…Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras
las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las
adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las
inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto
caen… Vocablos amados… Brillan como perlas de colores, saltan como platinados
peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan
hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando
van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato,
las siento cristalinas, vibrantes ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas,
como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me
las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como
estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como
restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea
entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se
sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le
obedeció. Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo
que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de
patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el
féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Qué buen idioma el mío, qué
buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Estos andaban a zancadas
por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas,
butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel
apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con
religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus
grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los
bárbaros se les caían de la tierra de las barbas, de las herraduras, como
piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el
idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el
oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.
¡Bienvenidos! Este blog de literatura está abierto a todo tipo de lectores. Quienes lo hacemos no tenemos otra motivación que el de compartir la lectura de las obras de escritores de todos los tiempos, así como también las de aquellos que se inician y también merecen difusión.
miércoles, 15 de abril de 2020
domingo, 29 de marzo de 2020
La gloria de dios de la naturaleza - Por Gellert
Los cielos se jactan de gloria eterna;
Tu sonido propaga
su nombre.
La tierra lo alaba, los mares lo alaban;
¡Escucha, oh
hombre, palabra divina!
¿Quién lleva al cielo innumerables estrellas?
¿Quién saca al Sol
de su tienda?
Viene y brilla y se ríe de nosotros desde lejos
Y corre de
inmediato como un héroe.
Escúchalo y mira las maravillas de las obras.
¡Qué naturaleza te
preparó!
Anuncia sabiduría, orden y fuerza.
¿A ti no el Señor,
el Señor del mundo?
¿Puedes innumerables ejércitos de seres?
¿Mirando el polvo
más pequeño sin sentir?
¿Por quién pasa todo? ¡Oh, dale el honor!
El Señor me llama,
debes confiar en mí.
Lo mío es poder, lo mío es cielo y tierra;
Me conoces por mis
trabajos.
Soy y seré quien seré
Tu Dios y Padre
para siempre.
Soy tu creador, soy sabiduría y amabilidad.
Un dios del orden y
tu salvación;
Soy yo! Ámame con todo mi corazón
Y toma parte en mi
gracia.
Poemas de Rafael Serrano Ruiz (Extraídas de su libro “La mujer de la taza de café”)
Una pregunta
Quien eres tú
que a convencerme viene
de la ilusión de la vida
y generosidad de la muerte?
¿Quien eres tú que
pernoctante llegas
y cargado de inquietudes
me desvelas?
Tiempo que viene, llega…
tiempo cargado de inquietudes.
¡Tiempo que vuela!
Y en la noche,
al despertar,
las ideas permanecen
Inquietantes…
sin poderlo remediar.
Déjame en mi velar
manteniendo mi entereza…
aún hay mucho caminar.
Mas si la calma me falla
me puedo desesperar
permaneciendo intranquilo
hasta el alborear.
Interiores
¡Capta!
¡Capta cerebro
donde bullen las ideas!
Sopa de incertidumbres…
amasijo de sofismas,
revoltijo de pasiones,
plenitud de chascarrillos,
Alucinaciones…
Cual pescador,
caña en ristre
Intentas captar la vida…
los deseos,
los porqués.
Cosas logras discernir
sin aclarar conceptos…
¡Lo tenía!… ¡se escapó!
Y así uno y otro día
buscando en lo que llegó
El guerrero
A Francisco
Hojas secas de la vida
curtidos en mil historias…
siete van caminando.
Luceros del alba,
guerreros sin armas…
seis siguen andando,
el que cayó…
queda esperando.
Guerreros del tiempo
en batalla perdida
Miradas que buscan…
miradas que ignoran
¿Quien será el siguiente
en la despedida?.
Caminante de la vida
Caminamos por la vida
entre el vivir y el soñar.
Caminos llenos de rosas
con espinas y maldad.
Las rosas tienen perfume
de amor y felicidad.
Las espinas dolorosas
nos despiertan del soñar.
Caminamos buscando…
soñando felicidad,
sueño vano,
fuego fatuo
que oculta la realidad.
Morimos como nacemos
sin podernos encontrar
La imagen
En la esquina de mi calle
una farola ilumina el lugar.
Luz amarilla, espectral.
El sereno, con su chuzo
marcando las horas va
¡Las doce en punto y sereno!
todo en calma en el lugar.
Una pareja se arrulla
en lo oscuro de un portal
Si, te quiero,
¡como lo puedes dudar!
Vamos …que se hace tarde…
lo tenemos que dejar.
Y entre besos y jadeos
abandonan el lugar.
Una farola en la esquina
Iluminada por gas…
imagen de un mundo antiguo
Que siempre perdurará…
Tal vez
Llega la primera lluvia de Mayo,
esa que humedece tus cabellos
y ensalza la atrayente jugosidad,
la almibarada dulzura, de tus labios
en la neblina del día,
Y tu no llegas.
Viste la tierra sus mejore galas,
verdes y amarillos, pétalos y corolas
adornan su vestido con embriagador perfume…
renacer de vida y de esperanzas
y tu no llegas.
Sueños de caricias.
Despertar en tus labios
recorriendo profundas serranías.
Manos que descubren valles y riscos
entre insinuantes transparencias
revelando una bandada de antojos intuidos.
En el aroma de tus especiados poros,
aunque mi piel no te sienta,
en el despertar de mis profundos deseos,
en la no existencia de la caricia…
te espero…
Y tu no llegas
Y la espera se alarga
Y la espera agoniza
Y tu no llegas.
Hablando con mis fantasmas
Noche oscura hacedora de sueños.
Excitante duermevela en
amasijo de ideas reales o inventadas
donde cohabitan fantasmas…
de tiempos pasados.
Perdido en un sueño excitante,
vienen y van
amores queridos,
mujeres soñadas…
quereres fallidos.
Y allí, en el centro del caos,
en el limbo involuntario,
caracolillo angustioso
de imposible solución,
emana clara tu imagen.
Quiero hablarte,
sentirte a mi lado,
hablar de perdones …
de tiempos pasados.
Tiempo vano de imposibles,
te escapas sin poderlo remediar…
y de nuevo, una vez mas
viviendo en mi conciencia quedarás.
miércoles, 25 de marzo de 2020
La moral en la profesión de las letras – Por R.L. Stevenson
La profesión de las letras ha sido recientemente objeto de
debate en la prensa, y debatida, por ponerlo en términos suaves, desde una postura
calculada para sorprender a hombres cultos y provocar el menosprecio general
hacia los libros y la lectura. Concretamente, hace algún tiempo un escritor
popular [Mr. James Payn], vitalista y ameno, dedicó un ensayo, vitalista y
ameno como él, a ofrecer una alentadora panorámica de su profesión. Nos alegra
que la experiencia fuese tan grata y cabe esperar que los demás, todos cuantos
lo merezcan, sean tan generosamente recompensados; pero no creo que en modo
alguno deba alegrarnos que un asunto de tanta importancia para nosotros como
para el público sea debatido por razones puramente crematísticas. En cualquier
quehacer bajo el cielo no es la remuneración la única ni, a decir verdad,
tampoco la primera cuestión. Que uno siga existiendo es asunto de su sola
incumbencia; pero que su trabajo haya de ser honesto, y en segundo lugar útil,
es algo que toca ya al honor y a la moral. Si el escritor a que me refiero
consigue persuadir a un determinado número de jóvenes para que adopten su modo
de vida con la vista puesta únicamente en el pan, cabe inducir que sus obras
sólo busquen un beneficio y esperar, en consecuencia, si aquél me perdona
tantos epítetos, una literatura falsa, vacía, vulgar y desaliñada. No hablo de
este escritor como tal; es diligente, correcto y afable; todos le debemos
momentos de entretenimiento, y se ha ganado merecidamente su atractiva
popularidad. Pero lo cierto es que no mira su profesión, tampoco cuando la
abrazó por primera vez, con una óptica puramente mercenaria. Puedo aventurar que
se sumergió en ella, si no con un noble designio, al menos con el entusiasmo
del primer amor; y su ejecución fue motivo de placer mucho antes de pararse a
calcular el salario. Días atrás, un autor admirado por su obra, de calidad
indudable y, a sus ojos, excepcional, respondió en términos propios de un
viajante de comercio que, dado que su libro no se vendía con rapidez, él no le
concedía el valor de un real. No se piense que la persona a quien la respuesta
iba dirigida la recibió como una profesión de fe; en todo caso sabía que se
trataba de una irritación pasajera; de la misma forma que cuando un escritor
respetable habla de literatura como de un modo de vida, semejante al del
zapatero, aunque no de tanta utilidad, sabemos que sólo está planteando un aspecto
de la cuestión, mientras es claramente consciente de una docena de ellos más
importantes y que atañen más directamente al asunto que le ocupa. Pero aunque
los que comercian con la literatura con este espíritu cicatero en lo pequeño y
pródigo en virtud posean también mejores luces, no se sigue que su comercio sea
decente o instructivo para su prójimo o para ellos mismos. La primera
obligación del escritor es abordar cualquier tema con un espíritu, el más
elevado, noble y valeroso, fiel a los hechos. Si está bien retribuido, como me
agrada saber que lo está, esta obligación se hace más ineludible, su
incumplimiento aún más deshonroso. Y tal vez no exista ningún capítulo del que
el hombre deba hablar tan seriamente como la actividad, sea cual fuere, que constituye
la ocupación y el placer de su vida; la herramienta con que obtiene ganancias o
rinde servicios; y que, de ser indigna, se hace sentir cual íncubo de mudas y
avarientas entrañas sobre los hombros de la humanidad laboriosa. Forzar
siquiera la nota sobre este punto podría inclinar la balanza a favor de la
virtud. Es de esperar que una numerosa y emprendedora generación de escritores
suceda y supere a la actual, pero mejor sería frenar la corriente y que la
nómina de nuestros viejos y honestos libros ingleses se cerrase antes de que
impresores codiciosos continuaran envileciendo una noble tradición y rebajando
a sus propios ojos una raza famosa. Mejor dejar nuestros silenciosos templos
vacíos que llenarlos de sacerdotes venales y fulleros.
Dos elementos concurren en la elección de cualquier forma de
vida: el primero, el gusto innato del elector; el segundo, que la actividad
elegida sea especialmente útil. Como cualquier otro arte, la literatura reviste
singular interés para el artista, y, en un grado que le es peculiar entre las
demás, es útil a la humanidad. Ambas son justificación bastante para el hombre
o la mujer que la adopta como quehacer de su vida. No me extenderé sobre el
asunto de los salarios. El escritor puede vivir de la literatura. Si no con
tanto lujo como dedicándose a otros oficios, con menos. La naturaleza del
trabajo que realiza durante el día contribuye a su felicidad más que la calidad
de los alimentos que toma por la noche. Sea cual fuere su vocación y por mucho
que al año le reporte, uno sabe de sobra que ganaría aún más engañando. Todos
tendemos a dar excesiva importancia a la posibilidad de pasar estrecheces; pero
tales consideraciones no debieran influir en la elección de aquello que ocupe o
justifique buena parte de nuestra existencia; y como el patriota, el misionero
o el filósofo, debemos elegir la profesión noble y sencilla en que sirvamos
mejor a la humanidad. La naturaleza, si se sigue con fidelidad, es madre
previsora. Una debilidad por el tintineo de las palabras lleva a un muchacho a
entregarse de por vida a las letras; con el tiempo, cuando adquiere mayor
gravedad, descubre haber elegido mejor de lo que pensara; descubre que si gana
poco, lo gana con creces; si recibe un salario escaso, su posición le permite
prestar considerables servicios; que en alguna medida está en sus manos
proteger al oprimido y erigirse en defensor de la verdad. El mundo está tan
amablemente organizado, son tales los bienes que pueden derivarse de un adarme
de confianza en uno mismo y tal es, en particular, la buena estrella de este
oficio de escribir, que deberían combinarse placer y ganancia para ambas
partes, y ser a la par tan placentero como tocar el violín y tan útil como un
buen sermón.
Nos estamos refiriendo a la literatura seria; y con los cuatro
grandes de nuestros mayores a quienes todavía rendimos admiración y respeto,
con Carlyle, Ruskin, Browning y Tennyson ante nosotros, sería cobarde
considerarla de entrada desde una perspectiva menor. Aunque no podamos seguir a
estos atletas, aunque ninguno de nosotros sea tal vez demasiado vigoroso, sabio
u original, sostengo que con cualquier obra literaria, por humilde que sea, nos
cabe hacer mucho bien o causar mucho daño. Puede que sólo deseemos complacer;
es posible que, a falta de mejores luces, nos conformemos con satisfacer la
ociosa y efímera curiosidad de nuestros contemporáneos; y es posible asimismo
que tratemos, aunque sea tímidamente, de instruir. En cualquiera de los tres
casos hemos de comerciar con ese insigne arte de las palabras que, al ser el
dialecto de la vida, penetra fácil y poderosamente en el espíritu de los
hombres; y siendo así, en cada una de estas facetas contribuimos a alimentar la
suma de sentimientos y de opiniones que se conocen bajo el nombre de opinión
pública o sentimiento popular. En estos tiempos de prensa diaria, el índice de
lectura de una nación modifica considerablemente su índice de expresión oral; y
ambas, la lectura y el habla, constituyen el medio más eficaz de educar a la
juventud. Un hombre o una mujer virtuosos pueden retener a cualquier joven
durante un tiempo en una atmósfera sana; pero a la postre, es el ambiente
contemporáneo el que domina sobre el común de las medianías. La frecuente
vileza corintia del periodista americano o del croniqueur parisiense, tan
fácilmente digerible ejerce una influencia negativa incalculable; tocan todos
los asuntos, y todos con la misma mano egoísta; inician a las cabezas jóvenes e
inexpertas en un espíritu indigno; surten a las mentes romas de citas
punzantes. El volumen de estas feas preocupaciones desborda el de las escasas
intervenciones de los grandes hombres; el desprecio, el egoísmo y la cobardía
se desparraman en grandes hojas sobre las mesas en tanto que su antídoto, en
pequeños volúmenes, reposa intacto sobre las estanterías. He aludido a los
americanos y a los franceses no porque sean más viles, cuanto por ser más
legibles que los ingleses; el daño que causan es más efectivo: en América,
debido a las masas; en Francia, al escaso número de lectores; pero también entre
nosotros se descuidan diariamente las servidumbres de la literatura,
diariamente se suprime o tergiversa la verdad y diariamente se degrada el
tratamiento de los asuntos importantes. No se considera al periodista como un
funcionario serio; pero estimad el bien que podría hacer por el daño que hace;
valga un solo ejemplo: el hecho de que cuando, en un mismo día, dos periódicos
de tendencia política opuesta vocean abiertamente una noticia determinada en
interés de su propio partido, nos sonreímos del descubrimiento (¡ya no es tal
descubrimiento!) como si se tratara de un buen chiste o de una estratagema
excusable. Mentir tan descaradamente apenas es mentir, es cierto; pero una de
las enseñanzas que profesamos transmitir a los jóvenes es el respeto a la verdad;
y no creo que semejante formación se vea coronada por el éxito mientras algunos
de nosotros cultivemos y el resto apruebe sin el menor reparo la falsedad
pública.
Dos obligaciones incumben a todo aquel que se adentre en el
mundo de la escritura: fidelidad a los hechos y vigor en el tratamiento. En
cualquier terreno literario, por humilde que sea para merecer tal nombre, la
fidelidad a los hechos es de vital importancia para la formación y el bienestar
de la humanidad, y tan difícil de guardar que el fiel que lo intente prestará
con ello cierta dignidad a su ser de hombre. Nuestros juicios se fundan en dos
elementos: primero, en las experiencias consustanciales a nuestra alma; pero en
segundo lugar, en los testimonios de la naturaleza de Dios del hombre y del
Universo que de forma diversa nos llegan desde el exterior. Estas formas
diversas pueden en su mayoría reducirse a una sola, ya que todo lo que
aprendemos del pasado y mucho de lo que aprendemos de nuestro tiempo nos llega
a través de los libros y de los periódicos, e incluso aquellos que no saben
leer aprenden de segunda mano gracias a esas mismas fuentes o a la información
de los que saben. De ahí que la suma de conocimientos o de ignorancia
contemporáneos del bien y del mal sea, en buena medida, obra de los que
escriben. Por fuerza han de advertir que el conocimiento de todo ser humano
responde, en tanto en cuanto sepan comprobarlo, a las circunstancias de su
vida; que ninguno se considera un ángel o un monstruo; ni tiene el mundo por un
infierno; y tampoco da en creer que todos los derechos se reducen a los de su
país y su casta, y todas las verdades a su credo de parroquia. Todo hombre ha
de conocerse a sí mismo para poder así enmendarse; ha de enseñársele lo que hay
fuera de él para que sea bondadoso con su prójimo. Nunca será un error decirle
la verdad, pues en su delicada situación, tejiendo con el paso del tiempo su
propia teoría de la vida, gobernándose a sí mismo, o alentando y reprobando a
los otros, cualquier pormenor tiene singular importancia para su conducta; y
aun si un hecho determinado le desalienta y corrompe, siempre será mejor que lo
sepa; pues en este mundo tal cual es, y no en un mundo más fácil merced a las
censuras de su formación, debe recorrer su camino hacia la ignominia o la gloria.
En suma, siempre es ocioso mentir; y nunca será acertado escamotear la verdad.
Acaso sea precisamente aquello que omitimos lo que alguna persona necesitaba,
porque lo que para uno sirve de medicina es para otro un veneno, y he conocido
hombres que se han sentido confortados por la lectura del Candide. Todo hecho
forma parte del gran rompecabezas que nos corresponde construir; y nada se pone
abiertamente en el camino del escritor que no guarde alguna relación sutil,
imperceptible para él, con el alcance y la totalidad de su objeto. Con todo,
ciertos elementos son infinitamente más necesarios que otros y con ellos debe
contender la literatura en primerísimo lugar. No es difícil distinguirlos, ya
que la naturaleza, una vez más, actúa de guía; y los elementos necesarios
debido a su eficacia son aquellos que revisten mayor interés para el espíritu
natural del hombre. Aquellos coloreados, humanos, pintorescos, y enraizados en
la moral, y aquellos otros claros, indiscutibles, que forman parte de la
ciencia, son por sí mismos de capital importancia, seducen por su interés y
resulta útil transmitirlos. Mientras el escritor se limite a narrar, habría de
hablar principalmente de éstos. Hablar de los elementos amables, hermosos y
sanos de nuestra existencia; y sin escatimar en su relación los males y
tristezas de nuestro tiempo, conmovernos mediante ejemplos; aludir a las gentes
sabias y virtuosas del pasado, emocionarnos mediante analogías; y de todos
ellos habría de hablar con sobriedad y franqueza, sin glosar defectos, para que
no desconfiemos de nosotros mismos y nos hagamos exigentes con nuestro prójimo.
Por ello la literatura contemporánea, aunque efímera y frágil, mueve en la
sensibilidad de los hombres los resortes del pensamiento y la bondad, y les
sirve de apoyo (pues es fácil apoyar a quienes emprenden el viaje) en su camino
hacia la justicia y la verdad. Y si en modo alguno produce este efecto, ¡cuánto
más podría hacerse de quererlo los escritores! Ninguna biografía de cuantas se
recogen en los anales del pasado dejará, si es debidamente estudiada, de
sugerir o prestar ayuda a algún contemporáneo. Y no existe ninguna encrucijada
en los asuntos actuales de la que todavía no pueda decirse algo útil. Incluso
el periodista cumple una función y, con una mirada lúcida y un lenguaje
sencillo, puede revelar injusticias y señalar el camino hacia el progreso. Por
último: en todo relato hay una sola manera de mostrarse inteligente, y es
siendo preciso. La vivacidad es una virtud secundaria que presupone la primera;
pues producir vívidamente una impresión falsa sólo es hacer más conspicuo el
fracaso.
No obstante, un suceso puede contemplarse desde distintos
puntos de vista; puede ser referido con ira, lágrimas, risas, indiferencia o
admiración, y el relato, en consonancia con estos sentimientos, se convertirá
en algo distinto. Los periódicos que en su día informaron sobre el regreso de
nuestros representantes en Berlín, aun cuando no difirieran en los hechos como
tales, se apartaron unos de otros considerablemente en su espíritu; de tal modo
que una de las descripciones fue una segunda ovación y la otra un insulto
prolongado. En toda obra literaria el argumento es un factor trivial, y el
punto de mira del escritor, por ser menos discutible, es mucho más importante
que cualquier otro. Ahora bien, este espíritu que anima el argumento,
importante en todo género de obras literarias, adquiere máximo relieve en las
obras de ficción, meditación o alabanza; pues no sólo les da color, sino que
también selecciona los pormenores; no sólo modifica, sino que conforma la obra.
De ahí que en una vastísima extensión del terreno literario la cordura o la
demencia del escritor, o un pasajero talante humorístico, constituyan no sólo
las líneas maestras de su obra sino también lo único que, en rigor, puede
comunicarnos. En su sentido más amplio, toda obra de arte transmite primero la
actitud del autor, sin menoscabo de que en ella se halle implícita toda una
experiencia y una teoría de la vida. El autor que ha mendigado su pensamiento y
reposa en una fe de estrechas miras no puede, aunque quiera, expresar la
totalidad o siquiera diversas facetas de esta variada existencia; pues,
llevando una vida limitada, no admite algunas en su teoría, del mismo modo que
sólo de forma imprecisa y desganada las reconoció en su experiencia. De ahí la
inhumanidad, ruindad y bajeza de las obras religiosas sectarias; de ahí las
limitaciones, afines aunque diferentes, de las obras inspiradas por el espíritu
de la carne o por ese gusto detestable por la alta sociedad. Por ello la
primera obligación del hombre que se ponga a escribir es intelectual. A
sabiendas o no, se ha constituido en guía de la inteligencia de los hombres, y
debe procurar conservar la suya ágil, generosa y lúcida. Todo, salvo los
prejuicios, debe tener en él un portavoz; debe ver el lado bueno de las cosas;
guardar silencio cuando sospecha que no comprende algo cabalmente; y reconocer
desde el principio que sólo tiene una herramienta en su taller, y esa
herramienta es la solidaridad. [El ejemplo admirable para todos los escritores
jóvenes de la generosa solidaridad literaria de Swinburne merece, cuando menos,
una nota. No vacila en reconocer el mérito, ya en Dickens o en Trollope, ya en
Villon, Milton o Pope. Esta es la actitud en la cual deberíamos todos
perseverar no sólo en la crítica, sino también en todas las facetas de la
actividad literaria.]
La segunda obligación, más difícil de precisar, es de orden
moral. A la mente afluyen mil humores diferentes en torno a los cuales, cuando
se destacan, tiende a sedimentarse alguna forma de literatura. ¿Debe permitirse
esto? Ciertamente no en todos los casos, pero sí en más de los que los puristas
quisieran. Sería de desear que toda obra literaria, y especialmente toda obra
de arte, surgiera de impulsos racionales, humanos, vigorosos y saludables,
fueran cómicos o trágicos, religiosos, humorísticos o románticos. Con todo, es
innegable que muchos libros valiosos son parcialmente demenciales; algunos,
sobre todo religiosos, parcialmente inhumanos; y muchos tienen un cariz malsano
e impotente. No odiamos una obra maestra porque nos protejamos de sus máculas.
A fin de cuentas, no buscamos sus defectos, sino sus virtudes. Ningún libro es
perfecto, ni siquiera en su concepción; pero muchos causan las delicias del lector,
le hacen mejor y le reconfortan. Los salmos hebreos constituyen la única poesía
religiosa que ha existido sobre la faz de la Tierra; sin embargo, sus salidas
de tono hieden a hombre de carne y hueso. Alfred de Musset era una naturaleza
retorcida y venenosa; cuando le acuso de tener un mal fondo, me limito a citar
a ese frívolo y generoso gigante, el viejo Dumas; empero, cuando le impulsaba a
escribir un sentimiento estrictamente creativo, podía ofrecernos obras como
Carmosine o Fantasio, en las cuales se diría que había vuelto a encontrar, para
pulsarla y deleitarnos, la última nota de la comedia romántica. Tengo para mí
que cuando Flaubert escribió Madame Bovary pensaba principalmente en una
especie de realismo malsano; pero ¡ved cómo en sus manos el libro se convirtió
en una obra maestra de sobrecogedora moralidad! Y lo cierto es que cuando un
libro se concibe en un estado de tensión extrema, con el alma a nueve veces su
potencia, nueve veces encendida y electrizada por el esfuerzo, nuestra condición
es aprehendida con tanta amplitud que, por más que el diseño principal pueda
ser trivial o mezquino, no deja de transmitir alguna verdad o belleza. La
dulzura se desprende de la fuerza; pero una idea mediocre mal ejecutada es
mediocre de principio a fin. Y esto no alentará a amanuenses patizambos, de
muñeca frágil, que deben tomarse su trabajo a conciencia o avergonzarse de
practicarlo.
El hombre es imperfecto; mas, en su literatura, debe
expresarse a sí mismo sus opiniones y preferencias; porque hacer cualquier otra
cosa sería correr un riesgo más peligroso que el de ser inmoral; sin duda, el
de ser un embustero. Disfrazar un sentimiento, incluso si es bueno, es
convertirlo en un travestido; no nos será útil. Ocultar un sentimiento, si uno
está seguro de poseerlo, es tomarse libertades con la verdad. Posiblemente todo
punto de vista al alcance del hombre cuerdo contenga alguna verdad y sea, en el
contexto adecuado, de provecho para la especie. No temo a la verdad, si hay
alguien capaz de decírmela, pero sí a las medias verdades impertinentemente
pronunciadas. Hay un tiempo para la danza y un tiempo para el lamento; un
tiempo para ser brusco y otro para ponerse sentimental; para ser ascético como
para glorificar los apetitos; y el hombre que sepa combinar en su obra estos
extremos, en el momento y la proporción justos, habrá dado con la obra maestra
tanto del arte como de la moral. La parcialidad es inmoral; pues yerra todo
libro que ofrezca una visión tergiversada del mundo y de la vida. El problema
radica en que el débil deba ser parcial; la obra de uno es deprimente y
deletérea; la de otro, barata y vulgar; la de un tercero, de una sensualidad
epiléptica; la de un cuarto, de un amargo ascetismo. En literatura, como en
nuestra conducta, nunca podemos esperar haber acertado completamente. Lo único
que podemos hacer es asegurarnos lo más posible; y para ello sólo existe una
regla: no hacer precipitadamente aquello que puede hacerse despacio. De nada
sirve escribir un libro y dejarlo reposar durante nueve o incluso noventa años;
pues durante su redacción sólo parcialmente te habrás convencido a ti mismo; la
postergación debe preceder a cualquier comienzo; y si meditas sobre una obra de
arte dale una y mil vueltas al asunto y asegúrate de que te agrada su sabor antes
de elaborar un volumen que conserve el mismo gusto de principio a fin; si te
propones entrar en el campo de la controversia, debes primero reflexionar sobre
la cuestión bajo toda suerte de circunstancias, en la salud y en la enfermedad,
en la alegría y en la tristeza. Este análisis riguroso, imprescindible para
cualquier forma de escritura solidaria y veraz, hace del ejercicio del arte una
noble y prolongada enseñanza para el escritor.
Entretanto, queda mucho por hacer, mucho por decir y repetir
una y mil veces. Toda obra literaria que suministre hechos fidedignos o
impresiones placenteras presta un servicio a la comunidad. Servicio del que
incluso puede estarse agradecidamente orgulloso de haberlo prestado. Las más
insignificantes novelas son una bendición mejor que el cloroformo para quienes
pasan por un mal momento. La vida de nuestro buen capitán de barco halló
justificación cuando Carlyle alivió su espíritu con The King's own o Newton
Forster. Deleitar es servir; y si no es difícil instruir y entretener a la vez,
sí lo es, en cambio, conseguir plenamente lo primero sin lo segundo. Alguna
circunstancia del escritor o de su obra aflora incluso en el más insípido de
los libros; y leer una novela que fue concebida con un cierto vigor multiplica
nuestras experiencias y ejercita nuestra solidaridad. Todo ensayo, todo poema,
todo artículo, todo entre‑filet, está abocado a penetrar, aun efímeramente, en
el espíritu de una parte de la comunidad y colorear, siquiera de forma
pasajera, sus pensamientos. Cuando corresponda discutir algún asunto, cualquier
escriba de la prensa tiene la valiosa oportunidad de iniciar la discusión con
un espíritu digno y humano; y si hubiera en nuestra prensa un número suficiente
que lo hiciera así, ni el público ni el Parlamento tendrían por qué caer en los
pensamientos más mezquinos. Acaso el escritor tropiece de paso con un tema
sugestivo, ameno, tonificante, aunque sea así para un solo lector. Sería, por
cierto, muy desdichado si no convenciera a ninguno. Además, tiene la posibilidad
de dar con algo que sea comprensible para una inteligencia mediocre; y que una
inteligencia mediocre lea por una vez y comprenda, constituye un hito memorable
en su formación.
Nos encontramos, pues, con una tarea que merece la pena y
que debe intentarse hacer bien. Por ello, si me dispusiera a recibir en nuestro
oficio a un contingente considerable, no sería en virtud de un sueldo mejor,
sino porque fuera un oficio en buena y gran medida útil; que todo comerciante
honrado pudiera, con sus solos esfuerzos, hacer más útil aún para la humanidad;
que fuera difícil hacerlo bien y posible mejorar con los años; que exigiera de
sus practicantes una reflexión escrupulosa, convirtiéndose así en una enseñanza
perpetua para las naturalezas más nobles; y que, fuera cual fuese su
retribución, siguiera estando mal retribuido en la gran mayoría de los mejores
casos. Porque a buen seguro que a estas alturas del siglo diecinueve, nada hay
que un hombre honrado deba temer con mayor recelo que ganar y gastar más de lo
que se merece.
En Ensayos literarios
Carta a un joven que se propone a abrazar la carrera del arte – Por R.L. Stevenson
Con la seductora franqueza de la
juventud me plantea una cuestión de indudable importancia para usted y (cabe
pensar también) de cierta trascendencia para la humanidad: ¿ha de ser o no
artista? Es ésta una pregunta a la que debe responder usted mismo; lo más que
puedo hacer por usted es atraer su atención sobre algunos factores que debe
tener en cuenta; y empezaré, como es probable que termine, asegurándole que
todo depende de la vocación.
Saber lo que a uno le gusta marca
el comienzo de la sabiduría y de la madurez. La juventud es una edad totalmente
experimental. La esencia y el encanto de esa época ajetreada y deliciosa
residen tanto en la ignorancia de uno mismo como en la ignorancia de la vida.
Una y otra vez aúna el hombre joven estas dos incógnitas, ya en un ligerísimo
roce, ya en un abrazo amargo; con un placer exquisito o con un dolor punzante;
pero en ningún caso con indiferencia, a la cual es totalmente ajeno, o con ese
sentimiento cercano a la indiferencia, la aceptación. Si se trata de un joven
sensible, que se excita con facilidad, el interés por esta serie de
experimentos excederá con mucho el placer que de ellos derive. Aunque así lo
crea, no ama la belleza ni busca el placer; su objetivo será cumplir su vida y
degustar la diversidad del destino humano, y en ello hallará suficiente
recompensa. Porque hasta que la cuchilla de la curiosidad se embota, todo lo
que no es vida y búsqueda desaforada de experiencias ofrece para él un rostro
de repulsiva aridez que difícilmente podrá evocar más tarde; o, de haber alguna
excepción --y el destino entra aquí en escena-, es en los momentos en que,
hastiado o ahíto de la actividad primaria de los sentidos, revive en su memoria
la imagen de los placeres y las penas pasados. De esta suerte, rechaza las
profesiones rutinarias y se inclina insensiblemente hacia la carrera del arte
que solamente consiste en saborear y dar cuenta de la experiencia.
Esto, que no es tanto vocación
por un arte cuanto impaciencia para con las restantes ocupaciones honradas, se
presenta frecuentemente aislado; y siendo así, se va borrando con el paso de
los años. Bajo ningún concepto se le debe prestar atención, pues no es una
vocación, sino una tentación; y cuando, hace días, su padre desaprobó de forma
tan cruda (y a mi juicio) tan certera su ambición, no es improbable que
recordase un episodio similar de su pasado. Porque acaso la tentación sea tan
frecuente como la vocación es rara. Además, hay vocaciones imperfectas; hay
hombres vinculados no tanto a un arte en particular cuanto al ars artium
general, base común de todo arte creativo; ora se entregan a la pintura, ora
estudian contrapunto o pergeñan un soneto: todo con idéntico interés, no pocas
veces con conocimientos genuinos. Y de esta disposición, cuando despunta, me
resulta difícil hablar; pero le aconsejaría dedicarse a las letras, pues, al
servicio de la literatura (red de tan amplia cabida), toda su erudición pudiera
serle útil algún día y, si continuara trabajando y se convirtiera al cabo en un
crítico, sabría utilizar las herramientas necesarias. Por último, llegamos a
esas vocaciones que son, a la vez, claras y decisivas; a los hombres que llevan
en las venas el amor a los pigmentos, la pasión por el dibujo, el talento para
la música o el impulso de crear mediante las palabras, de la misma forma que
otros, o acaso los mismos, nacen amantes de la caza, el mar, los caballos o el
torno. Están predestinados; si un hombre ama su oficio con independencia del
éxito u la fama, los dioses han llamado a su puerta. Tal vez posea una vocación
más amplia: sienta debilidad por todas las artes, y pienso que a menudo éste es
el caso; pero es en esa disciplinada entrega a una sola, en el entusiasmo
inquebrantable por los logros técnicos y (quizá por encima de todo) en la
candorosa actitud con que acomete su insignificante empresa con una gravedad
propia de los cuidados del imperio y estima valioso conseguir, a cualquier
coste de trabajo y tiempo, la mejora más insignificante, donde hallamos huellas
de su vocación. La ejecución de un libro, de una escultura, de una sonata deben
emprenderse con la insensata buena fe y el espíritu incansable de un niño que
juega. ¿Merece la pena? Siempre que al artista se le ocurre hacerse esta
pregunta, ampara una respuesta negativa. No se le ocurre al niño que juega a
los piratas en un sillón del comedor, ni tampoco al cazador que rastrea su
presa; la ingenuidad de aquél y el ardor de éste debieran fundirse en el
corazón del artista.
Si descubre en usted
inclinaciones tan acusadas que no haya lugar para vacilaciones: ríndase a
ellas. Y observe (pues no es mi intención desalentarle excesivamente) que, al
principio, nuestra natural disposición no se consuma con brillantez o, diré más
bien, con tanta regularidad. El hábito y la práctica afilan los talentos; la
perseverancia resulta menos desagradable, y con el paso del tiempo es incluso
bien acogida; por vaga que sea la inclinación (si es genuina) se convierte,
practicada con asiduidad, en una pasión absorbente. Pero ahora será bastante si
al volver la vista atrás en un intervalo de tiempo razonable comprueba que el
arte elegido tiene más cualidades que las que se arrogara en su momento entre
los multitudinarios intereses de la juventud. Si la devoción acude en su ayuda,
el tiempo hará el resto; y pronto todos y cada uno de sus pensamientos estarán
empeñados en la tarea amada.
Mas, me recordará, pese a la
devoción, pese a desplegar una actividad grata y perseverante, muchos artistas,
a la vista de los resultados, viven su vida totalmente en vano: artistas a
millares y ni una sola obra de arte. Recuerde, a su vez, que la mayoría de los
hombres son incapaces de hacer algo razonablemente bien, y entre otros cosas,
arte. El artista inútil habría sido un panadero del todo incompetente. Y el
artista, incluso si no divierte al público, se divierte a sí mismo; al menos
ese hombre será más feliz gracias a sus horas de vigilia. Este es el aspecto
práctico del arte: una fortaleza inexpugnable para el practicante sincero. Los
beneficios directos -el salario del oficio- son reducidos, pero los beneficios
indirectos -el salario de la vida- son incalculables. No existe otro negocio
que ofrezca al hombre su pan de cada día en términos tan convenientes. El
soldado y el explorador experimentan emociones más vivas, pero a costa de
penalidades crueles y períodos de tedio que hacen enmudecer. En la vida del
artista ningún momento debe transcurrir sin deleite. Tomo como ejemplo al autor
con quien estoy más familiarizado; no dudo que ha de trabajar con un material
díscolo y que el mismo acto de escribir perjudica y pone a prueba tanto sus
ojos como su carácter; pero obsérvele en su estudio, cuando las ideas se
agolpan en su mente y las palabras no le faltan: en qué corriente continua de
pequeños éxitos transcurre su tiempo; con qué sensación de poder, como la de
quien moviera montañas, agrupa a sus personajes menores; con qué placer para la
vista y el oído ve crecer la etérea construcción sobre la página; y cómo se
esmera en un oficio al cual afluye todo el material de su existencia y abre una
puerta a todos sus gustos, preferencias, odios y convicciones, de modo que
llega a escribir lo que ansiaba expresar. Es posible que haya gozado mucho en
el grande y trágico patio de recreo del mundo; pero ¿qué habrá gozado con más
intensidad que una mañana de trabajo fructífero? Supongamos que está
pésimamente retribuido; lo sorprendente en verdad es recibir retribución de
cualquier especie. Otros hombres pagan, y con largueza, por placeres menos
deseables.
Pero el ejercicio del arte no
sólo reporta placer; trae consigo una admirable disciplina. Pues el artista se
guía enteramente por el honor. El público ignora o conoce bien poco los méritos
en busca de los cuales está condenado a invertir la mayor parte de sus
esfuerzos. Una determinada concepción, una energía personal o algún acierto de
poca monta que el hombre de temperamento artístico obtiene con facilidad, tales
son los méritos que se reconocen y valoran. Pero a aquellos más exquisitos
detalles de perfección y acabado que el artista desea con vehemencia y siente
de forma tan acusada, por los que (utilizando las vigorosas palabras de Balzac)
ha de luchar «como un minero sepultado bajo un corrimiento de tierra», por los
que día a día recompone, revisa y rechaza, a aquellos, la gran mayoría de su
audiencia permanecerá ciega. De estas penalidades ignoradas, y en el caso de
que alcance elevadas cotas de mérito, acaso responda con justicia la
posteridad; en el caso, más probable, de que fracase, siquiera por el margen de
un cabello con respecto a la cota más elevada, tenga la seguridad de que
pasarán inadvertidas: A la sombra de este gélido pensamiento, a solas en su
estudio, el artista debe día a día ser fiel a su ideal. En la fidelidad radica
la nobleza de su existencia; por ella el ejercicio de su arte le acrisola y
fortalece el carácter; también gracias a ella la adusta presencia del gran
emperador se volvió (siquiera un momento) condescendiente hacia los seguidores
de Apolo, y aquella voz suave y enérgica pidió al artista que festejara su
arte.
Aquí conviene hacer dos
advertencias. Primera, si desea continuar siendo su única ley, vigile las
primeras señales de pereza. En puridad, este idealismo sólo puede sustentarse
merced a un esfuerzo constante; pues el nivel de exigencia se rebaja con enorme
facilidad, y el artista que se dice a sí mismo «así será suficiente», ya está
condenado; en ocasiones (especialmente en ocasiones desafortunadas), tres o
cuatro éxitos mediocres bastan para falsificar un talento, y en el ejercicio
del periodismo se corre el riesgo de tomarle afición a la negligencia. Existe
este peligro, no siendo menor el segundo. La conciencia de hasta qué extremo el
artista es (debe ser) su propia ley, corrompe a las cabezas mediocres.
Sensibles a la existencia de recónditas virtudes difíciles de alcanzar, muchos
artistas que formulan o asimilan recetas artísticas o se enamoran tal vez de
alguna habilidad particular, olvidan el objetivo de todo arte: deleitar.
Indudablemente es tentador abominar del burgués ignorante; empero, no debe
olvidarse que él es quien nos paga y (salta a la vista) por servicios que desea
ver realizados. Considerándolo adecuadamente, se plantea con ello una
trascendental cuestión de honestidad. Ofrecer al público lo que no desea y
esperar su aplauso es extraña pretensión, aunque muy corriente, sobre todo
entre los pintores. En este mundo la primera obligación de cualquier hombre es
ser solvente; conseguido esto, puede entregarse a todas las extravagancias que le
plazcan; pero quede bien claro que sólo entonces. Hasta ese momento deberá
cortejar con asiduidad al burgués que lleva la bolsa. Y si en el curso de tales
capitulaciones falsifica su talento, demostrará con ello que éste nunca fue
excesivamente sobresaliente y que ha preservado algo más importante que el
talento: el carácter. Y si es tan independiente que no ha de doblegarse a la
necesidad, aún tiene otra salida: dejar a un lado su arte y llevar un estilo de
vida más viril.
Al hablar de un estilo de vida
más viril, debo ser franco. Vivir a expensas de un placer no es una vocación
muy elevada; aunque veladamente, entraña algún patronazgo; el artista se
cuenta, por ambicioso que sea, entre las chicas de baile y los marcadores de
billar. Los franceses entienden la evasión romántica como una ocupación y a sus
practicantes las llaman «hijas de la alegría». El artista pertenece a la misma
familia, es uno de los «hijos de la alegría» que ha elegido su oficio para
deleitarse, se gana el pan deleitando al prójimo y se ha desprendido de la
dignidad más severa del hombre. No hace mucho algunos periódicos denostaron el
título nobiliario de Tennyson; y este «hijo de la alegría» recibió reproches
por condescender y seguir el ejemplo de lord Lawrence, lord Cairns y lord Clyde.
El poeta estuvo más inspirado; aceptó el honor con más modestia; y los
periodistas anónimos (si he de creerles) no han reparado todavía el vicario
ultraje a su profesión. Estos caballeros podrán hacerse más justicia a sí
mismos cuando les llegue su turno; y me agradará saberlo, pues a mis ojos
bárbaros incluso lord Tennyson aparece un tanto fuera de lugar en semejante
reunión; no debería haber honores para el artista; el ejercicio de su arte ya
le ofrece mayor recompensa de la que en vida le corresponde; y antes que el
arte, otros oficios, menos atractivos y acaso más útiles, han hecho valer su
derecho a tales honores.
Pero la maldición de las
ocupaciones destinadas a deleitar es el fracaso. En ocupaciones más corrientes
el hombre se ofrece para producir un artículo o realizar un objeto determinado
puramente convencional, proyecto en el que (casi podemos afirmar) el fracaso es
muy difícil. Mas el artista se aparta de la multitud y se propone deleitar:
proyecto impertinente en el que no hay fracaso que no esté envuelto en odiosas
circunstancias. La infeliz «hija de la alegría» que pasea sus galas y sonrisas
inadvertida entre la multitud compone una estampa que no podemos evocar sin un
sentimiento de lacerante compasión. Tal es el prototipo del artista fracasado.
Como ella, el actor, el bailarín y el cantante deben mostrarse en público y
apurar personalmente la copa de su fracaso. Y aunque todos los demás escapemos
a la suprema amargura de la picota, en esencia también cortejamos a la
humillación. Todos profesamos ser capaces de gustar. ¡Qué pocos lo logramos!
Todos nos comprometemos a seguir siendo capaces de gustar. Pero a cada cual
incluso al más admirado, le llega el día en que su ardor declina; pierde la
astucia y, avergonzado, se sienta junto a la barraca desierta. Entonces se verá
en la necesidad de hacer algún trabajo y se sonrojará al cobrarlo. Entonces
(como si el destino no fuese ya suficientemente cruel) habrá de padecer las
burlas de los raqueros de la prensa, quienes ganan su amargo pan execrando la
basura que no han leído y ensalzando la excelencia de lo que son incapaces de
comprender.
Y advierta que éste parece ser el
final cuando menos inevitable de los escritores. Les Blancs et les Bleus (por
ejemplo) reúne méritos muy diferentes a los del Vicomte de Bragelonne; y si
existe algún caballero que soporte espiar la desnudez de Castle Dangerous, su
nombre, según creo. es Ham: bástenos a nosotros leer sobre ello (y no sin
derramar lágrimas) en las páginas de Lockhart. Así, en la vejez, cuando el confort
y un quehacer se hacen más necesarios, el escritor debe abandonar a la par su
medio de vida y su pasatiempo. Sin duda el pintor que ha logrado retener la
atención del público gana fuertes sumas y hasta muy avanzada edad puede
permanecer junto a su caballete sin fracasos ignominiosos. El escritor, al
contrario, padece el doble infortunio de estar mal retribuido cuando trabaja y
de no poder trabajar en la vejez. Por ello su estilo de vida le lleva a una
situación falsa.
Pero el escritor (pese a los notorios
ejemplos en sentido contrario) debe procurar estar mal pagado. Tennyson y
Montépin se ganaron la vida espléndidamente; pero no todos podemos esperar ser
Tennyson ni acaso desear ser Montépin. Si uno ha adoptado un arte como oficio,
renuncie desde el principio a toda ambición económica. Lo más que puede
honradamente esperar, si tiene talento y disciplina, es obtener los mismos
ingresos que un oficinista invirtiendo la décima, si no la vigésima parte de su
energía nerviosa. Tampoco tiene derecho a pedir más; en el salario de la vida,
no en el del oficio, está su recompensa; así, el salario es el trabajo. Es
evidente que no me inspiran simpatía los vulgares lamentos de la clase
artística. Quizá olvidan el sistema de aparcería de los campesinos; ¿o piensan que
no cabe trazar paralelismos? Tal vez no hayan reparado nunca en la pensión de
retiro de un oficial de campo; ¿o es que creen que su contribución a las artes
cuyo destino es agradar es más importante que los servicios de un coronel?
¿Olvidan con qué poco se conformó Millet para vivir? ¿O piensan que el tener
menos genio les exime de mostrar iguales virtudes? No debe existir ninguna duda
sobre este aspecto: un hombre que no es frugal, no tiene nada que hacer en las
artes. Si no es frugal sus pasos le conducirán hacia el trágico fin del vieux
saltimbanque; si no es frugal, cada vez le será más difícil ser honesto. Un
día, cuando el carnicero llame a su puerta, acaso le tiente o se vea obligado a
producir y vender una obra desaliñada. Si esta necesidad no es producto de su
propia desidia, aún será digno de elogio; pues faltan palabras que puedan
expresar hasta qué punto es más necesario para un hombre mantener a su familia
que conseguir preservar alguna distinción en las artes. Pero si es responsable
de su indigencia, roba, roba a quien puso confianza en él, y (lo que es peor)
roba de forma tal que siempre sale impune.
Y ahora quizá me pregunte: si el
artista en cierne no debe pensar en el dinero ni (como se infiere) tampoco
esperar honores de Estado, ¿puede al menos ansiar las delicias de la
popularidad? La alabanza, dirá, es un plato codiciable. Y mientras se refiera a
la acogida de otros artistas, apunta hacia uno de los placeres más esenciales y
duraderos de la carrera del arte. Pero si tiene la vista puesta en los favores
del público o en la atención de la prensa, tenga la certeza de estar
alimentando un sueño. Es cierto que en determinadas revistas esotéricas el
autor, pongamos por caso, es criticado puntualmente, y que a menudo se le
elogia más de lo que merece, a veces por méritos que él mismo tenía a gala
despreciar, y otras por hombres y mujeres que se han negado a sí mismos el
placer de leer su obra. Pero si el hombre es sensible a estas alabanzas
desaforadas, cabe esperar que también lo sea a aquello que a menudo las
acompaña e inevitablemente las sigue: un desaforado ridículo. Cualquier hombre,
después de triunfar durante años, puede fracasar; tendrá noticia de su fracaso.
O puede haber triunfado durante años y seguir siendo una punta de lanza de su arte
aunque sus críticos se hayan cansado de elogiarle, o habrá surgido un nuevo
ídolo del momento, alguna «figura de relumbrón» a quien prefieren ahora ofrecer
sus sacrificios. Tal es el anverso y el reverso de esa fea y vacía institución
llamada popularidad. ¿Creerá algún hombre que merece la pena conseguirla?
En Ensayos literarios
Una vida nueva – Por Daniel Paroli
A Delicia, con afecto.
Como ese
labriego
que abre su
tierra
y empuja
semillas
en las
hondas grietas,
mira el sol
y aguarda
pródiga
cosecha...
Como una
doncella
que llora
su espera
mirando el
camino
que baja a
su puerta,
tiñendo los
aires
con ávida
senda...
Como el ave
blanca
de blanca
nobleza
que pía en
la rama
su fuerza
tan nueva,
como el ave
tibia
que a volar
se apresta...
Como ese
labriego,
como una
doncella,
como el ave
blanca
que a volar
se apresta,
yo canto una vida
yo canto una vida
que mañana
espera.
1984
viernes, 20 de marzo de 2020
“CONTATE UN CUENTO XII” - Mención de Honor Categoría E: Reminiscencia Por Patricia Cavaiani de Balcarce
La noche cae fría, oscura, insondable…
Bajo el frondoso
árbol se acobacha el hombre cuya imaginación traspasó los límites de la
cordura.
Por el gran
ventanal de la cocina observa a la mujer que, afanosa, realiza los quehaceres
domésticos. Una gran olla sobre el fuego emana olor a hierbas. Ella, diligente
y segura, espera al hijo mayor con la sola convicción que le proporciona su
poder adivinatorio. El joven llegará sin anunciarse y la casa se llenará de
risas, amigos y mujeres. Todo lo relacionado con él es exagerado, abundante,
excesivo. Tan distinto a su hermano menor que, encerrado en su habitación,
relee mapas y anotaciones ajados por el tiempo con la certeza del
descubrimiento de alguna ciudad desconocida, de algún templo sagrado, de alguna
ruta ignota,
El primer hijo se
lanza a la aventura, el segundo la busca en los estantes polvorientos y atestados
de libros de su estrecho cuarto.
Al día siguiente
llega el primogénito confirmando la premonición de su madre. La abraza, la
cubre de exclamaciones altisonantes y se siente a la gran mesa llena de
variados manjares que devora sin esperar a los demás comensales. En su piel
nuevos tatuajes dan fe de sus múltiples aventuras. Al rato entra Iván y, sin
saludar a nadie, pone algunas verduras en su plato y se apresura para volver a
la quietud de su refugio. En el aire se siente un raro vacío, una distancia
palpable. La madre conoce esos rencores, sabe que los lazos sanguíneos no
fueron suficientemente sólidos, no consiguieron zanjar la distancia impuesta
por las diferencias de carácter, de humor, de intereses. Son hermanos, sí, en
los papeles, en la vida son totales desconocidos.
El menor se retira
a su habitación, nada interrumpe el vaivén de sus pensamientos, nada lo
conmueve, solo la obsesión de descubrir,
quién sabe qué, en esos viejos pergaminos. Planea hacer un largo viaje
exploratorio. No hay aparentes urgencias en su vida que sobresalten su cuerpo
ni su espíritu.
El hombre solo bajo
el castaño comienza a inquietarse, vagas sensaciones anticipan el inevitable
desenlace. Quiere desamarrar sus manos, salir de la oscuridad que nubla su
mente atormentada, pero todo intento resulta
vano.
Al anochecer la
casa se puebla de risas escandalosas, de mujeres, de música estridente que
llena los ambientes y se cuela como un rayo punzante en todas las habitaciones,
rompiendo con la paz que imperaba antes de la llegada del libertino.
El hijo
introvertido, callado, ve invadida su privacidad, no puede concentrarse, no
sabe cómo actuar. Se dirige hacia la cocina y, con voz ruda, le dice al hermano
que necesita volver a la normalidad, que su presencia todo lo altera, que allí
no hay espacio para tanta algarabía, que el padre está muriendo olvidado en
algún rincón del patio, que regrese a su vida disipada lejos del hogar. Aquel
no registra los reclamos, no nació para escuchar a nadie…
El padre, presa de
una alucinación final, vislumbra el futuro cercano. Hilos de baba blanca caen
de su boca mustia junto con las palabras:- Caín y Abel, Caín y Abel, Caín…
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