Pues, señor, vaya de cuento:
- Dolíale a un hombre una muela;
vino un barbero a sacarla
y estando la boca abierta,
- ¿Cuál es la que duele? -dijo.
Diole en culto la respuesta,
la penúltima diciendo.
El barbero, que no era
en penúltimas muy ducho,
le echó la última afuera.
A informarse del dolor
acudió al punto la lengua
y dijo en sangrientas voces:
- La mala, maestro, no es esa.
Disculpóse con decir:
- ¿No es la última de la hilera?
- Sí respondió-, mas yo dije
penúltima, y usted advierta
que penúltimo es el que
junto al último se sienta.
Volvió mejor informado
a dar al gatillo vuelta
diciendo: - ¿En efecto,
es, de la última la más cerca?
Sí dijo-. Pues vela aquí
-respondió con gran presteza,
sacándole la que estaba
penúltima; de manera
que quedó, por no hablar claro,
con la mala y sin dos buenas.
¡Bienvenidos! Este blog de literatura está abierto a todo tipo de lectores. Quienes lo hacemos no tenemos otra motivación que el de compartir la lectura de las obras de escritores de todos los tiempos, así como también las de aquellos que se inician y también merecen difusión.
sábado, 14 de junio de 2014
sábado, 7 de junio de 2014
CUENTOS CON PERROS Y RIMAS PEQUEÑAS - Ezequiel Feito
Un nuevo libro de Ezequiel Feito, esta vez con dos variaciones que le dan un interés muy especial.
Cuentos con Perros: no para ser leídos, sino contados. “Yo les pediría que los tomen, los refuercen, los rehagan… pero no los cuenten así como están”. Desde las páginas, a la voz que les dé la gracia del verdadero cuento, para devolvernos la condición humana que por momentos parece que hemos perdido.
¿Es verdad que hubo perros piratas en Mar del Plata?
¿Es posible la amistad de un perro con un buitre?
¡Anímense a leer estas historias y lo que es mejor, a contárselas a sus hijos tantas veces y de tantas formas como se les dé la gana!
Son las preguntas e incitaciones que Ezequiel trasmite desde esta creación, que no es para un estante de la biblioteca, sino para la calidez de una relación que sería bueno recuperar: contar, contarnos, reencontrarnos.
Rimas pequeñas: No tan pequeñas, si se atiende al contenido más que al tamaño.
Estas rimas son claras, como lo es la poesía auténtica. Iluminan un breve espacio musical hecho con palabras, de esa lengua de todos los días, la que habla el pueblo. Cada una suena, como uno de los títulos, a “Canción para no dormirse”.
Ezequiel nos ofrece, una vez más, una miniatura de construcción muy cuidada, donde el escritor-orfebre ciñe su arte en un espacio que se ampliará en quienes se animen a hojearlo y compartirlo.
Lo ha conseguido, todos estos años, en la entrega semanal de Rescatados del Fuego. A sus lectores, y a los que quieran sumarse, a todos ellos va destinado. Tendremos el gusto de presentarlo en la próxima Feria del Libro de Balcarce.
Cuentos con Perros: no para ser leídos, sino contados. “Yo les pediría que los tomen, los refuercen, los rehagan… pero no los cuenten así como están”. Desde las páginas, a la voz que les dé la gracia del verdadero cuento, para devolvernos la condición humana que por momentos parece que hemos perdido.
¿Es verdad que hubo perros piratas en Mar del Plata?
¿Es posible la amistad de un perro con un buitre?
¡Anímense a leer estas historias y lo que es mejor, a contárselas a sus hijos tantas veces y de tantas formas como se les dé la gana!
Son las preguntas e incitaciones que Ezequiel trasmite desde esta creación, que no es para un estante de la biblioteca, sino para la calidez de una relación que sería bueno recuperar: contar, contarnos, reencontrarnos.
Rimas pequeñas: No tan pequeñas, si se atiende al contenido más que al tamaño.
El idioma de mi patria
son dos lenguas diferentes:
La más clara la habla el pueblo.
La más turbia, la otra gente.
Ezequiel nos ofrece, una vez más, una miniatura de construcción muy cuidada, donde el escritor-orfebre ciñe su arte en un espacio que se ampliará en quienes se animen a hojearlo y compartirlo.
Lo ha conseguido, todos estos años, en la entrega semanal de Rescatados del Fuego. A sus lectores, y a los que quieran sumarse, a todos ellos va destinado. Tendremos el gusto de presentarlo en la próxima Feria del Libro de Balcarce.
Diccionario del disidente (Selección) - Por Armando Chulak
PENSAMIENTO: Función que cumple la parte más noble del cuerpo humano reposando sobre la menos noble (ver “El pensador “de Rodin y otros) Con frecuencia estos términos se invierten y sus consecuencias pueden ser desastrosas para un país y el mundo entero.
PITECÁNTROPO: Boceto histórico de la especie humana que hace 150.000 años tuvo la iniciativa de vivir erguido, para quesos descendientes hoy día pudieran descubrir que la genuflexión es más compatible con la supervivencia.
POBRE: El que vive en la opulencia de sus necesidades.
POETA: Psicópata que con finalidad artística toma prestado un idioma para expresarse en otro.
POLÍGAMO: Masoquista conyugal.
PRESTAMISTA: Persona que se hace odiar ni bien nos ayuda.
PRINCIPIOS: Argumento que se esgrime cuando se carece de argumentos.
PROVINCIA: País incauto al que le hicieron el cuento de que la unión hace la patria.
PSICOANÁLISIS: Curanderismo de precisión.
PSICOANALISTA: Hábil financista que con nuestros problemas mentales soluciona sus problemas económicos. Según otra fuente respetable el psicoanalista es un “gigoló de la angustia” (Pichon Riviére)
ROMANTICISMO: Miopía sentimental. Un romántico estima que la flor es más importante que el mundo que le sirve como maceta.
SABIO: El que acumula conocimiento con la esperanza de que lo consulten los que, paradójicamente, ignoran que él existe.
SANGUIJUELA: Lombriz impositiva.
PITECÁNTROPO: Boceto histórico de la especie humana que hace 150.000 años tuvo la iniciativa de vivir erguido, para quesos descendientes hoy día pudieran descubrir que la genuflexión es más compatible con la supervivencia.
POBRE: El que vive en la opulencia de sus necesidades.
POETA: Psicópata que con finalidad artística toma prestado un idioma para expresarse en otro.
POLÍGAMO: Masoquista conyugal.
PRESTAMISTA: Persona que se hace odiar ni bien nos ayuda.
PRINCIPIOS: Argumento que se esgrime cuando se carece de argumentos.
PROVINCIA: País incauto al que le hicieron el cuento de que la unión hace la patria.
PSICOANÁLISIS: Curanderismo de precisión.
PSICOANALISTA: Hábil financista que con nuestros problemas mentales soluciona sus problemas económicos. Según otra fuente respetable el psicoanalista es un “gigoló de la angustia” (Pichon Riviére)
ROMANTICISMO: Miopía sentimental. Un romántico estima que la flor es más importante que el mundo que le sirve como maceta.
SABIO: El que acumula conocimiento con la esperanza de que lo consulten los que, paradójicamente, ignoran que él existe.
SANGUIJUELA: Lombriz impositiva.
SARMIENTO SE INCLINO ANTE AQUELLA OPINIÓN
Volvamos al consejo de educación, de la época en que Sarmiento y Guido y Spano reñían constantemente.
Sarmiento que presidía la corporación y Guido y Spano que era uno de sus vocales, ocupaban durante las sesiones las cabeceras de la mesa de reunión.
Cierta vez, como Guido combatiera determinadas ideas de Sarmiento, éste le dijo: -Pero usted me contraría siempre, cuando no domina estos asuntos que yo conozco a fondo. Usted no se da cuenta que de que yo soy una autoridad en la materia y pretende hacerme discusiones a cada paso, en vez de inclinarse ante mi opinión. Y Guido le respondió: -Es que yo no sostengo juicios caprichosos e improvisados y puedo robustecer mis razones con las de respetables autores. -¿ Que autores son esos?, preguntó Sarmiento. -Yo no vengo al consejo cargado de libros, replicó Guido pero tengo a la mano uno muy importante y voy a leer algunas páginas decisivas. Sarmiento adelantó con los dedos el formidable pabellón de su oreja derecha y se puso en situación de oír aquello atentamente. Guido leyó con su maestría de siempre, un largo y luminosos fragmento de la obra de a que se había referido. -¿Y de quién es eso? Interrogó sarmiento con desdén. -De Domingo Faustino Sarmiento, repuso Guido. ¡Y la verdad que está muy bien escrito! Agregó aquel, invitando luego al consejo a pasar a otra cosa.
Sarmiento que presidía la corporación y Guido y Spano que era uno de sus vocales, ocupaban durante las sesiones las cabeceras de la mesa de reunión.
Cierta vez, como Guido combatiera determinadas ideas de Sarmiento, éste le dijo: -Pero usted me contraría siempre, cuando no domina estos asuntos que yo conozco a fondo. Usted no se da cuenta que de que yo soy una autoridad en la materia y pretende hacerme discusiones a cada paso, en vez de inclinarse ante mi opinión. Y Guido le respondió: -Es que yo no sostengo juicios caprichosos e improvisados y puedo robustecer mis razones con las de respetables autores. -¿ Que autores son esos?, preguntó Sarmiento. -Yo no vengo al consejo cargado de libros, replicó Guido pero tengo a la mano uno muy importante y voy a leer algunas páginas decisivas. Sarmiento adelantó con los dedos el formidable pabellón de su oreja derecha y se puso en situación de oír aquello atentamente. Guido leyó con su maestría de siempre, un largo y luminosos fragmento de la obra de a que se había referido. -¿Y de quién es eso? Interrogó sarmiento con desdén. -De Domingo Faustino Sarmiento, repuso Guido. ¡Y la verdad que está muy bien escrito! Agregó aquel, invitando luego al consejo a pasar a otra cosa.
Recopilación de Anécdotas de Argentinos Célebres. Segunda Serie. pág.236.
Todavía no he pensado en suicidarme. - Por Mayte Sánchez Sempere
El espejo me asusta. Ahí detrás hay algo o alguien que inventa muecas para que crea que tengo mala cara a pesar de haber dormido quince horas seguidas. Y no ha sido por el alcohol. Debería haber bebido sola en la cocina hasta caerme de la silla, haber despertado en el suelo con la mejilla pegada a las frías baldosas y el pelo pringoso de ginebra. Debería haber llorado al despertar, al darme cuenta de que él se ha ido y entonces, coger de nuevo la botella y entre sollozos, arrastrar los pies por el suelo de madera del pasillo hasta el cuarto de baño. Y al mirarme al espejo, asustarme.
Tengo los ojos rojos y la piel seca. El pelo revuelto.
La boca seca.
El espejo me enseña una lengua blanquecina. Si mi madre la viera me diría “tienes la lengua sucia” y me daría té para desayunar. Me pondría la manta eléctrica sobre el estómago y me daría una de esas pastillas que saben como el yeso de las paredes.
Puedo creer que bebí anoche y escribirlo en el diario como si fuera verdad. Y luego, en el otro diario, el que ni siquiera yo puedo leer, escribir la verdad. Anoche no bebí. Cené una tortilla francesa mientras miraba los folletos del hipermercado y marcaba con bolígrafo las cosas que quiero comprar. No me caí de la silla. Me acosté a las ocho de la tarde con los ojos secos, porque nunca he llorado por él. Él no existe, tampoco.
Por eso todavía no tengo pensado suicidarme. Cuando lo piense, lo escribiré en los dos diarios y dejaré a la vista el que está lleno de mentiras y poemas, que también son mentira. Dejaré el diario a la vista para que quien me encuentre muerta lo lea y crea que sabe por qué me suicidé y así no tendré que sentirme mal por no haber vivido nada interesante, porque eso será algo que sólo yo sabré.
Escribo en el diario que anoche me caí borracha de la silla de la cocina y que no recuerdo nada, que me he despertado en el suelo y he creído verle a mi lado, hasta que me he dado cuenta de que se fue. En mi diario, él tiene nombre: M. Le llamo así para que resulte más real, como si aún le amase y no quisiera que nadie supiera quién es, como si quisiera protegerle de los demás, de los que le odiarán cuando encuentren mi cadáver y mi diario. M es alto y guapo, rubio y canadiense. Así es más difícil que
intenten buscarle. M me quería pero la vida le ha obligado a marcharse. No quiero que parezca mala persona, no quiero que los que lean el diario piensen que soy una ingenua o una imbécil incapaz de darse cuenta de que la están engañando. A pesar de que tengo que aparecer como la víctima, no quiero dar pena.
Si me suicido, daré pena. O me odiarán. Pero también dirán que mi sensibilidad es tan grande que no he podido soportar el inmenso peso de la vida, que los golpes me han hecho buscar un reposo, que mi visión poética de la vida me ha empujado a ponerle fin porque me duele demasiado seguir respirando. Eso será, claro, cuando haya decidido pensar en suicidarme. De momento no lo he pensado.
Tengo casi treinta y cinco años. En el diario he puesto alguno menos, no quiero que
crean que estoy entrando en la crisis de los cuarenta. Tengo casi treinta y cinco y estoy sola. M no existe, pero tampoco hay ningún P. En el diario P es mi mejor amigo. Homosexual, claro. Tampoco tengo ningún trastorno mental, eso lo he inventado para el diario. He inventado una enfermedad y un médico, un psiquiatra: el doctor V. Si no doy el nombre de nadie, no se puede comprobar que es todo falso.
No son mentiras, es libertad. Dicen que tenemos derecho a hacer lo que queramos con nuestras vidas y yo lo hago. He dormido quince horas y no tengo hambre. En la bandeja hay un vaso con leche tibia. El sobre de café descafeinado me pone nerviosa. Siempre espero que sea dorado por dentro, ya no me acuerdo por qué, pero debería ser dorado por dentro y yo debería alegrarme de que lo fuera y escribirlo en mi diario porque habría ganado algo. Un viaje a Las Vegas. Para casarme con M. M es canadiense. El viaje es a Toronto. El café me gusta más cargado. He dormido quince horas pero no es porque bebiera anoche. Me acosté pronto. M se había ido.
El espejo me asusta.
El diario dice que anoche bebí demasiado y debería dolerme la cabeza. Me tomo una pastilla blanca con el café, para el dolor de cabeza. El sobre del café es dorado, en mi diario. Una esperanza remota, una ilusión para un alma atormentada. Escribiré que por fin tengo suerte y voy a viajar al lugar en el que seguramente M estará esperándome. Las casualidades son muy literarias. Por eso los hijos perdidos encuentran a sus padres en las novelas y en la vida real ni siquiera saben que tienen padres perdidos. Mi diario tiene que parecerse más a la vida. El viaje será a Colombia. Tiene más sentido. Por el café.
El sobre de café es plateado en la papelera que hay junto a la cama. Se ha quedado boca arriba y parece un pez muerto sin ojos, un pez leve a punto de echar a volar en busca de su cabeza y sus tripas. Un pez de aire y hielo que huele a café. Al pez muerto lo escribo en el otro diario, el de la verdad: no puede estar junto a Colombia.
La manta también está en el otro diario, el de las verdades incómodas. Es una manta corta que nunca me abriga los pies, una manta que cada día es más corta, justo ahora que cada noche es más fría. Me enrosco la manta alrededor del cuello y la cabeza. Así no veo el espejo que me asusta. Escribiré que soy como Frida Kahlo e invento tocados especiales que no realzan mi belleza pero sujetan mis ideas y las abrigan. El aire se templa dentro de la manta, la luz desaparece, los sonidos se amortiguan. La ideas se
calman y dejan de moverse en un remolino de palabras. Las ideas se duermen. Así podría escribir en el diario falso que estoy tranquila y que medito sobre mi triste existencia. Sobre su ausencia.
Lo escribo.
El suelo está frío y me pincha las plantas de los pies. La manta cae al suelo y la piso, arrastro los pies sobre ella, patino por la habitación sobre la manta. El suelo se inclina y no puedo frenar. Choco contra la pared. Me sangra la nariz. Me da miedo. Escribo en el diario mucha sangre y una herida en la frente. Con un algodón taponando la nariz, escribo un accidente doméstico provocado por la resaca. Alcohol, desamor y sangre; está quedando muy bien. En el diario de la verdad escribo que me he puesto a
llorar al ver la sangre y ha tenido que venir una tata a curarme y abrazarme.
Tengo que pensar en suicidarme antes de comer, para que no me sorprenda ese sueño extraño de la siesta. Si me duermo, olvidaré que tenía que pensar en suicidarme y todo volverá a empezar y tendré que escribir en el diario de la mentira cualquier cosa, y en el de la verdad no podré escribir nada porque la siesta es como un lugar inexistente en el que no estoy.
Los dedos de los pies parecen pequeños seres vivos, redonditos, con un caparazón duro y una barriga blandita. Se mueven casi solos. Me sorprenden a veces moviéndose sin que yo piense en ellos. Se han quedado fríos. Escribo en el diario que han bajado las temperaturas tanto que se me congelan las lágrimas de amarle. Escribo que he recibido una carta en la que un sargento de un ejército me dice que M ha muerto en una guerra llena de arena y sol. El sargento me informa de cuánto me amaba M. Firma como S y me dice que M fue un héroe y en las dunas ardientes su sangre se ha convertido en un oasis en el que sus compañeros de armas beben el agua purificante del valor del soldado, se sacian de heroísmo y cargan sus armas para disparar contra ese enemigo cruel que les acecha. El sargento S me desea buena suerte y un duelo breve. La muerte de M parece un buen detonante para el suicidio.
En el diario de la verdad escribo que me duele el oído. Escribo que la tata me ha traído una bandeja con sopa de fideos y merluza rebozada. Y un flan. Hay una píldora roja junto al vaso de agua. Escribo que no voy a tomarme la píldora para no dormirme hasta que haya pensado en suicidarme.
En el otro diario escribo que busco en el armario de la cocina los somníferos de mi madre. Escribo que abro una botella de ginebra y me quedo mirando las pastillas, pensando si le encontraré al otro lado. Escribo que no sé si hay un cielo para los suicidas ni sé si los soldados que se van a una guerra de arena sin que nadie se lo pida no irán a ese mismo cielo. Escribo que hay un mapa sin carreteras ni nombres del lugar al que van los que se quitan la vida y los que provocan que otros se la quiten. El mismo
lugar al que van los muertos que nunca quisieron a nadie y las tatas que pegan y meten pastillas en la boca a la fuerza.
En el diario de la verdad escribo: “Hora de la siesta”. La tata me mira con odio mientras se frota el mordisco de la mano. Cierra de un portazo y la píldora roja del sueño blando se mezcla con mis diarios y hace que las letras bailen y cambien de lugar; las palabras ya no se entienden.
Todavía no he pensado en suicidarme. Lo haré después de la siesta.
Tengo los ojos rojos y la piel seca. El pelo revuelto.
La boca seca.
El espejo me enseña una lengua blanquecina. Si mi madre la viera me diría “tienes la lengua sucia” y me daría té para desayunar. Me pondría la manta eléctrica sobre el estómago y me daría una de esas pastillas que saben como el yeso de las paredes.
Puedo creer que bebí anoche y escribirlo en el diario como si fuera verdad. Y luego, en el otro diario, el que ni siquiera yo puedo leer, escribir la verdad. Anoche no bebí. Cené una tortilla francesa mientras miraba los folletos del hipermercado y marcaba con bolígrafo las cosas que quiero comprar. No me caí de la silla. Me acosté a las ocho de la tarde con los ojos secos, porque nunca he llorado por él. Él no existe, tampoco.
Por eso todavía no tengo pensado suicidarme. Cuando lo piense, lo escribiré en los dos diarios y dejaré a la vista el que está lleno de mentiras y poemas, que también son mentira. Dejaré el diario a la vista para que quien me encuentre muerta lo lea y crea que sabe por qué me suicidé y así no tendré que sentirme mal por no haber vivido nada interesante, porque eso será algo que sólo yo sabré.
Escribo en el diario que anoche me caí borracha de la silla de la cocina y que no recuerdo nada, que me he despertado en el suelo y he creído verle a mi lado, hasta que me he dado cuenta de que se fue. En mi diario, él tiene nombre: M. Le llamo así para que resulte más real, como si aún le amase y no quisiera que nadie supiera quién es, como si quisiera protegerle de los demás, de los que le odiarán cuando encuentren mi cadáver y mi diario. M es alto y guapo, rubio y canadiense. Así es más difícil que
intenten buscarle. M me quería pero la vida le ha obligado a marcharse. No quiero que parezca mala persona, no quiero que los que lean el diario piensen que soy una ingenua o una imbécil incapaz de darse cuenta de que la están engañando. A pesar de que tengo que aparecer como la víctima, no quiero dar pena.
Si me suicido, daré pena. O me odiarán. Pero también dirán que mi sensibilidad es tan grande que no he podido soportar el inmenso peso de la vida, que los golpes me han hecho buscar un reposo, que mi visión poética de la vida me ha empujado a ponerle fin porque me duele demasiado seguir respirando. Eso será, claro, cuando haya decidido pensar en suicidarme. De momento no lo he pensado.
Tengo casi treinta y cinco años. En el diario he puesto alguno menos, no quiero que
crean que estoy entrando en la crisis de los cuarenta. Tengo casi treinta y cinco y estoy sola. M no existe, pero tampoco hay ningún P. En el diario P es mi mejor amigo. Homosexual, claro. Tampoco tengo ningún trastorno mental, eso lo he inventado para el diario. He inventado una enfermedad y un médico, un psiquiatra: el doctor V. Si no doy el nombre de nadie, no se puede comprobar que es todo falso.
No son mentiras, es libertad. Dicen que tenemos derecho a hacer lo que queramos con nuestras vidas y yo lo hago. He dormido quince horas y no tengo hambre. En la bandeja hay un vaso con leche tibia. El sobre de café descafeinado me pone nerviosa. Siempre espero que sea dorado por dentro, ya no me acuerdo por qué, pero debería ser dorado por dentro y yo debería alegrarme de que lo fuera y escribirlo en mi diario porque habría ganado algo. Un viaje a Las Vegas. Para casarme con M. M es canadiense. El viaje es a Toronto. El café me gusta más cargado. He dormido quince horas pero no es porque bebiera anoche. Me acosté pronto. M se había ido.
El espejo me asusta.
El diario dice que anoche bebí demasiado y debería dolerme la cabeza. Me tomo una pastilla blanca con el café, para el dolor de cabeza. El sobre del café es dorado, en mi diario. Una esperanza remota, una ilusión para un alma atormentada. Escribiré que por fin tengo suerte y voy a viajar al lugar en el que seguramente M estará esperándome. Las casualidades son muy literarias. Por eso los hijos perdidos encuentran a sus padres en las novelas y en la vida real ni siquiera saben que tienen padres perdidos. Mi diario tiene que parecerse más a la vida. El viaje será a Colombia. Tiene más sentido. Por el café.
El sobre de café es plateado en la papelera que hay junto a la cama. Se ha quedado boca arriba y parece un pez muerto sin ojos, un pez leve a punto de echar a volar en busca de su cabeza y sus tripas. Un pez de aire y hielo que huele a café. Al pez muerto lo escribo en el otro diario, el de la verdad: no puede estar junto a Colombia.
La manta también está en el otro diario, el de las verdades incómodas. Es una manta corta que nunca me abriga los pies, una manta que cada día es más corta, justo ahora que cada noche es más fría. Me enrosco la manta alrededor del cuello y la cabeza. Así no veo el espejo que me asusta. Escribiré que soy como Frida Kahlo e invento tocados especiales que no realzan mi belleza pero sujetan mis ideas y las abrigan. El aire se templa dentro de la manta, la luz desaparece, los sonidos se amortiguan. La ideas se
calman y dejan de moverse en un remolino de palabras. Las ideas se duermen. Así podría escribir en el diario falso que estoy tranquila y que medito sobre mi triste existencia. Sobre su ausencia.
Lo escribo.
El suelo está frío y me pincha las plantas de los pies. La manta cae al suelo y la piso, arrastro los pies sobre ella, patino por la habitación sobre la manta. El suelo se inclina y no puedo frenar. Choco contra la pared. Me sangra la nariz. Me da miedo. Escribo en el diario mucha sangre y una herida en la frente. Con un algodón taponando la nariz, escribo un accidente doméstico provocado por la resaca. Alcohol, desamor y sangre; está quedando muy bien. En el diario de la verdad escribo que me he puesto a
llorar al ver la sangre y ha tenido que venir una tata a curarme y abrazarme.
Tengo que pensar en suicidarme antes de comer, para que no me sorprenda ese sueño extraño de la siesta. Si me duermo, olvidaré que tenía que pensar en suicidarme y todo volverá a empezar y tendré que escribir en el diario de la mentira cualquier cosa, y en el de la verdad no podré escribir nada porque la siesta es como un lugar inexistente en el que no estoy.
Los dedos de los pies parecen pequeños seres vivos, redonditos, con un caparazón duro y una barriga blandita. Se mueven casi solos. Me sorprenden a veces moviéndose sin que yo piense en ellos. Se han quedado fríos. Escribo en el diario que han bajado las temperaturas tanto que se me congelan las lágrimas de amarle. Escribo que he recibido una carta en la que un sargento de un ejército me dice que M ha muerto en una guerra llena de arena y sol. El sargento me informa de cuánto me amaba M. Firma como S y me dice que M fue un héroe y en las dunas ardientes su sangre se ha convertido en un oasis en el que sus compañeros de armas beben el agua purificante del valor del soldado, se sacian de heroísmo y cargan sus armas para disparar contra ese enemigo cruel que les acecha. El sargento S me desea buena suerte y un duelo breve. La muerte de M parece un buen detonante para el suicidio.
En el diario de la verdad escribo que me duele el oído. Escribo que la tata me ha traído una bandeja con sopa de fideos y merluza rebozada. Y un flan. Hay una píldora roja junto al vaso de agua. Escribo que no voy a tomarme la píldora para no dormirme hasta que haya pensado en suicidarme.
En el otro diario escribo que busco en el armario de la cocina los somníferos de mi madre. Escribo que abro una botella de ginebra y me quedo mirando las pastillas, pensando si le encontraré al otro lado. Escribo que no sé si hay un cielo para los suicidas ni sé si los soldados que se van a una guerra de arena sin que nadie se lo pida no irán a ese mismo cielo. Escribo que hay un mapa sin carreteras ni nombres del lugar al que van los que se quitan la vida y los que provocan que otros se la quiten. El mismo
lugar al que van los muertos que nunca quisieron a nadie y las tatas que pegan y meten pastillas en la boca a la fuerza.
En el diario de la verdad escribo: “Hora de la siesta”. La tata me mira con odio mientras se frota el mordisco de la mano. Cierra de un portazo y la píldora roja del sueño blando se mezcla con mis diarios y hace que las letras bailen y cambien de lugar; las palabras ya no se entienden.
Todavía no he pensado en suicidarme. Lo haré después de la siesta.
sábado, 31 de mayo de 2014
ARCHIVO GENERAL - HÉCTOR FUENTES
“Archivo General” es una obra que indaga el misterio inaudito de nacer. ¿Y por qué nace lo que nace? Porque tiene que nacer. Eso lo descubrí al escribir este libro. La obra está estructurada en dos planos: el subsuelo y el suelo. A medida que avanza la acción, ambos escenarios se entrecruzan. Esto produce cambios fundamentales, donde lo establecido comienza a ceder ante lo “nuevo”. Las condiciones asfixiantes en las que trabajan los personajes del Archivo General, empieza a resquebrajarse, y el viejo orden que parecía eterno, culmina en siete actos su reinado.
El tercer plano es el cielo. Es decir, lo que los hombres no pueden manejar. La inminencia de lo que está por venir es el hilo invisible que va tejiendo su trampa. El impulso que disparó esta obra fue la imagen de una muchacha que abría puertas. Una tras otra iba abriendo lo que se cerraba a su paso. Hasta llegar a la “Puerta Prohibida”. Lo que sigue es la vida de una Postulante en busca de conseguir su primer trabajo. Todo lo demás se lo debo a los niños y niñas de este mundo, que no paran de nacer”.
El libro será presentado en la Feria del Libro de Balcarce.
El tercer plano es el cielo. Es decir, lo que los hombres no pueden manejar. La inminencia de lo que está por venir es el hilo invisible que va tejiendo su trampa. El impulso que disparó esta obra fue la imagen de una muchacha que abría puertas. Una tras otra iba abriendo lo que se cerraba a su paso. Hasta llegar a la “Puerta Prohibida”. Lo que sigue es la vida de una Postulante en busca de conseguir su primer trabajo. Todo lo demás se lo debo a los niños y niñas de este mundo, que no paran de nacer”.
El libro será presentado en la Feria del Libro de Balcarce.
LA LIBERTAD DEL NEGRO - Por Juan Draghi Lucero
Era un negro esclavo ¡tan habilidoso en sus trabajos! ... Ya lo ponía el amo a hacer un telar, que lo armaba con la misma buena mano que podaba los frutales de la huerta. Ya herraba los vacunos que pasaban a Chile, como modelaba botijas a pulso y las cocía, con el justo punto, en el horno botijero. Para hacer el aguardiente no había mano como la suya. Y era carretero y arriero, y muchas veces llegó con vinos al apartado Buenos Aires'. Allí vendía los productos de su dueño y retornaba con bayetas, cuchillos, y polvillo de olor y tantas otras minucias para la tienda de su amo.
Este negro sabía pulsar la guitarra. Cuando sus dedos arrancaban las dormidas armonías del cordaje, tristes suspiros levantaban su pecho porque cantaba a su bien perdido: la libertad. Viéndolo su amo anegado en el bajo de la tristeza, le preguntó como al descuido, que por qué se abatía de ese modo. "Por mi libertad, amito", le respondió el servicial, y se animó a preguntar a su dueño: "¿Puedo soñar con mi redención?". "Sí, negro: para cuando baje una gran víbora del cielo", le contestó su amo, sonriendo. "¡Ay, amito!", se lamentó el negro con el todo de su arrastrada pena.
Bien conforme estaba su señor con el servicio del negro. Cuatrocientos pesos había pagado por él cuando lo remataron bajo el árbol de la justicia. Buenas cuentas tiraba porque ya había rescatado ese caudal y crecían mucho sus utilidades.
Pero el esclavo, cuanto más lo servía, más se quejaba y desvariaba por su carta de libertad. Tanto porfió en su reclamo que su dueño se avino a decirle: "Mira, negro: si aguantas, completamente desnudo, una noche entera en la punta de aquel cerro nevado, te alcanzaré tu redención". Y señalaba al cerro más alto de la comarca, el que de día acariciaban las nubes y en las noches claras recortaba su blancor brillante en lo negro-del cielo.
-Ni vestido y emponchado, mi amito, hay hombre que resista el frío de esa cumbre.
-Y ni pizca de fuego harás cuando pases la noche en esas alturas. Ya sabes lo que te costará ser libre, negro.
-¡Ay, ayayita, mi amito! Mi libertad es la muerte. ..
Y mientras sudaba el esclavo, forjando herraduras para los vacunos que su amo enviaba a Chile, se repetía al son del martillo, en su porfiado golpear: "Mi libertad es la muerte. ..".
Tantos eran los trabajos que soportaba el negro, haciendo los mil quehaceres del amo, que tiró al fin la terrible cuenta: a riesgo de su vida iría en busca de la libertad.
Pidió licencia para hablar con su amo, y cuando se la acordaron, dando vueltas su roto sombrero entre las manos, levantó la voz y dijo:
-Mi amito, pasaré la noche, desnudo, en la punta del cerro más alto; si quedo con vida, gozaré mi libertad.
-Ése es el trato, negro es que le contestó su dueño.
-Me iré, pues, mi amito, a conquistar., lo que más quiero, con sus duras condiciones. Mañana partiré, mi amito.
-Así se hará, pues, negro.
Al otro día, de mañanita, se volvió a presentar el esclavo a su .amo y dueño, y el rico lo registró de pies a cabeza por ver si llevaba yesca y pedernal para hacer fuego. Nada llevaba el negro y lo dejó partir.
Se puso en camino el esclavo, tranqueó todo el día, pero apenas pudo llegar al pie del cerro. Durmió un medio sueñito y antes de la medianoche comenzó a trepar por sus faldas. Repechó todo el segundo día y parte de la noche, pero recién a la tercera jornada mereció, por fin, poner su planta en la temida altura.
Las nieves eternas y el viento sur castigaban la cima con un frío cortador de carnes. Buscó un medio reparo el negro entre, unos peñascos. Allí se achicó cuanto pudo.
No bien se oscureció, el negro, fiel a su trato, se quitó el ponchito roto, la camisita molida, los calzones remendados y las ojotas.
En cueritos quedó, como cuando vino al mundo. Así se dispuso a enfrentar la terrible noche del Ande.
Metió las manos bajo los sobacos y se hizo un ovillo en una caleta de piedra. Aguantó un rato, hasta que a punto de agarrotarse, salió, de su escondite y se defendió a los saltos hasta cansarse. Así aguantó un tiempo, pero el viento helado lo empujó a la caleta reparadora.
Rodaba la inmensa noche entre los silencios desavenidos de las alturas. El frío de la nieve y el viento castigaron con toda furia esas cumbres. El negro se achicó hasta hacerse una bola... "Si tuviera un fueguito...", lagrimeaba el esclavo a punto de helarse.
Ya atontado por el frío enemigo saltó afuera, pero lo azotó sin misericordia el huracán bramador de las cumbres; el negro miró a los llanos como pidiendo misericordia y alcanzó a ver, muy a lo lejos, ¡a leguas y leguas!, un fueguito que habían encendido los gauchos.
El esclavo se prendió con sus llorosos ojos a la cumbre lejana. Estiró sus brazos hacia esa lucecita perdida .en el confín de las pampas y dijo, desvariando: "Dame tu calor, fueguito... Ah, chih, chih, chih... Dame tu calor, fueguito... Ah, chih, chih, chih...", repitió, dando diente con diente. Más estiraba sus brazos y más miraba el fuego de los llanos, y porfiaba: "Dame tu calor, fueguito... Ah, chih, chih, .chih...", en un incesante chocar de dientes. Con este engaño fueron pasando las tardas horas de la desganada-noche.
Así rodó el tiempo, hasta que se allegó la madrugada. "Dame tu calor, fueguito... Ah, chih, chih, chih...", seguía el esclavo, en su porfía en conseguir calor; y en esta ilusión lo halló la claridad: estirando sus largos brazos en demandas de un imposible.
Las pintoras algaradas de oriente anunciaron al sol inmenso, pero mucho tuvo que levantarse la bola de fuego para desentumecer al negro.
Achuchado, temblando por el castigo del frío, vistió sus ropitas y bajó, paso a paso, a las trasbilladas, el alto cerro. Ganó el río seco, después la senda, y al último la huella. Entró al poblado... llegó a la casa del amo, cayendo y levantando.
-¿Cómo pasaste la noche, negro?
-Ay, mi amito... Me desnudé en la punta del cerro y pasaron las horas de la noche con los rigores del frío... Ya no sabía qué hacer para no morirme helado, cuando divisé, como a diez leguas, en el confín de los llanos, a un fueguito de los gauchos. Estiré mis brazos. "Dame tu calor, fueguito... Ah, chi, chih, chih...", decía, al dar diente con diente. Así pude aguantar los castigos de la noche helada. Bien caro me cuesta la libertad, mi amito.
-No te puedo dar la libertad, negro, porque té has calentado en un fuego.
-¡Estaba a muchas leguas de distancia, mi amito!...
-No le hace. Si no hubieras visto ese fueguito, te habrías acobardado y no hubieras seguido la lucha. Cuando te repongas, acometerás de nuevo la empresa.
-¡Ay, mi amito!...
A los cuarenta días se repuso el esclavo. Porfiando por su libertad, volvió a desafiar la cumbre. Tardó tres días en 'llegar hasta la punta del cerro, pero en llegando, como ya cerrara el anochecer, se desnudó emérito... Se dispuso a hacer frente a ¡os concentrados fríos con lo liso de sus carnes.
Del Aconcagua bajaron los alientos de los penitentes de nieves milenarias. Eran quemantes lenguas del frío eterno.. El negro se defendió achicándose contra un peñasco. Esquivó sus ojos al llano para no ver ningún fuego gaucho; sólo permitió a sus ojos mirar al alto cielo.
La luna llena blanqueaba las nieves de la serranía. Más fría, con esa luz blanquecina, se le figuraba la tremenda noche cordillerana.
Detenían las horas su marcha, demorándose para mayor atraso del encadenado. Duros vientos desollantes de las alturas lo hicieron arquearse con lo fuerte de sus azotes. Otros y otros vientos que andan por la noche llegaron a la cumbre y pasaron, dejándole cristales y agujas de nieve en sus carnes; y el negro, a punto de helarse, se enderezó a gritos y saltos para darse un engaño de valor.
El negro sintió las lenguas punzantes de los enemigos y clamó por un engañito de calor. Levantó la vista al cielo... Sus ojos dieron con la ¡una llena. "¡Es la boca de un horno encendido!", gritó el esclavo, y tendió sus mano» a. la altura, en demanda de calor y consuelo. "¡Dame tu calorcito, horno encendido! .. .Ah, chih, chih, chih...", decía, machacando muelas y dientes. Y de este modo y con estas palabras, se fue engañando en los rigores de la noche enemiga. Más rachas bajaron de las cimas... Más latigazos repartieron a dos manos. Más estiraba sus brazos a la luna el esclavo. "¡Dame tu calorcito, horno encendido! .. .Ah, chih, chih, chih...", demandaba, castañeteando sus dientes. Otro poquito ganó a la noche. De esa manera y con estos ardides fue doblegando al fiero tiempo. Cuando /salió el sol, mucho tuvo que levantarse por el cielo para desentumir al negro. A media tarde pudo tener movimiento y voluntad. Se estiró, se revolcó por el suelo y entró en un poco de calor. A los tiritones medio mereció vestirse y luego ir ganando el bajo, ¡tan aporreado y temblón! Cayendo y levantando, y castigado por la tos, logró al fin asentar pie en ¡a casa del amo, a las dos jornadas. La tos le desarmaba el pecho. Al otro día se le presentó, todo achuchado, al amo.
-Amito le dijo; ya gané mi pobrecita libertad. Desnudo en la punta del cerro supe resistir la noche entera,..
-Y decime, negro, ¿no viste en ¡as pampas el fueguito de los gauchos?
-¡Ninguno, mi amito! Tan cierto es esto que, mirando a la luna llena, se me dio por engañarme que era la boca de un horno encendido, y yo estiraba a ella mis brazos y me fortificaba, diciendo: "¡Dame tu calorcito, horno encendido!.,. Ah, chih, chih, chih."
-¡Uh, uh! saltó el amo. Si no hubiera sido por ese engaño, ¡no habrías podido resistir al terrible frío!... No te doy la libertad, negro, no te la has ganado.
-¡Ay, mi amito!...
A los sesenta días Se repuso el negro y se decidió a encarar la prueba por última vez. Ahora que no había luna...
Viéndolo partir, su amo le dijo:
-No te calentarás ni en un fueguito gaucho, a leguas de distancia, ni en el horno de la luna.
-¿Y en las estrellas? preguntó el esclavo.
-Solamente si se alinean una detrás de la otra y forman una víbora en el cielo.
-¡Ay, mi amito!...
Tres días tardó el encadenado en trepar por ese cerro altísimo. Cayendo y levantando llegó a la punta del mogote; como ya oscureciera, se desnudó.
Comenzaban los deshielos del Ande... Durante los momentos de sol, el viento norte derretía pocas nieves; pero a la noche retornaba el encrespado viento sur, en toda la malignidad del frío tardío, azotando sin misericordia con lo helado de su aliento. Antes de la medianoche, cayó el aire encajonado del Tupungato. Ululando venía a concentrar sus odios en las costillas del negro desnudo. Se acurrucó el esclavo entre los peñascos filosos. Se achicó, fundiéndose en la idea confusa.
Pasaron unos ratos, pero la piedra lo mordió con sus húmedos filos helados. Saltó el negro, se refregó el cuerpo con piedritas para darse calor y porfía en su lucha empecinada. Se sacó sangre de tanto refregarse. Descontó unos momentos. Una calma inmensa, la calma de las alturas, le dio más treguas para su fiera pelea.
Del cruce de medianoche llegaron los remolinos de los cañadones del Mercedario. Silbaron caletas y mogotes la delgada canción del frío solitario. Clamó el negro por un reparo y se adelgazó de nuevo en el hueco de la. piedra cortante. Piedra y viento lo enfrentaron a rebencazos. Salió el negro a insultar a la noche enemiga. Gruesas palabras vomitó su boca desgobernada en su tercera y última noche de prueba. Ya sintió acobardadas para siempre sus carnes. Los remolinos lo cercaron, devolviéndole insulto por insulto, punteándole las carnes con puñales de nieve.
Se arrepintió el esclavo, arrodillado pidió perdón al implacable azotador. De nada valieron vanas palabras. Las deshoras descargaron la furia del poniente, guardián de las cumbres nevadas. Se halló vencido el negro, miró sus ropas y se le fueron las manos a ellas... Alto alzó los ojos y no halló la luna; miró hacia el llano y no vio la lumbre de los gauchos...
En su espiar a las negruras se le hicieron presentes ¡tantas estrellas! ¡El cielo estaba sembrado de luminarias! Parecían brasas encendidas. El cielo estaba lleno de brasas.. . El negro las juntó con su vista, sin armar palabra, y apretando los dientes se solazó mirándolas, a despecho del viento helado que le escupía cristales de nieve. Aumentó el azote enemigo; se le destrabó la boca al negro, y, machacando sus dientes, pudo decir: "Denme un calorcito, brasas del cielo... Ah, chih, chih, chih...", y extendía sus brazos agarrotados. Se rehizo del fondo de la fría nada y murmuró: "¡Ya no me quedan más fuerzas para resistir! ¡Ya tengo frío en el alma, amito! ¡Adiós a mi libertad! ¡Pobrecitas mis cadenas y mis yugos, amito! ¡Pobrecitos...! Sus lágrimas se volvieron velitas de hielo al salir de sus ojos.
Esa noche sin luna salió el amo del negro al patio de su casa y tendió su mirar a las alturas. Solazó viendo brillar al encendido lucero, como rey de la negra noche... Vio tantas otras estrellas y también le gustaron...
De repente se espantó al ver que se corría la más reluciente estrella, y que las demás se alineaban detrás. Vio formarse una víbora de luminarias en el alto firmamento... Esa víbora se descolgó en dereceras de la baja tierra. Al llegar a este suelo tomó rumbo a la estancia de un rico tirano. Se alumbró la noche con luz azul y enojada, y los servidores del amo vieron cómo una víbora de estrellas corría al tirano por el patio de su casa, lo alcanzaba, se le subía por el cuerpo y se le entraba por la boca, ¡tan abierta por el grito de espanto!
El amo tirano quedó hecho una brasa colorada. Tres días tardó en apagarse y reducirse a ceniza...
Los gauchos justicieros, que encendían su fuego en las pampas, vieron llegar una noche a un negro libre, y lo oyeron hablar con esas llamas; "¡Dame tu calor, fueguito!... Ah, chih, chih, chih...".
Este negro sabía pulsar la guitarra. Cuando sus dedos arrancaban las dormidas armonías del cordaje, tristes suspiros levantaban su pecho porque cantaba a su bien perdido: la libertad. Viéndolo su amo anegado en el bajo de la tristeza, le preguntó como al descuido, que por qué se abatía de ese modo. "Por mi libertad, amito", le respondió el servicial, y se animó a preguntar a su dueño: "¿Puedo soñar con mi redención?". "Sí, negro: para cuando baje una gran víbora del cielo", le contestó su amo, sonriendo. "¡Ay, amito!", se lamentó el negro con el todo de su arrastrada pena.
Bien conforme estaba su señor con el servicio del negro. Cuatrocientos pesos había pagado por él cuando lo remataron bajo el árbol de la justicia. Buenas cuentas tiraba porque ya había rescatado ese caudal y crecían mucho sus utilidades.
Pero el esclavo, cuanto más lo servía, más se quejaba y desvariaba por su carta de libertad. Tanto porfió en su reclamo que su dueño se avino a decirle: "Mira, negro: si aguantas, completamente desnudo, una noche entera en la punta de aquel cerro nevado, te alcanzaré tu redención". Y señalaba al cerro más alto de la comarca, el que de día acariciaban las nubes y en las noches claras recortaba su blancor brillante en lo negro-del cielo.
-Ni vestido y emponchado, mi amito, hay hombre que resista el frío de esa cumbre.
-Y ni pizca de fuego harás cuando pases la noche en esas alturas. Ya sabes lo que te costará ser libre, negro.
-¡Ay, ayayita, mi amito! Mi libertad es la muerte. ..
Y mientras sudaba el esclavo, forjando herraduras para los vacunos que su amo enviaba a Chile, se repetía al son del martillo, en su porfiado golpear: "Mi libertad es la muerte. ..".
Tantos eran los trabajos que soportaba el negro, haciendo los mil quehaceres del amo, que tiró al fin la terrible cuenta: a riesgo de su vida iría en busca de la libertad.
Pidió licencia para hablar con su amo, y cuando se la acordaron, dando vueltas su roto sombrero entre las manos, levantó la voz y dijo:
-Mi amito, pasaré la noche, desnudo, en la punta del cerro más alto; si quedo con vida, gozaré mi libertad.
-Ése es el trato, negro es que le contestó su dueño.
-Me iré, pues, mi amito, a conquistar., lo que más quiero, con sus duras condiciones. Mañana partiré, mi amito.
-Así se hará, pues, negro.
Al otro día, de mañanita, se volvió a presentar el esclavo a su .amo y dueño, y el rico lo registró de pies a cabeza por ver si llevaba yesca y pedernal para hacer fuego. Nada llevaba el negro y lo dejó partir.
Se puso en camino el esclavo, tranqueó todo el día, pero apenas pudo llegar al pie del cerro. Durmió un medio sueñito y antes de la medianoche comenzó a trepar por sus faldas. Repechó todo el segundo día y parte de la noche, pero recién a la tercera jornada mereció, por fin, poner su planta en la temida altura.
Las nieves eternas y el viento sur castigaban la cima con un frío cortador de carnes. Buscó un medio reparo el negro entre, unos peñascos. Allí se achicó cuanto pudo.
No bien se oscureció, el negro, fiel a su trato, se quitó el ponchito roto, la camisita molida, los calzones remendados y las ojotas.
En cueritos quedó, como cuando vino al mundo. Así se dispuso a enfrentar la terrible noche del Ande.
Metió las manos bajo los sobacos y se hizo un ovillo en una caleta de piedra. Aguantó un rato, hasta que a punto de agarrotarse, salió, de su escondite y se defendió a los saltos hasta cansarse. Así aguantó un tiempo, pero el viento helado lo empujó a la caleta reparadora.
Rodaba la inmensa noche entre los silencios desavenidos de las alturas. El frío de la nieve y el viento castigaron con toda furia esas cumbres. El negro se achicó hasta hacerse una bola... "Si tuviera un fueguito...", lagrimeaba el esclavo a punto de helarse.
Ya atontado por el frío enemigo saltó afuera, pero lo azotó sin misericordia el huracán bramador de las cumbres; el negro miró a los llanos como pidiendo misericordia y alcanzó a ver, muy a lo lejos, ¡a leguas y leguas!, un fueguito que habían encendido los gauchos.
El esclavo se prendió con sus llorosos ojos a la cumbre lejana. Estiró sus brazos hacia esa lucecita perdida .en el confín de las pampas y dijo, desvariando: "Dame tu calor, fueguito... Ah, chih, chih, chih... Dame tu calor, fueguito... Ah, chih, chih, chih...", repitió, dando diente con diente. Más estiraba sus brazos y más miraba el fuego de los llanos, y porfiaba: "Dame tu calor, fueguito... Ah, chih, chih, .chih...", en un incesante chocar de dientes. Con este engaño fueron pasando las tardas horas de la desganada-noche.
Así rodó el tiempo, hasta que se allegó la madrugada. "Dame tu calor, fueguito... Ah, chih, chih, chih...", seguía el esclavo, en su porfía en conseguir calor; y en esta ilusión lo halló la claridad: estirando sus largos brazos en demandas de un imposible.
Las pintoras algaradas de oriente anunciaron al sol inmenso, pero mucho tuvo que levantarse la bola de fuego para desentumecer al negro.
Achuchado, temblando por el castigo del frío, vistió sus ropitas y bajó, paso a paso, a las trasbilladas, el alto cerro. Ganó el río seco, después la senda, y al último la huella. Entró al poblado... llegó a la casa del amo, cayendo y levantando.
-¿Cómo pasaste la noche, negro?
-Ay, mi amito... Me desnudé en la punta del cerro y pasaron las horas de la noche con los rigores del frío... Ya no sabía qué hacer para no morirme helado, cuando divisé, como a diez leguas, en el confín de los llanos, a un fueguito de los gauchos. Estiré mis brazos. "Dame tu calor, fueguito... Ah, chi, chih, chih...", decía, al dar diente con diente. Así pude aguantar los castigos de la noche helada. Bien caro me cuesta la libertad, mi amito.
-No te puedo dar la libertad, negro, porque té has calentado en un fuego.
-¡Estaba a muchas leguas de distancia, mi amito!...
-No le hace. Si no hubieras visto ese fueguito, te habrías acobardado y no hubieras seguido la lucha. Cuando te repongas, acometerás de nuevo la empresa.
-¡Ay, mi amito!...
A los cuarenta días se repuso el esclavo. Porfiando por su libertad, volvió a desafiar la cumbre. Tardó tres días en 'llegar hasta la punta del cerro, pero en llegando, como ya cerrara el anochecer, se desnudó emérito... Se dispuso a hacer frente a ¡os concentrados fríos con lo liso de sus carnes.
Del Aconcagua bajaron los alientos de los penitentes de nieves milenarias. Eran quemantes lenguas del frío eterno.. El negro se defendió achicándose contra un peñasco. Esquivó sus ojos al llano para no ver ningún fuego gaucho; sólo permitió a sus ojos mirar al alto cielo.
La luna llena blanqueaba las nieves de la serranía. Más fría, con esa luz blanquecina, se le figuraba la tremenda noche cordillerana.
Detenían las horas su marcha, demorándose para mayor atraso del encadenado. Duros vientos desollantes de las alturas lo hicieron arquearse con lo fuerte de sus azotes. Otros y otros vientos que andan por la noche llegaron a la cumbre y pasaron, dejándole cristales y agujas de nieve en sus carnes; y el negro, a punto de helarse, se enderezó a gritos y saltos para darse un engaño de valor.
El negro sintió las lenguas punzantes de los enemigos y clamó por un engañito de calor. Levantó la vista al cielo... Sus ojos dieron con la ¡una llena. "¡Es la boca de un horno encendido!", gritó el esclavo, y tendió sus mano» a. la altura, en demanda de calor y consuelo. "¡Dame tu calorcito, horno encendido! .. .Ah, chih, chih, chih...", decía, machacando muelas y dientes. Y de este modo y con estas palabras, se fue engañando en los rigores de la noche enemiga. Más rachas bajaron de las cimas... Más latigazos repartieron a dos manos. Más estiraba sus brazos a la luna el esclavo. "¡Dame tu calorcito, horno encendido! .. .Ah, chih, chih, chih...", demandaba, castañeteando sus dientes. Otro poquito ganó a la noche. De esa manera y con estos ardides fue doblegando al fiero tiempo. Cuando /salió el sol, mucho tuvo que levantarse por el cielo para desentumir al negro. A media tarde pudo tener movimiento y voluntad. Se estiró, se revolcó por el suelo y entró en un poco de calor. A los tiritones medio mereció vestirse y luego ir ganando el bajo, ¡tan aporreado y temblón! Cayendo y levantando, y castigado por la tos, logró al fin asentar pie en ¡a casa del amo, a las dos jornadas. La tos le desarmaba el pecho. Al otro día se le presentó, todo achuchado, al amo.
-Amito le dijo; ya gané mi pobrecita libertad. Desnudo en la punta del cerro supe resistir la noche entera,..
-Y decime, negro, ¿no viste en ¡as pampas el fueguito de los gauchos?
-¡Ninguno, mi amito! Tan cierto es esto que, mirando a la luna llena, se me dio por engañarme que era la boca de un horno encendido, y yo estiraba a ella mis brazos y me fortificaba, diciendo: "¡Dame tu calorcito, horno encendido!.,. Ah, chih, chih, chih."
-¡Uh, uh! saltó el amo. Si no hubiera sido por ese engaño, ¡no habrías podido resistir al terrible frío!... No te doy la libertad, negro, no te la has ganado.
-¡Ay, mi amito!...
A los sesenta días Se repuso el negro y se decidió a encarar la prueba por última vez. Ahora que no había luna...
Viéndolo partir, su amo le dijo:
-No te calentarás ni en un fueguito gaucho, a leguas de distancia, ni en el horno de la luna.
-¿Y en las estrellas? preguntó el esclavo.
-Solamente si se alinean una detrás de la otra y forman una víbora en el cielo.
-¡Ay, mi amito!...
Tres días tardó el encadenado en trepar por ese cerro altísimo. Cayendo y levantando llegó a la punta del mogote; como ya oscureciera, se desnudó.
Comenzaban los deshielos del Ande... Durante los momentos de sol, el viento norte derretía pocas nieves; pero a la noche retornaba el encrespado viento sur, en toda la malignidad del frío tardío, azotando sin misericordia con lo helado de su aliento. Antes de la medianoche, cayó el aire encajonado del Tupungato. Ululando venía a concentrar sus odios en las costillas del negro desnudo. Se acurrucó el esclavo entre los peñascos filosos. Se achicó, fundiéndose en la idea confusa.
Pasaron unos ratos, pero la piedra lo mordió con sus húmedos filos helados. Saltó el negro, se refregó el cuerpo con piedritas para darse calor y porfía en su lucha empecinada. Se sacó sangre de tanto refregarse. Descontó unos momentos. Una calma inmensa, la calma de las alturas, le dio más treguas para su fiera pelea.
Del cruce de medianoche llegaron los remolinos de los cañadones del Mercedario. Silbaron caletas y mogotes la delgada canción del frío solitario. Clamó el negro por un reparo y se adelgazó de nuevo en el hueco de la. piedra cortante. Piedra y viento lo enfrentaron a rebencazos. Salió el negro a insultar a la noche enemiga. Gruesas palabras vomitó su boca desgobernada en su tercera y última noche de prueba. Ya sintió acobardadas para siempre sus carnes. Los remolinos lo cercaron, devolviéndole insulto por insulto, punteándole las carnes con puñales de nieve.
Se arrepintió el esclavo, arrodillado pidió perdón al implacable azotador. De nada valieron vanas palabras. Las deshoras descargaron la furia del poniente, guardián de las cumbres nevadas. Se halló vencido el negro, miró sus ropas y se le fueron las manos a ellas... Alto alzó los ojos y no halló la luna; miró hacia el llano y no vio la lumbre de los gauchos...
En su espiar a las negruras se le hicieron presentes ¡tantas estrellas! ¡El cielo estaba sembrado de luminarias! Parecían brasas encendidas. El cielo estaba lleno de brasas.. . El negro las juntó con su vista, sin armar palabra, y apretando los dientes se solazó mirándolas, a despecho del viento helado que le escupía cristales de nieve. Aumentó el azote enemigo; se le destrabó la boca al negro, y, machacando sus dientes, pudo decir: "Denme un calorcito, brasas del cielo... Ah, chih, chih, chih...", y extendía sus brazos agarrotados. Se rehizo del fondo de la fría nada y murmuró: "¡Ya no me quedan más fuerzas para resistir! ¡Ya tengo frío en el alma, amito! ¡Adiós a mi libertad! ¡Pobrecitas mis cadenas y mis yugos, amito! ¡Pobrecitos...! Sus lágrimas se volvieron velitas de hielo al salir de sus ojos.
Esa noche sin luna salió el amo del negro al patio de su casa y tendió su mirar a las alturas. Solazó viendo brillar al encendido lucero, como rey de la negra noche... Vio tantas otras estrellas y también le gustaron...
De repente se espantó al ver que se corría la más reluciente estrella, y que las demás se alineaban detrás. Vio formarse una víbora de luminarias en el alto firmamento... Esa víbora se descolgó en dereceras de la baja tierra. Al llegar a este suelo tomó rumbo a la estancia de un rico tirano. Se alumbró la noche con luz azul y enojada, y los servidores del amo vieron cómo una víbora de estrellas corría al tirano por el patio de su casa, lo alcanzaba, se le subía por el cuerpo y se le entraba por la boca, ¡tan abierta por el grito de espanto!
El amo tirano quedó hecho una brasa colorada. Tres días tardó en apagarse y reducirse a ceniza...
Los gauchos justicieros, que encendían su fuego en las pampas, vieron llegar una noche a un negro libre, y lo oyeron hablar con esas llamas; "¡Dame tu calor, fueguito!... Ah, chih, chih, chih...".
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