¡Capta!.
¡Capta cerebro
donde bullen las ideas!
Sopa de incertidumbres…
amasijo de sofismas,
revoltijo de pasiones,
plenitud de chascarrillos,
Alucinaciones…
Cual pescador,
caña en ristre
Intentas captar la vida…
los deseos,
los porqués.
Cosas logras discernir
sin aclarar conceptos…
¡Lo tenía!… ¡se escapó!
Y así uno y otro día
buscando en lo que llegó
¡Bienvenidos! Este blog de literatura está abierto a todo tipo de lectores. Quienes lo hacemos no tenemos otra motivación que el de compartir la lectura de las obras de escritores de todos los tiempos, así como también las de aquellos que se inician y también merecen difusión.
domingo, 19 de enero de 2020
sábado, 18 de enero de 2020
Lo que no se puede decir, no se debe decir (Selección) Por Mariano José de Larra
Hay verdades de verdades, y a imitación del diplomático de Scribe, podríamos clasificarlas con mucha razón en dos: la verdad que no es verdad, y... Dejando a un lado las muchas de esa especie que en todos los ángulos del mundo pasan convencionalmente por lo que no son, vamos a la verdad verdadera, que es indudablemente la contenida en el epígrafe de este capítulo.
Una cosa aborrezco, pero de ganas, a saber: esos hombres naturalmente turbulentos que se alimentan de oposición, a quienes ningún Gobierno les gusta, ni aun el que tenemos en el día; hombres que no dan tiempo al tiempo, para quienes no hay ministro bueno, sobre todo desde que se ha convenido con ellos... esos hombres que quieren que las guerras no duren, que se acaben pronto las facciones, que haya libertad de imprenta, que todos sean milicianos urbanos... Vaya usted a saber lo que quieren esos hombres. ¿No es un horror?
Yo no. Dios me libre. El hombre ha de ser dócil y sumiso, y cuando está sobre todo en la clase de los súbditos, ¿qué quiere decir esa petulancia de juzgar a los que le gobiernan? ¿No es esto la débil y mezquina criatura pidiendo cuentas a su Criador?
La ley, señor, la ley. Clara está y terminante, impresa y todo: no es decir que se la dan a uno de tapadillo. Ése es mi norte.
Quiero hacer un artículo, por ejemplo. No quiero que me lo prohíban, aunque no sea más que por no hacer dos en vez de uno. ¿Y qué hace usted?, me dirán esos perturbadores que tienen siempre la anarquía entre los dedos para soltársela encima al primer ministro que trasluzcan, ¿qué hace usted para que no se lo prohíban?
¡Qué he de hacer, hombres exigentes! Nada: lo que debe hacer un escritor independiente en tiempos como estos de independencia. Empiezo por poner al frente de mi artículo, para que me sirva de eterno recuerdo: «Lo que no se puede decir, no se debe decir». Sentada en el papel esta provechosa verdad, que es la verdadera, abro el reglamento de censura: no me pongo a criticarlo, ¡nada de eso!, no me compete. Sea reglamento o no sea reglamento, cierro los ojos, y venero la ley, y la bendigo, que es más. Y continúo: «Artículo 12. No permitirán los censores que se inserten en los periódicos:
Primero: artículos en que viertan máximas o doctrinas que conspiren a destruir o alterar la religión, el respeto a los derechos y prerrogativas del trono, el Estatuto Real y demás leyes fundamentales de la Monarquía».
Esto dice la ley. Ahora bien: doy el caso que me ocurra una idea que conspira a destruir la religión. La callo, no la escribo, me la como. Éste es el modo.
No digo nada del respeto a los derechos y prerrogativas del trono, el Estatuto, etc., etc. ¿Si les parecerá a esos hombres de oposición que no me ocurre nada sobre esto? Pues se equivocan, ni cómo he de impedir yo que me ocurran los mayores disparates del mundo. Ya se ve que me ocurriría entrar en el examen de ese respeto, y que me ocurriría investigar los fundamentos de todas las cosas más fundamentales. Pero me llamo aparte, y digo para mí: ¿No está clara la ley? Pues punto en boca. Es verdad que me ocurrió; pero la ley no condena ocurrencia alguna. Ahora, en cuanto a escribirlo, ¿no fuera una necedad? No pasaría. Callo, pues; no lo pongo, y no me lo prohíben. He aquí el medio sencillo, sencillísimo. Los escritores, por otra parte, debemos dar el ejemplo de la sumisión. O es ley, o no es ley. ¡Mal haya los descontentadizos! ¡Mal haya esa funesta oposición! ¿No es buena manía la de oponerse a todo, la de querer escribirlo todo?
Que no pasan las «sátiras» e «invectivas» contra la autoridad; pues no se ponen tales sátiras ni invectivas. Que las prohíben, aunque se «disfracen» con «alusiones» o «alegorías». Pues no se disfrazan. Así como así, ¡no parece sino que es cosa fácil inventar las tales alusiones y alegorías!
Los «escritos injuriosos» están en el mismo caso, aun cuando vayan con «anagramas» o en otra cualquiera forma, «siempre que los censores se convenzan de que se alude a personas determinadas».
En buen hora; voy a escribir ya; pero llego a este párrafo y no escribo. Que no es injurioso, que no es libelo, que no pongo anagrama. No importa; puede convencerse el censor de que se alude, aunque no se aluda. ¿Cómo haré, pues, que el censor no se convenza? Gran trabajo: no escribo nada; mejor para mí; mejor para él; mejor para el Gobierno: que encuentre alusiones en lo que no escribo. He aquí, he aquí el sistema. He aquí la gran dificultad por tierra. Desengañémonos: nada más fácil que obedecer. Pues entonces, ¿en qué se fundan las quejas? ¡Miserables que somos!
Los «escritos licenciosos», por ejemplo. ¿Y qué son escritos licenciosos? ¿Y qué son costumbres? Discurro, y a mi primera resolución, nada escribo; más fácil es no escribir nada, que ir a averiguarlo.
Buenas ganas se me pasan de injuriar a algunos «soberanos y gobiernos extranjeros». Pero ¿no lo prohíbe la ley? Pues chitón.
Hecho mi examen de la ley, voy a ver mi artículo; con el reglamento de censura a la vista, con la intención que me asiste, no puedo haberlo infringido. Examino mi papel; no he escrito nada, no he hecho artículo, es verdad. Pero en cambio he cumplido con la ley. Este será eternamente mi sistema; buen ciudadano, respetaré el látigo que me gobierna, y concluiré siempre diciendo: «Lo que no se puede decir, no se debe decir».
Una cosa aborrezco, pero de ganas, a saber: esos hombres naturalmente turbulentos que se alimentan de oposición, a quienes ningún Gobierno les gusta, ni aun el que tenemos en el día; hombres que no dan tiempo al tiempo, para quienes no hay ministro bueno, sobre todo desde que se ha convenido con ellos... esos hombres que quieren que las guerras no duren, que se acaben pronto las facciones, que haya libertad de imprenta, que todos sean milicianos urbanos... Vaya usted a saber lo que quieren esos hombres. ¿No es un horror?
Yo no. Dios me libre. El hombre ha de ser dócil y sumiso, y cuando está sobre todo en la clase de los súbditos, ¿qué quiere decir esa petulancia de juzgar a los que le gobiernan? ¿No es esto la débil y mezquina criatura pidiendo cuentas a su Criador?
La ley, señor, la ley. Clara está y terminante, impresa y todo: no es decir que se la dan a uno de tapadillo. Ése es mi norte.
Quiero hacer un artículo, por ejemplo. No quiero que me lo prohíban, aunque no sea más que por no hacer dos en vez de uno. ¿Y qué hace usted?, me dirán esos perturbadores que tienen siempre la anarquía entre los dedos para soltársela encima al primer ministro que trasluzcan, ¿qué hace usted para que no se lo prohíban?
¡Qué he de hacer, hombres exigentes! Nada: lo que debe hacer un escritor independiente en tiempos como estos de independencia. Empiezo por poner al frente de mi artículo, para que me sirva de eterno recuerdo: «Lo que no se puede decir, no se debe decir». Sentada en el papel esta provechosa verdad, que es la verdadera, abro el reglamento de censura: no me pongo a criticarlo, ¡nada de eso!, no me compete. Sea reglamento o no sea reglamento, cierro los ojos, y venero la ley, y la bendigo, que es más. Y continúo: «Artículo 12. No permitirán los censores que se inserten en los periódicos:
Primero: artículos en que viertan máximas o doctrinas que conspiren a destruir o alterar la religión, el respeto a los derechos y prerrogativas del trono, el Estatuto Real y demás leyes fundamentales de la Monarquía».
Esto dice la ley. Ahora bien: doy el caso que me ocurra una idea que conspira a destruir la religión. La callo, no la escribo, me la como. Éste es el modo.
No digo nada del respeto a los derechos y prerrogativas del trono, el Estatuto, etc., etc. ¿Si les parecerá a esos hombres de oposición que no me ocurre nada sobre esto? Pues se equivocan, ni cómo he de impedir yo que me ocurran los mayores disparates del mundo. Ya se ve que me ocurriría entrar en el examen de ese respeto, y que me ocurriría investigar los fundamentos de todas las cosas más fundamentales. Pero me llamo aparte, y digo para mí: ¿No está clara la ley? Pues punto en boca. Es verdad que me ocurrió; pero la ley no condena ocurrencia alguna. Ahora, en cuanto a escribirlo, ¿no fuera una necedad? No pasaría. Callo, pues; no lo pongo, y no me lo prohíben. He aquí el medio sencillo, sencillísimo. Los escritores, por otra parte, debemos dar el ejemplo de la sumisión. O es ley, o no es ley. ¡Mal haya los descontentadizos! ¡Mal haya esa funesta oposición! ¿No es buena manía la de oponerse a todo, la de querer escribirlo todo?
Que no pasan las «sátiras» e «invectivas» contra la autoridad; pues no se ponen tales sátiras ni invectivas. Que las prohíben, aunque se «disfracen» con «alusiones» o «alegorías». Pues no se disfrazan. Así como así, ¡no parece sino que es cosa fácil inventar las tales alusiones y alegorías!
Los «escritos injuriosos» están en el mismo caso, aun cuando vayan con «anagramas» o en otra cualquiera forma, «siempre que los censores se convenzan de que se alude a personas determinadas».
En buen hora; voy a escribir ya; pero llego a este párrafo y no escribo. Que no es injurioso, que no es libelo, que no pongo anagrama. No importa; puede convencerse el censor de que se alude, aunque no se aluda. ¿Cómo haré, pues, que el censor no se convenza? Gran trabajo: no escribo nada; mejor para mí; mejor para él; mejor para el Gobierno: que encuentre alusiones en lo que no escribo. He aquí, he aquí el sistema. He aquí la gran dificultad por tierra. Desengañémonos: nada más fácil que obedecer. Pues entonces, ¿en qué se fundan las quejas? ¡Miserables que somos!
Los «escritos licenciosos», por ejemplo. ¿Y qué son escritos licenciosos? ¿Y qué son costumbres? Discurro, y a mi primera resolución, nada escribo; más fácil es no escribir nada, que ir a averiguarlo.
Buenas ganas se me pasan de injuriar a algunos «soberanos y gobiernos extranjeros». Pero ¿no lo prohíbe la ley? Pues chitón.
Hecho mi examen de la ley, voy a ver mi artículo; con el reglamento de censura a la vista, con la intención que me asiste, no puedo haberlo infringido. Examino mi papel; no he escrito nada, no he hecho artículo, es verdad. Pero en cambio he cumplido con la ley. Este será eternamente mi sistema; buen ciudadano, respetaré el látigo que me gobierna, y concluiré siempre diciendo: «Lo que no se puede decir, no se debe decir».
Octubre de 1834. Publicado en la Colección de 1835
lunes, 13 de enero de 2020
Concurso “Contate un cuento XII” – Mención de Honor Categoría E: “Reminiscencia” - Por Patricia Cavaiani de Balcarce
La noche cae fría, oscura, insondable…
Bajo el frondoso
árbol se acovacha el hombre cuya imaginación traspasó los límites de la
cordura.
Por el gran
ventanal de la cocina observa a la mujer que, afanosa, realiza los quehaceres
domésticos. Una gran olla sobre el fuego emana olor a hierbas. Ella, diligente
y segura, espera al hijo mayor con la sola convicción que le proporciona su
poder adivinatorio. El joven llegará sin anunciarse y la casa se llenará de
risas, amigos y mujeres. Todo lo relacionado con él es exagerado, abundante,
excesivo. Tan distinto a su hermano menor que, encerrado en su habitación,
relee mapas y anotaciones ajados por el tiempo con la certeza del
descubrimiento de alguna ciudad desconocida, de algún templo sagrado, de alguna
ruta ignota,
El primer hijo se
lanza a la aventura, el segundo la busca en los estantes polvorientos y
atestados de libros de su estrecho cuarto.
Al día siguiente
llega el primogénito confirmando la premonición de su madre. La abraza, la
cubre de exclamaciones altisonantes y se siente a la gran mesa llena de
variados manjares que devora sin esperar a los demás comensales. En su piel
nuevos tatuajes dan fe de sus múltiples aventuras. Al rato entra Iván y, sin
saludar a nadie, pone algunas verduras en su plato y se apresura para volver a
la quietud de su refugio. En el aire se siente un raro vacío, una distancia
palpable. La madre conoce esos rencores, sabe que los lazos sanguíneos no
fueron suficientemente sólidos, no consiguieron zanjar la distancia impuesta
por las diferencias de carácter, de humor, de intereses. Son hermanos, sí, en
los papeles, en la vida son totales desconocidos.
El menor se retira
a su habitación, nada interrumpe el vaivén de sus pensamientos, nada lo
conmueve, solo la obsesión de descubrir,
quién sabe qué, en esos viejos pergaminos. Planea hacer un largo viaje
exploratorio. No hay aparentes urgencias en su vida que sobresalten su cuerpo
ni su espíritu.
El hombre solo bajo
el castaño comienza a inquietarse, vagas sensaciones anticipan el inevitable
desenlace. Quiere desamarrar sus manos, salir de la oscuridad que nubla su
mente atormentada, pero todo intento resulta
vano.
Al anochecer la
casa se puebla de risas escandalosas, de mujeres, de música estridente que
llena los ambientes y se cuela como un rayo punzante en todas las habitaciones,
rompiendo con la paz que imperaba antes de la llegada del libertino.
El hijo
introvertido, callado, ve invadida su privacidad, no puede concentrarse, no
sabe cómo actuar. Se dirige hacia la cocina y, con voz ruda, le dice al hermano
que necesita volver a la normalidad, que su presencia todo lo altera, que allí
no hay espacio para tanta algarabía, que el padre está muriendo olvidado en
algún rincón del patio, que regrese a su vida disipada lejos del hogar. Aquel
no registra los reclamos, no nació para escuchar a nadie…
El padre, presa de una
alucinación final, vislumbra el futuro cercano. Hilos de baba blanca caen de su
boca mustia junto con las palabras:- Caín y Abel, Caín y Abel, Caín…
Concurso “Contate un cuento XII” - Mención de Honor Categoría D: “El viejo del Vagón” - Por Walter Hormaechea, alumno de Secundaria de Oficios
El viejo del vagón le decían en el pueblo porque nadie lo
conocía, no sabían de donde había venido. Algunos pensaban que había escapado
de la justicia, otros que escapaba de algo malo, por eso estaba solo, nadie
hablaba con él, su aspecto ermitaño, de mal carácter, desagradable y desalineado,
asustaba a la gente.
Vivía en un vagón abandonado, que el ferrocarril había
dejado cerca de los galpones de una vieja estación en la que moraba un hombre
al que llamaban “jefe”. Por ahí vivía también un joven que luego de la escuela
solía andar caminando por las vías con su honda y unas piedras en los bolsillos
del pantalón, porque en esa época no existía Internet, y los jóvenes solían
hacer otras cosas, como por ejemplo cazar.
Fue esa
tarde que Matías se encontró frente a frente con aquel señor extraño que venía
por las vías en sentido contrario.
A primera
vista y casi de inmediato, Matías sintió mucho miedo, recordó algo que una vez
alguien le había contado. El viejo del vagón y el “jefe” habían sido bueno
amigos. Este último tenía una hija que era hermosa y solía sentarse con el
viejo a charlar sobre el andén de la estación. Un día se enamoraron y esto hizo
que el “Jefe” le prohibiera a su hija ver a su amigo, así que la encerró en un
cuarto. Un día ella se escapó para poder encontrarse con su gran amor. Ese día
un tren que venía del norte no pudo parar, ella cruzó las vías sin mirar,
quizás pensando en el encuentro con su amado y no lo pudo ver. Ese día fue
trágico, algunos todavía dicen que lo recuerdan.
Matías
miró nuevamente al viejo, pensó en salir corriendo pero al mirar al joven, éste
le sonrió y al instante preguntó
_ ¿Qué andas
haciendo por las vía solo? ¿No sabes que es peligroso?.
– Sí, lo sé. Mi
abuelo siempre me lo dice.
Ese día Matías empezó a conocer al viejo del vagón. Se
enteró que era un hombre sencillo y bonachón, que la historia que él había
escuchado de un amor y una tragedia había sido verdadera. Había elegido vivir
solo y sin contacto con las personas porque su dolor por aquella hermosa mujer
que la vida le había arrebatado le produjo un sufrimiento tal que solo se
estaba dejando morir.
Con el
tiempo, construyeron una gran amistad. Así fue que Matías se enteró que se
llamaba Rodolfo, nombre que su madre le había puesto por su padre.
Al pasar el tiempo
Rodolfo, el viejo de vagón cambió su vida, conoció a Isabel la tía de Matías.
En el pueblo decía que ella trajo la cura a todos sus males y que él pudo
encontrarle un sentido a la vida y Matías comprendió que lo que dicen de las
personas a veces puede ser verdad, pero otras hay que llegar a conocerlas.
Concurso “Contate un cuento XII” - Mención de Honor Categoria D: “La desilusión de Serapio” Por Roque Atilio Ledesma, alumno de EEPA 702
Era una de esas noches de verano en las que la luna
iluminaba todo el pueblo de Crespo, dejando ver la hermosura y tranquilidad de
sus campos. Como era de esperarse, cada noche llegada las 21 horas el gaucho
Don Serapio se despedía apresuradamente de su compañera de vida y de sus dos
pequeños hijos para irse al bar que quedaba a unos 30 minutos a caballo
cruzando por el campo de su compadre. Su mujer, ya cansada de no contar con su
marido a la hora de la cena, comenzó a sospechar que él ya no la amaba y andaba
en busca de otros amores. Quiso enfrentarlo y hacerlo confesar, pero el miedo la invadió y sólo pudo hacer
silencio, mirar el suelo y decir: te veo a la vuelta. Una vez que su esposo se
marchó, ella se tranquilizó y se consoló pensando que Serapio sería incapaz de
serle infiel, ya que se caracterizaba por ser un hombre bondadoso y trabajador
que no tenía maldad con nadie, siempre demostraba que su prioridad era la
familia y que si se iba cada noche era porque tenía una debilidad: la bebida.
Serapio montó su
caballo y se dirigió hacia el bar donde lo esperaban sus compañeros de truco.
La tranquilidad era lo que caracterizaba el entorno del lugar. Afuera sólo se
sentía el relincho de baguales atados a los palenques, adentro era un mundo
diferente, el ambiente era de fiesta. Los hombres entre risas y tragos se
olvidaban por un rato de sus problemas y obligaciones cotidianas, entre ellos
Serapio. Este ambiente festivo sólo duró unos minutos, en medio del partido
ingresó en el bar González, el nuevo
comisario del pueblo. Éste era un hombre frío, ambicioso, con pocas
amistades que no eran las mejores. Poco se conocía de su vida personal, se
sabía que era un hombre casado aunque el comentario era que tenía aventuras
amorosas y las malas lenguas también afirmaban que tenía un hijo no reconocido
por fuera de su matrimonio. Con su arrogancia y un tono amenazador le dijo a
Serapio que abandonara el lugar porque iba a venir la recorrida y se lo iban a
llevar.
Serapio, golpeando
la mesa y muy ofendido le respondió:
-“¡Me va a llevar por borracho pero no por ladrón!”
El comisario
sonrojado casi tartamudeando solo atinó a decir: “¿por qué me decís eso?” Pero
no recibió respuesta alguna. Serapio lo miró, volvió a sentarse y continuó con
su juego. Todo los que se encontraban en el bar se quedaron sorprendidos,
porque no era habitual del lugar que hubiera este tipo de cruzadas y se preguntaban
el por qué de las mismas. González se retiró pero volvió a ingresar con un
forastero cómplice que muy enojado a los gritos dijo: -“¿Qué te pasa a vos
Serapio?” Pero éste lo miró de reojo y siguió jugando. El forastero insistente
le volvió a decir: -“¡A vos te estoy hablando!” Serapio se levantó de la mesa,
tiró las cartas y la silla hacia un costado e intentó irse sin causar ningún
tipo de disturbio. El forastero a la pasada lo agarró del brazo y muy enojado
le dijo: -”¡Disculpate por lo que dijiste!”. El gaucho ya con furia en su
interior respondió: -“yo no me disculpo por decir la verdad. Si me quiere
llevar, que me lleve; pero antes de irme quiero que me expliquen, cuál es el
motivo de la bronca de ustedes hacia mí”. En ese instante un silencio se sintió
y la puerta del bar se abrió y para la sorpresa de muchos la persona que
ingresaba en ese momento era la menos esperada en el lugar. Ramona, la mujer de
Serapio había decidido ir hasta allí para aclarar sus sospechas. Todos giraron
la mirada hacia ella, incluido su esposo que no podía creer lo que estaba
viendo. Jamás en sus años de casados ella se había presentado en el lugar.
Sabía bien que no lo podía hacer ya que ese era un espacio exclusivo de
hombres. Imposible pensar en la presencia de una dama allí.
Serapio se soltó
del brazo del forastero y se dirigió hacia la puerta con su mujer. Ella había
quedado inmóvil con la mirada fija hacia el fondo del bar. Su marido enojado le
preguntó: -“¿Qué hacés acá? ¿Acaso me estás controlando?” Pero Ramona parecía
no escuchar, seguía perpleja sin correr la mirada. Al no recibir respuesta,
Serapio volteó a ver qué era lo que tanto le había llamado la atención pero
solo vio a sus compañeros de truco y al comisario que, para su sorpresa, estaba
inmóvil y con la mirada fija hacia su mujer. No podía comprender qué era lo que
pasaba, enojado elevó el tono de voz y le dijo a Ramona: -“¿Te pregunté qué
haces acá?”, pero ante la no respuesta la empujó hacia afuera. González salió
corriendo tras ellos, enfrentó al gaucho anteponiendo su cuerpo al de la mujer
gritando: -“¡No te atrevas a hacer eso otra vez!” A lo que recibió como
respuesta: -“¡No te metas que es mi mujer, no la tuya!” “¡Eso es lo que vos
pensas!”- exclamó el comisario.
Serapio no podía
entender lo que estaba escuchando y en un clima tenso con todos los hombres del
bar como espectadores exigió una explicación. ¿Acaso ellos ya se conocían?
¡Imposible! González era nuevo en la zona y Ramona pasaba todo el día en su
casa al cuidado de sus hijos y llevando a cabo las tareas del hogar. Debía
tratarse de una confusión. Por tal motivo, tomó del brazo a su esposa y se
dispuso a ir por su caballo para retornar a su hogar cuando de repente el
comisario lo empujó para apartarlo de ella. Ramona llorando y entre balbuceos
con un tono muy bajo dejó escapar sus palabras diciendo: -“Hilario dejá,¡no te
metas!”.
Ante la mirada
confundida de Serapio, la dama no pudo controlar más sus emociones, estalló en
llanto y comenzó a contar su verdad: todo había empezado hacía unos cinco años
atrás cuando ellos aún vivían en otro campo a unos 60 km de allí. Como de
costumbre, cada noche Serapio se marchaba hacia el bar y su esposa quedaba sola con su pequeño hijo
Jacinto de tres años. En la estancia vecina había comenzado a trabajar un
hombre custodiando el lugar y cada noche realizaba una recorrida por la zona
controlando que todo estuviera en orden.
Un día, llegó
hacia la casa del matrimonio en busca de ayuda, ya que su linterna se había
quedado sin pilas y necesitaba de ella para poder volver a su puesto. Fue ahí
donde conoció a Ramona, que se encontraba sola con su hijito. Entre charla y
charla una chispa se encendió entre los dos y muy enamorados se encontraban
cada día después de la partida del gaucho. En uno de esos encuentros Ramona, le
dio la noticia de que estaba embrazada y que su hijo le pertenecía. ¿Qué
podrían hacer? ¡Se desataría un grave problema si su esposo se enteraba!
Hilario sorprendido se ofendió con ella, ya que solo buscaba una aventura y no
formar una familia. Montó su caballo y se marchó sin decir nada. Nunca más
supieron de él.
La joven no tuvo
más remedio que decirle a Serapio que esperaban a su segundo hijo. Éste tomó la
noticia con mucha felicidad, aunque tuvieron que marcharse de ese campo en el
cual trabajaban debido a que los dueños solo aceptaban un niño en el lugar. Fue
ese el motivo que los llevó a marcharse hacia el pueblito de Crespo para
recibir a su pequeño Zoilo.
Ramona había
dejado olvidada esa historia, creyó nunca más volver a ver a su amor aventurero
hasta esa noche en la que todo cambió
El gaucho Serapio
comenzó a entender por qué el nuevo comisario y su amigo el forastero tenían
tanto odio hacia él. Desconsolado pidió a su amada que se fuera a su casa y
cuidara muy bien de los pequeños, quien con mucha vergüenza y angustia asintió
con la cabeza y se marchó. Todos conmovidos por la situación fueron dejando
lentamente el lugar, todos menos Serapio que ingresó nuevamente al bar pidiendo
pluma y papel. Entre tragos y lágrimas solo en una mesita casi a oscuras
comenzó a escribir unas líneas para sus pequeños hijos. Pasadas unas horas y
sin escuchar al dueño del bar que le pedía que dejara de tomar, Serapio bebió
los últimos tragos de su vida, él ya no encontraba motivos para seguir, su
único amor de tantos años le había fallado y era algo que no podía aceptar. En
un instante dejó caer su cuerpo, sobre la pequeña mesa del bar con su carta en
la mano. Su adicción y depresión le quitaron la vida.
Varios años
después se presentó en el bar el joven Zoilo buscando conocer su verdadera
historia, saber quién había sido su padre, ya que poco sabía de él y cuando
querían junto a su hermano entablar esta conversación con su madre, ella
entraba en una crisis de llanto y no les daba respuesta alguna. El dueño del
lugar le comentó que Serapio era un buen hombre, que siempre estaba dispuesto a
ayudar a los demás y que cada noche lo primero que se lo escuchaba decir era lo
feliz que era con su familia. En ese momento recordó que, en el fondo de un
cajón, muy bien guardada, se encontraba la carta que el gaucho con sus últimos
suspiros había escrito. Zoilo se sentó en el fondo del bar, en la misma mesita
que estuvo por última vez su padre y entre lágrimas leyó la misma que decía:
“En este momento
en el que no encuentro consuelo, solo puedo expresar los que siento por ustedes
mis pequeños hijos. A ti, mi primer hijo, Jacinto, decirte que te amo con todo
mi corazón, no cambies nunca tu bondad. Ayuda siempre a tu familia ya que, como
mi hijo mayor al no estar yo presente, te convertirás en el hombre de la casa.
Mi pequeño Zoilo, mi hijo menor, el que terminó de completar mi felicidad,
quiero decirte que te amé y amaré siempre con todo mi ser. Aunque la sangre lo
niegue siempre serás mi pequeño, mi hijo amado. Nada cambiará este amor de
padre que siento por ti. Tal vez en algunos años estés llamando papá al hombre
que realmente te dio la vida, pero desde el fondo del corazón sabrás que yo
siempre lo seré. Recuérdenme siempre con buenas anécdotas y el cariño que sentí siempre por ustedes.
Perdónenme por esta decisión que estoy a punto de tomar, pero es que no
encuentro consuelo. Pero antes de partir hacia otra vida quisiera pedirles un
favor: cuando lean esta carta no traten de buscar culpables y no guarden rencor
con su madre. Ella tuvo sus motivos para hacer lo que hizo, en parte yo soy
responsable de esta situación, por mi debilidad con la bebida descuidé al amor
de mi vida y no me di cuenta la falta que yo le hacía. Los amo para siempre.
Papá”
Conmovido, Zoilo abandonó el
bar y se marchó sin decir nada. Se fue hacia el lugar donde yacían los restos
de su papá que anteriormente el dueño le había indicado. Al llegar allí, se
arrodilló y le dijo a su padre que jamás podría enojarse con ninguno de los dos,
que lo perdonaba porque tal vez en una situación similar él hubiese actuado de
la misma manera. También le agradeció por no guardarle rencor a su madre que
durante todos estos años no había podido superar su muerte. Agradecido por
poder completar la parte de su historia que le faltaba, el joven se marchó con
la cabeza en alto, y con el orgullo de poderle decir al mundo: “SOY EL HIJO DE
DON SERAPIO”.
Concurso “Contate un cuento XII” - Mención de Honor Categoria D : “El monstruo que Cargamos” Por Marcelo Crognale, alumno de CENS 451
Una vez le dijeron que la vida es dura pero que siempre se
puede estar mejor.
Frase que desde niño le quedó grabada y resonando en su
cabeza, sin embargo no alcanzaba a
entenderla.
Durante su niñez fue un niño feliz, o eso creía. Vivía en un
barrio tranquilo donde lo único que importaba era jugar en la placita, andar en
karting a rulemanes o en bicicleta y poner globos en los rayos para hacer ruido
y pensar que tenía una magnifica moto.
Eso era lo más aventurero que podían hacer todos juntos, como buenos amigos.
Esta maravillosa aventura tenía como único fin despertar a los vecinos de su
cálida y pasiva siesta. Sin embargo la felicidad no era eterna siempre alguno
de estos alertaban a los padres de los chicos de lo sucedido y hacían que el
reto llevara a que la felicidad se
convirtiera en días de penitencia. En
ese mismo momento el monstruo de la penitencia visitaba simultáneamente a todos
los integrantes de la banda… y por varios días la travesura quedaba comprimida
en los corazones de cada uno…
El monstruo siempre aparecía en cada casa de manera
diferente, a veces se presentaba como en el famoso “escribe 100 veces no debo
molestar a los vecinos a la hora de la siesta”, en otras ayudar a mamá con los
quehaceres domésticos durante una semana, también en no ir al cine el fin de
semana como salida que esperaban para comer pochoclos, tomar gaseosa y
disfrutar de los amigos.
Esa semana tenían prohibido una mala nota en la escuela y la
presión era enorme. Todos sabían que un desaprobado empeoraría las cosas…Si
todo salía bien, volverían a juntarse la semana siguiente para tramar un nuevo
plan y lograr a volver a divertirse como antes.
Esto se repitió durante muchos años, hasta que la famosa y lejana (o al menos eso se
creía) adolescencia golpeó la puerta y esas locas tardes de bicicletas y
karting solo quedaron atrás.
En esta etapa los obstáculos eran otros: la amada y dulce
señorita de primaria abrió su paso para dar lugar a los profesores del
secundario. Estos eran seres gigantes sin el pulcro guardapolvo blanco, en
donde los apellidos tomaban un lugar importante haciendo que los apodos y travesuras
de niños quedaran relegados en el cajón del pupitre. Los profesores con su
vestimenta formal, sus clases expositivas, el famoso “pasa al frente” y “decime
la lección” se convirtieron en esta etapa en el famoso monstruo.
Y la penitencia llegaba como un puñal en la espalda. Las
prohibiciones eran “no salís a comer pizza”, “no vas a la matinée”, ni tampoco
a los tan ansiados cumpleaños de 15 de las chicas del momento.
El grupo de amigos se fue ampliando y reduciendo a la vez,
sin embargo, lo que nunca se perdía eran las eternas juntadas en la plaza para
planificar y contarse las nuevas experiencias vividas.
Pero un día en una de esas charlas se inmiscuyó la lejana
muerte que golpeó duro a unos de los integrantes del grupo: la pérdida de su
padre; y eso sí se transformó en el gran y verdadero monstruo.
Esa tarde de invierno la vida de uno de los integrantes de
la banda dio el inesperado vuelco. Con la pérdida física de su padre ahora
aparecían las pesadas responsabilidades y obligaciones.
Las tardes de risas y charlas se cambiaron por una bicicleta
de reparto pesada, recorridas a la intemperie por calles frías y la necesidad
de formar parte del sostén de la familia. Con tantas responsabilidades y
compromisos para tan corta edad no quedó tiempo para el estudio…
Y ahora sí, el monstruo había cobrado poder y se había
convertido en un gran gigante y más monstruo que nunca.
Y en su corazón
volvió esa famosa frase que ahora resonaba más que nunca: la vida es dura pero
siempre se puede estar mejor.
Con el trascurso de los años el trabajo, el anhelo de formar
una familia propia, y el reencuentro con los integrantes de la banda fue
aplastando de a poco a ese monstruo que lo persiguió durante muchos años.
Esto dio lugar a ansiar nuevos objetivos y las charlas en la
placita dieron paso a cumpleaños infantiles donde se comparaban con sus propios
hijos y las anécdotas volvían a ser parte de sus vidas. El monstruo, envidioso,
ya pasaba a ocupar un lugar cada vez más pequeño.
Pero se sabe que el crecer es inevitable y también les tocó
crecer a sus hijos y entonces la soledad empezó a ser cotidiana y los objetivos
pendientes cada vez más relevantes.
En esta nueva etapa sus hijos lo incentivaron a dejar de
postergarse y empezar a trabajar en la superación de aquellas épocas donde el
monstruo había sido el protagonista y entonces él decidió darse la oportunidad
que por aquellos años había quedado pendiente: retomar sus estudios y aplastar
definitivamente al monstruo.
Había llegado por fin la etapa en la que definitivamente llegaban
los logros deseados. Ahora en su vida el monstruo ya no tenía lugar: sus hijos
habían logrado desterrarlo para siempre y aquella frase que tanto resonó en su
cabeza cobraba de una vez por todas el protagonismo que siempre debió tener.
Concurso “Contate un cuento XII” - Mención de Honor Categoría C: “Bajo el edredón de plumas” - Por Julieta Watts, alumna de la E.E.S. N° 19 de Tandil
La noche era el peor momento del día. Se bañaba en
oscuridad, no había nada peor que eso...
La oscuridad era el lugar donde las sombras podían venir a atacar. Ellas
no tenían por qué esconderse pero yo sí. Para combatirlas, mantenía todas las
luces encendidas. Debía sobrevivir hasta la mañana siguiente, para así poder
volver a ver a mamá y salir al patio a jugar.
Una noche mamá me retó por mantener la luz encendida. Ella
trabajaba mucho para cuidar de los dos y no podíamos darnos ese lujo. Así que
tuve que enfrentarme a mis miedos.
Fue espeluznante: podía percibir en la oscuridad el
movimiento, podía sentir como me paralizaba; no podía moverme, aún estando
consciente. Dejé que mi edredón de plumas me solapara, con la esperanza de que
la salida del sol se apresurara.
Un entrecerrar de ojos, y
mi madre estaba junto a mí. Ya era de mañana, y su rostro lucía una
preocupación apenas disimulada. Me dijo
que me había oído llorar y gritar. Por supuesto, no era la primera vez.
Solución desesperada: una historia amable y valiente, que me diera el coraje de
querer volver a soñar antes de dormir.
Esa noche, estaba en mi cama, y mi madre junto a mí
sosteniendo un libro. La historia trataba de la lucha contra las sombras; era
el cuento indicado para mí. El héroe se adentraba a un mágico mundo cada vez que se cubría con su acolchado de
plumas. Las plumas contorneaban las
figuras bañadas en tinta de aquellos seres que se paseaban como fantasmas en
nuestra realidad nocturna, en una realidad sumergida en sueños. No hay nada que
temer, entendía el héroe; sólo son sombras que quieren no sentirse solas, que
tienen una verdad que decir al viento, pero que no encuentran oídos que quieran
conocer.
Esa noche mi madre se despidió de mí, me dio un beso en la
frente y colocó una vela en el escritorio de mi pieza. Tenía tiempo hasta que
la vela se consumiera para dormir.
Las sombras comenzaron a aparecer. Me escondí debajo del
edredón. Pude ver desde la suavidad que me acobijaba las verdaderas figuras de
aquellos seres que me hacían temblar, eran animales, personas, criaturas
viajando en un mundo distinto colisionando con el real, aunque para ellos su
mundo también es el real. Encontraron mis ojos observándolos. No todos podían
verme, pero sí percibían la luz cálida que mi ser infantil irradiaba como una
antorcha en ese mundo umbrío.
Siempre estuve rodeado de las sombras, pero mi temor no me
había permitido mirarlas con otra cara que no fuera la del pavor. Pero ahora
sabía que sólo necesitaban ser
escuchadas. Inhalé profundo y me dejé llevar por sus historias entintadas. Mis
ojos ahora no veían lo que antes, aunque estaban abiertos no veían. Yo era el
héroe que esperaba ese mundo que se me aparecía ahora tan mágico, tan pacífico, tan distinto a como siempre creí sería,
el mundo fantasmagórico. Arropado en un edredón de plumas, aquí parecía un
manto de algodón de azúcar, la capa del héroe que necesitaban esas sombras sin
armonía.
Todo está bien. Todo hasta se torna espléndido ahora en este
mundo de ensueño. Excepto por una cosa: algo que he estado oyendo desde hace un
rato… lo distingo…lo siento… Es el llanto de alguien que amo. Su sollozo me
llega nítido, como su extraña calidez. Una sombra se desprende de las demás.
¿Mamá?
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