jueves, 4 de julio de 2013

A PROPÓSITO DEL NOMBRE DE LA LAGUNA “LA BRAVA” - por Jorge A. Dágata

El espejo de agua más importante de nuestro partido, apreciado como centro de recreación y pesca, de indudable atractivo turístico por la hermosura del paisaje que enmarcan las Sierras de la Vigilancia, ha conservado un nombre que pareciera referirse sólo a su bravo carácter, el que la distingue de otras. En su extensión de casi quinientas hectáreas, el efecto del viento genera marejadas y unido esto a la profundidad de ocho metros al pie de la sierra, en más de una ocasión ha provocado incidentes, algunos de ellos con el desenlace fatal de personas ahogadas. La denominación de Brava, entonces, pareciera evidente, como ocurre con otros toponímicos de la zona: los arroyos Grande, del Junco o Pantanoso, las sierras El Sombrero, Larga o El Morro. Sin embargo, integrando estos datos de percepción inmediata con los que nos aporta su historia, bien puede depararnos la sorpresa de que la denominación alude a otra bravura, ésta de carácter humano, con connotación de lucha, de defensa, de tensiones que ocurrieron en su entorno.



En el trabajo “Historia de Balcarce-Los orígenes”, se trata la cuestión en el segundo capítulo, “El porqué de los nombres”, escrito por el coordinador de la obra, el profesor Pablo A. Zubiaurre.
También lo hace, y con similares consideraciones, el historiador Guillermo Furlong Cardiff, en un ensayo para la Revista de Buenos Aires, publicado en el número 2 del año II, julio de 1962, página 67.
Según estos dos aportes, enriquecidos por otros que iremos citando, el nombre de la laguna es uno de los pocos que han perdurado en la región, ligados a un personaje histórico que habitó y tuvo actuación relevante en el lugar. Se trata del cacique Cangapol, llamado precisamente Bravo, del que poseemos una descripción física y de carácter muy confiable, ya que fue amigo y compañero de viaje del jesuita Tomás Falkner, quien lo retrató en su famosa “Descripción de la Patagonia”.

¿PERFECTOS CABALLEROS?

Guillermo Furlong Cardiff,  también jesuita, santafesino, autor de una vasta bibliografía histórica argentina, había publicado en 1936 el precioso manuscrito de José Sánchez Labrador sobre “Los indios pampas, puelches y patagónicos”, una obra de referencia ahora clásica, y dos años más tarde un volumen titulado “Entre los pampas de Buenos Aires”. Su conclusión fue que aquellos indígenas de Buenos Aires, de Santa Fe, del Chaco, de Tucumán y de Salta, bien podían ser considerados “unos perfectos caballeros”. Lo habían sido con los españoles de la primera hora, y así se hubieran manifestado, como al principio, si los europeos y los hijos de éstos “no los hubieran escandalizado y pervertido”. Agrega que “su sentido del bien y del mal, de lo correcto e incorrecto, de lo justo y de lo injusto, era en ellos tan fino como la vista, con la que veían lo que los europeos no podían ver, y como el oído, con el que oían los ruidos más remotos, que los blancos no eran capaces de oír. Eran sensibilísimos en sus sentidos corporales y no lo eran menos en los espirituales”.
Ulrico de Schmidel dice de aquellos pampas de 1536, denominados entonces querandíes, que fueron perfectos caballeros con los recién llegados hasta que éstos los convirtieron en acérrimos enemigos.
Desde entonces, hasta la década en que Cangapol o Bravo tiene actuación en la provincia de Buenos Aires, de 1740 a 1750, la lucha fue ininterrumpida. Son los años en que la Compañía de Jesús trataba de repetir en esta región la experiencia de las misiones del noreste, fundando tres reducciones de indios pampas: la de Concepción, la del Pilar - en la que es ahora la Laguna de los Padres- y la de los Desamparados, de muy corta vida. Ya por entonces los pulperos de Buenos Aires traían las bebidas alcohólicas de que tanto gustaban los naturales, y en retorno recibían de ellos plumas, mantas y ponchos, algunos de fina manufactura proveniente, por un intercambio de antigua data, de las lejanas regiones de los Andes. Aquella lenta pero constante invasión comercial en las pampas avanzaba contrariando las Leyes de Indias, que prohibían la entrada de españoles en las reducciones.
El cacique Bravo o Cangapol se manifestó en un principio a favor de los misioneros. Como mencionamos antes, acompañó a Falkner en numerosos viajes y propició el asentamiento de tolderías en las inmediaciones de los pueblos fundados por los jesuitas.

ALGUNOS RETRATOS

De estos pobladores de las pampas y serranías, Pedro Lozano nos ofrece una semblanza interesante en sus “Cartas Anuas de 1735 a 1743”, conservadas en el Archivo de la Provincia de Buenos Aires:
“Por lo general, los indios de las tres parcialidades son de buena estatura y de cuerpo robusto y bien conformados. Viven en tiendas que hacen de cueros de caballo y que a su capricho trasladan de una a otra parte, pues no tienen asiento fijo. Por esta razón no se dedican al cultivo de los campos ni necesitan cultivarlos, pues se contentan con la caza. Como los inmensos campos, que se extienden entre el río Saladillo y la primera Sierra que llaman Tandil, abundan en caballos salvajes, los Pampas Serranos van en el verano a la Sierra nombrada y allí con toda comodidad cazan caballos, yeguas y potrillos y hacen abundante provisión de carne para todo el invierno.
“Es nación audaz y fuerte en la guerra, aunque en una y otra cualidad es inferior a la nación de los Araucanos, quienes por esto tienen entre los Pampas una reconocida superioridad. Sus armas son lanzas muy agudas, las que injertan dentro de unas cañas muy largas y fuertes. No pocos usan también espada, la que no conocieron ni usaron sus antepasados, pero por el trato con los españoles llegaron a poseer y a usar, no sin daño de quienes se la comunicaron. Las armas propias de estos infieles, como de todos los demás, fueron las saetas delgadas y cortas, con punta de madera durísima y envenenada.
 “Además ha sido peculiar a ellos el uso de dos bolas, bien grandes, formadas de piedra mineral y pesadas, las que unen a unas cuerdas hechas de cuero de toro de unos diez pies de largo, y muy fuertemente tejidos en sus extremidades. Se valen con toda destreza de este género de armas, ya reteniendo en la mano una de las bolas y arrojando la otra sobre el enemigo, ya lanzando ambas con tanta puntería que enredan bolas y cueros alrededor del cuerpo, brazos o piernas del enemigo. Cuando van de caza usan sobre todo de estas bolas y con ellas atan de tal suerte las patas de los animales que huyen, que aún a ellos les cuesta después sacar de la víctima las cuerdas con que la derribaron.
“Tienen además armas defensivas que consisten en unas pieles de animales algo semejantes a nuestros ciervos, y que llaman guanacos, las cuales con tres dobleces trabajan de suerte que parece una coraza y es de tal dureza que sólo las balas de plomo, arrojadas por los arcabuces, llegan a atravesarlas. Trabajan estas corazas los indios de una nación llamada Doelchus (o Tehuelches) y las venden en abundancia, y no sin gran ganancia, a los Puelches y Peguanchilos y Araucanos. Cubren también sus cabezas con un casco de cuero de toro tan duro como la coraza. Cuando no combaten, dejan caer el casco por atrás, aunque quedando sujeto por cuerdas”.
Valga la cita, aunque algo extensa, por el color y la inmediatez con que refiere las características de nuestros pobladores originarios, en una época en que ya se sentía a pleno el proceso denominado “araucanización de las pampas”, por el desplazamiento desde la cordillera, no sólo de grupos humanos que cada vez cobraban un mayor auge en el comercio y la lucha, sino también, y más significativamente, de una cultura con su idioma, de un pueblo que en las espaldas del este de la cordillera resistió a la conquista aún después de los procesos de independencia de nuestro país y Chile.
Sánchez Labrador, en “Los indios pampas”, nos dice de ellos que “muestran viveza de ingenio, grande alegría y alguna travesura en sus naturales”. Como cazadores y recolectores que eran, “no se aplican al trabajo, ni quieren tomar esta necesaria ocupación para vivir con alguna racionalidad; porque el trabajar, dicen, es ejercicio de esclavos”. Se refiere a la labor de las sementeras, para la cual los califica de ociosos: “Se ríen de los españoles, que a costa de sudor buscan con qué pasar la vida, cuando ellos con una sola salida a la campaña, que los divierte, sin más afán logran cuanto necesitan”. Más adelante el cronista se contradice, con su punto de vista unilateral, al concederles la gran ocupación y preocupación que ponían en hacer bolas para la caza y ejercitarse en el manejo de ellas, que iniciaban desde sus juegos infantiles.
Sánchez Labrador elogia sus dotes marciales y los califica de deshonestos, pero no hay que olvidar que nunca vivió entre los indígenas, en su espacio natural, sino que conoció y trató a los que iban a Buenos Aires a vender sus productos, y en este caso mucho habría por decir de la influencia del comercio y trato con los blancos, en cuanto a atributos morales. En cambio los que sí vivieron entre ellos, como el alemán Matías Strobel, el griego Manuel Querini, el español José Cardiel y el inglés Tomás Falkner, se encariñaron con los pampas, como Dobrizhoffer con los abipones del Chaco y Baucke con los mocovíes de Santa Fe. Todos ellos reconocieron la bondad natural, la rectitud de espíritu, la generosidad para con los iguales, la nobleza de sentimientos de los pampas, y que se sentían cómodos tratando y conviviendo con ellos.


Y OTROS RETRATOS

Para los tiempos tormentosos de Cangapol o Bravo, la suerte de la guerra estaba echada. Ante esa circunstancia condicionante, superior a la voluntad individual, los pampas escogían a uno de sus caciques, si es que ya no lo tenían elegido. Cangapol fue uno de ellos.
Falkner nos dejó un doble retrato de este gran jefe: uno, literario, y el otro, gráfico, de cuerpo entero, dibujado en sus memorias.
“Era alto y bien proporcionado. Debe haber sido de una altura de siete pies y algunas pulgadas, ya que yo, en puntillas, no llegaba a la corona de su cabeza”, nos informa.
Del retrato nos dice que se esforzó por dibujarlo lo mejor que pudo, “aunque de memoria, por hallarme en Inglaterra”, ya que el misionero regresó a su país tras la expulsión de los jesuitas de los territorios coloniales españoles.

Falkner estaba calificado para trasmitirnos estos datos de Cangapol, pues lo había frecuentado mucho en la reducción del Pilar o Laguna de los Padres. “Lo traté mucho e hice algunos viajes con él”, nos dice. Es indudable que este ex cirujano del Asiento de Negros, convertido en misionero, se había ganado las simpatías y afectos de Cangapol y congenió con él.
En un principio, según Guillermo Furlong Cardiff, Cangapol no sólo aceptó que se establecieran reducciones o pueblos en las tierras que él dominaba, sino que las secundó con fervor, hasta que diversos hechos le persuadieron de que los españoles trataban de quebrar su autoridad y poder. Se consideraba por derecho y elección el amo y señor de los pampas y quería seguir siéndolo. Desgraciadamente, la conducta de los bonaerenses para con el gran caudillo pampa no concordaba con la intención de los misioneros.  A pesar de las paces hechas con el gobernador de Buenos Aires, se le hostilizó traicioneramente, y aunque hubo reconciliaciones y promesas mutuas de paz, la guerra fue inevitable y terrible. En el castigo de esos procederes arbitrarios y despóticos, Cangapol fue feroz.


TIEMPOS DE GUERRA


Estaba convenido que del Samborombón para el norte podían obrar los españoles como quisieran, pero no debían pasar esa línea divisoria. Después se la llevó al Salado. Se hallaba un día Cangapol al sur de ese curso de agua, en el campamento de su primo Tolmichá-yá, amigo y aliado de los españoles. Mientras éste le mostraba una carta de paz y concordia, que era a la vez salvoconducto, firmado por el gobernador Salcedo, el entonces maestre de campo español estaba con su tropa sobre la margen septentrional del río. El español disparó contra Tolmichá-yá un tiro de carabina tan certero que le dio en la frente, y lo hizo desplomarse sin vida a los pies de Cangapol. Mientras la carta del gobernador le daba las mayores garantías y lo trataba de amigo querido, su jefe militar, su representante, le quitaba la vida. Este hecho hizo arder la sangre del Bravo, quien probablemente consideró que la bala no iba contra su primo, sino contra él.
Cangapol envió mensajeros a todos los pueblos aliados, desde el Salado al Río de los Sauces (Río Negro). En poco tiempo, un inmenso ejército estuvo a sus órdenes. Las milicias de Buenos Aires se contentaron con defender la ciudad, pero nada pudieron hacer por la campaña. Esta fue arrasada hasta el Arroyo del Medio, y fue en Arrecifes donde la ferocidad se extremó.
Para esa época, de los dos elementos de guerra muy superiores con que contaban los españoles para enfrentar desde el comienzo al indígena, el caballo y la carabina, el primero de ellos se les había vuelto en contra. Los pampas eran ya jinetes incomparables. Pero quedaban las armas de fuego, con las que nunca contaron en número suficiente, y gracias a ellas Buenos Aires se salvó esa vez de ser arrasada.
En el vaivén de pactos y rupturas que caracteriza la historia de conquistadores y conquistados, la vida de la primera de las reducciones, la de la Concepción, coincidió para su desgracia con un período de hostilidades.
Peramás, en “De vita et moribus sex Sacerdotum Paraguaycorum”, de 1781, narra así los hechos:
“El cacique Cangapol, llamado por los de Buenos Aires el Cacique Bravo, por la gallardía de su cuerpo y la grandeza de su alma, como también por el gran número de los que le seguían, tenía sobre todos los demás caciques una indiscutida autoridad.
“Este cacique era enemigo declarado de los españoles porque, como él decía, los españoles castigan a todos los serranos por los crímenes o atropellos que algunos de ellos causan”.
Luego de mencionar el crimen a traición de Tolmichá-yá y agrega que con él murieron otros cincuenta serranos-, manifiesta que fue incontenible la ira del cacique:
“Dispuso un gran ejército y cuando más descuidados estaban los españoles, se precipitó sobre el villorrio de la Magdalena, donde mató a doscientos, cautivó a muchos y robó cuanto quiso, que hizo trasladar al sur, o sea, a las sierras. Él no regresó a éstas en esa ocasión, porque era su propósito caer sobre la Reducción de la Concepción y destruirla. Felizmente todo se supo en la Reducción, y de Buenos Aires envió el gobernador un auxilio de soldados con la necesaria artillería. Al saber esto Cangapol, no se atrevió a asaltar el pueblo”.


¿TOREROS Y TOROS?


Nunca fueron y nunca serán otra cosa las guerras, y difícilmente en ellas los criterios de justicia puedan aplicarse con imparcialidad a cualquiera de los bandos. El gobernador Salcedo eligió hacer las paces y para ello escogió al jesuita alemán Matías Strobel, un ilustrado matemático y astrónomo que había arribado a Buenos Aires en 1729 y era muy querido por los pampas. Su misión tuvo éxito, pero no duradero. La pugna de los españoles por pasar al sur del Salado e impedir que los pampas lo cruzaran hacia el norte, no cejó. Los encuentros fueron frecuentes y sangrientos.
“Si en las venas de los españoles había sangre de toreros dice Guillermo Furlong Cardiff- en las de los pampas la había de toros atormentados”.
En ese clima las tres reducciones desaparecieron. Pero Cangapol siguió siendo el caudillo de su pueblo. Su actuación hasta 1752 y la de su hijo Nicolás, que le sucedió, estaba en plena efervescencia cuando se produjo la expulsión de los jesuitas, en 1767.
Un siglo más tarde, esto es a mediados del XIX, Federico Barbará consigna en su libro sobre los “Usos y costumbres de los Indios Pampas”, que entre 1738 y 1752 “Cangapol era en esa época el más poderoso de las tribus nómades, imponiendo respeto y temor a los demás caciques. Cuando alguno de éstos contravenía sus disposiciones, lo atacaba y castigaba severamente, haciendo alarde de crueldad. Si lograba vencerlo, hacía degollar hombres, mujeres y niños, hacinando multitud de huesos, cráneos, etc., teniendo que presenciar esta horrible escena aquellos que escapaban de ser inmolados”.


LOS NOMBRES QUEDAN


Fiereza, crueldad. Bravura, lealtad a los suyos. ¿Qué héroe, de qué nación en guerra, podría oponerse como ejemplo que supere a este Bravo? Una historia objetiva no puede sino valorar al gran caudillo que defendió los legítimos derechos que él y los suyos tenían a las tierras que hoy constituyen la provincia de Buenos Aires.
Tomás Falkner, en un mapa de 1746, denomina a nuestra mayor laguna “L.Bravo”, “Laguna del Bravo”. Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, en su mapa geográfico de América Meridional, la reprodujo tomando el nombre de Falkner, “Laguna del Bravo” y no “Brava”. El gran cacique pampa tuvo allí su residencia en algunas épocas del año, y parece muy cierto que el lugar tomara de él el toponímico.
Pablo Zubiaurre discurre al respecto con gran acierto como lo hace al referirse a otras denominaciones-, analizando las razones por las cuales la laguna haya tomado su nombre de nuestro personaje. Entre otros argumentos, menciona que con respecto al arroyo Chocorí queda demostrado que se trataba de una práctica posible. Chocorí significa “Langosta”, “pero la denominación no tiene que ver aquí con su traducción literal, sino con el hecho de que en sus márgenes viviera un famoso cacique Huiliche, llamado de esa manera”. Adhiere a la idea de que el nombre del arroyo se debe a que el cacique Chocorí llegara hasta el lugar, “estableciéndose temporalmente en alguna de sus muchas incursiones hacia el Este”.  Y añade: “Es que Chocorí es una personalidad 'mayor', que ampliamente justifica la identificación del lugar con él, aunque no haya estado allí más que en alguna ocasión”.  Chocorí, nos informa luego, es nada menos que el padre de Shayhueque, el poderoso cacique de la zona cordillerana. Con respecto a la laguna, agrega que “si bien no hay ningún texto que explícitamente diga que éste fue el motivo (del nombre, la frecuente presencia del cacique Cangapol o Bravo en el lugar), tampoco lo hay con respecto al motivo que normalmente se cree que dio nombre a la laguna, es decir, la fiereza de sus aguas”.
Ninguna de las razones deduce Zubiaurre- es concluyente. Es verdad. Pero los indicios apuntan con claridad a una coincidencia entre la historia y las características de comportamiento de nuestra laguna. Es Brava. Como se nos muestra. Como lo era aquel gran guerrero.
Cualquiera sea la síntesis propia que cada uno sea capaz de elaborar de la historia, la inclinación que adopte por la intervención que tuvieron y las circunstancias que vivieron quienes la fueron construyendo, ¿por qué no optar, por una vez siquiera, por reconocer que no era tal aquel Desierto, ni unos tan buenos ni otros tan malvados como solían contarnos? Antes de aquellos años de Cangapol y Falkner, nadie mencionó que la laguna fuera Brava, por su oleaje, ni que se hubiera tragado alguna víctima con sus aguas alborotadas. ¿Habrá en algunos lugares un rastro siquiera de quienes los transitaron, que significan algo más que un nombre trasmitido por la memoria? ¿Será la historia, o su recuperación, o su conocimiento más cabal, un fundamento válido para construir lo que vendrá?

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