viernes, 20 de marzo de 2020

“CONTATE UN CUENTO XII” - Mención de Honor Categoría B: Planta alta Por Valentina Cerono, alumna de Colegio Santa Rosa


Me levanté de la cama al sentir el viento frío en mi cara. La ventana estaba abierta pero podría jurar que la había cerrado la noche anterior.
Caminé hasta el baño y me lavé los dientes. Al poner el dentífrico se me cayó y ensucié toda la alfombra junto a la bañadera, no obstante, ni me molesté en limpiar. Prendí la ducha y me di un largo baño. Estaba muy cansada y quería volver a la cama,  sin embargo debía ir a trabajar.
Cuando terminé de secarme y vestirme, fui a la cocina a desayunar algo. Me serví un plato de cereales con leche y limpié un poco. Cuando estaba lavando los platos de la noche anterior, vi por el rabillo de mi ojo una sombra pasar por el ventanal detrás de mí. No le di mucha importancia, seguro había sido algún animal.
Para cuando culminé, el ventanal estaba abierto de  par en par y unas pisadas llenas de barro hacían camino a la planta alta de la casa. Estaba temblando y aterrorizada.
Subí con mucho cuidado   intentando hacer el menor ruido posible, pero con mis nervios parecía casi imposible.
Cuando llegué al pasillo de la planta alta, siguiendo las pisadas de barro, abrí la puerta con dificultad. Cuando por fin lo logré,  sentí una punzada en mi estómago. Cuando miré hacia donde sentía el dolor vi como la sangre goteaba del cuchillo. El hombre que me acababa de apuñalar simplemente se quedó parado, como una estatua. Caí al piso casi inmediatamente y cerré mis ojos con un dolor insoportable.
Y desperté.
                 Todo había sido un sueño.
                                                           Estaba cubierta en sudor y me dolía la cabeza.
Me refregué la cara y me senté en la cama sin notar que la ventana estaba abierta.
Me dirigí al baño y mientras me lavaba los dientes, vi una mancha de dentífrico en la alfombra. Un pensamiento ridículo me cruzó la cabeza, pero no le di importancia. Cuando estaba a punto de prender la ducha, me di cuenta que la bañadera estaba mojada aunque no me había bañado anoche. Decidí no bañarme, lo haría más tarde. Bajé hacia la cocina y busqué mi cereal,  ya no había más. Podía jurar que quedaba suficiente para una servida más. Me serví de otro cereal y para cuando dejé el plato para lavar vi que cada plato de anoche estaba limpio. Ahí me comencé a asustar mucho.
Para cuando vi la sombra detrás de mí, me puse más nerviosa. Desesperada intenté buscar un cuchillo; no había ninguno. Sentí un aire frío golpeando mi espalda. El ventanal estaba abierto y había pisadas dirigiéndose a la planta alta, al baño.
Cuando subí al baño y abrí la puerta, sentí que me ahorcaban. Me estaba asfixiando con una cuerda. Antes de que pudiera hacer algo, perdí el conocimiento.
Y desperté.
                Todo había sido un sueño.
                                                          Estaba cubierta en sudor   y me dolía la cabeza.
Esta vez estaba aterrada cuando vi la ventana abierta.


“CONTATE UN CUENTO XII” - Mención de honor Categoria B: En mi propio Calabozo - Por Génesis Alexandra Manzanilla Linares de Trujillo, Venezuela


¿Por qué será que la mayoría de los adultos no entienden a los adolescentes?, ¿será que se saltaron la adolescencia? o no fue tan difícil como la mía que “suelo ahogarme en una gota de agua” –dicho por mi madre.
¿Qué haces si de pronto apareces en un lugar oscuro, sin salida? me pregunté mientras trataba de hacer un ensayo de literatura.
De repente, me encuentro en una situación bastante abrumadora, por un lado tengo que terminar el ensayo y por el otro mis miedos no dejan expresarme, estaba tan concentrada en mis pensamientos que no me daba cuenta de lo que pasaba a mi alrededor.
Sentí un dedo frío en mi espalda, no había nadie en la sala de lectura así que giré lentamente y vi a un viejo libro con unos anteojos que le llegaban a la punta de la nariz, con unas letras envejecidas en su carátula, sorprendida porque nunca me imaginé que un libro tuviese vida leí en voz alta: “en mi propio calabozo”.
–Sí, soy yo, aunque me dicen Buch, contestó el libro.
Al oír eso quedé casi muda porque aparte de tener vida propia, el libro hablaba.
–¿Qué te sucede? ¿No habías visto a un libro hablar?, preguntó.
Titubeando dije: –No.
–Que poca imaginación tienes, si te das cuenta todo lo que ves, habla y tiene vida propia. ¿En serio eres una adolescente? –cuestionó.
Entonces dije con desanimo: –Eso parece.
Inmediatamente por la puerta que permanecía abierta entró una brisa fría y en eso todos los libros comenzaron a desaparecer, asustada le pregunté:
–¿Qué está pasando?
–Nada, respondió con seguridad.
En eso, unos pasos interrumpieron la conversación quedando todo en silencio, ¿De dónde vino eso? –insistí.
–De afuera, vamos a ver –contestó Buch.
–No, no quiero ir, tengo miedo –repliqué.
–¿Miedo de? –indagó con picardía
–Miedo del exterior, por eso estoy aquí, este es mi refugio –respondí.
–¿Crees que aquí estarás bien? –preguntó nuevamente Buch.
–No lo sé –contesté con inseguridad.
–Sal, la puerta siempre ha estado abierta –sugirió Buch.
–No, no puedo salir. Persistí.
Cada minuto que pasaba era un martirio para mí, las preguntas de Buch de verdad que eran un dolor de cabeza, él no se conformaba con mis respuestas, pensaba que había otra razón y estaba en lo cierto. Me paré y cambié de puesto, no quería escucharlo más, pero él insistía detrás de mí, cual niño pequeño, al alcanzarme se sentó a un lado, levantó la cabeza y preguntó:
–¿Cuál es tu problema?
–¿Puedes callarte? necesito terminar el ensayo –expresé molesta.
–¡Quiero ver! ¿Me dejas leer?
No le dije nada, solo le acerqué mi libreta para que leyera.
–¡Ay qué asco! ¿Este es tu ensayo? –preguntó disgustado
–Sí, ¿Por qué? ¿Algún problema?
–Bastantes, primero tienes varios problemas con los acentos y segundo no entiendo cuál es la temática. ¿Mezclaste chicha con limonada?
             –La temática es sobre la timidez –afirmé y él me interrumpió inmediatamente:
             –¡Ah! ya comprendo, lo que quieres decir es: “La timidez en la acentuación”, hubieses comenzado diciendo eso.
             –¿No entiendes nada verdad?  –reclamé.
             –Pues, si te soy sincero soy muy culto a diferencia de ti, puedo entender hasta el problema más grande de matemática, pero lo único que a mi cerebro se le dificulta comprender es tu extraña actitud, así que tú me dirás.
Me dio un poco de gracia su comentario, sin embargo le contesté diferente:
             –¿Qué quieres que te diga? ¿Que mi vida es un desastre? ¿Qué no sé cómo expresarme? ¿Qué pierdo tantas oportunidades por mis miedos y por pensar que los demás no me aceptarán? ¿Que de verdad esto es mi propio calabozo? ¡Vamos, dime! –aseguré aún más molesta.
             –Como que tenemos algo en común –expresó Buch
             –¿Qué? –Le grité.
             –El calabozo, –dijo riéndose. –Dentro de poco tiempo pasaré al olvido, sin embargo trato de no pensar en eso, es mejor disfrutar el momento y luego se verá. Pero ya, hablando en serio, has pensado ¿por qué te sientes así?, o mejor ¿sabes quién eres?
             –¿En serio pasarás al olvido? ¿Tan difícil es ser un libro? –averigué preocupada.
             –Más difícil es ser una persona que no sabe lo que quiere, tranquila, todo estará bien, pero hoy no estamos hablando de mí, sino de ti, de lo que ocurre por esa loca cabecita –indicó Buch.
Me encanta como es Buch, a pesar de ser un poco raro es alguien bastante motivador, es genial tener a alguien como él, ojala yo fuese así.
             –Entonces, ¿Me contarás o seguimos hablando sobre la timidez en la acentuación? –preguntó inquieto.
          –Mis amigos son los más extrovertidos que jamás hayan existido, en cada fiesta, reunión o conversación saben cómo desenvolverse, pero yo, soy lo opuesto a ellos, no puedo ni siquiera decir un “hola” a alguien, sin sentir las piernas temblorosas y una increíble sudoración, es fatal lo que me pasa, por eso prefiero permanecer sola en lugares tranquilos y silenciosos.
             –Entonces tú eres una persona introvertida, ya entendí. Siendo sincero no tengo experiencia en cuanto a reuniones y esas cosas, sólo presto mi servicio a lectores como tú que quieren olvidarse del mundo por unos segundos o que desean ser el personaje de algunas de mis historias, pero no será tan difícil vencer ese miedo si tienes a la persona adecuada, en este caso al libro adecuado, así que espera –comentó Buch moviéndose.
             –Es decir… ¿tú me ayudarás? –pregunté
             –No exactamente, pero sí tengo la solución a todos tus problemas, ya vuelvo, quédate aquí –ordenó y se fue Buch corriendo.
Buch había salido, mientras que yo continuaba el ensayo, en lo que escribía pensé ¿Será que los tímidos nunca dejarán de ser tímidos? ¿Qué tan difícil es el mundo exterior?, en eso apareció Buch con dos manzanas.
–Yo te ayudaré a vencer la timidez, así que prepárate, ¡ah, toma!, conseguí esto para ti –me dijo  dándome  la manzana y comenzando a comerse la suya –fui a buscar un viejo libro, pero parece que quedó en el olvido también. Bueno comencemos: tengo algunos tips que te podrán ayudar, claro no será fácil, pero tampoco imposible, todo es poco a poco. Tienes que tener en cuenta quién eres, tus cualidades, qué te hace ser especial, luego no seas tan dura contigo cuando te equivoques, es de todos hacerlo, se auténtica, muestra quién eres y de qué estas hecha, muévete, mira a la persona, acostúmbrate a hablar en público, no pienses en la aceptación social, siempre habrá alguien que te querrá tal como eres y lo más importante no tengas miedo, sé positiva y hazlo –aconsejó Buch.
Estaba a punto de decir algo cuando Buch se levantó y me invitó a que lo persiguiese, vi tonto el juego, pero luego de un rato, la sala de lectura silenciosa se volvió un cuarto lleno de risas y juegos. Me divertí mucho esa tarde, jugamos hasta que nos cansamos, hacía muchísimo tiempo que no me sentía así.
Al final Buch manifestó: –Es hora de que apliques todo a tu vida, seguro tendrás más ideas para tu ensayo así que. ¿Quieres salir?
–Claro, muchas gracias por todo. Ahora sí, quiero salir –le aseguré
Me levanté,  tomé mis cosas, despidiéndome me acerqué a la puerta, me detuve, eché una mirada hacia atrás, corrí, agarré a Buch y lo llevé conmigo, no quería que pasase al olvido, lo abrí para leer sus historias al ojear su primera página comenzaba así: “¿Por qué será que la mayoría de los adultos no entienden a los adolescentes?  ¿Será que se saltaron la adolescencia?”

“CONTATE UN CUENTO XII” - Mención de Honor Categoria B: Un viaje por la literatura Por Enzo Denicolay, alumno de la E.E.S. N| 2 “Florentino Ameghino” de Tandil


Son ya las nueve de la noche, es domingo y terminé toda la tarea para mañana. Me dispongo a escribir. Tengo un máximo de cuatro páginas para relatar toda una pieza de arte expresada en prosa que, teniendo en cuenta mis renombradas “ramificación temaria” y “explayitis aguda”, significa un grave dilema de incontinencia de palabras, un definitivo hacinamiento de letras y signos sin control alguno.
Aún más problemas, mi pequeño trabajo debe estar listo antes de la cena, que ocurre generalmente a eso de las diez; y, sobre todo, estoy trabajando pero no sé qué escribir. En eso, cuando siento que la situación se pone peor y peor, pienso “para ganar hay que ser como los ganadores” y eso me inspira a nutrirme de los más grandes escritores. Para esto, por supuesto y sin lugar a dudas, me dirijo al internet. Escribo Jorge Luis Borges (el primero que se me viene a la mente) y el maravilloso Google, casi de forma inmediata, indubitable como siempre, me muestra su foto junto a la más breve biografía posible: “Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899-Ginebra, 14 de junio de 1986) fue un erudito escritor argentino, considerado uno de los más destacados de la literatura del siglo XX.” Sólo el nombre me dice LARGO, ABURRIDO, ¡NO LEAS MÁS! Así es que me dirijo nuevamente a la barra de búsqueda y anoto velozmente “relatos fantásticos de la historia”. De nuevo no demoro un instante en (como lo dijo Einstein) pasar de la desaparición de mi búsqueda a la llegada de la nueva y más reciente. Estoy ahora en el colegio de hechicería y magia de Hogwarts jugando Qudditch en compañía de un numeroso grupo sudado sobre escobas voladoras. Eso no pareció importarme demasiado, pero algo que si era realmente molesto me estaba colmando la paciencia, cosa difícil de lograr, y era el agresivamente musculoso entrenador y director del equipo que me exigía a gritos insistentes que comenzara a moverme. Esta petición era lógica en relación a su creencia de que yo era uno de sus jugadores y estaba, no sólo dejando el juego, sino también y lo que es peor estorbando por completo en medio del campo de aquel interesante deporte. Como ya mencioné, este tipo era de los más incansables y esmerados que jamás he visto, por lo que mi única reacción fue devolverle sus intimidantes gritos y salir del lugar. Para ser sincero voy a decir que HUBIERA reaccionado de tal manera, pero un completo tonto sin compasión me dio un contundente golpe repentino, apto para desmayar a cualquiera que me provocó una caída. Al tocar el suelo me vi envuelto en un nuevo problema, estaba frente a la pantalla otra vez. Esto me llevó a idealizar que lo anterior fue extraño. Tal vez no había tenido tiempo para darme cuenta antes.
Claro que mi emoción por estar viviendo una película era incontenible, pero hay en mi otra característica; soy totalmente resistente a todo, nunca me rindo y, sobre todo, tengo total control sobre lo irreprimible. Así es que el apuro no me dejó opción y me vi obligado a continuar en busca de inspiración. Ahora puedo agregar que no volvería a reflexionar en lo más mínimo cerca de la situación en la mente J.K.
Ya no necesito decir nada más para que se entienda y vuelva obvio que la fantasía no prometía ni lo haría por un tiempo. Por eso mismo recurro ahora a su más cercana pariente, la amada, galardonada, venerada, representada, escrita, filmada, actuada, escuchada, engrandecida y mejorada en el tiempo y sus diversas temáticas: la Ciencia Ficción.
En un tecleo temeroso, pero siempre seguro y apuradamente ágil, introduje brevemente “Ciencia Ficción”.  Dudé un poco recorriendo los títulos, no quería arriesgarme en ninguno, pero, finalmente me centré con un pequeño resto de vacilación en las azules y gigantescas letras que me cantaban a coro EL ASESINO (por Ray Bradbury).
Alcancé a leer (cada vez más tranquilo, en vista de que podía hacerlo sin extraños sucesos tan inolvidables como increíbles) “El asesino, relato escrito en 1953. Es seguramente el que más me ha impactado, por la simpleza de su mensaje y por su, sin embargo, ferviente actualidad” y antes de siquiera llegar al relato me encontré, otra vez, en esa horrible sensación de cambiar de realidad, porque no encuentro otra forma de llamar al repentino y muy brusco golpe universal que me provocaba tanto miedo como fascinación.
Así sucedió la segunda vez, estuve unos pocos minutos intentando comprender por qué hablaba con un completo loco que se acusaba a sí mismo culpable de un crimen que ni siquiera había cometido. Claro que nadie excepto el increíble Sherlock Holmes lo hubiera logrado con tan pocas pistas y, lo que es aún peor, no soy del todo imaginativo.
Así continué, entre realidades; todas y cada una menos interesante que la anterior. De la misma forma su transcurso me hacía aprender, como sea, dos cosas: me iba acostumbrando a la forma de desenvolverme en esos extraños mundos que poco o nada conocía. Y, por otro lado, entre más aprendo de estas historias solo sé que no sé nada que me sirva para el bendito cuento.
Anduve por el mundo entero, conocí Venecia y Florencia, Madrid, Estocolmo, Washington y Boston, Nueva York, Abu Dhabi, París. Me sorprendí con Versalles, el coliseo, el Partenón, también el Arco de Córdoba y la Torre de Pisa. Vi las siete maravillas y ninguna me pareció tan increíble como los Jardines Colgantes; sin dudas una genialidad. Comenzaba a disfrutarlo, ya no me molestaba ni un poco el choque de mundos.
De repente, por esas hermosas -como diría mi tía Marta- ILUMINACIONES DIVINAS que nos sobrevienen muy de vez en cuando pero con gran fuerza y notoriedad, me llegó una idea magistral. Era tanto el envión y el apuro que tenía que nunca se me ocurrió en lo más mínimo pensar que era muy desinteligente al no haber hecho esto antes. Fue glorioso darme cuenta de que podía VIVIR MI CUENTO FAVORITO. Así es, busqué la versión en español de una de las mejores novelas de Herbert George Wells y de la historia de la literatura de Ciencia Ficción. La que para mí es lejos la mejor novela: “La Máquina del Tiempo”. No tengo tiempo que perder en describir la historia ni su escritura, pero como sea, no es necesario hacerlo. Lo importante es, en realidad, que en menos de lo que Bartolito se demora en cacarear yo ya estaba accionando la palanca y comenzando a girar en medio de una nube gris de átomos y puro tiempo futuro.
Claro que mi relación con aquella historia es la que me llevó al personaje protagónico y también a la forma de actuar para alcanzar el final. Al terminar la apasionante narración llegué, incluso, a vivir el prólogo perdido, entre papel y pluma, del relato. Lo mantendré en secreto para respetar la voluntad del artista capaz de crear de la nada semejante obra.
Al fin –pensé– ya tengo mucha inspiración, un tema, un título, pasión, emoción, viajes en el tiempo (y, ¿qué mejor?); futuro y Apocalipsis. No había forma de arruinar ese espectacular momento; sin embargo, –siempre tiene que haber un, pero– al, apenas, trazar delicadamente el “viaje” de mi título EL VIAJERO DEL TIEMPO, sin haber podido siquiera empezar a contar como había acompañado fielmente a la marioneta de Wells en sus viajes –muy parecidos a los míos, pienso ahora– oí la voz de mi querida madre diciendo, como cada noche, con tono cantarín: Está la comida, ¡vamos que se enfría!

“CONTATE UN CUENTO XII” - Mención de Honor Categoría A: “El espejo” Por Sofia Grosz, alumna del Instituto Dante Alighieri de Bariloche


Era tarde, pero no lograba dormir. El silencio era absoluto, al igual que la oscuridad, hasta que encendí la luz de mi habitación.
Me senté al borde de la cama, metida en mis pensamientos. De repente, un impulso me surgió. Debía mirarme al espejo. No sabía porque, solo debía hacerlo.
Me paré y caminé hasta el baño. Otro lugar oscuro donde tuve que encender una luz. Ya frente al espejo, observé mi rostro. Dos ojos brillantes, el cabello despeinado, la nariz de siempre en la cara de siempre. Sí, era yo, pero algo no terminaba de convencerme.
Repasé todo otra vez. No lograba encontrar eso que me alarmaba. Quizá no estaba en mí, sino que era algo en el baño. Miré el reflejo. Algo en una esquina me sobresaltó. Volteé con el corazón latiéndome desenfrenado para notar que solo era una toalla.
Suspiré aliviada y decidí volver a dormir, al menos a intentarlo. Me recosté y pensé en mi película favorita. Repetí los diálogos una y otra vez. Eso me ayudaba a relajarme. Nada sirvió para calmarme, necesitaba saber que ocurría.
De vuelta en el baño, frente al espejo. Lo noté algo empañado, pero antes no estaba así. Lo froté con mi manga. Era extraño, no se limpiaba. Lo intenté de nuevo, con el mismo resultado. Tal vez algo de agua caliente serviría. Me mojé las manos y las pasé por la lisa y empañada superficie. De nuevo lo mismo, nada.
Bufé. Debía estar soñando. Solo a mí se me ocurrirían estas cosas tan extrañas y frustrantes. Me froté los ojos, estaba cansada, pero no lo suficiente como para irme a la cama. Comencé a tararear una canción. Fijé mi vista en el espejo nuevamente y lo encontré limpio. Genial, ahora podría ver qué ocurría. Apoyé mi mano, pero la saqué rápidamente. El reflejo no era el mío, podía asegurar que la otra mano era mucho más blanca. Respiré hondo y apoyé el dorso.
Una mano blanca como el papel, de venas azuladas y marcadas me asustó. Levanté la vista, esperando ver mis ojos abiertos como platos, pero quien me devolvió la mirada no era yo. Un rostro de palidez cadavérica y ojos oscuros y hundidos me sonrió. El miedo se esfumó como por arte de magia, y murmuré “hola”. Sus labios oscuros se movieron al ritmo de los míos, formando la misma palabra.
El sujeto me atraía, inexplicablemente. Apoyé mi frente en el cristal. Esperaba encontrarlo frío, pero no era así. Mi rostro atravesó la superficie y se sumergió en el espejo como si de agua se tratara. Intenté volver hacia atrás, manoteando, desesperada, pero el líquido me tragó. Traté, más mi voz no salía.
Estaba completamente desorientada, flotando en aquel negro mar que era el otro lado de mi espejo. Ni siquiera podía controlar mi rumbo, algo parecido a una corriente me arrastraba. Todo cambió repentinamente.
Aparecí sentada en un pequeño y cómodo sillón. Frente a mí, una mesita me separaba del individuo de cara pálida. Me ofreció una taza de té que no pude rechazar
- ¿Sos La Muerte? - pregunté, asustada.
- ¿Yo, La Muerte? - su voz era seca, gastada.
- ¿Qué hago acá?
- Te traje porque necesitaba ayuda. Esperé muchos años para esto, sos especial.
- ¿Ayuda para qué? - solo podía preguntar.
- Hay algo que quiero mostrarte… Por cierto, bienvenida a la dimensión oscura, o el otro lado del espejo, como prefieras. Siéntete como en casa, estarás aquí mucho tiempo - rió.
- ¿Mucho tiempo? ¡Tengo que volver! - comenzaba a angustiarme.
- Lo siento, no puedo dejarte ir otra vez.
- No entiendo…¿Otra vez?
- Sí... Voy a contarte una historia, pero no me interrumpas.
- Escucho.
Comenzó.
“Todo empezó cuando una niña apareció frente a las puertas del palacio. Hija de humanos, pero igual a nosotros. La recibieron y creció entre nuestra gente, sin ninguna diferencia. Al cumplir los dieciséis años, desapareció a través del espejo sin ningún motivo aparente. Esa niña sos vos, si no lo fueras no podrías haberme visto”
- Eso no puede ser -contesté- Yo crecí allá, con mis padres.
- Eso es lo que pasa cuando cruzas a la otra dimensión, empiezas desde cero.
- Todo esto… ¿Hace cuánto fue?
- En nuestro mundo, tres siglos. En el tuyo, solo dieciséis años.
No podía creerlo, estaba estupefacta.
- ¿Quieres una prueba?
Asentí con la cabeza.
Estiró su brazo y tomó mi mano. El frío me recorrió de punta a punta. Mi mano palideció primero, luego mi brazo, después todo mi cuerpo.
- ¿Ves? Sos de las nuestras.
La prueba era irrefutable.
- Tienes razón… ¿Debería quedarme?
- Sí, no podemos permitir que pasees entre los humanos.
Se alejó a la negrura infinita y yo lo seguí. Si hubiera podido oírlo susurrar, hubiera notado su “esta historia siempre funciona”.


“CONTATE UN CUENTO XII” - Mención de honor Categoría A: Infierno Sin fin Por Morella Perez Berber y Selene Agustina Canzini, alumnos de la E.E.S. N° 2 Florentino Ameghino” de Tandil


Me desperté cabeza abajo en el auto sobre la carretera. Recordé aquellas imágenes del accidente; las luces de frente, el derrape de las llantas y el tumbo del auto. Desabroché mi cinturón para caer sobre el techo del mismo, y salí del vehículo arrastrándome sobre los vidrios rotos del parabrisas. Noté algo extraño, no logré distinguir la marca que dejaron las llantas ni el coche con el que chocamos. Segundos después, me dí cuenta de que ni mis padres ni mi hermana se encontraban cerca. “Tal vez fueron a buscar ayuda mientras estaba inconsciente” - me dije para reducir mis constantes nervios. Esperé durante un largo rato que ellos regresasen, pero no tuve suerte. Al comprender que no volverían por mí, me dispuse a buscar un teléfono público o ayuda por la zona. Caminé y caminé, pero parecía que la ruta no tuviese un final. Oí un ruido proveniente del bosque. Me adentré en este y vi un chico,  estaba quejándose de dolor mientras se arrastraba hacia una vieja cabaña, decidí ayudarlo a ingresar en ella. Este muchacho era alto, como de un metro  ochenta. Su color de cabello era castaño claro y sus ojos, de un tono miel. También vestía una camisa blanca junto con un suéter. “Supongo que este es tu hogar “ – pensé y me dirigí hacia él para entablar una conversación y así distraerlo de aquel dolor, pero este simplemente no respondió
— Por cierto, me llamo Ethan, ¿y tú?
 —Cameron. Me llamo Cameron. Y gracias por traerme - exclamó sin interés. Comencé a buscar algo para curar sus heridas y regresé con él luego de unos momentos. El ambiente se tornó silencioso por un largo rato.
—¿Qué te pasó a ti? - interrogué con curiosidad.
 —Yo estaba en el otro auto.
—Pero, ¿qué?
—Sí, yo conducía el otro auto durante el choque.
—Un poco más de cuidado la próxima…
 —Yo vi a tus padres y a tu hermana -interrumpió sin prestarme atención.
—¿Cómo sabes quiénes eran?
Sin darme una respuesta, me tomó de la muñeca con algo de fuerza y me llevó hacia afuera. Nuevamente me encontraba sobre la carretera cuando noté un auto que se aproximaba a gran velocidad en dirección a nosotros, sin intenciones de detenerse. Cuando quise reaccionar, era demasiado tarde, Cameron me había empujado fuertemente hacia el camino. Antes de que aquel coche me pasara por encima, lo único que pude ver fue la sonrisa macabra que se había dibujado sobre su cara. Aquellos ojos que, anteriormente eran de un color miel, se habían convertido ahora en ventanas al mismísimo infierno.
Me desperté dado vuelta en el auto sobre la carretera, pero esta vez algo me sabía mal. Se me vino a la cabeza la sonrisa terrorífica y la mirada de aquella persona. Sentí un escalofrío y me dije “Seguro fue solamente una pesadilla” - intentando acabar con mi miedo. Un auto se acercó a gran velocidad, pero paró a unos cuantos metros de donde yo estaba, bajándose del mismo ni más ni menos que el chico de mi pesadilla, y a su lado, una chica algo extraña.
 —Hola Ethan, ¿Me extrañabas? - me preguntó con una voz perversa.
 —¡¿Quién eres y cómo me conoces?! - le grité en un tono asustado,  pero también con furia.
 —¡Soy Cameron! ¿Acaso ya no me recuerdas? - exclamó intentando parecer entristecido por ello 
— Ah, y ella, es Sue, la que te atropelló anteriormente.
—¿C-cómo?... Sue se acercó lentamente hacia mí con una navaja en mano.
Mientras  retrocedía vi  un pedazo de vidrio roto a mi alcance y rápidamente lo tomé para intentar defenderme, pero cuando quise darme cuenta ella ya estaba detrás apuñalándome a su vez. Caí al piso desangrándome.  Y antes de cerrar mis ojos observé aquella misma sonrisa más macabra que nunca, hasta que… Me desperté. Esta vez no me di tiempo para pensar en nada. Me dispuse a correr una vez fuera del vehículo. El mismo auto de antes me está persiguiendo. La ruta no tenía un final, sólo crecía delante de mi vista. Volteé hacia atrás y logré ver la cara ahora deforme de aquella muchacha, y al dar  vuelta mi vista para continuar corriendo, me encontré con Cameron, quien estaba frente a mí. Entre los dos intentaron acorralarme, pero yo empujé al chico con mi cuerpo, logrando que cayera al suelo.
Este dejó caer un cuchillo, el cual agarró y utilizó para enfrentarme a él.
 — ¡Espera! No querrás que revele tu secreto... No es así, ¿Ethan? - me preguntó, poniéndome nervioso.
— ¿Cuál secreto? - interrogué tembloroso.
 —Ya sabes, ese día en el que cometiste aquel asesinato. A no ser que también te hayas olvidado de eso, ¿Verdad?
—No sé de qué hablas…
 —Asesinaste a aquella chica atropellándola, tal y como hice contigo. Huiste como un cobarde sin enfrentar tus acciones. Tus padres te siguen amando, aunque seas un criminal. Porque ellos nunca lo supieron.
 No se me ocurrió mejor idea que negarlo todo, aunque este tuviese toda la razón. —¿Cómo sabes eso? - hablé algo confuso.
—Sólo voy a decir… -se levantó colocando sus manos detrás de su espalda - Bienvenido a tu infierno, Ethan – su expresión estaba  acompañada de esa misma sonrisa que tantos escalofríos me causaba.
De pronto, Sue me apuñaló nuevamente. Me desperté, pero esta vez ya estaban Sue y Cameron esperándome fuera del auto. Al salir del coche, tomé un trozo de vidrio. Me dirigí hacia ellos, noté que la chica  ahora tenía una forma muy extraña, ya ni parecía humana. Sus orejas eran cuernos, su espalda tenía dos grandes alas, su piel se tornó rojiza, sus dientes eran notoriamente grandes y su rostro, completamente desfigurado. Antes de que Sue pudiera apuñalarme, le arrebaté su cuchillo y me enfrentó cara a cara frente a Cameron.
—No sé cómo sabes, y tampoco me interesa saberlo, pero los dos sabemos que morirás.  Cameron sacó su arma y la insertó al costado de mi estómago, donde no había zona de peligro, pero yo lo hice justo en su pecho.
 —¡Bienvenido a tu infierno, idiota! -le grité por última vez.
—No tienes idea de lo que hiciste – aseguró mientras rió débilmente
— Al matarme, causaste tú mismo, tu infierno sin fin. —
El destello de un auto me despertó. Vi a mi lado a aquel monstruo, Sue, pero ahora tenía un aspecto normal. Me vi  en el espejo retrovisor. Ya no era yo, ahora mi cabello era de un tono castaño claro y mis ojos de color miel.
Por alguna razón, sonreí macabramente. Me espanté al notarlo, y por esto me bajé bruscamente del vehículo para echarme a correr hacia el bosque, pero me tropecé, Al caer se lastimó  mi pierna, haciéndome lanzar un grito de dolor. Divisé una cabaña cerca y me arrastré hacia ella. Luego, escuché cómo alguien se acercaba. Era ella, Alicia. Cuando estaba justo frente a mí, entendí que ahora debía atormentar a mi propia hermana.
—Ya llegamos, voy a buscar algo para sanarte - dijo mientras se ponía de pie. Regresó luego de un rato e intentó hablar conmigo, pero realmente no me interesaba.
—Me llamo Alicia, pero más bien me gusta que me digan Ali, ¿tú?
—Soy Cameron. - respondí casi sin ganas de hablar
. —¿Cómo te lastimaste?
—Me tropecé
—Oohh, yo estoy con mi auto averiado y no encuentro ayuda por ningún lado
—Sé donde hay un teléfono público. Vamos – dije y me levanté para luego tomarla de la muñeca y llevarla afuera. Nuevamente, me encontraba sobre la carretera y vi a Sue, quien estaba viniendo hacia nosotros a toda velocidad.

“CONTATE UN CUENTO XII”: Mención de Honor Categoría A- Si lo sueñas …se te cumplirá”- Por Melany Masmut y Dalma Olea, alumnas de la E.E.S.N° 10


“El ganador del Campeonato Mundial es… Damián García” - cuando iba levantando la copa recordé mi adolescencia, mis inicios …
Tenía frío, vivía en un galpón abandonado de la estación con tan sólo 14 años. Mi papá murió cuando ya era un bebé, en este entonces mi mamá se perdió totalmente. Perdimos la casa y no teníamos dinero. Mi mamá no tenía cómo criarme y entonces me abandonó en un galpón que desde ese momento fue mi hogar.
¡Amaba bailar!  El jazz era mi pasión. Me encantaría estudiar con Julio Boca, pensaba. Era muy fan de Hernán Piquín.  Mi vecina, que era muy amable, me regaló un tele y desde el día que lo vi bailando en Showmatch se convirtió en mi ídolo y ahí me estaba entregando la copa.
Ayudaba a un zapatero del barrio, ganaba poco dinero; pero era lo que me permitió sobrevivir  Comía porque me alimentaban en la escuela de enfrente de mi casa.
En el colegio mi profe de música me preguntó si me gustaba bailar,  yo le dije que sí y ella me habló de un club de jazz , me dio la dirección y fui.
 Al llegar me di cuenta que había que pagar, miré muy bolsillos y estaban vacíos y  decidí observar desde afuera.  Y desde entonces empecé a ir todos los días a mirar las clases y ensayar en la calle. Siempre me iba antes de que terminara la clase por miedo a que me descubrieran. Hasta que un día una chica se retiró más temprano Cuando la vi me enamoré de sus ojos color verde. Además bailaba muy lindo, pero me había descubierto ¡qué vergüenza!
 Empezamos a hablar,  me preguntó mi nombre y yo le dije
- Me llamo Damián y tengo 14 años ¿y tú?
_ Me llamó Jazmín y tengo 13¿ Por qué no entraste a la clase?¿ o no estás espiando?
_ Porque no me gusta bailar sólo pasaba por aquí
_ ¿ Y por qué no te gusta bailar?  Es un club hermoso y hay un lindo grupo
_ No sé bailar
_ Bueno me tengo que ir, pero si quieres puedes venir a la clase mañana, yo te invito
Al   día siguiente fui, Jazmín me recibió muy amablemente
_   Entra,  quiero que conozcas a alguien
_ Bueno
 Me llevó a conocer a la profesora y al grupo
_ Hola Mi nombre es Estela,  soy la profesora de ellas y la madre de Jazmín y tú cómo te llamas
_   Me llamo Damián
_ ¿Quieres participar de la clase?
_ Pero no tengo dinero
_ No importa Puedes mirar si quieres
_ Bueno
 Me senté y vi que todos bailaban muy bien. Cuando me di cuenta yo los estaba imitando,   la profesora y Jazmín me vieron, las sorprendí
_ ¡Qué hermoso bailas! ¿pero no era que no sabía?
_ Si Discúlpame te mentí porque me daba vergüenza decirte que no tenía nada para pagar el club
_   A partir de hoy eres nuestro invitado
 Empecé a ir todos los días a ensayar y aprendí muchos pasos nuevos… Desde ese momento el Jazz fue mi pasión. 
…Ahora con mis 33 años Jazmín, la chica de ojos verdes y hermosos de la cual me enamoré es mi esposa y disfruta de mis triunfos. Al verme levantar la copa corrió a abrazarme y luego la besé.
 Por eso les digo, si lo sueñas, esfuérzate y lo lograrás, seas rico, seas pobre, niño o adulto,  nunca te rindas

domingo, 1 de marzo de 2020

Discurso de Marco Antonio ante el cadáver de César (De “Julio César” de Shakespeare)


¡Amigos, romanos, compatriotas, prestadme atención! ¡Vengo a inhumar a César, no a ensalzarle! El mal que hacen los hombres perdura sobre su memoria. Frecuentemente el bien queda sepultado con sus huesos. ¡Sea así con César! El noble Bruto os ha dicho que César era ambicioso. Si lo fue, era la suya una falta grave, y gravemente la ha pagado. Con la venia de Bruto y los demás, pues Bruto es un hombre honrado, como son todos ellos, hombres todos honrados, vengo a hablar en el funeral de César.
Era mi amigo, para mí leal y sincero; pero Bruto dice que era ambicioso. Y
Bruto es un hombre honrado. Infinitos cautivos trajo a Roma, cuyos rescates llenaron el tesoro público. ¿Parecía eso ambición en César? Siempre que los pobres dejaban oír su voz lastimera, César lloraba. ¡La ambición debería ser de una sustancia más dura! No obstante, Bruto dice que era ambicioso, y Bruto es un hombre honrado. Todos visteis que en las Lupercales le presenté tres veces una corona real, y la rechazó tres veces.
¿Era esto ambición? No obstante, Bruto dice que era ambicioso, y, ciertamente, es un hombre honrado. No hablo para desaprobar lo que Bruto habló. Pero estoy aquí para decir lo que sé. Todos le amasteis alguna vez, y no sin causa. ¿Qué razón, entonces, os detiene ahora para no llevarle luto? ¡Oh raciocinio! Has ido a buscar asilo en los irracionales, pues los hombres han perdido la razón… ¡Perdonadme un momento! Mi corazón está ahí, en ese féretro, con César, y he de detenerme hasta que torne a mí."

(Los ciudadanos hablan entre sí dando la razón a Antonio)

"Ayer todavía, la palabra de César hubiera podido prevalecer contra el universo. Ahora yace ahí, y nadie hay tan humilde que le reverencie. ¡Oh señores! Si estuviera dispuesto a excitar al motín y a la cólera a vuestras mentes y corazones, sería injusto con Bruto y con Casio, quienes, como todos sabéis, son hombres honrados. ¡No quiero ser injusto con ellos! Prefiero serlo con el muerto, conmigo y con vosotros, antes que con esos hombres tan honrados. Pero he aquí un pergamino con el sello de César. Lo hallé en su gabinete, y en su testamento ¡Oiga el pueblo ésta su [última] voluntad (aunque con vuestro permiso, no me propongo leerlo), e irá a besar las heridas de César muerto y a empapar sus pañuelos en su sagrada sangre! ¡Sí! ¡Reclamará un cabello suyo como reliquia y, al morir, lo transmitirá por testamento como un rico legado a su posteridad! "

(Los ciudadanos exigen conocer el testamento de César)

"¡Sed pacientes, amables amigos! ¡No debo leerlo! No es conveniente que sepáis hasta qué extremo os amó César. Pues siendo hombres, al oír el testamento de César os enfureceríais llenos de desesperación. Así, no es bueno haceros saber que os instituye sus herederos, pues, si lo supierais, ¡Oh! ¿Qué no habría de acontecer?"

(Más voces exigiendo la lectura del testamento)

"¿Tendréis paciencia? ¿Permaneceréis un momento en calma? He ido demasiado lejos en deciros esto. Temo agraviar a los honrados hombres cuyos puñales traspasaron a César. ¡Lo temo!"

(Siguen las exigencias de los ciudadanos)
"¿Queréis obligarme, entonces, a leer el testamento? Pues bien, formar círculo en torno al cadáver de César y dejadme mostraros al que hizo el testamento. ¿Descenderé? ¿Me dais vuestro permiso?"

(Baja de la tribuna y se sitúa junto al catafalco con los despojos de César)

"Si tenéis lágrimas, disponeos ahora a verterlas. ¡Todos conocéis este manto! Recuerdo cuando César lo estrenó. Era una tarde de estío, en su tienda, el día que venció a los nervios. ¡Mirad: por aquí penetró el puñal de Casio! ¡Ved qué brecha abrió el envidioso Casca! ¡Por esta otra le hirió su muy amado Bruto! ¡Y al retirar su maldecido acero, observad cómo la sangre de César parece haberse lanzado en pos de él, como para asegurarse de si era o no Bruto el que tan inhumanamente abría la puerta! Porque Bruto, como sabéis, era el ángel de César. ¡Juzgad, oh dioses, con qué ternura le amaba César! Ese fue el golpe más cruel de todos, pues cuando el noble César vio que él también le hería, la ingratitud, más potente que los brazos de los traidores, lo anonadó completamente. Entonces estalló su poderoso corazón y, cubriéndose el rostro con el manto, el gran César cayó a los pies de la estatua de Pompeyo que se inundó chorreando sangre… ¡Oh, qué caída, compatriotas! En aquel momento, yo y vosotros y todos, caímos, y la traición sangrienta triunfó sobre nosotros. Oh, ahora lloráis, y percibo sentir en vosotros la impresión de la piedad. Esas lágrimas son generosas ¡Almas compasivas!
 ¿Por qué lloráis, cuando aún no sabéis visto más que la desgarrada vestidura de César? ¡Mirad aquí! ¡Aquí está él mismo, desfigurado, como veis, por los traidores! "

(Los ciudadanos claman venganza)

"Buenos amigos, apreciables amigos, no os excite yo con esa repentina explosión de tumulto. Los que han consumado esta acción son hombres dignos. ¿Qué secretos agravios tenían para hacerlo? ¡Ay, lo ignoro! Ellos son sensatos y honorables, y no dudo que os darán razones. ¡Yo no vengo, amigos, a concitar vuestras pasiones! Yo no soy orador como Bruto, sino como todos sabéis, un hombre franco y sencillo, que amaba a su amigo, y esto lo saben bien los que públicamente me dieron licencia para hablar de él. Porque no tengo ni talento, ni elocuencia, ni mérito, ni estilo, ni ademanes, ni el poder de la oratoria, que enardece la sangre de los hombres. Hablo llanamente y no os digo sino lo que todos conocéis. Os muestro las heridas del bondadoso César, pobres, pobres bocas mudas, y les pido que ellas hablen por mí. Pues si yo fuera Bruto y Bruto Antonio, ese Antonio exasperaría vuestras almas y pondría una lengua en cada herida de César capaz de conmover y levantar en motín las piedras de Roma. "

(El público quiere oír el testamento)

"Aquí está, y con el sello de César. A cada ciudadano de Roma, a cada hombre, individualmente, lega setenta y cinco dracmas."

(Voces de satisfacción)

"Os lega, además, todos sus paseos, sus quintas particulares y sus jardines recién plantados a este lado del Tíber. Los deja a perpetuidad a vosotros y a vuestros herederos como parques públicos para que os paseéis y recreéis ¡Este era un César! ¿Cuándo tendréis otro semejante?"

(Los ciudadanos deciden incinerar allí mismo el cadáver de César y, con esas llamas, prender antorchas para incendiar las casas de los traidores)

"¡Ahora prosiga la obra! ¡Maldad, ya estás en pie! ¡Toma el curso que quieras!"