Mención de honor categoría E – adultos
“El orejas”
de Hugo Alberto Alonso de San Pedro
Creo que es él…, no puedo divisarlo bien
desde aquí, pero estoy casi seguro de que es el Orejas… Mi vista ya no es la
misma, pero me parece que no me equivoco.
¡¡Sí!!. ¡¡Ya lo veo, es él!! Viene desde el monte lejano a la carrera
por el trigal, con el cuerpo negro y lustroso y el galope divertido. La lengua
le cuelga a un costado mientras revolea sus grandes orejas de perdicero. Raro..., él nunca iba por el monte...
Viene a buscarme…, si hasta lo veo reír
desde aquí. Porque mi perro ríe si está conmigo. Los que me conocen dicen que
fabulo cuando digo esto. Pero es cierto; algunos se confunden, creen que jadea.
Pero el brillo de los ojos de mi Orejas me indica enseguida la diferencia.
¿Dónde te habías metido, Orejas? Te he extrañado tanto… Si habremos
caminado juntos por la chacra. Elegías el rumbo. Ibas siempre adelante,
rastreando algún bicho para correrlo. Cada tanto, pegabas la vuelta y pasabas a
la carrera rozando una de mis piernas, como para que yo me diera cuenta de que
estabas siempre conmigo. Y caminábamos durante horas por el campo arado o por
el rastrojo después de levantar la cosecha. Buscábamos las cuevas de los zorros
y de los peludos y metías la nariz dentro de los agujeros para sacarlos de sus
madrigueras. Corrías todas las liebres, pero no alcanzabas ninguna. Eran
demasiado rápidas para un cazador tan pesado. Andábamos por todas partes, pero
jamás rumbeabas para el monte... Nunca te acercabas a la arboleda, vaya uno a
saber por qué....
En aquellos tiempos yo podía caminar bastante, en cambio ahora… Me
sientan bajo el alero de la casa y me dejan todo el día aquí, hasta que
anochece. Al mediodía, me traen un plato de sopa y algún guiso y me dicen:
Tiene que comer, abuelo, si no se va a enfermar. Yo ya ni ganas de comer tengo.
Antes compartía la comida con el Orejas. Nos sentábamos aquí mismo y yo le daba
la mitad de lo que había en mi plato, y él se lo comía con ganas. Después nos
íbamos a dormir la siesta bajo la sombra de los eucaliptos. Ahora todo es
distinto. Desde que mi perro se fue las cosas cambiaron mucho. Me daba tristeza
caminar solo y entonces me quedaba dentro de la casa, junto a la ventana,
rumiando mis tristezas... Ahora, casi ni caminar puedo; necesito que me ayuden
a movilizarme. Todos los días le pido a mi familia que me sienten bajo el
alero. A esperar al Orejas ―les digo―. Porque yo siempre supe que el Orejas iba
a regresar. Qué sorpresa se llevaría el mediquito ese que me visita a diario si
sale ahora de la casa y lo ve galopar en el trigal. Después que llegó esta
mañana y me revisó, se metió en la casa con mi familia, y ahí están. Cada vez
que él viene a verme escucho llorar a alguien allí dentro. Me parece que hablan
de mí, pero siempre lo hacen en voz baja. Él nunca me cree cuando le digo que
el Orejas va a volver. Yo le insisto, y él me mira sonriendo mientras me
revisa. Qué sé yo qué revisa. De lo que estoy seguro es de que no me alivia
este maldito dolor en el estómago. Por más que viene todos los días y me obliga
a tomar medicamentos, el dolor no cesa y creo que cada vez me duele más,
especialmente cuando como algo. Olvídese de ese perro, abuelo, nunca volverá,
me dice una y otra vez. Yo jamás olvidaría al Orejas. Es mi perro y me ha
acompañado siempre. Lo mismo me dice mi familia: Pero abuelo, ese perro se
murió hace como treinta años. No saben nada. El Orejas no murió, se perdió en
una encrucijada del tiempo. ¡Y ahora está de regreso! Vuelve a casa, al galope,
con su alegría de siempre. En unos segundos, va a saltar el alambrado como a él
le gusta, correrá hasta aquí y se tirará a mis pies esperando que lo acaricie.
Se lo ve tan feliz. ¡Qué alegría tan grande que haya vuelto!, refregarle otra
vez las orejas y palmearle el lomo. No bien llegue, va a querer hablarme, con
esa mezcla de aullido y ladrido que me divierte tanto. Es su manera de
responderme cuando conversamos. Porque él comprende todo lo que le digo y
quiere que yo sepa lo feliz que se siente por compartir cada momento conmigo.
¡Qué lindo se ve el trigal! Está empezando a ponerse amarillo. ¡Cómo me
gusta el trigal cuando se pone amarillo…! Y esa luz en el cielo, tan acogedora
y que parece que acompañara al Orejas. ¡Qué felicidad! Hasta siento mi cuerpo
más liviano y tengo ánimo para caminar con mi perro por el campo. Hasta el
fuego terrible que vive en mi estómago ha dejado de doler ahora... ¡Ya llega mi
perro! Salta el alambrado con la gracia y la habilidad de siempre.
¡Orejas..., Orejas..., aquí, aquí, aquí estoy, dame un abrazo con tus
manazas negras, así, así! Déjame acariciar tus grandes orejas y tu cuero negro
y lustroso. Así…, así…, mi perro. ¡Bueno!, ¡bueno!, para un poco de moverte,
¿quieres jugar conmigo, eh? Cómo me gustaría que alguien saliera de la casa y
te viera. Se darían cuenta de que estuvieron siempre equivocados. Y verían
también que he conseguido ponerme de pie por mí mismo y que todos los dolores
que sentía se han aliviado de repente. Si hasta puedo volver a caminar, y a
saltar… y... ¡a correr! ¡Eh!, pero, ¿qué haces, Orejas? ¿A dónde vas? ¡Ah!,
quieres que te siga al trigal, ¿verdad? ¡Claro que sí! Vamos, vamos hacia el
trigal. Mi cuerpo se ha vuelto tan ágil como antes. Mis dolores han
desaparecido y me siento tan liviano, tan etéreo… ¡Corramos, Orejas!, veamos
quien salta primero el alambrado. ¡Já! Te he aventajado, como siempre. Pero,
¿quieres ir para el monte esta vez? Si lo prefieres... ¡Qué bella mañana! Y esa
luz, tan acogedora que me hace sentir como si flotara. ¡Vamos, Orejas, no te
detengas! ¡Corramos! ¡Volemos! ¡No te quedes atrás! ¡Vamos, que el monte nos
espera…!
Mención de honor categoría E – adultos
La caída de Juan de Silvana Maria Mandrille de San
Francisco, Córdoba
Las primeras luces del amanecer se filtraban por la
minúscula ventana enrejada.
Un observador exterior habría logrado percibir una
silueta suspendida en el aire.
Sentada en el cordón de la vereda, una joven de cara
redondeada y ojos de
ilusión, esperaba desde muy temprano.
A media mañana alguien se percató de su presencia...
- Mirá Pedernera, lo novia del Juan vino a buscarlo.
- Pobre piba, tan joven... ¡Y es linda! ¿No habrá
tenido chance de conseguir algo
mejor?
- No lo subestimes al Juan, Pedernera, también es buen
tipo. Tropezó una vez
en la vida y ya la pagó. Nada que ver con las otras
escorias que vienen a parar
acá.
- Pero el tropezón lo hizo caer feo al Juan. No te
olvides que se cargó una vida.
Tenía razón Pedernera. Habían pasado muchos años de
aquel fatídico episodio,
como diez. El Juan tendría veinte y había cometido el
pecado de enamorarse
perdidamente de una mujer de veintisiete. No era la
edad lo que hacía la
diferencia entre ellos, sino la conducta.
Él trabajaba en el campo del padre y pesito que
juntaba lo empeñaba para
amueblar la casita que había comprado en el pueblo.
Un día pasó por la joyería y compró las alianzas. No
pudo esperar hasta la noche
para sorprenderla. Decidió verla inmediatamente y
entregarle el obsequio. Como
ella vivía a dos casas de la joyería, en un santiamén estuvo
ahí. Rápidamente
barajó la llave en su bolsillo y con cierto arrebato
abrió la puerta. La sorpresa fue
para él cuando vio que su mujer, la que él pretendía
hacer su esposa, gozaba
desnuda y entrelazada al cuerpo de otro hombre. La
reacción fue inmediata.
Volvió sobre sus pasos hasta la mesa de la cocina.
Tomó la cuchilla y regresó al
dormitorio para incrustársela justo en el corazón. La
muerte no se hizo esperar y
la policía tampoco. Lo que nadie supo es que el
corazón de Juan también dejó
de latir en aquel preciso instante.
Bien sabemos que si el suceso hubiera tenido lugar en
esta época, estaríamos
hablando de femicidio y una legión de mujeres
identificadas con la muerta,
estarían marchando por las calles del pueblo portando
bien alto una pancarta
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con la inscripción NIUNAMENOS. El mismo Juan sería
tildado de psicópata y
todos estarían pidiendo reclusión perpetua para el
degenerado.La vida en el
Penal fue dura al principio, pero enseguida le tomaron
aprecio porque tenía buen
comportamiento y era respetuoso, tanto con sus iguales
como con los guardias.
Era mozo en el casino de oficiales y a la hora del
almuerzo o la cena, no faltaba
quien lo incomodara con alguna frase melosa referida
al noviazgo que había
entablado con una joven a la que conoció a través de
una de esas revistas del
corazón.
La relación era sólida. Los padres de la muchacha ya
habían ido a conocerlo y
todo iba viento en popa. Cuando él recuperara la
libertad se casarían. Ya tenían
casa, muebles y ajuar. No faltaba nada, sólo que se cumpliera
el plazo de la
condena que por fin había llegado a su término.
- Andá Pedernera. Traelo al Juan.
- Pero... ¿Cómo? ¿No está en el casino de oficiales?
Habíamos quedado que
vendría temprano en la mañana para enseñarle al inútil
del Rata lo que tiene que
hacer cuando quede en su lugar.
- Bueno, bueno, el muchacho tenía que preparar sus
bártulos. Es su día más
importante, se va en libertad y después al registro
civil. Me pareció que con
tantas emociones, había que dejarlo tranquilo y solo
hasta la hora de irse.
- Cómo mande Señor Jefe de Guardia, ya se lo traigo.
La novia que ya se había acercado y estaba preparada
para recibirlo en la puerta
de salida, escuchó gritos y corridas.
Pedernera le dijo algo en el oído al Jefe de Guardia.
Los rostros de ambos
estaban contraídos.
A esta altura, un observador exterior ya no habría
percibido la silueta suspendida
en el aire.
- Pobre Juan... ¿Qué le habrá pasado, Pedernera? ¡Se
lo veía tan contento!
- La conciencia, Jefe. La conciencia no perdona. Usted
mismo lo dijo, el Juan era
hombre de un solo tropiezo.
- ¡Quién lo hubiera dicho, Pedernera! ¿Y ahora? ¿Ahora
quién se lo dice a la
novia?