jueves, 21 de abril de 2022

Afinidades Por Gerardo Barbieri

Te has mostrado

              sin túnica

              sin antifaz

posando

en un amanecer que ardía

                                        de interrogantes.

 

   No se consume el fuego de lo eterno.

 

Vos

   de este lado

   en este mundo -también tuyo-

emergiendo

                con el canto de las sirenas, tus hermanas.

 

   Rezar

          para saber a dónde ir.

 

Algo

muy poco

conozco de mí:

algunas veces me sorprendo en medio de fobias

                                                              del llanto;

en otras creo ver detrás del agua

                                      de la obscuridad

          allí, donde se entrecruzan conjeturas -nunca certezas-

                                           y se desprenden de la memoria

                                                   atravesando alambrados, pantallas,

                                                                                            y torres de cemento.

 

   Quizá la tristeza, la libertad, la osadía…,

                                                           signifiquen lo mismo para ambos. 

Mi Puente Por Ezequiel Feito

     Un día le pregunté a mi abuelo por qué nuestra familia vivió siempre en este lado del canal. Él señalaba a lo lejos y me contaba que en Balcarce, cuando la lluvia bajaba de las sierras, se convertía en largas serpientes que iban esparciéndose por toda la tierra. Algunas veces me ha llevado a ver los canales que habían construido para dividirla y devorar todo lo que encontraban a su paso. Decía que ya estaban cuando Garay pasó por aquí, y que cuando se fundó el pueblo, no dejaban que la gente de un lado pasara al otro; por aquel entonces habían construido muchos puentes que eran destruidos cuando dormían y se volvían a construir cuando despertaban. Yo mismo, más de una vez, he visto una de esas víboras bajo uno de ellos.

Recuerdo ahora que desde muy chico, me daba bastante miedo cruzar aquel viejo y precario puente que unía torpemente uno y otro lado del pueblo.

A pesar de tener unos hierros que servían de pasamanos y un piso, mitad hecho con un chapón duro y oxidado, mitad con madera, me era imposible mirar hacia abajo y seguir de largo. Parecía que algo me llamaba desde ese inmenso zanjón que pasaba por debajo y se extendía más allá de la ruta, y en cuyas aguas, estancadas y corrompidas, flotaba una nutrida vegetación parásita, de flores pequeñas y amarillas como los ojos de mil víboras. Mezclada con ellas, había toda clase de botellas, cubiertas de autos, bolsas de basura y cadáveres de animales que sólo eran removidos cuando llovía lo suficiente como para agitar las aguas del canal y llevarlas más lejos, quizás hacia la ruta o a algún arroyo cercano. Aun así, muchas de las casas del barrio tenían sus fondos o algunas paredes de chapa colocadas a pocos centímetros de él.

Casi siempre me detenía en la mitad del puente a ver el incansable subir y bajar de aquellas aguas quietas, porque dentro de ellas, y escondida bajo tanta basura, había una gigantesca víbora. No era la primera vez que se habían caído bebés y aún chicos de mi edad en ese canal y nunca habían vuelto a aparecer. Yo estaba seguro de que ella se los comía. Me quedaba un largo rato, quizás media hora sin moverme, hasta que me daba vuelta e iba corriendo hacia mi casa. Las pocas veces que lo cruzaba iba acompañado por mi padre o por Ariel, mi hermano mayor, el que me defendía de los chicos que eran más grandes que yo.

Iba muy poco a la escuela porque no quería ir solo por ese puente. Ni siquiera pasar en grupo me daba suficiente coraje para hacerlo. Cuando las maestras venían a visitarme, les daba todas las excusas que sabía: Que trabajaba; que debía cuidar mis hermanitos; y no sé cuántas mentiras más, ya que siempre la casa estaba sola desde bien temprano hasta la tardecita, casi noche, cuando papá y Ariel volvían de su trabajo.

Era un enorme alivio que no tuviese que cruzar aquel maldito puente para ir a la panadería o al almacén ya que los tenía a pocas cuadras de casa y suficientemente lejos de aquel zanjón inmundo con el cual hasta soñaba. Sí, también soñaba con él. Soñaba con esas paredes de tierra y esa enorme víbora de color negro, cuyas escamas estaban hechas con trozos de gomas, jirones de botellas, pedazos de perros y gatos y los ojos de los bebés que se caían al agua, paseándose de uno a otro extremo del canal como si estuviera buscando algo. De a ratos se detenía y miraba fijamente aquel puente como esperando una presa, zambullendo luego en el canal su deforme cabeza que iba y venía sin descanso por entre las musgosas paredes de tosca.

Cuando llovía mucho, el canal se desbordaba y la víbora salía a la calle para meterse en cualquier casa y llevarse a un niño o a los pocos perros que se refugiaban bajo los aleros de zinc.

Yo era chico y sabía que era capaz de comerme; entonces atrancaba la puerta y cerraba las ventanas como podía, prendía la televisión bien fuerte, y me quedaba acurrucado mirándola hasta que dejara de llover o volviesen Ariel y mi padre.

Al día siguiente, se veían unas enormes huellas de lodo negro y putrefacto junto a botellas y plantas muertas, señal de que ella había salido y recorrido la calle buscando algo para comer. Eso también lo sabían los vecinos, pero no sé si se lo decían a alguien. Yo los veía ir al zanjón con la cabeza baja y llenos de pena y bronca para limpiar esos restos y arrojarlos al canal hasta que todo quedaba casi como antes. Después de unas horas volvían taciturnos, dolidos, derrotados, como si acabaran de enterrar un cadáver.

Un viernes – creo - cuando todos estábamos en casa, se apareció la maestra y habló algo con mi padre. No me dejó oír lo que decían, pero estaba seguro de que tenía que ver con la escuela. No sé si le habrá contado lo del monstruo y el puente, pero ni bien se fue, mi padre habló con Ariel y después conmigo. Me dijo que a partir del lunes, Ariel me iba a acompañar todos los días a cruzarlo, tanto para ir como para volver, así no dejaba de ir a la escuela. Ni él ni mi padre parecían tener miedo, así que pensé que sería inútil decirles lo que yo sabía. Bajé la cabeza y le dije que sí; que el lunes tendría preparado el delantal y la mochila. No me dijo nada y se fue. Quizás sabía lo del canal pero, al parecer, la escuela era más importante.

El sábado y el domingo pasaron más rápidamente de lo que hubiera querido. Para peor, cuando estábamos descansando de jugar a la pelota, me animé a decirle a uno de los que estaban conmigo lo de la víbora. Se rió. Quizás ya lo sabía, pero me dio tanta vergüenza que nunca más volví a hablar con nadie de eso.

El lunes, cuando me acompañó Ariel, me detuve a mirar hacia abajo. Las aguas parecían hervir, pero un fuerte tirón de mi hermano no me dejó seguir contemplándolas. Pasamos a la otra orilla y luego, a los pocos metros, se dio vuelta y me dijo que a las doce volvería a buscarme. Esa mañana, y para no pensar ni en la vuelta ni en el zanjón, atendí a todo lo que la maestra estaba enseñando. Las dos primeras horas de matemática me costaron mucho, pero al volver del recreo ya estaba hablándonos de Colón y de sus

viajes; de cómo cruzó el mar y qué hizo cuando llegó a América. La escuchaba y me imaginaba cruzando el mar con él.

Al salir, ya estaba Ariel en la puerta. Mirando apenas hacia abajo, crucé el zanjón y fui corriendo hasta casa para ver si tenía algún libro sobre lo que había enseñado la señorita. Leí toda la tarde sobre la conquista de América hasta que me llamaron a comer. Me llevé el libro a la cama y me quedé dormido con él. Ariel me despertó para ir a la escuela. Me cambié, tomé un cocido y salimos. Por un largo tiempo esto se repitió, aunque los fines de semana, cada vez que intentaba cruzar el puente yo solo, veía que las aguas se removían más a medida que me acercaba y hasta algunas veces me parecía ver que levantaba su cabeza para decirme algo.

Pasaron muchos días hasta que dejé de mirar para abajo sin que por ello se me fuera el miedo; pero una vez que pasaba, salía corriendo hacia la escuela, levantando mi brazo como para saludar a mi hermano y a su vez, dándole las gracias. En todo ese tiempo, aprendí sobre la naturaleza, sobre la historia, las ciencias; había mejorado mis dibujos y sabía pintar.

Cuando terminaron las clases, junto con papá y Ariel, pasé el puente para ir a la fiesta de fin de curso. Al saber que había pasado de grado, mi papá me acarició como solía hacerlo cuando estaba contento, metiendo sus dedos por entre mi pelo y sacudiéndolo como si buscara algo.

Al mediodía volvimos a casa, pero cuando yo iba cruzando, escuché claramente una especie de gruñido que venía del fondo del canal. Me detuve unos segundos y, algo asustado, seguí de largo. Estaba seguro de que todos lo habían escuchado, pero igual me callé.

Las vacaciones pasaron como todas: demasiado rápidamente, y ese lunes volví a la escuela acompañado por papá. A mitad de año había aprendido a leer libros “difíciles” y más de una vez me llevaba alguno a casa, hasta que un día Ariel se olvidó de pasarme a buscar. Era muy tarde, y como nadie iba para allá, tomé derecho la calle y al poco rato estaba cerca del puente. Con una mano me agarré fuertemente de aquellos caños y con la otra, apreté bien la mochila a mi cuerpo, y sin mirar para abajo, comencé a cruzarlo. De repente, volví a escuchar aquel terrible gruñido; esta vez mucho más fuerte, más ronco y cenagoso que la última vez. Me detuve. Sabía que no debía mirar para abajo. Levanté mi cabeza lo más que pude y crucé corriendo mientras los hierros se movían como si el monstruo intentara hacerme caer de allí. Llegué corriendo a casa, un poco con miedo, otro con alegría: Por primera vez había logrado pasar solo mi puente.

Al año siguiente, obligado por los cambios de horarios en el trabajo de papá y Ariel, debía cruzarlo solo. Era de mañana, no muy oscuro, cuando de repente volví a sentir el mismo gruñido o reclamo que las otras veces. Miré hacia abajo, y pude ver la inmensa cabeza de la bestia salir de las aguas. Estábamos frente a frente. Ella abrió su boca, quizás para darme más miedo. La cerró y es ahí cuando le dije que no le temía, que iba a la escuela y sabía bien quién era y por qué estaba en el canal. Que no me importaba cuántas botellas de plástico usara como coraza, ni en cuántas cubiertas de autos se escondiera, ni que desgarrase restos de gatos y perros, ni que devorase niños indefensos o paseara impunemente por nuestras calles. Desde ahora no le tendría más miedo ni a ella ni al agua putrefacta que le servía de escondite. Unos ojos tremendamente fosforescentes me miraron más allá del zanjón, pero gritando le contesté que iba a morir. Que algún día, como me enseñaron, nosotros taparíamos para siempre ese zanjón con cemento, las dos calles se unirían como si fuesen una sola tierra y nunca más habría monstruos ni puentes oxidados que separasen el pueblo.

Resignadamente, levantó su cabeza desde una profundidad que no estaba en el mismo zanjón como preguntándome si faltaba mucho para eso.

 “-No”- le contesté sin decir una sola palabra. Y corriendo, crucé hacia la escuela.

A partir de esa mañana nunca más la volví a ver. Pero eso tampoco se lo dije a nadie porque estaba seguro de que algunos días todos iban a saberlo.

martes, 15 de febrero de 2022

Mundo Nuevo Por RAMON HECTOR LUNA

Quien iba a pensar que un día

Tendriamos que estar separados

De los afectos queridos

Por un tiempo inesperado.

 

Quien iba a decir que entonces

Nuestros hermanos un día

Partirían en silencio

Sin adios, ni despedida.

 

Quien iba a pensar que el mundo

Caería de rodillas

Ante una cruel acechanza

Con tenor de pesadilla.

 

Quien iba a decir que solo

Cuando el miedo se haga humano

Comprenderían los hombres

Que somos todos hermanos.

 

Quien iba a pensar siquiera

Que la palabra empatía

Pasaría a ser un lema

En la lucha por la vida.

 

Quien iba a decir que los muros

Del dinero y del poder

Caerían hecho añicos

Sin siquiera comprender.

 

Quien iba a pensar que la ciencia

Que a veces tiene otras metas

Tendría que multiplicarse

Para salvar al Planeta.

 

Quien iba a decir de pronto

Que cobraría su valor

La medicina y sus formas

En su incesante labor.

 

Quien iba a pensar, lo dudo

Que este tiempo nos uniera

En la lucha cuerpo a cuerpo

Contra un enemigo a tientas.

 

Quien iba a decir que cuando

El mundo estuviera a ciegas

Buscaríamos la guía

De nuestro Dios, en tinieblas.

 

Quien iba a pensar acaso

Que en ese presente oscuro

Iríamos sin saber,

Hacia la luz del futuro.

 

Quien iba a decir que cuando

Dios nos regalara tregua

Correríamos sin pausa

Hacia ese abrazo en espera.

 

Quien iba a pensar que un día

Volverían los encuentros

Con nuestros seres queridos

Como en los viejos momentos

Y entonces pedir al Cielo

Que renazca un Mundo Nuevo. 


Poesía ganadora en la categoría Adultos mayores, representando a la ciudad de Belén, en la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca. Juegos Evita Culturales 2021

jueves, 13 de enero de 2022

Mi banco Del libro de lectura «Rocío» de Julia M. Crespo, Edit. Kapelusz

 Banquito amigo:

Si tú pudieras

hablar conmigo,

¿qué me dirías?

¿Que año tras año

distintas manos

te han hecho daño?

¿Que estás cansado

de que te hiera

el cortaplumas

o la tijera

¿Que tienes manchas?

Banquito amigo:

por los que fueron

malos contigo,

seré más bueno!


P’algo juiste a l’escuela Por Arsenio Caviglia Sinclair

No te atribulés áura ni agachés la cabeza;

Es tarde; a la vergüenza,

Hay que tenerla en antes

De pialar cosas puercas.

 

Sé que la culpa es mía;

¿quién me mandó? ¡canejo!

Si yo era un gaucho crudo

Hecho a los tiempos viejos

Haserte a vos estruído?

¡Risién, risién colijo

Pa’ lo que me ha servido!

 

Aura que ya las tabas

Risongan si las muevo,

Aura que h’anochesido

Pa presipiar de nuevo…

¡m’himpotecaste tuito!

El campo y el rodeo!

¡suerte que ni pa lonjas

Te han de asetar mi cuero!

 

Mi has trampiao en le pago;

¡dispués que yo hise tanto!

Si dende gurisito,

Cuando t’enorquetabas

En el “sebruno patria”,

Enterrando la reja

(qu’entonse era a mansera)

L’esigía a la tierra

Tuito lo qu’eya diera;

Y a cada gota gruesa

Del sudor que me cáiba,

Viendoté tan gauchito

Pa mi mesmo pensaba:

“Sudá, sudá Evaristo”,

“que cuando el tiempo cuadre”,

“lo verás dotorsito”

“como quiere su madre”.

 

¡Dios la tenga en la gloria!

Po ella es lo que te digo,

Porque ni a su memoria

Rispetastes, ¡indino!

Y hasta la “sarca vieja”

Que l’ayudaba a criarte,

En tu angurria de plata

Entr’el lote tarjastes…

Y eso es lo que me quema;

Lo demás… no, ¡que diantre!

 

Y güeno, a lo hecho pecho,

Y escuchá pa qu’entiendas:

Tuavía no estoy jundido…,

Que hay dos varas ‘e tierra,

Ayá, en el camposanto…,

Ande descansa “eya”.

Si pa cubrir tus visios,

Sirve de algo esa tierra,

¡himpotecala m’hijo…;

P’algo juiste a l’escuela!


miércoles, 12 de enero de 2022

Desprendimientos Por Gerardo Barbieri

 DespreTu voz insiste, detrás de la conciencia,

negando el vacío

                           como arquitectura de la nada.

 

   Es momento de padecer

                     de sufrir el vértigo de la ausencia.

 

Tu voz llama

en huracanes de sílabas que remiten a deseos

                                                           a una cadena

                                                              de miles de te quiero…

 

En la playa, durante la bajamar,

                    espero que la luna ilumine ese rincón de vida

                                                               que un día, a propósito, olvidamos;

                     espero el resurgir de nuestras huellas

                                                       que la arena habrá de mostrar sólo para mí.

 

No hay espejos.

 

A tientas, enfrento las máscaras de antaño

                               los reflejos de la costumbre

   -y entonces puedo contemplar el ego de aquella figura

                                                                    la que dibujamos juntos

                                                                                                de a trazos-.

 

Tu alma gime

               con extravíos y arrebatos

                          del mismo modo que la mía.

 

Aún no puedo partir.ndimientos

viernes, 19 de noviembre de 2021

Concurso literario narrativo CONTATE UN CUENTO XIV - Cuentos participantes destacados Categoría D

 

El árbol de los pájaros

Margarita López, alumna de EPA 702 de Balcarce

 

       Era un día hermoso soleado como nunca antes, de esos que hacen dar las gracias por estar vivo. Y las dos amigas Marta y Haydeé decidieron caminar, charlar como siempre lo hacían. Al  pasar por una casa, vieron un árbol con muchos pájaros, llenos de nidos y vida por todos lados. Se asombraron muchísimo, el árbol era grande, inmenso, era el refugio de diferentes especies de aves con cantos y colores brillantes. Se miraron de manera cómplice y como eran muy curiosas, decidieron tocar timbre en aquella vieja casona e investigar el asunto. Así lo hicieron, pero nadie atendió, hasta que en la tercera vez salió Alicia, la dueña de la casa, una señora un tanto baja de estatura pero de voz muy profunda, que para su sorpresa las atendió muy amablemente. Luego de mirarlas directamente a sus ojos y observarlas, les preguntó qué deseaban. Las dos amigas, un poco arrepentidas, pero muy intrigadas todavía, les dijeron: _”Caminábamos por aquí. Otras veces cruzábamos en la calle anterior, pero ahora al pasar y mirar ¡estamos muy asombradas al ver tantos pájaros y tan diferentes en el árbol!, no entendemos cómo es posible esto..._” le plantearon bastante desconcertadas.

    Para su sorpresa la dueña las hizo entrar y pasar directamente al patio trasero de la casa y les mostró el árbol. Era un árbol inmenso, que cobijaba a multitud de especies. Ahora de cerca incluso, se veían aún más impactante e imponente, era un espectáculo increíble. Alicia, observando lo sorprendidas y absortas que estaban aquellas mujeres, decidió compartir su historia y comenzó a explicarles. Fue su papá quien lo había comprado y plantado con sus propias manos, allá por los tiempos en que la llanura era bien llana y sin ningún árbol. Como la mayoría de los inmigrantes, amaba la tierra y lo que esta producía. Esa semilla venía desde tierras lejanas, desde el otro lado del Océano, o quizás más...eso contaba su padre cuando era muy pequeña.

     Él siempre les relataba  que era una semilla muy especial, que con cuidados crecería pero sobre todo necesitaba mucho amor y cariño. De esa manera llegaría a ser un árbol muy distinguido y especial.   Sin embargo este dicho parecía no cumplirse, ya que  al principio era un arbolito común y corriente, con sus ramas pequeñas y frágiles, un tanto opaco.

     Fue entonces cuando sucedió el cambio. La propia Alicia recuerda, que de repente una mañana de un día soleado como hoy, sus ramas se hicieron fuertes, sus hojas cuantiosas y muy verdes. Después el tronco creció y creció, se hizo enorme y al mismo tiempo empezaron a venir pájaros de todos lados de diferentes especies. Lo que más llamaba la atención de las aves era el plumaje de  distintos colores junto con el canto tan alegre y variado. Bandadas y bandadas de aves asomaron por el horizonte, se acercaron y batieron sus alas multicolores hasta posarse en las ramas del robusto árbol. Y así fue como la semilla que su padre plantó se convirtió en un verde refugio para aquellos alegres animalitos.

      Entre palabras, cantos y bandadas, las tres señoras: Alicia, Haydeé y Martha, entretejieron anécdotas, recuerdos y carcajadas. Todos los días se reencontraban a la misma hora debajo de la sombra del gran árbol y volaban con su imaginación hasta lugares más lejanos que aquellas aves. Las personas que pasaban las miraban y escuchaban sus risas, pero no entendían nada. ¿Qué miraban en el horizonte, por qué reían o que las hacía señalar al mismo lugar? Sólo ellas lo sabían...cuando alguien pasaba por aquel sitio, nada más veía a tres señoras viejitas, con ropa desgastada, personajes y lugares imaginarios. Pero ellas no. Ellas creían y vivían la historia  que el papá de Alicia le contaba cuando era una niña, una y otra vez. El árbol era tan especial, abarrotado de aves y sus trinos alegres, como las personas que lo veían, pero sólo ellas lo sabían.

    Para las tres mujeres, ese asombroso árbol era tan real como el sol que las acariciaba o el aire suave de la brisa matinal. Los demás creían que estaban locas, que habían perdido el juicio; pero ellas, conocían la historia de Alicia. La del árbol de los pájaros, que como decía su papá: “_solo los corazones de personas bondadosas y verdaderamente humanas lo ven, lo viven” _