sábado, 14 de febrero de 2015

Un verdadero amigo Por JUAN PARROTTI

En un lugar apacible de nuestras serranías, donde me había hecho fuerte rebelado contra los rigores del verano, vi crecer un río, un espectáculo que no intimida, siempre que uno esté a dos cuadras y en un primer piso, desde ese atalaya hasta se lo puede mirar desafiante o desdeñosamente, si Ud. lo          prefiere.                           

Alguien me habló de un anciano que vivía en las cercanías y fui a verlo, después que de la creciente no quedaban ni memorias, claro está, por aquello que no existen los enemigos chicos.
Setenta y cinco años tiene el hombre y sigue trabajando.
       -Es que tengo que criar a estos cinco chicos,-me dijo. -Quedaron sin padres. No anduvieron bien, se separaron y yo me hice cargo de las criaturas, al fin de cuentas soy el abuelo.
       Problemas de la pareja, -pensé mientras el anciano hablaba-. Los padres no se entendieron, incompatibilidad de caracteres, acaso o quizá descubrieron lo que Marañon había hecho mucho antes: el amor no es infinito, un día termina. ¿Y los chicos?, se preguntaron. A los chicos que los cuide el abuelo, trataremos de le harían compañía.  Nosotros trataremos de rehacer nuestras vidas.
       Menos complicado, tal vez, menos moderno, más atrasado, el viejo comprendió que los chicos necesitan alguien que los protegiera y se puso a laburar por él y los cinco chicos.
       Tal vez lo haga por los padres y no por los chicos, peligrosa conjetura la mía. De arranque nomás, sin pensarlo, había pensado en los niños y ahora caía en la cuenta de que los protagonistas principales eran los padres, los más desdichados, por cierto: por ahí andarían ellos, sin que nadie comprendiera su dramón; ella contando que él no resultó lo que ella esperaba y él desparramando su decepción a cuanta mujer se le aproximara.
       Bordeaba yo las lágrimas al imaginarme todo esto y la voz gastada del anciano me frenó justo, salvándome de una aflojada.
       -Mi problema -decía el anciano-, son mis años. Anduve medio preocupado, pero ya he solucionado ese problema. Como los chicos no pueden quedarse solos, le he pedido permiso a Dios para vivir unos cuantos años más, cuando los chicos ya no me precisen que él disponga.
        Con gran perspicacia, descubrí que el anciano lo hacía por los chicos y ya tuve una duda menos y una decepción más: ¿es que por los adultos que ven destruida su vida en pareja nadie está dispuesto a sacrificarse?
        Quedaba flotando en el aire, algo parecido al misterio. Lo provocaba esa suerte de respetuoso tuteo con Dios que practicaba el anciano. Le había pedido permiso para vivir unos años más y ahora estaba tranquilo.
       Le hice notar eso y me respondió:
       -Es que nunca me ha fallado, es un verdadero amigo. Claro, yo lo molesto lo menos posible, nunca le he pedido pavadas -y lanzó una risotada- y ahora me voy a buscar a los muchachos.
        Montó a caballo y, me saludó y me dejó en el patio de su casa, de una casa que me pareció impregnada de poesía y duendecillos.
                                       

Cántame... Por Marian. Martín Humanes- Villaluenga

Canta, para que el Sol te reconozca,
para que el campo huela a primavera,
para que en este huerto, en esta tierra
cada pregunta tenga su respuesta.

Canta, para que brillen las estrellas,
para que la noche huela a esperanza,
para que en este cielo, en mis sueños,
quede grabado el rastro de tus huellas.

Canta, para que tu luz sea eterna,
para que el viento arrastre tus pesares,
para que el rocío cubra tus temores
mientras diriges tus pasos a mi senda.

Canta, para saber que aún estás despierta,
que tu alma huele a dulce primavera,
que tus flores crecen junto a la vereda
del sendero que, llega hasta tu puerta.

Canta, cántame, al oído, poesía,
entona un canto sembrado de esperanza
y, en él, sentir tu dicha, tu alegría.

sábado, 7 de febrero de 2015

La tejedora puelche - Por Juan Carlos Bustriazo Ortiz

Andaba doña Gregoria el caserío, ofreciendo sus matras. Un día se fue del pago. Los paisanos conservan sus trabajos todavía, llenando con sus
colores los humildes recintos de los ranchos...

Aquí viene llegando
la tejedora puelche,
la que tejía sus matras
lo mismo que su suerte.

Venía siempre al pueblo
en busca de la gente,
saliendo de la tarde
como una chilca verde.

Llegaba despacito,
subiendo desde el este,
allá, donde el río seco
se junta con la muerte.

Chamal rojizo y verde,
color que trae la suerte.
¡Ay, tejedora puelche!
tu sombra siempre vuelve.

Hoy suben de la tierra
tus raíces silvestres,
los vivos colorinches
de tus lanas alegres.

Loco el viento de junio
castiga, pardo y fuerte,
con tus matras yo tengo
la sola patria puelche.

Y aquí te dejo viva
memoria del Oeste,
derramada en mi canto
como un río ferviente.

Chamal rojizo y verde,
color que trae la suerte.
¡Ay, tejedora puelche!
tu sombra siempre vuelve.

A CÉSAR, DE DIEZ AÑOS Por Baldomero Fernández Moreno

De veras que no sé qué hacer contigo,
oh César, hasta ayer blanda pelusa.
Llena de rebelión está tu blusa,
y aunque no quieras ya eres mi enemigo.

Alzo la voz, levanto el dedo y digo
esto y lo otro, en fin, lo que se usa...
¡Si hasta te inspira ya contraria musa
y, a tu padre, prefieres a tu amigo!

En medio del hogar roja amapola,
sangre argentina y gala y española,
no seré yo quien tire de tu brida.

Sencillamente me pondré a tu lado,
te enseñaré a ser limpio y ordenado,
y lo demás te lo dará la vida.

Inevitable…todo vuelve Por María Itza

Es vana la inquietud y es inútil la fuga
¡se muere! ¡ se muere el tiempo en amarillas rosas
en rojas amapolas secas!
Llueve desde los árboles un gotear de hojas muertas
los pinos de anchas copas las contemplan
estiran más y más sus ramas
para atrapar alguna en una espina
y fingirla corola entre las hojas verdes
Corre el viento arreando su rebaño
de pájaros con alas recortadas
y de resecas lágrimas
el abismo atrae las hojas desbordadas
Se las lleva..
¿dónde van a morir? ¿ en dónde mueren
los pedazos perdidos de los árboles?
Una hoja se desangra en la vereda
queda quieta y deshecha
Y forma tierra gris con sus despojos
Así será la muerte y será vida
hasta que el mundo diga basta
O hasta que broten ramas y hojas nuevas
Por eso no me extraño y te repito:
es vana la inquietud pues todo vuelve
como vuelve la vida….como vuelve la muerte.

El viejo Quintín, “intruso” Por Juan Carlos Bustriazo Ortiz

Después de lunas y lunas,
lo quieren sacar del campo.
Hoy lo he visto, cobre antiguo,
tierra y temblor, sueño amargo.

Allí está su sombra india
casi tocando la ausencia,
como si fuera a quedarse
ahí mismo, sobre la hierba.

“Hace años que trabajamos
este campito nomás...
Me dicen que soy intruso
y que me debo marchar...”

Casi nunca viene al pueblo,
su sangre apenas lo lleva,
y en sus ojos hace tiempo
que anda rondando la niebla.

Tener que irse y tan solo...
La tierra tiene otro dueño.
Don Quintín, cómo decirte
que los intrusos son ellos!

“Hace años que trabajamos
este campito nomás...
Me dicen que soy intruso
y que me debo marchar...”

MI VIDA Y YO Por Ana María Broglio

Aquí estamos, las dos, mano con mano,
atravesando el páramo, curtidas,
buscando de alcanzar en lo lejano
la utopía que sana las heridas.
Andar el derrotero cotidiano,
entusiastas, alegres, sorprendidas
del misterio del mundo y de lo humano.
Desde el primer momento, siempre unidas,
luchando por llegar donde el destino
nos tiene preparado no sé qué.
Pura inercia, razones culturales
que nos hacen seguir por el camino.
Nos tiene preparado no se qué,
mi vida y yo, tan simples, tan casuales.