miércoles, 19 de octubre de 2022

CONCURSO LITERARIO NARRATIVO “CONTATE UN CUENTO XV” Declarado de Interés Educativo por el Ministerio de Educación de la Nación res 1275/se

Ganador Categoría Malvinas: Educación de adultos

Firulay 

de Claudia Rosa alumna de CENS 451 “El puente a tus sueños”

_  Abuelo….

_ Sí pequeño, dime…

_ ¿Por qué tu perro se llama Firulay? no me parece un lindo nombre...

Dejé  yo de lavar el auto, sequé  mis manos y le dije a mi nieto:

_  vení, Esteban, vamos adentro y te cuento porque tiene ese nombre. 

Ya adentro me acomodé en mi sillón, cerca del hogar y Esteban se sentó en el piso sobre la alfombra frente a mí, estaba dispuesto a prestar atención, entonces comencé mi relato….

-Hace ya algunos años, cuarenta exactamente, yo era un jovencito, pertenecía a un batallón de soldados, era uno más que hacía dos meses había llegado a lo que se llamaba en ese entonces el servicio militar.  

_ ¿Y qué era eso? - preguntó Esteban curioso  

_ Pues era obligatorio para todos aquellos varones de dieciocho años, se trataba de  una preparación que debíamos cumplir por si algún día se iniciaba una guerra, y que te cuento que así fue… un día de Abril, muy temprano y de mucho frio, vino nuestro sargento, quien nos daba las órdenes y nos dijo que debíamos prepararnos para ir a las islas Malvinas…

Esteban me interrumpió casi ahogándose,

_ ¿De verdad? ¡¡Nosotros hablamos de Malvinas hace poco en el cole!! ¿En serio estuviste ahí? 

_ ¡Así es!.. y entonces esa misma noche partimos hacia las islas, éramos un montón!!-

_ ¿Y en qué viajaste abuelo? ¡¡Porque la seño dice que es re lejos!!!-

 _ Es verdad, sí que era lejos. Nosotros fuimos en un gran avión militar, cuando llegamos y bajamos de esa máquina tan gigante y ruidosa quedamos estupefactos al ver esa isla ante nuestros ojos, pequeña, casi despoblada en medio de la nada… ¡¡sentimos el más frío de los fríos!! No recuerdo otro frío como ese, nuestro jefe nos unió en grupos y nos ordenó preparar trincheras para protegernos de los enemigos que seguramente vendrían pronto, entonces comenzamos a hacer una especie de cuevas con las piedras que íbamos encontrando.

 Mi pelotón estaba formado por   veinte muchachitos de mi edad, algunos ni siquiera habían agarrado nunca ni una pala. De pronto cuando el soldado García levantó una de las piedras, sintió un chillido, todos volteamos a ver y ahí estaba, un viejo perro de pelaje corto, negro, con una mancha blanca en el hocico que por cierto tenía lastimado, tiritaba de frío y nos miró con sus ojitos casi a medio abrir, se le notaban las costillas, todos nos miramos y sin necesitar hablar sabíamos que debíamos esconderlo del sargento ya que no nos dejaban desconcentrarnos con nada, así que tiramos una campera sobre él y seguimos haciendo nuestro trabajo. Cuando ya la trinchera estuvo lista, entrábamos los veinte, llevamos a este perro a un rincón de ella y le armamos una especie de camita.

Llegando el anochecer nos llamaron para que fuéramos a buscar la cena: un pan con un platito de lata lleno de un guisito que olía muy bien, todos comimos alrededor de un tambor con fuego, y después nos fuimos a dormir a nuestra trinchera. El perrito seguía acurrucadito donde lo habíamos dejado, grande fue la sorpresa cuando casi los veinte a la vez sacamos de nuestros bolsillos los panes que habíamos escondido para él, eso nos causó mucha gracia, se sintió la risa de todos en esa noche sorda de ruidos... En el fondo éramos niños aún, le dimos algunos y entonces Flores dijo: “Tenemos que ponerle un nombre”, y fue Sánchez quien lo bautizó...” ¡Se llamará Firulay!!!”

Nos pareció divertido el nombre así que todos estuvimos de acuerdo, no sabíamos si tendría dueño, o era de alguna casita de la isla, pero sí, nos dimos cuenta que se sentía a gusto con nosotros.

Así pasaron los días: entrenamientos, corridas, fríos y guisos, nos empezamos a conocer entre nosotros, cada uno habló de su familia, de sus padres y hermanos.  Chávez nos contó que una semana antes de venirse su novia le dijo que estaba esperando un bebe, sus ojos se llenaron de lágrimas, solo de pensar que no sabría cuándo volvería, lo angustiaba mucho esa situación. Sánchez , casi con vergüenza,  nos dijo que tenía un hermano más chico que él con discapacidad y que le leía un cuento cada noche para que se durmiera y no podía imaginar cuánto lo extrañaría . Yo, por mi parte, les conté lo enamorado que estaba de una rubia hermosa que vivía en la esquina de mi casa, que obvio hoy es tu abuela, llorábamos y reíamos y nos alentábamos unos a otros y soñábamos con el regreso y el abrazo de nuestros seres queridos.

 Una noche Firulay comenzó a gruñir poniéndose en guardia con la cola erguida y su mirada fuera de la trinchera, queríamos callarlo ya que no podía descubrirlo nuestro jefe, en eso sentimos una fuerte explosión, ¡¡¡Nos estaban atacando!!!

Escuchamos el grito del sargento “¡¡¡Soldados a sus puestos!!!”. Inmediatamente salimos de las trincheras con las armas y Firulay con nosotros, igual nadie le prestó atención, estábamos demasiado ocupados en calmar nuestros miedos...

Entramos todos a una fosa que habíamos hecho cubierta de paja para no ser detectados por los ingleses... Cada estallido iluminaba la noche y yo veía los ojos rojos de Firulay. Lo tomé del pescuezo y lo tiré al agujero con nosotros. Estuvimos metidos ahí más de dos días. El fuego enemigo no cesaba, no teníamos ni agua, ni comida, pero nadie se acordaba del hambre ni siquiera Firulay. En un momento el fuego cesó, se hizo un gran silencio… Después de unas cuantas horas el sargento ordenó que saliéramos, y así lo hicimos. Cuando nos dirigíamos de nuevo a la trinchera, nos agarró desprevenidos una lluvia de balas, era una emboscada.

Devolvimos los disparos, pero ellos eran más, venían hacia nosotros como hormigas, vi caer a tres de mis compañeros a mi lado, yo me paralicé…Mire a mi izquierda y vi la mano tendida de Chávez queriéndome dar algo, me acerqué como pude y vi que era la chapita que colgaba en el cuello de cada uno de nosotros y nos identificaba, se la había arrancado con lo último que le quedaba de fuerzas y en un susurro me dijo, “llévasela a mi pequeño y dile lo valiente que fue su papá” y sus ojos se cerraron…

Una lágrima helada rodó por mi mejilla. Pero tenía que reaccionar y comencé a arrastrarme para llegar a la trinchera, estaba aterrorizado… Solo oía gritos y disparos, en eso sentí que Firulay saltó sobre mi espalda cuando recibió un balazo certero en la cabeza… volteé sin entender lo que había pasado y lo vi caer a mi lado con los ojitos achinados mirándome, yo no dejé de mirarlo hasta sentir su último suspiro... Firulay había muerto…

Sentí un dolor tan profundo, él había salvado mi vida literalmente, lo abracé tan fuerte como me dieron mis brazos, necesitaba que sintiera cuan agradecido estaba …

En ese momento vi al sargento levantarse con un trapo blanco ofreciendo la rendición de quienes quedábamos en ese pelotón con vida…Yo me levanté con Firulay ya frío en mis brazos… Me animé a pedirle a un soldado inglés que me apuntaba con su fusil que me dejara enterrarlo, obvio con señas, ya que no entendía nuestro idioma y la verdad sentí la humanidad de mi enemigo que me lo permitió, después de todo era un soldado como yo que solo cumplía órdenes.

Así es que cuando por fin regresé a mi hogar me prometí que cada perrito que tuviera se llamaría Firulay en honor a ese animalito desconocido, que Dios puso en mi camino para que hoy tenga la dicha de contarle esta historia a mi querido nieto…..-

Esteban se levantó y con lágrimas en los ojos me dijo casi en un susurro -¡¡Gracias abue.. por haber vuelto y también al gran Firulay!!-

 Los dos nos fundimos en un eterno y silencioso abrazo

CONCURSO LITERARIO NARRATIVO “CONTATE UN CUENTO XV” Declarado de Interés Educativo por el Ministerio de Educación de la Nación res 1275/se

 

Ganador Categoría Malvinas: jóvenes de 16 a 18 años

“Amor en guerra” 

de Ana Paula Marchan alumna del colegio ILI de Villaguay, Entre Ríos

Era un 2 de abril de 1982 en Buenos Aires, me desperté por el sonido de la alarma que anunciaba que eran las 7 de la mañana, me levanté de la cama, me dirigí a oscuras a prender la luz de la pieza, en eso me encaminé hacia el escritorio donde descansaba una pequeña radio a la cual prendí. Arrastré la silla de su lugar y procedí a sentarme, saqué una hoja y una lapicera del primer cajón del escritorio y empecé a escribir, mientras escribía en la radio se escuchaba uno que otro robo, un suicidio de una persona porque no podía pagar la renta de su casa y la que más me llamó la atención fue la noticia de la recuperación de las Malvinas, eso me puso muy alegre pues eso significaba que volverías pronto a casa.

“Querido Miguel:

Hoy es 2 de abril, ha pasado tiempo ¿Cómo te encuentras? Aun no recibo alguna noticia tuya, pero espero que te encuentres bien, mis amigos me dijeron que era una pérdida de tiempo el escribirte cartas y que simplemente te olvide, como si fuera fácil hacerlo, pero solo son testigos de mi sufrimiento y no del tuyo.

Te advertí que no fueras, más que advertirte te supliqué llorando que no te fueras a la guerra, pero más no me hiciste caso. Me dijiste que cuando volvieras nos íbamos a casar mientras me dabas un anillo de color dorado con una pequeña flor de color lila, era el anillo que te dije que me había gustado, no sé cómo te acordaste ya que mayormente te olvidas de todo, aún espero que vuelvas.

Tú me juraste que saldrías ileso, aunque yo esté sufriendo podría estar peor.” Estaba tan concentrada escribiendo la carta que me sobresaltó el sonido de la puerta principal siendo tocada una y otra vez, arrastré la silla hacia atrás y me levanté, abrí la puerta de la pieza y me encaminé por el largo pasillo de la casa, mientras caminaba miraba los cuadros colgados en la pared, me detuve específicamente en uno, en él se veía un joven de unos 19 años, con el pelo color negro en corte militar; ojos de color azul que se podría comparar con el mismo cielo, nariz respingada, alto,  de  1.80, una sonrisa de oreja a oreja. Vestía una remera de color negro y unos pantalones desgastados, a su lado se veía una joven de unos 20 años, el pelo de color rojo asemejándose al color del fuego, ojos de color marrón que se podía comparar con el color del café, nariz recta, de  1.70, una sonrisa que hacía que sus ojos se cerraran, vestía un lindo vestido de color blanco con pequeños detalles de flores de color azul, los dos estaban abrazados.

Me quedé tan sumida detallando el cuadro que me sobresaltó el sonido de la puerta siendo golpeada fuertemente, me encaminé rápidamente, antes de abrirla me arreglé como pude el pelo, pues me había mirado en el espejo de al lado y mi cabello no me favorecía. Tomé un bocado de aire y abrí la puerta con una sonrisa. Pude apreciar a dos señores vestidos de uniforme militar, los saludé y los invité a pasar, Ellos aceptaron gustosos, los hice caminar hacia la cocina que estaba pintada de un color rosa clarito, en ella se podía apreciar una mesa pequeña cubierta por un lindo mantel lila de cuadros y cuatro sillas. Los invité a sentarse. Cada quien se sentó en las sillas que estaban en cada esquina, les pregunté si querían té y ellos asintieron, fui hacia la cocina para poner la pava, mientras esperaba que el agua se calentara busqué de las estanterías unas galletitas de chispas de chocolate y se las ofrecí, aceptaron gustosos. El sonido de la pava hirviendo me despertó de mis pensamientos, busqué tres tazas y les puse su respectivo saquito, tomé la azucarera, tres cucharas y una bandeja, puse las cosas encima y las coloqué en la mesa,  le di a cada uno una  taza.

- Lindo día hoy, verdad- dije mientras me sentaba.

-Lindo día- respondió el que se veía más joven de los dos.

-Señorita mire no queremos quitarle tanto tiempo- aseguró el de mayor edad.

-Dígame entonces- dije mientras le daba un sorbo a mi té.

-Vera como habrá escuchado en las noticias, pudimos recuperar las Malvinas-

-Si- le interrumpí- ¿Qué con eso? – pregunté.

-Verá, recibimos una orden de la cabina de seguridad de que un grupo de ingleses se acercaba, un grupo de 10 de nuestros soldados fue hacia allí para detenerlos, al llegar se dieron cuenta que los hombres estaban armados- dijo el más viejo. Se miraron directamente como no sabiendo quien tomar la palabra, al final el más joven fue el que la tomó.

-Vera señorita, entre ese grupo se encontraba Miguel... su novio, él… vio que uno de los ingleses tenía un arma y le iba a disparar a un compañero entonces  se puso enfrente y … recibió el disparo-

- ¿Qué me quieres decir? - averigüé mientras bajaba mi taza de té.

- Lo que quiere decir mi compañero señorita es que Miguel murió por el disparo, lamento su pérdida- dijo el más viejo.

Sentí que mi mundo se detuvo por un momento, las luces se veían distorsionadas y mis ojos se me cerraron.

- ¿Señorita se encuentra bien? - me preguntó el más viejo.

- Yo…yo sí, estoy bien, por favor- les dije mientras me levantaba de la silla.

Ellos entendieron y se levantaron de sus respectivas sillas, los acompañé hasta la puerta y sin despedirme se la cerré en sus caras, me apoyé en la puerta y me deslicé hacia abajo. La noticia me cayó como un balde de agua fría, sentía las lágrimas salir de mis ojos una detrás de la otra, hasta llegar al piso. Miré fijamente el anillo que él me había dado y lo atraje hacia mi pecho abrazándolo.

Tu funeral fue el 5 de abril, pues tu cuerpo tenía que ser traído desde las Islas hasta aquí, estábamos toda tu familia, tus amigos, vecinos y gente que supongo que eran tus conocidos. Cada uno de ellos se me acercaba y me daban sus condolencias.

- Disculpa, esto te dejó Miguel- dijo un señor vestido de militar, mientras me daba una carta.

Se lo agradecí mientras me guardaba la carta en el bolsillo de la campera.

Pasaron 2 horas y me encaminé hacia casa, mientras abría la puerta me puse a pensar en todos los momentos que habíamos pasado juntos, no pude evitar sonreír al recordarlos.  

Entré, fui  hacia la cocina, me preparé un té y procedí a leer tu carta.

“Querida Marie:

Hoy es 2 de abril de 1982, ha pasado un tiempo desde que nos vimos, te extraño mucho, espero que te encuentres bien, yo me encuentro bien. Los chicos son muy amables conmigo, y aunque estemos alerta, tenemos tiempo para compartir anécdotas, te cuento una que me paso. Estaba preparando la comida, sopa para ser más específicos, estaba tan concentrado que no vi que un compañero se me acerco por atrás, me tocó y yo di un salto que casi llegó al techo.

No puedo evitar reírme cuando me acuerdo de esa anécdota con mis compañeros, todavía tengo presente el día que te dije que me esperes para poder casarnos, ya decidí el lugar y a donde vamos a ir de luna de miel, pero eso es secreto. Mis compañeros me dijeron una frase que se me va a quedar grabada por toda la vida y quiero compartírtela, “cuando advierten a soldado, si está enamorado en guerra morirá”. Esa frase se me quedó porque es verdad, yo te amo con mi vida y si tengo que morir lo haré con orgullo porque pude proteger a mi rayito de luz, a mi pequeña hadita, a mi mundo.

Te amo a pesar de todo, recuerdo todos los momentos que vivimos una y otra vez, no puedo evitar reírme y sonreír con ellos. 

Espero te encuentres bien, con amor tu soldado Miguel.”

No pude evitar sonreír, pues tu carta llenó mi corazón, mientras la leía te imaginaba escribiéndola, con tu sonrisa de oreja a oreja, lloré en el momento que leí la frase que te dijeron tus compañeros.

-Fin-

- ¿Qué les pareció la historia niños? - dije mientras dejaba el libro sobre mi regazo

- Abuela, esa chica se parece mucho a ti- dijo un pequeño de pelo color negro y un llamativo color verde de ojos.

- Si es cierto abuela- dijo otro pequeño igual que el otro nada más que con unos ojos azules que se podían comparaban con el mar.

- Si verdad- dije mientras me levantaba de la silla, e iba hacia una pequeña repisa en la que se podía ver una foto de un hombre con ropa militar con una sonrisa de oreja a oreja, al lado un pequeño florero con unas hermosas margaritas. Dejé el libro al lado y susurré- Me falta toda la vida si no estás, como te extraño mi amor, que debo hacer para que vuelvas a mi-

Al lado había una pequeña carta que decía: “Ay amor divino, pronto tienes que volver a mí, cómo te extraño mi amor, ¿por qué será? Me falta todo en la vida si no estás. Cómo te extraño mi amor, ¿qué debo hacer? Te extraño tanto que voy a enloquecer.

Con amor tu rayito de sol Marie.

Han pasado 30 añas de tu muerte y hoy por fin después de luchar y luchar puedo decir que mi escrito “Amor en guerra” es publicado, fue difícil conseguir una editorial que quiera publicarlo puesto que al ser mujer no tengo muchos derechos. Pero no me rendí eso siempre fue lo que te llamó la atención de mí, el no rendirme, el luchar por lo que quería, el saber que si no podía me levantaba una y otra vez a luchar y a salir adelante.

Esta obra costó demasiado, ya que es un dolor que no quiero recordar, pero sé que en el fondo es una distracción y un alivio el recordarte y soltarte de una vez por toda, sé que siempre quisiste que te recordara con tu hermosa sonrisa de oreja a oreja, es algo que no se puede olvidar más de una persona como vos, tan alegre. Tan llena de tranquilidad y paz. Hoy por hoy puedo decir que esta obra es gracias a ti.

CONCURSO LITERARIO NARRATIVO “CONTATE UN CUENTO XV” Declarado de Interés Educativo por el Ministerio de Educación de la Nación res 1275/se

 

Ganador Categoría Malvinas: jóvenes de 12 a 15 años

 “La incertidumbre y las certezas” 

de Franco Martín Rondinella alumno del Instituto San Felipe Neri de Ramos Mejía

 

10 de mayo de 1982

“En un mundo de incertidumbre, una certeza es un regalo con fecha de caducidad”, me dijo uno de mis compañeros unos segundos antes de morir. Cada vez que el viento congela mis huesos sus palabras vuelven a pasar por mi mente. Ojalá supiera a qué se refería, porque en este momento no había certezas. Solo hambre, frío y armas inservibles. Una guerra perdida y unos luchadores nerviosos. Pero las esperanzas arden dentro de cada uno de nosotros, dentro de cada soldado. Nuestras familias esperan con ansias nuestra llegada, o al menos una noticia de nuestra vida.

La radio habla de cosas que no entiendo, una victoria asegurada y unas condiciones perfectas. Son mentiras. Las personas ofrecen carne y oro en honor a la patria, que por lo visto está en pausa.

 

25 de mayo de 1982, celebración del día de la Revolución de Mayo

Las personas a mi alrededor celebran felices la fecha patria. No termino de entender del todo cómo pueden vencer el hambre y reír, porque yo no puedo. Creo que empiezo a entender a qué se refería mi compañero con su frase; él planeaba empezar su vida una vez cumplidos los dieciocho años, estaba seguro de eso, pero al final no pasó, solo murió.

La fecha me recuerda tantas cosas: el guiso caliente que prepara mi mamá cada 25 de mayo, los pastelitos rellenos de membrillo, las risas en la mesa familiar. Puedo imaginarlas ahora, pensando en mí, en mi estado, en sí estaré bien. Me lastima y me da  esperanza de igual manera pensar en mi familia. Espero poder volver.

 

1 de junio de 1982

Tengo miedo, estamos perdiendo. El frío y el hambre arrasaron con la mayoría de mis amigos. Los ingleses vienen con sus armas modernas y su vestimenta abrigada y yo tiemblo de la inseguridad.

Al final no tenía razón sobre la frase de mi compañero: él no tenía familia y deseaba con fuerzas luchar por su país, su sueño era ser un soldado y un héroe.

 

12 de junio de 1982

Espero que la guerra esté por terminar, deseo con todas mis fuerzas recuperar mi vida. El miedo a la muerte se pierde cuando la vivís de tan cerca; ayer a eso de las ocho y media los ingleses nos bombardearon, juro que sentí como la fé abandonaba mi cuerpo. La Batalla de Puerto Argentino fue dura para todos, los Regimientos de Infanterías 4, 6 y 7 fueron atacados en simultáneo y no hubo manera de salir ganando de esa. Doy gracias por estar vivo.

Las enfermeras me contienen al mismo tiempo que intentan curarme para que pueda volver al campo. Gracias a ellas puedo escribir estas palabras.

 

15 de junio de 1982

Ya volví a caminar y mis heridas están casi curadas. Mis compañeros festejan el fin de la guerra, pero sé que en nuestros corazones todavía está en carne viva la herida. Firmamos la rendición y eso ataca nuestro orgullo.

Todavía no entiendo muy bien la frase, pero resuena en mi cabeza todos los días. Espero algún día poder entender.

 

20 de junio de 1982

Ya llegué a mi ciudad, esperaba que me reciban con aplausos y cariño, pero no hay nadie. Quizá ocultaron nuestra llegada o quizá ya nadie nos quiere por haber perdido. Da igual, estoy acá.

Decidí dejar de pensar en las palabras de mi compañero, solo me hacen revivir momentos dolorosos

 

20 de diciembre de 2022

Me cuesta retomar estos escritos que abandoné por tanto tiempo con la esperanza de olvidar. Hoy siento la necesidad de darles un final, de cerrar por fin la herida. Por eso les dejo mi interpretación de “En un mundo de incertidumbre, una certeza es un regalo con fecha de caducidad”: nadie sabía el destino de la guerra y nadie se imaginaba las atrocidades que ocurrían en el territorio nacional, los soldados convivimos con la falta de seguridad, con la falta de un futuro. La certeza, en este caso, no tiene una fecha de caducidad, por eso la debemos disfrutar más aún que cualquier otra. La certeza en cuestión es que las Malvinas fueron, son y serán por siempre argentinas.