martes, 12 de diciembre de 2017

“Llegó la hora de escribir un cuento”

        La Escuela de Educación Primaria Nº 13 “ Independencia Nacional”  presentó este año la cuarta  edición del Concurso Literario “Llegó la hora de escribir un cuento” Se trata de un concurso que propone a los niños y niñas de sexto año de las escuelas primarias públicas y de gestión privada y con apertura a escuelas de Educación Especial la escritura de un cuento en donde puedan hacer volar toda su imaginación y poner en acción la creatividad que tienen para desarrollar. Este año se presentaron 81 obras, de las cuales quedaron preseleccionadas 24.
             Los ganadores recibieron un producto electrónico y libros, las menciones libros y a todos los participantes se les entregaron certificados.

Ganadores

Cuentos  premiados

Primer  premio compartido

“El amor de las garzas” obra perteneciente a Favio Agustín Zarza ,alumno de la EP Nº 24

"Lim y sus amigos”, obra perteneciente al grupo de alumnos conformado por:
             Ian Natanael Soria-
             Elías Juna Farías-
             Damián Antonio Aranda-
             Bautista Francisconi-
             Juan Barreiro
             Lucas Bernardo Nogueira
             Juan Martín Leguizamón
 Todos de la Escuela de Educación especial Nº 502

Menciones

PRIMERA MENCION DE HONOR para: “Cinco soles Hotel”, obra perteneciente  a, Francisco Florez    alumno de la EP Nº 11

SEGUNDA MENCION DE HONOR para: "Amar no es violencia ”, obra perteneciente a   Valentina Ledesma, alumna de la EP Nº 2

TERCERA MENCION DE HONOR  para “La búsqueda de las palabras”, obra perteneciente a  Amparo Latorre alumna de la EP. Nº13

MENCIÓN ESPECIAL DEL JURADO
Para la escuela Especial Nº 502 por la obra "La bruja Meri",  obra perteneciente a Florencia Ojeda  y Nazareno David Lamberti

MENCIÓN ESPECIAL DEL JURADO
Para la escuela Especial Nº 502 por la obra "El susto del rey", obra perteneciente a Florencia Ojeda 

MENCIÓN ESPECIAL DEL JURADO
Para la escuela Especial Nº 502 por la obra “Facu Rotte y sus amigos”, obra perteneciente al grupo de alumnos:
Daniel Alexander Alonso
Sebastián Rodrigo Rojas
Sofía Montes de Oca
Gonzalo Valentín Jodar

Yanina Nélida Godoy

sábado, 9 de diciembre de 2017

LA IMPOSIBLE VUELTA Por Leopoldo de Luis

Si quisieras volver, padre, verías
todo en el aire inmóvil del recuerdo.
Los menudos asuntos cotidianos,
celulillas del breve mundo nuestro,
diario pan de amor y sacrificio,
alimentando al fiel y dulce perro
de la costumbre, que al llegar a casa
nos lamerá las manos.
                                             Cae el tiempo
desde las familiares paredes derramándose
como luz de tristeza en nuestros pechos.
Madre volvió a coserte la camisa
con su hilo de paciencia y de silencio.
Tere te trajo el libro que esperabas.
La semanal tarjeta de Luis trajo el correo.
María ha preparado tu café.
                                                  Ya los niños
llegaron del colegio,
vacían sus carteras de pequeñas conquistas,
de nuevos mundos descubiertos,
y aguardan que corrijas sus deberes.
Yo, junto a la ventana, en este estrecho
rincón que tú conoces,
donde entre libros sueño,
voy hablándote, estoy
escribiendo estos versos,
estos prosaicos versos tan sencillos
como si hubieses vuelto
y estuviera contándote las cosas
que en estos días han pasado...
                                                   Pero
no volverás...
                       Hoy es ocho de abril,
la tarde, alondra herida por el cielo,
como un dolor antiguo va sangrando
lentamente. Se escucha un río lejos...
Pero no hay río, padre, tú lo sabes,
y oigo su canto inédito...
¿Será la muerte como un río?
                                                Estoy
escribiendo estos versos
tan prosaicos... Ya sé que a nadie importa
mi dolor frente a un mundo que millones de muertos
devora cada día, pero yo necesito
contarte todo esto
y estoy llorando, padre, mientras inútilmente
aguardo tu regreso.

La Paloma y la Terminal de Ómnibus - Por Héctor Fuentes

         La paloma desciende y sus patas aterrizan sobre el piso mugriento. Se desplaza en círculos moviendo el cogote en un vaivén implacable. Su cuello tornasolado trae la maravilla de los siete colores, el arco iris aterciopelado que brilla y se deshace a cada instante.
Recorre los pasillos con la elegancia de las criaturas venidas del aire. Acelera la marcha y aletea apenas sobrevolando las baldosas, elevándose ligeramente sobre la línea del suelo.
Busca un aliado en este mundo de corridas y apurones. Busca un surco propicio para entender de que está hecho el cielo. Anhela ser algo más que un visitante inoportuno, y entonces, se mueve como un aeroplano que dibuja redondeles y serpientes. Se agita en remolinos hacia la vastedad y el aburrimiento.

Los pasajeros la ignoran. Absortos en la contemplación de las tapas de los diarios, dejan pasar el milagro, y hunden la mirada en el pozo de sus preocupaciones. El ave sigue su curso. Camina, se pasea, abre el abanico de la cola y se propulsa hacia adelante.
La Terminal entra en su horario pico y los micros llegan y se van. La gente se arremolina empujando bolsos y ambiciones. Se abraza y se despide. Los motores rujen gritos destemplados deshabitando los bancos que vuelven a ofrecer su amparo. Alguien parte y alguien espera. La mecánica del viaje dinamiza los engranajes, para que el ciclo recomience.
Unos niños señalan al ave con el dedo, que ahora corre a refugiarse bajo un banco de madera.
La espera vuelve a incendiar su mecha. Desde el puesto de diarios, un señor prende un cigarrillo y relojea la hora. Alguien revuelve una taza de café orbitando alrededor de las cosas; mascullando el influjo del futuro que se avizora tras los cristales fosforescentes.
Concentrado en la limpieza, el ordenanza pasa su escobillón de aserrín. Frota la lámpara que se esconde bajo el corazón gastado de las baldosas. El chillido de una radio sobrevuela la tarde. La rueda gira y un chico interpone sus ojos entre la marea humana. Ofrece un ramo de flores con la mirada esquiva de las criaturas abandonadas.

La Terminal es un ovillo silencioso enhebrando el misterio de las horas: instantes que se deshacen tras despedidas y juramentos. Es la eterna madre donde confluyen los viajeros.
La paloma recorre la distancia terrestre envuelta en una caminata zigzagueante. Ella conoce los infinitos naranjas del poniente y busca prender la llama sobre el espíritu de los hombres. Procura frotar las patas y desencadenar un aluvión de chispas enloquecidas; de pedacitos de crepúsculo arrancados del horizonte. 
Cuando el alboroto crece, y los nuevos pasajeros irrumpen, bate sus alas subiendo escalones invisibles, pedaleando la bicicleta contra la gravidez del aire. Entonces su cuerpo se eleva, asciende, y toda la poesía estalla.
En un loco arrebato vuela triunfante hacia la vigas del techo. Hacia su verdadero reino de torres y campanarios; de cúpulas extraordinarias; de nidos entrelazados en ramas y catedrales. 
Un espléndido movimiento la devuelve a las alturas. Al aire sereno de donde provino. Al pedestal majestuoso que conjura el aullido del viento.   

De banderas y patrias. Por Maite Sánchez Sempere

No conozco más patria
que el vientre de mi madre,
ni más bandera
que una sábana fresca cubriéndome los sueños;
no creo en más frontera
que un río embravecido
o esa cordillera que rechaza
los diminutos seres que intentan conquistarla.

Mi idioma son palabras compartidas
por las lenguas y oídos que ansían entenderse,
mi cultura
dedos de tejedora milenaria
y manos de alfarera que juega con el barro.

No os entiendo, dejad que no os entienda,
dejadme ya, no vais a convencerme,
no creo en los paises de mentira,
ni en la idea canija de vuestros patriotismos.

Dejad ya de contarme historias adornadas
que no hablan nunca
de las madres que lloran,
dejad ya de gritarme vuestro orgullo,
toda esa estupidez de tribu en pie de guerra.

Cread con vuestras manos lo que sea,
un cesto, una red, un cuenco, una lámpara;
escribid un poema, dibujad algo,
un bisonte o una bicicleta,
componed con tres notas
un himno, inventaos un baile,
hablad con vuestros cuerpos,
volved a ser humanos.

Y dejadme ya en paz, con mi patria pequeña,
envuelta en mi bandera de amor y de palabras.

Cisne negro Por Carlos Carballo

La tiniebla está hecha con plumas negras de corazones en pugna,
poemas alados que nadan sobre los reflejos del mundo,
sensual danza que viene a mi encuentro,
cisne negro.
El cisne negro es la sombra de las manos que cortaron a un poeta,
Los ojos vigilantes de las revoluciones que nunca acaban,
el nudo que hay entre mi inquietud y la calma,
mi trayecto.
El trayecto aparece en la noche dibujado con pico incandescente
como un sol de movimiento inconstante y perezoso,
huellas en la roca y un sendero de retorno.
Y despertar.
El despertar escupe mi cuerpo en algún lugar cotidiano y templado,
mientras los seres mágicos se esconden tras su largo cuello.
Las pupilas del ave quedan en mi recuerdo:
la poesía.

Padre nuestro Por Eleonora González Capria

A Robert L. Frost

Mi padre era un borracho
y borracho salía
a dar la vuelta al lago.
Primero a pie, después
nadando.
Nosotros también íbamos.
Cada brazada larga
nos devolvía el aliento.
Papá nadaba
como si el agua
fuera cemento.
Todos mis labios
decían Dios,
todos mis labios
Dios por favor.
Papá nadaba
sin preocuparse
por los abstemios.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Ganadora de la Categoría B (jóvenes de 14 y 15 años) del concurso Literario Narrativo “Contate un Cuento X” - Los Campbell Por Francesca Espósito Resia, Alumna de 4º año del Colegio Santa Rosa de Lima

          El detective Mark Thompson se hallaba sentado en su escritorio mientras leía el diario matutino bebiendo una taza de café. Era un lunes como cualquier otro en la ajetreada mañana de Londres de 1895. Se podía ver salir el vapor de las chimeneas de las fábricas que rodeaban la ciudad y el recién inaugurado Puente de la Torre desde la ventana de su oficina. Dos golpecitos secos provenientes de la puerta lo distrajeron de la noticia que estaba leyendo. Luego de un “pase” pudo ver a su secretaria ingresar a la oficina.
-Lo buscan, detective- dijo con su suave voz. Él hizo un movimiento con la cabeza para indicar que dejara pasar a aquella o aquellas personas que lo estaban buscando. Inmediatamente ingresó una señora de no más de 50 años de edad, que llevaba recogido el cabello en un impecable rodete y vestía como si estuviese llevando un uniforme. Intuyó que se trataba de un ama de llaves o, mejor dicho de una ex ama de llaves ya que no vestía con su ropa negra usual, pero mantenía el hábito de estar uniformada. Con un movimiento de mano invitó a la mujer a que tomara asiento. Luego de hacerlo, dejó su bolso a un costado de los pies y, muy lentamente, se fue enderezando, como si estuviese convenciéndose de que estaba haciendo lo correcto. Asintiendo con la cabeza, el detective le dio paso para que comenzara a hablar. La señora se llamaba Emily Woodstock y, definitivamente, era un ama de llaves.  Había perdido su trabajo a causa de la repentina muerte de su patrona. Según la autopsia, había muerto a causa de una úlcera en el estómago que no había sido tratada. Ella alegó a la policía que su patrona, Otthelia Campbell, nunca había manifestado molestias o malestar que fueran síntomas de esta enfermedad. Sin embargo, éstos hicieron caso omiso frente a la insistencia de Lady Campbell y su hijo Christopher Campbell -único heredero de la fortuna de su tía y padre- en que la mujer siempre estuvo un poco desequilibrada psicológicamente y que nunca le había gustado mantener contactos con médicos en caso de que sufriera algún malestar.
-Mire, detective- sollozó Emily -Negué muchísimas veces que Otthelia fuera así pero no me hicieron caso, ¿Cómo voy a competir contra la aristocracia inglesa para ver quién tiene la razón?- y rompió en llanto. Esas palabras al detective le resonaron en la cabeza. Luego de consolarla, le consultó si poseía copia de la autopsia o algún papel que podría facilitarle el acceso al caso. Ella lo negó. Luego de pensar durante unos segundos, le dijo a Emily que tomaba el caso. No era uno de sus preferidos, no obstante le interesaba ese ímpetu que contenía la familia para que se supiera que la muerte había sido una enfermedad y no cualquier otra cosa. A Emily esta afirmación la llenó de felicidad y le hizo sacar una sonrisa de oreja a oreja. Luego de agradecerle tantísimas veces por aceptar, la mujer se retiró.
   El detective inmediatamente tomó papel y pluma y escribió dos cartas. La primera iba dirigida a Scotland Yard, más precisamente a la oficina donde se encontraba Louis Williams, oficial e íntimo amigo. Allí pedía que le facilitara el acceso al parte médico de Otthelia Campbell ya que estaba trabajando en el caso. Para sonar más cordial, le prometió que algún día iría a visitarlo. También le recalcó que, de ser posible, enviaría una respuesta. No dio más detalles y concluyó la carta.  La segunda iba dirigida a Thomas, el médico forense. Allí le solicitaba que tomara unas cuantas pruebas del cuerpo de Otthelia Campbell, sobretodo de aquellas “úlceras” que contenía. Le recalcó que esto se mantuviera en secreto y que luego de leer la carta la quemara para deshacerse de ella. Además le preguntó si podía contar con su ayuda para las próximas investigaciones del caso. Luego de sellar ambas, se las dio a su secretaria y le dijo que las entregara con suma urgencia porque era un tema que “no podía esperar”. Sabía que estaba jugando con fuego y él no era una de esas personas a las que les gustaba arriesgarse. Mientras menos personas se enterasen de que estaba involucrado en el  caso, mejor para él. Despejó estos pensamientos de su mente y se dirigió a su casa.
   Esa noche no pudo dormir aunque se levantó con más ganas que antes. Estaba decidido a darse una vuelta por la casa de Otthelia. Al llegar a su oficina, su secretaria le entregó dos cartas que acababan de llegar. Apresuradamente ingresó a su despacho y las abrió. Louis decía que iba a hacer todo lo posible y que a más tardar obtendría los papeles para el jueves a la tarde. Thomas contestó que ya estaba en camino el “asunto” y que contara con él para lo que fuera, luego guardó esas dos cartas y se dirigió a la casa de Otthelia Campbell. Lo estaba esperando Emily, quien le abrió la puerta. Lo condujo al lugar donde había estado Otthelia por última vez. Allí se encontró con una habitación normal, excepto por una cosa: el licor que había dentro se encontraba destapado y un vaso había caído de aquella mesita derramando licor por todos lados. Obviamente los restos del vaso habían sido penosamente escondidos con una sábana que ahora lo dejaba ver. Se acercó a la botella y sintió un peculiar olor que no era como todos los licores que había probado antes. Tomó esa botella, hojeó la habitación y se dirigió rápidamente a la morgue abandonando el lugar. Allí le explicó brevemente a Thomas lo que había encontrado y le dijo que examinara aquello. Agregó que cuando obtuviese resultados, le escribiera.
      El jueves a la mañana su secretaria le entregó una carta proveniente de Thomas. En ella expresaba con absoluto detalle los resultados que había obtenido. Después de leerlo, se dirigió inmediatamente a la mansión Campbell.  Fue recibido por un mayordomo que lo presentó frente a los Campbell como “un detective de Scotland Yard que viene a hacer algunas preguntas de rutina”. En la biblioteca, se encontró con Lady Campbell y su hijo . Les preguntó qué relación tenían con Otthelia, cómo la describirían y si la veían a menudo, a lo que respondieron exactamente lo mismo que al principio de la investigación. Ellos parecían muy relajados pese al compromiso de la situación en la que estaban. Por último, el detective se dirigió sólo a Christopher. Le preguntó en dónde se encontraba la noche anterior al descubrimiento del cadáver de su tía. Él respondió que se hallaba en la casa con su madre, donde cenó y durmió. El detective le pidió que describiera la ropa con la que se encontraba aquella noche, pero no pudo responder ya que aseguró no recordarla. Estaba por realizar la tercera pregunta cuando Lady Campbell lo interrumpió diciendo:
-¿Acaso está acusando a mi hijo de algo, detective?-. Él negó aquella acusación, alegando que sólo eran preguntas de rutina. Por último, le peguntó si sabía qué licor era el que tomaba su tía. 
-El whisky, obviamente-  respondió seguro a lo que el detective retrucó:
-¿Cómo sabe que es el whisky si no la visitan desde hace dos años? El consumo de este licor comenzó en ella hace sólo dos meses. ¿Tiene algo que decir?-. Christopher se puso nervioso y comenzó a tartamudear. Por su parte, Lady Campbell, intentó objetar, pero el detective la interrumpió:
-Christopher, ¿cómo lo sabe? ¿Acaso no concurrió a la casa de su tía esa noche para contarle sobre las nuevas noticias que tenía en la compañía? ¿No fue en aquel instante, cuando estaba sirviendo dos vasos de whisky para brindar, que le volcó aquel líquido que quema el estómago y lo hace ver como si fueran úlceras? -¡Conteste!-. Christopher rompió en llanto debido a la presión que tenía encima de sus hombros. Habían descubierto su plan, había fracasado y ahora sería sentenciado a muerte por ello.
-¡Es verdad!- dijo entre llantos -¡Yo lo hice! ¡Yo la maté! ¡Debía saldar las deudas que tenía y sólo a través de su fortuna podía! ¡Ya no nos queda nada, nada desde que…!-. Tal y como se había planeado, los oficiales apresaron a Christopher y Lady Campbell, acusados de homicidio y conspiración, pero el trabajo del detective no había finalizado ahí. Se acercó con paso acelerado a Christopher y agarrándolo de la cara le preguntó
-¿Antes de quién? ¡¿Antes de quién?!-.
-¡De los Jabalíes Rojos!- respondió y la policía se lo llevó. Un día más tarde el detective concurrió a la cárcel de Londres para tomar la declaración de Christopher. Cuando abrieron la puerta de su celda, hallaron el cuerpo del muchacho sin vida. Semanas después apareció la noticia en todas las portadas de los periódicos, pero él sólo tenía algo en mente “Los Jabalíes Rojos”. Durante días y noches no había hecho otra cosa que estar encerrado en su oficina con todos los registros de homicidios de la aristocracia  que habían ocurrido en los últimos años y que habían sido cometidos por sus familiares o amigos. Todos fueron llevados a cabo por el mismo método: envenenar el licor y parecer que habían muerto por enfermedad. Así pudo concluir que Los Jabalíes Rojos se trataba de una organización de contrabando donde sus miembros formaban parte de la aristocracia europea. Iba a dejar atrás todo aquello en lo que había trabajado, ahora tenía un nuevo objetivo: desmantelar a los Jabalíes Rojos.