El campesino Tikhom Kuzmitch, al regresar de la ciudad, llamó a sus hijos.
- Mirad -les dijo- el regalo que el tío Ephim os envía.
Los niños acudieron: el padre deshizo un paquete.
- ¡Qué lindas manzanas! -exclamó Vania, muchacho de seis años-. ¡Mira, María, qué rojas son!
- No, probable es que no sean manzanas -dijo Serguei, el hijo mayor-. Mira la corteza, que parece cubierta de vello.
- Son melocotones -dijo el padre-. No habíais visto antes fruta como ésta. El tío Ephim los ha cultivado en su invernadero, porque se dice que los melocotones sólo prosperan en los países cálidos, y que por aquí sólo pueden lograrse en invernaderos.
- ¿Y qué es un invernadero? -dijo Volodia, el tercer hijo de Tikhon.
- Un invernadero es una casa cuyas paredes y techo son de vidrio.
El tío Ephim me ha dicho que se construyen de este modo, para que el sol pueda calentar las plantas. En invierno, por medio de una estufa especial, se mantiene allí la misma temperatura.
He ahí para ti, mujer, el melocotón más grande; y estos cuatro para vosotros, hijos míos.
- Bueno -dijo Tikhon, por la noche-. ¿Cómo halláis aquella fruta?
- Tiene un gusto tan fino, tan sabroso -dijo Serguei-, que quiero plantar el hueso en un tiesto; quizá salga un árbol que se desarrollará en la isba.
- Probablemente serás un gran jardinero; ya piensas en hacer crecer los árboles --añadió el padre.
- Yo -prosiguió el pequeño Vania- hallé tan bueno el melocotón, que he pedido a mamá la mitad del suyo; ¡pero tiré el hueso!
-Tú eres aún muy joven -murmuró el padre.
- Vania tiró el hueso -dijo Vassili, el segundo hijo-, pero yo lo recogí y le rompí. Estaba muy duro, y dentro tenía una cosa cuyo sabor se asemejaba al de la nuez, pero más amargo. En cuanto a mi melocotón, lo vendí en diez kopeks; no podía valer más.
Tikhon movió la cabeza.
-Pronto empiezas a negociar. ¿Quieres ser comerciante? ¡Y tú, Volodia, no dices nada! ¿Por qué? -preguntó Tikhon a su tercer hijo, que permanecía aparte-. ¿Tenía buen gusto tu melocotón?
- ¡No sé! -respondió Volodia.
- ¿Cómo que no lo sabes? -replicó el padre-. ¿Acaso no lo comiste?
- Lo he llevado a Gricha -respondió Volodia-. Está enfermo, le conté lo que nos dijiste acerca de la fruta aquella, y no hacía más que contemplar mi melocotón; se lo di, pero él no quería tomarlo; entonces lo dejé junto a él y me marché.
El padre puso una mano sobre la cabeza de aquel niño, y dijo:
- Dios te lo devolverá.
¡Bienvenidos! Este blog de literatura está abierto a todo tipo de lectores. Quienes lo hacemos no tenemos otra motivación que el de compartir la lectura de las obras de escritores de todos los tiempos, así como también las de aquellos que se inician y también merecen difusión.
sábado, 13 de mayo de 2017
EL POZO - Por Ricardo Güiraldes
Sobre el brocal desdentado del viejo pozo, una cruz de palo roída por la carcoma miraba en el fondo su imagen simple.
Todo una historia trágica.
Hacía mucho tiempo, cuando fue recién herida la tierra y pura el agua como sangre cristalina, un caminante sudoroso se sentó en el borde de piedra para descansar su
cuerpo y refrescar la frente con el aliento que subía del tranquilo redondel.
Allí le sorprendieron: el cansancio, la noche y el sueño; su espalda resbaló al apoyo y el hombre se hundió, golpeando blandamente en las paredes hasta romper la quietud del disco puro.
Ni tiempo para dar un grito o retenerse en las salientes, que le rechazaban brutalmente después del choque. Había rodado llevando consigo algunos pelmazos de tierra pegajosa.
Aturdido por el golpe, se debatió sin rumbo en el estrecho cilindro líquido hasta encontrar la superficie. Sus dedos espasmódicos, en el ansia agónica de sostenerse, horadaron el barro rojizo. Luego quedó exánime, solo emergida la cabeza, todo el esfuerzo de su ser concentrado en recuperar el ritmo perdido de su respiración.
Con su mano libre tanteó el cuerpo, en que el dolor nacía con la vida. Miró hacia arriba; el mismo redondel de antes, más lejano, sin embargo, y en cuyo centro la noche hacía nacer una estrella tímidamente. Los ojos se hipnotizaron en la contemplación del astro pequeño, que dejaba, hasta el fondo, caer su punto de luz.
Unas voces pasaron no lejos, desfiguradas, tenues; un frío le mordió del agua y gritó un grito que, a fuerza de terror, se le quedó en la boca.
Hizo un movimiento y el líquido onduló en torno, denso como mercurio. Un pavor místico contrajo sus músculos, e impelido por pesa nueva y angustiosa fuerza, comenzó el ascenso, arrastrándose a lo largo del estrecho tubo húmedo; unos dolores punzantes abriéndole las carnes, mirando el fin siempre lejano como en las pesadillas. Más de una vez, la tierra insegura cedió a su peso, crepitando abajo en lluvia fina; entonces suspendía su acción tendido de terror, vacío el pecho, y esperaba inmóvil la vuelta de sus fuerzas. Sin embargo, un mundo insospechado de energías nacía a cada paso, y como por impulso adquirido maquinalmente, mientras se sucedían las impresiones de esperanza y desaliento, llegó al brocal, exhausto, incapaz de saborear el fin de sus martirios. Allí quedaba, medio cuerpo de fuera, anulada la voluntad por el cansancio, viendo delante suyo la forma de un Aguaribay como cosa irreal... Alguien pasó ante su vista, algún paisano del lugar seguramente, y el moribundo alcanzó a esbozar un llamado. Pero el movimiento de auxilio que esperaba fue hostil. El gaucho, luego de santiguarse, resbalaba del cinto su facón, cuya empuñadura, en cruz, tendió hacia el maldito.
El infeliz comprendió, hizo el último y sobrehumano esfuerzo para hablar; pero una enorme piedra vino a golpearle en la frente, y aquella visión de infierno desapareció como sorbida por la tierra. Ahora, todo el pago conoce el pozo maldito; y sobre su brocal, desdentado por los años de abandono, una cruz de madera semipodrida defiende a los cristianos contra las apariciones del malo.
Todo una historia trágica.
Hacía mucho tiempo, cuando fue recién herida la tierra y pura el agua como sangre cristalina, un caminante sudoroso se sentó en el borde de piedra para descansar su
cuerpo y refrescar la frente con el aliento que subía del tranquilo redondel.
Allí le sorprendieron: el cansancio, la noche y el sueño; su espalda resbaló al apoyo y el hombre se hundió, golpeando blandamente en las paredes hasta romper la quietud del disco puro.
Ni tiempo para dar un grito o retenerse en las salientes, que le rechazaban brutalmente después del choque. Había rodado llevando consigo algunos pelmazos de tierra pegajosa.
Aturdido por el golpe, se debatió sin rumbo en el estrecho cilindro líquido hasta encontrar la superficie. Sus dedos espasmódicos, en el ansia agónica de sostenerse, horadaron el barro rojizo. Luego quedó exánime, solo emergida la cabeza, todo el esfuerzo de su ser concentrado en recuperar el ritmo perdido de su respiración.
Con su mano libre tanteó el cuerpo, en que el dolor nacía con la vida. Miró hacia arriba; el mismo redondel de antes, más lejano, sin embargo, y en cuyo centro la noche hacía nacer una estrella tímidamente. Los ojos se hipnotizaron en la contemplación del astro pequeño, que dejaba, hasta el fondo, caer su punto de luz.
Unas voces pasaron no lejos, desfiguradas, tenues; un frío le mordió del agua y gritó un grito que, a fuerza de terror, se le quedó en la boca.
Hizo un movimiento y el líquido onduló en torno, denso como mercurio. Un pavor místico contrajo sus músculos, e impelido por pesa nueva y angustiosa fuerza, comenzó el ascenso, arrastrándose a lo largo del estrecho tubo húmedo; unos dolores punzantes abriéndole las carnes, mirando el fin siempre lejano como en las pesadillas. Más de una vez, la tierra insegura cedió a su peso, crepitando abajo en lluvia fina; entonces suspendía su acción tendido de terror, vacío el pecho, y esperaba inmóvil la vuelta de sus fuerzas. Sin embargo, un mundo insospechado de energías nacía a cada paso, y como por impulso adquirido maquinalmente, mientras se sucedían las impresiones de esperanza y desaliento, llegó al brocal, exhausto, incapaz de saborear el fin de sus martirios. Allí quedaba, medio cuerpo de fuera, anulada la voluntad por el cansancio, viendo delante suyo la forma de un Aguaribay como cosa irreal... Alguien pasó ante su vista, algún paisano del lugar seguramente, y el moribundo alcanzó a esbozar un llamado. Pero el movimiento de auxilio que esperaba fue hostil. El gaucho, luego de santiguarse, resbalaba del cinto su facón, cuya empuñadura, en cruz, tendió hacia el maldito.
El infeliz comprendió, hizo el último y sobrehumano esfuerzo para hablar; pero una enorme piedra vino a golpearle en la frente, y aquella visión de infierno desapareció como sorbida por la tierra. Ahora, todo el pago conoce el pozo maldito; y sobre su brocal, desdentado por los años de abandono, una cruz de madera semipodrida defiende a los cristianos contra las apariciones del malo.
Epigramas Por Oscar Wilde
-Hay que evitar las discusiones, siempre son vulgares y a menudo convincentes.
-Es importante no asistir a una cita de negocios si se desea conservar el sentido de la belleza de la vida.
- Siempre que tiene que decirse algo desagradable, uno debería ser muy sincero.
-Es importante no asistir a una cita de negocios si se desea conservar el sentido de la belleza de la vida.
- Siempre que tiene que decirse algo desagradable, uno debería ser muy sincero.
EL FUGITIVO Por Pablo Neruda
Por la alta noche, por la vida entera,
de lágrima a papel, de ropa en ropa,
anduve en estos días abrumados.
Fui el fugitivo de la policía:
y en la hora de cristal, en la espesura
de estrellas solitarias,
crucé ciudades, bosques,
chacarerías, puertos,
de la puerta de un ser humano a otro,
de la mano de un ser a otro ser, a otro ser,
Grave es la noche, pero el hombre
ha dispuesto sus signos fraternales,
y a ciegas por caminos y por sombras
llegué a la puerta iluminada, al pequeño
punto de estrella que era mío,
al fragmento de pan que en el bosque los lobos
no habían devorado.
Una vez, a una casa, en la campiña,
llegué de noche, a nadie
antes de aquella noche había visto,
ni adivinado aquellas existencias.
Cuanto hacían, sus horas
eran nuevas en mi conocimiento.
Entré, eran cinco de familia:
todos como en la noche de un incendio
se habían levantado.
Estreché una
y otra mano, vi un rostro y otro rostro,
que nada me decían: eran puertas
que antes no vi en la calle,
ojos que no conocían mi rostro,
y en la alta noche, apenas
recibido, me tendí al cansancio,
a dormir la congoja de mi patria.
Mientras venía el sueño,
el eco innumerable de la tierra
con sus roncos ladridos y sus hebras
de soledad, continuaba la noche,
y yo pensaba: «Dónde estoy? Quiénes
son? Por qué me guardan hoy?
Por qué ellos, que hasta hoy no me vieron,
abren sus puertas y defienden mi canto?».
Y nadie respondía
sino un rumor de noche deshojada,
un tejido de grillos construyéndose:
la noche entera apenas
parecía temblar en el follaje.
Tierra nocturna, a mi ventana
llegabas con tus labios,
para que yo durmiera dulcemente
como cayendo sobre miles de hojas,
de estación a estación, de nido a nido,
de rama en rama, hasta quedar de pronto
dormido como un muerto en tus raíces.
de lágrima a papel, de ropa en ropa,
anduve en estos días abrumados.
Fui el fugitivo de la policía:
y en la hora de cristal, en la espesura
de estrellas solitarias,
crucé ciudades, bosques,
chacarerías, puertos,
de la puerta de un ser humano a otro,
de la mano de un ser a otro ser, a otro ser,
Grave es la noche, pero el hombre
ha dispuesto sus signos fraternales,
y a ciegas por caminos y por sombras
llegué a la puerta iluminada, al pequeño
punto de estrella que era mío,
al fragmento de pan que en el bosque los lobos
no habían devorado.
Una vez, a una casa, en la campiña,
llegué de noche, a nadie
antes de aquella noche había visto,
ni adivinado aquellas existencias.
Cuanto hacían, sus horas
eran nuevas en mi conocimiento.
Entré, eran cinco de familia:
todos como en la noche de un incendio
se habían levantado.
Estreché una
y otra mano, vi un rostro y otro rostro,
que nada me decían: eran puertas
que antes no vi en la calle,
ojos que no conocían mi rostro,
y en la alta noche, apenas
recibido, me tendí al cansancio,
a dormir la congoja de mi patria.
Mientras venía el sueño,
el eco innumerable de la tierra
con sus roncos ladridos y sus hebras
de soledad, continuaba la noche,
y yo pensaba: «Dónde estoy? Quiénes
son? Por qué me guardan hoy?
Por qué ellos, que hasta hoy no me vieron,
abren sus puertas y defienden mi canto?».
Y nadie respondía
sino un rumor de noche deshojada,
un tejido de grillos construyéndose:
la noche entera apenas
parecía temblar en el follaje.
Tierra nocturna, a mi ventana
llegabas con tus labios,
para que yo durmiera dulcemente
como cayendo sobre miles de hojas,
de estación a estación, de nido a nido,
de rama en rama, hasta quedar de pronto
dormido como un muerto en tus raíces.
sábado, 6 de mayo de 2017
Donde está el amor, allí está Dios Por León Tolstoi (Versión breve)
En cierta ciudad vivía un zapatero remendón que se llamaba Martín Avdéich. Su morada era un cuarto minúsculo en un sótano, cuya única ventana daba a la calle. A través de ella, sólo veía los pies de las personas que pasaban por ahí.
Martín reconocía a muchos transeúntes al ver sus botas, que él había reparado. Tenía mucho trabajo, pues se esmeraba en hacerlo bien; utilizaba buenos materiales y no cobraba en demasía.
Su esposa e hijos habían muerto varios años atrás, y eran tan grandes su dolor y desesperación que llegó a reprochar a Dios por su tragedia. Pero cierto día, un anciano que había nacido en la misma aldea de Martín y que se había vuelto peregrino y un hombre religioso, visitó al zapatero, y éste le abrió su corazón.
-Ya no deseo seguir viviendo, le confió. He perdido toda esperanza. El anciano respondió:
-Estás desesperado porque sólo piensas en ti y en tu propia felicidad. Lee el Evangelio: allí verás cómo quiere Dios que vivas.
Martín compró una Biblia. Al principio la leía únicamente los domingos y los días de guardar, pero una vez que comenzó la lectura sintió tal felicidad en su corazón que empezó a hacerlo a diario.
Y así sucedió que una noche, ya tarde, al leer el Evangelio según San Lucas, llegó al pasaje donde el fariseo rico invita al Señor a su casa. Una pecadora se presentó ante Jesús, le limpió y ungió los pies, y luego los enjugó con sus lágrimas. El Señor le dijo al fariseo:
-”¿Ves a esta mujer? Yo entré en tu casa y no me diste agua con qué lavar mis pies; sin embargo, ésta ha lavado mis pies con sus cabellos. Tú no has ungido con óleo mi cabeza; y ésta ha derramado sus perfumes sobre mis pies”.
Martín reflexionó: Ese fariseo debió ser un ignorante, como yo. Si el Señor viniera a mi, ¿me comportaría de esa manera?
Luego, apoyó la cabeza en sus brazos y se quedó dormido.
De pronto, escuchó una voz y despertó. No había nadie ahí, pero oyó que le decían claramente: “Martín, asómate a la calle mañana, porque vendré a verte!”.
El zapatero remendón se levantó antes del alba, encendió el fuego y preparó una sopa de col y avena con leche. A continuación se puso el delantal y se sentó a trabajar frente a la ventana.
Mientras recordaba lo que había sucedido la noche anterior, miraba hacia la calle más que hacia su labor. Cuando pasaba alguien con unas botas que él desconocía, miraba hacia arriba para verle la cara. Pasó un portero. Luego, un aguador. Un anciano llamado Stepánich, que trabajaba para un comerciante vecino, empezó a quitar con una pala la nieve acumulada frente a la ventana; Martin lo miró y prosiguió su tarea.
Después de hacer una decena de puntadas, miró de nuevo por la ventana. Stepánich había apoyado la pala en la pared; estaba descansando o tratando de entrar en calor. El zapatero se asomó a la puerta y lo llamó.
-Entra; pasa y caliéntate. Debes estar helado.
-¡Que Dios te bendiga! le agradeció Stepánich.
El hombre entró, se sacudió la nieve y empezó a limpiarse los zapatos. Al hacerlo, se tambaleó y estuvo a punto de caer. -¡Cuidado!- le dijo Martín-. Siéntate; tomemos un poco de té. Y llenando dos vasos, dio uno al visitante, que lo bebió en seguida. Se veía que deseaba más. El anfitrión volvió a llenar el vaso. Mientras bebían, Martín seguía mirando a la calle.
-¿Espera a alguien? preguntó el anciano.
-Anoche- respondió Martín-, estaba leyendo cómo Cristo visitó la casa de un fariseo que no lo recibió dignamente. Me dije: ¿Y si eso me pasara a mí? ¿Qué no haría para recibirlo como se merece! Entonces me venció el sueño y escuché a alguien decir: “Busca en la calle mañana, porque vendré”.
Al escuchar esto, a Stepánich se le arrasaron los ojos y dijo:
-Gracias, Martín Avdéich. Me has reconfortado el cuerpo y el alma.
A continuación se despidió y salió.
El zapatero se sentó a la mesa de trabajo a coser una bota. Al observar por la ventana, vio que una mujer que calzaba zuecos pasó y se detuvo cerca de la pared. Martín advirtió que iba pobremente vestida y con un niño en brazos. De espalda al cierzo, trataba de proteger a su pequeño con sus delgados andrajos. Martín salió y la invitó a pasar.
Sirvió sopa caliente y algo de pan.
-Come, buena mujer, y entra en calor- le indicó cordialmente.
Mientras comía, la campesina le contó quién era:
-Soy esposa de un soldado. Hace ocho meses lo enviaron lejos de aquí y no he sabido nada de él. No he podido encontrar trabajo; tuve que vender todo lo que poseía para comprar comida. Ayer empeñé mi último chal.
Martín revolvió sus estantes y regresó con una vieja capa.
-Tome- le dijo-. Está raída, pero le servirá para arropar al pequeño.
Al tomar la prenda, la campesina rompió en llanto y exclamó:
-¡Que Dios lo bendiga!
Martín sonrió y le contó sobre su sueño y la visita prometida.
-Quién sabe; todo es posible- comentó la mujer. Luego, se puso de pie y envolvió a su hijo con la capa.
-Tome esto- añadió Martín, mientras daba un poco de dinero a la mujer para que recuperara su chal. Por último, la acompañó hasta la puerta.
El zapatero volvió a sentarse y reanudó su tarea. Cada vez que notaba una sombra en la ventana, alzaba los ojos para ver quién era. Al poco rato avistó a una mujer que vendía manzanas en un cesto. Llevaba sobre la espalda un pesado costal, que intentaba acomodar. Al apoyar el cesto en un poste, un mozalbete tomó una manzana e intentó huir corriendo. Pero la anciana lo asió del pelo. El muchacho gritaba y ella lo insultaba.
Martín corrió a la calle. La vendedora amenazaba con entregar al chico a la policía. “Déjalo ir, madrecita”, le suplicó Martín. “Perdónalo, en nombre de Dios”. La mujer lo soltó. “Ahora, tú pídele perdón a la abuela”, ordenó el zapatero al muchacho, quien empezó a llorar y a ofrecer disculpas.
Martín tomó una manzana del cesto y se la dio al ladrón.
-Te la pagaré yo, madrecita- se apresuró a decir.
-¡Este pillo merece una buena paliza! refunfuñó la vendedora.
-¡Ay abuela!- exclamó Martín. Si él merece que lo azoten por haber robado una manzana, ¿qué no merecemos todos por nuestros pecados? Dios nos invita a perdonar o no seremos perdonados. Debemos perdonar, sobre todo a un jovencito irreflexivo.
-Muy cierto. Pero los jóvenes de hoy se están echando a perder.
Cuando la mujer iba a cargar el costal en la espalda, el joven dijo: “Permítame cargarlo yo. Voy por el mismo camino”.
La vendedora acomodó el costal en la espalda del muchacho, y ambos se alejaron por la calle.
Martín regresó al trabajo. Al cabo de un tiempo, la escasa luz ya no le permitía ensartar la aguja en el cuero. Recogió su herramienta, sacudió los recortes de cuero y colocó la lámpara en la mesa. Por último, cogió la Biblia del estante.
Quería abrir el libro en la página señalada, pero lo abrió en otro sitio. En eso, oyó unas pisadas y volvió la cabeza. Una voz le susurró al oído:
-Martín, ¿no me reconoces?
-¿Quién eres?- musitó el zapatero.
-Soy yo- dijo la voz. Y del oscuro rincón surgió Stepánich; sonrió y como una nube, se desvaneció.
-Soy yo- dijo la voz. Y de las sombras salió la mujer con el niño en brazos. La madre sonrió, y el niño rió, poco a poco ellos también se esfumaron.
-Soy yo- dijo la voz, una vez más. La anciana y el muchacho de la manzana emergieron de las sombras, sonrieron y se diluyeron en la penumbra.
Martín sintió una gran alegría. Empezó a leer donde la Biblia se había abierto sola. Al principio de la página, decía: “Porque yo tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber; era peregrino y me hospedaste”.
En la parte inferior de la página, leyó: “Siempre que lo hiciste con uno de mis más pequeños hermanos, lo hiciste conmigo”.
El zapatero comprendió que Dios en verdad lo había visitado aquel día, y que él lo había recibido dignamente.
Martín reconocía a muchos transeúntes al ver sus botas, que él había reparado. Tenía mucho trabajo, pues se esmeraba en hacerlo bien; utilizaba buenos materiales y no cobraba en demasía.
Su esposa e hijos habían muerto varios años atrás, y eran tan grandes su dolor y desesperación que llegó a reprochar a Dios por su tragedia. Pero cierto día, un anciano que había nacido en la misma aldea de Martín y que se había vuelto peregrino y un hombre religioso, visitó al zapatero, y éste le abrió su corazón.
-Ya no deseo seguir viviendo, le confió. He perdido toda esperanza. El anciano respondió:
-Estás desesperado porque sólo piensas en ti y en tu propia felicidad. Lee el Evangelio: allí verás cómo quiere Dios que vivas.
Martín compró una Biblia. Al principio la leía únicamente los domingos y los días de guardar, pero una vez que comenzó la lectura sintió tal felicidad en su corazón que empezó a hacerlo a diario.
Y así sucedió que una noche, ya tarde, al leer el Evangelio según San Lucas, llegó al pasaje donde el fariseo rico invita al Señor a su casa. Una pecadora se presentó ante Jesús, le limpió y ungió los pies, y luego los enjugó con sus lágrimas. El Señor le dijo al fariseo:
-”¿Ves a esta mujer? Yo entré en tu casa y no me diste agua con qué lavar mis pies; sin embargo, ésta ha lavado mis pies con sus cabellos. Tú no has ungido con óleo mi cabeza; y ésta ha derramado sus perfumes sobre mis pies”.
Martín reflexionó: Ese fariseo debió ser un ignorante, como yo. Si el Señor viniera a mi, ¿me comportaría de esa manera?
Luego, apoyó la cabeza en sus brazos y se quedó dormido.
De pronto, escuchó una voz y despertó. No había nadie ahí, pero oyó que le decían claramente: “Martín, asómate a la calle mañana, porque vendré a verte!”.
El zapatero remendón se levantó antes del alba, encendió el fuego y preparó una sopa de col y avena con leche. A continuación se puso el delantal y se sentó a trabajar frente a la ventana.
Mientras recordaba lo que había sucedido la noche anterior, miraba hacia la calle más que hacia su labor. Cuando pasaba alguien con unas botas que él desconocía, miraba hacia arriba para verle la cara. Pasó un portero. Luego, un aguador. Un anciano llamado Stepánich, que trabajaba para un comerciante vecino, empezó a quitar con una pala la nieve acumulada frente a la ventana; Martin lo miró y prosiguió su tarea.
Después de hacer una decena de puntadas, miró de nuevo por la ventana. Stepánich había apoyado la pala en la pared; estaba descansando o tratando de entrar en calor. El zapatero se asomó a la puerta y lo llamó.
-Entra; pasa y caliéntate. Debes estar helado.
-¡Que Dios te bendiga! le agradeció Stepánich.
El hombre entró, se sacudió la nieve y empezó a limpiarse los zapatos. Al hacerlo, se tambaleó y estuvo a punto de caer. -¡Cuidado!- le dijo Martín-. Siéntate; tomemos un poco de té. Y llenando dos vasos, dio uno al visitante, que lo bebió en seguida. Se veía que deseaba más. El anfitrión volvió a llenar el vaso. Mientras bebían, Martín seguía mirando a la calle.
-¿Espera a alguien? preguntó el anciano.
-Anoche- respondió Martín-, estaba leyendo cómo Cristo visitó la casa de un fariseo que no lo recibió dignamente. Me dije: ¿Y si eso me pasara a mí? ¿Qué no haría para recibirlo como se merece! Entonces me venció el sueño y escuché a alguien decir: “Busca en la calle mañana, porque vendré”.
Al escuchar esto, a Stepánich se le arrasaron los ojos y dijo:
-Gracias, Martín Avdéich. Me has reconfortado el cuerpo y el alma.
A continuación se despidió y salió.
El zapatero se sentó a la mesa de trabajo a coser una bota. Al observar por la ventana, vio que una mujer que calzaba zuecos pasó y se detuvo cerca de la pared. Martín advirtió que iba pobremente vestida y con un niño en brazos. De espalda al cierzo, trataba de proteger a su pequeño con sus delgados andrajos. Martín salió y la invitó a pasar.
Sirvió sopa caliente y algo de pan.
-Come, buena mujer, y entra en calor- le indicó cordialmente.
Mientras comía, la campesina le contó quién era:
-Soy esposa de un soldado. Hace ocho meses lo enviaron lejos de aquí y no he sabido nada de él. No he podido encontrar trabajo; tuve que vender todo lo que poseía para comprar comida. Ayer empeñé mi último chal.
Martín revolvió sus estantes y regresó con una vieja capa.
-Tome- le dijo-. Está raída, pero le servirá para arropar al pequeño.
Al tomar la prenda, la campesina rompió en llanto y exclamó:
-¡Que Dios lo bendiga!
Martín sonrió y le contó sobre su sueño y la visita prometida.
-Quién sabe; todo es posible- comentó la mujer. Luego, se puso de pie y envolvió a su hijo con la capa.
-Tome esto- añadió Martín, mientras daba un poco de dinero a la mujer para que recuperara su chal. Por último, la acompañó hasta la puerta.
El zapatero volvió a sentarse y reanudó su tarea. Cada vez que notaba una sombra en la ventana, alzaba los ojos para ver quién era. Al poco rato avistó a una mujer que vendía manzanas en un cesto. Llevaba sobre la espalda un pesado costal, que intentaba acomodar. Al apoyar el cesto en un poste, un mozalbete tomó una manzana e intentó huir corriendo. Pero la anciana lo asió del pelo. El muchacho gritaba y ella lo insultaba.
Martín corrió a la calle. La vendedora amenazaba con entregar al chico a la policía. “Déjalo ir, madrecita”, le suplicó Martín. “Perdónalo, en nombre de Dios”. La mujer lo soltó. “Ahora, tú pídele perdón a la abuela”, ordenó el zapatero al muchacho, quien empezó a llorar y a ofrecer disculpas.
Martín tomó una manzana del cesto y se la dio al ladrón.
-Te la pagaré yo, madrecita- se apresuró a decir.
-¡Este pillo merece una buena paliza! refunfuñó la vendedora.
-¡Ay abuela!- exclamó Martín. Si él merece que lo azoten por haber robado una manzana, ¿qué no merecemos todos por nuestros pecados? Dios nos invita a perdonar o no seremos perdonados. Debemos perdonar, sobre todo a un jovencito irreflexivo.
-Muy cierto. Pero los jóvenes de hoy se están echando a perder.
Cuando la mujer iba a cargar el costal en la espalda, el joven dijo: “Permítame cargarlo yo. Voy por el mismo camino”.
La vendedora acomodó el costal en la espalda del muchacho, y ambos se alejaron por la calle.
Martín regresó al trabajo. Al cabo de un tiempo, la escasa luz ya no le permitía ensartar la aguja en el cuero. Recogió su herramienta, sacudió los recortes de cuero y colocó la lámpara en la mesa. Por último, cogió la Biblia del estante.
Quería abrir el libro en la página señalada, pero lo abrió en otro sitio. En eso, oyó unas pisadas y volvió la cabeza. Una voz le susurró al oído:
-Martín, ¿no me reconoces?
-¿Quién eres?- musitó el zapatero.
-Soy yo- dijo la voz. Y del oscuro rincón surgió Stepánich; sonrió y como una nube, se desvaneció.
-Soy yo- dijo la voz. Y de las sombras salió la mujer con el niño en brazos. La madre sonrió, y el niño rió, poco a poco ellos también se esfumaron.
-Soy yo- dijo la voz, una vez más. La anciana y el muchacho de la manzana emergieron de las sombras, sonrieron y se diluyeron en la penumbra.
Martín sintió una gran alegría. Empezó a leer donde la Biblia se había abierto sola. Al principio de la página, decía: “Porque yo tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber; era peregrino y me hospedaste”.
En la parte inferior de la página, leyó: “Siempre que lo hiciste con uno de mis más pequeños hermanos, lo hiciste conmigo”.
El zapatero comprendió que Dios en verdad lo había visitado aquel día, y que él lo había recibido dignamente.
domingo, 30 de abril de 2017
El consejo maternal. Por O. Andrade.
- Ven para acá, me dijo dulcemente
Mi madre cierto día;
(Aun parece que escucho en el ambiente
De su voz la celeste melodía).
- Ven y dime qué causas tan extrañas
Te arrancan esa lágrima, hijo mío,
Que cuelga de tus trémulas pestañas
Como gota cuajada de rocío.
Tú tienes una pena y me la ocultas :
¿No sabes que la madre más sencilla
Sabe leer en el alma de sus hijos
Como tú en la cartilla?
¿Quieres que te adivine lo que sientes?
Ven para acá, pilluelo,
Que con un par de besos en la frente
Disiparé las nubes de tu cielo.
Yo prorrumpí a llorar. - Nada, - le dije:
La causa de mis lágrimas ignoro;
Pero de vez en cuando se me oprime
El corazón, ¡y lloro!...
Ella inclinó la frente pensativa,
Se turbó su pupila,
Y enjugando sus ojos y los míos,
Me dijo, más tranquila :
- Llama siempre a tu madre cuando sufras,
Que vendrá, muerta o viva;
Si está en el mundo, a compartir tus penas ;
Y si no, ¡a consolarte desde arriba!...
Y lo hago así. Cuando la suerte ruda,
Como hoy, perturba de mi hogar la calma,
Invoco el nombre de mi madre amada,
¡Y entonces siento que se ensancha el alma!
Mi madre cierto día;
(Aun parece que escucho en el ambiente
De su voz la celeste melodía).
- Ven y dime qué causas tan extrañas
Te arrancan esa lágrima, hijo mío,
Que cuelga de tus trémulas pestañas
Como gota cuajada de rocío.
Tú tienes una pena y me la ocultas :
¿No sabes que la madre más sencilla
Sabe leer en el alma de sus hijos
Como tú en la cartilla?
¿Quieres que te adivine lo que sientes?
Ven para acá, pilluelo,
Que con un par de besos en la frente
Disiparé las nubes de tu cielo.
Yo prorrumpí a llorar. - Nada, - le dije:
La causa de mis lágrimas ignoro;
Pero de vez en cuando se me oprime
El corazón, ¡y lloro!...
Ella inclinó la frente pensativa,
Se turbó su pupila,
Y enjugando sus ojos y los míos,
Me dijo, más tranquila :
- Llama siempre a tu madre cuando sufras,
Que vendrá, muerta o viva;
Si está en el mundo, a compartir tus penas ;
Y si no, ¡a consolarte desde arriba!...
Y lo hago así. Cuando la suerte ruda,
Como hoy, perturba de mi hogar la calma,
Invoco el nombre de mi madre amada,
¡Y entonces siento que se ensancha el alma!
El espejo Por Francisco Acuña de Figueroa
Soy liso y llano en extremo
y aunque me falta la voz,
digo en su cara a cualquiera
la más leve imperfección.
Respondo al que me consulta,
sin lisonja y sin ficción,
y si mala cara pone,
la misma le pongo yo.
y aunque me falta la voz,
digo en su cara a cualquiera
la más leve imperfección.
Respondo al que me consulta,
sin lisonja y sin ficción,
y si mala cara pone,
la misma le pongo yo.
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