sábado, 26 de mayo de 2018

Aquel niño, aquel libro - Por Ezequiel Feito

... y como le venía diciendo, las mañanas de otoño, especialmente cuando no entra nadie a la biblioteca, son particularmente extrañas. Es ahí donde usted ve a la mayoría de las personas melancólicas que hay en este pueblo, buscar los más grises y olvidados libros que hay en los largos anaqueles para llevárselos al falso mutismo de las mesas o simplemente a la relativa soledad del banco de una plaza.
Cuando los llevan tiene una cara y cuando los devuelven, otra. Es notable la influencia que ejercen los muertos sobre los vivos. ¿De qué libros hablo? No puedo recordarlos; en todos estos años vi pasar cientos y cientos de personas. Algunas veces los anotaba, otras no, porque a los que los leían aquí ni siquiera les miraba el libro. Pero vea, hay un caso. Un solo caso en estos 40 años que aún recuerdo como si fuera hoy, y que quizás usted, que es curioso y gusta de estudiar la conducta humana, le va a interesar.
En una mañana de abril de 19.., mientras tratada de encender el viejo calefactor  de la biblioteca de la Escuela N° 1, como a la hora del recreo entró un chico. Venía solo y con el guardapolvo impecable, por lo que me pareció que había logrado desertar de toda compañía humana para finalmente refugiarse en la monotonía de una biblioteca. Me preguntó por un libro, le indiqué dónde estaba, lo encontró y lo leyó hasta bien pasado el recreo, cuando la señorita vino a buscarlo como si se hubiera fugado de Treblinka o la ESMA.
Creo que el pobre ni se había dado cuenta de que hacía mucho rato todo había terminado, así que, como despidiéndose de alguien, dejó el libro en la mesa y lentamente fue hacia el aula.
Me levanté para poner en el libro en su lugar y allí pude leer el título: “Alicia a través del espejo”. Curioso libro para un niño pensé-. Lo hojeé, miré las ilustraciones y lo volví a dejar en su lugar.
No se apure a decirme nada que recién empieza el relato. Cuando lo termine, pregúnteme lo que quiera.
Como le decía, a partir de allí, casi todos los recreos venía a leerlo. A veces le convidaba un mate, medio como para preguntarle por qué no leía otro o por qué no se lo llevaba a su casa.
- Es por Alicia, ¿sabe? Todavía soy muy chico como para llevarla a casa.
Me lo dijo tan seriamente como si se tratase de alguien muy querido. Tomó el mate y se sentó a leer. Pasaba las hojas tan lentamente que más que lectura parecía un diálogo sólo interrumpido por la inefable maestra que lo llevaba a la terrible realidad del aula.
¿Cómo se llamaba el chico? Creo que Bruno, pero en realidad no estoy muy seguro. Luego que finalizaron las clases, en diciembre, mientras estaba ordenando un catálogo, vino y me pidió si podía leer un poco más.
-¿Todavía no lo terminaste?  la pregunta era obvia.
-Todo lleva tiempo, las cosas apuradas salen mal.  me contestó, muy seguro de lo que decía. Y por primera vez vi una larga sonrisa de felicidad en su cara.
Lo dejé estar hasta que me fui. Supe que había pasado de grado y que seguramente cambiaría de turno, por lo que no lo volvería a ver. Y así pasó, pero no dejaba de preguntar por él de vez en cuando. La de la mañana me dijo que siguió yendo todos los recreos hasta que fue al secundario.
Pasaron algunos años y yo ya estaba por las últimas en eso de jubilarme, cuando de repente Bruno abrió la puerta. Vestía de manera elegante aunque algo pasado de moda observé-, pero seguía tan educado y alegre como aquel niño que conocí.
-¿Está en el mismo lugar? me preguntó-
-Creo que sí; los de ese sector no los toca nadie, ni siquiera las maestras  reí.
-¡Tanto mejor!
Y recorrió el estante hasta que dijo: “¡Aquí está!”
Se sentó, comenzó a leerlo atentamente, levantó la vista y me dijo:
-Ahora soy grande, ¿me entiende? Elegí un lugar, y el mejor es éste.
Asentí con una sonrisa de compromiso, pero en realidad no sabía bien de qué me hablaba.
Me levanté para poner la pava y convidarle unos mates, no sin antes tener la precaución de cerrar la puerta con llave. La directora, ¿sabe?
No creo haberlo dejado más que unos pocos minutos porque cuando volví con el agua había desaparecido.
El libro estaba aún allí, sobre la mesa. Le pregunté a la portera si le había abierto la puerta a alguien y me contestó que no. Recordé que yo mismo cerré la biblioteca.
No pregunté más sobre él. Un sol en caleidoscopio entraba por las amplias y altas ventanas. Sus últimas luces iluminaban las gastadas mesas cuando, luego del último mate, llevé la pava a la cocina. Finalmente tomé el libro y sin siquiera abrirlo, lo puse lentamente en el estante y, dejando todo como estaba, me retiré lentamente del lugar como lo haría de una iglesia.
¿El libro? Estoy seguro que aún sigue en el mismo lugar donde lo dejé.

Sentencias

“Quienes leen libros pero no ven la sabiduría de los sabios son esclavos de la letra. Quienes trabajan en oficinas públicas y no aman a la gente son ladrones que roban el salario. Quienes enseñan pero no practican lo que enseñan son meros charlatanes. Quienes intentan hacer un trabajo con éxito sin considerar el desarrollo del carácter lo encontrarán sin sustancia.” 

(Huanchu Daoren - Hong Yingming- Pensador chino de los S. XVI-XVII)

Cenar con la vida Por Marmara Gila Justicia

Esta noche...
cenaras con la vida,
esa vida que te pasa silbando,
recitando fragmentos, dormida.
Esta noche...
será tu sueño el más romántico,
el protagonista viajero
que se ausentara sin prisa
Esta noche...
vaciaras de frío tu sonrisa
y serás la luna acariciada
por la luz del sol,
del nuevo día.

Palabras de luz Por Esteban Cabrejas Martín

En oro y plata fundidos
se visten de luz -tu luz,
mi luz- los campos de la infancia.
De requiebros y silencios
se hacen noche y alba los ojos
como una promesa, sí, como
una oración de estrellas
y dulzura entre los labios.
Como lo que quiso ser y no fue,
como lo que tú en mí eres
y en las páginas de un libro deja
palabras apenas pronunciadas, luz.
Palabras de luz, palabras.

sábado, 19 de mayo de 2018

La sonrisa de la reina (del libro “China, una civilización milenaria” de Leonard Cottrell

       El episodio más romántico descrito por los cronistas chinos es el referido a una mujer, la favorita del Emperador Wu, "el tenebroso". Wu estaba enamorado de esta hermosa doncella, pero era incapaz de satisfacer sus caprichos. Ella gozaba con el sonido de la seda al desgarrarse, y para gratificar sus fantasías, Wu ordenó que se trajeran piezas del precioso producto y se mutilaran delante de ella. Sin embargo, aun así no sonreía, ni siquiera para su amante. Finalmente, el Emperador, loco de amor, buscaba un recurso que le ganara el favor de la doncella. En la época en que los Hsiung-nu, los bárbaros del norte, amenazaban a los estados Chinos, se acostumbraba encender antorchas para convocar a los señores feudales y a sus ejércitos. La concubina del Emperador lo persuadió de que diera la orden para encender los fuegos, así ella podría divertirse.
A través de toda China, desde Huang-ho hasta el Yangtze, desde la costa marítima hasta las estepas de Ordos, los centinelas trasmitieron a sus señores las señales de las antorchas. Los campesinos, levantándose de sus lechos, empuñaron  sus armas y marcharon al encuentro de sus batallones. Los jóvenes valientes se armaron también y partieron entre adioses. Se sacaron los caballos de los establos, rodaron los carros y se pulieron las monturas. Cuando la luz del amanecer iluminó las cimas de las montañas y se hicieron difusas las brillantes antorchas, decenas de miles de guerreros se hallaban en camino, marchando bajo sus estandartes de seda hacia la capital del Emperador, listos para presentar batalla a los temibles Plsiungnu, que si no eran sojuzgados, cruzarían la frontera débilmente defendida como una inundación devastadora.
Pero cuando llegaron a la ciudad capital, y los líderes se presentaron ante Wu, sólo vieron un soberano disipado con el brazo alrededor de su concubina. Y cuando ella, al informarles que la convocatoria real no era sino una broma real, vio la expresión en sus caras, rió por primera vez en su vida.
Y por última vez. Porque no demasiado tiempo después, cuando el padre de la legítima reina aspiró al trono de Chou e hizo alianza con los "Demonios" las antorchas se encendieron otra vez. Pero esta vez nadie marchó en ayuda del Emperador. Los Hsiung-nu se lanzaron a través de la frontera, destruyeron la capital del Emperador, lo asesinaron y arrastraron fuera de su harén. Fue así que, como expresó un poeta chino, "la sonrisa de la Belleza derrocó un Imperio."

“Contate un cuento X” Mención de honor categoría D: Pi - Por Camila Wanda Landeyro de Lobería

            En el común exponente de las personas, toda tristeza tiene un principio y fin, pero la de Juana era infinita, empezaba en Marcos y se extendía hacia otra dimensión, a la cual nadie la había podido llegar a conocer. El amor, la ausencia, el dolor y la soledad envolvieron su vida, su juventud, su hogar.
  El misterio que Juana guardaba en su mirada, era que ella ya no podría ser feliz, por más alegre que fuese el momento, por más bien que ella se sintiese consigo misma o con la vida, puesto que la opacaba el recordatorio de que faltaba la mano de él cuando llovía por las noches, o cuando su llamado era atendido por el contestador automático de Marcos. 
  La vieja costumbre de esperarlo a cenar, de poner dos platos en la mesa y dos tazas de café por las mañanas, de comprar mayonesa y aceite de oliva, era un acto no consciente casi mecánico, pero cuya mirada se silenciaba al ver que al llegar la noche, la taza de café yacía sobre la mesa fría e intacta, sin un centímetro cúbico menos.
  La voz de la señora Martínez gritándole a su marido que se levantara, era el indicio de que eran las 9 am de un nuevo día. Como era feriado no necesitaba un desayuno redundante, por eso Juana prefirió prepararse unos mates. Cuando se dirigía a cambiarse, leyó un mensaje en su teléfono que decía: “en un rato voy”, era su amiga Mariana.
A los minutos tocaron el timbre.
-Juana venía a invitarte para salir a la noche. Ponete linda, esta noche es nuestra.
-Supuse que tu visita no iba a ser solo para charlar y tomar mate.
-¡Tenes que salir! ¿Hace cuánto que no lo haces?
-Hace tiempo, pero hoy no tengo ganas.
-Juana un día vas a tener que superar toda esta situación, Marcos ya no está.
-Vos me hablas en serio ¿Superarlo? Como si él hubiera sido una desgracia en mi vida.
- ¿Qué, no lo fue? Sos joven, exitosa y un día feriado preferís encerrarte en tu casa a ver televisión, como si fueses una vieja. Aunque pensándolo bien si estuvieses en la época de la longevidad, tal vez un bingo o un partido de canasta te tentaría a salir.
-No lo podes entender Mariana, lo mío no fue una relación de las cuales vos estas acostumbrada, donde vos rompes porque tardan dos minutos en responderte un estúpido mensaje o porque se olvidan de una fecha especial o de que remera usaste la primera cita. ¿Sabes cuál es tu problema? Vos esperas a alguien perfecto, yo en cambio me enamoré de él por ser un hombre real, con todo lo malo y lo bueno. - -Dejame de joder, vos no vas a entender.
-Sos la misma cerrada de siempre. Además, ni que hubieran sido la pareja perfecta. Él tenía un carácter tan especial…
-Haceme el favor de irte, hoy, justo hoy no tengo humor para idioteces.
-Yo soy tu amiga…
-Pero no tenes el derecho a opinar sobre mi vida, sobre mi relación, sobre lo que yo soy y deseo ser, andate.
-Está bien, pero sigue en pie la invitación.
Juana se tiró sobre la puerta, cerró con llave, suspiró y miró hacia el techo (ella ya sabía que mancha mirar cuando su cabeza hervía de bronca). Abrió el botiquín sacando una aspirina, eso siempre le calmaba el dolor de cabeza junto con un buen tema de rock nacional. Prendió la radio y comenzó a sonar Corazón delator.
Hacia exactamente dos años que él había fallecido, y acostumbrarse a la idea de haberlo perdido era un ejercicio que debía de realizar todos los días. Cuando fue el día del funeral, todos la miraban y por debajo del beso de pésame decían: “Es joven y linda, enseguida lo va a superar”, como si Marcos hubiera sido una cosa que luego de dejar de existir la hubiera suplantado por otra de igual género, como si ponerse a amar a otra persona fuera tan fácil y sencillo como formatear un disco duro.
“Ya lo vas a superar, total nunca se te notó enamorada”; “Sos joven, tenes toda una vida por delante, esto no es nada.” Eran muchas de las frases que Juana escuchaba casi todos los días, resonaban en sus oídos, hacían que su corazón crujiera y le doliera su futuro.
  Juana supo que continuar sin él iba a ser difícil, que nunca lo iba a lograr pero que de a poco iba a ser una cuestión de costumbre. Como fue el tener que caminar las calles sin él, ir a tomar un café sola y pasar por aquellos lugares donde tantas veces él la había abrazado o declarado su amor.
Juana se había enamorado de él, como lo hace la mayoría de las personas, sin tener la opción de regresar hacia atrás, de forma silenciosa y oculta al resto del mundo, sin dar vueltas, de forma casual. Él había tallado en ella la curva de su sonrisa, pero con el correr de su ausencia se transformó en llanura.
Marcos fue una persona esporádica, ingenioso, soñador, especulador y cariñoso, algo que compensaba la frialdad tan característica y conocida de Juana. Él en ella hacia cálculos de estadísticas y probabilidad, sabía que al conversar cada diez palabras ella hacia una pausa, dándole lugar a él para robarle un beso, y como generalmente ella hablaba mucho más que él, en un total de 100 palabras por minuto, sabía cuántos besos podía robarle por segundo.
Lo que ella más extrañaba de él, era moverse por la cocina y que sus brazos no estuvieran para sujetarla por la cintura impidiéndole caminar. Extrañaba su voz, su pregunta de ¿Qué música quieres escuchar?, extrañaba leerle a él sus poemas, extrañaba quien era ella cuando estaba con él, extrañaba sus pasos, su olor. Aunque ellos mucho no hablaban, extrañaba el silencio que existía por momentos, pero sólo ellos como pareja podían tomarse el gusto de no hablar y sentir que ambos declaraban su amor con solo tomar sus manos o mirarse, hasta que uno de los dos se reía y preguntaba “¿Qué?”, cuya respuesta era una sonrisa y un “nada”.
Juana no negaba que al principio estuvo depresiva, aunque al principio lo negó, como toda persona que pasa por esa transición, pero cuando lo reconoció se pudo ir adaptando a la rutina de su no presencia. Cuando le preguntaban si lo extrañaba, prefería decir dos palabras “un poco”, optó por no hablar de sus sentimientos, porque la gente prefiere leer un post en redes sociales o de opinar sin antes escuchar el relato. 
La muerte de Marcos, fue el punto donde su vida se quebró, y aunque trató de hacer como si nada hubiera pasado, no pudo. A veces pensó en el suicidio, pero supo que esa elección no le iba a devolver a Marcos, ni tampoco su felicidad.
  En su intimidad, Juana no lloraba, era cobarde y prefería ocultar las verdaderas razones de porque sus ojos estaban colorados o hinchados con la frase: “Estaba viendo una película, un efecto que Hollywood pretende provocar, soy una tonta, no hay nada de porque preocuparse.” A veces la gente le creía, salvo su mejor amiga que cuando ella decía esa frase, le contestaba: “Es por Marcos, vení, contame que te hizo hoy recordarlo.”
A pesar del paso del tiempo, la casa donde habían vivido sus grandes aventuras de amor, estaba intacta, salvo por el placard, se había desprendido de la mayoría de su ropa, menos de la corbata que ella le había regalado y de su campera, la cual cada vez que la olía parecía estar abrazándolo.  En un sector del escritorio donde ella estaba la mayoría del tiempo, había una foto de ellos juntos, había sido en una fiesta, donde Juana tenía el vestido rojo que ambos habían escogido y que tan loco lo volvía a él. Ese era el mejor recuerdo de su felicidad,.
Las opciones que tuvo Juana en la vida, siempre fueron binarias, pero sin importar que eligiera todo lo llevaba a él, como la suma de 0 y 1 que siempre es 1, porque el orden de los factores no altera el resultado.
Aunque la rutina de su duelo fue orientada por el marketing que existe en esta sociedad capitalista, primero con los libros de autoayuda, después con las clases de terapia individual y grupal, Juana descubrió que lo único que necesitaba era tiempo, algo que no se consigue en ningún mercado. Cuando pasó “ese tiempo”, prefirió continuar, y hacer del 1 -número entero- un número con decimales, no importaba que detrás de la coma solo hubiera ceros y unos, porque eso implicaba la continuación de su vida, un cambio. Juana decidió salir al mundo exterior. Agarró la foto que siempre apoyaba en su escritorio, tomó un par de prendas y decidió aventurarse a la vida. Este no era un nuevo inicio, simplemente era una continuación…

sábado, 12 de mayo de 2018

Las cinco dificultades para decir la verdad - Por Bertolt Brecht Berlín (Alemania), 1934. (Ultima entrega)

V. Proceder con astucia para difundir la verdad

Orgullosos de su valor para escribir la verdad, contentos de haberla descubierto, cansados sin duda de los esfuerzos que supone el hacerla operante, algunos esperan impacientes que sus lectores la disciernan. De ahí que les parezca vano proceder con astucia para difundir la verdad. Confucio alteró el texto de un viejo almanaque popular cambiando algunas palabras: en lugar de escribir «el maestro Kun hizo matar al filósofo Wan», escribió: «el maestro Kun hizo asesinar al filósofo Wan». En el pasaje donde se hablaba de la muerte del tirano Sundso, «muerto en un atentado», reemplazó la palabra «muerto» por «ejecutado», abriendo la vía a una nueva concepción de la historia.
El que en la actualidad reemplaza «pueblo» por «población», y «tierra» por «propiedad rural», se niega ya a acreditar algunas mentiras, privando a algunas palabras de su magia. La palabra «pueblo» implica una unidad fundada en intereses comunes; sólo habría que emplearla en plural, puesto que únicamente existen «intereses comunes» entre varios pueblos. La «población» de una misma región tiene intereses diversos e incluso antagónicos. Esta verdad no debe ser olvidada. Del mismo modo, el que dice «la tierra», personificando sus encantos, extasiándose ante su perfume y su colorido, favorece las mentiras de la clase dominante. Al fin y al cabo, ¡qué importa la fecundidad de la tierra, el amor del hombre por ella y su infatigable ardor al trabajarla!: lo que importa es el precio del trigo y el precio del trabajo. El que saca provecho de la tierra no es nunca el que recoge el trigo, y «el gesto augusto del sembrador» no se cotiza en Bolsa. El término justo es «propiedad rural». Cuando reina la opresión, no hablemos de «disciplina», sino de «sumisión» pues la disciplina excluye la existencia de una clase dominante. Del mismo modo, el vocablo «dignidad» vale más que la palabra «honor», pues tiene más en cuenta al hombre. Todos sabemos qué clase de gente se precipita para tener la ventaja de defender el «honor» de un pueblo, y con qué liberalidad los ricos distribuyen el «honor» a los que trabajan para enriquecerlos.
La astucia de Confucio es utilizable también en nuestros días. También la de Tomás Moro. Este último describió un país utópico idéntico a la Inglaterra de aquella época, pero en el que las injusticias se presentaban como costumbres admitidas por todo el mundo. Cuando Lenin, perseguido por la policía del Zar, quiso dar una idea de la explotación de Sajalín por la burguesía rusa, sustituyó Rusia por el Japón y Sajalín por Corea. La identidad de las dos burguesías era evidente, pero como Rusia estaba en guerra con el Japón la censura dejó pasar el trabajo de Lenin. Hay una infinidad de astucias posibles para engañar a un Estado receloso. Voltaire luchó contra las supersticiones religiosas de su tiempo escribiendo la historia galante de «La Doncella de Orleans»: describiendo en un bello estilo aventuras galantes sacadas de la vida de los grandes. Voltaire llevó a éstos a abandonar la religión (que hasta entonces tenían por caución de su vida disoluta). De repente se hicieron los propagadores celosos de las obras de Voltaire y ridiculizaron a la policía que defendía sus privilegios. La actitud de los grandes permitió la difusión ilícita de las ideas del escritor entre el público burgués, hacia el que precisamente apuntaba Voltaire.
Decía Lucrecio que contaba con la belleza de sus versos para la propagación de su ateísmo epicúreo. Las virtudes literarias de una obra pueden favorecer su difusión clandestina. Pero hay que reconocer que a veces suscitan múltiples sospechas. De ahí la necesidad de descuidarlas deliberadamente en ciertas ocasiones. Tal sería el caso, por ejemplo, si se introdujera en una novela policíaca -género literario desacreditado- la descripción de condiciones sociales intolerables. A mi modo de ver, esto justificaría completamente la novela policíaca. En la obra de Shakespeare se puede encontrar un modelo de verdad propagada por la astucia: el discurso de Antonio ante el cadáver de César. Afirmando constantemente la respetabilidad de Bruto, cuenta su crimen, y la pintura que hace de él es mucho más aleccionadora que la del criminal. Dejándose dominar por los hechos, Antonio saca de ellos su fuerza de convicción mucho más que de su propio juicio.
Jonathan Swift propuso en un panfleto que los niños de los pobres fueran puestos a la venta en las carnicerías para que reinara la abundancia en el país. Después de efectuar cálculos minuciosos, el célebre escritor probó que se podrían realizar economías importantes llevando la lógica hasta el fin. Swift jugaba al monstruo. Defendía con pasión absolutista algo que odiaba. Era una manera de denunciar la ignominia. Cualquiera podía encontrar una solución más sensata que la suya, o al menos más humana; sobre todo, aquellos que no habían comprendido a dónde conducía este tipo de razonamiento.
Militar a favor del pensamiento, sea cual fuere la forma que éste adopte, sirve la causa de los oprimidos. En efecto, los gobernantes al servicio de los explotadores consideran el pensamiento como algo despreciable. Para ellos lo que es útil para los pobres es pobre. La obsesión que estos últimos tienen por comer, por satisfacer su hambre, es baja. Es bajo menospreciar los honores militares cuando se goza de este favor inestimable: batirse por un país cuando se muere de hambre. Es bajo dudar de un jefe que os conduce a la desgracia. El horror al trabajo que no alimenta al que lo efectúa es asimismo una cosa baja, y baja también la protesta contra la locura que se impone y la indiferencia por una familia que no aporta nada. Se suele tratar a los hambrientos como gentes voraces y sin ideal, de cobardes a los que no tienen confianza en sus opresores, de derrotistas a los que no creen en la fuerza, de vagos a los que pretenden ser pagados por trabajar, etc. Bajo semejante régimen, pensar es una actividad sospechosa y desacreditada. ¿Dónde ir para aprender a pensar? A todos los lugares donde impera la represión. Sin embargo, el pensamiento triunfa todavía en ciertos dominios en que resulta indispensable para la dictadura. En el arte de la guerra, por ejemplo, y en la utilización de las técnicas. Resulta indispensable pensar para remediar, mediante la invención de tejidos «ersatz», la penuria de lana. Para explicar la mala calidad de los productos alimenticios o la militarización de la juventud no es posible renunciar al pensamiento. Pero recurriendo a la astucia se puede evitar el elogio de la guerra, al que nos incitan los nuevos maestros del pensamiento. Así, la cuestión ¿cómo orientar la guerra? lleva a la pregunta: ¿vale la pena hacer la guerra? Lo que equivale a preguntar: ¿cómo evitar la guerra inútil?
Evidentemente, no es fácil plantear esta cuestión en público hoy. Pero ¿quiere decir esto que haya que renunciar a dar eficacia a la verdad? Evidentemente no. Si en nuestra época es posible que un sistema de opresión permita a una minoría explotar a la mayoría, la razón reside en una cierta complicidad de la población, complicidad que se extiende a todos los dominios. Una complicidad análoga, pero orientada en sentido contrario, puede arruinar el sistema. Por ejemplo, los descubrimientos biológicos de Darwin eran susceptibles de poner en peligro todo el sistema, pero solamente la Iglesia se inquietó. La policía no veía en ello nada nocivo. Los últimos descubrimientos físicos implican consecuencias de orden filosófico que podrían poner en tela de juicio los dogmas irracionales que utiliza la opresión. Las investigaciones de Hegel en el dominio de la lógica facilitaron a los clásicos de la revolución proletaria, Marx y Lenin, métodos de un valor inestimable. Las ciencias son solidarias entre sí, pero su desarrollo es desigual según los dominios; el Estado es incapaz de controlarlos todos. Así, los pioneros de la verdad pueden encontrar terrenos de investigación relativamente poco vigilados. Lo importante es enseñar el buen método, que exige que se interrogue a toda cosa a propósito de sus caracteres transitorios y variables. Los dirigentes odian las transformaciones: desearían que todo permaneciese inmóvil, a ser posible durante un milenio: que la Luna se detuviese y el Sol interrumpiese su carrera. Entonces nadie tendría hambre ni reclamaría alimentos. Nadie respondería cuando ellos abriesen fuego; su salva sería necesariamente la última.
Subrayar el carácter transitorio de las cosas equivale a ayudar a los oprimidos. No olvidemos jamás recordar al vencedor que toda situación contiene una contradicción susceptible de tomar vastas proporciones. Semejante método -la dialéctica, ciencia del movimiento de las cosas- puede ser aplicado al examen de materias como la biología y la química, que escapan al control de los poderosos, pero nada impide que se aplique al estudio de la familia; no se corre el riesgo de suscitar la atención. Cada cosa depende de una infinidad de otras que cambian sin cesar; esta verdad es peligrosa para las dictaduras.
Pues bien, hay mil maneras de utilizarla en las mismas narices de la policía. Los gobernantes que conducen a los hombres a la miseria quieren evitar a todo precio que, en la miseria, se piense en el Gobierno. De ahí que hablen de destino. Es al destino, y no al Gobierno, al que atribuyen la responsabilidad de las deficiencias del régimen. Y si alguien pretende llegar a las causas de estas insuficiencias, se le detiene antes de que llegue al Gobierno.
Pero en general es posible reclinar los lugares comunes sobre el destino y demostrar que el hombre se forja su propio destino. Ahí tenéis el ejemplo de esa granja islandesa sobre la que pesaba una maldición. La mujer se había arrojado al agua, el hombre se había ahorcado. Un día, el hijo se casó con una joven que aportaba como dote algunas hectáreas de tierra. De golpe, se acabó la maldición. En la aldea se interpretó el acontecimiento de diversos modos. Unos lo atribuyeron al natural alegre de la joven; otros a la dote, que permitía, al fin, a los propietarios de la granja comenzar sobre nuevas bases. Incluso un poeta que describe un paisaje puede servir a la causa de los oprimidos si incluye en la descripción algún detalle relacionado con el trabajo de los hombres. En resumen: importa emplear la astucia para difundir la verdad.

Conclusión:  La gran verdad de nuestra época -conocerla no es todo, pero ignorarla equivale a impedir el descubrimiento de cualquier otra verdad importante- es ésta: nuestro continente se hunde en la barbarie porque la propiedad privada de los medios de producción se mantiene por la violencia. ¿De qué sirve escribir valientemente que nos hundimos en la barbarie si no se dice claramente por qué? Los que torturan lo hacen por conservar la propiedad privada de los medios de producción. Ciertamente, esta afirmación nos hará perder muchos amigos: todos los que, estigmatizando la tortura, creen que no es indispensable para el mantenimiento de las formas actuales de propiedad. Digamos la verdad sobre las condiciones bárbaras que reinan en nuestro país; así será posible suprimirlas, es decir, cambiar las actuales relaciones de producción. Digámoslo a los que sufren del statu quo y que, por consiguiente, tienen más interés en que se modifique: a los trabajadores, a los aliados posibles de la clase obrera, a los que colaboran en este estado de cosas sin poseer los medios de producción.