domingo, 22 de mayo de 2016

Hacerlo todo fácil - Por Jaim Etcheverry

         Una obra maestra de la literatura o una sinfonía parecen complejas? Hoy esto no es un problema. La maquinaria de la cultura popular contemporánea cuenta con poderosas herramientas que permiten procesar las grandes creaciones del hombre para despojarlas de ambigüedades, quitarles los matices y todo vestigio de sutileza. Ante la sola sospecha de dificultad, se ponen en marcha los aceitados mecanismos de la simplificación.
Las creaciones humanas adquieren grandeza precisamente cuando logran transmitir la dimensión de complejidad que es inherente a nuestra naturaleza. Cuando tiempo atrás se encaraba, por ejemplo, transferir una gran novela a un medio diferente, se lo hacía respetando la esencia de esa obra de arte. Ahora se la considera como secundaria materia prima por ser embellecida mediante la simplificación. Cada vez más se invita a la gente a acceder a la cultura a través de estas versiones diluidas, copias mejoradas, carentes de la sutileza y matices que hacen trascendente al original. Antes la fantasía era un modo de aproximarse a la realidad. Ahora, la realidad de una obra de arte es usada como material para generar fantasías que permitan pasar un rato divertido.
Todo constituye aceptable materia prima para la industria universal del entretenimiento, aunque suponga devorar lo mejor de nuestra cultura, que termina homogeneizada en una especie de papilla insulsa al alcance de todos. Los clásicos son mejorados para adaptarlos a los requisitos del entretenimiento actual, haciéndolos apetitosos para el nada exigente paladar contemporáneo. Lo preocupante de esta situación es que el público termina por creer que está frecuentando los clásicos.
Esta singular devaluación de la autenticidad se acomete en el convencimiento de que la gente es incapaz de manejar el conflicto y el dolor, las contradicciones y ambigüedades de la vida. Para lograr éxitos comerciales, la nueva cultura mundial del entretenimiento busca aprovechar el prestigio de profundidad de que goza la vieja, aun a riesgo de corromper eso mismo con lo que intenta desesperadamente vincularse.
Describiendo la actual conspiración contra la dificultad, Antonio Muñoz Molina señala que, para los criterios actuales, El Quijote carece de acción porque casi no pasa nada y es confuso. No logra enganchar al lector de hoy, atareado, con poco tiempo para perder en divagaciones inconducentes. Surgen así ediciones simplificadas con lo importante, con la acción, que evitan fatigas inútiles a los lectores. Este convencimiento de que las personas sólo son capaces de recibir mensajes muy simples revela el desprecio por su inteligencia y su capacidad de esfuerzo para comprender la complejidad del mundo.
Cada día estamos más expuestos a esta cultura pasteurizada, papilla intelectual que prolonga la lactancia de una vida fácil, sin esfuerzo ; y de una estúpida jovialidad. El deforme Quasimodo es hoy el simpático Quasi, que baila con otrora atemorizantes gárgolas (bautizadas culposamente Víctor y Hugo) en el interior de una Notre Dame tan luminosa como un castillo de hadas. Quienes nos acabamos de deslumbrar con La Walkyria deberíamos advertir que la historia de los mellizos clama por protagonizar una telenovela en la que Wotan podría ser un ejecutivo atormentado. Pero sin duda antes nuestros chicos verán El Flaco y el Gordo, como sin duda se conocerá en pocos años a Don Quijote y a Sancho. Todo con Luis Miguel entonando la Oda a la alegría, del simpático sordito Beto, que emigrará de la oscura Bonn a la atractiva Miami.
Para gozar de las obras maestras de la cultura humana, no hay que simplificarlas, parodiarlas o ridiculizarlas. Basta con hacer que todos puedan frecuentar los originales para comprenderlos y disfrutarlos. Deberíamos aceptar que no todo es entretenimiento, que somos nosotros los encargados de establecer la forma en que incorporaremos las grandes creaciones del hombre a nuestras vidas. Para lograrlo, hacen falta maestros y ejemplos, no un ejército planetario de disciplinadas niñeras que pasen la cultura por la procesadora para darnos cucharadas del puré que, dócilmente, nos estamos acostumbrando a consumir.

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