sábado, 18 de enero de 2020

Lo que no se puede decir, no se debe decir (Selección) Por Mariano José de Larra

Hay verdades de verdades, y a imitación del diplomático de Scribe, podríamos clasificarlas con mucha razón en dos: la verdad que no es verdad, y... Dejando a un lado las muchas de esa especie que en todos los ángulos del mundo pasan convencionalmente por lo que no son, vamos a la verdad verdadera, que es indudablemente la contenida en el epígrafe de este capítulo.
Una cosa aborrezco, pero de ganas, a saber: esos hombres naturalmente turbulentos que se alimentan de oposición, a quienes ningún Gobierno les gusta, ni aun el que tenemos en el día; hombres que no dan tiempo al tiempo, para quienes no hay ministro bueno, sobre todo desde que se ha convenido con ellos... esos hombres que quieren que las guerras no duren, que se acaben pronto las facciones, que haya libertad de imprenta, que todos sean milicianos urbanos... Vaya usted a saber lo que quieren esos hombres. ¿No es un horror?
Yo no. Dios me libre. El hombre ha de ser dócil y sumiso, y cuando está sobre todo en la clase de los súbditos, ¿qué quiere decir esa petulancia de juzgar a los que le gobiernan? ¿No es esto la débil y mezquina criatura pidiendo cuentas a su Criador?
La ley, señor, la ley. Clara está y terminante, impresa y todo: no es decir que se la dan a uno de tapadillo. Ése es mi norte.
Quiero hacer un artículo, por ejemplo. No quiero que me lo prohíban, aunque no sea más que por no hacer dos en vez de uno. ¿Y qué hace usted?, me dirán esos perturbadores que tienen siempre la anarquía entre los dedos para soltársela encima al primer ministro que trasluzcan, ¿qué hace usted para que no se lo prohíban?
¡Qué he de hacer, hombres exigentes! Nada: lo que debe hacer un escritor independiente en tiempos como estos de independencia. Empiezo por poner al frente de mi artículo, para que me sirva de eterno recuerdo: «Lo que no se puede decir, no se debe decir». Sentada en el papel esta provechosa verdad, que es la verdadera, abro el reglamento de censura: no me pongo a criticarlo, ¡nada de eso!, no me compete. Sea reglamento o no sea reglamento, cierro los ojos, y venero la ley, y la bendigo, que es más. Y continúo: «Artículo 12. No permitirán los censores que se inserten en los periódicos:
Primero: artículos en que viertan máximas o doctrinas que conspiren a destruir o alterar la religión, el respeto a los derechos y prerrogativas del trono, el Estatuto Real y demás leyes fundamentales de la Monarquía».
Esto dice la ley. Ahora bien: doy el caso que me ocurra una idea que conspira a destruir la religión. La callo, no la escribo, me la como. Éste es el modo.
No digo nada del respeto a los derechos y prerrogativas del trono, el Estatuto, etc., etc. ¿Si les parecerá a esos hombres de oposición que no me ocurre nada sobre esto? Pues se equivocan, ni cómo he de impedir yo que me ocurran los mayores disparates del mundo. Ya se ve que me ocurriría entrar en el examen de ese respeto, y que me ocurriría investigar los fundamentos de todas las cosas más fundamentales. Pero me llamo aparte, y digo para mí: ¿No está clara la ley? Pues punto en boca. Es verdad que me ocurrió; pero la ley no condena ocurrencia alguna. Ahora, en cuanto a escribirlo, ¿no fuera una necedad? No pasaría. Callo, pues; no lo pongo, y no me lo prohíben. He aquí el medio sencillo, sencillísimo. Los escritores, por otra parte, debemos dar el ejemplo de la sumisión. O es ley, o no es ley. ¡Mal haya los descontentadizos! ¡Mal haya esa funesta oposición! ¿No es buena manía la de oponerse a todo, la de querer escribirlo todo?
Que no pasan las «sátiras» e «invectivas» contra la autoridad; pues no se ponen tales sátiras ni invectivas. Que las prohíben, aunque se «disfracen» con «alusiones» o «alegorías». Pues no se disfrazan. Así como así, ¡no parece sino que es cosa fácil inventar las tales alusiones y alegorías!
Los «escritos injuriosos» están en el mismo caso, aun cuando vayan con «anagramas» o en otra cualquiera forma, «siempre que los censores se convenzan de que se alude a personas determinadas».
En buen hora; voy a escribir ya; pero llego a este párrafo y no escribo. Que no es injurioso, que no es libelo, que no pongo anagrama. No importa; puede convencerse el censor de que se alude, aunque no se aluda. ¿Cómo haré, pues, que el censor no se convenza? Gran trabajo: no escribo nada; mejor para mí; mejor para él; mejor para el Gobierno: que encuentre alusiones en lo que no escribo. He aquí, he aquí el sistema. He aquí la gran dificultad por tierra. Desengañémonos: nada más fácil que obedecer. Pues entonces, ¿en qué se fundan las quejas? ¡Miserables que somos!
Los «escritos licenciosos», por ejemplo. ¿Y qué son escritos licenciosos? ¿Y qué son costumbres? Discurro, y a mi primera resolución, nada escribo; más fácil es no escribir nada, que ir a averiguarlo.
Buenas ganas se me pasan de injuriar a algunos «soberanos y gobiernos extranjeros». Pero ¿no lo prohíbe la ley? Pues chitón.
Hecho mi examen de la ley, voy a ver mi artículo; con el reglamento de censura a la vista, con la intención que me asiste, no puedo haberlo infringido. Examino mi papel; no he escrito nada, no he hecho artículo, es verdad. Pero en cambio he cumplido con la ley. Este será eternamente mi sistema; buen ciudadano, respetaré el látigo que me gobierna, y concluiré siempre diciendo: «Lo que no se puede decir, no se debe decir».

Octubre de 1834. Publicado en la Colección de 1835

lunes, 13 de enero de 2020

Concurso “Contate un cuento XII” – Mención de Honor Categoría E: “Reminiscencia” - Por Patricia Cavaiani de Balcarce

La noche cae fría, oscura, insondable…
  Bajo el frondoso árbol se acovacha el hombre cuya imaginación traspasó los límites de la cordura.
   Por el gran ventanal de la cocina observa a la mujer que, afanosa, realiza los quehaceres domésticos. Una gran olla sobre el fuego emana olor a hierbas. Ella, diligente y segura, espera al hijo mayor con la sola convicción que le proporciona su poder adivinatorio. El joven llegará sin anunciarse y la casa se llenará de risas, amigos y mujeres. Todo lo relacionado con él es exagerado, abundante, excesivo. Tan distinto a su hermano menor que, encerrado en su habitación, relee mapas y anotaciones ajados por el tiempo con la certeza del descubrimiento de alguna ciudad desconocida, de algún templo sagrado, de alguna ruta ignota,
  El primer hijo se lanza a la aventura, el segundo la busca en los estantes polvorientos y atestados de libros de su estrecho cuarto.
  Al día siguiente llega el primogénito confirmando la premonición de su madre. La abraza, la cubre de exclamaciones altisonantes y se siente a la gran mesa llena de variados manjares que devora sin esperar a los demás comensales. En su piel nuevos tatuajes dan fe de sus múltiples aventuras. Al rato entra Iván y, sin saludar a nadie, pone algunas verduras en su plato y se apresura para volver a la quietud de su refugio. En el aire se siente un raro vacío, una distancia palpable. La madre conoce esos rencores, sabe que los lazos sanguíneos no fueron suficientemente sólidos, no consiguieron zanjar la distancia impuesta por las diferencias de carácter, de humor, de intereses. Son hermanos, sí, en los papeles, en la vida son totales desconocidos.
  El menor se retira a su habitación, nada interrumpe el vaivén de sus pensamientos, nada lo conmueve, solo la obsesión de descubrir,  quién sabe qué, en esos viejos pergaminos. Planea hacer un largo viaje exploratorio. No hay aparentes urgencias en su vida que sobresalten su cuerpo ni su espíritu.
  El hombre solo bajo el castaño comienza a inquietarse, vagas sensaciones anticipan el inevitable desenlace. Quiere desamarrar sus manos, salir de la oscuridad que nubla su mente atormentada, pero todo intento resulta  vano.
  Al anochecer la casa se puebla de risas escandalosas, de mujeres, de música estridente que llena los ambientes y se cuela como un rayo punzante en todas las habitaciones, rompiendo con la paz que imperaba antes de la llegada del libertino.
  El hijo introvertido, callado, ve invadida su privacidad, no puede concentrarse, no sabe cómo actuar. Se dirige hacia la cocina y, con voz ruda, le dice al hermano que necesita volver a la normalidad, que su presencia todo lo altera, que allí no hay espacio para tanta algarabía, que el padre está muriendo olvidado en algún rincón del patio, que regrese a su vida disipada lejos del hogar. Aquel no registra los reclamos, no nació para escuchar a nadie…
  El padre, presa de una alucinación final, vislumbra el futuro cercano. Hilos de baba blanca caen de su boca mustia junto con las palabras:- Caín y Abel, Caín y Abel, Caín…

Concurso “Contate un cuento XII” - Mención de Honor Categoría D: “El viejo del Vagón” - Por Walter Hormaechea, alumno de Secundaria de Oficios

El viejo del vagón le decían en el pueblo porque nadie lo conocía, no sabían de donde había venido. Algunos pensaban que había escapado de la justicia, otros que escapaba de algo malo, por eso estaba solo, nadie hablaba con él, su aspecto ermitaño, de mal carácter, desagradable y desalineado, asustaba a la gente.
Vivía en un vagón abandonado, que el ferrocarril había dejado cerca de los galpones de una vieja estación en la que moraba un hombre al que llamaban “jefe”. Por ahí vivía también un joven que luego de la escuela solía andar caminando por las vías con su honda y unas piedras en los bolsillos del pantalón, porque en esa época no existía Internet, y los jóvenes solían hacer otras cosas, como por ejemplo cazar.
             Fue esa tarde que Matías se encontró frente a frente con aquel señor extraño que venía por las vías en sentido contrario.
             A primera vista y casi de inmediato, Matías sintió mucho miedo, recordó algo que una vez alguien le había contado. El viejo del vagón y el “jefe” habían sido bueno amigos. Este último tenía una hija que era hermosa y solía sentarse con el viejo a charlar sobre el andén de la estación. Un día se enamoraron y esto hizo que el “Jefe” le prohibiera a su hija ver a su amigo, así que la encerró en un cuarto. Un día ella se escapó para poder encontrarse con su gran amor. Ese día un tren que venía del norte no pudo parar, ella cruzó las vías sin mirar, quizás pensando en el encuentro con su amado y no lo pudo ver. Ese día fue trágico, algunos todavía dicen que lo recuerdan.
             Matías miró nuevamente al viejo, pensó en salir corriendo pero al mirar al joven, éste le sonrió y al instante preguntó
 _ ¿Qué andas haciendo por las vía solo? ¿No sabes que es peligroso?.
 – Sí, lo sé. Mi abuelo siempre me lo dice.
Ese día Matías empezó a conocer al viejo del vagón. Se enteró que era un hombre sencillo y bonachón, que la historia que él había escuchado de un amor y una tragedia había sido verdadera. Había elegido vivir solo y sin contacto con las personas porque su dolor por aquella hermosa mujer que la vida le había arrebatado le produjo un sufrimiento tal que solo se estaba dejando morir.
             Con el tiempo, construyeron una gran amistad. Así fue que Matías se enteró que se llamaba Rodolfo, nombre que su madre le había puesto por su padre.
             Al pasar el tiempo Rodolfo, el viejo de vagón cambió su vida, conoció a Isabel la tía de Matías. En el pueblo decía que ella trajo la cura a todos sus males y que él pudo encontrarle un sentido a la vida y Matías comprendió que lo que dicen de las personas a veces puede ser verdad, pero otras hay que llegar a conocerlas.

Concurso “Contate un cuento XII” - Mención de Honor Categoria D: “La desilusión de Serapio” Por Roque Atilio Ledesma, alumno de EEPA 702

Era una de esas noches de verano en las que la luna iluminaba todo el pueblo de Crespo, dejando ver la hermosura y tranquilidad de sus campos. Como era de esperarse, cada noche llegada las 21 horas el gaucho Don Serapio se despedía apresuradamente de su compañera de vida y de sus dos pequeños hijos para irse al bar que quedaba a unos 30 minutos a caballo cruzando por el campo de su compadre. Su mujer, ya cansada de no contar con su marido a la hora de la cena, comenzó a sospechar que él ya no la amaba y andaba en busca de otros amores. Quiso enfrentarlo y hacerlo confesar,  pero el miedo la invadió y sólo pudo hacer silencio, mirar el suelo y decir: te veo a la vuelta. Una vez que su esposo se marchó, ella se tranquilizó y se consoló pensando que Serapio sería incapaz de serle infiel, ya que se caracterizaba por ser un hombre bondadoso y trabajador que no tenía maldad con nadie, siempre demostraba que su prioridad era la familia y que si se iba cada noche era porque tenía una debilidad: la bebida.
   Serapio montó su caballo y se dirigió hacia el bar donde lo esperaban sus compañeros de truco. La tranquilidad era lo que caracterizaba el entorno del lugar. Afuera sólo se sentía el relincho de baguales atados a los palenques, adentro era un mundo diferente, el ambiente era de fiesta. Los hombres entre risas y tragos se olvidaban por un rato de sus problemas y obligaciones cotidianas, entre ellos Serapio. Este ambiente festivo sólo duró unos minutos, en medio del partido ingresó en el bar González, el nuevo  comisario del pueblo. Éste era un hombre frío, ambicioso, con pocas amistades que no eran las mejores. Poco se conocía de su vida personal, se sabía que era un hombre casado aunque el comentario era que tenía aventuras amorosas y las malas lenguas también afirmaban que tenía un hijo no reconocido por fuera de su matrimonio. Con su arrogancia y un tono amenazador le dijo a Serapio que abandonara el lugar porque iba a venir la recorrida y se lo iban a llevar.
   Serapio, golpeando la mesa y muy ofendido le respondió:
-“¡Me va a llevar por borracho pero no por ladrón!”
   El comisario sonrojado casi tartamudeando solo atinó a decir: “¿por qué me decís eso?” Pero no recibió respuesta alguna. Serapio lo miró, volvió a sentarse y continuó con su juego. Todo los que se encontraban en el bar se quedaron sorprendidos, porque no era habitual del lugar que hubiera este tipo de cruzadas y se preguntaban el por qué de las mismas. González se retiró pero volvió a ingresar con un forastero cómplice que muy enojado a los gritos dijo: -“¿Qué te pasa a vos Serapio?” Pero éste lo miró de reojo y siguió jugando. El forastero insistente le volvió a decir: -“¡A vos te estoy hablando!” Serapio se levantó de la mesa, tiró las cartas y la silla hacia un costado e intentó irse sin causar ningún tipo de disturbio. El forastero a la pasada lo agarró del brazo y muy enojado le dijo: -”¡Disculpate por lo que dijiste!”. El gaucho ya con furia en su interior respondió: -“yo no me disculpo por decir la verdad. Si me quiere llevar, que me lleve; pero antes de irme quiero que me expliquen, cuál es el motivo de la bronca de ustedes hacia mí”. En ese instante un silencio se sintió y la puerta del bar se abrió y para la sorpresa de muchos la persona que ingresaba en ese momento era la menos esperada en el lugar. Ramona, la mujer de Serapio había decidido ir hasta allí para aclarar sus sospechas. Todos giraron la mirada hacia ella, incluido su esposo que no podía creer lo que estaba viendo. Jamás en sus años de casados ella se había presentado en el lugar. Sabía bien que no lo podía hacer ya que ese era un espacio exclusivo de hombres. Imposible pensar en la presencia de una dama allí.
   Serapio se soltó del brazo del forastero y se dirigió hacia la puerta con su mujer. Ella había quedado inmóvil con la mirada fija hacia el fondo del bar. Su marido enojado le preguntó: -“¿Qué hacés acá? ¿Acaso me estás controlando?” Pero Ramona parecía no escuchar, seguía perpleja sin correr la mirada. Al no recibir respuesta, Serapio volteó a ver qué era lo que tanto le había llamado la atención pero solo vio a sus compañeros de truco y al comisario que, para su sorpresa, estaba inmóvil y con la mirada fija hacia su mujer. No podía comprender qué era lo que pasaba, enojado elevó el tono de voz y le dijo a Ramona: -“¿Te pregunté qué haces acá?”, pero ante la no respuesta la empujó hacia afuera. González salió corriendo tras ellos, enfrentó al gaucho anteponiendo su cuerpo al de la mujer gritando: -“¡No te atrevas a hacer eso otra vez!” A lo que recibió como respuesta: -“¡No te metas que es mi mujer, no la tuya!” “¡Eso es lo que vos pensas!”- exclamó el comisario.
   Serapio no podía entender lo que estaba escuchando y en un clima tenso con todos los hombres del bar como espectadores exigió una explicación. ¿Acaso ellos ya se conocían? ¡Imposible! González era nuevo en la zona y Ramona pasaba todo el día en su casa al cuidado de sus hijos y llevando a cabo las tareas del hogar. Debía tratarse de una confusión. Por tal motivo, tomó del brazo a su esposa y se dispuso a ir por su caballo para retornar a su hogar cuando de repente el comisario lo empujó para apartarlo de ella. Ramona llorando y entre balbuceos con un tono muy bajo dejó escapar sus palabras diciendo: -“Hilario dejá,¡no te metas!”.
   Ante la mirada confundida de Serapio, la dama no pudo controlar más sus emociones, estalló en llanto y comenzó a contar su verdad: todo había empezado hacía unos cinco años atrás cuando ellos aún vivían en otro campo a unos 60 km de allí. Como de costumbre, cada noche Serapio se marchaba hacia el bar y  su esposa quedaba sola con su pequeño hijo Jacinto de tres años. En la estancia vecina había comenzado a trabajar un hombre custodiando el lugar y cada noche realizaba una recorrida por la zona controlando que todo estuviera en orden.
    Un día, llegó hacia la casa del matrimonio en busca de ayuda, ya que su linterna se había quedado sin pilas y necesitaba de ella para poder volver a su puesto. Fue ahí donde conoció a Ramona, que se encontraba sola con su hijito. Entre charla y charla una chispa se encendió entre los dos y muy enamorados se encontraban cada día después de la partida del gaucho. En uno de esos encuentros Ramona, le dio la noticia de que estaba embrazada y que su hijo le pertenecía. ¿Qué podrían hacer? ¡Se desataría un grave problema si su esposo se enteraba! Hilario sorprendido se ofendió con ella, ya que solo buscaba una aventura y no formar una familia. Montó su caballo y se marchó sin decir nada. Nunca más supieron de él.
   La joven no tuvo más remedio que decirle a Serapio que esperaban a su segundo hijo. Éste tomó la noticia con mucha felicidad, aunque tuvieron que marcharse de ese campo en el cual trabajaban debido a que los dueños solo aceptaban un niño en el lugar. Fue ese el motivo que los llevó a marcharse hacia el pueblito de Crespo para recibir a su pequeño Zoilo.
   Ramona había dejado olvidada esa historia, creyó nunca más volver a ver a su amor aventurero hasta esa noche en la que todo cambió
   El gaucho Serapio comenzó a entender por qué el nuevo comisario y su amigo el forastero tenían tanto odio hacia él. Desconsolado pidió a su amada que se fuera a su casa y cuidara muy bien de los pequeños, quien con mucha vergüenza y angustia asintió con la cabeza y se marchó. Todos conmovidos por la situación fueron dejando lentamente el lugar, todos menos Serapio que ingresó nuevamente al bar pidiendo pluma y papel. Entre tragos y lágrimas solo en una mesita casi a oscuras comenzó a escribir unas líneas para sus pequeños hijos. Pasadas unas horas y sin escuchar al dueño del bar que le pedía que dejara de tomar, Serapio bebió los últimos tragos de su vida, él ya no encontraba motivos para seguir, su único amor de tantos años le había fallado y era algo que no podía aceptar. En un instante dejó caer su cuerpo, sobre la pequeña mesa del bar con su carta en la mano. Su adicción y depresión le quitaron la vida.
   Varios años después se presentó en el bar el joven Zoilo buscando conocer su verdadera historia, saber quién había sido su padre, ya que poco sabía de él y cuando querían junto a su hermano entablar esta conversación con su madre, ella entraba en una crisis de llanto y no les daba respuesta alguna. El dueño del lugar le comentó que Serapio era un buen hombre, que siempre estaba dispuesto a ayudar a los demás y que cada noche lo primero que se lo escuchaba decir era lo feliz que era con su familia. En ese momento recordó que, en el fondo de un cajón, muy bien guardada, se encontraba la carta que el gaucho con sus últimos suspiros había escrito. Zoilo se sentó en el fondo del bar, en la misma mesita que estuvo por última vez su padre y entre lágrimas leyó la misma que decía:
   “En este momento en el que no encuentro consuelo, solo puedo expresar los que siento por ustedes mis pequeños hijos. A ti, mi primer hijo, Jacinto, decirte que te amo con todo mi corazón, no cambies nunca tu bondad. Ayuda siempre a tu familia ya que, como mi hijo mayor al no estar yo presente, te convertirás en el hombre de la casa. Mi pequeño Zoilo, mi hijo menor, el que terminó de completar mi felicidad, quiero decirte que te amé y amaré siempre con todo mi ser. Aunque la sangre lo niegue siempre serás mi pequeño, mi hijo amado. Nada cambiará este amor de padre que siento por ti. Tal vez en algunos años estés llamando papá al hombre que realmente te dio la vida, pero desde el fondo del corazón sabrás que yo siempre lo seré. Recuérdenme siempre con buenas anécdotas  y el cariño que sentí siempre por ustedes. Perdónenme por esta decisión que estoy a punto de tomar, pero es que no encuentro consuelo. Pero antes de partir hacia otra vida quisiera pedirles un favor: cuando lean esta carta no traten de buscar culpables y no guarden rencor con su madre. Ella tuvo sus motivos para hacer lo que hizo, en parte yo soy responsable de esta situación, por mi debilidad con la bebida descuidé al amor de mi vida y no me di cuenta la falta que yo le hacía. Los amo para siempre. Papá”
   Conmovido, Zoilo abandonó el bar y se marchó sin decir nada. Se fue hacia el lugar donde yacían los restos de su papá que anteriormente el dueño le había indicado. Al llegar allí, se arrodilló y le dijo a su padre que jamás podría enojarse con ninguno de los dos, que lo perdonaba porque tal vez en una situación similar él hubiese actuado de la misma manera. También le agradeció por no guardarle rencor a su madre que durante todos estos años no había podido superar su muerte. Agradecido por poder completar la parte de su historia que le faltaba, el joven se marchó con la cabeza en alto, y con el orgullo de poderle decir al mundo: “SOY EL HIJO DE DON SERAPIO”.

Concurso “Contate un cuento XII” - Mención de Honor Categoria D : “El monstruo que Cargamos” Por Marcelo Crognale, alumno de CENS 451


Una vez le dijeron que la vida es dura pero que siempre se puede estar mejor.
Frase que desde niño le quedó grabada y resonando en su cabeza,   sin embargo no alcanzaba a entenderla.
Durante su niñez fue un niño feliz, o eso creía. Vivía en un barrio tranquilo donde lo único que importaba era jugar en la placita, andar en karting a rulemanes o en bicicleta y poner globos en los rayos para hacer ruido y pensar que tenía una magnifica  moto. Eso era lo más aventurero que podían hacer todos juntos, como buenos amigos. Esta maravillosa aventura tenía como único fin despertar a los vecinos de su cálida y pasiva siesta. Sin embargo la felicidad no era eterna siempre alguno de estos alertaban a los padres de los chicos de lo sucedido y hacían que el reto llevara a que  la felicidad se convirtiera en días de penitencia.  En ese mismo momento el monstruo de la penitencia visitaba simultáneamente a todos los integrantes de la banda… y por varios días la travesura quedaba comprimida en los corazones de cada uno…
El monstruo siempre aparecía en cada casa de manera diferente, a veces se presentaba como en el famoso “escribe 100 veces no debo molestar a los vecinos a la hora de la siesta”, en otras ayudar a mamá con los quehaceres domésticos durante una semana, también en no ir al cine el fin de semana como salida que esperaban para comer pochoclos, tomar gaseosa y disfrutar de los amigos.
Esa semana tenían prohibido una mala nota en la escuela y la presión era enorme. Todos sabían que un desaprobado empeoraría las cosas…Si todo salía bien, volverían a juntarse la semana siguiente para tramar un nuevo plan y lograr a volver a divertirse como antes.
Esto se repitió durante muchos años, hasta  que la famosa y lejana (o al menos eso se creía) adolescencia golpeó la puerta y esas locas tardes de bicicletas y karting solo quedaron atrás.
En esta etapa los obstáculos eran otros: la amada y dulce señorita de primaria abrió su paso para dar lugar a los profesores del secundario. Estos eran seres gigantes sin el pulcro guardapolvo blanco, en donde los apellidos tomaban un lugar importante haciendo que los apodos y travesuras de niños quedaran relegados en el cajón del pupitre. Los profesores con su vestimenta formal, sus clases expositivas, el famoso “pasa al frente” y “decime la lección” se convirtieron en esta etapa en el famoso monstruo.
Y la penitencia llegaba como un puñal en la espalda. Las prohibiciones eran “no salís a comer pizza”, “no vas a la matinée”, ni tampoco a los tan ansiados cumpleaños de 15 de las chicas del momento.
El grupo de amigos se fue ampliando y reduciendo a la vez, sin embargo, lo que nunca se perdía eran las eternas juntadas en la plaza para planificar y contarse las nuevas experiencias vividas.
Pero un día en una de esas charlas se inmiscuyó la lejana muerte que golpeó duro a unos de los integrantes del grupo: la pérdida de su padre; y eso sí se transformó en el gran y verdadero monstruo.
Esa tarde de invierno la vida de uno de los integrantes de la banda dio el inesperado vuelco. Con la pérdida física de su padre ahora aparecían las pesadas responsabilidades y obligaciones.
Las tardes de risas y charlas se cambiaron por una bicicleta de reparto pesada, recorridas a la intemperie por calles frías y la necesidad de formar parte del sostén de la familia. Con tantas responsabilidades y compromisos para tan corta edad no quedó tiempo para el estudio…
Y ahora sí, el monstruo había cobrado poder y se había convertido en un gran gigante y más monstruo que nunca.
Y  en su corazón volvió esa famosa frase que ahora resonaba más que nunca: la vida es dura pero siempre se puede estar mejor.
Con el trascurso de los años el trabajo, el anhelo de formar una familia propia, y el reencuentro con los integrantes de la banda fue aplastando de a poco a ese monstruo que lo persiguió durante muchos años.
Esto dio lugar a ansiar nuevos objetivos y las charlas en la placita dieron paso a cumpleaños infantiles donde se comparaban con sus propios hijos y las anécdotas volvían a ser parte de sus vidas. El monstruo, envidioso, ya pasaba a ocupar un lugar cada vez más pequeño.
Pero se sabe que el crecer es inevitable y también les tocó crecer a sus hijos y entonces la soledad empezó a ser cotidiana y los objetivos pendientes cada vez más relevantes.
En esta nueva etapa sus hijos lo incentivaron a dejar de postergarse y empezar a trabajar en la superación de aquellas épocas donde el monstruo había sido el protagonista y entonces él decidió darse la oportunidad que por aquellos años había quedado pendiente: retomar sus estudios y aplastar definitivamente al monstruo.
Había llegado por fin la etapa en la que definitivamente llegaban los logros deseados. Ahora en su vida el monstruo ya no tenía lugar: sus hijos habían logrado desterrarlo para siempre y aquella frase que tanto resonó en su cabeza cobraba de una vez por todas el protagonismo que siempre debió tener.

Concurso “Contate un cuento XII” - Mención de Honor Categoría C: “Bajo el edredón de plumas” - Por Julieta Watts, alumna de la E.E.S. N° 19 de Tandil


La noche era el peor momento del día. Se bañaba en oscuridad, no había nada peor que eso...  La oscuridad era el lugar donde las sombras podían venir a atacar. Ellas no tenían por qué esconderse pero yo sí. Para combatirlas, mantenía todas las luces encendidas. Debía sobrevivir hasta la mañana siguiente, para así poder volver a ver a mamá y salir al patio a jugar.
Una noche mamá me retó por mantener la luz encendida. Ella trabajaba mucho para cuidar de los dos y no podíamos darnos ese lujo. Así que tuve que enfrentarme a mis miedos.
Fue espeluznante: podía percibir en la oscuridad el movimiento, podía sentir como me paralizaba; no podía moverme, aún estando consciente. Dejé que mi edredón de plumas me solapara, con la esperanza de que la salida del sol se apresurara.
Un entrecerrar de ojos, y  mi madre estaba junto a mí. Ya era de mañana, y su rostro lucía una preocupación apenas disimulada.  Me dijo que me había oído llorar y gritar. Por supuesto, no era la primera vez. Solución desesperada: una historia amable y valiente, que me diera el coraje de querer volver a soñar antes de dormir.
Esa noche, estaba en mi cama, y mi madre junto a mí sosteniendo un libro. La historia trataba de la lucha contra las sombras; era el cuento indicado para mí. El héroe se adentraba a un mágico mundo  cada vez que se cubría con su acolchado de plumas. Las plumas contorneaban  las figuras bañadas en tinta de aquellos seres que se paseaban como fantasmas en nuestra realidad nocturna, en una realidad sumergida en sueños. No hay nada que temer, entendía el héroe; sólo son sombras que quieren no sentirse solas, que tienen una verdad que decir al viento, pero que no encuentran oídos que quieran conocer.
Esa noche mi madre se despidió de mí, me dio un beso en la frente y colocó una vela en el escritorio de mi pieza. Tenía tiempo hasta que la vela se consumiera para dormir.
Las sombras comenzaron a aparecer. Me escondí debajo del edredón. Pude ver desde la suavidad que me acobijaba las verdaderas figuras de aquellos seres que me hacían temblar, eran animales, personas, criaturas viajando en un mundo distinto colisionando con el real, aunque para ellos su mundo también es el real. Encontraron mis ojos observándolos. No todos podían verme, pero sí percibían la luz cálida que mi ser infantil irradiaba como una antorcha en ese mundo umbrío.
Siempre estuve rodeado de las sombras, pero mi temor no me había permitido mirarlas con otra cara que no fuera la del pavor. Pero ahora sabía  que sólo necesitaban ser escuchadas. Inhalé profundo y me dejé llevar por sus historias entintadas. Mis ojos ahora no veían lo que antes, aunque estaban abiertos no veían. Yo era el héroe que esperaba ese mundo que se me aparecía ahora  tan mágico, tan pacífico, tan distinto a como siempre creí sería, el mundo fantasmagórico. Arropado en un edredón de plumas, aquí parecía un manto de algodón de azúcar, la capa del héroe que necesitaban esas sombras sin armonía.

Todo está bien. Todo hasta se torna espléndido ahora en este mundo de ensueño. Excepto por una cosa: algo que he estado oyendo desde hace un rato… lo distingo…lo siento… Es el llanto de alguien que amo. Su sollozo me llega nítido, como su extraña calidez. Una sombra se desprende de las demás. ¿Mamá?

Concurso “Contate un cuento XII”- Mención de Honor Categoria C: “La culpa y sus sombras” Por Ayelén Alias, alumna de E.E.S. N°1 “Antonio González Balcarce”


La niebla había caído a sus pies cuando llegó a la casa de campo de sus tíos. Lo primero que vio en él fueron sus costosas botas, estaban impecables, como si nunca antes hubiesen tocado suelo, pasando su entero viaje en el lujoso carruaje que se hallaba en la entrada. Cuando alzó su mirada, para su sorpresa, él se la devolvía con su intenso color azul. Al instante percibió, gracias a la sonrisa irónica que le ofreció, que el invitado de sus tíos no era más que otro muchacho arrogante que estudiaba leyes en la capital. Venía acompañado, junto a él se encontraba su hermana. Ella no caminaba derecha y prolijamente como la mayoría de las mujeres, se tambaleaba y auto pisoteaba a cada paso que daba. Supo el por qué cuando la saludó con cortesía: apestaba a alcohol, a whisky expresamente. Esto no era una indecorosa coincidencia, ella siempre estaba borracha, ese día y todos los que siguieron. No era que a él le importase, en cuanto terminaron las formalidades volvió a su mundo de sombras para no volver a tener contacto con ninguno de los hermanos. Aun así, nunca pudo evitarlos por completo, pues su presencia era requerida en las cenas. Siempre cabizbajo, cada cena sintió y vio por el rabillo del ojo como alguien lo traspasaba y quemaba con su mirada. Sospechaba, correctamente, quien le provocaba semejante sensación. Jamás hablaron, tampoco se esforzaron en hacerlo, pero no evitó a las constantes miradas, intensas y desconcertantes miradas. Jamás le había ocurrido de que alguien le prestase tanta atención, o que al menos percibieran su presencia por demás, así lograba evitar dialogar con los demás. Su mirada lo perturbaba y confundía, pero aunque le costaba admitirlo, dudaba que quisiese volver a vivir sin ella.

No recordaba la última vez que expresó algo de sí mismo a alguien más que no fueran sus sombras, es probable que nunca antes lo haya hecho pero a pesar de ese pequeño inconveniente, la curiosidad le carcomía hasta los huesos. Así que una tarde lluviosa, una semana después de su llegada, se armó de valor y emprendió camino en la búsqueda del muchacho para confrontarlo y arrancarle la verdad de los brazos. Caminaba decidido y con el mentón alto. Ya era un hombre, pensaba, pronto se casaría y manejaría una casa. Podía manejar las miradas insistentes y curiosas de un simple chico con apellido de renombre. Lo encontró en la biblioteca leyendo concentradamente un libro rojo de tapa dura. Él notó su llegada, no lo saludó, tampoco fue necesario porque al instante pronunció las palabras que previamente había ensayado.
—No me apena el hecho de que no hemos podido llegar a ser amigos o al menos buenos compañeros. Compartimos hogar durante este lluvioso verano y puedo soportarlo todo lo que resta de él, pero su incipiente mirada me incomoda. Si tiene palabras que desea expresar hacia mi persona, le doy este momento de mi tiempo para que las diga y sea todo lo sincero que pueda ser. Sino, le pido respetuosamente que no me ofrezca el placer de su mirada a menos que sea extremadamente necesaria.
Sonó robótico y había titubeado y tartamudeado pero cuando terminó su muy practicado discurso, no notó ningún tipo de desconcierto en él como esperaba, solamente sonreía, divertido.
—¿Mi mirada es placentera? —le preguntó.
La indignación y la vergüenza lo embriagó. Se avergonzó por aquella inesperada confesión que le había regalado impensadamente, pero le venció la amargura tapándole el agudo dolor de su pecho.
—Usted bromea conmigo —se dijo más a sí mismo que al muchacho.
Volvió a sonreírle,  esta vez más divertido que antes. No podía soportarlo, había dado el primer paso, fue completamente sincero ¿y así le correspondió?
Dio media vuelta y, manteniendo la compostura como pudo, se retiró de la biblioteca.
Basándose en sus lecturas y las conversaciones a las que pocas veces se había esforzado en prestar atención, trató de expresarse sincera, clara y deliberadamente y él solo supo divertirse de su pesar. Se sintió humillado y no sabía cómo lidiar con ello.
Salió para tomar aire, necesitaba relajarse, el corazón le palpitó estrepitosamente, se le dificultó respirar y estaba sudando sobremanera. De repente sintió una presencia detrás suyo. Ambos estaban alejados ya de la casa, no recordó cuándo llegó hasta allí, tampoco se percató de que él lo había seguido, pero allí estaban. Junto con el profundo y reconfortante olor a humedad, el césped mojado, el creciente barro, las gotas de lluvia posándose sobre ellos, el frío viento que los abrazaba, las grises nubes, el lago intranquilo, el sauce bailando, un ave observando y el cálido beso.

Tan bien había aprendido a controlarse y esconder pero ya algo había cambiado en él. Sintió culpa pero a la vez amó el pecado por muy peligroso que fuera. Thomas le enseñó a amarlo. Eventualmente, él se había convertido en su todo.
Sus pecas, sus finos labios, el cabello enmarañado que no seguía ningún tipo de patrón gracias a la brisa que siempre corría por su rostro. Las cejas pobladas y los agudos ojos que sentía que le gritaban cada vez que cruzaban miradas como retándole a desafiar cualquier regla. El aliento, el suave tacto, el hoyuelo que se formaba en su mejilla, las pecas en su pecho y espalda, sus vellos, su sudor, sus pestañas, las patadas confidenciales de debajo de la mesa, la ingenua alegría de los tíos al ver que su sobrino al fin había logrado obtener un amigo. Su amigo... su compañero, su confidente, su hermano, su amante, su sangre y hasta su alma. Las risas, las disputas y la culpa. La culpa. No era consciente de cuándo sus sombras comenzaron a manifestarse en él, pero lo lastimaron, desgarraron.  Intentó ocultarlo todo lo que pudo y luchó por ello pero la idea de su familia y el resto del mundo, lo correcto y lo maligno no dejaban de atormentarlo. Compartió su alma a la pasión y al miedo, sus noches eran de Thomas y de sus sombras, del insomnio y la tristeza, ya no era dueño de sí mismo. Temblaba, lloraba, gritaba y pataleaba, su respirar se dificultaba, estaba exhausto, cansado y perdido, no recordó la última vez que durmió. Las tinieblas le susurraban cada noche en vela, le recriminaban y manipulaban ¿erraba haciéndolo o dejándolo? Su negrura se manifestó, saliendo de su interior, dejando un gran vacío que no supo cómo llenar. Su ser y su alma explotaron y, con voz quebradiza y temblorosas manos, dejó el lecho que compartía con él. La lejanía no duró mucho, como un adicto volvió desesperado. Ese viaje se convirtió habitual, se iba y volvía, combatían y firmaban la paz, se odiaban y se deseaban. Quería abandonar por completo su cuerpo y a la vez no alejarse de él nunca más. No pretendía extrañar pero tampoco deseaba olvidar. Los suspiros, las marcas, las cicatrices, las caricias, los besos, los roces, las lágrimas, las risas, las discusiones, los golpes y las reconciliaciones. Las crecientes miradas curiosas de la hermana ebria de Thomas y el peligro que representaba. Su maldita hermana. Ya no podía sentir el olor a whisky que su mente se nublaba y solo deseaba llorar, le rememoraba al buen amigo de ella, el Padre Turner, que vino de visita por su llamado. Llegó a la casa de sus tíos gracias a las sospechas de ella, creía fervientemente que necesitaban ayuda, una violenta y dolorosa ayuda. Se le contraía el pecho cuando pensaba en él, en su mirada hosca y el constante ceño fruncido. Las prominentes arrugas, grandes ojos y ojeroso, como si nunca hubiese conocido el sueño.
Sus tíos desconocían la situación,  el Padre Turner se encargó de ello, pero le costó un precio tan alto que cada noche le dolía aún más. Con solo ver su bastón quería patearlo, golpearlo, ahorcarlo y matarlo, así lo dejaría libre de su pecado y podría respirar.  No importaba cuántas charlas tuviese con el bastón, no dejaría de sentir el deseo, la pasión y la admiración que sentía por Thomas. Si no dejó de hacerlo cuando se marchó, tampoco cuando lo castigaron y desgarraron. Cuando se fue, junto a su hermana, cuando lo abandonó dejándolo con la culpa y el peso en sus hombros, le mató lo poco que quedaba de él dentro suyo. Lo dejo solo para que lidiara con el Padre y con la ayuda que él les había ofrecido, con la responsabilidad de lo que habían hecho las últimas semanas, de lo que sintieron las últimas semanas. Le dejó todos los golpes, los moretones, las recriminaciones y el maltrato para él solo. Es por ello que decidió gritarlo, al viento, a la tierra, a los muebles y a sus tíos. Ya no tenía nada más que le pudiesen arrebatar, ya no le quedaba ni el secreto, estaba más vacío que nunca. El Padre Turner y el bastón se enfurecieron como jamás en su vida lo volverían a estar. Sus tíos hicieron prometer que jamás le dirían ni una sola palabra del tema a nadie. A pesar de todo, del dolor, la impotencia y de la traición, seguía esperando su regreso, que volviera a sus brazos y a su lecho.

Y allí fue, rendido junto al lago y junto al sauce, donde todo comenzó y todo terminó. Buscaba una sola mirada y no la encontró. Solo pudo hallar a un cuervo que se posaba en lo alto del sauce, estaba cantando. Le crascitó, le gritó. Ya se encontraba muy en lo profundo del lago cuando dejó de oírlo, pero el cuervo continuó hablándole de su secreto, esperanzado de poder consolarlo con ello. Cuando supo que no iba a volverá ver , se enmudeció.