jueves, 4 de julio de 2013

Las cerezas de San Pedro - Wolfgang Goethe

Cuando, aún desconocido,
por la tierra de Judea
caminaba Jesús a la ventura,
de la ignorante multitud seguido,
para quien era oscura
la palabra divina,
gustaba predicar al aire libre,
porque bajo la bóveda azulada
se transmite mejor el pensamiento:
allí brotaba del divino cuento
la elocuencia sagrada,
lecciones de moral que repetían
los ecos de las calles
y que un templo de cada plaza hacían.

Un día, ensimismado
tal vez con una idea,
dirigía su paso reposado
hacia una pobre e inmediata aldea,
en medio de las gentes,
cuando vio que brillaba en el camino,
entre la tierra oscura,
una cosa cualquiera:
la mitad nada más de una herradura,
y a San Pedro ordenó que la trajera.
Pero aquel buen apóstol caminaba
halagando su mente
no sé qué pensamiento tan profundo
sobre el gobierno universal del mundo;
y ante idea tan grande de ventura,
puede tomarse un cetro, una corona,
mas no vale la pena
bajarse para traer una herradura;
prosiguió la jornada distraído,
cual si nada de aquello hubiese oído.

Jesús, dando un  ejemplo de paciencia,
hizo cual si no hubiera reparado
en aquella apostólica imprudencia,
y tomando consejo
de su bondad Él mismo
recogió de la tierra el hierro viejo.
Una vez en la aldea,
vendiólo a un herrador en cuatro piezas
de no sé qué moneda;
y viendo en el mercado una cerezas
de aspecto apetitoso,
cambió con el frutero
por ellas su dinero
y, cual si nada hubiese sucedido,
se las guardó en las mangas del vestido.

Siguiendo su jornada,
Jesús y sus discípulos salieron
del pueblo aquel tomando una explanada,
sin ver, al parecer, que se tendía
hasta tocar el horizonte lejos;
ni un árbol ni una mata defendía
de los ardientes, cálidos reflejos
de un sol que sol de fuego parecía;
ni un arroyo parlero ni una fuente
para templar la horrible sed ardiente.

Por una gota de agua en tal momento
dado hubiera tal vez una riqueza,
Jesús, que iba delante,
dejó caer al suelo una cereza,
que San Pedro tomó, cual más sediento;
el zumo de la fruta regalada
sus fauces dilató; Jesús envía
otra nueva cereza,
aun antes que caída, devorada,
y sucesivamente
las fue dejando a todas por el suelo
prestándole a San Pedro aquel consuelo;
hasta que, al fin, la fruta ya agotada
y la sed ya aplacada,
le dijo sonriente:
- Estudia el caso con afán profundo:
un hierro deleznable,
que despreciaste en medio del camino,
ha matado tu sed; en este mundo
no hay nada, por pequeño y miserable,
que no llegue algún día a su destino.

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