jueves, 4 de julio de 2013

Padre Carlos Mugica PRESENTE - Por Ramiro Ross

En el mes de agosto de 1999, la hermana del Padre Carlos, como le gustaba que lo llamaran, me llamó angustiada para avisarme que se vencía el permiso de la sepultura donde estaba Carlos en el cementerio, nos pusimos en movimiento para “salvar” los restos tan queridos de Carlos y nos pareció que el único lugar donde merecían guardarlos era la Villa 31, sin mas, hablamos con los Villeros, que aceptaron inmediatamente.
Luego de infinidad de gestiones, logramos el permiso para retirarlo y la siguiente es la crónica de su traslado.
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Cuando el sábado está soleado, en el bar “La Biela” de la Recoleta, lo'mejor' de nuestra sociedad se da cita para mirar y ser mirado, y este 9 de Octubre de 1999 pasaba sin sobresaltos (como a ellos les gusta), pero algo les vino a alterar la tarde. A las 14,30 hs., sus costosas bebidas casi se le caen de las manos,
 desde el fondo del exclusivo cementerio, avanza hacia ellos una columna de gente de piel oscura y mirada grave, son mujeres morenas con sus hijos en brazos, son hombres curtidos Por injusticias de larga data que llevan sobre sus hombros un féretro, y como si eso fuera poco, al ganar la calle, un grupo de bombos, tambores y redoblantes y hasta un acordeón de dos hileras acompañan con su ritmo las guarañas y chamamés que esa gente entona. Ya no hay dudas, este sábado es inédito para el barrio. Son las 16 , y hace mas de 1 hora que otros centenares de obreros, desempleados, mujeres y chicos esperan en la entrada de la Villa 31. Todos miran ansiosos para “afuera”, hacia la Estación Terminal de Ómnibus. Al rato alguien cree
escuchar algo y hace un además, todos callan, y si …, a lo lejos se escuchan tambores y luego de unos minutos se ve el cartel que encabeza la marcha “BIENVENIDO A CASA PADRE CARLOS” , atrás, sudorosos, luego de 40 cuadras, a la columna que  acompaña a los 6 hombres que traen sobre sus hombros el cajón que guarda los restos tan queridos.Han pasado 25 años, mucho tiempo, desde aquél fatídico 11 de Mayo, cuando desde una oficina siniestra se dio la orden “…Terminen con el cura Mugica…”. A los Asesinos Asalariados Argentinos no les cuesta ningún trabajo hallarlo, lo encuentran dando misa en una villa
del Bajo Flores, cuando sale, la metralla asesina termina con su Vida. Una vez mas, el asesinato fue inútil, los años no pudieron lograr que la gente sencilla lo olvide, como no pudieron lograr los Lopez Rega de turno que se apague el fuego. Esa gente sufrida supo guardar bajo la escarcha de la dictadura la brasita
encendida con su recuerdo. Son las 16,30, la imagen de la virgen de Itatí se suma a la marcha, otra imagen, la de Caacupé también acompaña. Son cargadas en carros que esa  misma noche Servirán para “cartonear” la Capital, pero que,  en ese momento son casi altares.
Un grupo de niños forma la Guardia de Honor, con los ojos asombrados se saben protagonistas de un hecho histórico en el barrio. Ellos no lo conocieron personalmente, pero sus padres les han hablado de su obra y su pensamiento y con eso les basta para considerarlo uno de ellos, que para el Padre Carlos sabemos quienes lo conocimos- es el mejor homenaje.Dentro de la Villa, agrupaciones políticas y religiosas quieren que la comuna entre a sus locales, pero la columna no se detiene, sigue su marcha hacia su destino final, la Capilla del Cristo Obrero, la misma que el padre Mugica levantó con sus propias manos, allí, donde intentaba (y a veces lograba), multiplicar los panes y los peces, donde les hablaba de dignidad, de no bajar los brazos y de luchar por sus derechos.Al llegar a la Capilla, las largas columnas provenientes de otras villas, desfilan ante los restos dándole la bienvenida y el último adiós que se debían, antes de depositarlo en la puerta de la Capilla, sobre ellos flamea definitivamente la oración laica de su pueblo “BIENVENIDO A CASA”

Kali Decapitada - De “Cuentos Orientales” de Marguerite Yourcenar

Nota de la autora.  Esta reimpresión de los Cuentos Orientales, pese a muchas correcciones únicamente de estilo, nos los presenta en sustancia tal y como eran cuando se publicaron por primera vez en 1938. Tan sólo modifiqué la conclusión del relato: Kali decapitada, con el fin de destacar ciertas facetas metafísicas de las que esta leyenda es inseparable, y sin las cuales, tratada al modo occidental, no es más que una vaga «India galante». 


Kali, la terrible diosa, merodea por las llanuras de la India. Puede vérsela simultáneamente en el Norte y en el Sur, y al mismo tiempo en los lugares santos y en los mercados. Las mujeres se estremecen al verla pasar, los hombres jóvenes, dilatando las ventanas de la nariz, salen a la puerta para verla, y los niños recién nacidos ya saben su nombre. Kali, la negra, es horrible y bella. Tan delgada es su cintura que los poetas que la cantan la comparan con la palmera. Tiene los hombros redondos como el salir de la luna de otoño; unos senos turgentes como capullos a punto de abrirse; sus muslos ondean como la trompa del elefante recién nacido, y sus pies danzarines son como tiernos brotes. Su boca es cálida, como la vida; sus ojos profundos, como la muerte. Tan pronto se mira en el bronce de la noche como en la plata de la aurora o en el cobre del crepúsculo, y se contempla en el oro del mediodía. Pero sus labios no han sonreído jamás; un collar de huesecillos rodea su alto cuello y en su rostro, más claro que el resto del cuerpo, sus grandes ojos son puros y tristes. El rostro de Kali, eternamente mojado por las lágrimas, está pálido y cubierto de rocío como la faz inquieta de la mañana.
Kali es abyecta. Ha perdido su casta divina a fuerza de entregarse a los parias y a los condenados, y su rostro, al que besan los leprosos, se halla cubierto de una costra de astros. Se aprieta contra el pecho sarnoso de los camelleros procedentes del Norte, que nunca se lavan a causa de los grandes fríos; se acuesta en los lechos infectados de piojos con los mendigos ciegos; pasa de los brazos de los Brahmanes al abrazo de los miserables raza fétida, deshonra de la luz encargados de bañar los cadáveres; y Kali, tendida en la sombra piramidal de las hogueras, se abandona sobre las tibias cenizas. Ama asimismo a los barqueros, que son fuertes y ásperos; acepta hasta a los negros que sirven en los bazares, a quienes se azota más que a las bestias de carga; frota su cabeza contra sus hombros, cuajados de rozaduras por el ir y venir de los fardos. Triste como una enferma con fiebre que no consiguiera encontrar agua fresca, va de pueblo en pueblo, de encrucijada en encrucijada, a la búsqueda de los mismos monótonos deleites. Sus piececitos bailan frenéticamente, moviendo las ajorcas, que tintinean, pero sus ojos no cesan de llorar, su boca amarga nunca besa, sus pestañas no acarician las mejillas de los que la abrazan, y su rostro permanece eternamente pálido como una luna inmaculada. Hace mucho tiempo, Kali, nenúfar de la perfección, se sentaba en el trono del cielo de Indra como en el interior de un zafiro; los diamantes de la mañana brillaban en su mirada y el universo se contraía o se dilataba según los latidos de su corazón.
Pero Kali, perfecta como una flor, ignoraba su perfección y, pura como el día, no conocía su pureza.
Los dioses celosos acecharon a Kali una noche de eclipse, en un cono de sombra, en el rincón de un planeta cómplice. Fue decapitada por el rayo. En vez de sangre, brotó un chorro de luz de su nuca cortada. Su cadáver, dividido en dos trozos y arrojado al Abismo por los Genios, rodó hasta llegar al fondo de los Infiernos, por donde se arrastran y sollozan aquellos que no han visto o han rechazado la luz divina. Sopló un viento frío condensó la claridad que se puso a caer del cielo; una capa blanca se acumuló en la cumbre de las montañas, bajo unos espacios estrellados donde empezaba a hacerse de noche. Los dioses-monstruos, el dios-ganado, los dioses de múltiples brazos y múltiples piernas, semejantes a unas ruedas que dan vueltas, huían a través de las tinieblas, cegados por sus aureolas, y los Inmortales, despavoridos, se arrepintieron de su crimen.
 Los dioses contritos bajaron del Techo del Mundo hasta el abismo lleno de humo por donde se arrastran los que existieron. Franquearon los nueve purgatorios; pasaron por delante de los calabozos de barro y de hielo en donde los fantasmas, roídos por el remordimiento, se arrepienten de las faltas que cometieron, y por delante de las prisiones en llamas donde otros muertos, atormentados por una codicia vana, lloran las faltas que no cometieron. Los dioses se sorprendían al hallar en los hombres aquella imaginación infinita del Mal, aquellos recursos y aquellas innumerables angustias del placer y del pecado. Al fondo del osario, en un pantano, la cabeza de Kali sobrenadaba como un loto, y sus largos y negros cabellos se extendían a su alrededor como raíces flotantes.
Recogieron piadosamente aquella hermosa cabeza exangüe y se pusieron a buscar el cuerpo que la había llevado. Un cadáver decapitado yacía en la orilla. Lo cogieron, colocaron la cabeza de Kali encima de aquellos hombros y reanimaron a la diosa.
 Aquel cuerpo pertenecía a una prostituta, ajusticiada por haber tratado de entorpecer las meditaciones de un Brahman. Sin sangre, aquel cadáver parecía puro. La diosa y la cortesana tenían ambas, en el muslo izquierdo, el mismo lunar.
Kali no volvió, nenúfar de perfección, a sentarse en el trono del cielo de Indra. El cuerpo, al que habían unido la cabeza divina, sentía nostalgia de los barrios de mala fama, de las caricias prohibidas, de los cuartos en donde las prostitutas meditan secretas orgías, acechan la llegada de los clientes a través de las persianas verdes. Se convirtió en seductora de niños, incitadora de ancianos, amante despótica de jóvenes, y las mujeres de la ciudad, abandonadas por sus esposos y considerándose ya viudas, comparaban el cuerpo de Kali con las llamas de la hoguera. Fue inmunda como una rata de alcantarillas y odiada como la comadreja de los campos. Robó los corazones como si fueran un pedazo de entraña expuesto en los escaparates de los casqueros. Las fortunas licuadas se pegaban a sus manos como panales de miel. Sin descanso, de Benarés a Kapilavistu, de Bangalor a Srinagar, el cuerpo de Kali arrastraba consigo la cabeza deshonrada de la diosa, y sus ojos límpidos continuaban llorando.
Una mañana, en Benarés, Kali, borracha, haciendo muecas de cansancio, salió de la calle de las cortesanas. En el campo, un idiota que babeaba tranquilamente sentado en un montón de estiércol se levantó al verla pasar y se echó a correr tras ella. Ya sólo le separaba de la diosa la longitud de su sombra. Kali aminoró el paso y dejó que el hombre se acercara.
 Cuando él la dejó, emprendió de nuevo el camino hacia una ciudad desconocida. Un niño le pidió limosna; ella no le avisó de que una serpiente dispuesta a morder se erguía entre dos piedras. Sentía un gran furor contra todo ser viviente y al mismo tiempo un deseo atroz de aumentar con ello su sustancia, de aniquilar a las criaturas saciándose con ellas. Se la pudo ver en cuclillas junto a los cementerios; su boca masticaba los huesos como los dientes de las leonas. Mató como el insecto hembra que devora a sus machos; aplastó a los hijos que paría como una cerda que se revuelve contra su camada. Y a los que exterminaba, los remataba después bailando encima de ellos. Sus labios, maculados de sangre, exhalaban el mismo olor insípido de las carnicerías, pero sus abrazos consolaban a sus víctimas y el calor de su pecho hacía olvidar todos los males.
En la linde de un bosque, Kali tropezó con el Sabio.
Se hallaba sentado, con las piernas cruzadas, con las palmas unidas, y su cuerpo descarnado estaba tan seco como la leña preparada para encender la hoguera. Nadie hubiera podido adivinar si era muy joven o muy viejo; sus ojos, que todo lo percibían, apenas eran visibles por debajo de sus párpados medio cerrados. La luz se disponía en torno a él en forma de aureola, y Kali sintió subir de las profundidades de sí misma el presentimiento del gran descanso definitivo, parada de los mundos, liberación de los seres, día de bienaventuranza en que la vida y la muerte serían igualmente inútiles, edad en que Todo se resorbe en Nada, como si esa pura nada que acababa de concebir se estremeciera en ella a la manera de un futuro hijo.
El Maestro de la gran compasión levantó la mano para bendecir a la que pasaba.
-Mi cabeza muy pura fue soldada a la infamia dijo ella. Quiero y no quiero; sufro y, no obstante, gozo; me da horror vivir y miedo morir.
-Todos estamos incompletos dijo el Sabio. Todos nos hallamos divididos y somos fragmentos, sombras, fantasmas sin consistencia. Todos creemos llorar y gozar desde hace siglos.
-Yo fui diosa en el cielo de Indra dijo la cortesana.
-Y tampoco estabas libre del encadenamiento de las cosas, y tu cuerpo de diamante no estaba más resguardado de la desgracia que tu cuerpo de barro y carne. Tal vez, mujer sin ventura, al errar deshonrada por los caminos te hallas más cerca de acceder a lo que no tiene forma.
-Estoy cansada gimió la diosa.
-Entonces tocando las trenzas negras y manchadas de ceniza con la punta de los dedos, dijo el Sabio:

El deseo te enseñó la inanidad del deseo; el arrepentimiento te enseña la inutilidad de arrepentirte. Ten paciencia, ¡oh, Error!, del que todos formamos parte... ¡Oh, Imperfecta!, en quien la perfección toma conciencia de sí misma, ¡oh Furor!, que no eres necesariamente inmortal...

A PROPÓSITO DEL NOMBRE DE LA LAGUNA “LA BRAVA” - por Jorge A. Dágata

El espejo de agua más importante de nuestro partido, apreciado como centro de recreación y pesca, de indudable atractivo turístico por la hermosura del paisaje que enmarcan las Sierras de la Vigilancia, ha conservado un nombre que pareciera referirse sólo a su bravo carácter, el que la distingue de otras. En su extensión de casi quinientas hectáreas, el efecto del viento genera marejadas y unido esto a la profundidad de ocho metros al pie de la sierra, en más de una ocasión ha provocado incidentes, algunos de ellos con el desenlace fatal de personas ahogadas. La denominación de Brava, entonces, pareciera evidente, como ocurre con otros toponímicos de la zona: los arroyos Grande, del Junco o Pantanoso, las sierras El Sombrero, Larga o El Morro. Sin embargo, integrando estos datos de percepción inmediata con los que nos aporta su historia, bien puede depararnos la sorpresa de que la denominación alude a otra bravura, ésta de carácter humano, con connotación de lucha, de defensa, de tensiones que ocurrieron en su entorno.



En el trabajo “Historia de Balcarce-Los orígenes”, se trata la cuestión en el segundo capítulo, “El porqué de los nombres”, escrito por el coordinador de la obra, el profesor Pablo A. Zubiaurre.
También lo hace, y con similares consideraciones, el historiador Guillermo Furlong Cardiff, en un ensayo para la Revista de Buenos Aires, publicado en el número 2 del año II, julio de 1962, página 67.
Según estos dos aportes, enriquecidos por otros que iremos citando, el nombre de la laguna es uno de los pocos que han perdurado en la región, ligados a un personaje histórico que habitó y tuvo actuación relevante en el lugar. Se trata del cacique Cangapol, llamado precisamente Bravo, del que poseemos una descripción física y de carácter muy confiable, ya que fue amigo y compañero de viaje del jesuita Tomás Falkner, quien lo retrató en su famosa “Descripción de la Patagonia”.

¿PERFECTOS CABALLEROS?

Guillermo Furlong Cardiff,  también jesuita, santafesino, autor de una vasta bibliografía histórica argentina, había publicado en 1936 el precioso manuscrito de José Sánchez Labrador sobre “Los indios pampas, puelches y patagónicos”, una obra de referencia ahora clásica, y dos años más tarde un volumen titulado “Entre los pampas de Buenos Aires”. Su conclusión fue que aquellos indígenas de Buenos Aires, de Santa Fe, del Chaco, de Tucumán y de Salta, bien podían ser considerados “unos perfectos caballeros”. Lo habían sido con los españoles de la primera hora, y así se hubieran manifestado, como al principio, si los europeos y los hijos de éstos “no los hubieran escandalizado y pervertido”. Agrega que “su sentido del bien y del mal, de lo correcto e incorrecto, de lo justo y de lo injusto, era en ellos tan fino como la vista, con la que veían lo que los europeos no podían ver, y como el oído, con el que oían los ruidos más remotos, que los blancos no eran capaces de oír. Eran sensibilísimos en sus sentidos corporales y no lo eran menos en los espirituales”.
Ulrico de Schmidel dice de aquellos pampas de 1536, denominados entonces querandíes, que fueron perfectos caballeros con los recién llegados hasta que éstos los convirtieron en acérrimos enemigos.
Desde entonces, hasta la década en que Cangapol o Bravo tiene actuación en la provincia de Buenos Aires, de 1740 a 1750, la lucha fue ininterrumpida. Son los años en que la Compañía de Jesús trataba de repetir en esta región la experiencia de las misiones del noreste, fundando tres reducciones de indios pampas: la de Concepción, la del Pilar - en la que es ahora la Laguna de los Padres- y la de los Desamparados, de muy corta vida. Ya por entonces los pulperos de Buenos Aires traían las bebidas alcohólicas de que tanto gustaban los naturales, y en retorno recibían de ellos plumas, mantas y ponchos, algunos de fina manufactura proveniente, por un intercambio de antigua data, de las lejanas regiones de los Andes. Aquella lenta pero constante invasión comercial en las pampas avanzaba contrariando las Leyes de Indias, que prohibían la entrada de españoles en las reducciones.
El cacique Bravo o Cangapol se manifestó en un principio a favor de los misioneros. Como mencionamos antes, acompañó a Falkner en numerosos viajes y propició el asentamiento de tolderías en las inmediaciones de los pueblos fundados por los jesuitas.

ALGUNOS RETRATOS

De estos pobladores de las pampas y serranías, Pedro Lozano nos ofrece una semblanza interesante en sus “Cartas Anuas de 1735 a 1743”, conservadas en el Archivo de la Provincia de Buenos Aires:
“Por lo general, los indios de las tres parcialidades son de buena estatura y de cuerpo robusto y bien conformados. Viven en tiendas que hacen de cueros de caballo y que a su capricho trasladan de una a otra parte, pues no tienen asiento fijo. Por esta razón no se dedican al cultivo de los campos ni necesitan cultivarlos, pues se contentan con la caza. Como los inmensos campos, que se extienden entre el río Saladillo y la primera Sierra que llaman Tandil, abundan en caballos salvajes, los Pampas Serranos van en el verano a la Sierra nombrada y allí con toda comodidad cazan caballos, yeguas y potrillos y hacen abundante provisión de carne para todo el invierno.
“Es nación audaz y fuerte en la guerra, aunque en una y otra cualidad es inferior a la nación de los Araucanos, quienes por esto tienen entre los Pampas una reconocida superioridad. Sus armas son lanzas muy agudas, las que injertan dentro de unas cañas muy largas y fuertes. No pocos usan también espada, la que no conocieron ni usaron sus antepasados, pero por el trato con los españoles llegaron a poseer y a usar, no sin daño de quienes se la comunicaron. Las armas propias de estos infieles, como de todos los demás, fueron las saetas delgadas y cortas, con punta de madera durísima y envenenada.
 “Además ha sido peculiar a ellos el uso de dos bolas, bien grandes, formadas de piedra mineral y pesadas, las que unen a unas cuerdas hechas de cuero de toro de unos diez pies de largo, y muy fuertemente tejidos en sus extremidades. Se valen con toda destreza de este género de armas, ya reteniendo en la mano una de las bolas y arrojando la otra sobre el enemigo, ya lanzando ambas con tanta puntería que enredan bolas y cueros alrededor del cuerpo, brazos o piernas del enemigo. Cuando van de caza usan sobre todo de estas bolas y con ellas atan de tal suerte las patas de los animales que huyen, que aún a ellos les cuesta después sacar de la víctima las cuerdas con que la derribaron.
“Tienen además armas defensivas que consisten en unas pieles de animales algo semejantes a nuestros ciervos, y que llaman guanacos, las cuales con tres dobleces trabajan de suerte que parece una coraza y es de tal dureza que sólo las balas de plomo, arrojadas por los arcabuces, llegan a atravesarlas. Trabajan estas corazas los indios de una nación llamada Doelchus (o Tehuelches) y las venden en abundancia, y no sin gran ganancia, a los Puelches y Peguanchilos y Araucanos. Cubren también sus cabezas con un casco de cuero de toro tan duro como la coraza. Cuando no combaten, dejan caer el casco por atrás, aunque quedando sujeto por cuerdas”.
Valga la cita, aunque algo extensa, por el color y la inmediatez con que refiere las características de nuestros pobladores originarios, en una época en que ya se sentía a pleno el proceso denominado “araucanización de las pampas”, por el desplazamiento desde la cordillera, no sólo de grupos humanos que cada vez cobraban un mayor auge en el comercio y la lucha, sino también, y más significativamente, de una cultura con su idioma, de un pueblo que en las espaldas del este de la cordillera resistió a la conquista aún después de los procesos de independencia de nuestro país y Chile.
Sánchez Labrador, en “Los indios pampas”, nos dice de ellos que “muestran viveza de ingenio, grande alegría y alguna travesura en sus naturales”. Como cazadores y recolectores que eran, “no se aplican al trabajo, ni quieren tomar esta necesaria ocupación para vivir con alguna racionalidad; porque el trabajar, dicen, es ejercicio de esclavos”. Se refiere a la labor de las sementeras, para la cual los califica de ociosos: “Se ríen de los españoles, que a costa de sudor buscan con qué pasar la vida, cuando ellos con una sola salida a la campaña, que los divierte, sin más afán logran cuanto necesitan”. Más adelante el cronista se contradice, con su punto de vista unilateral, al concederles la gran ocupación y preocupación que ponían en hacer bolas para la caza y ejercitarse en el manejo de ellas, que iniciaban desde sus juegos infantiles.
Sánchez Labrador elogia sus dotes marciales y los califica de deshonestos, pero no hay que olvidar que nunca vivió entre los indígenas, en su espacio natural, sino que conoció y trató a los que iban a Buenos Aires a vender sus productos, y en este caso mucho habría por decir de la influencia del comercio y trato con los blancos, en cuanto a atributos morales. En cambio los que sí vivieron entre ellos, como el alemán Matías Strobel, el griego Manuel Querini, el español José Cardiel y el inglés Tomás Falkner, se encariñaron con los pampas, como Dobrizhoffer con los abipones del Chaco y Baucke con los mocovíes de Santa Fe. Todos ellos reconocieron la bondad natural, la rectitud de espíritu, la generosidad para con los iguales, la nobleza de sentimientos de los pampas, y que se sentían cómodos tratando y conviviendo con ellos.


Y OTROS RETRATOS

Para los tiempos tormentosos de Cangapol o Bravo, la suerte de la guerra estaba echada. Ante esa circunstancia condicionante, superior a la voluntad individual, los pampas escogían a uno de sus caciques, si es que ya no lo tenían elegido. Cangapol fue uno de ellos.
Falkner nos dejó un doble retrato de este gran jefe: uno, literario, y el otro, gráfico, de cuerpo entero, dibujado en sus memorias.
“Era alto y bien proporcionado. Debe haber sido de una altura de siete pies y algunas pulgadas, ya que yo, en puntillas, no llegaba a la corona de su cabeza”, nos informa.
Del retrato nos dice que se esforzó por dibujarlo lo mejor que pudo, “aunque de memoria, por hallarme en Inglaterra”, ya que el misionero regresó a su país tras la expulsión de los jesuitas de los territorios coloniales españoles.

Falkner estaba calificado para trasmitirnos estos datos de Cangapol, pues lo había frecuentado mucho en la reducción del Pilar o Laguna de los Padres. “Lo traté mucho e hice algunos viajes con él”, nos dice. Es indudable que este ex cirujano del Asiento de Negros, convertido en misionero, se había ganado las simpatías y afectos de Cangapol y congenió con él.
En un principio, según Guillermo Furlong Cardiff, Cangapol no sólo aceptó que se establecieran reducciones o pueblos en las tierras que él dominaba, sino que las secundó con fervor, hasta que diversos hechos le persuadieron de que los españoles trataban de quebrar su autoridad y poder. Se consideraba por derecho y elección el amo y señor de los pampas y quería seguir siéndolo. Desgraciadamente, la conducta de los bonaerenses para con el gran caudillo pampa no concordaba con la intención de los misioneros.  A pesar de las paces hechas con el gobernador de Buenos Aires, se le hostilizó traicioneramente, y aunque hubo reconciliaciones y promesas mutuas de paz, la guerra fue inevitable y terrible. En el castigo de esos procederes arbitrarios y despóticos, Cangapol fue feroz.


TIEMPOS DE GUERRA


Estaba convenido que del Samborombón para el norte podían obrar los españoles como quisieran, pero no debían pasar esa línea divisoria. Después se la llevó al Salado. Se hallaba un día Cangapol al sur de ese curso de agua, en el campamento de su primo Tolmichá-yá, amigo y aliado de los españoles. Mientras éste le mostraba una carta de paz y concordia, que era a la vez salvoconducto, firmado por el gobernador Salcedo, el entonces maestre de campo español estaba con su tropa sobre la margen septentrional del río. El español disparó contra Tolmichá-yá un tiro de carabina tan certero que le dio en la frente, y lo hizo desplomarse sin vida a los pies de Cangapol. Mientras la carta del gobernador le daba las mayores garantías y lo trataba de amigo querido, su jefe militar, su representante, le quitaba la vida. Este hecho hizo arder la sangre del Bravo, quien probablemente consideró que la bala no iba contra su primo, sino contra él.
Cangapol envió mensajeros a todos los pueblos aliados, desde el Salado al Río de los Sauces (Río Negro). En poco tiempo, un inmenso ejército estuvo a sus órdenes. Las milicias de Buenos Aires se contentaron con defender la ciudad, pero nada pudieron hacer por la campaña. Esta fue arrasada hasta el Arroyo del Medio, y fue en Arrecifes donde la ferocidad se extremó.
Para esa época, de los dos elementos de guerra muy superiores con que contaban los españoles para enfrentar desde el comienzo al indígena, el caballo y la carabina, el primero de ellos se les había vuelto en contra. Los pampas eran ya jinetes incomparables. Pero quedaban las armas de fuego, con las que nunca contaron en número suficiente, y gracias a ellas Buenos Aires se salvó esa vez de ser arrasada.
En el vaivén de pactos y rupturas que caracteriza la historia de conquistadores y conquistados, la vida de la primera de las reducciones, la de la Concepción, coincidió para su desgracia con un período de hostilidades.
Peramás, en “De vita et moribus sex Sacerdotum Paraguaycorum”, de 1781, narra así los hechos:
“El cacique Cangapol, llamado por los de Buenos Aires el Cacique Bravo, por la gallardía de su cuerpo y la grandeza de su alma, como también por el gran número de los que le seguían, tenía sobre todos los demás caciques una indiscutida autoridad.
“Este cacique era enemigo declarado de los españoles porque, como él decía, los españoles castigan a todos los serranos por los crímenes o atropellos que algunos de ellos causan”.
Luego de mencionar el crimen a traición de Tolmichá-yá y agrega que con él murieron otros cincuenta serranos-, manifiesta que fue incontenible la ira del cacique:
“Dispuso un gran ejército y cuando más descuidados estaban los españoles, se precipitó sobre el villorrio de la Magdalena, donde mató a doscientos, cautivó a muchos y robó cuanto quiso, que hizo trasladar al sur, o sea, a las sierras. Él no regresó a éstas en esa ocasión, porque era su propósito caer sobre la Reducción de la Concepción y destruirla. Felizmente todo se supo en la Reducción, y de Buenos Aires envió el gobernador un auxilio de soldados con la necesaria artillería. Al saber esto Cangapol, no se atrevió a asaltar el pueblo”.


¿TOREROS Y TOROS?


Nunca fueron y nunca serán otra cosa las guerras, y difícilmente en ellas los criterios de justicia puedan aplicarse con imparcialidad a cualquiera de los bandos. El gobernador Salcedo eligió hacer las paces y para ello escogió al jesuita alemán Matías Strobel, un ilustrado matemático y astrónomo que había arribado a Buenos Aires en 1729 y era muy querido por los pampas. Su misión tuvo éxito, pero no duradero. La pugna de los españoles por pasar al sur del Salado e impedir que los pampas lo cruzaran hacia el norte, no cejó. Los encuentros fueron frecuentes y sangrientos.
“Si en las venas de los españoles había sangre de toreros dice Guillermo Furlong Cardiff- en las de los pampas la había de toros atormentados”.
En ese clima las tres reducciones desaparecieron. Pero Cangapol siguió siendo el caudillo de su pueblo. Su actuación hasta 1752 y la de su hijo Nicolás, que le sucedió, estaba en plena efervescencia cuando se produjo la expulsión de los jesuitas, en 1767.
Un siglo más tarde, esto es a mediados del XIX, Federico Barbará consigna en su libro sobre los “Usos y costumbres de los Indios Pampas”, que entre 1738 y 1752 “Cangapol era en esa época el más poderoso de las tribus nómades, imponiendo respeto y temor a los demás caciques. Cuando alguno de éstos contravenía sus disposiciones, lo atacaba y castigaba severamente, haciendo alarde de crueldad. Si lograba vencerlo, hacía degollar hombres, mujeres y niños, hacinando multitud de huesos, cráneos, etc., teniendo que presenciar esta horrible escena aquellos que escapaban de ser inmolados”.


LOS NOMBRES QUEDAN


Fiereza, crueldad. Bravura, lealtad a los suyos. ¿Qué héroe, de qué nación en guerra, podría oponerse como ejemplo que supere a este Bravo? Una historia objetiva no puede sino valorar al gran caudillo que defendió los legítimos derechos que él y los suyos tenían a las tierras que hoy constituyen la provincia de Buenos Aires.
Tomás Falkner, en un mapa de 1746, denomina a nuestra mayor laguna “L.Bravo”, “Laguna del Bravo”. Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, en su mapa geográfico de América Meridional, la reprodujo tomando el nombre de Falkner, “Laguna del Bravo” y no “Brava”. El gran cacique pampa tuvo allí su residencia en algunas épocas del año, y parece muy cierto que el lugar tomara de él el toponímico.
Pablo Zubiaurre discurre al respecto con gran acierto como lo hace al referirse a otras denominaciones-, analizando las razones por las cuales la laguna haya tomado su nombre de nuestro personaje. Entre otros argumentos, menciona que con respecto al arroyo Chocorí queda demostrado que se trataba de una práctica posible. Chocorí significa “Langosta”, “pero la denominación no tiene que ver aquí con su traducción literal, sino con el hecho de que en sus márgenes viviera un famoso cacique Huiliche, llamado de esa manera”. Adhiere a la idea de que el nombre del arroyo se debe a que el cacique Chocorí llegara hasta el lugar, “estableciéndose temporalmente en alguna de sus muchas incursiones hacia el Este”.  Y añade: “Es que Chocorí es una personalidad 'mayor', que ampliamente justifica la identificación del lugar con él, aunque no haya estado allí más que en alguna ocasión”.  Chocorí, nos informa luego, es nada menos que el padre de Shayhueque, el poderoso cacique de la zona cordillerana. Con respecto a la laguna, agrega que “si bien no hay ningún texto que explícitamente diga que éste fue el motivo (del nombre, la frecuente presencia del cacique Cangapol o Bravo en el lugar), tampoco lo hay con respecto al motivo que normalmente se cree que dio nombre a la laguna, es decir, la fiereza de sus aguas”.
Ninguna de las razones deduce Zubiaurre- es concluyente. Es verdad. Pero los indicios apuntan con claridad a una coincidencia entre la historia y las características de comportamiento de nuestra laguna. Es Brava. Como se nos muestra. Como lo era aquel gran guerrero.
Cualquiera sea la síntesis propia que cada uno sea capaz de elaborar de la historia, la inclinación que adopte por la intervención que tuvieron y las circunstancias que vivieron quienes la fueron construyendo, ¿por qué no optar, por una vez siquiera, por reconocer que no era tal aquel Desierto, ni unos tan buenos ni otros tan malvados como solían contarnos? Antes de aquellos años de Cangapol y Falkner, nadie mencionó que la laguna fuera Brava, por su oleaje, ni que se hubiera tragado alguna víctima con sus aguas alborotadas. ¿Habrá en algunos lugares un rastro siquiera de quienes los transitaron, que significan algo más que un nombre trasmitido por la memoria? ¿Será la historia, o su recuperación, o su conocimiento más cabal, un fundamento válido para construir lo que vendrá?

Tríptico - Ezequiel Feito

I

Hay una anciana hábilmente hilando
un trozo de sol en la vereda,
mientras la tarde, meditando pasa
su disco de oro en la retama seca.

II

El cielo arma un laberinto mudo
que embota el hierro de hoces y guadañas
mientras que a lo lejos, claramente,
se escucha el grave canto de la anciana
que ahora hila las luces con las sombras,
la paz y el bien, el hambre y la metralla
que mutila el sol entre las piedras.

La tarde se adelanta
viniendo más allá de la frontera
a preguntarle a la vieja el camino
por donde ha de ir y regresar con ella.

III

Todo es crepúsculo en la abandonada silla
y profunda oscuridad en la vereda.

De peritéticos y demotestimoniales - Susana Taddeo

El otoño se alejaba  poco  a poco. Se notaba en los árboles sin hojas, en las últimas montañitas doradas que el placero barría, en la aparición de algunas bufandas… todas eran señales  de nuevos problemas para él.
 Su abrigo ya era insuficiente y el sitio que hasta ahora  había defendido de extraños sería en las próximas noches un lugar despreciado por aquellos que compartían su vida miserable y triste, un lugar solo habitado por los peritéticos.
La plaza San Martín  y su banco deberían ser reemplazados, pero…
Imposible pensar. Mucho menos arrastrando mareos y alta temperatura desde varios días atrás…
Decidió entonces, pasar una noche más en su aparente cama, en su aparente casa.
El sueño llegó, a pesar de su sed, sed de agua, de abrigo, de cariño, de dignidad.
Soñó. Soñó con lo que muchas veces le habían prometido. Soñó con lo que muchas veces había soñado…
Lentamente, despertó. Cuando se vio en medio de aquella multitud, sintió extrañeza y pensó que no se había vestido para la ocasión. Se mantuvo en silencio, expectante,  hasta que oyó su nombre, su apellido y su número de documento. Inmediatamente lo miró y lo reconoció. Era la voz del afiche, la voz de aquel señor de saco y corbata, de aquel que parecía no dejar de sonreír nunca. Ahora le sonreía a él. Y sin más… lo hacía dueño de una casita, y le asignaba, además las tareas de mantenimiento de la plaza San Martín.
Cuando el acto terminó, todos los beneficiarios fueron trasladados hasta el barrio para que conocieran el lugar y las casas. Era más de lo que había soñado. Sintió que finalmente ese señor, además de sonreír simpáticamente y de ser uno de los demotestimoniales más creíbles, había pensado en los desprotegidos.
Curiosamente, como no sucedía desde mucho tiempo atrás, alguien lo observó y descubrió que se tambaleaba de vez en cuando, que su frente estaba cubierta de sudor…
Le ofreció llevarlo al hospital. Accedió. Lo recibieron en la guardia. Le indicaron que se acostara en la camilla. Cuando lo hizo sintió que el cansancio, la alegría y el sueño lo invadían.
De pronto alguien le tocó el brazo. No sabía cuánto tiempo había transcurrido.
Una última hoja cayó sobre su rostro y el placero nuevamente le advertía que el banco debía quedar libre.

Demotestimoniales. dícese de quienes muestran interés en subsanar problemáticas sociales, económicas y culturales del pueblo.
Peritéticos. dícese de quienes conmueven por aspecto frágil y desprotegido.

POESÍA PARA NIÑOS - Extraída de “Antología de la literatura infantil española” de Carmen B. Villasante

Desalojo
Juan M. Prieto

Ya está todo en los carros;
herramientas, enseres, y también los muchachos
metidos entre fardos.
Ya está todo en los carros
no hace falta más que el “Vamos”.
Pero nadie se atreve a mover los caballos.

Parado en el pescante el chacarero aguarda,
mira el montón de adobes que ha quedado del rancho.
Su mujer a su lado con un niño en los brazos
inquiere con la vista, qué es lo que está esperando
y lanza una mirada medrosa a los muchachos,
los recuenta y los nombra, ninguno queda abajo.
Pero nadie se atreve a mover los caballos.

Todavía un minuto, una mirada al campo.
El chacarero inmóvil, las riendas en las manos
y el sombrero agachado que le cubre los ojos
 - ojos que de seguro están llorando
Pregunta si están todos y luego grita: - ¡Vamos!...
Pero él es el último en mover los caballos.

Con un chirriar de ruedas
y un ruido de trastos,
y un griterío alegre en los fardos
arrancaron los carros;
y el hombre todavía vuelve la cara y mira
en el convencimiento de que allí queda algo.
Algo que siendo suyo no ha cargado en los carros.
Diez años de su vida repletos de trabajo.
¿Adónde irán ahora a echar otros diez años?...

Por el ancho camino trotan los caballos.



El año que no llegará nunca
Ezequiel Martínez Estrada

- Tú dijiste, mamá, que en poco tiempo
me iba a crecer la pierna.
Si no me lo repites
no iré más a la escuela,
porque todas las chicas
se ríen al mirarme las muletas,
y me dicen que ya no tendré nunca,
ya nunca más la pierna…
Pero yo sé, mamá, porque no mientes,
que el año entrante he de tenerla nueva;
tú no hubieras dejado, de otro modo,
que para siempre me quedara renga…
No podrás suponer cómo se burlan
de mí todas las chicas de la escuela.
Tú llorarías como yo… ¡Qué malas!
Juegan solas, solas, y juegan
como nunca… Si vieras cómo corren,
cómo saltan jugando a la rayuela.
Pero yo espero, porque tú dijiste
que el año entrante la tendría nueva;
y entonces, ¡cuánta rabia
van a tener las chicas de la escuela,
esas que ahora dicen
que estoy fea, muy fea!;
porque algunas, mamá, dicen en serio
que no me quiere tanto la maestra,
y que tú has de comprar otra muchacha
que tenga las dos piernas…
¿Verdad que no, mamá? ¿Verdad que mienten?
¿Verdad que en poco tiempo estaré buena?
¡Malas! ¡Malas! Lo dicen
para verme llorar, para que crea
que tú ya no me quieres como antes
porque he quedado renga…
Pero ¿verdad, mamá, que el año entrante
tendré otra vez la pierna?



Caras sucias
Julio Imbert

Yo vi del cerro, mama,
subir la luna,
manchadita, con toda
la cara sucia.

Usté que me lava siempre,
y yo no quiero,
mire la lunita sucia,
¡Y está en el cielo!

¿No seré yo lunita,
mama, por algún día?
(Por los cielitos altos
me escaparía)



El niño pobre
Juan Ramón Jiménez

Le han puesto al niño un vestido
absurdo, loco, ridículo;
le está largo y corto; gritos
de colores le han prendido
por todas partes. Y el niño
se mira, se toca, erguido.
Todo le hace reír al mico,
las manos en los bolsillos...
La hermana le dice  pico
de gorrión, tizos lindos
los ojos, mansos y rizos
en el roto espejo - : “¡Hijo,
pareces un niño rico!...”.
Vibra el sol. Ronca, dormido,
el pueblo en paz. Sólo el niño
viene y va con su vestido,
viene y va con su vestido...
En la feria, están caídos
los gallardetes. Pititos
en zaguanes... Cuando el niño
entra en casa, en un suspiro
le chilla la madre: “¡Hijo,
- y él la mira calladito,
naciendo, hambriento y sumiso,
los pies en la silla- ,hijo
pareces un niño rico!...”.
Campanas. Las cinco. Lírico
sol. Colgaduras y cirios.
Viento fragante del río.
La procesión. ¡Oh, qué idílico
rumor de platas y vidrios!
¡Relicarios con el brillo
de ocaso en su seno místico!
El niño, entre el vocerío,
se toca y se mira: “¡Hijo,
- le dice el padre bebido,
una lágrima en el limo
del ojuelo, flor de vicio -,
pareces un niño rico!...”.
La tarde cae. Malvas de oro
endulzan la torre. Pitos
despiertos. Los farolillos,
aún los cohetes con sol vivo,
se mecen medio encendidos.
Por la plaza, de las manos,
bien lavados, trajes limpios,
con dinero y con juguetes
vienen ya los niños ricos.
El niño se les arrima,
y radiante y decidido,
les dice en la cara: “¡Ea,
yo parezco un niño rico!”


Canción de cuna del litoral argentino
Fryda S. de Mantovani

Cantaba, cantaba la tarde;
cantaba, cantaba el maíz;
cantaba, cantaba el sereno:
¡Mi niño no quiere dormir!

La noche, jinete de humo,
galopa silbando a su perro.
Las nubes se duermen al paso...
Mi niño se queda despierto.

La luna regala naranjas,
el sapo le pide la suya.
Mi niño, cerrando los ojos,
tendrá la más grande y madura.



Calma
Emilio Prados

Cielo gris.
Suelo rojo.
De un olivo a otro
vuela el tordo.
En la tarde hay un sapo
de ceniza y oro.
Suelo gris.
Cielo rojo...
Quedó la luna enredada
en el olivar.
Quedó la luna olvidada.


Poema
Rafael Alberti

Del barco que yo tuviera
serías tú la costurera.
Las jarcias de seda fina;
de fina holanda, la vela.
- ¿Y el hilo, marinerito?
- Un cabello de tus trenzas.




Poesía de Miguel Hernández

Nacido en el seno de una familia de origen campesino, en 1910, fue un gran autodidacto y está hoy considerado entre los poetas más importantes de estos tiempos.
Escribió principalmente sonetos, empleando en ellos algunos recursos del llamado "superrealismo", y en forma insistente, exhuberante y apasionada, trató de expresar con fuerza las emociones humanas, en especial las suyas propias.
En verso publicó "Perito en lunas" (1933), "El rayo que no cesa (1936), "Viento del pueblo" (1937) sustentada por motivos bélicos y patrióticos y "Canciones y romancero de ausencias", escrito en la cárcel y publicado póstumo (1968). En teatro escribió "El labrador de más aire" (1937).
Al término de la guerra civil española fue encarcelado, durante la dictadura militar del Gral. Francisco Franco. Al igual que en el caso de Machado, una considerable parte de su obra fue musicalizada y difundida masivamente a través del disco por Joan Manuel Serrat.
Falleció en las cárceles franquistas, el 28 de marzo de 1942, como consecuencia de una tuberculosis de origen pulmonar.


NANAS DE LA CEBOLLA

( Dedicadas a su hijo, a raíz de recibir una carta de su mujer, en la que le decía que no comía más que pan: y cebolla) 

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en tus ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que mi alma al oírte
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan lato,
tan extendido,
que tu carne es el cielo
recién nacido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa ni
lo que ocurre.


El niño yuntero

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como las herramientas,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.
Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
resuelve mi alma de encina.

Le veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?.

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
han sido niños yunteros.


PARA LA LIBERTAD

Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad, siento más corazones
que arenas en mi pecho dan espuma a mis Venas;
y entro en los hospitales, y entro en los algodones,
como en las azucenas.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada,
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas Crezcan
en la carne talada.

Retoñaran aladas de savia sin otoño,
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida;
porque soy como el árbol talado que retoño: