sábado, 8 de julio de 2017

El sueño de Alicia Por Araceli García

¿Hacia dónde va el espejismo de un insondable sueño?
quizá a tocar en nebulosas la alquimia de un ratón,
ajando rosas parlanchinas en espejo feérico,
sobre el reinado ajeno, donde se extravió la ilusión.

¿A dónde va la gentileza de unos labios cereza?
quizá a buscar el maullido absurdo de un gato rizón
convertida en un mutante, el alma cual ave aritmética
vacila entre la fantasía y la certera razón.

La soberbia, desnuda rosas de pálido fulgor
tinte sepia tras lápiz de maravillosa visión
pinta sensualidad sobre rizos del color del sol
que permanecen dormidos en la basta inspiración.

Agridulce es la mora, que sabia aconseja en enigma
la locura lleva sombrero, una marmota y sonrisa
corazones de croquet es donde se juega la vida
sobre el dual laberinto insólito, del sueño de Alicia.

Pink Floyd: "El lado oscuro a cuestas" Por Héctor Fuentes

“La obediencia extermina la ocurrencia”

El hombre moderno viaja hacia el corazón de las tinieblas. La realidad es una fotocopia de mala calidad. El tiempo corre y se desmigaja. Los noticieros untan su manteca de violencia y atrocidades.
La contemplación de la belleza ha sido reemplazada por el minuto a minuto del horror. Imperceptiblemente las planillas del rating expropiaron la fantasía. El arte fue destituido de su podio sagrado, y su lugar hoy lo ocupa el gran espectáculo del siglo veintiuno: la muerte.
Caímos en la arena de un circo romano. Retrocedimos salvajemente de la canción al grito, de la palabra al llanto, del papel a la piedra, del resplandor al fuego.
La vida moderna nos obligó a transformar la materia misteriosa de los sueños en manteles de poliester. Nuestros tejidos orgánicos fueron reemplazados por petróleo, plástico y cemento. Un corazón de 30.000 voltios bombea la sangre necesaria para que dos manos mecánicas se eleven hacia el cielo. Y al final de la odisea activamos el mecanismo: el lado oscuro de la luna, el lado opaco de las cosas, el reverso que tiembla estremecido desde el centro de la tierra.
El hombre moderno, desterrado de su propia magia, se encuentra perdido, despistado, enceguecido, avanzando a los tumbos, dejándose llevar por los deseos delirantes de su alma de hojalata.
Abrir. Cerrar. Subir. Bajar. Entrar. Salir.
Para que la construcción del muro sea exitosa debemos achatarnos para encajar. Debemos ser igual a todos para terminar siendo nadie.
Otro ladrillo en la pared. Otra hamburguesa en el pan. Otra bala en el revólver. Otra rosca en la botella. Hombres que funcionan como máquinas. Engranajes que hacen funcionar a los hombres.
El ruido de las alarmas desplazó los compases de la música. La televisión exterminó la poesía abriendo las bocas correctas y cerrando las peligrosas. Promoviendo falsos Orfeos. Escribiendo letras inofensivas y exigiendo réditos instantáneos.
Despertar. Desayunar. Trabajar. Almorzar. Merendar. Cenar. Dormir. Desconectar.
La vida es vértigo. El tiempo nunca alcanza porque es un tiempo fracturado, hecho de tuercas y de tornillos, de hornos y de bujías, de motores y de ensaladas. Es un tiempo que huye hacia ninguna parte. Siguiendo la flecha del sentido común la vida no tiene sentido.
Enchufar. Desenchufar. Activar. Desactivar. Arrancar. Acelerar. Frenar. Bostezar.
El vacío alimenta Fantoches Opinólogos de la Nada. El barullo intoxica el aire con su arsenal de porquerías inagotables. Los micrófonos apuntan hacia el lado de las fieras. La discordia, el agravio, la violencia. El pasto que comen y consumen se fermenta en el estómago de la sociedad. Y desde allí rebalsa esta olla popular.
Hablar. Callar. Comer. Digerir. Defecar. Comprar. Vender. Permutar. Enviar. Recibir. Volver.
Un nudo nos aprieta en la garganta. Pero debemos cumplir con nuestra palabra de honor y así barrer las emociones debajo de la alfombra. Debemos sonreír para agradar. Apretar una vez más los dientes, y rendirnos ante el Dios Clonazepán.
La química es un suero milagroso. Los sentimientos vuelven a su lugar. En dosis exactas se pueden controlar las pulsaciones. Se pueden embellecer los rostros. Se pueden nivelar los desequilibrios.
En una ilusoria realidad nos engañamos mirando el lado brillante de la luna. Pero como bien sabemos desde hace ya un largo tiempo, la luna es toda oscura. Pink Floyd lo sabe. Los hombres de este planeta triste cargan con su lado oscuro a cuestas, esperando que llegue el día.

Abres tus ojos Por Patricia Cuaranta

Abres tus ojos

con las manos despliegas el viento
mientras el cielo envuelve

el rocío de tu piel
hija mía

dulce albor de la mañana
desperezas en mí toda la tierra dormida

narcisos de aire

agua de sol y tu sonrisa.

¡Vivir con ella! Por Rafael Serrano Ruiz


A Sándor Marai
Perdida su mirada
en la lejanía de sus recuerdos,
su alma sedienta buscaba
con ansia convulsiva.

Pretendía sentirse liviano
en su soledad pactada
como última y única dignidad
del ser humano...

Los acontecimientos decisivos
maduran con el tiempo.
ya no podía vivir sin ella,
dominó sus sueños,
se metió bajo su piel
desde el instante en que la vio.

Cuesta hacerse a la idea
déla desesperanza...
sin remedio para la soledad
de su existencia.

La miraba con mirada abierta..
siempre la misma pregunta,
siempre la misma respuesta
¡vivir con ella!

La palabra. por Pablo Mauricio Barattini Vidal

La encontré desnuda en la soledad del burdel
violada, ultrajada en su ser de paloma
arrimó silencios a las horas oscuras
y lloró en mi almohada.
Manchada de besos, herida en el alma
rotas sus alas, su negra desgracia
la sombra del agua, llovió en la memoria
su pena cansada.
La encontré desnuda sin una metáfora
desprovista de todo encontré la palabra,
después de asilarme
en sus ojos sin brillo, en su dulce mirada
en el canto profundo que brota del alma,
en la espuma que trae el mar a la playa
en los vientos alisios que soplan sin calma
en los ríos de sangre, en los ríos de agua,
en las noches de luna allá en la montaña
en las piedras que sufren de olvido y distancia,
en ellas y en todo, encontré la PALABRA.
Por las calles sin lumbre, donde el sol ya no pasa
nos fuimos amando, ardiendo en la fragua
ebrios de besos, locos de ansias
su cuerpo el deseo en mi mano temblaba,
nos fuimos amando
nos fuimos quitando las prendas del alma.
Tu,
la hembra de fuego, la ardiente palabra
Yo,
el triste sujeto
de la página blanca.

sábado, 1 de julio de 2017

LA AUTOPSIA DE CRESO Por Leopoldo Marechal - 3° Entrega

17.- Velazco amigo, Creso ya está en el poder: ya conocemos la mentalidad que el Hombrecito Económico ha de imponer luego a sus vasallos y a las instituciones que recibió en herencia. Y antes de continuar esta desopilante y trágica historia, bueno es decir que nuestro héroe arrojará también a la balanza una envidiosa “imitación” de las clases que le son jerárquicamente superiores, imitación que naturalmente, se traducirá en ridículas “parodias”. De igual modo él añadirá, lo que ya es terrible, la pasión de universalizar su “mística” de lo corpóreo (y deliberadamente uso aquí una versión “profanatoria” del vocablo mística). Ya preparada. la escena, veamos en primer lugar qué hizo el Creso triunfante con la función económica de su especialidad.

18.- Libre de los dos frenos que controlaban su “vicio”, se dio Creso a la tarea de eludir la segunda parte de su función societaria: la de la justicia distributiva. Dije ya que su viciosa pasión lo inclinaba irresistiblemente a ello, vale decir a tomar la riqueza por un dios y a usufructuar ese dios en su propio beneficio. No crea usted que se trata de una simple figura: en las iluminaciones que recibí al frecuentar (¡oh, muy poco!) el Banco de la Nación Argentina, descubrí la no inocente artimaña. Si, el dios de Creso ya estaba encarnado para él en el oro: el oro que ritualmente lucia en los altares de Tiresias, el oro amonedado que Ayax dilapidó con insufrible desdén, el oro macizo que tintineaba en los palacios y en las tabernas. Ya en el poder, se dijo Creso: “Mi dios es el oro y un dios no puede ni debe ser visible”. Ocultó entonces el oro en inviolables cajas fuertes que serian el sanctum sanctorum de la nueva deidad. Ahora bien, un dios necesita su residencia sagrada, vale decir su Templo;.y el Hombrecito Económico erigió esas duras y feas catedrales del oro que se llaman Bancos. Naturalmente, Creso no podía usufructuar a su ídolo si lo aislaba en absoluto de la feligresía. Se dijo entonces: “Haré imágenes de mi dios y las presentaré a los fieles”. Y Creso inventó el papel moneda. Claro está que, dada su inclinación a la parodia, Creso, no podía mover su artefacto sin algún ceremonial: Tiresias practicaba una liturgia religiosa y Ayax tuvo sus ritos caballerescos; era fatal que nuestro burgués introdujera sus “ritos económicos”. Y usted ve ahora, en cualquier institución bancaria, la serie de gestos , via crucis, firmas y sellados que hay que cumplir en los trámites del dinero, liturgia minuciosa obrada por un “cuerpo sacerdotal” cuya jerarquía se manifiesta desde los habanos de los Gerentes hasta las viseras de los fríos y biliosos Cajeros.

19.- Tal analogía o correspondencia de actos rituales no es única, ciertamente. Por ejemplo: el honor de Tiresias radica en su “santidad”; el honor de Ayax en la “justicia” de su espada; el honor de Creso está, como es lógico, en el “respaldo de su firma comercial”. Ahora bien, el Hombrecito Económico, en los primeros románticos días de su gobernación, se levantaba la tapa de los sesos cuando no podía él “hacer honor a su firma”, de igual modo que lo hizo el guerrero ante un deshonor de su espada. Más tarde Creso abandonó esos incómodos resabios de la belle époque; y optó por una quiebra legal, afirmado en una legislación que dictara él mismo a sus vasallos legistas. Hoy, en algunos casos extremos de su avidez, no trepida en organizar él su quiebra fraudulenta.

20.- Usted pensará, Velazco amigo, que mi Autopsia de Creso tiene más vueltas que sebo de tripa, como decimos los paisanos del sur. En realidad el Hombrecito se las traía, y su complejo anatómico es de fatigosa disección. Hasta él último párrafo lo hemos visto en su parodia de lo religioso: es todavía el Creso bien identificado en su persona y bien localizado en su sede, con un semblante y una cadena de oro en el chaleco muy visibles. Por malo que fuese dábamos en él como en una figura “responsable”. Lo más turbio sucedió cuando el Hombrecito Económico desertando la parodia religiosa, comenzó a parodiar lo “iniciático y oculto”. Amigo, si usted buscara hoy a los responsables de la economía mundial, ya no daría con el sólido y visible Creso de ayer, sino con Directores de Empresas (que son técnicos y no capitalistas) o con inocentes “tenedores de acciones” (que ignoran quienes, dónde y cómo trabajan su dinero). Verdad es que aún se conservan los “centros visibles o indirectos” de la Economía; pero ignoramos en qué Himalaya, se han establecido los “centros ocultos” del oro y quienes podrían ser los Grandes Maestres responsables que los manejan. De igual modo, y también en parodia de lo esotérico, se han multiplicado las ininteligibles “doctrinas económicas” o textos iniciáticos del oro al lado de las cuales el Zend Avesta y la Kabbala parecen a traslúcidos cuentos infantiles.

21.- Todo ello, según ve, acaba en una triste alquimia de la moneda o el dinero. ¿He dicho triste? Debí calificar de “satánico” ese juego de los valores económicos. Porque la moneda sólo tiene un valor “cuantitativo”, desnudamente abstracto. y “potencial”: un valor “fiduciario” (de fíducia, confianza, seguridad, fe). ¿Qué fía, o de qué da confianza ese valor de la moneda? Ese valor garantiza “en potencia” otro valor “en acto”: un valor “esencial o cualitativo”. Por ejemplo, cincuenta dólares (escribo en la era del dólar) tienen un valor “potencial” de cincuenta dólares, que traducidos por adquisición, al “acto” se transmutan en el alimento, vestido y la casa del hombre. Reúna usted, en imaginación, todas las monedas y billetes del mundo, y tendrá una cantidad “abstracta” que significa, en potencia, la satisfacción “concreta” de todas las necesidades humanas en el orden corpóreo. Al acaparar la riqueza, el Hombrecito Económico da en una locura criminal: es una “locura” pues, más allá de sus necesidades individuales, amontona él números abstractos y estériles en sí: y es “criminal”, porque la estéril “potencia” que acapara él significa, “en acto”, el pan, el vestido y el techo del pobre que no los tiene. Así miradas las cosas yo no vacilaría en sostener que la “propiedad es un robo”.

22.- Muchas veces he pensado que la insistente condenación del “rico” formulada por el señor Jesús alude, sobre todo, a esa estúpida cargazón numeral de Creso. En las instancias que Jesús le hace para que distribuya su riqueza entre los pobres es fácil advertir que lo invita y urge para que vuelva Creso a la función distributiva que le atañe, de tal modo que su “potencia de riqueza” se traduzca en un “acto de riqueza” por la virtud justificante del amor. Y es que, al despojar al pobre mediante su abuso del poder, el Hombrecito Económico, frente a la Divinidad, incurre en dos injusticias o “desequilibrios”. La primera injusticia de Creso trastorna y desbarata la “providencia” del Padre Celestial, cuya magnitud y justicia nos enseña su Hijo Unigénito en el Sermón del Monte: sí, el Creador provee de todo a sus criaturas; y todo andaría bien si Creso no prevaricara en el reparto y se quedase con el alimento de las avecillas y con la ropa de los lirios. Por otra parte Jesús, que así predicó en la Montaña, es también el “pobre absoluto”, vale decir la Humanidad en la plenitud de su miseria, que asumió Él enteramente con vías a la Redención; luego, el que le robó al pobre la ha robado a Jesucristo.

23.- La segunda injusticia es la que Creso promueve “contra sí mismo”. Dije ya que la división de clases en el organismo social no es arbitraria, sino que agrupa “naturalmente” a los hombres de acuerdo con la naturaleza individual de cada uno. Todas y cada una de las clases tienen, pues, además de un “ministerio” propio, una vía propia de “justificarse” (o hacerse justas) frente al Creador; y es la de practicar fielmente la rama de justicia que le asignó el orden. La única vía justificadora de Creso es la de proceder con equidad en el manejo y distribución de la riqueza: si así lo hace, aparece como justo ante la Divinidad, y “se salva”, teológicamente hablando; si no lo hace, proyecta su injusticia contra sí mismo, y teológicamente “se condena”. Amigo Velazco: alguna vez, ante un hombre de tal clase o tal otra que cumplía “justamente” su función societaria, ¿no le pareció a usted que tal hombre, además de su oficio, estaba practicando un “gesto ritual”? Porque, así vista, cualquier labor humana es un “sacrificio”, en la acepción etimológica de la palabra (factura o hecho sagrado).

24.- Ahora bien, entre las dos funciones de Creso, la productora y la distribuidora, se dio entonces una formidable “asimetría”, cuanto más retaceaba Creso al mundo la “distribución” de la riqueza, tanto más crecía en el Hombrecito Económico el afán de la “producción”, estimulado, no ciertamente por la solicitud amorosa del bien común, sino por la devorante apetencia numeral de nuestro héroe. ”Producir más para vender más”, tal fue su lema. Naturalmente, para ello necesitaba “forzar” el ritmo del trabajo humano cuya potencialidad encarna Gutiérrez el siervo. Amigo Velazco, durante mi niñez y mi adolescencia tuve la ocasión de medir en carne propia esa figura de la iniquidad que se llamó luego “explotación del hombre por el hombre”. Y tempranamente advertí (yo, el poeta) la doble estafa de Creso: estafaba él a los hombres en la distribución de la riqueza; pero también los estafaba en sus “tiempos del Hombre”, al someterlos a brutales jornadas de trabajo. Por aquellos días, y en mi doble oficio de trabajador manual y de poeta naciente, descubrí yo en el hombre dos tiempos necesarios: el “tiempo del buey” que dedicaba el hombre, bíblicamente, a ganar su pan con el sudor establecido, y el “tiempo del ángel”, que debería consagrar el hombre a la “contemplación” (y hablo de todos los hombres, cada uno en los límites de su posibilidad contemplativa). Fue junto a los telares de una fábrica donde pensé al fin que Creso le robaba también al hombre su “tiempo del ángel” y que lo hacia llevado por la demencia numeral que dije y cuya traducción a números realicé más tarde.

25.- Sucedió en el casino de Mar del Plata: el industrial X, sentado en una mesa de bacará, perdía esa noche cuatro mil pesos cada noventa segundos. Los mirones, entre los cuales me contaba, no salían de su asombro ante aquel magnate que con tanto desdén arrojaba los billetes de su cartera. Pero yo hice al punto el cálculo siguiente: los cuatro mil pesos “numerales” que dilapidaba X en sólo noventa segundos constituían por entonces el “salario anual” de un obrero corriente, vale decir trescientos días de su labor a nueve horas por jornada. Ese cálculo me hizo entender más adelante que la demencia de Creso al amontonar valores numerales no tenía otro fin que el de “jugar” con esos números (en la ruleta o en la Bolsa o en cualquier otro género de la especulación), lo cual valía tanto como jugar con el pan y la fatiga del hombre. Luego advertí que detrás de aquel juego culpable se ocultaba celosamente algo menos deportivo: una invasora sensualidad del poder. Si el poder de Ayax había residido en su acero militar, el poder del Hombrecito Económico se originaba en el dinero. Y otra vez lo paródico se me hizo evidente: ¿no lo hemos visto a Creso parodiando la “monarquía” de Ayax, al titularse Rey del Jabón o Rey del Petróleo y al iniciar “dinastías” fabriles con monarcas numerados? ¿Y no lo hemos visto utilizar grotescamente los emblemas de la heráldica señoril como distintivos de sus productos manufacturados?

sábado, 17 de junio de 2017

LA AUTOPSIA DE CRESO Por Leopoldo Marechal - 2° Entrega

     8.- Dije ya que la conforma cierta inclinación irresistible y delectable hacia lo material o corpóreo, inherente a su misma naturaleza y al carácter de su función. Más allá de la frontera que limita su envoltura corpórea con su alma, el excelente Creso manifiesta una “racionalidad” sui generis. No es la noble Razón humana que bien ejercida y en toda su amplitud es capaz de alcanzar las verdades eternas, aunque indirectamente y en su concepto: la Razón del Hombrecito Económico es un arrabal o suburbio de la misma, una facultad “minimizada” que solo actúa en el orden práctico de la materia o en la región subliminar de la mente con lo corpóreo: la “racionalidad” de Creso no puede ir más allá del bon sens que se universalizó después como atributo de la mentalidad burguesa. Por consiguiente, y ante lo divino y sobrenatural, Creso tiene la sola vía de una Fe a oscuras bien que suficiente: si anda en ella, obra según la doctrina que le enseñaron, Creso es un “justo” y Tiresias lo bendice. Pero Tiresias no es un optimista con respecto a ese hombrecito que, por su naturaleza y función, vive in sensibus y se abandona enteramente a la ilusión de lo que se toca, se mide y se pesa; que si medita (y es raro), se pierde o en los zarzales de la “duda” o en las noches del “escepticismo”; que si le dan alas, gritará sus dudas metafísicas o sus escepticismos en insolentes negaciones o en ironías blasfematorias; que si no medita (y por fortuna es lo normal), se hace sólido en una “indiferencia” de leño; y que asiste a los ritos de su iglesia como a una obligación de carácter social, o como a una Junta Directiva en que vagamente se gestiona el para él no menos vago “negocio del alma”.

9.- Tal es la mentalidad que divulgó Creso antes de su reinado y que universalizó después hasta sus últimas consecuencias. Justo es decir que no fue Creso el iniciador o promotor de tan formidable desequilibrio (no es cuestión de cargarle a él todo el muerto que nos ocupa). Fue Ayax el guerrero quien, al levantar su mano parricida contra Tiresias, inauguró el camino de las insubordinaciones, ya que abrió la primera “brecha” (la más honda) en la unidad hasta entonces monolítica de la organización social. Amigo Velazco, la salud del cuerpo social depende, como la del cuerpo humano, de la “armonía solidaria” en que se cumplen sus funciones vitales, de acuerdo con un orden o equilibrio que dicta la propia “necesidad” (y así lo vio Shakespeare en la segunda escena de Coriolano). Toda enfermedad del cuerpo, si bien lo mira, no es más que una ruptura del equilibrio en que se ordenan sus funciones; por eso el arte de la medicina se reduce a combatir el desorden y a restablecer el equilibrio roto. Ahora bien, ¿qué desorden introdujo Ayax al rebelarse contra Tiresias?

10.- Ayax desacató su “autoridad espiritual” de sacerdote, lo cual era ya funesto para la jerarquía equilibrante que dije. Pero lo más “injusto” (y difícilmente remediable) fue que, negando a Tiresias en su autoridad, Ayax abría un rumbo posible al menosprecio, duda o negación de la “ciencia sagrada” que poesía el sacerdote y que, abarcando el destino “sobrenatural” del hombre, ordenaba también una “metodología” tendiente a lograr ese destino a partir de la sociedad terrestre y en su misma organización. ¿Cómo se dio el primer soslayamiento de tan vital doctrina? La lección metafísica de Tiresias es “revelada” y por tal de origen “no humano”: también es “no humana” en su noción del hombre trascendente, cuya realización metafísica le exige la superación de su “individualidad humana” en otro plano de la existencia universal, y en última instancia su reabsorción en el Principio Eterno que ahora se le revela como su Fin. Soslayada o puesta en duda esta doctrina en sus aspectos “no humanos”, es fatal que la noción del hombre se mutile y circunscriba, desde el motín de Ayax a su solo aspecto “humano”, cuya exégesis y exaltación producirá en adelante todas las ilusiones “humanistas” que sabemos. Y añadiré Velazco amigo, que así negada en su Principio y en su Fin sobrenaturales, la existencia del hombre acabó por ser entendida cono un deporte ininteligible y hasta “nauseabundo”, al cual somos lanzados no sabemos por quien ni cómo ni para qué, según lo dicen y lloran los existencialistas de hoy. Claro está que, para ello, era necesario correr otras etapas en esa maratón del hombre descendente, ya que su descenso implica una mutilación gradual operada en el “entero” de su natura ontológica.

11.- Por ejemplo: circunscrito en una conciencia de sí puramente “humana”, el hombre limitará sus posibles de conocimiento al que le proporciona la Razón, facultad de orden estrictamente humano: de tal suerte, soslayará primero y negará después como posible todo “saber por la revelación” y por las facultades trascendentes (en verdad “supraracionales”) que integran el compositum humano y que “se retraen” si no se las ejercita. Es evidente que el Humanismo lanzado por Ayax se dio, en lo intelectual, a las proezas de la Razón ejercida, no ya en las explicaciones de la “verdad revelada” (como lo hicieron los filósofos medievales), sino en el redescubrimiento y exégesis de los filósofos paganos, cuyas especulaciones (admirables, ¿quién lo niega?) son precisamente frutos de la sola Razón humana ejercida con rectitud y en toda su posibilidad. Este “soslayamiento” de la verdad revelada en pro de la facultad razonante se consuma en el Renacimiento y en sus humanistas; y el Renacimiento está signado por el Príncipe, vale decir por Ayax. No es aún el racionalismo, el cual aparecerá más tarde bajo la influencia de Creso y de su “mentalidad”, la cual implica, según dije, un ejercicio “minimizado” de la Razón.

12.- Entregado sin freno al solo ejercicio de su individualidad humana concebida como un “fin” en sí, Ayax la hizo desbordar con imperio en un individualismo egoísta que también se fue generalizando. Porque toda casta social que reina fuera del orden jerárquico tiende a universalizar sus características, y lo consigue sobre todo en lo que tienen de “negativo”. Ahora bien, la furia individualista de Ayax, al obrar sobre Creso por modo tiránico y en las “finanzas” que tanto le duelen, es lo que decidirá la sublevación del Hombrecito Económico y la consiguiente defenestración de Ayax. No bien lo consiga, el Hombrecito Económico reinará por su cuenta y establecerá su propia dictadura.

13.- Veamos ahora cuál es el talante de Creso al asumir el poder. En la era de Ayax, y a favor del clima reinante, nuestro economista se ha librado ya del freno interior o religioso que controlaba sus naturales apetitos: lo religioso, en adelante, será para él una “costumbre social”, si ya no cree; y si cree aún, tendrá la oscura vigencia de una “superstición”, en el sentido etimológico del vocablo. Simultáneamente Creso ha ido adquiriendo la soltura individualista de Ayax; y su individualismo, al desbordar en lo económico naturalmente, aumentará sus apetencias y le hará tirar por la borda el segundo aspecto de su función social, el de la justicia distributiva. Por otra parte, Creso no sólo ha recibido las “taras” ajenas, sino que también ha contagiado las suyas propias al organismo social, en una preparación de larga data que no es difícil de rastrear en la historia y que facilitó su acceso al poder. Es útil recordar, verbigracia, que el Renacimiento inicia ya la era de los banqueros internacionales (¡oh, ese lujoso Giovanni Arnolfini de Lucca!, ¡oh, ese Jacobo Fucar y sus tenedores de libros!).

14.- Pero es en el orden intelectual donde, aunque parezca risible, Creso influya con bastante antelación en lo porvenir histórico, al imponer su racionalidad “inferior” a las especulaciones filosóficas. Y a mi juicio, Renato Descartes es el paradigma de la mentalidad burguesa en tren de filosofar por su cuenta riesgo. Este primer líder del racionalismo burgués, cuyo representante último ha de ser Carlos Marx, parte de la “duda”, que, según dije ya es una inclinación de Creso hija de su natural “desconfianza”. Merced a la duda, que ha de utilizar a guisa de “método”, Descartes arroja por la borda no sólo el ya descuidado lastre de la Revelación, sino todas las filosofías anteriores cristianas o paganas y entonces, náufrago en el piélago de una agnosia integral, da con la tabla salvadora, el ilustre cógito ergo sum. Lo que realmente salva él en su cógito es la certidumbre de su propia naturaleza racional: en lo sucesivo le será dado sostener fuera de toda duda que Descartes “es un hombre”. ¿Cree usted que valía la pena tan ostentoso naufragio?

15.- Amigo, lo que importa es el lugar en que nuestro filósofo recoge la tabla. Y la recoge, según entiendo, en la frontera exacta de su “modalidad anímica” y su “modalidad corpórea”. Desde aquel punto crítico y ya montado en la tabla, Descartes ve la forma “dual” del compositum humano: un cuerpo y un alma. Lo riesgoso era que, para una mente dubitativa y sedienta de corroboraciones experimentales como la suya, el primer término del binomio (el cuerpo) resultaba ser el más evidente y el más fácil de reducir a “experiencias”. Y me digo yo aún si el otro término (el alma) se le impuso a Renato como un sentir muy sincero en él, o como una concesión prudente a lo teológico que aún gravitaba con fuerza, o como un imperativo de la “simetría” (Descartes era geómetra), o como una segregación de la misma corporeidad, según lo entendieron más tarde los psicólogos. ”El cerebro -nos dijo cierta vez un profesor de la Escuela formal- es una glándula que segrega ideas”. Y lo aplaudimos a rabiar: ¡Éramos tan jóvenes!

16.- Lo cierto es que el famoso dualismo cartesiano apareció más cómo una invitación a la Física (cuyo dominio es el mundo corporal) que como una instancia concomitante de la metafísica. Y sus consecuencias en el devenir ulterior del hombre lo confirman demasiado. También resulta indudable que el triunfo y divulgación de tan pobre doctrina no hubiera sido posible si ella no hubiese reflejado un nivel intelectual preexistente y común a la mayoría de los hombres de la época. Vayamos a un “antecedente” más próximo: los llamados “filósofos de la Revolución Francesa” (que dio a Creso una victoria decisiva) son de origen burgués en su mayor parte y de mentalidad burguesa todos. Ellos cavaron y sembraron el terreno recibido, bien que ya con una diferencia de actitud muy visible: si en Descartes el proceso arranca de la “duda” y traduce una simpática dramaticidad, en los filósofos de la Revolución ya no existe la duda, sino la firmeza de una “convicción” a puño cerrado que se manifiesta por una ironía suficiente (como en Voltaire) o por un desnudo cinismo (como en Rousseau). Así triunfa la Revolución de Creso; y erige a la razón como a una diosa laica. No es la Razón que antaño ejercitara el buen Aristóteles en su Metafísica, sino la razón de Creso, minimizada como dije, por su natural estrechez de sesera.