Asomó la cabeza entre la fronda
para iniciar su vuelo matutino.
Pero aquel niño hirióle con la honda,
y fue a caer, el pájaro, al camino.
Aleteaba en el pasto. Al descubrirme
se picoteó la herida sobre el pecho.
El ser alado parecía decirme
con su mirada: "¡mira qué me han hecho!"
Cuando a la noche habíame dormido
entre las mantas del humilde lecho,
¡cruzó en mi sueño el pajarito herido,
con la cabeza triste sobre el pecho!
¡Bienvenidos! Este blog de literatura está abierto a todo tipo de lectores. Quienes lo hacemos no tenemos otra motivación que el de compartir la lectura de las obras de escritores de todos los tiempos, así como también las de aquellos que se inician y también merecen difusión.
sábado, 28 de febrero de 2015
El pájaro sediento Por Francisco Isernia
Iba por el camino. Con sus primeros lampos,
el sol iluminaba el verdor de los campos.
Y hube de detenerme en la senda un momento
para que en paz bebiera el pájaro sediento.
Un pájaro posado al borde de un hoyuelo,
que con el grácil pico bebía agua del cielo.
¡Oh, generosa espera que me enseñó aquel día
que tan sólo en el ave es pura la alegría!
De súbito volvióse al sentir mi presencia.
¡Y era todo ternura, y era todo inocencia!
Luego, elevó su vuelo por sobre las acacias
y se alejó piando, cual si dijera.-"¡Gracias,
hombre que en el sendero te has parado un momento
para que se abrevara el pájaro sediento!"
el sol iluminaba el verdor de los campos.
Y hube de detenerme en la senda un momento
para que en paz bebiera el pájaro sediento.
Un pájaro posado al borde de un hoyuelo,
que con el grácil pico bebía agua del cielo.
¡Oh, generosa espera que me enseñó aquel día
que tan sólo en el ave es pura la alegría!
De súbito volvióse al sentir mi presencia.
¡Y era todo ternura, y era todo inocencia!
Luego, elevó su vuelo por sobre las acacias
y se alejó piando, cual si dijera.-"¡Gracias,
hombre que en el sendero te has parado un momento
para que se abrevara el pájaro sediento!"
Serena voz imperfecta... Por Fernando Pessoa
Serena voz imperfecta, elegida
para hablar a los dioses muertos-
la ventana que falta a tu palacio da
para el Puerto todos los puertos.
Chispa de la idea de una voz sonando
lirios en las manos de las princesas soñadas,
yo soy la marea de pensarte, orlando
la Ensenada todas las ensenadas.
Brumas marinas esquinas del sueño...
Ventanas dando al Tedio los charcos...
Y yo miro a mi Fin que me mira, tristón,
desde la cubierta del Barco todos los barcos...
para hablar a los dioses muertos-
la ventana que falta a tu palacio da
para el Puerto todos los puertos.
Chispa de la idea de una voz sonando
lirios en las manos de las princesas soñadas,
yo soy la marea de pensarte, orlando
la Ensenada todas las ensenadas.
Brumas marinas esquinas del sueño...
Ventanas dando al Tedio los charcos...
Y yo miro a mi Fin que me mira, tristón,
desde la cubierta del Barco todos los barcos...
La Catástrofe Salvadora - Por Luis Franco
Luis Leopoldo Franco (1898, Belén, provincia de Catamarca - 1988, Ciudadela) fue un poeta y ensayista argentino. Murió un 1 de junio de 1988, en soledad y pobreza, y próximo a cumplir sus 90 años, en un asilo de ancianos de Ciudadela, donde transcurrió sus últimos años. El cuento está extraído del libro “EL fracaso de Juan Tobal”, año 1941
Era una atmósfera como de odio empozado aunqu9 bajo la máscara de la cuasi bondad. ..
Todos los hombres respondían más o menos leal-mente al espíritu de la época que había hecho de la vida una mera curiosidad de diletantes... Eso se llamaba modernidad. Ser modernos, absolutamente modernos (en verdad querían decir: estar desconectados del sentido de lo total y lo viviente) era la jactancia y la meta de todos.
Y los pocos que en su intimidad no acataban todo esto o lo repugnaban... esos se creían inferiores a los otros y toda su conducta era un repliegue, nunca un ataque y un avance.
En verdad, todos tenían un aire misteriosamente frío, un no sé qué de suicidas frustrados. Pues todo lo que era instinto, intuición, sentimiento, estaba en ellos disecado y momificado. Es cierto que hablaban de vida interior, pero ésta se reducía a un concierto de juegos malabares de la inteligencia y el buen humor dañino, y, en última instancia, a meras palabras. Todo lo que oliese a pasión estaba excluido. Hasta los estetas hablaban de arte, con un frío virtuosismo de marmoleros, como si la hermosura fuese un mero tópico, y no alegría y vida.
Tan ilevantable decadencia, se expresaba por una manía común: la del dinero. ¡El Dinero, el más sucio y dañino, el más abyecto y hueco de todos los ídolos habidos hasta hoy!
Dicho está que todo tenía un precio, es decir, todo, podía traducirse en dinero: desde las sonoras convicciones del conductor político hasta las metáforas del poeta, desde la plegaria del beato hasta los pudores de la doncella.
Estos eran los únicos valores de cotización efectiva en plaza: todas las bajas cosas que pueden adquirirse con dinero, y las cosas excelsas que dejan de serlo desde el momento en que pueden comprarse. Y todo, tierras o cascadas, barcos de comercio o de guerra, usinas o aviones o diarios, todo, todo eran máquinas de adquirir dinero.
Todos los caminos tendían a esa sola meta: el Dinero - no a la mujer, o al hombre, o a su destino ascendente, ni a la belleza del mundo - solamente al dinero.
La irremediable enfermedad secreta que roía y mataba a todos desde adentro - ¡muertos, aunque siguieran caminando y hablando! - era siempre, de más está decirlo, era siempre ese insondable prurito del dinero que mataba a ricos y pobres. (Y ya está dicho, que la peor maldición que recae sobre el pobre es que debe preocuparse del dinero igual o más que el rico). Porque ni decir que los hombres se hallaban clasificados, no según su espíritu, o su cordialidad, o su inteligencia, o su belleza, o su alegría, o su fuerza, sino según el hecho de que carecieran de dinero o lo poseyeran y en el grado en que lo poseyeran.
Y como la codicia se vuelve más insaciable a medida que traga, como el fuego - los más ricos amaban el dinero tanto como los otros o más - y en ello había menos afán de riqueza o lucro, que el hecho de ser el dinero el símbolo y la materialización del éxito en la vida: pues sin dinero, o con poco dinero, los hombres se creían equivocados o fracasados. Había una inescrutable prostitución al dios éxito.
Ahora bien, eso que llamaban triunfo, éxito, era la negación misma de la vida. ¿Era posible? Si lo era. Todas y cada una de las innumerables formas de éxito eran otras tantas lúgubres manifestaciones de negación de la vida, de odio o miedo a la vida.
La inteligencia no se ejercitaba por un iluminador y sagrado afán de conocimiento, sino por prurito deportivo, por énfasis de mostrar agudeza, erudición, lucidez. Tapaban la radical ausencia de bondad, con la cortesía o la filantropía. Buscaban exasperada y eruditamente la diversión y con ello sólo conseguían aumentar su tristeza, pues para divertirse de veras hay que estar alegre, esto es, íntimamente conforme consigo mismo y con el corazón del mundo.
Uno de los fraudes más comunes era el de simular emociones. Fingir y jugar con las emociones, sin sentirlas, sin dejarse invadir por ellas, ¡qué elegante era eso!
La ironía que fue inventada para poner en ridículo la maldad y la tontería, ellos la usaban para burlarse de las cosas más claramente nobles: la ternura, la hermosura, el espíritu de justicia e independencia, la dilatadora afección del hombre por el hombre, el endiosador amor del hombre y la mujer.
Toda la energía humana había terminado por verterse sobre la epidermis de lo viviente. El hombre, totalmente volcado hacia afuera, no solo entregó sus manos y pies a lo mecánico, sino que hizo de lo mecánico su pensamiento. El alma desarraigada inventó la máquina - y la máquina, que pudo ser, y lo será alguna vez, - un excelente siervo, se convirtió en el amo perverso de esa alma débil y turbada y cegada.
El estéril, el árido ritmo mecánico, había ido poco a poco, y cada vez más vertiginosamente, sustituyendo el ritmo de la vida. El ritmo mecánico estaba destruyendo o reemplazando (o ya había consumado su obra) al bosque, al pájaro, estaba aprisionando el libre y armonioso fluir del agua, el mismo caliente ritmo humano.
Y la más siniestra y final expresión de todo esto era que los hombres no sólo no se amaban entre sí, sino que ni siquiera se odiaban. Sucedía otra cosa infinitamente peor que el odio - que al fin y al cabo puede ser la raíz del amor: los hombres eran indiferentes los unos a los otros. ¡El hombre era totalmente indiferente al hombre, es decir, al corazón mismo de la vida!
Pero como eso no tenía porvenir, es decir, como eso no podía ser - pues, lo que ya está muerto no debe seguir caminando y hablando delante del sol, sino que debe ocultarse y pudrirse y transformarse del todo para que la verdadera vida renazca - todos los hombres mecanizados desaparecieron un día, después del más intenso cataclismo humano, para dar lugar a los hombres nuevos..
martes, 24 de febrero de 2015
16 Minutos - Por Jeremías Bottega
Es tarde, cerca de las dos de la
mañana, hace calor y no me puedo dormir, se me pegan las sabanas en la espalda,
estoy escuchando en la compu un enganchado de Rock Nacional y ahora está
sonando “Lamento Boliviano”, nada se
disfruta. “..Borracho y loco..” repite el tema, borracho no estoy (al menos por
ahora) loco seguro que si. Mil veces me dijeron que no sirve escribir sobre uno
y en realidad por ahí tienen razón pero ahora estoy acalorado y sinceramente
bastante alunado, renegado, mostrando mi peor fase.
Resulta que en distintos lugares se respira un ambiente que
a mí no me gusta, amigos que en realidad lo único que hacen es usarte, eso no
es bueno, eso no es querer demostrar amistad, a esas actitudes, pero por sobre
todo a esas clases de personas le queda grandísima las palabras amistad o
amigo. Y yo tengo uno, sisi, tener tengo, y viste como son las cosas que a
veces es con el que menos estoy, porque sé que cuando lo necesito está.
Capaz sea por eso o capaz sea
porque yo también soy de esas personas que le quedan grande la palabra amistad,
eso no lo sé, quizás el tiempo me lo pueda aclarar o situaciones me lo puedan
ejemplificar. Voy 212 palabras intentando hacer algo que no sé hacer, porque
simplemente no sé lo que quiero hacer, quizá quisiera un helado, y no estar
escuchando al boludo de Fito Páez que ahora toca en el enganchado de Rock, pero
ahora toca esto, capaz toque pasar un poco de calor, capaz no, me está tocando
eso.
Se nota por ahí que estoy un poco
renegado y por eso también me gusta o me siento cómodo en esta situación que no
es la ideal, porque en realidad no me gusta lo ideal, porque siento que no
existe y es una mentira, que es algo pasajero, que es una realidad imaginaria,
y a veces pienso que capaz es la vida cotidiana imaginaria, y por ahí la
verdadera realidad son las situaciones ideales, pero no es un tema en el que me
siento cómodo para refutarlo ni mucho menos, una teoría que es solo mía (o
quizá no) e incomprobable, o por ahí sí, pero no es eso lo fundamental .
Si no me equivoco ahora suena Divididos con el tema “Que ves”, y se
pregunta “..¿Que ves cuando me ves?..” Es una buena pregunta que quizá no la
pueda responder, quizá todo esto son juegos de palabras para matar el tiempo, o
capaz esto lo lea alguien que se sienta identificado, quizá se pueda dar de una
manera distinta una vida sin sentido por lo menos hasta el momento, y no hablo
de la mía solamente, hablo de cientos de vidas que por ahí no encuentran
sentido y aspiro a eso, a esa gente que se levanta se lava la cara se mira al
espejo y se pregunta, ¿quién soy?, ¿qué hago acá?, y también se puede
preguntar, ¿hago lo que quiero? Y seguramente no, porque hay una parte de
nosotros que tenemos guardada, y no encuentro motivo alguno para dejar de expresar
lo que se siente y lo que se vive a diario.
Ya no son mas casi las dos, son 1:54, cosa que empecé a escribir tipo
menos veinte, ¿catorce minutos será mucho?. Me vuelvo a preguntar algo que no
posee una sola respuesta, puede ser una eternidad o algo efímero, depende el
momento del día y la situación. Escucho alguien que se levanta, siempre quieren
o deben cagarte de alguna u otra forma, por eso ahora, cuando faltan 4 minutos
para las dos de la madrugada, voy a apagar la compu y voy a pasar por la heladera
haber si hay algo para tomar o comer, algo para calmar el calor, o quizá para
calmar mis dudas.
EL VIOLINISTA MARAVILLOSO Por Ezequiel Feito
Amigo Jorge: en cierta monótona y
gris tarde de primavera estaba cuidando a mi suegro en el hospital municipal
mientras escuchaba en mi Mp3 algún que otro fragmento de música clásica, cuando
en un ataque de aburrimiento me asomé a la ventana y vi en la vereda de
enfrente, junto a un gran portón de hierro, a un viejo violinista. Me saqué los
auriculares y corriendo una de las hojas, alcancé a oír algo de su música.
No sé por qué me sonaba cercana y
maravillosa al mismo tiempo y por extraño que te parezca esa melodía era
exactamente lo que siempre quise escuchar. Me quedé oyéndolo un largo rato,
luego del cual guardó aquel instrumento en lo que parecía una caja o una funda
y continuó caminando calle abajo hasta que lo perdí de vista.
Por deberes de la vida, hoy volví
nuevamente al hospital a cuidar de mi suegro, pero al poco rato trajeron a la
cama que estaba junto a la ventana al que sería su compañero de pieza. Nadie lo
acompañaba ni tampoco él parecía esperar a alguien. Tenía toda la apariencia de
aquellos abuelos que quedan solos en el mundo. Sus ojos estaban
inteligentemente abiertos a pesar de que su respiración era débil y
dificultosa, mientras que a su lado reposaba una vulgar caja de madera
salpicada por algunas grandes costras rojizas como pústulas de lepra.
Lo saludé sin que me devolviese
la cortesía y me senté junto a mi suegro, colocándome los auriculares del mismo
MP3 de la vez anterior, poniéndolos a un volumen más bien bajo como para poder
escuchar cualquier ruido del enfermo.
Me disponía a tomar unos mates
cuando de repente oí que aquel hombre decía con voz bien clara: “¡Tocata y fuga
de Bach!”
Tomándolo como un delirio de
viejo no le hice mayor caso hasta que al rato volvió a decir “¡Tercer
movimiento del concierto número veinte para piano de Mozart!” y luego “¡Final
de la quinta sinfonía de Beethoven!” Recién ahí me di cuenta que escuchaba la
música tan claramente como yo. Me saqué los auriculares y por más que acercaba
mi oído a ellos, no podía oír más que una confusa melodía.
-“¡Otra vez Mozart!” volvió a
gritar. Me puse el auricular y efectivamente, era la obertura de “La flauta
mágica”.
Te imaginarás mi sorpresa. Si
bien soy algo sordo, no podía distinguir a un centímetro lo que él, débil y
enfermo, oía claramente a tres metros.
- ¿Cómo lo hace? – es lo único
que se me ocurrió decirle.
- ¿Para qué quiere saberlo? – me
contestó con voz baja pero firme.
Debió haber leído mi cara, porque
con un tono más amable dijo como al descuido:
- Si se acerca un poco, yo podría
contarle un historia mucho más interesante que lo que acaba de preguntar.
Entonces, aprovechando el largo
sueño de mi suegro, acerqué la silla y colocándome a la cabecera de su cama
junto a la fúnebre caja de madera, escuché el siguiente relato:
“Hace mucho tiempo llegó a un
pequeño reino un violinista venido de quién sabe dónde. El hombre parecía pobre
y ciego aunque no lo era, porque tenía el caminar seguro y erguido de un
soldado y la dignidad y postura de un rey. Llegó hasta la plaza y colocando
sobre un banco una caja junto a su sombrero, extrajo de ella un violín y
comenzó tocar. De inmediato todo el ambiente se llenó de imágenes; el viejo
roble reverdeció, llenándose sus ramas de brillantes hojas y los corazones de
aquellos que pasaban comenzaron a sentir un ansia de extraña felicidad y amor
como nunca antes habían experimentado. Los enamorados podían oír la voz de
ocultos ruiseñores y recordaban la frescura de los primeros besos; la gente oía
nuevamente la voz de sus amados muertos y recordaban las felices horas junto al
hogar de su infancia y su alma, gastada por los años, volvía a ser pura otra
vez. Aún los más viejos sintieron la alegría que habían perdido con su
juventud. En toda la plaza reinaba una felicidad y una armonía como nunca se
había visto en ese pueblo, y todo aquel que pasaba cerca de él, se detenía un
buen rato y no se iba sin echar una o varias monedas en el sombrero.
Al terminar, el hombre las recogía y luego de guardarlas en
sus bolsillos, se iba lentamente hacia otro lado.
Al día siguiente fue hacia el
puerto. Al comenzar su música, viejas leyendas marinas comenzaron a correr por
el aire y toda la gente, desde el joven grumete hasta el capitán más duro,
sintieron la belleza de las antiguas canciones y amaron la lejanía de sus
mares. Le hablaba al soldado en el idioma del soldado, a la madre en el idioma
de las madres y al obrero en su propio idioma. Lo mismo pasaba con los niños,
los animales y los árboles. Jamás se podrá saber cuántos corazones ha llenado
aquel violinista, dándoles sentido a sus vidas por primera vez.
Por supuesto el rey ya estaba
sobre aviso (y como bien sabemos todos, los reyes son los primeros en saberlo
todo y los últimos en hacer algo) y fue hacia él con algunos de sus más leales
servidores. Al llegar, se le acercó y simplemente le dijo: “ Toca...”
Entonces el hombre tomó su violín y la gente fue invadida
por una oculta alegría que nunca había sentido. Atraídos por la presencia del
rey, estaba una multitud heterogénea: desde el más miserable de sus súbditos
hasta el burgués más rico. Todos, el explotado trabajador, las viudas por el
hambre, la guerra o la peste, los niños harapientos y descalzos, el ávido
tendero, el filósofo más inconformista, el hombre de la tierra y el hombre del
mar; en fin, todos estaban allí escuchándolo y dándole gracias porque en verdad
aquella maravillosa música les hacía olvidar sus penas, sus quejas, su ambición
y los cuidados de la vida y cuando terminó de tocar se volvieron satisfechos a
sus casas como si un ángel hubiera estado con ellos. El rey, observando todo
eso, le dijo:
- ¿Y por esas pocas monedas
vendes un arte tan magnífico? Eso es muy poco para alguien tan talentoso y tan
espiritual como tú.
El violinista le contestó:
- Majestad, estoy contento con lo
que gano, aunque mi verdadera paga es ver la felicidad en el rostro de vuestros
súbditos. No cambiaría eso por nada del mundo.
- ¡Y no lo harás! – le dijo el
rey- Desde hoy irás de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo y de villa en
villa. En todas las plazas que hay en mi reino tocarás tu hermosa música.
Quiero que todos te oigan y sean felices. Yo en persona te pagaré cien veces
más de lo que hoy te han dado de limosna en ese mísero sombrero.
- Su majestad es demasiada
bondadosa conmigo, pero temo que a este humilde servidor y a su música les haya
dado un valor que no merecen.
- ¡No digas eso! ¡He visto el
milagro con mis propios ojos! Quiero que sepas que nada es más importante que
el bienestar de mi reino y tu arte me es imprescindible para lograr eso. Desde
el día de hoy comenzarás tu trabajo, ¿de acuerdo?
Y el rey se retiró hacia su
palacio no sin antes darle suficiente dinero al violinista.”
El hombre giró su cabeza hacia la
ventana e hizo una larga pausa como si necesitara tomar aliento.
- Y sin embargo.. –dijo como
hablándole a una lejana nube, pero sin terminar la frase.-
Y volviéndose hacia mí, continuó
con su relato:
“Desde ese día fue de ciudad en
ciudad, de pueblo en pueblo y de aldea en aldea hasta recorrer completamente
aquella tierra, tal como se lo ordenara el rey. Pobló de imágenes los corazones
y su música transformó la miseria en riqueza, el dolor en alegría, y todo lo
malo fue olvidado por un buen tiempo. Todo descontento se trocó en armonía,
todo agravio fue perdonado, toda injusticia desapareció de tal manera que hasta
los pájaros, los arroyos y los vientos parecían haberse aprendido la música que
improvisaba. Cuando terminó de recorrerlo todo, fue hacia el palacio y se
presentó ante el rey.
- ¡Por fin mi país está en paz! –
dijo muy satisfecho el monarca- ¡Y eso te lo debo a ti, amado violinista!
Entonces le volvió a llenar los
bolsillos con monedas de oro y luego de tributarle aquellos honores que puede
ofrecer la corte de un rey a un hombre común, lo despidió del palacio
diciéndole:
- Comienza nuevamente a recorrer
mis tierras; y que tu música lleve esa alegría, ese bálsamo que tanto necesitan
mis súbditos.
Aquel hombre sencillo besó el
soberbio anillo del rey, colocó en su caja el violín y se retiró. Al poco rato
cruzó el estrecho puente que unía el palacio con el resto del país y, como era
noche cerrada, se internó sin proponérselo en los arrabales de la ciudad.
Caminó por las sucias calles
donde se apiñaban alrededor del fuego algunos jóvenes harapientos, en los
cuales el hambre había modelado sus cuerpos y seleccionado sus ropas. Sin que
ellos se dieran cuenta, vio sus rostros deformados por la resignación y la
furia ante el inútil intento de cambiar sus vidas. Pasó rápidamente de largo y
se detuvo ante la ventana de un mugriento bar. En casi todas las mesas había
personas donde el rastro brutal del alcohol había casi borrado las facciones
humanas del rostro de aquellos miserables. Algunas niñas esperaban
nerviosamente en una esquina del mostrador. Unas entrecerraban los ojos
inclinando la cabeza hacia abajo mientras otras miraban con fastidio a los
ocasionales parroquianos. A lo lejos se oían gritos sin respuesta, y sobre una
nube que dominaba los edificios de todo el barrio, el ángel innombrable con la
espada desnuda parecía esperar una orden muda para comenzar su tarea.
Como si estuviera soñando, el
violinista corrió rápidamente hasta su casa solitaria del bosque, que era el
lugar donde el rey le había ordenado que viviera.
Apenas comenzó la mañana, el
fresco aire del bosque inundó la casa. Los blandos rayos del sol iluminaron su
cama y aquel hombre despertó. A su lado estaba el mágico violín con su funda
salpicada por el barro de la noche. Entonces se levantó y tomándolo fue en
busca de esa calle. Allí su música sonó con una perfección desconocida,
elevando el corazón de los que lo oían como nunca antes. Miró a su alrededor:
todos, absolutamente todos, estaban felices.
- Has hecho nuevamente una
hermosa tarea – le dijo un funcionario del rey que estaba escuchándolo.-
Apenas éste se fue, el violinista
guardó su instrumento en la embarrada funda y salió para siempre de aquel país
de tal manera que hasta el día de hoy nadie pudo volverlo a ver.”
Y entonces, Jorge, aquel hombre
se incorporó, y extrayendo el violín de la caja, llenó de música la sala. Te
confieso que esta vez sonó mucho más maravillosamente que la anterior. Al poco
rato dejó de tocar y luego de vestirse, abandonó la habitación.
Lo vi por última vez desde la
ventana, caminando calle abajo hasta que lo perdí de vista.
domingo, 22 de febrero de 2015
LA TIENDA DE MUÑECOS - Por JULIO GARMENDIA
No sé cuándo, dónde ni por quién fue escrito el relato titulado "La Tienda de Muñecos". Tampoco sé si es simple fantasía o si es el relato de cosas y sucesos reales, como afirma el autor anónimo; pero, en suma, poco importa que sea incierta o verídica la pequeña historieta que se desarrolla en un tenducho. La casualidad pone estas páginas al alcance de mis manos, y yo me apresuro a apoderarme de ellas. Helas aquí:
"No tengo suficiente filosofía para remontarme a las especulaciones elevadas del pensamiento. Esto explica mis asuntos banales y por qué trato ahora de encerrar en breves líneas la historia -si así puede llamarse- de la vieja Tienda de Muñecos de mi abuelo, que después pasó a manos de mi padrino, y de las de éste a las mías. A mis ojos posee esta tienda el encanto de los recuerdos de familia; y así como otros conservan los retratos de sus antepasados, a mí me basta, para acordarme de los míos, pasear la mirada por los estantes donde están alineados los viejos muñecos, con los cuales nunca jugué. Desde pequeño se me acostumbró a mirarlos con seriedad. Mi abuelo, y después mi padrino, solían decir, refiriéndose a ellos:
-¡Les debemos la vida!
No era posible que yo, que les amé entrañablemente a ambos, considerara con ligereza a aquellos a quienes adeudaban el precioso don de la existencia.
Muerto mi abuelo, mi padrino tampoco me permitió jugar con los muñecos, que permanecieron en los estantes de la tienda, clasificados en orden riguroso, sometidos a una estricta jerarquía, y sin que jamás pudieran codearse un instante los ejemplares de diferentes condiciones: ni los plebeyos andarines que tenían cuerda suficiente para caminar durante el espacio de un metro y medio en superficie plana, con los lujosos y aristocráticos muñecos de chistera y levita que apenas si sabían levantar con mucha gracia la punta del pie elegantemente calzado. A unos y otros mi padrino no les dispensaba más trato que el imprescindible para mantener la limpieza en los estantes donde estaban ahilerados. No se tomaba ninguna familiaridad ni se permitía la menor chanza con ellos. Había instaurado
en la pequeña tienda un régimen que habría de entrar en decadencia cuando entrara yo en posesión del establecimiento, porque mi alma no tendría ya el mismo temple de la suya y se resentiría visiblemente de las ideas y tendencias libertarias que prosperaban en el ambiente de los nuevos días.
Por sobre todas las cosas, él imponía a los muñecos el principio de autoridad y el respeto supersticioso al orden y las costumbres establecidas desde antaño en la tienda. Juzgaba que era conveniente inspirarles temor y tratarlos con dureza a fin de evitar la confusión, el desorden, la anarquía, portadores de ruina así en los humildes tenduchos como en los grandes emporios. Hallábase imbuido de aquellos erróneos principios en que se había educado y que procuró inculcarme por todos los medios; y viendo en mi persona el heredero que le sucedería en el gobierno de la tienda, me enseñaba los austeros procederes de un hombre de mando. En cuanto a Heriberto, el mozo que desde tiempo atrás servía en el negocio, mi padrino le equiparaba a los peores muñecos de cuerda y le trataba al igual de los maromeros de madera y los payasos de serrín, muy en boga entonces. A su modo de ver, Heriberto no tenía más seso que los muñecos en cuyo constante comercio había concluido por adquirir costumbres frívolas y afeminadas, y a tal punto subían en este particular sus escrúpulos, que desconfiaba de aquellos muñecos que habían salido de la tienda alguna vez, llevados por Heriberto, sin ser vendidos en definitiva.
A estos desdichados acababa por separarlos de los demás, sospechando tal vez que habían adquirido hábitos perniciosos en las manos de Heriberto. Así transcurrieron largos años, hasta que yo vine a ser un hombre maduro y mi padrino un anciano idéntico al abuelo que conocí en mi niñez. Habitábamos aún la trastienda, donde apenas si con mucha dificultad podíamos movernos entre los muñecos. Allí había nacido yo, que así, aunque hijo legítimo de honestos padres, podía considerarme fruto de amores de trastienda, como suelen ser los héroes de cuentos picarescos.
Un día mi padrino se sintió mal.
-Se me nublan los ojos -me dijo- y confundo los abogados con las pelotas de goma, que en realidad están muy por encima. -Me flaquean las piernas -continuó, tomándome afectuosamente la mano- y no puedo ya recorrer sin fatiga la corta distancia que te separa de los bandidos. Por estos síntomas conozco que voy a morir, no me prometo muchas horas de vida y desde ahora heredas la Tienda de Muñecos.
Mi padrino pasó a hacerme extensas recomendaciones acerca del negocio. Hizo luego una pausa durante la cual le vi pasear por la tienda y la trastienda su mirada, ya próxima a extinguirse. Abarcaba así, sin duda, el vasto panorama del presente y del pasado, dentro de los estrechos muros tapizados de figurillas que hacían sus gestos acostumbrados y se mostraban en sus habituales posturas. De pronto, fijándose en los soldados, que ocupaban un compartimiento entero en los estantes, reflexionó:
-A estos guerreros les debemos largas horas de paz. Nos han dado buenas utilidades. Vender ejércitos es un negocio pingüe.
Yo insistía cerca de él a fin de que consintiera en llamar médicos que lo vieran. Pero se limitó a mostrarme una gran caja que había en un rincón.
-Encierra precisamente cantidad de sabios, profetas, doctores y otras eminencias de cartón y profundidades de serrín que ahí se han quedado sin venta y permanecen en la oscuridad que les conviene. No cifres, pues, mayores esperanzas en la utilidad de tal renglón. En cambio, son deseables las muñecas de porcelana, que se colocan siempre con provecho; también las de pasta y celuloide suelen ser solicitadas, y hasta las de trapo encuentran salida. Y entre los animales -no lo olvides-, en especial te recomiendo a los asnos y los osos, que en todo tiempo fueron sostenes de nuestra casa.
Después de estas palabras mi padrino se sintió peor .todavía y me hizo traer a toda prisa un sacerdote y dos religiosas. Alargando el brazo, los tomé en el estante vecino al lecho.
-Hace ya tiempo -dijo, palpándolos con suavidad-, hace ya tiempo que conservo aquí estos muñecos, que difícilmente se venden. Puedes ofrecerlos con el diez por ciento de descuento, lo cual equivaldrá a los diezmos en lo tocante a los curas. En cuanto a las religiosas, hazte el cargo que es una limosna que les das.
En este momento mi padrino fue interrumpido por el llanto de Heriberto, que se hallaba en un rincón de la trastienda, la cabeza cogida entre las manos, y no podía escuchar sin pena los últimos acentos del dueño de la Tienda de Muñecos.
-Heriberto -dijo dirigiéndose a él-: no tengo más que repetirte lo que tantas veces antes te he dicho: que no atiples la voz ni manosees los muñecos.
Nada contestó Heriberto, pero sus sollozos resonaron de nuevo, cada vez más altos y más destemplados. Sin duda, esta contrariedad apresuró el fin de mi padrino, que expiró poco después de pronunciar aquellas palabras. Cerré piadosamente sus ojos y enjugué en silencio una lágrima. Me mortificaba, sin embargo, que Heriberto diera mayores muestras de dolor que yo. Sollozaba ahogado en llanto, mesábase los cabellos, corría desolado de uno a otro extremo de la trastienda. Al fin me estrechó entre sus lazos:
-¡Estamos solos! ¡Estamos solos! -gritó.
Me desasí de él sin violencia, y señalándole con el dedo al sacerdote, el feo doctor, las blancas enfermeras, muñecos en desorden junto al lecho, le hice señas de que los pusiera otra vez en sus puestos...
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