sábado, 27 de julio de 2013

EL ENCUENTRO. Por Pilar Serrano Rodríguez -Madrid

Estaba muy nervioso cuando su dedo índice apretó el timbre de la puerta. Su mirada se detuvo en el cartel en el que se leía:
"Dios bendiga a todos los que habitan en esta residencia"
Fueron unos segundos que le parecieron horas; por fin abrió la puerta una joven  de uniforme blanco. Le dio los buenos días y le preguntó que deseaba.
Antonio llevó la mano hacia su sombrero elevándolo ligeramente durante unos segundos y manifestó su deseo de saber si vivía allí Lucía Rodríguez.
- Sí afirmó la empleada, vive aquí, ¿es usted algún pariente?
- No, respondió Antonio. Soy un amigo lejano, pero me gustaría verla.
- Claro, pase por favor. ¿Hace tiempo que no la ve?
Hizo recuento mentalmente, y respondió Antonio, más de cuarenta y cinco años. Imagino que  el cambio será muy notable, tampoco yo, estoy como antes.
- Ahora Lucía -dijo la empleada-, se encuentra en cama porque anoche tuvo fiebre y está muy resfriada, pero si quiere pasar, acompáñeme que le llevaré a su habitación, aunque lo único que le pido es que su visita sea breve porque ella no está bien.
Antonio sentía que el corazón se le oprimía, llevaba muchos años anhelando ese encuentro. Tanto miedo sentía, que sus pies parecían estar clavados a las baldosas. Antonio respiró profundamente y siguió a la empleada.
Unos nudillos golpearon en la habitación de Lucía. No hubo respuesta. La empleada fue a la cabecera de la cama y comentó:
- Tienes visita. Luego se dirigió a Antonio. - Recuerde y sea breve.
Lucía era extremadamente delgada, con el pelo blanco, la cara llena de arrugas, aunque su mirada no había perdido el brillo de sus ojos. Antonio siempre le encantó mirarse en ellos, seguían igual que siempre, inmensamente azules.
Le cogió las manos y las estrechó contra las suyas, preguntó:
-¿Cómo estás?
Lucía, le devolvió una sonrisa.
- ¿Te acuerdas de mí? Soy Antonio, fui tu novio.
- No, no me acuerdo respondió ella.
Hace tantos años que dejamos de vernos. Del bolsillo del pantalón extrajo un paquete de caramelos.
- ¿Y ahora te acuerdas? Hay que ver lo que te gustaban.
Lucía no era capaz de abrir el paquete y Antonio, se prestó voluntario.
Violetas, sí violetas. Siempre que Antonio cobraba la paga a final de mes, le sorprendía con un paquete de caramelos.
- Gracias , fue lo único que dijo Lucía.
Antonio se fijó en la estantería que había encima de la cama. Una fotografía de cuando ella era joven, con la melena larga y rubia. Fue ver aquella imagen y Antonio volvió a sentir “mariposas en su estómago”. Otra foto de los nietos, otra de sus hijos y la imagen de Jesús, de la que siempre Lucía fue muy devota.
Antonio recordó las palabras de la empleada y prefirió despedirse.
- Si quieres, la semana que viene puedo venir a verte y seguramente ya estarás mejor.
Le besó la mano, pero Lucía cerró los ojos antes de que él saliera de la habitación. Con mucha calma le explicaría el motivo de su marcha. Tal vez, ella aun seguía sin perdonarle.
Al jueves siguiente fue a la residencia y esta vez no reparó en el cartel de la entrada. Blanca, la empleada, se acordaba de la visita de Antonio. Ya verá como la encuentra mucho mejor. Está sentada en el jardín.
Antonio se acercó a Lucía, le dio un beso en la mejilla aunque parecía muy atrevido. Sin embargo Antonio era una persona tímida; para qué esperar más. Lucía le devolvió el beso y al hacerlo, sus mejillas se sonrojaron, conservaban la misma frescura que cuando le robaba un beso en la cara. Él le dio un paquete de caramelos y Lucía rápidamente se metió uno en la boca.
- Están riquísimos, gracias. ¿Fuiste tú el que vino a verme la semana pasada?
Antonio aunque deseaba hablar no sabía cómo romper el hielo y eso que estaba deseando hacerlo.
Se acercaron a ver a Lucía, Lorenza y Luisa (dos residentes). Con descaro preguntaron:
- ¿De dónde ha salido éste hombre tan guapo? ¿Es tu novio?
Antonio, prefirió no contestar y Lucía no supo qué decir.
- ¿Quieres que demos una vuelta por el jardín? Hace una buena mañana.
Lucía a duras penas se podía levantar, las piernas le fallaban.
- Agarrate a mi brazo que irás mejor, aunque será mejor que pongas la chaqueta, no sea que vuelvas a resfriarte.
El brazo fuerte de él, le daban seguridad en los pasos torpes de Lucía.
Después se sentaron a charlar a la sombra de un árbol que les cobijaría de los rayos del sol. Antonio comenzó a relatar la primera vez que la descubrió en el rellano de la escalera del instituto; Lucía tendría unos trece años, llevaba dos coletas y un traje rosa. Los dos se ruborizaron al mismo tiempo cuando sus miradas coincidieron.
- ¿Porqué no me escribiste? Nadie sabía decirme dónde estabas comentó Lucía.
- Te escribí y un montón de veces, pero eras tú la que no contestaba a mis cartas dijo Antonio.
- Te estuve esperando durante años, pero me enteré de que ibas a tener un hijo con otra y mis padres me pidieron que era mejor que te olvidase.
- Lo siento no me quedó más remedio que casarme y fue un fracaso. En la última carta que te escribí te lo decía, pero me la devolvieron y en el sobre ponía “desconocida”.
Antonio de irse, volvió a darle un beso en la mejilla.
- ¿Quieres que te traiga más caramelos?
- Sí, siempre fui muy golosa y sigo siéndolo. Hasta el jueves dijo ella.
- Hasta el jueves respondió él.
Antonio llevaba muchos años viudo, pero nunca descartó la idea de volver a encontrarla. Sus primeros poemas, los primeros escarceos amorosos y las citas a escondidas aun las tenía guardadas en su corazón.
Gracias a una prima de Lucía supo que ella vivía en una residencia en Madrid, que no admitía visitas y tampoco deseaba que nadie la hablase. Sin embargo ahora desde unos meses atrás su actitud había cambiado.
Cada jueves, Antonio se ponía su mejor traje, incluso parecía que el reuma había dejado de darle la lata y sus movimientos eran menos torpes.
Una tarde que jugaban a las cartas. La directora de la residencia, reclamó la presencia de Antonio, quería saber quién era la persona que había hecho posible la mejoría de Lucía y sobre todo porque era más comunicativa y se la veía feliz. Antonio también confesó que a él le ocurría lo mismo. Tenía ilusión por verla, por estar a su lado. Manifestó su deseo de llevársela a su casa. La directora, dijo que eso no era posible ni recomendable para la enferma porque el tratamiento requería mucha constancia y esfuerzo y que en ningún caso podía abandonar la medicación.Si así lo hiciese, su enfermedad de Parkinson avanzaría más deprisa.
Antonio comprendió que era tan impetuoso como cuando era joven.
Ahora bien, le propuso la directora, podemos llegar a un acuerdo y es que no hace falta que venga solo los jueves puede venir cuando quiera.
- Muy bien contestó, él.
Lucía, esperaba impaciente en el banco, Antonio no cabía en sí de gozo.
- Me han dicho que puedo venir cuando quiera y estoy decidido a quedarme aquí contigo.
- ¿De veras, lo harías por mí?, ¿estás seguro de que no te arrepentirás? preguntó Lucía
- Claro que sí, mis hijos no me necesitan, tienen sus vidas resueltas y yo sólo deseo estar junto a ti, al lado de la persona que siempre he querido.
- ¿Crees en el destino? preguntó Lucía.
- Por supuesto afirmó Antonio.
Parecían recobrar vida hasta las rosas, el aroma del jardín se había hecho tan intenso que de nuevo brotaba otra vez la primavera.  

Frases Inesqueciveis (inolvidables)

“Cuando no hay viento, rema.”  Proverbio romano.

“Somos aquello que hacemos repetidamente.” Aristóteles

“Sé siempre una versión de primera categoría de ti mismo, en vez de una versión de segunda categoría de otra persona.”  Jury Garland

“Los grandes navegadores deben su óptima reputación a las grandes tempestades.”  Epicuro

“Una hormiga que se mueve hace más que un buey dormido.”  Proverbio mexicano

“El que puede mudar su pensamiento, puede mudar su destino.”  Stepen Covey

“Dar lo mejor de sí es más importante que ser el mejor.”  MikeLermer

“La cuestión es hacer las cosas ordinarias extraordinariamente bien.”  Jim Robin

“Cada persona que encuentro es, de alguna forma, superior a mí.”  Willam Shakespeare

“La grandeza no consiste en recibir honras, sino en merecerlas.”  Aristóteles

“Los problemas nunca pueden ser resueltos al mismo nivel del pensamiento que los creó.”  Albert Einstein

“¿Qué clase de mundo sería el mío, si todo el mundo fuese como yo?”.  Dr. David Schwartz

“Nuestra mayor gloria no está en no caer, sino en levantarnos cada vez que caemos.”  Confucio

“O hallamos un camino, o hacemos uno.”  Aníbal

“Nada es permanente, excepto el cambio.”  Heráclito

“La excelencia jamás es un accidente.”  Jackson Brown

“Pesimista es aquella persona que se queja del barullo, cuando la oportunidad llama a su puerta.”  Michel Devine

“Existen algunas cosas tan serias que necesitamos reírnos de ellas.”  Niels Bohr

A Silvia - Por Ana María Chouhy Aguirre

Sobre las frescas rosas y la hierba,
canta, oh Silvia, el aire del verano,
la eterna juventud de cada rama,
el vuelo misterioso de los pájaros.

He perdido mi amor, ay amor mío,
y entre las hojas olvidadas muero,
recoge, oh Silvia, lo que nunca he sido,
despliega hasta las nubes mi recuerdo.

He de mirar al cielo suplicante
por que devuelta intacta ante mi vida
la imagen de mí misma, no este rostro
que fijó en el espejo mi agonía.

NO PREMIAR A LA INTELIJENSIA - Por Cesar Bruto

''Las dos orillas del río son izquierdas, o no"
Ambrosio

Lo que mas abundan alrredédor de un gober-nantE que resien se inisia son los tipos que se la dan de cultos y educados, los cuales enseguida se ponen a jorobar disiendo que hay que fomentar las arteS, que hay que aumentar la culturA, que hay que levantar el estándaR del analfabetismo, que hay que costruir mas biblioteca, que hay que premiar a los intelebtuales. . . Y lójicamente el gobernantE que no tiene esperiensia suele pisar el palito o morder el ansuelO (depende de su metabolismo: si el tipo es acuático muerde el ansuelO y si es terrestre pisa el palitO), y enseguida se marida un decreto ordenando que se favoresca a todas las personas intelijentes, dándoles fasilidades, dándoles becaS, dándoles premios y dándoles otro montón de gangas cuyo nonbre no viene al caso, pero todos las conose-mos. .
Y en eso es adonde yo no solamente estoy en contra sino tanbién me declaro enemigo y estoy dispuesto a jugarme cualquier cosa, sienpre que esa "cualquier cosa" sea una cosa rasonable, naturalmente. Para enpesar ¿a usté no le párese que una persona ya tiene bastante premio con la intelijensia que le dio la naturalesA, para que todavía ensima se le regalen mas premios y distinsiones? Y si quiere un egenplo palpable se lo doy enseguida: fíjese que todos los años figuran como candidatos para el premio Nobel los mas grandes escritores del mundO. . . Y unos disen quel premio se lo merese borjeS, y otros disen quel premio se lo merese sábatO, y otros disen que se lo tienen que dar a lanuzA, y otros disen que sería mas justo dárselo a córtásaR. . ¡Pero a nadies se le ocurre de nonbrarme a mí, a cesar brutO, lo cual sería un tremendo benefisio para todos! , . . Porque si ese montón de dólares me lo dan a mí, que soy un escritor malo, yo dejo describir enseguida, y dejando de escribir, yo no publico mas libros, y no publicando mas libros, yo ya no enbromo mas a los lebtoreS. .. Y lo que digo de la literaturA lo digo del pasifismO: otra equivocasión espantosa es cuando le dan el premio Nobel a un pasifista. . . ¿Usté se imajina lo qué ocurre cuando ese pasifista agarra ese enorme paquete de dólares? ¡Ocurre que al pasifista se le trastorna la cabesa, enpiesa a comer de" lo mejor, a chupar buenos vinos, a salir de noche con senioritaS y a dedicarse a la guerrA! O sea que de la noche a la maniana el gran pasifista se le vuelve guerrero. . . En canbio, si usté agarra al tipo mas guerrero del mundO y le da un buen montón de mangoS ¡póngale la firma que al tipo se le canbia el metabolismo: larga el conplejo de buscar la guerra y se hase hincha de la paz! Y si le párese que yo digo macanas, fíjese en la gran cantidá de tipos que sienpre pelean y luchan y gritan cuando están pobres, pero el día que agarran plata dejan la idea de pelear y se quedan mansitos como palomaS.. .
Además de no premiar a los intelijentes, usté tanpoco caiga en la equivocasión de darle premios y becaS a los buenos estudiantes para que vayan a estudiar en el estrangerO, porque el ques buen estudiante estudia en cualquier parte y no presisa de que lo manden a otro sitio.. . Yo conosí muchachones que tenían una intelijensia fenómena y les dieron becaS para ir a la sobornA de paríS. .. ¡Pero los tipos en vez de agarrar para el lado de la sobornA agarraron para el lado de las fransesitas y se acabaron los estudios! .. . Lo que usté tiene que haser es darle esas becaS para ir al estrangerO a los estudiantes mas salames, para ver si se avivan un poco ¡Y si no se avivan, por lo menos están lejos de nosotros y nos molestan menos!
Mimajino que alguno pensará que yo digo eso porque soy un burrO, y que siendo un burrO estoy amargado y no tengo cómo ganarme la vida. . ¡Al contrario! Los que somos burroS estamos mejor que los intelijentes, porque los que son intelijentes enseguida se espesialisan, y si usté los saca de su espesialisasión están perdidos. . . Tome el caso de un médicO, por egenplo: el médicO no sabe otra cosa que ser médicO y tiene que buscar enfermos y mas enfermos para parar la olla... ¡Y si no encuentra un enfermo, se queda en la miseria! Y el abogado, lo mismo; un abogado anda bien mientras tiene sus pleitos y sus escritos.. . ¡pero si usté lo saca de los tribunales el tipo ya no da pie con bola en ninguna parte! Y un arquitebtO no sirve mas que para haser casas, y el jugador de fóbal es jugador de fóbal y sacándolo de la cancha nadies le da pelota. . . Y el questudió de ladrón, egerse de chorro y vibe deso; y el que se resibió de vijilante tiene que perseguir a los ladroneS toda la vidaA. ¿Y un jeneraL. qué?  Un jeneraL se espesialisa en caniones, en fusiles, en tanques y bayonetas y pare de contar.   . Y si un jeneraL se queda sesante, como quedaron tantos, ¿me quiere  desir adonde  y cuándo le van a dar otro empleo   de  jeneraL, por mas que  se  levante tenprano   y se ponga a buscar en los avisos clasificados? ¡En canbio los burroS como yo, que no sabemos nada de nada, enseguida que perdemos un puesto conseguimos otro!    ¡Y si uno tiene la suerte de ser un burrO bien conpleto, es fásil que se consiga un alto enpleo de capo y con un sueldo macanudo y todo!

jueves, 25 de julio de 2013

EL INDIO PANTA – Por JOAQUÍN V. GONZÁLEZ

Este triste episodio, que llenó de sombras mi espíritu, me recuerda que debo una historia, la del indio Panta, el tambor de las fiestas religiosas, el indispensable músico de gatos y zamacuecas en los bailes criollos, el bebedor invencible, el trasnochador sin rival, que lo mismo marchaba contrito al lado de la imagen de la Virgen en los días solemnes, como se pasaba la noche de claro en claro repicando zapateos y gritando "¡aro!" para que la niña de pies ligeros y el mozo de espuela chillona, diesen la graciosa media vuelta revoleando los pañuelos sobre sus cabezas.
Era infatigable el indio Panta, y no se concebía sin él una parranda, ni se divertían sus vecinos sin que él fuese el alma de la fiesta; su tambor es legendario. Y hoy, como un veterano, todavía redobla y resuena vigoroso, pero no ya al golpe de sus manos curtidas, sino do sus herederos, que no tienen la gracia, ni el aire gallardo, ni las coplas saladas, ni las morisquetas con que, a modo de variaciones, alteraba la monotonía de la música del baile, y que las parejas se empeñaban en ejecutar con los pies, la niña levantándose el vestido hasta dejar ver sus movimientos ágiles, y el mozo deshaciéndose en figuras y en dobleces, siempre dentro del compás de la danza.
 Predominaba en él la sangre indígena; lo decían los cabellos ensortijados, la piel negra y lustrosa, la frente chata y los pómulos salientes como las rocas de sus cerros, los dientes blancos como marfil y la barba escasa, semejante a un campo de trigo diezmado por la sequía.
Era, pues, de esa raza criolla que tuvo en sus manos y salvó la libertad de su suelo; que oía la llamada general, para correr a alistarse sin rezongos ni escondrijos inútiles; que iba a la pelea como a una fiesta, y obedecía en silencio, aunque se le mandara sablear como granadero de Maipo, o asaltar una fortaleza como en Curupaytí. Nacido para la fatiga, se vengaba bien cuando podía, cuando imperaba la paz, cuando las guerras civiles con sus montoneros, colorados y laguneros, dejaban tranquila la provincia; entonces llegaba a la aldea, jinete sobre la mula patria robada, con buen derecho, de la partida, y apeándose en el patio del rancho, —adonde ya le seguían en procesión los vecinos a la novedad y al festejo de su vuelta con salud, y como sí nada hubiera pasado,— les invitaba para el baile, preguntaba de su caja, si no se la habían manoseado mucho, hacía cariños a los muchachos y a las chinitas del pueblo, y abrazaba emocionado a sus viejos amigos.
—"Ya ha vuelto Panta", —se decía de boca en boca, y las muchachas empezaban a prepararse de prisa para los bailes que comenzarían de seguro.  Era su humor inagotable, y él solo valía la felicidad del pueblo, que supo mantener entre músicas y jaranas, hasta que un día llegó una compañía de línea y plantó en la ciudad bandera de enganche. Corrió la voz, por las poblaciones de la montaña, de que la Nación se hallaba empeñada en una guerra grande y que llamaba a sus buenos hijos a empuñar las armas y seguir su bandera contra el enemigo. El indio Panta lo supo y se puso triste; no era ya la guerrilla casera donde como quiera se salva y está siempre cerca del hogar; era lejos, muy lejos, donde debía partir, quizá para no volver, pero una voz interior le mandaba obedecer aquel llamamiento, y se resolvió como siempre, sin la menor vacilación, a marchar en busca del peligro.
Una tarde se reunió con los amigos y mujeres de la aldea, y les dijo: —"Me voy a la guerra, la patria nos llama, los voy a dejar". Y sin oír ruegos ni razones, tomó el tambor querido, compañero de alegrías y de devociones, y se fue a la iglesia seguido por todos. Se puso de rodillas delante del altar de la Virgen, y con voz ahogada por los sollozos, le ofreció como ofrenda la caja construida por él mismo, y que era su segunda vida. —"Adiós, Madre mía, —gimió,— si no vuelvo será señal de que habré muerto por mi patria!"
Salió de la iglesia enjugándose las lágrimas, pero su semblante irradiaba esa luz propia de las decisiones inquebrantables; y luego, como arrepentido de ese sentimiento, empezó a decir bromas que sabían a despedida triste, y a prometer para la vuelta las grandes fiestas, los casamientos y las procesiones, porque quería costear con sus sueldos una función de agradecimiento a la Virgen, si le sacaba salvo de aquella aventura, —"la última de mi vida, porque ya me estoy haciendo viejo"—, decía sonriendo.
Ensilló su mula patria, dio un abrazo a todos, y diciendo "¡adiós, hermanos!", tomó el camino de la ciudad. Los aldeanos se quedaron apiñados en el camino, mirándolo alejarse, con los ojos humedecidos por el llanto; y un indio anciano exclamó en voz baja y temblorosa, emprendiendo la vuelta: —"Pobre Panta, ya no volverá".
Y Panta no volvió hasta ahora, porque dejó sus huesos, como tantos héroes ignorados, enfrente de las fortalezas del Paraguay.
Allí quedó la caja, depositada a los pies de la imagen venerada, como la ofrenda del patriota, que en medio de su ignorancia tenía la intuición de los deberes cívicos, y como fuerza fatal le impelían al combate. Era la sangre guerrera que clamaba al través de esa ruda corteza indígena, como en el corazón del algarrobo secular se escucha el susurro del insecto que tiene en él la vivienda. El indio Panta ya no vuelve, pero su sombra ha cruzado muchas veces en las noches de luna por la placita del pueblo, ha entrado en la iglesia, donde el tambor conserva su memoria y el recuerdo de su devoción sincera, y por mucho tiempo sus paisanos guardaron su duelo, rezando siempre, a la hora triste del crepúsculo, un padrenuestro por el alma heroica del soldado que murió por la patria.


El campesino y las ciruelas - Por LEÓN TOLSTOI

Un campesino compró en la feria seis hermosas ciruelas para repartirlas entre él, su mujer y sus cuatro hijos.
De vuelta a su casa, entregó a cada uno de los muchachos una ciruela, diciéndoles:
—A ver cuál de vosotros hace mejor empleo de ella.
Al día siguiente, llamó a su hijo mayor y le preguntó:
—Vamos a ver, Iván: ¿Qué hiciste con la ciruela?
—Me la comí, padre —respondió el muchacho—; estaba riquísima. Pero guardé el carozo y cuando llegue la época de sembrarlo, lo plantaré en el huerto. De aquí a unos años, ya podremos tener ciruelas.
—Muy bien, hijo mío —aprobó el campesino—. Veo que eres previsor, y eso me agrada en extremó, pues tu porvenir está asegurado y pasarás tus últimos años en paz.
Luego hizo venir al segundo de sus hijos.
—Padre —dijo éste. Yo comí la ciruela que me habías dado y la mitad de la que diste a madre: como los carozos no me servían, los tiré.
El campesino torció el gesto.
—Mal hecho, hijo mío; si hubieras seguido el ejemplo de tu hermano, serían dos ciruelos los que habríamos plantado en el huerto, y mayor cosecha habríamos obtenido. Eres imprevisor y glotón, pues le quitaste la mitad de la fruta a tu madre. Corrígete de esos defectos, que pueden conducirte por mal camino.
Sergio, el tercero, se adelantó, y sin esperar a que el padre le preguntara, dijo:
—Padre: yo recogí los carozos que tiró Vanka, saqué las almendras que tenían dentro y me las comí. En cuanto a la ciruela, se la vendí a Teodor, quien me dio por ella tantos "kopeks" que mañana podré comprar en la feria una docena. Me comeré dos y venderé las diez restantes, y así, aumentaré mis ahorros.
—Tu modo de proceder no me agrada —dijo el campesino con tristeza—; porque veo que eres egoísta y avaro. Nunca te faltará qué comer; pero, ¡ay del infeliz que llame a tu puerta en demanda de un pedazo de pan! Malo es tirar las cosas y no pensar en el porvenir, como ha hecho Vanka; pero peor es pensar exclusivamente en sí mismo y vender al prójimo por el triple de su valor lo que no nos costó absolutamente nada. Ten cuidado y lucha contra esas dos funestas inclinaciones que agostarán tu corazón. Y tú, hijo mío —añadió el campesino dirigiéndose al menor—, ¿qué hiciste con la ciruela?
 Sacha se adelantó confuso, bajando la cabeza.
—Padre —contestó—; Nikka, el hijo de nuestra pobre vecina, está muy enfermo, y para aplacar la sed que la fiebre le produce le di a comer la ciruela. Si he hecho mal. perdóname,
—¿Perdonarte? —exclamó el campesino con los ojos llenos de lágrimas—. Ven a mis brazos, hijo mío: tú eres el que verdaderamente ha hecho mejor empleo del regalo que yo os había dado; porque la caridad es lo más hermoso de la tierra; lo único que consuela al corazón.


miércoles, 24 de julio de 2013

PÁJARO HERIDO - Por JUAN BURGHI

En la mañana azul de primavera,
al pie del árbol donde hacía el nido,
hallé un pequeño cimarrón herido
por el golpe brutal de una gomera.

Lo tomé entre mis manos. Sólo era
un manojo de plumas desvaído,
un ojo turbio de dolor transido
y un pico abierto en ansiedad postrera.

Lo contemplé angustiado... Hace un momento,
nido, vuelo, canción, luz, sentimiento;
vida plena y feliz tronchada en vano...

Y en ese pajarillo moribundo
vi todas las tragedias que en el mundo
pueden herir a cada ser humano.



                                                                 De La Prensa. B. Aires, 14-10-1956.


Escribió entre otros libros: Luz en la sierra, Oro de otoño, Emociones, etc., Juan Burghi — el poeta del árbol y las aves — compuso Pájaros nuestros, el más celebrado y difundido. Toda su obra se resume en un poema de amor a la naturaleza y las cosas sencillas, dichas con tierno acento e infinita bondad. Es poeta obligado de casi todas las antologías escolares.