miércoles, 3 de julio de 2013

La generación del 40

Muy poco leída, menos aún estudiada y peor comprendida, la generación de poetas y escritores del 40 (que va desde 1935 hasta 1950 aproximadamente), es, para nosotros, casi desconocida. Podríamos designarla como una  “Generación perdida” entre la del 22 y sus “ismos” y la actual (que sin duda es caótica, mercantilista, mediocre y francamente contradictoria). Sin embargo, la generación del 40 estuvo presente en eventos tan importantes de la historia como la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Civil española, el bipolarismo URSS  EE.UU., Corea, Vietnam, y hasta el Mayo del 68 francés.
No la conocemos como generación, sino más bien como nombres aislados dentro de una muy difícil amalgama literaria. No tuvieron grupos como los de “Martín Fierro”, “Boedo”, “Sur” aunque existieron efímeros intentos de unidad bajo publicaciones como “La carpa”, “Liluli”, “Canto”, “Huella”, “Verde memoria”, las ediciones de “Fontefrida”, “Los ángeles Gulab” y “Aldabahor”. Muy pocos de ellos editaron libros y algunos comenzaron con poesía y luego se volcaron a otras forma de expresión (por ejemplo, Yupanqui) La mayoría fueron “navegantes solitarios”, fieles reflejos de su época. Fueron clasificados mayormente como “Vanguardistas”, “Telúricos” y “Neorrománticos”. Nunca se desconectaron de la realidad de su época, y al decir de León Benarós “Nosotros somos graves, porque nacimos a la literatura bajo el signo de un mundo en que nadie podía reír. De ahí, pues, que casi toda nuestra poesía es elegíaca” (“El 40”- Nº 1, 1951)
Muchos negaron que se tratara de una “Generación propiamente dicha”, tanto desde dentro como desde fuera, estuvieron sistemáticamente negados y afirmados como tal. Muchos de ellos aceptaron el término “Generación del 40” mientras otros, simplemente les parecía una “generosidad excesiva” hablar de ella. 
A pesar de todo, se preocuparon por el hombre y su semejante. Por el semejante destino  de los seres humanos en una época particularmente dramática; por la sociedad y el reflejo de la realidad argentina y americana y la situación campesina.
Para un mayor estudio de la misma, y como un material valiosísimo de consulta, recomendamos el libro “La generación poética del 40 “ Tomos 1 y 2 de Luis Soler Cañas.


La lluvia y el niño 

La lluvia silenciosa llegó hasta los manteles
que cubrían la mesa, se miró en el espejo,
lo vio triste y sombrío, recogió unos claveles
y las puso en su frente pensativa de viejo.

Juvenil y traviesa sacudió los papeles
que guardaba el armario de arrugado entrecejo,
revolvió los cajones, y al ver los carreteles
soltó una carcajada de pájaro perplejo.

Después besó los rizos del niño que dormía
en un rincón sin flores. De sus ojos caía
la luz como una mano muy suave y maternal.

Y mientras junto al niño se acurrucaba el sueño,
la lluvia fue zurciendo su pantalón pequeño
con una aguja alegre y un cándido dedal.


Arturo Horacio Ghida



Voces (fragmento)

Se vive con la esperanza de ser un recuerdo.
A veces necesito la luz de un fósforo para alumbrar las estrellas
Un millón de estrellas son dos ojos que las miran.
Algunas cosas se hacen tan nuestras que las olvidamos.
Hace mi soledad, no lo que me falta, sino lo que no existe.
El hombre, solo, es mucho para el hombre solo.
Cuando se apagaron sus ojos, yo también vi una sombra.
Un amigo, una flor, una estrella no son nada si no pones en ellos un amigo, una flor, una estrella.
No te pongas delante de tus ojos. deja ver a tus ojos.
Háblame de otras almas, no de tu alma, y así me hablarás de tu alma.
No subas a los cielos por tan poco, que es muy triste bajar de los cielos por tan poco.

 Antonio Porchia 
(de “Voces”, 1943, 1948)


Distancia

¿A que le llaman distancia?
Eso me habrán de explicar.
Sólo están lejos las cosas
que no sabemos mirar.

Los caminos son caminos
en la tierra y nada más.
Las leguas desaparecen
si el alma empieza a aletear…

¡Hondo sentir, rumbo fijo,
corazón y claridad!
Si el mundo está dentro de uno,
afuera, ¿por qué mirar?

¡Que cosas tiene la vida
misteriosas por demás!
Uno está donde uno quiere
muchas veces sin pensar…

Si los caminos son leguas
en la tierra y nada más
¿A que le llaman distancia?
Eso me habrán de explicar.

 Atahualpa Yupanqui 
(de “Piedra sola”, 1940)


Calle

 (Para Evaristo Carriego, el cantor del arrabal)

Voy buscando una calle que se duerma temprano,
donde el otoño quede solo desde el ocaso
y la luna y los ebrios de sinuoso paso
se delaten con agrio ladrido suburbano.

Una calle apartada que florezca en el verano
de esquinas con muchachas y entorne con su abrazo
la resuelta pareja por quien el mate guaso
del chisme comadreado ruede de mano en mano.

Calle que tenga ranchos con patios como estancia,
con dejados jardines de terrosa fragancia,
comadres, una tísica y, si es posible, un ciego.

Una calle que nunca salga de arrabal,
que comience cortada y acabe en un yuyal:
para ponerle el nombre de Evaristo Carriego.

 Amaro Villanueva 
(de “Son sonetos”, 1952)

Una tarde en un pueblo de Toledo - Rafael Ziella

Recuerdo que aquel día me levanté pensando en todo lo que tenía que hacer durante la tarde. Venía de un arduo fin de semana de trabajo en el bar y lo único que mi cuerpo pedía era descansar. No estaba de muy buen humor a causa del calor que imperaba en mi habitación y éste no me había permitido “pegar ojo” en toda la noche. Salí de la cama, me di un baño, y salí corriendo hacia el bar de José, uno de mis jefes, que luego de mucho batallar había podido montar su nuevo bar de tapas. Allí me encontré con Andrés, padre de José y Fernando, mi compañero de trabajo. Luego de varias cañas, partimos hacia Yuncler, pueblo toledano, donde debíamos servir una Caldereta. Este manjar español es una especie de estofado a base de carne de cordero o de ternera, combinado con una amplia gama de especias y verduras. Sólo una salvedad: esta comida se presenta como un plato típico para los días de intenso frío y sin embargo, en aquella jornada el termómetro no bajaba de los treinta y cinco grados. Nada de eso importaba, más para la gente del lugar que estaba festejando las siempre esperadas fiestas del pueblo.
En mi mente había algo que me alegraba: en el pueblo, Andrés, posee una quinta con una piscina que es un sueño, y dado que la fiesta se hacía cerca de las nueve de la noche, tendríamos un largo rato para poder descansar y refrescarnos. Debo decir que Andrés era el chef que se haría cargo de la comida y desde mucho tiempo atrás, lo hacía no solo allí, sino también en otros pueblos de Madrid y Toledo y a causa de trabajar como camarero en uno de los bares de sus hijos, siempre que era posible, se me requería para servir en esas comidas.
Llegamos a Yuncler cerca del mediodía. Saludé a toda la familia e inmediatamente me dí el primer chapuzón, sumergiéndome hacia el fondo, y luego, cuando mis ojos volvieron a tomar contacto con la superficie, pude percatarme que el cielo se estaba nublando progresivamente y una suave y templada brisa reemplazaba a ese calor infernal que me torturaba desde hacía ya más de tres semanas. Me quedé en el agua cerca de media hora. Al salir de la pileta me estaba esperando una suculenta y sabrosa paella que Andrés nos había hecho para agasajarnos. Está de más decir que comí hasta cansarme. Para desgracia mía y de Fernando, no podríamos reposar mucho tiempo luego de la tremenda ingestión de este manjar valenciano, dado que inmediatamente después de levantarnos de la mesa, nos fuimos con Andrés a la plaza central del pueblo a echar la carne y las especias para la caldereta de la noche.
Regresamos cansados y acalorados; esta incomodidad nos llevó inmediatamente a la piscina pero justo después de tirarnos comenzaron a caer las primeras gotas de un chaparrón que hace meses se estaba esperando en la zona. Salimos inmediatamente y nos refugiamos en un toldo ubicado en la entrada a la piscina. El tremendo cansancio, combatido directamente con la relajación que provoca el agua en el cuerpo, no nos dio otra salida que recostarnos en unos sillones. Lentamente me fui durmiendo, pero nunca logré hacerlo de forma total; siempre me despertaba el ruido del viento y de la lluvia para generar un inconsciente placer que me llevaba otra vez directo al sueño. Esta situación se prolongó durante casi dos horas, hasta que al despertar definitivamente, el paisaje que el cielo me había mostrado durante la mañana, había desaparecido en favor de un violento y acechante gris que las nubes re dibujaban constantemente.
A las ocho de la tarde, volvimos a la plaza y ayudamos a Andrés a poner a punto algunas cosas referidas a la preparación de esta comida. Luego de terminar con la faena, hicimos una pausa en nuestro trabajo. En aquel momento sentí una gran necesidad de caminar, de salir sin un rumbo fijo, de perderme por ahí. Sin embargo, no quería hacerlo solo; hablé con Fernando y le propuse que me acompañara a recorrer el pueblo, así podríamos conocerlo un poco más a fondo. Este, pese a mis inútiles intentos por llevarlo a mi aventura, desistió de venir conmigo y entonces no tuve otro remedio me internarme en solitario por lugares en los que tiempo antes había caminado bajo la sofocante compañía del sol y del calor de la meseta toledana. En aquellos instantes, un cielo gris y una fresca brisa chocaban conmigo, y contrariamente a lo que se suele pensar, me provocaban un gran placer. Recorrí todas las calles y las plazas del pueblo y en ellas me crucé con unos niños que disfrutaban mojándose unos a otros como si de un carnaval sudamericano se tratara la fiesta. Pude ver que muchos eran hijos de inmigrantes y que en ellos se hallaba la chispa que le ofrecía al pueblo un rostro más despejado y alegre. El contrapunto lo brindaban los ancianos, quizá la cara de una antigua España que nuestros abuelos vivieron. Una España casi muda, sorprendida de los cambios, pero a pesar de esto, conciente de los progresos de las últimas décadas. Ese choque generacional me ofrecía una idea casi exacta de un pasado irrecuperable y un presente anunciando un futuro, que a simple vista parece predecible, pero su diversidad lo llevará hacia caminos más que variados.
El pueblo y su paisaje rural nunca me habían parecido bellos. El eterno amarillo de los campos siempre me pareció desolador sin embargo hoy, bajo la compañía de un melancólico cielo gris, su aspecto empezó a resultarme más que agradable; y mientras más me internaba por sus suaves colinas, mayor era el placer que experimentaba mi alma. Descubrí, por fin, la belleza que el contraste de ese cielo tan oscuro combinado con el brillo de los dorados y secos campos manchegos, pueden ofrecer a un espectador que desconocía por completo tal manifestación de la naturaleza. Quería congelar el tiempo y que esa tardecita no desapareciera nunca de mi mente. Que fuera un recuerdo imborrable; porque por un momento, el entorno que antes me había provocado un gran hastío, ahora, ante la peculiar situación del tiempo, me hacía sentir parte íntima e inseparable del paisaje.
Estaba anocheciendo y decidí volver. Me crucé otras vez con los niños y los ancianos que antes había visto. Pude observar en sus caras que ellos no podían experimentar las mismas sensaciones que yo había tenido; quizá, porque lo veían como algo natural, casi como un fenómeno propio de la naturaleza de la zona. También sus expectativas eran otras y sus ilusiones estaban centradas en la fiesta, esas dos semanas tan cortas, por las que se esperan unos eternos doce meses. Todo estaba muy claro. Esa cotidianeidad se rompía en mí por el simple hecho de ser un extraño, por poder darle una mirada diferente a todo aquello.
Aceleré mi marcha y, desde lejos, vi que Andrés y Fernando alistaban a la gente en una inmensa cola para poder servirles la caldereta. Al llegar a la plaza me percaté de que un enorme bullicio reemplazaba a la serenidad que antes había reinado en ella. Gritos, murmullos y todo tipo de manifestaciones se podían oír pero entre ellos se iba colando un tímido rumor, era que los más viejos se quejaban de que la lluvia no había sido suficiente y, por tanto, el agua no alcanzaría para paliar la sequía que, desde siempre, forma parte de la idiosincrasia española.

Pensamientos - Juan Bautista Alberdi

Un pueblo revestido, para una revolución operada por las cosas, del derecho a ser libre, es decir, del derecho a exigir de su Gobierno, en cuyas manos están todas sus libertades, que se las entregue una por una, está en una posición tan dura como la del Gobierno que en cada libertad que entrega a su dueño entrega una parte de su poder y abdica poco a poco su rango original de poder omnipotente.

Esa relevación y reemplazo de un Gobierno soberano por un pueblo soberano, en que consiste el cambio de régimen, es ardua y difícil y tiene que producirse gradual y lentamente.

Pero tiene que producirse fatalmente, y ella constituye el desarrollo histórico de la libertad en todas las naciones en progreso.

No hay pueblo libre, de ninguna raza ni casta, que lo haya sido desde el origen de su formación. Todos empiezan por la obediencia ciega, y el gobierno es, cronológicamente, anterior a la libertad. Son dos poderes que han empezado por la violencia el establecimiento de su imperio. La libertad, como gobierno del pueblo, ha empezado a establecer su autoridad por la fuerza; como el Gobierno, que es la libertad del poder, empieza igualmente por la fuerza.

La abdicación generosa y noble de los gobiernos puede prevenir o atenuar la violencia de los pueblos; desgraciadamente, de esa cualidad son más capaces los gobiernos nobles y aristocráticos, como lo prueban los ejemplos de la Gran Carta otorgada en Inglaterra por el Rey Juan y la abolición de los privilegios el 4 de agosto de 1789 por la nobleza francesa.

Pero los gobiernos republicanos no son incapaces de esas concesiones o abdicaciones, como lo prueban los ejemplos de Washington, de Belgrano, de Sucre.

Las más veces, lo que no hacen los sentimientos y las virtudes lo hacen los intereses bien entendidos de los que gobiernan; es decir, de los poseedores de hecho de las libertades del pueblo y de los gobernados que saben evitar la violencia para lograr más pronto y más eficazmente la reivindicación de sus libertades por reformas pacíficas.

Un pueblo condenado a ser libre por la mano de su Gobierno tiene que esperar siglos para entrar en posesión de su libertad, porque cada libertad que el Gobierno le devuelve es una parte de su poder que abdica. Y como no tiene quien le obligue a abdicar sino un pueblo educado en la obediencia absoluta, es decir, ininteligente y desinteresado en la cuestión de su propia libertad, no será ese Gobierno el que se apure a devolver los poderes de que goza y disfruta.

Pero esa devolución se hará a su pesar, por la fuerza de cosas, que darán poco a poco al pueblo una educación por la cual adquiera la costumbre de una obediencia menos ciega y menos limitada; y esa costumbre revocará poco a poco, y acabará por reemplazar del todo, a la costumbre que lo educó en la obediencia ciega y absoluta.

Las costumbres se derogan unas a otras mejor que las leyes, y la educación que forma las costumbres es dada por la fuerza inteligente de las cosas en la dirección de su corriente de mejoramiento y progreso natural: no de otro modo se han educado y formado las costumbres de los países libres.

La libertad, como costumbre, tiene a su favor esa corriente educatriz de las cosas en los Estados de Sud-América.

El poder de sus Gobiernos es incapaz de contenerla. Su origen y su modo de ser los hacen a ellos mismos los autores e instrumentos de su propia disminución gradual.
No basta que posea todos los recursos de poder omnímodo, que reciben de su contextura y de la contextura colonial española.

Esos recursos no son un poder sino cuando se sabe manejarlos.

Los nuevos gobiernos, herederos y poseedores de esos recursos de poder que formó el régimen de España para sus virreyes, no tienen la experiencia, ni la inteligencia, ni la estabilidad y firmeza del antiguo gobierno colonial para el manejo y administración de esos recursos de poder.

Su misma abundancia perjudica a los que no saben o no pueden manejarlos. En vez de servir a su poder, sirven a su debilidad, porque la inexperiencia, la inestabilidad, la discordia, la sucesión continua del personal del gobierno, los disipa y malbarata en consumos locos, inútiles y estériles.

Las deudas van creciendo con los gastos. Las obligaciones y deberes y apuros, con las deudas. Las exigencias de recursos, con los apuros.

Y el Pueblo, que ve todo eso y se apercibe de que todos los recursos que disipa la mala conducta y la ignorancia de sus gobiernos salen de su bolsillo, empieza a sentir la necesidad de ver por quiénes y cómo son gobernados, administrados y empleados los recursos económicos de su poder público y colectivo.

Sentir esa necesidad es empezar a comprender la necesidad de la libertad, es decir, de intervenir y tomar parte en la gestión de sus intereses públicos y de su vida pública, la cual se resuelve en la suerte de sus mismos intereses privados de vida, propiedad, seguridad, familia, industria, trabajo, etc.

De ese modo acaba la libertad por ser entendida, buscada, apreciada, adquirida, conservada; no como un mero gusto, sino como una cosa tan necesaria e indispensable a la vida como el pan, el agua, la luz, el aire mismo.

Así, los que en el Plata han dado al nuevo gobierno republicano de Buenos Aires la masa misma de recursos de poder que tenía el gobierno realista de Buenos Aires, creyendo que con esos recursos le daban el mismo poder y autoridad del antiguo, se equivocan completamente porque con esos recursos no le han dado la misma inteligencia y costumbre de su manejo, la misma estabilidad, la misma autoridad, el mismo juicio y moderación, sin cuyas circunstancias esos recursos no son un poder sitio una impotencia; no son fuerzas, sino causas de debilidad.

Ese gobierno puede tener recursos y poder de abusar, de disipar, de dominar; pero ese poder mismo redunda en su daño, lejos de servir a su desarrollo y mejoramiento.

Él llegará a verse colocado en extremos que le arrastren por su propio interés a ceder para fortalecerse, a dividir sus recursos para tener seguridad de los que necesita su existencia, a reconocer que el país argentino todo entero tiene que cambiar y apoyarse en un punto de gravedad diferente del que tenía en su vida y condición de colonia, en que fue formado, ha vivido siglos y ha continuado viviendo después de conquistada su independencia de España.

La posesión de todos los recursos de poder nacional no salvará al gobierno local poseedor de ellos de su gradual y necesaria (?) decadencia; lo cual dará lugar a que se forme gradualmente y al mismo paso la obediencia deliberada, inteligente y limitada del pueblo de las provincias (en cuya compañía entra el mismo pueblo de Buenos Aires).

RESPETABLE CIUDADANO - Liliana Colavita

Era Respetable Ciudadano porque había cumplido con todas las normas que convierten a la gente común en ciudadanos respetables.
No se ufanaba demasiado de ello, pero la circunstancia le daba una cierta seguridad, o mejor dicho comodidad, que le permitía transitar por este mundo con algo de condescendencia hacia quienes no revestían su categoría.
Tuvo que pasar el desafortunado incidente aquel día, para que se diera cuenta de la fragilidad de su condición.
El primer indicio lo tuvo cuando trató de subir al auto de la empresa, y  se dio cuenta de que no podía demostrar que estaba autorizado para manejarlo, que no poseía la cédula de identificación (o”tarjeta verde”) del automotor y ni siquiera su licencia de conducir.
Un ciudadano respetable como él no podía manejar un auto sin estas constancias de lo que era, por lo tanto, decidió llamar un taxi. Entonces comprobó que no podía usar su celular porque no tenía créditos, la voz de la contestadora le pedía ingresar su número de tarjeta para hacer el cargo y no lo recordaba. No podía llamar desde el locutorio de enfrente porque no tenía efectivo. A mitad de cuadra veía un cajero automático con la identificación de la red bancaria a la que estaba asociado, pero no podía ingresar al mismo, mucho menos obtener efectivo de sus importantes cuentas.
Se sintió realmente preocupado, y empezó a percibir un malestar físico en aumento. Pensó en acudir al centro de salud más cercano, pero no tenía con qué demostrar su pertenencia a la Aseguradora de Riesgo de Trabajo (“ART”), ni a la Obra Social.
Su convicción de ciudadano respetable que cumple con las reglas, no le permitía desarrollar esas acciones aparentemente simples sin tener elementos con que respaldarlas. Parecía el fin de todas las cosas.
Recordó vagamente cuánto más necesitaba hacer constar, certificar y demostrar durante el día y se alarmó mucho por no poder hacerlo.
Tomó la decisión de hacer la denuncia en la comisaría más cercana, dónde le pidieron el documento de identidad que no tenía y firmó una exposición  que decía “quién dice llamarse Respetable Ciudadano, hecho que a esta autoridad no le consta, manifiesta que ha sufrido el robo de un portafolios con documentación varia entre las cuales se encuentran su cédula de identidad de la policía federal, tarjetas de crédito, documentación del automotor...”
Fue entonces, mientras caminaba las muchas cuadras que lo llevaron a su casa, cuando descubrió la fragilidad de su condición de ciudadano respetable, sujeta a ser demostrada por todas esas tarjetas plastificadas que guardaba celosamente en el portafolios que le habían robado.

El dibujante - Jorge Naselli

l hombre tomó el portaplumas y extendió su brazo hacia el tintero. Con un suave movimiento cargó de tinta la pluma. La acercó a su cara y bajando un poco los lentes observó. Aceptó satisfecho, comenzando a trazar algunas líneas paralelas. Volvió a mojar la pluma en la tinta y siguió dibujando. Repitió esta operación una docena de veces.
Cuando estimó que había concluido, observó el dibujo con detenimiento (buscando más un error involuntario que felicitándose). Estaba bien. No era una obra de arte..., pero estaba bien. Una pistola 9 mm “Ballester-Molina”. Bastante bien. ¡Sí!
Apuntó hacia su cabeza y gatilló.
Costó bastante sacar las manchas que salpicaron la pared. Los trozos de carne y partículas de hueso salieron fácil, pero las de tinta resistieron más. Era tinta indeleble.

La inocencia - Victoria S. Pérez

En la tarde sentía,
los latidos de la muerte…
Los gritos del silencio;
en mí van a estar.

Tan triste estaba el viento,
que ya ni lágrimas podía secar.
Esa mirada húmeda e inestable,
jamás la he de  borrar.

El sol ya ni salía…
la luna quizá.
triste, mi corazón…
llora sin piedad.

En segundos,
vidas se iban
tal vez… buscando un andar.

Sobre los Parásitos - Compilación: Ezequiel Feito

Si queremos buscar en una enciclopedia el significado de esta palabra, lo más probable es que encontremos  la siguiente definición: “Parásito: del griego pará al lado y  sitos comida. m. Fig. El que se arrima a otra persona para comer a costa de ella.” 
No hace falta decir que nuestra sociedad  está llena de ellos, y que generalmente aplicamos la definicioncilla a tal o cual fulano cuando hablamos de política, de los vecinos o de alguien de la familia, exceptuándonos, claro, nosotros sea cual sea la categoría nombrada. Y si alguna vez alguien le tira la palabreja a la cara, no desespere, que eso no siempre fue así. Para deleite, respiro y por que no, orgullo de los parásitos de antes y de ahora, el parásito fue una clase de gente respetable y hasta envidiada en la sociedad antigua, especialmente en la de Grecia. Pero dejemos que mejor lo explique Fustel de Coulanges, en el capítulo VII de su libro “La Ciudad Antigua”.


“Hemos visto antes que la principal ceremonia del culto doméstico era una comida que se llamaba Sacrificio. Comer un alimento preparado sobre el altar, tal fue, según todas las apariencias, la primera forma que dio el hombre al acto religioso; y la necesidad de ponerse en comunicación con la divinidad debió satisfacerse con aquella comida a que la convidaba y en la que le daba su parte….”
“Era común en Grecia el uso de estos banquetes públicos, creyéndose que de su celebración dependían la salud y el bienestar de la ciudad…”
“Son muy conocidos los banquetes públicos de Esparta… sólo se verificaban dos veces al mes, sin contar los días festivos, y eran actos religiosos, lo mismo que los que se practicaban en Atenas, en Argos y en toda Grecia. Además de estos inmensos banquetes en que se reunían todos los ciudadanos y que se celebraban en las fiestas solemnes, la religión prescribía que hubiese cada día una comida sagrada, y al efecto, algunos hombres elegidos por la ciudad debían comer juntos en su honor, en el recinto del Pritáneo, en presencia  del hogar y de los dioses protectores, hallándose convencidos los griegos de que el Estado se exponía a perder el favor de los dioses si llegaba a omitirse esta comida una sola vez.”
“En Atenas se designaban por suerte los que debían tomar parte en la comida común y la ley castigaba severamente a los que rehusaban cumplir con aquel deber.”
“Los ciudadanos que se sentaban a la mesa sagrada quedaban momentáneamente revestidos de carácter sacerdotal y se los llamaba parásitos , palabra que si bien en el andar del tiempo se convirtió en un epíteto de desprecio, principió, no obstante, por ser un título sagrado… Simplemente con ver la manera en que se celebraban estas comidas se comprende su carácter de ceremonia religiosa. Cada convidado tenía una corona en la cabeza, y era uso antiguo coronarse de hojas o de flores siempre que se practicaba un acto solemne de la religión. Cuanto más adornado se está de flores, más seguro se halla de agradar a los dioses, pero si haces el sacrificio sin llevar corona en la cabeza, se desvían de ti”

“La corona, añadían, es mensajera de feliz agüero que las preces envían delante de sí a los dioses. Por igual razón se vestían de blanco los convidados, siendo éste el color sagrado entre los antiguos”


Así que ojo cuando le diga parásito a alguien. El pobre fulano nunca sabrá si lo está halagando al colmo de casi divinizarlo o diciéndole una barbaridad que casi lo lleve a las piñas. En el caso en que usted sea a quien están tildándolo de tal, recorte este artículo, póngase una corona de flores en su cabeza y hágaselo leer diez veces al ignorante y atontado que se lo dijo, reclamándole luego a la justicia el justo castigo por su pisoteada divinidad.