- La oportunidad nos da a conocer a nosotros mismos y a los demás.
- En las enfermedades del alma se padecen recaídas, lo mismo que en las del cuerpo; por eso, muchas veces nos parece estar curados, cuando sólo se trata de una crisis o de un cambio de enfermedad.
- Sucede con las buenas cualidades lo mismo que con los sentidos; son incomprensibles é inconcebibles para los que carecen de ellos.
- Un hombre de talento podrá amar como un loco; pero jamás como un tonto.
¡Bienvenidos! Este blog de literatura está abierto a todo tipo de lectores. Quienes lo hacemos no tenemos otra motivación que el de compartir la lectura de las obras de escritores de todos los tiempos, así como también las de aquellos que se inician y también merecen difusión.
sábado, 8 de abril de 2017
CONTATE UN CUENTO IX - Mención de Honor Categoría C: “LA BESTIA” Por Octavio Casimiro, alumno 6º año de E.S.y T Nº 1 “Lucas Kraglievich”
I - He aquí “La Bestia”
Los indios del norte lo llamaban “amaracón” que en su idioma quiere decir “la bestia”. Decían que era enorme, más grande que una persona, capaz de matar a un oso solo con apoyarle la punta de sus garras. Habitaba en medio del profundo bosque. Nunca salía de día. En su espalda, un arco de pelos erizados como púas. Ojos negros y aterradores, como su pelaje. A su paso solo dejaba muerte y destrucción. Por las noches emitía un aullido aterrador, como si su cuerpo fuera poseído por un ente siniestro. Los que habían sobrevivido a su encuentro se podían contar con los dedos de una, pero estos quedaban con serios traumas por la impresión de ver a tal fiera.
II- El primer encuentro
Luego de llegar junto a los indios desde Bs. As., supe sobre la bestia. Decidí ir a buscarlo para estudiarlo y ver de qué animal se trataba. Siempre me habían interesado desde pequeño las historias de bestias terroríficas y esta me pareció la oportunidad perfecta de revelar una leyenda. Por las dudas iba equipado con un Winchester antiguo que un nativo me vendió por $500.
Dos indios, llevando hachas, fueron los que me condujeron hasta la entrada del bosque donde habitaba “La Bestia”. Llegamos justo antes de anochecer. Las copas de los árboles se alzaban cuatro metros sobre nuestras cabezas. Ni bien entramos, estuvimos a oscuras iluminados apenas por unas antorchas con un poco de alcohol que nos alumbrarían unas horas. Nos fuimos adentrando a lo que parecía ser el corazón del bosque. Había pasado por lo menos una hora cuando lo sentimos: un movimiento brusco entre los árboles. Seguimos avanzando, cada uno mirando para un lado cubriéndonos las espaldas. Decidimos descansar, reemplazándonos por turnos. Uno de ellos tomaría el primero mientras nosotros descansábamos. Me pareció lo mejor. Desperté dos horas después alertado por un grito. Uno de ellos no estaba y su amigo estaba petrificado del miedo. Logré que volviera en sí y le pregunté qué había pasado. Su mano se levantó y solo atinó a responderme apuntando hacia la oscuridad.
Unas pequeñas luces se veían desde las penumbras. El indio, ahora con más movimientos que antes, demostraba su preocupación e impaciencia por salir de allí.
-Tenemos que irnos, tenemos que irnos- repetía -La bestia ataca como fantasma. Bestia mala-. Entonces salió a correr en una dirección errónea. Intenté detenerlo, pero fue inútil. Recordé entonces las luces en lo oscuro. Volteé y ya no había nada. Luego de unos minutos puede escuchar un grito.Estaba aterrado, mi cuerpo y mi mente ya se hacían a la idea de ser devorados. Comencé a caminar con una antorcha en mi mano, buscando encontrar una salida. De pronto, un sonido fuerte seguido de un aullido me sobresaltó. A pesar del susto, me acerqué al lugar de donde provenía el sonido. Encontré a la bestia aullando de dolor debajo de una rama que había caído desde un árbol. Su cuerpo era tal cual me lo había descripto: enorme y negro. Pude ver que su pata estaba atrapada en una pesada rama. Decidí acabar con la vida del animal con mi Winchester. Preparé y apunté, con mano temblorosa, hacia su frente. Pero un pensamiento me vino a la mente al igual que un sentimiento. ¿Sería capaz de matar a este animal? ¿Ser tan poca cosa de matar a un animal mientras está atrapado e indefenso? Bajé el arma, puede sonar a locura, pero decidí ayudarlo. Me acerqué poco a poco. Repentinamente erizó sus pelos y mostró sus afilados dientes entre sus fauces. Tomé la rama entre mis manos mientras la bestia me clavaba su mirada. Al segundo intento pareció entender lo que intentaba hacer y se calmó. Cuando logré quitar la rama, el feroz animal se levantó rápidamente. Aún con dificultad para caminar paró en seco, unos metros frente a mí. Noté en sus ojos, negros como la noche, un cierto agradecimiento. Luego de un momento solo dio media vuelta y se fue.
Volví con los indios luego de tres horas de buscar y recorrer el oscuro bosque. Por momentos me sentí observado ¿Acaso el animal me estaría siguiendo? Eso era probable, pero pensé que si me volvía a ver muchas veces el animal huiría. Antes de emprender la vuelta pude notar que una parte del pelo se había quedado en la rama. Al mostrar el trozo de pelo, la mayoría salió aterrada en busca del chaman. El médico brujo quería que quemara el pelo. Temía que el animal volviera por él. Le dije que era una muestra de pelo para la “ciencia”. En realidad quería conservar el pelo del animal como un recuerdo.
III- El reencuentro
Luego del encuentro con “la bestia”, los indios me miraban diferente, como si fuera ajeno a ellos. Hasta yo me sentía diferente, más fuerte, más decidido. Además había encontrado una lastimadura en mi pierna, pero no recordaba haberme golpeado. Una tarde, él reapareció.
“La bestia” había salido en pleno día. Los indios corrieron espantados en el momento en que lo vieron llegar. Yo no atiné a moverme. Lo único que escuché decir fue “amaracón”, “amaracón”, “amaracón”. Lo vi llegar con dificultad, parecía lastimado. Su pata seguía sin curarse. Con dificultad, me acerqué lento hasta él. No mostró resistencia. Como si fuera un perro bajo sus orejas, se sentó en el suelo y estiré hacia adelante la pata herida. Pedí a los indios una gasa para curar al animal. Ellos estaban aterrados, presos del miedo. Lo único que hizo que se movieran fue cuando grité y “la bestia” pegó un ladrido ensordecedor.
Curé al animal. En eso apareció el chamán de la tribu. No había logrado conocerlo debido al desprecio que tenía por las personas ajenas a la tribu. Se fue acercando hacia la bestia, pero le corté el paso temiendo que tratara de lastimar al animal.
-La Bestia ha encontrado a su compañero- dijo. En un principio no entendía a qué se refería. Entonces me contó la historia del origen de “la bestia”
IV- La bestia y su historia.
Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo un indio había logrado lo que se creía imposible: había amaestrado a un lobo. El animal, una bestia enorme, se había hecho parte de su familia. Ambos, hombre y animal, salían juntos a cazar, pescar o solamente a descansar. Un día los españoles llegaron. El indio partió con su familia hacia el bosque, el cual conocían perfectamente. Los españoles encontraron a la familia. El indio, justo antes de recibir un disparo, le ordenó al lobo correr y protegerse en el bosque. Cuando pasó el peligro, el animal regresó y halló al cuerpo ya sin vida de su amo , su *compañero.
Dicen que el lobo les pidió a los dioses del cielo reencontrarse con su amo. Lo dioses aceptaron pero con la condición de que él debía proteger el bosque y a sus animales hasta que su amo volviera. Dicen que cuando amo y animal se reencuentren, la unión será tan fuerte que sentirán lo mismo, si uno es lastimado el otro compartirá su cicatriz. Desde entonces el lobo ha cuidado del bosque esperando a su amo, a su compañero. Hasta hoy.
V- En busca de la verdad
Al terminar de escuchar la historia quedé asombrado. ¿Sería eso posible? Lo que me contó no tenía lógica. Aunque, en el bosque, cuando el lobo me miró, sentí algo extraño. Como si hubiera estado esperándome por largo tiempo. Al revisar mi herida, noté que se veía bastante mejor. De pronto, una idea recorrió mi cabeza. Si la historia era real, “la bestia” sentiría lo mismo que yo. Decidí quitarme la venda y hundir mi dedo en la lastimadura. Acerqué el dedo lentamente y cuando grité por el ardor “la bestia” emitió un aullido de dolor. Era cierto. El lobo y yo estábamos unidos.
Decidí quedarme a vivir con los nativos. Tenía dos buenas razones. Si me iba, el lobo querría venir conmigo y un lobo en la ciudad podría ser peligroso. La otra razón era que quería quedarme. La unión entre nosotros me parecía extraordinaria.
Le tomé cariño al animal. Solo se dejaba acariciar por mí. Decidí llamarlo “Lobo”, porque “la bestia” seguramente le recordaría su pasado.
Han pasado ya veinte años desde mi encuentro con Lobo, ambos ya estamos algo viejos, pero tenemos el mismo espíritu de antes. Me casé y logré formar una familia. Lobo es ahora más tranquilo, solo con los chicos. Me ha salvado muchas veces, tantas, que si contara cada una de nuestras aventuras no terminaría este relato.
Lo único que sé es que jamás olvidaré ese día. “La bestia y yo” “yo y la bestia” al final…“Yo soy la bestia”
Los indios del norte lo llamaban “amaracón” que en su idioma quiere decir “la bestia”. Decían que era enorme, más grande que una persona, capaz de matar a un oso solo con apoyarle la punta de sus garras. Habitaba en medio del profundo bosque. Nunca salía de día. En su espalda, un arco de pelos erizados como púas. Ojos negros y aterradores, como su pelaje. A su paso solo dejaba muerte y destrucción. Por las noches emitía un aullido aterrador, como si su cuerpo fuera poseído por un ente siniestro. Los que habían sobrevivido a su encuentro se podían contar con los dedos de una, pero estos quedaban con serios traumas por la impresión de ver a tal fiera.
II- El primer encuentro
Luego de llegar junto a los indios desde Bs. As., supe sobre la bestia. Decidí ir a buscarlo para estudiarlo y ver de qué animal se trataba. Siempre me habían interesado desde pequeño las historias de bestias terroríficas y esta me pareció la oportunidad perfecta de revelar una leyenda. Por las dudas iba equipado con un Winchester antiguo que un nativo me vendió por $500.
Dos indios, llevando hachas, fueron los que me condujeron hasta la entrada del bosque donde habitaba “La Bestia”. Llegamos justo antes de anochecer. Las copas de los árboles se alzaban cuatro metros sobre nuestras cabezas. Ni bien entramos, estuvimos a oscuras iluminados apenas por unas antorchas con un poco de alcohol que nos alumbrarían unas horas. Nos fuimos adentrando a lo que parecía ser el corazón del bosque. Había pasado por lo menos una hora cuando lo sentimos: un movimiento brusco entre los árboles. Seguimos avanzando, cada uno mirando para un lado cubriéndonos las espaldas. Decidimos descansar, reemplazándonos por turnos. Uno de ellos tomaría el primero mientras nosotros descansábamos. Me pareció lo mejor. Desperté dos horas después alertado por un grito. Uno de ellos no estaba y su amigo estaba petrificado del miedo. Logré que volviera en sí y le pregunté qué había pasado. Su mano se levantó y solo atinó a responderme apuntando hacia la oscuridad.
Unas pequeñas luces se veían desde las penumbras. El indio, ahora con más movimientos que antes, demostraba su preocupación e impaciencia por salir de allí.
-Tenemos que irnos, tenemos que irnos- repetía -La bestia ataca como fantasma. Bestia mala-. Entonces salió a correr en una dirección errónea. Intenté detenerlo, pero fue inútil. Recordé entonces las luces en lo oscuro. Volteé y ya no había nada. Luego de unos minutos puede escuchar un grito.Estaba aterrado, mi cuerpo y mi mente ya se hacían a la idea de ser devorados. Comencé a caminar con una antorcha en mi mano, buscando encontrar una salida. De pronto, un sonido fuerte seguido de un aullido me sobresaltó. A pesar del susto, me acerqué al lugar de donde provenía el sonido. Encontré a la bestia aullando de dolor debajo de una rama que había caído desde un árbol. Su cuerpo era tal cual me lo había descripto: enorme y negro. Pude ver que su pata estaba atrapada en una pesada rama. Decidí acabar con la vida del animal con mi Winchester. Preparé y apunté, con mano temblorosa, hacia su frente. Pero un pensamiento me vino a la mente al igual que un sentimiento. ¿Sería capaz de matar a este animal? ¿Ser tan poca cosa de matar a un animal mientras está atrapado e indefenso? Bajé el arma, puede sonar a locura, pero decidí ayudarlo. Me acerqué poco a poco. Repentinamente erizó sus pelos y mostró sus afilados dientes entre sus fauces. Tomé la rama entre mis manos mientras la bestia me clavaba su mirada. Al segundo intento pareció entender lo que intentaba hacer y se calmó. Cuando logré quitar la rama, el feroz animal se levantó rápidamente. Aún con dificultad para caminar paró en seco, unos metros frente a mí. Noté en sus ojos, negros como la noche, un cierto agradecimiento. Luego de un momento solo dio media vuelta y se fue.
Volví con los indios luego de tres horas de buscar y recorrer el oscuro bosque. Por momentos me sentí observado ¿Acaso el animal me estaría siguiendo? Eso era probable, pero pensé que si me volvía a ver muchas veces el animal huiría. Antes de emprender la vuelta pude notar que una parte del pelo se había quedado en la rama. Al mostrar el trozo de pelo, la mayoría salió aterrada en busca del chaman. El médico brujo quería que quemara el pelo. Temía que el animal volviera por él. Le dije que era una muestra de pelo para la “ciencia”. En realidad quería conservar el pelo del animal como un recuerdo.
III- El reencuentro
Luego del encuentro con “la bestia”, los indios me miraban diferente, como si fuera ajeno a ellos. Hasta yo me sentía diferente, más fuerte, más decidido. Además había encontrado una lastimadura en mi pierna, pero no recordaba haberme golpeado. Una tarde, él reapareció.
“La bestia” había salido en pleno día. Los indios corrieron espantados en el momento en que lo vieron llegar. Yo no atiné a moverme. Lo único que escuché decir fue “amaracón”, “amaracón”, “amaracón”. Lo vi llegar con dificultad, parecía lastimado. Su pata seguía sin curarse. Con dificultad, me acerqué lento hasta él. No mostró resistencia. Como si fuera un perro bajo sus orejas, se sentó en el suelo y estiré hacia adelante la pata herida. Pedí a los indios una gasa para curar al animal. Ellos estaban aterrados, presos del miedo. Lo único que hizo que se movieran fue cuando grité y “la bestia” pegó un ladrido ensordecedor.
Curé al animal. En eso apareció el chamán de la tribu. No había logrado conocerlo debido al desprecio que tenía por las personas ajenas a la tribu. Se fue acercando hacia la bestia, pero le corté el paso temiendo que tratara de lastimar al animal.
-La Bestia ha encontrado a su compañero- dijo. En un principio no entendía a qué se refería. Entonces me contó la historia del origen de “la bestia”
IV- La bestia y su historia.
Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo un indio había logrado lo que se creía imposible: había amaestrado a un lobo. El animal, una bestia enorme, se había hecho parte de su familia. Ambos, hombre y animal, salían juntos a cazar, pescar o solamente a descansar. Un día los españoles llegaron. El indio partió con su familia hacia el bosque, el cual conocían perfectamente. Los españoles encontraron a la familia. El indio, justo antes de recibir un disparo, le ordenó al lobo correr y protegerse en el bosque. Cuando pasó el peligro, el animal regresó y halló al cuerpo ya sin vida de su amo , su *compañero.
Dicen que el lobo les pidió a los dioses del cielo reencontrarse con su amo. Lo dioses aceptaron pero con la condición de que él debía proteger el bosque y a sus animales hasta que su amo volviera. Dicen que cuando amo y animal se reencuentren, la unión será tan fuerte que sentirán lo mismo, si uno es lastimado el otro compartirá su cicatriz. Desde entonces el lobo ha cuidado del bosque esperando a su amo, a su compañero. Hasta hoy.
V- En busca de la verdad
Al terminar de escuchar la historia quedé asombrado. ¿Sería eso posible? Lo que me contó no tenía lógica. Aunque, en el bosque, cuando el lobo me miró, sentí algo extraño. Como si hubiera estado esperándome por largo tiempo. Al revisar mi herida, noté que se veía bastante mejor. De pronto, una idea recorrió mi cabeza. Si la historia era real, “la bestia” sentiría lo mismo que yo. Decidí quitarme la venda y hundir mi dedo en la lastimadura. Acerqué el dedo lentamente y cuando grité por el ardor “la bestia” emitió un aullido de dolor. Era cierto. El lobo y yo estábamos unidos.
Decidí quedarme a vivir con los nativos. Tenía dos buenas razones. Si me iba, el lobo querría venir conmigo y un lobo en la ciudad podría ser peligroso. La otra razón era que quería quedarme. La unión entre nosotros me parecía extraordinaria.
Le tomé cariño al animal. Solo se dejaba acariciar por mí. Decidí llamarlo “Lobo”, porque “la bestia” seguramente le recordaría su pasado.
Han pasado ya veinte años desde mi encuentro con Lobo, ambos ya estamos algo viejos, pero tenemos el mismo espíritu de antes. Me casé y logré formar una familia. Lobo es ahora más tranquilo, solo con los chicos. Me ha salvado muchas veces, tantas, que si contara cada una de nuestras aventuras no terminaría este relato.
Lo único que sé es que jamás olvidaré ese día. “La bestia y yo” “yo y la bestia” al final…“Yo soy la bestia”
sábado, 1 de abril de 2017
CONTATE UN CUENTO IX - Mención de Honor Categoría C: El entierro del olvido Por Guadalupe Galván, alumna de 4º año de E.S.Nº 1 de “Antonio G. Balcarce”
Era una de esas noches en las que la luna llena penetraba entre las nubes, y la suave brisa le agregaba melancolía al crepúsculo. Era un viaje largo y la ruta se hacía muy solitaria, con un estéreo que no sintonizaba ninguna radio y un termo con café que me mantenía lúcida. A mi alrededor sólo había campos que parecían abandonados y algún árbol deteriorado en la lejanía. Tanta soledad y silencio permitían que mis pensamientos me carcomieran, con la vista fija en el asfalto y en el lejano horizonte. Lo que más quería era dejar atrás el pasado, enterrarlo muy profundo, y comenzar una nueva vida en la ciudad a la que me dirigía. Como si mi yo de antes no hubiera existido.
Un par de horas más tarde el cielo comenzó a teñirse de un color ámbar, mis ojos comenzaron a entrecerrarse involuntariamente, parecía que el café ya no hacía más efecto y yo necesitaba descansar. Disminuí la velocidad y aparqué a un lado de la ruta, desde donde se podía divisar una vivienda derruida a unos cuantos metros. Incliné mi asiento y me dispuse a dormir para después continuar con el trayecto.
Creí que estaba profundamente dormida cuando un grito me despertó. Abrí los ojos y me quedé inmóvil para volver a escuchar con más atención. Lo volví a escuchar. Era un llamado, alguien me llamaba pronunciando mi nombre. Me dieron escalofríos y un sudor frío me recorrió por la espalda. Me dije a mi misma que debía ser mi imaginación, afectada por insuficientes horas de descanso. Pero lo volví a oír, y esta vez parecía con más urgencia que las anteriores. Me incorporé y comprobé que provenía de la vivienda que estaba cerca. Tuve el impulso de arrancar mi auto y alejarme de allí, pero la intriga me invadía. Me bajé y noté que aún no había amanecido, de manera que no había dormido casi nada. Caminé sigilosamente en dirección a la casa, y me detuve frente a ella esperando escuchar mi nombre otra vez. Pero nada pasó y me dio más curiosidad.
Tenía la sensación de haber visto esa casa antes, pero en mejores condiciones. La misma fachada, el porche con un par de columnas estilo toscano en los extremos, un par de amplios escalones en la entrada, ventanas con persianas de madera y una puerta con arabescos extraños. Sin pensarlo dos veces me aproximé a la entrada y comencé a subir los escalones que crujían bajo mis pies. Traté de observar algo a través de las persianas derruidas y vi lo que parecían ser las siluetas de algunos muebles. Me detuve a observar la puerta y me percaté de que estaba entreabierta, me dispuse a abrirla y una sensación de adrenalina me dominó.
Los rayos del sol se filtraban entre las persianas y había suficiente claridad en la habitación como para distinguir lo que me rodeaba. Una mesa con una silla se encontraban en el centro del cuarto, y a la izquierda había un viejo en el cual se veían lo que parecían ser fotos. Miré con mucha atención esperando encontrar a alguien, o el origen de los llamados, pero sólo hallé un par de cajas y algo que me llamó la atención, muchas flores marchitas esparcidas por el suelo, que casualmente eran mis favoritas. Me acerqué al aparador y me detuve a mirar las fotos. Estaban viejas y cubiertas de polvo, así que las soplé un poco y las pude distinguir. No podía creer lo que veía, la incertidumbre me invadió, eran las fotos de mi infancia, todos los momentos importantes de mi vida estaban reflejados allí: mis cumpleaños, mis egresos, fotos con mis padres, mis amigos, mis mascotas… comencé a asustarme, ¿cómo podía alguien conseguir esas fotos? ¿Cómo habían terminado allí?
Desesperada, me dirigí hacia las cajas y las abrí, estaban llenas de recuerdos, algunos libros viejos, más fotografías, algo de ropa, cartas… y lo más escalofriante era que todo me pertenecía. O al menos me había pertenecido. Lancé un grito de espanto, no sabía qué hacer, qué era lo que estaba sucediendo, por qué estaba todo ahí. Estaba temblando.
Había otra puerta y supuse que se dirigía al patio. La abrí con desesperación y salí para afuera. El viento ahora soplaba fuerte. Había un roble bastante viejo, el pasto estaba altísimo y del árbol colgaba una hamaca. Debajo de él se encontraba lo que parecía una lápida, medio escondida entre los pastos. Fui corriendo hacia donde estaba. Necesitaba respuestas. Pero lo que vi me dejó sin aire, y completamente anonadada. La lápida tenía mi nombre completo y la fecha que indicaba era del día de hoy.
Pronto todo se puso borroso, caí sobre la hierba seca, mis ojos miraban el cielo, mi cuerpo hundiéndose lentamente. La oscuridad me invadía y yo permanecía inmóvil.
Y después no sentí nada más que un inmenso vacío, oscuridad y… Silencio.
Un par de horas más tarde el cielo comenzó a teñirse de un color ámbar, mis ojos comenzaron a entrecerrarse involuntariamente, parecía que el café ya no hacía más efecto y yo necesitaba descansar. Disminuí la velocidad y aparqué a un lado de la ruta, desde donde se podía divisar una vivienda derruida a unos cuantos metros. Incliné mi asiento y me dispuse a dormir para después continuar con el trayecto.
Creí que estaba profundamente dormida cuando un grito me despertó. Abrí los ojos y me quedé inmóvil para volver a escuchar con más atención. Lo volví a escuchar. Era un llamado, alguien me llamaba pronunciando mi nombre. Me dieron escalofríos y un sudor frío me recorrió por la espalda. Me dije a mi misma que debía ser mi imaginación, afectada por insuficientes horas de descanso. Pero lo volví a oír, y esta vez parecía con más urgencia que las anteriores. Me incorporé y comprobé que provenía de la vivienda que estaba cerca. Tuve el impulso de arrancar mi auto y alejarme de allí, pero la intriga me invadía. Me bajé y noté que aún no había amanecido, de manera que no había dormido casi nada. Caminé sigilosamente en dirección a la casa, y me detuve frente a ella esperando escuchar mi nombre otra vez. Pero nada pasó y me dio más curiosidad.
Tenía la sensación de haber visto esa casa antes, pero en mejores condiciones. La misma fachada, el porche con un par de columnas estilo toscano en los extremos, un par de amplios escalones en la entrada, ventanas con persianas de madera y una puerta con arabescos extraños. Sin pensarlo dos veces me aproximé a la entrada y comencé a subir los escalones que crujían bajo mis pies. Traté de observar algo a través de las persianas derruidas y vi lo que parecían ser las siluetas de algunos muebles. Me detuve a observar la puerta y me percaté de que estaba entreabierta, me dispuse a abrirla y una sensación de adrenalina me dominó.
Los rayos del sol se filtraban entre las persianas y había suficiente claridad en la habitación como para distinguir lo que me rodeaba. Una mesa con una silla se encontraban en el centro del cuarto, y a la izquierda había un viejo en el cual se veían lo que parecían ser fotos. Miré con mucha atención esperando encontrar a alguien, o el origen de los llamados, pero sólo hallé un par de cajas y algo que me llamó la atención, muchas flores marchitas esparcidas por el suelo, que casualmente eran mis favoritas. Me acerqué al aparador y me detuve a mirar las fotos. Estaban viejas y cubiertas de polvo, así que las soplé un poco y las pude distinguir. No podía creer lo que veía, la incertidumbre me invadió, eran las fotos de mi infancia, todos los momentos importantes de mi vida estaban reflejados allí: mis cumpleaños, mis egresos, fotos con mis padres, mis amigos, mis mascotas… comencé a asustarme, ¿cómo podía alguien conseguir esas fotos? ¿Cómo habían terminado allí?
Desesperada, me dirigí hacia las cajas y las abrí, estaban llenas de recuerdos, algunos libros viejos, más fotografías, algo de ropa, cartas… y lo más escalofriante era que todo me pertenecía. O al menos me había pertenecido. Lancé un grito de espanto, no sabía qué hacer, qué era lo que estaba sucediendo, por qué estaba todo ahí. Estaba temblando.
Había otra puerta y supuse que se dirigía al patio. La abrí con desesperación y salí para afuera. El viento ahora soplaba fuerte. Había un roble bastante viejo, el pasto estaba altísimo y del árbol colgaba una hamaca. Debajo de él se encontraba lo que parecía una lápida, medio escondida entre los pastos. Fui corriendo hacia donde estaba. Necesitaba respuestas. Pero lo que vi me dejó sin aire, y completamente anonadada. La lápida tenía mi nombre completo y la fecha que indicaba era del día de hoy.
Pronto todo se puso borroso, caí sobre la hierba seca, mis ojos miraban el cielo, mi cuerpo hundiéndose lentamente. La oscuridad me invadía y yo permanecía inmóvil.
Y después no sentí nada más que un inmenso vacío, oscuridad y… Silencio.
CONTATE UN CUENTO IX - Mención de Honor Categoría B: Ella - Por Alfonsina Bevilacqua alumna e 2º del Instituto Presbítero José Albertini de Lobos . Pcia de Bs.As.
Ella cantaba, lo hacía todo el tiempo, en cualquier momento, en cualquier lugar, cualquier canción, con cualquier persona presente. No le importaba lo que los demás pensaran, solo le importaba llamar la atención de una única persona, él. Si la atención de él.
Pasaba días enteros practicando y practicando, repasando cada nota, cada palabra, cada tono, para que ese día, aquel día, todo saliera perfecto.Él era su debilidad, la pared que la sostenía, su razón de vivir, lo que la hacía levantarse por las mañanas y ver con positividad la llegada de un nuevo día, lo que la hacía optimista hasta cuando no había ni una gota buena en un océano malo. Él era la vida, la pura definición de la palabra.
Ella no tenía una buena vida, de hecho, no tenía una propia vida, dependía de su hermano. Todo su ser dependía de él; porque, si ella hacía algo que a él no le pudiera llegar a gustar, se vería obligada a convertirse en su esposa, la esposa de su propio hermano. Y en su país, esto se veía gravísimo. Si, la religión lo aceptaba, pero el gobierno lo prohibía. Quien rompiese esta regla, sería condenado a muerte. Eso es lo que su hermano quería. Morir junto a su hermana, su única familia. Ya estaba haciendo algo que no le gustaría, así que, si no conseguía lo que quería, lo que le seguía era el casamiento, y eso implicaba su muerte y la de su hermano. Además su hermano tenía problemas mentales. Era esquizofrénico. Le diagnosticaron esta enfermedad a los 8 años, y ahora que tenía 59, al fin había dejado de ver esas visiones de su hermana desnuda, suplicándole morir a su lado. Eso es lo que su hermano pensaba, que era lo que ella deseaba más que nada en el mundo, era lo que le escuchaba decir en sus visiones, y estaba seguro de que lo cumpliría. Ahora veía cosas peores, pero al menos no la incluían a ella. Igualmente, su hermano seguía convencido de su deseo.
Él, para ella, era su salvación, era libertad, era soltarse de las cadenas de su hermano enfermo, quien había tratado de matarla en muchas oportunidades, era al fin formar su vida, su propia vida, era al fin dejar su pasado, su oscuro pasado. Simplemente, lo necesitaba. Necesitaba ese hombre que no conocía, ese hombre al que nunca le había escuchado la voz, ese hombre del que desconocía su nombre y que simplemente necesitaba. Pero para eso, debería seguir ensayando su preparada canción, porque esa era la única estrategia que tenía para conquistarlo, ya que con sus 70 años, otro talento no encontraba. Cantar era lo único que sabía hacer. Esa noche, tenía la impresión de que todo cambiaria, no sabía si para bien o para mal, pero algo dejaría de ser igual. Esa noche, tenía que ser su noche, nada podía arruinarlo.
Cantó y cantó por semanas y semanas, esperando el gran día, estaba preparada, todo listo. Se había puesto su mejor vestido, uno largo, blanco, de algodón, con escote pronunciado, unos zapatos de taco medio, acorde con el vestido y se había maquillaje . A la hora indicada salió caminando hacia la fiesta a la que había sido invitada por él. En realidad, invitada por él no, sino que había encontrado la invitación tirada en la calle y aprovechó la ocasión; no iba a desaprovechar semejante oportunidad.
Al entrar, contempló el arco de globos que se hallaba en la entrada con total admiración, entró muy disimulada, y cuando el guardia le pidió la invitación, ella accedió y se la entregó con total presumo. Lo conocía hacía 20 años, lo amaba, soñaba con él cada noche, imaginaba situaciones nunca vividas y totalmente imposibles a su lado, quería casarse con él, tener hijos, hacerlo feliz y ser feliz también ella. Él era el hombre de su vida, no soportaría desaprovechar el momento, ni mucho menos soportaría su rechazo.
Recorrió el camino de flores hasta toparse con una carpa blanca de fiesta, a su lado ocho carpas más. Todo era color blanco, buena elección de vestido, pensó. Una mujer de vestido blanco largo, súper formal y llamativo, entró por la puerta, y de repente todos los invitados que estaban sentados dentro de las carpas se pararon y tomaron una copa de champaña, la alzaron en su dirección y brindaron mientras la mujer caminaba rumbo al final del camino, donde se encontraba él. Tardó unos segundos en darse cuenta que se trataba de una boda, pero ¿quién se casaba?
Algo se sacudió dentro de ella cuando notó que el que se casaba con esa mujer, no era ni más ni menos que él. Pero ¿Solo con 20 años se casa? ¿No es acaso muy joven? Se quedó en la fiesta, había buena comida, buen vino y buena música, no veía por qué irse. En el momento en que todos bailaban, decidió que sería un buen instante para mostrar su voz, así que se dirigió al centro de la pista, tomo aire y comenzó a cantar para todos los presentes. Vio, al fin, como él se fijó en ella, la miró con amor, con compasión y respeto. Siguió cantando mientras observaba como él se dirigía a ella, y cuando ya estuvieron frente a frente, él le dijo: “Me alegro de que estés aquí, madre” y de un segundo a otro, la voz se le cortó, las palabras no salían de su boca. Tardó un momento en darse cuenta que lo que le faltaba no era la voz, sino el aire. Su mundo se derrumbó en ese instante, los muros que la sostenían cayeron a sus pies. Vio pasar toda su vida frente a sus ojos. En solo un instante. Vio su vida reflejada en un solo instante.
Los talones se le doblaron, sus piernas comenzaron a temblar con violencia, sus ojos iban y venían, el corazón se le aceleró. Unos segundos bastaron para que cayera rendida al piso.
Y así vio su última imagen, la imagen que se le grabó en la cabeza hasta morir. La imagen de ese hombre, el hombre de sus sueños, el hombre que amaba, con el que se había imaginado un futuro, siendo el mismo hombre al que le dio la vida. Siendo su hijo.
Pasaba días enteros practicando y practicando, repasando cada nota, cada palabra, cada tono, para que ese día, aquel día, todo saliera perfecto.Él era su debilidad, la pared que la sostenía, su razón de vivir, lo que la hacía levantarse por las mañanas y ver con positividad la llegada de un nuevo día, lo que la hacía optimista hasta cuando no había ni una gota buena en un océano malo. Él era la vida, la pura definición de la palabra.
Ella no tenía una buena vida, de hecho, no tenía una propia vida, dependía de su hermano. Todo su ser dependía de él; porque, si ella hacía algo que a él no le pudiera llegar a gustar, se vería obligada a convertirse en su esposa, la esposa de su propio hermano. Y en su país, esto se veía gravísimo. Si, la religión lo aceptaba, pero el gobierno lo prohibía. Quien rompiese esta regla, sería condenado a muerte. Eso es lo que su hermano quería. Morir junto a su hermana, su única familia. Ya estaba haciendo algo que no le gustaría, así que, si no conseguía lo que quería, lo que le seguía era el casamiento, y eso implicaba su muerte y la de su hermano. Además su hermano tenía problemas mentales. Era esquizofrénico. Le diagnosticaron esta enfermedad a los 8 años, y ahora que tenía 59, al fin había dejado de ver esas visiones de su hermana desnuda, suplicándole morir a su lado. Eso es lo que su hermano pensaba, que era lo que ella deseaba más que nada en el mundo, era lo que le escuchaba decir en sus visiones, y estaba seguro de que lo cumpliría. Ahora veía cosas peores, pero al menos no la incluían a ella. Igualmente, su hermano seguía convencido de su deseo.
Él, para ella, era su salvación, era libertad, era soltarse de las cadenas de su hermano enfermo, quien había tratado de matarla en muchas oportunidades, era al fin formar su vida, su propia vida, era al fin dejar su pasado, su oscuro pasado. Simplemente, lo necesitaba. Necesitaba ese hombre que no conocía, ese hombre al que nunca le había escuchado la voz, ese hombre del que desconocía su nombre y que simplemente necesitaba. Pero para eso, debería seguir ensayando su preparada canción, porque esa era la única estrategia que tenía para conquistarlo, ya que con sus 70 años, otro talento no encontraba. Cantar era lo único que sabía hacer. Esa noche, tenía la impresión de que todo cambiaria, no sabía si para bien o para mal, pero algo dejaría de ser igual. Esa noche, tenía que ser su noche, nada podía arruinarlo.
Cantó y cantó por semanas y semanas, esperando el gran día, estaba preparada, todo listo. Se había puesto su mejor vestido, uno largo, blanco, de algodón, con escote pronunciado, unos zapatos de taco medio, acorde con el vestido y se había maquillaje . A la hora indicada salió caminando hacia la fiesta a la que había sido invitada por él. En realidad, invitada por él no, sino que había encontrado la invitación tirada en la calle y aprovechó la ocasión; no iba a desaprovechar semejante oportunidad.
Al entrar, contempló el arco de globos que se hallaba en la entrada con total admiración, entró muy disimulada, y cuando el guardia le pidió la invitación, ella accedió y se la entregó con total presumo. Lo conocía hacía 20 años, lo amaba, soñaba con él cada noche, imaginaba situaciones nunca vividas y totalmente imposibles a su lado, quería casarse con él, tener hijos, hacerlo feliz y ser feliz también ella. Él era el hombre de su vida, no soportaría desaprovechar el momento, ni mucho menos soportaría su rechazo.
Recorrió el camino de flores hasta toparse con una carpa blanca de fiesta, a su lado ocho carpas más. Todo era color blanco, buena elección de vestido, pensó. Una mujer de vestido blanco largo, súper formal y llamativo, entró por la puerta, y de repente todos los invitados que estaban sentados dentro de las carpas se pararon y tomaron una copa de champaña, la alzaron en su dirección y brindaron mientras la mujer caminaba rumbo al final del camino, donde se encontraba él. Tardó unos segundos en darse cuenta que se trataba de una boda, pero ¿quién se casaba?
Algo se sacudió dentro de ella cuando notó que el que se casaba con esa mujer, no era ni más ni menos que él. Pero ¿Solo con 20 años se casa? ¿No es acaso muy joven? Se quedó en la fiesta, había buena comida, buen vino y buena música, no veía por qué irse. En el momento en que todos bailaban, decidió que sería un buen instante para mostrar su voz, así que se dirigió al centro de la pista, tomo aire y comenzó a cantar para todos los presentes. Vio, al fin, como él se fijó en ella, la miró con amor, con compasión y respeto. Siguió cantando mientras observaba como él se dirigía a ella, y cuando ya estuvieron frente a frente, él le dijo: “Me alegro de que estés aquí, madre” y de un segundo a otro, la voz se le cortó, las palabras no salían de su boca. Tardó un momento en darse cuenta que lo que le faltaba no era la voz, sino el aire. Su mundo se derrumbó en ese instante, los muros que la sostenían cayeron a sus pies. Vio pasar toda su vida frente a sus ojos. En solo un instante. Vio su vida reflejada en un solo instante.
Los talones se le doblaron, sus piernas comenzaron a temblar con violencia, sus ojos iban y venían, el corazón se le aceleró. Unos segundos bastaron para que cayera rendida al piso.
Y así vio su última imagen, la imagen que se le grabó en la cabeza hasta morir. La imagen de ese hombre, el hombre de sus sueños, el hombre que amaba, con el que se había imaginado un futuro, siendo el mismo hombre al que le dio la vida. Siendo su hijo.
sábado, 25 de marzo de 2017
CONTATE UN CUENTO IX - Mención de Honor de Categoría B - El universo en tus ojos- Por Lucia Gauto, alumna de la E.S. Nº 3 de San Manuel
Les contaré una linda experiencia de mi vida. Si tuviera que definirla y ubicarla en mi historia, lo correcto sería decirles que la considero como un respiro enviado por el universo luego de una mala racha, que había sido lo suficientemente extensa como para dejarme vacío…
El invierno se había apoderado de la ciudad, una de esas en las que sus habitantes se levantan junto al alba con el estruendo de sus despertadores, los siete días de la semana y desde que toman contacto con la calle se transforman en una especie de robots, conducidos por el vertiginoso ritmo de la cotidiana realidad. Como pasaba por un momento lleno de días grises, por lo tanto me había limitado a poner mi cerebro en modo automático, para comportarme como la mayoría lo hacía; actuaba como uno más del montón, era parte de esa multitud que se deja llevar por la corriente sin detenerse a racionalizar sus actos. Pero el transcurso de las horas se tornaba interminable y, se llenaba de solitarios y agobiantes silencios, propicios para que los recuerdos atacaran una vez más mi mente.
Ese día fue especial desde el comienzo, mi inconsciente advirtió la situación porque soñé con mi mamá, la calma siempre fue su mayor virtud y el mensaje pretendía tranquilizarme, pues las pesadillas eran recurrentes en ese tiempo, pero por primera vez después de varios días me despertaba calmo, sin apuro alguno. Cuando me asomé por la ventana descubrí que amanecíamos con nieve, inevitablemente ese manto blanco que cubría el exterior, me transportaba a la fría sensación que experimente aquel día. Pero algo me decía que no era eso lo que el destino tenía planeado para mi, no iba a ver un nuevo torrente de recuerdos agobiantes a lo largo de la jornada, por eso me animé a ir otra vez al café de la esquina para desayunar.Allí fue la primera vez que la vi. Estaba sentado a tan solo tres mesas de ella y me cautivó su mirada, leía un diario y les puedo asegurar que sus ojos, del más cálido color castaña, eran un espejo. Reflejaban a la perfección las sensaciones que le producían cada una de las palabras plasmadas sobre el papel. Se notaba su aflicción en las noticias trágicas, su alegría con los logros de los desconocidos, su concentración en las teorías científicas, y eso para ser franco no abundaba en ese momento. Las personas habían perdido la capacidad de experimentar sensación alguna al informarse y me hago cargo de que me sentía uno de ellos. Pero viendo sus expresiones admiré la belleza de su rostro, capaz de exteriorizar sentimientos y hasta una pequeña parte de mí la envidió por eso. Reconocía que esa cualidad la había perdido en aquel momento y no creía que la recuperaría alguna vez. Esa razón hizo que me acercara y como todas las personas destinadas a encontrarse en un punto de sus vidas, nos conocimos sabiendo que compartiríamos algún tiempo. Pero ella no sabía qué me iba a devolver mucho, aunque no me hubiese quitado nada.
Con todos y cada uno de los días que compartíamos una nueva sensación recobraba vida en mi interior. Era una de esas personas que son únicas en este mundo y bendicen a quienes las cruzan por el camino. Siempre sonriente, poseía una admiración absoluta hacia cada parte de la naturaleza que la rodeaba y cada vez que observaba algo encontraba un nuevo motivo que lo embellecía cada vez más. En cierto punto hizo lo mismo conmigo, no sé qué era lo bello que rescataba de mi persona, porque si les cuento la verdad, me consideraba bastante despreciable en esa época; pero ella me conectó otra vez a tierra, me devolvió mi perspectiva de la realidad, unió otra vez todas mis piezas. Y sin más, cuando me vio completo, se marchó dejando una nota que decía:
“Te presté mis ojos para que recobres tu mirada porque quería volver a verte pasar sonriendo y desentonando con el mundo. Siempre supe todo lo que llevabas dentro y me dolió saber que no lo encontrabas en ti, por eso te ayudé. Ahora tu fuerza y vitalidad están de vuelta y volverás a ser esa persona que se distingue entre las demás y camina en dirección contraria haciéndoles abrir los ojos.
Nuestros caminos hoy se bifurcan pero estoy segura que sabré de ti pronto. Despliega tus alas tan amplias como puedas, y levanta vuelo de una vez, así lo hubieran querido ellos. Hay tanto allá afuera por conocer y sé lo mucho que deseabas verlo. Desde algún lugar te acompañarán, no lo dudes. Sal y piérdete con la belleza de lo que encuentres, corre riesgos y no te cargues más peso a los hombros.
Siempre tendrás una parte de mi corazón que te seguirá queriendo.
Adiós.”
Esa mañana, completó su misión. Creo que fue una persona que me mandaron ellos, para que fuera esa luz en medio de tanta oscuridad. Sabían que teníamos la misma naturaleza y entendí que no debía seguirla. Comprendí que debía soltar los hechos, el peso no debía recaer más sobre mi espalda. Acepté el termino accidente y me dispuse a retomar las riendas de mi vida, para concretar los sueños que alguna vez habían sido mi horizonte. Llené las valijas, compré un boleto y me dispuse a volar; sabiendo que entre las nubes que veía por la ventanilla estaban sonriendo. Porque ya no me creía más culpable, aceptaba lo sucedido como parte del destino y los quería guiándome desde ese lugar en donde se encontraran. Parte de ellos vivía dentro de mí y me acompañarían siempre para que experimente todo lo que juntos habíamos imaginado.
El invierno se había apoderado de la ciudad, una de esas en las que sus habitantes se levantan junto al alba con el estruendo de sus despertadores, los siete días de la semana y desde que toman contacto con la calle se transforman en una especie de robots, conducidos por el vertiginoso ritmo de la cotidiana realidad. Como pasaba por un momento lleno de días grises, por lo tanto me había limitado a poner mi cerebro en modo automático, para comportarme como la mayoría lo hacía; actuaba como uno más del montón, era parte de esa multitud que se deja llevar por la corriente sin detenerse a racionalizar sus actos. Pero el transcurso de las horas se tornaba interminable y, se llenaba de solitarios y agobiantes silencios, propicios para que los recuerdos atacaran una vez más mi mente.
Ese día fue especial desde el comienzo, mi inconsciente advirtió la situación porque soñé con mi mamá, la calma siempre fue su mayor virtud y el mensaje pretendía tranquilizarme, pues las pesadillas eran recurrentes en ese tiempo, pero por primera vez después de varios días me despertaba calmo, sin apuro alguno. Cuando me asomé por la ventana descubrí que amanecíamos con nieve, inevitablemente ese manto blanco que cubría el exterior, me transportaba a la fría sensación que experimente aquel día. Pero algo me decía que no era eso lo que el destino tenía planeado para mi, no iba a ver un nuevo torrente de recuerdos agobiantes a lo largo de la jornada, por eso me animé a ir otra vez al café de la esquina para desayunar.Allí fue la primera vez que la vi. Estaba sentado a tan solo tres mesas de ella y me cautivó su mirada, leía un diario y les puedo asegurar que sus ojos, del más cálido color castaña, eran un espejo. Reflejaban a la perfección las sensaciones que le producían cada una de las palabras plasmadas sobre el papel. Se notaba su aflicción en las noticias trágicas, su alegría con los logros de los desconocidos, su concentración en las teorías científicas, y eso para ser franco no abundaba en ese momento. Las personas habían perdido la capacidad de experimentar sensación alguna al informarse y me hago cargo de que me sentía uno de ellos. Pero viendo sus expresiones admiré la belleza de su rostro, capaz de exteriorizar sentimientos y hasta una pequeña parte de mí la envidió por eso. Reconocía que esa cualidad la había perdido en aquel momento y no creía que la recuperaría alguna vez. Esa razón hizo que me acercara y como todas las personas destinadas a encontrarse en un punto de sus vidas, nos conocimos sabiendo que compartiríamos algún tiempo. Pero ella no sabía qué me iba a devolver mucho, aunque no me hubiese quitado nada.
Con todos y cada uno de los días que compartíamos una nueva sensación recobraba vida en mi interior. Era una de esas personas que son únicas en este mundo y bendicen a quienes las cruzan por el camino. Siempre sonriente, poseía una admiración absoluta hacia cada parte de la naturaleza que la rodeaba y cada vez que observaba algo encontraba un nuevo motivo que lo embellecía cada vez más. En cierto punto hizo lo mismo conmigo, no sé qué era lo bello que rescataba de mi persona, porque si les cuento la verdad, me consideraba bastante despreciable en esa época; pero ella me conectó otra vez a tierra, me devolvió mi perspectiva de la realidad, unió otra vez todas mis piezas. Y sin más, cuando me vio completo, se marchó dejando una nota que decía:
“Te presté mis ojos para que recobres tu mirada porque quería volver a verte pasar sonriendo y desentonando con el mundo. Siempre supe todo lo que llevabas dentro y me dolió saber que no lo encontrabas en ti, por eso te ayudé. Ahora tu fuerza y vitalidad están de vuelta y volverás a ser esa persona que se distingue entre las demás y camina en dirección contraria haciéndoles abrir los ojos.
Nuestros caminos hoy se bifurcan pero estoy segura que sabré de ti pronto. Despliega tus alas tan amplias como puedas, y levanta vuelo de una vez, así lo hubieran querido ellos. Hay tanto allá afuera por conocer y sé lo mucho que deseabas verlo. Desde algún lugar te acompañarán, no lo dudes. Sal y piérdete con la belleza de lo que encuentres, corre riesgos y no te cargues más peso a los hombros.
Siempre tendrás una parte de mi corazón que te seguirá queriendo.
Adiós.”
Esa mañana, completó su misión. Creo que fue una persona que me mandaron ellos, para que fuera esa luz en medio de tanta oscuridad. Sabían que teníamos la misma naturaleza y entendí que no debía seguirla. Comprendí que debía soltar los hechos, el peso no debía recaer más sobre mi espalda. Acepté el termino accidente y me dispuse a retomar las riendas de mi vida, para concretar los sueños que alguna vez habían sido mi horizonte. Llené las valijas, compré un boleto y me dispuse a volar; sabiendo que entre las nubes que veía por la ventanilla estaban sonriendo. Porque ya no me creía más culpable, aceptaba lo sucedido como parte del destino y los quería guiándome desde ese lugar en donde se encontraran. Parte de ellos vivía dentro de mí y me acompañarían siempre para que experimente todo lo que juntos habíamos imaginado.
“Ese hombre, esa carta” Por Héctor Fuentes (De su libro “Rueda la pelota”)
En una casa en San Vicente alguien escribe una carta. El ruido de las teclas golpea. Las entrañas del papel se manchan. El ruido del mundo golpea al hombre, que de vez en cuando despunta el violento oficio de escritor.
Golpea las teclas con las yemas de los dedos, con el alma. En cada repiqueteo nervioso de la Olympia se desbarranca una denuncia, se abren charcos de lluvias estancadas. Es un mar embravecido que se mueve y salpica rabia.
No sabe escribir de otra manera. Escribir es combatir, y la suerte ha sido echada. Escribir es mostrar la otra cara, la que ríe para adentro y negocia para afuera. Escribir es para él uno de sus oficios terrestres, un oscuro día de justicia, la batalla y la granada, el ser en carne viva que le dicta estremecido las palabras.
Una mujer lo alienta. Un país masacrado lo subleva. Un fuego le quema la sangre. El periodismo le quitó tiempo para escribir una novela, pero esto es otra cosa. Algo que él mismo intuía desde siempre: escribir con las palabras justas la indignación de todo un pueblo. Utilizar el filo del lenguaje como un estilete que corta la cáscara de la realidad. Hablarle de frente a los pobres, a los que están siempre debajo de todo. Debajo de un país que no comprenden, si acá tirás una semilla y crece, los cuatro climas, Argentina potencia.
Escribir golpeando una puerta. Escribir escribiéndose. Escribir jugándose la vida. Escribir y sembrar sospechas en el ojo de la tormenta.
El escrito lleva por título: “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”. Durante tres meses corrige el texto. Sabe que está ejerciendo un derecho prohibido: “sentir la satisfacción moral de un acto de libertad”. Y así y todo, vuelve a sentarse frente a la máquina y golpea las teclas. Ahora ordena el borrador. Mide cada oración con la obsesión de un relojero. Piensa y escribe. Lucha y vuelve. Patria o muerte.
En otros tiempos, cuando alguien le dijo, “hay un fusilado que vive”, la vida lo puso contra las cuerdas. Las bocas de los inocentes gritaban verdades que los diarios rechazaban. Había que descifrar el enigma. La investigación decantó en un libro fundamental: “Operación Masacre”. La ficción se pasa del lado de la realidad. La realidad se narra con las herramientas de la ficción.
Pero ahora estamos en el año 1977. El país se hunde en una noche sin fondo. Los giros de la política económica impuesta por la dictadura, exterminan las esperanzas de millones de argentinos. Avanza el invasor imponiendo la receta del Fondo Monetario Internacional.
La vida no vale nada.
En una casa en San Vicente alguien escribe una carta. Corrige la puntuación. La lee en voz alta. Se mira las manos y se las pasa por la cara. Sabe que unir una palabra tras otra significa entrelazar un destino. Esas palabras viajan hacia el vórtice de las sombras, y sin embargo, aparecen límpidas, exactas, relucientes, manchando con tinta y sangre cada partícula blanca.
En una casa en San Vicente alguien escribe una carta. Ese hombre se llamó Rodolfo Walsh, y tuvo el coraje de enviarla.
Golpea las teclas con las yemas de los dedos, con el alma. En cada repiqueteo nervioso de la Olympia se desbarranca una denuncia, se abren charcos de lluvias estancadas. Es un mar embravecido que se mueve y salpica rabia.
No sabe escribir de otra manera. Escribir es combatir, y la suerte ha sido echada. Escribir es mostrar la otra cara, la que ríe para adentro y negocia para afuera. Escribir es para él uno de sus oficios terrestres, un oscuro día de justicia, la batalla y la granada, el ser en carne viva que le dicta estremecido las palabras.
Una mujer lo alienta. Un país masacrado lo subleva. Un fuego le quema la sangre. El periodismo le quitó tiempo para escribir una novela, pero esto es otra cosa. Algo que él mismo intuía desde siempre: escribir con las palabras justas la indignación de todo un pueblo. Utilizar el filo del lenguaje como un estilete que corta la cáscara de la realidad. Hablarle de frente a los pobres, a los que están siempre debajo de todo. Debajo de un país que no comprenden, si acá tirás una semilla y crece, los cuatro climas, Argentina potencia.
Escribir golpeando una puerta. Escribir escribiéndose. Escribir jugándose la vida. Escribir y sembrar sospechas en el ojo de la tormenta.
El escrito lleva por título: “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”. Durante tres meses corrige el texto. Sabe que está ejerciendo un derecho prohibido: “sentir la satisfacción moral de un acto de libertad”. Y así y todo, vuelve a sentarse frente a la máquina y golpea las teclas. Ahora ordena el borrador. Mide cada oración con la obsesión de un relojero. Piensa y escribe. Lucha y vuelve. Patria o muerte.
En otros tiempos, cuando alguien le dijo, “hay un fusilado que vive”, la vida lo puso contra las cuerdas. Las bocas de los inocentes gritaban verdades que los diarios rechazaban. Había que descifrar el enigma. La investigación decantó en un libro fundamental: “Operación Masacre”. La ficción se pasa del lado de la realidad. La realidad se narra con las herramientas de la ficción.
Pero ahora estamos en el año 1977. El país se hunde en una noche sin fondo. Los giros de la política económica impuesta por la dictadura, exterminan las esperanzas de millones de argentinos. Avanza el invasor imponiendo la receta del Fondo Monetario Internacional.
La vida no vale nada.
En una casa en San Vicente alguien escribe una carta. Corrige la puntuación. La lee en voz alta. Se mira las manos y se las pasa por la cara. Sabe que unir una palabra tras otra significa entrelazar un destino. Esas palabras viajan hacia el vórtice de las sombras, y sin embargo, aparecen límpidas, exactas, relucientes, manchando con tinta y sangre cada partícula blanca.
En una casa en San Vicente alguien escribe una carta. Ese hombre se llamó Rodolfo Walsh, y tuvo el coraje de enviarla.
sábado, 18 de marzo de 2017
LAS RIQUEZAS DEL HOMBRE Por León Tolstoi (Adaptación)
Un hombre, descontento de su suerte, exclamaba:
- Los demás son ricos y yo no tengo nada. ¿Cómo puedo vivir así?
Un anciano oyó sus palabras:
- ¿Eres tú tan pobre como crees? ¿No tienes la juventud y la salud?
- No digo que no, y puedo estar orgulloso con mi fuerza y mi juventud.
El viejo tomó entonces la mano derecha de aquel hombre y le preguntó:
- ¿Te dejarías cortar esta mano por mil rublos?
- No, indudablemente que no.
- ¿Y la izquierda?
- Tampoco.
- ¿Consentirías en quedar ciego por diez mil rublos?
- Dios me libre de ello. No daría un ojo por todo el dinero del mundo.
- Ya ves - agregó el anciano- cuanta riqueza tienes, y sin embargo te quejas.
Pero además no olvides que tienes un espíritu indestructible y eterno en el que llevas un tesoro inagotable: LA VOLUNTAD, que te dará cuanto pidas si la pones al servicio de la razón, de la bondad, de la justicia, de la solidaridad y del trabajo útil.
- Los demás son ricos y yo no tengo nada. ¿Cómo puedo vivir así?
Un anciano oyó sus palabras:
- ¿Eres tú tan pobre como crees? ¿No tienes la juventud y la salud?
- No digo que no, y puedo estar orgulloso con mi fuerza y mi juventud.
El viejo tomó entonces la mano derecha de aquel hombre y le preguntó:
- ¿Te dejarías cortar esta mano por mil rublos?
- No, indudablemente que no.
- ¿Y la izquierda?
- Tampoco.
- ¿Consentirías en quedar ciego por diez mil rublos?
- Dios me libre de ello. No daría un ojo por todo el dinero del mundo.
- Ya ves - agregó el anciano- cuanta riqueza tienes, y sin embargo te quejas.
Pero además no olvides que tienes un espíritu indestructible y eterno en el que llevas un tesoro inagotable: LA VOLUNTAD, que te dará cuanto pidas si la pones al servicio de la razón, de la bondad, de la justicia, de la solidaridad y del trabajo útil.
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