lunes, 11 de mayo de 2020

Concurso literario SADE Seccional Dolores


CERTAMEN DE POESÍAS DE TEMAS GAUCHESCOS 2020

BASES

1)      El “Certamen de poesías de temas gauchescos 2020” es abierto para poetas argentinos y de países limítrofes, con obras escritas en castellano y para participar no abonarán arancel.

2)      El género será gauchesco, sugiriéndose  los siguientes temas: El gaucho,  el caballo, el recado, el lazo, la yerra, la doma, las cuadreras, la taba, el rancho, el resero, la pulpería, el mate y toda manifestación que esté relacionada con la vida, las costumbres, las tareas y el paisaje del gaucho.

3)      Cada autor podrá participar con una o dos poesías (Con mismo seudónimo) que no hayan tenido premio ni mención en otro certamen. Sólo uno de los temas podrá ser premiado.

4)      La construcción estrófica será libre (Décimas, Octava, Sextilla, Cuarteta, etc.), con medida octosilábica y rima consonante o asonante, con una extensión mínima de 30 versos y máxima de 60.

5)      Los trabajos pueden enviarse vía Mail o Correo postal. En el primer caso a sadeseccionaldolores@yahoo.com.ar en dos archivos Word (no otros) adjuntos: uno con la obra y seudónimo y otro con los datos del autor: Nombre y apellido , título y seudónimo de la obra, domicilio, teléfono y correo electrónico. El plazo de admisión vencerá el 11 de septiembre de 2020.

6)      Los que envíen por correo postal deben hacerlo a SADE Dolores, Pellegrini 1648. C.P. 7100 DOLORES, Prov. Bs. Aires Argentina. Los trabajos serán firmados con seudónimo, escritos a máquina o computadora sobre una faz del papel y presentados por triplicados. En un sobre cerrado, en cuyo frente figure el o los títulos y el seudónimo, se incluirán los mismos datos que se requieren para vía Mail. Se otorgarán tres premios consistentes en diplomas y, de acuerdo con el criterio del jurado, se otorgarán hasta dos premios más y las menciones que el mismo considere. El jurado tendrá en cuenta para dictaminar la originalidad del tema, uso del lenguaje, figuras literarias, respeto por la construcción en cada forma literaria (décima, cuarteta, octava, sextilla, etc.)  y la ortografía,  y se expedirá en un plazo no mayor de 40 días después del cierre de admisión de las obras.

7)      El hecho de participar, implica aceptar las condiciones de estas Bases y todo asunto no previsto en las mismas, será resuelto por la institución organizadora  de acuerdo con el jurado. Se sugiere leer las bases completas.

8)      Ante cualquier duda sobre el contenido de estas bases, se puede requerir información al Mail: sadeseccionaldolores@yahoo.com.ar

El Castillo Por Rafael Serrano Ruiz


La calle serpentea ascendiendo por la pendiente. A la derecha, bordeando el
encintado de la calle, casitas de una planta, remarcan el camino. Al fondo, se divisa un
inmenso lago rodeado de montañas y en su proximidad, vigilándolo todo desde un
montículo se encuentra un pequeño castillo del siglo XV en muy buen estado,
construido en su día para cerrar la entrada del valle hoy cubierto por las aguas, o
como refugio de caza y confortable mansión para alguna dama principal de la corte.
Una pareja de mediana edad, da su paseo vespertino habitual, cuando delante, a pocos pasos de ellos, se para una flamante limusina y de ella bajan dos hombres. Uno es
alto, pasa del metro ochenta, fuerte, de anchas espaldas, tez clara y cara redonda,
luciendo una chilaba cubierta de bordados azul pálido, tocándose la cabeza con un
turbante también blanco adornado con un cordón trenzado de seda color negro. El
segundo es más bien bajo, como de uno sesenta, de figura redondeada, más oscuro de
piel que su compañero, pero sin diferencias étnicas aparentes con los lugareños. La
Chilaba oculta a penas un estomago abultado, y cubre la cabeza con un tocado de
cuadros muy pequeños rojos y blancos. Ambos llevan en sus cintos unas cortas
cimitarras anchas de hoja curva, bellamente labradas, sujetas a la cintura por un
cordón que hace juego con el del turbante. Después de intercambiar unas palabras
entre ellos, el más alto de los dos, se dirige a la pareja de paseantes y con una voz más
bien melosa, y un extraño acento les pregunta:
- Por favor ¿Esto es Marbella?
-¡No!- Responden los viandantes sorprendidos.- Esto es Enebros del Valle.
Marbella esta en el sur del país, junto al mar, están muy lejos de allí, tienen que tomar
el camino de la costa.
 Los dos personajes se miran y el más pequeño de ellos dice con un acento
parecido al de su compañero.
.- ¡No importa también me gusta el lugar! ¡Cómpralo! Lo quiero con castillo y
todo!
- Pero oiga señores, dijeron los caminantes, sorprendidos, esto no lo pueden
comprar, es privado y pertenece al pueblo.
 Los dos personajes les miraron fijamente y después de un momento el más bajo
de los dos asevera:
- ¡Lo compraremos!
El segundo de ellos, el más alto, saca de su chilaba un móvil y comienza a decir
extrañas palabras, después de un breve momento, guarda el aparato y dirigiéndose a su
compañero, hace una profunda reverencia y suben al coche desapareciendo rápidamente por el final de la cuesta.
Los paseantes se miran por un instante, están completamente sorprendidos, poco a poco van reaccionando, no saben qué hacer, No entienden el comportamiento de estas gentes, Jeques Árabes que suelen gastar sus petrodólares por Marbella ¡Claro que tienen poder!, pero tanto como para comprar el pueblo y el castillo es demasiado y a demás, si la cosa toma cuerpo, pueden quedarse sin la casa y las tierras, ¿Es que no tienen suficiente con construirse esos palacios y puertos en la costa que tienen que ir allí, al centro del país a crearles problemas? No puede ser, han de hacer algo. Llaman por el móvil
-Hola ¿eres tú? Bien, escucha, hay unos “moros” al parecer “forraos de pasta” que
quieren comprar el pueblo y el castillo… No… No es de “coña”, acaba de suceder… Si, es en serio, hay que hacer algo y rápido, no tenemos ya bastantes problemas con la emigración mora que ahora quieren comprarlo todo… ¿Está por ahí el alcalde? Hemos de contactar con él… Si de acuerdo, cuando tengas el número me llamas… ¡Cómo! ¿La prensa? Creo que te estás pasando un poco, primero el Alcalde…Bueno, bueno, como quieras vamos para allá.
El Alcalde, dando grandes zancadas y de pésimo humor, se dirige hacia el
Ayuntamiento, se ha de reunir con unos cuantos locos que dicen que los árabes están
invadiendo el pueblo, ¡Como si no tuviera otra cosa que hacer! ¡Invadir el pueblo! ¿Serán estúpidos?- Se piensa- Pero claro, si no va, no es un buen alcalde y luego están las elecciones y también ese mini-grupo inconformista que no hace más que incordiar con sus panfletos y supuestas corruptelas sobre lo que no está dentro de sus puntos de vista, así que ha de hacer de tripas corazón, dejar la partidita de mus y ver qué diablos pasa. Cuando llega a la Casa Consistorial, encuentra una gran cantidad de vecinos nerviosos, angustiados por lo que está pasando
.-Vamos, señores, dejen pasar, serénense, no hablen todos a la vez. ¡Ramírez!-
Exclama- Por favor abran el salón de actos que somos demasiados aquí
Una vez acomodados y logrado el silencio de los asistentes, se dirige al secretario:
- A ver qué historia es esta
El Sr. secretario le comenta, que: “ Estando el Sr. Antonio, el del cantueso, paseando con su mujer por las “Matarromeras”, fueron detenidos por unos árabes que parecían personas principales por el auto que llevaban y las ropas que lucían y que después de preguntarles por Marbella, uno de ellos, dirigiéndose al otro, le ha dicho, piensan ellos, pues hablaban en su lengua, de llamar por el móvil y dado la orden de comprar todo lo que se ve desde el monte San Pedro, que su ayudante ha tomado nota y ha llamado a alguien en lengua extraña.
Después de una ligera conversación, se ha dirigido de nuevo a ellos para confirmar el nombre del pueblo y después de confirmarlo en el móvil, se han marchado diciéndoles que aquello era precioso y que muy pronto seria suyo”. Que al ser la tarde del viernes, tienen poco tiempo para actuar, pues puede que el mismo lunes realicen contactos o hablen con las “Altas Esferas” para iniciar algún extraño proceso, pues ya se sabe como son esas gentes.
El alboroto es enorme. Hablan de llamar a los periódicos, alguien conoce a alguien que… Todos quieren hablar a la vez, la histeria colectiva empieza a propagarse entre los reunidos. ¡La televisión! ¡La televisión! Y ni corto ni perezoso, el Alcalde, que intenta poner un poco de cordura, busca en sus archivos los números de las diferentes redacciones para filtrar la noticia, esperando desde su interior que nadie les haga caso. Las agencias toman nota, dicen que se informaran y les llamaran de nuevo para confirmar o desmentir, es una forma de quitárselos de encima, solo una cadena de televisión, TV Regional Del Centro (TVRDC) se interesa por el tema, dicen que envían inmediatamente un corresponsal y que antes de una hora estarán por el lugar.
¡AH! ¡Victoria! Pero no todo ha terminado, tienen que hacer algo más, si se desplaza una unidad móvil con su correspondiente corresponsal para transmitir en las noticias en directo, hay que hacer más .El Alcalde empieza a estar preocupado en cuanto a la rapidez y cariz que está tomando la situación, puede que se esté precipitando, que no sea tan urgente, pero la presión es alta, así que decide al menos darle un aire de seriedad, redacta unas palabras y hacer un pequeño dossier para entregar a la prensa. Alguien grita: ¡Hay que hacer una manifestación frente al balcón del Ayuntamiento! ¡No nos comprarán! ¡Empezamos una nueva cruzada! Dan orden al pregonero para que convoque a los vecinos a la manifestación, así que el hombre, se sube al monovolumen municipal y a través del altavoz, va soltando su mensaje por las diferentes calles del pueblo.
“Por orden de la Autoridad, se hace saber a los vecinos de este pueblo de Enebros del Valle que esta tarde, dentro de una hora, habrá una multitudinaria manifestación, siguiendo la voluntad del pueblo y sus regidores, contra los intrusos seguidores de origen árabe que intentan quitarnos el pueblo, nuestras tierras y el castillo que lo domina todo. A la asistencia a dicha manifestación, acudirá a sí mismo, los poderes informativos por lo cual saldremos en Televisión”
Poco a poco las gentes se van reuniendo en la plaza del pueblo. Hay quienes están preocupados pero también quienes lo toman como una fiesta.
- ¡Qué! ¿tu también estas aquí?
- ¡Pues claro!, acabo de enterarme. Esto nos pasa por “pringaos”, ¡si es que esta gente
solo le da la mano a quien no se la puede morder!
- ¡No seas burro Manolo!, seguro que va de “coña”
-A ver, no me lo voy a perder, igual salgo en la tele
-Pues tiene que venir más gente
- Mira que tardan los de la Tele
-Como intenten quitarme la casa zurro hasta al padre de Abderramán.
Llega una furgoneta, tiene en los laterales pintados el anagrama de la cadena regional
(TVRCD) y una parábola en el tejado. Unos técnicos empiezan a desplegar cables y focos mientras una despampanante rubia, armada con un micrófono y seguida por una cámara, se dirige hacia la puerta del ayuntamiento. Las gentes empiezan a agolparse en su rededor. La rubia da una serie de instrucciones.
- Primero hablo yo, después me acerco al Alcalde. Le pregunto qué está sucediendo,
después, el cámara toma una panorámica de la manifestación y me pone de nuevo en cámara para el cierre.
Están todos distraídos y nerviosos por los sucesos que les rodean. Miran sin saber exactamente qué hacer. Sólo la presentadora domina la situación mientras la corporación municipal en pleno espera acontecimientos y en esto, llega la señal de los técnicos
-Uno, dos, ¡En el Aire!
“Nos encontramos en Enebros del valle donde está sucediendo un hecho que llena a
estas gentes sencillas de estupor y miedo. Mientras las gentes del País descansan celebrando el final de la semana, en este pequeño pueblo cercano a la capital, han aparecido unos financieros de origen árabe…Pero mejor será que nos lo cuente el Sr Alcalde”
-Pues el caso es que…-
 Y va contando atropelladamente algunas de las palabras escritas donde queda, casi claro que unos extraños visitantes han asegurado ir a comprar todos aquellos lugares por haberse perdido y no haber llegado a Marbella…
Terminada la transmisión, la furgoneta parte de nuevo ante la mirada de los villanos. Después, poco a poco, estos se van retirando en pequeños grupos comentando la aventura del día, seguros de haber hecho lo imposible, orgullosos de su victoria y seguros de haber impedido una invasión de sus derechos, hasta dejar la plaza del pueblo nuevamente desierta.
Con la noche llega la calma. Ha llegado el momento mágico durante el cual las ideas se disparan produciendo inquietud en unos, heroísmo en otros y un “Dios dirá en los más mansos”.
El Alcalde no puede conciliar un sueño tranquilo, para él puede ser un momento importante; hay publicidad, defensa de su pueblo y en sus sueños se ve presidiendo el Consejo Regional, mientras recibe grandes aplausos de sus seguidores. El Secretario sueña con el trabajo que le va a caer encima. Necesita más personal y se ve rodeado de bellas y despampanantes secretarias provocadoramente vestidas que le alegran la vista y las ideas en demasía. Otros piensan que alguien llama a su puerta y abriendo una gran bolsa, deja caer el contenido sobre ellos, quedando inundados por cientos de billetes, mientras un jeque les ofrece papeles a firmar. Los vecinos del barrio humilde, piensan que alguien arranca su puerta y acompañando un gesto solemne, le indica que aquella ya no es su morada y les arroja violentamente fuera de la casa, bajo la lluvia. La rubia de la tele sueña que el trabajo ha sido bueno y quizás mañana la llama el director para encargarle una serie de reportajes sobre “Enebreros por el mundo” lo cual le reporta el premio “gland de TV”, el más cotizado del sector…
Hace ya un tiempo que ha amanecido sobre Enebros del Valle. El sol ha disipado del todo la bruma de la mañana, el ambiente huele al humo de leña de las chimeneas, el día se presenta radiante, lleno de luz. Ana es una de las muchas mujeres que, para ayudar al sueldo de sus maridos, se dedica a la limpieza de una de las casas de vacaciones que han crecido alrededor de Enebros del Valle. Suele dedicar todos los lunes a limpiar y ordenar lo que el dueño ha usado durante el fin de semana y en invierno, también los viernes, para encender la calefacción y preparar la casa para su llegada. La casa es pequeña, en la parte inferior, una cocina, un servicio y un salón pequeño, en la superior, un cuarto de baño y tres pequeñas habitaciones, por tanto, no es de extrañar que al empezar la limpieza de la cocina, escuche que el dueño aún se encuentra en la parte superior de la casa.
-Buenos días, ¿Se ha enterado de los de ayer?
-Buenos días –le responden desde arriba ¿Qué es?
- Pues se lió buena- dice la mujer y le va poniendo al corriente de todo lo que sucedió.
Ana está terminando su trabajo en la cocina, cuando escucha que el dueño de la casa ha bajado, es un hombre ya mayor, de unos cincuenta años, no muy alto, un poco grueso, de cara más bien redonda, de trato afable, separado de sus mujer hace años y que compró aquella casa por estar cerca de un grupo de amigos. Ana se gira mientras termina su historia, y al hacerlo, se lleva un gran susto al ver ante ella un Jeque Árabe, elegantemente vestido que la mira con cara burlona y al que reconoce inmediatamente. ¡Es su jefe!
- Verá,- dice él- Ayer un amigo dio una fiesta de disfraces, arriba, en las Matarromeras,
íbamos disfrutando de la situación cuando vimos una pareja paseando y para ver si los disfraces eran buenos, paramos y sin pensarlo nos salió esa broma. Espero que guarde de momento este pequeño secreto, a demás, después de la que se ha formado, no creo que nadie la creería.
Y así circuló la noticia por el pueblo. En una casa de la colina, se habían reunido un montón de árabes podridos de dinero que querían comprar el pueblo y el castillo

domingo, 26 de abril de 2020

Dolores: desde 1818 al sur del Salado - Por Juan Carlos Pirali


   Ante la necesidad de extender la frontera al sur del río Salado, el gobierno del Directorio designó en 1815 al capitán Ramón Lara, con el cargo de Teniente Alcalde de la Banda Oriental del río Salado, para que con un piquete de soldados instalara un fuerte en inmediaciones de la laguna Kakel Huincul, con la finalidad de resguardar a los pobladores de eventuales “malones” de los indios en la zona.

   El 23 de mayo de 1817 fue nombrado el capitán Pedro Antonio Paz, como Comandante Militar y Juez Político de las islas del Tordillo, y entre las instrucciones que debía observar, tenía que reunir a los vecinos con la finalidad de formar un pueblo, para lo cual debía elegir el lugar adecuado y comunicar al Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón.

  El 21 de agosto de 1817 se realizó una reunión en la casa de don Domingo de Madrid en el pago de Monsalvo (hoy partido de Maipú), en la que participaron el padre Francisco Robles, los capitanes Pedro Antonio Paz y Ramón Lara, el alférez Antonio González y el teniente de Milicias Leonardo Piedrabuena. Allí se ofició misa y hubo consenso en que la capilla y el nuevo pueblo debía situarse entre las lomas de González Salomón y Dos Talas de Julián Martínez de Carmona. En esa ocasión se fijó la jurisdicción del Curato Nuestra Señora de los Dolores, es decir fue un hecho eclesiástico, pero el acta labrada ese día no habla de fundación de un pueblo, como erróneamente se ha afirmado.

  Con referencia a la fecha de fundación de Dolores no se ha podido determinar el día exacto, pero existen documentaciones que tuvo lugar en los primeros meses de 1818, además, hay pruebas que en 1817 no se había construido, como los datos aportados por el militar inglés Wuilliam Miller, que antes de incorporarse al ejército de San Martín recorrió esta zona a fines de 1817. Según sus “Memorias” pernoctó en la estancia Dos Talas (a dos leguas de la actual Dolores) y dice que “en cien millas alrededor de Dos Talas sólo hay veinte estancias”. También menciona el presidio de Las Bruscas (Dos leguas al este de la actual Dolores), el Monte del Tordillo y Monsalvo, pero no hace referencia a la existencia de un pueblo.

El incipiente pueblo fue destruido el 30 de abril de 1821 por un malón capitaneado por José Luis Molina con indios de las tribus de Ancafilú y Pichimán y fue reconstruido en 1826 por Ramón Lara, quien había sido su primer fundador.

A partir de entonces, Dolores fue adquiriendo importancia, pero a partir de 1839, año en que sus habitantes se levantaron en armas contra el gobierno de Juan Manuel de Rosas, comenzó una etapa de decadencia, especialmente por el desmembramiento de su partido, que quedó reducido a la parte urbana, quintas y chacras.

Con la caída de Rosas y la reorganización de la administración judicial, Dolores fue designada sede del Departamento Judicial del Sur en 1853, con una jurisdicción que abarcaba más de media provincia. En esa época comenzaron a instalarse los primeros servicios de diligencias entre Buenos Aires, Dolores y poblaciones del sur, con un importante movimiento comercial, administrativo y judicial. En 1863 el Banco de la Provincia de Buenos Aires instaló aquí una de las primeras sucursales del interior. En 1873 fue instalado el primer hospital del sur bonaerense y al año siguiente se inauguraba la estación Dolores del Ferrocarril del Sur. En 1888 fue creada la Escuela Normal y se instaló la primera línea de tranvías tirados por caballos. En 1892 el Banco Nación creado el año anterior, instaló una sucursal en esta ciudad.

   A través de los años Dolores ha sido cuna de destacadas personalidades del Arte, la Literatura, la Ciencia, la educación, la política y el deporte, citándose entre otros a Abel Fleury, Aristóbulo del Valle, Faustino Brughetti, Arturo García Bhur, Honorio Siccardi, Eduardo Acevedo Díaz y vecinos ilustres como Juan Vucetich, Victoriano Montes y Ramón Melgar.


Del blog del autor: http://juancpirali.obolog.es/



miércoles, 15 de abril de 2020

La palabra Por Pablo Neruda (De “Confieso que he vivido”)


…Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como perlas de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció. Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de la tierra de las barbas, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.

domingo, 29 de marzo de 2020

La gloria de dios de la naturaleza - Por Gellert


Los cielos se jactan de gloria eterna;
  Tu sonido propaga su nombre.
La tierra lo alaba, los mares lo alaban;
  ¡Escucha, oh hombre, palabra divina!

¿Quién lleva al cielo innumerables estrellas?
  ¿Quién saca al Sol de su tienda?
Viene y brilla y se ríe de nosotros desde lejos
  Y corre de inmediato como un héroe.

Escúchalo y mira las maravillas de las obras.
  ¡Qué naturaleza te preparó!
Anuncia sabiduría, orden y fuerza.
  ¿A ti no el Señor, el Señor del mundo?

¿Puedes innumerables ejércitos de seres?
  ¿Mirando el polvo más pequeño sin sentir?
¿Por quién pasa todo? ¡Oh, dale el honor!
  El Señor me llama, debes confiar en mí.

Lo mío es poder, lo mío es cielo y tierra;
  Me conoces por mis trabajos.
Soy y seré quien seré
  Tu Dios y Padre para siempre.

Soy tu creador, soy sabiduría y amabilidad.
  Un dios del orden y tu salvación;
Soy yo! Ámame con todo mi corazón
  Y toma parte en mi gracia.

Poemas de Rafael Serrano Ruiz (Extraídas de su libro “La mujer de la taza de café”)


Una pregunta


Quien eres tú
que a convencerme viene
de la ilusión de la vida
y generosidad de la muerte?

¿Quien eres tú que
pernoctante llegas
y cargado de inquietudes
me desvelas?

Tiempo que viene, llega…
tiempo cargado de inquietudes.
¡Tiempo que vuela!

Y en la noche,
al despertar,
las ideas permanecen
Inquietantes…
sin poderlo remediar.

Déjame en mi velar
manteniendo mi entereza…
aún hay mucho caminar.

Mas si la calma me falla
me puedo desesperar
permaneciendo intranquilo
hasta el alborear.



Interiores


¡Capta!
¡Capta cerebro
donde bullen las ideas!
Sopa de incertidumbres…
amasijo de sofismas,
revoltijo de pasiones,
plenitud de chascarrillos,
Alucinaciones…

Cual pescador,
caña en ristre
Intentas captar la vida…
los deseos,
los porqués.

Cosas logras discernir
sin aclarar conceptos…
¡Lo tenía!… ¡se escapó!
Y así uno y otro día
buscando en lo que llegó



El guerrero

A Francisco
Hojas secas de la vida
curtidos en mil historias…
siete van caminando.

Luceros del alba,
guerreros sin armas…
seis siguen andando,
el que cayó…
queda esperando.

Guerreros del tiempo
en batalla perdida
Miradas que buscan…
miradas que ignoran
¿Quien será el siguiente
en la despedida?.



Caminante de la vida


Caminamos por la vida
entre el vivir y el soñar.
Caminos llenos de rosas
con espinas y maldad.
Las rosas tienen perfume
de amor y felicidad.
Las espinas dolorosas
nos despiertan del soñar.
Caminamos buscando…
soñando felicidad,
sueño vano,
fuego fatuo
que oculta la realidad.
Morimos como nacemos
sin podernos encontrar


La imagen


En la esquina de mi calle
una farola ilumina el lugar.
Luz amarilla, espectral.

El sereno, con su chuzo
marcando las horas va
¡Las doce en punto y sereno!
todo en calma en el lugar.

Una pareja se arrulla
en lo oscuro de un portal
Si, te quiero,
¡como lo puedes dudar!
Vamos …que se hace tarde…
lo tenemos que dejar.
Y entre besos y jadeos
abandonan el lugar.

Una farola en la esquina
Iluminada por gas…
imagen de un mundo antiguo
Que siempre perdurará…



Tal vez


Llega la primera lluvia de Mayo,
esa que humedece tus cabellos
y ensalza la atrayente jugosidad,
la almibarada dulzura, de tus labios
en la neblina del día,
Y tu no llegas.

Viste la tierra sus mejore galas,
verdes y amarillos, pétalos y corolas
adornan su vestido con embriagador perfume…
renacer de vida y de esperanzas
y tu no llegas.

Sueños de caricias.
Despertar en tus labios
recorriendo profundas serranías.
Manos que descubren valles y riscos
entre insinuantes transparencias
revelando una bandada de antojos intuidos.
En el aroma de tus especiados poros,
aunque mi piel no te sienta,
en el despertar de mis profundos deseos,
en la no existencia de la caricia…
te espero…
Y tu no llegas

Y la espera se alarga
Y la espera agoniza
Y tu no llegas.



Hablando con mis fantasmas


Noche oscura hacedora de sueños.
Excitante duermevela en
amasijo de ideas reales o inventadas
donde cohabitan fantasmas…
de tiempos pasados.

Perdido en un sueño excitante,
vienen y van
amores queridos,
mujeres soñadas…
quereres fallidos.

Y allí, en el centro del caos,
en el limbo involuntario,
caracolillo angustioso
de imposible solución,
emana clara tu imagen.

Quiero hablarte,
sentirte a mi lado,
hablar de perdones …
de tiempos pasados.

Tiempo vano de imposibles,
te escapas sin poderlo remediar…
y de nuevo, una vez mas
viviendo en mi conciencia quedarás.

miércoles, 25 de marzo de 2020

La moral en la profesión de las letras – Por R.L. Stevenson


La profesión de las letras ha sido recientemente objeto de debate en la prensa, y debatida, por ponerlo en términos suaves, desde una postura calculada para sorprender a hombres cultos y provocar el menosprecio general hacia los libros y la lectura. Concretamente, hace algún tiempo un escritor popular [Mr. James Payn], vitalista y ameno, dedicó un ensayo, vitalista y ameno como él, a ofrecer una alentadora panorámica de su profesión. Nos alegra que la experiencia fuese tan grata y cabe esperar que los demás, todos cuantos lo merezcan, sean tan generosamente recompensados; pero no creo que en modo alguno deba alegrarnos que un asunto de tanta importancia para nosotros como para el público sea debatido por razones puramente crematísticas. En cualquier quehacer bajo el cielo no es la remuneración la única ni, a decir verdad, tampoco la primera cuestión. Que uno siga existiendo es asunto de su sola incumbencia; pero que su trabajo haya de ser honesto, y en segundo lugar útil, es algo que toca ya al honor y a la moral. Si el escritor a que me refiero consigue persuadir a un determinado número de jóvenes para que adopten su modo de vida con la vista puesta únicamente en el pan, cabe inducir que sus obras sólo busquen un beneficio y esperar, en consecuencia, si aquél me perdona tantos epítetos, una literatura falsa, vacía, vulgar y desaliñada. No hablo de este escritor como tal; es diligente, correcto y afable; todos le debemos momentos de entretenimiento, y se ha ganado merecidamente su atractiva popularidad. Pero lo cierto es que no mira su profesión, tampoco cuando la abrazó por primera vez, con una óptica puramente mercenaria. Puedo aventurar que se sumergió en ella, si no con un noble designio, al menos con el entusiasmo del primer amor; y su ejecución fue motivo de placer mucho antes de pararse a calcular el salario. Días atrás, un autor admirado por su obra, de calidad indudable y, a sus ojos, excepcional, respondió en términos propios de un viajante de comercio que, dado que su libro no se vendía con rapidez, él no le concedía el valor de un real. No se piense que la persona a quien la respuesta iba dirigida la recibió como una profesión de fe; en todo caso sabía que se trataba de una irritación pasajera; de la misma forma que cuando un escritor respetable habla de literatura como de un modo de vida, semejante al del zapatero, aunque no de tanta utilidad, sabemos que sólo está planteando un aspecto de la cuestión, mientras es claramente consciente de una docena de ellos más importantes y que atañen más directamente al asunto que le ocupa. Pero aunque los que comercian con la literatura con este espíritu cicatero en lo pequeño y pródigo en virtud posean también mejores luces, no se sigue que su comercio sea decente o instructivo para su prójimo o para ellos mismos. La primera obligación del escritor es abordar cualquier tema con un espíritu, el más elevado, noble y valeroso, fiel a los hechos. Si está bien retribuido, como me agrada saber que lo está, esta obligación se hace más ineludible, su incumplimiento aún más deshonroso. Y tal vez no exista ningún capítulo del que el hombre deba hablar tan seriamente como la actividad, sea cual fuere, que constituye la ocupación y el placer de su vida; la herramienta con que obtiene ganancias o rinde servicios; y que, de ser indigna, se hace sentir cual íncubo de mudas y avarientas entrañas sobre los hombros de la humanidad laboriosa. Forzar siquiera la nota sobre este punto podría inclinar la balanza a favor de la virtud. Es de esperar que una numerosa y emprendedora generación de escritores suceda y supere a la actual, pero mejor sería frenar la corriente y que la nómina de nuestros viejos y honestos libros ingleses se cerrase antes de que impresores codiciosos continuaran envileciendo una noble tradición y rebajando a sus propios ojos una raza famosa. Mejor dejar nuestros silenciosos templos vacíos que llenarlos de sacerdotes venales y fulleros.
Dos elementos concurren en la elección de cualquier forma de vida: el primero, el gusto innato del elector; el segundo, que la actividad elegida sea especialmente útil. Como cualquier otro arte, la literatura reviste singular interés para el artista, y, en un grado que le es peculiar entre las demás, es útil a la humanidad. Ambas son justificación bastante para el hombre o la mujer que la adopta como quehacer de su vida. No me extenderé sobre el asunto de los salarios. El escritor puede vivir de la literatura. Si no con tanto lujo como dedicándose a otros oficios, con menos. La naturaleza del trabajo que realiza durante el día contribuye a su felicidad más que la calidad de los alimentos que toma por la noche. Sea cual fuere su vocación y por mucho que al año le reporte, uno sabe de sobra que ganaría aún más engañando. Todos tendemos a dar excesiva importancia a la posibilidad de pasar estrecheces; pero tales consideraciones no debieran influir en la elección de aquello que ocupe o justifique buena parte de nuestra existencia; y como el patriota, el misionero o el filósofo, debemos elegir la profesión noble y sencilla en que sirvamos mejor a la humanidad. La naturaleza, si se sigue con fidelidad, es madre previsora. Una debilidad por el tintineo de las palabras lleva a un muchacho a entregarse de por vida a las letras; con el tiempo, cuando adquiere mayor gravedad, descubre haber elegido mejor de lo que pensara; descubre que si gana poco, lo gana con creces; si recibe un salario escaso, su posición le permite prestar considerables servicios; que en alguna medida está en sus manos proteger al oprimido y erigirse en defensor de la verdad. El mundo está tan amablemente organizado, son tales los bienes que pueden derivarse de un adarme de confianza en uno mismo y tal es, en particular, la buena estrella de este oficio de escribir, que deberían combinarse placer y ganancia para ambas partes, y ser a la par tan placentero como tocar el violín y tan útil como un buen sermón.
Nos estamos refiriendo a la literatura seria; y con los cuatro grandes de nuestros mayores a quienes todavía rendimos admiración y respeto, con Carlyle, Ruskin, Browning y Tennyson ante nosotros, sería cobarde considerarla de entrada desde una perspectiva menor. Aunque no podamos seguir a estos atletas, aunque ninguno de nosotros sea tal vez demasiado vigoroso, sabio u original, sostengo que con cualquier obra literaria, por humilde que sea, nos cabe hacer mucho bien o causar mucho daño. Puede que sólo deseemos complacer; es posible que, a falta de mejores luces, nos conformemos con satisfacer la ociosa y efímera curiosidad de nuestros contemporáneos; y es posible asimismo que tratemos, aunque sea tímidamente, de instruir. En cualquiera de los tres casos hemos de comerciar con ese insigne arte de las palabras que, al ser el dialecto de la vida, penetra fácil y poderosamente en el espíritu de los hombres; y siendo así, en cada una de estas facetas contribuimos a alimentar la suma de sentimientos y de opiniones que se conocen bajo el nombre de opinión pública o sentimiento popular. En estos tiempos de prensa diaria, el índice de lectura de una nación modifica considerablemente su índice de expresión oral; y ambas, la lectura y el habla, constituyen el medio más eficaz de educar a la juventud. Un hombre o una mujer virtuosos pueden retener a cualquier joven durante un tiempo en una atmósfera sana; pero a la postre, es el ambiente contemporáneo el que domina sobre el común de las medianías. La frecuente vileza corintia del periodista americano o del croniqueur parisiense, tan fácilmente digerible ejerce una influencia negativa incalculable; tocan todos los asuntos, y todos con la misma mano egoísta; inician a las cabezas jóvenes e inexpertas en un espíritu indigno; surten a las mentes romas de citas punzantes. El volumen de estas feas preocupaciones desborda el de las escasas intervenciones de los grandes hombres; el desprecio, el egoísmo y la cobardía se desparraman en grandes hojas sobre las mesas en tanto que su antídoto, en pequeños volúmenes, reposa intacto sobre las estanterías. He aludido a los americanos y a los franceses no porque sean más viles, cuanto por ser más legibles que los ingleses; el daño que causan es más efectivo: en América, debido a las masas; en Francia, al escaso número de lectores; pero también entre nosotros se descuidan diariamente las servidumbres de la literatura, diariamente se suprime o tergiversa la verdad y diariamente se degrada el tratamiento de los asuntos importantes. No se considera al periodista como un funcionario serio; pero estimad el bien que podría hacer por el daño que hace; valga un solo ejemplo: el hecho de que cuando, en un mismo día, dos periódicos de tendencia política opuesta vocean abiertamente una noticia determinada en interés de su propio partido, nos sonreímos del descubrimiento (¡ya no es tal descubrimiento!) como si se tratara de un buen chiste o de una estratagema excusable. Mentir tan descaradamente apenas es mentir, es cierto; pero una de las enseñanzas que profesamos transmitir a los jóvenes es el respeto a la verdad; y no creo que semejante formación se vea coronada por el éxito mientras algunos de nosotros cultivemos y el resto apruebe sin el menor reparo la falsedad pública.
Dos obligaciones incumben a todo aquel que se adentre en el mundo de la escritura: fidelidad a los hechos y vigor en el tratamiento. En cualquier terreno literario, por humilde que sea para merecer tal nombre, la fidelidad a los hechos es de vital importancia para la formación y el bienestar de la humanidad, y tan difícil de guardar que el fiel que lo intente prestará con ello cierta dignidad a su ser de hombre. Nuestros juicios se fundan en dos elementos: primero, en las experiencias consustanciales a nuestra alma; pero en segundo lugar, en los testimonios de la naturaleza de Dios del hombre y del Universo que de forma diversa nos llegan desde el exterior. Estas formas diversas pueden en su mayoría reducirse a una sola, ya que todo lo que aprendemos del pasado y mucho de lo que aprendemos de nuestro tiempo nos llega a través de los libros y de los periódicos, e incluso aquellos que no saben leer aprenden de segunda mano gracias a esas mismas fuentes o a la información de los que saben. De ahí que la suma de conocimientos o de ignorancia contemporáneos del bien y del mal sea, en buena medida, obra de los que escriben. Por fuerza han de advertir que el conocimiento de todo ser humano responde, en tanto en cuanto sepan comprobarlo, a las circunstancias de su vida; que ninguno se considera un ángel o un monstruo; ni tiene el mundo por un infierno; y tampoco da en creer que todos los derechos se reducen a los de su país y su casta, y todas las verdades a su credo de parroquia. Todo hombre ha de conocerse a sí mismo para poder así enmendarse; ha de enseñársele lo que hay fuera de él para que sea bondadoso con su prójimo. Nunca será un error decirle la verdad, pues en su delicada situación, tejiendo con el paso del tiempo su propia teoría de la vida, gobernándose a sí mismo, o alentando y reprobando a los otros, cualquier pormenor tiene singular importancia para su conducta; y aun si un hecho determinado le desalienta y corrompe, siempre será mejor que lo sepa; pues en este mundo tal cual es, y no en un mundo más fácil merced a las censuras de su formación, debe recorrer su camino hacia la ignominia o la gloria. En suma, siempre es ocioso mentir; y nunca será acertado escamotear la verdad. Acaso sea precisamente aquello que omitimos lo que alguna persona necesitaba, porque lo que para uno sirve de medicina es para otro un veneno, y he conocido hombres que se han sentido confortados por la lectura del Candide. Todo hecho forma parte del gran rompecabezas que nos corresponde construir; y nada se pone abiertamente en el camino del escritor que no guarde alguna relación sutil, imperceptible para él, con el alcance y la totalidad de su objeto. Con todo, ciertos elementos son infinitamente más necesarios que otros y con ellos debe contender la literatura en primerísimo lugar. No es difícil distinguirlos, ya que la naturaleza, una vez más, actúa de guía; y los elementos necesarios debido a su eficacia son aquellos que revisten mayor interés para el espíritu natural del hombre. Aquellos coloreados, humanos, pintorescos, y enraizados en la moral, y aquellos otros claros, indiscutibles, que forman parte de la ciencia, son por sí mismos de capital importancia, seducen por su interés y resulta útil transmitirlos. Mientras el escritor se limite a narrar, habría de hablar principalmente de éstos. Hablar de los elementos amables, hermosos y sanos de nuestra existencia; y sin escatimar en su relación los males y tristezas de nuestro tiempo, conmovernos mediante ejemplos; aludir a las gentes sabias y virtuosas del pasado, emocionarnos mediante analogías; y de todos ellos habría de hablar con sobriedad y franqueza, sin glosar defectos, para que no desconfiemos de nosotros mismos y nos hagamos exigentes con nuestro prójimo. Por ello la literatura contemporánea, aunque efímera y frágil, mueve en la sensibilidad de los hombres los resortes del pensamiento y la bondad, y les sirve de apoyo (pues es fácil apoyar a quienes emprenden el viaje) en su camino hacia la justicia y la verdad. Y si en modo alguno produce este efecto, ¡cuánto más podría hacerse de quererlo los escritores! Ninguna biografía de cuantas se recogen en los anales del pasado dejará, si es debidamente estudiada, de sugerir o prestar ayuda a algún contemporáneo. Y no existe ninguna encrucijada en los asuntos actuales de la que todavía no pueda decirse algo útil. Incluso el periodista cumple una función y, con una mirada lúcida y un lenguaje sencillo, puede revelar injusticias y señalar el camino hacia el progreso. Por último: en todo relato hay una sola manera de mostrarse inteligente, y es siendo preciso. La vivacidad es una virtud secundaria que presupone la primera; pues producir vívidamente una impresión falsa sólo es hacer más conspicuo el fracaso.
No obstante, un suceso puede contemplarse desde distintos puntos de vista; puede ser referido con ira, lágrimas, risas, indiferencia o admiración, y el relato, en consonancia con estos sentimientos, se convertirá en algo distinto. Los periódicos que en su día informaron sobre el regreso de nuestros representantes en Berlín, aun cuando no difirieran en los hechos como tales, se apartaron unos de otros considerablemente en su espíritu; de tal modo que una de las descripciones fue una segunda ovación y la otra un insulto prolongado. En toda obra literaria el argumento es un factor trivial, y el punto de mira del escritor, por ser menos discutible, es mucho más importante que cualquier otro. Ahora bien, este espíritu que anima el argumento, importante en todo género de obras literarias, adquiere máximo relieve en las obras de ficción, meditación o alabanza; pues no sólo les da color, sino que también selecciona los pormenores; no sólo modifica, sino que conforma la obra. De ahí que en una vastísima extensión del terreno literario la cordura o la demencia del escritor, o un pasajero talante humorístico, constituyan no sólo las líneas maestras de su obra sino también lo único que, en rigor, puede comunicarnos. En su sentido más amplio, toda obra de arte transmite primero la actitud del autor, sin menoscabo de que en ella se halle implícita toda una experiencia y una teoría de la vida. El autor que ha mendigado su pensamiento y reposa en una fe de estrechas miras no puede, aunque quiera, expresar la totalidad o siquiera diversas facetas de esta variada existencia; pues, llevando una vida limitada, no admite algunas en su teoría, del mismo modo que sólo de forma imprecisa y desganada las reconoció en su experiencia. De ahí la inhumanidad, ruindad y bajeza de las obras religiosas sectarias; de ahí las limitaciones, afines aunque diferentes, de las obras inspiradas por el espíritu de la carne o por ese gusto detestable por la alta sociedad. Por ello la primera obligación del hombre que se ponga a escribir es intelectual. A sabiendas o no, se ha constituido en guía de la inteligencia de los hombres, y debe procurar conservar la suya ágil, generosa y lúcida. Todo, salvo los prejuicios, debe tener en él un portavoz; debe ver el lado bueno de las cosas; guardar silencio cuando sospecha que no comprende algo cabalmente; y reconocer desde el principio que sólo tiene una herramienta en su taller, y esa herramienta es la solidaridad. [El ejemplo admirable para todos los escritores jóvenes de la generosa solidaridad literaria de Swinburne merece, cuando menos, una nota. No vacila en reconocer el mérito, ya en Dickens o en Trollope, ya en Villon, Milton o Pope. Esta es la actitud en la cual deberíamos todos perseverar no sólo en la crítica, sino también en todas las facetas de la actividad literaria.]
La segunda obligación, más difícil de precisar, es de orden moral. A la mente afluyen mil humores diferentes en torno a los cuales, cuando se destacan, tiende a sedimentarse alguna forma de literatura. ¿Debe permitirse esto? Ciertamente no en todos los casos, pero sí en más de los que los puristas quisieran. Sería de desear que toda obra literaria, y especialmente toda obra de arte, surgiera de impulsos racionales, humanos, vigorosos y saludables, fueran cómicos o trágicos, religiosos, humorísticos o románticos. Con todo, es innegable que muchos libros valiosos son parcialmente demenciales; algunos, sobre todo religiosos, parcialmente inhumanos; y muchos tienen un cariz malsano e impotente. No odiamos una obra maestra porque nos protejamos de sus máculas. A fin de cuentas, no buscamos sus defectos, sino sus virtudes. Ningún libro es perfecto, ni siquiera en su concepción; pero muchos causan las delicias del lector, le hacen mejor y le reconfortan. Los salmos hebreos constituyen la única poesía religiosa que ha existido sobre la faz de la Tierra; sin embargo, sus salidas de tono hieden a hombre de carne y hueso. Alfred de Musset era una naturaleza retorcida y venenosa; cuando le acuso de tener un mal fondo, me limito a citar a ese frívolo y generoso gigante, el viejo Dumas; empero, cuando le impulsaba a escribir un sentimiento estrictamente creativo, podía ofrecernos obras como Carmosine o Fantasio, en las cuales se diría que había vuelto a encontrar, para pulsarla y deleitarnos, la última nota de la comedia romántica. Tengo para mí que cuando Flaubert escribió Madame Bovary pensaba principalmente en una especie de realismo malsano; pero ¡ved cómo en sus manos el libro se convirtió en una obra maestra de sobrecogedora moralidad! Y lo cierto es que cuando un libro se concibe en un estado de tensión extrema, con el alma a nueve veces su potencia, nueve veces encendida y electrizada por el esfuerzo, nuestra condición es aprehendida con tanta amplitud que, por más que el diseño principal pueda ser trivial o mezquino, no deja de transmitir alguna verdad o belleza. La dulzura se desprende de la fuerza; pero una idea mediocre mal ejecutada es mediocre de principio a fin. Y esto no alentará a amanuenses patizambos, de muñeca frágil, que deben tomarse su trabajo a conciencia o avergonzarse de practicarlo.
El hombre es imperfecto; mas, en su literatura, debe expresarse a sí mismo sus opiniones y preferencias; porque hacer cualquier otra cosa sería correr un riesgo más peligroso que el de ser inmoral; sin duda, el de ser un embustero. Disfrazar un sentimiento, incluso si es bueno, es convertirlo en un travestido; no nos será útil. Ocultar un sentimiento, si uno está seguro de poseerlo, es tomarse libertades con la verdad. Posiblemente todo punto de vista al alcance del hombre cuerdo contenga alguna verdad y sea, en el contexto adecuado, de provecho para la especie. No temo a la verdad, si hay alguien capaz de decírmela, pero sí a las medias verdades impertinentemente pronunciadas. Hay un tiempo para la danza y un tiempo para el lamento; un tiempo para ser brusco y otro para ponerse sentimental; para ser ascético como para glorificar los apetitos; y el hombre que sepa combinar en su obra estos extremos, en el momento y la proporción justos, habrá dado con la obra maestra tanto del arte como de la moral. La parcialidad es inmoral; pues yerra todo libro que ofrezca una visión tergiversada del mundo y de la vida. El problema radica en que el débil deba ser parcial; la obra de uno es deprimente y deletérea; la de otro, barata y vulgar; la de un tercero, de una sensualidad epiléptica; la de un cuarto, de un amargo ascetismo. En literatura, como en nuestra conducta, nunca podemos esperar haber acertado completamente. Lo único que podemos hacer es asegurarnos lo más posible; y para ello sólo existe una regla: no hacer precipitadamente aquello que puede hacerse despacio. De nada sirve escribir un libro y dejarlo reposar durante nueve o incluso noventa años; pues durante su redacción sólo parcialmente te habrás convencido a ti mismo; la postergación debe preceder a cualquier comienzo; y si meditas sobre una obra de arte dale una y mil vueltas al asunto y asegúrate de que te agrada su sabor antes de elaborar un volumen que conserve el mismo gusto de principio a fin; si te propones entrar en el campo de la controversia, debes primero reflexionar sobre la cuestión bajo toda suerte de circunstancias, en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza. Este análisis riguroso, imprescindible para cualquier forma de escritura solidaria y veraz, hace del ejercicio del arte una noble y prolongada enseñanza para el escritor.
Entretanto, queda mucho por hacer, mucho por decir y repetir una y mil veces. Toda obra literaria que suministre hechos fidedignos o impresiones placenteras presta un servicio a la comunidad. Servicio del que incluso puede estarse agradecidamente orgulloso de haberlo prestado. Las más insignificantes novelas son una bendición mejor que el cloroformo para quienes pasan por un mal momento. La vida de nuestro buen capitán de barco halló justificación cuando Carlyle alivió su espíritu con The King's own o Newton Forster. Deleitar es servir; y si no es difícil instruir y entretener a la vez, sí lo es, en cambio, conseguir plenamente lo primero sin lo segundo. Alguna circunstancia del escritor o de su obra aflora incluso en el más insípido de los libros; y leer una novela que fue concebida con un cierto vigor multiplica nuestras experiencias y ejercita nuestra solidaridad. Todo ensayo, todo poema, todo artículo, todo entre‑filet, está abocado a penetrar, aun efímeramente, en el espíritu de una parte de la comunidad y colorear, siquiera de forma pasajera, sus pensamientos. Cuando corresponda discutir algún asunto, cualquier escriba de la prensa tiene la valiosa oportunidad de iniciar la discusión con un espíritu digno y humano; y si hubiera en nuestra prensa un número suficiente que lo hiciera así, ni el público ni el Parlamento tendrían por qué caer en los pensamientos más mezquinos. Acaso el escritor tropiece de paso con un tema sugestivo, ameno, tonificante, aunque sea así para un solo lector. Sería, por cierto, muy desdichado si no convenciera a ninguno. Además, tiene la posibilidad de dar con algo que sea comprensible para una inteligencia mediocre; y que una inteligencia mediocre lea por una vez y comprenda, constituye un hito memorable en su formación.
Nos encontramos, pues, con una tarea que merece la pena y que debe intentarse hacer bien. Por ello, si me dispusiera a recibir en nuestro oficio a un contingente considerable, no sería en virtud de un sueldo mejor, sino porque fuera un oficio en buena y gran medida útil; que todo comerciante honrado pudiera, con sus solos esfuerzos, hacer más útil aún para la humanidad; que fuera difícil hacerlo bien y posible mejorar con los años; que exigiera de sus practicantes una reflexión escrupulosa, convirtiéndose así en una enseñanza perpetua para las naturalezas más nobles; y que, fuera cual fuese su retribución, siguiera estando mal retribuido en la gran mayoría de los mejores casos. Porque a buen seguro que a estas alturas del siglo diecinueve, nada hay que un hombre honrado deba temer con mayor recelo que ganar y gastar más de lo que se merece.


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