De un tiempo a esta parte nos han llegado varios pedidos de poesías, cuentos, y preguntas sobre literatura infantil, juvenil o clásica que no se ha podido rastrear en la web o que simplemente jamás fue tenida en cuenta por recopiladores o están en ediciones agotadas y casi perdidas de libros o revistas. No siempre hemos tenido éxito en encontrarlas, así que nuestra intención es poner desde hoy al alcance de nuestros lectores el poder ayudar en esta búsqueda mediante su difusión. Quien sepa o encuentre el pedido realizado puede contar con nuestro espacio para publicarlo.
Muchas gracias.
Los pedidos aparecerán en el blog bajo el título "EL RINCÓN DEL LECTOR", asimismo su respuesta.
¡Bienvenidos! Este blog de literatura está abierto a todo tipo de lectores. Quienes lo hacemos no tenemos otra motivación que el de compartir la lectura de las obras de escritores de todos los tiempos, así como también las de aquellos que se inician y también merecen difusión.
miércoles, 26 de abril de 2017
martes, 25 de abril de 2017
Quisiera… Por Rafael Serrano Ruiz
Quisiera fundir nuestras miradas,
perderme en la sima de tus ojos
y allí disfrutar de mil hazañas.
En éxtasis de idílicos apremios
recorrer las curvas de tu talle
y sentir la entrega compartida.
Quisiera poder llevarte
los cálidos vientos de mis mares
y vieras en las huellas de la arena
los secretos que mi corazón oculta
Torrente de ilusiones,
chispazos de amor arrebolado,
esperanza ilusionada de tus ensueños…
aquellos que dormidos ya vivimos.
Sueños recurrentes, compartidos
esperanza suspirada, ensoñaciones…
porque desde aquí, en el presente
versando la vida, y el pasado
suspiro por un presente….
fundir nuestras miradas,
perderme en la sima de tu mente.
sábado, 22 de abril de 2017
CONTATE UN CUENTO IX - Mención de honor Categoría D Cazador - Por Marcelo Mendiburo Escobar
La sangre caía de la daga en gotas rojas que humedecían la tierra polvorienta... el olor de la muerte regaba el aire con su perfume a desgracia... Calor y humedad eran las únicas cosas que eran ciertas en ese vasto arenal... a lo lejos el sonido estridente de un carancho presagiaba el festín que esas espantosas bestias se darían con la carne muerta... En el umbral de mis recuerdos todo cobraba vida como en un viejo libro...
¿Mi nombre...? Como si eso ayudara. Es Juan. Juan Rivera Casal. Pero para todos los que importan soy “El chino”.Es difícil la vida en el desierto, solo el indio puede vivir acá, un cúmulo de miserias humanas y perros flacos son toda la compañía que hay en el fortín, si se le puede llamar fortín a este grupo de casuchas de adobe y paja, enclavado en la frontera conocida.
Corre el año de nuestro señor de mil ochocientos setenta y nueve. Yo sé leer y escribir y eso me da un gran respeto entre los milicos de la guarnición ya que soy el único aquí que puede hacerlo.
Todos fumamos en unas pipas de yeso escocesas de cerámica que trajeron de Buenos Aires con la última ranchada de tabaco, ya casi no queda nada, a algunas leguas de distancia el pueblo de Azul reza para que no caiga la única defensa que hay contra el malón y su barbarie, una veintena de soldados desgreñados y sucios, en medio de la inmensidad verde de la pampa. Acá nadie usa el uniforme, todos vestimos con andrajos y nuestras barbas apestan a ginebra barata y mugre, muy lejanos están los días en los que el general Roca decía que éramos los escogidos para acabar con el problema del indio, en un principio los matamos por miles. Aldea por aldea, hombres, mujeres y niños, nada estaba exento de la muerte que traía el hombre blanco, los empujamos al desierto y al destierro, si fueran seres humanos hasta podría darme lastima pero estos infieles son poco más que animales, vieran la forma inmunda en la que viven. Y el olor...a orines y grasa de potro, solo seres olvidados por Dios pueden vivir en esas condiciones, rodeados de excrementos y comidas pudriéndose, como soldados tenemos el deber moral de acabar con sus miserias..
-¡Chino, venga para acá!
El grito del cabo Severino atronó la tarde, que con su sol calcinante quebraba el suelo del lugar.
-Mande mi cabo. - fue mi lacónica respuesta mientras su presencia se aproximaba sacándome de mis pensamientos.
- Informan desde la comandancia que un grupo de infieles se han acercado demasiado al poblado. Tome a Reyes y al tuerto y bata la zona hasta dar con esos maulas.
Pensé en el infierno que me esperaba y no pude evitar que un retorcijón se instalara en mis entrañas, ¿O seria el hambre? Sabe dios que una galleta dura y un poco de charqui, no son comida para un cristiano.
- Reyes llama a el tuerto salimos de patrulla.
- Si Chino. - fue la respuesta de Reyes, un mestizo que había encontrado en la milicia un escape para no ser fusilado por cuatrero, su piel oscura y la falta de dientes de su boca contrastaba con el cuidado que le daba a su rémington patria. Un arma siempre brillante y engrasada que contrastaba con los viejos fusiles franceses recuerdos de la campaña de Napoleón a Egipto casi 100 años antes. Reyes amaba su arma. Julieta le decía, desde que le conté la historia de los amantes de Verona, ya que ella, como la heroína de Shakespeare, podía romper el corazón de cualquiera. Su madre era una mulata que trabajaba para un terrateniente en Buenos Aires, y su padre, nunca lo supo, aunque el juraba que era el jefe de su madre. Reyes con Julieta en una mano salió por el patio haciendo entrechocar las boleadoras que eran una parte vital de su uniforme.
-¡Tuerto! - gritó, el soldado - ¡De patrulla!
- Sí Reyes te escuché... - respondió cansadamente... Y el tuerto Heredia se levantó, era un gigante, con un par de manazas que algunos juran. Podían matar una res de un golpe. Así dicen, yo no creo.
Cubierto de polvo salió de abajo del alero de uno de los ranchos .Apestaba a tabaco rancio y alcohol de dudosa procedencia. A él lo había traído la policía de un pueblo sin nombre, por vago y mal entretenido. Como era la costumbre a la hora de reclutar a la soldadesca para la frontera... Sus botas de cuero de potro dejaban al descubierto unos dedos sucios de aquella tierra gris que parecía meterse en todos los poros. Un par de gurises lo esperaban cuando terminara su condena...pero la china... esa era otra historia. La mujer siempre se inclina hacia la sombra cuando el sol quema...
Él lo sabía y a veces sus ojos se llenaban de humedad al recordar las noches de pasión y la tibieza de la rusa en las noches frías de invierno... la casa pobre y la ventana que siempre juraba iba a arreglar... y que nunca lo había hecho.
En silencio, con la resignación que da saber que solo el cepo, palos y estaqueadas eran la única realidad de los que no obedecían las órdenes, fuimos a donde los caballos tomaban agua... unas mantas viejas sobre el lomo de las bestias. Y las puertas que se abría a nuestro frente como las fauces del cancerbero que cuidaba las puertas del infierno.
Salimos al atardecer, la inmensidad de la pampa se abría ante nosotros con un belleza única...El pampero soplaba con fuerza y enfundados en nuestros ponchos tratábamos de no pensar en los cardos que lastimaban nuestras piernas... el sol se ocultaba perezosamente tras el horizonte... íbamos tras la pista de un par de indios renegados que a esta altura seguro intuían que eran cazados... Esos salvajes eran capaces de las atrocidades más horrendas, pobre de la mujer que cayera en manos de la indiada, eran ultrajadas por toda la tribu, no importaba su edad, la sola idea de esos cuerpos inmundos sobre una cristiana me llenaba el corazón de odio.
Solo habíamos andado algunas leguas cuando divisamos en la noche la luz mortecina de una hoguera en la lejanía. Atamos los caballos a un solitario ombú de hojas increíblemente verdes, y revisamos las armas, dejamos junto a las bestias todo aquello que pudiera hacer ruido y a paso sigiloso recorrimos los cien metros que nos separaban del campamento...
Lo que nuestros ojos vieron podría helar el alma del más rudo de los hombres. Atado de pies y manos, una forma que alguna vez fuera un hombre se debatía de dolor mientras un par de brujas de manos sarmentosas cortaban su carne con unos facones negros de sangre seca. Solo el estremecimiento del cuerpo mutilado nos daba la idea del dolor de aquel ser, en el lugar donde antes estaban sus ojos, solo un par de cuencas vacías inundadas de moscas miraban sin ver la nada.
Faltaban dedos de un pie terriblemente hinchado y el pecho se hallaba cubierto de tajos por donde hilos de sangre carmesí se llevaban la vida del colono. Dos indios gigantes abrazaban sus tacuaras mientras miraban la escena embelesados.
- languëmfaln huinca tacañeare. (El huinca debe morir...)- dijo uno entre dientes El otro el que parecía el líder asintió y se envolvió en un poncho para evitar el frío. Alistamos las armas en silencio sabiendo que la noche pronto se convertiría en día. Y con el sol, nuestra cobertura se perdería
El tuerto Heredia se acercó despacio, el ojo que había perdido en una pulpería de Azul, por un asunto de polleras, no parecía afectar en nada su visión. Reyes con Julieta en sus manos apuntó al salvaje que más tenía cerca.
-Despacio amor mío...,- le dijo a su arma, en un susurro.
-Muéstrales a estos cerdos tu hermosa voz,
Un estallido hizo añicos la noche moribunda, un fogonazo y el alarido de dolor de un indio que no podía creer que estaba muerto.
Salimos como los perros de la guerra, en una mano mi sable y en la otra la daga que me
acompañaba a todas partes.
-¡A la carga! - grité como un poseso, el otro salvaje se abalanzó sobre mí con su tacuara apuntando a mi pecho, un certero sablazo la saco de su recorrido de muerte mientras que mi facón se incrustaba en su brazo, un aullido de dolor, y de pronto el infiel soltó su lanza y de un preciso golpe me tumbó en el piso, el salado sabor de la sangre inundó mi boca, una luz terrible me cegó y mi mano perdió la empuñadura del sable.
-¡Muere, huinca! -dijo el indio mientras sus mugrientas manos recogían del suelo el arma caída. Con torpeza levantó el sable con ambas manos sobre mi cabeza... inútilmente trate de reaccionar pero el fuerte golpe me había dejado aturdido...
- ¡Muere!
Y pronto el tiempo se detuvo, el rostro del salvaje se descompuso mientras sus pies comenzaron a elevarse de suelo, un grito ahogado desgarró a la noche y de su boca la punta de una bayoneta emergió victoriosa. El tuerto Heredia levantó al salvaje como si fuera un muñeco de trapo y lo arrojó hacia un lado. Todo había terminado.
En un rincón las mujeres lloraban histéricas al tiempo que Reyes y Julieta acabaron pronto con sus gritos, la sangre empezaban a llenar todo con su acre olor. Por un segundo no pude dejar de pensar en la suerte que habíamos tenido, solo unos golpes y magullones contra cuatro indios muertos.
Me acerqué lentamente al colono y observé sus heridas, si lo llevábamos al fortín podríamos salvarle la vida, nada podíamos hacer por su ojos o su lengua, estos descansaban sobre el piso polvoriento.
- Pobre Hombre, seguro es algún poblador que estos salvajes secuestraron. Lucifer los maldiga.- Dije entre dientes saboreando mi propia sangre
El sol salía Iluminando la espantosa escena. Reyes y el tuerto prepararon los caballos para regresar al Fortín y un cabestrillo para llevar en ancas al herido, un bolsa de cuero me llamó la atención, demasiado bien hecha para ser india, me acerqué hasta ella y un fétido olor me golpeó la nariz, ya lo conocía, era el olor de la carne corrompida, el olor de la muerte misma, con la punta de mi sable corté las cuerdas que sujetaban la misma, una bandada de verdes moscas levantó vuelo en la mañana cada vez más cálida. Una arcada me llenó la lastimada boca de bilis, Orejas, brazos, piernas pequeñas de niño. Los ojos abiertos de la criatura miraban sin ver, como si no entendieran el horror de la última imagen que había guardado su retina.
Indios, pensé, y observé las sangrientas cabelleras, un conjunto atroz de pesadilla, cubierto por blancos y nauseabundos gusanos.
Una de las mujeres con el último resto de voz dijo en mapuche: Üllchapëñeñ... (Hijo)
- Inútilmente traté de alcanzar la bolsa, hasta que la vida abandonó su cuerpo herido en un suspiro. Y entonces comprendí, miré bien al que creí un colono y lo entendí. Era un cazador de indios.
Algunos pagan bien por estos trofeos y no preguntan si son de hombres, mujeres o niños. Son la lacra de la frontera. Sin poder evitarlo saqué la daga de mi cinto y di la vuelta, me acerqué al mutilado cuerpo y sin pensarlo la hundí entre sus costillas. Un grito mudo salió de su boca, mientras la sangre inundaba sus mudas palabras, no comprendía, era la muerte que llegaba.
Limpié mi facón en el pantalón de aquel desgraciado que yacía muerto frente a mí. Y como un breve latigazo la pregunta destellaba en la soledad de aquella tierra brutal.
-¿Porque Chino? - Me preguntó Heredia. No cuestionaba nada, solo era curiosidad.
Reyes solo se limitó a cortar las soga donde tenía atado el cabestrillo, el cuerpo sin vida del cazador cayó al piso. Un sordo ruido , solo un poco de polvo que se levantaba.
Por respuesta señalé la bolsa maloliente. El tuerto se acercó a ella y la miró con poco interés. El caldo de gusanos se revuelve entre la muerte inocente.
- Sí, entiendo. - Dijo mientras montó a su Zaino. Con displicencia, casi como un juramento miró por última vez el cadáver caído. Un graznido de caranchos destruyó el silencio. Pronto fuimos tres sombras recortadas en el horizonte, con rumbo al fortín. Quizás el correo haya llegado y traiga tabaco.
¿Mi nombre...? Como si eso ayudara. Es Juan. Juan Rivera Casal. Pero para todos los que importan soy “El chino”.Es difícil la vida en el desierto, solo el indio puede vivir acá, un cúmulo de miserias humanas y perros flacos son toda la compañía que hay en el fortín, si se le puede llamar fortín a este grupo de casuchas de adobe y paja, enclavado en la frontera conocida.
Corre el año de nuestro señor de mil ochocientos setenta y nueve. Yo sé leer y escribir y eso me da un gran respeto entre los milicos de la guarnición ya que soy el único aquí que puede hacerlo.
Todos fumamos en unas pipas de yeso escocesas de cerámica que trajeron de Buenos Aires con la última ranchada de tabaco, ya casi no queda nada, a algunas leguas de distancia el pueblo de Azul reza para que no caiga la única defensa que hay contra el malón y su barbarie, una veintena de soldados desgreñados y sucios, en medio de la inmensidad verde de la pampa. Acá nadie usa el uniforme, todos vestimos con andrajos y nuestras barbas apestan a ginebra barata y mugre, muy lejanos están los días en los que el general Roca decía que éramos los escogidos para acabar con el problema del indio, en un principio los matamos por miles. Aldea por aldea, hombres, mujeres y niños, nada estaba exento de la muerte que traía el hombre blanco, los empujamos al desierto y al destierro, si fueran seres humanos hasta podría darme lastima pero estos infieles son poco más que animales, vieran la forma inmunda en la que viven. Y el olor...a orines y grasa de potro, solo seres olvidados por Dios pueden vivir en esas condiciones, rodeados de excrementos y comidas pudriéndose, como soldados tenemos el deber moral de acabar con sus miserias..
-¡Chino, venga para acá!
El grito del cabo Severino atronó la tarde, que con su sol calcinante quebraba el suelo del lugar.
-Mande mi cabo. - fue mi lacónica respuesta mientras su presencia se aproximaba sacándome de mis pensamientos.
- Informan desde la comandancia que un grupo de infieles se han acercado demasiado al poblado. Tome a Reyes y al tuerto y bata la zona hasta dar con esos maulas.
Pensé en el infierno que me esperaba y no pude evitar que un retorcijón se instalara en mis entrañas, ¿O seria el hambre? Sabe dios que una galleta dura y un poco de charqui, no son comida para un cristiano.
- Reyes llama a el tuerto salimos de patrulla.
- Si Chino. - fue la respuesta de Reyes, un mestizo que había encontrado en la milicia un escape para no ser fusilado por cuatrero, su piel oscura y la falta de dientes de su boca contrastaba con el cuidado que le daba a su rémington patria. Un arma siempre brillante y engrasada que contrastaba con los viejos fusiles franceses recuerdos de la campaña de Napoleón a Egipto casi 100 años antes. Reyes amaba su arma. Julieta le decía, desde que le conté la historia de los amantes de Verona, ya que ella, como la heroína de Shakespeare, podía romper el corazón de cualquiera. Su madre era una mulata que trabajaba para un terrateniente en Buenos Aires, y su padre, nunca lo supo, aunque el juraba que era el jefe de su madre. Reyes con Julieta en una mano salió por el patio haciendo entrechocar las boleadoras que eran una parte vital de su uniforme.
-¡Tuerto! - gritó, el soldado - ¡De patrulla!
- Sí Reyes te escuché... - respondió cansadamente... Y el tuerto Heredia se levantó, era un gigante, con un par de manazas que algunos juran. Podían matar una res de un golpe. Así dicen, yo no creo.
Cubierto de polvo salió de abajo del alero de uno de los ranchos .Apestaba a tabaco rancio y alcohol de dudosa procedencia. A él lo había traído la policía de un pueblo sin nombre, por vago y mal entretenido. Como era la costumbre a la hora de reclutar a la soldadesca para la frontera... Sus botas de cuero de potro dejaban al descubierto unos dedos sucios de aquella tierra gris que parecía meterse en todos los poros. Un par de gurises lo esperaban cuando terminara su condena...pero la china... esa era otra historia. La mujer siempre se inclina hacia la sombra cuando el sol quema...
Él lo sabía y a veces sus ojos se llenaban de humedad al recordar las noches de pasión y la tibieza de la rusa en las noches frías de invierno... la casa pobre y la ventana que siempre juraba iba a arreglar... y que nunca lo había hecho.
En silencio, con la resignación que da saber que solo el cepo, palos y estaqueadas eran la única realidad de los que no obedecían las órdenes, fuimos a donde los caballos tomaban agua... unas mantas viejas sobre el lomo de las bestias. Y las puertas que se abría a nuestro frente como las fauces del cancerbero que cuidaba las puertas del infierno.
Salimos al atardecer, la inmensidad de la pampa se abría ante nosotros con un belleza única...El pampero soplaba con fuerza y enfundados en nuestros ponchos tratábamos de no pensar en los cardos que lastimaban nuestras piernas... el sol se ocultaba perezosamente tras el horizonte... íbamos tras la pista de un par de indios renegados que a esta altura seguro intuían que eran cazados... Esos salvajes eran capaces de las atrocidades más horrendas, pobre de la mujer que cayera en manos de la indiada, eran ultrajadas por toda la tribu, no importaba su edad, la sola idea de esos cuerpos inmundos sobre una cristiana me llenaba el corazón de odio.
Solo habíamos andado algunas leguas cuando divisamos en la noche la luz mortecina de una hoguera en la lejanía. Atamos los caballos a un solitario ombú de hojas increíblemente verdes, y revisamos las armas, dejamos junto a las bestias todo aquello que pudiera hacer ruido y a paso sigiloso recorrimos los cien metros que nos separaban del campamento...
Lo que nuestros ojos vieron podría helar el alma del más rudo de los hombres. Atado de pies y manos, una forma que alguna vez fuera un hombre se debatía de dolor mientras un par de brujas de manos sarmentosas cortaban su carne con unos facones negros de sangre seca. Solo el estremecimiento del cuerpo mutilado nos daba la idea del dolor de aquel ser, en el lugar donde antes estaban sus ojos, solo un par de cuencas vacías inundadas de moscas miraban sin ver la nada.
Faltaban dedos de un pie terriblemente hinchado y el pecho se hallaba cubierto de tajos por donde hilos de sangre carmesí se llevaban la vida del colono. Dos indios gigantes abrazaban sus tacuaras mientras miraban la escena embelesados.
- languëmfaln huinca tacañeare. (El huinca debe morir...)- dijo uno entre dientes El otro el que parecía el líder asintió y se envolvió en un poncho para evitar el frío. Alistamos las armas en silencio sabiendo que la noche pronto se convertiría en día. Y con el sol, nuestra cobertura se perdería
El tuerto Heredia se acercó despacio, el ojo que había perdido en una pulpería de Azul, por un asunto de polleras, no parecía afectar en nada su visión. Reyes con Julieta en sus manos apuntó al salvaje que más tenía cerca.
-Despacio amor mío...,- le dijo a su arma, en un susurro.
-Muéstrales a estos cerdos tu hermosa voz,
Un estallido hizo añicos la noche moribunda, un fogonazo y el alarido de dolor de un indio que no podía creer que estaba muerto.
Salimos como los perros de la guerra, en una mano mi sable y en la otra la daga que me
acompañaba a todas partes.
-¡A la carga! - grité como un poseso, el otro salvaje se abalanzó sobre mí con su tacuara apuntando a mi pecho, un certero sablazo la saco de su recorrido de muerte mientras que mi facón se incrustaba en su brazo, un aullido de dolor, y de pronto el infiel soltó su lanza y de un preciso golpe me tumbó en el piso, el salado sabor de la sangre inundó mi boca, una luz terrible me cegó y mi mano perdió la empuñadura del sable.
-¡Muere, huinca! -dijo el indio mientras sus mugrientas manos recogían del suelo el arma caída. Con torpeza levantó el sable con ambas manos sobre mi cabeza... inútilmente trate de reaccionar pero el fuerte golpe me había dejado aturdido...
- ¡Muere!
Y pronto el tiempo se detuvo, el rostro del salvaje se descompuso mientras sus pies comenzaron a elevarse de suelo, un grito ahogado desgarró a la noche y de su boca la punta de una bayoneta emergió victoriosa. El tuerto Heredia levantó al salvaje como si fuera un muñeco de trapo y lo arrojó hacia un lado. Todo había terminado.
En un rincón las mujeres lloraban histéricas al tiempo que Reyes y Julieta acabaron pronto con sus gritos, la sangre empezaban a llenar todo con su acre olor. Por un segundo no pude dejar de pensar en la suerte que habíamos tenido, solo unos golpes y magullones contra cuatro indios muertos.
Me acerqué lentamente al colono y observé sus heridas, si lo llevábamos al fortín podríamos salvarle la vida, nada podíamos hacer por su ojos o su lengua, estos descansaban sobre el piso polvoriento.
- Pobre Hombre, seguro es algún poblador que estos salvajes secuestraron. Lucifer los maldiga.- Dije entre dientes saboreando mi propia sangre
El sol salía Iluminando la espantosa escena. Reyes y el tuerto prepararon los caballos para regresar al Fortín y un cabestrillo para llevar en ancas al herido, un bolsa de cuero me llamó la atención, demasiado bien hecha para ser india, me acerqué hasta ella y un fétido olor me golpeó la nariz, ya lo conocía, era el olor de la carne corrompida, el olor de la muerte misma, con la punta de mi sable corté las cuerdas que sujetaban la misma, una bandada de verdes moscas levantó vuelo en la mañana cada vez más cálida. Una arcada me llenó la lastimada boca de bilis, Orejas, brazos, piernas pequeñas de niño. Los ojos abiertos de la criatura miraban sin ver, como si no entendieran el horror de la última imagen que había guardado su retina.
Indios, pensé, y observé las sangrientas cabelleras, un conjunto atroz de pesadilla, cubierto por blancos y nauseabundos gusanos.
Una de las mujeres con el último resto de voz dijo en mapuche: Üllchapëñeñ... (Hijo)
- Inútilmente traté de alcanzar la bolsa, hasta que la vida abandonó su cuerpo herido en un suspiro. Y entonces comprendí, miré bien al que creí un colono y lo entendí. Era un cazador de indios.
Algunos pagan bien por estos trofeos y no preguntan si son de hombres, mujeres o niños. Son la lacra de la frontera. Sin poder evitarlo saqué la daga de mi cinto y di la vuelta, me acerqué al mutilado cuerpo y sin pensarlo la hundí entre sus costillas. Un grito mudo salió de su boca, mientras la sangre inundaba sus mudas palabras, no comprendía, era la muerte que llegaba.
Limpié mi facón en el pantalón de aquel desgraciado que yacía muerto frente a mí. Y como un breve latigazo la pregunta destellaba en la soledad de aquella tierra brutal.
-¿Porque Chino? - Me preguntó Heredia. No cuestionaba nada, solo era curiosidad.
Reyes solo se limitó a cortar las soga donde tenía atado el cabestrillo, el cuerpo sin vida del cazador cayó al piso. Un sordo ruido , solo un poco de polvo que se levantaba.
Por respuesta señalé la bolsa maloliente. El tuerto se acercó a ella y la miró con poco interés. El caldo de gusanos se revuelve entre la muerte inocente.
- Sí, entiendo. - Dijo mientras montó a su Zaino. Con displicencia, casi como un juramento miró por última vez el cadáver caído. Un graznido de caranchos destruyó el silencio. Pronto fuimos tres sombras recortadas en el horizonte, con rumbo al fortín. Quizás el correo haya llegado y traiga tabaco.
sábado, 15 de abril de 2017
El último resplandor ( Segundo Acto ) por Héctor Fuentes
La luz decrece en la antesala. Los personajes se sientan en el sofá y lentamente se van quedando dormidos. Entonces las tres estatuas de yeso cobran vida.
LA MUERTE: (Ahuecando la mano contra el oído) -Ya se escuchan las campanas... Este oficio no conoce domingos ni feriados.
ÁNGEL DEL ALTAR: -Las apariencias engañan. Hoy ocurrirá un milagro.
MÚSICO CON LIRA: -¡Y las músicas tendrán su coronación!
LA MUERTE: (Gesto de disgusto) -¿Coronación? ¡Ilusos! La belleza es débil... Tarde o temprano sucumbe ante lo inevitable. (Mirando su guadaña) Y lo inevitable es más fuerte que toda música, y más hermoso que todo ángel.
ÁNGEL DEL ALTAR: -Lo inevitable cesa ante lo eterno.
MÚSICO CON LIRA: (Haciendo sonar su lira) -Y la nada es un silencio que se puebla de voces.
LA MUERTE: -¿Qué dicen? No entiendo.
ÁNGEL DEL ALTAR: -No puedes entender lo que no dominas.
LA MUERTE: -¡Yo lo domino todo! Soy el momento cúlmine de la vida. El apagón que cierra los ojos. El trueno que enmudece los labios.
ÁNGEL DEL ALTAR: -Yo lo domino todo... ¿Y qué sentido tiene dominarlo todo? Se te va la vida tirando de la rienda. De tanto matar estás quedando piel y hueso.
LA MUERTE: -Ustedes están locos.
MÚSICO CON LIRA: (Mostrando la lira) Detrás de este instrumento hay algo que impulsa mis dedos.
ÁNGEL DEL ALTAR: -El obrador es invisible porque las melodías están en el aire.
MÚSICO CON LIRA: -Detrás de toda música, hay un canto que viene de lejos. Un camino que se abre a través del desierto.
LA MUERTE: -¡Bah! Malabaristas del lenguaje. Ustedes falsean las palabras. Son puro humo. (Los acusa señalándolos con el dedo) ¡Tristes Fantoches de Hojalata!
ÁNGEL DEL ALTAR: (Haciendo oído sordo) -Toca tu música Orfeo. Toca tu lira que ya es tiempo...
LA MUERTE: -¡No toques el instrumento!
ÁNGEL DEL ALTAR: -¿Qué pasa? ¿Por qué tanto miedo?
LA MUERTE: (Tapándose los oídos) -¡No toques tu lira Orfeo!
MÚSICO CON LIRA: -Ella me toca a mí. Yo soy su instrumento.
ÁNGEL DEL ALTAR: (A la Muerte) -¿En todos estos años no te has hecho fuerte? ¿Tanto lío por una simple cancioncita?
LA MUERTE: -¡Me repugnan!
ÁNGEL DEL ALTAR: -¿Acaso en tu pecho no hay lugar para el sonido?
LA MUERTE: -Mi pecho está hueco. Sólo resuenan los alaridos.
MÚSICO CON LIRA: -Pobre gente... El único lenguaje que comprenden es el de la sangre y el fuego. La música va por el aire.
ÁNGEL DEL ALTAR: -Todo lo alto está suspendido en la gracia.
LA MUERTE: -Hablan como si fueran iluminados... ¿Y encima pretenden que alguien los entienda?
ÁNGEL DEL ALTAR: -Al menos decimos algo. Es comprensible que la rutina te haya quitado la gracia. El reloj y las horas no fallan. Pero tu lengua está seca.
LA MUERTE (Gesto de extrañamiento) -¿Mi lengua está seca? ¿Y para qué sirven las palabras cuando se está cerca del final?
ÁNGEL DEL ALTAR: -Sirven para decir adiós.
LA MUERTE: -Ustedes tienen respuesta para todo...
ÁNGEL DEL ALTAR: -El final es el umbral del principio.
MÚSICO CON LIRA: -... Y la sinfonía continúa.
LA MUERTE: -Hablan con el hermetismo de los Idiotas.
ÁNGEL DEL ALTAR: -No puedes comprender lo que trasciende tu guadaña.
LA MUERTE: (Mirando su guadaña): -¿Qué dices? (Pasándole un dedo por el filo) ¡A esta no se le escapa nada! (Al Músico con Lira) Y a ustedes no les queda más remedio que acompañar con la Marchita...
MÚSICO CON LIRA: -¡La Marcha Fúnebre es obra de Chopin!
LA MUERTE: -Chopin era un hombre. Y como todos los hombres en algún momento desaparecen.
ÁNGEL DEL ALTAR: -La música de Chopin es lo que queda en el mundo. Las notas que tocó en el piano no las puedes borrar.
MÚSICO CON LIRA: -Sobre la tierra queda inscripta la belleza. Por eso crecen las praderas y cantan los arroyos.
LA MUERTE: -El tiempo todo lo borra. Si no es ahora, será dentro de mil años. Pero desaparecerá.
ÁNGEL DEL ALTAR: -Y cuando desaparezca esa melodía vendrá otra, y luego otra más. Como las olas del mar.
MÚSICO CON LIRA: -Y cuando el hombre desaparezca, seguirán cantando los pájaros.
ÁNGEL DEL ALTAR: -Te llevas a los hombres, pero no puedes arrancar sus obras.
LA MUERTE: -Mi aliado es el Olvido... Nada dura para siempre. Ni bien la gente se distrae, aparece mi Socio y comienza la demolición. Es un Ratón de Biblioteca que devora los papeles de la Memoria. Y no se le escapa nada. Desde La Biblioteca de Alejandría para acá, siempre el mismo Modus Operandi. En un santiamén, todo pasa al Olvido. Borrón y cuenta nueva. Nada mejor que un papel en blanco para volver a escribir la Historia.
MÚSICO CON LIRA: -Y en esa hoja se volverán a escribir las notas.
ÁNGEL DEL ALTAR: -Y las bocas y las manos volverán a inventar la canción.
La MUERTE: (Haciendo oído sordo, prosigue con su cháchara) -La gente se confunde y vuelve a confiar en los Estafadores de Siempre. Así gira la rueda. El truco no se nota porque las manos del Mago muestran y luego esconden. ¡El público paga para ver, pero no entiende que la Magia se produce con el engaño! Y ojos que no ven... En la Galera del Mago vive el Engaña-Pichanga: conejos y flores; palomas y serpientes; fantasías y espejitos. Con eso basta para que los otarios revienten como sapos. ¡Hasta que aparezco yo y se termina la magia!
ÁNGEL DEL ALTAR: -Algún día despertarán.
MÚSICO CON LIRA: -¡Y gritarán a los cuatro vientos su canción!
LA MUERTE: -Ya se escuchan las campanas... (Mirando a las estatuas que vuelven a ocupar su lugar) ¡Bastante tiempo me hicieron perder! (Dándose importancia) Esta ocupación no me da respiro. A todo el mundo le llega la Hora.
ÁNGEL DEL ALTAR: -Hoy ocurrirá un milagro.
MÚSICO CON LIRA: -¡Y las músicas tendrán su coronación!
LA MUERTE: (Ahuecando la mano contra el oído) -Ya se escuchan las campanas... Este oficio no conoce domingos ni feriados.
ÁNGEL DEL ALTAR: -Las apariencias engañan. Hoy ocurrirá un milagro.
MÚSICO CON LIRA: -¡Y las músicas tendrán su coronación!
LA MUERTE: (Gesto de disgusto) -¿Coronación? ¡Ilusos! La belleza es débil... Tarde o temprano sucumbe ante lo inevitable. (Mirando su guadaña) Y lo inevitable es más fuerte que toda música, y más hermoso que todo ángel.
ÁNGEL DEL ALTAR: -Lo inevitable cesa ante lo eterno.
MÚSICO CON LIRA: (Haciendo sonar su lira) -Y la nada es un silencio que se puebla de voces.
LA MUERTE: -¿Qué dicen? No entiendo.
ÁNGEL DEL ALTAR: -No puedes entender lo que no dominas.
LA MUERTE: -¡Yo lo domino todo! Soy el momento cúlmine de la vida. El apagón que cierra los ojos. El trueno que enmudece los labios.
ÁNGEL DEL ALTAR: -Yo lo domino todo... ¿Y qué sentido tiene dominarlo todo? Se te va la vida tirando de la rienda. De tanto matar estás quedando piel y hueso.
LA MUERTE: -Ustedes están locos.
MÚSICO CON LIRA: (Mostrando la lira) Detrás de este instrumento hay algo que impulsa mis dedos.
ÁNGEL DEL ALTAR: -El obrador es invisible porque las melodías están en el aire.
MÚSICO CON LIRA: -Detrás de toda música, hay un canto que viene de lejos. Un camino que se abre a través del desierto.
LA MUERTE: -¡Bah! Malabaristas del lenguaje. Ustedes falsean las palabras. Son puro humo. (Los acusa señalándolos con el dedo) ¡Tristes Fantoches de Hojalata!
ÁNGEL DEL ALTAR: (Haciendo oído sordo) -Toca tu música Orfeo. Toca tu lira que ya es tiempo...
LA MUERTE: -¡No toques el instrumento!
ÁNGEL DEL ALTAR: -¿Qué pasa? ¿Por qué tanto miedo?
LA MUERTE: (Tapándose los oídos) -¡No toques tu lira Orfeo!
MÚSICO CON LIRA: -Ella me toca a mí. Yo soy su instrumento.
ÁNGEL DEL ALTAR: (A la Muerte) -¿En todos estos años no te has hecho fuerte? ¿Tanto lío por una simple cancioncita?
LA MUERTE: -¡Me repugnan!
ÁNGEL DEL ALTAR: -¿Acaso en tu pecho no hay lugar para el sonido?
LA MUERTE: -Mi pecho está hueco. Sólo resuenan los alaridos.
MÚSICO CON LIRA: -Pobre gente... El único lenguaje que comprenden es el de la sangre y el fuego. La música va por el aire.
ÁNGEL DEL ALTAR: -Todo lo alto está suspendido en la gracia.
LA MUERTE: -Hablan como si fueran iluminados... ¿Y encima pretenden que alguien los entienda?
ÁNGEL DEL ALTAR: -Al menos decimos algo. Es comprensible que la rutina te haya quitado la gracia. El reloj y las horas no fallan. Pero tu lengua está seca.
LA MUERTE (Gesto de extrañamiento) -¿Mi lengua está seca? ¿Y para qué sirven las palabras cuando se está cerca del final?
ÁNGEL DEL ALTAR: -Sirven para decir adiós.
LA MUERTE: -Ustedes tienen respuesta para todo...
ÁNGEL DEL ALTAR: -El final es el umbral del principio.
MÚSICO CON LIRA: -... Y la sinfonía continúa.
LA MUERTE: -Hablan con el hermetismo de los Idiotas.
ÁNGEL DEL ALTAR: -No puedes comprender lo que trasciende tu guadaña.
LA MUERTE: (Mirando su guadaña): -¿Qué dices? (Pasándole un dedo por el filo) ¡A esta no se le escapa nada! (Al Músico con Lira) Y a ustedes no les queda más remedio que acompañar con la Marchita...
MÚSICO CON LIRA: -¡La Marcha Fúnebre es obra de Chopin!
LA MUERTE: -Chopin era un hombre. Y como todos los hombres en algún momento desaparecen.
ÁNGEL DEL ALTAR: -La música de Chopin es lo que queda en el mundo. Las notas que tocó en el piano no las puedes borrar.
MÚSICO CON LIRA: -Sobre la tierra queda inscripta la belleza. Por eso crecen las praderas y cantan los arroyos.
LA MUERTE: -El tiempo todo lo borra. Si no es ahora, será dentro de mil años. Pero desaparecerá.
ÁNGEL DEL ALTAR: -Y cuando desaparezca esa melodía vendrá otra, y luego otra más. Como las olas del mar.
MÚSICO CON LIRA: -Y cuando el hombre desaparezca, seguirán cantando los pájaros.
ÁNGEL DEL ALTAR: -Te llevas a los hombres, pero no puedes arrancar sus obras.
LA MUERTE: -Mi aliado es el Olvido... Nada dura para siempre. Ni bien la gente se distrae, aparece mi Socio y comienza la demolición. Es un Ratón de Biblioteca que devora los papeles de la Memoria. Y no se le escapa nada. Desde La Biblioteca de Alejandría para acá, siempre el mismo Modus Operandi. En un santiamén, todo pasa al Olvido. Borrón y cuenta nueva. Nada mejor que un papel en blanco para volver a escribir la Historia.
MÚSICO CON LIRA: -Y en esa hoja se volverán a escribir las notas.
ÁNGEL DEL ALTAR: -Y las bocas y las manos volverán a inventar la canción.
La MUERTE: (Haciendo oído sordo, prosigue con su cháchara) -La gente se confunde y vuelve a confiar en los Estafadores de Siempre. Así gira la rueda. El truco no se nota porque las manos del Mago muestran y luego esconden. ¡El público paga para ver, pero no entiende que la Magia se produce con el engaño! Y ojos que no ven... En la Galera del Mago vive el Engaña-Pichanga: conejos y flores; palomas y serpientes; fantasías y espejitos. Con eso basta para que los otarios revienten como sapos. ¡Hasta que aparezco yo y se termina la magia!
ÁNGEL DEL ALTAR: -Algún día despertarán.
MÚSICO CON LIRA: -¡Y gritarán a los cuatro vientos su canción!
LA MUERTE: -Ya se escuchan las campanas... (Mirando a las estatuas que vuelven a ocupar su lugar) ¡Bastante tiempo me hicieron perder! (Dándose importancia) Esta ocupación no me da respiro. A todo el mundo le llega la Hora.
ÁNGEL DEL ALTAR: -Hoy ocurrirá un milagro.
MÚSICO CON LIRA: -¡Y las músicas tendrán su coronación!
CONTATE UN CUENTO IX - Mención de Honor de Categoría D: Un día como hoy…Por Melani Pagliaro Balcarce
Estaba sentada muy entretenidamente en la plaza leyendo mi libro favorito.
En menos de un instante se rompió el bolsillo de mi campera y cayeron mis llaves al suelo. Escuché un ruido pero no hice caso. Pasó alguien en bicicleta velozmente en frente de mi y me desconcentré de la lectura. Miré para el costado me di cuenta que mis llaves daban vuelta en el rayo de la bicicleta. Inmediatamente me levanté del asiento y empecé a correr desesperadamente.
- “Hey , hey” - le gritaba hasta que vi que paró . Se dio vuelta y era un chico con ojo marrones y su cabello caía sobre su cara, se veía que estaba apurado. Me preguntó preocupado por qué le gritaba y yo le dije que mis llaves estaban en la rueda. Me incliné para desengancharlas y vi que él acercó su mano sobre la mía.
En un segundo se escuchó un temblor. “¿Qué pasó?” , dijimos al mismo tiempo. Y vimos que mi llave estaba de un color azul. Él las tomó y me tranquilizó. Todo parecía muy extraño, vimos que la plaza no parecía igual que hacía unos minutos atrás.
Caminamos asustados sin decir nada hasta que se interrumpió el silencio
- ¿Cómo te llamas?
-Feliz ¿vos?
-Ana.
-Ahí hay un banco, sentémonos _me dijo.
No entendíamos lo que pasaba, nos quedamos hablando con terror, esperando como una hora. Al parecer no pasaba nada hasta que vimos a dos viejitos muy enamorados tomados de la mano que se acercaban hacia nosotros. Se acercaban más y más. Tuvimos miedo y cerramos los ojos. Cuando los abrimos los ancianos habían desaparecido pero nos encontrábamos tomados de la mano, parecía que nos conocíamos de toda la vida. Y en ese momento nos dimos cuenta que los viejitos éramos nosotros. Nos besamos apasionadamente y fue mágico, sentía mariposa en el estómago. Cerramos los ojos para disfrutar de ese momento y al abrirlos...
Estaba sentada leyendo mi libro favorito muy entretenidamente. En eso vi que se acercó un chico muy bien vestido que me alcanzaba mis llaves.
En menos de un instante se rompió el bolsillo de mi campera y cayeron mis llaves al suelo. Escuché un ruido pero no hice caso. Pasó alguien en bicicleta velozmente en frente de mi y me desconcentré de la lectura. Miré para el costado me di cuenta que mis llaves daban vuelta en el rayo de la bicicleta. Inmediatamente me levanté del asiento y empecé a correr desesperadamente.
- “Hey , hey” - le gritaba hasta que vi que paró . Se dio vuelta y era un chico con ojo marrones y su cabello caía sobre su cara, se veía que estaba apurado. Me preguntó preocupado por qué le gritaba y yo le dije que mis llaves estaban en la rueda. Me incliné para desengancharlas y vi que él acercó su mano sobre la mía.
En un segundo se escuchó un temblor. “¿Qué pasó?” , dijimos al mismo tiempo. Y vimos que mi llave estaba de un color azul. Él las tomó y me tranquilizó. Todo parecía muy extraño, vimos que la plaza no parecía igual que hacía unos minutos atrás.
Caminamos asustados sin decir nada hasta que se interrumpió el silencio
- ¿Cómo te llamas?
-Feliz ¿vos?
-Ana.
-Ahí hay un banco, sentémonos _me dijo.
No entendíamos lo que pasaba, nos quedamos hablando con terror, esperando como una hora. Al parecer no pasaba nada hasta que vimos a dos viejitos muy enamorados tomados de la mano que se acercaban hacia nosotros. Se acercaban más y más. Tuvimos miedo y cerramos los ojos. Cuando los abrimos los ancianos habían desaparecido pero nos encontrábamos tomados de la mano, parecía que nos conocíamos de toda la vida. Y en ese momento nos dimos cuenta que los viejitos éramos nosotros. Nos besamos apasionadamente y fue mágico, sentía mariposa en el estómago. Cerramos los ojos para disfrutar de ese momento y al abrirlos...
Estaba sentada leyendo mi libro favorito muy entretenidamente. En eso vi que se acercó un chico muy bien vestido que me alcanzaba mis llaves.
sábado, 8 de abril de 2017
MAXIMAS DE ROCHEFOUCAULD
- La oportunidad nos da a conocer a nosotros mismos y a los demás.
- En las enfermedades del alma se padecen recaídas, lo mismo que en las del cuerpo; por eso, muchas veces nos parece estar curados, cuando sólo se trata de una crisis o de un cambio de enfermedad.
- Sucede con las buenas cualidades lo mismo que con los sentidos; son incomprensibles é inconcebibles para los que carecen de ellos.
- Un hombre de talento podrá amar como un loco; pero jamás como un tonto.
- En las enfermedades del alma se padecen recaídas, lo mismo que en las del cuerpo; por eso, muchas veces nos parece estar curados, cuando sólo se trata de una crisis o de un cambio de enfermedad.
- Sucede con las buenas cualidades lo mismo que con los sentidos; son incomprensibles é inconcebibles para los que carecen de ellos.
- Un hombre de talento podrá amar como un loco; pero jamás como un tonto.
CONTATE UN CUENTO IX - Mención de Honor Categoría C: “LA BESTIA” Por Octavio Casimiro, alumno 6º año de E.S.y T Nº 1 “Lucas Kraglievich”
I - He aquí “La Bestia”
Los indios del norte lo llamaban “amaracón” que en su idioma quiere decir “la bestia”. Decían que era enorme, más grande que una persona, capaz de matar a un oso solo con apoyarle la punta de sus garras. Habitaba en medio del profundo bosque. Nunca salía de día. En su espalda, un arco de pelos erizados como púas. Ojos negros y aterradores, como su pelaje. A su paso solo dejaba muerte y destrucción. Por las noches emitía un aullido aterrador, como si su cuerpo fuera poseído por un ente siniestro. Los que habían sobrevivido a su encuentro se podían contar con los dedos de una, pero estos quedaban con serios traumas por la impresión de ver a tal fiera.
II- El primer encuentro
Luego de llegar junto a los indios desde Bs. As., supe sobre la bestia. Decidí ir a buscarlo para estudiarlo y ver de qué animal se trataba. Siempre me habían interesado desde pequeño las historias de bestias terroríficas y esta me pareció la oportunidad perfecta de revelar una leyenda. Por las dudas iba equipado con un Winchester antiguo que un nativo me vendió por $500.
Dos indios, llevando hachas, fueron los que me condujeron hasta la entrada del bosque donde habitaba “La Bestia”. Llegamos justo antes de anochecer. Las copas de los árboles se alzaban cuatro metros sobre nuestras cabezas. Ni bien entramos, estuvimos a oscuras iluminados apenas por unas antorchas con un poco de alcohol que nos alumbrarían unas horas. Nos fuimos adentrando a lo que parecía ser el corazón del bosque. Había pasado por lo menos una hora cuando lo sentimos: un movimiento brusco entre los árboles. Seguimos avanzando, cada uno mirando para un lado cubriéndonos las espaldas. Decidimos descansar, reemplazándonos por turnos. Uno de ellos tomaría el primero mientras nosotros descansábamos. Me pareció lo mejor. Desperté dos horas después alertado por un grito. Uno de ellos no estaba y su amigo estaba petrificado del miedo. Logré que volviera en sí y le pregunté qué había pasado. Su mano se levantó y solo atinó a responderme apuntando hacia la oscuridad.
Unas pequeñas luces se veían desde las penumbras. El indio, ahora con más movimientos que antes, demostraba su preocupación e impaciencia por salir de allí.
-Tenemos que irnos, tenemos que irnos- repetía -La bestia ataca como fantasma. Bestia mala-. Entonces salió a correr en una dirección errónea. Intenté detenerlo, pero fue inútil. Recordé entonces las luces en lo oscuro. Volteé y ya no había nada. Luego de unos minutos puede escuchar un grito.Estaba aterrado, mi cuerpo y mi mente ya se hacían a la idea de ser devorados. Comencé a caminar con una antorcha en mi mano, buscando encontrar una salida. De pronto, un sonido fuerte seguido de un aullido me sobresaltó. A pesar del susto, me acerqué al lugar de donde provenía el sonido. Encontré a la bestia aullando de dolor debajo de una rama que había caído desde un árbol. Su cuerpo era tal cual me lo había descripto: enorme y negro. Pude ver que su pata estaba atrapada en una pesada rama. Decidí acabar con la vida del animal con mi Winchester. Preparé y apunté, con mano temblorosa, hacia su frente. Pero un pensamiento me vino a la mente al igual que un sentimiento. ¿Sería capaz de matar a este animal? ¿Ser tan poca cosa de matar a un animal mientras está atrapado e indefenso? Bajé el arma, puede sonar a locura, pero decidí ayudarlo. Me acerqué poco a poco. Repentinamente erizó sus pelos y mostró sus afilados dientes entre sus fauces. Tomé la rama entre mis manos mientras la bestia me clavaba su mirada. Al segundo intento pareció entender lo que intentaba hacer y se calmó. Cuando logré quitar la rama, el feroz animal se levantó rápidamente. Aún con dificultad para caminar paró en seco, unos metros frente a mí. Noté en sus ojos, negros como la noche, un cierto agradecimiento. Luego de un momento solo dio media vuelta y se fue.
Volví con los indios luego de tres horas de buscar y recorrer el oscuro bosque. Por momentos me sentí observado ¿Acaso el animal me estaría siguiendo? Eso era probable, pero pensé que si me volvía a ver muchas veces el animal huiría. Antes de emprender la vuelta pude notar que una parte del pelo se había quedado en la rama. Al mostrar el trozo de pelo, la mayoría salió aterrada en busca del chaman. El médico brujo quería que quemara el pelo. Temía que el animal volviera por él. Le dije que era una muestra de pelo para la “ciencia”. En realidad quería conservar el pelo del animal como un recuerdo.
III- El reencuentro
Luego del encuentro con “la bestia”, los indios me miraban diferente, como si fuera ajeno a ellos. Hasta yo me sentía diferente, más fuerte, más decidido. Además había encontrado una lastimadura en mi pierna, pero no recordaba haberme golpeado. Una tarde, él reapareció.
“La bestia” había salido en pleno día. Los indios corrieron espantados en el momento en que lo vieron llegar. Yo no atiné a moverme. Lo único que escuché decir fue “amaracón”, “amaracón”, “amaracón”. Lo vi llegar con dificultad, parecía lastimado. Su pata seguía sin curarse. Con dificultad, me acerqué lento hasta él. No mostró resistencia. Como si fuera un perro bajo sus orejas, se sentó en el suelo y estiré hacia adelante la pata herida. Pedí a los indios una gasa para curar al animal. Ellos estaban aterrados, presos del miedo. Lo único que hizo que se movieran fue cuando grité y “la bestia” pegó un ladrido ensordecedor.
Curé al animal. En eso apareció el chamán de la tribu. No había logrado conocerlo debido al desprecio que tenía por las personas ajenas a la tribu. Se fue acercando hacia la bestia, pero le corté el paso temiendo que tratara de lastimar al animal.
-La Bestia ha encontrado a su compañero- dijo. En un principio no entendía a qué se refería. Entonces me contó la historia del origen de “la bestia”
IV- La bestia y su historia.
Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo un indio había logrado lo que se creía imposible: había amaestrado a un lobo. El animal, una bestia enorme, se había hecho parte de su familia. Ambos, hombre y animal, salían juntos a cazar, pescar o solamente a descansar. Un día los españoles llegaron. El indio partió con su familia hacia el bosque, el cual conocían perfectamente. Los españoles encontraron a la familia. El indio, justo antes de recibir un disparo, le ordenó al lobo correr y protegerse en el bosque. Cuando pasó el peligro, el animal regresó y halló al cuerpo ya sin vida de su amo , su *compañero.
Dicen que el lobo les pidió a los dioses del cielo reencontrarse con su amo. Lo dioses aceptaron pero con la condición de que él debía proteger el bosque y a sus animales hasta que su amo volviera. Dicen que cuando amo y animal se reencuentren, la unión será tan fuerte que sentirán lo mismo, si uno es lastimado el otro compartirá su cicatriz. Desde entonces el lobo ha cuidado del bosque esperando a su amo, a su compañero. Hasta hoy.
V- En busca de la verdad
Al terminar de escuchar la historia quedé asombrado. ¿Sería eso posible? Lo que me contó no tenía lógica. Aunque, en el bosque, cuando el lobo me miró, sentí algo extraño. Como si hubiera estado esperándome por largo tiempo. Al revisar mi herida, noté que se veía bastante mejor. De pronto, una idea recorrió mi cabeza. Si la historia era real, “la bestia” sentiría lo mismo que yo. Decidí quitarme la venda y hundir mi dedo en la lastimadura. Acerqué el dedo lentamente y cuando grité por el ardor “la bestia” emitió un aullido de dolor. Era cierto. El lobo y yo estábamos unidos.
Decidí quedarme a vivir con los nativos. Tenía dos buenas razones. Si me iba, el lobo querría venir conmigo y un lobo en la ciudad podría ser peligroso. La otra razón era que quería quedarme. La unión entre nosotros me parecía extraordinaria.
Le tomé cariño al animal. Solo se dejaba acariciar por mí. Decidí llamarlo “Lobo”, porque “la bestia” seguramente le recordaría su pasado.
Han pasado ya veinte años desde mi encuentro con Lobo, ambos ya estamos algo viejos, pero tenemos el mismo espíritu de antes. Me casé y logré formar una familia. Lobo es ahora más tranquilo, solo con los chicos. Me ha salvado muchas veces, tantas, que si contara cada una de nuestras aventuras no terminaría este relato.
Lo único que sé es que jamás olvidaré ese día. “La bestia y yo” “yo y la bestia” al final…“Yo soy la bestia”
Los indios del norte lo llamaban “amaracón” que en su idioma quiere decir “la bestia”. Decían que era enorme, más grande que una persona, capaz de matar a un oso solo con apoyarle la punta de sus garras. Habitaba en medio del profundo bosque. Nunca salía de día. En su espalda, un arco de pelos erizados como púas. Ojos negros y aterradores, como su pelaje. A su paso solo dejaba muerte y destrucción. Por las noches emitía un aullido aterrador, como si su cuerpo fuera poseído por un ente siniestro. Los que habían sobrevivido a su encuentro se podían contar con los dedos de una, pero estos quedaban con serios traumas por la impresión de ver a tal fiera.
II- El primer encuentro
Luego de llegar junto a los indios desde Bs. As., supe sobre la bestia. Decidí ir a buscarlo para estudiarlo y ver de qué animal se trataba. Siempre me habían interesado desde pequeño las historias de bestias terroríficas y esta me pareció la oportunidad perfecta de revelar una leyenda. Por las dudas iba equipado con un Winchester antiguo que un nativo me vendió por $500.
Dos indios, llevando hachas, fueron los que me condujeron hasta la entrada del bosque donde habitaba “La Bestia”. Llegamos justo antes de anochecer. Las copas de los árboles se alzaban cuatro metros sobre nuestras cabezas. Ni bien entramos, estuvimos a oscuras iluminados apenas por unas antorchas con un poco de alcohol que nos alumbrarían unas horas. Nos fuimos adentrando a lo que parecía ser el corazón del bosque. Había pasado por lo menos una hora cuando lo sentimos: un movimiento brusco entre los árboles. Seguimos avanzando, cada uno mirando para un lado cubriéndonos las espaldas. Decidimos descansar, reemplazándonos por turnos. Uno de ellos tomaría el primero mientras nosotros descansábamos. Me pareció lo mejor. Desperté dos horas después alertado por un grito. Uno de ellos no estaba y su amigo estaba petrificado del miedo. Logré que volviera en sí y le pregunté qué había pasado. Su mano se levantó y solo atinó a responderme apuntando hacia la oscuridad.
Unas pequeñas luces se veían desde las penumbras. El indio, ahora con más movimientos que antes, demostraba su preocupación e impaciencia por salir de allí.
-Tenemos que irnos, tenemos que irnos- repetía -La bestia ataca como fantasma. Bestia mala-. Entonces salió a correr en una dirección errónea. Intenté detenerlo, pero fue inútil. Recordé entonces las luces en lo oscuro. Volteé y ya no había nada. Luego de unos minutos puede escuchar un grito.Estaba aterrado, mi cuerpo y mi mente ya se hacían a la idea de ser devorados. Comencé a caminar con una antorcha en mi mano, buscando encontrar una salida. De pronto, un sonido fuerte seguido de un aullido me sobresaltó. A pesar del susto, me acerqué al lugar de donde provenía el sonido. Encontré a la bestia aullando de dolor debajo de una rama que había caído desde un árbol. Su cuerpo era tal cual me lo había descripto: enorme y negro. Pude ver que su pata estaba atrapada en una pesada rama. Decidí acabar con la vida del animal con mi Winchester. Preparé y apunté, con mano temblorosa, hacia su frente. Pero un pensamiento me vino a la mente al igual que un sentimiento. ¿Sería capaz de matar a este animal? ¿Ser tan poca cosa de matar a un animal mientras está atrapado e indefenso? Bajé el arma, puede sonar a locura, pero decidí ayudarlo. Me acerqué poco a poco. Repentinamente erizó sus pelos y mostró sus afilados dientes entre sus fauces. Tomé la rama entre mis manos mientras la bestia me clavaba su mirada. Al segundo intento pareció entender lo que intentaba hacer y se calmó. Cuando logré quitar la rama, el feroz animal se levantó rápidamente. Aún con dificultad para caminar paró en seco, unos metros frente a mí. Noté en sus ojos, negros como la noche, un cierto agradecimiento. Luego de un momento solo dio media vuelta y se fue.
Volví con los indios luego de tres horas de buscar y recorrer el oscuro bosque. Por momentos me sentí observado ¿Acaso el animal me estaría siguiendo? Eso era probable, pero pensé que si me volvía a ver muchas veces el animal huiría. Antes de emprender la vuelta pude notar que una parte del pelo se había quedado en la rama. Al mostrar el trozo de pelo, la mayoría salió aterrada en busca del chaman. El médico brujo quería que quemara el pelo. Temía que el animal volviera por él. Le dije que era una muestra de pelo para la “ciencia”. En realidad quería conservar el pelo del animal como un recuerdo.
III- El reencuentro
Luego del encuentro con “la bestia”, los indios me miraban diferente, como si fuera ajeno a ellos. Hasta yo me sentía diferente, más fuerte, más decidido. Además había encontrado una lastimadura en mi pierna, pero no recordaba haberme golpeado. Una tarde, él reapareció.
“La bestia” había salido en pleno día. Los indios corrieron espantados en el momento en que lo vieron llegar. Yo no atiné a moverme. Lo único que escuché decir fue “amaracón”, “amaracón”, “amaracón”. Lo vi llegar con dificultad, parecía lastimado. Su pata seguía sin curarse. Con dificultad, me acerqué lento hasta él. No mostró resistencia. Como si fuera un perro bajo sus orejas, se sentó en el suelo y estiré hacia adelante la pata herida. Pedí a los indios una gasa para curar al animal. Ellos estaban aterrados, presos del miedo. Lo único que hizo que se movieran fue cuando grité y “la bestia” pegó un ladrido ensordecedor.
Curé al animal. En eso apareció el chamán de la tribu. No había logrado conocerlo debido al desprecio que tenía por las personas ajenas a la tribu. Se fue acercando hacia la bestia, pero le corté el paso temiendo que tratara de lastimar al animal.
-La Bestia ha encontrado a su compañero- dijo. En un principio no entendía a qué se refería. Entonces me contó la historia del origen de “la bestia”
IV- La bestia y su historia.
Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo un indio había logrado lo que se creía imposible: había amaestrado a un lobo. El animal, una bestia enorme, se había hecho parte de su familia. Ambos, hombre y animal, salían juntos a cazar, pescar o solamente a descansar. Un día los españoles llegaron. El indio partió con su familia hacia el bosque, el cual conocían perfectamente. Los españoles encontraron a la familia. El indio, justo antes de recibir un disparo, le ordenó al lobo correr y protegerse en el bosque. Cuando pasó el peligro, el animal regresó y halló al cuerpo ya sin vida de su amo , su *compañero.
Dicen que el lobo les pidió a los dioses del cielo reencontrarse con su amo. Lo dioses aceptaron pero con la condición de que él debía proteger el bosque y a sus animales hasta que su amo volviera. Dicen que cuando amo y animal se reencuentren, la unión será tan fuerte que sentirán lo mismo, si uno es lastimado el otro compartirá su cicatriz. Desde entonces el lobo ha cuidado del bosque esperando a su amo, a su compañero. Hasta hoy.
V- En busca de la verdad
Al terminar de escuchar la historia quedé asombrado. ¿Sería eso posible? Lo que me contó no tenía lógica. Aunque, en el bosque, cuando el lobo me miró, sentí algo extraño. Como si hubiera estado esperándome por largo tiempo. Al revisar mi herida, noté que se veía bastante mejor. De pronto, una idea recorrió mi cabeza. Si la historia era real, “la bestia” sentiría lo mismo que yo. Decidí quitarme la venda y hundir mi dedo en la lastimadura. Acerqué el dedo lentamente y cuando grité por el ardor “la bestia” emitió un aullido de dolor. Era cierto. El lobo y yo estábamos unidos.
Decidí quedarme a vivir con los nativos. Tenía dos buenas razones. Si me iba, el lobo querría venir conmigo y un lobo en la ciudad podría ser peligroso. La otra razón era que quería quedarme. La unión entre nosotros me parecía extraordinaria.
Le tomé cariño al animal. Solo se dejaba acariciar por mí. Decidí llamarlo “Lobo”, porque “la bestia” seguramente le recordaría su pasado.
Han pasado ya veinte años desde mi encuentro con Lobo, ambos ya estamos algo viejos, pero tenemos el mismo espíritu de antes. Me casé y logré formar una familia. Lobo es ahora más tranquilo, solo con los chicos. Me ha salvado muchas veces, tantas, que si contara cada una de nuestras aventuras no terminaría este relato.
Lo único que sé es que jamás olvidaré ese día. “La bestia y yo” “yo y la bestia” al final…“Yo soy la bestia”
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