lunes, 4 de enero de 2016

Sentado en el banco de la plaza Por Ezequiel Feito

Sentado en el banco de una plaza
espero que vuelvas.
Mientras que a lo lejos, el sol bendice
los últimos rincones de la tierra
y las hojas de los árboles se juntan
para hablar con las estrellas.
Los harapos del viento se esconden
en los nidos vacíos y sólo queda
un caos de luz que a lo lejos
en las últimas nubes se refleja.

Pero yo, sentado en este banco
espero simplemente que tú vuelvas:
que el crepúsculo, que ahora es un gigante,
traiga en sus manos tu presencia
y que la noche no lleve de antemano
la razón de aquel que tanto espera.

¡Qué feliz será cuando tú vuelvas
y tomados de la mano como niños
caminemos como siempre, enamorados,
bajo la luna nueva!

EL OBRERO Por ALFONSINA STORNI

Mujer al fin y de mi pobre siglo,
bien arropada bajo pieles caras,
iba por la ciudad, cuando un obrero
me arrojó, como,, piedras, sus palabras.

Me volví a él; sobre su hombro
puse la mano mía; dulce la mirada,
y la voz dulce, dije lentamente:
-¿Por qué esa frase a mí? Yo soy tu hermana.

Era fuerte el obrero, y por su boca
que se hubo puesto sin quererlo, blanda,
como una flor que vence las espinas
asomó, dulce y tímida, su alma.

La gente que pasaba por las calles
nos vio a los dos las manos enlazadas
en un solo perdón, en una sola
como infinita comprensión humana.

                                                         (Del libro Languidez)

Y el poema sucedió Por Héctor Fuentes

Cierta vez dije
"te amo" y tu boca
se abrió a la vida
con el estruendo
de un campanario.

Sentí una balsa en tus manos
moviéndome en remolinos,
fundiendo el acero triste
contra dos brazos
relampagueantes.

Un pálpito sube y vuela
hacia la risa de lo más alto.
Llevabas el pelo encendido.
En tus cabellos las chispas
de un fuego despavorido,
la estrella que resplandece
sobre los techos y los navíos.

Es la hora donde todo
se encamina hacia la noche.
Donde las palabras dichas
encallan contra el silencio.
   
Cierta vez dije
"te amo",
y el poema
 sucedió.

Escuela Secundaria Nº 3 “Carmelo Sánchez” - Concurso literario “Contate un Cuento VIII” - Ganador de la Categoría D: Ernesto Bollini Ciudad Autónoma de Buenos Aires

El papelito

En el papelito en cuestión podía leerse una sola palabra, hiriente, pecaminosa, encuadrada, para colmo de males, entre signos de admiración y en letra de imprenta: “¡VAGINA!” Un celador demasiado celoso lo había hallado en el pasillo que da al aula de quinto B, y se lo había llevado a la carrera, untuoso y solícito, al mismísimo señor Rector. Con gesto ambiguo, entre ofendido y enojado, el señor Rector lo arrugó entre los dedos sudorosos y, a continuación, lo guardó en un bolsillo del saco.
    - Así que están excitados, los muchachos. Yo les voy a dar excitación- se dijo, rumiando una sonrisa malévola.- Aprenderán a respetar nuestra sagrada Institución, aunque sea a los golpes.
    Luego de tan sesuda reflexión, se apersonó al aula de quinto B Los alumnos, alborotados por la inminencia del viaje a Bariloche, tuvieron que hacer un esfuerzo para endurecer los rostros y ponerse de pie al contemplar su majestuoso ingreso.
    La profesora de Historia, situada a la sazón al frente de la clase, enrojeció un poco, tal vez consciente del barullo. Era, por supuesto, la más querida por todos. En su hora los chicos aprovechaban para organizar los detalles de la excursión pasándose uno a otro papelitos como los que en ese momento blandía en su mano el señor Rector. Los mensajes servían para discutir y acordar detalles nimios o importantes, según cómo se los mire: qué objetos personales habrían de llevar, quien compartiría habitación con quién, cuáles padres acompañarían al contingente, y temas por el estilo. Por eso, la sorpresa fue general cuando el señor Rector mostró el dorso de un trozo de hoja de carpeta marca Éxito, conocido por todos y más económico sin duda que el Rivadavia, y exclamó, con serena furia:
    - Señores, a causa de la vergüenza que significa para nuestro benemérito colegio la difusión de mensajes de la calaña del que porto ahora en mi mano, queda suspendido, sin fecha de realización, el viaje de egresados de quinto año B. Buenas tardes.
    El celador celoso, que lo acompañaba, fiel, cerró la puerta con estrépito, dejando en la atmósfera del aula una sensación de angustia y desconcierto que lo hubiera deleitado grandemente.
    Durante algunos minutos, el silencio fue general. Luego, cedió paso a la bronca y la locuacidad desbordada. Todos querían protestar. La profesora, asumiendo su rol natural de liderazgo, fue la primera en hablar.
    - Entiendo que las autoridades deberían clarificar un poco más la situación- dijo, con prudencia, para no aparecer abiertamente enfrentada a las autoridades.
    - ¡Es una medida tan arbitraria como injusta!- exclamó Leandro, el más dotado para la oratoria.- ¡Exigimos una explicación!
    - A mi me costó mucho reunir la plata.- Se lamentó Gina- Muchos de mis compañeros me ayudaron.... Y ahora... ¿me voy a quedar sin viajar?
    - ¿Y yo, que me había comprado los esquíes?¿Dónde me los meto ahora?- terció Gonzalo, generando una hilaridad momentánea que sirvió para aflojar un poco la angustia pero se disipó en el acto.
    En ese momento se dejó escuchar la palabra serena de la profesora:
    - Ustedes merecen hablar, sin duda. Les propongo formar una comisión que se presente a dialogar con el señor Rector. Se los está castigando sin que se conozcan con claridad los motivos.
    - ¡Grande, profe!- gritó Soledad.- ¡Yo quiero ir!
    - ¡Yo también!¡Y yo!- se dejaron oír muchas voces en tumultuosa sucesión.
    - Votemos- propuso sensatamente la profesora.
    - Eso- exclamó Juan- Voto secreto, universal y obligatorio. Ley Sáenz Peña,¿no profe?
    La profesora asintió con la cabeza, mientras dos gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.
    - Me escuchan- se dijo, emocionada.- Parece que boludean todo el tiempo, pero me escuchan....
    Un aplauso generalizado aprobó la moción. Mientras el celador celoso espiaba por un ventanuco, la clase en pleno se movilizaba para elegir a sus delegados. Se repartieron los famosos papelitos, esta vez en blanco, para que cada alumno anotara el nombre de su candidato preferido. Germán se encargó de contar los votos, y así quedó conformado una delegación de tres: Gonzalo, Leandro y Soledad. Por un momento, la profesora pensó en aprovechar la situación para  conferenciar acerca del primer Triunvirato pero luego, considerándolo un exceso pedagógico, se llamó a silencio. Se decidió también rechazar el ofrecimiento de la profe, quien había pedido acompañarlos a toda costa, “como medida de protección y preservación de su fuente laboral”, según anunció pomposamente Graciela, la poetisa del grupo.
    Los alumnos decidieron entonces organizar un breve debate, donde se discutieron los argumentos que serían utilizados en la crucial reunión. Algunos propusieron la confección de un documento o declaración de principios, pero la mayoría rechazó la ponencia por considerar que le quitaría espontaneidad a la presentación. En un clima de tensa expectativa, el timbre que indicaba la finalización de la jornada se filtró entre las acaloradas palabras de los compañeros.     Todos acordaron que permanecerían reunidos en la puerta del aula hasta que acabara la reunión, como una manera de manifestar el apoyo general.
    Los tres delegados se peinaron como pudieron; circuló también el desodorante y cierta goma de mascar que mejora el aliento.
    Pero los acontecimientos viraron desfavorablemente: a los oídos del celador celoso llegaron las enérgicas voces de la discusión. Poner sobre aviso al señor Rector y aguardar, complacido, la citación a la profesora de Historia, fue un trámite de matemática brevedad. La docente, imposibilitada de negarse, se aprestó a concurrir al trascendente conclave, aconsejándole a los muchachos que aguardaran por novedades. El plenario montó guardia en la puerta del aula, mientras el colegio comenzaba a vaciarse por imperio de lo avanzado de la hora.
    - Quiero creer- comenzó diciendo la augusta autoridad- que no está usted incitando a la rebelión a esos jóvenes descarriados.
    - De ninguna manera- respondió con ligero temblor la profesora de Historia.- Los muchachos tan sólo quieren saber de qué delito se los acusa.
    El señor Rector extrajo el infame papelito y lo desplegó ante los ojos azorados de la mujer.
    -¿Y?¿Qué me dice ahora de sus “muchachos”? ¡En letra mayúscula! ¡Y de imprenta!
    La profesora reprimió una carcajada de alivio.
    - En fin, señor Rector, con todo respeto... Los chicos están en plena adolescencia, conociendo sus propios cuerpos y los ajenos, dándose permiso para pensar en el placer... Después de todo, se trata de una inquietud natural... No me parece tan grave. Una reprimenda será suficiente para ponerlos en caja. ¡No los prive del viaje más importante de sus vidas!
    - ¿De modo que no le parece tan grave?- explotó el señor Rector.-¿No le parece tan grave que un grupo de libertinos desbordados represente a nuestra institución en Bariloche, y que perpetre vaya uno a saber qué desmadres a vista y paciencia de la gente de bien? ¡Pues vaya sabiendo, señora profesora, que en este colegio no hay lugar para ideas estrafalarias, pecaminosas y disolventes! ¡Queda despedida! ¡Busque trabajo, si tal propósito “la conecta con el placer”, en unos de esos colegios modernosos que enseñan educación sexual con orgiásticas clases prácticas en las aulas! ¡Buenas tardes!
    La terrible parrafada fue coronada por un aplauso estertóreo de parte del celoso celador. La docente, humillada, comunicó escuetamente, al salir, la indignante decisión del rectorado a los alumnos, quienes, acusando la recepción del duro golpe, disolvieron filas mascullando su rabia y fantaseando venganzas varias que jamás serían concretadas. Fin de la historia para la profesora de Historia. Y para sus alumnos.
    Nota del autor: En cuanto al conflictivo papelito, nada se supo de su destino. Arrugado sobre el escritorio del señor Rector, acaso una corriente de aire lo haya arrojado al suelo, siendo luego barrido por un ordenanza. En dicho supuesto, ningún adulto logró jamás dilucidar su significado, ni entendió la felicidad que anónimamente manifestaba ante la evidencia de que, por fin, los chicos habían podido reunir el dinero necesario para que Gina viajara, para que se sumara a la excursión tan tristemente frustrada. Ninguno pudo participar de la alegría que, entre signos de admiración y letra mayúscula de imprenta, comunicaba al pueblo estudiantil la buena nueva: ¡VA GINA!

jueves, 24 de diciembre de 2015

Concurso Literario de la EP N° 13 “Llegó la hora de escribir un cuento”. Mención: Joaquín Fuentes

    El grito

    El veintinueve de junio de dos mil quince, en una casa se escuchaba gritos, la gente del vecindario llamó a la policía. Los agentes empezaron a ver que la gente estaba muerta. El sospechoso no dejó rastros, sin ninguna duda esto era un enigma. Llamaron a un detective, hasta que en un momento aparece un niño , su mirada ya  lo decía todo, una mirada perdida en un vecindario perdido. La víctima vio todo.
    El detective interrogó al niño, pero el pequeño llamado  Juan  le contó al detective que si contaba algo de lo que había pasado, rápidamente lo matarían. Juan decía: - estoy perdido. No puedo confiar en nadie. Sé que debería confiar en usted, pero por lo que cuentan en este mundo no se puede confiar en nadie. Luego de las lágrimas de Juan , el detective dijo:-  te voy a poner un sobre nombre EL SUPER NIÑO rápidamente ambos se rieron.
    Un suspiro se escuchó entre esa mezcla de lágrimas y sonrisas, era un suspiro sufrido y desbastado por lo que pasó. El suspiro era de una chica escondida en el lugar, y cuando los vio les dijo:
    - Yo sé quién fue, fue… Un disparo cruzó toda una eternidad y mató a la única esperanza del Super Niño y el detective Jesús. Pero el detective había visto al sospechoso.
    El sospechoso tenía el pelo y la piel extremadamente blanca y vestía un pantalón blanco y una remera de polo con el escudo de Inglaterra. Jesús dijo: - Acá dejó un pelo. Vamos a ver de quién es.
    Rápidamente se fueron a la casa de Luciano Brum, en el barrio era más conocido como Lucho. Él mismo adivinaba con solo mostrar una cosa, de quien era esa pertenencia. Cuando llegaron Lucho dijo:
    - Este pelo es de Gastón, el que mata sin perdón - . Se rieron y luego fueron a la casa de Jesús. Cuando llegaron el detective sacó una hoja, un lápiz, y se la dio a Juan, el Super Niño. Luego Jesús dijo:
    - Pongamos los datos de Gastón aquí - . Pero antes de que Jesús diga la primera palabra, el Super Niño dibujó mágicamente un identikit del asesino. Entonces se lo fueron a mostrar al comisario Alberto. Y al unísono dijeron: - Este es el asesino -    . El comisario comentó:
    - Ahora reconozco esta cara. Tiene antecedentes, ya mató a miles de personas; dice que es un enviado del diablo.

Concurso Literario de la EP N° 13 “Llegó la hora de escribir un cuento”. Mención: Milagros González

Competencia de panaderos

       Nicolás era el único panadero del barrio. Todos los vecinos  siempre iban a comprarle porque él tenía el pan más rico.
      A la mañana siguiente mientras Nicolás estaba abriendo la panadería, vio que se estaba mudando alguien en frente. Era un chico llamado José que decía ser “ el nuevo panadero”.
        Nicolás no sabía que era un nuevo panadero hasta que notó que no le había ido nadie a comprar. También porque mientras él estaba  adentro de su panadería  escuchó unos aplausos y unas voces que decían “ Bienvenido José”.
      Nicolás salió afuera y le preguntó a un vecino, quien le dijo:  - Es el nuevo panadero que se mudó al barrio. Él sintió rabia porque hasta ajora él  era el único panadero.
      Al otro día Nicolás fue a abrir la panadería y vio que José estaba vendiendo un pan. Él , entonces haría un pan más rico y los vecinos volverían a comprarle y bajó los precios.
       Cuando José se enteró que Nicolás le estaba haciendo competencia, elaboró otro pan aún más rico y bajó más el precio.-
       Todos los días eran de competencia y cada vez  bajaban más los precios.
       Pero aunque para los vecinos eran  buenos los nuevos precios y el pan cada vez más rico, decidieron hacer algo.
       Entonces reunieron a Nicolás y a José para que se pongan de acuerdo y decidan quién sería el único panadero del barrio. Ninguno de ellos quería eliminar al otro. A José se le ocurrió compartir una panadería entre los dos y Nicolás aceptó.
      Al otro día, José vendió su panadería y mudó sus cosas a la de Nicolás. La única panadería del barrio fue “ NICOLÁS Y JOSÉ , LO MEJOR PARA USTED” y desde ese día ya no hubo más problemas.

Escuela Secundaria Nº 3 “Carmelo Sánchez” - Concurso literario “Contate un Cuento VIII” Mención de Honor de la Categoría B: Valentina Arislur alumna de 3º año de la E.S.Nº 3 “Carmelo Sánchez”

    Mi hermosa princesita

- Es que ellos no me entienden, no quiero casarme con alguien que no me comprende- su voz finalmente se quebró. Habían mantenido una larga conversación sin pelear, pero tras darse cuenta de que su madre nunca la entendería, rompió en llanto.
    -¡¿Cómo podrías saber si te entienden o no si solo hablas con ellos menos de cinco minutos?! ¡Eres una desagradecida! Tienes cientos de pretendientes que morirían por casarse contigo y tú solo los echas porque “no te comprenden”. Pones en juego el honor de la familia, imagina lo que dirían las condesas de la orden si se enteraran de que tú, la única princesa que aún no ha elegido pretendiente, se niega a hacerlo porque “no es comprendida”. Te recuerdo que esta orden lleva ochocientos años de perfecto registro y tú no serás la que lo descontrole todo. Nuestro código establece que…
     Charlene no podía escucharla más, sus oídos se habían cerrado al discurso de su madre. Sus ojos cegados en lágrimas tampoco le permitían verla. Se sentía perdida en un mundo al que no pertenecía.
    La Orden de Lituania estaba formada por los siete reinos que se encontraban en el país de Lituania, Europa. Había sido creada ochocientos años atrás por siete familias extranjeras que con suerte habían escapado de sus países y habían descubierto esa inexplorada tierra. Allí fueron creados los siete reinos y tras ser coronados los reyes crearon un código que establecía, entre otras cosas, que todos deberían tener un único heredero y este no podría casarse con otro heredero al trono, ya que la idea era no involucrar otros reinos y siempre ser los únicos siete propietarios de esa tierra. Así se hizo durante ochocientos años; cerca de los veinte años los príncipes y princesas de Lituania se casaban con hijos de duques, barones y condes, nunca con otros herederos al trono o campesinos y con la llegada de la primavera, se organizaba una gran boda donde se casaban y coronaban los siete nuevos monarcas.
    La puerta se cerró con un golpe seco y fuerte, y Charlene corrió hacia su habitación dejando un rastro de lágrimas provocadas por su madre. Se recostó en su cama y lloró durante más de media hora, preguntándose por qué tenía que casarse con alguien que ella no amara, por qué no se  casaban los otros seis herederos y ella lo haría luego, cuando por fin encontrara a esa persona que la amara y comprendiera.
     Se sentó en la cama y se secó los ojos con su pañuelo bordado y entonces lo vio. Vio ese sobre tan simple que varias veces había visto ya, con esa letra alargada que garabateaba su nombre. Fue hasta su escritorio donde reposaba el sobre, lo tomó y se sentó nuevamente en su cama para poder abrirlo. Adentro  contenía una carta perfectamente doblada con las palabras: Para mi hermosa princesita grabadas con tinta. La carta no era larga, pero Charlene acostumbraba leer esas cartas despacio para disfrutar cada palabra.
“Mi Hermosa Princesita:
                Nunca dejo de pensar en ti, ¿Cómo  puede tu madre no entender que tú no eres como las demás? Eres distinta, sencilla y hermosa, solo quieres amor y quien no te lo pueda dar, no te merece. Daría lo que no tengo por poder darte todo ese amor que anhelas.
Siempre tuyo,
                      Tu simple campesino.”
    Las lágrimas inundaron los ojos de Charlene, pero esta vez no eran lágrimas de enojo o tristeza, eran lágrimas de felicidad, de ternura, provocadas no por su madre sino por esa persona que en realidad la entendía, que la amaba, esa persona a la cual nunca conocería. Las peleas con su madre venían desde hacía algún tiempo ya, y ella le había contado todo a su Príncipe Oculto Releyó la carta más de diez veces y entonces se le ocurrió la idea que calmaría a su madre y que la ayudaría a solucionar el problema del matrimonio. Sin pensarlo dos veces salió de su habitación y fue al encuentro de su madre. La reina  Myriam estaba hablando con su marido, el rey Jhon, cuando su hija entró en la habitación. Antes de que sus padres pudieran decir algo, Charlene comenzó a hablar.
    - Quién de verdad me ame, me dará una estrella.- dijo la princesa dejando muy sorprendidos a sus padres.  Haré una proclama real diciendo que aquel que en verdad me ame, me dará una estrella. Todo el mundo lo interpretará de una forma distinta, pero solo aquel que me entienda me dará la estrella a la que yo me refiero y se convertirá en mi esposo. No revelaré a nadie qué es lo que quiero, ni siquiera a ustedes, para poder hacerlo justo y prometo que sin importar quién sea, aquel que me dé una estrella, será mi esposo.
    Los padres de la joven quedaron anonadados pero tras discutir un poco el tema accedieron, ya que parecía la única opción que quedaba para poder conseguir que su hija se casara. Y así se hizo. Se redactó una carta que decía justo lo que Charlene quería: una estrella. Vinieron los mismos pretendientes que antes y muchos más pero ninguno supo darle lo que ella deseaba. Le habían regalado telescopios para que pudiera ver las estrellas cuando quisiera, maquetas que representaban constelaciones hechas por los mejores arquitectos de toda Europa, joyas con diamantes tan brillantes como las estrellas verdaderas y muchos otros obsequios enormes y costosos dignos de una princesa.
    Los reyes estaban preocupados, nadie lograba complacer a su hija. ¿Podría ser que ella los hubiese engañado y no fuera a aceptar ningún regalo?
    Las puertas del vestíbulo se abrieron y dejaron pasar a un chico alto y rubio, un campesino con piel gastada por haber trabajado todo el día en la mina y de aspecto muy humilde y sencillo. La cara de la princesa se iluminó con la llegada de esta nueva persona. ¿Sería él? ¿Sería su Príncipe Oculto?
    El joven se presentó; su nombre era Joseph. Pidió a la princesa si podía salir al balcón con él para poder mostrarle algo. Charlene accedió; ya allí Joseph señaló al cielo y explicó: - En el cielo hay muchos tipos de estrellas: estrellas muy brillantes que solo duran pocos años, estrellas que cruzan el cielo en un viaje interminable y estrellas que siempre están ahí, en el mismo lugar, que nunca nos abandonan porque aunque no sean las que más brillen, podemos confiar en que siempre estarán ahí para nosotros. Así eres tú princesita, una estrella constante, en la que se puede confiar y que nunca nos abandonará cuando la necesitemos, no eres el centro de atención como las otras estrellas más brillantes, pero eres la más simple y bonita a la vista de los más sabios.
    Lo había encontrado. Estaba segura de que era él. Las caras de sus padres asombrados al ver como su hija miraba al campesino, estaban petrificadas esperando la reacción de la princesa.
    En ese momento los labios de Charlene se movieron
     - ¿Eres mi Príncipe Oculto?-.
    - No.- Dijo Joseph.  Soy solo tu simple campesino-.
     Los dos jóvenes se unieron en un abrazo que demostró todo el amor que la princesa nunca había tenido.
      La reina no iba a permitir que su hija se casara con un campesino, eso era aún peor que quedar soltera; dejar el reino en manos de ese muchacho era una ofensa a sus antepasados. Cuando estaba por reaccionar, su marido le impidió continuar, la miró con la misma cara que cuando se conocieron y ella lo entendió: lo que su hija sentía era amor verdadero y nadie se lo debía quitar, mucho menos su madre. Charlene por fin había conseguido lo que siempre había soñado.