Tito, si pudiera ayudarte o lograra aliviar algo esa preocupación que te acongoja y que tienes clavada en tu corazón, ¿qué premio me darías?
Tito, ¿qué es lo que te preocupa día y noche? Por eso me parece ahora el mejor momento para dedicarte algún escrito sobre la vejez.
¡En efecto! Deseo que tú y yo mitiguemos este peso, común: la inminente llegada de la vejez. Con toda seguridad sé que tú, la vives con dignidad, y eres capaz de afrontar todos los problemas que conlleva. Cuando pienso en escribir sobre la vejez, siempre acudes a mi mente como la persona más digna de este don, del que nos podamos servir cada uno de nosotros. La preparación de este tratado ha sido para mí tal motivo de alegría que, no sólo he ahuyentado todas las molestias propias de la edad, sino que he
intentado hacerla más suave y llevadera. La filosofía nunca podrá ser suficientemente alabada por quien reafirme que puede afrontar todas las molestias de la vida sin ningún tipo de adversidad.
Para quienes creen que no hay posibilidad de alcanzar el bienestar y llevar una vida feliz, sin duda, la vida es dura en todas las etapas de la vida. Pero quienes consiguen todos los bienes en sí mismos, no les puede parecer malo lo que la exigencia de la naturaleza traiga. La vejez está siempre en primer plano. Todos se esfuerzan en alcanzarla y, una vez conseguida, todos la culpan. ¡Tanta es la necedad de la extravagancia! Suelen afirmar que la vejez se les echó encima mucho antes de lo que esperaban. En primer lugar: ¿quién les obligó a pensar de un modo tan absurdo?, ¿por qué la distancia entre la adolescencia y la vejez es más corta que la distancia entre la adolescencia y la infancia? En segundo lugar, ¿acaso sería más suave la vejez si se viviera 800 años en vez 80? Por larga que haya sido la vida, ningún consuelo habría podido suavizar la necia vejez.
Siguiendo el antiguo proverbio "los iguales se reúnen habitualmente con sus iguales" frecuentemente he intervenido en debates sobre este asunto con mis pares. Cayo Salinator, Espurio Albino, casi de mi edad, hombres que habían sido cónsules, solían quejarse de que ya carecían de placeres, sin los cuales pensaban ellos la vida no tiene sentido. Además se sentían menospreciados por los que antes acostumbraban a halagarlos. En mi opinión, se quejaban de lo que no había razón para ello y no de lo que realmente debieran quejarse. Si esto sucediera por causa de la senectud, lo mismo me debería pasar a mí y al resto de los ancianos, a muchos de los cuales yo he conocido en su vejez sin ningún tipo de quejas. Muchos ancianos afirman que ellos se han apartado serenamente de los vínculos de los placeres y sin desprecio de los suyos. La causa de todas estas lamentaciones está en el carácter de cada uno, no en la edad. Ciertamente la impertinencia y la falta de humanidad molesta en todas las etapas de la vida. Los ancianos moderados llevan la vejez de una manera aceptable.
Ni siquiera el sabio puede afrontar la vejez de manera llevadera en medio de la más profunda indigencia, pero para el necio, aún en la suma abundancia, no deja de ser gravosa. Las armas defensivas de la vejez, Escipión y Lelio, son las artes y la puesta en práctica de las virtudes cultivadas a lo largo de la vida. Cuando has vivido mucho tiempo, producen frutos maravillosos. La conciencia de haber vivido honradamente y el recuerdo de las muchas acciones buenas realizadas, resulta muy satisfactorio en el último momento de la vida.
Yo, pensando en mí mismo, encuentro cuatro causas que agravan sobremanera la vejez:
primera, porque aparta de la gestión de todos los negocios. segunda, porque la salud se debilita. tercera, porque te priva de casi todos los placeres. cuarta, porque, al parecer, la muerte ya no está lejos.
Reflexionemos, si os parece bien, sobre cada una de estas causas y cuán injusta es cada una. La vejez aparta de la gestión de todos los negocios. ¿De cuáles? ¿De aquellos que se realizaron con el vigor y las fuerzas de la juventud? ¿Acaso no son también obras seniles las que se realizan con la fortaleza de la mente pero con el cuerpo enfermo? Nada prueban quienes afirman que la vejez no se desenvuelve en los negocios. Es como decir que el timonel no hace nada sujetando el timón, puesto que mientras él permanece sentado en popa, unos se encaraman en los mástiles, otros corren de aquí para allá, otros queman los desechos. Es verdad que no hace el trabajo que hacen los jóvenes, sin embargo el timonel hace cosas mejores y de más responsabilidad. Trabajo que no se realiza con la fuerza, velocidad o con la agilidad de su cuerpo, sino con el conocimiento, la competencia y autoridad.
¡Bienvenidos! Este blog de literatura está abierto a todo tipo de lectores. Quienes lo hacemos no tenemos otra motivación que el de compartir la lectura de las obras de escritores de todos los tiempos, así como también las de aquellos que se inician y también merecen difusión.
sábado, 28 de julio de 2018
Palabras que no cesan - por Jorge A. Dágata
En el año 690 de Roma, 64 antes de Cristo, Pompeyo redujo Siria a provincia romana. Un niño que vivía hasta entonces libre en el país conquistado, uno de tantos, fue llevado a la capital del imperio como esclavo. Tenía 12 años y su amo, Domicio, de la familia de los Publio, quedó admirado por el ingenio agudo y la réplica pronta de que era capaz la criatura que acababa de engrosar sus propiedades. El amo era oficial del ejército romano y disfrutaba de su nueva mascota, fértil en ocurrencias oportunas, además de hermoso y bien formado. Todavía no asomaba siquiera en la humanidad “civilizada” el menor cuestionamiento a la institución de la esclavitud.
Asomaba, si así quiere entenderse, en la inclinación de este amo, que como otros hizo dar al niño una educación esmerada y luego la libertad. Lo llamaban Syro, en recuerdo de su patria perdida, y por el resto de su vida añadió al suyo el nombre de Publio, adoptando la costumbre de la época entre los libertos, y también como gesto de gratitud.
Publio Syro (Publilius Syrius) recorrió Italia dedicándose a la composición de mimos, cuyo principal objeto era provocar la hilaridad parodiando a los personajes más relevantes del momento y el lugar en que actuaba. César le entregó la palma de triunfo en una competencia que mantuvo con Laberio, el mimígrafo más notable del imperio.
Desde entonces reinó sin rival en la escena hasta el fin de su vida, que las conjeturas prolongan hasta los primeros años del reinado de Augusto, esto es, hasta el año 725 de Roma, 29 antes de Cristo.
De su obra sólo queda una colección de Sentencias (Sententiae) y una serie de máximas morales. La palabra no cesa, como dice el título, porque entre las más recordadas hay una que nos toca bastante de cerca, aquí y ahora: “Iudex damnatur ubis nocens absolvitur”, donde quien quiera puede leer claramente: “El juez es condenado cuando el culpable es absuelto”.
Entre sus máximas (versos) se han descubierto intercalaciones posteriores. Las auténticas suman aproximadamente 700, de las cuales seleccionamos éstas:
-Espera de otro lo que tú le hagas.
-Ama a tus padres si son justos; si no lo son, sopórtalos.
-La desgracia nos pone de manifiesto si tenemos un amigo o solamente su imagen.
-Grato es el recuerdo de los males pasados.
-El dolor del alma es más grave que el del cuerpo.
-Sustraerse a las pasiones es vencer un reino.
-La paciencia es el puerto de las miserias.
-La fortuna es como el vidrio: brillante, pero frágil.
-Exigua es la parte de vida que empleamos en vivir.
-La paciencia muy cansada se convierte en furor.
-Hasta los que la infieren, odian la injuria.
-El amor que causa la herida, la cura.
-Todos preguntamos: ¿Es rico? Nadie: ¿Es virtuoso?
-El arco pierde su fuerza por la tensión; el espíritu, por la flojedad.
-No olvides jamás el beneficio recibido; olvida en el acto el que has hecho.
-Querer llegar a ser bueno es gran parte de la bondad.
-Nos interesan los demás cuando se interesan por nosotros.
-El dinero es tu esclavo si sabes emplearlo; tu amo, si no sabes.
-Dios mira las manos limpias, no las llenas.
-Más amigos granjea la mesa que la inteligencia.
-El que persigue dos liebres no coge ninguna.
-Ningún hombre es feliz a menos que crea serlo.
-En mar tranquila todos son buenos pilotos.
-Al pobre le faltan muchas cosas; al avaro, todas.
-Un compañero alegre te sirve en el viaje casi de vehículo.
Asomaba, si así quiere entenderse, en la inclinación de este amo, que como otros hizo dar al niño una educación esmerada y luego la libertad. Lo llamaban Syro, en recuerdo de su patria perdida, y por el resto de su vida añadió al suyo el nombre de Publio, adoptando la costumbre de la época entre los libertos, y también como gesto de gratitud.
Publio Syro (Publilius Syrius) recorrió Italia dedicándose a la composición de mimos, cuyo principal objeto era provocar la hilaridad parodiando a los personajes más relevantes del momento y el lugar en que actuaba. César le entregó la palma de triunfo en una competencia que mantuvo con Laberio, el mimígrafo más notable del imperio.
Desde entonces reinó sin rival en la escena hasta el fin de su vida, que las conjeturas prolongan hasta los primeros años del reinado de Augusto, esto es, hasta el año 725 de Roma, 29 antes de Cristo.
De su obra sólo queda una colección de Sentencias (Sententiae) y una serie de máximas morales. La palabra no cesa, como dice el título, porque entre las más recordadas hay una que nos toca bastante de cerca, aquí y ahora: “Iudex damnatur ubis nocens absolvitur”, donde quien quiera puede leer claramente: “El juez es condenado cuando el culpable es absuelto”.
Entre sus máximas (versos) se han descubierto intercalaciones posteriores. Las auténticas suman aproximadamente 700, de las cuales seleccionamos éstas:
-Espera de otro lo que tú le hagas.
-Ama a tus padres si son justos; si no lo son, sopórtalos.
-La desgracia nos pone de manifiesto si tenemos un amigo o solamente su imagen.
-Grato es el recuerdo de los males pasados.
-El dolor del alma es más grave que el del cuerpo.
-Sustraerse a las pasiones es vencer un reino.
-La paciencia es el puerto de las miserias.
-La fortuna es como el vidrio: brillante, pero frágil.
-Exigua es la parte de vida que empleamos en vivir.
-La paciencia muy cansada se convierte en furor.
-Hasta los que la infieren, odian la injuria.
-El amor que causa la herida, la cura.
-Todos preguntamos: ¿Es rico? Nadie: ¿Es virtuoso?
-El arco pierde su fuerza por la tensión; el espíritu, por la flojedad.
-No olvides jamás el beneficio recibido; olvida en el acto el que has hecho.
-Querer llegar a ser bueno es gran parte de la bondad.
-Nos interesan los demás cuando se interesan por nosotros.
-El dinero es tu esclavo si sabes emplearlo; tu amo, si no sabes.
-Dios mira las manos limpias, no las llenas.
-Más amigos granjea la mesa que la inteligencia.
-El que persigue dos liebres no coge ninguna.
-Ningún hombre es feliz a menos que crea serlo.
-En mar tranquila todos son buenos pilotos.
-Al pobre le faltan muchas cosas; al avaro, todas.
-Un compañero alegre te sirve en el viaje casi de vehículo.
COSAS DEL CID Por Rubén Darío
A Francisco A. de Icaza
Cuenta Barbey, en versos que valen bien su prosa,
una hazaña del Cid, fresca como una rosa,
pura como una perla. No se oyen en la hazaña
resonar en el viento las trompetas de España,
ni el azorado moro las tiendas abandona
al ver al sol el alma de acero de Tizona.
Babieca, descansando del huracán guerrero,
tranquilo pace, mientras el bravo caballero
sale a gozar del aire de la estación florida.
Ríe la primavera, y el vuelo de la vida
abre lirios y sueños en el jardín del mundo.
Rodrigo de Vivar pasa, meditabundo,
por una senda en donde, bajo el sol glorioso,
tendiéndole la mano, le detiene un leproso.
Frente a frente, el soberbio príncipe del estrago
y la victoria, joven, bello como Santiago,
y el horror animado, la viviente carroña
que infecta los suburbios de hedor y de ponzoña.
Y al Cid tiende la mano el siniestro mendigo,
y su escarcela busca y no encuentra Rodrigo,
"¡Oh Cid, una limosna!", dice el precito."Hermano,
¡te ofrezco la desnuda limosna de mi mano!",
dice el Cid; y quitando su férreo guante, extiende
la diestra al miserable, que llora y que comprende.
De Prosas Profanas (1896)
sábado, 21 de julio de 2018
Causa Común Por Héctor Fuentes (De su libro “Rueda la pelota”)
Cortar un pedazo de pan y compartirlo. Envolver con nuestro abrigo a un niño que tirita en la calle, muerto de frío. Mirar los ojos de un pordiosero, para devolverle la mirada de un hombre, y no la cruel indolencia de las bestias.
Despojarnos de la cultura egoísta; aquella que ve amenazas, donde en verdad hay pobreza y marginación.
Tomarnos de la mano y marchar juntos. Enlazarnos en la maravilla de formar una sola piel. Trascender las barreras que separan a los hombres hasta volver a sentir que el mundo es uno, y no tres.
Al fundirnos en la piel de nuestros semejantes, comprendemos que la vida es un estado de gracia. Todos necesitamos de todos. Y cada hombre, y cada mujer, sostienen entre sus manos la balanza perfecta que equilibra el universo.
La poesía tiene sentido en los ojos que se humedecen de emoción. Sólo tienes lo que regalas. Todo regresa si lo das.
No teme quedarse vacío quien se entrega por entero. Sabe que toda el agua que el río junta, va hacia el mar. Comprende que toda la bondad que el hombre regala, se encamina hacia el cielo.
El muro de los lamentos está hecho con la piedra de la desigualdad. Un muro es una boca que no habla; unos ojos que no miran, unas manos que se cierran en un puño.
Esa nada insostenible nace de la indiferencia. Su padre es el egoísmo y su madre la crueldad. Entre los dos amamantan a un bebé regordete y glotón. Quien jamás entenderá que las cosas son hermosas, solo cuando se comparten.
El dolor de cien obreros despedidos se cura cuando se juntan. Las lágrimas, si se mezclan, no son amargas, son dulces. Las penas compartidas pesan menos en el pecho.
La música necesita del silencio. La noche del día. El hombre del arte, y el arte del hombre. Somos un cuerpo cuando hay alma y corazón. Cuando hay sueños y hambre. Cuando hay sed y alegría.
Si cantamos todos juntos ya no somos distintos, somos la voz de mil bocas que alumbran el viento.
Si lloramos todos juntos ya no somos sólo hombres, somos el cantar de una plegaria que se eleva más allá.
Una mancha de luz sobre el horizonte infinito.
Despojarnos de la cultura egoísta; aquella que ve amenazas, donde en verdad hay pobreza y marginación.
Tomarnos de la mano y marchar juntos. Enlazarnos en la maravilla de formar una sola piel. Trascender las barreras que separan a los hombres hasta volver a sentir que el mundo es uno, y no tres.
Al fundirnos en la piel de nuestros semejantes, comprendemos que la vida es un estado de gracia. Todos necesitamos de todos. Y cada hombre, y cada mujer, sostienen entre sus manos la balanza perfecta que equilibra el universo.
La poesía tiene sentido en los ojos que se humedecen de emoción. Sólo tienes lo que regalas. Todo regresa si lo das.
No teme quedarse vacío quien se entrega por entero. Sabe que toda el agua que el río junta, va hacia el mar. Comprende que toda la bondad que el hombre regala, se encamina hacia el cielo.
El muro de los lamentos está hecho con la piedra de la desigualdad. Un muro es una boca que no habla; unos ojos que no miran, unas manos que se cierran en un puño.
Esa nada insostenible nace de la indiferencia. Su padre es el egoísmo y su madre la crueldad. Entre los dos amamantan a un bebé regordete y glotón. Quien jamás entenderá que las cosas son hermosas, solo cuando se comparten.
El dolor de cien obreros despedidos se cura cuando se juntan. Las lágrimas, si se mezclan, no son amargas, son dulces. Las penas compartidas pesan menos en el pecho.
La música necesita del silencio. La noche del día. El hombre del arte, y el arte del hombre. Somos un cuerpo cuando hay alma y corazón. Cuando hay sueños y hambre. Cuando hay sed y alegría.
Si cantamos todos juntos ya no somos distintos, somos la voz de mil bocas que alumbran el viento.
Si lloramos todos juntos ya no somos sólo hombres, somos el cantar de una plegaria que se eleva más allá.
Una mancha de luz sobre el horizonte infinito.
Mi esposa duerme Por Ezequiel Feito
Para Delicia
I
Mi esposa duerme
el largo sueño de un hogar ordenado
cubierta por cálidas nubes que descendieron
del cielo a la pieza
Duerme, coronada su cabeza por brillantes estrellas
mientras que nuestra habitación se llena
de constelaciones desconocidas
que cuidan nuestro sueño.
Cuando duerme, la oscuridad nunca es completa
sino que la tenue luna pone en su cuerpo
una oculta santidad de lirios.
II
Duerme. Profundamente duerme, y hemos desaparecido
las niñas y yo, la gente y las plantas,
los vecinos, los amigos y toda la casa;
los platos, la heladera y el lavarropas;
la escoba, la cocina, la mesa y todo aquello
que la rutina de sus manos convertían
en un arte mágico y sencillo.
III
La miro y me pregunto, ¿dónde estaré ahora?
¿Seguiré aún estando en su corazón?
¿O en su sueño, al igual que todos,
habré desaparecido para siempre?
IV
Mi esposa duerme o muere. Estoy seguro
que en ella cabe toda la existencia del universo.
JARDÍN DE VERSOS PARA NIÑOS Por R. L. Stevenson (Selección)
A MINNIE
La habitación roja con la enorme cama
donde sólo gente mayor se acostaba;
el cuarto pequeño en el que tú y yo
descansamos juntos en cierta ocasión
y, para casarnos de forma decente,
te pedí la mano como un pretendiente;
el cuarto de niños, que nos encantaba,
llenas las paredes de cuadros y láminas
y de hojas los huecos,
una habitación para no dormir
y escuchar las ramas y hojas del jardín
que sacude el viento...
y buena también para descansar
y aquellos grabados poder contemplar...
los de la batalla de Sebastopol,
con lanzas y espadas reluciendo al sol,
el pico escarpado,
los barcos hundiéndose, la oveja balando,
los niños felices, descalzos,
riendo encantados al cruzar el vado:
todas esas cosas desaparecieron
y la vieja finca hoy es de otros dueños;
presenta un aspecto distinto,
cobija a unos desconocidos.
Arrastra aún, de molino en molino,
el jardín de nuestra infancia el río;
¡pero los niños, ay, ya nunca
lo veremos desde la esclusa!
Más desde el tejo - aún está allí -
nuestras voces suelen salir
como si estuviéramos jugando
y aún las escucho preguntando:
"¿Está muy lejos Babilonia?"
Lejos, muy lejos, chiquitín,
está muy, muy lejos de aquí...
¡Pero aún más lejos estás tú en la colonia!
"¿Podré llegar a una vela?"
- eso decía la canción.
Yo no lo sé, puede que puedas,
aunque, escuchadme, a condición
de que si vas allí, no vuelvas.
La oscuridad eterna, ¿quién lo duda?,
caerá sobre colinas y llanuras
y apagará los astros y las lámparas
antes de que volvamos a la infancia.
Hasta la India lejana donde estás
estos versos te envío por el mar;
te llegarán, confío.
Porque ni tú ni yo hemos olvidado
aquellos muebles indios,
los huesos de antílope, las plumas de albatros,
las raras semillas, los extraños pájaros,
las cuentas y ajorcas, tantas baratijas,
los dioses y sus sagradas campanillas,
las susurrantes caracolas retorcidas.
En aquel piso bajo todo era
sencillo y escocés, a su manera,
pero en cuanto subíamos a una silla,
aquello era el Oriente, ¡oh maravilla!
Consideremos todo esto una fábula;
podéis verme en aquella planta baja
y a Minnie sentada como un desafío
sobre aquel precioso mueble indio.
Sonriente y gentil, un escabel me quieres dar
que me resulta alto para hasta mí llegar.
¡Tiende hasta aquí tu mano, querida, y estos versos
tómalos en recuerdo de aquellos viejos tiempos!
LIBROS ILUSTRADOS EN INVIERNO
El verano se apaga, va llegando el invierno...
mañanas escarchadas, cosquilleo en los dedos,
petirrojos curiosos, asustadizos grajos,
y lo mejor de todo: los libros ilustrados.
Lo que antes era agua, duro como una piedra;
paseo por encima, junto con mi niñera;
pero el agua corriente, los arroyos, los lagos,
los encontramos sólo en libros ilustrados.
Las cosas más bonitas, los dibujos más nítidos,
allí están, esperando los ojos de los niños;
ovejas y pastores, árboles y cayados,
todo puede encontrarse en libros ilustrados.
En ellos vemos cómo son diferentes cosas:
los mares y ciudades, las montañas y costas,
y los duendes huyendo, y las hadas volando,
en las bellas imágenes de libros ilustrados.
¿Cómo podré alabaros, cantar vuestra belleza,
días maravillosos junto a la chimenea,
en un rincón del cuarto de jugar, abrigados,
leyendo en compañía los libros ilustrados?
La habitación roja con la enorme cama
donde sólo gente mayor se acostaba;
el cuarto pequeño en el que tú y yo
descansamos juntos en cierta ocasión
y, para casarnos de forma decente,
te pedí la mano como un pretendiente;
el cuarto de niños, que nos encantaba,
llenas las paredes de cuadros y láminas
y de hojas los huecos,
una habitación para no dormir
y escuchar las ramas y hojas del jardín
que sacude el viento...
y buena también para descansar
y aquellos grabados poder contemplar...
los de la batalla de Sebastopol,
con lanzas y espadas reluciendo al sol,
el pico escarpado,
los barcos hundiéndose, la oveja balando,
los niños felices, descalzos,
riendo encantados al cruzar el vado:
todas esas cosas desaparecieron
y la vieja finca hoy es de otros dueños;
presenta un aspecto distinto,
cobija a unos desconocidos.
Arrastra aún, de molino en molino,
el jardín de nuestra infancia el río;
¡pero los niños, ay, ya nunca
lo veremos desde la esclusa!
Más desde el tejo - aún está allí -
nuestras voces suelen salir
como si estuviéramos jugando
y aún las escucho preguntando:
"¿Está muy lejos Babilonia?"
Lejos, muy lejos, chiquitín,
está muy, muy lejos de aquí...
¡Pero aún más lejos estás tú en la colonia!
"¿Podré llegar a una vela?"
- eso decía la canción.
Yo no lo sé, puede que puedas,
aunque, escuchadme, a condición
de que si vas allí, no vuelvas.
La oscuridad eterna, ¿quién lo duda?,
caerá sobre colinas y llanuras
y apagará los astros y las lámparas
antes de que volvamos a la infancia.
Hasta la India lejana donde estás
estos versos te envío por el mar;
te llegarán, confío.
Porque ni tú ni yo hemos olvidado
aquellos muebles indios,
los huesos de antílope, las plumas de albatros,
las raras semillas, los extraños pájaros,
las cuentas y ajorcas, tantas baratijas,
los dioses y sus sagradas campanillas,
las susurrantes caracolas retorcidas.
En aquel piso bajo todo era
sencillo y escocés, a su manera,
pero en cuanto subíamos a una silla,
aquello era el Oriente, ¡oh maravilla!
Consideremos todo esto una fábula;
podéis verme en aquella planta baja
y a Minnie sentada como un desafío
sobre aquel precioso mueble indio.
Sonriente y gentil, un escabel me quieres dar
que me resulta alto para hasta mí llegar.
¡Tiende hasta aquí tu mano, querida, y estos versos
tómalos en recuerdo de aquellos viejos tiempos!
LIBROS ILUSTRADOS EN INVIERNO
El verano se apaga, va llegando el invierno...
mañanas escarchadas, cosquilleo en los dedos,
petirrojos curiosos, asustadizos grajos,
y lo mejor de todo: los libros ilustrados.
Lo que antes era agua, duro como una piedra;
paseo por encima, junto con mi niñera;
pero el agua corriente, los arroyos, los lagos,
los encontramos sólo en libros ilustrados.
Las cosas más bonitas, los dibujos más nítidos,
allí están, esperando los ojos de los niños;
ovejas y pastores, árboles y cayados,
todo puede encontrarse en libros ilustrados.
En ellos vemos cómo son diferentes cosas:
los mares y ciudades, las montañas y costas,
y los duendes huyendo, y las hadas volando,
en las bellas imágenes de libros ilustrados.
¿Cómo podré alabaros, cantar vuestra belleza,
días maravillosos junto a la chimenea,
en un rincón del cuarto de jugar, abrigados,
leyendo en compañía los libros ilustrados?
Mi humanidad obrera Por Fernando Adrián Zapata
Mis horas de trabajo me colmaron
de un ímpetu flamante de experiencias;
palpitan mis adentros proletarios
con cánticos de justas persistencias.
Mis manos siguen, firmes, la jornada,
creando y produciendo plusvalía;
mi mente, en cambio, se alza, concentrada,
por cada anhelo que mi vida ansía.
Y todo el corazón que me sacude,
irriga sus relámpagos de fuego
en todo mi existir por lo que pude
lograr y por lo que lograré luego.
En esta transición estoy forjando
mis días de labores, tan vitales...,
...¡tan vívidas, de cantos solidarios,
por tiempos de justicias augurales!!!
de un ímpetu flamante de experiencias;
palpitan mis adentros proletarios
con cánticos de justas persistencias.
Mis manos siguen, firmes, la jornada,
creando y produciendo plusvalía;
mi mente, en cambio, se alza, concentrada,
por cada anhelo que mi vida ansía.
Y todo el corazón que me sacude,
irriga sus relámpagos de fuego
en todo mi existir por lo que pude
lograr y por lo que lograré luego.
En esta transición estoy forjando
mis días de labores, tan vitales...,
...¡tan vívidas, de cantos solidarios,
por tiempos de justicias augurales!!!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)