sábado, 14 de noviembre de 2020

Contate un Cuento XIII Categoría B

 

La Posta De Pedro

Francisco Florez, alumno de la E.E.S.N°2

 

    Amaneceres y atardeceres profundos, majestuosas barrancas y el aroma del Río Paraná eran el escenario ideal para Pedro y su familia, lugareños y dueños de la posta del lugar, distante de Rosario unos 50KM y sitio obligado de Manuel Belgrano en su recorrido.

    Pedro, era un niño de 8 años inquieto, vivaz y muy astuto, vivía con sus padres y con Abel, su hermano menor.

    Corría el año 1.811 y con la llegada a la posada de cada persona también arribaban los rumores del paso del General por allí y esas noticias entusiasmaban al pequeño, soñaba con  conocerlo…

    Los adultos, a menudo, se reunían a conversar y Pedro prefería dejar el juego con Abel y los niños para empaparse y nutrirse con las novedades. Pero, en esos tiempos, todo era muy lento, desde las galeras y los carruajes hasta las noticias y los arribos.

    Soñar mucho ese encuentro lo fortalecía y lo hacía muy feliz, también lo ponía algo ansioso. Por las noches rezaban a la virgen de San Nicolás y agradecían por el día vivido, Pedro en el absoluto silencio pedía cumplir su deseo. 

    A mediados de enero de 1.812, una mañana en el que el sol derretía la tierra, llegó un mensajero avisando que al otro día el ejército de Don Belgrano haría un alto en el recorrido y daría descanso a las tropas allí, las órdenes eran de alistar el lugar de modo urgente 

    Pedro no entraba en sí de tanta alegría, él mismo había recibido al mensajero con aquella esperada novedad. 

    Tanta temperatura no trajo otra cosa más que lluvia y el anegamiento de los caminos, todo era desaliento al día siguiente para Pedro, esto lo condenaba a esperar aún más, pero en tanta tristeza surgió por efecto quien sabe de qué una gran idea: Él iría en busca del General, sus padres lo aprobarían porque pese a sus 8 años era un experimentado jinete. 

    Así fue que salió cerca de las 10 de la mañana a puro galope y pasadas 3 horas pudo ver al escuadrón a lo lejos. Sus emociones eran un “sube y baja”, nervios, taquicardia, temblores y sudoración, “ahí están!!” gritó y fue en busca de ellos. 

    Ya frente a frente, Manuel Belgrano no entendía la situación y aquel mensajero le explicó todo sobre Pedro, la posta y su familia, mientras Don Manuel descendía de su caballo, el niño también lo hizo de un salto y al extenderle la mano formalmente, Pedro lo abrazó muy fuerte llorando de emoción y felicidad.

    La llegada a la posada fue colosal, entre algarabías y ganas de descansar, Belgrano recibió el cuarto del niño para recuperar energías y aquel día de 1.812, a poco de jurarse la Bandera Nacional por primera vez, Pedro cumplió el sueño de su vida: conocer a Don Manuel Belgrano. 

Contate un Cuento XIII Categoría B

 

Las mariposas aún no se fueron.

Juliana Caratú, alumna de la E.E.S.N° 3 “Carmelo Sánchez”

Allí iba yo, caminando hacia la parada del bus, y ahí te vi, con tu pelo un poco más largo, tus ojos, de un verde brillante, justo como los recordaba y tu sonrisa un poco más suave, más hermosa.

No esperaba encontrarte, tampoco esperaba que las mariposas que creí que a lo largo de todos estos años habían desaparecido, seguían flotando en mi panza. Pensé que había tenido suficiente tiempo para olvidar mis sentimientos, y no fue así.

- Hola, Jaz – me dijiste-, sin embargo, sentí que ya no me mirabas de la misma manera. Quise responderte, pero fue demasiado tarde, ya habías cruzado la calle y me regalaste una sonrisa antes de subirte emocionada al autobús.

¡Han pasado tantos años desde que dimos todo por perdido! ¿Y si no lo estaba? ¿Soy la única presa en estos sentimientos?

Los siguientes días lo único que hice fue perseguirte, pude enterarme que estabas con alguien más, ¿Te haría igual de feliz que yo? Me repetía, una y otra vez…

Estábamos tan bien, no puedo entender como un simple rumor pudo separarnos, fue lo único que supe luego de nuestra ruptura, cuando dudaste de mi amor y todo se acabó.

- Hola, Jaz – dijiste por segunda vez en la semana. Quise gritarte “Hey, Megan, me gustaría haberte amado como te extraño ahora”, pero una vez más, corriste sin dejarme hablar.

La semana siguiente, me la pasé sentada en el mismo banco esperando que llegaras, pero no sucedió, y comencé a preocuparme.

Corrí desesperadamente hasta tu casa, vivías en el mismo lugar de siempre, simple pero lindo, donde amaba sentarme a hablar contigo. Toqué la puerta, dos minutos después me abriste, me sentí contenta al saber que estabas ahí, pero ese sentimiento se fue como un chasquido cuando vi que ella se encontraba detrás de ti.

- ¿Qué haces acá, Jazmín?  Me llamaste por mi nombre completo y ahí supe que no te había agradado mi visita.

- Vos debes ser Jazmín, la amiga de Megan – exclamó tu novia, quise gritarle que habíamos sido más que amigas, pero no dije nada.

- Megan, ¿Por qué no la invitas a nuestro compromiso? – volvió a hablar ella, y ahí, mi mundo se cayó. Te miré, me miraste, en mis ojos solo había dolor y confusión, quería que me explicaras, pero solo bajaste la cabeza.

- Te enviaré la invitación por mensaje – continuó, no respondí, mi voz había desaparecido y mis lágrimas llegaron.

Volví a correr, sin rumbo, solo quería alejarme. Horas después, me encontré sentada en un parque con la luna sobre mí, mi llanto no cesaba y el dolor en mi pecho tampoco. Al amanecer volví a mi casa. Sentí que las lágrimas derramadas se habían llevado parte de aquel gran sufrimiento.

Entendí que lo nuestro era del pasado, había sido hermoso, pero todo lo bueno se termina.

Te amé, todavía lo hago, pero noté que ya no sentíamos lo mismo, me dolía saber que había dado todo y para ti nunca fue suficiente.

A partir de hoy todo debía acabar, aunque todos estos años fuiste todo para mí, esto tenía que terminar.

Lo había decidido y te desearía un feliz compromiso cuando me enviaras tu invitación, lo haría a pesar de mi dolor, ya que es realmente triste perderse a sí mismo por alguien que no quiere encontrarte.

Jamás me voy a olvidar de ti, el primer amor dura para siempre y tú lo harás durante toda mi vida.

Contate un Cuento XIII Categoría A

 

El ombú

Bianca Spinetti, alumna de la E.E.S.N° 10

 

Todas las tardes personas y animales de distintas clase iban a ver al gran ombú (les explico que el ombú es un gran árbol que saca sus raíces por fuera de la tierra). Aquel ombú era el más viejo de ese bosque, y, también, el más sabio. Todas las personas lo respetaban... quizás estamos exagerando, no todas.

Existía un hombre muy rico, y por esto muy presuntuoso, que no le tenía la menor consideración, ni a él, ni a nada... Y tenía planes que evidenciaban esto. ¡Quería hacer una gran fábrica de lápices, y para tal fin necesitaba madera, toda la que pudiera recolectar!... Bueno... Él no... sus empleados, y también quería hacerse del gran espacio que este bosque ocupaba.

Con sus planes en mente, fue a visitar el lugar en el que próximamente estaría su gran empresa. Miró y examinó cada rincón... y vio que era bueno, de hecho, era un gran lugar! Incluso tenía muchos animales... "hasta voy a poder vender estos animales para comprar materiales de construcción-se dijo- ¡¡¡Este lugar es una mina de oro... solo un tonto no lo notaria!!! ¿Qué circo o zoológico no pagaría fortunas por tener estos increíbles animales?"

Decidió entonces talar el bosque, con todo lo que esto implicaba para la flora y fauna del lugar... árboles talados, destinados a ser aserrín en una fábrica fría y sin vida, y los animales... encerrados en jaulas por el resto de sus vidas, condenados a ser blanco de miradas curiosas de personas que pagarían un boleto para verlos.

¡El desastre se aproximaba al bosque y sus habitantes!

Alarmados por los ruidos de las maquinarias, los animales, y también los árboles entraron en pánico, sabían que no les quedaba mucho tiempo, la vida que siempre tuvieron, y la única que conocían estaba a punto de desaparecer...

El ombú se enteró de esto, sin dudarlo un instante pidió ayuda, mediante sus raíces, a todos los árboles que se encontraban a su alrededor, y estos a su vez hicieron lo mismo, alertando hasta al arbolito más pequeño del lugar.

Aquello fue algo nunca visto, y que, probablemente, no se vuelva a ver en mucho tiempo... árboles de todos los tamaños y colores, liderados por el viejo ombú, se unieron para proteger su hogar y las criaturas que vivían en él. Llegaron a un acuerdo: "hay que detener a los hombres!"

                                                                          Y así se organizaron.

Cuando llegó el gran día de la tala estaban todos listos y preparados para defender lo que era suyo: los primeros taparon el paso de los hombres con sus ramas, tratando de impedir el acceso al corazón del bosque, donde los árboles más viejos estaban, y donde también estaban los animales, espectadores de toda esa barbarie .Los hombres solo se quejaban, enojados, por las dificultades que estaban teniendo, y, agarrando hachas y cuchillos, comenzaron a cortar las ramas...

El bosque temblaba de dolor.

                Las lágrimas del ombú fluían

                                            como savia por su corteza,

                                                                                       pero había que continuar,

 fue así que recibieron la  orden  los sauces, ¡era su hora!

  Sauces eléctricos y llorones con sus flexibles ramas envolvieron a los trabajadores y a sus máquinas, con sus lianas ataron y elevaron a los hombres más cercanos. ¡Esto lógicamente los asusto!, ¿los árboles los estaban atacando? Muchos de ellos salieron corriendo despavoridos. Solo quedaban 4 trabajadores junto al ambicioso hombre de negocios... estaban impactados, no podían entender qué era lo que estaba sucediendo. Alterado por el curso de los acontecimientos, y no dispuesto a perder el espacio para su gran empresa, el hombre pensó y re pensó la situación... "es el ombú el que da las órdenes a todos los árboles"- se dijo a sí mismo... Entonces con la única máquina que quedaba al alcance de su mano se abalanzó sobre el gran ombú, dispuesto a talarlo y terminar con todo esto de una buena vez. Estaba a solo pasos de lograr su objetivo, cuando de pronto... tropezó con una gran raíz, una muy gorda y vieja. ¡Decir que voló por los aires sería la mejor forma de explicar la situación... el hombre salió disparado!  solo un pantano hediondo y lodoso detuvo su viaje, y esto no es todo, los cuatro hombres que le acompañaban tuvieron el mismo fin, uno por uno.

¡La anécdota de como rescataron a estos hombres es graciosa y embarazosa... pero esa es otra historia! La que hoy les estoy contando tuvo un final feliz, la sabiduría y rápido actuar de ese viejo y sabio ombú dio como resultado que tanto los animales como los árboles pudieran preservar su hogar. El miedo pasó, las ramas cortadas volvieron a crecer, nuevas hojas nacieron, y lo que quedó de todo esto fue una gran historia por contar. Hoy   por admiración, miedo o respeto nadie se mete a irrumpir la paz del bosque... no vaya a ser cosa que se encuentren con una pandilla de árboles enfurecidos... liderados por un poderoso ombú.

Contate un Cuento XIII Categoría A

 

El bosque fantástico

Cielo Peluca, alumna de la E.E.S. N° 1 “Antonio González Balcarce”

   Una niña llamada Lena y sus tres hermanos mayores fueron a la casa de su abuela, se pusieron a jugar a las escondidas. Lena se metió en un armario, corrió la ropa y observó que había una puerta, decidió abrirla y se encontró con un bosque. Entró y vio árboles color rosa, hadas, unicornios y mucho más. Llamó a sus hermanos, cuando pasaron la puerta no creían lo que estaban viendo, unos minutos después se les acercaron unas hadas y los acompañaron a recorrer todo el bosque. Por último, los llevaron a ver el castillo de la Reina. Entraron y la Reina Flora los recibió muy bien. Cuando se estaban por ir , los detuvo y les pidió un favor:  si podían ir al castillo de la Reina Malasia para recuperar el elemento mágico que le había quitado, y a cambio ella les iba a dar a cada uno un objeto. Al mayor le dio una espada; al que le sigue una soga; a la del medio, un escudo; y por último, a la más pequeña, llamada Lena, le entregó un diamante que le daba el poder de ir a los lugares que ella quisiera. Los hermanos contentos se fueron.

   Una vez en el  castillo de la Reina Malasia, decidieron ir en silencio para que no se los escuchara. La más pequeña usó  el diamante para ir hasta donde estaba el elemento mágico. Justo cuando iba a  agarrarlo, la Reina los vio y quiso atrapar a Lena, pero el hermano empezó a luchar con la espada y el escudo. Malasia  le estaba por largar un hechizo y  la hermana del medio se dio cuenta y la maniató con la soga. El mayor agarró la varita y se fueron rápidamente, dejando a la Reina encerrada en una jaula.

   Cuando llegaron al castillo de la Reina Flora, le dieron el trofeo, esta les agradeció y les dijo que ya era tarde, que se tenían que ir a la casa de la abuela. Pero antes les aseguró que podían volver las veces que quisieran e iban a ser bien recibidos.    

    Los hermanos regresaron  a la casa de su abuela. Esta les preguntó a los niños qué habían estado haciendo; y sin saber qué responderle, le dijeron que habían estado jugando a las escondidas.

   Desde ese momento, cada vez que visitaban a su abuela, pasaban por la puerta e iban al bosque encantado.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Menciones de honor Contate un Cuento XIII CATEGORIA E. Adultos

 

Solo otro lugar

Jorge Eduardo La cuadra – Córdoba

 

 

Hoy hablé con mamá. Está bien me dice, todavía un poco desorientada, pero ya más despabilada. No le tiemblan las piernas me comenta, ni se le duerme el brazo, y eso es muy bueno. Solo una sorda sensación en el pecho, pequeña, como si le faltara algo valioso allí. Pregunta por el Bicho, si lo están cuidando bien y si le ponen el platito con leche tibia, como todos los días. Ella quería mucho al Bicho y lo extraña, se ve que ahí, del otro lado, su memoria todavía busca esas cosas mansas y queridas, como acá, igual que acá, aunque solo sea otro lugar.

Mamá dice que muchas gracias por el peinado, muy prolijo y cómodo. No es bueno llegar a un lugar y mostrase desarreglada y con las mechas sueltas, Pero hay algunas dice, que son impresentables. No entiende que les ha pasado. Una debe ser mujer hasta en la indecencia, era una de sus frases. La blusa también le gusta, porque tiene esas mangas amplias, abuchonadas,  que siempre te comentaba, y es de color negro, que a ella le sienta bárbaro, aunque la haga verse mucho más pálida. Y la pollera haciendo juego, larga hasta los tobillos, como corresponde. Me dice que extravió el anillo de papá, que no sabe si lo trajo o se lo sacaron. La carne más blanca en su dedo blanco se destaca, sobre el pecho delgado, y trata de cubrirla con la otra mano.

También me pregunta por sus plantas, sabés que eran su debilidad, jamás dejaría sus plantas para irse a otro lugar, ella siempre decía así. No iba a ningún lado de visita porque afirmaba que nadie regaría los malvones. Y sin embargo. Tengo miedo de decirle que los malvones y los helechos se han secado un poco, y los amarantos perdieron muchas hojas. Se nota su ausencia en el balcón, donde por las tardes ella tomaba sus interminables mates dulces con biscochos de grasa, que al final le hacían tan mal en el estómago. Ahora el Bicho es el amo de esas macetas y las despanzurra con placer, usándolas de arenero. Hasta hay un pájaro masticado e insepulto debajo de la Estrella Federal, cacería sonsa del viejo felino. Eso nunca se lo diría.

Me dice que todavía, en forma inconsciente, busca las cajas de pastillas, no sabe el por qué, quizás la costumbre de su viejo cuerpo, de sus blancas y delgadas manos. Esa tarea minuciosa de partir las pastillas por la mitad y ponerlas en bolsitas dentro de las cajas, empresa ahora tan rara, tan impropia y lejana. Dice que ya no tiene esa ansiedad que tuvo toda su vida, de necesitar algo con desesperación o de aplacar los monstruos de la noche. Mamá siempre tuvo miedo a los monstruos de la noche, por eso sus vigilias, las madrugadas interminables, las pastillas, esperando a papá. Acá, me dice, nunca es de noche, el tiempo, si es que hay tiempo, se extiende como un crepúsculo indefinido, de color constante y fluir invariable, si es que se puede entender eso.

Me cuenta ahora, de unas nubes prolijas, como de una plácida pintura flamenca, que vagan por un cielo claro y sin estrellas. Le han dicho que hacia el oeste, donde se dibujan unas incipientes sombras de montañas o de cordillera, llueve o nieva, pero no se sabe con certeza. Ha visto llegar desde allí, gente que parecía mojada, con la vestimenta mohosa y la piel muy arrugada, como si hubieran estado sumergidos en un líquido demasiado tiempo. A muchos les faltan los zapatos, o tienen uno solo. Algunos también llegaban desnudos, con los pelos pegoteados sobre las sienes, como algas. Y eso que allí ni siquiera hay agua, me dice, porque no hay sed. Me resulta sorprendente eso, un lugar donde no existe la sed. Ahí está la diferencia me dice ella, no sufrir la privación de algo que no se necesita. Y sigo sin entender.

Me cuenta, que donde está ella es solo otro lugar, yermo y casi desolado, con suaves ondulaciones de un infinito césped, cortito y blando, como una alfombra falsa que lo cubre todo. Un campo de golf interminable y despojado. No hay árboles siquiera, ni pájaros, ni insectos, nada, absolutamente nada, solo ese pasto, el cielo anodino y las nubes. Y eso le hace extrañar más sus plantas. Alumbra ese paisaje un sol pálido como una hostia de pan ázimo, olvidada bajo lluvia, en un rincón donde no llega jamás la lluvia. Y sin embargo tampoco hay silencio, un murmullo indescifrable resuena, constante y atiborrado. Como si miles de abejas gritaran juntas bajo ese sol.

Parece un lugar triste, le digo, decadente o inevitable, dadas las circunstancias. Pero está toda esta gente, me dice mamá explicándome, un montón de gente, cubriendo toda la extensión hasta donde se puede llegar con la mirada. Las ondulaciones permiten observar que no queda espacio por cubrir, y sin embargo siempre puede haber más gente, porque siguen llegando. Como si fuera aquel un gran recital al aire libre, cubriendo toda esa tierra. Solo unos pocos hablan o conversan, muchos están más desorientados que ella. Casi todos están de pie, muy pocos arrodillados, los que lloran o quizás rezan. Algunos caminan entre la multitud y preguntan, buscan parientes, amigos, hijos, celebridades. Se indaga bruscamente, solo lo preciso, se dan señas, se nota que no hay mucha confianza, también allí puede haber un enemigo o un asesino.

Hay tanta gente, me dice mamá, que al final todos resultan desconocidos, tantos rostros que marean. Pero uno se acostumbra, dice, de ver la misma expresión en todos, no ya de sorpresa o resignación, tal vez solo de espera. Como la gente que aguarda en la sala de transbordo de una terminal de ómnibus o un aeropuerto. Con una diferencia, allí nadie tiene equipaje, solo las manos vacías, los bolsillos vacíos también.

Ahora te cuento lo malo, me dice mamá. Hay gente lastimada, de muy mala manera, con heridas muy feas. Muchos no parecen darse cuenta de tenerlas, otros se miran y se revisan introduciendo sus dedos entre los labios de piel desgarrada, palpando cavidades y huesos rotos. La sangre es negra, no como en las películas me dice, que siempre es roja. A mamá le encantaba ver esas películas policiales, de muchos tiros y persecuciones de coches. Y es por eso me dice, que están despeinados, la mayoría de los que tienen traumatismos, están despeinados, vaya a saber por qué dice eso. Quizás por descuido o por las prisas parecen abandonados.

Lo peor son los niños, me dice casi en voz baja, tan quietos que parecen estar dormidos. Incomoda verlos tan apocados, tan poco niños. Incomoda en algunos ver los moretones o las marcas en los cuellos. Uno no se acostumbra a esas cosas, dice mamá. Son tan pequeños, parecen muñecos de colección, con sus ropitas a medida y sus pijamas preferidos, eso sí es malo, muy malo, ver pijamas con sangre negra y olvidada. Ver las niñas con sus vestidos recién estrenados, que no pueden jugar, que lo miran todo y sin embargo no ven nada. Pupilas perdidas en la distancia.

Me dice que es una suerte que la sangre no se distinga en su hermosa blusa negra. Se disimula tan bien. Y agradece el cuello alto que cubre su piel pálida y las costuras que muerden bajo él. Siempre mantuvo la compostura incluso antes las mayores adversidades, madre al fin. Lamenta haber perdido el anillo de oro, ¿o se lo quitó papá? No recuerda, parece haber transcurrido tanto tiempo, en un lugar donde no existe el tiempo. Sus blancas manos forman un nido pequeño, la una sobre la otra, cubriendo la herida inexorable que atraviesa su inmóvil corazón.

Hoy hablé con mamá, está todo bien, me cuenta que ha estado buscando a papá, no con urgencia o con ansiedad, ahora sin las pastillas, pero si con muchas ganas de verlo y explicarle algunas cosas. Y contarle sobre el Bicho, que los debe estar extrañando y de las plantas también. Está segura de que anda por allí, cerca nomas, como estuvo siempre, a pesar de los desaciertos, a pesar de las diferencias. Caminando entre millones. Son temas de ellos, sabés, como se decía antes. Hay un mundo de preguntas que quedan sin respuestas cuando uno parte para no volver.

Busca entre los miles de rostros y mide las infinitas espaldas, buscando la espalda ancha de papá. Ella siempre elogió la espalda de papá, y su fuerza, la reconocería entre miles, si la viera. Y si viniera de frente, lo miraría a los ojos, buscando ese amor incondicional y rabioso que se llevó la bala que floreció su sien. Mamá me dice que lo extraña, a su manera, que días malos los tiene cualquiera, y yo quisiera decirle que está equivocada, horrorosamente equivocada. Me callo para no dejar de escucharla. En ese otro lugar, tan inmenso y tan calmo, papá también debe estar buscándola, quiero creer eso, para pedirle perdón.

 

 

 

 

 

 

Menciones de honor Contate un Cuento XIII CATEGORIA E. Adultos

 

La ines

Ana Mascioni – Balcarce

La Inés vive en el barrio. Una casita modesta, rozando la precariedad. La Inés es la mamá de cinco pibes, todos seguiditos, dirían las viejas, como si la cronología en el momento de parir fuera sinónimo de algo. Los pibitos son buenos, tan buenos y mansos como las circunstancias se lo permiten. Cartonean en bicicleta de a dos y el mayor, Fernando, va siempre solo. Dice que él sabe cuidarse y que no quiere andar lidiando con pendejos en la calle. También van a la escuela, claro…cuando también ellos y las circunstancias se los permiten. La Inés dice que ella hizo hasta el 4to grado y que la escuela no le enseñó a fregar un piso ni a lavar el culo de los viejos que es con lo que ahora les da de comer a sus hijos pero que para ellos quiere otra cosa: que tengan un trabajo digno, que sean gente de bien y que no vayan a pasar miserias cuando sean adultos, eso dice siempre la Inés. Igual dice todo eso de la escuela y los culos pero sabe que las puertas que se abren con un papel que diga “egresada” no son las mismas que se abren con su humilde 4to grado.

Los hijos de la Inés también juegan a ser chicos, de vez en cuando, o mejor dicho en esas oportunidades cuando en la casa aparece con ínfulas de padre el progenitor  y tira 200 pesos sobre la mesa y los manda fuera porque él llega con “sed de hombre”. Entonces ellos risueños salen con la pelota deshilachada a patear un rato en el potrero. Y patean contentos. Patean las ganas y abstinencia de juego y de ser chicos. Patean la rabia y la bronca de poder serlo solamente de a ratos. O también, por suerte, a veces rumbean todos juntos para la pública en la que cada año la Inés los anota sintiendo que ese año será mejor que el anterior. Ella realmente desea educación para sus hijos, pero el manguito que ellos traen colabora para la economía familiar. Ese día seguro se come un guiso de pancitas de pollo y la Inés vuelve orgullosa del almacén con dos bolsas en la mano y masitas rellenas de chocolate que desaparecerán al atravesar la puerta.

Pero no es de los chicos de lo que quiero hablar, si no de la Inés.

Los vecinos la miran de soslayo, siempre con esa mirada de alguien que se cree superior, esa mirada que está entre la lástima y el desprecio y que no se sabe quién les otorgó ese derecho de mirar. La Inés es amable igual porque así se lo enseñó su abuela: “usté ante todo educadita, mija, le decía siempre que la dejaba en la puerta de la escuela”. Gracias a ella hizo hasta el 4to grado del que tan orgullosa está pero bueno… la abuela era grande y un día se murió y ahí mismo se murieron también los sueños de la Inés de terminar la escuela. Para su suerte o para su desgracia, no sé, los patrones de la abuela fueron, según ellos, solidarios y compasivos y se llevaron a la Inés a su casa. Y así fue que siendo una niña aprendió a lavar los culos y fregar los pisos que siempre menciona.

De nada se queja, la Inés. De absolutamente nada. Siempre agradecida el día del pago y feliz cuando la patrona ordena su placard. Ese día sabe que alguna pilchita liga, pero solo una, eh… ¿el resto? El resto para la feria de la plaza del sábado a la tarde. ¡Ese día sí que es una fiesta! Se juntan todas y pueden charlar a calzón quitado, dice la Inés; y la patrona se enojaba: ¡Qué expresión para una dama! Y la verdad que la Inés no entiende porque la señora tanto se enoja si su frase no dice nada malo y aparte no hay nada más cómodo que andar sin calzón. Pero bueno, si a la señora no le gusta ella intenta no decirla para no disgustarla porque ante todo el respeto a los patrones.

En sus mejores años la Inés conoció al Sergio y eso sí que fue para su desgracia porque la verdad que ese no se merece ni siquiera el oxígeno que la naturaleza le da para respirar. Lo que se puede decir de él no es demasiado y ni tampoco vale la pena perder en eso el tiempo. Solo decir que lo único que compartieron fue la cama de sábanas revueltas y la mezcla de sus ADN en los cinco chicos que tienen, bueno…en los cinco chicos que la Inés parió sola en el hospital y al último en su casa porque no había plata ni para el boleto del bondi. Porque si se habla de crianza la Inés crio a sus hijos “solita y su alma”, como dice siempre orgullosa y llevándose la mano al pecho. Y fueron cinco porque la Inés un día se cansó de estar engendrando pibitos y se fue al hospital y ahí nomás le pidió a la enfermera que la vacíe, por favor, que le saque todo porque cada vez que aparece el Sergio le deja un hijo de souvenir.

 Si hay algo de cierto es que el Sergio a veces aparece con sus doscientos pesos que apoya campante en la mesa. Pero cuando se le acerca Ia Inés está tranquila. “Total ya estoy castrada”, se dice a sí misma y mientras él se vacía dentro de ella, la Inés trata de recordar los precios de la despensita y ya se ve gastando los sucios y necesarios billetes sabiendo que va a poder comprar las galletitas rellenas de chocolate.

Del resto poco le gusta hablar. Sabe que se le pasaron y se le están pasando los años entre camisas ajenas para almidonar y manjares por preparar para una familia que le dio un techo cuando el suyo se había quedado vacío y sin vida. ¿Agradece? Sí, claro. Cada día al levantarse agradece. Porque si hay algo que tiene la Inés es que es una eterna agradecida. Sabe muy bien que le debe mucho a esa familia que decidió llevársela para beneficio propio pero llevársela al fin. También sabe que en el zodíaco es de Tauro con ascendente en Tauro y que esto le dio su personalidad serena y pausada, especialista en mantener la calma porque si hay algo que caracteriza a la Inés es su capacidad para controlar situaciones. Nació en eclipse total de sol y su número de la suerte es el 2 pero a esto no le encontró nunca una utilidad. Excepto ahora, que decide contarlo en estas líneas que escribe sobre ella misma porque la maestra se lo pidió, porque se animó a intentarlo y un día de regreso a su casita precaria la Inés se dijo: “voy a terminar la escuela porque es lo que quiero.” Y así, toda decidida y con su uniforme del trabajo entró a la escuela y se anotó y salió de ahí como perro con dos colas porque le dijeron que, si quería, podía. Y ella eligió creerlo en ese momento y también ahora. Por eso sabe que la maestra le va a decir que no se dice “la Inés” pero ella siente que si se menciona de otra manera estaría traicionándose, traicionando de dónde viene y si hay algo de lo que nunca se va olvidar es de dónde viene, pero tampoco se olvida a dónde quiere llegar. Pero eso, eso mejor lo cuenta en otro momento.

Menciones de honor Contate un Cuento XIII CATEGORIA E. Adultos

 

El increíble vuelo del Pulqui

Gustavo Loza – Balcarce

                                                                                     Lunes, 3 de marzo de 1975

La orden había sido clara, precisa y contundente: debía ir a hacer los mandados. A eso de las ocho y treinta, luego de haber dormido muy tenso porque era el día más esperado, me desperté distinto. Comenzaban las clases por primera vez en mi vida. No dejaba de pensar que este sería “el gran día de mi vida”.

Esa mañana mi mamá me había encomendado las compras, debía ir al almacén y traerle todo lo que ella quería. La costumbre familiar señalaba que lunes era sinónimo de “puchero”, pero vaya a saber por qué mamá había cambiado de menú. Debo aclarar que el tuco siempre le salió riquísimo y que era indudable que sabía a tuco de italiano, a salsa de gringa.

Según cualquier libro de cocina, un “puchero” es una comida de fácil preparación, pero tiene sus secretos. Sobre todo, si queremos que la sopa sea agradable, rica al paladar. Según las manos expertas, llevaba zapallo, papas, batatas, zanahoria y carne vacuna o de gallina, según las preferencias. Luego de hora y media o quizás dos de hervor, se apelaba al dicho “listo el pollo y pelada la gallina” y se arrancaba por degustar de prepo el nutritivo caldo comúnmente llamado sopa.

 Lo cierto es que tomé papel y lápiz y antes de las nueve ya tenía la lista de compras escrita por mí, con una grafía acorde a un pequeño de seis añitos. Era la letra que yo podía entender, porque a mi madre no le descifraba nada de lo que escribía. Al dictado pude escribir: una lata de tomate la Campagnola, cebolla, ají, pan (un kilo, porque en casa éramos tres chicos) y una caja de fideos Vizzolini de 500 gramos. ¡Recuerdo que no podía cambiar los productos indicados bajo ninguna premisa!! No se aceptaba otro tipo de marca de fideo, o de tomate; decía (y hoy en día sostiene lo mismo) que el uso de tal materia alimenticia asegura el gusto y el sabor de la comida. ¿Será…?

La cuestión que bolsa de plástico y libreta en mano me fui para el almacén, y mientras tanto, iba pensando con quién me sentaría en la escuela, que no conocía a nadie, quién sería mi maestra, qué dibujo haría en la portada del cuaderno y no sé cuántas tonterías más. En apenas cinco minutos ya estaba en el almacén (yo no sabía que todas las palabras que comienzan con “a” o “al” son de origen árabe). Ingresé y había dos señoras muy altas, de pollera tubo y camisa liviana, de esas madrugadoras que realizaban sus compras y se tardaban bastante.

 Mientras tanto yo había escuchado que una de ellas se llevaba la única caja de fideos Vizzolini. Uffffffff, pensé; mi mamá me va a matar si no le llevo los fideos que ella quiere…. La cosa es que esperé un buen rato y mientras tanto miraba una y otra vez las latas de masas que tenían palmeritas y anillitos. Llegó mi turno y comenzaron a atenderme. Yo relojeaba la estantería de los fideos y veía que no había los que figuraban en mi lista. Pedí el tomate, me pesaron la cebolla y el ají y al momento de despacharme los fideos se escuchó el ruido de una chatita: un Rastrojero verde con una inscripción en la lona que decía la misma marca de fideos que le pedía al almacenero. Pude deletrear una palabra larga que coincidía con la última de mi lista manuscrita: “Viii – zzooo – liii –ni”

-Ahhhhh, ¡qué justo, mira quién llegó!!! - dijo el Sr. Almacenero con un dejo de satisfacción-

Y en ese instante, entró un  Señor muy alto, de caminar erguido, camisa,  pantalón de jean,  peinado para atrás, con anteojos de sol, que parecía el dueño de la empresa Viii – zzooo – liii - ni y que le preguntó al almacenero qué le bajaba…Era una conversación entre grandes. El ruidoso Rastrojero estaba en marcha y por lo visto era costumbre dejarlo con el motor encendido. Yo pensaba: o hacía muy rápido su trabajo o bien tenía mucho dinero porque no le importaba gastar gasoil.

-Bájame uno de sopa, tres mostacholes, un codito y…una caja de Vizzolini.

Por suerte,  me invadió un estado de relajación, porque me fui para mi casita contento porque había podido cumplir con todo lo que me había pedido mi madre.

Ese lunes de sol era el primer día de clase, y eso sí que era importante. Los útiles los habíamos comprado el viernes anterior, un cuaderno Gloria de 48, una cartuchera, lápices, una pluma, tinta, secante y una escuadrita. Todo había quedado asegurado en una especie de caja fuerte de entonces: una “cartera” o maletín de cuero, muy pesado. Pero mi alegría era infinita, tenía todo lo necesario como para poder aprender en la escuela.

Los tallarines estuvieron exquisitos, un tuco que ni les cuento; 12:35 en punto me levanté de la mesa rumbo al baño, dientes, mano y a ponerse el guardapolvo que lucía inmaculado, no sólo porque era nuevo, sino porque escuché que se le ponía un producto que lo llamaban Plastitel. Parece que, en la antigüedad, es decir, cuando yo era chico, “planchar” era un arte. Entonces para que las prendas quedaran perfectas, en referencia a sus formas, se les aplicaba en ese momento un producto químico –apresto- que ayudaba a dejar la ropa muy linda, esto es tiesa, firme. En consecuencia, al ponerme el guardapolvo quedé duro por los efectos químicos y caloríficos de la plancha sobre la ropa.  Mi remera blanca y el guardapolvo parecían hechos de yeso. Era una especie de Robocoop de los años 70.

Cerca de las trece, salimos para la escuela, hacía calor. He descubierto que los veranos en estas zonas son terribles, pocos días lindos en enero y febrero y después en marzo vuelve las temperaturas con todo. Con mi mamá y hermano menor nos fuimos caminando hasta la escuela y antes del primer escalón junté coraje y adentro. Tres escalones y ya estaba en el centro del saber. Una maestra, una señora con guardapolvo celeste nos sonreían y nos daban la bienvenida. Las recuerdo con una sonrisa bien grandota, labios carmín, raros peinados nuevos, y los guardapolvos que tenían algo parecido al mío. Para mí que le habían echado eso que le ponía mi mamá, porque las veía muyyyyy tiesas, pero sonrientes. Yo no me cansaba de inspeccionar todo con la vista: en la entrada un mural pintado y alguien lo había garabateado en el extremo inferior, las luces, el cuadro de un Señor con gesto de seriedad. Recuerdo que había olor al combustible que vendía el turco que repartía Kerosene en el barrio. Eso era, había olores varios, pero se destacaban el aroma del producto que usaba mi mamá al planchar, más olor a kerosene y también al inconfundible perfume “Siete Brujas”, que debo confesarles que al escuchar ese nombre me daba miedo. Yo me imaginaba que había brujas en el pueblo y que encima se ponían perfume.

Súbitamente se escuchó el tañido de la Campana y amablemente nos condujeron hasta el patio de la escuela. Era un enorme lugar, con algunas particularidades: un enorme árbol de nueces en un cantero, una construcción que decían que allí había una caldera, una hermosa campana de bronce y un pilar con una canilla que indudablemente servía para calmar la sed de los párvulos de aquel entonces.

Exhaustos por el calor, las Señoritas nos hicieron formar bajo los efectos de Febo. Yo no paraba de mirar los portafolios de los otros chicos; había de los modelos más extraños. Pero prevalecían  el que tenía yo, lleno de precintos. Sin embargo, había otros más revolucionarios que tenían cierre. La cuestión fue que en apenas unos instantes estaría por pasarme la anécdota más sorprendente que haya vivido un pequeño de seis años.

Varias de las madres atosigadas por el sol de la tarde, ya habían partido para seguir con sus cosas de la casa. Les recordaron que debía estar a las cinco en punto para retirar a sus pequeños hijos, y les repitieron que deberían tener puntualidad inglesa.

Una de las maestras se notaba que había ido a lo de la “gallega” que iba mi mamá. Esta buena Señora le hacía cosas a mi madre en el pelo; recuerdo que la metía en una especie de plato volador o tubo que hacía un ruido bárbaro y que después de unos minutos salía con el pelo seco. A la orden de otra Señora de blanco se tocó por segunda vez la campana y nos hicieron “formar”. Esta actividad consistía en ponernos uno detrás del otro y tocarle el hombro al compañero de adelante y luego quedarse como soldadito mirando hacia la galería que daba a los baños-

Para mi sorpresa, como yo era de los más altos, pude mirar todo el espectáculo. Frente a los grupos de escolares acalorados aparecieron tres señoras grandes como mi abuela. Curiosamente, tenían  esos raros peinados nuevos,  guardapolvos blanquísimos, bien esbeltas.  Se presentaron como la Sra. Directora, Vicedirectora y Secretaria de la Escuela. Todos las aplaudimos; se entonó esa canción que comienza con “Oid Mortales” y luego sucedieron una serie de discursos que no sólo daban la bienvenida, sino que aceleraban el calentamiento global de nuestras cabezas. Las palabras se sucedían como los temas en un disco de pasta, y las Señoritas nos dejaron poner en el piso los portafolios que a esa hora pesaban como el ancla de un barco.

Pero mientras escuchaba aquellos inolvidables discursos del saber, pude divisar a algunos amiguitos del barrio, otros que vivían sobre la Avenida, al hijo de unos de los mecánicos de la calle 27 y al coprotagonista del suceso inolvidable.Y digo inolvidable porque este buen muchacho, aficionado a los aviones supersónicos tenía en su mano derecha un avioncito de papel que con seguridad habría preparado en el seno de su casa. Ese avión era perfecto en sus dobleces y estoy seguro que planearía como ningún otro.

El I.Ae. 27 Pulqui  fue un avión a reacción (Supersónico) diseñado y construido en Argentina hacia 1947. Fue el primer avión de este tipo en fabricarse en Latinoamérica, y el noveno en todo el mundo. Fue un logro de la ingeniería argentina y ese avioncito de papel tenía cierto parecido.

La verdad es que este chico en medio de las solemnes palabras de la directora de antaño, me miró, yo lo miré y nos entendimos perfectamente. Un pacto secreto se había concertado bajo los rayos del equinoccio de marzo, del sol escolar y estaba a punto de concretarse. Aparentemente de habilidad diestro este chico de Cuarto Grado, alumno de una tal Señorita Chichina, eyectó de su mano aquel prototipo de papel hacia donde yo estaba. Al parecer, tuvo tanta, pero tanta precisión que su Drone del año 75 no levantó vuelo y llegó “silenciosamente” hasta mis zapatitos de cuero recién lustrados. La Señora que custodiaba el rebaño de primer grado no alcanzó a percibir aquella proeza aeronáutica.

Fue entonces, cuando me agaché y decidí devolver el supersónico. Derecho para la pluma, el lápiz y el fútbol, enseguida me di cuenta que yo no era el dueño de ese tecnológico objeto, así que lo tomé firmemente con mi mano izquierda, tomé un poquito de aire y le di un impulso tal que se elevó por encima de los grupos de segundo y tercer grado, pensando que llegaría hasta la fila de cuarto donde estaba su verdadero dueño.

Generalmente, el patio de una escuela, por más grande que sea, es un lugar al que no le entran corrientes de viento. Pero justo en ese instante, en que yo tiraba el avioncito, llegó una correntada de aire que ayudó a remover las cortinas de los salones y a refrescar a los pequeños, pero también para desencadenar la tragedia.  

La miniatura de papel comenzó su incógnito vuelo por los aires escolares, pero fue interceptado y ayudado por el aire liviano que refrescaba a los niños y desviado cuan Globo teledirigido hacia el lugar menos pensado. Varias chicas y chicos se tomaron del brazo, aparecieron caras de asombro, unos gorriones desde el nogal dejaron de moverse, el bebedero depuso expulsión agua, la cadena de la campana parecía retorcerse (parecía gritar ¡Atajen el  avión!!), algunos vasos plegables cayeron de los bolsillos, la Seño tiraba infructuosos manotazos al aire para rescatar el elemento volador.

Mientras la maestra más experimentada decía sus palabras finales, imaginé que pronto el mundo se volvería en contra mío. El inofensivo papelito había pasado por las cabezas de mis compañeritos y había tomado rumbo “conocido”. Yo quería que el objetivo hubiese sido otro, pero la punta afilada del Pulqui dio en el “blanco” menos inesperado: se estrelló contra la almidonada solapa derecha de la Señora Directora de quien se decía que tenía treinta años de antigüedad.

Se escuchó un unísono UUUUhhhhhhhhhh, y de inmediato aparecieron cientos de miradas inquisidoras y acusadoras que a esa hora no hacía falta describir. La Directora había enfurecido, mi Seño estaba muy enojada y yo no entendía por qué había salido tan mal mi envío.

El resto de la jornada, se las dejo para que se imaginen cómo terminó, y sobre todo lo que le pasó a aquel pequeño esa tarde de 1975. De lo que sí deben estar seguros, es que fue un día inolvidable que había comenzado con una sonrisa y terminaba con una experiencia de vuelo que ni El Principito se la habría imaginado. ¡Eso sí, a la noche mi mamá nos hizo su clásico puchero de los lunes!!!