domingo, 17 de agosto de 2014

La aceituna del medio - Por Wimpi

El saber y la cultura son dos cosas distintas.
El saber depende del número de conocimientos que un hombre ha adquirido. Es una cuestión de cantidad.
La cultura depende del modo en que el hombre se conduzca. Es una cuestión de calidad.
Hay sabios que cuando abandonan la biblioteca, el laboratorio o el anfiteatro, no saben qué hacer. Son sabios incultos.
El médico sabio, por ejemplo, se nota en la forma cómo cura a un enfermo; el médico culto se nota por la forma en que lo trata.
Hombre culto es aquel que con la misma capacidad que cumpliera su tarea profesional, cumple, luego, su tarea de persona.
En el consultorio el médico, en el bufete el abogado, en la cátedra el profesor de historia, utilizan un saber. Pero, luego, ante el semejante que no esté enfermo, que no estudie historia, demuestran o no demuestran su cultura.
En una observación panorámica, la cultura es muy parecida a la buena educación.
No puede considerarse bien educada a una persona sólo porque levante el dedo chico al tomar la cucharita del helado.
El no hacer ruido con la sopa, el no atarse la servilleta con un moño en la nuca, son condiciones necesarias de la buena educación, pero no son condiciones suficientes.
Debe entenderse por buena educación el resultado de una integración de educación; la sentimental, la espiritual, la mental, la moral.
Cuando el hombre está bien educado para esas cuatro posibilidades de su volcarse en el mundo, es un hombre bien educado. Un hombre culto. Porque no solamente no le da vuelta los botones al otro mientras le habla, sino que, además, se halla capacitado para situarse  con beneficio para sí y sin perjuicio para los demás ante el mundo y la vida.
Un ingeniero culto es el que, además de saber construir un puente que no se caiga, pincha la aceituna del medio porque sabe, también, que las otras aceitunas, rodeándola, no la dejarán escapar.


De La calle del gato que pesca

UN DÍA DE ASUETO - Por Chamico (Conrado Nalé Roxlo)

         El señor Joroboán Pérez tiene una familia solícita y cariñosa. Su mujer, la mamá de su mujer, la hermana de su mujer, las hijas de su mujer y suyas, y hasta la cocinera, se desviven por él.
      El amigo Joroboán goza de muy buena salud. Su esposa siempre lo afirma de este modo:
-Lo que es mi Joroboán no ha tenido nunca un sí ni un no con la medicina.
Pero no hay cuidado de que lo dejen en una corriente de aire, aunque el calor raje las piedras; ni de que no le calienten la cama; ni de que le sirvan una comida muy condimentada. Las hadas familiares velan por él constantemente.
El señor Pérez hace veinte años que concurre a una oficina pública en calidad de empleado. Es una buena oficina, vista desde adentro, pues cuando una persona llega a la ventanilla a preguntar por un expediente, se le toman los datos y se le dice que venga la semana que viene. Si vuelve, se le pregunta:
-¿Usted es el que estuvo la semana pasada?
Y a la respuesta afirmativa se le responde:
-Su asunto marcha. Venga dentro de quince días.
Y cada vez se alargan más los plazos, hasta que el importuno comprende su error y se dirige a otra oficina.
De este modo la oficina es un lugar agradable y tranquilo, al que ninguno de sus habituales concurrentes rentados ha encontrado el más mínimo pero. Pero, con todo, el señor Joroboán sintió un día el deseo de faltar, de puro calavera.
Cuando doña Camelia, su esposa, lo despertó, le dijo:
-Hoy no voy a la oficina.
-¡Que no vas a la oficina!... ¿Por qué? ¿Hay acaso trabajo?
-No, pero no me siento bien respondió él por no entrar en explicaciones.
A la esposa se le cayó la bandeja del café con leche, y huyó gritando, con las manos en la cabeza:
-¡Dios y los santos nos asistan, Joroboán está enfermo!
La cuñada, que era persona de gran presencia de ánimo y de la otra, trató de serenar a la desesperada esposa, y dijo:
-Déjenlo por mi cuenta. Siempre tuve vocación de enfermera. De no haber sido tan niña cuando la otra conflagración...
Y resuelta y valerosa se encaró con la situación y con el enfermo: ¿Qué sientes, Joroboán? Nada..., un poco de dolor de cabeza. La cuñada cruzó los brazos, apoyó la barbilla en el hueco de la mano y pensó en todas las enfermedades que comienzan por un dolor de cabeza, desde la gripe benigna hasta la fractura del cráneo.
Las hijas, mudas y temblorosas, esperaban de pie, como las tres gracias, con algo de estatua del Comendador. Doña Camelia lloraba en un rincón.
-Te pondremos unas rodajas de papas en las sienes como primera medida.
Y se las puso. Pero la menor de las hijas, que era muy golosa, insinuó:
-Tía, ¿y si en lugar de papas le pusiera batatas, que son más dulces?
-No son terapéuticas dictaminó la dama. Media hora después, don Joroban creyó que ya podía darse por curado y dijo:
-¡Qué remedio maravilloso! Ya no me duele e intentó sacarse las papas.
Pero la familia en pleno dio un grito de espanto. La mano temeraria se detuvo, y el señor Pérez paseó por los presentes una mirada interrogativa y angustiosa.
Pero nadie le respondió; una a una su esposa e hijas fueron desfilando hacia el patio con el pañuelo en los ojos. Solo la valiente cuñada permaneció al pie de la cama, como un granadero napoleónico al pie del cañón. Y explicó:
-No te asustes, Joroboán; al fin y al cabo eres un hombre... Esa mejoría, tan repentina, no es normal: es lo que el vulgo llama mejoría de la muerte.
-¡Qué muerte ni qué expediente perdido! gritó, volviendo en sí, el desdichado señor. Estoy perfectamente bien; en mi vida me he sentido mejor, y ahora mismo voy a levantarme para que lo vean.
-¡Deliras, Joroboán! exclamó la cuñada, a la que también abandonaba el valor.
Del patio venían los sollozos ahogados de su familia V los hipos de la sirvienta.
Joroboán, en el colmo de la indignación, saltó del lecho, se puso un pijama y salió al patio.Pero la familia en pleno, puesta de rodillas, le imploró que volviera a la cama.
Algunos vecinos oficiosos asomaban ya la cabeza por encima de la medianera. Y el pobre señor Joroboán, para que el escándalo no fuera mayor, tuvo que resignarse a volver al lecho.
-Llamen a un médico ordenó, en la esperanza tic que el hombre de ciencia demostrara a la asustada familia que no tenía nada.
Poco después el doctor hizo su entrada en la habitación del doliente.
-Déjennos solos pidió el dueño de casa.
Y explicó con entera franqueza lo ocurrido al científico caballero, que lo escuchaba con aire preocupación, y que cuando terminó le dijo:
-Bien, bien, pero permítame usted que lo revise.
El examen fue largo y minucioso, lleno de preguntas indiscretas y de posturas molestas.
Todas las respuestas del presunto enfermo eran interpretadas de modo inesperado para él por el médico. Y el resultado final fue que al despedirse le dejó varias recetas, píldoras, bebidas, gotas y un régimen alimenticio más severo que el de una actriz en trance de adelgazar.
El señor Joroboán Pérez oyó a su esposa que preguntaba al médico, ya en el corredor:
-¿Hay alguna esperanza, doctor?
-Señora respondió el galeno, aunque la expresión sea poco científica, le diré que mientras hay vida hay esperanza.
Después la casa fue tomando un aspecto lúgubre: se velaron las luces, se caminaba de puntillas, se recordaba en voz baja como murieron el tío Anselmo, la tía Clara y el primo Basilio..,
Y a eso de las diez de la noche el señor Joroboán pidió con voz débil que le tomaran la fiebre: había entrado él también.

sábado, 9 de agosto de 2014

Repartijas Por María Elena Walsh

Dos vizcachas salieron de paseo, y les fue muy bien. Cada una se encontró un pedacito de cobija de lana. Pensaron cómo harían para que les fueran más útiles. Al fin resolvieron unir los despedazas -y así alcanzarían para las dos juntas-pero no tenían con qué coser.
En eso llegó el zorro y dijo que él había hallado un hilito y que se los daría si lo dejaban taparse. Las vizcachas aceptaron y se pusieron a coser. Cuando llegó la noche estaban muy contentas: no pasarían frío.
Pero el zorro, cuando se fueron a dormir, dijo que él se tenía que acostar enfrente de su hilito para cuidarlo. Las vizcachas no tuvieron más remedio que decir sí.
Y el zorro durmió muy abrigado y las vizcachas se congelaron porque la cobija era demasiado angosta para los tres.

Este cuento popular me hace acordar de los opinantes que echan a rodar frases hechas, que dicen más o menos así: ¡Cómo se gasta en un festival de cine, cuando los hospitales están a la miseria! ¡Cómo es posible que se derrochen fortunas en mantener el Teatro Colón, cuando los jubilados se mueren de hambre! ¡Qué vergüenza organizar recitales al aire libre cuando hay tantos chicos desnutridos!, etcétera.
Vergüenza me da que estas falacias sean pronunciadas a menudo por gente productora/consumidora/comentarista de cultura. No reparan en que, cuando la cobijita entera es para el Zorro, no queda para una vizcacha ni para la otra.
Me explico: cuando una sociedad no se ocupa de su cultura, tampoco se ocupa de las otras necesidades. Y viceversa. Cuando la cultura y la educación están más o menos protegidas, también lo están las otras áreas sociales.
No importa si esta cobija bien repartida está en manos del Estado, de la iniciativa privada, o de ambos. Eso depende de la estructura política y de otras razones en las que no hace falta abundar.
Voy a dar un ejemplo, no precisamente primermundista. Costa Rica es un país pequeño y discreto de América Central. Suelen comentarse, y no lo discuto, las bondades de la medicina cubana, pero que un país vecino de la isla sea el primero en América en materia de salud pública... de eso no se habla.
Hace apenas un año -y aunque todo puede cambiar de la noche a la mañana- me reafirmaron en Costa Rica lo que ya sabía por boca de algunos sabios médicos nativos: que era ejemplar la política en materia de salud pública.
Y no por eso se descuida la educación primaria, atendida contra viento y marea, ni se cierran sus centros de cultura ni su universidad ni otros focos que irradian todo el bienestar que pueden, dada la pobreza básica y la creciente ola inmigratoria que plantea nuevos problemas de distribución y trabajo.
No es el único ejemplo, pero sí es notorio que cuando un país desatiende un aspecto del beneficio social descuida todos los otros. Es decir, es la política del Zorro con la cobija ajena.
Es una falacia pensar que restando presupuesto de una actividad necesaria -y todas lo son- pase automáticamente a aliviar otra. No conozco país que haya cerrado su teatro de la ópera para fundar un hospital de niños. No lo hicieron los comunistas ni los regímenes capitalistas más o menos humanos.
Las naciones que admiramos o envidiamos no desdeñan la cultura, entre otras cosas porque de ella viven en gran medida. No se trata sólo de los colosales ingresos de la industria discográfica ni de los precios astronómicos de algún cuadro subastado. Se trata de prestigio y derechos humanos, que aunque no se coticen en la Bolsa significan una inversión mucho más rentable de lo que suponen nuestros funcionarios, eternamente itinerantes y militantes de paros turísticos sin descuento de haberes. Si recortáramos más ¡todavía! nuestros fondos de apoyo a la cultura, el ahorro no iría a parar por arte de magia, como creen algunos despistados, al PAMI ni a los hospitales ni al sueldo de los docentes. Iría a parar, como nos consta, al chanchito-alcancía del Zorro.
Y un detalle más: si no fuera por los despojos que mantenemos heroicamente en materia de cultura, arte y educación, no alcanzarían las fortunas de toda Arabia Saudita para sostener hospitales psiquiátricos nacionales.
La cultura -desde la investigación científica hasta el modesto entretenimiento- es lo único que nos permite sobrevivir, o mantener cierto equilibrio de cornisa, en esta menesunda de mensajes truchos, miserias miserablemente orquestadas y malabaristas de pistola en la sisa.
Algunos quieren convencernos, entre otras necedades, de que hay que restar de un lado para agregar al otro. Daría para todo, debe dar para todos.
Pero mientras nos entretenemos en estas cuentas mentirosas, el Zorro se queda con toda la cobija y después aunque el cuento no lo diga, se come las vizcachas, vende las pieles, y manda la plata a Suiza.
O quizá nos pasamos de mal pensados. Por ahí dona el 12,5 por ciento, menos IVA, a un asilo de vizcachitas huérfanas

Proverbios y cantares de Antonio Machado no incluidos en Poesías completas (Selección)

                 I

En esta España de los pantalones lleva
la voz el macho;
mas si un negocio importa
lo resuelven las faldas a escobazos.

II

Cuando recordar no pueda,
¿dónde mi recuerdo irá?
Una cosa es el recuerdo
y otra cosa recordar.

VIII

Soñé que tú me llevabas,
por una blanca vereda,
en medio del campo verde
hacia el azul de las sierras,
hacia los montes azules
una mañana serena.
Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera.
Eran tu voz y tu mano
en sueños tan verdaderas!
Vive esperanza, ¡quién sabe
lo que se traga la tierra!

XIII

Tal dijo un hombre de bien,
que, al ver al ladrón robado,

Setenta balcones y ninguna flor - Por Baldomero Fernández Moreno

Setenta balcones hay en esta casa,
setenta balcones y ninguna flor...
¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa?
¿Odian el perfume, odian el color?

La piedra desnuda de tristeza agobia,
¡dan una tristeza los negros balcones!
¿No hay en esta casa una niña novia?
¿No hay algún poeta lleno de ilusiones?

¿Ninguno desea ver tras los cristales
una diminuta copia de jardín?
¿En la piedra blanca trepar los rosales,
en los hierros negros abrirse un jazmín?

Si no aman las plantas no amarán el ave,
no sabrán de música, de rimas, de amor.
Nunca se oirá un beso, jamás se oirá una clave...
¡Setenta balcones y ninguna flor!

LUTO - Por Rafael de León

Yo llevo luto por ti
y no me visto de negro.

Tengo el corazón colgado
de paños de terciopelo,
y una camelia de sombra
se me deshoja en el cuello.

Al reloj de nuestras citas
se le cayó el minutero
a las doce menos cuarto
de una noche de Año Nuevo.

¿Qué brazo enlaza tu talle?
¿Qué labio busca tu beso?
¿En qué parque sin jazmines
se deshoja tu secreto?...

Yo llevo luto por ti
y no me visto de negro.

La paloma Por Rafael Alberti

Se equivocó la paloma,
se equivocaba.

Por ir al norte fue al sur,
creyó que el trigo era el agua.
Creyó que el mar era el cielo
que la noche la mañana.

Que las estrellas rocío,
que la calor la nevada.
Que tu falda era tu blusa,
que tu corazón su casa.

(Ella se durmió en la orilla,
tú en la cumbre de una rama.)