Alma sin el amor, ave dejada
en los terrenos de la maravilla:
cuando no haya más hojas
y se acaben los días
yo seguiré buscando
tu luz recién nacida
- alma sobre rebaños levantada -
para hacer las mañanas de mi vida.
El enlutado mundo que habitaba
ahora es cielo que mi frente pisa.
(Si se apagaron todas
las uvas de la viña
o se muriera el pan
en las espigas,
este incendio frutal de mi esperanza
en otra tierra se levantaría.)
Tu mano era mi mano desde siempre,
tu voz, mi voz, y yo no lo sabía.
Anduve con tu sombra
al lado de la mía
por mortales caminos y celestes orillas.
Eras un sueño en busca de mi frente
para nacer, y yo no lo sabía.
Ya mis ojos usaron la belleza
y fueron en sedienta cacería
-con su lastimadura
de límites y aristas -
al pámpano desnudo
y a la rosa vestida,
buscándote desde los miradores
con el Amor-Que-Todo-Lo-Imagina.
Cuando tú fuiste la increíble imagen
yo era la sed y el vaso y la bebida.
Las puertas y los frascos,
cubiertos de ceniza,
guardaban el perfume
de la melancolía,
mientras los palomares te esperaban
con el Amor-Que-Nada-Se-Imagina.
Aunque tu providencia me negara
el alimento para la alegría,
aunque me entristecieras
la intemperie divina
con pájaros callados
y sombras pensativas,
aunque olvidaras, aunque no existieras,
mi corazón igual te cantaría.
¡Bienvenidos! Este blog de literatura está abierto a todo tipo de lectores. Quienes lo hacemos no tenemos otra motivación que el de compartir la lectura de las obras de escritores de todos los tiempos, así como también las de aquellos que se inician y también merecen difusión.
domingo, 18 de noviembre de 2018
No tengo nada Por Edel Morales
No tengo nada.
Sólo el amor de una muchacha
y mis párpados abiertos.
Así puedo correr sobre la hierba
húmeda y punzante.
Sabiendo que a esa certeza
llamarán locura.
Sólo el amor de una muchacha
y mis párpados abiertos.
Así puedo correr sobre la hierba
húmeda y punzante.
Sabiendo que a esa certeza
llamarán locura.
El puente Por Heraldo Rojo
El planeta tierra. Millones de luces apagadas excepto una, la de Martín Hoco, un sexagenario de 64 años que observa por sus binoculares la vida de afuera. Los lentes observan sin encontrar nada interesante para la anécdota de los lunes por la tarde en el bar de Chicho Caruso hasta que de pronto ve a un ignoto cerca del puente de la calle de tierra moviendo sus manos como pidiendo piedad. Sin embargo, el perpetrador descarga su ira y el joven cae al suelo.
Martín corre desesperado para intentar ayudar al joven. Se queda a una distancia prudencial de la escena y espera a que el asesino se aleje y una vez despejado el camino se acerca al joven caído, quien al parecer ha desaparecido y en su lugar hay un cuerpo decrépito de un anciano mayor que él. El miedo le invade y al llegar a su casa a toda prisa cierra puertas y ventanas y observa por la rendija, pero nadie lo vigila.
Entre partidas de póquer y billar el tiempo se fumó un año más. Una tarde observa que sus binoculares lo miraban desafiantes. Recordó su hombría, los tomó y volvió a su puesto de atalaya. La noche cayó y su miedo casi se desvanecía junto con la palabra “ya pasó” mientras una mujer paseaba a su perro y un papel de plástico volaba. Temía mirar, temía aceptar que todos tenían razón, y de repente como una flecha que atraviesa la escena en cámara lenta un joven pasa caminando por la misma calle a la misma hora de hace un año.
Martín pone las manos en su boca en señal de tragedia próxima y lejos de quedarse quieto corre a toda velocidad o a la velocidad que sus 64 años le permiten porque ve al asesino del joven de hace un año dirigiéndose al puente de la tragedia. Corre y corre cada vez más ignorando el dolor en su espalda y sus huesos y al llegar agitado el asesino se había ido y había un anciano muerto en su lugar.
El viejo se preparó al año siguiente, compró binoculares de rango militar con los cuales pudo ver su jubilación esfumarse al igual que sus dientes frontales y su oído del lado izquierdo. La hora señalada estaba casi en puerta, así que comenzó la cacería, observaba y observaba las calles desiertas. De repente, el sonido de unos zapatos captó su atención porque su dueño era un joven que se dirigía rumbo al puente y esta vez tomó su bicicleta de carrera que había comprado para usarla solo en esta ocasión y pudo ver a unas tres cuadras al asesino, llegó al puente y esperó al joven que estaba cerca del portal.
Martín recordó y vistiendo la piel de lobo devoró a su víctima y sus arrugas eran cosas del pasado, sus canas eran un hermoso pelo lacio, sus ojos eran jóvenes, al llevarse la mano a la boca notó que sus dientes estaban completos, incluso podía oír el canto de la sirenas en el océano. Mientras que el joven se volvía cada vez más débil sus huesos se rompían y su piel se agrietaba convirtiéndose así en un viejo cadáver blanco.
El joven Martín dejando su antigua vida caminó hasta abandonar el puente.
Martín corre desesperado para intentar ayudar al joven. Se queda a una distancia prudencial de la escena y espera a que el asesino se aleje y una vez despejado el camino se acerca al joven caído, quien al parecer ha desaparecido y en su lugar hay un cuerpo decrépito de un anciano mayor que él. El miedo le invade y al llegar a su casa a toda prisa cierra puertas y ventanas y observa por la rendija, pero nadie lo vigila.
Entre partidas de póquer y billar el tiempo se fumó un año más. Una tarde observa que sus binoculares lo miraban desafiantes. Recordó su hombría, los tomó y volvió a su puesto de atalaya. La noche cayó y su miedo casi se desvanecía junto con la palabra “ya pasó” mientras una mujer paseaba a su perro y un papel de plástico volaba. Temía mirar, temía aceptar que todos tenían razón, y de repente como una flecha que atraviesa la escena en cámara lenta un joven pasa caminando por la misma calle a la misma hora de hace un año.
Martín pone las manos en su boca en señal de tragedia próxima y lejos de quedarse quieto corre a toda velocidad o a la velocidad que sus 64 años le permiten porque ve al asesino del joven de hace un año dirigiéndose al puente de la tragedia. Corre y corre cada vez más ignorando el dolor en su espalda y sus huesos y al llegar agitado el asesino se había ido y había un anciano muerto en su lugar.
El viejo se preparó al año siguiente, compró binoculares de rango militar con los cuales pudo ver su jubilación esfumarse al igual que sus dientes frontales y su oído del lado izquierdo. La hora señalada estaba casi en puerta, así que comenzó la cacería, observaba y observaba las calles desiertas. De repente, el sonido de unos zapatos captó su atención porque su dueño era un joven que se dirigía rumbo al puente y esta vez tomó su bicicleta de carrera que había comprado para usarla solo en esta ocasión y pudo ver a unas tres cuadras al asesino, llegó al puente y esperó al joven que estaba cerca del portal.
Martín recordó y vistiendo la piel de lobo devoró a su víctima y sus arrugas eran cosas del pasado, sus canas eran un hermoso pelo lacio, sus ojos eran jóvenes, al llevarse la mano a la boca notó que sus dientes estaban completos, incluso podía oír el canto de la sirenas en el océano. Mientras que el joven se volvía cada vez más débil sus huesos se rompían y su piel se agrietaba convirtiéndose así en un viejo cadáver blanco.
El joven Martín dejando su antigua vida caminó hasta abandonar el puente.
ALGUNAS ANÉCDOTAS SOBRE ALEJANDRO MAGNO
- Le preguntaron una vez a Alejandro Magno por qué honraba más a su maestro que a su padre, respondió: “Porque mi padre me hizo descender del cielo a la tierra, mientras que la enseñanza de mi maestro me eleva de la tierra al cielo”
- Dijo a un consejero que había estado mucho tiempo a su servicio: «No estoy contento de ti; sé que soy hombre y estoy sujeto a error, y, sin embargo, jamás me has reprendido. Si tú no ves mis errores, tu ignorancia te hace indigno del puesto que ocupas; si los ves, tu silencio es una verdadera traición»
- Algunos se asombraban de que siendo tan joven hubiese adquirido tan vasto imperio, y más todavía que hubiese sabido conservarle. Entonces Alejandro dijo: «Estoy prevenido observando dos máximas: tratar bien a mis enemigos para que tengan gran interés en ser mis, amigos, y tratar a mis amigos de manera que se apeguen más a mi servicio».
- Hizo pasar de un puesto elevado a un empleo inferior a un cortesano a quien quería poner a prueba. Después de cierto tiempo le preguntó si le gustaba y cómo le iba con el nuevo empleo. «Muy bien, respondió el cortesano, porque no es el empleo el que honra al hombre, sino el hombre quien lo honra al empleo, cuando demuestra probidad y juicio». Alejandro, satisfecho de aquella respuesta, le devolvió su antiguo empleo y le hizo un rico presente.
- Mirkhond cuenta que un hombre mal vestido se presentó a Alejandro con una poesía bien rimada y que el príncipe, habiendo admirado el estilo y los pensamientos, le dijo.- «Si te hubieses presentado delante de mí con un vestido tan decente como revistes a tus pensamientos, tu presencia me hubiera sido más agradable». El suplicante respondió en seguida: «La naturaleza ha dado a vuestro servidor la habilidad del estilo, del cual hacéis elogios; es a vos, pues, cuya generosidad es conocida de todos, a quien toca darme un vestido digno de presentarme delante de vos». Esta respuesta, justa y moderada, agradó a Alejandro, quien no solamente le regaló un vestido, sino que también le añadió una suma considerable.
- Dijo a un consejero que había estado mucho tiempo a su servicio: «No estoy contento de ti; sé que soy hombre y estoy sujeto a error, y, sin embargo, jamás me has reprendido. Si tú no ves mis errores, tu ignorancia te hace indigno del puesto que ocupas; si los ves, tu silencio es una verdadera traición»
- Algunos se asombraban de que siendo tan joven hubiese adquirido tan vasto imperio, y más todavía que hubiese sabido conservarle. Entonces Alejandro dijo: «Estoy prevenido observando dos máximas: tratar bien a mis enemigos para que tengan gran interés en ser mis, amigos, y tratar a mis amigos de manera que se apeguen más a mi servicio».
- Hizo pasar de un puesto elevado a un empleo inferior a un cortesano a quien quería poner a prueba. Después de cierto tiempo le preguntó si le gustaba y cómo le iba con el nuevo empleo. «Muy bien, respondió el cortesano, porque no es el empleo el que honra al hombre, sino el hombre quien lo honra al empleo, cuando demuestra probidad y juicio». Alejandro, satisfecho de aquella respuesta, le devolvió su antiguo empleo y le hizo un rico presente.
- Mirkhond cuenta que un hombre mal vestido se presentó a Alejandro con una poesía bien rimada y que el príncipe, habiendo admirado el estilo y los pensamientos, le dijo.- «Si te hubieses presentado delante de mí con un vestido tan decente como revistes a tus pensamientos, tu presencia me hubiera sido más agradable». El suplicante respondió en seguida: «La naturaleza ha dado a vuestro servidor la habilidad del estilo, del cual hacéis elogios; es a vos, pues, cuya generosidad es conocida de todos, a quien toca darme un vestido digno de presentarme delante de vos». Esta respuesta, justa y moderada, agradó a Alejandro, quien no solamente le regaló un vestido, sino que también le añadió una suma considerable.
Tenemos esperanza Por Federico Pagura
Porque Él entró en el mundo y en la historia,
porque El quebró el silencio y la agonía,
porque llenó la tierra de su gloria,
porque fue luz en nuestra noche fría.
Porque nació en un pesebre oscuro,
porque vivió sembrando amor y vida,
porque partió los corazones duros
y levantó las almas abatidas.
Por eso es que hoy tenemos esperanza,
por eso es que hoy luchamos con porfía,
por eso es que hoy miramos con confianza
el porvenir en esta tierra mía.
Porque atacó a ambiciosos mercaderes
y denunció maldad e hipocresía,
porque exaltó a los niños, las mujeres,
y rechazó a los que de orgullo ardían.
Porque El cargó la cruz de nuestras penas
y saboreó la hiel de nuestros males,
porque aceptó sufrir nuestra condena,
y así morir por todos los mortales.
Porque una aurora vio su gran victoria
sobre la muerte, el miedo, las mentiras,
ya nada puede detener su historia,
ni de su Remo eterno la venida.
porque El quebró el silencio y la agonía,
porque llenó la tierra de su gloria,
porque fue luz en nuestra noche fría.
Porque nació en un pesebre oscuro,
porque vivió sembrando amor y vida,
porque partió los corazones duros
y levantó las almas abatidas.
Por eso es que hoy tenemos esperanza,
por eso es que hoy luchamos con porfía,
por eso es que hoy miramos con confianza
el porvenir en esta tierra mía.
Porque atacó a ambiciosos mercaderes
y denunció maldad e hipocresía,
porque exaltó a los niños, las mujeres,
y rechazó a los que de orgullo ardían.
Porque El cargó la cruz de nuestras penas
y saboreó la hiel de nuestros males,
porque aceptó sufrir nuestra condena,
y así morir por todos los mortales.
Porque una aurora vio su gran victoria
sobre la muerte, el miedo, las mentiras,
ya nada puede detener su historia,
ni de su Remo eterno la venida.
sábado, 17 de noviembre de 2018
Utopías - Por Héctor Fuentes
La realidad es una noticia impresa a todo color en la primera plana de los diarios. Los titulares de los noticieros despachan en casa las desgracias del mundo. La radio dispara flashes informativos. Un amigo nos confiesa que la calle está dura. La danza que baila la fortuna se nos escapa entre los dedos. Buscamos la salida y nos chocamos contra una pared. Cuando finalmente cerramos los ojos para refugiarnos en la oscuridad, aparecen los sueños.
Cerrar para abrir. Hay un circuito que recomienza dentro nuestro. Un capullo que se teje desde la profundidad del alma. Un susurro descuidado que muta y se transforma en canción.
La correntada arrasa lo que encuentra a su paso. Es un segundo perfecto en donde el cielo y el mar se confunden. El cielo nos ayuda a mirar con claridad. El mar nos permite viajar a través del tiempo.
Las velas hinchan su barriga de viento. Los fieles maderos besan el agua. Estamos en viaje. Y el viaje despabila los sueños.
En ese devenir incierto nos acercamos hacia lo imposible.
Desembarcamos sobre las costas de una tierra recién nacida. Corremos hacia el horizonte para besarle los cabellos al crepúsculo. Tironeamos el vestido de la noche, desgarrando la claridad de la mañana. Hacemos nacer una boca enamorada de libertad. Sus palabras hablan de belleza, porque lo bello nace de la libertad.
El viejo muro ennegrecido queda oculto tras la enredadera. Más tarde le nacen flores. Y son cientos los pájaros que picotean sobre el sinfín de los colores.
En el aire hemos abierto un surco. En la tierra hemos sembrado una palabra. Los días y las noches se encadenan en un collar de piedras preciosas.
Sigilosamente hemos remontado una utopía. Para no dejarla caer tiramos del piolín como si fuera un barrilete. Allá arriba la esperan los relámpagos. Los furiosos ataques de un tornado, las estocadas traicioneras de la lluvia. Desde abajo tironeamos. Creemos. Nos entusiasmamos. Cada centímetro que le ganamos al aire es un triunfo. No es para menos. Hemos ascendido tanto que el barrilete es un punto diminuto en el poniente. Sobre su piel se fundieron nuestras risas, y con eso alcanza para conquistar el cielo.
Cerrar para abrir. Hay un circuito que recomienza dentro nuestro. Un capullo que se teje desde la profundidad del alma. Un susurro descuidado que muta y se transforma en canción.
La correntada arrasa lo que encuentra a su paso. Es un segundo perfecto en donde el cielo y el mar se confunden. El cielo nos ayuda a mirar con claridad. El mar nos permite viajar a través del tiempo.
Las velas hinchan su barriga de viento. Los fieles maderos besan el agua. Estamos en viaje. Y el viaje despabila los sueños.
En ese devenir incierto nos acercamos hacia lo imposible.
Desembarcamos sobre las costas de una tierra recién nacida. Corremos hacia el horizonte para besarle los cabellos al crepúsculo. Tironeamos el vestido de la noche, desgarrando la claridad de la mañana. Hacemos nacer una boca enamorada de libertad. Sus palabras hablan de belleza, porque lo bello nace de la libertad.
El viejo muro ennegrecido queda oculto tras la enredadera. Más tarde le nacen flores. Y son cientos los pájaros que picotean sobre el sinfín de los colores.
En el aire hemos abierto un surco. En la tierra hemos sembrado una palabra. Los días y las noches se encadenan en un collar de piedras preciosas.
Sigilosamente hemos remontado una utopía. Para no dejarla caer tiramos del piolín como si fuera un barrilete. Allá arriba la esperan los relámpagos. Los furiosos ataques de un tornado, las estocadas traicioneras de la lluvia. Desde abajo tironeamos. Creemos. Nos entusiasmamos. Cada centímetro que le ganamos al aire es un triunfo. No es para menos. Hemos ascendido tanto que el barrilete es un punto diminuto en el poniente. Sobre su piel se fundieron nuestras risas, y con eso alcanza para conquistar el cielo.
El ave de los dioses - Por Boris
Había una vez una ciudad. Ni muy grande ni muy chica, ni muy linda ni muy fea, ni muy rica ni muy pobre, que adoraba varios dioses, tan simples y poderosos como ellos. Esa ciudad tenía de todo lo que pudiese agradar a sus habitantes de tal modo que, con el pasar del tiempo, los hombres comenzaron a volverse fríos e indiferentes unos con otros. Ya casi nadie se saludaba, los niños jugaban solos y aislados de los demás, los jóvenes se detenían a soñar sus propios sueños, los adultos iban y venían abstraídos en sus propios problemas y los viejos yacían en confortables y cómodas celdas individuales.
Semejante situación llevó a que pronto, casi imperceptiblemente, también fueran olvidándose de su nacionalidad, de su lengua, de sus costumbres y finalmente, de sus dioses.
Fue allí cuando éstos, reunidos en consejo, determinaron destruir a tamaños impíos. La discusión fue acalorada y finalmente se acordó destruirles por agua, de tal modo que pereciesen ahogados todos los habitantes de aquella ciudad. Todos estuvieron de acuerdo, excepto quien con buenas razones (que no son muy diferentes que las que usan las buenas personas) logró que se les diese otra oportunidad. Pidió crear un pájaro para que cuando los demás dioses determinaran destruir la ciudad, su canto les recordase que la lluvia no debía prevalecer.
Así lo acordaron y cuando los demás dioses desataban la tempestad, el ave graznaba y ellos se acordaban de no destruir la ciudad.
Así fue durante años hasta que un día, los habitantes pasaron de la indiferencia al mas profundo de los egoísmos. Pronto se volvieron perversos, violentos y codiciosos, y su tierra estaba llena de maldad e injusticia, entonces alguien que ocasionalmente pasaba bajo la lluvia divisó al cantor divino y, determinado a hacer lo que le venía en gana, le arrojó una piedra de tal modo que le dio de lleno.
El ave cayó fuertemente al suelo y a partir de ese momento las aguas no cesaron de fluir hasta que toda la gente pereció ahogada.
Semejante situación llevó a que pronto, casi imperceptiblemente, también fueran olvidándose de su nacionalidad, de su lengua, de sus costumbres y finalmente, de sus dioses.
Fue allí cuando éstos, reunidos en consejo, determinaron destruir a tamaños impíos. La discusión fue acalorada y finalmente se acordó destruirles por agua, de tal modo que pereciesen ahogados todos los habitantes de aquella ciudad. Todos estuvieron de acuerdo, excepto quien con buenas razones (que no son muy diferentes que las que usan las buenas personas) logró que se les diese otra oportunidad. Pidió crear un pájaro para que cuando los demás dioses determinaran destruir la ciudad, su canto les recordase que la lluvia no debía prevalecer.
Así lo acordaron y cuando los demás dioses desataban la tempestad, el ave graznaba y ellos se acordaban de no destruir la ciudad.
Así fue durante años hasta que un día, los habitantes pasaron de la indiferencia al mas profundo de los egoísmos. Pronto se volvieron perversos, violentos y codiciosos, y su tierra estaba llena de maldad e injusticia, entonces alguien que ocasionalmente pasaba bajo la lluvia divisó al cantor divino y, determinado a hacer lo que le venía en gana, le arrojó una piedra de tal modo que le dio de lleno.
El ave cayó fuertemente al suelo y a partir de ese momento las aguas no cesaron de fluir hasta que toda la gente pereció ahogada.
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