viernes, 28 de junio de 2013

La larga marcha hacia una sociedad lectora - Mempo Giardinelli *

Escritor chaqueño. Su obra literaria fue traducida a varios idiomas. Recibió el Premio Rómulo Gallegos en 1993, y en 2000 el Premio Grandes Viajeros. Es autor de las novelas La revolución en bicicleta, El cielo con las manos, Luna caliente, Visitas después de hora, Cuestiones interiores, entre otras. Preside una fundación educativa y filantrópica que lleva su nombre.

La ausencia de lectores críticos es una problemática que enfrenta la Argentina desde hace varios años. Por ello, es necesario promover una pedagogía de la lectura que revierta esta situación de violencia cultural.

Diagnóstico

Todo indica que muchas cosas han cambiado en la Argentina posterior a la crisis de diciembre de 2001. Sin embargo, menos de cuatro años después y con un nuevo gobierno preñado de contradicciones y una oposición desarticulada y dispersa, y en medio de un cuadro social atroz que muestra vastos sectores económica y culturalmente marginados, es imposible dar por superada la emergencia. No obstante, hay una buena cantidad de indicadores que obligan a pensar que si el desastre argentino no es todavía cosa del pasado, sí es posible considerar que hemos superado lo peor de la crisis y no nos hundimos. Seguimos en pie. Malheridos y maltrechos, aunque un poco menos confundidos. Que no es poco. Y es que la resistencia cultural de los argentinos ha sido enorme, y los nuevos rumbos que parece tener este país representan, a pesar de los problemas que subsisten, al menos una esperanza. Eso que habíamos perdido hace tanto tiempo.
Tengo para mí que algo hemos tenido que ver en esto los educadores en general, y en particular los que trabajamos en lo que desde hace años llamo pedagogía de la lectura que es la esencia de la labor que desarrollamos decenas de maestros, bibliotecarios, investigadores y voluntarios en el nordeste argentino.1
La pedagogía de la lectura refiere a la tarea de capacitar a los futuros formadores de lectores, para lo cual desde hace años venimos gestando una nueva preceptiva, que en este campo no existía. Trabajamos para crear y organizar una bibliografía que estimule, oriente y defina a los formadores de lectores, a la vez que desarrollamos múltiples y variadas estrategias de lectura que sirven tanto a modestas estructuras organizadas similares a nuestra Fundación, como a docentes en general, bibliotecarios, cooperativas escolares y/o cualesquiera otras personas. La lectura es, para nosotros, un acto de amor, solidaridad, pasión, ganas y tiempo, y todo eso puede y debe ser combinado para recuperar a los que todavía están en la oscuridad textual. Si bien en los albores de la democracia fuimos muy pocos los que empezamos a valorar y subrayar la importancia de la promoción y fomento de la lectura enunciado que hace apenas 15 o 20 años era completamente exótico, hoy es asombrosa la cantidad de programas en marcha, como es notable la conciencia que se ha formado acerca de la necesidad de estimular a los lectores del presente y del futuro. En este sentido, y aunque falta muchísimo por hacer, es impresionante la consolidación de la conciencia lectora de nuestra sociedad. Y no me refiero sólo al Chaco y el nordeste sino a todo el país. Centenares, acaso miles de experiencias realizadas en todo el territorio nacional, no siempre de manera organizada ni coordinada, de todos modos han logrado instalar la necesidad de un cambio de paradigmas y por eso hoy la lectura vuelve a tener prestigio en nuestro país. Y en diferentes instituciones del Estado nacional y de muchas provincias, y es relevante el caso de Córdoba, donde existe desde hace años el Programa Volver a leer existen iniciativas, programas y campañas de promoción de la lectura.
Poco más de tres décadas de autoritarismo, intolerancia y oscurantismo nos cambiaron totalmente: de ser un país casi sin analfabetos, pasamos a ser uno en el que por lo menos un cuarto de la población lee y escribe de modo primitivo y apenas funcional. Aunque insólitamente no hay datos confiables, es fácil estimar el enorme crecimiento del analfabetismo en nuestro país.2 Y para comprobarlo basta recorrer las periferias urbanas, adentrarse en el mundo rural o profundizar temas con los más jóvenes. El resultado de tantos años de indolencia y robo, y de cambios maníacos en la educación mientras los maestros de todo el país eran condenados a salarios indignos, está a la vista.
Todavía resuenan los datos alarmantes de la Encuesta Nacional de Lectura (ENL) que realizó el Ministerio de Educación de la Nación entre febrero y marzo de 2001, que entre otras cosas demostró que el 41% de la población lee muy poco y que el 36% prácticamente no lee nada. También nos informó que el 44% no puede comprar libros; el 46% nunca va a librerías y el 71% jamás concurre a bibliotecas. Cuatro años después, y atravesada la crisis brutal que soportamos, si hoy se hiciera una encuesta similar los resultados serían, sin dudas, escalofriantes.3
Incluso hay datos mucho más recientes, de marzo de 2005, que muestran que el 29,9% de la población en edad escolar (o sea, unos 3,2 millones de chicos y chicas) no compran ni reciben ningún libro durante el año lectivo. Según evaluaciones de la Cámara Argentina del Libro, 4 sobre una población de 10,7 millones de alumnos, solamente el 32,7% compra por lo menos un libro en un año escolar, mientras que el 37,4% restante dispone de textos que les provee el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación. Pero no es sólo que uno de cada tres escolares no tiene ningún libro en sus manos, sino que estas cifras tienen otro complemento alarmante: en las escuelas argentinas el uso de libros por alumno es apenas del 0,7%. En otros países de América Latina, que históricamente ofrecieron una calidad educativa inferior a la argentina, hoy están muy por delante: Chile y Brasil, por ejemplo, tienen un nivel de uso de libro en las aulas que ronda los cuatro por alumno/año lectivo. El drama, sin embargo, no es sólo que hemos dejado de ser una sociedad lectora como alguna vez fuimos, sino que además y esto es lo peor hoy somos una sociedad que mira televisión la mayor parte del tiempo. La misma ENL de 2001 comprobó que el 78% de los argentinos mira tele “todos o casi todos los días” y que un alto porcentaje mira entre una y cuatro horas diarias. Y es facilísimo apreciar que nos hemos convertido en una sociedad que se informa por la tele, que le cree a la tele, que piensa (o cree que piensa) por lo que dice y muestra la tele, y yo no dudo de que es por eso que ha sido tan manipulada y estafada.
Lo cierto es que hemos perdido esa costumbre de la libertad y la inteligencia que es leer y eso ha disminuido nuestra capacidad intelectual: hoy en la Argentina se entiende menos, se entiende mal, hay menos interpretación y se perdió espíritu crítico, que hoy se confunde con protesta y grito. Basta escuchar el lenguaje coloquial de los argentinos, pauperizado hasta límites insólitos. Por eso nuestra obsesión por recuperar la lectura y la pasión por la lectura. De diarios, de libros, de textos que sean nutricios y ayuden a que nuestro pueblo sea más conciente de lo que dice y lo que hace, lo cual solamente se logra y no hay otra opción con la lectura como ejercicio y práctica cotidiana de la inteligencia. Sólo así se alcanza el pensamiento propio, que es como decir la independencia de criterio de cada persona.

La educación y la lectura

Por lo anterior, es fácil comprender que trabajar por el fomento del libro y la lectura es también trabajar por la educación como razón de Estado. Partimos de la idea de que no es posible la educación del pueblo sin un Estado responsable que la organice, oriente y dirija de acuerdo con los verdaderos intereses nacionales. La educación, con la salud, son las dos misiones básicas de todo Estado. 5
Cuatro años después de la peor crisis vivida por los argentinos, decir que es posible la esperanza y que estamos cambiando paradigmas no implica negar que la calidad de la enseñanza ha disminuido muchísimo en la Argentina. Es obvio que el ya apuntado analfabetismo funcional y el fácilmente comprobable deterioro estético de nuestra sociedad nos han colocado en una situación de enorme vulnerabilidad sociocultural.
En mi opinión es muy fácil establecer las causas verdaderas y las consecuencias aterradoras de la baja calidad educativa, la repitencia y la deserción escolares: informes reiterados que aparecen en todas las encuestas e informaciones periodísticas dan cuenta de que en nuestro país se dictan cada vez menos horas de clase y los niveles de comprensión de nuestros alumnos están entre los más bajos del mundo. Lo cual no deja de ser lógico si casi no se lee y si, como ha dicho Guillermo Jaim Etcheverry, “[…] falta en el aula el ingrediente reflexivo, falta el pensamiento”. Ni se diga del papel de la familia, claro, que todos coinciden en que es importantísimo, pero la familia primero tiene que ser tal y para eso hacen falta trabajo, proyecto, dignidad. Las condiciones generales del país se han degradado tanto que el deterioro colocó al 40% de la población por lo menos en extremos  vergonzosos y ofensivos de indigencia y desprotección, lo cual ha generado un resentimiento inédito, asombroso, que se expresa en la violencia urbana que nos rodea, indudablemente ligada a los enormes sentimientos de frustración que son correlativos a la falta de proyectos, esperanzas e ilusiones.
Todos sabemos y los docentes en particular que no se puede pretender que la escuela sola resuelva el desastre. Y también sabemos que la instrucción no es el único camino seguro para un futuro mejor. Desdichadamente, con los bajos salarios docentes que se pagaron durante años en este país, y con tanta corrupción denunciada, incluso en nuestras universidades6 es evidente que el sistema educativo argentino actual más allá de los esfuerzos correctivos que se están haciendo por parte de las autoridades nacionales y de algunas provincias no está en condiciones de revertir el pésimo rumbo trazado en la década de los 90 ni de responder a las necesidades presentes de la sociedad argentina.
En ese contexto no nos queda otra alternativa que seguir dando batalla en desventaja. Pero a la vez sabiendo que, si redoblamos la conciencia, no nos vencerán las circunstancias. Y para ello tenemos que asumir con audacia el desafío de romper mitos y modas. No podemos seguir creyendo, irreflexivamente, en postulados como muchos que se impusieron a la docencia argentina en las últimas tres décadas y que, basta ver la realidad, no sirvieron para nada más que para retroceder y para que seamos hoy un país más mediocre y más bruto.
Me parece que nosotros mismos hemos sucumbido muchas veces a tonterías de moda. Déjenme decir  con respeto y cautela, pero con firmeza que un poco menos de promoción y preocupaciones mediáticas no nos vendrían nada mal. Como tampoco estaría de más terminar con la terminología comercial que invadió incluso las aulas. Habría que mirar un poco menos el afuera que no nos enseña nada, para mirar más el adentro que necesita desesperadamente que recuperemos el sentido común. Estoy tratando de decir: déjenme descreer sólo un poco, si quieren, y a modo de desahogo de conceptos retorcidos como la “lectoescritura instrumentada”; permítanme condenar, suave pero inapelablemente, a toda la parafernalia de “objetivos”, “tareas”, “habilidades”, “actitudes”, “aptitudes”, “comprensiones” o “ejercicios” que han contaminado el puro placer de leer. Y déjenme proponerles que empecemos a condenar de una buena vez y a coro esa canallada de la “salida laboral”. Porque el saber debe ser saber nomás, el conocimiento es de por sí liberador y ni la escuela, ni la universidad deben organizarse al servicio de los mercados de trabajo. Ya bastante se ha metido el mercado en la escuela, y sin embargo a ver si alguien es capaz de enumerar cuáles han sido los beneficios…
Y es que si el mercado entra en la escuela, si se mete en la educación, es ante todo para vender, no para enseñar. Esto tenemos que tenerlo muy claro y subrayarlo. Agradezcamos mucho a las editoriales que ayudan, a las empresas que se preocupan de la educación y a los patrocinadores llamados tonta y colonizadamente sponsors. Está muy bien si cooperan con las escuelas, muchas gracias, pero no olvidemos que para la industria editorial y para las librerías y para cualquier empresa, un niño de hoy es un consumidor de mañana, como un joven estudiante y un lector son, ante todo, potenciales clientes a satisfacer.
Y diré más: ni siquiera tenemos por qué aceptar postulados como el del “hábito de la lectura”. Creo honestamente ser un buen lector, un lector más o menos competente, y sin embargo no creo tener ningún hábito, ninguna adicción. Para mí la lectura es placer y está ligada a las ganas, y las ganas tienen que ver con la curiosidad, con los estímulos intelectuales, con la maravillosa didáctica que consistió en que en mi casa había libros y gente que leía, y las charlas giraban acerca de lo que se había leído. Cuando yo iba a la escuela primaria sentía placer cuando me hacían pasar al frente a leer en voz alta y ponía todo mi empeño en que mis compañeritos se deleitaran como yo. Y eso no es imposible de recuperar, y ya va siendo hora de que acordemos estrategias para que no sólo en las escuelas sino en todas las casas de los niños argentinos se cambien los paradigmas y acabemos, por ejemplo, con la idolización imbécil que se promueve mediante la televisión basura (o sea, casi toda la televisión).
Déjenme, también, descreer de las propuestas lúdicas, supuestamente modernas, que equiparan a la lectura con el juego. O con la teatralización o con las ferias... En toda la historia de la literatura ningún buen lector, ningún lector serio, se hizo lector jugando ni participando de ferias o festivales, que casi siempre consideran a la gente consumidores antes que personas. Y además yo no sé si la cuestión se resuelve con más y mejores materiales de lectura en las escuelas, pero sí sé que el Estado debe proveer más y mejores materiales y tenemos que exigirlo porque lo pagamos todos con nuestros impuestos. Tampoco sé si la cuestión es solamente salarial, pero es urgente represtigiar el trabajo docente, y eso es innegociable, básico y prioritario. Y sé que es urgente recuperar la dignidad y la autoridad social de los maestros, y que a todo esto tenemos que lograrlo por encima de cualquier traba, excusa, gubernamental o sindical. Sólo así podremos, de manera consistente, crear nuevos lectores y estimularlos mediante y para la libertad y la alegría. Hay que ayudar a que se comprenda lo que se lee y en ese sentido hay que seguir cambiando paradigmas: los ejemplos en este país deben ser las buenas personas que son además buenos lectores, como los hay en cualquier comunidad, y no los tarados que se ríen de cualquier cosa en la tele. Y ésa es toda una tarea docente que debe empezar, desde luego, por los mismos docentes.
Por eso organizamos todas nuestras actividades con la idea central de revisar los cánones y de contrariarlos si hace falta. Y siempre hace falta. Porque determinar nuevas posibilidades lectoras para una Nación que ha vivido décadas en vías de subdesarrollo educacional y necesita con urgencia recuperar el tiempo perdido, implica cuestionarlo todo: qué es leer, qué queremos que lean los argentinos de hoy y de mañana y cómo imaginamos que será un futuro canon literario organizado sin la pretensión autoritaria de fijar también la interpretación que debe hacerse de las obras. Somos concientes de la enorme  responsabilidad que significa, para el docente, ser intermediario del saber y el conocimiento. Por eso, y teniendo en cuenta tal intermediación, proponemos no sólo la libertad del docente sino también un ejercicio de libertad absoluta por parte del estudiante lector. No para que el maestro se desentienda o alivie, sino para que cada lectura sea un disparador del imaginario y el criterio propio de los estudiantes, y desde allí y sólo desde allí (o sea: desde la lectura) se establezca un nuevo diálogo enriquecedor entre docentes y alumnos alrededor de la literatura.
Por esa razón suelo insistir, aunque suene provocador, en la necesidad de resistirnos a las modas pedagógicas que hicieron del placer de leer un trabajo pesado. Por eso insisto siempre en que es necesario y urgente despojar a la lectura de ejercitaciones obligatorias y propuestas de trabajo, porque más allá de las buenas intenciones que las alientan, en muchos casos sólo entorpecen el simple y grandioso placer de leer.

La pedagogía de la lectura

Procuramos impulsar una nueva pedagogía de la lectura, esto es la formación maciza y sostenida de lectores competentes, que a su vez sean capaces de formar a otros lectores. La multiplicación de los panes de la lectura es maravillosa. Sólo así se forman personas sanas, libres, entusiastas, capaces de discutir internamente con los textos porque los leyeron con placer, amor y ganas. Y para ello tenemos que recuperar en los profesores, docentes y bibliotecarios el placer, el amor y las ganas de leer. Sólo si los maestros leen podremos recuperarnos como nación lectora. Y podremos esperar de las nuevas generaciones ciudadanos competentes, responsables, capaces de cuestionar todas las ideas y de brindar a la sociedad ideas nuevas y mejores. Y es que somos lo que hemos leído. La ausencia o escasez de lectura es un camino seguro hacia la ignorancia y esa es una condena individual gravísima, pero lo es más socialmente. La no lectura, desdichadamente, es un ejemplo que ha cundido y cunde demasiado alegremente en la Argentina, y en parte eso es lo que ha generado dirigencias ignorantes, autoritarias y frívolas. Por eso sostengo que no hay peor violencia cultural que el proceso de embrutecimiento que se produce cuando no se lee. Una sociedad que no cuida a sus lectores, que no cuida sus libros y sus medios, que no guarda su memoria impresa y no alienta el desarrollo del pensamiento, es una sociedad  culturalmente suicida. No sabrá jamás ejercer el control social que requiere una democracia adulta y seria. Que una persona no lea es una estupidez, un crimen que pagará el resto de su vida. Pero cuando es un país el que no lee, ese crimen lo pagará con su historia, máxime si lo poco que lee es basura, y si la basura es la regla en los grandes sistemas de difusión masivos. Por lo tanto, visto a la inversa y advirtiendo que ésta es una generalización, podemos decir que toda persona que lee con cierta consistencia finalmente dulcifica su carácter, no sólo porque los libros son de aparente mansedumbre sino porque la práctica de la lectura es una práctica de reflexión, meditación, ponderación, balance, equilibrio, mesura, sentido común y desarrollo de la sensatez. Por supuesto que también han sido y son lectores competentes algunas personas despreciables, pero bueno, para mí son las excepciones a la regla. Leer es un ejercicio mental excepcional, un gran entrenamiento de la inteligencia y de los sentidos. De ahí que, correlativamente, las personas que no leen están condenadas a la ignorancia, la torpeza, la improvisación y el desatino constantes. Me parece evidente que los seres humanos que son buenos lectores, lectores competentes, son en general y aunque puedan citarse deleznables excepciones mucho mejores personas.
Desde esas convicciones, aceptamos la invitación del Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación para trabajar en la preparación de varias antologías de textos breves para los jóvenes estudiantes de nivel secundario de todo el país. Se trata de la colección de cinco tomos que lleva el título “leer X leer”, que mandó publicar el Ministerio con edición de Eudeba y de los que se ha distribuido gratuitamente medio millón de ejemplares en todo el país. Y ahora viene otra colección, a distribuirse en la segunda mitad de este 2005, titulada “Leer la Argentina”, que en siete tomos recupera cuentos y relatos de las siete regiones argentinas: NOA, NEA, Litoral, Centro-Cuyo, Pampa, Patagonia y Capital Federal y su conurbano.
Entendimos este desafío como un reconocimiento a nuestra experiencia en el fomento del libro y la lectura. Junto con las escritoras Graciela Bialet, Graciela Cabal, Graciela Falbo, Angélica Gorodischer formamos un equipo, y nos dimos a la tarea de seleccionar, de entre varios miles de textos de la literatura universal, latinoamericana y argentina de todas las regiones y provincias, conjuntos de breves lecturas que estimamos capaces de seducir a jóvenes futuros lectores, de manera de estimularlos para que cada uno/una ingrese con entera libertad en el precioso espacio de inclusión, expansión y placer que es la lectura.
Esperamos que ésta sea solamente la primera edición de dos colecciones que deberán llegar a los casi tres millones de estudiantes que cursan desde el 8º año de EGB hasta el último de polimodal en todo el país. De este modo, cada estudiante egresará siendo propietario/a de cinco a doce libros que el Estado les habrá entregado gratuitamente y los cuales serán, en muchísimos hogares argentinos, acaso la única biblioteca personal y familiar. Y es claro que esta obra es también, de hecho, un replanteamiento del canon literario. Estos libros reconsideran no sólo la literatura a enseñar, sino que también se proponen recuperar la hermosa costumbre del viejo libro de lectura, que ciertas modas pedagógicas nefastas clausuraron en nombre de una ridícula modernidad pletórica de “actividades”.
Y en el mismo sentido apoyamos y participamos tanto de la Campaña Nacional de Lectura como del Plan Nacional de Lectura, que en muchas provincias están llegando realmente a toda la población, convencidos de que es uno de nuestros mejores modos de aportar a la construcción de un país que no nos avergüence. Un país que dignifique el conocimiento, que tenga entre sus valores el saber, la investigación y el pensamiento independiente. Un país en el que la violencia sea sólo un mal recuerdo y en el que todos los magisterios sean respetados conceptual y salarialmente. Un país en el que todos y todas lean.
Así es como entendemos esta nueva disciplina que llamamos Pedagogía de la Lectura: como una tarea que es urgente extender y aplicar. Porque la República Argentina ha carecido, por décadas, de una política nacional de Lectura, y la tremenda crisis económica y social que padecimos no ha hecho más que profundizar las consecuencias de tal carencia. Los resultados, por todos conocidos, son escandalosos: por ejemplo en el Chaco, el 59% de los habitantes no lee nada o lee apenas un libro por año. El 55,3% no pisa jamás una biblioteca. Y entre los docentes, el 59% lee de 2 a 4 libros al año y el 22%, uno o ninguno. O sea que sólo una minoría del 19% de los docentes chaqueños pueden ser considerados lectores. 7
La especialista británica Grace Kempster quien visitó la Argentina en 2004 sostiene que es fundamental una figura que guíe y recomiende lecturas y que cualquier lectura es válida. Asunto muy discutido este último, no deja de ser compartible si se recuerda que es misión de la Pedagogía de la Lectura elevar el nivel y calidad de los textos. “Para crear buenos lectores los libros no alcanzan opina Kempster; es necesario que se los acompañe con el placer de hablar de ellos, recomendarlos y criticarlos y con la libertad de elegirlos […]. Los ciudadanos creativos e innovadores que demanda la sociedad de la información son los que adquirieron el placer de aprender y de leer”. 8
Ella ha destacado lo que nosotros ya sabemos empíricamente: el rol de la escuela es fundamental. Es allí donde hay que hacer la docencia, y ante todo dicho sea una vez más con los propios docentes. Porque, reconozcámoslo con sinceridad: el docente argentino no es un lector consecuente, son muy pocos los lectores competentes, avezados, experimentados, constantes. Entonces, no podemos pretender que sean buenos inductores de lectura para los niños. De donde yo creo estoy convencido que el primer campo de trabajo en la Pedagogía de la Lectura son los maestros, los profesores de todas las materias, incluidas por supuesto las técnicas, las científicas, las deportivas y demás. Hay experiencias muy ricas en este campo, que demuestran que no alcanza con crear programas de lectura sino que además hace falta dedicar a la lectura por lo menos una hora diaria en las aulas. Y hay que estimular a los chicos para que sientan que esa hora es como un recreo formidable, enriquecedor y divertido, en el que el aprendizaje va de la mano de la lectura en libertad absoluta. Hay que pedirles a los chicos que sean ellos los que traigan lecturas; hay que hacer que cada día sean ellos quienes propongan nuevas posibilidades para compartir en clase; y así, lentamente, se podrá ir preguntándoles cuál es el mejor libro que han leído, cuál el peor, cuál el que aman o abominan sus padres y hermanos; cuál el que más recomiendan y por qué, y etc., etcétera.
Queda claro, pues, que si el docente no lee, si no está preparado para disfrutar de la lectura porque él /ella mismo/a no sabe disfrutarla, jamás podrá transmitir el placer de leer a sus alumnos. Y decir esto no equivale a proponer solamente libros de literatura o de filosofía, ni esos odiosos libros importantes. En absoluto, a lo que me refiero es a las lecturas más simples y variadas, que los chicos pueden escoger con libertad y hay que alentarlos a que lo hagan. Hay que fomentar en ellos el permiso de elegir la lectura que se les dé la gana: aventuras, investigaciones, esoterismo, libros técnicos, históricos, de poesía, incluso eróticos. ¡Que lean, eso es lo que queremos!
Y a esto hay que llevarlo a todos los terrenos. Primero los maestros, luego los chicos. Muy bien, pero también a las cooperadoras escolares. Y los sindicatos, los organismos de la sociedad civil, los hospitales, los medios de transporte, los clubes de barrio. Hay que trabajar con grupos de padres, con desocupados y con profesionales, en las bibliotecas y en los centros comunitarios, donde sea, no hay lugar en el que no quepa la lectura.

Qué leer y cómo leer en el mundo globalizado

La más enorme paradoja radica en que el retroceso argentino se produce justo cuando el mundo vive la revolución tecnológica más extraordinaria de la Historia, justo cuando nos enfrentamos a uno de los más grandes desafíos de la humanidad, una revolución que parece mayor que la de Gutenberg: las vías virtuales de transmisión del conocimiento, el libro inmaterial o libro-pantalla, el video libro o libro electrónico.
Vivimos en una sociedad sometida a la dictadura de los medios audiovisuales, que dan todo previamente organizado precisamente para que la gente no piense. La oferta es enorme y es tan amplia que no es democrática; es autoritaria. La apariencia democratizadora del zapping, que nos permite cambiar de canales con velocidad y a nuestro antojo, en realidad es esclavizante porque obliga a permanecer más tiempo frente al aparato. El zapping es un modo de elegir, desde luego, pero dentro de un menú obligado que esclaviza frente a la tele. Su seducción es tan grande que termina siendo dictatorial. El problema es complejo, y desde luego que no se trata de satanizar a la televisión, pero es urgente replantear con inteligencia el cuestionamiento a los mass media. Porque no es verdad que las miniseries y telenovelas hayan ocupado el lugar de la literatura. Como no es verdad que la tele sea culpable exclusiva de la ignorancia generalizada. En realidad, los medios masivos de comunicación no son ni buenos ni malos. Son quienes manejan esos medios los que con actitudes sexistas y paternalistas, con dobles discursos discriminadores y falsificadores, aplican a la sociedad contemporánea la ideología de la globalización que apunta a que los seres humanos sean antes consumidores que personas. El problema es humano, no tecnológico.
El discurso del fundamentalismo neoliberal, que en la Argentina fue y sigue siendo sinónimo de globalización, logró quebrar las bases constitutivas de la Nación mediante un sistema comunicacional superconcentrado y con un discurso ideológico que en nombre de la libertad atropelló todas las libertades y la inteligencia. Fue esa manipulación la que permitió que el gobierno más corrupto de toda la historia argentina nos dejara en la ruina en sólo diez años. La globalización significó, para nosotros, que el patrimonio colectivo nacional fuera completamente saqueado. Hoy los argentinos no somos dueños de nada de lo que, en cualquier país, constituye el patrimonio público. Además, nos forzaron a terminar con todo proteccionismo mientras en Europa y los Estados Unidos nos aplicaban todo tipo de restricciones proteccionistas. Nos forzaron a importar y a cerrar nuestras fábricas, y así nos dejaron sin trabajo y destruyeron la producción y el crédito sano, corrompiendo de paso todas las formas de organización. Los organismos y los gobiernos que más propagandizaban la globalización eran los que más estimulaban el sistema mafioso local, porque sólo con gobernantes y funcionarios corruptos se podían hacer los fabulosos negocios que se hicieron con las privatizaciones generalizadas. Procedieron igual que lo habían hecho con nuestros dictadores, sostenidos entonces por el único mérito de su anticomunismo feroz.
El discurso de la globalización pretende que el mundo marcha hacia una interacción que se dice que es “inevitable”. Pretende que son “viejos” o “arcaicos” los conceptos de nación y soberanía; y dice que la tecnología nos llevará “inevitablemente” a un nuevo mundo sin fronteras en el que la riqueza se derramará sobre todos los mortales, siempre y cuando los mortales tengan paciencia y sepan esperar mientras los poderosos reorganizan el planeta… Esto es por lo menos dudoso, y si bien es cierto que hay decisiones que ineludiblemente se toman de modo multilateral, también es verdad que constantemente vemos que algunas de esas decisiones, las peores, continúan siendo unilaterales en las grandes cuestiones, como se ha visto en los últimos años cuando se avasallaron pueblos, fronteras y naciones enteras en el Golfo Pérsico y en Kosovo, en Afganistán y en Irak.
Es francamente inadmisible la idea de que el Estado es reemplazable y que es “inevitable” un mundo único global. En todo caso, es obvio que esas unilateralidades siguen utilizando el mismo viejo truco de todos los imperios. Desde Roma para acá, y pasando por Inglaterra, España, la Unión Soviética y los Estados Unidos, por citar los grandes casos, cada discurso imperial se propuso eliminar fronteras y soberanías nacionales a la vez que imponía lengua, moneda y estilo, y buscaba establecer el modelo imperial como universal, único e inevitable para todos sus sometidos. Es claro que la dinámica de la humanidad, que es impredecible y maravillosa, los enfrentó siempre, y no tengo dudas de que así continuará siendo. Pero eso en gran medida depende de nosotros, y particularmente de los docentes entendidos como formadores de ciudadanos que pretendemos que, además, sean lectores competentes el día de mañana. Por ello, no comparto la idea simplificadora de que los chicos de hoy han dejado de leer porque ven televisión, como se decía hace una década, o porque están cautivos de Internet y de los videojuegos, como se preconiza ahora. No dudo que la pésima televisión y la tecnología fascinante de los juegos virtuales ejercen su influencia, pero más bien creo que si los chicos de hoy no leen es, en primer lugar, porque sus padres tampoco leen. Y sus maestros tampoco, lo cual es mucho más grave. Es cierto que la crisis económica arrinconó a la gente, y ya se sabe cómo embrutece la pobreza, pero además en nuestro país se perdió la costumbre de la lectura porque se cayó en una concepción utilitaria: se propagandizó demasiado que había que leer para ser ingeniero o abogado, leer para aprender esto o aquello, leer para tal o cual actividad. Y entraron las modas laboralistas, tanto las que hacían de la lectura un trabajo tedioso como las que sostenían y sostienen aún que sólo hay que leer para estudiar, y estudiar para conseguir trabajo rentable. Así, el sistema educativo escolar y también el familiar convirtieron a la lectura en un castigo y un chantaje. Y los chicos de las últimas generaciones, que no eran tontos, lo advirtieron y huyeron de la lectura. Con lo cual sí ingresaron, muchísimos y sin saberlo, al tonto mundo del consumismo. Se perdió, entonces, el placer de la lectura, el leer para nada, el leer por leer, el leer para transportarse a otros mundos, generar y estimular la propia fantasía, desarrollar el sentido común y tener sentido crítico. O sea, leer para ser mejores personas, que es, en definitiva, para lo que sirve la cultura.
Por eso hoy hasta se habla menos y se ha perdido la costumbre de contar historias. ¿Cuánto diálogo fluido se sostiene hoy en la familia argentina y en la escuela argentina? ¿Cuántas mamás y abuelas siguen hoy contando cuentos? ¿Cuántos papás tienen tiempo, ganas, vocación y amor suficientes para contarles cuentos a sus hijos? ¿Cuántas maestras dedican tiempo a compartir lecturas con los chicos sin más objetivo que el puro placer de leer cuentos y poemas o el diario de hoy? Admitámoslo: salvo excepciones, la sociedad le ha dejado ese espacio, esa responsabilidad y ese placer a la tele o a las redes de Internet, que cuentan desalmadamente. Sin alma, digo, sin conversación e impidiendo también el desarrollo del sentido crítico que deviene del diálogo que enriquece.
Y éste es otro asunto clave: se conversa menos, casi no se discute, no se alienta el debate, no hay democracia de pensamiento. Hay unilateralidad y eso también confunde al niño, cuya potencia mental y honestidad innatas quedan expuestas en terrenos en los que no se establecen ni respetan jerarquías, valores, orientaciones. Es terrible todo esto, porque la humanidad para bien y para mal se hizo contando, conversando y leyendo. Toda la historia y toda la literatura no son otra cosa que el testimonio de la batalla por la libertad, dicho sea en términos sartreanos. Las literaturas significantes son las que tienen por centro y objetivo final la problemática de las mujeres y los hombres de cada época. Pero hay más, y doloroso, y debemos reconocerlo. Hubo un tiempo no lejano en que los libros estaban llenos de lecciones de moral y de conducta para los niños, los que a medida que iban creciendo se hacían grandes y comprobaban cómo aquellas hermosas lecciones eran violadas por los adultos... Y es que muchos de los ejemplos del mundo adulto últimamente dejaron mucho que desear desde el punto de vista ético. De manera que muy probablemente esta traición y acepto que es un vocablo de tono fuerte también influyó en el descrédito del libro y sin duda en el de los diarios. Y cuando la ética anda floja es inevitable un constante atentado funcional contra el sentido crítico y es improbable el imperio del sentido común.
A los argentinos todo esto nos ha costado carísimo. Cuando la gente está nerviosa, de mal humor y no tiene dinero para leer libros o diarios; cuando el sistema político es mentiroso, corrupto e ineficiente; cuando la sociedad no deja de hablar y de pensar en términos económicos, todo se envilece cultural y educativamente. Se dificulta pensar y el accionar es neurótico, como una permanente fuga hacia adelante. Y todo se complica más cuando los chicos más pobres van a la escuela a comer y no a aprender, y entonces es un hecho que no leen porque el contexto familiar y social, y aun el educativo, no los estimula en absoluto.
El problema no es entonces la televisión. Al menos no únicamente. Pensar eso me parece un excesivo reduccionismo, aunque de todos modos sería buena pedagogía encenderla menos tiempo y recuperar y fortalecer el diálogo y la charla cordial basada en la información que ofrece la lectura, como modo de desarrollar el juicio crítico de los futuros ciudadanos de esta democracia tan imperfecta todavía, pero que nos es tan necesaria como el agua y el pan. Es tarea de todos, de cada uno y de todos los días. Como la vida misma.

Propuesta

En función de todo lo anterior, y en algunas pocas líneas más, enumero los puntos básicos de una política nacional de lectura que un país como el nuestro debería por lo menos discutir. A modo de propuesta, a continuación se sintetiza el esbozo de ideas que un grupo de escritoras y escritores argentinos venimos pensando y trabajando en base a experiencias comunes y compartidas. La misma se compone de cinco grandes programas, a saber:
1. Programa Nacional del Libro de Lectura Gratuito, que reconoce que “Leer es un Derecho” y apunta a que cada estudiante argentino de entre 6 y 17 años reciba del Estado un libro de lectura por año y por nivel;
2. Programa Nacional de Abuelas Cuentacuentos, que reconoce que “Leer es un ejercicio de la libertad que se propone por amor y con amor”;
3. Programa Nacional de Modelos Lectores, que tiende a cambiar los paradigmas y rejerarquizar la lectura en la Argentina;
4. Programa Nacional de Bibliotecas Escolares, que garantice que no exista una sola escuela argentina sin una biblioteca básica;
5. Preparación, organización y propuesta de legislación para una Política Nacional de Lectura, que hoy la Argentina no tiene y que deberá aprobarse por ley del Congreso de la Nación. Finalmente, y como todos los años al clausurar el Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura, en Resistencia [Chaco], quiero terminar subrayando los dos lemas de nuestra Fundación. Uno dice: “Hacer Cultura es Resistir”, lo cual adquiere siempre mayor significado en mi ciudad de nombre emblemático: Resistencia. Y el otro dice: “Leer abre los ojos”. De ambas cosas se trata.

Notas:
1 En el Chaco realizamos este trabajo desde una ONG sin fines de lucro, fundada en 1996 y con forma jurídica y fiscal desde 1999. Acerca de ella, ver: http://www.fundamgiardinelli.org.ar

2 Y me refiero especialmente a formas nuevas del analfabetismo funcional, como la pobreza lexical coloquial, la debilidad asociativa y la impresionante dificultad expresiva que se advierte en las generaciones de argentinos más jóvenes.

3 Una reciente encuesta sobre consumo de libros e índice de lectura en la Unión Europea, citada por Susana Reinoso en el diario La Nación (25/02/05), demuestra que la Argentina perdió el rol gravitante que tuvo entre los años 40 y 70 en producción editorial, exportación de libros y niveles de lectura vinculados a la educación. En Europa quienes más leen son los suecos, con un altísimo índice de lectura del 71,8%, seguidos por los finlandeses (66,2%). Entre los 25 países de la Unión Europea con un índice de lectores inferior al 44%, se encuentra España con el 39%. En cuanto al número de libros en bibliotecas públicas, Islandia y Finlandia disponen de 7 libros por habitante; Dinamarca y Noruega, 6 y 5 respectivamente y España 1,8 libros por cabeza. En la Argentina, en cambio, una reciente encuesta de la Secretaría de Medios sobre hábitos y consumos culturales mostró que el 52% de los argentinos admitió no haber leído ni un solo libro el año pasado. El 48% restante reconoció que lee apenas un promedio de 4 libros por año, con el agravante de que los más asiduos lectores son mayores de 35 años.

4 Información tomada de un artículo firmado por Susana Reinoso en el diario La Nación del 26 de marzo de 2005.

5 Y decir esto no es una antigüedad.  Mienten los supuestos modernizadores que nos quieren hacer creer que la función del Estado puede ser reemplazada.En todo el llamado Primer Mundo no sólo no se reemplaza al Estado sino que se lo fortalece. Y esto es así en toda Europa y en los Estados Unidos.
Prácticamente no existe educación privada en Francia. Y ahí están los la sistemas de salud pública de Inglaterra o Alemania. Y los servicios ferroviarios y los aéreos y las autopistas, entre otros

6 La corrupción en los concursos universitarios, así como los negocios vinculados con posgrados e incluso
titulaciones, ha sido denunciada reiteradamente. Los escándalos conocidos, sin embargo, han sido silenciados constantemente, pero es ésta una cuestión que ameritaría un estudio serio y bien fundado.

7 Datos tomados del Estudio de Consumos Culturales de la Ciudad de Resistencia realizado en 2003 por el Consejo Federal de Inversiones (CFI). Nótese que se refiere sólo a la capital de la provincia, lo que obliga a pensar que el panorama en el interior provincial es muchísimo peor. 8 San Martín, Raquel, “Sólo con los libros no basta para crear buenos lectores”, en La Nación, 24 de octubre de 2004.
 



Extraído de “Anales de la educación común, año 2, número 3, páginas 84 a 98. Publicación de la Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires, quienes tuvieron la gentileza de autorizar su reproducción.

No hay comentarios:

Publicar un comentario