Este triste episodio, que llenó de sombras mi espíritu, me
recuerda que debo una historia, la del indio Panta, el tambor de las fiestas
religiosas, el indispensable músico de gatos y zamacuecas en los bailes criollos,
el bebedor invencible, el trasnochador sin rival, que lo mismo marchaba
contrito al lado de la imagen de la Virgen en los días solemnes, como se pasaba
la noche de claro en claro repicando zapateos y gritando "¡aro!" para
que la niña de pies ligeros y el mozo de espuela chillona, diesen la graciosa
media vuelta revoleando los pañuelos sobre sus cabezas.
Era infatigable el indio Panta, y no se concebía sin él una
parranda, ni se divertían sus vecinos sin que él fuese el alma de la fiesta; su
tambor es legendario. Y hoy, como un veterano, todavía redobla y resuena
vigoroso, pero no ya al golpe de sus manos curtidas, sino do sus herederos, que
no tienen la gracia, ni el aire gallardo, ni las coplas saladas, ni las
morisquetas con que, a modo de variaciones, alteraba la monotonía de la música
del baile, y que las parejas se empeñaban en ejecutar con los pies, la niña
levantándose el vestido hasta dejar ver sus movimientos ágiles, y el mozo
deshaciéndose en figuras y en dobleces, siempre dentro del compás de la danza.
Predominaba en él la
sangre indígena; lo decían los cabellos ensortijados, la piel negra y lustrosa,
la frente chata y los pómulos salientes como las rocas de sus cerros, los
dientes blancos como marfil y la barba escasa, semejante a un campo de trigo
diezmado por la sequía.
Era, pues, de esa raza criolla que tuvo en sus manos y salvó
la libertad de su suelo; que oía la llamada general, para correr a alistarse
sin rezongos ni escondrijos inútiles; que iba a la pelea como a una fiesta, y
obedecía en silencio, aunque se le mandara sablear como granadero de Maipo, o
asaltar una fortaleza como en Curupaytí. Nacido para la fatiga, se vengaba bien
cuando podía, cuando imperaba la paz, cuando las guerras civiles con sus
montoneros, colorados y laguneros, dejaban tranquila la provincia; entonces
llegaba a la aldea, jinete sobre la mula patria robada, con buen derecho, de la
partida, y apeándose en el patio del rancho, —adonde ya le seguían en procesión
los vecinos a la novedad y al festejo de su vuelta con salud, y como sí nada
hubiera pasado,— les invitaba para el baile, preguntaba de su caja, si no se la
habían manoseado mucho, hacía cariños a los muchachos y a las chinitas del
pueblo, y abrazaba emocionado a sus viejos amigos.
—"Ya ha vuelto Panta", —se decía de boca en boca,
y las muchachas empezaban a prepararse de prisa para los bailes que comenzarían
de seguro. Era su humor inagotable, y
él solo valía la felicidad del pueblo, que supo mantener entre músicas y jaranas,
hasta que un día llegó una compañía de línea y plantó en la ciudad bandera de
enganche. Corrió la voz, por las poblaciones de la montaña, de que la Nación se
hallaba empeñada en una guerra grande y que llamaba a sus buenos hijos a
empuñar las armas y seguir su bandera contra el enemigo. El indio Panta lo supo
y se puso triste; no era ya la guerrilla casera donde como quiera se salva y
está siempre cerca del hogar; era lejos, muy lejos, donde debía partir, quizá
para no volver, pero una voz interior le mandaba obedecer aquel llamamiento, y se
resolvió como siempre, sin la menor vacilación, a marchar en busca del peligro.
Una tarde se reunió con los amigos y mujeres de la aldea, y
les dijo: —"Me voy a la guerra, la patria nos llama, los voy a
dejar". Y sin oír ruegos ni razones, tomó el tambor querido, compañero de
alegrías y de devociones, y se fue a la iglesia seguido por todos. Se puso de
rodillas delante del altar de la Virgen, y con voz ahogada por los sollozos, le
ofreció como ofrenda la caja construida por él mismo, y que era su segunda
vida. —"Adiós, Madre mía, —gimió,— si no vuelvo será señal de que habré
muerto por mi patria!"
Salió de la iglesia enjugándose las lágrimas, pero su
semblante irradiaba esa luz propia de las decisiones inquebrantables; y luego,
como arrepentido de ese sentimiento, empezó a decir bromas que sabían a
despedida triste, y a prometer para la vuelta las grandes fiestas, los
casamientos y las procesiones, porque quería costear con sus sueldos una
función de agradecimiento a la Virgen, si le sacaba salvo de aquella aventura,
—"la última de mi vida, porque ya me estoy haciendo viejo"—, decía
sonriendo.
Ensilló su mula patria, dio un abrazo a todos, y diciendo
"¡adiós, hermanos!", tomó el camino de la ciudad. Los aldeanos se
quedaron apiñados en el camino, mirándolo alejarse, con los ojos humedecidos
por el llanto; y un indio anciano exclamó en voz baja y temblorosa,
emprendiendo la vuelta: —"Pobre Panta, ya no volverá".
Y Panta no volvió hasta ahora, porque dejó sus huesos, como
tantos héroes ignorados, enfrente de las fortalezas del Paraguay.
Allí quedó la caja, depositada a los pies de la imagen
venerada, como la ofrenda del patriota, que en medio de su ignorancia tenía la
intuición de los deberes cívicos, y como fuerza fatal le impelían al combate.
Era la sangre guerrera que clamaba al través de esa ruda corteza indígena, como
en el corazón del algarrobo secular se escucha el susurro del insecto que tiene
en él la vivienda. El indio Panta ya no vuelve, pero su sombra ha cruzado
muchas veces en las noches de luna por la placita del pueblo, ha entrado en la
iglesia, donde el tambor conserva su memoria y el recuerdo de su devoción
sincera, y por mucho tiempo sus paisanos guardaron su duelo, rezando siempre, a
la hora triste del crepúsculo, un padrenuestro por el alma heroica del soldado
que murió por la patria.
Cuando vine a vivir a La Rioja por el 2007 redescubri a Joaquin.Victor González gracias al recuerdo de una profesora del secunario Rosalia Tirone que nos daba estenografia de ahi conoci al Indio Panta porque nos tomaba evaluaciones sema ales..ficiendo saque una hoja..sin saber los titulos nos tomaba fragmentos de distintos capitulos de Mis montañas..nunca sabia de dónde los sacaba ya que escondía el libro.(ocurria en Guamini pcia de Bs As 1983))
ResponderEliminarQue lindo comentario/recuerdo
EliminarTuve como libro de lectura a Mis Montañas, pero sin entender demasiadas cosas, hasta que tuve suegros riojanos y allí entendí quién era el Niño Alcalde de la procesión y San Nicolás.
ResponderEliminaridem, idem, en una escuela en San Lorenzo Santa Fe. Luego tuve suegros riojanos y allí entendí.
EliminarMe pasó lo mismo, tuve Mis Montañas cómo libro de lectura y no entendía nada de Ese Niño que era Alcalde, claro en el sur de Santa Fe. Luego mis suegros fueron de Chilecito.
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