miércoles, 19 de octubre de 2022

CONCURSO LITERARIO NARRATIVO “CONTATE UN CUENTO XV” Declarado de Interés Educativo por el Ministerio de Educación de la Nación res 1275/se

 

Ganador Categoría Malvinas: jóvenes de 12 a 15 años

 “La incertidumbre y las certezas” 

de Franco Martín Rondinella alumno del Instituto San Felipe Neri de Ramos Mejía

 

10 de mayo de 1982

“En un mundo de incertidumbre, una certeza es un regalo con fecha de caducidad”, me dijo uno de mis compañeros unos segundos antes de morir. Cada vez que el viento congela mis huesos sus palabras vuelven a pasar por mi mente. Ojalá supiera a qué se refería, porque en este momento no había certezas. Solo hambre, frío y armas inservibles. Una guerra perdida y unos luchadores nerviosos. Pero las esperanzas arden dentro de cada uno de nosotros, dentro de cada soldado. Nuestras familias esperan con ansias nuestra llegada, o al menos una noticia de nuestra vida.

La radio habla de cosas que no entiendo, una victoria asegurada y unas condiciones perfectas. Son mentiras. Las personas ofrecen carne y oro en honor a la patria, que por lo visto está en pausa.

 

25 de mayo de 1982, celebración del día de la Revolución de Mayo

Las personas a mi alrededor celebran felices la fecha patria. No termino de entender del todo cómo pueden vencer el hambre y reír, porque yo no puedo. Creo que empiezo a entender a qué se refería mi compañero con su frase; él planeaba empezar su vida una vez cumplidos los dieciocho años, estaba seguro de eso, pero al final no pasó, solo murió.

La fecha me recuerda tantas cosas: el guiso caliente que prepara mi mamá cada 25 de mayo, los pastelitos rellenos de membrillo, las risas en la mesa familiar. Puedo imaginarlas ahora, pensando en mí, en mi estado, en sí estaré bien. Me lastima y me da  esperanza de igual manera pensar en mi familia. Espero poder volver.

 

1 de junio de 1982

Tengo miedo, estamos perdiendo. El frío y el hambre arrasaron con la mayoría de mis amigos. Los ingleses vienen con sus armas modernas y su vestimenta abrigada y yo tiemblo de la inseguridad.

Al final no tenía razón sobre la frase de mi compañero: él no tenía familia y deseaba con fuerzas luchar por su país, su sueño era ser un soldado y un héroe.

 

12 de junio de 1982

Espero que la guerra esté por terminar, deseo con todas mis fuerzas recuperar mi vida. El miedo a la muerte se pierde cuando la vivís de tan cerca; ayer a eso de las ocho y media los ingleses nos bombardearon, juro que sentí como la fé abandonaba mi cuerpo. La Batalla de Puerto Argentino fue dura para todos, los Regimientos de Infanterías 4, 6 y 7 fueron atacados en simultáneo y no hubo manera de salir ganando de esa. Doy gracias por estar vivo.

Las enfermeras me contienen al mismo tiempo que intentan curarme para que pueda volver al campo. Gracias a ellas puedo escribir estas palabras.

 

15 de junio de 1982

Ya volví a caminar y mis heridas están casi curadas. Mis compañeros festejan el fin de la guerra, pero sé que en nuestros corazones todavía está en carne viva la herida. Firmamos la rendición y eso ataca nuestro orgullo.

Todavía no entiendo muy bien la frase, pero resuena en mi cabeza todos los días. Espero algún día poder entender.

 

20 de junio de 1982

Ya llegué a mi ciudad, esperaba que me reciban con aplausos y cariño, pero no hay nadie. Quizá ocultaron nuestra llegada o quizá ya nadie nos quiere por haber perdido. Da igual, estoy acá.

Decidí dejar de pensar en las palabras de mi compañero, solo me hacen revivir momentos dolorosos

 

20 de diciembre de 2022

Me cuesta retomar estos escritos que abandoné por tanto tiempo con la esperanza de olvidar. Hoy siento la necesidad de darles un final, de cerrar por fin la herida. Por eso les dejo mi interpretación de “En un mundo de incertidumbre, una certeza es un regalo con fecha de caducidad”: nadie sabía el destino de la guerra y nadie se imaginaba las atrocidades que ocurrían en el territorio nacional, los soldados convivimos con la falta de seguridad, con la falta de un futuro. La certeza, en este caso, no tiene una fecha de caducidad, por eso la debemos disfrutar más aún que cualquier otra. La certeza en cuestión es que las Malvinas fueron, son y serán por siempre argentinas.

 

CONCURSO LITERARIO NARRATIVO “CONTATE UN CUENTO XV” Declarado de Interés Educativo por el Ministerio de Educación de la Nación res 1275/se

 

Mención de honor categoría E – adultos

Los bárbaros 

de Fernando Garcia Flórez de Valladolid España

                             

          —Están a menos de cien kilómetros, avanzan hacia aquí —dijo el espía aún subido en su caballo.

—Reuniré inmediatamente al Consejo. Debemos preparar nuestra defensa —dijo el Jefe del poblado.

El Consejo se reunió en la Plaza del pueblo.

—Los bárbaros se acercan. Necesitamos organizar nuestra defensa —dijo el Jefe—. Sabéis que nadie nos prestará ayuda. Todos los poblados del Norte se han rendido al enemigo. Somos quinientos habitantes en todo el pueblo frente a treinta mil guerreros bien armados. Estamos solos para salvaguardar nuestra civilización ancestral ante las hordas bárbaras. Debemos acordar entre todos qué hacemos. 

—Quizás debamos negociar —dijo un consejero de larga barba blanca— y llegar a un acuerdo: que respeten nuestra cultura, nuestra forma de vida, que prosigan su camino sin incordiarnos. Seremos una isla en medio de la barbarie. Nosotros, a cambio, tampoco les molestaremos, les enseñaremos nuestra forma de vida para que comprendan que se puede vivir mejor sin necesidad de tantas guerras, de tanto cobrar impuestos a los pueblos sometidos. Les transmitiremos nuestra sabiduría. Somos el pueblo más sabio de la extensa estepa. Tal vez acepten nuestra propuesta.

El Consejo discutió largo rato hasta que consensuaron los términos de la propuesta de acuerdo a trasladar a los bárbaros. En esencia se trataba de un intercambio: el poblado les desvelaría sus conocimientos, su sabiduría, a cambio de la paz, de no pagar tributos, de no ser esclavos... Enviaron un emisario con la propuesta. A los cinco días regresó. De nuevo se reunió el Consejo.

—Estuve con el Jefe de los bárbaros, Akira, y su grupo de asesores —dijo el emisario—. No hablan nuestro idioma, sino uno muy arcaico. Tuve que improvisar para tratar de que me entendieran. Escribí un escueto mensaje en la tierra. Los asesores de Akira prestaron mucha atención y les sorprendió mi escritura, aunque no la entendían. Deduje que no saben escribir. Discutían entre ellos en un idioma incompresible. Akira parecía contrariado, y no cesaba de hacer preguntas a los asesores. Les expliqué con señas lo que decía el mensaje escrito. Creo que los asesores me entendieron. No me dieron respuesta. Akira me ordenó por señas que abandonara el campamento. Cuando partí, aún seguían discutiendo. Supongo que si no nos rendimos, nos matarán a todos.  

—¿Qué hacemos? —preguntó el Jefe—. Al enemigo lo tenemos en nuestras puertas y no han aceptado nuestra propuesta. Entiendo que tenemos tres opciones. La primera, defendernos, pero no disponemos de murallas, ni de ejército, ni de armas. La segunda, rendirnos. Si lo hacemos, nos exigirán pagar grandes tributos, reclutarán a nuestros jóvenes para su ejército, se llevarán a nuestras hijas como prostitutas para sus soldados. Y la tercera es huir lo más lejos posible con nuestras pertenencias más valiosas.

—Si son tan primitivos como pensamos, y nosotros tan sabios, debemos encontrar el medio de convencerlos de que no adelantan nada con tenernos como enemigos, y mucho como amigos —dijo un anciano de calva resplandeciente.

—¿Alguien sabe algo acerca de su religión? —preguntó el consejero de larga barba blanca.

—De todas las averiguaciones que he hecho, sé que adoran al Dios Otín —contestó el espía. 

—¿Sabes cómo representan a su Dios? —preguntó el anciano de larga barba blanca.

—Sí —contestó el espía—. Vi su estatua desde lejos, pero me fijé bien. Es una talla de madera del tamaño de un hombre, con orejas y nariz normales, tuerto, y porta una lanza en sus manos. Tengo la imagen de esa estatua en la cabeza.

 —Quizás haya una cuarta opción... —dijo dubitativo el consejero de larga barba blanca.

—¿Qué opción planteáis? —preguntó el Jefe.

—Sabemos cómo es una estatua de Otín, y yo conozco alguna de las capacidades de ese Dios —dijo el consejero de larga barba blanca—. Tengo una idea, y si todos estáis de acuerdo podemos ponerla en práctica. El espía debe abandonar nuestro poblado y que no regrese hasta que lo avisemos. 

A los dos días, el ejército de Akira ya estaba en las inmediaciones del poblado. 

—¿Qué hacemos, Akira, atacamos? —preguntó el general.

—¿Atacar? ¿A quién? No hay ningún ejército enemigo al que atacar, no hay ninguna muralla que asaltar. La gente del poblado sabe que estamos aquí y prosiguen con sus quehaceres normales, ¿no serán todos ciegos, no? Este poblado no está dispuesto a defenderse, ni han enviado un comité de rendición clamando por sus vidas, a pesar de que saben que nos dirigíamos hacia aquí. Tampoco han huido. Es la primera vez que nos ocurre esto. Lo único que sabemos de esta gente, a través del emisario que nos enviaron el otro día, es que no desean rendirse, sino que pretenden que no los sometamos a cambio de  transmitirnos su sabiduría. Se sienten seguros de sí mismos. Debemos averiguar por qué. Reúne a los doscientos mejores guerreros, a dos asesores, y me adelantaré con ellos a indagar. Quizás hayan urdido alguna emboscada y caigamos en ella, debemos ser muy prudentes. Es todo muy raro.

Akira entró en el poblado. Sus habitantes ni se inmutaron; continuaron con sus quehaceres cotidianos como si Akira y su cortejo fueran invisibles.

—¿Qué es todo esto, asesores? Esta gente parece no vernos ni oírnos —preguntó  Akira.

—No sabemos. Nunca hemos tenido noticias de un pueblo tan especial —contestó el asesor que iba a su izquierda.

—¡Alto! ¡Alto! ¿Veis lo mismo que yo? —preguntó  Akira.

—Sí, Akira —contestó el asesor de su derecha—. Es una talla de Otín a la que todos prestan reverencia al pasar ante ella. Pero no porta en sus manos una lanza, sino una piedra. Este poblado también adora a Otín. No podemos someter a esta gente, Otín se vengaría. Ahora entendemos por qué no disponen de murallas ni de ejército. No lo necesitan. Cuentan con la protección de Otín, y con eso les basta.

—Acerquémonos a ver la estatua —ordenó Akira.

—Mira, Akira —dijo el asesor de la izquierda—, Otín no está tuerto, sino que mantiene los dos ojos bien abiertos, y en la piedra aparecen dibujados  signos  similares a los que dibujó en el suelo el emisario. Otín es el Dios de la sabiduría y de la guerra. Nosotros siempre hemos representado al Otín de la guerra, tuerto por herida de guerra. En este poblado representan al Otín de la sabiduría. 

—No veo por aquí al emisario del otro día. ¡Buscadlo! Y traedme también al Jefe de este poblado. Que me expliquen entre los dos qué significa todo esto —ordenó Akira a sus guerreros.

Los guerreros preguntaron, por señas, a muchas personas dónde estaba el emisario. Todos respondían, por señas, que el poblado no había enviado a ningún emisario. Entraron en todas las cabañas, y el emisario no estaba. Respecto del Jefe, todos señalaban con el brazo a la estatua de Otín. 

—Decidme, asesores, ¿cómo es posible que el emisario no aparezca?, ¿cómo es posible que en este poblado no haya ningún Jefe con el que poder entenderse?

—Akira, sabéis que nuestro Dios es el único que puede esculpir sus palabras en la roca —contestó el asesor de la izquierda—. Nuestro Dios no sólo ha hablado a este pueblo, sino que también ha esculpido su voz en la piedra y le habrá transmitido su sabiduría. Según nuestros ancestros, a la voz esculpida en la piedra se le denomina escritura, pero jamás hemos visto en sitio alguno palabras esculpidas, salvo en esa roca. De lo poco que sé al respecto, deduzco que eso es una escritura. Otín es el Jefe de este poblado, y el emisario no portaba un mensaje de este poblado, sino que era un emisario de Otín. 

—¿Cómo es posible que en ninguno de los poblados que hemos sometido no existiese ninguna estatua de Otín, y sí exista en éste? ¿Pero es que este pueblo no se relaciona con ningún otro al que haya transmitido su religión? —preguntó Akira. 

—Los poblados del Norte están muy alejados de aquí. Seguro que este poblado se relacionará con los poblados del Sur, que según nuestras referencias están más próximos —contestó el asesor de la derecha.

Akira ordenó a sus asesores que se enteraran con exactitud del significado de las palabras esculpidas en la piedra. 

Al cabo de dos horas, después de muchas indagaciones, los asesores comunicaron a Akira la dicción exacta de la inscripción.

—¿Convendría que fuéramos amigos de este pueblo? —preguntó Akira.

—Es mejor alejarnos de los que son más sabios que nosotros —repuso un asesor—, nos someterían con su inteligencia. No contaremos a nadie lo que hemos visto en este poblado, es mejor que los pueblos que hemos sometido permanezcan en la ignorancia y adoren al Otín de la guerra, nosotros somos los más fuertes. Este poblado es sagrado, y nosotros lo hemos profanado introduciendo en él a nuestros guerreros. Otín nos castigará por ello.  

—Otín no nos castigará —gritó Akira—, no hemos matado ni violado a nadie, no hemos robado nada. Hemos entrado pacíficamente, y pacíficamente nos iremos. ¡Atrás!, ¡atrás!, ¡nos vamos! 

Akira y su séquito abandonaron con urgencia el poblado, dejando atrás para siempre esa estatua de Otín, que portaba una piedra en la que rezaba esta inscripción: “Este es mi pueblo elegido al que he transmitido mi conocimiento. Su sabiduría derrotará a la espada”.

CONCURSO LITERARIO NARRATIVO “CONTATE UN CUENTO XV” Declarado de Interés Educativo por el Ministerio de Educación de la Nación res 1275/se

Mención de honor categoría E – adultos

“El orejas” 

de Hugo Alberto Alonso de San Pedro

Creo que es él…, no puedo divisarlo bien desde aquí, pero estoy casi seguro de que es el Orejas… Mi vista ya no es la misma, pero me parece que no me equivoco.

    ¡¡Sí!!. ¡¡Ya lo veo, es él!! Viene desde el monte lejano a la carrera por el trigal, con el cuerpo negro y lustroso y el galope divertido. La lengua le cuelga a un costado mientras revolea sus grandes orejas de perdicero.  Raro..., él nunca iba por el monte...

      Viene a buscarme…, si hasta lo veo reír desde aquí. Porque mi perro ríe si está conmigo. Los que me conocen dicen que fabulo cuando digo esto. Pero es cierto; algunos se confunden, creen que jadea. Pero el brillo de los ojos de mi Orejas me indica enseguida la diferencia.

     ¿Dónde te habías metido, Orejas? Te he extrañado tanto… Si habremos caminado juntos por la chacra. Elegías el rumbo. Ibas siempre adelante, rastreando algún bicho para correrlo. Cada tanto, pegabas la vuelta y pasabas a la carrera rozando una de mis piernas, como para que yo me diera cuenta de que estabas siempre conmigo. Y caminábamos durante horas por el campo arado o por el rastrojo después de levantar la cosecha. Buscábamos las cuevas de los zorros y de los peludos y metías la nariz dentro de los agujeros para sacarlos de sus madrigueras. Corrías todas las liebres, pero no alcanzabas ninguna. Eran demasiado rápidas para un cazador tan pesado. Andábamos por todas partes, pero jamás rumbeabas para el monte... Nunca te acercabas a la arboleda, vaya uno a saber por qué....

      En aquellos tiempos yo podía caminar bastante, en cambio ahora… Me sientan bajo el alero de la casa y me dejan todo el día aquí, hasta que anochece. Al mediodía, me traen un plato de sopa y algún guiso y me dicen: Tiene que comer, abuelo, si no se va a enfermar. Yo ya ni ganas de comer tengo. Antes compartía la comida con el Orejas. Nos sentábamos aquí mismo y yo le daba la mitad de lo que había en mi plato, y él se lo comía con ganas. Después nos íbamos a dormir la siesta bajo la sombra de los eucaliptos. Ahora todo es distinto. Desde que mi perro se fue las cosas cambiaron mucho. Me daba tristeza caminar solo y entonces me quedaba dentro de la casa, junto a la ventana, rumiando mis tristezas... Ahora, casi ni caminar puedo; necesito que me ayuden a movilizarme. Todos los días le pido a mi familia que me sienten bajo el alero. A esperar al Orejas ―les digo―. Porque yo siempre supe que el Orejas iba a regresar. Qué sorpresa se llevaría el mediquito ese que me visita a diario si sale ahora de la casa y lo ve galopar en el trigal. Después que llegó esta mañana y me revisó, se metió en la casa con mi familia, y ahí están. Cada vez que él viene a verme escucho llorar a alguien allí dentro. Me parece que hablan de mí, pero siempre lo hacen en voz baja. Él nunca me cree cuando le digo que el Orejas va a volver. Yo le insisto, y él me mira sonriendo mientras me revisa. Qué sé yo qué revisa. De lo que estoy seguro es de que no me alivia este maldito dolor en el estómago. Por más que viene todos los días y me obliga a tomar medicamentos, el dolor no cesa y creo que cada vez me duele más, especialmente cuando como algo. Olvídese de ese perro, abuelo, nunca volverá, me dice una y otra vez. Yo jamás olvidaría al Orejas. Es mi perro y me ha acompañado siempre. Lo mismo me dice mi familia: Pero abuelo, ese perro se murió hace como treinta años. No saben nada. El Orejas no murió, se perdió en una encrucijada del tiempo. ¡Y ahora está de regreso! Vuelve a casa, al galope, con su alegría de siempre. En unos segundos, va a saltar el alambrado como a él le gusta, correrá hasta aquí y se tirará a mis pies esperando que lo acaricie. Se lo ve tan feliz. ¡Qué alegría tan grande que haya vuelto!, refregarle otra vez las orejas y palmearle el lomo. No bien llegue, va a querer hablarme, con esa mezcla de aullido y ladrido que me divierte tanto. Es su manera de responderme cuando conversamos. Porque él comprende todo lo que le digo y quiere que yo sepa lo feliz que se siente por compartir cada momento conmigo.

     ¡Qué lindo se ve el trigal! Está empezando a ponerse amarillo. ¡Cómo me gusta el trigal cuando se pone amarillo…! Y esa luz en el cielo, tan acogedora y que parece que acompañara al Orejas. ¡Qué felicidad! Hasta siento mi cuerpo más liviano y tengo ánimo para caminar con mi perro por el campo. Hasta el fuego terrible que vive en mi estómago ha dejado de doler ahora... ¡Ya llega mi perro! Salta el alambrado con la gracia y la habilidad de siempre.

     ¡Orejas..., Orejas..., aquí, aquí, aquí estoy, dame un abrazo con tus manazas negras, así, así! Déjame acariciar tus grandes orejas y tu cuero negro y lustroso. Así…, así…, mi perro. ¡Bueno!, ¡bueno!, para un poco de moverte, ¿quieres jugar conmigo, eh? Cómo me gustaría que alguien saliera de la casa y te viera. Se darían cuenta de que estuvieron siempre equivocados. Y verían también que he conseguido ponerme de pie por mí mismo y que todos los dolores que sentía se han aliviado de repente. Si hasta puedo volver a caminar, y a saltar… y... ¡a correr! ¡Eh!, pero, ¿qué haces, Orejas? ¿A dónde vas? ¡Ah!, quieres que te siga al trigal, ¿verdad? ¡Claro que sí! Vamos, vamos hacia el trigal. Mi cuerpo se ha vuelto tan ágil como antes. Mis dolores han desaparecido y me siento tan liviano, tan etéreo… ¡Corramos, Orejas!, veamos quien salta primero el alambrado. ¡Já! Te he aventajado, como siempre. Pero, ¿quieres ir para el monte esta vez? Si lo prefieres... ¡Qué bella mañana! Y esa luz, tan acogedora que me hace sentir como si flotara. ¡Vamos, Orejas, no te detengas! ¡Corramos! ¡Volemos! ¡No te quedes atrás! ¡Vamos, que el monte nos espera…!

Mención de honor categoría E – adultos

La caída de Juan de Silvana Maria Mandrille de San Francisco, Córdoba

Las primeras luces del amanecer se filtraban por la minúscula ventana enrejada.

Un observador exterior habría logrado percibir una silueta suspendida en el aire.

Sentada en el cordón de la vereda, una joven de cara redondeada y ojos de

ilusión, esperaba desde muy temprano.

A media mañana alguien se percató de su presencia...

- Mirá Pedernera, lo novia del Juan vino a buscarlo.

- Pobre piba, tan joven... ¡Y es linda! ¿No habrá tenido chance de conseguir algo

mejor?

- No lo subestimes al Juan, Pedernera, también es buen tipo. Tropezó una vez

en la vida y ya la pagó. Nada que ver con las otras escorias que vienen a parar

acá.

- Pero el tropezón lo hizo caer feo al Juan. No te olvides que se cargó una vida.

Tenía razón Pedernera. Habían pasado muchos años de aquel fatídico episodio,

como diez. El Juan tendría veinte y había cometido el pecado de enamorarse

perdidamente de una mujer de veintisiete. No era la edad lo que hacía la

diferencia entre ellos, sino la conducta.

Él trabajaba en el campo del padre y pesito que juntaba lo empeñaba para

amueblar la casita que había comprado en el pueblo.

Un día pasó por la joyería y compró las alianzas. No pudo esperar hasta la noche

para sorprenderla. Decidió verla inmediatamente y entregarle el obsequio. Como

ella vivía a dos casas de la joyería, en un santiamén estuvo ahí. Rápidamente

barajó la llave en su bolsillo y con cierto arrebato abrió la puerta. La sorpresa fue

para él cuando vio que su mujer, la que él pretendía hacer su esposa, gozaba

desnuda y entrelazada al cuerpo de otro hombre. La reacción fue inmediata.

Volvió sobre sus pasos hasta la mesa de la cocina. Tomó la cuchilla y regresó al

dormitorio para incrustársela justo en el corazón. La muerte no se hizo esperar y

la policía tampoco. Lo que nadie supo es que el corazón de Juan también dejó

de latir en aquel preciso instante.

 

Bien sabemos que si el suceso hubiera tenido lugar en esta época, estaríamos

hablando de femicidio y una legión de mujeres identificadas con la muerta,

estarían marchando por las calles del pueblo portando bien alto una pancarta

 

3

 

con la inscripción NIUNAMENOS. El mismo Juan sería tildado de psicópata y

todos estarían pidiendo reclusión perpetua para el degenerado.La vida en el

Penal fue dura al principio, pero enseguida le tomaron aprecio porque tenía buen

comportamiento y era respetuoso, tanto con sus iguales como con los guardias.

Era mozo en el casino de oficiales y a la hora del almuerzo o la cena, no faltaba

quien lo incomodara con alguna frase melosa referida al noviazgo que había

entablado con una joven a la que conoció a través de una de esas revistas del

corazón.

La relación era sólida. Los padres de la muchacha ya habían ido a conocerlo y

todo iba viento en popa. Cuando él recuperara la libertad se casarían. Ya tenían

casa, muebles y ajuar. No faltaba nada, sólo que se cumpliera el plazo de la

condena que por fin había llegado a su término.

- Andá Pedernera. Traelo al Juan.

- Pero... ¿Cómo? ¿No está en el casino de oficiales? Habíamos quedado que

vendría temprano en la mañana para enseñarle al inútil del Rata lo que tiene que

hacer cuando quede en su lugar.

- Bueno, bueno, el muchacho tenía que preparar sus bártulos. Es su día más

importante, se va en libertad y después al registro civil. Me pareció que con

tantas emociones, había que dejarlo tranquilo y solo hasta la hora de irse.

- Cómo mande Señor Jefe de Guardia, ya se lo traigo.

La novia que ya se había acercado y estaba preparada para recibirlo en la puerta

de salida, escuchó gritos y corridas.

Pedernera le dijo algo en el oído al Jefe de Guardia. Los rostros de ambos

estaban contraídos.

A esta altura, un observador exterior ya no habría percibido la silueta suspendida

en el aire.

- Pobre Juan... ¿Qué le habrá pasado, Pedernera? ¡Se lo veía tan contento!

- La conciencia, Jefe. La conciencia no perdona. Usted mismo lo dijo, el Juan era

hombre de un solo tropiezo.

- ¡Quién lo hubiera dicho, Pedernera! ¿Y ahora? ¿Ahora quién se lo dice a la

novia?