase, una lección de profunda comunión
Otro modo de invitar a vivir es
manifestar con nuestra propia valentía el poder de la' vida sobre la muerte.
Recuerdo cuando mi padre murió de repente, hace más de 20 años. Fui a nuestra
aldea de Nueva Escocia, a los funerales, y después rogué a mi madre que viniera
a vivir conmigo. Se negó, amablemente, pero con firmeza. Luego se estuvo a mi
lado, en medio de una furiosa tormenta, mientras esperaba yo mi tren. Mujer de
un metro y medio de estatura, cubierta con un abrigo negro, parecía pequeñita
contra el fondo de los campos nevados. Pero no había nada de pequeño en la
doctrina con que me despidió. "Quiero que sepas", me dijo con
ardoroso orgullo, "que aunque os perdiera a todos vosotros, me labraré mi
propia vida, y será una vida buena". Por supuesto, esto lo dijo para mi consuelo,
pero yo sabía que cumpliría su palabra tan bien como el que más.
El Dr. Albert Schweitzer solía
decir que debamos tributar a toda voluntad de vivir la misma reverencia por la
vida que otorgamos a la propia. Si invitarnos a una persona a vivir, debemos
aceptar el hecho de que esa persona es otro ser humano. Debemos escuchar
atentamente sus sueños, no descartarlos con negativas. Sobre todo, debemos ver
qué es lo mejor que hay en ella y permitirle ser y madurar, pues el crecimiento
es la esencia-de toda criatura viviente, el corazón del proceso de la vida: la
vida es un árbol que crece, no una estatua.
La invitación a vivir es, pues,
invitación a crecer, a ser el que se es, a gozar. Pero es también invitación a
esperar. "Una persona vive", escribió Jourard, "mientras siente
que su vida tiene significación y valor, y mientras tiene algo por lo cual
vivir. Tan pronto como la significación, el valor y la esperanza desaparecen de
la vida de una persona, esa persona comienza a dejar de vivir, comienza a morir".
Nuestros tiempos son peligrosos,
cierto. Pero son también abiertos, estimulantes, llenos de posibilidades. Las
personas que nos invitan a la esperanza y a la vida, no se sientan en casa a
lamentarse. Votan, enseñan a niños que tienen dificultades para aprender,
derriban las barreras raciales o de clase que encuentran a su paso.
Una vez hablé con una mujer de
endeble aspecto que, ayudada sólo por dos jóvenes, luchó contra el ayuntamiento
de su localidad por la posesión de una vivienda destinada a ser derruida,
situada en un distrito miserable, y la limpió fregándola, con sus propias
manos, de rodillas; se la abrió luego a los chicos de la vecindad como “ ..un
sitio donde refugiarse del frío y como lugar para jugar y aprender. "No
nos detuvimos a preguntar si serviría de algo nuestro esfuerzo", dice.
"Era una cosa que podíamos hacer, y la hicimos".
Vivimos realmente cuando somos
sinceros con nosotros mismos, honrados en nuestros sentimientos, y cuando
obramos de acuerdo con nuestras convicciones; vivimos cuando amamos, cuando
participamos en la vida de otros, cuando estamos entregados con dedicación a
alguna labor y preocupados por la vida que nos rodea; vivimos cuando
construimos y creamos, cuando esperamos, sufrimos y nos regocijamos.
Estimemos como un tesoro la vida
que tenemos; así se la trasmitiremos a otros; y trasmitiéndola a otros, volverá
a nosotros, pues la vida, como el amor, no puede prosperar dentro de su propio
ser, y en cambio se renueva cuando hace don de sí misma. La vida se acrecienta
cuando se gasta.
sábado, 14 de enero de 2017
Por la casa antigua Por Pablo Mauricio Barrattini Vidal-Chile
Hoy he vuelto a pasar por la casa antigua,
por la antigua calle donde las acacias
visten con su aroma triste de nostalgia
la que fue mi casa cuando yo estudiaba
la filosofía de los Hermeneutas,
donde Diógenes y su vieja lámpara,
donde Maquiavelo y sus enseñanzas,
poblaron de sueños, la razón y el alma.
Hoy está cambiado todo en esa casa,
un candado añoso custodia la entrada
para que nunca nadie borre los recuerdos
que cuelgan y se mecen como una telaraña.
¿Qué duendecillo inquieto subirá la escala,
habitará mi cuarto y dormirá en mi cama?,
¿Qué mariposa vestida de fiesta
llegará en las tardes hasta mi ventana?
¿Qué será de Rosa, de Don Pedro Aranda,
de Torrijos y de Jaime Vargas
y de la coneja que partió a Francia
en busca del amor que nunca le llegara?.
Todo quedó allí, en esa vieja casa,
los años felices y la remembranza,
todo como antes, sólo está en el alma.
Ya no hay almacén en la esquina blanca,
pintaron de gris hasta sus ventanas,
como si supieran que hay una tristeza
que está rondando por aquella casa.
Me detuve enfrente...y seguí mi paso,
dando así, ¡la última mirada!
y se volcó el pasado, todo en una lágrima,
como si mi corazón fuese aquella casa
habitado sólo por viejos fantasmas.
Por eso, fue triste verla abandonada.
Me perdí en la noche y me fui silbando,
y me fui silbando...
como si nada
por la noche triste
por la noche mala.
.
por la antigua calle donde las acacias
visten con su aroma triste de nostalgia
la que fue mi casa cuando yo estudiaba
la filosofía de los Hermeneutas,
donde Diógenes y su vieja lámpara,
donde Maquiavelo y sus enseñanzas,
poblaron de sueños, la razón y el alma.
Hoy está cambiado todo en esa casa,
un candado añoso custodia la entrada
para que nunca nadie borre los recuerdos
que cuelgan y se mecen como una telaraña.
¿Qué duendecillo inquieto subirá la escala,
habitará mi cuarto y dormirá en mi cama?,
¿Qué mariposa vestida de fiesta
llegará en las tardes hasta mi ventana?
¿Qué será de Rosa, de Don Pedro Aranda,
de Torrijos y de Jaime Vargas
y de la coneja que partió a Francia
en busca del amor que nunca le llegara?.
Todo quedó allí, en esa vieja casa,
los años felices y la remembranza,
todo como antes, sólo está en el alma.
Ya no hay almacén en la esquina blanca,
pintaron de gris hasta sus ventanas,
como si supieran que hay una tristeza
que está rondando por aquella casa.
Me detuve enfrente...y seguí mi paso,
dando así, ¡la última mirada!
y se volcó el pasado, todo en una lágrima,
como si mi corazón fuese aquella casa
habitado sólo por viejos fantasmas.
Por eso, fue triste verla abandonada.
Me perdí en la noche y me fui silbando,
y me fui silbando...
como si nada
por la noche triste
por la noche mala.
.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)