...entre un rey y un gobernador
El gobernador de Auvernia contestó de la siguiente manera a Carlos IX, cuando le mandó la orden que se refería a la matanza de San Bartolomé: "Me han traído una orden con el sello de Vuestra Majestad mandando dar muerte a todos los protestantes. El respeto que profeso a Vuestra Majestad me hace creerla falsa; pero si fuese verdadera, el respeto me mandaría no obedecer".
... en Francia
Ana de Montmorency, mientras rezaba el rosario, escuchaba a alguien que le contaba las atrocidades que cometían sus soldados, y entonces, entre dos Aves, se interrumpía para decir:
-Que se lo cuelgue. Que se lo ahorque.
....en España
Pocos años antes de su abdicación, Carlos V se vio aquejado de fuertes dolores de gota, y como cierta vez el conde de Burens lo viera cojear, le dijo:
- El imperio cojea.
- No son los pies los que gobiernan -le respondió el emperador-, sino la cabeza.
... en la China Imperial
Nanking, preocupadísimo por la conducta de sus soldados y generales que rao escatimaban asesinatos y que se regodeaban con las grandes matanzas, fingióse enfermo y se metió en cama. Mandó luego un emisario a los altos generales de su ejército, con un parte donde les decía: "Me hallo mal, muy mal, pero el remedio más seguro para curarme depende de vosotros. Juradme que no derramaréis la sangre de los ciudadanos". Los soldados prometieron y cumplieron la promesa; entonces el emperador curó de sus males.
El mismo emperador acostumbraba a decir: "No hay don más precioso que la vida de un hombre. La salud de un pueblo es la del imperio; por eso, para mejorar un imperio, nada hay tan provechoso como animar al pueblo, y para mejorarse a si mismo nada hay tan útil como reprimir las pasiones".
...con Napoleón
Le escribía Napoleón al duque de Berg, que se encontraba en España con sus tropas:
"Comportaos de tal modo que los españoles no puedan adivinar el partido que yo he de tomar; esto os será fácil porque yo mismo todavía no lo sé"
¡Bienvenidos! Este blog de literatura está abierto a todo tipo de lectores. Quienes lo hacemos no tenemos otra motivación que el de compartir la lectura de las obras de escritores de todos los tiempos, así como también las de aquellos que se inician y también merecen difusión.
sábado, 23 de noviembre de 2019
lunes, 18 de noviembre de 2019
“CONTATE UN CUENTO XII” Categoria E: adultos Ganador: “El guapo” de Alejandro Damian Lamela de Ciudad Autónoma de Buenos Aires
La vida puede ser muy dura para esos que apenas nacen ya no
le importan a nadie. Hay que ser muy guapo para bancarse esa realidad. Lo pensó
una vez más mientras lo preparaban para el combate. Cuando uno no tiene nada (o
casi) que perder, es más fácil soportar los golpes de la vida, y hacerse
fuerte. La vida… eso es lo único que se tiene para perder. Así que hay que
aferrarse a ella, con las uñas si es necesario, para que no se escape, la muy
roñosa.
Roña le estaba
buscando ese hijo del mal que lo miraba al otro lado del patio, revoleando el
cogote, entrando en calor para lo que vendría después. Se hacía el gallito,
pavoneándose frente a la peonada, yendo de un lado al otro, como quien se cree
mejor que cualquiera. Que siguiera así, dentro de un rato iban a jugar al
gallito… y gallito ciego iba a quedar.
Él no se
pavoneaba. Él se erguía recto, fuerte, duro, como la vida. Él era El Guapo, y
le hacía honor al nombre sin ningún changüí. Ya de muy chico había tenido que
mostrar fortaleza, como el día en que surgió una disputa con uno de sus
hermanos mayores que se hacía el vivo con su comida: se le plantó, lo fajó de
lo lindo y el taimado terminó perdiendo un ojo, ante la vista impasible de su
madre. Ahí fue cuando el patrón se dio cuenta que él tenía otras cosas para
dar, que no era uno más. Ese mismo día se lo llevó, y lo empezó a preparar.
Preparar para
carnicerías como la que estaba a punto de empezar, en esos galpones perdidos en
el medio de la provincia, en esas veladas nocturnas de combates ilegales cerca
de los esteros, uno tras otro, tras otro, tras otro irían cayendo, hasta que sólo
uno de los que peleaban se iría caminando sobre sus dos patas.
Hasta ahora El
Guapo siempre había salido caminado. Cuando la vida no te trata bien, o te
hacés fuerte o le das de comer a la indiada. Tenés que demostrar que servís
para algo más que el resto, que podés aportar otras cosas. Sangre, ferocidad,
violencia, ira, muerte… él tenía mucho de todas. Lo dejó en claro cuando lo
enfrentaron a otros más grandes y curtidos que él en los entrenamientos:
siempre se los tenían que sacar antes de que les arrancara el cogote a los muy
taimados. Se pensaban que porque era jovencito le iban a cortar las alas.
¡¡¡Pues no señor!!! Y se iban rotos, para que les emparcharan los agujeros por
los que se les filtraba la vida a gotones.
Agujeros. Buscó
hacerle uno rápido a su rival de hoy, El Carnicero, pero no tuvo suerte, lo
esquivó fácil y cuando se quiso acordar, él mismo estaba a la defensiva
tratando de esquivar los golpes, moviéndose de un lado al otro, saltando y
cambiando el paso para volverse imprevisible.
Siempre funcionó
eso: era veloz, era impetuoso, se los llevaba por delante a los que le ponían
en los primeros combates, no le duraban nada, y muy de a poco fue saliendo de
la inmundicia del fondo del rancho en el que jugaba de local, para ir visitando
otras taperas donde reventarse la jeta con el matungo de turno, ese que siempre
venía “invicto”, y se iba desplumado.
Hoy chocaban dos
invictos, el de larga data era él, el nuevito era el otro. Y mal que le pesara
se estaba notando que la mano había cambiado. El muy maula era veloz y
escurridizo: cada vez que El Guapo avanzaba, El Carnicero lo frenaba en seco
con un cabezazo, y le llovían los golpes sin respiro.
Siempre él había
sido la sorpresa, como cuando fue de punto al festival ese en la Capital, a
escondidas de la Ley, para variar. Se fue comiendo a los pebetes uno a uno, los
dejó tirados a todos y si no ganó la final, fue porque llegaron los milicos y
se llevaron a todos presos. Él y su entrenador corrieron y safaron de tener que
abrir el pico y cotorrear en detalle sobre lo que hacían.
El pico que le
quería cerrar a El Carnicero se empezaba a ver borroso. Parecía que no, pero se
fue dando cuenta de todos los golpes que había recibido por la sangre que iba
salpicando la tierra. Los de afuera gritaban como condenados, ya se acercaba el
final del combate: cuando los energúmenos se ponen así es porque ven que la
sangre está hablando y que su ganancia o pérdida está a punto de aumentar. Y
cuando se apuesta fuerte, se apuesta todo.
Nadie apostaba más
fuerte que él. Ya ahora, que tenía unos cuantos años de profesional en ese
circuito mugroso de peleas clandestinas, sabía interpretar perfectamente cuando
la mano venía dulce y hasta tenía tiempo de cacarear antes de liquidar la
faena, lucirse un poco y subir el copete. Y cuando la mano venía torcida. Como
hoy. Aunque se torcía siempre para el otro, y ahora se le estaba torciendo a
él.
Ya no veía. Capaz
porque esa masa con sangre a sus patas era su ojo derecho, y el izquierdo no
estaba mejor. El Carnicero lo estaba faenando de lo lindo. Pero él era Guapo, y
se bancaba todas, hasta la derrota inminente. Juntó coraje, que de eso siempre
tenía para dar, guardar y repartir. Se mandó para el frente con todo en un
intento valiente enardeciendo a la negrada, que ya lo había visto pelear muchas
veces, y esperaba esa corrida veloz del final para sorprender al otro y sacarle
la victoria del buche. Pero se ve que El Carnicero también la esperaba, pegó un
salto de la santa madre, le cayó encima del lomo y lo molió a golpes. El
coraje, los huevos, las agallas habían quedado lejos a la distancia. Ahora
reinaba el dolor y apestaba la muerte. En el charco de su sangre, respirando
como podía, mientras las tripas se le escapaban, oyó que había nuevo campeón en
la zona, y no era Guapo, era Carnicero. Y de yapa, escuchó:
- ¡Qué malaria,
don Tabaré! Le mataron al campeón, se le terminó la racha.
- Y bueno, m`hijo,
las rachas están para romperlas. Bastante me dio de comer el gallo éste. Y en
un rato lo va a hacer una vez más. Se lo llevo a la patrona para el puchero…
ja, ja, ja.
La vida puede ser muy dura,
para esos que apenas nacen ya no le importan a nadie. Hay que ser muy guapo
para bancarse esa realidad.
“CONTATE UN CUENTO XII” Categoría D: alumnos de EEPA y CENS Ganador: “Lo que enseña un gran amor” de Laureano Ezequiel Loza alumno de 2° año de CENS 451
En una hermosa tarde de primavera (para mí, la estación más
linda) viajé hacia donde mis abuelitos vivían, un lugar pequeño, pero con
grandes personas.
Mis
abuelitos se amaban como la primera vez,
cuando se habían conocido, o con mayor intensidad. La de ellos era una
historia digna de un cuento de hadas. Siempre llevaban una gran sonrisa en su
cara, inclusive caminaban de la mano juntos y no se separaban por nada.
Yo soñaba
con encontrar a un amor así, una persona que llenara mi vida de colores, que
alegrara mis días, que estuviera conmigo en las buenas y en las malas, que
fuese la luz de mi existir, y que con sus caricias hiciera brillar mi vida.
Cierto día de mi estadía, pregunté a mis
abuelitos cómo hacían para ser felices y que nada los quebrantara. Entonces, mi
abuelo me dijo:
- El amor, el verdadero amor, es aquel que permanece intacto
con el tiempo.
Mi
abuelita sonrió tiernamente y miró a los ojos a mi abuelito diciendo:
- Porque el amor es eso, envejecer amándose…
¡Esas
palabras fueron tan inspiradoras, tan dulces para mí!. Yo me sentía feliz al
lado de ellos, en un ambiente muy tranquilo y armónico, diferente a lo que
sucedía en mi casa, donde mis padres sólo pasaban el tiempo discutiendo.
A
veces, sentía que la magia del amor se había apagado en ellos, aunque trataran
de disimularlo, yo ya estaba grande y me daba cuenta.
Muchas
veces fui feliz, pero otras, lloraba en mi cuarto pues mis padres no se
acordaban de mí, no me llamaban ni siquiera para preguntarme cómo estaba. Para
mi fortuna, mi abuelita siempre me
consolaba y me decía que seguro era porque estaban ocupados, trabajando, con
muchas cosas que hacer.
Un día,
salí a caminar al campo y distraerme un poco, compré helado y me divertí mucho
viendo a otros niños jugar. Pero cuando regresaba a casa recibí una llamada que
cambiaría mi vida… Me decían que mis padres habían muerto en un accidente de
tránsito, mientras discutían.
En ese
momento todo se derrumbó para mí y lo único que atiné a hacer fue sentarme en
la calle a llorar desconsoladamente. Las
personas pasaban y me miraban llorar, pero nadie se detenía, nadie imaginaba el
enorme dolor que llevaba dentro. Hasta que un joven se detuvo, se sentó junto a
mí y me preguntó por qué estaba llorando. Yo sólo le dije que se fuera, que no
hablaba con desconocidos. Sin embargo, tanta fue la insistencia de aquél joven
que logró que le contara lo que me había sucedido. Entonces se conmovió, me
abrazó y luego me dijo:
- Ya no llores. Tus padres estarán en un mejor lugar, con
Dios en el cielo; desde allí velarán por tus sueños y guiarán tu vida. Sólo hay
que creer y tener fe.
Luego, me llevó a
mi casa. Mis abuelos le agradecieron lo que había hecho por mí. Parecía ser un
extraño, pero me inspiraba confianza, tranquilidad.
Así fueron
pasando los días y tuve que hacerme fuerte para poder superar lo que me había
pasado. Siempre recordaba a ese joven que me había dicho palabras muy sabias.
Por cierto, no sabía nada de él, ni siquiera le había preguntado su nombre…
Después de
un tiempo, mis abuelitos me propusieron que continuara mis estudios en un
colegio cercano, y yo acepté pues me encantaba aprender cosas nuevas y me
ayudaría a mantener mi cabeza ocupada.
Cuando iba
caminando con mucha expectativa al lugar en el que se construiría el
conocimiento, donde conocería gente nueva, casi sin fijarme tropecé con un
joven que se dirigía al mismo lugar que yo.
- Me alegra
que ya estés mejor- me dijo. Y enseguida reconocí su voz. La vida parecía
querer volver a juntarnos, hacernos coincidir.
Me
reconfortó volver a escuchar sus palabras y le respondí con una sonrisa cuando
me preguntó mi nombre:
- Victoria-
le dije.
- Así como lo
indica tu nombre, debes triunfar en la vida, luchar siempre y no dejarte
vencer.
Con el
correr de los días en clase nos fuimos convirtiendo en amigos inseparables y
podría decir que según mi deseo también en algo más que eso.
Ese joven
tenía algo especial. Era diferente a los demás, único. Sabía siempre lo que me
pasaba y podía contenerme, me hacía compañía y me apoyaba.
A medida
que la relación crecía había logrado
convertirse en el hombre de mis sueños pero no podía decírselo porque temía
perder su amistad. Me bastaba con que fuese mi amor platónico. Sin embargo, él
se adueñaba cada vez más de mis más dulces anhelos y sentimientos.
Entonces,
decidí tratar de alejarlo de mis pensamientos y de mi corazón, pero me resultaba imposible. A menudo me
descubría con la mirada perdida pensándolo una y otra vez.
Cierto
día, mis abuelos comenzaron a preguntarme
qué había cambiado en mí … estaba diferente. ¡Claro!. ¡Me había
enamorado!!! ¡Como ellos! ¡Me había enamorado!!!.
En medio
de este sentimiento nuevo para mí, por las noches recibía un mensaje que decía:
“Dormiré temprano para soñarte más temprano aún”.
Una mañana,
el joven dijo que quería hablar conmigo y tomándome de las manos y de rodillas,
como se hacía antes, me preguntó si quería ser su novia.
Me juró
amor eterno, me hizo dueña de todas sus ilusiones y ansias, luego me abrazó y
me besó. Guardaré el recuerdo de aquel momento en lo más profundo de mi
corazón.
Mis
abuelitos estaban contentos. Veían a aquel joven como alguien caído del cielo
que había venido a hacerme feliz.
Desde
entonces nos hicimos inseparables. Caminábamos de la mano, compartíamos nuestros
sueños e ilusiones, nos mirábamos por horas diciendo lo mucho que nos amábamos
e intercambiábamos promesas de amor.
Fuimos
novios muchos años, ocho exactamente, los mismos que marcarían mi vida y mi
existencia. Nuestro amor parecía bendecido; era como el de los cuentos de
hadas.
Una hermosa
noche estrellada, Emmanuel me llamó, me citó en el parque junto al lago y me
pidió matrimonio. Me dijo que era el amor de su vida y las lágrimas no tardaron
en aparecer. La felicidad colmaba todo mi ser.
El día de
nuestra boda debía ser el más feliz de mi vida; sin embargo, sentía que algo
oprimía mi corazón. Pensé que simplemente eran nervios, pero cuando iba para la
Iglesia recibí una extraña llamada que me decía en un tono que más tarde
entendería como despedida:
- Te amaré
infinitamente. Mi amor por ti no conoce tiempo. Pase lo que pase siempre
estarás en mi corazón.
En el
camino, cuando estaba próxima a llegar a la Iglesia, noté que algo sucedía ya
que había gente aglomerada en la calle. Un dolor profundo, un presagio, un
temor invadía todo mi ser al tiempo que comenzaba a ver aquello que no hubiera
querido nunca. El carro en el que viajaba Emanuel, mi novio, mi futuro esposo,
había tenido un accidente y él había muerto en el acto.
Mi mundo
se derrumbaba otra vez. Lloré junto a mi amado. Parecía estar viviendo una
pesadilla de la que quería pronto despertarme. El mundo no era el mismo sin él:
el sol no brillaba, la noche era oscura y mi interior estaba en penumbras.
Cuando
parecía que ya no había salida, que no valía la pena seguir, que el amor se
había acabado, cuando había decido que ya no quería seguir viviendo, él
apareció una vez más, para salvarme.
Dicen que
en la vida todos tenemos un ángel de la guarda, que nos acompaña siempre, que
está justo detrás de nosotros sosteniéndonos, o a un costado llevándonos de la
mano, o delante mostrándonos el camino.
Porque el amor verdadero, una vez que se conoce, nunca muere. Porque si
no es en esta vida, tal vez sea en otra, pero ese amor inmenso siempre nos
acompañará.
De a poco,
desapareció entre la nada. Pero me dejó la esperanza de ese gran amor, la
ilusión, las ganas de seguir y de trascender esta vida con toda la fuerza de mi
nombre. Sentí a Dios y viví con la fe que me transmitió que algún día nos volveríamos
a encontrar, es decir, volvería a encontrarme con un gran amor.
“CONTATE UN CUENTO XII” Categoría C: jóvenes de 16,17 y 18 años Ganador: “ El amor después del dolor” de Emilia Netcoff, alumna de 4º año del colegio Santa Rosa de Lima
Ese día no me lo olvido más. Me acuerdo de estar
abrazándonos todos los chicos, sin necesidad de sentir dolor por el otro porque
cada uno tenía el propio, con el alma rota, el corazón destrozado y los ojos
hinchados, resultado de haber llorado horas y horas sin parar. Un chico como yo
jamás se hubiera imaginado tener que vivir una desgracia como ésta.
Ese
velorio. Ese día soleado, pero gris de angustia. Los rayos del sol que
quemaban, pero al tacto eran fríos y
sensibles sobre la piel. La muerte de mi mejor amigo, de mi hermano, mi
compañero incondicional. Sólo pensaba en cómo la vida había sido tan injusta,
con él, conmigo, con su familia, con
su hermana, con sus papás.
Todos desconsolados en busca de
respuestas, esperando recibir la noticia, que todo era mentira, que ese
accidente no era real, que él seguía con nosotros, jugando un partido, tomando
mates después de entrenar o mirando pelis con Cami y conmigo. Ahora ella estaba
sola, asustada, perdida en el sufrimiento por tener que despedirse de su
hermano mayor, el que la había cuidado siempre, desde el primer día. Eran
inseparables; dos en uno.
La noche
después de la muerte me acuerdo de estar tirado en la cama, pensando sin parar
en Nico. Me preocupaba qué fuera a hacer yo sin él. Amigos desde sala de 3 y 15
años de amistad, eso no se podía borrar y soltar de un día para el otro.
A las
semanas empecé a tratarme con una psicóloga que me hizo muy bien. Nico ya no
era un recuerdo horrible y trágico, sino una persona que iba a recordar con una
sonrisa. También me sumergí en la música. Se me hizo como un refugio llegar de
la escuela y tomar la guitarra; a menos que tuviéramos Educación Física no la
soltaba.
Las
terapias me habían dado un empujón enorme para salir adelante, pero obviamente
había una parte que no alcanzaba nunca a sanar. Me lastimaba saber que Cami ya
no contaba con la figura que le significaba su hermano, y verla salir del
colegio sola todos los días me partía el alma. Por eso fue que me volví a
acercar a ella, porque sé que si Nico hubiera estado acá, ahora, me pediría que
la cuidara. Muchos hermanos mayores detestan que sus amigos, incluso, hablen de
su hermana, pero este no era el caso. El solía decirme que si le pasaba algo
quería que yo estuviera ahí con ella, pero ¿quién hubiera pensado que una
tragedia iba a cruzarse en nuestras vidas? Nadie. Uno nunca piensa en que
mañana te podés levantar y quizás alguien que ames ya no esté. Por eso siempre
lo tomé como en broma. Ahora ya no nos estábamos riendo, así que me tocó ocupar
ese lugar .Con Camí teníamos una buena relación por lo que no fue tan difícil
buscarla.
Un
viernes, la esperé a la salida del colegio. Me pasó por al lado, me saludó con
el mismo "adiós" de cada vez que me veía y siguió de largo hasta que
levanté un poco la voz para decirle que se acercara. Caminó indecisa hasta el
escalón donde estaba sentado y me miró esperando que algo saliera de mi boca.
Un poco nervioso porque no hablábamos desde la semana siguiente a la muerte de
Nico, le pregunté si no quería acompañarme a casa y tomar unos mates, no
obstante me devolvió una expresión negativa. Me pareció raro porque Cami jamás
rechazaba unos mates con nadie, pero decidí darle su espacio. A lo mejor no era
el momento y no estaba lista para enfrentar los recuerdos del pasado.
En la
sesión con la psicóloga le comenté lo del viernes y me dijo que era lo indicado
darle tiempo, pero que no creía que el hecho le hubiera dado igual, sino que
seguramente estaba extrañada con mi intervención y que era probable que ahora,
estuviera cruzándose por su cabeza y
esperando alguna explicación.
Luego de esa charla, me quedé varias noches desvelado
pensando en qué hacer con Camila y cómo. Por fin, recurrí a mis instintos y
pasé por la casa de Nicolás. Si era duro para mí, no me quería imaginar lo que
sería para su familia.
Las manos
transpiradas del miedo y la incertidumbre palmearon para que alguien me abriera
la puerta. De repente, mis ojos miraban
al papá de mi mejor amigo. Su cara pasó a expresar unas cinco emociones en
menos de diez segundos: primero sorpresa, después confusión, alegría, cariño y
una vez más, confusión. Entonces me
abrazó y me dijo lo contento y asombrado que estaba de verme ahí.
Nos
sentamos en el sillón donde solíamos pasar Nico y yo tardes enteras y
conversamos del transcurso de mi último tiempo. Entonces, le pregunté por
Camila. Por lo que me dijo, ella estaba haciendo un informe para el colegio
(típico de su parte, de una chica responsable, inteligente y aplicada) pero de
igual manera me llevó a su habitación. Toqué la puerta que permanecía cerrada y
pregunté si podía pasar.
La hermana
de mi amigo me abrió la puerta. Muy tranquila, me miró, sonó un cálido “no
esperaba verte por acá” y me hizo
pasar. Me senté en el borde de la cama. Antes de poder explicarle mi presencia
me interrumpió, se disculpó por no aceptar mi invitación del viernes y se
anticipó a explicarme que ése no había sido un buen día y que necesitaba volver
a su casa. Después de que terminara empecé a resumir mi parte:
-Cuando se fue Nico también se fue una parte de mí con él,
no sabía cómo seguir; fui a la psicóloga, pase días completos encerrado, con la
guitarra, en silencio. Verte todos los días destrozada, volverte sola y no
tener salidas como cualquier adolescente me daba impotencia. Siempre fuiste una
con tu hermano y conmigo, y no hacer nada por vos era volverme indiferente a
Nico, a vos y a tus papás. Nunca le haría eso a mi mejor amigo, así que si no
te molesta me tomé el atrevimiento de devolvernos nuestra vieja relación.
No se
contuvo ni dos segundos para abrazarme. Le devolví la expresión con más fuerza
y me contestó, antes de soltarme, que me extrañaba y que estaba muy agradecida
con el gesto.
A partir
de ese día los dos nos unimos más que nunca; vernos ya era costumbre por lo
menos una vez a la semana. Siempre hacíamos planes distintos, y el que no
podíamos evitar repetir era el de visitar el silencio y la calma de los
atardeceres en el borde del río, donde la ciudad se asomaba paulatinamente a la
oscuridad de la noche y a la luz de la luna. Pero lo que hacía al momento más
especial era la compañía de la guitarra y la voz de Camila resonando en cada
melodía. Sentí que estaba recomponiéndome, sanando, y que era algo que hacíamos
mutuamente, dejando que cada pedazo de mí que daba por perdido, volviera a su
lugar.
Y fue entonces cuando me di cuenta que el amor
que sentía por la hermana de mi mejor amigo, ya no tenía que ver con sólo ir en
busca de su paz . Había algo más que, después de tanta tristeza, parecía
devolverme la felicidad. Me había enamorado de la última persona que hubiera
imaginado y estaba siendo verdaderamente increíble.
Cuando me
di cuenta ya estábamos transitando la última semana de clases. Con Cami
quisimos cerrar el ciclo de mi último año regalándonos un buen festejo. La idea
consistía en vernos a la salida de mi última jornada escolar, de la que
aliviado me iba a despedir, (después de la muerte de Nico no logré formar
ningún vínculo), almorzar en mi casa y desde ahí encaminarnos al muelle a pie.
Nos
sentamos a descansar sobre las últimas tablas de madera antes del río. Nos
dedicamos a intercambiar anécdotas, historias y cualquier tema que surgía en el
momento, en medio de algún recuerdo con Nicolás. Mezclamos nuestras risas hasta
cansarnos y cuando fue así Camila se recostó a mirar las numerosas
constelaciones mientras yo respiraba muy profundamente, cargando mis pulmones
de ese aire distinto al de todos los días. No pude descifrar qué lo
diferenciaba, pero me confundía entre la sensación de estar vivo y de ser el
espectador de una película de ficción.
Esa noche,
en ese momento y lugar, junto a Cami, pude entender el sentido de la vida.
Alcancé a ver cómo podía ser tan angustiante y difícil, pero, al mismo tiempo,
tan reconfortante y satisfactoria. Supe
que siempre se nos puede venir el mundo abajo sin embargo tarde o temprano
viene una recompensa, un aprendizaje que compensa, algo que te hace apreciar y
agradecer el día que llegaste al mundo.. Y valoras todavía más cada sensación,
experiencia o persona, que te recuerde el motivo de estar de pie y con el
corazón a pleno latir. Nico fue una de esas y ahora Cami también. Porque…, qué
es la vida sino una síntesis de instantes de felicidad, y aprender que, de un
terrible drama, de una tragedia, también puede nacer el amor
“CONTATE UN CUENTO XII” Categoría B: jóvenes de 14 y 15 años - Ganador: “La guerra de la verdad”, de Anneke Wendel alumna de 3º año del Inst. Bg. Martin Rodríguez de Tandil
- ¿Ya llegó?
-preguntó el pequeño no bien regresó de la escuela.
- ¿Qué es lo que
debería de haber llegado? -respondió su madre.
- La carta de papá.
Todos los meses llega para estas fechas, pero al parecer en este se ha
retrasado unos días...
El rostro de la
mujer palideció. El niño no parecía comprender el porqué de su reacción ante su
inocente pregunta, pero de inmediato volvió con sus preguntas:
- ¿Significa eso
algo malo, mamá? ¿Qué le puede haber sucedido?
- No, mi niño -dijo
intentando que se pasara su desesperación- ya sabes cómo son las guerras: no
cesan hasta que el último enemigo es derribado y haya abandonado el campo de
batalla. Seguramente sólo ha estado muy ocupado, y no ha encontrado el momento
adecuado para escribirnos: no tienes de qué preocuparte.
Ambos se abrazan.
El chiquillo estaba creciendo con la ausencia de su padre, pero estaba encariñado
a las cartas que les enviaba cada mes. Sentía que cada palabra escrita en el
papel, le quería transmitir algo más de lo que realmente decía.
A la mujer, por el
contrario, la llegada de los últimos días del mes, implicaban una serie de
sentimientos difíciles de sobrellevar. Cada vez se le dificultaba más y más el
hecho de lidiar con sus emociones.
Se separaron. Era
la hora de la cena, que por lo que parecía, sería lo suficientemente incómoda
como para que ninguno de los dos no emitiese palabra: no sabían qué decir luego
de la conversación de hace unos momentos.
- ¿Ya has
terminado?
- Sí, mamá.
- Espero que te
haya gustado. Te veo muy cansado: prepárate para ir a dormir.
- Está bien. Buenas
noches.
- Buenas noches, mi
niño.
El niño se retira.
Ella sale inmediatamente al jardín: luego de lo que le había ocurrido,
necesitaba tomar un poco de aire fresco, pero, aun así, no mejoraba. ¿Cómo se
había olvidado?
Entró rápidamente a
la casa, y comenzó a buscar unos papeles en un antiguo baúl. Tomó una pluma, y
comenzó a escribir. Su mano se deslizaba haciendo rodar e impregnar la tinta
sobre el papel lentamente: procuraba que ese escrito no tuviese ningún error,
debía de ser perfecto. En medio de su escritura, su nerviosismo, hizo que una
gota de tinta negra, cayese sobre las palabras recién escritas. De inmediato,
un borrón color oscuro se generó por sobre la hoja: ya no servía.
Enojada y
desesperada, tomó la copia y la desechó. Tomó otro pliego de papel con
preocupación, y comenzó a escribir nuevamente. Ya eran las dos de la mañana, y
aun no había terminado. Era tal el silencio que reinaba en la casa, que lo
único que se oía era el correr de la pluma con tinta por sobre el papel. Sentía
que el tiempo corría y corría, pero no lograba darse por satisfecha hasta que
sus palabras fuesen consideradas por ella misma como correctas.
Finalmente, logró
acabar. Tomó su manuscrito y fue hasta su habitación por un sobre blanco. Lo colocó dentro, y le aplicó una estampilla
en una de las esquinas. Procuró que estuviese bien cerrado, y lo puso sobre la
mesa de la cocina.
Más tranquila, se
preparó y se fue a dormir, aunque logró conciliar el sueño cerca del amanecer.
- ¡Hijo, despierta!
¡Ha llegado una carta! Tal vez sea de tu padre.
- ¿Sí? Está bien,
déjame dormir un poco más e iré a leerla.
La mujer se quedó
desconcertada: era la primea vez que el niño reaccionaba de tal manera. No
entendía cómo de un día a otro, su interés por recibir una carta proveniente de
su papá se había aplacado así. Sin embargo, tuvo la suficiente fuerza para
calmar su curiosidad, y logró esperar hasta que el pequeño se levantase.
- ¿Y la carta?
¿Puedo leerla ya?
- Sí, hijo. Está
sobre la mesa.
El chiquillo tomó
el papel con ambas manos, y muy desganado comenzó a leer. No parecía tener en
absoluto ansias por saber el contenido de ella.
- ¿Y? ¿Qué es lo
que dice?
- Exactamente lo
mismo que dice el papel desechado.
Comenzó a sentirse
mal.
- Mamá, ¿puedes
explicarme cómo es que tienes una copia de la supuesta carta de papá?
¿Había llegado el
momento de confesar todo? Este secreto desde hacía años, ¿había llegado a su
final?
- ¿Puedes decirme?
Hubo un silencio
que duró algunos minutos.
- Hijo, las cartas
las escribo yo.
Las facciones del
niño, de golpe representaron un enorme desconcierto.
- ¿Y mi papá?
¿Dónde está? ¿Está en la guerra?
Una pequeña
lágrima, comenzó a rodar por las mejillas de los dos.
- Él nunca fue a la
guerra. Te abandonó cuando apenas habías nacido.
sábado, 16 de noviembre de 2019
HISTORIA DE UNA CONDENA A MUERTE - Por Juan Carlos Pirali
En el año 1912 un juez de los tribunales de Dolores condenó en primera instancia a un homicida por un crimen cometido en Castelli, a la pena de muerte. Posteriormente, la Cámara de Apelaciones lo sentenció a seis años de prisión.
El 7 de abril de 1912, se presentó en la comisaría de Castelli una persona que dijo llamarse Cristóbal Algañarás, manifestándole al titular de dicha repartición, don Desiderio González, que había inferido una herida con su daga a Silverio Blas Coronel frente al boliche "La Verdura". El mismo día fue interrogado el herido, quien declaró que "viniendo de vuelta de cumplir con unos deberes cívicos", había visto en la vía pública e inmediato al boliche denominado "La Verdura", que discutían acaloradamente Agripino Núñez y Cristóbal Algañarás, y en el preciso instante que se iban a las manos, bajó de su caballo y se interpuso entre los dos, en cuya circunstancia recibió la herida de parte de Algañarás. Dijo llamarse Silverio Blas Coronel, argentino de 18 años de edad, domiciliado en Castelli.
Intervino el médico de Policía, Dr. Atilio Villa, quien constató que Coronel tenía una herida en la región pectoral izquierda, con abundante hemorragia y que su estado era grave. El día 13 de abril se produjo la muerte como consecuencia de la lesión recibida.
El homicida era argentino de 45 años de edad, argentino, con domicilio en el partido de Castelli. Había cumplido dos condenas anteriores; la primera vez estuvo en la cárcel de Dolores desde el 4 de octubre de 1887 hasta el 18 de marzo de 1892 por homicidio cometido en Ayacucho. Por otra parte, la segunda vez ingresó a la misma cárcel el 18 de agosto de 1897 para cumplir una pena de 12 años por haber dado muerte a Juan de Dios Gallardo en el partido de Pila. Fue trasladado el 22 de marzo de 1904 al penal de Sierra Chica, de donde salió al cumplir los ocho años de condena.
El juicio de este caso fue tratado en los Tribunales de Dolores, donde el fiscal Dr. Carlos Ocampo solicitó para el procesado la pena de 20 años de prisión. Por su parte, el Juez de Primera Instancia, Dr. Marcelo Bosch Roldán, en su fallo condenó a Cristóbal Algañarás a la "pena ordinaria de muerte", que debía ejecutarse en la forma prevista en los artículos 56, 57 y 58 del Código Penal y 364 del Código de Procedimientos.
La defensa del acusado estuvo a cargo del Dr. Aurelio Bassi, quien en su exposición comenzó diciendo que "por temperamento y por reflexión soy partidario de la pena capital". Pero en este caso consideró que se trataba de un homicidio involuntario, y que la misma había absuelto al agresor en su declaración ante el comisario de Castelli, al afirmar que se había interpuesto entre Algañarás y Núñez en momentos que ambos discutían acaloradamente. Bassi insistió que se trataba de un homicidio por imprudencia y que la pena correspondiente sería de prisión.
La causa fue tratada el 26 de noviembre de 1912 en acuerdo ordinario de la Cámara de Apelaciones, compuesta por los doctores José Gómez Rodríguez, José Carrillo y Carlos Morales Bustamante, con el objeto de dictar sentencia al respecto, imponiéndole al acusado la pena de seis años de prisión y vigilancia de la autoridad hasta dos años después de cumplir la pena.
Por último, la Suprema Corte de la provincia de Buenos Aires ratificó el 31 de diciembre de 1912 la resolución de la Cámara de Apelaciones.
El 7 de abril de 1912, se presentó en la comisaría de Castelli una persona que dijo llamarse Cristóbal Algañarás, manifestándole al titular de dicha repartición, don Desiderio González, que había inferido una herida con su daga a Silverio Blas Coronel frente al boliche "La Verdura". El mismo día fue interrogado el herido, quien declaró que "viniendo de vuelta de cumplir con unos deberes cívicos", había visto en la vía pública e inmediato al boliche denominado "La Verdura", que discutían acaloradamente Agripino Núñez y Cristóbal Algañarás, y en el preciso instante que se iban a las manos, bajó de su caballo y se interpuso entre los dos, en cuya circunstancia recibió la herida de parte de Algañarás. Dijo llamarse Silverio Blas Coronel, argentino de 18 años de edad, domiciliado en Castelli.
Intervino el médico de Policía, Dr. Atilio Villa, quien constató que Coronel tenía una herida en la región pectoral izquierda, con abundante hemorragia y que su estado era grave. El día 13 de abril se produjo la muerte como consecuencia de la lesión recibida.
El homicida era argentino de 45 años de edad, argentino, con domicilio en el partido de Castelli. Había cumplido dos condenas anteriores; la primera vez estuvo en la cárcel de Dolores desde el 4 de octubre de 1887 hasta el 18 de marzo de 1892 por homicidio cometido en Ayacucho. Por otra parte, la segunda vez ingresó a la misma cárcel el 18 de agosto de 1897 para cumplir una pena de 12 años por haber dado muerte a Juan de Dios Gallardo en el partido de Pila. Fue trasladado el 22 de marzo de 1904 al penal de Sierra Chica, de donde salió al cumplir los ocho años de condena.
El juicio de este caso fue tratado en los Tribunales de Dolores, donde el fiscal Dr. Carlos Ocampo solicitó para el procesado la pena de 20 años de prisión. Por su parte, el Juez de Primera Instancia, Dr. Marcelo Bosch Roldán, en su fallo condenó a Cristóbal Algañarás a la "pena ordinaria de muerte", que debía ejecutarse en la forma prevista en los artículos 56, 57 y 58 del Código Penal y 364 del Código de Procedimientos.
La defensa del acusado estuvo a cargo del Dr. Aurelio Bassi, quien en su exposición comenzó diciendo que "por temperamento y por reflexión soy partidario de la pena capital". Pero en este caso consideró que se trataba de un homicidio involuntario, y que la misma había absuelto al agresor en su declaración ante el comisario de Castelli, al afirmar que se había interpuesto entre Algañarás y Núñez en momentos que ambos discutían acaloradamente. Bassi insistió que se trataba de un homicidio por imprudencia y que la pena correspondiente sería de prisión.
La causa fue tratada el 26 de noviembre de 1912 en acuerdo ordinario de la Cámara de Apelaciones, compuesta por los doctores José Gómez Rodríguez, José Carrillo y Carlos Morales Bustamante, con el objeto de dictar sentencia al respecto, imponiéndole al acusado la pena de seis años de prisión y vigilancia de la autoridad hasta dos años después de cumplir la pena.
Por último, la Suprema Corte de la provincia de Buenos Aires ratificó el 31 de diciembre de 1912 la resolución de la Cámara de Apelaciones.
Fuente: Archivo Poder Judicial de Dolores
CONCURSO "CONTATE UN CUENTO XII" Categoría A - Ganador: “Cartas de Antoine”, de Dolores Ialea, alumna de 1° año de la E.E.S.N°3 “Carmelo Sánchez”
La mudanza había terminado. Sentía un gran cansancio y decidí adentrarme en el sótano.
Realmente es como pensé... no hay nada interesante, dije suspirando. Ojalá hubiese algo fuera de lugar, como una entrada a un mundo diferente...
Caminé hasta que me topé con una caja. Seguro el antiguo dueño la dejó, pensé. Pero... ¡no vendría mal un vistazo! Después de todo, no hay otra cosa que hacer, me entusiasmé.
Tomé un cúter y corté la cinta que sellaba la caja. La abrí y... cartas. Me desilusioné. Tal vez sean de algún anciano enamorado, me dije y me puse a leer ya que estaba muy aburrida.
Veamos... pensé, con renovado entusiasmo.
"Agosto, 1941.
"Querida Jennel. Desde que me fui a mi nuevo hogar, no he podido ver tus ojos azules, tu cabello dorado ni tu cara tallada por los mismos ángeles. ¡Varsovia debería conocer tu belleza! Como te contaba, desde que estoy aquí, todo ha empeorado: dormimos con gente que no conocemos, pero me resultan interesantes las historias de la abuela del señor de al lado.
"¿Cómo va todo en tu vida? ¿Has vuelto a Alemania? Tal vez tu padre ha decidido quedarse en Polonia...
"Espero que leas esta carta y espero con ansias tu respuesta. "Con cariño y esperanzas, Antoine".
Con prisa, tomé otra carta y continué la lectura.
"Septiembre, 1941.
"¡Mi amada Jennel! Hace semanas fuimos enviados a Auschwitz, nos dieron unos piyamas rayados y nos separaron. Se llevaron a mi padre, por lo que pude escuchar, a un campo de trabajo. Espero que le vaya bien. El olor aquí es terrible, ni siquiera nos dejan bañar.
"Un poco confundido, Antoine".
¿Y Jennel? ¿Cómo no ha respondido?, pensaba con preocupación.
Con desesperación, busqué la siguiente carta.
"Noviembre, 1941.
"Jennel, estoy horrorizado. ¡Han matado a mi madre frente a mis propios ojos! ¿Qué hizo? Estoy muy deprimido... me han estado insultando y pegando. Me dijeron que me llevarían a "un lugar mejor".
"¡Por favor, ayúdame! "Horrorizado, Antoine".
Pero... ¿por qué? ¿Qué les hizo? ¡Déjenlo!, grité dentro de mí al sentir tanta injusticia.
Tomé la siguiente carta, con la remota esperanza de que la suerte de Antoine mejorara.
"Diciembre, 1941.
"Campo de concentración de Auschwitz.
"Adorada Jennel, es una verdadera pesadilla... Ya no soporto las constantes torturas y los trabajos infrahumanos. Pero todo estará bien. ¡Saldré de aquí, te lo prometo, y podré verte! Estos soldados no podrán conmigo.
"Antoine".
Conmovida y en silencio, reflexioné. Observé que solo quedaban dos cartas. ¿Habrá sobrevivido Antoine?
¡Necesito saberlo! Abrí la caja y tomé el anteúltimo sobre.
"Febrero, 1942.
"Campo de concentración de Auschwitz.
"¡Mi querida Jennel, cuánto te necesito! Al parecer, las cosas van a mejorar. Me han dicho que pronto estarán terminados los baños. ¡Al fin podremos vivir más humanamente! Se rumorea que solo gente seleccionada podrá usarlos. ¿Acaso mi sufrimiento dará sus frutos?
"Espero que todo esté bien por allí. ¡Ansio el momento de volver a verte!
"Con esperanzas, Antoine".
¡Genial! Me emocioné y tomé la última carta. Pero esta es diferente, otra escritura, otro tipo de sobre. Debe ser de Jennel, pensé entusiasmada. Sin poder contener mi ansiedad, comencé a leerla.
"Marzo, 1945.
"Nunca podré olvidar su cara, radiante a pesar del sufrimiento. Casi con alegría, llegando a las cámaras donde todo, él no podía saberlo, terminaría. Quedé tan impresionado, que tuve necesidad de saber más sobre él. En su litera encontré, cuidadosamente ocultas, sus cartas a Jennel.
"Nunca tuve el valor de entregárselas y solo escribo esto para que sepan que no todos éramos iguales, que no todos compartíamos la maldad, con la débil esperanza de poder aliviar mi alma.
"Un soldado anónimo".
Al terminar de leer, quedé en silencio largo rato. Lo que al principio parecía una "simple" historia narrada a través de cartas, me había conmovido profundamente. Algo terrible que parecía tan lejano en el tiempo, tomaba otra dimensión, se hacía más humano al revivirlo.
Recordé que el Museo de Auschwitz buscaba este tipo de cosas, así que decidí entregárselas. El director en persona vino a buscarlas y aagradecerme. Hasta llegó a los medios de comunicación y hoy es uno de los principales documentos que puedes ver si visitas el Museo.
No tengo dudas que la historia es muy conocida.
Aunque traté de hallar a Jennel, el tiempo pareció borrar su rastro. Hoy solo guardo un anhelo en lo profundo de mi corazón. Que, de alguna forma, las cartas por fin hayan llegado a su destinataria y ayudado a completar su terrible historia.
Realmente es como pensé... no hay nada interesante, dije suspirando. Ojalá hubiese algo fuera de lugar, como una entrada a un mundo diferente...
Caminé hasta que me topé con una caja. Seguro el antiguo dueño la dejó, pensé. Pero... ¡no vendría mal un vistazo! Después de todo, no hay otra cosa que hacer, me entusiasmé.
Tomé un cúter y corté la cinta que sellaba la caja. La abrí y... cartas. Me desilusioné. Tal vez sean de algún anciano enamorado, me dije y me puse a leer ya que estaba muy aburrida.
Veamos... pensé, con renovado entusiasmo.
"Agosto, 1941.
"Querida Jennel. Desde que me fui a mi nuevo hogar, no he podido ver tus ojos azules, tu cabello dorado ni tu cara tallada por los mismos ángeles. ¡Varsovia debería conocer tu belleza! Como te contaba, desde que estoy aquí, todo ha empeorado: dormimos con gente que no conocemos, pero me resultan interesantes las historias de la abuela del señor de al lado.
"¿Cómo va todo en tu vida? ¿Has vuelto a Alemania? Tal vez tu padre ha decidido quedarse en Polonia...
"Espero que leas esta carta y espero con ansias tu respuesta. "Con cariño y esperanzas, Antoine".
Con prisa, tomé otra carta y continué la lectura.
"Septiembre, 1941.
"¡Mi amada Jennel! Hace semanas fuimos enviados a Auschwitz, nos dieron unos piyamas rayados y nos separaron. Se llevaron a mi padre, por lo que pude escuchar, a un campo de trabajo. Espero que le vaya bien. El olor aquí es terrible, ni siquiera nos dejan bañar.
"Un poco confundido, Antoine".
¿Y Jennel? ¿Cómo no ha respondido?, pensaba con preocupación.
Con desesperación, busqué la siguiente carta.
"Noviembre, 1941.
"Jennel, estoy horrorizado. ¡Han matado a mi madre frente a mis propios ojos! ¿Qué hizo? Estoy muy deprimido... me han estado insultando y pegando. Me dijeron que me llevarían a "un lugar mejor".
"¡Por favor, ayúdame! "Horrorizado, Antoine".
Pero... ¿por qué? ¿Qué les hizo? ¡Déjenlo!, grité dentro de mí al sentir tanta injusticia.
Tomé la siguiente carta, con la remota esperanza de que la suerte de Antoine mejorara.
"Diciembre, 1941.
"Campo de concentración de Auschwitz.
"Adorada Jennel, es una verdadera pesadilla... Ya no soporto las constantes torturas y los trabajos infrahumanos. Pero todo estará bien. ¡Saldré de aquí, te lo prometo, y podré verte! Estos soldados no podrán conmigo.
"Antoine".
Conmovida y en silencio, reflexioné. Observé que solo quedaban dos cartas. ¿Habrá sobrevivido Antoine?
¡Necesito saberlo! Abrí la caja y tomé el anteúltimo sobre.
"Febrero, 1942.
"Campo de concentración de Auschwitz.
"¡Mi querida Jennel, cuánto te necesito! Al parecer, las cosas van a mejorar. Me han dicho que pronto estarán terminados los baños. ¡Al fin podremos vivir más humanamente! Se rumorea que solo gente seleccionada podrá usarlos. ¿Acaso mi sufrimiento dará sus frutos?
"Espero que todo esté bien por allí. ¡Ansio el momento de volver a verte!
"Con esperanzas, Antoine".
¡Genial! Me emocioné y tomé la última carta. Pero esta es diferente, otra escritura, otro tipo de sobre. Debe ser de Jennel, pensé entusiasmada. Sin poder contener mi ansiedad, comencé a leerla.
"Marzo, 1945.
"Nunca podré olvidar su cara, radiante a pesar del sufrimiento. Casi con alegría, llegando a las cámaras donde todo, él no podía saberlo, terminaría. Quedé tan impresionado, que tuve necesidad de saber más sobre él. En su litera encontré, cuidadosamente ocultas, sus cartas a Jennel.
"Nunca tuve el valor de entregárselas y solo escribo esto para que sepan que no todos éramos iguales, que no todos compartíamos la maldad, con la débil esperanza de poder aliviar mi alma.
"Un soldado anónimo".
Al terminar de leer, quedé en silencio largo rato. Lo que al principio parecía una "simple" historia narrada a través de cartas, me había conmovido profundamente. Algo terrible que parecía tan lejano en el tiempo, tomaba otra dimensión, se hacía más humano al revivirlo.
Recordé que el Museo de Auschwitz buscaba este tipo de cosas, así que decidí entregárselas. El director en persona vino a buscarlas y aagradecerme. Hasta llegó a los medios de comunicación y hoy es uno de los principales documentos que puedes ver si visitas el Museo.
No tengo dudas que la historia es muy conocida.
Aunque traté de hallar a Jennel, el tiempo pareció borrar su rastro. Hoy solo guardo un anhelo en lo profundo de mi corazón. Que, de alguna forma, las cartas por fin hayan llegado a su destinataria y ayudado a completar su terrible historia.
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