En cierta ciudad vivía un zapatero remendón que se llamaba Martín Avdéich. Su morada era un cuarto minúsculo en un sótano, cuya única ventana daba a la calle. A través de ella, sólo veía los pies de las personas que pasaban por ahí.
Martín reconocía a muchos transeúntes al ver sus botas, que él había reparado. Tenía mucho trabajo, pues se esmeraba en hacerlo bien; utilizaba buenos materiales y no cobraba en demasía.
Su esposa e hijos habían muerto varios años atrás, y eran tan grandes su dolor y desesperación que llegó a reprochar a Dios por su tragedia. Pero cierto día, un anciano que había nacido en la misma aldea de Martín y que se había vuelto peregrino y un hombre religioso, visitó al zapatero, y éste le abrió su corazón.
-Ya no deseo seguir viviendo, le confió. He perdido toda esperanza. El anciano respondió:
-Estás desesperado porque sólo piensas en ti y en tu propia felicidad. Lee el Evangelio: allí verás cómo quiere Dios que vivas.
Martín compró una Biblia. Al principio la leía únicamente los domingos y los días de guardar, pero una vez que comenzó la lectura sintió tal felicidad en su corazón que empezó a hacerlo a diario.
Y así sucedió que una noche, ya tarde, al leer el Evangelio según San Lucas, llegó al pasaje donde el fariseo rico invita al Señor a su casa. Una pecadora se presentó ante Jesús, le limpió y ungió los pies, y luego los enjugó con sus lágrimas. El Señor le dijo al fariseo:
-”¿Ves a esta mujer? Yo entré en tu casa y no me diste agua con qué lavar mis pies; sin embargo, ésta ha lavado mis pies con sus cabellos. Tú no has ungido con óleo mi cabeza; y ésta ha derramado sus perfumes sobre mis pies”.
Martín reflexionó: Ese fariseo debió ser un ignorante, como yo. Si el Señor viniera a mi, ¿me comportaría de esa manera?
Luego, apoyó la cabeza en sus brazos y se quedó dormido.
De pronto, escuchó una voz y despertó. No había nadie ahí, pero oyó que le decían claramente: “Martín, asómate a la calle mañana, porque vendré a verte!”.
El zapatero remendón se levantó antes del alba, encendió el fuego y preparó una sopa de col y avena con leche. A continuación se puso el delantal y se sentó a trabajar frente a la ventana.
Mientras recordaba lo que había sucedido la noche anterior, miraba hacia la calle más que hacia su labor. Cuando pasaba alguien con unas botas que él desconocía, miraba hacia arriba para verle la cara. Pasó un portero. Luego, un aguador. Un anciano llamado Stepánich, que trabajaba para un comerciante vecino, empezó a quitar con una pala la nieve acumulada frente a la ventana; Martin lo miró y prosiguió su tarea.
Después de hacer una decena de puntadas, miró de nuevo por la ventana. Stepánich había apoyado la pala en la pared; estaba descansando o tratando de entrar en calor. El zapatero se asomó a la puerta y lo llamó.
-Entra; pasa y caliéntate. Debes estar helado.
-¡Que Dios te bendiga! le agradeció Stepánich.
El hombre entró, se sacudió la nieve y empezó a limpiarse los zapatos. Al hacerlo, se tambaleó y estuvo a punto de caer. -¡Cuidado!- le dijo Martín-. Siéntate; tomemos un poco de té. Y llenando dos vasos, dio uno al visitante, que lo bebió en seguida. Se veía que deseaba más. El anfitrión volvió a llenar el vaso. Mientras bebían, Martín seguía mirando a la calle.
-¿Espera a alguien? preguntó el anciano.
-Anoche- respondió Martín-, estaba leyendo cómo Cristo visitó la casa de un fariseo que no lo recibió dignamente. Me dije: ¿Y si eso me pasara a mí? ¿Qué no haría para recibirlo como se merece! Entonces me venció el sueño y escuché a alguien decir: “Busca en la calle mañana, porque vendré”.
Al escuchar esto, a Stepánich se le arrasaron los ojos y dijo:
-Gracias, Martín Avdéich. Me has reconfortado el cuerpo y el alma.
A continuación se despidió y salió.
El zapatero se sentó a la mesa de trabajo a coser una bota. Al observar por la ventana, vio que una mujer que calzaba zuecos pasó y se detuvo cerca de la pared. Martín advirtió que iba pobremente vestida y con un niño en brazos. De espalda al cierzo, trataba de proteger a su pequeño con sus delgados andrajos. Martín salió y la invitó a pasar.
Sirvió sopa caliente y algo de pan.
-Come, buena mujer, y entra en calor- le indicó cordialmente.
Mientras comía, la campesina le contó quién era:
-Soy esposa de un soldado. Hace ocho meses lo enviaron lejos de aquí y no he sabido nada de él. No he podido encontrar trabajo; tuve que vender todo lo que poseía para comprar comida. Ayer empeñé mi último chal.
Martín revolvió sus estantes y regresó con una vieja capa.
-Tome- le dijo-. Está raída, pero le servirá para arropar al pequeño.
Al tomar la prenda, la campesina rompió en llanto y exclamó:
-¡Que Dios lo bendiga!
Martín sonrió y le contó sobre su sueño y la visita prometida.
-Quién sabe; todo es posible- comentó la mujer. Luego, se puso de pie y envolvió a su hijo con la capa.
-Tome esto- añadió Martín, mientras daba un poco de dinero a la mujer para que recuperara su chal. Por último, la acompañó hasta la puerta.
El zapatero volvió a sentarse y reanudó su tarea. Cada vez que notaba una sombra en la ventana, alzaba los ojos para ver quién era. Al poco rato avistó a una mujer que vendía manzanas en un cesto. Llevaba sobre la espalda un pesado costal, que intentaba acomodar. Al apoyar el cesto en un poste, un mozalbete tomó una manzana e intentó huir corriendo. Pero la anciana lo asió del pelo. El muchacho gritaba y ella lo insultaba.
Martín corrió a la calle. La vendedora amenazaba con entregar al chico a la policía. “Déjalo ir, madrecita”, le suplicó Martín. “Perdónalo, en nombre de Dios”. La mujer lo soltó. “Ahora, tú pídele perdón a la abuela”, ordenó el zapatero al muchacho, quien empezó a llorar y a ofrecer disculpas.
Martín tomó una manzana del cesto y se la dio al ladrón.
-Te la pagaré yo, madrecita- se apresuró a decir.
-¡Este pillo merece una buena paliza! refunfuñó la vendedora.
-¡Ay abuela!- exclamó Martín. Si él merece que lo azoten por haber robado una manzana, ¿qué no merecemos todos por nuestros pecados? Dios nos invita a perdonar o no seremos perdonados. Debemos perdonar, sobre todo a un jovencito irreflexivo.
-Muy cierto. Pero los jóvenes de hoy se están echando a perder.
Cuando la mujer iba a cargar el costal en la espalda, el joven dijo: “Permítame cargarlo yo. Voy por el mismo camino”.
La vendedora acomodó el costal en la espalda del muchacho, y ambos se alejaron por la calle.
Martín regresó al trabajo. Al cabo de un tiempo, la escasa luz ya no le permitía ensartar la aguja en el cuero. Recogió su herramienta, sacudió los recortes de cuero y colocó la lámpara en la mesa. Por último, cogió la Biblia del estante.
Quería abrir el libro en la página señalada, pero lo abrió en otro sitio. En eso, oyó unas pisadas y volvió la cabeza. Una voz le susurró al oído:
-Martín, ¿no me reconoces?
-¿Quién eres?- musitó el zapatero.
-Soy yo- dijo la voz. Y del oscuro rincón surgió Stepánich; sonrió y como una nube, se desvaneció.
-Soy yo- dijo la voz. Y de las sombras salió la mujer con el niño en brazos. La madre sonrió, y el niño rió, poco a poco ellos también se esfumaron.
-Soy yo- dijo la voz, una vez más. La anciana y el muchacho de la manzana emergieron de las sombras, sonrieron y se diluyeron en la penumbra.
Martín sintió una gran alegría. Empezó a leer donde la Biblia se había abierto sola. Al principio de la página, decía: “Porque yo tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber; era peregrino y me hospedaste”.
En la parte inferior de la página, leyó: “Siempre que lo hiciste con uno de mis más pequeños hermanos, lo hiciste conmigo”.
El zapatero comprendió que Dios en verdad lo había visitado aquel día, y que él lo había recibido dignamente.
¡Bienvenidos! Este blog de literatura está abierto a todo tipo de lectores. Quienes lo hacemos no tenemos otra motivación que el de compartir la lectura de las obras de escritores de todos los tiempos, así como también las de aquellos que se inician y también merecen difusión.
sábado, 6 de mayo de 2017
domingo, 30 de abril de 2017
El consejo maternal. Por O. Andrade.
- Ven para acá, me dijo dulcemente
Mi madre cierto día;
(Aun parece que escucho en el ambiente
De su voz la celeste melodía).
- Ven y dime qué causas tan extrañas
Te arrancan esa lágrima, hijo mío,
Que cuelga de tus trémulas pestañas
Como gota cuajada de rocío.
Tú tienes una pena y me la ocultas :
¿No sabes que la madre más sencilla
Sabe leer en el alma de sus hijos
Como tú en la cartilla?
¿Quieres que te adivine lo que sientes?
Ven para acá, pilluelo,
Que con un par de besos en la frente
Disiparé las nubes de tu cielo.
Yo prorrumpí a llorar. - Nada, - le dije:
La causa de mis lágrimas ignoro;
Pero de vez en cuando se me oprime
El corazón, ¡y lloro!...
Ella inclinó la frente pensativa,
Se turbó su pupila,
Y enjugando sus ojos y los míos,
Me dijo, más tranquila :
- Llama siempre a tu madre cuando sufras,
Que vendrá, muerta o viva;
Si está en el mundo, a compartir tus penas ;
Y si no, ¡a consolarte desde arriba!...
Y lo hago así. Cuando la suerte ruda,
Como hoy, perturba de mi hogar la calma,
Invoco el nombre de mi madre amada,
¡Y entonces siento que se ensancha el alma!
Mi madre cierto día;
(Aun parece que escucho en el ambiente
De su voz la celeste melodía).
- Ven y dime qué causas tan extrañas
Te arrancan esa lágrima, hijo mío,
Que cuelga de tus trémulas pestañas
Como gota cuajada de rocío.
Tú tienes una pena y me la ocultas :
¿No sabes que la madre más sencilla
Sabe leer en el alma de sus hijos
Como tú en la cartilla?
¿Quieres que te adivine lo que sientes?
Ven para acá, pilluelo,
Que con un par de besos en la frente
Disiparé las nubes de tu cielo.
Yo prorrumpí a llorar. - Nada, - le dije:
La causa de mis lágrimas ignoro;
Pero de vez en cuando se me oprime
El corazón, ¡y lloro!...
Ella inclinó la frente pensativa,
Se turbó su pupila,
Y enjugando sus ojos y los míos,
Me dijo, más tranquila :
- Llama siempre a tu madre cuando sufras,
Que vendrá, muerta o viva;
Si está en el mundo, a compartir tus penas ;
Y si no, ¡a consolarte desde arriba!...
Y lo hago así. Cuando la suerte ruda,
Como hoy, perturba de mi hogar la calma,
Invoco el nombre de mi madre amada,
¡Y entonces siento que se ensancha el alma!
El espejo Por Francisco Acuña de Figueroa
Soy liso y llano en extremo
y aunque me falta la voz,
digo en su cara a cualquiera
la más leve imperfección.
Respondo al que me consulta,
sin lisonja y sin ficción,
y si mala cara pone,
la misma le pongo yo.
y aunque me falta la voz,
digo en su cara a cualquiera
la más leve imperfección.
Respondo al que me consulta,
sin lisonja y sin ficción,
y si mala cara pone,
la misma le pongo yo.
La oveja cien Por Ezequiel Feito
I
Hay una silla que nadie ocupa, un lugar pequeño,
un vacío de luz que nada vale.
Es el de la oveja cien, la sin nombre.
La oveja que ocupa un poco de aire
en cualquier lugar donde haya gente:
En la iglesia, en la escuela, en el trabajo,
y en cualquier camino.
¿Por qué se ha ido? Tú no lo sabes...
Tú no lo sabes, no te importa, no lo has notado.
Otra ha ocupado ese invisible aire
que aún tiene su nombre.
II
¿Quiénes son las 99 que están felices y satisfechas
por engordar con ese aire ausente?
Sus vientres se llenan con el vacío
y hacen brillar sus dientes con la ausencia,
mientras tanto
muchas ovejas cien desaparecen y el mundo
se llena de pequeños infinitos.
III
Pero si tú eres esa oveja,
su corazón es el tuyo y su muerte es la tuya.
Búscala y hallarás su vida.
Si, búscala
y hallarás la tuya.
Hay una silla que nadie ocupa, un lugar pequeño,
un vacío de luz que nada vale.
Es el de la oveja cien, la sin nombre.
La oveja que ocupa un poco de aire
en cualquier lugar donde haya gente:
En la iglesia, en la escuela, en el trabajo,
y en cualquier camino.
¿Por qué se ha ido? Tú no lo sabes...
Tú no lo sabes, no te importa, no lo has notado.
Otra ha ocupado ese invisible aire
que aún tiene su nombre.
II
¿Quiénes son las 99 que están felices y satisfechas
por engordar con ese aire ausente?
Sus vientres se llenan con el vacío
y hacen brillar sus dientes con la ausencia,
mientras tanto
muchas ovejas cien desaparecen y el mundo
se llena de pequeños infinitos.
III
Pero si tú eres esa oveja,
su corazón es el tuyo y su muerte es la tuya.
Búscala y hallarás su vida.
Si, búscala
y hallarás la tuya.
Día bondadoso. Por Gastón Figueira.
Hoy, cuando abrí temprano la ventana
vi entre las flores tantas mariposas,
que creí que danzaban las mil rosas
del jardín, festejando la mañana.
Más tarde, cerca, ya del mediodía,
vagando por los sotos florecidos,
al ver cantar las aves en sus nidos,
cantó también alegre el alma mía.
Ante un limpio crepúsculo silente,
por un instante, me quedé extasiado:
Todo el paisaje pareció inundado
de un polvo de oro fino y reluciente.
Y en el misterio de la noche obscura
me enamoré de una lejana estrella
que me dio la visión alada y pura
de otra vida mejor: más grande y bella...
vi entre las flores tantas mariposas,
que creí que danzaban las mil rosas
del jardín, festejando la mañana.
Más tarde, cerca, ya del mediodía,
vagando por los sotos florecidos,
al ver cantar las aves en sus nidos,
cantó también alegre el alma mía.
Ante un limpio crepúsculo silente,
por un instante, me quedé extasiado:
Todo el paisaje pareció inundado
de un polvo de oro fino y reluciente.
Y en el misterio de la noche obscura
me enamoré de una lejana estrella
que me dio la visión alada y pura
de otra vida mejor: más grande y bella...
¿Qué es un niño? Por Rodolfo Menéndez
El niño es el padre del hombre Pope-
Es un futuro soldado
del progreso y de la historia
en quien tendrán fuerza y gloria
la familia y el estado.
No dejéis que desarmado
de amor, y de luz desnudo,
entre en el combate rudo.
Dadle la ciencia por guía,
la virtud por compañía
y la honradez como escudo.
Perfume de otoño. Por Francisco Villaespesa.
La tarde se muere...
Respira la brisa
un triste perfume
de rosas marchitas.
La enferma sentada
al balcón, se mira
las pálidas manos,
exangües y finas.
Y al sol, en la nieve
de sus dedos brilla
el rubí de una
dorada sortija.
Florece en sus labios
amarga sonrisa,
y una leve lágrima
tiembla y se desliza
lenta por las pálidas
y enfermas mejillas.
La tarde se muere...
Respira la brisa
un triste perfume
de rosas marchitas.
Respira la brisa
un triste perfume
de rosas marchitas.
La enferma sentada
al balcón, se mira
las pálidas manos,
exangües y finas.
Y al sol, en la nieve
de sus dedos brilla
el rubí de una
dorada sortija.
Florece en sus labios
amarga sonrisa,
y una leve lágrima
tiembla y se desliza
lenta por las pálidas
y enfermas mejillas.
La tarde se muere...
Respira la brisa
un triste perfume
de rosas marchitas.
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