miércoles, 28 de agosto de 2013

"Contate un cuento V" - MENCIÓN DE HONOR CATEGORÍA A - Lucio Dantaz

Otra oportunidad

En un día como cualquier otro David Bennet, un exitoso empresario millonario, ambicioso y egoísta llegó a su mansión. Como de costumbre dejó las llaves de su Ferrari rojo colgadas en el llavero de la pared.Estaba completamente solo, ese era el día libre de sus criadas y mayordomo. Su mujer, también empresaria y embarazada de dos semanas se hallaba en un viaje de negocios y no volvería hasta el día siguiente. Abrió la heladera, sacó una lata de cerveza y se puso a beber mientras disfrutaba del partido de River y Boca. Así, tranquilo y relajado se encontraba cuando de repente sintió que había alguien detrás de él. Pensando que era una de sus criadas se dio vuelta y se topó cara a cara con un ladrón enmascarado, el cual con un grueso palo lo golpeó en la cabeza y sin remedio se desmayó. Al despertar se hallaba en el jardín de su casa rodeado por cinco hombres musculosos que le parecieron conocidos, pero no logró identificarlos. Uno de ellos tenía un arma en la mano y en un descuido de éste, con un rápido movimiento que había aprendido en lecciones de autodefensa se la quitó y comenzó a apuntarles a todos alejándose. Luego de distanciarse lo suficiente echó a correr por el extenso jardín. Como dueño conocía bien su terreno y entró por un pasaje secreto que había en una estatua de las tantas fuentes del patio. Al entrar en la habitación secreta se encontró nuevamente con el enmascarado que lo aplaudía lento y de forma sarcástica.
   - ¿Quién sos? ¿Qué querés de mí? – preguntó David
   Sin responder, el misterioso sujeto le disparó con una pistola, pero a él no le dolió nada, de hecho, sentía mucho sueño. Luego miró donde le había asestado el disparo y observó que era un dardo tranquilizante y no recordó nada más. Al despertar se encontraba de nuevo en el jardín, rodeado por todos esos grandotes a los cuales se le sumaba el misterioso enmascarado quien se sentó en la hierba mientras observaba como sus cómplices le daban una golpiza. Lo dejaron inmóvil tendido sobre el suelo. El de la máscara se acercó, lo escupió, se sacó la careta y dijo:
   -¿Te acordás de mí?
   -Sí, ya me acuerdo, sos Ju…
   De repente, pareció haber recordado algo y…:
   -¿Qué buscás?
   -Venganza -Lo tomó del cabello y le dijo- jamás te voy a perdonar. Luego de esto David se desmayó.
    No podía reanimarse, pero aún así oía ruidos, susurros muy extraños y luego, comenzó a sentir malestares en su cuerpo.Al despertar, sin saber el tiempo transcurrido,  se hallaba en una selva que no conocía.
    Se encontró con todo su cuerpo adolorido, golpeado y magullado. Notó una cortadura en su pierna izquierda. Se preguntaba qué había pasado. Y pronto lo recordó todo: aquel tipo enmascarado era Juan Martín Peñaloza, su mayor competidor, al cual con un poco de suerte y empeño hundió y  dejó en la calle.     Al parecer había cumplido su promesa de venganza y ahora trataba de matarlo pero, ¿por qué lo había abandonado en la jungla? David no lo sabía hasta que sacó conclusiones y se dio cuenta que lo habían tirado a baja altura de una avioneta posiblemente de contrabandistas. Cayó amortiguado por las ramas de los árboles y hojas muy grandes.
   Lo que  recordaba era que más de una vez este personaje había tratado  de conquistar a su esposa, pero ella siempre lo había rechazado, por lo que podía suponer que ahora, en estas condiciones, todos lo iban a considerar muerto o fugado por algún crimen o negocio sucio y Peñaloza  aprovecharía la oportunidad para tomar su lugar en la empresa y a su mujer. Este pensamiento lo disgustó mucho, asique decidió que debía volver a su casa y desenmascararlo antes de que todo esto sucediera. Lamentablemente no podía hacerlo porque no tenía idea de donde estaba. Se hallaba con la ropa desgarrada, sucio y con una herida infestada en la pierna que apenas le permitía moverse.
    Miró a su alrededor; de pronto en el cielo, creyó distinguir aves esbeltas, blancas, adornadas con plumas doradas y otras anaranjadas en la cabeza y cuello. Eran ibis, propias de la selva Amazónica.
    Como sabia que ellas, al igual que los flamencos o martines pescadores sobreviven cerca del agua comiendo pescado, tomó una rama del suelo y apoyándose en ella porque le  dolía mucho la pierna, comenzó a caminar en la dirección en la que iba el pájaro. Minutos después, llegó a una especie de laguna en la que revoloteaban hermosas aves, nadaban peces coloridos y saltaban juguetones monos. Tenía mucha hambre y pensó en comer algún pez. Pero en ese lugar había algo que le transmitía tanta paz que no podía quitarle la vida a ningún animalito. Al cabo de unos momentos pensó que si continuaba así se iba a morir de hambre. Por lo tanto, cortó una rama verde muy larga más o menos de su estatura  y comenzó a afilarla contra una roca. De repente, se escuchó un rugido seguido de un griterío de monos y otro de pájaros. David se sintió aterrado y alterado y apuró su trabajo. Ni bien terminó se subió a un árbol y esperó.
   ¿Qué pudo haber producido ese rugido? Seguramente sería un animal muy grande. Pronto encontró la respuesta, había un jaguar abajo que caminaba rugiendo de fastidio. Tiró un zarpazo al agua y sacó un pez. Con  una de sus garras se disponía a comerlo cuando a David que estaba escondido con los monos sobre un árbol, se le cayó un pedazo de corteza de la rama en la que estaba parado. El felino salvaje escuchó el ruido y miró hacia arriba. Vio al hombre con un montón de monos. Se puso a saltar tratando de alcanzarlos. Pero el inteligente humano con su lanza recién afilada se sentía capaz de hacerle frente al feroz animal. La bestia tomó carrera y dio un salto mucho más alto que los otros y consiguió aferrarse un poco a la rama en la que estaba él. No conseguía subirse hasta que cayó herido al suelo con una lanza clavada dentro de su aún abierta boca. El triunfador bajó del árbol con un aullido ensordecedor de monos.
   El dolor de su pierna ya era insoportable.   Al cabo de unas horas la infección era tan grande que ya no podía moverse. Comenzó a alucinar  hasta que se desmayó y se golpeó la cabeza contra una roca.
   -Menino acorda- muchacho despierta  –dijo una voz extraña y David volvió en sí. Sus primeras palabras fueron:-¿eh? ¿Dónde estoy?
   -¡Ah!, veo que hablas en español. –dijo el desconocido.
   -¿Qué? ¿Quién sos?
   -Soy Patacamaya, chamán de los Pacasáma, la única ciudad Inca que queda en el mundo, aunque gracias a Viracocha no nos han descubierto todavía.
   -¿A quién?
   -El dios creador- ignorante.
   -Como te decía; todavía no nos han descubierto porque de lo contrario seríamos obligados a decirles donde esta la fuente de la juventud. No te asombres yo curé tu pierna con unas gotas de esa agua y con algunas hierbas y yuyos.
   -Ahhhh. Pero… hablas mi lengua.
   -Tengo 1113 años, recorrí el mundo entero y hablo más de veinte idiomas
   - ¿Cómo? – Ah, ya entiendo.
   -Ven, sígueme. Te mostraré algunas cosas y tal vez otras cuando estés listo.
   Comenzaron a caminar y a charlar de ese lugar, de los dioses, también de unas jóvenes incas que pasaron cerca y muchos secretos que jamás se revelarán. Así pasó un año aprendiendo, conociendo, enseñando sobre algunas invenciones que ellos no conocían como la televisión y aunque no dejaba de pensar en su familia le agradaba estar allí. Patacamaya notaba esto y le dijo:
    -Mira, ya tienes mucha de nuestra sabiduría y sé que te gustaría quedarte, pero no es posible. Recuerda lo que has aprendido: el amor siempre es primero, nada de lo demás importa, aunque sea un bien material necesario como una manta en una noche de frío.
   -Lo comprendo, pero algún día volveré.
   -No lo harás. Quiero que sepas que te extrañaré mucho y que siempre te llevaré en mi corazón. Adiós.-  Y sopló un misterioso polvo en su cara.
   De pronto, despertó en un buque carguero vestido con un uniforme de trabajo. En su bolsillo tenía cinco monedas de oro, un frasquito con agua y una carta que decía: “querido David te damos este dinero para que lo uses como tú quieras. El agua de la fuente de la juventud espero que la emplees con sabiduría y que no olvides jamás lo que aprendiste con nosotros. Que la luz te guíe”. Patacamaya firmaba ese corto mensaje.
   El barco entró en el Río de la Plata. Nadie se fijó en él y después de bajar a puerto se dirigió a su casa.  Pensó que no podía entrar así como así, recordó lo que había asimilado en Pacasáma y al caer la noche preparó trampas en el parque y esperó.
   Después de mucho trabajo y con los rufianes atrapados e inmovilizados, buscó a Juan, su captor y lo redujo muy fácilmente antes de que pudiera entrar a la residencia. Llamó a la policía y más tarde la justicia se ocupó de ellos.
   Antes del veredicto David dijo: - “yo los perdono, he aprendido a no odiar” y sin decir más se retiró.
   Al regresar a su casa se reencontró con su esposa a quién abrazó eufórico de alegría, luego conoció a su hijita Sofía.
   Al pasar unos meses todo volvió a la normalidad, había donado dinero para cinco escuelas especiales e instrumental para varios hospitales. El diminuto frasco que era el tesoro más valioso del mundo lo guardó  en una caja fuerte de diez centímetros de espesor para usar el agua cuando los seres celestiales se lo pidieran.
    Su empresa estaba lista para continuar funcionando, solo que esta vez haría las cosas bien. Recordó lo que le enseñó Patacamaya:
    Ve el amor, habla amor, se amor.
    Ve luz, envía luz, se luz.
    Ve verdad, habla verdad, se verdad.
    David contó la aventura a su esposa quien se emocionó mucho al escuchar a su marido narrar las aventuras que había vivido en Pacasáma y lo cambiado que estaba, porque no hacía menos de dos años hubiera enviado a  matar a sus enemigos.
    Volvió muchas veces a Brasil buscando la ciudad perdida. Encontró el lago, la pradera que estaba cerca de ahí, pero por más que buscó no pudo hallar la gruta por la que él tantas veces había pasado para salir a cazar. Extrañaba mucho charlar al calor del fuego y las enseñanzas de Patacamaya.




Alumno de 2º año de Escuela de Educación Secundaria Nº 3 “Carmelo Sánchez”

Concurso "Contate un cuento V" - MENCIÓN DE HONOR CATEGORÍA A - Marco Gentile


La relojería de Álvarez


   Había una vez un relojero llamado Gabriel Álvarez que tenía una  tienda repleta de todo tipo de relojes; más grandes, más chicos, algunos con más valor que otros. Los traía de Europa, Estados Unidos, Oriente y de muchos lugares importantes. Todos funcionaban y estaban en hora. El sonido del tic tac aturdía el recinto.
   Él era un hombre joven, delgado, no muy alto, formal y con pocas amistades. Tenía una hermosa familia que lo ayudaba en su negocio.
  Una noche encontró una caja en la puerta y pensó que el cartero seguramente la había dejado, sin embargo, le pareció muy extraño.La abrió con cuidado y allí estaba. Era un reloj despertador de forma muy peculiar. No tenía remitente. Álvarez lo puso en hora para probarlo y esa noche en vez de usar el despertador de siempre, programó ese, exactamente para las 7:40.
  Esa mañana se despertó activo y emocionado porque el nuevo reloj  había funcionado muy bien, pero cuando quiso ir camino hacia la relojería descubrió que su esposa e hijos ya no estaban, y salió a la calle muy preocupado.
   Vio que toda la ciudad estaba rejuvenecida, llena de nuevas cosas que él jamás había visto, entonces le preguntó a cada persona que caminaba por allí por qué todo estaba  tan cambiado y remodelado. Nadie le respondió, hasta que llegó a la calle de su relojería. Era la única que no estaba renovada, pero sí la única rota y arruinada. Su negocio, cerrado y en muy mal estado.
  Con las llaves decidió abrir las puertas. Cuando entró vio todo un desastre, los relojes estaban tirados y rotos, las paredes manchadas y descascaradas con un intenso olor a humedad. Parecía un lugar abandonado. En eso Álvarez sintió un ruido y muy asustado se acercó al lugar de donde provenían. Allí estaban sus tres hijos y su esposa, escondidos y temerosos. En ese momento Álvarez se acercó a su familia preguntándole qué había pasado, por qué todo estaba así. Al principio no los reconoció, pero ellos le explicaron quiénes eran y sobre el tiempo transcurrido. Le dijeron que desde que había abandonado a su familia y su trabajo la vida se les había derrumbado.
    Álvarez muy sorprendido preguntó qué año era, qué había hecho él y por qué estaban escondidos. Respondieron  que los había dejado por falta de dinero, que la relojería era su hogar ahora, que transcurría el año  2040 y que todos pensaban que  estaba muerto.
   Álvarez, ya entrado en razón y vislumbrando lo que había sucedido,  puso el despertador 7:10 para volver a su año que era el 2010 y se fue a dormir.
   Al otro día despertó y bajó velozmente para ver si había algo  anormal; cuando fue a la habitación de sus hijos los vio  ahí y respiró aliviado. Después fue a la cocina, para ver si hallaba a su esposa, al entrar se topó con ella. Se acercó y le dio un gran abrazo diciéndole que nunca la iba a dejar, ni a ella ni a sus hijos.  La esposa no entendió nada pero igual le siguió la corriente. Después  subió a su habitación y tiró por la ventana el despertador para asegurase de romperlo y no verlo más. Luego partió a la relojería, allí observó que todo estaba como antes: los relojes funcionando y en hora. Se encontraban como los había dejado. Pero el momento que sufrió pensando que había abandonado a sus seres queridos nunca se lo pudo borrar de la mente. Y por eso lo anotó en su diario para recordar el intenso desconsuelo y amargura que se siente cuando desaparece la familia.

Alumno de 1º de Escuela de Educación Secundaria Nº 3 “Carmelo Sánchez”


sábado, 24 de agosto de 2013

ECONOMÍA - Por Eusebio BLASCO

El tío del puesto de libros, había observado la curiosidad del joven que se detenía todas las mañanas a leer títulos de las obras en venta.
Se pasaba las horas repasando los libros. Algunas veces los sacaba de los estantes, leía las portadas, miraba por dentro de las cubiertas, y volvía a dejar el tomo de a peseta en su sitio, con gran cuidado.
Era un muchacho de aspecto modesto, vestido con suma sencillez. Un día, en que llovía mucho, el tal se detuvo como siempre delante del puesto, y la mujer del librero que ya le conocía, salió a la puerta y se atrevió a decirle:
- ¿Pero, por qué no abre usted el paraguas que tiene debajo del brazo?
El muchacho le respondió:
- ¡Porque se estropea!
- ¡Qué estudiante más raro!  decían allá en la trastienda marido y mujer.
Porque sin duda ninguna era estudiante.
Siempre venía en la dirección de la calle de San Bernardo a la hora en que se acaban las clases, con varios libros en manos y bolsillos. Y las dos o tres veces que compró libros en el puesto fueron de los que sirven de texto en la Universidad central.
Pues una tarde, en vez de detenerse a leer en los lomos de las obras expuestas en la acera, el joven desconocido entró resueltamente en la tienda, y dirigiéndose al amo, le dijo con suma cortesía :
- Muy buenas tardes. ¿Cómo está usted ?
- Muy bien, ¿y usted?
- Muy bien, muchas gracias.
- ¿Y en qué puedo servir a usted?
El estudiante, después de mirar en derredor como quien busca algo dijo:
- ¿Tiene usted el Tratado de economía política de...? (y dio el nombre del Autor del libro que buscaba).
- Sí, señor; tengo un ejemplar muy hermoso, encuadernado a todo lujo.
Fue a buscarlo a la trastienda y lo trajo.
Estaba, en efecto, primorosamente empastado en chagrín con los cantos dorados.
Al estudiante le gustó mucho.
- ¿Cuánto vale? - le preguntó.
- Por ser para usted, que ya es parroquiano, se lo pondré en setenta reales.
El comprador miró y remiró el ejemplar por todos lados, empleando en ello mucho tiempo.
- En efecto, es hermoso, pero es muy caro para mí. Si tuviera usted otro, aunque fuese de menos lujo...
- Sí, señor; tengo aquí otro con pasta española, nueva, que para manejarlo a diario es muy útil. Vea usted, parece que se ha empastado ayer.
Vuelta a mirarlo, y a volver a mirar, y a examinar si le faltaba alguna hoja...
- No,  no le  falta nada,  es el   Tratado de economía completo. Este se lo pondré a usted en cincuenta  reales, y es regalado.
El estudiante suspiró.
- No, no puedo tampoco gastar eso. ¿ No tiene usted uno en rústica ?
El librero, ya un poco nervioso, arrojó el tomo sobre el mostrador y dijo:
- ¡Si hubiera usted empezado por ahí!... Sí, señor, lo tengo en rústica al precio corriente de los libros de texto. El precio corriente es el que ponen en las librerías. - - - Como esto es un puesto de libros, ya me lo dará usted en algo menos.
- Bueno, no hay inconveniente; su precio es treinta reales, y para que vea usted que quiero vender, se lo pongo a usted en un duro. ¡Lo que es ahora no tiene usted nada que decir!
- Es verdad; pero este ejemplar en rústica está nuevo. ¡Y tan nuevo!¿Y no tendría usted uno usado?
El librero ya tembloroso:
- Tengo uno muy viejo, mírelo usted, éste se lo doy a usted en catorce reales.
- ¿No le falta nada?
- Nada.
El estudiante, después de mirarlo con la calma acostumbrada, lo dejó sobre un montón de libros, y dijo:
- Vamos,  que ya  tendrá usted uno más usado que éste... aunque le falten las cubiertas, o la portada, no importa, con tal de que lo demás se pueda leer... a ver si encuentra usted uno más barato...
El librero, pálido, con los ojos feroces, cogió al estudiante por el brazo, le puso en el arroyo, y le dijo:
- ¡Vaya usted con Dios, y no me estudie usted economía, que ya sabe usted bastante!

La serpiente que regalaba oro - Leyenda de autor anónimo



Estoy triste porque mi piedra preciosa se ha roto, y tú lamentas a tu hijo. ¿De dónde ha de venir el amor cuando el corazón está destrozado? Lector, cierra tu libro.
Una vez era una ciudad llamada Kanti, en la que reinaba el rey Kanayasen. En la casa de este rey iba y venía un brahmán muy sabio llamado Devdatt, que le leía al rey traducciones comentadas del Mahabarata y de los Puranas. Primero las leía en la soledad, luego ante el rey y su familia, y finalmente ante el rey, en presencia de toda la corte reunida. Así iban las cosas, cuando un día el brahmán se puso a leer solo en el jardín, con voz y canto melodiosos. En este jardín vivía una serpiente. Había en el jardín una sartén llena de oro y en ella habitaba la serpiente. Esta serpiente oyó la lectura,   la  voz  del  lector  y  su  canto  melódico.   Salió afuera y se puso a escuchar la lectura. Y sintiendo el encanto de la lectura, tomó una moneda de oro en su boca y la puso delante del lector. En seguida se volvió a su vivienda. Al otro día, el lector leyó ante la serpiente un trozo muy largo, cantándolo con voz armoniosa, y la serpiente volvió a poner ante el brahmán una moneda de oro. Desde entonces, el brahmán leía en aquel sitio todos los días por la mañana. Así sucedió que la serpiente se aficionó al lector más que a los demás hombres; al alejarse, le daba siempre una moneda de oro. Pero de esta historia nadie sabía una palabra sino sólo el brahmán lector. Así estaban las cosas, cuando vino un hermano de Devdatt a convidarlo, pues en su casa se celebraba una boda; su hermana que vivía en otro pueblo casaba a su hijo. Devdatt dijo: "No puedo ir. Tengo que leer ante el rey". Devdatt sentía, en efecto, el deseo de las monedas de oro y no iba por eso, pero no quería que nadie se enterara de la historia. Por esa razón dijo: "Lleva a tu cuñada y a tu sobrino. Yo no puedo ir". Pero el hermano se fue a ver al rey y le dijo: "Dad permiso a mi hermano". Y el rey le dijo a Devdatt: "Puedes irte". Entonces Devdatt que tenía un hijo de veinticinco años, muy instruido, se lo llevó consigo al jardín y le mandó que leyera en el lugar que se hallaba la serpiente. La serpiente se alegró; salió y se puso a su lado. El padre le dijo a su hijo: "No se lo cuentes a nadie. Haz una lectura diaria. La serpiente te dará siempre una moneda de oro. Pero que nadie sepa una palabra". Así lo amonestó, y la serpiente dio la moneda de oro. Devdatt se puso en camino con su familia y su hijo se quedó. Leía primero a la serpiente y después leía ante el rey. Pasaron así tres días. Entonces pensó el hijo del sabio en su corazón: "Me da siempre una moneda de oro. Esto significa que posee una gran sartén llena de monedas de oro. Voy a coger la sartén". Concibió este plan insensato y un día cogió un bastón, lo escondió debajo de la alfombra en que se sentaba, y comenzó su lectura. Al terminar ésta, la serpiente puso en el suelo la moneda de oro y disponíase a deslizarse hasta su vivienda, cuando el hijo del sabio alzó contra ella su bastón y le dio en la cabeza. Por efecto del golpe se rompió la piedra preciosa que en la cabeza llevaba la serpiente*. Ésta se puso furiosa, se volvió y mordió al hijo del sabio, y cuando le hubo mordido se arrastró hasta su vivienda. El hijo del brahmán murió de la mordedura. Diez días después, estaba de vuelta el sabio. Volvió a leer ante la serpiente y ésta entonces le gritó desde su vivienda la siguiente estrofa en sánscrito: "Estoy triste porque mi piedra preciosa se ha roto y tú lamentas a tu hijo. ¿De dónde ha de venir el amor cuando el corazón está destrozado? Lector, cierra tu libro".


*Es creencia en la India que la serpiente cobra lleva en la cabeza una piedra preciosa, que anula el efecto del veneno.

De Veinte cuentos de la India. Ed. Rev. de Occidente, Madrid, 1927.

DEL LIBRO DE LECTURA “ATALAYA” PARA 6º GRADO DE AZLOR Y CONDE MONTERO, AÑO 1957

La cuna - Por JUANA DE IBARBOUROU


Si yo supiera de qué selva vino 
el árbol vigoroso que dio el cedro 
para tornear la cuna de mi hijo. . . 
Quisiera bendecir su nombre exótico. 
Quisiera adivinar bajo qué cielo, 
bajo qué brisas fue creciendo lento 
el árbol que nació con el destino 
de ser tan puro y diminuto lecho.

Yo elegí esta cunita 
una mañana cálida de enero. 
Mi .compañero la quería de mimbre, 
blanca y pequeña como un lindo cesto. 
Pero hubo un cedro que nació hace años, 
con el sino de ser para mi hijo, 
y preferí la de madera rica 
con adornos de bronce. ¡Estaba escrito!

A veces, mientras duerme el pequeñuelo, 
yo me doy a forjar bellas historias: 
tal vez bajo su copa una cobriza 
madre venía a amamantar su niño 
todas las tardecitas, a la hora 
en que este cedro amparador de niños,
se llenaba de pájaros con sueño.
de música de arrullos y de píos.

¡Debió de ser tan alto y tan erguido, 
tan fuerte contra el cierzo y la borrasca, 
que jamás el granizo le hizo mella 
ni nunca el viento doblegó sus ramas!

Él, en las primaveras, retoñaba 
primero que ninguno. ¡Era tan sano! 
Tenía el aspecto de un gigante bueno 
con su gran tronco y su ramaje amplio.

Árbol inmenso que te hiciste humilde 
para acunar a un niño entre tus gajos: 
¡has de mecer los hijos de mis hijos! 
¡Toda mi raza dormirá en tus brazos!

De Las lenguas de diamante. 

LOS DIARIOS - Por Enrique E. Rivarola.

Para celebrar la loca
ambición que mueve al hombre,

mientras la fama su nombre entre los héroes coloca,
todo una página es poca; y para anunciar la acción

de un hombre de corazón que a las aguas se ha arrojado
y a un pobre niño ha salvado... hay apenas un renglón.

A un olmo seco - Por ANTONIO MACHADO

Al olmo viejo, hendido por él rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y él sol de mayo,
algunas hojas verdes le han salido.

¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.

Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.

Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas de alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.

Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.


De Obras completas. México, 1941.